Oye y mira en el discurso del charlero
La calle es el paisaje más abrasador del habla cotidiana. Espacio, senderos, caminos, atajos, lenguaje, palabras y sentencias comunicacionales en plena efervescencia. Basta con recorrer un tramo de cualquier ciudad para encontrarse con novedosas realidades en el contexto social y lingüístico. Las unidades de transporte público representan uno de esos lugares donde confluyen discurso y realidad. Vale decir, oralidad-vialidad y personajes cotidianos.
En una buseta o autobús anda la gente; es cierto, pero también acude el idioma para reconstruirse a cada instante en sus diferentes áreas: Morfología, Sintaxis, Pragmática y Semántica, entre otras. Diversas son las circunstancia discursivas de la lengua que acontecen en estos medios de transporte. Uno de estos escenarios sobrevenidos, lo representan los charleros.
sangrantes en brazos, piernas y hasta en el rostro. No haremos tampoco alusión a los que simplemente se paran muy cerca del llamado “puesto de la reina” y espetan, con ese zumbao malandroso:
atención señores pasajeros, yo vengo saliendo de Tocorón, no los vengo a atracar, solo necesito que colaboren conmigo. Hay otros que apuntan directamente a la fibra más sensible del padre o de la madre: no llegues a la casa con las manos vacías. Llévale una alegría al más pequeño de la casa. Últimamente hemos observado dos nuevas tipologías de charleros. Unos abordan el tema político como aspecto central y otros desarrollan lo religioso. Ambos cierran la charla pidiendo una “pequeña colaboración”, lo que “ofrende tu corazón”. Los primeros le echan toda la culpa al gobierno de su miseria; por eso piden para no robar, mientras que los evangeloides se dicen enviados por “El señor” a predicar la palabra y solicitar todo tipo de ayuda. No exageraríamos si dijésemos que a veces una buseta es casi un mercado ambulante. La base fundamental del charlero se encuentra en el dominio y uso de la palabra, del discurso, de la charla. Si tienes “buena labia” puedes llevar dinero a casa.
flexivas del modo imperativo de verbos de percepción auditivo-visual. Se debe acotar que en ciertas ocasiones se usa ve, no solo como una variante de mira, sino como un componente primordial de cierta estructura tautológica (mira, ve) como estrategia de venta. Sostiene Pons Bordería (1998, p.61) que oye y mira constituyen dos de los “imperativos (…) más frecuentes en el lenguaje hablado”.
Para Martín Zorraquino y Portolés (1999) estas unidades de la enunciación se inscriben en el campo semántico de la percepción física y se les designa como marcadores de alteridad. Su función principal consiste en hacer que el pasajero (interlocutor potencial) se enfoque plenamente en el discurso para así convencerlo de que compre. Le permiten al charlero mantener o comprobar el “control del contacto” (Briz, 2001) en el proceso enunciativo que mantiene
con los pasajeros. El charlero percibe en el viajero una “presa” fácil que no está dispuesto a dejar escapar, de allí que invoque constantemente a estos marcadores apelativos.
utilizarlas ya ha asegurado una venta, sino que el poder de persuasión de ambos términos es muy alto. Siguiendo a Vázquez Carranza (2018), con oye y mira nos encontramos ante una fórmula similar a la del par adyacente (ofrecimiento/rechazo o aprobación). El charlero, en la primera parte de la acción interaccional, ofrece sus productos y el pasajero, como respuesta interactiva, aprueba la compra o simplemente rechaza la oferta. Estas partículas las podríamos denominar, a mi entender, marcadores secuenciales de una interacción dialógica fallida. Ésta resulta incompleta, pues el pasajero poco interviene en el acto comunicacional de venta-compra. No son pocas las ocasiones en que el viajero regresa el producto al charlero calladamente. Quiere decir que estos marcadores de interacción abren, le dan continuidad y cierran este tipo de secuencias comunicativas. Oye y mira, como marcadores conversacionales, tienen en el contexto interaccional una acción de apertura y atención en el acto comunicativo estudiado. Contribuyen a fijar y mantener la atención del viajero sobre el discurso.
turno de habla inicial y poco es interrumpido; salvo cuando otro charlero se aparece repentinamente en la unidad con el mismo fin. Muchos pasajeros, casi siempre, exhiben una falsa atención, pues van concentrados en sus celulares o en otros pendientes. Tan fingida es la pose de los viajeros que los charleros se ven en la necesidad de vociferar, en tono aleccionador: Buenos días señores pasajeros, ¿quién dice… buenos días? Lo cortés no quita lo valiente. Un
saludo no se le niega a nadie. Seamos ciudadanos educados.
Además, no les voy a cobrar nada por el saludo. Así me gusta… Buenos días. Y siguen con el “Mira que sí hay”. O el: se vale llevar.
Fuentes principales
Briz, A. (2001). El español coloquial en la conversación. Esbozo de pragmagramática. Barcelona: Ariel.
Domínguez, C. (2005). Sintaxis de la lengua oral. Mérida-Venezuela: Consejo de Desarrollo Científico, Humanístico y Tecnológico/Universidad de los Andes.
Martín Zorraquino, M. y Portolés, J. (1999). Los marcadores del discurso. En: I. Bosque y V. Demonte. (coords.). Gramática descriptiva de la lengua española. Vol, 3 (4051-4214). Madrid: Espasa Calpe.