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Rehabilitar o pasado

para construir o futuro

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La historia urbana no es ni historia de las ciudades ni es tampoco la historia de la for- ma urbana, entendida como pudiera hacerlo un entomólogo: en los últimos años una nue- va disciplina ha buscado profundizar en cuá- les fueron los cambios en la forma de enten- der la ciudad, cual fue el saber teórico que modificó y trasformó las ciudades o en cua- les los instrumentos y mecanismos de ges- tión que permitieron construir ensanches o modificar –en la ciudad histórica– la trama que durante siglos había pervivido sin sufrir intervenciones. Hace pocas fechas encon- traba, en las entonces “Memorias inéditas”

de Secundino Zuazo, una revelación sor- prendente: comentando su actividad urba- nística en los años 20 y 30, revelaba un dato desconocido por los historiadores. La banca

internacional (Morgan y la española Hispano Colonial) constituyeron, en torno a 1924, una

“Sociedad Internacional de Estudios Urba- nísticos” dirigida por el propio arquitecto cuyo cometido era ofrecer sus servicios a los ayuntamientos españoles. Consciente de la falta de medios técnicos y económicos de las corporaciones para llevar a cabo propuestas urbanas, aquella sociedad proponía a los ayuntamientos españoles estudiar/proyec- tar/construir/gestionar grandes proyectos ur- banísticos, ofreciendo –y ese era el negocio de la banca– créditos internacionales que permitiesen el desarrollo de las propuestas.

Como he señalado recientemente, Zua- zo (que conocía tanto las posibilidades abier- tas por la Ley de Saneamiento y Reforma In- terior de 1895 como las ventajas que ofrecía

IDEOLOGÍA, POLÍTICA Y ESPECULACIÓN URBANAS EN MADRID EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XIX. EL CASO DE LA CASTELLANA

Carlos Sambricio Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid

RESUMEN

Desde la muerte del rey Fernando VII y más concretamente a partir de la década de los años cuarenta, la ciudad de Madrid experimenta un movimiento de especulación del suelo urbano y la aparición de múl- tiples proyectos de tranformación. El incremento de la población genera como respuesta la mejora de las infraestructuras y la reconstrucción de viviendas. En este contexto, la prolongación de la Castellana (el llamado Paseo Nuevo), con un desarrollo inicial ajeno a la planificación, debe entenderse no como un nuevo eje articulador sino a partir de la voluntad de aplicar un concepto de diseño urbano.

Palabras clave: Urbanismo, Madrid, Paseo de la Castellana, siglo XIX, cartografía.

ABSTRACT

After the death of King Fernando VII, the city of Madrid experienced a movement of urban speculation and the appearance of multiple projects of transformation. Population growth generated as a response the im- provement of infrastructure and the reconstruction of residences. In this context, the extension of the Cas- tellana (the so-called Paseo Nuevo), with a development completely distinct from urban planning, must be understood not as a new articulating axis but rather as starting from the desire to apply a concept of ur- ban design.

Keywords: Urbanism, Madrid, Paseo de la Castellana, 19th Century, Mapmaking.

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el Estatuto Municipal de 1924) asumía la res- ponsabilidad de detectar las carencias en in- fraestructuras existentes en las principales ciudades españolas. Cierto que se enfrentó a problemas urbanísticos y dio soluciones:

pero no es menos cierto que jerarquizó las intervenciones, recomendó determinadas ac- tuaciones y desechó (por ser de dudosa ren- tabilidad) otras. Siguiendo las pautas marca- das por aquellos bancos, afrontó en cuestiones tan dispares como la situación de trafico ferroviario en Madrid, buscó resolver el enlace de las distintas líneas que confluí- an en la ciudad y proyectó la gran estación central de enlace; concibió un posible en- sanche en Zaragoza y trazó una nueva ciu- dad jardín al tiempo que se interesó por dar respuesta al fantasioso proyecto de túnel bajo el estrecho de Gibraltar, proyectando –en cada una de las embocaduras– una ciu- dad jardín.

Que grandes intervenciones urbanas en las ciudades del siglo XX se plantearan des- de los intereses de la banca privada obliga a cuestionar la confortable continuidad con la que se ha buscado explicar una historia ur- bana entendida como historia de los “estilos”.

Frente a quienes entienden la “historia del ur- banismo” con la “clasificación filológica” de trazados de ciudades (y, buscando dar “ma- yor nivel” a su asepsia, “trufan” las descrip- ciones formales con citas entresacadas de teóricos del urbanismo, vengan o no a cuen- to) existe otro Saber que busca comprender la complejidad del hecho urbano: frente a historias locales, donde la referencia a la gestión municipal no diferencia entre plan y planeamiento, es preciso tener en cuenta, si- multáneamente, tanto la génesis como la ge- nealogía del saber teórico así como conocer cuales fueron los intereses en la ciudad de los grandes grupos económicos, fuesen ban- ca, fueran inmobiliarios. Y la construcción de la nueva ciudad (la que cabría denominar

“ciudad liberal”) testimonia no solo los inte- reses de un capital interesado en actuar en su suelo (llevando los posibles ensanches hacia sus terrenos) sino como aquellas in- tervenciones fueron directrices de creci- miento que condicionaron el posterior desa- rrollo del núcleo urbano.

Sabemos que sucede en el Madrid de comienzos del XIX: muerto Fernando VII, gran número de exilados (residentes en In- glaterra y Bélgica) regresan a España y, aprovechando la política municipal de Meso- nero Romanos, entre 1842 y 1856 consiguen interesar en la reforma de la Capital a un sin- gular número de sociedades extranjeras de- seosas de invertir. Juan Álvarez Mendizábal proponía, en nombre de una entidad extran- jera, dotar a la capital de establecimientos públicos adecuados y realizar obras de re- formas urbanas en la periferia; el ingeniero francés Pirel ofreció propuestas tan dispares entre sí como potenciar el trazado de Arenal;

enlazar Atocha con la carretera Valencia, prolongar el Paseo del Prado; del mismo modo, Hamal y Manby ofrecieron reformar el entorno de Sol, siempre que se les permitie- se subastar los edificios que construyesen en la embocadura de Alcalá con Sol. En apenas diez años Peyronnet, autor de otro de los proyectos para la Puerta del Sol, informaba igualmente sobre la posibilidad de establecer una vía que uniese Sol con Santo Domingo (y, desde allí, a la nueva Estación de Prínci- pe Pío) y Giraud Daguillon proyectaba un Bu- levar que uniese la Plaza de Santa Isabel con Sol. Concebidos todos ellos antes que Castro propusiera su Plan de Ensanche, to- dos estos proyectos tuvieron en común su voluntad por actuar dentro del Casco históri- co, allí donde difícilmente la Corporación po- día actuar, dada su falta de presupuesto.

En torno a los años cuarenta aparecen las primeras propuestas del privado para in- tervenir en las ciudades y veinte años mas tarde se trazan (siempre desde los intereses del sector privado) los primeros planes de ensanche. Los estudios de historia urbana han pasado de describir los grandes espa- cios proyectados en los finales del XVIII (el

“mito de la nueva Roma” y los proyectos na- poleónicos trazados por Valadier en Roma, De Wailly, Percier y Fontaine en París, Sil- vestre Pérez en Bilbao y Madrid…) a descri- bir, sin mediar explicación, las propuestas de Cerdá en Barcelona y Castro en Madrid, a detallar las intervenciones de Haussman en París, a comentar el plano Beruto para Milán,

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el plano de Hobrecht en Berlín o el trazado del “Ring” vienes. Se olvida, en primer lugar, que los proyectos napoleónicos citados fue- ron proyectos de intervención en los cascos históricos; luego, que los planes de ensan- che e intervenciones citados para Barcelona, Madrid, Paris, Milán, Berlín o Viena fueron, sobre todo y por encima de todos, actuacio- nes tendentes a generar nuevo suelo urba- no, a definir no tanto nuevos barrios como imágenes alternativas de ciudad. Es decir, que entre los últimos y los primeros momen- tos de la segunda mitad del S. XVIII hubo, en toda Europa, un movimiento similar de preo- cupación sobre que debía ser la ciudad, cual la competencia y responsabilidad de la coro- na y cual el papel que, en aquellos momen- tos, podría jugar el capital financiero.

Que las propuestas napoleónicas fueron formal y conceptualmente afines entre sí sin duda se debió a que aquellos arquitectos (alemanes, italianos, franceses o españoles) tuvieron muy similar formación, a que afron- taron un mismo tipo de problema y a que tra- bajaron para un mismo gobierno; por el con- trario, las propuestas de ensanche citadas ni tuvieron similar planteamiento metodológico ni afrontaron una idéntica situación social. De un urbanismo todavía entendido (como lo fue el napoleónico) como “expresión del Saber de una época” a otro tipo de intervención donde ahora cada realidad determina un tipo diferente de actuación. Y lo importante, con- viene resaltar, es que desconocemos como se produjo el paso del urbanismo napoleóni- co a lo que podemos considerar la “ciudad li- beral”.

Sabemos que en 1859, tras haber con- vocado el Ayuntamiento de Barcelona un concurso para el Ensanche de la ciudad y conceder el premio al proyecto presentado por Rovira, el Gobierno Central decidía en- mendar la plana a la corporación municipal, optando por conceder la ejecución del pro- yecto a la propuesta firmada por Ildefonso Cerdá. Muchos entendieron esta decisión del Estado central como una nueva injerencia en las cuestiones catalanas y hubo quien buscó en el pasado una afrenta similar, encontrán- dola en la segunda mitad del XVIII, cuando

el entonces Gobernador Militar de la Ciudad (Conde de Ricla) impuso el derribo de las murallas históricas y ordenando, en su lugar, la construcción del paseo que hoy conoce- mos como Ramblas. Si hubo injerencia en el XVIII entiendo que también la hubo en el XIX: pero importa destacar que tal decisión fue tomada, tras largas discusiones técnicas, por una hoy desconocida “Comisión de Fo- mento” de las Cortes, Comisión que, por su actividad legisladora sobre “Ensanche de poblaciones”, merece una atención que has- ta el momento no ha recibido.

La Comisión de Fomento de las Cortes no ha sido estudiada como tampoco lo ha sido el urbanismo de la primera mitad del XIX: en años en los que los ingenieros de ca- minos cobran un más que significativo peso político (y cuando los arquitectos dependien- tes de San Fernando siguen debatiendo, de manera casi exclusiva, cuestiones relativas a la “composición”, “simetría” y “buen orden”

de la arquitectura) convirtiéndose en alterna- tiva a lo que, hasta poco antes, fuera la cul- tura urbanística de los finales del XVIII. Pero ni conocemos la génesis de este nuevo Sa- ber ni tampoco su genealogía: de hecho, en- tre las transformaciones planteadas por José I, durante la ocupación francesa, y las pro- puestas de Cerdá para Barcelona y Castro para Madrid existe un vacío. Como posible justificación cabría señalar como el comen- tario de Fernández de los Ríos sobre la

“inactividad urbanística” durante el periodo fernandino se ha tomado demasiado literal- mente, sin comprender que fue en esos mo- mentos cuando se produjo el quiebro episte- mológico entre el antiguo Saber y las preocupaciones que caracterizaron los cam- bios urbanos de los años cincuenta.

Sabemos cuales fueron las trasformacio- nes que José I propuso, en torno a 1810, para Madrid: preocupado por mejorar las in- fraestructuras urbanas (alcantarillados y ac- cesos a la ciudad), por crear nuevas dota- ciones institucionales (Museo Nacional, Archivo General, Bolsa, Gran Teatro, merca- dos, cementerios…) llevó a cabo una políti- ca de derribo de ciertas manzanas con vis- tas a “esponjar” la trama urbana existente, creando así nuevas plazas. Si aquellas me-

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didas alteraron el aspecto de Madrid su gran propuesta urbana fue trastocar el centro de gravedad de la ciudad, trasladando éste del Paseo del Prado al eje (a la sucesión de es- pacios abiertos) que debió unir el Palacio Real (sede del ejecutivo) con unas nuevas Cortes Generales (sede del Legislativo) que se situaban en la ya existente Iglesia de San Francisco el Grande.

Por singulares que fueran aquellas trans- formaciones fueron todas puntuales y en nada pusieron en cuestión el crecimiento de la ciudad. Es cierto que (dentro de la política de bienes nacionales) se buscó ceder a los madrileños parte de las posesiones de la Iglesia ampliando y aumentando los lugares de esparcimiento de la población: sin em- bargo la ciudad mantuvo como perímetro la Cerca de Felipe IV y no sabemos de intento alguno por expandir la ciudad, en el sentido sugerido poco antes por Jovellanos.

En los finales del XVIII Jovellanos había esbozado una propuesta clara: llevar la línea que unía la plaza de San Bernardino (la ac- tual San Bernardo) con la Puerta de Nuestra Sra. de las Nieves (Bilbao) hasta llegar a Santa Bárbara hacia un impreciso norte, po- sibilitando que la ciudad creciera y dispusie- se de nuevo suelo urbano donde construir las viviendas necesarias para la población.

Nada sabemos sobre sí Jovellanos acompa- ñó su propuesta de ensanche con alguna tra- za: lo que queda claro es que aquella deci- sión cuestionaba la embocadura de los caminos que marcaban las salidas hacia Fuencarral y Burgos. Entiendo que este dato es mas que significativo por cuanto que re- flejaban una realidad distinta a la hoy exis- tente, cuando Castellana se entiende como eje norte–sur articulador del desarrollo urba- no: entonces, en torno a 1795, las salidas de Madrid quedaban definidas por las puertas de San Bernardo, Nuestra Sra. del Pozo y Santa Bárbara, desde las que salían tres ca- minos que, a cierta distancia, confluían en lo que entonces ya se denominaba Cuatro Ca- minos, surgiendo desde este punto un cuar- to ramal que continuaba hacia Portazgo.

çEntre 1830 y 1860 se produjo, en las principales ciudades europeas, un singular

salto demográfico debido a la llegada de una nueva emigración; la fuerte demanda de vi- vienda supuso que los propietarios de estas triplicaran, en corto plazo, los alquileres y, ante la posibilidad de realizar óptimos ne- gocios inmobiliarios, fueron muchos los que reclamaron la posibilidad de construir fuera de la Cerca nuevas viviendas de alquiler, ori- ginándose entonces un vivo debate entre in- versores, propietarios, administradores, in- genieros… acerca de donde construir, como hacerlo y para quien. Porque si en un primer momento la propuesta fue construir barrios obreros fuera de la ciudad, pronto la opción fue abandonar el casco histórico a la nueva emigración y construir un ensanche para la burguesía fuera de los límites marcados por la Cerca.

¿Por qué interesa conocer que sucedió, que se pudo debatir y discutir y que se apor- tó al debate urbano durante la primera mitad del siglo? Interesa, básicamente por dos ra- zones: en primer lugar, porque la existencia de una respuesta mas o menos similar en distintos países significa que tanto la proble- mática como la solución formaron parte de la cultura de la época, al margen entonces de consideraciones nacionales. En segundo lu- gar, porque el salto demográfico que se pro- dujo entre 1830 y 1860 cambió la imagen de los centros históricos al conseguir los pro- pietarios de suelo cambiar las ordenanzas, buscando así aumentar las alturas de las edi- ficaciones respecto al ancho de la calle. Pa- ralelamente se planteó llevar a la construc- ción de la ciudad la política que en esos momentos se aplicaba en la construcción del tendido ferroviario: el nuevo concepto de

“progreso” había obligado a establecer un instrumento jurídico –la ley de expropiacio- nes– que posibilitaba ocupar la hasta enton- ces sagrada “Propiedad Privada” en nombre de un impreciso “bien común” o “interés so- cial”: de este modo fueron muchos los que reclamaron una ley de este tipo para adqui- rir nuevo suelo donde construir bien vivien- das, bien fábricas.

Las desamortizaciones llevadas a térmi- no entre 1820 y 1830 trastocaron la idea de Estado como esfera de Poder político, inter-

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poniendo la idea de sociedad civil: esta dis- tinción explica que el control sobre el suelo se modificara, asignando tal cometido a una burguesía capaz de encauzar la inversión.

Quien busque conocer la realidad de la ciu- dad entre 1825 y los años del Ensanche de- berá tener presente tanto la Estadística In- dustrial de Madrid en 1821 como la Estadísticas de la Provincia de Madrid pu- blicada en 1835 por Antonio Regás, el Dic- cionario Geográfico–Histórico de Cortés y López o la Guía General de Correos, Pos- tas y Caminos de Cabanes, editada en 1830: la novedad que aportan dichos textos es que valoran Madrid en relación con su en- torno, con su territorio próximo, consecuen- cia de la voluntad por encontrar un espacio donde sacar fuera la industria existente, al entender que de esta forma podía liberarse un espacio en el interior dedicado a habita- ciones para la emigración con el cual obte- ner, a corto plazo, beneficios.

La avalancha migratoria (Madoz comen- taría, en 1845, cómo …todos los días entran en Madrid de 1.000 a 1.500 gallegos en bus- ca de trabajo) obligó a estos nuevos habi- tantes a vivir hacinados, propiciando (por el degrado y suciedad consiguiente) enferme- dades contagiosas como la epidemia de có- lera de 1834, la de 1855 y la de 1865. El sue- lo obtenido en el proceso desamortizador se convirtió en un bien codiciado –al incremen- tar rápidamente su precio– y quienes no con- currieron a aquellas subastas deseaban aho- ra, mediante un proceso de similares características, convertirse en propietarios del suelo intramuros. Si las fincas desamor- tizadas durante el Trienio Liberal fueron 130, la desamortización llevada a cabo por Men- dizábal en 1835 alcanzó las 540: así, casi un tercio del caserío de Madrid cambió de ma- nos en apenas cincuenta años. Pero si las primeras subastas se destinaron a pequeños compradores que, al centrar su inversión en la compra de una o dos casas provenientes tanto de bienes eclesiásticos como de ma- yorazgos, identificaban los alquileres conse- guidos con la renta del capital, a partir de esa fecha el procedimiento cambió, y quienes desde ese momento invirtieron en el proce-

so desamortizador propiciado por Mendizá- bal lo hicieron conscientes de que el suelo urbano se había convertido en objeto de es- peculación.

El negocio con el suelo pasó a ser un re- sorte de acumulación de la burguesía madri- leña, y los beneficiarios fueron las capas al- tas de la sociedad de modo que, en aquella operación, 147 compradores adquirieron en Madrid el 76% de las ventas de un total de 540 fincas. La imagen de Madrid en 1836 nada tenía ya en común con la descrita solo cinco años antes por Mesonero Romanos en su Manual de Madrid, debido a los ambicio- sos proyectos concebidos sobre los solares resultantes de los derribos. Se quiso conver- tir el Retiro en parisinas Tuillerias, se propu- so urbanizar el Barranco de Embajadores, así como el tramo comprendido entre Toledo y Mayor; se estudió la recuperación de la Morería y se planteó levantar un viaducto so- bre la calle Segovia. Fueron momentos en los que los ayuntamientos constitucionales aprobaron normas que modificaban o trasto- caban una situación, y si desde los consejos municipales o desde el Gobierno se propició el debate sobre la ordenación de la ciudad, el saber urbano (edificios de viviendas, tea- tros, calles, pasajes, mercados o formación de arrabales) se asentaba sobre los intere- ses de una burguesía que buscaba benefi- cios inmediatos.

Aprovechando la libertad dada a los pro- pietarios de fincas para fijar los alquileres (lo que hizo que, en poco tiempo, éstos se du- plicaran o, incluso, triplicaran), se levantaron casas de vecinos sobre los solares de los conventos desamortizados. Sin embargo, ante los rápidos beneficios derivados de la renta del suelo, la burguesía dejó de invertir en la renovación del casco histórico, en ca- lles divididas en parcelas irregulares y don- de la actividad comercial era gremial (de baja capacidad adquisitiva) para centrar su aten- ción primero en espacios comerciales y lue- go en la construcción de obras públicas. El capital entendió que construir...es un buen negocio y las expectativas que levantaron los procesos especulativos a corto y medio pla- zo generaron obras que ya nada tenían que

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ver con la política de las pequeñas reformas.

Se explica así que entre 1844 y 1847 se constituyeran, solo en Madrid, 48 sociedades anónimas cuyos objetivos eran pura y sim- plemente especulativos: y ello sucedía cuan- do, junto a un Ayuntamiento falto de presu- puesto, aparecía un Gobierno intervencionista que, desde el Ministerio de Fomento, propuso ambiciosas actuaciones urbanas, invitando a la Corporación a apro- vechar los mecanismos que la Ley de Ex- propiación Forzosa de 1836 preveía para la adquisición de terrenos destinados a refor- mas interiores.

En un momento en el que las elites vin- culadas a la política y las ligadas a las finan- zas quedan perfectamente identificadas –le- jos de lo que fuera una sociedad compuesta por pequeños propietarios agrícolas–, se pre- sentaron numerosos proyectos de transfor- mación urbana. La posibilidad de obtener grandes beneficios a corto plazo atrajo a un capital extranjero (francés, belga o inglés) que invirtió en obras de alcantarillado, ex- tensión de alumbrados, pavimentación del viario o desarrollo de las industrias del gas, ferrocarril o vivienda. La casa Manby Par- tington y Cía. (de capital inglés) simultaneó la construcción de viviendas con el suminis- tro de gas para el alumbrado, al tiempo que proponía reformar la Puerta del Sol a su cos- ta. El francés Pirel propuso potenciar el ca- rácter comercial de la calle Arenal para lo que sugería enlazar Atocha con la carretera de Valencia, prolongar el Paseo del Prado, establecer una vía en torno a la calle de Se- govia o reformar la confluencia de Atocha con Carretas; Peyronet, autor de un proyec- to para Sol, presentó una Memoria sobre la unión, mediante una vía, de Sol con Santo Domingo y la estación de Príncipe Pío al tiempo que el también francés Giraud Da- guillon trazó una nueva calle Arenal (enten- dida como gran vía comercial) en la que apa- recía un bulevar, que llamaba de la Reina.

Dichos proyectos se concibieron y pre- sentaron buscando rentabilidad a corto pla- zo: conscientes que los alrededores de Sol era donde mayores y rápidos beneficios po- dían obtenerse, muchos edificaron bloques

de viviendas en altura que fueron censura- dos por urbanistas como Ildefonso Cerdá (como hiciera, por ejemplo, con la llamada Casa del Cordero, en el arranque de la calle Mayor) calificando estas construcciones de

“torpes moles”, al tiempo que auguraba como, a medio plazo, su presencia acarrea- ría inconvenientes urbanísticos. Pero frente a quienes adquirieron suelo en el casco, otros compraron en el extramuros, aprove- chando la orden dada en 1834 por el enton- ces Alcalde, Marques de Pontejos, de pro- longar Castellana en dirección norte, ordenándose lo que se denominó Paseo Nuevo. Capital francés y belga compraron suelo a ambos lados del paseo, si bien la gran propiedad de la Duquesa de Abrantes obligó a que las inversiones extranjeras se centrasen en el espacio comprendido entre Santa Bárbara y Recoletos. En 1837 se plan- teó construir una nueva población de Cham- berí y pocos años más tarde una empresa inmobiliaria, el “Centro Industrial y Mercan- til”, compraba la colonia de Santa Eulalia, junto a la Castellana, con intención de cons- truir allí 3.000 o 3.500 viviendas obreras. En 1845 se propone unir Chamberí con la Capi- tal y en 1854 se formula un primer Ensanche para Madrid, al urbanizarse el espacio com- prendido entre las Puertas de Santa Bárba- ra y de Bilbao. La orden dada por Pontejos tuvo una repercusión pocas veces comenta- da, básicamente porque supuso cuestionar la situación existente en el norte de la ciu- dad, entre la Puerta de Recoletos, Santa Bárbara, Puerta del Pozo de las Nieves y San Bernardo. Y es entonces cuando preci- samos volver a la situación existente en el Madrid de José I y valorar cual era el limite de la ciudad en los primeros momentos del XIX.

Quien observe la cartografía histórica de Madrid observará como, de las cuatro puer- tas citadas, las dos últimas marcan el cami- no hacia Fuencarral y la de Santa Bárbara lo hace hacia Hortaleza. Si el espacio extramu- ros entre Recoletos y Santa Bárbara estaba ocupado por la Real Fábrica de Tapices, el Prado de Recoletos se interrumpía al llegar a la Puerta del mismo nombre. Y, como se

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refleja tanto en la cartografía del XVIII (hago referencia tanto a los militares de Nangle como al de Chalmandrier, Tomas López o Espinosa de los Monteros) como en la carto- grafía levantada por los ingenieros france- ses, durante la ocupación, la Puerta de Re- coletos cerraba el Prado de Recoletos impidiendo alcanzar, a través de la vaguada que conducía a la denominada Fuente de la Castellana, el camino hacia Fuencarral.

La novedad aparece en 1833 (y así lo re- fleja la cartografía) cuando entre lo que hoy es Bilbao, Chamberí, Iglesias y Plaza de Emilio Castelar el suelo mas allá de la Cerca se urbaniza, trazándose paseos arbolados y ocupándose el suelo donde poco antes es- taba la Fabrica de Tapices. Aparece un polí- gono pentagonal, cuyos lados lo constituyen el camino que desde Recoletos alcanza San- ta Bárbara; el que comunica ésta con la Puerta de las Nieves, hoy Bilbao; el paseo que desde Bilbao va a Chamberí (actual Lu- chana); el que desde Iglesias llega a Caste- llana –Martínez Campos– alcanzando hasta allí donde se situaba la llamada Fuente de la Castellana (lo que hoy es plaza de Emilio Castelar) y, por último, el que desde ésta lle- gaba a la confluencia de Cisne con Castella- na (Juan Bravo) y que, en su prolongación, desde este punto comunicaba con Recole- tos.

Aquella prolongación de Castellana (lo que, insisto, se denominó Paseo Nuevo) en absoluto se trazó desde la voluntad por or- denar la salida de Madrid hacia Fuencarral, definiendo un nuevo eje articulador de la ciu- dad hacia el norte, sino que se entiende como límite arbolado que sirve para definir y enfatizar la operación de suelo que se quie- re. Se trata de una operación de diseño ur- bano que recurre a la rotonda arbolada solo cuando el polígono plantea un quiebro en la línea, sirviendo en consecuencia para enfa- tizar el punto y señalar desde un principio como debe ser punto de confluencia de otras vías. Consciente de cuanto el diseño urbano es formal, quien propone tal operación en ab- soluto se interesa por el diseño o trazado de un nuevo paseo arbolado y su única preocu-

pación es definir el espacio de una nueva ac- tuación.

Si en el XVIII el Saber urbano de la épo- ca tuvo que dar solución al problema que presentaba la embocadura del camino en el límite de la ciudad, al convertirse éste en ca- lle, el problema que ahora se establece es otro bien distinto, por cuanto que se trata de trazar fuera del límite de población unos pa- seos arbolados cuyo futuro a corto plazo será convertirse en soporte viario del nuevo ensanche. La valoración y trazado que aho- ra se hace del Paseo Nuevo refleja el quie- bro del nuevo Saber urbano, por cuanto que el proyecto se amolda a la topografía de la zona, ajustándose en su trazado a la misma.

Aparece el quiebro en el trazado del eje de lo que fueran los Prados: pero si el XVIII hubo de recurrir a la astucia para hacer pa- recer el Paseo recto –cuando en realidad no lo era– en el XIX tales recursos se ignoraron, enfatizándose determinados tramos al incre- mentarse el numero de hiladas de árboles (que pasan, por ejemplo, de dos a ocho) o valorándose las rotondas como futuros pun- tos de encuentro. Y la prueba que el nuevo Paseo se concibe en función del nuevo en- sanche y no de la ciudad existente se ad- vierte cuando se proyecta, en pleno des- campado, una gigantesca plaza circular, arbolada, charnela entre la vieja urbe y el proyecto de nueva población.

En un momento en que las obras de re- forma interior alteran la imagen de una ciu- dad que se quería reformista y que cambia como consecuencia de la presencia del fe- rrocarril (...Madrid, sin ser población maríti- ma, sin que el mar bañe sus tapias, tiene sin embargo un puerto. ¿Qué decir un puerto?

Tiene ya dos a su inmediato servicio y pron- to tendrá tres y luego cuatro... El verdadero puerto de Alicante y el puerto de Valencia es- tán hoy en la explanada de Atocha, y allí es- tará, dentro de un par de años, el puerto de Barcelona, y allí vendrán a afluir antes de mucho el de Santander y el de Bilbao, y el de Cádiz y de Sevilla, el de Málaga y hasta el de Lisboa), reordenar el norte de Castellana se plantea como operación paralela a las trans-

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formaciones que se llevan a cabo en el Sur de la ciudad, cuando se sugiere trazar cua- tro barrios obreros (de 100 casas cada uno) en Moncloa, en el Paseo de los Ocho Hilos, un tercero en la Glorieta del Puente de Tole- do y un último entre Delicias y la Estación de Circunvalación.

Cierto que el Sur experimenta un auge, y ello se debe a las industrias que allí se asien- tan, aprovechando los bajos precios del sue- lo en la zona: fábricas como la Bonaplata; ta- lleres de fundición y construcción de máquinas como el de Sanfort; la Fábrica de Gas o la estación de Atocha fueron algunas de las primeras grandes instalaciones indus- triales surgidas en la década de los cuaren- ta, funcionando pocos años mas tarde 20 fá- bricas de segunda fundición y 18 grandes talleres especializados en la producción de maquinaria y objetos de hierro. Cierto que existe un Sur que se desarrolla: pero sin pro- yecto urbano. La gran diferencia que apare- ce en los comienzos de los cuarenta, entre norte y sur en Madrid, es que el Norte es ob- jeto de propuestas de urbanización, buscan- do llevar allí una nueva población, mientras que el espacio situado al Sur del eje de Ato- cha se abandona. Aquello pudo dar pie a que la burguesía madrileña canalizara hacia la in- dustria el ahorro desamortizador y durante breve tiempo pareció que podía ser: sin em- bargo, y a la vista de los proyectos urbanos existentes en el Norte, pronto aquella inten- ción se recondujo hacia la inversión en sue- lo, iniciándose un singular proceso especu- lativo.

La propuesta de Ensanche presentada en 1846 por Juan Merlo supuso triplicar la superficie de la ciudad existente, progra- mando 1.700 hectáreas extramuros como suelo urbanizable. Tal propuesta beneficiaba, obviamente, a quienes no participaron en las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz y, como es lógico, fue criticada por los pro- pietarios de suelo en el interior del casco. Sin embargo, al estudiar la propuesta de Merlo vemos con extrañeza como nada se plante-

aba en el nuevo espacio, limitándose a defi- nir un viario que coincidía con los paseos co- mentados, convirtiendo ahora éstos en ejes principales de la trama y valorando Castella- na como eje articulador de su propuesta. La única novedad que aparecía en la propuesta de Merlo es que definía un límite algo más amplio que la operación trazada en 1836 y, sobre todo, en que sugería actuar en el mar- gen de Castellana hasta ahora ignorado, abriendo puerta a lo que luego sería el barrio de Salamanca. El proyecto motivó que Isa- bel II solicitase al Ayuntamiento de Madrid opinión sobre esta proposición; designado ponente Mesonero Romanos, rechazó tal po- sibilidad argumentando en su contra la con- veniencia de concentrar los esfuerzos finan- cieros en la reforma interior de Madrid.

La desamortización de Mendizábal y la posterior de Madoz –la “eclesiástica” de 1836 y la civil de 1855– facilitaron a la burguesía la compra de suelo en el centro pero, para conseguir terreno extramuros, la misma bur- guesía tuvo que recurrir a una Ley de Expro- piación; gracias a ella pudieron establecerse, fuera del límite, tanto fábricas (ligadas a la red del ferrocarril) como viviendas para la emigración. Construir fuera de la Cerca se convirtió en el tema prioritario, argumentán- dose que... Madrid ha duplicado el número de sus habitantes, triplicado el de viajeros y, en vez de dar Ensanche y grandeza a la po- blación, los coloca unos encima de otros, es- tableciéndose en el aire y agrandando la Ca- pital de abajo arriba. Hemos elevado las casas sin ensanchar las calles; construido barrios sin proporcionarles casas; repintado paredes sin buscar puntos de vista desde donde contemplarlas.

Si los proyectos de reforma interior habí- an sido promovidos por un capital financiero que ofrecía su intervención a cambio de compensaciones (económicas o fiscales), los primeros pasos en la construcción del En- sanche se llevaron a término sin que hubie- ra un plan, desconociéndose los mecanis- mos de control y sin precisar cuál debía ser la gestión a desarrollar. Buscando la compra

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Detalles del frente norte de Madrid. Embocadura de los caminos con la Puerta de Santa Barbara. Plano de Texeira, 1656.

Frente norte de Madrid. Plano de Texeira, 1656.

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Carlos Sambricio

Frente este de Madrid. Embocadura de los caminos con la Puerta de Recoletos y Alcalá. Plano de Tagle, 1767.

Frente este de Madrid. Embocadura de los caminos con las puertas de la ciudad, 1810.

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Carlos Sambricio

Detalle del Plano de Ma- drid en 1837, con proyecto de nuevos caminos.

Detalle del frente norte de Madrid.

Embocadura de los caminos con las puertas de la ciudad, 1810.

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Carlos Sambricio

Propuesta de Merlo para Ensanche de Madrid, 1844.

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1. La ciudad total y su relación con la ciudad histórica

En el pasado siglo de historia del urba- nismo se han producido muchos cambios de opinión. A partir del último tercio del siglo XIX, con el derribo de los recintos amuralla- dos, las ciudades se extienden como man- cha de aceite. En la primera mitad de la cen- turia siguiente, y singularmente en el período de entreguerras, el Movimiento Moderno, a

la búsqueda de una asociación entre forma y política, desarrolla tres principios básicos para una “tradición moderna”: la arquitectura como volumen, el predominio de la regulari- dad en la composición y la ausencia de de- coración (Montaner). Posteriormente, en una coyuntura todavía tributaria de la posguerra, se destruyen buena parte de los tejidos his- tóricos con operaciones de renovación urba- na. Ya en la euforia de los sesenta, la ideo- logía progresista afirma una voluntad de

OPINIÓN Y PRÁCTICA EN LA CIUDAD HISTÓRICA

Xerardo Estévez Arquitecto

RESUMEN

En la ciudad se ha ampliado la dimensión de lo histórico, abarcando arquitecturas y espacios de factura reciente. Para poder imprimir a la ciudad histórica vitalidad y, por lo tanto, contemporaneidad y no verla sólo como un depósito de la historia, es necesario disponer de una base teórica y dotarla de criterios y procedimientos. Entender el carácter peculiar de cada conjunto histórico conlleva disponer de una visión generalista que dimana de dos fuentes: por un lado, la idea o proyecto urbano, y por otro el planeamien- to general –que incardina la ciudad histórica en el conjunto de tensiones y soluciones de la ciudad total–

y especial –que plantea y resuelve los problemas del intradós–. Algunas pautas y criterios para la inter- vención urbanística consisten en renovar la memoria del conjunto edificado; contextualizar el monumen- to, el espacio público y el caserío; conservar, restaurar, rehabilitar, y construir la memoria del futuro. Un ejemplo como el de Santiago de Compostela, una intervención integral que ha alcanzado un amplio re- conocimiento, puede servir como modelo de aplicación práctica de estos criterios.

Palabras clave: Ciudad histórica, arquitectura, urbanismo, restauración.

ABSTRACT

In the city, the dimension of the historical has widened to include architecture and spaces of recent billing.

In order to be able to impress vitality upon the historical city and, therefore, contemporeity, and not only to see it as a storehouse of history, it is necessary to have available a theoretical base equipped with criteria and methods.

Understanding the particular character of each historical entirety involves having a general vision that arises from two sources: on the one hand, the urban project or idea; and on the other, general planning – that in- cludes the historical city as an integral part of the complex of tensions and solutions of the entire city – and especially – that poses and resolves problems between the two. Some guidelines and criteria for the urba- nistic intervention consist in renewing the memory of the constructed entirety; contextualizing the monument, public spaces, and housing areas; conserving, restoring, rehabilitating, and constructing the memory of the future. An example like that of Santiago de Compostela, an integral intervention that has attained wide re- cognition, can serve as a model of practical application of these criteria.

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liberarse de la ortodoxia moderna que, en un movimiento pendular, se traducirá en el inte- rés por la recuperación de lo histórico. Pero al mismo tiempo la población abandona los cascos viejos por los nuevos ensanches, densos y especulativos, desarrollados mu- chas veces sobre la trama más humanista de los ensanches decimonónicos, y surgen las primeras periferias densas para acoger los contingentes migratorios.

Más tarde, la filosofía en torno a la ciudad vuelve por sus fueros, con una primacía del contexto y la continuidad urbana sobre la ar- quitectura, y se abre el debate entre tradición y modernidad. Para los teóricos de la pos- modernidad, el pasado es un punto de parti- da. En el ámbito de la arquitectura se toman en cuenta los diferentes niveles de la morfo- logía urbana, reintegrando los elementos de la tradición que el movimiento moderno ha- bía rechazado. Pero, en la práctica, continúa la diáspora desde el centro urbano hacia otras periferias más distantes, que se coloni- zan frecuentemente con largas hileras de adosados. Como es lógico, en este movi- miento está implicada aquella parte de la po- blación con capacidad y movilidad para me- jorar su situación estratégica; los sectores sociales más desfavorecidos se ven progre- sivamente confinados en los suburbios o en las partes degradadas de los centros históri- cos.

Ya en los años finales del siglo pasado, el debate cambia de términos: ahora se tra- ta de identidad y diversidad. La ciudad se de- sideologiza y la atención se vuelve hacia el fenómeno de la globalización. El relativismo toma el lugar de las grandes corrientes de pensamiento y la arquitectura “de arte y en- sayo” empieza a relegar el mensaje posmo- derno de lo local en un mundo que parece no conocer límites y en el que, al mismo tiempo, todo está al alcance de la mano gracias a la mundialización de la información. Pero la in- formación es, en muchos casos, tendencio- sa. La exhibición desmesurada de lo que acontece hace difícil procesar tantas nocio- nes e imágenes, mientras se nos quiere pre- sentar esa diversidad como fácilmente go- bernable a través del pensamiento

dominante. Al final lo que queda son muchos iconos, gran parte de ellos vulgares y efíme- ros, arropados por una ideología que se mueve entre los mínimos y los máximos, im- pidiendo apreciar los matices.

En el ámbito de la construcción urbana, se ha pasado de la ciudad-plan a la ciu- dad–negocio, del construir con un rigor mili- métrico con la pretensión de garantizar la convivencia –aunque la realidad frustrase tal objetivo– al “construye como quieras y con- vive como puedas”. Se edifica mucho y de- prisa, las ciudades pierden su ritmo y sus habitantes no somos capaces de digerir tan- tos objetos. Pero a medida que se crece “en huida”, ocupando territorios cada vez más distantes, se mira hacia atrás, hacia el cen- tro urbano, y surge la pregunta: ¿qué pasa- ría si siguiéramos así y la ciudad quedara re- ducida solamente a un asunto inmobiliario, donde lo importante fuese el número de li- cencias y los resultados económicos del mer- cado de suelo? Queda el contrapeso de la ciudad histórica que exige un discurso culto y sostenible y una práctica educativa donde se pueden enseñar la diversidad, la comple- jidad, la belleza y, al mismo tiempo, las dis- tintas escalas. Por ello, hoy una buena parte de la teoría urbana se refiere a la ciudad his- tórica, ya que se ha “democratizado” su com- prensión y valoración tanto a la escala del monumento como de su conjunto, con una mayor cualificación del pensamiento y la opi- nión sobre ella. Pero no hay que olvidar que mientras se piensa en su conservación, lle- vamos cerca de ciento cincuenta años con un vaivén demográfico que ha sometido a sus habitantes a constantes presiones: unas veces se les ha expulsado, en otros casos se han marchado, otras veces se han sustituido o se ha luchado por mantenerlos.

2. Notas para una mejor comprensión del espacio histórico

2.1 Se ha ampliado la dimensión de lo histó- rico, abarcando arquitecturas y espacios de factura reciente.

El concepto de ciudad histórica es acu-

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mulativo, es decir, vamos sumando, incorpo- rando a nuestros bienes patrimoniales edifi- cios y espacios centrales, normalmente ava- lados por el paso del tiempo, que les va atribuyendo esa condición de historicidad.

Desde el punto de vista estilístico, en el pen- samiento ortodoxo el patrimonio histórico no abarcaba más allá del eclecticismo del pri- mer tercio del siglo XX. No obstante, la ar- quitectura del movimiento moderno y sus epígonos reclama su inclusión bajo ese epí- grafe y los catálogos van añadiendo edificios de los ensanches del siglo pasado. De esta forma, la ciudad histórica, a pesar de que en su acepción clásica solía considerarse como lo abarcado en el perímetro intramuros, aho- ra incluye zonas de contacto exteriores y pe- riferias, con arquitecturas y espacios de va- lor.

2.2 Para poder imprimir a la ciudad histórica vitalidad y, por lo tanto, contemporaneidad y no verla sólo como un depósito de la historia,

debemos saber leer en cada uno de sus es- pacios, arquitecturas y formas el resultado de luchas y acuerdos entre poderes, de es- fuerzos, de pasiones, de inteligencia, de arte, y también de torpezas.

Con frecuencia olvidamos que ese con- junto hoy aparentemente inamovible es el re- sultado de un largo proceso de construc- ción–destrucción–sustitución que con el transcurso de los siglos ha transmitido sólo una parte de todo lo que la sociedad ha ido produciendo sobre ese territorio dado. A ve- ces se puede cometer el error de entender la ciudad histórica simplemente como la histo- ria de sus edificios y sus archivos junto a los grandes acontecimientos que protagonizaron sus ideólogos y constructores, y contemplar- la consecuentemente como un objeto estáti- co compuesto por monumentos y persona- jes, como una joya o un icono de la cultura que se hubiera hecho por arte de magia, por habitantes desconocidos. En nuestros días, vemos la ciudad histórica europea saneada, restaurada, como algo ya acabado, pero no podemos olvidar el esfuerzo realizado por sucesivas generaciones de moradores para su construcción, moradores con sus senti- mientos y razones, explotación y opulencia, la historia de muchos vecinos ignotos que ha permitido que haya llegado a nuestras ma- nos. Cuando una arquitectura se solapaba con otra, solía ser la expresión estilística de problemas políticos, de luchas o alianzas de poder entre eclesiásticos, burgueses y rea- leza. En ese palimpsesto arquitectónico hay que saber intuir también el mensaje de las opiniones encontradas que seguramente se producían en el seno de las familias de arte- sanos y canteros, cuando el padre esculpía la voluta barroca y, al lado, el hijo incorpora- ba las formas clasicistas impuestas por los nuevos aires del academicismo. Es un com- pendio de la Historia, también de historias personales y colectivas, aún sin conocer o sin descifrar, pero que hemos de tener pre- sentes para entender su vitalidad. Por todo ello, es un conjunto reconocido y apreciado, al formar parte de la cadena humana de la historia, es vivido por sus habitantes, cumple

Xerardo Estévez

La Mezquita de Córdoba.

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funciones de referencia y asume la expresión de los valores de la convivencia.

Se puede concluir esquemáticamente que la ciudad histórica, que ha sido siempre una realidad cambiante, tiene que seguir siéndolo para preservar su dimensión dia- crónica. Tiene que vivir con los tiempos, como referencia cultural y vivencial para la ciudad en su conjunto, transmitiendo la tra- dición y al mismo tiempo la renovación. Si es un ser viviente, en el que los ciudadanos re- presentamos la contemporaneidad en un te- atro con unos decorados tan importantes, pero también tan rígidos, ¿cuál ha de ser la política para la ciudad histórica? ¿Se puede hacer un manual de procedimiento para ella?

2.3 Es necesario disponer de una base teó- rica sobre la ciudad histórica, para do- tarla de criterios y procedimientos más que para ser modelizada.

Desde el siglo XVIII, y principalmente en el XIX, empieza a existir una marcada preo- cupación por la conservación del monumen- to. A partir de ahí se han confrontado dife- rentes escuelas teórico–científicas sobre las distintas formas y grados de intervención.

Pero es en el tramo central del siglo XX, con la proclamación de las Cartas (Carta de Ate- nas, 1931; Carta del Restauro, 1972; Carta de Ámsterdam, 1975; Carta de Toledo, 1986, etcétera), y en buena medida a partir de las aportaciones de Cesare Brandi, cuando se difunde y consolida una consideración mun- dial sobre el conjunto histórico, que se tra- duce en la emisión de los correspondientes corpus de recomendaciones o instrucciones para actuar en ellos, teniendo en cuenta su diversidad. Pero este no es un debate cerra- do; la polémica está siempre abierta entre quienes ponen mayor énfasis ora en el as- pecto conservador, ora en la reintegración.

Sin el conocimiento de las diversas teorí- as y directrices que se han dado en torno a la intervención en el monumento y en la ciu- dad histórica, la política y la gestión a desa- rrollar pueden quedar reducidas a simples medidas coyunturales sin una base cultural.

Pero el hecho de conocerlas no debe supo-

ner la aplicación de fórmulas o planteamien- tos universales, supuestas panaceas basa- das en posturas estrictamente académicas sobre los principios de restauración–conser- vación–rehabilitación. El precepto general de actuación podría ser: conócete a ti mismo (las características de tu ciudad, su comple- jidad geográfica y urbanística, su patrimonio y su sociedad...), razona y actúa con una di- mensión cultural y educativa (sobre el reco- nocimiento cultural y social de lo edificado) en la sociedad real (en la que conviven ciu- dadanos y mercado). Esto lleva a evitar una tentación modelizadora, la implantación de un prototipo aplicable a todas las situaciones, pero que realmente impediría dar una res- puesta específica para cada conjunto. Es más importante desarrollar una pedagogía capaz de transmitir criterios a una sociedad en la que los ciudadanos tienen que habitar y corresponsabilizarse, y que al mismo tiem- po les permita entender la relación compleja entre permanencia y renovación, entre el mercado y su compaginación con la inter- vención pública, que someterlos a las alter- nativas entre los principios teóricos, según sea la adscripción del que realiza el plan o lo gestiona. Este es uno de los quid de la cues- tión, y es una secuencia fundamental de lo que entendemos como la gobernación de la ciudad histórica, como la mezcla equilibrada de múltiples vectores teóricos, prácticos, téc- nicos y políticos.

3. Cómo ver y valorar la ciudad histórica La ciudad histórica permite ser observa- da desde distintas perspectivas. Puede ser leída, analizada o, sencillamente, vista des- de distintos ángulos. Por ello es difícil defi- nirla con una sola frase, pues la diversidad de perspectivas la ha enriquecido. Las que enumeramos a continuación pueden concu- rrir total o parcialmente en un conjunto histó- rico; pueden, incluso, estar idealizadas.

Es un conjunto de símbolos y ritos de lec- tura a primera vista que nos representan dentro de un sistema más amplio. La noria del Prater vienés, las lápidas del viejo ce- menterio judío de Praga, la torre Eiffel, son

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símbolos universalmente reconocidos. Estos elementos no son eternos ni inmutables; se pueden destruir, como las Torres Gemelas de Nueva York, sincretizar, como la arquitec- tura musulmana y cristiana de la mezquita de Córdoba, o renovar, como hizo Pei al cons- truir la pirámide del patio del Louvre. Pero es- tos símbolos y los ritos a ellos asociados, las fiestas y acontecimientos pautados por la costumbre, que necesitaron décadas, o tal vez siglos, para consolidar su condición de tales, masificados y reiterados hasta la sa- ciedad a través de los canales de comunica- ción, acaban muchas veces por convertirse en estereotipos y se banalizan.

Es un concentrado de la historia que hay que saber leer, descifrar y escuchar sus mensajes. En rigor, es como un viejo libro cu- yas páginas están pegadas y roídas, y que se ha de interpretar, siempre parcialmente, con paciencia, atención y esfuerzo. La lectu- ra tiene que hacerse desde una aproxima- ción dialéctica, “historial”, como la denomina Françoise Choay, que tome en consideración simultáneamente las especificidades res- pectivas e irreductibles del pasado y del pre- sente, “porque nunca nadie escribió por es- cribir” (Lledó).

Lo primero que apreciamos es su densi- dad, tanto en la arquitectura y el urbanismo como en el contingente humano. A veces la

densidad se convierte en un problema, en un corsé, y da lugar a operaciones de ciru- gía para aligerarla. Estas intervenciones drásticas no son nuevas. Baste mencionar el plan de Haussmann que transformó el Pa- rís de Napoleón III, los sventramenti en el co- razón de Roma o, más recientemente y a otra escala, los “esponjamientos” de la Ciu- tat Vella barcelonesa.

Nos sorprende por su homogeneidad desde la heterogeneidad. La vanguardia y la innovación han estado siempre presentes en la ciudad histórica. Llega a nuestros días como un sedimento de edificaciones que se han ido sucediendo, normalmente por la des- trucción y superposición de lo nuevo sobre lo antiguo, en un proceso que duró hasta los años cincuenta y al que nos hemos acos- tumbrado, porque las construcciones se aco- plan entre sí gracias al respeto por la escala y a la simplificación de los materiales. El po- tente orden impuesto por la arquitectura y el urbanismo, que viene siendo su hábitat, se atenúa con el desorden cotidiano de los ciu- dadanos, con su habitar.

Es el lugar de la belleza que suscita emo- ciones colectivas, que pueden llegar incluso a cierta saturación si ese impacto estético no se compensa con la presencia de lo ordina- rio, de la vida cotidiana. Ese conjunto podría resultar invivible sin una diversidad estilísti-

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Barcelona, barrio de la Ribera. (Fotografía: A. Fortuny).

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ca, una humanización de los paramentos de piedra por los líquenes y musgos y por la im- pronta de ese habitar, que cambia su fisono- mía a lo largo de las horas del día. A pesar de los conflictos entre poderes que se resol- vieron con la arquitectura, hoy la ciudad his- tórica se ha convertido en un ejemplo ético porque lleva a una apreciación y considera- ción colectiva de sus valores de convivencia.

En la actual etapa de inmobiliarismo a ul- tranza, la ciudad histórica provoca una mira- da hacia atrás y un consenso ciudadano, ya que entendemos que es una buena forma de hacer ciudad.

Por esa misma unanimidad que origina, es sobre todo en el centro histórico donde se producen las ideas sobre la ciudad y la cul- tura, ya que es el lugar del equilibrio y del lo- gos, que expresa la realidad ideal (Lledó), no sólo por la calidad de su arquitectura y sus espacios públicos, sino también por el paso del hombre con su trayectoria y comporta- miento. Lo que acontece en su ámbito suele ser noticia, genera opinión.

Al mismo tiempo, actúa como rótula de la relación entre el poder y la población. Ese encuentro es el papel del espacio público, la plaza, el escenario de la representación. Esa facultad que se le confiere hace de ella el lu- gar idóneo para la convivencia, por excelen- cia encontradizo, donde se puede sustituir la simple confluencia casual por la integración compleja. La ciudad histórica puede ser fá- cilmente conocida y comprendida y es don- de los ciudadanos se encuentran más iden- tificados.

4. Cómo empezar: idea y plan

Entender el carácter peculiar de cada conjunto histórico conlleva disponer de una visión generalista que dimana de dos fuen- tes: por un lado, la idea o proyecto urbano, y por otro el planeamiento general –que incar- dina la ciudad histórica en el conjunto de ten- siones y soluciones de la ciudad total– y es- pecial –que plantea y resuelve los problemas del intradós–.

4.1 Estrategias para concebir la idea

La ciudad histórica tiene que contar con una idea o proyecto urbano previo a la ela- boración de los documentos de planeamien- to y del consiguiente sistema específico de gestión.

Es necesario subrayar que sin una visión conceptual de la ciudad histórica, sin su com- prensión de conjunto, sin un logos que vin- cule el hábitat y el habitar, que incardine to- dos sus elementos en la elaboración de una serie de estrategias previas (urbanística en torno al papel que tiene que asumir en el concierto urbano; cultural sobre la relevancia recíproca del pasado y el presente; social en torno al pálpito de sus residentes, por qué se van, cómo son los que se quedan; económi- ca, etcétera) no se puede empezar a dibujar.

Una idea–proyecto donde el factor geográfi- co juega un papel determinante para enten- der su genius loci, su orientación, y donde se visualizan su exceso o déficit de interés eco- nómico y social. Viene siendo como una idea matriz, que induzca a su vez el debate en torno a la calidad de los espacios públicos y de la arquitectura, la preservación sostenible del patrimonio histórico y ambiental, la utili- zación racional de las herramientas tecnoló- gicas como instrumentos y no como objetos finalistas.

Proyecto o idea matriz que debe ser ágil, transparente, conciso, dispuesto para ser dialogado, que incluya unas pautas claras para redactar los documentos de planea- miento y que propicie el primer encuentro en- tre ciudadanos y opciones políticas. Una ciu- dad histórica viva no cierra de forma imperativa opiniones y debates, sino que los resuelve democrática y permanentemente.

4.2 Planeamiento

El planeamiento general contextualiza fí- sicamente el espacio histórico en el conjun- to urbano para proponer soluciones tenden- tes bien a descentralizar servicios y equipamientos, para atenuar el exceso de presión económica y urbanística sobre la ciu- dad histórica, o bien a concentrar actividad e interés para vencer la atonía. La situación y la calidad del patrimonio arquitectónico en

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Barcelona y en Santiago de Compostela son diferentes, como también lo son las pautas que se han aplicado. En la primera, aprove- chando el impulso de las celebraciones olím- picas de 1992, un programa tendente a rom- per el aislamiento de Ciutat Vella, a abrirla mediante operaciones destinadas a aligerar una densidad excesiva y a implantar nuevos equipamientos y dotaciones que contagiaran positivamente un entorno degradado. En Santiago de Compostela, partiendo también de un evento de especial relieve como fue el año jubilar de 1993, se trató en cambio de aprovechar el trazado de nuevas infraestruc- turas para descentralizar los equipamientos que necesitaba por su condición de capital administrativa, a fin de evitar las tensiones sobre la ciudad histórica y mejorar en ella las condiciones de vida para fijar la población y las actividades económicas tradicionales. En ambos casos, se pretendía ganar centrali- dad, recentralizar el conjunto histórico.

Los documentos de planeamiento espe- cial desarrollarán los aspectos de centralidad y definirán físicamente sus vocaciones, plan- tearán la mejora de los usos residenciales, relacionarán con propuestas los flujos pea- tonales y la movilidad y, lo más importante, establecerán las medidas de protección del patrimonio edificado.

5. Algunas pautas y criterios para la intervención urbanística

El trabajo en la ciudad histórica requiere, como ya se ha dicho, un fuerte componente cultural. Sin ese bagaje no es posible abor- dar con garantías la intervención en el tejido histórico. El valor educativo está implícito en su legado de sostenibilidad, porque se ha construido lentamente, y hay que saber en- tenderlo así para poderlo transmitir.

La tradición ha de considerarse no como un indicador de conservadurismo, sino en su original sentido activo, de transmisión, tal como se entiende en su acepción latina, esto es, como proyección basada en una idea de continuidad. Dicho sea de paso, y en este sentido, tal vez en las últimas décadas se está dejando un hueco significativo, ya que

se patrimonializa poco y se produce un hia- to, una ruptura de la transmisión que afecta a la proyección del presente hacia el futuro.

5.1 Renovar la memoria del conjunto edifica- do en relación con el presente

Al hablar de la memoria de la ciudad, so- lemos referirnos a los edificios, a los monu- mentos, a las calles de lo que se entiende como conjunto histórico, tanto como a las huellas que la vida ha ido imprimiendo en esos espacios a lo largo de los siglos. La me- moria histórica, tal como defiende Castilla del Pino, está plasmada en las piedras y en los documentos; no en todos ellos, sino en aquellos a los que la mente colectiva les con- fiere la condición de hitos de la memoria. La ciudad histórica guarda la evocación material y cultural de una comunidad dada, en su tra- zado y en sus edificios, en sus espacios pú- blicos y en la forma en que se organiza y se usa, en sus documentos, en las tradiciones y en su evolución al compás del tiempo.

La Historia, en cambio, es la visión des- criptiva, articuladora y crítica de las reminis- cencias de nuestros acontecimientos, intere- ses, clases y estamentos, pasiones, aciertos, sufrimientos, logros.

Cuando se insiste en que la memoria co- lectiva tiene que renovarse, quiere decirse que debe ser revisada no sólo desde un pun- to de vista material, analizando el valor de documentos u objetos patrimoniales, sino también en su dimensión intelectual, de for- ma que sea puesta en un presente perma- nente para no vivir cómodamente a expen- sas de la herencia del pasado. De esta manera evitaremos que la historia sea sólo una predestinación o una losa que nos impi- da andar nuevos caminos.

Como registro de nuestra memoria co- lectiva, la intervención en la trama histórica exige un reconocimiento previo, no sólo a la manera del arqueólogo o el documentalista que descifra sus distintos estratos, sino tam- bién como ciudadanos del presente. Desde esa condición hay que plantearse cómo in- terpretar el legado material y espiritual, afron- tar los problemas de la cotidianeidad, las nuevas necesidades que reclama la calidad

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de vida, las relaciones humanas, su cultura, su futuro –y nuestra responsabilidad ante él–,... es decir, su política, el encaje de inte- reses y opiniones distintas del pasado y el presente. Es imprescindible, por lo tanto, efectuar un análisis crítico con la cataloga- ción de las edificaciones y con la revisión científica de la historia y de la arquitectura de la ciudad.

5.2 Contextualizar el monumento, el espacio público y el caserío

Una actitud frecuente en las ciudades históricas es un exceso de “culto a la piedra”, de admiración exclusiva por el monumento, ignorando el contexto y, por supuesto, el le- gado contemporáneo. En cierta medida, el patrimonio es considerado como un icono a venerar, de forma que el legado histórico puede actuar en cierto modo como un telón que impide observar lo que hay detrás; es decir, se aprecia la fachada del caserío, el exterior, que ya es considerada como un pa- trimonio contextualizado porque forma parte de la calle y, por lo tanto, se le atribuye un valor colectivo y se admite que hay que man- tenerla, mientras que el interior se entiende como absolutamente privativo y se niega su dimensión de patrimonio, reclamando el de- recho a actuar conforme a la voluntad parti- cular.

Sucede algo parecido con la íntima rela- ción entre la arquitectura y el espacio públi- co. No es suficiente con prestar atención a los edificios, sino que el análisis crítico que se realiza a través de los catálogos tiene que tomar también en consideración las distintas áreas de morfología destacada en cuanto a su formación histórica, tipológica, arquitectó- nica y de usos, pero también edificio a edifi- cio en su estratificación, sus técnicas cons- tructivas tradicionales, sus estructuras portantes. Ese es el papel de los catálogos, de la investigación y de los planes: recono- cer e identificar el patrimonio, sus estratos y sus trazas.

5.3 Conservar, restaurar, rehabilitar

En no pocas ocasiones se ha llegado a

contraponer el sentido de restauración y re- habilitación. Como precisa Giuseppe Carbo- nara, el primer término, derivado del latín re–instaurare, tendría el significado de re- construir o fabricar de nuevo con un criterio retrospectivo, de reintegrar al estado original, mientras que el segundo (en italiano recupe- ro), se acuña en los años setenta con el sen- tido de recuperar, que implica connotaciones políticas y de reivindicación social. Suele en- tenderse que los grandes monumentos se deben restaurar, y la arquitectura menor y el tejido urbano se deben rehabilitar, interpre- tándolo como un concepto menos exigente, con una noción económica y de uso, no cul- tural. Mientras que la restauración busca asegurar la conservación del patrimonio, el objetivo de la rehabilitación es la reutiliza- ción, considerando los edificios en su di- mensión de “contenedores”. Pero hoy por hoy parece un empeño vano tratar de fijar una definición inequívoca para cada uno de los conceptos y, en todo caso, sería un error considerar ambos términos como antagóni- cos o excluyentes.

La esencia del trabajo arquitectónico y ur- banístico en la ciudad histórica reside en una adecuada resolución de la relación dialécti- ca entre la conservación, la restauración, la rehabilitación y la construcción ex novo. Esta compleja amalgama, sobre la que, como he- mos visto ya, se viene opinando desde hace doscientos años, no debe comportar la adop- ción de posiciones maximalistas en cuanto a la teoría y la praxis de la intervención, ya que depende del tipo de centro histórico sobre el que se debe intervenir y, por lo tanto, de su cualificación artística, pero también, todo hay que decirlo, de las circunstancias sociopolíti- cas. No es lo mismo un país con una alta va- loración de su patrimonio y un buen nivel de desarrollo, que un país en vías de desarrollo que necesita, evidentemente, conjugar una atención social preferente para erradicar las condiciones de miseria y hacinamiento de la población y conseguir de esta manera una mayor consideración del patrimonio cons- truido y, por lo tanto, su preservación.

Por otro lado, imponer una praxis unívo- ca sobre la intervención en el tejido histórico

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puede ser falaz, porque depende además del proyecto arquitectónico. Diría más, si los ar- quitectos, las administraciones y las empre- sas que fueran a actuar dispusieran de crite- rio, formación cultural y tiempo suficiente para realizar los proyectos y ejecutar las obras, no revestirían excesiva importancia las distintas pautas de intervención, siempre y cuando hubiera un consenso mínimo sobre las directrices generales de actuación. Si, por el contrario, esa situación no se produce, es lógico que los planes y los catálogos sean más minimalistas y más ordenancistas.

5.4 Tres criterios válidos

A tenor de lo dicho, y a la hora de esta- blecer un manual de procedimiento que pu- diera ser de aplicación a la mayor parte de los centros históricos, me parece adecuada la fórmula que propone Françoise Choay para la intervención física en el tejido históri- co, basándose en tres principios indisocia- bles: la jerarquización de sus caracteres es- paciales, la compatibilidad entre su estructura y los usos previstos, y la legitimi- dad de las intervenciones con vistas a su adaptación a dichos usos y a la vida con- temporánea. El principio de jerarquización atiende a la escala, la división en manzanas y parcelas y la articulación del conjunto edi- ficado, dándoles preeminencia sobre el esti- lo y los valores plásticos de la arquitectura.

El principio de compatibilidad debe evitar la elección de usos inadecuados: por una par- te, los que amenazan la integridad del tejido urbano introduciendo edificios fuera de es- cala; por otra, los que provocan la irrupción de flujos humanos temporales y desmesura- dos, que banalizan el tejido urbano y lo vuel- ven impropio para otras actividades. Se tra- ta de conservar los usos tradicionales y promover al mismo tiempo la mayor diversi- dad de actividades nuevas, a condición de que se adapten a los caracteres y escalas del tejido antiguo y se limiten a una propor- ción adecuada. En cuanto al principio de le- gitimidad, determina la posibilidad de utilizar técnicas, formas y materiales contemporá- neos en función de los usos elegidos.

5.5 Construir la memoria del futuro

Al hilo de lo anterior, y en consecuencia con el sentido de tradición que dejamos ex- presado más arriba, podemos deducir que no es suficiente con restaurar y rehabilitar.

Tenemos que construir la nueva memoria del futuro, y ésta se construye si hay calidad. El concepto es difícil de definir, ya que su per- cepción suele ser diferida: tienen que pasar los años para que lo que en un principio fue apreciado por una minoría se convierta en una impresión mayoritaria. Pero si, como punto de partida, no se cuenta con un pro- yecto de calidad, se corre el riesgo de que no llegue a alcanzar un reconocimiento positivo y, por lo tanto, se acabe generando desme- moria y olvido.

La ciudad histórica no es un producto acabado. Los planes hacen ese barrido de hábitat y de hábitos y lo proyectan hacia el futuro con propuestas de intervención que se trasladan a la redacción del proyecto arqui- tectónico, bien sea en conjuntos edificados para adaptarlos a los nuevos usos o bien en espacios sin construir. En cualquiera de los dos casos, pero sobre todo en este último, el problema que se plantea es cómo construir la nueva arquitectura, con qué modernidad.

Mi punto de vista es que así como hay que ser cuidadoso con el patrimonio edificado, hay que ser contemporáneo en los nuevos edificios, máxime si éstos son públicos, don- de cabe la excepcionalidad estilística, de ma- teriales, de densidades y de alturas para cumplir los nuevos roles que tiene que asu- mir esa parte de la ciudad.

Una forma de conciliar la excepcionalidad y su inclusión en el marco del planeamiento es el encargo simultáneo de la redacción del plan y de los proyectos arquitectónicos, de forma y manera que ambos frentes avancen en paralelo y no solamente sean partícipes de la visualización y comprensión de la nue- va arquitectura sus autores, sino la comuni- dad a través de los procesos de participa- ción.

5.6 La dinámica cultural y ciudadana

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La actividad cultural ha demostrado ser un elemento esencial para garantizar el futu- ro y la vitalidad de la ciudad histórica. Ésta ha de ser capaz de seguir generando su pro- pia cultura, su nueva tradición y su transmi- sión, propiciando la creatividad en su más amplia extensión. Se trata de descubrir e in- centivar el papel representativo que para la comunidad juega la ciudad histórica en cuan- to a la cultura, la tradición, la innovación. En este aspecto resulta particularmente útil es- tablecer redes externas con otras ciudades

históricas para contrastar experiencias de desarrollo en sectores como el turismo cua- lificado, creadores, jóvenes, tercera edad.

Todo lo dicho no tendría sentido si no se diera al mismo tiempo un amplio movimien- to de participación, de implicación y de pos- terior responsabilización de la población en todas las fases del proceso reseñado: idea- ción, planificación y gestión. A este respecto, la mejor forma de explicarlo es recurriendo a un ejemplo concreto.

Xerardo Estévez

Santiago de Compostela, vista parcial del centro histórico.

Colegio de Fonseca. Casa da Parra. (Fotografía: Tino Viz).

Referencias

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