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El Mercosur de Perón, de Julio Fernández Baraibar

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El Mercosur de Perón

Las relaciones entre

Juan Domingo Perón y Getulio Vargas,

antecedentes para un verdadero Mercosur

de Julio Fernández Baraibar

Buenos Aires

1999

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-A Guadalupe y a Soledad, mis bellas hijas. A Jorge Enea Spilimbergo y a Alberto Methol Ferré, quienes, desde el Río de la Plata, otean con sagacidad el futuro. A todos los compañeros y compañeras que lograron aguantar estos años de reacción.

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INDICE

I. Introducción...7

A. La naturaleza del Mercosur ...9

B. Hacia un verdadero Mercosur...12

II. La Unidad Latinoamericana en el siglo XIX...14

C. Antecedentes en el siglo pasado...15

D. El caso del Brasil...19

1. El enfrentamiento entre Portugal y España. ...19

2. El Brasil durante la Independencia Sudamericana...20

3. El Imperio y la creación del Uruguay...21

4. La guerra del Paraguay...22

E. Los nacionalismos de la balcanización...24

F. Los latinoamericanistas de principio de siglo. ...26

III. El Barón de Rio Branco y el primer A.B.C...28

G. La “Alianza no escrita” con los EE.UU...30

H. El proyecto sudamericano del A.B.C...34

1. El nacionalismo antibrasileño del inepto Zeballos...35

2. Roque Sáenz Peña y el apogeo del A.B.C...37

IV. La Unidad Latinoamericana en el siglo XX...42

I. Brasil, Getulio Vargas y el “Estado Novo” ...42

1. Getulio Vargas, un desconocido para los argentinos ...44

2. ¿Qué fue la Revolución del Treinta en Brasil?...47

3. El Estado Novo y el nuevo Brasil...49

4. La Segunda Guerra Mundial...52

5. Las relaciones de Brasil y Argentina en el período...54

6. La primera caída de Getulio y la irrupción de Perón en Argentina...57

a) El cerco al Régimen del 43...59

b) Un gaúcho más peronista que brasileño...60

c) Lusardo y la detención del coronel Perón ...63

d) Un antiguo admirador de las SS se vuelve democrático y antiperonista...66

e) Los cinco años de Dutra y la gestión de Lusardo...69

J. El viejo A.B.C. es relanzado por Perón...75

1. Los acuerdos de integración con Chile...78

2. Paraguay y la devolución de los trofeos de guerra. Otros acuerdos...83

K. El regreso de Getulio Vargas...85

1. João Neves da Fontoura, un varguista antiperonista...86

2. El nuevo Brasil...88

3. Lusardo vuelve a Buenos Aires...92

L. El discurso de Perón en la Escuela Superior de Guerra...93

1. La reacción en el Brasil...101

2. El fin del getulismo...102

a) “Salgo de la vida para entrar en la Historia”...104

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I.

Introducción

La creación, afianzamiento y desarrollo del Mercosur –proceso iniciado casi como producto inmediato de la caída de los regímenes militares en, por lo menos, Argentina, Brasil, Uruguay y Chile1– es el intento más importante y exitoso de una política

tendiente a la creación de un espacio político, económico, cultural y social que supere el estrecho marco de los particularismos y las "patrias chicas" en que se convirtió la herencia hispánica de Indias, después de las guerras de la Independencia y de la constitución de nuestros estados nacionales.

Por primera vez y, al parecer, de una manera estable, los dos países más importantes del Cono Sur han logrado formular una alianza económico–comercial a la que, de una manera natural, se han integrado los restantes países de la región. Desde hace casi quince años, nuestras cancillerías han ido tejiendo una red de acuerdos, resoluciones y anexos que dificultan, sino impiden, un paso atrás en el camino de la integración. Por primera vez en su existencia como estado soberano, la Argentina ha establecido un pacto regional al cual se subordina su economía y su política comercial. El período de la balcanización, iniciado al día siguiente de nuestra independencia frente a España, parece llegar a su fin. Como ha escrito Jorge Enea Spilimbergo,

“Estratégicamente considerado, sin embargo, el Mercosur aparece como el acontecimiento más importante de la última década del siglo para los cuatro países signatarios, aunque su dialéctica concreta no está predeterminada ni mucho menos”2

Paradójicamente, el proceso que comenzó con el acercamiento de los presidentes Sarney y Alfonsín en 1985 y que concluye con la creación del Mercado Común del Sur

1 Excluimos de esta enumeración el caso paraguayo, dadas las específicas condiciones de su desarrollo

político. El reemplazo de lo que podríamos llamar "el stroessnerato" se produjo por una crisis interior al propio sistema cívico–militar establecido desde hace décadas por el partido Colorado. El gobierno de Stroessner, más allá del juicio que merezcan sus evidentes violaciones a los derechos humanos, no fue exactamente un régimen militar inconstitucional. Las particulares características histórico–políticas del Paraguay –su temprano aislamiento de las Provincias Unidas y el brutal genocidio que significó la guerra de la Triple Alianza, entre otras– han impuesto en el país un régimen en el que el Ejército, el partido Colorado y el Estado forman un todo muy difícil de diferenciar, sostenido, entre otras razones, por la propia insularidad paraguaya.

2 Spilimbergo, Jorge Enea, Un paso hacia la unidad de América Latina, artículo aparecido en Acción

Popular para la Liberación, Organo del Partido de la Izquierda Nacional, Nº 17, Diciembre de 1994, Buenos Aires. Este libro le debe al pensamiento de la Izquierda Nacional la rica y compleja estructura ideológica de esta corriente de pensamiento. En esta tarea, Jorge Enea Spilimbergo ha jugado, desde su relativo aislamiento y con las dificultades propias de quien se encuentra alejado de los grandes canales de prestigio, un papel fundamental en estos años oscuros. Con la claudicación de Jorge Abelardo Ramos frente a la ofensiva imperialista encarnada por el menemismo, Spilimbergo ha sido la figura cuya acción y pensamiento han mantenido viva esta tradición militante obrera , popular y revolucionaria.

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integrado por Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay en 1994, ha correspondido al período de más absoluta hegemonía imperialista bajo la fórmula del llamado “neoliberalismo”. La caída de la Unión Soviética y del bloque socialista retrotrajo el panorama del mundo a los días previos al Soviet de Petrogrado. Occidente –y con él, el planeta– ha vuelto a los tiempos del capitalismo liberal, del estado gendarme, de la cruda y brutal vigencia de la oferta y la demanda, del lucro empresario como única ley.

En la Argentina, este período ha coincidido con las dos presidencias de Menem y con la adecuación de nuestro país al orden imperialista surgido de la caída del muro de Berlín. Ello ha significado el desmantelamiento del Estado nacional y de las grandes empresas estatales que, durante casi cincuenta años, constituyeron el núcleo y la columna vertebral de cualquier política de soberanía nacional. La llamada

“globalización” adquirió, en nuestro país, carácter de ideología estatal –tomando la

palabra ideología en su originario sentido de “conciencia errónea del mundo”– y ha servido de justificación a todo tipo de renuncias y traiciones a la independencia nacional y a las tradiciones conceptuales y políticas de los grandes movimientos populares del siglo XX3.

Ha sido en este oscuro período de nuestra historia cuando la Argentina violó el principio de no-intervención –que había regido su política exterior durante todo el siglo– integrando las fuerzas armadas imperialistas que cobardemente bombardearon Bagdad en la guerra del Golfo. Ha sido, simultáneamente a la constitución del Mercosur, que el presidente Menem –representando un partido fundado por el creador de la doctrina de la Tercera Posición– alejó a la Argentina del Movimiento de Países del Tercer Mundo, hostilizó diplomáticamente a la Cuba de Fidel Castro bloqueada por EE.UU., vendió armas a Ecuador, durante la fugaz y deplorable guerra con el Perú, y su ministro de Relaciones Exteriores estableció el “alineamiento automático” y confesó

“relaciones carnales” con Washington.

Pero, como sostiene el escritor y diplomático Abel Posse4: “En 1989 se inauguró

esta etapa de globalización que implica mercado más democracias débiles. La única

3 Conf. Buela, Alberto, Globalización y Aldea Planetaria, en revista Línea, Año XVI, Nº 160, pág. 44,

Febrero de 1999, Buenos Aires. El autor distingue con acierto entre los dos conceptos. Atribuye al concepto de “Aldea Planetaria” o “Planetarización” un carácter fáctico, indiscutible, que, a nuestro entender erróneamente, atribuye al desarrollo tecnológico, y el de “Globalización” al que define como

“proyecto ideológico”. Seguimos convencidos que el desarrollo tecnológico sigue siendo consecuencia

de la expansión de las fuerzas productivas, a la vez que facilita esa expansión en un nuevo nivel. La

“planetarización”, entonces, sería la última etapa alcanzada por el capitalismo imperialista, en la cual el

desarrollo tecnológico permite la total desaparición de la distancia y la virtual simultaneidad del conjunto del planeta, algo que Marx había alcanzado a entrever en el “Manifiesto Comunista”, pero que sólo se ha hecho realidad a ciento cincuenta años de su publicación

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democracia fuerte es la del país central y las otras son democracias de sumisión, como la Argentina. Esta etapa ya termina, implosiona, en un nuevo retorno al Estado–Nación y al Estado–Región, o sea, las naciones de una misma región que se unen”.

Y ahí está el Mercosur: el hecho político más importante encarado por la comunidad argentina desde la guerra de Malvinas, en manos de empresarios y comerciantes. Completamente ajeno a las discusiones y análisis de los políticos oficialistas u opositores –quienes han renunciado hace tiempo a discutir lo importante–, es examinado por expertos de mezquino horizonte economicista, calumniado alternativamente por exportadores o importadores de acuerdo a las meras relaciones cambiarias y es un arcano insondable para la inmensa mayoría de los argentinos a quienes se les ha presentado como un vulgar acuerdo mercantil que tan sólo interesa a los directorios de las empresas involucradas. “Por vez primera, sin embargo, un valioso

planteo de raíz histórica, ideológica y espiritual, perfila un camino de concreciones, zigzagueando entre los vericuetos que va labrando lo que llamó Hegel ‘la astucia de la historia’”5.

A. La naturaleza del Mercosur

El libro “Argentina y el MERCOSUR, una respuesta a la Iniciativa para las

Américas y a Europa ’92”, publicado por la Fundación de Investigaciones Económicas

Latinoamericanas (FIEL), expresa bien a las claras el carácter meramente comercial – bajo la bandera ideológica del Libre Comercio– que para un amplio sector de la burguesía argentina tiene nuestro acuerdo regional, a la vez que expone las diferencias entre éste y el NAFTA y la Comunidad Europea.

En cuanto al NAFTA, cuyo nombre completo es North American Free Trade Agreement (Acuerdo Norteamericano de Libre Comercio), establece simplemente una zona de libre comercio, en la cual no se prevé la existencia de un arancel común hacia terceros países. “En rigor, la principal motivación que guió a los países firmantes fue

la de estabilizar el acceso a los mercados, tratando de eliminar las barreras proteccionistas”6. En el caso de EE.UU. y Canadá, con economías integradas y de

magnitud y grado de desarrollo semejantes, con pautas sociales y culturales similares,

4 Posse, Abel, El Fracaso del Sistema Internacional, entrevista en Línea, Año XV, Nº 153, pág. 10,

Junio de 1998, Buenos Aires

5 Spilimbergo, Jorge Enea, op. cit.

6 FIEL, Argentina y el Mercosur. Una respuesta a la Iniciativa para las Américas y a Europa ’92.

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con instituciones políticas y tradiciones jurídicas comunes, el acuerdo estatuye tan sólo un intercambio ya establecido por la dinámica social. Distinto es el caso de México, que a las diferencias económicas, políticas, sociales y culturales con los EE.UU. y Canadá, agrega un precio radicalmente más bajo de la mano de obra y conflictivas relaciones migratorias con su vecino del Norte. Es cierto que el NAFTA abre su producción al millonario mercado de sus otros dos miembros; pero es cierto también que lo abre para las empresas “maquiladoras” establecidas en México, con costos laborales menores, lo que, por añadidura, permitiría hipotéticamente reducir la presión de los “espaldas

mojadas” sobre los guardias fronterizos norteamericanos.

El Mercosur, por el contrario, es un modelo de integración de un mercado común7,

más cercano al europeo. La distancia que media entre un proyecto y el otro es abismal.

“Entre ambas perspectivas está la distancia entre una tarifa aduanera común y la apertura ‘salvaje’ sujeta a los dictados de la llamada globalización”8.

No obstante, la Argentina es, de los dos países más importantes del pacto, el que aparece como más reticente a desarrollar todas las consecuencias políticas, económicas, militares, estratégicas y diplomáticas de este logro. “Los argentinos han consolidado un

Mercosur puramente económico. Un Mercosur de mercaderes que dio un extraordinario rédito para una Argentina de commodities o de industria poco competitiva (ante el dumping permanente–inmanente de los grandes centros industriales–tecnológicos)”9.

En el momento de escribir estas líneas, vemos por el canal oficial, ATC, al señor Carlos Fiorini, presidente de la Cámara Argentina de Comercio, entrevistado por Pedro Olgo Ochoa, en un programa dedicado justamente al Mercosur10. A juicio del señor

Fiorini, que expresa el pensamiento del sector más concentrado de la burguesía exportadora e importadora, lo más importante del Mercosur ha sido la posibilidad de

“abrirse a la globalización”, y la consecuencia que extrae de la crisis producida por la

devaluación del real es la necesidad de la Argentina de “buscar otros mercados, sobre

7 Ibídem.

8 Spilimbergo, Jorge Enea, op. cit. 9 Posse, Abel, op. cit., pág. 11.

10 Voz e Imagen del Mercosur, ATC, emisión del 28 de febrero de 1999. Un mes atrás, Brasil había

dejado flotante la cotización del dólar, como producto de la presión empresarial y sindical contra el monetarismo del llamado “grupo carioca" de economistas, nombrados por el presidente Cardozo en los puestos decisivos del Ministerio de Economía y del Banco Central. Esa devaluación sembró el pánico en el ambiente político y empresarial argentino, que de inmediato comenzó a ver con desconfianza al Mercosur y la, por ellos considerada, “irresponsabilidad” brasileña.

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todo en el hemisferio Norte, para compensar su ‘dependencia’ con el Brasil”. Esto,

insistimos, fue dicho en un programa que pretende reivindicar este Mercosur de mercachifles. La nueva burguesía comercial portuaria, similar en esto a la de los tiempos de Mitre, carece, por supuesto, de todo proyecto más allá de su espíritu fenicio. Ante la inevitabilidad de nuestro bloque semicontinental, ante la inviabilidad política, histórica y económica de la Argentina aislada, desgajada de Latinoamérica, “Provincia

transoceánica de Europa”11, el vocero de los importadores reivindica tan sólo su

dogmatismo ideológico y se desentiende del Brasil y de nuestro destino común. Considera que el intento brasileño de romper con el corsé de hierro impuesto por los organismos internacionales y apostar a la producción y a una política monetaria que satisfaga sus necesidades quiebra “las leyes de la globalización” y se desentiende de todo compromiso con el transgresor. Su aceptación mentirosa del Mercosur apenas oculta una vulgar adecuación a las condiciones impuestas por el imperialismo. Estos son los hombres a los que la Argentina les ha dado la misión de acordar un gran bloque con el Brasil. No es extraño, entonces, que el Mercosur haya despertado en la Argentina tan menguado interés. Por otra parte, y con respecto a la política monetaria del Brasil, tiene razón el economista argentino Héctor Valle cuando afirma12: “precisamente, entre otros

elementos de juicio, si algo hicieron los genéricamente definidos como ‘paulistas’ y sus circunstanciales aliados, fue leer fructíferamente la experiencia acumulada por la Argentina luego de tantos años metida en un esquema de tipo de cambio fijo”.

En efecto, Brasil, sobre todo después del giro político adoptado por Itamaraty, es el miembro más activo y dinámico de la región y el que plantea permanentemente una ampliación de los niveles puramente comerciales del acuerdo. Citamos nuevamente a este notable miembro de nuestro cuerpo diplomático, que es una de las pocas voces que, en la Argentina, se eleva para reivindicar el carácter estratégico del Mercosur y la imperiosa necesidad de su ampliación, Abel Posse: “Brasil quiso llevar la éntente con

Argentina a una dimensión superior. Argentina, manejada por una burocracia ajena a toda idea de gran política y de sentido trágico de la historia, una burocracia de empleadillos de reparticiones oficiales, no supo consolidar con Brasil intereses políticos, sociales y estratégicos superiores. Prevalecieron los almaceneros de paso.

11 Spilimbergo, Jorge Enea, op. cit.

12 Valle, Héctor, Brasil pateó el tablero, revista Línea, año XVI, Nº 160, pág. 23, febrero 1999, Buenos

Aires. Este economista, de origen desarrollista, efectúa en este artículo interesantes reflexiones que lo alejan tanto del rebaño monocorde del liberalismo y sus virtudes teologales “mercado, ajuste y

convertibilidad”, como de la abstracta e imposible reivindicación de la “integración nacional como paso previo a una integración regional”, planteada tradicionalmente por el frigerismo.

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(…) Argentina se negó a crear desde el éxito del Mercosur una alianza estratégica con Brasil. Nos negamos a crear el gran Estado de Naciones con estrategia y proyecto propio, con una fuerza disuasiva nuclear (el caso del submarino atómico), y con una presencia soberana, en los grandes geoespacios de la integración y de nuestra Sudamérica y en los espacios oceánicos (el caso de la ‘Zona de Paz y seguridad del Atlántico Sur’)”.

“Argentina, como el patán provinciano, se sentó a la mesa de juego sólo para ganar sus porotos. No quisimos arriesgar un gran proyecto común. No quisimos ser. Nos guardamos –y rompimos– los ases de la energía nuclear, del desarrollo en el Atlántico, de propiciar el puesto permanente de Brasil en el Consejo de Seguridad”. Y

termina afirmando: “Por mi experiencia personal en esta materia, podría afirmar que

Brasil se cansó de los mercaderes argentinos y continúa hoy su propio camino de gran Nación–continente”13.

Esto es en suma el Mercosur. La única herramienta capaz de hacer entrar a nuestra región en el siglo XXI con la frente alta ha sido puesta en manos de quienes intentan

“entrar al futuro retrocediendo”, de las mismas clases sociales y sus corifeos que

durante cincuenta años lucharon contra el rumbo industrialista impuesto por Perón y el peronismo a partir de 1945, al que derrocaron en 1955 y que han logrado, en parte, volver a la Argentina agroexportadora de 1930, en la que sobran más de la mitad de sus habitantes, hoy sometidos a las condiciones del desempleo, el subempleo y la marginalidad. En las vísperas del nuevo siglo, la admonición de Juan Domingo Perón –“el siglo XXI nos encontrará unidos o dominados– corre el riesgo, merced, entre otras cosas, a la traición de sus epígonos, de convertirse en su opuesta paradoja, “unidos y

dominados”.

B. Hacia un verdadero Mercosur

Este trabajo, cuya finalidad última es, obviamente, política antes que académica, se propone demostrar que el proyecto de unión con el Brasil es, en primer lugar, un

13 Posse, Abel, Nosotros, Brasil y la implosión Occidental, revista Línea, año XVI, Nº 160, pág. 12,

febrero 1999, Buenos Aires. La experiencia a la que se refiere lo ha llevado a Posse a quedar relegado en sus destinos diplomáticos y separado de toda decisión estratégica en la Cancillería de Di Tella y solamente su prestigio literario le ha permitido hacer oír su voz acerca de estos temas en columnas de medios de gran tiraje. De lo contrario, sus opiniones sólo aparecen en medios de distribución militante: el viejo cerco del silencio que el sistema dominante ha impuesto tradicionalmente a sus más destacados críticos.

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momento, el más alto, de nuestro viejo proyecto de unión Latinoamericana, nacido en las guerras de la Independencia.

En segundo lugar, al rastrear en el pensamiento y la acción del general Perón el origen del Mercosur, aparece la concepción de un bloque regional económico, político y estratégico en respuesta a la constitución del bloque europeo y norteamericano. Descubrimos entonces, que la idea de la integración nació como respuesta nacional antiimperialista al intento hegemónico continental angloamericano, inmediatamente después de la 2ª Guerra Mundial, lejos, por lo tanto, de las nieblas globalizadoras y aperturistas que hoy impiden ver la naturaleza histórica de nuestro Mercado Común del Sur. Entendemos que en la profundización y desarrollo de estas ideas expuestas por Perón, principalmente entre los años 1950 y 55, se encuentra el rumbo hacia un verdadero Mercosur que, alrededor del eje Buenos Aires–São Paulo, estructure el gran bloque continental hispanoamericano, bioceánico, desplegado en los dos hemisferios, industrial, libre y justo.

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II.

La Unidad Latinoamericana en el siglo XIX

Lo primero que es necesario plantear, antes de otra consideración, es que el Mercosur debe ser ubicado y analizado dentro de una larga perspectiva histórica. Considerar que el Mercosur es producto tan sólo de las modificaciones sociales, económicas y políticas producidas por la desaparición de la Unión Soviética y el establecimiento de una, aparentemente, maciza hegemonía del sistema económico conducido por los Estados Unidos y los organismos financieros internacionales, significaría un grueso error de aproximación a lo que ha sido, posiblemente, el problema político más importante con el que se han enfrentado los pueblos del sur de América Latina después de las Guerras de la Independencia. Hace unos años, el ensayista uruguayo Alberto Methol Ferré afirmaba, a propósito de un seminario convocado por la Secretaría de Cultura de la Nación bajo el arbitrario título de “Mercosur y

Postmodernismo”, que los brasileños que habían concurrido al simposio (entre otros

Helio Juagaribe, el fundador del pensamiento sociológico latinoamericano) se habían dedicado a hablar del Mercosur y los argentinos, muchos de ellos con cargos públicos en la administración menemista, habían preferido referirse al llamado postmodernismo. Con ello Methol Ferré quería señalar la profunda indiferencia con que la “intelligentzia” argentina recibió la creación y desarrollo del Mercosur.

Pero, por otra parte, vincular, como los organizadores del encuentro lo hicieron, el llamado pensamiento postmoderno con la creación de nuestra unidad regional es caer en ese error de aproximación del que hablamos más arriba, que “des–historiza” un logro cuya gestación se remonta a los orígenes mismos de la Independencia.

Como el divulgador postmodernista Jean–François Lyotard sostiene: “En la

sociedad y la cultura contemporáneas, sociedad postindustrial, cultura postmoderna, la cuestión de la legitimación del saber se plantea en otros términos. El gran relato ha perdido su credibilidad, sea, cual sea el modo de unificación que se le haya asignado: relato especulativo, relato de emancipación”1. Con esto, el pensador francés intenta

destruir el pasado histórico, convirtiendo en un cuento para niños el paso del hombre sobre la tierra, la evolución y transformación experimentada por el género humano desde su salida de las cavernas y el descubrimiento del fuego y, por sobre todas las

1 Lyotard, Jean François. La Condición Postmoderna, pág. 73 y ss. REI Argentina, Buenos Aires, 1987.

En su introducción el autor explica el objeto de su obra como “la condición del saber en las sociedades

más desarrolladas. Se ha decidido llamar a esta condición ‘postmoderna’. (…) En origen la ciencia está en conflicto con los relatos”. (pág. 9 y ss.).

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cosas, la absoluta imposibilidad del hombre de cambiar las condiciones de su propia existencia. En su jerga, tomada del formalismo lingüístico y de los juegos verbales de Wittgenstein: “La función narrativa pierde sus functores, el gran héroe, los grandes

peligros, los grandes periplos y el gran propósito. Se dispersa en nubes de elementos lingüísticos, narrativos, etc., cada uno de ellos vehiculando consigo valencias pragmáticas sui generis”. Lo que sea que este galimatías signifique implica la pérdida

de toda noción de humanidad, de todo destino humano, por lo tanto de toda historia, disuelta en un juego de apelaciones verbales en los cuales solo se imponen aquellos que gozan ya del beneficio del poder2.

Nuestro intento, por lo tanto, consistirá en tratar de “re–historizar” lo que consideramos el principal logro en términos de objetivos nacionales que el país se ha dado desde la constitución del Estado Nacional por parte del general Roca y la generación del ´80. Creemos que el accionar de las generaciones pasadas, sus luchas, sus desvelos, sus triunfos y sus derrotas condicionan el escenario en el cual deben actuar las mujeres y los hombres de hoy. No somos productos “ex nihilo” de ninguna probeta de laboratorio. Lo que somos, lo que hemos logrado ser, es el resultado de nuestros esfuerzos, determinados por lo que hombres y mujeres del pasado formularon, pensaron, realizaron o fracasaron en realizar.

De ahí el esfuerzo de este trabajo en vincular el actual Mercosur en el marco de lo que fue, durante años y para muchas generaciones de compatriotas, un objetivo estratégico: la Unidad Latinoamericana.

C. Antecedentes en el siglo pasado.

Con diferencias de unos pocos años, todas las sociedades criollas de las Indias se levantan contra el poder español. La revolución hispanoamericana es una consecuencia directa de la invasión napoleónica a España. El infecundo atraso de la metrópoli y la imposibilidad de sus sectores dirigentes -la corte borbónica y la parasitaria nobleza territorial- en transformar la anacrónica sociedad española, disolver sus particularismos feudales y establecer un régimen capitalista tanto en la metrópoli como en sus posesiones ultramarinas, acorde al proceso que de manera acelerada se desarrollaba

2 “El saber postmoderno no es solamente el instrumento de los poderes. Hace más útil nuestra

sensibilidad ante las diferencias, y fortalece nuestra capacidad de soportar lo inconmensurable”

(Lyotard J.F. op. cit., pág. 11). El saber, la ciencia, el conocimiento se han convertido tan sólo en la legitimación del poder económico y en el consuelo, para quienes están marginados del mismo, que otrora brindara la religión.

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allende los Pirineos o trasponiendo el Golfo de Vizcaya, fue resuelto de manera paradójica por la invasión napoleónica. La guerra de defensa nacional contra el invasor francés asume las tareas interiores que esos mismos invasores habían desplegado en su propia patria. Los españoles metropolitanos y ultramarinos, por esos oscuros caprichos de Clío, se enfrentan a los herederos directos y recientes de la Revolución Francesa con las mismas banderas políticas y sociales que habían asaltado las Tullerías. La vuelta del absolutismo de la mano de Fernando VII, al caer Napoleón, disuelve la famosa “máscara de Fernando” bajo la cual se habían gestado las Juntas y los gobiernos criollos que desde 1810 se organizan en Hispanoamérica. La vuelta del autócrata y su intención de retrotraer el imperio a la situación previa a la invasión francesa produce el afianzamiento de los intentos independentistas y su consecuencia militar, las guerras de la Independencia.

Jorge Abelardo Ramos precisa, entendemos, con claridad esta cuestión cuando afirma: “El fracaso de la revolución española abre la etapa de las guerras de la

Independencia en América; la guerra civil se traslada a este continente, donde combaten en bandos enfrentados españoles contra españoles, criollos contra criollos. (…) Esta guerra perseguía al principio un doble objetivo: impedir que América Hispánica recayera bajo el yugo absolutista y conservar la unidad política del sistema virreinal bajo la forma de una Confederación de los nuevos grandes Estados”3. Hoy

ya no quedan dudas –como en el momento cuando estas palabras fueron escritas– acerca del carácter unificador de las batallas libradas por San Martín y Bolívar. Y mucho se ha dicho y escrito sobre las razones que impidieron que esa confederación americana se frustrase bajo los deseos y apetitos del mediocre particularismo de las oligarquías locales y sus socios de las burguesías comerciales de los puertos y ciudades hispanoamericanas. El hecho histórico incontrastable es que nacimos a la vida independiente con la vocación de establecer en las viejas colonias españolas la misma

3 Ramos, Jorge Abelardo. Historia de la Nación Latinoamericana, Tomo 1, pág. 145 y ss. A. Peña Lillo

Editor, Buenos Aires, 1973. A nuestro entender, Jorge Abelardo Ramos ha sido uno de los más grandes pensadores políticos argentinos del siglo XX. El autor lo conoció y trató en el período, quizás, más rico de la larga trayectoria política de Ramos, entre 1969 y 1976. Sus libros más importantes, “Revolución y

Contrarrevolución en la Argentina”, “Historia de la Nación Latinoamericana,”, “Historia del Partido Comunista en la Argentina” y “Crisis y Resurrección de la Literatura Argentina”, forman

parte del acerbo del pensamiento nacional argentino y latinoamericano. Su final, al servicio de la traición menemista, no empaña de ninguna manera sus aportes, desde el marxismo, a la constitución de un sistema de pensamiento revolucionario enfrentado, por un lado, a la vieja Argentina oligárquica y, por el otro, a las limitaciones del peronismo después de la desaparición de su jefe histórico. Como Alberdi, al cual admiró, Ramos fue una víctima más, una de las más preclaras, de la dictadura ideológica de la vieja Argentina oligárquica. Como modesto homenaje a su memoria, recordemos, tan sólo, que murió, unos días antes que sus amigos se afiliaran al partido presidido por Menem. La dignidad de la muerte le evitó tan indigno paso.

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unidad anfictiónica que permitió a las posesiones británicas de New England convertirse en el país–continente, del Atlántico al Pacífico, que hoy son los EE.UU.

Uno de los historiadores revisionistas argentinos que ha tenido la osadía intelectual de comparar el proceso de independencia de los actuales EE.UU. con el de nuestro continente, Julio Irazusta, menciona que “el hecho es que por la desdichada

combinación de circunstancias enumeradas, los Estados promotores de la revolución hispanoamericana quedaron controlados por los segundones del movimiento. (…) Esos hombres resultaron pequeños en comparación con los héroes máximos. Pero formaban una brillante generación. Inteligentísimos, aun cuando se equivocaban, y diestros para sostener dialécticamente sus peores extravíos, su primer defecto consistió en el espíritu imitativo”4.

Esto nos convirtió en argentinos, chilenos, uruguayos o bolivianos. En octubre de 1825, en Potosí, actual Bolivia, Simón Bolívar es huésped de un banquete ofrecido por los delegados argentinos, el general Carlos María de Alvear y el doctor Díaz Vélez. Estos habían sido enviados por el gobierno del Río de la Plata, a la sazón en manos de Bernardino Rivadavia –uno de los segundones a los que se refiere Irazusta– para felicitar al Libertador por la victoria de Ayacucho, victoria que aseguraba la independencia del Río de la Plata y que lograba, además, la independencia de las cuatro provincias rioplatenses del Alto Perú5. Los porteños, que eran también portadores de un

ofrecimiento al Libertador para que se hiciera cargo de las tropas rioplatenses que lucharían contra el Brasil, acababan de reconocer la Independencia de Bolivia –es decir de las cuatro provincias rioplatenses del Alto Perú, que formaban parte del virreinato del Río de la Plata y donde se habían formado, entre otros, Mariano Moreno y Bernardo de Monteagudo– como modo de granjearse la simpatía de Bolívar, en ese momento el hombre más importante de Hispanoamérica. En ese banquete, Simón Bolívar pronuncia un brindis que revela con claridad el juicio que la conducta del partido porteño le

4 Irazusta, Julio, De la epopeya emancipadora a la pequeña Argentina, pág. 302, Ediciones Dictio.

Buenos Aires, 1979. Continúa el autor afirmando: “(…) se aferraron a la idea de obtener una ayuda

exterior que no podían alcanzar, y despreciaron a sus compatriotas provincianos que mejor sostenían la causa, pero por eso mismo querían compartir la dirección del movimiento. (…) El afán nacional de dirigir nuestros destinos fue olvidado por ellos, para mendigar en cambio protectorados –brasileño, inglés o francés– que nos salvaran del absolutismo español. Esto mismo les pareció en cierto momento preferible a la anarquía resultante de su incapacidad para arreglarse con sus compatriotas”. Los

Rivadavia y los Manuel García, carentes del genio y la voluntad de los San Martín y Bolívar, preferían ser defendidos por la corte de los Braganza o por Lord Canning antes que sentarse a discutir con Artigas, con el doctor Francia o con Pancho Ramírez.

5 No olvidemos en este rápido análisis histórico que las Provincias Unidas del Río de la Plata no

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merecía. Dijo entonces: “Brindo por el Congreso de las Provincias Unidas del Río de

la Plata, cuya liberalidad de principios es superior a toda alabanza, y cuyo desprendimiento con respecto a las provincias del Alto Perú es inaudito (la negrita es

nuestra). Brindo por el gobierno del Río de la Plata por que recobre la integridad de

sus provincias (aludiendo a la Banda Oriental, causa de la futura guerra con el Brasil), como ha adquirido sus derechos”6.

Cuando los ejércitos españoles se retiran definitivamente de nuestro continente quedan establecidas pequeñas entidades políticas con débiles o inexistentes estados. Jorge Canning y la intriga inglesa, la docilidad de Manuel García ante los ingleses y la estolidez de Rivadavia crean el Uruguay. El Río de la Plata cede voluntariamente sus provincias altoperuanas, como hemos visto, para fundar un país que paradójicamente es el único cuyo nombre pretende rendir homenaje al guerrero de la unidad sudamericana, Bolivia. El Paraguay del doctor Francia, abandonado por Buenos Aires después de la expedición militar de Belgrano, se sostiene en su aislamiento. Los mezquinos intereses de las burguesías comerciales de Bogotá, Caracas y Quito hacen pedazos la Gran Colombia bolivariana, convirtiéndose en Colombia, Venezuela y Ecuador. La avidez norteamericana y la ceguera provinciana arrancan a Colombia su provincia en el istmo, dando origen a Panamá7.

La primera gran oportunidad de constituir una nación que se desplegase del Caribe a Tierra del Fuego y del Atlántico al Pacífico había sucumbido. El Libertador, sólo y con el único capital con que contaba, un cofre conteniendo un gran juego de cubiertos de plata, definitivamente enfermo, agoniza lejos de Manuela Sáenz. “Un

antiguo realista, Don Joaquín de Mier, que antes pudo ser su enemigo, enterado de la situación del gran Bolívar, acudió en persona a caballo para ofrecer su propia

6 Bolívar, Simón, Discursos y Proclamas, pág. 96 y ss. Casa Editorial Garnier Hermanos, París, 1913. El

brindis del gran caraqueño agrega un saludo al “general Alvear, que con su valor plantó el estandarte de

la libertad sobre las fortalezas de Montevideo y que con sus talentos liga las relaciones del género humano con su patria. Por que la suerte lo eleve a la altura de sus méritos”. Poseía Bolívar, sin duda,

también el arte de la ironía. Por el compañero de la delegación del Río de la Plata brinda también el Libertador: “Por el señor Díaz Vélez, esclarecido legislador, político virtuoso, modelo de ciudadano”. No había dudas que ignoraba cuál había sido la colaboración exacta del preclaro porteño a la emancipación americana.

7 “Los señores Obaldia, Amador y Huertas, al iniciar el separatismo, creyeron quizá sinceramente que

del sometimiento a los Estados Unidos sacaría la región grandes ventajas. Imaginaron que la nueva entidad usufructuaría los beneficios del intercambio enorme a que daría lugar la nueva vía de comunicación. Pero con excepción del saneamiento de las poblaciones, la antigua provincia de Panamá no ha realizado sus esperanzas”. Ugarte, Manuel, El Destino de un Continente, Ediciones de la Patria

Grande, pág. 175, Buenos Aires, 1962. Esto fue escrito en 1913, a pocos años de la separación. No mucho ha cambiado desde entonces.

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hacienda, distantes unos cuantos kilómetros de la localidad”8. En esa casa, en la cama

prestada por un enemigo político, murió Simón Bolívar. Gabriel García Márquez, en El

General y su Laberinto, ha escrito para siempre su dramática derrota, de la que aún hoy

Latinoamérica sigue sin recuperarse plenamente.

D. El caso del Brasil.

El condado de Portugal, perteneciente al reino leonés–castellano, fue entregado por Alfonso VI, rey de Castilla, como dote a su hija Taraja, al casarse con el caballero francés Enrique de Borgoña. Éste, en permanente guerra con Raimundo, marido de Urraca, la otra hija de Alfonso VI, murió sin lograr establecer su dominio en las tierras dotales. Murió joven, en 1114, dejando un hijo menor de edad, Alfonso Enríquez, y una viuda, según los decires, bella y casquivana. La conducta de la casquivana Taraja despertó la rebeldía de los barones de la terra portucalis, capitaneados por el propio Alfonso. La batalla de Guimarães dio el triunfo a Alfonso Enríquez, quien no vaciló en encarcelar a su madre, haciéndose cargo del reino.

En este relato, entre histórico y mítico, se funda la creación de la corona de Portugal y, con ella, de la nacionalidad portuguesa.

1. El enfrentamiento entre Portugal y España.

Más allá de ello, la cuña que dividió para siempre la península ibérica, permitiendo el afianzamiento del reino y su posterior transformación en una potencia marítima, ha tenido permanentemente una conspicua presencia, diplomática o militar, inglesa. Desde los tiempos de Juan I y su victoria sobre el rey de Castilla, en 1385, Inglaterra ha estado vinculada a la historia portuguesa, estableciendo un permanente antagonismo entre los dos estados ibéricos. Ese antagonismo y esa abstracta barrera que divide a España y Portugal se trasladó a las tierras de América, convirtiendo al Brasil en un cerrado enigma para los americanos hispanohablantes. El tratado de Tordesillas de 1494, tan sólo a dos años del Descubrimiento, trazó en nuestro continente esa muralla de incomprensión. Los argentinos ignoramos de nuestro principal vecino todo o casi todo. Nos es mucho más familiar la figura de Clemenceau o de Bismarck que la del Barón de Rio Branco. Marcel Proust o James Joyce gozan de mucho mayor prestigio

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que Euclides da Cunha. Nos ha despertado mucho mayor interés la República de Weimar que la República de los quilombos de Palmares.9

En 1549 se instala el primer gobernador general de las posesiones portuguesas en Sudamérica. La ciudad de la Bahía de Todos los Santos se convierte en la capital y en el centro de una de las principales actividades económicas, el comercio de esclavos. Se establece sobre todo el país una explotación económica de plantación, en la que rápidamente a la mano de obra esclava de los indios se suma la de los africanos, traídos por portugueses, holandeses y franceses. Esta primera etapa de la colonia portuguesa se caracteriza, sobre todo, por un permanente enfrentamiento en el norte con los asentamientos de otras potencias coloniales, las Guayanas holandesa y francesa. El descubrimiento de oro en Minas Gerais en 1693 significó un impulso decisivo para el crecimiento de la colonia lusitana y la fundación de grandes poblaciones en el interior.

A excepción del período 1580–1640, cuando ambos reinos de Portugal y España están bajo la corona de los Felipes de Habsburgo, las peleas dinásticas, las querellas derivadas de las distintas interpretaciones que cada corona hacía sobre el Tratado de Tordesillas y la política europea profundizaron las diferencias entre ambos países.

A mediados del siglo XVIII, las reformas del marqués de Pombal, gobernador general del rey en Brasil, alteraron la vida social y administrativa de la inmensa colonia. El poder se concentró entonces en manos del representante real y se trasladó la capital a Río de Janeiro.

2. El Brasil durante la Independencia Sudamericana

La invasión napoleónica al Portugal, en 1807, tuvo para nuestro vecino un efecto completamente distinto al que el mismo hecho produjo en las colonias españolas. El entonces príncipe regente, después Juan VI, toda la familia real y la corte en pleno se trasladaron a Río de Janeiro, convirtiéndose la ciudad en la metrópoli del Imperio Lusitano. El espectáculo de esa imponente procesión de veleros, llevando en sus bodegas el Estado Imperial, su Tesoro, sus parásitos cortesanos y su servidumbre, debe haber dejado honda impresión en los ojos de los cariocas de entonces.

9 Esta fue una república de esclavos fugados de las plantaciones, ingenios y haciendas, que a principios

del siglo XVII se estableció en el interior de la entonces capitanía de Pernambuco. V. Edison, Carneiro,

O Quilombo dos Palmares, Civilização Brasileira, Río de Janeiro, 1966; Freitas, Décio, Palmares: a guerra dos escravos, Mercado Aberto, Porto Alegre, 1984; Gomes, F. dos Santos, Liberdade por un fio, Historia dos Quilombos no Brasil, Companhia dos Libros, São Paulo, 1996.

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Pero la instalación de los Braganza en Río de Janeiro no impidió que en el Brasil se expresaran los mismos intentos independentistas que habían brotado como hongos en el resto de Hispanoamérica y, como dice un historiador brasileño, “las rebeliones

seguían a las algaradas, la revolución a los motines”10. En 1817 se produce en

Pernambuco un levantamiento popular impregnado de las mismas ideas de los que se producían en otras regiones hispanohablantes, que es brutalmente reprimido. En 1821, se extiende desde Pará una insurrección que se une al levantamiento de Bahía al grito de

“Abajo el absolutismo”11.

El príncipe regente Juan, ya instalado en Río de Janeiro, ha traído consigo también la ayuda inglesa. “Ahora comienza el siglo británico en el estilo de vida de la

ruda sociedad brasileña: la corte portuguesa y los importadores ingleses educarán a los dueños de plantación”12. El más absoluto librecambismo se instala en el Brasil y la

corte de los Braganza se convierte en el principal centro de conspiración antiindependentista, además de nido de intrigas diplomáticas británicas.

En 1821, caído Napoleón y establecida la Santa Alianza, el ya rey Juan VI decide que es hora de volver a Lisboa. Queda como regente de Brasil su hijo, el príncipe Pedro. Al año siguiente, éste pronuncia su célebre “Eu fico”13, se proclama la independencia

brasileña y el regente es coronado como Pedro I, Emperador de Brasil. 3. El Imperio y la creación del Uruguay

Es a pocos años de estos hechos, en 1825, cuando se produce la guerra entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y el Brasil por la región llamada Banda Oriental por los porteños y Provincia Cisplatina por el Imperio. La repercusión que esta guerra tuvo en los oídos de Bolívar lo hemos visto más arriba. Como sabemos, las armas rioplatenses triunfaron en Ituzaingó, aplastando al desmoralizado ejército imperial. Como sabemos también, la diplomacia de Rivadavia y Manuel García perdieron para siempre a la Banda Oriental. Dice Jorge Abelardo Ramos: “Pero los intereses porteños

buscaban desprenderse de la Banda Oriental y concentrarse en la explotación de su

10 Ramos, Arthur, Las poblaciones del Brasil, Editorial Fondo de Cultura Económica, México, 1948. 11 Freyre, Gilberto, Interpretación del Brasil, Fondo de Cultura Económica. 1945.

12 Ramos, Jorge Abelardo, op. cit. Tomo 2, pág. 261.

13 El hoy muy difundido turismo a Brasil debería hacer inútil la traducción de la frase. Pero sabemos más

inglés que portugués. “Me quedo” dijo Pedro de Braganza, dando a entender su voluntad de separar al Brasil de la corona de su padre.

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propia pradera y su propio puerto. Esto coincidía con la voluntad inglesa, que había proyectado la creación de una ‘ciudad hanseática’ en la margen oriental del río”14.

El papel jugado por el reciente Imperio Brasileño y por su monarca, Pedro I, en este capítulo de la balcanización sudamericana se ajustó exactamente a las necesidades británicas. Entre su intransigencia en el terreno diplomático para reconocer la derrota sufrida en el campo de batalla, negándose a devolver a Buenos Aires, la Provincia Cisplatina, y la inepcia dolosa de Manuel García, cambiando en la mesa de negociación el resultado logrado por las armas, Lord Ponsomby, el embajador del Foreign Office, logró su cometido: segregar la Banda Oriental y crear la República del Uruguay, “el

algodón entre dos cristales”.

Resulta sorprendente que uno de los primeros debates en los que participa el joven diputado en la Asamblea Legislativa del estado de Rio Grande do Sul, el futuro presidente Getulio Vargas, sostenía en octubre de 1909: “Aunque haga justicia al

talento y gran habilidad de los diplomáticos brasileros de tiempo del Imperio, no se debe ocultar que ellos quisieron erigirse en árbitros y solucionadores forzados de las cuestiones internas de las repúblicas del Plata”15. El reformador de la llamada República Vieja, nacido en el territorio fronterizo de las viejas Misiones Orientales, sospechaba ya entonces sobre el papel jugado por la diplomacia de Pedro I.

4. La guerra del Paraguay.

El crimen de la Guerra del Paraguay bañó en sangre, durante cinco dolorosos años (1864–1865), el corazón de la Cuenca del Plata. Con ello culminaba de manera dramática el proceso de desmembramiento de la heredad hispánica. La bibliografía histórica divulgada en los últimos treinta años da cuenta de los saldos de esa guerra fratricida. El pueblo paraguayo no se reconstruiría jamás de su sacrificio.

El Brasil era gobernado por Pedro II, hijo y sucesor del primer Emperador. Como ha sostenido con claridad el gran historiador mexicano Carlos Pereyra “El Uruguay y

Mitre aparecen, pues, como meros auxiliares del Brasil en la Guerra del Paraguay”16.

Fue justamente uno de los más grandes pensadores políticos argentinos del siglo XIX, Juan Bautista Alberdi, quien, desde el primer momento, definió que esa guerra era una guerra del Brasil. Sostiene el gran tucumano: “La Guerra del Paraguay es guerra

14 Ramos, Jorge Abelardo, op. cit., Tomo 2, pág. 269.

15 Carrazzoni, André, Getulio Vargas, pág. 74, Librería Anaconda, Buenos Aires, 1953.

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brasileña de conquista y de contrarrevolución; guerra dinástica; guerra antiamericana; guerra por lo mismo de amenaza para las otras repúblicas, y principalmente las del Plata, que el Brasil podía utilizar como aliadas únicamente porque eran débiles”17.

El Brasil imperial, con sus marqueses y marquesas, con su esclavitud, su economía de plantación y su burguesía comercial, era visto por el resto de los pueblos sudamericanos como el enemigo de su libertad. Desde Buenos Aires se levantan, junto con el gran exiliado que era Alberdi, las voces de Carlos Guido Spano, José y Rafael Hernández, Olegario V. Andrade, entre otros, que expresan todavía la vinculación con el país de las guerras de Independencia. En su proclama, Felipe Varela afirma: “El

pabellón de Mayo que radiante flameó victorioso desde los Andes hasta Ayacucho ha sido cobardemente arrastrado por los fangales de Estero Bellaco, Tuyutí, Curuzú y Curupaity”18.

En este momento culmina la peor época de la relación con el Brasil. En palabras de Alberto Methol Ferré, posiblemente el ensayista que con más profundidad y devoción se ha dedicado al análisis político e histórico entre Brasil y Argentina: “En el

momento de la Independencia todavía se hacían sentir las oposiciones de la ‘Era conflictiva’ que nos venía desde la separación de Portugal y España de 1640. Era conflictiva que se prolongaría hasta la Guerra de la Triple Alianza”19.

Al terminar la guerra, llega a Montevideo una misión diplomática brasileña a cuyo frente se encontraba el Vizconde de Rio Branco y su hijo, José María da Silva Paranhos Junior. Este último pasará a la historia de su país y de la diplomacia como el Barón de Rio Branco, futuro ministro de Relaciones Exteriores de la República Federativa de Brasil y quien, en ese carácter, reaparecerá unas páginas más adelante.

17 Alberdi, Juan Bautista, El Imperio del Brasil ante la democracia de América, pág. XIII y XIV.

Edición del autor, sin consignar año.

18 General Felipe Varela, “Manifiesto a los pueblos americanos sobre los acontecimientos políticos

en la República Argentina en los años 1866 y 1867”, Editorial Sudestada, Buenos Aires, 1968.

19 Methol Ferré, Alberto, Perón y la novedad de la alianza argentino–brasileña, Cuadernos de

Marcha, diciembre de 1995, Montevideo. Curiosamente este texto es una conferencia dada por el pensador oriental en Buenos Aires, a miembros del partido Justicialista con motivo del cincuentenario del 17 de Octubre. La curiosidad radica en que ninguna editorial argentina, ni los propios organizadores de la misma, la hayan hecho conocer en su forma impresa.

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E. Los nacionalismos de la balcanización

Es a partir de estos años en que comienzan a esfumarse los viejos ideales unificadores. La epopeya de la independencia ha quedado atrás. Los congresos anfictiónicos y los múltiples intentos de Bolívar por mantener unidas las provincias españolas de ultramar se han perdido hasta del recuerdo. San Martín ha muerto en el destierro para que su espada no fuese usada en las luchas civiles. Es ese momento en que comienzan a aparecer los pequeños y pobres nacionalismos regionales, que en veinte o treinta años se convertirían en las nacionalidades “argentina”, “uruguaya”, “boliviana”, “chilena”, que llevará al absurdo de que cada uno de sus integrantes sea considerado extranjero en el territorio de cualquiera de los otros.

Es en este período en que se organizan de manera más o menos definitiva los estados latinoamericanos. “En el marco de hierro de la balcanización se modelan los

Estados en la década del 80: Rafael Nuñez en Colombia, el general Roca en la Argentina, el coronel Latorre en el Uruguay, Porfirio Díaz en México, Santa María en Chile, Alfaro en el Ecuador, Guzmán Blanco en Venezuela, Rui Barbosa en el Brasil instauran el reinado de la prosperidad agraria o minera y la hegemonía positivista”20.

En el Brasil, abolida la esclavitud en 1888, el Imperio y su pompa versallesca son reemplazados por los fastos de la República dos años después. La federalización del puerto de Buenos Aires daba fin, en la Argentina, a casi un siglo de guerra civil. Cada una de las piezas del mosaico bolivariano se organizaba con todas las formalidades de los estados europeos, incluida su política exterior. Las relaciones entre Brasil y Argentina o entre Bolivia y Paraguay comenzaban a ser de la misma naturaleza que las que entonces podían existir entre la República Francesa y el Imperio Alemán21.

Los altos precios obtenidos por las materias primas exportadas por nuestras pequeñas economías primarias –es decir, nuestra inserción en el mercado mundial– habían generado, en primer lugar, una clase dominante en cada una de nuestras sociedades, que creía vivir en las condiciones objetivas de los países europeos e iba, lentamente, perdiendo contacto moral con “la patria vieja”. Comenzaron a sumarse legiones de inmigrantes, sobre todo en Argentina, Uruguay y Brasil, carentes de toda

20 Ramos, Jorge Abelardo, op. cit., tomo 2, pág. 68.

21 Pero con las características que expresa Manuel Ugarte: “La política primaria que consistió en la

Argentina en sonreír al Perú contra Chile, y en Chile en hacer señas al Brasil contra la Argentina, nació del encerramiento y la falta de experiencia de los que se encaraman hasta nuestras cancillerías sin más fuente de inspiración que un grupo exiguo dentro de la ciudad”. Manuel Ugarte, op. cit., pág. 256.

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vinculación cultural con el nuevo país de adopción. Se hicieron argentinos, uruguayos o brasileros, porque la capacidad y voluntad de inserción de los nuevos estados eran grandes. O como dice Leonardo Senkman: “Los inmigrantes que arribaron

masivamente a la Argentina y Brasil, a pesar de coyunturas de xenofobia, nunca fueron los Otros para las oligarquías criollas: no sólo étnicamente constituían la expresión de la Europa Blanca y el modelo civilizatorio, sino que en ambos países la inmigración masiva fue reclutada y subvencionada expresamente por el Estado–nación para reemplazar a la fuerza nativa de trabajo”22. Pero, si alguno traía grabado en su memoria

el recuerdo de la Comuna de París, no había uno sólo que supiera que, hacía tan solo unos años, la batalla librada en los Corrales, remontando un poco el Riachuelo hacia el Oeste, había permitido organizar el país al que llegaban.

La creación de estos estados nacionales tendrá como resultado, en lo referente a la política internacional o, más concretamente hacia los países vecinos, una mayor estabilización y regularización. Se crearán embajadas, consulados y se establecerán relaciones entre estados, con la importancia que ello tiene en la vida diplomática.

Específicamente la transformación republicana del Brasil implicará otro tipo de relación con Inglaterra. En una biografía del Barón de Río Branco, sostiene el diplomático brasileño Rubens Ricupero: “(…) las relaciones del Brasil con las

potencias europeas diferían profundamente de las que manteníamos en el Plata o con los demás vecinos de América del Sur. Las primeras se basaban en un eje de desigualdad y asimetría, pues la diferencia de poder que nos inferiorizaba frente a esos países predominantes era de tal orden que, en el fondo, no podíamos aspirar a jugar el mismo juego que ellos. De ese tipo eran todos los episodios determinantes de nuestra historia diplomática, marcados por el predominio británico entre 1807 y mediados de la década de 1850, con la apertura de los puertos, la imposición de ‘tratados desiguales’ sobre comercio y la jurisdicción extraterritorial de los Jueces Conservadores de la nación inglesa, la mediación de Londres en las negociaciones del reconocimiento de la Independencia y la cobranza, impaga, de esos servicios, de la renovación de los privilegios, la nueva mediación para poner fin a la Guerra de la Cisplatina y, sobre todo, la prolongada y humillante campaña británica para acabar

22 Senkman, Leonardo, La lógica populista de la identidad y alteridad en Vargas y Perón: algunas

implicaciones para los inmigrantes, en Cuadernos Americanos, Nº 66 noviembre–diciembre de 1997,

Buenos Aires. Este trabajo es muy interesante porque el autor, en una investigación hecha para la Universidad de Jerusalén, reconoce el carácter abierto y no discriminatorio del peronismo hacia la colectividad de origen judío.

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con el tráfico de esclavos”23. La República del Brasil se desilusionaba de su desigual

relación con el Reino Unido, en momentos en que la República Argentina solidificaba la integración de su economía agraria con el imperio británico. El café, principal producto de exportación del Brasil, lo vincularía cada vez más con los EE.UU.

F. Los latinoamericanistas de principio de siglo.

El cambio de siglo traerá un reverdecer de los viejos ideales de unificación. La generación de intelectuales latinoamericanos que comienza a actuar alrededor de 1900

“ofician como primeras antenas de la necesidad de la integración y augurio de la crisis de la Polis Oligárquica”24. Vinculados generacionalmente al movimiento modernista,

en todas las capitales iberoamericanas aparece una pléyade de hombres dominados por dos pasiones: la palabra, oral o escrita, y la unión latinoamericana. Manuel Ugarte, Rufino Blanco Fombona, Carlos Pereyra, José Vasconcelos, Santos Chocano, García Monge predican, en el vasto desierto de la incomprensión, el viejo ideario bolivariano. Tienen un antecedente en el siglo anterior. José María Torres Caicedo, el venezolano que en Europa representó a su país, forjador del concepto “latinoamericano”, había hecho conocer en la década del ´60 sus propuestas económicas, políticas y administrativas para una confederación que incluía al Brasil. Alejados del antihispanismo de cuño galo o anglosajón, esta generación de pensadores, escritores y políticos revisan el actual estado de las pobres repúblicas y el pasado sudamericano. Sobre el trasfondo de una poderosa corriente intelectual que se denominó “iberismo” y que proponía, como sintetiza Methol Ferré, “restablecer la ‘Alianza Peninsular’ entre

España y Portugal, como vía de regeneración común, luego de su decadencia y pérdida de América Latina”25, estos pensadores retoman la cuestión de la unidad, en la que

Brasil entra ya como pieza fundamental. No puede dejar de mencionarse, en este sentido, el aporte realizado por algunos intelectuales brasileños. Manuel Bomfin, en su libro “La América Latina (males de origen)” no sólo repudia el estigma de la esclavitud, sino que reivindica la mestización de razas producida por la colonización ibérica, en épocas en que cierto positivismo racista pretendía encontrar en ella la causa de nuestros males. Otro brasileño precursor es José Veríssimo (1857–1916), periodista,

23 Ricupero, Rubens, Jose Maria da Silva Paranhos, Barão do Rio Branco, Fundación Alexandre de

Gusmão, Río de Janeiro, 1995.

24 Methol Ferré, Alberto, op. cit. 25 Ibídem.

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escritor y historiador de la literatura brasileña, quien propugnó, en sus palabras, “salir

de la insularidad a través del conocimiento de la cultura de América Latina y de sus literaturas, por nosotros, íntegramente ignoradas. Esa ignorancia es recíproca”26. Y

sigue siéndolo pasados ya más de noventa años.

Los tiempos no estaban todavía maduros para la obra ciclópea. Los políticos y las dirigencias contemporáneas ignoraron el mensaje de estos precursores que serían entendidos por generaciones siguientes, cuando las condiciones objetivas estuviesen más maduras para la integración. Téngase presente, por otra parte, que Manuel Ugarte, para dar tan sólo un ejemplo, falleció en 1951 y logró votar en las elecciones de ese mismo año, cuando el General Perón es reelecto por segunda vez.

Un antecedente sorprendente de esta tradición y en relación directa con el joven oficial Perón, que ha sido exhumado por el investigador argentino Claudio Chaves27, es

el de quien llegó a ser General José María Sarobe. Coronel en la revolución del ´30, es un hombre ligado al sector liberal del ejército que voltea a Yrigoyen. Es decir que no proviene de la vertiente del nacionalismo que se nucleó alrededor de José Felix Uriburu, sino vinculado al ala de Agustín P. Justo. Alguna vez, el general Perón reconoció que Sarobe y el coronel Descalzo habían sido sus dos grandes maestros. En un libro publicado en 1944, como consigna Chaves en su nota, aparece la síntesis del pensamiento sudamericanista de Sarobe: “Unirse es la misión perentoria y trascendente

de América". Para ello propone: "Desarrollo de una política de cooperación económica, con vistas a la unión aduanera de todos los Estados. Creación de una documentación especial de identidad titulada ‘ciudadano de América’. Las economías del Brasil y de la Argentina son complementarias en lo fundamental y es tan importante el comercio entre ambas naciones que se lo puede considerar el eje sobre el cual rota todo el plan revisionista sudamericano”. Como veremos oportunamente, mucho tuvo

que ver este militar con la visita de Getulio Vargas a Buenos Aires en la década del ´30. Sarobe, que era coronel en 1930, era un hombre nacido en la década del ´80 del siglo pasado. El hilo de Clío es, muchas veces, delgado, pero firme.

26 Conf. Chacon Vamireh, Brasil: identidad y vecindad a principios de siglo, publicado en la revista

Disenso, en traducción de Alberto Buela. Buenos Aires, 1997.

27 Chaves, Claudio, El Perón Liberal, La Patria Grande, sin fecha. El artículo es interesante en cuanto

reproduce el pensamiento político del coronel Sarobe. El intento oportunista de explicar la capitulación de Menem ante el imperialismo y su ideología neoliberal con la influencia del liberalismo de Sarobe en Perón es patética y sólo encuentra respuesta en la necesidad del autor de autojustificar la propia capitulación frente a algún contrato ofrecido por el cortesano escribidor, Jorge Castro, el redactor del nuevo credo peronista.

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III. El Barón de Rio Branco y el primer A.B.C.

La concepción diplomática conocida como A.B.C. es brasileña y concretamente de José María da Silva Paranhos Junior, el Barón de Río Branco, fundador de la política exterior del Brasil y creador del moderno Itamaraty. Dado el desconocimiento que en nuestro país impera sobre las cosas del Brasil, similar posiblemente al que en aquel país existe sobre nuestras cosas, se hace necesario, habida cuenta de la importancia y trascendencia del personaje, una breve reseña sobre el mismo.

Junto con Rui Barbosa, el inspirador de la constitución de la república de los plantadores, y con Joaquim Nabuco, el apóstol de la abolición de la esclavitud, el Barón de Río Branco integra el grupo de estadistas que introdujo al Brasil en el nuevo siglo. Liberal en lo económico y conservador y monárquico en lo político, pertenecía a una familia de linaje pero sin peculio, de la aristocracia imperial de Bahía. Su padre, el Vizconde de Rio Branco, a quien ya vimos en Montevideo al final de la guerra del Paraguay, llegó a ser, dentro de una larga carrera en la administración, jefe de gabinete durante cuatro años, el más largo y exitoso de la monarquía de Pedro II. Es este gabinete el que promulga, en 1871, la Ley de Vientre Libre, comienzo del fin de la ignominiosa esclavitud, que se había convertido ya en un factor de atraso económico. Según un biógrafo1, tanto el vizconde como el barón “vivieron siempre como servidores

del Estado. Ninguno de ellos tenía relación directa con los grandes propietarios esclavistas”2. El vizconde era un veterano en la política del Río de la Plata, ya que

integró, en distintos cargos hasta ser el jefe, la legación diplomática en Montevideo en varias oportunidades. La última de ellas fue poco antes del inicio de la Guerra de la Triple Alianza. Después de la guerra vuelve a Montevideo, esta vez acompañado de su hijo, quien se desempeñó como su secretario. La tarea del vizconde fue, entonces, negociar con sus aliados los resultados de aquella carnicería, labor en que ya los encontramos más arriba.

Una vez recibido de abogado y después de un breve y desilusionante paso por la Cámara, como diputado por el Matto Grosso, el joven Jose Maria da Silva Paranhos

1 Manuel de Oliveira Lima, O Barão do Rio Branco, Editorial Instituto Nacional do Livro, Río de

Janeiro.

2 “Desde el período monárquico, el reclutamiento de la burocracia civil y militar del Imperio se hizo

mediante la selección de personas pertenecientes a familias venidas a menos”. Cardoso, Fernando Henrique, Ideologías de la burguesía industrial en sociedades dependientes (Argentina y Brasil),

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Junior abandona la política para pasar a la diplomacia, y obtiene del presidente del Consejo de Ministros, el marqués de Caxias, su nombramiento como cónsul general en Liverpool, en 1876. Nunca más actuará en el país, hasta que, en 1902, el presidente Rodríguez Alves lo nombra Ministro de Asuntos Extranjeros. Su actividad como diplomático y la resolución positiva, para el punto de vista brasileño, de resonantes conflictos le habían otorgado una enorme popularidad que conservó hasta su muerte. Hombre de una vasta cultura universal, era un profundo conocedor de su país. “Lo que

del Brasil sabía era enorme, como que había leído todo cuanto se había escrito al respecto: historia, geografía, flora, fauna. Había recorrido bibliotecas enteras en Europa y América”, dice de él el diplomático argentino José María Cantilo3. Como

todos los militares y políticos brasileños de su época, y hasta ya entrado el siglo XX, era un profundo admirador de Augusto Comte y su positivismo4, convicción a la que unía

sin contradicciones su declarado monarquismo. En el retrato que, a su muerte, hace el relativamente crítico historiador pernambucano Manuel de Oliveira Lima, leemos: “Su

personalidad dominante se destacaba de la colectividad para fundirse en la entidad abstracta a la que él, tan bien y tan eficazmente, sirvió toda la vida, al punto de, sin guerras, exclusivamente por los medios pacíficos de la negociación y el arbitraje, haber aumentado tan considerablemente la superficie nacional – lo que a poquísimos personajes históricos, a un resumidísimo número de privilegiados, le ha sido dado”5.

El prestigio y seguramente los éxitos que la política de Itamaraty ha obtenido a lo largo de los años se deben, sin duda, a la acción del Barón de Rio Branco. Su labor como canciller entre 1902 y 1912, se hizo bajo tres presidentes, Rodrigues Alves, Affonso Pena y Hermes de Fonseca. “Pero al mismo tiempo que declinaban sus

fuerzas, comenzaba a desaparecer no sólo el mundo internacional del Barón, sino también el Brasil fuerte, próspero y prestigioso que le había permitido realizar, sin solución de continuidad, su obra diplomática. Las presidencias de Rodrigues Alves y Affonso Pena marcarán el punto más alto de la República Vieja”6. En medio de una

crisis política y militar, que incluye el bombardeo a Bahía, murió a los 66 años el Barón de Rio Branco. No dejó testamento alguno, pues sus bienes eran escasos.

3 Cantilo, José María, Recuerdos de mi vida diplomática, Buenos Aires, 1935.

4 V. Ramos, Jorge Abelardo, op. cit., tomo 2, “El positivismo en América Latina”, pág. 70. 5 Oliveira Lima, Manuel, op. cit.

Referencias

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