UNITATIS REDINTEGRATIO

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Texto completo

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UNITATIS REDINTEGRATIO

SOBRE EL ECUMENISMO

Con este trabajo se pretende abordar uno de los aspectos más dolorosos, delicados y escandalosos a que ha estado sometida la Iglesia a través de los siglos, cuál es la división de los cristianos por cuestiones que lastiman la conciencia, y qué tienen que ver con aspiraciones personales de algunos y desobediencias de otros, al mismo Jesús y su mandato.

Los que se apartaron de la verdad y los que no supieron contenerlos, no tuvieron noción de que lo que se dividió en la historia, es nada más y nada menos que “El Cuerpo místico de Cristo”. Unitatis Redintegratio es de un decreto del Concilio Ecuménico Vaticano II, dado en Roma el 21 de noviembre de 1964.

Como decreto, encierra directivas muy prácticas y de cumplimiento más o menos inmediato por parte de los miembros de la Iglesia Católica. Más allá de sus suaves, respetuosas y fraternas formas y redacciones, encierra un dramático llamado a cumplir con lo que el mismo Señor Jesucristo quiso para su Iglesia. No obstante nos previene contra el sincretismo, y nos exhorta a portar la verdad que se encuentra en la Iglesia Católica, y de la mano de los pastores avanzar en un diálogo abierto, sin condiciones, pero fundado en la verdad.

Todo lo que el decreto ordena, ya ha sido fundado doctrinalmente en las constituciones, por lo que en él observaremos instrucciones muy prácticas para abordar el ecumenismo.

Se trata de un documento corto. Tiene apenas 24 puntos, y casi escondido en el conjunto de pronunciamientos, nos interpela de manera particular sobre nuestra responsabilidad por la Unidad de la Iglesia de Cristo.

Consta de las siguientes partes: PROEMIO

CAPITULO I: PRINCIPIOS CATOLICOS SOBRE EL ECUMENISMO

• Unidad y unicidad de la Iglesia • Ecumenismo

CAPITULO II: LA PRÁCTICA DEL ECUMENISMO

• La unión afecta a todos • La reforma de la Iglesia • La conversión del corazón • La oración unánime

• El conocimiento mutuo de los hermanos • La formación ecumenista

• La forma de expresar y de exponer la doctrina de la fe • La cooperación con los hermanos separados

CAPITULO III: LAS IGLESIAS Y LAS COMUNIDADES ECLESIALES SEPARADAS DE LA SEDE APOSTOLICA ROMANA

I. CONSIDERACION PARTICULAR DE LAS IGLESIAS ORIENTALES

• Carácter e historia propia de los orientales • La tradición litúrgica y espiritual de los orientales • Disciplina propia de los orientales

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• Carácter propio de los orientales en la exp. de los misterios

II. LAS IGLESIAS Y COMUNIDADES ECLESIALES SEPARADAS EN OCCIDENTE

• Condición propia de estas comunidades • La confesión de Cristo

• Estudio de la Sagrada Escritura • La vida sacramental

• La vida con Cristo

CONCLUSIÓN

DESARROLLO

Daremos cuenta a Dios -en la intimidad de nuestro corazón-, sobre la importancia que tiene este tema, si consideramos el decreto en forma íntegra. No sólo su lectura, sino más bien su puesta en práctica.

Rezamos en el Credo “Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica”. No una vez, lo rezamos cotidianamente. ¿Cuántas veces a lo largo de nuestra vida?

La Iglesia nos propone rezar con más fervor por la unidad de los cristianos, disfrutando cada una de las notas del Credo.

Tanta es la importancia que tiene este tema, que nuestra Iglesia Católica, en los primeros días de cada año, dedica en forma especial, varios días a la meditación y oración por la unidad y mantiene su oración constante durante todo el año, para pedir a Dios este don de volver a ser una sola Iglesia, en todo el mundo, con un solo corazón y un solo pastor.

Es más, una de las intenciones del Papa por las que rezamos en nuestras oraciones, es por la unidad de los cristianos. Y a tal punto Juan Pablo II está vivamente interesado en el tema, que nos dio la Carta Encíclica “que todos sean uno” (sobre el ecumenismo), el 25/05/1995

Cristo quiere que todos y de modo particular los cristianos, lleguen a la unidad, en una sola Iglesia, la que Cristo fundó, aquella que permanecerá en el mundo hasta el fin de los tiempos. Decimos “creo en la Iglesia que es una....”

La unidad es nota característica de la Iglesia de Cristo y forma parte de su misterio. El Señor no fundó muchas Iglesias, sino una sola Iglesia. Nuestro Salvador le encomendó a Pedro y a los demás apóstoles su difusión y gobierno. Esta Iglesia establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él.

La solicitud constante de Jesús por la unidad de los suyos se manifestó de una manera particular en la oración de la Última Cena, que es a la vez como el testamento que nos deja a sus discípulos: “Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros... No solo ruego por ellos, sino también por los que creerán en Mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como Tú, Padre en Mí y Yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros para que el mundo crea que Tú me has enviado.”

La unidad es un don de Dios. Por eso está estrechamente ligada a la oración, a la continua conversión del corazón, y a la lucha ascética personal por ser mejores y por estar más unidos al Señor. Poco podremos hacer por la unidad de “todos” los cristianos, si no hemos logrado esta intimidad estrecha con el Señor Jesús: si realmente no estamos con Él y como Él santificados en la Verdad.

Para explicarnos la unidad interna de la Iglesia el Señor nos habló de la vid y de los sarmientos: “Yo soy la vid verdadera.” “Permaneced en Mi y Yo en vosotros.” “Como el sarmiento no puede

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dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecen en Mí.” “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos.”

La unión con Cristo fundamenta la unidad viva de los hermanos entre sí; una misma savia recorre y fortalece a todos los miembros del Cuerpo místico de Cristo.

La intimidad con Cristo crea un alma grande, capaz de fomentar la unión con todos aquellos que vamos encontrando en el camino de la vida y el modo muy particular, de estar ligados con vínculos más fuertes.

Una garantía cierta del espíritu ecuménico es ese amor con obras por la unidad interna de la Iglesia, porque ¿cómo se puede pretender que quienes no poseen nuestra fe vengan a la Iglesia Santa, si contemplan el desairado trato mutuo de los que se dicen seguidores de Cristo?

No basta llamarse católicos: es necesario estar efectivamente unidos. Se habla mucho de rehacer la unidad con los hermanos separados, y es correcto, y de eso se trata este documento, pero no debemos olvidar (decía Pablo VI), él deber de trabajar aún mas por la unidad interna de la Iglesia, tan necesaria para su vitalidad espiritual y apostólica. El espíritu de unidad se manifestará en la caridad con que tratamos a los demás católicos, en el esmero que ponemos en guardar la fe, en la delicada obediencia al Romano Pontífice y a los Obispos, en evitar todo aquello que separa y aleja.

El amor a Cristo nos debe llevar a evitar radicalmente todo lo que, aún de lejos, puedan parecer juicios o críticas negativas sobre los hermanos en la fe, y especialmente sobre aquellas personas que, por su misión o su condición en la Iglesia, están constituidas en autoridad o tienen él deber de vivir con una ejemplaridad específica. Alguna vez nos encontraremos con un mal ejemplo o con una conducta que nos parece equivocada. Procuraremos entonces comprender las razones que han llevado a esas personas a una desacertada actuación y las disculparemos, rezaremos por ellas, y cuando sea oportuno, le haremos con delicadeza que no hiere, la corrección fraterna como nos mandó el Señor. Hemos de pedir a Santa María que jamás se pueda decir de nosotros que, por la murmuración o la crítica, hemos contribuido a dañar esa unidad profunda del Cuerpo Místico de Cristo.

“Acostúmbrate a hablar cordialmente de todo y de todos; en particular, de cuantos trabajan en el servicio de Dios.” “Y cuando no sea posible, ¡calla!; también los comentarios bruscos o desenfadados pueden rayar en la murmuración o en la difamación”, nos enseñaba San José M. Escrivá de Balaguer.

Así unidos internamente, el Espíritu Santo impulsa a todos los cristianos a realizar múltiples esfuerzos para llegar a la plenitud de la unidad deseada por Cristo y participar activamente del diálogo ecuménico. Es Él quien promueve los deseos del diálogo ecuménico para alcanzar esta unión. Pero este diálogo, para que tenga razón de ser, es necesario que tienda a la verdad y que se fundamente en ella. No es un simple diálogo con intercambio de opiniones y sus soluciones. Debe expresar con claridad y nitidez las verdades que Cristo dejó en depósito al Magisterio de la Iglesia, las únicas que pueden salvar. El diálogo debe explicar el contenido y el significado de los dogmas, y a la vez fomentar en las almas un mayor deseo de seguir de cerca a Cristo, y de crecer en su santidad personal.

La verdad del cristiano es sanadora porque no es el resultado de profundas reflexiones humanas, sino fruto de la revelación de Jesucristo, confiada a los apóstoles y a sus sucesores, el Papa y los Obispos, transmitida por la Iglesia como por un canal divino, con la asistencia constante del Espíritu Santo. Cada generación recibe el depósito de la fe, el conjunto de verdades reveladas por Cristo y lo transmite íntegro a la siguiente, y hasta el fin de los tiempos. “Guarda el depósito a ti confiado”, escribía San Pablo a Timoteo.

La verdad ha de presentarse en su integridad, sin falsos compromisos, pero de una manera amable, nunca agria ni molesta, ni impuesta a la fuerza o con violencia. Con independencia de que alguien esté o no equivocado, aún cuando se le haga una crítica legítima, toda persona tiene derecho a que se la mire con respeto y a que se la valore en lo que haya de positivo en sus ideas o en su conducta. No debemos juzgar a nadie, y mucho menos condenar.

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La misma caridad que nos impulsa a mantenernos firmes en la fe, nos lleva también a querer a las personas, a comprender, a disculpar, a dejar actuar la gracia de Dios, que no fuerza ni quita la libertad de las almas.

El primado del Papa (el primado de Pedro) es garantía de la unidad de los cristianos y cauce por el que debe desarrollarse el verdadero ecumenismo. La devoción y el amor al Papa constituyen para los católicos un distintivo único que compromete el testimonio de una fe vivida hasta sus últimas consecuencias. El Papa es para nosotros la tangible presencia de Jesús -“es el dulce Cristo en la tierra”- y nos mueve a quererlo, y a oír esa voz del maestro interior que habla en nosotros y nos dice: “Este es mi elegido, escuchadlo”, pues el Papa hace las veces de Cristo mismo, Maestro, Pastor y Pontífice y actúa en su lugar.

Nota: Algunos de los párrafos precedentes fueron tomados y resumidos del libro “Hablar con Dios” (tomo 6) de Francisco Fernández Carvajal, ediciones Palabra, Madrid, 1987.

PUNTOS DESTACADOS DEL DOCUMENTO

1. Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los fines principales que se ha propuesto el Sacrosanto Concilio Vaticano II, puesto que única es la Iglesia fundada por Cristo Señor, aún cuando son muchas las comuniones cristianas que se presentan a los hombres como la herencia de Jesucristo.

En este movimiento de unidad, llamado ecuménico, participan los que invocan al Dios Trino y confiesan a Jesucristo como Señor y Salvador, y esto lo hacen no solamente por separado, sino también reunidos en asambleas en las que conocieron el Evangelio y a las que cada grupo llama Iglesia suya y de Dios.

2. La caridad de Dios hacia nosotros se manifestó en que el Hijo Unigénito de Dios fue enviado al mundo por el Padre, para que, hecho hombre, regenerara a todo el género humano con la redención y lo redujera a la unidad.

Cristo, antes de ofrecerse a sí mismo en el ara de la cruz como víctima inmaculada, oró al Padre por los creyentes, diciendo: "Que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mi y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros, y el mundo crea que Tú me has enviado", e instituyó en su Iglesia el admirable sacramento de la Eucaristía, por medio del cual se significa y se realiza la unidad de la Iglesia.

Para el establecimiento de ésta, su santa Iglesia en todas partes y hasta el fin de los tiempos, confió Jesucristo al Colegio de los Doce el oficio de enseñar, de regir y de santificar. De entre ellos destacó a Pedro, sobre el cual determinó edificar su Iglesia, después de exigirle la profesión de fe; a él prometió las llaves del reino de los cielos y previa la manifestación de su amor, le confió todas las ovejas, para que las confirmara en la fe y las apacentara en la perfecta unidad, reservándose Jesucristo el ser El mismo para siempre, la piedra fundamental y el Pastor de nuestras almas.

El modelo supremo y el principio de este misterio es la unidad de un solo Dios en la Trinidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

3. ...de entre el conjunto de elementos o bienes con que la Iglesia se edifica y vive, algunos, o mejor, muchísimos y muy importantes pueden encontrarse fuera del recinto visible de la Iglesia católica:...

Los hermanos separados practican no pocos actos de culto de la religión cristiana, los cuales, de varias formas, según la diversa condición de cada Iglesia o comunidad, pueden, sin duda alguna, producir la vida de la gracia, y hay que confesar que son aptos para dejar abierto el acceso a la comunión de la salvación.

Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y comunidades separadas tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la Iglesia.

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4. Este Sacrosanto Concilio exhorta a todos los fieles católicos a que, reconociendo los signos de los tiempos, cooperen diligentemente en la empresa ecuménica.

Por “movimiento ecuménico" se entiende el conjunto de actividades y de empresas que, conforme a las distintas necesidades de la Iglesia y a las circunstancias de los tiempos, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos. ..."el diálogo" (es) entablado entre peritos y técnicos en reuniones de cristianos de las diversas Iglesias o comunidades, y celebradas en espíritu religioso.

Por medio de este diálogo, todos adquieren un conocimiento más auténtico y un aprecio más justo de la doctrina y de la vida de cada comunión;..., las diversas comuniones consiguen una más amplia colaboración en todas las obligaciones exigidas por toda conciencia cristiana en orden al bien común y, en cuanto es posible, participan en la oración unánime.

Todo esto, realizado prudente y pacientemente por los fieles de la Iglesia Católica, bajo la vigilancia de los pastores, conduce al bien de la equidad y de la verdad, de la concordia y de la colaboración, del amor fraterno y de la unión;...

Los fieles católicos han de ser, sin duda, solícitos de los hermanos separados en la acción ecumenista, orando por ellos, hablándoles de las cosas de la Iglesia, dando los primeros pasos hacia ellos. Pero deben considerar también por su parte con ánimo sincero y diligente, lo que hay que renovar y corregir en la misma familia católica, para que su vida de más fiel y claro testimonio de la doctrina y de las normas dadas por Cristo a través de los Apóstoles.

6. Puesto que toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación, por eso sin duda, hay un movimiento que tiende hacia la unidad.

7. El verdadero ecumenismo no puede darse sin la conversión interior. En efecto, los deseos de la unidad surgen y maduran de la renovación del alma, de la abnegación de sí mismo y de la efusión generosa de la caridad.

8. Esta conversión del corazón y santidad de vida, juntamente con las oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y con razón puede llamarse ecumenismo espiritual.

Sin embargo, no es lícito considerar la comunicación en las funciones sagradas como medio que pueda usarse indiscriminadamente para restablecer la unidad de los cristianos.

11. Es totalmente necesario que se exponga con claridad toda la doctrina. Nada es tan ajeno al ecumenismo como el falso irenismo que pretendiera desvirtuar la pureza de la doctrina católica y obscurecer su genuino y verdadero sentido.

15. Tengan todos presente que el conocer, venerar, conservar y favorecer el riquísimo patrimonio litúrgico y espiritual de los orientales es de una gran importancia para conservar fielmente la plenitud de la tradición cristiana y para conseguir la reconciliación de los cristianos orientales y occidentales.

17. Lo que antes hemos dicho acerca de la legítima diversidad, nos es grato repetirlo también de la diversa exposición de la doctrina teológica, puesto que en el Oriente y en el Occidente se han seguido diversos pasos y métodos en la investigación de la verdad revelada y en el reconocimiento y exposición de lo divino. No hay que sorprenderse, pues, de que algunos aspectos del misterio revelado a veces se hayan captado mejor y se hayan expuesto con más claridad por unos que por otros, de manera que hemos de declarar que las diversas fórmulas teológicas, más que oponerse entre sí, se completan y perfeccionan unas a otras.

19. Las Iglesias y comunidades eclesiales que se disgregaron de la Sede Apostólica Romana, bien en aquella gravísima perturbación que comenzó en el Occidente ya a finales de la Edad Media, bien en tiempos sucesivos, están unidas con la Iglesia Católica por una afinidad de lazos y obligaciones peculiares por haber desarrollado en los tiempos pasados una vida cristiana multisecular en comunión eclesiástica.

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21. El amor, la veneración y casi culto a las Sagradas Escrituras conducen a nuestros hermanos separados al estudio constante y solícito de la Biblia, pues el Evangelio "es poder de Dios para la salud de todo el que cree, del judío primero, pero también del griego" (Rom., 1,16).

Pero cuando los hermanos separados reconocen la autoridad divina de los sagrados libros sienten -cada uno a su manera-, diversamente de nosotros en cuanto a la relación entre las Escrituras y la Iglesia, en la cual, según la fe católica, el magisterio auténtico tiene un lugar especial en orden a la exposición y predicación de la palabra de Dios escrita.

22. El bautismo,...., constituye un poderoso vínculo sacramental de unidad entre todos los que con él se han regenerado. Sin embargo, el bautismo por sí mismo es tan sólo un principio y un comienzo, porque todo él se dirige a la consecución de la plenitud de la vida en Cristo.

23. La vida cristiana de estos hermanos se nutre de la fe en Cristo y se robustece con la gracia del bautismo y con la palabra de Dios oída. Se manifiesta en la oración privada, en la meditación bíblica, en la vida de la familia cristiana y en el culto de la comunidad congregada para alabar a Dios. Por lo demás, su culto muchas veces presenta elementos claros de la antigua Liturgia común.

24. Este Sagrado Concilio exhorta a los fieles a que se abstengan de toda ligereza o imprudente celo, que podrían perjudicar al progreso de la unidad. Su acción ecuménica ha de ser plena y sinceramente católica, es decir, fiel a la verdad recibida de los Apóstoles y de los Padres y conforme a la fe, que siempre ha profesado la Iglesia católica,...

Este Sagrado Concilio desea ardientemente que los proyectos de los fieles católicos progresen en unión con los proyectos de los hermanos separados, sin que se pongan obstáculos a los caminos de la Providencia y sin prejuicios contra los impulsos que puedan venir del Espíritu Santo. Además, se declara conocedor de que este santo propósito de reconciliar a todos los cristianos en la unidad de la única Iglesia de Jesucristo excede las fuerzas y la capacidad humana. Por eso pone toda su esperanza en la oración de Cristo por la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros y en la virtud del Espíritu Santo. "Y la esperanza no quedará fallida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por la virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Cf.Rom., 5,5).

PARA ORAR

En común: Realizar un encuentro de oración en donde, con los misterios de luz del Santo Rosario pidamos a Dios por la unidad de los cristianos.

Individualmente: Considerar con la mente y el corazón, de manera muy especial cada vez que rezamos el Santo Rosario y en el momento de las intenciones por el Papa: la unidad de los cristianos como una de las grandes preocupaciones de la Iglesia.

PARA ACTUAR

Proponer actividades de estudio y meditación, para conocer en qué se diferencian los hermanos separados de la Iglesia Católica.

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