FUENTES Textos Libros Opus Dei
Padres de la Iglesia
ABCDEFGHIJLMOPQRSTZ
AgustínAkathistosAmbrosioAmmonasAnastasio SinaítaAndrés de Creta AntonioArístidesAtanasioAtenágoras
BasilioBernabé
CeferinoCesáreo de Arlés CiprianoCirilo de AlejandríaCirilo de Jerusalén Clemente de AlejandríaClemente RomanoCromacio de Aquileya
DidachéDoroteo
Efrén de SiriaEvagrio Póntico Fulgencio de Ruspe
Germán de ConstantinoplaGregorio de NisaGregorio MagnoGregorio Nacianceno
Hilario de PoitiersHipólito
Ignacio de AntioquíaIldefonso de ToledoIreneoIsidoro de Sevilla
JerónimoJuan ClímacoJuan CrisóstomoJuan DamascenoJuan Mandakuni Juan SolitarioJustino
LactancioLeón Magno
Máximo de TurínMáximo el ConfesorMelitón de Sardes Orígenes
Paciano de BarcelonaPacomioPastor de HermasPedro CrisólogoPolicarpo Qumram
Regla de los PadresRomano Cantor
Salviano de MarsellaSanta PascuaSantiago de SarugSecunda Clementis Sofronio de Jerusalén
TacianoTeodoto de AnciraTeófilo de AntioquíaTertuliano Zenón de Verona
Agustín
Las Confesiones Regla
La búsqueda de Dios El encuentro con Dios Elogio de la caridad Invocación al Señor Las virtudes morales Cómo pedir a Dios Cuando Cristo pasa
Lo extraordinario de lo ordinario Vivir la pureza en todos los estados El servicio episcopal
La fe de Maria
Plegaria a la Santísima Trinidad
Textos breves: Dios, felicidad del hombre Textos breves: Tentaciones
Sermones 51-77C Sermones 78-116 Akathistos María en el Evangelio Ambrosio El Cuerpo de Cristo El martirio interior La misericordia divina Sobre la amistad Ammonas Carta 1 Carta 2 Carta 3 Carta 4 Carta 5 Carta 6 Carta 7 Carta 8 Carta 9 Carta 10 Carta 11 Anastasio Sinaíta
Para comulgar dignamente
Andrés de Creta Homilias marianas Madre inmaculada Antonio Cartas a Teodoro Carta 1 Carta 2 Carta 3 Carta 4 Carta 5 Carta 5bis Carta 6 Carta 7 Arístides
Apología
Atanasio
La Trinidad
Sobre la interpretación de los salmos
Atenágoras
Dios uno y trino
La vida de los cristianos
Basilio
Atiende a ti mismo Ayuno
Configurarse con Cristo
En honor de San Barlaam, mártir Homilía a los ricos
Iracundos
La acción del Espíritu Santo La embriaguez
La envidia
Recogimiento interior Trabajo
Bernabé, epístola
Los dos caminos Fe
Ceferino
Epístola a los obispos de Egipto
Cesáreo de Arlés
Templos de Dios Misericordia
Exposición del Apocalipsis: Introducción y Ap 1, Ap 2, Ap 3-4, Ap 4, Ap 5, Ap 6, Ap 6-8, Ap 9-10, Ap 10-11, Ap 11-12, Ap 12-13, Ap 13-14,
Ap 15-16, Ap 16-17, Ap 17, Ap 17-18, Ap 18-20, Ap 19-22, Ap 20, Ap 21-22
Cipriano
Tratado sobre el Padrenuestro En la persecución de Decio
Sobre los lapsi
Sobre los méritos de un confesor A Suceso
Ante la nueva persecución El hombre nuevo
La Iglesia La eucaristía
El sentido de nuestra oración Las Maravillas del Bautismo Una sola Iglesia
Frutos de la paciencia Sin miedo a la muerte
Cirilo de Alejandría
Cristo nos trae el Espíritu Santo Dios te salve, María
Madre de Dios
Fe en la palabra de Dios
Cirilo de Jerusalén, Catequesis
Procatequesis
I: Invitación al bautismo II: Invitación a la conversión III: El bautismo
IV: Los diez dogmas V: La fe
VI: El señorío del Dios único VII: Dios padre
VIII: Omnipotencia y providencia de Dios IX: Dios creador de todas las cosas X: Un solo Señor Jesucristo
XI: El Hijo unigénito de Dios XII: La encarnación de Cristo XIII: Cristo crucificado y sepultado
XIV: Resurrección y ascensión de Jesucristo XV: La segunda venida de cristo
XVI: El Espíritu Santo (I) XVII: El Espíritu Santo (II)
XVIII: La resurrección universal, la Iglesia católica, la vida eterna XIX (mistagógica I): El sentido de los ritos bautismales realizados (I) XX (mistagógica II): El sentido de los ritos bautismales realizados (II) XXI (mistagógica III): La unción con el crisma
XXII (mistagógica IV): El cuerpo y la sangre del Señor XXIII (mistagógica V): La celebración de la Eucaristía
Clemente de Alejandría
Stromata Protréptico
El valor de las riquezas Ejemplo de buen Pastor
Clemente Romano
Corinto
Santidad, fe y obras
Miembros de un mismo Cuerpo
Cromacio de Aquileya
Las Bienaventuranzas
Didaché
Enseñanza de los doce Apóstoles
Doroteo, Conferencias 1: Renunciamiento 2: Humildad 3: La conciencia 4: Temor de Dios 5: Juzgar al prójimo 6: Juzgar al prójimo 7: La acusación de sí mismo 8: Rencor 9: Mentira 10: Camino 11: Pasiones 12: Salvación 13: Tentaciones 14: Virtudes 15: Ayunos 16: Pascua 17: Mártires Efrén de Siria Madre admirable La Anunciación de la Virgen Eva y María
La canción de cuna de María Himno en contra de Bar - Daisan Epístola a un discípulo
Evagrio Póntico, Sobre los ocho vicios malvados
Gula Lujuria Avaricia Ira Tristeza Acedia
Vanagloria Soberbia Fulgencio de Ruspe El Sacrificio de Cristo Germán de Constantinopla Madre de la gracia Gregorio Magno Ángeles
En la Resurrección del Señor Los bienes de la enfermedad A la gloria por el esfuerzo
Gregorio Nacianceno
Tres luces que son una Luz Dios y Hombre verdadero Virtudes cristianas
Reconocer los dones de Dios
Homilías sobre la Natividad: 383940
Gregorio de Nisa
El hombre, señor de la creación ¿Qué significa ser cristiano?
La meta divina y la vida conforme a la verdad: La meta divina
La vida común
Hilario de Poitiers
Homilía sobre el Salmo 130 Las armas del apóstol
Hipólito
El Verbo encarnado nos hace semejantes a Dios Plegaria Eucarística
Ignacio de Antioquía
El ansia de alcanzar a Cristo Jesucristo
La Eucaristía
Camino del martirio Unión con la Cabeza
Los rasgos del buen Pastor Carta a los Efesios
Ildefonso de Toledo
Honrar a María
Ireneo
No hay más que un solo Dios
El designio creador y salvador de Dios
Cristo, manifestación del Padre y salvación humana El Espíritu Santo
El hombre, objeto de la salvación de Dios La Fe
La Iglesia La Eucaristía Escatología
Isidoro de Sevilla
Cómo leer la palabra de Dios Las obras de misericordia
Jerónimo
Comentario a Mc: III IIIIVVVIVIIVIIIIXX
Juan Clímaco
El diálogo con Dios
Juan Crisóstomo
Ley natural
Lectura frecuente de la Sagrada Escritura La pelea del cristiano
Como sal y como luz Recomenzar
Dignidad del sacerdocio
Catequesis Bautismales: 123456789101112
Evangelio de San Mateo, homilías: I-IXX-XXXVIXXXVII-LXVII
Juan Damasceno
El jardín de la Sagrada Escritura La fuerza de la Cruz
Asunción. Madre de la gloria
Juan Mandakuni
Cómo acercarse al Santísimo Sacramento
Juan Solitario
Carta a Hesiquio
Justino
La La educación de los hijosverdadera sabiduría Las obras del cristiano
Como los Apóstoles nos enseñaron El cristianismo y la filosofía
Lactancio
Solidaridad entre los hombres
León Magno
A imagen de Dios
La Encarnación del Señor Nacimiento virginal de Cristo Infancia espiritual
Un combate de santidad
Máximo el Confesor
El consuelo de la Iglesia
Máximo de Turín
Dar gracias a Dios Hacerse como niños
Melitón de Sardes
La novedad del Verbo hecho hombre La vieja y la nueva Pascua
Las figuras del Antiguo Testamento El pecado del hombre
El designio salvador Sentido de la Pascua
Comentario al Cantar de los Cantares Prólogo Libro primero Libro segundo (1) Libro segundo (2) Libro tercero (1) Libro tercero (2) Libro cuarto
Homilías sobre el Éxodo: 12345678910111213
Paciano de Barcelona La justificación en Jesucristo Pacomio Regla Prefacio Prescripciones Instituciones Sentencias Leyes Catequesis Pastor de Hermas
Piedras para construir la Iglesia Los dos ángeles
El mensaje de penitencia Riqueza y pobreza Discernimiento de espíritus Pedro Crisólogo La oración dominical El sacrificio espiritual Tocar a Cristo con fe
Policarpo
Testimonio de Ireneo Carta a los de Filipos Consejos de un Pastor El martirio de Policarpo Carta a los Filipenses
Qumram
Nuevos Prueba Formación Corrección fraterna Comida Reunión Penas Escatológica Ritual Salmo 12345678910 Oración final
Regla de los Padres
Prólogo Concordia Obediencia Superior
Admisión de los candidatos Huéspedes Silencio Ayuno Trabajo Servicios comunes Asuntos varios Conclusión Romano Cantor
Las bodas de Caná Madre dolorosa
Salviano de Marsella
Los preceptos del Señor
Santa Pascua
Los frutos de la Pasión
Santiago de Sarug
Sede de todas las gracias
Secunda Clementis
Cumplir la Voluntad de Dios
Ave María
Taciano
El Verbo y su generación
La resurrección de los cuerpos y la inmortalidad del alma Los cristianos y el emperador
Tertuliano
La pasión por la verdad
La tradición apostólica, regla de fe Dios creador y redentor
La Trinidad
El hombre pecador
Sacramentos y vida cristiana Fraternidad
Por qué confesar los pecados Oración
Felicidad del matrimonio cristiano Tratado de la paciencia
Paciencia de Dios con los hombres Paciencia de Cristo
Paciente sumisión a Dios
Origen y males de la impaciencia La paciencia, crisol de la fe
La paciencia y los bienes temporales La paciencia enseña a soportar las injurias La paciencia atempera el dolor ante la muerte La paciencia, enemiga de la venganza
La paciencia, madre de todas las virtudes
La paciencia al servicio de la paz y de la penitencia De la paciencia del alma a la paciencia del cuerpo Grandes modelos de paciencia
Elogio y semblanza de la paciencia
Diferencia entre la paciencia pagana y la cristiana Exhortación a los Mártires
Necesidad de la concordia La cárcel del mundo
La cárcel, palestra de la victoria Ejemplos paganos de heroicidad Lección de los juegos
Los padecimientos de la vida
Teodoto de Ancira
Lección de Navidad
Dios uno y trino El pecado de Adán
Zenón de Verona
AKATHISTOS
María en el Evangelio
(Himno Akathistos, I parte, estrofas 1 - 12)
1. El más excelso de los ángeles fue enviado desde el Cielo para decir ?Ave? a la Madre de Dios. Al transmitir su incorpóreo saludo, viéndote hecho hombre en Ella, Señor, extasiado el ángel, de este modo a la Madre aclamó: Ave, por ti
resplandecen los gozos, Ave, por ti se disuelve el dolor, Ave, rescate del llanto de Eva, Ave, salud de Adán que cayó. Ave, Tú cima sublime a humano intelecto, Ave, Tú abismo insondable a mirada de ángel, Ave, Tú llevas a Aquél que todo sostiene, Ave, Tú eres la sede del trono real. Ave, oh estrella que al Astro precedes, Ave, morada del Dios que se encarna, Ave, por ti se renueva el creado, Ave, por ti se hace niño el Señor. ¡Ave, Virgen y Esposa!
2. Bien sabía María que era Virgen sagrada, y por eso respondió a Gabriel: ?Tu singular mensaje se muestra incomprensible a mi alma, pues anuncias un parto de virginal seno, exclamando: ¡Aleluya!? Aleluya, aleluya, aleluya!
3. Ansiaba la Virgen comprender el misterio, y preguntaba al Mensajero divino: ?¿Podrá mi seno virginal dar a luz un hijo? ¡Dímelo!?. Y aquél, reverente,
aclamándola, así respondió: Ave, presagio de excelsos designios, Ave, Tú prueba de arcano misterio, Ave, prodigio primero de Cristo, Ave, compendio de toda verdad. Ave, oh escala celeste que baja el Eterno,
Ave, oh puente que llevas los hombres al Cielo, Ave, de coros celestes cantado portento,
Ave, oh azote que ahuyenta a la horda infernal Ave, la Luz inefable has portado,
Ave, Tú el ?modo? a nadie has contado, Ave, la ciencia de sabios trasciendes, Ave, Tú enciendes al fiel corazón ¡Ave, Virgen y esposa!
4. La Virtud del Altísimo cubrió con su sombra e hizo Madre a la Virgen que no conocía varón: aquel seno, hecho fecundo desde lo Alto, se convirtió en campo ubérrimo para todos los que quieren alcanzar la salvación, cantando de esta manera: ¡Aleluya! ¡Aleluya, aleluya, aleluya!
5. Con el Señor en su seno, presurosa, María subió a la montaña y habló con Isabel. El pequeño Juan, en el vientre de su madre, oyó el virginal saludo y exultó; saltando de gozo, cantaba a la Madre de Dios: Ave, sarmiento del más santo Brote, Ave, renuevo de un Fruto sin mancha, Ave, das vida al Autor de la vida, Ave,
cultivas a tu Agricultor. Ave, Tú campo que muestras las más ricas gracias, Ave, Tú mesa que ofreces los dones mejores, Ave, un pronto refugio a los fieles preparas, Ave, un pasto agradable Tú haces brotar. Ave, Tú incienso agradable de súplicas, Ave, del mundo suave perdón, Ave, clemencia de Dios con el hombre,
Ave, confianza del hombre con Dios. ¡Ave, Virgen y Esposa!
6. Con el corazón turbado y encontrados pensamientos, el sabio José se agitaba en la duda; admirándote intacta, sospecha esponsales secretos, oh Inmaculada! Y cuando te supo Madre por obra de Espíritu Santo, exclamó: ¡Aleluya! ¡Aleluya, aleluya, aleluya! 7. Los pastores oyeron los coros de los ángeles que cantaban a Cristo, bajado entre nosotros. Corriendo a ver al Pastor, lo contemplan como cordero inocente, que se nutre al pecho de la Virgen, y cantan así: Ave, Tú Madre del Pastor - Cordero, Ave, recinto del rebaño fiel, Ave, defensa de fieras malignas, Ave, guardiana de la eternidad. Ave, por ti con la tierra exultan los cielos, Ave, por ti con los cielos se goza la tierra, Ave, voz eres perenne de Apóstoles santos, Ave, de Mártires fuertes invicto valor. Ave, potente sustento de fe, Ave, de gracia
esplendente pendón, Ave, por ti fue expoliado el infierno, Ave, por ti nos vestimos de honor. ¡Ave, Virgen y Esposa!
8. Observando la estrella que guiaba al Eterno, los Magos siguieron su fulgor. Fue luminaria segura para ir en busca del Poderoso, del Señor. Y alcanzando al Dios inalcanzable, lo aclaman felices: ¡Aleluya! ¡Aleluya, aleluya, aleluya!
9. Los Magos contemplaron en los brazos maternos al Sumo Hacedor del hombre. Sabiendo que era el Señor, aunque bajo la apariencia de siervo, premurosos le ofrecieron sus dones, diciendo a la Madre bienaventurada:
Ave, oh Madre del Astro perenne, Ave, aurora del místico día,
Ave, las fraguas de errores Tú apagas,
Ave, conduces con tu brillo a Dios. Ave, al odioso tirano arrojaste del trono, Ave, Tú a Cristo nos das, clemente Señor, Ave, rescate Tú eres de ritos nefandos, Ave, Tú eres quien salvas del cieno opresor. Ave, Tú el culto del fuego destruyes, Ave, Tú extingues la llama del vicio, Ave, Tú enseñas la ciencia al creyente, Ave, Tú gozo de todas las gentes. ¡Ave, Virgen y Esposa!
10. Pregoneros de Dios fueron los Magos en el camino de vuelta. Cumplieron tu vaticinio y te predicaban, oh Cristo, a todos, sin preocuparse de Herodes, el necio, que era incapaz de cantar: ¡Aleluya! ¡Aleluya, aleluya, aleluya!
11. Iluminando Egipto con el esplendor de la verdad, arrojaste las tinieblas del error, porque los ídolos de entonces, Señor, debilitados por la fuerza divina, cayeron. Y los hombres, salvados, aclamaban a la Madre de Dios: Ave, desquite del género humano, Ave, derrota del reino infernal, Ave, Tú aplastas mentiras y errores, Ave, Tú muestras la gran falsedad. Ave, Tú mar que devoras al gran Faraón, Ave, Tú roca que manas el Agua de Vida, Ave, columna de fuego que guías de noche, Ave, refugio del mundo cual nube sin par. Ave, dadora del maná celeste, Ave, nodriza de los gozos santos, Ave, Tú místico hogar prometido, Ave, de leche y de miel
manantial. ¡Ave, Virgen y Esposa!
12. El viejo e inspirado Simeón estaba a punto de dejar este mundo engañoso. Fuiste dado a él como párvulo, pero en ti reconoció al perfecto Señor; y estupefacto, admirando la divina Sabiduría, exclamó: ¡Aleluya! ¡Aleluya, aleluya, aleluya!
SAN AMBROSIO
El Cuerpo de Cristo El martirio interior La misericordia divina Sobre la amistadEl Cuerpo de Cristo
(Los sacramentos, 4, 5 - 9, 14, 21 - 25)Os aproximáis al altar. Nada más comenzar a venir, los ángeles os han mirado. Han visto que os acercáis al altar, y vuestra condición humana, que antes estaba
manchada por la oscura fealdad de los pecados, la han visto súbitamente brillar. Y así se han preguntado: ¿quién es ésta que sube del desierto llena de blancura? (Ct 8, 5). Los ángeles se admiran; ¿quieres saber cuál es la causa de su admiración? Escucha al Apóstol Pedro decir que se nos ha dado aquello que los mismos ángeles desean contemplar (cfr. 1R 1, 12). Escucha de nuevo: lo que ojo no vio - dice - , ni oído oyó, eso es lo que Dios ha preparado para los que le aman (1Co 2, 9)
Considera atentamente lo que has recibido. El santo profeta David vio esta gracia en figura, y la deseó. ¿Quieres saber cómo la ha deseado? Óyele decir de nuevo: aspérgeme con hisopo y quedaré limpio, lávame y seré más blanco que la nieve (Sal 51, 9). ¿Por qué? Porque la nieve, aunque sea blanca, muy a menudo está manchada por algún tipo de suciedad, y se afea; pero la gracia que tú has recibido, mientras la conserves tiene una duración sin fin
Te acercabas, pues, lleno de deseos por haber visto tal gracia; venías al altar, lleno de deseos, para recibir el sacramento. Tu alma dice: me acercaré al altar de mi Dios, al Dios que llena de alegría mi juventud (Sal 43, 4). Te has despojado de la vejez de los pecados y te has revestido de la juventud de la gracia. Esto te lo otorgaron los celestes sacramentos. Escucha otra vez a David, que dice: se
renovará tu juventud como la del águila (Sal 103, 5). Te has convertido en un águila ágil que se lanza hacia el cielo despreciando lo que es de la tierra. Las buenas águilas rodean el altar: porque allí donde está el cuerpo, allí se congregan las águilas (Mt 24, 28). El altar representa el cuerpo, y el cuerpo de Cristo está sobre el altar. Vosotros sois águilas rejuvenecidas por la limpieza de las faltas
Te has aproximado al altar, has fijado tu mirada sobre los sacramentos colocados encima del altar, y te has sorprendido al ver que es cosa creada, y además, cosa creada común y familiar
Quizá diga alguno: Dios hizo una gran merced a los judíos, dándoles el maná llovido del cielo; ¿qué ha dado de más a sus fieles? ¿Qué ha dado de más a quienes tantas cosas había prometido?
(...) Quizá dices: este pan que me da a mí es un pan ordinario. Y no. Este pan es pan antes de las palabras sacramentales; mas una vez que recibe la consagración, de pan se cambia en la carne de Cristo. Vamos a probarlo. ¿Cómo puede el que es pan ser cuerpo de Cristo? Y la consagración, ¿con qué palabras se realiza y quién las dijo? Con las palabras que dijo el Señor Jesús. En efecto, todo lo que se dice antes son palabras del sacerdote: alabanzas a Dios, oraciones en las que se pide por el pueblo, por los reyes, por los demás hombres; pero en cuanto llega el momento de confeccionar el sacramento venerable, ya el sacerdote no habla con sus palabras sino que emplea las de Cristo. Luego es la palabra de Cristo la que realiza este sacramento
Dice el sacerdote: concédenos que esta oblación sea aprobada espiritual,
agradable, porque es figura del cuerpo y de la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, El cual, la víspera de su Pasión, tomó el pan en sus santas manos, elevó sus ojos al cielo, hacia Ti, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, dando gracias, lo bendijo, lo partió, y una vez partido, lo dio a sus apóstoles y discípulos diciendo: ?tomad y comed todos de él porque esto es mi cuerpo, que será quebrantado en favor de muchos?
Presta atención. De igual manera, tomó también el cáliz después de cenar, la víspera de su Pasión, levantó los ojos al cielo, hacia Ti, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, lo bendijo dando gracias y lo dio a sus apóstoles y discípulos diciendo: ?tomad y bebed todos de él, porque ésta es mi sangre?.
Observa que todas estas palabras son del Evangelista hasta el tomad, ya el cuerpo, ya la sangre; mas a partir de ahí, las palabras son de Cristo: tomad y bebed todos de él, porque ésta es mi sangre
Observa cada detalle. Se dice: la víspera de su Pasión, tomó el pan en sus santas manos. Antes de la consagración es pan; mas apenas se añaden las palabras de Cristo, es el cuerpo de Cristo. Por último, escucha lo que dice: tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo. Y antes de las palabras de Cristo, el cáliz está lleno de vino y agua; pero en cuanto las palabras de Cristo han obrado, se hace allí
presente la sangre de Cristo, que redimió al pueblo. Ved, pues, de cuántas maneras la palabra de Cristo es capaz de transformarlo todo. Pues si el Señor Jesús, en persona, nos da testimonio de que recibimos su cuerpo y su sangre, ¿acaso debemos dudar de la autoridad de su testimonio?
Vuelve ya conmigo al tema que tratábamos. Cosa grande es, ciertamente, y digna de veneración, que sobre los judíos lloviese maná del cielo Pero reflexiona: ¿qué es más grande, el maná del cielo o el cuerpo de Cristo? Sin lugar a dudas, el cuerpo de Cristo, que es el Autor del cielo. Además, el que comió el maná murió; pero el que comiere este cuerpo recibirá el perdón de sus pecados y no morirá eternamente Luego no sin razón dices: amén, confesando ya en espíritu que recibes el cuerpo de Cristo. Cuando te presentas a comulgar, el sacerdote te dice: el cuerpo de Cristo. Y tú respondes: amén, es decir: así es en verdad. Lo que la lengua confiesa, la
convicción lo guarde
El martirio interior
(Exposición sobre el Salmo 118, XX 45 - 48, 51)
Muchos me persiguen y me afligen: pero no me he apartado de tus mandamientos (Sal 119, 157)
Los peores perseguidores no son los que se manifiestan como tales, sino aquellos que no se ven. ¡Y de éstos hay muchos! Pues del mismo modo que un rey
perseguidor ordenaba muchos mandatos de acosamiento y los hostigadores se desparramaban por todas las provincias y ciudades, el diablo lanza a muchos de sus ministros, para que persigan a todas las almas, no sólo por fuera sino también por dentro
De estas persecuciones se dijo: todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo, sufrirán persecución (2Tm 3, 12). El Apóstol escribió todos; no exceptuó ninguno. Pues, ¿quién puede ser exceptuado cuando el mismo Señor toleró las tentativas de persecución? Persigue la avaricia; persigue la ambición; persigue la lujuria; persigue la soberbia y persiguen los placeres de la carne. No olvides que el Apóstol dijo: huid de la fornicación (1Co 6, 18). ¿Y de qué huyes, sino de aquello que te persigue?: el mal espíritu de la lujuria, el mal espíritu de la avaricia, el mal espíritu de la soberbia Los perseguidores temibles son aquellos que, sin el terror de la espada, destruyen
con frecuencia el espíritu del hombre; aquellos que, más con halagos que con espanto, someten las almas de los fieles. Éstos son los enemigos de los que te debes guardar, éstos son los tiranos más peligrosos, por los que Adán fue vencido. Muchos, coronados en públicas persecuciones, cayeron en estas persecuciones ocultas. Por fuera, dijo el Apóstol, luchas; por dentro, temores (2Co 7, 5)
Adviertes qué duro es el combate que hay en el interior del hombre, para que se bata consigo mismo y luche contra sus pasiones. El mismo Apóstol vacila, duda, es atenazado y manifiesta que está sujeto a la ley del pecado y reducido por su cuerpo de muerte, y no podría evadirse, si no fuera liberado por la gracia de Cristo Jesús (cfr. Rm 7, 23 - 25)
Y del mismo modo que hay muchas persecuciones, así también hay muchos martirios. Todos los días eres testigo de Cristo. Eres mártir de Cristo si sufriste la tentación del espíritu de lujuria, pero, temeroso del futuro juicio de Cristo, no pensaste en profanar la pureza del alma y del cuerpo
Eres mártir de Cristo si fuiste tentado por el espíritu de la avaricia para apoderarte de los bienes de los inferiores o no respetar los derechos de las viudas indefensas, pero juzgaste que era mejor alcanzar la riqueza por la contemplación de los
preceptos divinos, que cometer la injusticia. Cristo quiere estar cerca de tales testigos, según está escrito: aprended a obrar el bien, buscad lo justo, respetad al agraviado, haced justicia al huérfano, y amparad a la viuda: venid y entendámonos (Is 1, 17 - 18)
Eres mártir de Cristo si fuiste tentado por el espíritu de soberbIa, pero viendo al débil y desvalido, te compadeciste con piadoso espíritu, y amaste la humildad más que la arrogancia. Y aún más si diste testimonio no sólo de palabra, sino también con obras. Pues ¿quién es testigo más fiel, que aquél que confiesa que el Señor Jesús se ha encarnado, al tiempo que guarda los preceptos del Evangelio? Porque quien escucha y no pone por obra, niega a Cristo. Aunque lo confiese de palabra, lo niega por las obras. Pues a muchos que dicen: Señor, Señor, ¿acaso en tu nombre no hemos profetizado, arrojado demonIos y obrado muchas virtudes? (Mt 7, 22), les dirá en aquel día: apartaos de mi todos los que hayáis obrado la iniquidad (Ibid. 23). Porque es testigo aquél que, haciéndose fiador con sus hechos, confiesa a Cristo Jesús
¡Cuántos, todos los días, son mártires de Cristo en oculto, y confiesan al Señor Jesús con sus obras! El Apóstol conocía este martirio y testimonio fiel de Cristo, cuando afirmaba: ésta es nuestra gloria: el testimonio de nuestra conciencia (2Co 1, 12) (...)
Muchos me persiguen, y me afligen. Quizá Cristo dice esto, y lo dice con la voz de cada uno de nosotros: el adversario lo persigue dentro de nosotros. Si pretendes que nadie te persiga, apartas a Cristo, que sufrió tentación para vencerla. Donde el diablo lo ve, allí prepara insidias, allí maquina los ardides de la tentación, allí urde sus engaños, para rechazarlo si pudiera. Pero donde el diablo combate, allí está presente Cristo; donde el diablo asedia, allí Cristo está encerrado y defiende los muros de la fortaleza espiritual. Así pues, el que retrocede ante la llegada del perseguidor, expulsa también al defensor. Por tanto, cuando oigas: muchos me persiguen y me afligen, no temas, que también puedes decir: si Dios está con
nosotros ¿quién contra nosotros? (Rm 8, 31). Esto afirma con verdad aquél que, por los testimonios del Señor, se aparta sin rodeos de la senda de los vicios
La misericordia divina
(Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, VIl, 207 - 212) Lc 15, 1 - 32
no deje las noventa y nueve en la dehesa, y no vaya en busca de la que se perdió, hasta encontrarla? (Lc 15, 4). Un poco más arriba has aprendido cómo es necesario desterrar la negligencia, evitar la arrogancia, y también a adquirir la devoción y a no entregarte a los quehaceres de este mundo, ni anteponer los bienes caducos a los que no tienen fin; pero, puesto que la fragilidad humana no puede conservarse en línea recta en medio de un mundo tan corrompido, ese buen médico te ha
proporcionado los remedios, aun contra el error, y ese juez misericordioso te ha ofrecido la esperanza del perdón. Y así, no sin razón, San Lucas ha narrado por orden tres parábolas: la de la oveja perdida y luego hallada, la de la dracma que se había extraviado y fue encontrada, y la del hijo que había muerto y volvió a la vida; y todo esto para que, aleccionados con este triple remedio, podamos curar nuestras heridas, pues una cuerda de tres hilos no es fácil de romper (Qo 4, 12)
¿Quién es este padre, ese pastor y esa mujer? ¿Acaso no representan a Dios
Padre, a Cristo y a la Iglesia? Cristo te lleva sobre sus hombros, te busca la Iglesia y te recibe el Padre. Uno porque es Pastor, no cesa de llevarte; la otra, como Madre, sin cesar te busca, y entonces el Padre vuelve a vestirte. El primero, por obra de su misericordia; la segunda, cuidándote; y el tercero, reconciliándote con Él. A cada uno de ellos le cuadra perfectamente una de esas cualidades: el Redentor viene a salvar, la Iglesia asiste y el Padre reconcilia. En todo actuar divino está presente la misma misericordia, aunque la gracia varía según nuestros méritos. El pastor llama a la oveja cansada, se encuentra la dracma que se había perdido, y el hijo, por sus propios pasos, vuelve al padre y lo hace plenamente arrepentido del error que lo acusa sin cesar. Y por eso, con toda justicia, se ha escrito: Tú, Señor, salvarás a los hombres y a los animales (Sal 36, 7). ¿Y quiénes son estos animales? El profeta dijo que la simiente de Israel era una simiente de hombre y la de Judá una simiente de animales (cfr. Jr 31, 27). Por eso Israel es salvada como un hombre y Judá recogida como una oveja. Por lo que a mí se refiere, prefiero ser hijo antes que oveja, pues aunque ésta es solícitamente buscada por el pastor, el hijo recibe el homenaje de su padre
Regocijémonos, pues, ya que aquella oveja que había perecido en Adán fue salvada por Cristo. Los hombros de Cristo son los brazos de la Cruz. En ella deposité mis pecados, y sobre la nobleza de este patíbulo he descansado. Esta oveja es una en cuanto al género, pero no en cuanto a la especie: pues todos nosotros formamos un solo cuerpo (1Co 10, 17), aunque somos muchos miembros, y por eso está escrito: vosotros sois el Cuerpo de Cristo, y miembros de sus
miembros (1Co 12, 27). Pues el Hijo del hombre vino a salvar lo que había perecido (Lc 19, 10), es decir, a todos, puesto que lo mismo que en Adán todos murieron, asÍ en Cristo todos serán vivificados (1Co 15, 22)
Se trata, pues, de un rico pastor de cuyos dominios nosotros no formamos más que una centésima parte. Él tiene innumerables rebaños de ángeles, arcángeles,
dominaciones, potestades, tronos (cfr. Col 1, 16) y otros más a los que ha dejado en el monte, quienes - por ser racionales - no sin motivo se alegran de la redención de los hombres. Además, el que cada uno considere que su conversión proporcionará una gran alegría a los coros de los ángeles, que unas veces tienen el deber de ejercer su patrocinio y otras el de apartar del pecado, es ciertamente de gran provecho para adelantar en el bien. Esfuérzate, pues, en ser una alegría para esos ángeles a los que llenas de gozo por medio de tu conversión
No sin razón se alegra también aquella mujer que encontró la dracma (cfr. Lc 15, 8 - 10). Y esta dracma, que lleva impresa la figura del príncipe, no es algo que tenga poco valor. Por eso, toda la riqueza de la Iglesia consiste en poseer la imagen del Rey. Nosotros somos sus ovejas; oremos, pues, para que se digne colocarnos sobre el agua que vivifica (cfr. Sal 23, 2). He dicho que somos ovejas: pidamos, por tanto, el pasto; y, ya que somos hijos, corramos hacia el Padre
No temamos haber despilfarrado el patrimonio de la dignidad espiritual en placeres terrenales (cfr. Lc 15, 11 - 32). El Padre vuelve a dar al hijo el tesoro que antes poseía, el tesoro de la fe, que nunca disminuye; pues, aunque lo hubiese dado todo, el que no perdió lo que había recibido, lo tiene todo. Y no temas que no te vaya a recibir, porque Dios no se alegra de la perdición de los vivos (Sb 1, 13). En verdad, saldrá corriendo a tu encuentro y se arrojará a tu cuello - pues el Señor es quien levanta los corazones (Sal 146, 8) - , te dará un beso, que es la señal de la ternura y del amor, y mandará que te pongan el vestido, el anillo y las sandalias. Tú todavía temes por la afrenta que le has causado, pero El te devuelve tu dignidad perdida; tú tienes miedo al castigo, y Él, sin embargo, te besa; tú temes, en fin, el reproche, pero Él te agasaja con un banquete
Sobre la amistad
(Los deberes de los ministros, III, 124 - 135)
Sólo es digna de alabanza la amistad que favorece las buenas costumbres. La amistad debe preferirse a las riquezas, a los honores, al poder, pero no a la virtud; más bien, debe ella regirse según las reglas de la rectitud moral. Así fue la amistad de Jonatán con David: por el cariño que le tenía, no hizo caso ni de la ira de su padre ni del peligro a que exponía su propia vida (cfr. 1S 20, 29 ss). Así fue la de Abimelech: por cumplir los deberes de la hospitalidad, prefirió afrontar la muerte antes que traicionar al amigo que huía (cfr. 1S 21, 6)
También la Escritura, tratando de la amistad, afirma que la virtud no debe ofenderse nunca por amor del amigo: nada se ha de anteponer a la virtud (...). Si descubres algún defecto en el amigo, corrígele en secreto; si no te escucha, repréndele abiertamente. Las correcciones, en efecto, hacen bien y son de más provecho que una amistad muda. Si el amigo se siente ofendido, corrígelo igualmente; insiste sin temor, aunque el sabor amargo de la corrección le disguste. Está escrito en el libro de los Proverbios: las heridas de un amigo son más tolerables que los besos de los aduladores (Pr 27, 6). Corrige, pues, al amigo que yerra, pero no abandones al amigo inocente. La amistad ha de ser constante y perseverante en sus afectos: no cambiemos de amigos como hacen los niños, que se dejan llevar por la ola fácil de los sentimientos
Abre tu corazón al amigo para que te sea fiel y te comunique la alegría de la vida. Un amigo fiel, en efecto, es medicina de vida y de inmortalidad (Si 6, 16). Respétale como a otro yo, y no tengas miedo de ganártelo con tus favores, porque la amistad no admite la soberbia. Por esto dice el Sabio: no te avergüences de defender al amigo (Si 22, 25). No le abandones en el momento de la necesidad, no le olvides, no le niegues tu afecto, porque la amistad es el soporte de la vida. Llevemos los unos las cargas de los otros, como enseñó el Apóstol a aquellos que están unidos formando un solo cuerpo por la caridad (cfr. Ga 6, 2). Si la prosperidad de uno aprovecha a todos sus amigos, ¿por qué en la adversidad no va a encontrar la ayuda de todos sus amigos? Ayudémosle con nuestros consejos, unamos nuestros esfuerzos a los suyos, participemos de sus aflicciones
Cuando sea necesario, soportemos incluso grandes sacrificios por lealtad hacia el amigo. Quizá haya que afrontar enemistades para defender la causa del amigo inocente, y muy a menudo recibirás insultos cuando trates de responder y rebatir a aquellos que le atacan y le acusan. No te preocupes por eso, que la voz del justo dice: aunque vengan sobre mi males a causa del amigo, los soportaré (Si 22, 31). En la adversidad se prueban los amigos verdaderos, pues en la prosperidad todos parecen fieles. Y así como en las desventuras es necesaria la paciencia y la compasión con el amigo, en su triunfo conviene ser exigente, reprimir y corregir la
arrogancia del que quizá se llena de soberbia. ¡Qué bien se expresó en sus
allicciones el santo Job! Dijo: tened piedad de mí, amigos míos, tened piedad de mí (Jb 19, 21). No se trataba de una simple súplica, sino de una reprensión. Mientras los amigos argumentaban injustamente contra él, Job clama: tened piedad de mí, amigos. Como si dijese: ésta es la hora de usar misericordia y, en cambio, afligís y contradecís a un hombre de quien deberíais compadeceros
Hijos míos, sed fieles a la amistad verdadera con vuestros hermanos, porque nada hay más hermoso en las relaciones humanas. Ciertamente consuela mucho en esta vida tener un amigo a quien abrir el corazón, desvelar los propios secretos y
manifestar las penas del alma; alivia mucho poseer un hombre fiel que se alegre contigo en la prosperidad, comparta tu dolor en la adversidad y te sostenga en los momentos difíciles. ¡Qué hermosa es la amistad de los tres muchachos hebreos! Ni siquiera la llama del horno fue capaz de separar sus corazones. Bien a propósito escribió el santo David: Saúl y Jonatán, hermosos y queridfsimos, inseparables durante la vida, tampoco se separaron en la muerte (2S 1, 23)
Este es un fruto de la amistad: que por cariño al amigo no se destruye la fe. En efecto, no puede ser amigo del hombre quien es infiel a Dios. La amistad es guardiana de la piedad y maestra de igualdad; hace al superior igual al inferior, y coloca a éste al mismo nivel del otro. No puede haber verdadera amistad entre dos personas que tienen diferentes costumbres; por eso, el amor mutuo las debe identificar. No falte al inferior la autoridad para corregir, ni al superior la humildad para aceptar la corrección. Que el uno escuche al otro como a su igual; que el otro reproche y amoneste como un amigo, no con soberbia, sino con afecto sincero La advertencia no ha de ser áspera, ni la corrección ofensiva. Si es cierto que la amistad huye de la adulación, también es verdad que no tiene nada que ver con la insolencia. ¿Qué es el amigo sino un amable compañero con quien te unes
íntimamente hasta fundir tu alma con la suya y constituir un solo corazón? En él te abandonas confiadamente como a otro yo, de él nada temes, y nada inconveniente le pides para ti mismo. Y es que la amistad no es mercenaria, sino que resplandece de dignidad y de belleza. Es una virtud, no una compra, porque no proviene del dinero sino del amor. No es ofrecida en subasta al mejor postor, sino que surge del desafío de la mutua benevolencia. Por eso suelen ser mejores las amistades entre los pobres que entre los ricos; y así, mientras que los hombres con recursos
frecuentemente se encuentran sin verdaderos amigos, los pobres los tienen en abundancia. No hay verdadera amistad donde existen falsos halagos. Sucede a menudo que se es complaciente con los ricos por adulación, mientras que nadie simula cuando trata con un menesteroso. Así, la amistad que se ofrece al pobre es más sincera, por ser más desinteresada
¿Qué hay de más precio que la amistad, que es común a los ángeles y a los hombres? Por esto el Señor Jesús ordena: granjeaos amigos con las riquezas inicuas, afin de que os reciban en las moradas eternas (Lc 16, 9). Él mismo nos ha cambiado de siervos en amigos, como claramente lo dijo: vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os he mandado (Jn 15, 14). Nos ha dejado el modelo que debemos imitar. Por tanto, hemos de compartir la voluntad del amigo, revelarle
confidencialmente lo que tenemos en el corazón y no ignorar nada de cuanto él lleva en el suyo. Abrámosle nuestra alma, y él nos abrirá la suya. En efecto, el Señor declara: os he llamado amigos porque os he comunicado todo lo que he oÍdo a mi Padre (Jn 15, 14). El verdadero amigo, pues, no oculta nada al amigo; le
descubre todo su ánimo, así como Jesús derramaba en el corazón de los Apóstoles los misterios del Padre
1. Se conservan de San Ambrosio diecisiete sermones de Cuaresma en los que repetidamente trata el santo Doctor del tema del ayuno y de las tentaciones de Cristo. Con el tema del ayuno se enlaza el de la limosna, como puede verse
especialmente en el sermón 25 (De sancta Quadragesima IX: PL 17, 676 - 678). Escogemos los más importantes pensamientos sobre el tema aludido
A) Ayuno y limosna "Ayunar es un remedio de males y una fuente de premios, mas no ayunar en Cuaresma es un pecado. El que ayuna en otro tiempo, recibirá
indulgencia; pero el que no lo hace durante la Cuaresma, será castigado". El que no pueda ayunar por enfermedad, coma sencillamente y sin ostentación "Y ya que no puede ayunar, debe ser más caritativo para con los pobres, a fin de redimir con sus limosnas los pecados que no puede curar ayunando. Hermanos, es muy bueno ayunar pero mejor aún dar limosna; mas si se puede practicar lo uno y lo otro, son dos grandes bienes. El que puede dar limosna y no ayunar, entienda que la limosna le basta sin el ayuno. Mas no basta el ayuno sin la limosna El ayuno sin la limosna no es obra buena, a no ser que el que ayuna sea tan pobre, que no tenga nada que dar. Así, pues, en este caso, bástele la buena voluntad". Mas ¿quién podrá
excusarse de dar limosna, cuando el Señor recompensa un vaso de agua fría? "Además, el Señor, por medio del profeta Isaías, de tal manera exhorta y aconseja la práctica de la limosna, que ningún pobre que se considere, puede excusarse. Pues se expresa de este modo: ¿Sabéis que ayuno quiero yo?... Partir su pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo (Is 58, 6 - 7)". Partir el pan, porque, "aun cuando tu pobreza sea tan grande que no tengas más que uno solo sin embargo, pártelo y da de él al pobre. También dice: Introduce en tu casa a los pobres que no tengan alberque, lo cual equivale a afirmar: Si hay alguno tan pobre que no tiene comida que dar al hambriento, prepárele un lecho en uno de los rincones de su casa. ¿Qué respuesta daremos, hermanos, qué excusa alegaremos nosotros, que, poseyendo anchas y espaciosas mansiones, apenas nos dignamos alguna vez recibir en ellas a un peregrino? Y eso que no ignoramos, sino que continuamente estamos confesando que en los peregrinos recibimos a Cristo, como El mismo dijo: Peregriné y me acogisteis... Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis
hermanos menores, a mí me lo hicisteis (Mt 25, 35.40). Nos resulta enojoso recibir en nuestra casa a Cristo en la persona de los pobres y yo me temo que él haga lo mismo con nosotros en el cielo, y que no nos reciba en su gloria. Lo despreciamos en el mundo y yo me temo que él a su vez nos desprecie en el cielo, según aquella sentencia: Tuve hambre y no me disteis de comer... (Mt 25, 42). Fijémonos,
carísimos hermanos, en estas palabras; no las oigamos de manera indiferente ni sólo con los oídos del cuerpo, sino que escuchándolas con fidelidad, hagamos de palabra y con el ejemplo que otros también las oigan y las cumplan También nos dice el Señor por boca del profeta Isaías que hemos de vestir al desnudo (ibid.). Precepto riguroso y muy digno de temerse. Yo, sin embargo, no juzgo a nadie. Acuda cada uno y pregunte a su conciencia
B) La mano del pobre es el tesoro de Cristo "No obstante, duéleme en el alma, y yo mismo me reprendo, porque quizá haya acontecido alguna vez que, por negligencia mía, los vestidos que debiera recibir un pobre se los haya comido la polilla, y temo que estos mismos vestidos sean testimonio contra mí en el día del juicio, según aquella terrible sentencia con que conmina el apóstol Santiago, cuando dice Y vosotros, los ricos, llorad a gritos sobre las miserias que os amenazan Vuestra riqueza está podrida; vuestros vestidos, consumidos por la polilla; vuestro oro y vuestra plata, comidos del orín, y el orínn será testigo contra vosotros y roerá vuestras carnes como fuego. Habéis atesorado para los últimos días... (St 5, 1 - 4). Aún es tiempo para para que, tanto yo como los perezosos como yo, podamos con el auxilio de Dios enmendarnos, si queremos; aun podemos dar con largueza por nuestros pecados pasados las limosnas que hasta aquí o no hicimos o sólo dimos mezquinamente; aún podemos impetrar la misericordia divina con dolor y llanto con esperanza de reparación. El ayuno sin limosnas es como una lámpara sin aceite. Pues así como la lámpara que se enciende sin él humea y no puede alumbrar, asi
también el ayuno sin la limosna mortifica en verdad la carne, pero no ilustra interiormente el alma con la luz de la caridad. Por lo demás, en el ayuno se exige que demos a los pobres nuestras comidas, y que lo que habíamos de comer no lo pongamos en nuestras despensas, sino que lo distribuyamos entre los necesitados; porque la mano del pobre es el tesoro de Cristo. Por lo tanto, socorre al
menesteroso para que lo que reciba de ti no se quede en la tierra, sino que sea trasladado al cielo. Pues aunque se consuma la comida que recibe el pobre, sin embargo, el premio de la buena obra se custodia en el cielo... Sé que muchos de vosotros, con el auxilio de Dios dais con frecuencia limosnas a los peregrinos y a los pobres; por lo tanto, sirva lo que os indico para que intensifiquéis lo que ya hacéis; y el que no lo haya hecho, se acostumbre a practicar obra tan meritoria y agradable a Dios
C) Exhortación Inspirandomelo el mismo Dios, os he aconsejado siempre que al llegar las fiestas... os acerquéis al altar del Señor vestidos con la luz de la pureza, resplandecientes con las limosnas, adornados con las oraciones, vigilias y ayunos, como con valiosas joyas celestiales y espirituales, en paz no sólo con vuestros amigos, sino también con vuestros enemigos, en una palabra, que os lleguéis al altar con la conciencia libre y tranquila, y podáis recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, no para vuestro juicio, sino para vuestro remedio. Pero, cuando hablamos de la limosna, no se conturben los necesitados, puesto que la pobreza cumple con todos los preceptos, y la buena voluntad es juzgada y premiada como las obras". El que socorre al necesitado del propio modo que desearía le socorriesen a él si se encontrase en la misma necesidad' "ha cumplido con los preceptos del Antiguo y del Nuevo Testamento y ha observado aquel precepto del Evangelio: Cuanto quisiereis que os hagan a vosotros los hombres, hacédselo vosotros a ellos, porque ésta es la ley y los profetas (Mt 7, 12). Guíenos a esta ley de caridad perfecta el piadoso Señor que oye y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos"
AMMONAS
Carta 1 Carta 2 Carta 3 Carta 4 Carta 5 Carta 6 Carta 7 Carta 8 Carta 9 Carta 10 Carta 11Carta 1
La salud y el cuerpo 1Antes que nada, queridísimos hermanos, rezo por la salud espiritual de ustedes. Porque las cosas visibles son temporales, pero las cosas invisibles son eternas (2Co 4, 18). Ahora veo que su cuerpo es espiritual y está lleno de vida 2
Ahora bien, si el cuerpo tiene vida, Dios le dará herencia 3 y ser considerado como heredero de Dios. Dios le pagar la recompensa de todo su trabajo, porque se preocupó por preservar todo su fruto con vida, para ser contado como heredero de Dios. Ahora me alegro por ustedes y por su cuerpo, pues está lleno de vida. En cambio, aquel cuyo cuerpo está muerto, no ser considerado como heredero de Dios; más aún, Dios lo acusa cuando habla por el profeta, en estos términos: ¡Grita fuerte, no te detengas, alza tu voz como una trompeta! ¡Hazle conocer a mi pueblo sus pecados y a la casa de Jacob sus iniquidades! Me buscan día tras día y desean acercarse a Dios, diciendo: "¿Qué entonces? Hemos ayunado, y no lo viste. Hemos humillado nuestra alma y no te enteraste" (Is 58, 1 - 3)
Esto es lo que Él les responde: Porque en los días de su ayuno se les ha encontrado haciendo su propia voluntad, golpeando a los que están bajo su responsabilidad y maltratando a sus enemigos; ustedes ayunan para pleitear y pelear. ¡No es así como hoy ser oída su voz en lo alto! Este no es el ayuno que yo elegí, dice el Señor; ya puedes inclinar tu cuello como un asno y acostarte sobre el cilicio y las cenizas, pero no llames a esto un ayuno aceptable (Is 58, 3 - 5). Este es un cuerpo muerto 4 ; por eso el Señor no los escucha cuando le rezan a Dios, sino que, al contrario, al contrario, los acusa. Y además, respecto de estos, se dice en el Evangelio: ¡Si la luz que está en ti es tinieblas, cuantas tinieblas habría (Mt 6, 23). El profeta agrega severamente sobre ellos: Toda su justicia es como el lienzo
manchado de una mujer (Is 64, 6). Ahora, pues, es un cuerpo muerto
Pero ustedes, queridísimos hermanos, no tienen nada en común con ese cuerpo muerto, sino que su cuerpo está lleno de vida. Rezo a Dios por ustedes, para que los custodie, que su cuerpo no cambie, sino antes bien que crezca con ustedes y aumente en gracia y alegría, en amor fraterno y amor por los pobres, en buenas costumbres y en todos los frutos de la justicia, hasta que salgan de esta vida y nos recibamos los unos a los otros en esa mansión 5 donde no hay tristeza, ni mal pensamiento, ni enfermedad, ni tribulación, sino gozo y alegrías 6 , gloria y luz eterna, paraíso y fruto que no pasa; y que lleguemos 7 a las moradas de los
ángeles y a la asamblea de los primogénitos, cuyos nombres están inscritos en los cielos (Hb 12, 22 - 23), y a todas las promesas de las cuales no podemos hablar ahora
Les he escrito estas cosas a causa del amor que les tengo, para que se fortalezca su corazón. Hay todavía muchas (otras) cosas que quisiera escribirles. Sin
embargo, dale ocasión al sabio, y se hará más sabio (Pr 9, 9). Que Dios los
preserve de este mundo malvado, a fin de que estén sanos en el cuerpo, espíritu y alma; que Él les dé la comprensión en todo (2Tm 2, 7), para que estén libres del error de este tiempo
Pórtense bien en el Señor, mis hermanos muy queridos. Todo cuerpo muerto le sobreviene al hombre a causa del amor de la vanagloria y de los placeres 8
Carta 2
La fuerza y la alegría del cristiano 9
¡A los muy queridos en el Señor, un saludo gozoso!
Si alguien ama al Señor con todo su corazón y con toda su alma (Dt 6, 5; Mt 22, 37), y permanece en el temor con toda su fuerza 10 , el temor le engendrar las l grimas, y las l grimas le traerán la alegría. La alegría engendrar la fuerza y, por ella, el alma dar frutos en todo. Y Dios, viendo que su fruto es tan hermoso, lo recibe como un perfume agradable. En todas estas cosas Dios se regocijar en ella =el alma con sus ángeles 11 ; y le dar un guardián que la custodiar en todos sus caminos (Sal 91, 11) para conducirla al lugar del reposo 12 , de modo que Satán s no domine sobre ella. Porque cuando el diablo ve al guardián, es decir la fuerza que está alrededor del alma, huye y no se atreve a aproximarse al hombre, temiendo la fuerza que está alrededor de él. A causa de esto, muy amados en el Señor, ustedes, a quienes ama mi alma, yo sé que son amigos de Dios. Adquieran, por tanto, esta fuerza para ustedes mismos, de modo que Satán s les tema y puedan obrar sabiamente en todas sus acciones. Así la dulzura de la gracia vendrá sobre ustedes y aumentar su fruto 13 . Porque la dulzura de la gracia espiritual es más dulce que la miel y que el panal de miel (Sal 19, 11), y pocos 14 monjes y vírgenes han conocido esta gran dulzura de la gracia 15 , excepto algunos pocos en ciertos lugares, porque no han recibido la fuerza divina 16 . No han cultivado esa fuerza, y por eso el Señor no se las ha dado; pues a todos los que la cultivan, Dios se las da. Dios no hace acepción de personas (Hch 10, 34), sino que Él la da en todas las generaciones a quienes la cultivan
Ahora, queridísimos, yo sé que ustedes son amigos de Dios y que, desde el
momento en que llegaron a este trabajo =la vida monástica, aman a Dios con todo su corazón, a causa de la sinceridad de sus corazones. Adquieran, entonces, esa fuerza divina, para que pasen toda su vida en la libertad, el gozo y la alegría 17 , para que la obra de Dios 18 les resulte fácil. Y esa fuerza que le es dada al hombre aquí abajo, lo conducir al reposo, hasta que haya sobrepasado todas las potencias del aire (Ef 2, 2). Puesto que hay en el aire potencias que obstaculizan el camino a los hombres y no quieren dejarlos que suban hacia Dios 19 . Por tanto, ahora
oremos a Dios insistentemente, para que esas potencias no nos impidan subir hacia Dios, pues en tanto que los justos tienen la fuerza divina con ellos, nadie puede obstaculizarlos. He aquí como cultivarla 20 , hasta que esa fuerza habite en el
hombre: que desprecie todos los ultrajes y los honores humanos, que odie todas las ventajas de este mundo que se consideran como preciosas 21 y todos los placeres
del cuerpo, que purifique su corazón de todo pensamiento impuro y de toda la sabiduría vacua de este mundo, y que pida (la fuerza) día y noche, con l grimas y ayuno. Y Dios, que es bueno, no tardar en dárselas, y cuando se las haya dado, ustedes pasarán todo el tiempo de su vida en el reposo y la facilidad; encontrarán libertad delante de Dios y Él les conceder todas sus peticiones, como está escrito (Sal 37, 4; Mt 21, 22) 22
Hay muchas otras cosas que quisiera escribirles, pero esto poco lo he escrito por causa del gran amor que tengo por ustedes. De todo corazón, pórtense bien en el Señor, honorables hermanos, amigos de Dios 23
Carta 3
La humildad 24
¡A los hermanos muy honrados en el Señor, un alegre saludo! 25
Les escribo esta carta como a grandes amigos de Dios, que lo buscan de todo corazón. Es a ellos, en efecto, a quienes Dios escucha cuando oran, los bendice en todo y les concede todas las peticiones de su alma cuando lo invocan. Pero a quienes se aproximan a Él, no de todo corazón, sino dudando y haciendo sus obras para ser glorificados por los hombres (Mt 6, 2), a éstos Dios no les escucha sus peticiones, sino que, antes bien, se irrita contra sus obras, porque está escrito: Dios dispersar los huesos de los que buscan agradar a los hombres (Sal 53, 6) 26
Ustedes ven cómo se irrita Dios contra las obras de ellos, y no les concede ninguna de sus peticiones; al contrario, les resiste, pues no hacen sus obras con fe sino según el hombre. A causa de esto la fuerza divina no habita en ellos, están
enfermos en todas las obras que realizan. A causa de esto no conocen la fuerza de la gracia, ni su facilidad ni su alegría, sino que su alma está entorpecida en todas sus obras como por un fardo. Así son la mayoría de los monjes 27 , no han recibido la fuerza de la gracia que anima el alma, la dispone a la alegría y le da cada día el gozo que hace arder su corazón en Dios 28 . Porque lo que hacen, lo hacen según el hombre; de modo que la gracia no ha venido sobre ellos. En efecto, la fuerza de Dios aborrece a aquel que obra para agradar a los hombres 29
Por tanto, amadísimos, que ama mi alma y cuyos frutos son tenidos en cuenta por Dios, combatan en todas sus obras el espíritu de vanagloria para vencerlo en todo. De modo que todo su cuerpo sea agradable y permanezca viviente junto al Creador, y que ustedes reciban la fuerza de la gracia, que sobrepasa todas estas cosas. Estoy convencido, hermanos, que hacen todo lo que pueden por esto, resistiendo al espíritu de vanagloria y luchando siempre contra él. A causa de ello su cuerpo tiene vida. Pues ese espíritu malvado se presenta ante el hombre en toda obra de justicia que el hombre comienza, quiere corromper su fruto y hacerlo inútil, a fin de no permitir 30 que los hombres hagan la obra de justicia según Dios. En efecto, este espíritu malo combate a quienes quieren ser fieles. Si algunos son alabados por los hombres como fieles o como humildes o como misericordiosos, inmediatamente este espíritu malvado entabla una batalla contra ellos; y ciertamente resulta vencedor, disuelve y destruye sus cuerpos 31 , porque los incita a realizar sus acciones virtuosas con la preocupación de agradar a los hombres y así pierde sus cuerpos 32 . Mientras que los hombres crean que tienen algo, delante de Dios no tienen nada 33 . Por causa de esto Dios no les otorga la fuerza, sino que los deja vacíos, puesto que no ha hallado sus cuerpos dispuestos para ser llenados, y los priva de la muy grande dulzura de la gracia
Pero ustedes, queridísimos, luchen contra el espíritu de vanagloria y oren siempre, para vencerlo en todo; de forma que la gracia de Dios esté siempre con ustedes. Yo pediré a Dios que, en su bondad, les dé esta fuerza y esta gracia 34 en todo tiempo, pues nada es más excelente que esto 35 . Si ven que el fervor divino se aleja y los abandona, pídanlo de nuevo y volver a ustedes. Pues ese fervor es como un fuego que cambia lo frío en su propia naturaleza. Si ven su corazón repentinamente adormecido en ciertos momentos, pongan su alma ante ustedes, sométanla al examen de un piadoso cuestionamiento y así, necesariamente, ella tendrá
nuevamente calor y se inflamar en Dios. Porque también el profeta David, cuando vio su alma agobiada por el dolor habló de la siguiente manera: Derramé mi alma sobre mí mismo (Sal 42, 6), me acordé de los días antiguos, medité sobre todas tus obras, extendí hacia ti mis manos. Mi alma, como tierra reseca, suspiró por ti (Sal 143, 5 - 6). Así obró David cuando experimentó su corazón abrumado y frío, hasta que le devolvió el calor y recibió la dulzura de la gracia divina 36
Noche y día velaba y suplicaba. Hagan también ustedes esto, amadísimos, y crecerán y Dios les revelar sus grandes misterios
Que el Señor los conserve irreprochables y sanos de alma, espíritu y cuerpo, hasta que los lleve a su propia morada 37 con sus padres 38 que han luchado bien y han concluido su carrera en Cristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos
Carta 4
El discernimiento 39
¡A los queridísimos hermanos en Cristo, un alegre saludo! 40
Saben que les escribo como a hijos muy queridos, como a hijos de la promesa 41 e hijos del Reino. Por eso me acuerdo de ustedes noche y día, para que Dios los guarde de todo mal y tengan siempre la solicitud por obtener de Dios que les
otorgue el discernimiento 42 y la visión de lo alto 43 ; a fin de aprender a discernir en todas las cosas la diferencia entre el bien y el mal. Porque está escrito: El alimento sólido es para los perfectos, para aquellos cuyas facultades están ejercitadas por el hábito de discernir el bien y el mal (Hb 5, 14). Estos han llegado a ser hijos del Reino y son contados en el rango de los hijos 44 , de aquellos a quienes Dios les ha dado la visión de lo alto en todas sus obras, para que nadie los engañe, ni hombre ni demonio 45 . Puesto que el fiel es cautivado por la imagen del bien, y así muchos son engañados, pues todavía no han recibido esa visión de lo alto. Por eso el bienaventurado Pablo, sabiendo que esta es la gran riqueza de los fieles, dijo: Doblo las rodillas noche y día ante el Señor Jesucristo por ustedes, para que les otorgue una revelación con su conocimiento, 46 que Él ilumine los ojos de sus
corazones, para que sepan cuál es la anchura y largura, la altura y profundidad, 47 a fin de conocer la caridad de Cristo que supera todo conocimiento, etc. (Ef 3, 14 - 19). Como el bienaventurado Pablo los amaba de todo corazón, él quería que toda la gran riqueza que conocía, es decir la visión de lo alto en Cristo, fuera dada a sus hijos queridos. Sabía, en efecto, que si se les daba, ya no se fatigarían más en ninguna cosa y no temerían nada, sino que la alegría de Dios estaría en ellos noche y día, que la obra de Dios les resultaría dulce en todo, más que la miel y que el panal de miel (Sal 19, 11); y que Dios estaría siempre con ellos para darles revelaciones y enseñarles grandes misterios, de los que no puedo hablar con la lengua
hijos, pido noche y día, con fe y l grimas, que reciban el carisma de clarividencia 48 , que todavía no han obtenido después que entraron en la vida ascética. Y yo, el humilde, pido también por ustedes, a fin de que lleguen a ese progreso y a esa estatura, que no han alcanzado muchos monjes, sino sólo algunas almas amigas de Dios aquí y allá 49 . Si desean alcanzar esa perfección no tomen la costumbre de recibir a un monje que lo es solamente de nombre 50 y que se cuenta entre los negligentes, sino aléjenlo de ustedes 51 . De lo contrario, no les permitir progresar en Dios y extinguir su fervor. Porque los corazones negligentes no tienen fervor, sino que siguen sus propias voluntades; y si vienen a ustedes, les hablan de las cosas de este mundo y por medio de esa conversación apagan su fervor y no les permiten progresar. Por eso está escrito: No apaguen el Espíritu (1Ts 5, 19); ya que se apaga por las palabras vanas y las distracciones. Cuando vean tales monjes, háganles el bien, pero escapen de ellos y no se relacionen con ellos, ya que son los que no les permiten a los hombres marchará en la vía de la perfección en estos tiempos presentes
Compórtense bien en el Señor, mis queridísimos, en el Espíritu de bondad
Carta 5
La paternidad espiritual 52 A los amadísimos en el Señor
Ustedes saben que el amor de Dios exige el amor del prójimo sin cesar. Ahora bien, el prójimo es aquel que ha sido llamado a la vocación celestial. El servidor de Dios está orando por el prójimo noche y día, como por sí mismo. Y puesto que ustedes también son mi prójimo, los recuerdo noche y día en mis oraciones, para que aumente su fe y adquieran una fuerza más grande 53 . Hago esto por ustedes, porque en Dios ustedes son considerados como hijos. Timoteo fue considerado como hijo por Pablo, y le escribía como sigue: Te recuerdo noche y día en mis oraciones, y deseo verte. Me acuerdo de tus l grimas y me lleno de gozo, porque me acuerdo de la fe sincera que tienes 54 (2Tm 1, 3 - 5)
Ahora, queridísimos, como Pablo hacía con Timoteo, también mi corazón desea verlos, recordando sus gemidos y la pena de su corazón. Pero yo sé que también ustedes desean verme y que ello les es muy provechoso. Pablo, en efecto, decía: Quiero ir a verlos, a fin de darles alguna gracia espiritual que los consolide (Rm 1, 11). Por ende, aunque están muy instruidos por el Espíritu Santo, si voy a visitarlos, los afirmaré mucho con la doctrina del mismo Espíritu, y les daré a conocer
asimismo otras cosas que no puedo escribirles por carta Compórtense bien en el Señor, en el Espíritu de bondad
Carta 6
La paternidad espiritual. La oración por sus hijos 55
Noche y día rezo para que la fuerza de Dios crezca en ustedes y les revele los grandes misterios de la divinidad, de los que no puedo hablar con la lengua, porque son grandes; no son de este mundo, y se revelen sólo a quienes tienen el corazón purificado de toda mancha y de toda vanidad de este mundo; a quienes han tomado su cruz y que junto con esto se odian a sí mismos, y han sido obedientes a Dios en todo. En estos habita la divinidad y ella alimenta su alma. En efecto, al igual que los árboles no crecen si no los alcanza la fuerza del agua, del mismo modo el alma no
puede crecer si no recibe la alegría celestial. Y entre quienes la reciben, hay
algunos a los cuales Dios les revela los misterios celestiales, les muestra su lugar 56 , mientras ellos todavía están en el cuerpo y les concede todas sus peticiones He aquí, pues, cuál es mi oración noche y día: que ustedes lleguen a ese grado y que conozcan la infinita riqueza de Cristo (Ef 3, 8), pues son poco numerosos los que han sido hechos perfectos. Y son aquellos para los cuales han sido preparados los tronos, a fin de que se sienten con Jesús para juzgar a los hombres 57 . Porque en cada generación se encuentran hombres llegados a esa medida, para juzgar cada uno a su generación 58 . Esto es lo que pido incesantemente para ustedes en virtud del amor que les tengo. El bienaventurado Pablo les decía, a los que él amaba: Quiero darles no sólo el evangelio de Cristo, sino también nuestra vida, porque nos han llegado a ser muy queridos (1Ts 2, 8). Les envié a mi hijo, hasta que Dios me conceda a mí también llegar corporalmente hasta ustedes, para que les ayude a progresar aún más. Pues cuando los padres reciben hijos, Dios está en medio de ellos de ambos lados
Permanezcan en paz y compórtense bien en el Señor
Carta 7
El carisma de los Padres 59
A los amadísimos en el Señor, que tienen parte en el Reino de los cielos. Del mismo modo que ustedes buscan a Dios imitando a su padre 60 , creo que recibirán
también las mismas promesas, porque ustedes han sido contados en el número de sus hijos. Pues los hijos heredan la bendición de los padres 61 , imitando su celo. Por eso el bienaventurado Jacob imitando en todo la piedad 62 de sus padres, recibió de ellos la bendición; y cuando fue bendecido por los padres,
inmediatamente vio la escala levantada y a los ángeles subiendo y bajando (Gn 22, 1 - 12). Ahora bien, desde el momento en que algunos son bendecidos por sus padres y ven las fuerzas divinas, nada los puede turbar. Porque el bienaventurado Pablo cuando vio esas mismas fuerzas divinas, devino inconmovible 63 y gritó diciendo: "¿Quién me separar del amor de Cristo? 64 ¿La espada, el hambre, la desnudez? Pero ni los ángeles ni los principados ni las potestades, ni altura ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarme del amor de Dios?" 65 (Rm 8, 35 - 39)
Ahora, pues, mis amadísimos, pidamos sin cesar noche y día que las bendiciones de nuestros padres y las mías 66 lleguen a ustedes; y así las fuerzas de los ángeles permanezcan con ustedes 67 , para que transcurran el resto de sus días en toda alegría del corazón. Si, en efecto, alguno llega a ese grado, la alegría de Dios estar siempre con él, y entonces hará todo sin fatiga. Porque está escrito: La luz de los justos nunca se apaga, pero la luz de los impíos se extinguir (Pr 13, 9) 68 . Yo pido asimismo que en todo lugar que yo vaya, también ustedes vengan 69 , y hago esto a causa de la obediencia de ustedes. Cuando el Señor vio la obediencia de sus
discípulos 70 , oró al Padre por ellos diciendo: "Que allí donde yo esté, también estén éstos, porque escucharon mis palabras" (Jn 17, 24). Y nuevamente pide que ellos sean preservados del Maligno (Jn 17, 15), hasta que lleguen al lugar del reposo. Yo también rezo y le pido al mismo Señor, que ustedes sean preservados del Maligno hasta su llegada al lugar del reposo de Dios, y que obtengan la
bendición. En efecto, Jacob después de la escala vio cara a cara el campo de los ángeles (Gn 28, 12), (después) luchó con el ángel y lo venció (Gn 32, 24 - 29). Dios
le hizo esto para bendecirlo aún más
Que Dios, a quien sirvo desde mi juventud, los bendiga (aún) más 71 , y ustedes, mis amadísimos, pórtense bien
Carta 8
El carisma que hemos recibido de nuestros padres 72 A los amadísimos en el Señor
Les escribo como a hijos muy amados, porque los padres carnales aman más a los hijos que se les parecen. Yo también los veo (así), pues ustedes progresan
imitándome; y pido a Dios que lo que Él me ha dado, a mí, su Padre 73 , igualmente se los dé a ustedes. Rezo para que 74 les pueda transmitir los otros misterios que no me es posible escribirles por carta. Sean fuertes en la paz de la misericordia del Padre, de modo que el carisma que recibieron sus padres, también lo reciban ustedes 75 . Si desean recibirlo 76 , entréguense al trabajo corporal y al trabajo del corazón, dirijan sus pensamientos hacia el cielo noche y día, pidan de todo corazón el Espíritu de fuego 77 , y se les dar . Porque ese mismo Espíritu estuvo con Elías el Tesbita, con Eliseo y los otros profetas. Pero velen para que no se introduzcan pensamientos de duda en sus corazones, diciendo: "¿Quién puede recibirlo?". No les permitan entrar en ustedes 78 , sino que pidan con recta intención, y recibirán Yo mismo, su padre, rezo por ustedes 79 , para que reciban el Espíritu, porque sé que renunciaron a sus vidas para recibirlo 80 . Quien lo cultiva de generación en generación, lo recibir , y este Espíritu habita en los de corazón recto. Yo les aseguro 81 que ustedes buscan a Dios con un corazón recto. Cuando reciban ese Espíritu, Él les revelar todos los misterios celestiales. Porque les revelar muchas cosas que no puedo escribir sobre el papel. Entonces estarán libres de todo temor, una alegría celestial los rodear y se sentirán como si ya hubieran sido llevados al reino (de los cielos), estando todavía en el cuerpo. Ya no tendrán necesidad de orar por ustedes mismos, sino solamente por el prójimo 82 . Porque Moisés, después que recibió el Espíritu oró por el pueblo, diciendo: "Si tú los destruyes, bórrame del libro de los vivos" (Ex 32, 32). ¿Ven esta preocupación que tenían de orar por los otros, cuando habían llegado a ese grado? Muchos otros llegaron también a ese grado y rezaron por los demás
Sobre todo esto no puedo escribirles ahora, pero ustedes son sabios y
comprenderán todo. Cuando los visite les expondré más completamente sobre el Espíritu de fuego 83 , cómo se debe alcanzar, y les mostraré todas las riquezas que ahora no puedo confiar al papel
Pórtense bien en ese Espíritu de fuego 84 , progresen y afírmense de día en día
Carta 9
La perseverancia en la vocación monástica 85
Sé que están sufriendo penas en el corazón, porque han caído en la tentación 86 , pero si la soportan con valor, alcanzarán la alegría. Pues si no soportan ninguna tentación, visible u oculta, no podrán progresar más allá de la medida que han alcanzado. Todos los santos, en efecto, cuando pidieron un aumento de fe, se encontraron frente a las tentaciones; porque desde el momento en que recibieron una bendición de Dios, una tentación les fue agregada por los enemigos, que
querían privarlos de la bendición con que Dios lo había gratificado. Los demonios, al ver que el alma bendecida hacía progresos, la combatían, en secreto o bien
abiertamente. Porque cuando Jacob fue bendecido por su padre, inmediatamente le sobrevino la tentación de Esaú (Gn 27, 41). El diablo, en efecto, excitó su corazón contra Jacob y deseaba borrar su bendición, pero no pudo prevalecer contra el justo, pues está escrito: El Señor no dejar el cetro del pecador sobre el lote de los justos (Sal 125, 3) 87 . Por tanto, Jacob no perdió la bendición que había recibido, sino que ella creció con él de día en día. Esfuércense también ustedes por vencer la tentación, porque quienes reciben una bendición necesariamente deben soportar las tentaciones. Yo mismo, su padre, he soportado grandes tentaciones, en secreto y abiertamente, pero me sometí a la voluntad de Dios, tuve paciencia, supliqué a Dios y Él me salvó 88
Ahora entonces, también ustedes, mis amadísimos, ya que han recibido la
bendición del Señor, reciban igualmente las tentaciones y sopórtenlas 89 hasta que las hayan superado. Obtendrán así un gran progreso y un crecimiento de todas 90 sus virtudes; y se les dar una gran 91 alegría celestial que todavía no conocen. El remedio para superar las tentaciones es no caer en la negligencia y orar a Dios, dándole gracias de todo corazón, teniendo una gran paciencia en todo, de esta forma las tentaciones se alejarán de ustedes. Porque Abrahán 92 fue tentado de ese modo y apareció como más agradable 93 . Por tal motivo está escrito: Las pruebas de los justos son numerosas, pero el Señor los librar de todas (Sal 34, 20). Santiago dice asimismo: Si alguno de ustedes sufre, que ore (St 5, 13). ¡Ven como todos los santos invocan a Dios en las tentaciones!
También está escrito: Dios es fiel, Él no permitir que ustedes sean tentados por encima de sus fuerzas (1Co 10, 13); Dios, por ende, actúa en ustedes a causa de la rectitud de sus corazones. Si Él no los amara, no les enviaría tentaciones, pues está escrito: El Señor corrige al que ama; golpea al hijo que le es grato (Pr 3, 12; Hb 12, 6). Son, pues, los justos quienes se benefician con las tentaciones 94 , puesto que los que no son tentados tampoco son hijos legítimos 95 ; usan el hábito monacal, pero niegan su poder 96 . Antonio, en efecto, nos ha dicho que "nadie puede entrar en el reino de Dios sin haber sido tentado" 97 . Y el bienaventurado Pedro escribe en su carta: En esto ahora se alegrarán, ustedes que han tenido que soportar diversas tentaciones, para que su fe puesta a prueba sea hallada más preciosa que el oro perecedero probado por el fuego (1P 1, 6 - 7). Se dice asimismo que los árboles agitados por los vientos echan mejores raíces y crecen más; así sucede con los justos. En esto, pues, y en todo lo demás, obedezcan a sus maestros para progresar
Ustedes saben que al comienzo el Espíritu Santo les da la alegría en la obra
espiritual, porque ve que sus corazones son puros. Y cuando el Espíritu les ha dado la alegría y la dulzura, entonces se va y los abandona: es su signo. Hace esto con toda alma que busca a Dios, al comienzo. Se va y abandona a todo hombre, para saber si lo buscarán o no. Algunos, cuando Él se va y los abandona, quedan inmóviles 98 , permanecen en el abatimiento 99 y no oran a Dios para que les quite ese peso, y les envíe la alegría y la dulzura que habían conocido. Por su negligencia y su voluntad propia, se hacen extraños a la dulzura 100 de Dios. Por eso llegan a ser carnales; usan el hábito, pero reniegan de su poder (2Tm 3, 5). Estos tales son ciegos en su vida 101 y no conocen la obra de Dios
Si ellos perciben un peso desacostumbrado y contrario a la alegría precedente, que oren a Dios con l grimas y ayunos; entonces Dios, en su bondad, si ve que sus corazones son rectos, que le rezan de todo corazón y que reniegan de sus