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1. BONNASSIE -SUPERVIVENCIA Y EXTINCIÓN DEL RÉGIMEN ESCLAVISTA

El autor se inicia en la investigación partiendo desde las preguntas que Marc Bloch se hizo respecto al fin de la esclavitud (¿Por que? – ¿Cuando? – ¿Como?). Lo primero que hace es revisar aquello que fue escrito en materia de estudios por los marxistas clásicos y franceses que se interesan en la transición de un modo de producción hacia otro.

De alguna manera, Bonnassie busca alejarse del MP Feudal como una síntesis entre aquello que el Imperio Romano dejaba como vestigios y aquello que los Reinos Germánicos introdujeron a esa estructura previa. Por otro lado, tampoco le interesa encajar cronológicamente todo aquello que se ajuste a la teoría marxista según el desarrollo de fuerzas productivas y la lucha de clases.

El esclavo es visto por Bonnassie según los textos de las Monarquías Bárbaras como una bestia parlante a la que puede castigársele y sobre el que caen prohibiciones y prescripciones de todo tipo; no es humano ni puede tener propiedades ni derechos sobre sus hijos. Todo el control es ejercido bajo el poder de sus dueños.

Analiza una serie de factores por separado, señalados como determinantes para que el proceso en cuestión sea llevado a cabo; se encarga de desmitificar en algunos casos y de profundizar en aquellos que cree conveniente:

Factor eclesiástico – La iglesia durante el periodo romano no favorecía a la manumisión (otorgamiento de la libertad para el esclavo en el derecho romano) sino que por el contrario se encargaba de justificar la esclavitud en su “visión” del mundo precisamente porque esta forma le era funcional en sus intereses; inclusive la concepción del esclavo para la misma aparece como una sanción impuesta por Dios debido a los pecados realizados, así que legitima esta condición sin objeciones. Bonnassie hace hincapié en esta situación porque el poder de la Iglesia como institución durante los s. IV-IX era muy fuerte, lo suficiente como para abolir o aligerar la carga del esclavo como tal; sin embargo su legislación y política le negaba el amparo a aquellos que escapaban como esclavos fugitivos.

Pero con el tiempo, existe un cambio en su visión por el afán de cristianizar la mayor cantidad de personas, para esto decide considerar al esclavo ya no como una bestia de carga, otorgándole concesiones pero sin darle el status de cristiano con pleno derecho. La iglesia finalizado el periodo romano seguía siendo gran propietaria de esclavos.

Bonnassie descarta entonces por estos motivos que haya sido la Iglesia un factor preponderante para acabar con la esclavitud y dar comienzo a un nuevo orden; lo que si reconoce es que la religión pudo haber ofrecido un cambio en la mentalidad de los esclavos (al ser cristianizados) para que dejaran de verse como ganado y que justificara su valor como seres humanos; esto si pudo haber socavado (en parte) el modo de producción antiguo porque los acercaba más a una sociedad de la que antes eran excluidos.

Factor Militar – Se utiliza este apartado como argumento para la baja demográfica de esclavos, debido a que las capturas acontecidas en las diferentes guerras llevadas a cabo había bajado considerablemente.

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Bonnassie entiende y acepta que la guerra es un factor determinante no para el fin de la esclavitud sino para su consolidación. En su análisis distingue dos periodos: el de los Reyes Barbaros y el de el Imperio Carolingio. Destaca que un proceso natural se llevo a cabo en Occidente durante esta etapa, la de mantener sistemáticamente la empresa esclavista, que en contra de lo que se sostiene durante la Temprana Edad Media (V-VIII) hubo un incremento en la captura de prisioneros de guerra. En todo caso, para Bonnassie hay un cambio en la fuente de extracción de estos esclavos, que ya no son extraídos de lugares lejanos como pasaba durante el Imperio Romano sino más bien de las cercanías. En la época carolingia lo que sucede es que baja la captura de esclavos y se traslada a las fronteras del Imperio.

Un tema interesante que el autor destaca es que a la esclavitud no solo se llega a través de la guerra sino que también existen factores como la miseria; las deudas económicas; las condenas jurídicas o bien la auto-venta por necesidad para que una persona pueda caer en sumisión.

En conclusión, para Bonnassie este factor no es preponderante si lo que queremos es encontrar la “causa” del fin de la esclavitud. Lo que si le parece es que este agente también aporta una nueva visión al esclavo porque ya no solo deja ser visto como ganado sino que tampoco es considerado un extranjero dado que su origen puede provenir de un pueblo vecino o hasta puede ser el pariente de algún que otro hombre libre.

Factor Económico – La búsqueda de una salida del modo de producción llevo a muchos historiadores a preguntarse precisamente si fue el costo de producción (que el esclavo significaba) aquello que acabo con la esclavitud; ¿Realmente dejo de ser rentable para los propietarios, en un marco de recesión durante la Alta Edad Media? Para Bonnassie esta etapa significa un momento de repunte y crecimiento, algo que no comparte con Bloch.

Su justificación resalta que grandes transformaciones se llevan a cabo durante este periodo: el crecimiento económico por expansión agraria y el desarrollo técnico por la crisis de la esclavitud. Entre los s. VII-VIII existe un incremento en las roturaciones y una gran cantidad de mano de obra es movida hacia nuevos alodios campesinos concentrándose en grandes dominios, todo lo contrario a lo que sucedía durante el proceso esclavista. Mas adelante se vera que la atomización del gran dominio será contrarrestado por la fuerza del señor, quien impondrá nuevas cargas a aquellos campesinos antes considerados libres. El reemplazo de esclavos por tenentes en manos serviles aparece como una etapa importante para entender el deterioro de la esclavitud.

Su teoría aparece como una forma discontinua entre el esclavismo y el feudalismo representado por un corte que no es capaz de relacionar entre ambos; precisamente porque las ataduras se fueron desgarrando en la medida en que las cargas jurídicas para el esclavo se fueron eliminando y la emancipación se hacia posible, por cargas del señorío banal que defendían la servidumbre.

No se trata para Bonnassie de establecer un momento de ruptura fijo, más bien es proclive a entender el proceso por múltiples quiebres en el MP Antiguo; entre estos aparecen las reformas del Estado Dioclesiano; Las invasiones bárbaras y el mantenimiento de la estructura romana; El cambio en la ideología del esclavo y El Imperio Carolingio; que terminan de favorecer el pasaje hacia otro MP a través de la Revolución Feudal (Crisis s. X-XI).

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Claro que para esto se debe entender el análisis de documentos e investigaciones regionales; la tarea de comparar diferentes formas de servidumbre que se fueron desarrollando en lugares ajenos unos de otros y a partir de este salpicado elaborar una situación estructural.

2. WICKHAM - LA OTRA TRANSICIÓN

El autor encara el tema desde una posición continuista, claro que desde el marxismo pero criticando la idea evolucionista: el salto de un modo de producción hacia otro, tratando de evitar el eurocentrismo determinante que termina aislando a Oriente del proceso histórico mediante el MP Asiático.

De alguna manera intenta unificar el MP Antiguo y el MP Feudal como partes de un mismo proceso continuo, en el que la tributación ocupa un lugar central. Situándose en épocas del Estado Dioclesiano, hace una salvedad respecto a lo que Roma había sido en una etapa anterior no expansionista (Modo de Producción Antiguo No Explotador) y lo que fue a partir de los s. II y I (a.C) con la preferencia por la esclavitud y la explotación (Expansionismo Imperialista). En ese momento de cambio/pasaje, la riqueza de las ciudades provenía del campo y de los tributos que los propietarios debían realizar, así como también de las ciudades sometidas a su poder. Esto lo llama Tributación en Red (Relación urbano-rural)

La crisis del Estado Romano en el s. II había acabado con las grandes haciendas esclavistas si bien seguían permaneciendo algunas pero en formas de tenentes y tenentes libres (Coloni) capaces de controlar la tierra y el propio proceso de producción; acá aparece un indicio de MP Feudal pero que no dominaba la formación económica y social; en el Bajo Imperio no era la renta sino el impuesto el que controlaba las riendas.

Con Dioclesiano se reestructura el Estado durante el periodo 284-305 (d.C) que se mantiene bajo formas absolutistas, alternando su manutención entre la renta de los campesino libres y el impuesto (independiente de la relación propietario-tenente) que era la base de la recaudación estatal destinada a mantener el ejercito y la burocracia (aprovisionamiento de las provincias; obras y reservas). Este impuesto aparecía tanto a la tierra como al comercio de larga distancia que, dicho sea paso, también controlaba el Estado mediante el derecho de transito/aduana.

Las invasiones bárbaras para Wickham establecen un cambio de dominadores pero no las formas o mejor dicho la estructura misma del Estado Romano (algo que aparece también en Bonnassie) porque se dedica a recaudar impuestos (MP Antiguo) y eso sumado a la renta (MP Feudal) destinada a un señor absentista. Esto le permite sostener la continuidad entre un periodo y otro. Con el tiempo se va a plantear la necesidad de elegir entre una de ambas formas. Así para los s. V y VII el colapso del Estado hace que no puedan coexistir por la contradicción que existe entre los intereses públicos y los privados que ostentan la propiedad de la tierra. Se produce una evasión impositiva por los altos cargos que el Estado exige, con el agregado de que se comienza a optar por las estructuras feudales que los reinos bárbaros presentaban como alternativa. El modo romano de impuestos y guerras expansionistas le da lugar al modo bárbaro de evasión y estabilidad.

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Al perder poderío económico, el Estado se siente en inferioridad frente a la importancia que los señores comienzan a tener por aumentar la propiedad privada de los mismos. La caída del Imperio cambia las disposiciones, ya no se necesitaba del impuesto para proveerse de un ejército; los nuevos reinos tenían ejércitos que se basaban en la propiedad de la tierra. Al suprimir un gasto importante se pasa del impuesto a la renta, profundizando más las formas feudales de producción.

El cambio ideológico sobre los impuestos les resta aquel peso político que hubo de tener en el Estado romano; si bien los reinos y su administración carecían de una organización como la de este, se alcanzaba un nivel capaz de solventar las economías. Wickham hace una descripción de cómo los impuestos pasaron a tener un peso negativo durante el periodo merovingio para hacerse de objetivos políticos mientras que en la etapa carolingia se volvió a poner énfasis en la tributación aunque de una forma resignificada.

Lo que trata de demostrar el autor es que esta etapa no es solo un pasaje o reemplazo de un MP a otro sino que entre los s. IV y VIII hay una coexistencia. Respecto a la transición de la esclavitud a la servidumbre, en el texto aparece señalado como la perdida del control sobre las relaciones sociales de producción por parte de los Estados romano-germánicos; dejan de regular la aristocracia y ya no poseen el registro de los campesinos adscriptos a la tierra. El Estado pierde poder, como se menciono antes, mientras que la tierra deja de ser un medio para tener poder, ahora lo es en si mismo.

No obstante la idea del Estado Hegemónico se mantiene hasta el s. XI pero lo publico se había ido disolviendo en lo privado conformándose el sistema feudal vasallatico apoyado en la igualdad del rey y la aristocracia; una lealtad que debía ser mantenida mediante el otorgamiento de tierras a unos y otros, desmantelando la estructura estatal. De ahí en más el campesinado se concentro bajo el control del Sr. Feudal.

La caída del Imperio Carolingio puso fin a los gobiernos de vastos territorios bajo el absolutismo; las unidades políticas creadas por ese entonces eran pequeñas con mucha ideología hegemónica pero dependiente del poder feudal. El campesinado había sido favorecido al dejar los impuestos por las rentas pero con Carlo Magno, las relaciones feudales se extendieron de manera tal que sometieron y explotaron a los siervos; se habían quitado las formas de esclavitud antiguas y establecido prestaciones de trabajo. Wickham, en este sentido, piensa que la transición entre una forma y otra se dio de manera marginal y no como característica principal del periodo en cuestión.

A modo de cierre, la idea de Wickham aparece englobada en el sistema feudal como una síntesis entre lo viejo y lo nuevo, dependiendo de la zona en la que se profundice; reformula una teoría en la que el MP Antiguo y el MP Feudal aparecen como subtipos de un MP Tributario o quizás más abarcativo que defienda la continuidad entre un proceso y otro.

3. SALRACH - DEL ESTADO ROMANO A LOS REINOS GERMÁNICOS. EN TORNO A LAS BASES MATERIALES DEL PODER DEL ESTADO EN LA

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El autor propone no ceder a la tentación de considerar al siglo V como el siglo de la gran ruptura (social y política), propiciada por la instalación de los germanos en Occidente, sino que sugiere considerar el período comprendido entre los siglos III y IX en términos de evolución social lenta.

Actualmente hay individualidades y escuelas que siguen pensando la historia de la Alta Edad Media en términos de continuidad o al menos de lenta evolución (Bonnassie, Lauranson-Rosaz, Bois).

LA TESIS FISCALISTA

Existe también un grupo de historiadores partidarios de la tesis fiscalista (Goffart, Durliat), para quienes el sistema de finanzas públicas (impuestos, gastos y métodos de gestión) creado por los romanos se mantuvo virtualmente intacto durante el período germánico, hasta la época carolingia, entre otras razones porque los reyes germánicos eran demasiado débiles para crear un nuevo sistema fiscal pero suficientemente fuertes como para preservar y hacer funcionar, con ayuda de agentes públicos y possesores romanos, el que encontraron sobre el terreno.

Las investigaciones de los fiscalistas tienden a destacar la presencia generalizada de canales fiscales en la geografía y el tejido social de Occidente, la realidad viva y no necesariamente asfixiante del impuesto y la implicación de toda la clase dirigente en la gestión de las finanzas públicas durante los siglos III-IX.

Las investigaciones de la escuela fiscalista conducen a pensar que quizás las sociedades europeas de Occidente, hasta el umbral del año mil, estuvieron estructuradas de acuerdo con lo que podría denominarse un sistema social antiguo en el que la modalidad dominante de producción o explotación del trabajo sería la tributaria.

Los fiscalistas, en su empeño por descubrir la continuidad de las estructuras antiguas, destacan las concomitancias de base entre los reinos romano-germánicos y de éstos con el mundo bizantino.

La tesis fiscalista tiene sus oponentes. Por un lado se opone a os que consideran que el mundo fue feudal desde las invasiones germánicas o desde antes. Aquí las diferencias esenciales giran en torno al colonato que los fiscalistas no consideran una forma de dependencia privada entre potentes y campesinos, generadora de rentas que puedan calificarse de protofeudales, sino simplemente una forma de dependencia fiscal entre personas libres, en el marco de una estructura estatal que desde muy antiguo funcionaba sobre la base de la delegación de autoridad pública en manos privadas. Por otro lado, entran en contradicción con los partidarios de la supervivencia del esclavismo. De acuerdo con Domenico Vera y otros, creen en una esclavitud doméstica pero no rural o masiva ya desde el Bajo Imperio, y asimilan los servi a una categoría de coloni, fundamentalmente sometidos a tributación pública. Por último discrepan de los “domanialistas” en el hecho fundamental de que no consideran las villae como grandes dominios, propiedad de un dominus que percibe rentas y servicios de los tenentes de los mansi, sino asentamientos o demarcaciones fiscales donde los contribuyentes, jurídicamente libres pero económicamente dependientes, están adscritos, ene. Sentido de registrados, en unidades fiscales llamadas mansi, bajo la responsabilidad de un dominus, que es un señor privado a quien el Estado ha delegado competencias en materia de recaudación y gestión de fondos públicos.

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A continuación, Salrach hace un somero análisis de las bases materiales del poder del Estado en la Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media.

EL BAJO IMPERIO

Las cuestiones fundamentales que los historiadores se plantean refieren a la presión fiscal. Mientras unos observan un panorama crítico (Salviano), otros (Martin, Lepelley, Vittinghoff, Chastagnol) ven signos de “prosperidad” que matizarían las dramáticas consecuencias de la presión fiscal. La pregunta de Salrach se centra sobre la posibilidad de la hipertrofia burocrática del Estado romano.

Los ingresos públicos

Durante el Alto Imperio, todas las tierras pagaban el tributum soli y todos los hombres, menos los ciudadanos romanos, el tributum capitis, y parece que esta dualidad impositiva se mantuvo en el Bajo Imperio a pesar de los edictos y constituciones que extendían la ciudadanía romana a todos los hombres libres del Imperio. Un jugum era probablemente el equivalente fiscal de una explotación campesina-media con un par de bueyes y, en la Galia, unas 10 ha de tierras de labor. En este sentido, el número de juga de cada contribuyente es un índice de su capacidad contributiva.

Respecto al impuesto personal, como en el caso del capital inmueble, la materia imponible (las personas libres no indigentes) era reducida a unidades abstractas de cálculo denominado capita: un hombre valía o pagaba por un caput (palabra que se utiliza también en el sentido de contribuyente) y una mujer por medio caput; y el cálculo de capita debidos por una unidad familiar era una operación que se llamaba capitatio humana, expresión que, según Goffart, también tenía el sentido de sujeción al impuesto.

Juga y capita eran pues unidades fiscales en base a las cuales se calculaba cada año el montante del impuesto (territorial y personal) debido por cada contribuyente. Para el fisco, aunque el importante era el impuesto territorial (jugatio), lo decisivo es que reposaba sobre las espaldas de un contribuyente (de un caput), de ahí que a veces se utilice la palabra capitatio, caput o capita para designar al conjunto.

Puesto que el 80% de la riqueza nacional debía proceder de la tierra, dice Durliat, así también los recursos públicos. Pero las ciudades, donde debía vivir entre el 10 y el 20% de la población total, también eran gravadas; sus habitantes eran censados y sometidos a capitación. Los senadores habían de satisfacer un impuesto anual denominado collatio glebalis, cuyo montante dependía de la fortuna de cada cual. Las ciudades organizaban también la recaudación del impuesto llamado collatio lustralis, como la lustralis collatio o chrysargyre que gravaba las actividades productivas no agrícolas, para lo cual se utilizaba la infraestructura de las corporaciones.

En todo el Imperio se percibían impuestos sobre el tráfico de personas y bienes. La recaudación se efectuaba en las aduanas u oficinas en los límites exteriores del Imperio, las provincias, los términos municipales, las puertas de las ciudades y los mercados.

El Estado poseía también tierras y otros bienes públicos, que proporcionaban ingresos diversos, o bien porque eran explotados directamente, o bien porque eran cedidos en arrendamiento. Estos bienes estaban repartidos entre los bienes a disposición directa del soberano, denominados de la res privata,

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bienes de los templos (paganos) y de las Iglesias (cristianos) y bienes de las ciudades.

El gasto público

El gasto público del Bajo imperio puede agruparte en tres capítulos: el coste de las administraciones municipales, la administración central (gastos civiles y militares) y el culto.

Los gastos municipales eran enormes y de muy distinta naturaleza. Las ciudades, generalmente capitales de territoria muy extensos, financiaban las obras públicas, espectáculos y distribuciones gratuitas de alimentos. Para cubrir todos estos gastos eran necesarios grandes ingresos. Aunque la ciudad tenía recursos propios (magistraturas pagadas, rentas de tierras municipales), es dudoso que estas fuentes de financiación fueran relevantes en las finanzas municipales. La partida de ingresos más importante procedía del presupuesto del Estado, que asignaba un tercio de sus recursos a las ciudades. De todo el impuesto recaudado en los territorios de las ciudades del Imperio, éstas tenían derecho a quedarse con un tercio para satisfacer sus necesidades y debían liberar los dos tercios restantes a la administración central. ¿Qué hacía el Estado con ellos?

Según diversos estudios, otros tercio de los ingresos del Estado aproximadamente debía asignarse al mantenimiento del Ejército (reclutamiento, equipamiento, alojamiento, manutención, transporte, soldadas). Obtenían los recursos necesarios por intermediarios: mediante pagos a su favor que efectuaban los recaudadores, mediante el aprovisionamiento en almacenes públicos, etc.

En cuanto a los gastos civiles de la administración central, Durliat distingue fundamentalmente cuatro partidas: el mantenimiento de las grandes capitales del Imperio (Roma, Constantinopla, Milán, Ravena), que en gran parte vivían de las munificencia imperial; la ayuda a muchas otras ciudades, sobre todo cuando atravesaban dificultades; el pago de los salarios de los grandes funcionarios; y el financiamiento de diversos servicios públicos.

Respecto al culto, que absorbe una importante parte del presupuesto, la tesis de Durliat es que las Iglesias y el Estado son realidades moderadamente autónomas pero no separables. En la medida en que el cristianismo sustituyó al paganismo como religión de Estado, como marco ideológico global, también heredó sus funciones ideológicas e institucionales, y obtuvo en contrapartida, las asignaciones presupuestarias o dotaciones (tierras o impuestos sobre tierras) correspondientes al mantenimiento del culto. Desde este punto de vista, los bienes de la Iglesia, aunque gestionados autónomamente, no son separables o distintos de los bienes del Estado.

El emperador cristiano, que consideraba la Iglesia como un servicio público y las iglesias como edificios públicos, se sabía con derecho a llevar la dirección administrativa de la institución, a pilotar la nave cristiana y a imponerse como árbitro de las querellas conciliares.

Los recursos de la Iglesia del Bajo Imperio eran de origen diverso, pero, según Durliat, en contra del parecer de Gaudemet, los procedentes de la caridad privada apenas cuentan al lado de los bienes y rentas del Estado asignados al culto por el emperador y sus colaboradores. Estos bienes y rentas del Estado asignados al culto procedían de dotaciones efectuadas sobre recursos de las res privata y las tierras municipales, de las confiscaciones efectuadas a los templos paganos, etc.

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La gestión de las finanzas

El possesor, también llamado patronus y dominus, podía tener pequeñas o grandes propiedades o no tenerlas, y podía tener o no tener campesinos dependientes, a título de señor privado, pero lo más importante y definitivo de su identidad, según los fiscalistas, es que siempre se trataba de un individuo privado que había recibido (por cesión directa, herencia o compra) una delegación de autoridad pública que le permitía y obligaba, de hecho, a actuar como oficial fiscal y arrendador del impuesto. El conjunto de tierras, y cultivadores, sobre los que el possesor ejercía sus derechos eminentes, de naturaleza fiscal, era la possesio o fundus (asentamiento fiscal o base de percepción fiscal.

La ciudad era la célula política de base y el interlocutor necesario entre la administración central y el contribuyente.

Ya se puede comprender que la gran máquina fiscal del Imperio pudiera marchar con pocos funcionarios, bastaba que en todas partes hubiera individuos privados, los possesores, dispuestos a actuar como si fueran arrendadores de los impuestos y pagadores por cuenta del Estado.

Si, como creen los fiscalistas, el fundus era una base de recaudación, el hecho de que fuera objeto de venta, herencia y donación presupone que la tarea del possesor debía ser lucrativa. Parece que había varias modalidades de remuneración. La más común debía ser la percepción de una comisión por cada operación fiscal efectuada.

El impuesto era exigible en moneda, producto y servicios. Para sus cálculos el Estado se servía de la moneda. Con ella elaboraba el presupuesto y expresaba sus necesidades y lo que esperaba de la tributación de provincias y ciudades. Teóricamente, el Estado expresaba sus necesidades en dinero, es decir, en moneda de cuenta que por coemptio se transformaba en los productos y servicios que precisaba. En la práctica, la coemptio, para muchas regiones y ciudades era permanente, es decir, que el impuesto se expresaba habitualmente en producto y servicio y por tanto, para los cálculos, era necesario proceder hacia atrás, con la adueratio o retro-coemptio, para traducir el valor del impuesto en dinero.

Se trata de un Estado fuertemente centralizado en una triple dimensión: todo el poder está personificado en la figura del monarca; las grandes decisiones políticas y económicas que afectan a la vida de todas las gentes del Imperio (presupuesto, precios públicos, legislación, defensa) se toman en la corte donde reside la administración central y, sobre todo, el centro puede hacer sentir su poder directamente sobre cualquier ciudadano del Imperio. En la práctica había muchos eslabones intermedios, unos subordinados a los otros, aunque la iglesia era relativamente autónoma en la gestión de sus finanzas, y el sistema de delegaciones permanentes de autoridad pública en señores privados (possesores, domini) dificultaba la centralización de cuentas.

Así, inevitablemente, se llega al nivel inferior, el del contribuyente, base de todo el sistema. Historiadores como Vera, Gascou, Saumagne, Goffart, Eibah y Langhammer opinan que hay lazos entre el colonato y la fiscalidad, entre coloni y fundi. Durliat es del mismo parecer: si el fundus era una base de percepción fiscal, el colonus tenía que ser, pura y simplemente, un contribuyente.

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La hipótesis es la continuidad del Estado antiguo, y de su sistema administrativo, en unos marcos espaciales más reducidos.

Los ingresos públicos

La hipótesis es que los reyes germánicos, seguramente, no tuvieron que legislar en materia fiscal, al meno ampliamente, porque disponían de los códigos romanos, que siguieron en vigor. El marco de referencia seguía siendo la ciudad, ahora ya con el obispo como jefe de la administración local, en la Galia, más o menos flanqueado por condes que deben ser los responsables de los pagi o territorios que van emergiendo como subdivisiones, al principio, y alternativa, al fin, de las ciudades.

No hay duda que el censum es el impuesto, que probablemente todavía se percibía en sus dos modalidades, la territorial y la personal. Respecto a la modalidad más importante, la territorial llamada en lagunas fuentes tributum, muchos historiadores creen que se produjo una reducción de la punción, Así oponen a un imperio romano poderoso y opresor, unos reinos germánicos, demasiado débiles para mantener la misma tasa de sustracción. Las fuentes, al menos en apariencia, les dan la razón. Mientras en época bajo imperial, según cálculos de Durliat, el impuesto debía devorar alrededor del 20% de la producción, la mayor parte a título de impuesto territorial, en tiempos de los reinos romano-germánicos, las fuentes parecen sugerir una detracción del orden de un 10%.

Hasta la época carolingia el impuesto personal fue conocido con el nombre de capuz y de capitatio humana. Todos, romanos o germanos, estaban sometidos a la capitatio humana, pero no por ello dejaban de ser hombres jurídicamente libres.

En segundo orden de recursos públicos, después del impuesto, venían las rentas de los dominios del Estado: rentas de las minas, las salinas y, sobretodo, las tierras públicas (fiscus y patrimonium).

También los propios beneficiarios de tierras fiscales procedían a ventas o intercambios entre ellos en función, seguramente, de su deseo de concentrar recursos y facilitar el control. Es decir, las tierras públicas formaban una masa enorme y constante de bienes que circulaban pero siempre entre las manos de las personae publicae.

Pero es cierto que la asignación de recursos de la administración central a instituciones e individuos poderosos llevaba a la creación de fuerzas alternativas como duques, condes u obispos independientes. Así se podría concluir que el advenimiento de los carolingios con sus confiscaciones de bienes eclesiásticos y el ensanchamiento de fronteras fue algo así como una tentativa de restauración o reforzamiento del Estado tradicional, en el sentido de superación de aquel estadio de fraccionamiento del poder público, que afectó también a la Italia lombarda y amenazó a la España visigoda.

Finalmente quedan las multas impuestas por los tribunales de justicia y los ingresos derivados de la acuñación monetaria con un control mayor o menor de la administración central sobre las cecas de cada reino.

El gasto público

La administración central de los reinos romano-germánicos tenía también que pagarse a sí misma y sufragar numerosos gastos de carácter civil. El primer

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lugar de esta partida lo ocupaba el mantenimiento de la corte, es decir, los alimentos y salarios de los grandes funcionarios que se ocupaban del ejército, las finanzas, la justicia, la Iglesia, etc. Cada reino disponía de una capital preferente, con un palacio real y las oficinas de la administración central y capitales secundarias con residencias reales ocasionales.

En cuanto a la administración local, la época germánica presenta algunos cambios importantes. El primero es el ascenso de los obispos a la dirección de los asuntos administrativos, tanto religiosos como civiles, con un poder que en la Galia incluso parece prevalecer sobre el de los condes. El segundo es la decadencia del viejo marco municipal en provecho de unas circunscripciones menores, los pagi, regidos por condes. La evolución es, pues, en el sentido de una cierta descentralización.

Pero las viejas ciudades decadentes subsistían y con ellas sus tradicionales gastos públicos: construcción, restauración y mantenimiento de murallas, vías públicas, puentes, graneros mercados y acueductos; asistencia alimentaria en tiempo de carestía, y quizá gastos de medicina y enseñanza.

Por otra parte, el período registra una tendencia a la clericalización de la medicina y la enseñanza, lo cual, si aceptamos el razonamiento de Durliat que considera la iglesia como una institución pública, no representa ningún cambio de signo rupturista, sino una tendencia a reducir las competencias de las administración civil en beneficio de la religiosa.

También es posible, según Durliat, que entonces se produjera una transferencia de fondos de las administraciones locales a las de las iglesias, en consonancia con el papel dirigente de los obispos en las mismas. Los obispos, bien situados en el engranaje fiscal y político, debieron entonces desviar fondos para la construcción de iglesias y otras obras de infraestructura eclesiástica. Herederos de los emperadores romanos, los reyes germánicos fueron los jefes protectores de sus iglesias nacionales: convocaron concilios, nombraron obispos, acentuaron su control directo sobre los monasterios, y sobre todo, subvencionaron el culto que siguió teniendo carácter de servicio público.

Una parte de los recursos eclesiásticos era de origen privado. Lo eran por ejemplo, muchos lotes de tierra pequeña extensión dados en plena propiedad o con reserva de usufructo por pequeños propietarios, una categoría social probablemente dominante en la Alta Edad Media.

La gestión de las finanzas

Es lógico preguntarse si los métodos de gestión eran los mismos que los del Bajo Imperio o habían cambiado.

Está en primer lugar el tema de los asentamientos o bases de percepción fiscal. El fundus (terminología utilizada por los legisladores romanos), según Durliat, sigue siendo lo que era: un territorio sobre el cual un possesor tiene derechos fiscales delegados. La novedad es que los documentos, generalmente escrituras de venta de tierra, sitúan los bienes inmuebles que se venden in villa. ¿Qué eran las villae? Escrituras de venta o donación de villae sugieren que lo eran todo: tierras, casas, aguas, bosques, molinos, hombres. Podrían ser grandes dominios si no fuera que incluyen las aguas que es bien público, y que los campesinos que habitan en ellas venden, compran, heredan y donan en plena propiedad tierras situadas in villa, y ya se sabe, no es posible que haya propiedades dentro de propiedades.

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También la ciudad, aunque menos brillante que antes, y ahora subdividido su término en pagi, seguía siendo el intermediario necesario entre la administración central y los possesores.

La villae y fundi, que los partidarios de la tesis fiscalista consideran bases de recaudación, eran objeto de compra-venta entre possesores lo cual parece indicar que la ostión del impuesto era rentable. Para Durliat es claro que la clase dirigente de la época germánica obtenía la parte más sustanciosa de sus ingresos no de sus grandes propiedades sino de la gestión de las finanzas públicas.

Como dice Durliat, los palacios de los reyes germánicos tenían que ser algo más que un lugar de reunión de guerreros y cortesanos: desde el punto de vista de la fiscalidad tenían que tener algo de oficina central del Tesoro.

Finalmente se llega al último eslabón, el de los contribuyentes (tribuytarii). Para la tesis fiscalista, eran los colonos descendientes de los coloni del Bajo Imperio y de los esclavos manumitidos. Al final de esta historia, serían los pequeños propietarios libres del Valle del Duero y del reino asturleonés de que tanto hablaba Sánchez Albornoz y los pequeños alodiarios que afloraban por todas partes en la documentación catalana de la época carolingia. El problema es el número. Durliat y Magnou-Nortier piensan que son predominantes puesto que, a su entender, eran la principal fuente de ingresos o de confiscación de excedente (por la vía del impuesto territorial y personal) de las monarquías germánicas. Su teoría se refuerza reduciendo el papel de los esclavos al servicio doméstico, y considerando a los servi rurales simplemente como una variante de los coloni. Durliat coloca dentro del grupo de los coloni a los accola, ingenui, liberti, servi y mancipia, que serían campesinos sometidos a cargas fiscales de distinta modalidad, al margen de que pudieran estar sujetos a dependencias privadas.

BALANCE

Esta línea de interpretación nos sitúa ante la hipótesis de que las sociedades del Occidente europeo antes del año mil, y al menos desde el Bajo Imperio, funcionaban dinamizadas por la modalidad tributaria de explotación del trabajo. Modalidad que sería el motor principal del sistema social (totalidad coherente de estructuras) antiguo cuya vigencia los hombres habrían mantenido hasta mucho más allá de la caída del Imperio romano de Occidente. Claro está, para aceptar este supuesto hay que aceptar los supuestos previos en que se basa la tesis fiscalista: el servís no sería ni un esclavo ni un dependiente sino un contribuyente sometido al servilium; colonus no significaría arrendatario sino campesino, generalmente propietario; censum nunca sería sinónimo de renta sino de impuesto; polyptyci serían registros públicos; possessio y fundus no serían propiedades sino demarcaciones fiscales; el possesor no sería el propietario sino un señor privado depositario de una delegación de poder público; las villae y los mansi no serían, al menos únicamente, pueblos y explotaciones sino formas de encuadramiento y cálculo fiscal, etc.

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El autor intenta individualizar las grandes fases de las relaciones entre Roma y los longobardos, ordenando los hechos dentro de esquemas interpretativos generales.

Para el período comprendido entre finales del siglo VI e inicios del VII, se debe hablar de una estirpe bárbara extraña al país invadido, Italia, naturalmente entendiendo con esta consideración no un pueblo comprendido como unidad racial cerrada, portadora de una cultura étnica bien individualizada, sino como un grupo humano abierto a distintas influencias, sobretodo de cultura. Para el período posterior se debe no solamente hablar, como se hace habitualmente, de un pueblo abierto ahora a modelos culturales y religiosos de matriz romano-mediterránea en vía de fusión con los romanos de Italia. Esto puede ser válido para una hipotética fase intermedia, de difícil ubicación cronológica. Pero para la fase que se inicia con el siglo VIII, hay que tener presente que en las fuentes contemporáneas –además de aquellas de época carolingia y postcarolingia- con el término “longobardo” se entiende prácticamente todo habitante de condición libre del reino y, ciertamente, todos aquellos de condición económica incluso modesta que desempeñaban, al menos en teoría, tareas públicas, judiciales y militares principalmente.

Evidenciar estas diferencias macroscópicas entre lo que se entiende bajo el término “longobardos” en el siglo VI y en el siglo VIII no es una observación banal, en cuanto que la operación que nos proponen las fuentes de parte papal –el Liber Pontificalis, el Codex Carolinus- es precisamente opuesta y tiende a uniformar la imagen de la época más antigua y aquella de época más reciente. Que se trata de una toma de posición ideológica, de propaganda política, es bien conocido, pero tomar consciencia de ello no debe inducir a retener que los propios protagonistas de aquel período hubieran tenido en sus relaciones con los longobardos siempre el mismo comportamiento de neta repulsa. Es precisamente esta concepción la que el autor rechaza.

El Imperio romano materialmente representado por Bizancio permaneció, durante toda la historia del reino longobardo independiente, un punto de referencia ideal de cualquier manifestación del poder regio que se quisiese expresar en el sentido de una realeza madura, territorial, de sello católico. Bajo este punto de vista es lícito pensar que el verdadero interés de los longobardos más que hacia Roma fuera dirigido hacia Ravena, la capital de la Italia bizantina.

Los longobardos pudieron haber conocido la ciudad de Roma tal vez ya durante la guerra gótica, en la que algunos habían tomado parte aunque fuese brevemente.

Tras los posteriores ataques de la época de Agilulfo (rey lombardo entre 590 y 616), los longobardos se desinteresaron de Roma durante un siglo aproximadamente. Los longobardos desaparecen de las páginas del Liber Pontificalis tan bruscamente como habían entrado.

Cuando reaparecieron en el horizonte de Roma, en los primerísimos años del siglo VIII, lo hicieron de dos modos diversos. Dos maneras diversas, una belicosa, la otra pacífica de relacionarse con Roma, pero las dos tienen en común el hecho de que en primer plano se encuentra ahora el papado.

La extrema fragilidad de las relaciones entre Roma y los longobardos desde finales del siglo VI y a lo largo del siglo VII explica porqué quien se ocupa de este tema se concentra generalmente en el pleno siglo VIII.

La fuerza del arrianismo longobardo, que suponen autores como Bognetti, explicaría la preocupación papal y las misiones en el corazón del reino.

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El siglo VII marcaría por tanto la fase “misionera” de las relaciones entre Roma y los longobardos, intermedia entre el impacto inicial –puramente bélico- con una estirpe bárbara carente, a ojos romanos, de características dignas de mención y de jefes, y cuyo único lenguaje era el botín, y la fase “política” del siglo VIII.

Las evidencias del arrianismo de los longobardos son extremadamente escasas. Reyes arrianos fueron con seguridad sólo Autari, Arioaldo y Rotari. En cuanto a los misioneros orientales que en la segunda mitad del siglo VII habían actuado en el seno del reino longobardo, tanto Bognetti como Bertolini admiten no tener ninguna prueba de la implicación papal en la obra de conversión que supuestamente habrían llevado a cabo estos misioneros.

Sostener el escaso relieve del arrianismo en el reino longobardo durante la segunda mitad del siglo VII significa restar plausibilidad a la existencia, en este período, de un esfuerzo misionero de parte del papado hacia los longobardos. O es que sea imposible suponerlo, ciertamente, pero si existió no fue de gran importancia y no tal, en cualquier caso, para determinar el tono de las relaciones entre el reino y el papado.

Es realmente poco. El dato a tener en cuenta es que el reino longobardo, durante estos decenios, está ocupado en un difícil proceso de organización política, marcado por duras luchas internas por el poder y muy ocasionalmente se asoma al sur de los Apeninos, y cuando lo hace, se vuelve hacia las tierras longobardas de Spoleto y Benevento, mientras que el papado, a su vez, está implicado en ásperas luchas religiosas con Bizancio. Los objetivos privilegiados por ambos protagonistas –reino t papado- durante estos casi ochenta años eran por tanto radicalmente divergentes y se debieron encontrar raramente.

En realidad, el vacío de las relaciones romano-longobardas en el siglo VII es sólo aparente, o mejor, lo es sólo a nivel político. Si en Roma se producían objetos que eran también símbolos de rango y que circulaban en las tierras longobardas, la idea de las insuperables barreras –étnicas, culturales, religiosas- entre estos diversos ámbitos territoriales, pierde todo su contenido. El siglo VIII marca un giro tanto en las relaciones entre papas y longobardos como en la atención que las fuentes prestan a estas relaciones. Particular relieve tiene la época de Liutprando para la que disponemos contemporáneamente de la Historia Langobardorum que finaliza con la muerte de Liutprando y del Liber Pontificalis que había ignorado prácticamente a los soberanos precedentes.

En las páginas del Liber el rey longobardo es protagonista de largas y atormentadas relaciones con tres papas, Gregorio II, Gregorio II y Zacarías, relaciones resaltadas por encuentros militares pero sobre todo por encuentros, algunos de ellos dramáticos.

Con Zacarías los encuentros fueron dos, el primero en el 742 en Terni, para obtener restituciones territoriales relativas al ducado romano; el segundo, el año sucesivo, que tenía el objetivo de recuperar territorios del Exarcado ocupados y de detener el ulterior avance de Liutprando en aquella región. En este último caso Zacarías acudió nada menos que hasta Pavía. Fue un evento absolutamente clamoroso, marcado por un ritual muy complejo.

La narración de los dos encuentros entre Zacarías y Liutprando, realizada por el biógrafo del Papa, es la de un testimonio ocular o la de uno que tenía informaciones de una persona que había estado presente en los hechos. Aparte de esto, sin embargo, es fundamental el hecho de que el biógrafo hay querido contar detalladamente los hechos, expresando ciertamente el punto de vista y

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los intereses del Papa y de su círculo, pero al mismo tiempo dando a los dos encuentros un relieve inusitado.

El hecho de que Zacarías celebrase la misa en el día de San Pedro en la capital longobarda en presencia del rey, en una iglesia fundada por él es un acto de enorme valor simbólico; al igual que lo había sido la ordenación papal de obispo sienés, siempre en presencia del rey.

Los encuentros entre Zacarías y Liutprando son los primeros encuentros solemnes entre un Papa y un soberano de los reinos occidentales. En ellos, Liutprando ostenta un papel de gran dignidad, de superioridad, podríamos decir: en ambos casos el rey espera al Papa, no le va al encuentro como hacen el exarca en Rabean y Pipino en Ponthion; naturalmente mientras para el exarca esto era un signo de debilidad evidente, en el caso de Pipino su sumisión formaba parte de la manifestación ideológica del nuevo poder regio de los francos. Por otra parte es interesante el hecho que, tras el reinado de Liutprando, nuevos encuentros no hayan dado pie a otras descripciones. Ya para el encuentro entre el mismo Zacarías y Ratchis en Perugia en el 749 se vuelve a una descripción abreviada y de género. Ciertamente puede ser debido a que a este punto el ceremonial estaba ya suficientemente ensayado o que faltó un testimonio ocular.

Después de Ratchis y Zacarías, con los reinos de Astolfo y Desiderio y los pontificados de Esteban II, Pablo, Esteban III y Adriano I, entramos en cambio en una fase que podríamos definir como de “deslegitimación política”.

De Astolfo a Desiderio, la línea de comportamiento papal en sus relaciones con los monarcas longobardos aparece lineal en su total hostilidad y constante retrato negativo de los soberanos: como Astolfo, Desiderio es protervus, animado por un malignum ingenium y por una maligna saevitia.

Pero en la realidad, y dejando de lado la propaganda, existía una consolidada trama de relaciones entre el papado y el reino longobardo a través ciertamente de los obispos.

No existía ningún rechazo a priori, por parte romana, a la realidad representada por el reino longobardo y a sus supuestas tradiciones germánicas y particularidades, todo lo contrario, una realidad con la cual se producían normales y, durante el siglo VIII al menos, frecuentes relaciones a todos los niveles.

Análogamente, por parte longobarda se puede encontrar la misma normalidad de comportamiento. Colaboraciones y relaciones que se desarrollaban paralelamente a la difícil situación política y militar y que de vez en cuando se determinaban pero que nunca se interrumpían. En estas condiciones paree difícil poder sostener todavía la existencia de una presunta persistente “extrañeza cultural” de los longobardos respecto a la Iglesia de Roma: de esta extrañeza no existe traza alguna en las fuentes. Así como tampoco existe traza alguna de otro de los temas predilectos de la historiografía: el drama de los longobardos, y del clero del reino en particular, en el momento en que tuvieron que enfrentarse con los francos que apoyaban al Papa.

Desnudas de todas estas lecturas no adherentes a la evidencia proporcionada por las fuentes, las atormentadas relaciones entre el reino longobardo y la iglesia de Roma en el siglo VIII, nos son restituidas en toda su realidad, hecha de estrechos lazos recíprocos y, al máximo nivel, aquel de rey y pontífice, de un complejo juego político, construido sin embargo siempre a partir del reconocimiento, por parte longobarda, del papel papal de caput ecclesiarum dei. Todo esto da fe de un constante diálogo con Roma de los vértices políticos y religiosos del reino longobardo.

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5. PATLAGEAN - EL RENACIMIENTO EN EL ESTE (MEDIADOS DEL SIGLO IX - MEDIADOS DEL SIGLO X)

Con la toma del poder por Basilio I en 867, tras la muerte de Miguel II, conviene comenzar un nuevo capítulo. En efecto, hoy se sabe que este cambio inauguraba una época de apogeo del Imperio, o mejor dicho, daba el último toque al modelo que debía quedar en la historia general como el ejemplo y la herencia de Bizancio. Los textos e imágenes que constituyen nuestra documentación sobre la historia de estos tres reinados y del de Romano I son en gran parte el producto de una elaboración deliberada, en la que los emperadores tomaron parte personalmente.

RESTAURACIÓN DE LAS ESTRUCTURAS ECONÓMICAS Y SOCIALES

Dos datos hay que tener en cuenta, el primero relacionado con la reactivación urbana, acentuada precisamente a partir de Basilio I y a lo largo del siglo X, y un equilibrio demográfico renovado.

El despertar de las ciudades

Se observa arqueológicamente, una recuperación en Atenas, Corinto, Antioquia y Sardes, que empieza en líneas generales, con Basilio I.

La función productiva de las ciudades de provincia no se ve claramente. La antropología revela una división aún incompleta del trabajo y una producción al modesto nivel de las necesidades locales.

La actividad económica parece ser esencialmente el comercio, con un auge en el siglo IX, aunque esto sólo es cierto en situaciones favorables, como en Querson, Tesalónica y Trebisonda, las dos primeras en la salida de las rutas del mundo eslavo y la tercera a la llega de la ruta del Extremo Oriente. La historiografía sugiere algo que estará aún más claro en la segunda mitad del siglo, que la política de reconquista pudo ser, por el contrario, un factor estimulante para determinadas ciudades, en tanto que suponía una punción peligrosamente fuerte sobre la producción de grano.

Segunda juventud de Bizancio

El Libro del prefecto, promulgado por león VI, reglamentaba sistemáticamente la actividad productiva de la capital a través de las asociaciones de oficios, de los chacineros a los notarios, y de los fabricantes de cirios a los mercaderes de seda. El texto ofrece el cuadro de un consumo urbano diversificado, y por tanto de una activa demanda. El palacio desempeña por su parte una función productiva de lujo, vinculada a su función política. Copistas y pintores ejecutan libros suntuosamente iluminados y otros simplemente equipan de textos la biblioteca imperial. El trabajo de la administración central es otra actividad específica de la capital. El palacio adquiere, también en este terreno, una primordial importancia en los siglos IX y X, por las responsabilidades de dirección confiadas a su personal, por el tribunal del emperador, a la vez tribunal supremo y jurisdicción de apelación, por la cancillería y sus expediciones a la provincia. El patriarca dispone de una organización administrativa central. Por último, la propia capital se encuentra siempre bajo

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la autoridad del prefecto de la ciudad, fundamentalmente encargado de la policía, que dispone también de diversas oficinas.

Desde entonces, Constantinopla es un foco del comercio internacional, y tal vez también su centro de redistribución más importante.

La tradición urbana de Constantinopla prosigue sin interrupción desde el siglo IV, y en esta primera mitad del siglo X subsisten muchos rasgos antiguos tales como los barrios, el hipódromo o las representaciones de las relaciones entre el emperador y su pueblo. Constantinopla no experimenta ya los sobresaltos del siglo VI, ni aún los del XI, que expresarán una etapa efervescente de su evolución. La distinción entre la capital y las provincias reviste una significación tan grande como la de las ciudades y los campos.

Solidez de la aldea

Según un tratado de percepción fiscal del siglo X, la aldea comporta normalmente un centro agrupado, pero que la unidad puede romperse en virtud de desacuerdos entre vecinos o de otras circunstancias, como el exceso de población y la fragmentación de una familia convertida en demasiado numerosa. Por otra parte, el dominio bizantino está esencialmente constituido en esta época, según parece, por un conjunto de rentas y de derechos como la montanera o el pastoreo sobre la tierra comunal. No existe la corvea de explotación.

Por otra parte, los campos soportan también, desde el comienzo de Bizancio, lo esencial del impuesto. La comunidad aldeana independiente, y eventualmente el dominio privado o monástico, se constituyen en motor fiscal. La continuidad del Estado en Bizancio era, en efecto, incompatible con una mengua civil en la categoría de hombres libres, o sea, los no-esclavos. El rol del Estado es el de un propietario eminente, haciendo perseguir a los contribuyentes refugiados en dominios privados, lo que sin duda es un antiguo procedimiento, haciendo responsable a la aldea de las parcelas abandonadas por uno de sus habitantes, y disponiendo, con plenos derechos de propiedad, de las tierras abandonadas más de treinta años (klasmata), para enajenarlas por venta, alquiler o donación. La condición campesina no podía variar más que en virtud de circunstancias locales. La escala concreta de los recursos campesinos se mide, como antaño y siempre, a través de la clasificación de origen publico, en términos de medios de trabajo y ante todo de labranza. A partir del siglo XI, la propia terminología fiscal distinguirá a los que poseen “un par de bueyes” o “un buey” de los que “no poseen nada”, estando inscritos, no obstante, en los registros. Más abajo aún, el campesino “libre” no es titular del estatuto de independencia, ni de ningún otro, está ausente de los marcos fiscales del capo, es un individuo fluctuante. Finalmente, más abajo sólo se encuentran los esclavos, mano de obra de la familia campesina o de los dominios, a manera de asalariados de refuerzo.

La expansión de las grandes fortunas

La época es testigo de un desarrollo del monaquismo en nuevos centros.

La justificación de las inmunidades que el emperador otorga a las fundaciones monásticas, y de las donaciones de tierras o de rentas que reciben, hace hincapié sobre el papel intercesor de los monjes, cuya función de “padre espiritual” que les corresponde siempre en la sociedad es una aplicación.

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Los bienes militares, soporte del servicio armado en los themas, constituyen igualmente, una categoría estatutariamente inmune. Las aldeas independientes y los dominios proporcionan reclutas a manera de impuestos. Los “poderosos” y los “pobres”

En líneas generales, la matriz de la aristocracia militar y política cuya expansión caracteriza al siglo X, de León VI a Basilio II, es incuestionablemente el centro y el este del Asia Menor y sus propiedades se encuentran allí, cuando las posee.

La historia social de los campesinos y la de los dueños de la tierra marchan, pues, a la par por sus relaciones con el Estado. Los funcionarios, que compran su cargo y que son pagados en el acto por los contribuyentes o los justiciables, agravan desde siempre el descuento fiscal, tanto como pueden, en su propio provecho, aunque ciertamente han de soportar la eventual responsabilidad de un déficit en la percepción. Los grandes propietarios se esfuerzan a la vez por extender el campo de dependencia y reducir su propio pago fiscal.

Los propietarios usurpadores son conocidos como los “poderosos”, detentadores de una parcela del poder público, lo que les proporciona capacidad de presión o de protección. Los poderosos anexionan ante todo los bienes de los campesinos independientes, que e legislador designa con un término tan significativo como los “pobres”, en un sentido menos económico que social de la palabra. Bizancio da cuenta, pues, de la misma pareja potens/pauper del Occidente carolingio.

LOS “MACEDONIOS” SE INSTALAN

La figura imperial disfruta, a partir de Basilio I, de una elaboración teórica más rica al deber la dinastía su existencia a un homicidio, a lo que se añade la brillantez general de la época comenzada con Teofilo: en la cumbre de la sociedad imperial, en el corazón del mundo visto desde Bizancio, el soberano requiere una ilustración sin precedente, cuya sabia cultura enriquecerá el discurso, y de la que la iconografía se hace eco.

Basilio y Focio: un nuevo comienzo

En el momento en que Basilio toma el poder, la sede patriarcal está ocupada por Focio y en una situación de ruptura con Roma. Basilio hace intervenir a Ignacio, buscando el apoyo de Roma que reacciona condenando a Focio (869-870) y rehabilitando a Ignacio. Focio, aunque exiliado, conserva su influencia e incluso vuelve a Constantinopla en 873, reconciliándose luego con Ignacio. Con la muerte de éste último en 877, Focio vuelve a la sede patriarcal y la ocupa hasta 886.

Focio es una figura primordial del siglo IX, determinante para el futuro. Compuso la Biblioteca, al tiempo al que se dedicaba a la carrera pública bajo el reinado de Teofilo. Predica en Santa Sofía y será el inspirador del prólogo que encabeza el Epanagoge (Restauración de las leyes), que se sitúa después de 879, carta completa en lo sucesivo de las relaciones entre las dos figuras, la del emperador y la del patriarca, el primero responsable del bienestar del Imperio, defensor de la ortodoxia del dogma, intérprete y responsable de las leyes: el segundo, único intérprete de los cánones y los concilios. Esto es una buena muestra de la interpretación específicamente bizantina de las relaciones ente

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el poder político y militar, y el poder religioso, modelo para las cristiandades eslavas, y sobretodo, más tarde, para la tercera Roma moscovita; y también del desarrollo lineal de las premisas constantinianas, con la continuidad de los dos poderes unidos en la misma capital, en el sentido simbólico y no solamente geográfico que hay que dar a este término en el Imperio Romano cristiano. Pero en una capital que no era sin embargo más que la Nueva Roma, la segunda, mientras que el papado recogía sólo la eminente dignidad histórica e imperial de la primera. Esta fundamental diferencia puede explicar la diferente evolución del problema de los dos poderes, en Occidente y en Bizancio.

La solución bizantina no tiene nada que ver con el concepto confuso y sin fundamento de “cesaropapismo”, inventado por algunos historiadores de Bizancio. Está, en cambio, en la base de la discordia entre las cristiandades latina y greco-eslava.

Unificación, legislación, enciclopedismo

La historia interna del reinado de Basilio I ilustra, en gran medida, la definición que se le da a la mitad de su trayectoria. Su observancia ortodoxa se traduce políticamente en el intento, en gran parte conseguido, de reducir las disidencias culturales de todo tipo.

Pero el problema religioso sigue abierto: los bogomilos a partir del siglo X, en Bizancio y los Balcanes, y los tondraquitas en la Armenia del siglo XI podrían ser a su vez los retoños de la vieja corriente que despreciaba la carne y la jerarquía, el engendramiento y el mundo, que la cristiandad de Oriente conocía desde el siglo IV. Es este un problema de continuidad que sigue sin aclararse. Basilio I es también, conforme al modelo, un emperador legislador, el primero del siglo IX. A pesar de todo, Basilio no fue todavía en sí mismo un emperador docto, aunque conozcamos bajo su nombre las instrucciones a su hijo, una especie de espejo del príncipe. La sabiduría y la escritura de una obra propia como rasgos inherentes a la figura imperial sólo se perfilaron firmemente en su hijo León VI, y sobre todo en su nieto Constantino VII.

La obra legislativa de León VI no es quizás a este respecto la más significativa, aunque marca una etapa relevante en el compromiso clasicista que inaugura la ideología de los sucesores de Basilio I.

Era tradicional que el emperador distinguiera con su nombre y su voluntad, sino con su puño y letra, una obra jurídica. Aunque a León VI se le atribuye una producción sin precedentes, entre lo que destaca un Tratado militar (Taktika), nutrido de referencias a los tácticos antiguos pero con una inspiración teórica contemporánea; y las homilías pronunciadas en Santa Sofía, evidenciando la intrusión del soberano en el terreno eclesiástico y dando una nueva prueba de la unión de los dos poderes en el mundo bizantino, a pesar de los conflictos entre sus titulares o en definiciones. Por último, la historiografía oficial señala que León IV era un cualificado copista.

La competencia cultural del emperador culmina con Constantino VII. Dejando de lado sus novellae, los discursos y el Libro de las ceremonias, Constantino compuso dos tratados, De los Themas y De la administración del Imperio. Este último fue escrito entre 948 y 952, y es importante por la compleja teoría de las relaciones internacionales de Bizancio que proporciona, así como información pasada y presente sobre los pueblos rusos, pechenegos y turcos. Posteriormente, Constantino aparece como el inspirador y organizador de un trabajo colectivo de gran envergadura, que se hace por medio de la biblioteca constituida en el palacio y del taller de copia del que disponía esta última. Este

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trabajo consiste, primero en compilar los repertorios de textos antiguos sobre determinados temas, dando prueba, al igual que sus semejantes de Bagdad, de la afición del siglo X por las enciclopedias, característica de una pepota de equilibrio y clasicismo. Pero también constituye un trabajo historiográfico, el más importante para nosotros, que establece bajo su dirección la historia oficial no sólo de la dinastía, sino también la de los soberanos que le precedieron en los siglos VIII y IX: su objeto era mostrar la perfecta continuidad del poder, constantemente en manos de los hombres más dignos.

El discurso del palacio

La historia más evidente de Bizancio entre 886 y 959 se nos presenta, una vez más, a pesar de todo, centrada en el palacio. El palacio no es sólo el escenario de la pompa soberana, se convierte también, a lo largo de diversas generaciones, en un organismo de gobierno y administración. De esto se desprende que el palacio es un centro de decisión política de impulso ideológico.

El palacio es por definición el punto de mira del relato historiográfico, sea cual sea. El palacio como lugar político es también el punto de mira de las biografías patriarcales.

Implantar una dinastía

Los relatos relativos al palacio y al poder imperial están lejos de representar todo lo que nos queda como fuentes referentes a los años que van de 867 a 957. Pero ocupan, por así decirlo, el primer lugar en la escena y dan cuenta de los acontecimientos en un medio restringido pero abierto, determinante, ya que es el de las decisiones políticas. El emperador está rodeado por un doble círculo: en primer lugar, los grandes, sobre todo los jefes militares y sus parientes; a continuación, todos los allegados al soberano más allá de su propia familia, como son los consejeros, los favoritos o eunucos a su servicio personal y los monjes, todos ellos también con sus familiares: a esta altura de la competición política nadie está aislado. Los historiadores de Bizancio hicieron antaño caso omiso de estos vínculos, cuya importancia está sin embargo puesta de manifiesto por la atención que les otorga la historiografía. Las redes familiares se consolidan, se rompen, desaparecen o se mantienen unidas en su más elevada expresión, y así se va tejiendo la historia de l clase dirigente en la medida en que gravite alrededor del trono y del palacio.

Respecto al estado de las relaciones entre el emperador y la Iglesia de Bizancio en este principio de siglo X, debe señalarse que el propio patriarcado político es, a fin de cuentas, subyugado por la voluntad imperial. La victoria de esta última queda de manifiesto no sólo por la legitimación de una unión contraria al derecho vigente, sino también por la amenaza esgrimida como argumento por León VI.

LA FUERZA DE LAS FAMILIAS. CULTURA DOMINANTE

Los verdaderos resortes del poder en este tiempo se encuentran, por un lado entre los hombres cultos, como prueba el hecho de que León VI y Constantino VII se cuenten entre ellos: pues les incumbe la justificación histórica, jurídica y cristiana del poder soberano. Por el otro, la importancia de la guerra, pues de allí proceden los principales papeles de la historia política y de los linajes.

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Los poderosos linajes

El relato historiográfico de los reinados de Basilio I y de León VI, de Romano I y Constantino VII deja percibir, por una parte, la presencia y el papel de las familias, algunas de las cuales seguirán en escena en los siglos siguientes y, por otra aparte, la dinámica de un grupo social en que los valores guerreros, políticos y culturales tradicionalmente característicos de una aristocracia se conjugan con una apertura social todavía incompleta.

Constantino, que no dejó de ser emperador hasta el día de su muerte, ejerció por su parte, como se dijo, la función del discurso, orientado a la justificación de la dinastía de los descendientes de Basilio en el trabajo historiográfico, al simbolismo del poder en el Libro de las Ceremonias, y a la ubicación definitiva de las tradiciones y conocimientos necesarios para su ejercicio universal en los libros sobre los temas y la administración del Imperio.

Los límites de una cultura dominante

A mediados del siglo X Bizancio Goza de excelente salud, si es cierto que para una sociedad que vive en torno al año 1000 la guerra y el comercio a gran escala son síntomas de salud. Como toda sociedad sana desarrolla una actividad cultural a través de la que expresa su presente.

Se hizo alusión hasta aquí a los resortes culturales de la historia política de Bizancio entre Basilio y Constantino VII. Pero también debe tenerse en cuenta que desde Teófilo, el propio poder imperial fundaba sus derechos sobre la reivindicación de continuidad ininterrumpida de la cultura clásica legada por la Antigüedad y acabada, de hecho, después de la segunda iconoclasta, a través de una teoría completa y definitiva de la imagen.

La cultura dominante supone también, como se recordará, el ininterrumpido ennoblecimiento del emperador por el retórico del palacio, el perfeccionamiento administrativo imperial y patriarcal y la victoria de la ortodoxia.

La cultura dominante es, en fin, el discurso figurativo de las imágenes. Pero, no obstante, cabe preguntarse sobre sus límites sociales, provinciales, incluso nacionales, se puede decir, en el interior del inmenso imperio.

La primera certidumbre es que su lengua está desde ahora, y ya irreversiblemente, alejada de la lengua hablada por todos, comprendida la élite política. El renacimiento clásico de los siglos IX y X, que vuelve a ensalzar los tratados de retórica antigua, acentúa el corte, tanto político como cultural, entre los dos niveles de la lengua, que desempeña en Bizancio el mismo papel que el uso del latín y de las lenguas vernáculas en la cristiandad medieval de Occidente.

Por otra parte, qué duda cabe que la propia cultura dominante no es impermeable y sufre influencias periféricas.

Los judíos, que hemos vuelto a encontrar en la Italia meridional, nos proporcionan otro ejemplo, situados como estaban, con una cultura propia y floreciente en la intersección entre Bizancio, el Islam y la latinidad. No ocurre lo mismo en el caso de la minoría judía en el Imperio, arrinconada por el rigor de la identificación en curso entre la romanizad y la cristiandad ortodoxa, y por añadidura asociada, con o sin razón, como se recordará, a los movimientos iconoclastas. La minoría judía no fue, pues, aniquilada en Bizancio, ni entonces ni más tarde, aunque no encontró el terreno adecuado para una floración

Referencias

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