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DE LA REINA NUESTRA SEÑORA (ÍDoiuv ^oAej^ot^ c^ut'aí/itx. ^e- Sc^cuioC»^

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(1)

'.v j

QUE EN LAS SOLKMMES EXEQUIAS

DE LA REINA NUESTRA SEÑORA

(ÍDoiuv ^oAej^ot^ c^ut'aí/itx. ^e- Sc^cuioC»^

CELEBRADAS EN Q DE JULIO DE 1 8 2 9

por la M , N , L . y H. Ciudad de Zaragozáj

DIJO

0^. ty60e?'to cío í:c ^ ‘hyo7t- d c i ÍJa'r77ien, Rector de las Escuelas Pías

de la m ism a Ciudad.

O / ^ , / 2 / '

ZARAGOZA : POR MARIANO HIEDES.

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( 3 )

^ j’***''

i

QucttJí pulchri suut gressus tui^ filia Principis, Cant. cap. 7.

¡ P a r a que tiempos nos habéis reservado, Dios mió! Apenas vemos en ellos otra co­

sa , que señales de vuestra indignación. En efecto, parece que el Señor Dios de los ejér­

citos , como decía en otro tiempo el Santo Profeta Jeremías, ha abierto su arsenal, y ha sacado los instrumentos de su ira para castigar nuestros pecados. Después de una guerra desoladora , después de una anarquía la mas injusta y cruel : despees de otras rail desgracias de que todos hemos sido tes­

tigos recientemente ha comovido la tierra con estruendo , y con las señales de su fu ­ ror tiene amedrentadas las gentes. S í, Se­

ñores , Dios ha hecho temblar la tierra en una de nuestras mas bellas provincias , y ha sepultado en sus cavernas los hombres, las riquezas y sus mas lisongeras esperanzas, Y sin eqibargo estas desgracias , todos

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* , , ( 4 )

estos males de tamaña consideración, no m - rece haber sido mas que ligeros precmvrv- res de otros males incomparablemente mas terribles, y de una n u eva, mas seiibiLle 9- mas general calamidad. Crefam os, qne U ira divina quedaría satisfecha coa tantas victimas ; pero ja y ! que Dios exige de no­

sotros un nuevo y mas doloroso sicrificío, y como Dueño de la vida y de la muer­

te arrebata de entre nosotros á Dona Ma­

ría Josefa Amalia ue S ajonja.

Bien sabemos , Dios mro, que para ios que os aman, tanto lo prdspero co­

mo lo adverso Ies es p r o v e c h o s o y que vuestros mismos castigos son efectos de vues­

tra bondad infinita dirigidos á nuestra en­

mienda y santificación 5 pero también sa­

nemos , que al sentir sobre nosotros todo eí peso de vuestra justicia , adorando hu­

mildes vuestra providencia amorosísima, no os enojareis , S eñ o r, porque contempori­

zando con nuestra debilidad , nos entregue­

mos al mas justo dolor. Vos mismo au­

torizáis nuestra llanto , cuando df^cís por vuestro Divino Espíritu : hijo , derrama lá­

grimas , sobre el muerto , y nosotros debe­

mos llorar , como el que padece un que­

branto estraordinario.

¡O Aranjuez! ¡O sitio malhadado! ¡O palacio celebre por la muerte de dos pria-

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( 5 ) .

CPSíis f3n flmsl)les como virtuosas! En tu recinto se eclipso aquel astro lucidísimo, que vino de las Dos Sioilias , para aumen­

tar ei brillo y la hermosura del emisferio español , y en tu mismo recinto se ha mar­

chitado esa ñ o r, que trasplantada del Nor­

te á nuestro suelo , hacía todas nuestras de­

licias. H i muerto Amalia , la nieta de los Césares, hija de R eyes, esposa de un Mo­

narca poderoso , y ella misma Reina de dos mundos. Am alia, en cuya alma pura se ha­

llaba entronizada la modestia , la sencillez, el candor con todas las virtudesr

En estas, en estas solas hemos de bus­

car el consuelo para nuestro dolor : el dul­

ce recuerdo de las virtudes de la Reina de­

be enjugar nuestras lagrim as; porque ellas deben inspirarnos una firme confianza , de que la muerte no ha hecho mas que tras­

ladarla de un reino terreno á otro celestial:

le ha quitado una corona perecedera , para darle otra de gloria , que debe durar eter­

namente. Si aquí la veíamos con placer sen­

tada sobre un brillante tro n o , idolatrada de su augusto Esposa , estimada de toda la F a­

milia Real , y querida de todos los espa­

ñoles; ahora colocada sobre las estrellas, ro­

deada de una lüz , en cuya comparación es tinieblas , la que vemos acá en la tierra, nada en un mar de delicias , que el enten­

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dimiento humano no puede comprender No pretendo, Dios m ió, descorrer el ve lo , que oculta vuestros inapeables , pero fus*

tos JUICIOS Sé que examináis con el mav' r rigor las obras buenas, aun las de lo T rn T mos escogidos : sé que las estrellas dercTelo no están limpias en vuestro acatamiento- ne ro por una parte vuestra infinita misericír"

d-a, y por otra la vida de la Rei^a oue lloramos, su Religión, su profunda bumil-

1 • ’ u- , vuestra presencia en ia una'’'f d í ^ í , 'A inclinación a la v irtu d , y un co­7-‘'°

ca Z d s f i l i-^P^^innes;

e S t m ^ - : !Í

amd é DioT de" í o i 'c o r a z o n f y " ¿ r u l r "

m..mo COI..,,,, , amblen el l.e r o ii L de á m e " L 1 “ “ • i - " t a i m ó ; este testimonio de amor y de gratitud v en esto debe fundarse su elogio% S t r a

^ dura ne-

f o n í h 3 nuestra di-

Íwo Í P ° i r que debia haber

«do , y callando lo que fué. No , „ i la men-

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{ ? )

tira , ni la vil adulación ocuparan noy el lugar de la verdad. Es demasiado respetable la memoria de la augusta Am a lia, para que yo me atreva á insultarla con falsos elogios;

su mérito relevante es superior á todo enco­

mio , y lo menos que de ella puede decirse es , que fué hija de esclarecidos Reyes. Pero si en sola esta prerogativa hubiera de consis­

tir su elogio 5 no haríamos m as, que como decía un antiguo Padre , alabar una esta­

tua por la sombra , ó á un león por las uñas, y en efecto, ¿qué gloria fuera pa­

ra Amalia haber nacido junto al trono , si la sangre de tantos y tan ilustres Reyes no hubiera dado un noble impulso á su alma para aspirar á la verdadera grandeza por medio de la virtud? Ahora mismo estuvie­

ra ya sepultada su memoria con todos sus timbres y blasones , si no hubiera sabido, que amar á Dios, es la verdadera sabiduría^

que en apartarse de lo malo consiste la ver^

dadera prudencia ^ y que el temor de Dios es la vase de la sólida y verdadera grandeza.

Por fortuna esta fue la leche, que mamó la virtuosa Amalia en sus primeros años:

su alma pura conociñ que no había sido criada para ser esclava de los obgetos que embelesan á los sentidos , sino que debía sobreponerse á todas las cosas terrenas , y dirigir todos sus esfuerzos al sumo, al líni-

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níco bien que podía llenar su infinita ca-^

pacidad. Bien pronto desapareció á su vista toda la pompa que rodea á los Reyes; bien pronto se desvaneció eí prestigio coligue este sueño y fantasma de felicidad sed^ e el corazom Aspiró á una soberanía mucho mas gloriosa , que la que ofrecen los cetros y coronas de este mundo. Aspiró á ser Rei- na y Señora de todos sus deseos y apetitos y consiguió hacerse superior á todos ellos- se propuso ser soberana de sus pasiones, y logro que fuesen , lo que son para una na­

ve los suaves y prósperos vientos. ¿Greereis que es esta una pintura imaginaria? Pues sabed: que a los diez años de su edad huía la joven Princesa de las diversiones y pasa­

tiempos de la corte : á los diez años tuvo valo r, para desprenderse de todos sus ju­

guetes , para entregarse á la oración. Asi no estrañeis , que en medio de los peli­

gros , entre las delicias , comodidades y pla­

ceres conservara toda Ja pureza de su al­

ma , y fuera semejante a aquel rio , de cu­

yas aguas se cuenta conservan toda su dul­

zura 5 aun después de mezclarse con las de la mar.

Dios , que había acrisolado la virtud de nuestro Augusto Soberano con el fuego de la tribulación ; que había hecho Ja prueba mas dura y mas sensible á su corazón, con

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^9 )

la arrebatada muerte de la Reina DoÍta

Maiiia Isabel, parece quiso coronar tan he­

roica constancia , destinándole para esposa á Dona María Josefa Amalia de Sajonia. Esta Princesa incomparable era la única,, que podia remplazar á la virtuosa y ama­

ble Isabel : Amalia sola era capaz de lle­

nar el inmenso vacío, que aquella heroína á todas luces grande , había dejado en el corazón de su esposo , y en el de todos los españoles. Si la inuger buena es para el a- dorno de su casa ., lo que el sol para el mundo al nacer en las alturas ; sin duda era la piadosa Amalia , la que colocada sobre el trono de S. Fernando había de es­

parcir desde aquella eminencia,el resplandor de sus virtudes , por dos emisferios, no obs­

tante la grande distancia , que los separa, I O dias alegres , qué pronto habéis des­

aparecido! ¡ Qué pronto se ha convertido en llanto nuestra cítara , y en cantos lú­

gubres los instrumentos de nuestra alegría!

¡Con qué placer miraba toda la España tan feliz unión , como un favor especialí- simo del Cielo! i Qué esperanzas tan lison­

jeras concebimos , viendo que las volunta­

des de nuestros Soberanos caminaban de a- cuerdo para fomentar la felicidad de los pueblos ! Fernando se entregaba todo á las importantes tareas del gobierno p entretanto

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C í o )

Amalia nos edificaba con sus egemplos. Vos, Dios m ió, la enviasteis á España, para que su virtud sirviera de antídoto contra la cor­

rupción de las costumbres , y para que su ardiente zelo por nuestra sagrada Re­

ligión fuese un dique poderoso contra el violento torrente de la im piedad, y contra el mas descarado libertinage. Meditaba el Rey Fernando restituir á su corona las pie­

dras 5 que el espíritu de novedad é insub­

ordinación le había robado, y Amalia le­

vantaba sus puras manos al Cielo para con­

seguir un feliz éxito en tan útiles y nece­

sarias espediciones. Ya olvidábamos todas nuestras pasadas desgracias ; ya nos conside­

rábamos en la creciente de nuestra gloria:

ya creíamos nos faltaba poco para llegar á la plenitud de nuestra grandeza.

Mas ¡ ó error de las humanas esperanzas!

¡ O inconstancia de la felicidad terrena! En medio de tan alhagüeña perspectiva, he aquí que el genio del mal sacude otra vez su hacha sediciosa sobre nuestro horizonte. Vo­

ló cual relámpago la discordia desde el Ple- diodia hasta el Norte , y casi sin advertir­

lo , nos vimos envueltos en los mismos ma­

les 5 de que apenas habíamos convalecido.

Se abusó del dulce nombre de libertad:

se pretendió una igualdad quimérica, impo­

nible en la practica ; pero no nos canselnos^

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demasiado os acordáis , que se pretefidid lo que ni se podía querer , ni desear , y por fin se abuso de todo. En medio de aquella hor­

rible inundación de males , entre aquellas violentas convulsiones, que agitaron toda la monarquía, é hicieron temblar el altar y el trono; descubrid Amalia toda la sencillez de .paloma ilustrada con la prudencia de la serpiente. Nada puede acontecer al justo^ que le cause aflicción ; por eso no se vid abati­

do su magnánimo corazón, armado de aque­

lla virtud robusta, que no es vencida, aun­

que sea insultada, que cuanto mas perse­

guida , se presenta mas fuerte y animosa.

Se acordó la prudente y discreta Amalia, que era Reina y Señora de dos mundos, y supo mantener con admirable firmeza to­

do el decoro , que debía á su alta digni­

d a d ; pero al mismo tiempo no olvidó que era madre de todos los Españoles , y que eomo tal les debía el amor , el egemplo y

edificación.

Estas consideraciones , que han grangea- do á nuestra difunta Reina el mas tierno amor de todos los pueblos , no eran efec­

to de política, sino de una verdadera y pro­

funda humildad. Esta virtud es muy rara cuando va acompañada de las honras. Que sea humilde el que es tan pobre de mé­

rito como de fortuna, mas es necesidad que

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( ! J )

cendra trn amor ardiente , qfne a manera de activo fuego destruye y consume todos los afectos terrenos, nada apetecen en el C ielo, ni en Ja tierra fuera de Dios, ins­

tas almas; decia un Padre, no se deleytan con las cosas de este mundo , ni se alegran con el magnífico espectáculo que presenta á la vista el anchuroso mar , ni aprecian el oro, ni las piedras preciosas: todo su conato es amar á Dios , buscar á Dios en todas las criaturas. De este temple tan fino era el alma de nuestra difunta Reina. La divi­

na providencia la colocó en un trono el mas brillante de todo el universo; pero aunque se hubiese sumergido en el piélago de todos los- placeres y delicias, aunque se hubiese empobrecido el Asia y las Américas, para sa­

tisfacer todos los sentidos con sus gustos y regalos ; en medio de todo este aparato de felicidad , hubiera repelido aquellas pala­

bras de Salomón : todo es vanidad y aflic­

ción de espíritu: en medio de toda esta abun­

dancia aparente , hubiese dicho lo que el bijo pródigo : yo muero de hambre.

Por el contrario dejadla que se engolfe y se pierda en ese abismo insondable de las divinas perfecciones : dejadla que se arroje en ese mar de luz que despiden las santas escrituras : que vea y admire retratado^ al vivo el poder, la magostad , la sabiduría y

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t ^4 )

todos los atributos de Dios; aquí hallará contento y hartura su corazón. ¿No la veis avara del tiempo para entregarse á la medi- tacion de las sublimes verdades eternas v al trato con su Dios por medio de la o’ra- c.on ^ Pues aun se queja de que no tiene tanta oración , como quisiera. Esta alma en­

noblecida llena de altos y regios pensamien­

tos , suspiraba por el maná de vida , por el alimento dé los fuertes, por eso comulgaba cada ocho días, además de las princinales festividades. ¿ Creereis acaso, que por ser tan frecuentes sus comuniones, serían menos fer­

vorosas , o sena menor su disposición? ¡Ah»

¡cuan cierto es, que los admirables egem- plos de nuestra_ religiosísima Reina confun­

den nuestra tibieza! La noche antes de co- mul^gar no reoibia persona alguna , y en la manana empleaba cinco horas de rodillas entre prepararse para recibir dignamente á Jesucristo; y darle gracias , por el singula­

rísimo favor, que acababa de dispensará.

¿Que mucho saliera su alma del divino banquete toda embriagada con aquel torrea- te de celestiales_delicias, toda abrasada en el fuego del divino amor? ¿Qud mucho que su entendimiento se llenase de aquella luz soberana, que brilla en sus producciones, tanto en prosa como en verso, (porque tam- bien las musas le franquearon gustosas la

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( 15 ) , , entrada en el Parnaso), en las oua es descu­

bre un conocimiento de los inefables miste­

rios de nuestra redeucion , no como quiera superior á su sexo , si no que pudiera hacer honor á un profundo teólogo? Esta misma luz hacía que le pareciese grande y mage

tiloso cuanto tiene relación con nuestra sa­

grada Religión. No quisiera yo renovar vues- fro dolor, con la memoria de aquellos días de tanto jdbilo para esta ciudad augusta, en los cuales vosotros la visteis entrar en este mismo santo templo con ‘ «^0 aquel respe­

to , que se merece la casa de D ios. la vis teis asistir á nuestros sagrados misterios con el mas profundo recogimiento : la visteis en­

trar en la angélica capilla en donde tiene su trono Maria, y postrarse con la «as pro­

funda humildad ante la Rema del Cielo, implorar su soberana protección con el ma­

yor fervor , y con la mas tierna y constan­

te devoción por espacio de nueve días , y acercarse á su Columna penetrada de un san­

to V religioso temor. Ojala que tan hertíicos egemplos^irvan de freno á los que vienen á los templos, como para insultar a Dios en su misma casa, con las conversaciones, con las irreverencias, y con una vana , por no decir criminal curiosidad. Ojala que la memoria de la piadosa R eina, que entonces era el dulce objeto de nuestra admiración,

(16)

( i 6 )

y hoy lo es de nuestro mas profundo dolor inspire sentimientos de recato y de modes­

tia á ias que entran en estos santuarios de pureza , haciendo alarde de su desenvoltu­

ra con la desnudez de sus carnes. Ojala que el suave olor de sus virtudes nos inspíre á todos un amor á Dios tan intenso como el suyo ; cuyos quilates conocer.émos mejor por el que tenia á sus prdgimos.

Decía el P. S. Agustín, que no podemos manifestar cuanto amamos á D ios, sino por los esfuerzos que hacemos en procurar sus intereses aquí en la tierra. Desear y procu­

ra r, cuanto está de nuestra parte , que la imágen de Dios impresa en el hombre, bri­

lle con toda su hermosura y dignidad ; que el reino de Jesucristo se estienda por todo el mundo : que se propague la sana doctri­

na del Evangelio : que se destruyan todos los errores , y se destierren del mundo los vicios; esto es promover ios intereses de Dios.

Estos eran los ardientes deseos de la difun­

ta Reina, á cuya penetración no se ocultaba, que hay una ciencia, la cual con toda pro­

piedad debe llamarse la ciencia de la sa­

biduría y de la felicidad ; ciencia que nos hace conocer nuestros verdaderos intereses, y nos enseña á no tener por útil , sino lo que es justo y honesto : ciencia en una palabra, sin la cual todos los conocimieutos humanos

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C T7 )

tío son mas que una vana ilusión. Esía es precisamente la ciencia del Evangelio , que hablando al corazón del hombre le ense­

ña todas sus obligaciones con respeto á D ios, á si mismo , y á sus semejantes : esta ciencia asegura el cetro á los R ey es, y hace la verdadera felicidad de los pueblos ; asi como su ignorancia es el funesto nacedero de todos los males y desgracias, que suce­

den en el universo.

L a difunta R eina, cuyos deseos de la fe­

licidad de todos sus vasallos nunca sabre­

mos agradecer dignamente , quería , que na­

die careciese de tan titiles conocimientos.

Por eso protegió y fomentó cuanto pudo los establecimientos de cristiana educación ; por eso fundó en Madrid una escuela gratuita para niñas pobres , bajo la dirección de las Hermanas de la caridad. N i se desdeñaba S. M. misma de preguntar el catecismo á todas las personas de su servicio en los dias festivos, y todos en la cuaresma ; porque decía, se creía obligada á cuidar de su familia, lo mismo que una madre amorosa procura gravar en los tiernos corazones de sus hi­

jos las máximas de la Religión cristiana. ;Y con que dulce placer escuchó á los pohre- citos de la real casa de Misericordia , el día en que honró con su presencia este tan xíiil establecimiento! ¿Pudo acaso disimular el

jr:- - V « í ; „ f s

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.. t i f i )

interior regocijo de su coríizon , cuando oyd aquel enjambre de criaturas de ambos se­

xos, que daban exacta razón de los prin­

cipios fundamentales de nuestra creencia ?

¡A h ! llena del mas noble y religioso entu­

siasmo , esclanió sin poderse contener;

no está estol ¿Con que bueno está esto? ¿ Y no llaman tu atención , Reina amabilísima, los talleres , los progresos de las artes fomen­

tadas en ese alvergue de caridad y de be­

neficencia 5 de donde está desterrado el ocio y los_ vicios , que de él nacen, y en el cual se crian tantos brazos lítiíes á la patria?

¿N o merecerán tu aprobación las manufac­

turas y los tegidos, que por su solidez y buen gusto compiten cuando menos con los ponderados primores de los estrangeros?

^ Pero no hay que dudarlo : tantas ven­

tajas reunidas llenaron los deseos de una Reina tan ¡lustrada como Amalt.v , pero la piedad unida á la discreción did la prefe­

rencia á aquellos conocimientos, sin los cua­

les nada valen las ciencias ni las artes. Y vosotros, tiernos niños, que á la sombra de mi gran Padre y Patriarca San José de Galasanz aprendéis la piedad y las letras,

¡ah! ¡que ideas asaltan mi imaginación! ideas de placer y de jubilo algún dia ; pero que hoy so¿o sirven para hacer mas sensible la perdida de la apreciable Reina que llora-

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/ *9 ) . . .

ínos : vosotros , digo 5 tiernos ninos , mere­

cisteis también el amor y carino de vues­

tra Augusta Soberana. La Reina de España y de las Indias no fue para vosotros en af{uel día tan glorioso para la Escuela Pia, sino una madre ia mas tierna y afectuosa.

Tal fue el agrado con que escuchó vuestras inocentes respuestas: tal el Ínteres, que m a­

nifestó por vuestra cristiana educación de la cual depende toda vuestra felicidad. En­

vidiaba la inocencia y el candor , que es el mas bello adorno de vuestras almas; pe­

ro pasaban mas adelante sus deseos. Hu­

biera querido, que la razón se adelantase á vuestra edad , para que conociendo me­

jor á Dios , uiia idea mas clara de sus in­

finitas perfecciones encendiera en vuestros pechos el fuego de su amor, ¡ Ah ! ¡que no pudieran vuestras inocentes oraciones alcan­

zar del Cielo la conservación de una vida tan preciosa I

¿ Y que diré de aquel estraordinarío cui­

dado con que procuraba evitar el que cun­

diesen las doctrinas perniciosas por medio de los malos libros ? Bien fuese por su vi­

va penetración , ó bien por su delicada con­

ciencia, vivia inquieta , cuando en los li­

bros encontraba alguna cosa que le parecía poco conforme á la sana doctrina de la Igle- .^ia. Vosotros, pastores del rebaño dejesu*

(20)

r . s o ) ,

cristo , vosotros sabéis mejor que otro al­

guno la ansiedad y los temores de esta al- ma p u ra, y vosotros sabéis también la do­

cilidad con que se sometía á vuestro jui­

cio , como que sabía, estáis destinados por el mismo Dios para guardar el deposito de

ia le.

Asi promovía la religiosísima Amalia los intereses de Dios sobre la tierra. Los que merecieron sü confianza, podrán decir la in­

geniosa destreza con que aprovechaba todas las ocasiones en las cuales pudiera inspirar amor á la virtud y horror al vicio. ¿Guan­

tas veces en las conversaciones familiares, depuesta toda su grandeza , y descubriendo el tierno y afectuoso corazón de una ma­

dre , exhortaba á Jas personas de su sexo, a huir de aquellas diversiones , en donde pe­

ligra la inocencia? ¿Guantas veces la vieron pintar con los mas espresivos colores el opro­

bio y la ignominia de que se cubren las que llaman la atención con la estravagancia de sus atavíos, y mucho mas con ia deshones­

tidad de los trages?

Todo , todo era efecto de su ardentísimo zelo por la gloria de Dios , cuyas ofensas habría querido evitar, aunque fuera á cos­

ta de los mayores sacrificios: todo era efec­

to del tierno amor que profesaba á sus prd- gunos. Pero si l a discreta Am a l i a d e d u c ía

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laoLIkacíon de amar ( á sus semejantes, por- que veia en ellos impresa la imagen de Dios sTsabia que el mérito y la virtud deben ser el fu n d L en to y el

roso del am or; inferid de

subidos quilates seria el que profesaba a s Augusto V p o s o , en quien contemplába la im a^n de Dios de un modo mas no- ble y expresivo por su alta dignidad , y

ademas admiraba una rectitud de corazón invariable, una clemencia singular, un amor á la justicia superior á todos los respetos humanos, y un cuidado estraordmario por los intereses de la Religión. Yo no me ad­

m iro, que la piadosa Rema no tuviera mas voluntad, que la de su idolatrado Fernando: que quisiera prevenir sus deseos para cum­

plirlos: no me admira la inquietud en que v iv ia , cuando notaba la mas ligera altera­

ción en la salud de su querido Esposo, ni la solicitud en servirle , ni la constancia en acompañarle, ni finalmente la santa impor­

tunidad con que pedia al Cielo la conserva­

ción de una v id a , que apreciaba mas que la

suya propia. . , . ^

Tanto menos me admira todo esto cuan­

do veo los caritativos oficios, que practica­

ba con las personas , que la servían. ¡ Ah . si la desconsolada servidumbre de Amalia pu­

diera suspender un momento su justo dolor.

(22)

, , í 22 )

para dar el mas auténüco testimonio á la Nerdad ; bien cierto estoy , q„e confesaría á bt faz_ de todo el universo , que k Reina de bspana.no tema criados sino hijos: tal era el amor y el carino con que los trataba. Diría que era imoompatible con su dulce manse­

dumbre la aspereza, td desabrimiento, y aquel aire fastidioso que jamás cautiva el cm razón: dina finalmente que el agrado el amor , y aquel carácter noble , que nada de­

roga a la magest.ad , era la mas lisongera re­

compensa de sus fatigas. No creáis, señores fiue hay en esto la mas pequeña sombra dé ponderación. La difunta Reina, cuya me­

moria sera indeleble para todas las perso­

nas , que tuvieron el honor de servirla ha­

bía aprendido lo que dice el Espíritu Sinto- no seas en tu casa como león, aterrando á tus clomesticos, y oprimiendo á tus súbditos. Le­

jos de imitar la conducta de aquel desapia­

dado amalecita, que abandonó á su criado enfermo , seguía el egemplo del compasivo David , que le dió alimento , y le resti- luyó las fuerzas. Asi la tierna y compasiva Amam.-v no contenta con informarse de la salud de sus sirvientes, daba las mas efi­

caces disposiciones para so alivio y como­

didad , sin desdeñarse de visitar todos los días a las que vivían en palacio.

i ai¿;una vez se han creído íncompati-

(23)

C 23 ) , ,

ITes entre los hombres el poJer y la mi­

sericordia , ha sido sin duda , porque no lal- tan monstruos, que, como dijo Salomón, tie­

nen entrañas crueles : porque hay ricos y poderosos, que embriagados con su prospe­

ridad, se hacen insensibles a los clamores de los pobres, y jamás llegan á gustar aquel puro placer, que es hijo de la compasión,

Y que solo gustan los que enjugan las la­

grimas , y alivian las penas de los afligi­

dos. Amalia, si que reunió felizmente el po­

der , la magestad y las riquezas con la mi­

sericordia, la compasión y la beneficencia; de manera que estas virtudes eran el mas be­

llo ornato de su real m anto, y las piedras mas preciosas de la diadema , que cenia su augusta frente. Dejó muy atrás la generosi­

dad de aquel Teodorico Rey de Italia, a quien su sabio ministro Gasiodoro no cesaba de exhortar á la clemencia , diciendo , que era justo , que la piedad real se acomodase á los desgraciados. No intento yo^ hacer una exacta comparación entre la benéfica y com­

pasiva Reina que lloramos, y aquel monarca.

Teodorico aparentó una clemencia hija de la política, llamando del destierro, restituyendo ásus antiguos empleos, y sacando de la obs­

curidad y abatimiento, á los que la violen­

cia , la intriga, ó la calumnia habían aleja­

do de la corte, y privado de sus honores.

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( 24 )

de sus rentas y dignidades. Pero en esto mi­

raba su propio interés, esperando, que aquellos hombres agradecidos serian el mas firme apoyo del trono. Amalia por el con­

trario buscaba á todos los desgraciados, pa­

ra servirles de apoyo y de consuelo. Y si el Rey de Italia quiso acreditarse de un gran monarca; la Reina de España aspiró nada menos, que áser otro Dios con los desgracia­

dos , según la enfática y valiente espresion de S. Gregorio Nacianzeno.

Con efecto , aunque en Dios todos los atributos son una misma cosa, sin embargo parece que entre todos ellos resalta la mí“

sericordia , y es como el distintivo de la di­

vinidad. Asi pensaba el P. S. Juan Crisos- tomo , cuando esponiendo aquellas pala­

bras del Real Profeta : á ti ha sido aban- donado el pobre, tú serás la ayuda del huér­

fano ; dice , hablando con el mismo^ Dios:

este es tu oficio noble y escelente. Asi como edificar es propio del artífice : y al piloto pertenece gobernar la nave , y toca al sol iluminar el mundo; del mismo modo es pro­

pio de tu divinidad socorrerá los huérfanos, y alargar tu mano benéfica á los desvalidos.

Tan bellos rasgos procuró copiar en sn alma la compasiva Amalia , para ser mas acepta y también mas semejante a Dios.

Si pudiera yo reunir al rededor de es-

(25)

O s )

te lucubre monumento los desvalíaos, que esperimentaron su generosa compasión; vie­

rais un sin mímero de militares desgracia­

dos inamerables doncellas , viudas y per­

sonas de todos estados y condiciones; vie­

rais también familias religiosas de ambos sexos, y todos , todos dirían, que la com­

pasiva Keina habia mas de una vez enju­

gado sus lágrimas , y les habia conservado la vida y el decoro; dirían, que el oro, cau­

sa de tantos m ales, era en sus manos be­

néficas un fecundo manantial de bienes; por­

que con el oro defendía la inocencia, am- paraba la virtud y desterraba el vicio : di- rían finalmente , que todos hallaron un asi­

lo en su magnánimo corazón , cualquiera que fuese la causa y el origen de sus des­

gracias. En todas partes dej<5 impresas las señales de su beneficencia; en todas partes fué como un caudaloso y fecundo rio , inun­

dando la península con las benignas cre­

cientes de su liberalidad , la que supo lle­

var á tan alto punto , que muchas veces precedía el socorro á la suplica , para evi­

tar de este modo á los necesitados la hu­

millación de implorar su clemencia.

Semejante á la reina de las aves, de quien leemos en el libro de Job , que hace su nido en los peñascos inaccesibles , y en divisando algún cadáver, luego baja á la

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tierra ; asi la Reina Amalia desde la altu­

ra de su trono descubría los cadáveres, y luego volaba hacia ellos, no para devorar­

los 5 sino para darles la vida y el consue­

lo. Desde el trono vid los cadáveres , que solo respiran para penar : vid los cuerpos cubiertos de llagas, y los miembros muti­

lados : en una palabra vid los hospitales, en donde se hallan reunidas todas las humanas miserias. Hombres sensuales , hombres que nadais en el regalo y los placeres , hom­

bres incapaces de renunciar á la mas pe­

queña comodidad por vuestros hermanos, se­

guid á la incomparable Amalia , sufrid por un momento el horror y espanto que os cau­

sa un hospital, mirad esos espectros ani­

mados , esqueletos , que apenas sostiene la naturaleza : ved allí postrado el valor , aba­

tida la fortaleza : ved los males que ame­

nazan á vuestra débil condición, y temed por vosotros mismos. Aprended con el egem- plo de la mas piadosa Reina á ser sensi­

bles á las necesidades de los pobres. No obstante que todo aflige en un hospital, no obstante la triste imagen de la muerte, con quien se tropieza á cada paso, la grande alma de la Reina Amalia descansa, y ¿quien lo cre­

yera? descansa en los hospitales: allí desple­

ga todo su heroísmo : allí descubre sin que­

rer el hermoso cuadro de todas las virtudes*

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¡ o enfermas incurables de la Corte, cuan justo es vuestro profundo dolor , por , la muerte de vuestra tierna madre é insig­

ne bienhechora! ¿Quien sabe sien este mis­

mo instante hechais menos aquella caridad, aquellas entrañas compasivas , aquel vivo interés, que Amalia tomaba por el alivio de vuestras penas ? Si se hubiera conten­

tado con derramar cuantiosas sumas , para que nada faltase á estas pobres enfermas;

si su caridad se hubiese limitado á ensan­

char aquel edificio , á surtirle de todo con la mayor abundancia; aun entonces sería -justo que alabáramos su beneficencia. Pero todo esto era poco para el volcan de ca­

ridad , que abrasaba su pecho. Esta nobi­

lísima virtud , que destierra todo tem or, le hizo despreciar una vida tan preciosa. No, no temía contraher las dolencias , que se padecen en los hospitales : por eso las mis­

mas manos, que sostenían el cetro de dos mundos , lavaban los pies y las manos de las enfermas : esas mismas manos sostenían los débiles miembros de una pobre mori­

bunda , y aplicaban la taza á unos labios sin movimiento , porque la muerte había impreso en ellos su funesto sello.

Nada de esto debe causaros admiración.

L a fé viva de la Reina le hacía ver á Je­

sucristo penando en cada una de aquellas

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enfermas , y además tenia gravadas en su ánimo aquellas palabras del mismo divino Maestro ; todos vosotros sois hermanos. Tra­

taba á las enfermas como hermanas, como á hermanas las consolaba y las servia. ¡Con que dulzura y mansedumbre escuchaba sus quejas ! ¡Con que amor las exhortaba al su­

frimiento ! Pudiera decirse del hospital da las incurables , lo que del de San Basilio decía su íntimo amigo y elocuente pane­

girista el Nacianzeno : allí se sufrían los males con paciencia, y se tenia por dichosa

la enfermedad. .

¡Gran Dios! ¿y los votos de tantos infe­

lices 5 y las oraciones de todos los Españo­

les no pudieron conseguir de vuestra mise­

ricordia, que Amalia viviese mas tiempo bre la tierra? ¡Ah! ¡cuanto nos hubiera edi­

ficado con sus egemplos! ¡Como hubiera de­

sengañado á los poderosos de este mundo, haciéndoles ver, cuan vanas son las escusas, con que pretenden dispensarse de aquellas obligaciones, que les impone la Religión!

S i, señores, la conducta de Amalia hubiese sido modelo de R eyes, el mejor maestro de vasallos, y el espejo de todos los cristianos.

Asi lo esperábamos; pero nuestras esperanzas se han desvanecido como el viento, y nos po­

seen dias de aflicción. ¡Que no pueda yo pin­

taros esta alma pura é inocente próxima a

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bendecimos, Señor, vuestra providencia: dis­

puestas están nuestras espaldas para ios gol­

pes: cúmplase en todo vuestra santísima vo­

luntad. Mas si os dignáis mirar con agrado nuestro sacrificio, aceptad una víctima la mas preciosa, que pudiéramos ofreceros.

Que las cenizas de Amalia sean la señal de paz entre el Cielo y la tie rra ; que su alma dichosa interceda ante vuestro trono por el Rey , por toda la Familia Real y por todos los españoles. Y para que esta dicha no se dilate por mas tiem po, os ofrecemos el sa­

crificio incruento de vuestro hijo Jesu-Cris- to 5 con cuya sangre preciosísima, purificado su espíritu de aquellas manchas insepara­

bles de la humana fragilidad, descansará en paz por toda una eternidad. Asi sea.

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Referencias

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