Los enfoques inservibles: resea-(casi)-manifiesto sobre Si sabemos tanto, de Matas Escalera

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Ya se sabe que hay tantos planteamientos narrativos como formas de mirar la realidad dada. Desde esa posición -la que nos interesa-, el mundo, lo inmediato, te ofrece el reflejo de una verdad: ése que buscabas y ninguno más, porque ese único punto de vista te condena a no ver nada más. Sin embar-go, un día, descubres que esa realidad oculta fragmentos productores de vida, algo así como una complejidad mayor escondiendo sus propias

claves, que, desde ese momento, estás obligado a desvelar, porque, si no -si traicionas esa mira-da creadora/descubridora de nuevas realimira-da- realida-des- todo se viene abajo, si no percibes aquellos ángulos que la realidad, de común, se resiste a manifestar. Los viejos enfoques son previsibles y, en consecuencia, inservibles, pues esos modos de acceder al material narrativo sólo te dicen que los impulsos que mueven las circuns-tancias, no han cambiado, ni lo harán fácilmen-te; que todo continúa y continuará inamovible, o que, a lo sumo, hay o habrá pequeños reto-ques a lo que de por sí es eterno; y que no hay nada más allá, puesto que el orden dado ha quedado esculpido en piedra desde el principio.

Es lo que sucede con muchos escritores, que utilizan un material fijado de antemano y fosilizado, o -y es la moda que hoy padecemos- convertido en engañosa “expresión imaginativa”, a la que suele llamarse fantasía, creadora de montajes sobre “otros mundos” -como si éste ya hubiera gastado sus posibilidades de análisis y de transformación-, que deforman y oscurecen -ese es su objetivo- el mundo real de partida. Es el mecanismo también de la llamada novela histórica, de la que el merca-do está empachamerca-do, y que no pasa de ser una estrategia -de las muchas que hay- para no “leer” nues-tro presente.

Un escritor sólo es de su tiempo (no todos lo son, aunque todos parezcan serlo) cuando se obliga a buscar una versión no convencional del mundo que “escribe”, pues su labor primera es dar testi-monio de su época, y ayudarnos a descubrir las trampas y engaños que hacen de la vida un catálogo de miserias ajenas a la propia vida.

Esto es lo que sucede con Si sabemos tanto..., el relato de Matías Escalera (www.Youkali.net, Nº 0, noviembre de 2005), en el que el narrador establece -de hecho- una realidad fragmentada, sin

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Análisis de efectos / reseñas

...más que reseña (poco) menos que manifiesto

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Los enfoques inservibles: comentario del

relato “Si sabemos tanto”, de Matías Escalera

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simetría alguna en toda la diversidad de su aparentemente caótica estructura -desde una “esperada” lectura tradicional-, porque no hay uno o varios héroes en un proceso lineal de conflictos, ni siquie-ra, a la manera de Faulkner, en un proceso de ruptura temporal (que supondría una ruptura estruc-tural, que supondría una ruptura de realidades, buscando las claves de otras que habría detrás, y que supondría, etcétera) cuya representación se esparce en desordenadas y furiosas explosiones, que darían lugar a nuevos niveles de narración (volveremos más adelante a este asunto)

Aparentemente, el relato de Matías Escalera nos muestra un orden que no se corresponde con el “clásico”, que recubre de otra naturaleza algunas de las funciones de sus componentes, al acoplarlos de un modo tan poco usual. No habla de hechos novelescos o en ciernes de ser prefigurados de acuer-do a una progresión exigida por la fábula, y

tampoco presenta una línea argumental que sirva para que el lector tome posiciones distan-ciándose en sentido crítico o identificándose con los personajes de la trama. Lo que hace es darnos informaciones dispersas, datos de cam-pos disímiles que guardan poca o ninguna rela-ción entre sí que puedan llevarnos a lo que yo llamaría consumación lógica de la ficción, y que tienen que ver más con el dato periodístico o con manuales de divulgación científica. ¿Adónde quiere llegar el autor escribiendo minuciosamente sobre la fabricación del jabón y más adelante –en otro párrafo tan significati-vo por su longitud- detallando aspectos de la

vida de un tal Paul Robeson, deportista negro norteamericano, actor y militante comunista perse-guido por McCarthy? ¿Adónde escribiendo sobre la jueza Ilda Bocassini, quien encarceló a asesinos de jueces e intentó hacer lo mismo con Berlusconi por sobornar a la Magistratura y fue abandonada a su suerte por los que se supone estaban obligados a defenderla de la Cosa Nostra? ¿Por qué antes, e incluso después, nos salpica el relato con pequeños detalles sin importancia sobre temas que no ocuparían más allá de cuatro o cinco líneas en un relato convencional (la fábula no lo admitiría), y que en Si sabemos tanto... no sólo se despliegan de principio a fin sino que parecen dar solidez a una especial composición narrativa, a un enfoque cuya función aparentemente se nos escapa? Si no fuera así, por qué hacer referencia, entonces, a la excentricidad (e) de una elipse, a la relación entre la caba-ña del salvaje primitivo y la colmena rústica, a Copérnico y sus revoluciones celestes, a propulsores subacuáticos, a limpia-gotas automáticos, a bayetas mágicas limpiadoras, a binoculares con cámara de vídeo, a un bolígrafo grabadora, a un cargador portátil de energía natural…, por mencionar algu-nos de los muchos temas que condensan y podríamos decir pulverizan al mismo tiempo, en franca contradicción, la estructura del relato a fin de que el rompecabezas no tenga posibilidades de armar-se o armararmar-se de otra manera para convertirarmar-se en otra cosa, por ejemplo una estampa fiel y minucio-sa de cualquier realidad aparente.

Son datos y más datos que nos despistan, que nos ponen en la tesitura de buscar respuestas a las preguntas que nos vamos formulando, que nos llevan dando saltos de un motivo a otro, porque, en contra de lo que podríamos esperar, no se trata de seguir una peripecia convencional, el trayecto humano de varios conflictos en un mundo que el autor, por inercia -así suelen declararlo siempre-, precisa ordenar y luego controlar, ese objetivo que parece estar siempre en el horizonte infinito de la literatura pero que, de acuerdo con los resultados, el único orden controlado termina siendo el de siempre, es decir, el burgués, el que desprecia cualquier formulación innovadora del mundo y en

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consecuencia la imagen que se deriva de la misma. Por el contrario, Matías Escalera no parece aspi-rar a algo así, el mundo de su relato ya está ordenado a su manera, él mismo se encargó de hacerlo meticulosa e intencionadamente, lo que significa que la crítica de su propuesta imprevista hay que hacerla desde otros derroteros distintos a una supuesta ordenación del caos. La suya no es una ima-gen para ser ordenada según la tradición, eso es evidente, más bien actúa siguiendo pautas del otro lado, yo diría que la suya es una forma para ser rechazada, tal vez para ser razonada o analizada en la mente del lector y no sentida en la vulnerabilidad de sus emociones, la narración o el ejercicio narrativo que se desarrolla juega a provocar, son secuencias asimétricas o inconexas que se niegan a participar en un encuadre perfecto o reposado del mundo, porque tanto reposo significa la acepta-ción de la literatura como simple evasión o juego ilusorio, el distanciamiento de cualquier conato que nos “desvele” aquello que se esconde detrás de la conformidad, y él prefiere con diferencia, o eso da a entender, la ruptura en mil pedazos de la realidad, una ruptura que, por sus contradicciones, esta-ría más acorde con la verdad de los asuntos humanos aunque se trate de una verdad que no siempre el escritor, cualquier escritor, quiere percibir. La combinación de datos científicos o meramente curiosos con otros más cercanos a las realidades humanas, esos fragmentos biográficos que hacen referencia a trayectorias y experiencias propias del tiempo en que vivimos, acortan o minimizan la sensación de artificiosa composición que sentimos leyendo otros modernos relatos tradicionales. Y aquí podría estar una de las claves de su específico tratamiento, ese enfoque alejándose de los viejos esquemas inservibles: el rechazo tajante a la artificiosidad que empaña un relato natura-lista que a la postre sirve para que las imáge-nes del mundo se parezcan, lo que significa que todas ellas tendrían las mismas equiva-lencias. La fábula al servicio del orden impuesto, porque en realidad ha sido éste su creador.

Y es que si la literatura considerada como recreación formal es por lo mismo una impostura o artificio sujeto a convenciones, la plasmación de una realidad siguiendo cánones estéticos y de verosimilitud es otro artificio más que juega en el espejo del pri-mero y tiene como objetivo anular la presencia y eficacia de éste, ese primer artificio sin cuya exis-tencia sería inviable el segundo. Sin la posibilidad de reflejar (primer artificio) no puede darse el reflejo (segundo artificio), cuando este último consuma su aceptada mentira se borra o pasa a segun-do término el artificio primero. Sólo así se acepta la idea de que la literatura enseña lo que se ha dasegun-do en llamar la verdad de las mentiras, las verdades que el artificio es capaz de expresar simbólicamen-te. ¿Qué hay, entonces, de menos convencional en un relato cuyos componentes tradicionales han sido sustituidos por otros que por su índole o su función no pertenecen, o sólo tangencialmente, a la literatura de ficción? Por lo pronto, semejante estructura nos advierte de que el autor tiene intención de engañarnos de otro modo, un tratamiento que sirve para que la impostura nos lleve por otro cami-no. Ya no hay en exclusiva elementos que pertenezcan a la ficción, que formen parte del bagaje sim-bólico de nuestras falsas representaciones, esas imágenes culturales que se corresponden con la aceptación del artificio como naturaleza primordial de la narrativa. En Si sabemos tanto... se están intercalando fragmentos que hablan de aspectos de la ciencia o de curiosos aparatos que bien podrí-an no servir para nada, no hay por lo tpodrí-anto viejas estampas ni las consabidas descripciones, no hay invenciones, ni barojianas mixtificaciones, lo que hay son chispazos que no pertenecen al campo narrativo, y que además están haciendo frente, con la misma legitimidad, a esos otros datos de fic-ción, y hay, al mismo tiempo, retazos de biografías reales, no falsificadas, lejanas en consecuencia a

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cualquier artificio que tenga por objeto la construcción de una imagen igualmente tergiversada de la realidad; su resultado podría ser una perspectiva que se esté haciendo, en complicidad con quienes se niegan asumir la realidad aparente, una perspectiva que habría de ser elaborada por el lector en un proceso que el texto prefiguraba si bien no de manera explícita. Sólo una lectura así, que parte de la voluntad del lector y no tanto de la omnipotencia del escritor, permite que los artificios de la ima-gen dada dejen paso a otra u otras que el mundo, en su relación con la literatura, escondía o apenas dejaba vislumbrar. El lector asume su trabajo en la interpretación de ese texto ambiguo y polivalen-te a fin de que el artilugio (el tópico, podríamos decir) se parezca a sí mismo lo menos posible, se convierta en otra forma de mirar que estaba y no estaba al otro lado de la narración. Este proceso de estructura en marcha, de enfoques reorganizando su propia materia, puede darse cuando los ele-mentos que los constituyen admiten sus contradicciones internas y se acepta el hecho de que toda contradicción es el inicio de una crítica radical sobre verdades falsamente asentadas.

El relato de Matías Escalera es un esfuerzo poco común de elaboración de una imagen que, rom-piendo los entresijos de la realidad aparente, nos demuestra que otra “lectura” de las cosas es posi-ble, que la realidad puede ofrecerse como un collage en continua transformación, que los elementos más dispares de una historia lo son, y nos impiden ver más allá, cuando nuestra pre-disposición se inmoviliza siguiendo la iner-cia largo tiempo manoseada por la dejadez, por la abulia que nos aleja de los nuevos conocimientos. ¿Y qué son los conocimien-tos sino los impulsos que nos acercan a la comprensión del mundo, de la historia, de la inmediatez de lo real? Recordemos cómo se inicia el relato: “...si sabemos tanto de casi todo, si lo sabemos casi todo de todo, para qué continuar buscando héroes y explicaciones imposibles”.

La línea que conforma el segundo párra-fo es más clara en su evidente acento iróni-co, un amargo sarcasmo en su brevedad: “Sabemos todo lo que necesitamos: le dije, yo (¿o no?: replicó, ella)”. Si sustituimos “lo que necesi-tamos” por “lo que nos permiten” o “nos imponen” habremos avanzado en la comprensión de ese interrogante que da comienzo a la historia y que es el sentido último de su propia estrategia: el cono-cer, dependiendo de lo conocido, nos permite la proximidad pero también, en función igualmente de lo conocido, su distanciamiento y por lo tanto su oscuridad. Ahora estaríamos en mejores condi-ciones, si no nos empeñamos en soplar en otra dirección, de aceptar la forma de composición, la estructura de collage del relato, y que podría darnos, si aceptamos las rupturas temáticas que lo com-ponen, una imagen del mundo que era preciso desvelar en el contexto de las preguntas y respuestas que se formulan los dos interlocutores. Porque, sin haberlos mencionado antes, hay dos entidades, yo y ella, que se hablan y se interrogan sobre las posibilidades del conocimiento y las verdades que propicia este conocimiento, y son esas posibilidades y sus verdades las que dan la medida de su apre-hensión del mundo, el sentido que dichas verdades otorga al individuo y por lo mismo al tiempo de los individuos. En esta cercanía a su tiempo, su lectura de cuanto acontece, tiene importancia el orden o el desorden de su forma de mirar, esa técnica de ruptura que, como Faulkner según Sartre, supondría la reestructuración de lo estrictamente convencional que el orden establecido, la vieja fábula burguesa, pretende hacernos creer. La técnica dando validez a un sistema de penetrar el mundo, ni más ni menos. Y si en ese plano del conocimiento hay temas que el yo y el ella

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llan y en los que nos implican, a la manera de las historias secundarias que forman los niveles narra-tivos en unión de la principal, esos temas, aparentemente neutros y distantes en la trama que da ori-gen a la historia de Matías Escalera, nos hablan sin embargo de un conocimiento cargante y a su manera aséptico que ha sido impuesto a fin de que nuestro tiempo disuelva, para que no sean vistas sus propias esencias burguesas y enmascare sus propias trampas. Las preguntas que se formulan los dos interlocutores estarán, pues, imposibilitadas desde el principio, perdidas, inutilizadas, adultera-das: el conocimiento impuesto, el conocimiento inservible, le niega su desarrollo natural, es decir, la respuesta que pueda transmitir su parte de valor. ¿Qué le queda al mundo si se le niega su capaci-dad de respuesta, porque previamente ha sido saturado y deformado, a fin de que las preguntas que-den suspendidas en el vacío? Posiblemente la frustración de dos interlocutores por llegar a ningún sitio, la impotencia por saber que lo que nos atañe verdaderamente, lo que el autor ha ido desperdi-gando a lo largo del relato, que nos muestra el deterioro de nuestro tiempo. Si un orden determinado de materiales nos lleva a esta toma de conciencia, yo me quedeterminado con ello, lo acepto, lo estudio y -en principio- apruebo sus posibilidades. Todo está ahí confundi-endo nuestra “visibilidad”, parece decirnos Matías Escalera, sólo es cuestión de desatascar las herrumbrosas miradas que oscurecen y obstaculizan cuantas verdades se empeñan en negarnos; la serie de conocimientos y de tecnologías que desvían el objetivo primor-dial del conocimiento, y hacen de éste una máscara vana y mediocre que beneficia exclusivamente al orden burgués. Esto es lo que parece espetarnos Si sabemos tanto... Si la fábula burguesa se niega por naturaleza a renovarse, ¿por qué no rom-perla en pedazos? ¿Por qué no mostrar sus perniciosos entresijos?

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