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Formación virtual
Amor Sólido
Entrega 4: Para tener buen sexo
Bastan un par de historias en las redes sociales, unos minutos en televisión o mirando series, un par de publicidades en tu celular o por la calle; para darte cuenta que todos prometen con insistencia algo que jamás podrán dar: Buen sexo. Tan falsa es esa promesa, que el marketing recurre cada vez más a la edición de las imágenes para adaptarlas (falseándolas) a nuestros sentidos deformados y engañados, porque es tanto el hartazgo de sensualidad que nuestra humanidad, en lugar de ser estimulada, es desalentada y retraída sobre sí misma.
Los hombres y mujeres, ¿amamos más hoy que en otras épocas? ¿Es más pleno el amor?
¿Es la sexualidad hoy un poderoso imán que une para siempre a los que se entregan en la intimidad? No pedimos opiniones, te ofrecemos darte cuenta de la realidad: La clara respuesta es que NO. No solo que los hombres no amamos más y mejor, sino que el acto sexual es cada vez más una mercancía fácilmente intercambiable y desechable. El sexo pareciera esclavizarnos al placer y a los demás, en lugar de unirnos y hacernos sentir la plenitud del amor. Estamos saturados de sexo pero, idiotamente, perdemos los gozos reales y profundos que el Creador escondió en él para los que lo practican movidos por el verdadero amor.
Vivimos en una sociedad hiper-sexualizada desde la más temprana edad pero, paradójicamente (y no tanto), las personas se sienten cada vez más insatisfechas sexualmente y humanamente en general. Somos la era que cambió las banderas del amor por las del placer y pensamos que él se identifica con la felicidad. Pero lejos de eso, nos descubrimos como un ejército de perfectos infelices, sedientos de algo que buscamos a tientas como tontos. Nuestra boca se resquebraja de sed, nuestro organismo se muere; al lado de una fuente borboteante de agua pura y fresca…
Un fuego ardiente
No es difícil entender que el deseo sexual puede ejemplificarse muy bien con un fuego ardiente. El Creador del Universo dispuso que nuestra humanidad se estimule y se encienda ante la belleza de las creaturas. Tendemos naturalmente a la belleza, a la bondad y al bien.
Disfrutamos de un paisaje hermoso y de una hermosa música. En el caso de la atracción sexual, esto es más patente: Nuestro cuerpo experimenta rápida e involuntariamente un encendido despertar, un deseo de unión y de predisposición a entregarme al otro, que se manifiesta en mi físico. Hasta el mismo organismo masculino y femenino reflejan ese llamado a complementarse y a estar el uno en el otro por sus características propias. Nuestro corazón se acelera y sentimos menos el frío… ¡El Amor es verdadero fuego! ¿Por qué entonces vivimos con un corazón gélido y triste? ¿Por qué algo tan bueno, a veces, tiene resultados tan desastrosos?
2 Siguiendo la analogía del fuego: El fuego es bueno y es un instrumento valioso en manos del hombre pero no en manos de un niño o de un animal. Cualquier adulto responsable sabe el peligro que implica que un niño juegue con fuego. Cualquier animal, por fuerza de su instinto, huye del peligro de esa destrucción voraz. ¿Es malo el fuego? Claramente no, pero no puedo usarlo como yo quiero, tiene sus normas y demanda madurez.
El fuego en la sala del hogar da calor, ilumina, acoge. Es romántico y risueño. Cuando hace frío, el fuego cumplirá su fin y permitirá que la vida siga siendo alegre y mejor. ¿Qué pasa si en lugar de encender la estufa, enciendo el mismo fuego sobre la alfombra? Puede incendiar la casa, puede asfixiarme. Puede expandirse rápida y descontroladamente sin orden y sin medida de la destrucción. Así es la pulsión sexual, buena, santa y querida por Dios; cuando se da dentro del contexto de amor puro y sólido (en el caso del matrimonio – el hogar) es un fuego vital; cuando se da fuera de él, desordenadamente sin amor verdadero, es un fuego destructor.
Querido amigo, amiga: Tu ser varón/mujer es un don precioso. Tu sexualidad es una fuerza capaz de hacerte plenamente feliz o hacerte un perfecto fracasado. De darte la plenitud de la libertad o de hacerte gustar la podredumbre de la esclavitud. De acuerdo a tu uso inteligente y según su fin natural que hagas del fuego que llevás en tu corazón y en tu cuerpo, elegirás qué camino tomar: el del amor verdadero o el de la tristeza asegurada.
Podemos asegurarte que no hay término medio. Mirá a tu alrededor, mirá el hartazgo de nuestra sociedad, mirá el vacío de amor de tantos jóvenes como vos y yo, mirá cuántos hombres y mujeres ofrecen su cuerpo como un envase descartable. Mirá sus ojos profundos desesperados porque donde el mundo les dice que está el amor, no lo encuentran y no lo encontrarán jamás.
El fin, los medios, la escuela
Para seguir hablando de amor verdadero y profundizar esta cuestión debemos entender algo importante: El sexo fue descubierto por el hombre, no fue inventado por él. Por lo tanto, como el fuego, sus leyes y su correcto uso no dependen de nuestra voluntad sino del fin para el cual fue creado, de su naturaleza. No es, entonces, una cuestión de intenciones o ideas personales. Si pongo un material inflamable al fuego, se incendiará, independientemente de mi voluntad o mis intenciones. Lo mismo sucede con las relaciones sexuales. No es una cuestión de intenciones o ideas, debo descubrir el orden dispuesto que ya está dado para hacer uso correcto de la sexualidad. No puedo imponer mi propio orden así como así, sin salir herido o dañar a otros. Y en la felicidad, no hay términos medios: o soy feliz o soy un pobre hombre.
Para responder para qué fue hecho el sexo, debemos responder antes: ¿Para qué fue creado todo hombre? Respondemos con San Ignacio de Loyola: “El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima”1. Somos creados por la libérrima Voluntad de Dios, movida por el Amor que es su esencia, su ser profundo. Dios es Amor y nos creó para el Amor. Alabar a Dios, reconocerlo como Rey de
1 San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, N°23.
3 nuestras vidas y servirlo en el amor, es la forma de ser felices y salvar nuestra alma. Pero continúa el santo caballero: “y las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden en la prosecución del fin para el que es creado; de donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayudan para su fin, y tanto debe apartarse de ellas cuanto para ello le impiden”.2
¿Qué decimos con todo esto? Que hay fines y hay medios. Mejor dicho, hay un fin último y definitivo, el más importante: la gloria eterna y la salvación; y hay medios para alcanzar ese fin, a grandes rasgos: el matrimonio o la virginidad (o castidad perfecta) por el Reino de los Cielos, sea esta la vida célibe del sacerdocio, la vida consagrada, etc. Por ello, el sexo está ordenado a un fin más alto y último: la santidad y la felicidad plena.
Parece un poco obvio decirlo pero no: El hombre fue creado para el Amor, no para el sexo. De tal manera, alguien puede vivir perfectamente sin tener sexo y ser feliz, pero jamás podrá vivir sin amor y ser feliz. Esto, claro, según el llamado particular de cada uno. El fin último es el Amor, no el sexo pero este es un medio santo dispuesto por el Creador para el Amor verdadero, concretamente dentro del matrimonio, la vocación natural de toda persona. ¿Por qué decimos vocación natural? Porque la propia naturaleza del ser humano tiende a la unión sexual con el sexo opuesto. De alguna forma, podemos decir, todos los seres humanos son llamados al amor matrimonial salvo que se “demuestre” lo contrario, es decir, que Dios llame a otra vocación sobrenatural. Sobre esto hablaremos en otra oportunidad.
Pero, en línea general, entonces, el matrimonio es la vocación más frecuente en la vida cristiana. Entonces, la gran mayoría está llamado al amor conyugal que se ordena a la santidad de los esposos.
El título de este apartado es “El fin, los medios, la escuela”. Tenemos un fin: la santidad o su sinónimo, la felicidad. Tenemos medios: las relaciones matrimoniales o la virginidad por el Reino. Nos falta la escuela.
La escuela de amor
Siguiendo con las imágenes, pensemos que tenemos una Universidad que posee dos escuelas. La Universidad es la virtud de la castidad, las dos escuelas en que se desarrolla la vida universitaria, las dos carreras, son la vida matrimonial y la vida célibe. Ambas escuelas existen en una unión estrecha, por una categoría superior: la castidad, el Amor sólido.
Dentro de las “ciencias matrimoniales”, las relaciones sexuales son una gran materia, son un eje troncal del estudio; pero nadie es realmente competente en matrimonio y relaciones sexuales si no es especialista en Amor. En las “ciencias célibes” estudian distintas personas:
religiosos y religiosas, consagrados, sacerdotes, monjas, etc. Estos deben formarse en el arte de vivir el amor sin la concreción de su sexualidad en las relaciones matrimoniales, puesto que su santificación pasa por otro lado. Pero, sin embargo, están llamados al Amor y al desarrollo de su sexualidad de una manera distinta al amor marital.
Cualquier otra forma de vivir esta realidad se vuelve contra el propio hombre, contra la pareja, contra el amor mismo. Si yo utilizo un destornillador para clavar un clavo, corro el riesgo de arruinar el destornillador, el clavo y la madera. Toda herramienta usada con un fin
2 Ibídem
4 distinto para el que fue hecha, puede echar a perder la herramienta, al que la usa y para lo que se usa. Si la sexualidad no se ordena dentro del sabio plan natural que la rige, dijimos, no es causa de libertad y plenitud, sino de esclavitud y de un infeliz egoísmo.
A grandes rasgos, esbozamos un poco lo que queremos fundamentar.
Las relaciones sexuales tienen su fin natural dentro del amor matrimonial y solo en él.
Porque el matrimonio, el sí dado por los esposos hasta la muerte, es la única garantía de que la entrega mutua de los cuerpos es verdadera. Cuando un varón y una mujer se entregan en la intimidad, hacen uso de esa herramienta santa y se dicen con su cuerpo que se entregan sin medida. Expresan físicamente lo que se han dicho con verdad sus espíritus: “Soy tuyo/a para siempre y sin condiciones, soy totalmente tuyo/a”. Fuera de esto, no hay amor verdadero, porque no decir la verdad es mentir; y, teniendo como base algo falso, no hay posibilidad de felicidad completa. Dios no bendice lo que no es suyo. No puedo beber agua de una vertiente si antes no tengo certeza de que es potable. La garantía de que mi unión sexual es buena y me hará feliz, es que tenga la garantía de la perpetuidad, el sello de la fidelidad y de la entrega total de los esposos.
¿Podemos tener una sexualidad mediocre y soportar el vacío que genera dar la espalda al plan de la naturaleza? Claro, bien podemos y podemos hacerlo toda la vida, aunque nos arañe la muerte y la tristeza y nos sumerjamos en el peor barro. Pero los cristianos no somos ni animales que se mueven solo por instintos, ni somos las personas más estúpidas que eligen agua podrida en lugar del agua más fresca y cristalina. ¿Por qué conformarnos con un amor torpe y egoísta, con un goce fugaz y pusilánime; en lugar de tener el mejor sexo, el más pleno y más gozoso?
El sexo más gozoso
El buen sexo, entonces, contempla todas las dimensiones de la persona humana. Y, como hemos visto en formaciones anteriores, el hombre no es solo cuerpo ni materia. Prueba de ello es que mires un cuerpo vivo, vivito y coleando; y lo compares con un cadáver comido por gusanos. ¿Qué los diferencia? El principio vital, lo que hace que uno esté animado y vivo y el otro no. Eso es el alma. El principio que anima nuestra materia y la sede de nuestra identidad que no puede destruirse ni perecer porque es inmaterial.
Entonces, mirá que grandioso: El buen sexo no solo da goce al cuerpo, no solo es una explosión de hormonas y de sentidos. El buen sexo, el que Dios creó y quiere darnos, es un profundo goce también para cada fibra de mi alma, para cada resquicio de mi personalidad.
Mi cuerpo, mi mente, mi espíritu.
Más amor, no menos
En los siguientes números, entraremos más de lleno a la vida del noviazgo, la vida matrimonial y la vida célibe. No dejaremos de lado consejos concretos que distingan las naturalezas particulares de varones y mujeres.
Pero, antes, es necesario distinguir ciertas cosas. Hablamos largamente de castidad, podés revisar las formaciones anteriores. Pero en este punto es bueno aclarar que castidad y abstinencia no son sinónimos.
5 La abstinencia está relacionada con la castidad, es el modo en que uno evita ejercer indebidamente la pulsión sexual. Pero pensar que la castidad es solo eso es como pensar que caminar es solo no andar en automóvil. Si me concentro solo en el aspecto negativo, corro el riesgo de no ver toda la propuesta de plenitud que implica el amor sólido.
Así, hay personas que confunden abstinencia solo con “no tener relaciones sexuales”
pero, mientras, puedo hacer todo lo demás. No es así. Nos cuesta entenderlo porque un sistema-mundo entero nos dice lo contrario. Pero tenés que convencerte que lo que te dice es falso, no solo por la falsedad de los argumentos sino por la prueba empírica de la infelicidad que este mundo crea.
La castidad consiste en lo que podés tener AHORA, en el mismo momento que te decidís por ella. La castidad modela y perfecciona nuestro amor, nuestra sexualidad, no solo nuestros actos sexuales.
De manera similar, la castidad no es sinónimo de virginidad. Una persona puede ser virgen físicamente pero realizar acciones que no son castas y que no la educan en el amor verdadero sino que la incapacitan para dar y recibir amor real. Por otra parte, hay personas que quizás no son físicamente vírgenes pero viven un camino de libertad y de amor puro que los realiza como verdaderos varones y mujeres, independientemente de su pasado.
El amor casto y sólido no es el aprendizaje de una serie de restricciones. La castidad no es la regulación escrupulosa del acto sexual. Por el contrario, es la escuela del amor verdadero que me enseña a amar más y mejor, de una manera no solo más pura sino más gozosa y libre. Es la búsqueda de un nivel de amor verdaderamente humano pero elevado al nivel sobrenatural, que proporciona una realización en la dignidad y en el respeto; y un gozo sexual también sobrenatural y único, un punto al que jamás llegarías sin la fuerza imparable del amor verdadero.
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Deo omnis gloria Ave, Maria Purissima!