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El pasado tenía un futuro

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Academic year: 2020

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(1)El pasado tenía un futuro. *. Paul Ricoeur. D. ecidí situarme en la perspectiva de un estudiante de liceo que declara aburrirse con el estudio de la historia y la geografía. Y me hice la pregunta siguiente: ¿qué es lo que suscita la hostilidad en torno de la enseñanza de la historia o, en todo caso, qué es lo que la hace pesada y sospechosa? Me pregunté cuáles eran, sobre el plano epistemológico, los eventuales puntos de rechazo. Y reflexioné en la negociación posible con los argumentos suspicaces acerca de la historia. Voy entonces a iniciar con estas cuestiones: ¿Cómo articular la enseñanza de la historia con la preocupación que por el presente y el futuro pueden experimentar los adolescentes? ¿Cómo involucrar a los adultos que comparten prejuicios idénticos? Estos problemas se formulan, en realidad, porque la historia, ésa que los historiadores relatan e intentan explicar e interpretar, parece ajena a eso que los hombres hacen y sufren. Mientras reflexionaba sobre estos temas, he leído el libro de Maurice Halbwachs, La memoria colectiva, y en particular el capítulo intitulado “La memoria histórica”, que el autor distingue, fuertemente, de la memoria colectiva. El autor se complace en evocar sus recuerdos de estudiante de liceo, cuando la historia, presentada como una sucesión de fechas, significaba para él un territorio extraño, vis-à-vis de su ambiente familiar, un entorno, por cierto, particularmente abierto al mundo cultural de principios de este siglo.** Es esta extrañeza de la historia la que yo cuestionaré primero. Trataré enseguida de argumentar en favor de la disciplina histórica, mostrando que este alejamiento de la historia es en realidad –en relación con la vida– un factor constitutivo del conocimiento de la historia. La historia introduce, de entrada, ciertas maneras de cortar el tiempo que no son ni las de la conversación ordinaria, ni aun las de los relatos literarios. Pomian, en su obra El orden del tiempo, evoca cuatro cate-. *. Tomado de Relier les connaissances. Le défi du XXIe siècle, Paris, Éditions du Seuil, octobre 1999, pp. 297-304. [Traducción de Francisco Montfort Guillén, revisada por Ángel José Fernández, Universidad Veracruzana]. ** Ricoeur se refiere al siglo XX.. 7.

(2) gorías temporales, propias de la historia: el acontecimiento, la serie repetitiva, la época y la estructura. Ésta me parece una manera interesante de distinguir el tiempo de la historia, en relación al tiempo de la literatura; el tiempo de la vida cotidiana, en relación, en suma, con los tiempos del relato. Comencemos por el acontecimiento. De cierta manera, esta categoría nos es familiar porque frecuentemente hacemos uso de ella en la historia del presente y en la política. Pero, aun así, no se presenta bajo la misma forma que en la literatura, donde el acontecimiento se identifica comúnmente con el episodio del relato. En otra ocasión, cuando trabajaba sobre mi obra Tiempo y relato, insistía sobre el funcionamiento de la intriga y sobre el papel del episodio, de la peripecia. Es la peripecia, sobre todo cuando es violenta, la que hace avanzar la historia relatada, la que la desvía, la que la hace girar en un sentido o en otro. Ahora bien, el acontecimiento, para el historiador, se ve separado de su base narrativa, y es reemplazado en una perspectiva más próxima al de las ciencias de la naturaleza, donde es, antes que nada, eso que acontece, aquello que sobreviene. En favor de su relación con las otras tres categorías –serie repetitiva, época, estructura– el acontecimiento está, en todos los casos, distanciado del relato. La noción de serie repetitiva contrasta con lo que tiene de único y de irrepetible el acontecimiento. La historia, sobre todo bajo la forma de historia económica, de historia social –inclusive desde antes de la escuela de los Annales, desde la aparición a principio de siglo* del famoso artículo de Simiand–, surge de una vibrante defensa, dirigida contra el aconte cimiento y en favor de lo repetitivo, basada en el ejemplo de las curvas de precios e ingresos. De ahí se pasa a la historia seriada, de la cual Chaunu hizo la teoría, acompañada, cuando menos durante una cierta época, por Le Roy Ladurie y todos los miembros de la escuela de los Annales. Las series repetitivas se extienden bastante más allá de lo económico y lo social, hasta en la historia cultural, como cuando se recurre a una serie de testamentos para descubrir cuántas misas, después de su muerte, deseaba el testamentario; se podía entonces seguir la curva descendente de misas en esa región y constatar el decremento de la práctica religiosa. Lo interesante es que esos documentos no habían sido redactados con el deseo de testimoniar una creencia privada. Fue de alguna manera, sin saberlo, que proveyeron los materiales. Es lo que Marc Bloch, en su. *. Siglo XX.. 8.

(3) Oficio de historiador, alegato por la historia, llamaba “testimonios involuntarios”. Se pasa de ahí a toda suerte de documentos archivados donde las fuentes narrativas, los testimonios, son reemplazados progresivamente por fuentes no narrativas. Así, toda traza del pasado tiene posibilidad de convertirse en documento. Es esa una de las fuentes de la extrañeza de la historia. La segunda categoría que evoco, siguiendo a Pomian, es la época: la corta vida de un individuo y aun la prosecución de generaciones reemplazadas en un horizonte temporal más vasto, que el historiador va a estructurar en el corto, mediano y largo plazos, y que puede ser aprehendido por un adolescente. Toda la escuela de los Annales apostó al largo plazo. Estos largos periodos están asimismo animados por una especulación sostenida sobre la orientación de la historia: ¿se trata de ciclos o de desarrollos lineales? y, ¿señalan, estos últimos, una acumulación, un progreso, una regresión? ¿Qué pasa con los renacimientos, es decir, con los regresos al pasado, que serían al mismo tiempo progresos? ¿Quid de la decadencia? Esta categoría está próxima a la experiencia, donde la madurez es seguida por la vejez. Pero la historia, ¿puede dar lugar a un progreso no seguido de vejez y de muerte? Tal es el cuestionamiento que subyace en la periodización, en el ordenamiento de la historia con sus largos periodos, sus periodos medios, sus periodos cortos. Ahora bien, todo esto es nuevo, en relación a la repetición concurrente del relato ordinario. La ruptura se profundiza con la aparición de la noción de estructura, la cual ha sido tomada de la semiología, básicamente del Tratado de lingüística general de Saussure. La mancuerna acontecimiento-estructura puede ser catalogada como la innovación epistemológica fundamental, cuando el acontecimiento hace las veces de inflexión, incluso de ruptura dentro de una estructura. Es más, uno llama revolución a una ruptura que parece tan considerable que implica no sólo un cambio en la estructura, sino un cambio de estructura, un cambio de paradigma. Estas categorías temporales, sean implícitas o explícitas, no constituyen una prolongación del tiempo vivido y del relato ordinario. Dichas categorías se inscriben en explicaciones que versan sobre encadenamientos inteligibles, entre hechos comprobados por pruebas documentales. La explicación en historia es, pues, increíblemente complicada. Yo me limitaré a subrayar la combinación, por una parte, entre las explicaciones causales –particularmente apropiadas a la historia cuantitativa, con sus series repetitivas– y, por otra, a la explicación basada en razones. Con este segundo aspecto, además, la historia mantiene una correspondencia con la literatura. Por ejemplo, cuando leemos a Tito Livio o a Tácito –o a historiadores antiguos–, nos reconocemos en ellos, como suele decirse,. 9.

(4) porque en ellos reencontramos las mismas pasiones de poder con las cuales nos han familiarizado la tragedia, la epopeya o la novela. Pero lo que resta desorienta. Lo que hace extraña a la explicación en historia es la complejidad de esta combinación entre explicación causal y explicación mediante razones. A estas explicaciones vienen a insertarse algunas interpretaciones que suscitan un proceso incesante de reescritura, poniendo en juego sabias estructuras retóricas. Es gracias a estas construcciones refinadas que la historia puede aspirar a representar el pasado, a proporcionarle una especie de visibilidad. Ésta no es menos extraña que las de las grandes ficciones literarias. Este perderse en el tiempo y en el espacio hace que la historia, aun aquella de periodos próximos a nosotros, adquiera cierto aire de exotismo; con mayor razón, cuando nos transporta a la Antigüedad griega, romana, egipcia o mesopotámica, por lo cual Paul Veyne se pregunta si la historia no se nos ha convertido en algo tan lejano como la historia de los polinesios que leemos en nuestros libros de viajes. Pero la razón fundamental del malestar en la historia reside en el carácter retrospectivo de esta ciencia. Si el futuro está todavía abierto, ella, la historia, evoca un pasado que parece determinado. El sentimiento de lo inexorable, de lo ineluctable, sobre todo cuando se ata a los grandes crímenes del siglo XX, vira hacia la pesadilla de lo irreparable. Ahora bien, el ímpetu que lleva la juventud de espíritu hacia delante, del lado de lo abierto, va a chocar sobre la piedra de lo que no puede ser cambiado, sobre la roca de lo concluido. Un último obstáculo para la familiaridad con la historia consiste en el peligro de lo que llamo el “todo es historia”. Designo con ese concepto la ideología historicista que nos hace decir que toda proposición sensata se explica por su lugar en la historia. Según esto, si todo es histórico, todo es relativo. De lo cual resulta un escepticismo ruinoso para el compromiso moral y cívico que, por lo demás, la enseñanza pública reivindica como una de sus responsabilidades. ¿De qué manera profesar valores estables, si todo enunciado es relativo y pertenece a la época específica en que es creado? Uno puede denunciar, con Carl Otto Appel, una contradicción que debilita toda aseveración escéptica (si todo enunciado es relativo a la época que lo genera, ¿qué sucede con esta misma proposición?); una confusión irreprimible obnubila la educación moral, confrontada con una perspectiva historicista que relativiza todo. El joven Nietzsche, en la época cuando enseñaba retórica en Bâle, hacia 1872-1873, se había rebelado, en la Segunda consideración inactual, contra eso que él llamaba “el peso de la historia”, agregado a la. 10.

(5) carga deplorable de memorización que pesa en el conjunto de las disciplinas escolares. ¿Cómo el educador esclarecerá su difícil arbitraje entre la incultura histórica y la “enfermedad histórica”? No es por azar que este famoso texto de Nietzsche termine con un llamado, tal vez un tanto adulador, a la juventud, a la que invita a movilizarse en contra del exceso de historia, mediante el recurso que el autor llama lo “anti-histórico” y lo “supra-histórico”. Lancemos una última mirada sobre los obstáculos anteriormente expuestos: trastorno provocado por la ciencia histórica de los habituales marcos temporales de la memoria personal y colectiva; extrañeza inquietante de los mundos históricos lejanos; relativismo histórico destructor de lo inmutable. Ahora bien, estos obstáculos son inseparables de lo que puede calificarse de distanciamiento metódico, lo que permite ambicionar a la historia a situarse entre las ciencias humanas. No obstante, es posible volver a familiarizarse con este tipo de historia, de apariencia un tanto extraña. Nosotros hemos partido de una ruptura, la que imponen las categorías temporales de la historia, en relación a los tiempos del relato. Yo quisiera alegar, en sentido inverso, por una reconciliación posible, más allá de la ruptura, con la memoria, tanto colectiva como individual. Para hacerlo, quisiera señalar mi oposición a la idea de que, en la época moderna, la historia habría reducido a la memoria, en otro tiempo matriz de la historia, a un estatuto de simple objeto histórico entre otros. Es la tesis desarrollada por Pomian en su brillante artículo de la Revista de Metafísica y de Moral de 1998. Cierto, existe una historia de la memoria: los historiadores pueden mostrar sin pena que uno no recuerda las mismas cosas del pasado en dos momentos alejados en el tiempo; por ejemplo, en Francia, considerando el periodo de Vichy, primeramente se consideró, nada más, la Colaboración, y sólo más tarde la persecución racial. Pero se trata tan sólo de retoques de la memoria, la cual queda como la región de acogida de todas las reescrituras del pasado histórico. La historia no nos alcanza sino a través de la las revisiones que ella impone a la memoria, porque la memoria constituye enteramente nuestra primera relación con el pasado. Me place evocar aquí el pequeño pero admirable tratado de Aristóteles que los latinos nos transmitieron bajo el título De memoria et reminiscentia (Tratado de la memoria y el recuerdo), donde se dice que la memoria es del pasado. Sin la memoria no sabríamos jamás que alguna cosa ha ocurrido antes que uno la haga relato. La historia sabe que hay pasado, porque la memoria lo ha dicho antes que ella. Por poco fiable que sea la. 11.

(6) memoria, por poco fiel que le sea al pasado, ella es nuestra primera entrada a ese pasado. Es necesario, entonces, rehacer el trayecto de la memoria hacia la historia. Hay que buscar, en la propia memoria, las raíces de nuestra demanda de historia. Ahora bien, la estructura que asegura la transición de la memoria hacia la historia es el testimonio o prueba, a saber, la operación del lenguaje mediante la cual las cosas vistas son transferidas sobre el plano de las cosas dichas. Alguien dice: “Esto pasó así, yo estuve ahí, me crea o no me crea; y si usted no me cree, interrogue a otra persona”. Aquí tenemos la estructura fundamental de la transición. Ésta descansa sobre una relación de confianza, en virtud de la cual somos invitados a creer en la palabra de otro. Así pues, esta estructura fiduciaria comporta una potencial dimensión crítica, consistente en la crítica del testimonio, fundada a su vez sobre la comparación de testimonios rivales. La memoria colectiva ha sido situada como la memoria individual bajo la misma ley del testimonio. Dicha memoria colectiva se presta igualmente a esta crítica, en razón de la pluralidad de nuestros alegatos y de nuestra pertenencia a entidades colectivas diversas. La memoria colectiva hace, así, el mismo trayecto que la memoria individual: de la memoria, hacia la historia, a través del testimonio. La etapa siguiente es la de archivar los vestigios documentales que reemplazan a los vestigios de la memoria. La historia es subterráneamente religada a la memoria por la intermediación de esta custodia de documentos. Quisiera insistir sobre una segunda mediación entre la memoria y la historia. Me refiero a la mediación entre generaciones sucesivas, en favor de la coexistencia de varias generaciones en un mismo lapso de tiempo presente. A mi edad, tengo la dicha personal de vivir esta cohabitación en una escala de cuatro generaciones. Y como recuerdo algunos de los relatos que mi abuelo hacía del tiempo de su infancia, un periodo de ciento cincuenta años es, de este modo, cubierto por estas ramblas de memoria. Así, una memoria transgeneracional asegura la transición entre la memoria individual y colectiva y la historia de los historiadores. Una mediación comparable a esta memoria transgeneracional es la asegurada por la arquitectura. La ciudad constituye, dentro de esta perspectiva, un espectáculo extraordinario de mediaciones superior al de las memorias transgeneracionales. Al lado de aquí (el Barrio Latino, en París) ustedes tienen la iglesia de Santa Genoveva y el Panteón; y algunas zancadas más allá, tienen el Louvre y, de regalo, una pirámide egipcia. ¡Qué prodigioso recorrido temporal inscrito en la piedra: múltiples estilos y monumentos heterogéneos imponen su coexistencia dentro del mismo espacio urbano! Piensen tan sólo en la confrontación entre la. 12.

(7) Torre Eiffel y su arrogancia de fierro con la catedral de París y su orgullo de piedra. Muchos estratos de memoria colectiva son, así, a la vez apilados en el tiempo y expuestos en la geografía de la ciudad. ¿Existe una contemporaneidad más elocuente de lo no-contemporáneo que la ciudad? La etapa siguiente de mi recorrido, a contracorriente de las etapas de la ruptura operada por la historia, consistirá en recurrir a la noción de deuda, como contrapartida del alejamiento en el espacio y en el tiempo. Entiendo por “deuda” el sentimiento de ser responsables en tanto que herederos de nuestros predecesores. La deuda atraviesa las generaciones y se extiende sin un fin determinado en dirección de un pasado insondable; la deuda exige a los hombres del presente, en el sentido que ella requiere, el restituir –bajo la forma de representación–, aquello que los antiguos nos han confiado. Un paso más sobre la vía abierta por el sentimiento de endeudamiento nos conducirá a interrogar esa especie de proximidad que la deuda instaura entre nuestros predecesores y nosotros. Esta proximidad induce un interés por la semejanza, que compensa la atención privilegiada, aportada por la historia, al cambio y a las diferencias dentro del cambio. Quisiera, en este sentido, expresar mis reservas en relación al énfasis que, sobre la diferencia, existe en el pensamiento contemporáneo. Diferencia de sexos, diferencia de clases, diferencia de culturas, diferencia de épocas: ¡ciertamente! ¡Pero qué semejanza de la condición humana es así, paradójicamente, explorada mediante el sesgo de la diferencia! A despecho de todo el exotismo del viaje hacia las tierras desconocidas del espacio y del tiempo, es sin duda el hombre mi semejante, al que cada vez me aproximo más. Entre lo diferente y lo idéntico, la dimensión a explorar es la de lo semejante. Y es ésta, la que la historia explora. Las implicaciones morales y políticas son importantes: la razón fundamental para rechazar la idea de raza es que la pertenencia de todos los hombres a la misma historia está religada desde dentro por la similitud humana. En ésta reside la réplica fuerte a la tentación de exotismo geográfico e histórico. En este sentido, la función de explorar las diferencias consiste en extender la esfera de las semejanzas. Ya hemos dicho lo suficiente para atacar de frente al argumento, según el cual el futuro sólo será abierto y el pasado concluido y –en ese sentido–, determinado, cerrado. En la Introducción a la filosofía de la historia, en 1937, Raymon Aron aboga con elocuencia en favor de la idea de que el historiador debe transportarse imaginariamente a un momento del pasado, donde el futuro estaba aún incierto, indeterminado, abierto por ignorancia de lo que seguía. Para los hombres del pasado, el pasado tenía un futuro, como está escrito en el título de este trabajo. A conse-. 13.

(8) cuencia de una terrible inclinación por el anacronismo, proyectamos sobre el pasado el conocimiento que tenemos, ahora, de los acontecimientos que ocupan el intervalo entre el acontecimiento cuestionado y el momento cuando nosotros lo examinamos. Entre esas dos posiciones temporales existe la posición de todos los acontecimientos intermedios que pertenecen a nuestro pasado de historiadores, pero que constituían también el futuro de los hombres de antaño. El anacronismo mayor consiste en prestar a esos hombres el conocimiento que nosotros tenemos de la continuación de esos acontecimientos. Es así que nos llega a suceder que hundimos a nuestros predecesores en nombre de un saber que no podría ser el suyo. Si nosotros hacemos progresar, hasta sus últimas consecuencias, esta idea de indeterminación del futuro en el pasado, llegamos a la idea, más importante aún, de las promesas incumplidas del pasado. Los hombres de antaño no tenían solamente lo vivido del presente y, en cuanto al futuro, un horizonte de incertidumbres. Ellos tenían también opciones abiertas, proyectos, temores, expectativas, sueños. Es para nosotros, los que venimos después, que esos proyectos nos parecen incumplidos. De esta manera, a la indeterminación del futuro del pasado se agrega el incumplimiento ulterior de los deseos. Así, el pasado es –también para nosotros–, lo que no pudieron o no supieron hacer los hombres de la Edad Media, los del Renacimiento y de la Reforma, aquéllos del Siglo de las Luces, los nacionalistas y los revolucionarios del siglo XIX. Quisiera, sobre esta base, reinterpretar lo que permanece de verdadero en la idea misma de lo concluido. Diría que es este aspecto del pasado el que nos hace decir que lo concluido no es más de lo que fue y que no pudiendo no haber sido, de una cierta manera, lo concluido permanece. Los sueños no realizados, las promesas no cumplidas del pasado, en resumen, todas las marcas del futuro en el corazón del pasado, han sido. Eso que fue el futuro incumplido de los hombres de antaño ha de ser por siempre imborrable. Y es esto, lo imborrable, lo que en última instancia nos endeuda y nos reclama. Si nosotros metemos ahora, de punta a punta, el tema de la semejanza y el de lo imborrable, reunimos eso que Nietzsche sugiere en su Segunda consideración inactual bajo el vocablo de lo “anti-histórico”, de lo “suprahistórico”, a saber, la referencia a eso que escapa de la omnihistoria o el “todo-historia”. Bajo esta rúbrica colocaré lo que la antropología denomina como los “invariantes”, entre los cuales el incesto constituye el más sorprendente ejemplo. ¿Es que una estructura familiar, como la nuestra, donde todo niño tiene un padre y una madre, constituye igualmente una invariante? La pregunta merece ser formulada, frente a la perspectiva de. 14.

(9) la clonación que, por primera vez, pone en duda –y en peligro– la reproducción sexuada y, con ella, la posibilidad para un infante de buscar a su padre o a su madre y, fundamentalmente, el derecho a tener un padre y una madre. Por mi parte, rechazo aquellas proposiciones de acción de las cuales no puedo medir los posibles efectos perversos. Françoise Heritier, en Masculino-Femenino, recapitula las invariantes de base: todo ser humano nace de un hombre y de una mujer; tiene hermanas y hermanos, éstos tienen un rango en el seno de la fratria. ¿Estos invariantes son «anti-históricos», «supra-históricos»? Son éstos, en todo caso, transhistóricos. Los compararía con esos fondos del paisaje que, vistos desde un tren en movimiento, desfilan más lentamente que los planos medios y los primeros planos. En este sentido, pienso que la enseñanza moral tiene que ver fundamentalmente con estos horizontes casi inmóviles y de los cuales se puede decir que, en ese sentido, son transhistóricos. Con el concepto transhistórico tocamos la idea de que la historia no es solamente lo que nos separa del pasado y, al separárnoslo, nos lo vuelve ajeno. Es también lo que nosotros atravesamos o, dicho de otra manera, es lo que nos aproxima a eso de lo cual la historia parece alejarnos.. 15.

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Referencias

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