Prólogo
Fernando Rielo (Madrid 1923 - Nueva York 2004) nos presenta, como hipótesis original y atractiva, el humanismo de Cristo comenzando su vida hoy, haciendo paréntesis de los XX siglos de historia del cristianismo. Nos invita a suponer que no ha existido antes Cristo, ni la Iglesia, ni la cultura cristiana. Y lo hace para que nos situemos en nuestra mentalidad actual y, desde aquí, profundizar sobre los problemas fundamentales de nuestra existencia con un hombre, llamado Cristo, que dice de sí mismo que es Dios; un hombre que aparece hoy, ante nosotros, para dar un testimonio arriesgado de la intimidad divina y asegurarnos de que su mensaje nos introduce en un nuevo y decisivo humanismo transcendente. El autor intenta convencernos de que si encontramos y poseemos el criterio de credibilidad, todo lo demás debe adquirir unidad, dirección y sentido.
El criterio de credibilidad y el don de la fe es un libro para todos. Puede ser un libro de texto, de
lectura, de estudio y meditación para alumnos y profesores, para administrativos y profesionales, para adolescentes y adultos, para religiosos y seglares. Pero va dirigido, de forma especial, a la juventud católica o no católica, atea o agnóstica, a los que han perdido la fe o están a punto de perderla. La persona de Cristo es presentada a quien quiera escucharle con seriedad, desde la sencillez, sin prejuicios, sin trampas, con hondura en la reflexión llevando ésta a límite, sin miedo, sin vacilación, sin subterfugios. No podemos evadirnos de la realidad, a no ser que queramos sumirnos, como nos enseña la Psicología, en una vida inauténtica.
Es un libro elaborado por un equipo especializado de la Escuela Idente sobre la base de varias conferencias que Fernando Rielo pronunció en el año 1977 para formar a varios profesores en "apologética forense". Su originalidad y frescura no han perdido actualidad. Quizás sea éste el momento de sacar a la luz pública esta riqueza inédita, lenguaje oral, de la que han disfrutado, durante más de treinta años, los misioneros y las misioneras identes en su labor apostólica.
Se ha intentado ser fieles al original, respetando la forma coloquial y los momentos fuertes que Fernando Rielo sabe combinar con una cierta distensión y gracejo madrileño. El autor logra, de este modo, que el auditorio vaya por sí mismo tomando distancia y se centre en la objetividad del problema y el compromiso existencial que de él se deriva. Lo hace con elegancia, con maestría, acudiendo al lenguaje literario, a la cultura, a la experiencia mística, desde su vivencia y compromiso personal con Cristo y su Iglesia, como fundador de una institución religiosa y de instituciones civiles, y como hombre que ha querido, fervorosamente, el diálogo ecuménico y el espíritu de amistad entre personas y pueblos. No hay barrera para el amor que, en expresión de Rielo, es el motor de la historia y de la vida, de la familia y de la sociedad, de la ciencia y de la Cultura, de la religión y del pensar.
Ciertamente que hay que tomar con perspicacia los temas para no sacarlos de su contexto apologético y no entrar compulsivamente en discusión de escuela trasladándolos a un ámbito estrictamente dogmático o teológico, mundo éste soberano, autónomo, estructurado desde la Sagrada Escritura, Tradición y Magisterio. La apologética forense consiste en el debate público —foro— acerca de los asuntos de mayor interés sobre la fe buscando el criterio de credibilidad todo lo que de él deriva y, con él, adquiere sentido. Es una dinámica que intenta poner en ejercicio vital todos los resortes del ser humano con la interactuación de sus tres niveles: físico, síquico y espiritual; con el despliegue de sus tres dimensiones: personal, social e histórica; con la integración de sus tres actitudes: lógica, ética y estética; con el crecimiento de sus tres leyes ontológicas: inmanencia, transcendencia y perfectibilidad.
La comunicación sencilla y directa del lenguaje oral predomina sobre la erudición y la explicación argumentativa y abstracta del lenguaje escrito. El autor nos va introduciendo, casi sin enterarnos de ello, en la experiencialidad de los dos ámbitos que conforman al ser humano: el de la naturaleza y el de la gracia. Una naturaleza cerrada en sí misma es terriblemente problemática, evasiva de la realidad; claudica con suma facilidad, ante cualquier referencia de carácter transcendente. Esta propensión involutiva, envolvente, egocéntrica, resta al ser humano de nuestro tiempo valentía, generosidad, sinceridad íntima y aquella sencillez necesaria que nos capacita para reconocernos necesitados de Dios.
Por otra parte, el ámbito de la gracia, abriendo hacia sí la naturaleza, eleva a ésta a la condición de una mística conciencia filial que enriquece al ser humano en todas sus posibilidades. Su fruto es la paz, la libertad y la felicidad que sólo pueden ser concedidas a la exigencia doliente, hasta el extremo, de la generosidad del amor. El verdadero amor, éxtasis que sale de sí en donación entre personas, es la única virtud que puede llevarse hasta el extremo sin riesgo alguno de fanatismo, exclusivismo y reduccionismo. El amor, elevado al orden santificante por la redención de Cristo, es la caridad. ¿En qué consiste la caridad, forma y síntesis de todas las virtudes? San Pablo la inmortaliza en el siguiente texto: "La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca
su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta" (1 Cor 13, 4-7).
En fin, El criterio de credibilidad y el don de la fe nos introduce de lleno en la "geneticidad" de nuestro espíritu, y sólo desde aquí podemos entenderlo. Del mismo modo que nuestro organismo posee, biológicamente, su código genético, nuestra alma lo posee sicológicamente, y nuestro espíritu ontológica o místicamente. Se trata de una mística no reducida al fenómeno, aunque éste sea extraordinario, sino una mística elevada a ontología: el estado de ser, acto de ser, forma de ser y razón de ser de la persona humana son místicos, esto es, estructurados, genetizados por la divina presencia constitutiva del Absoluto en un espíritu creado. La unidad de nuestra naturaleza humana debemos verla desde esta geneticidad ontológica o mística que asume las funciones sicológicas y su interacción con la estructuralidad orgánica. Lo demás, reducir la persona humana a lo biológico, a energía síquica o cósmica, o cualquier otra sinrazón, es descender, como afirma Rielo, al reduccionismo, exclusivismo e intolerancia de las ideologías.
Querido/a lector/a, te invito a entrar por ti mismo/a en el debate que nos platea Rielo desde la persona de Cristo. Inténtalo, pruébalo, hazlo con calma tomando el tiempo que necesites. Consulta, habla, dialoga. No saldrás, después de la lectura, del mismo modo que al comenzarla. Seguro que no sólo te sentirás mejor, sino que tendrás experiencia de que tu vida está positivamente cambiando.
José María López Sevillano
Introducción
¿QUÉ ES LA APOLOGÉTICA FORENSE?
La "apologética" es la ciencia que tiene como objeto el estudio de los argumentos apropiados para la defensa sistemática de la fe, especialmente frente a los ataques de los contrarios.
Implica un estado crítico donde se analizan y valoran los argumentos destacando las ventajas o los inconvenientes que se puedan seguir de los mismos.
Se entiende por estado crítico en general el arte de juzgar las cualidades de las cosas, las situaciones y las personas juntamente con las obras que salen de su creatividad. Si nos referimos al ámbito de la religión, el estado crítico es el arte de debatir, abiertamente, sobre Dios y el resultado de sus obras que influyen sobre el ser humano y su historia. Este debate, más que racional, es integrador de todos los ámbitos de una persona humana que, formalmente, es espíritu, alma y cuerpo.
La apologética es una forma especial de la crítica que se sirve de sus recursos oratorios y didácticos y tiene el sentido de la exaltación, del canto y de la alabanza para defensa de la verdad revelada. Llega, de este modo, a adquirir formas poéticas de carácter lírico y epitalámico, además de épico, alegórico, didascálico y dramático.
La denomino "Apologética forense" porque es un debate público —foro— acerca de los asuntos de mayor interés sobre la fe buscando el criterio de credibilidad y todo lo que de él se deriva. Lo forense", en este sentido, tiene la característica de exposición en un foro, ante un auditorio o asamblea que interviene, activamente, en el debate con argumentos de acusación y defensa de la Persona de Cristo y su mensaje como tal.
La Apologética forense intenta subrayar los valores de los argumentos positivos a favor de Cristo frente a las diversas objeciones filosóficas, religiosas, políticas, sicológicas, sociológicas, morales— propuestas por ese mismo foro. Hay personas que, por causas muy complejas, pueden no creer en Dios o en la Iglesia; entre ellas, hay que tener en cuenta los supuestos conductuales, la formación ideológica, el fracaso ante la vida, el mal y el sufrimiento del mundo, la experiencia en situaciones de injusticia y adversidad, el mal ejemplo de los creyentes, e, incluso, el escaso valor de algunos argumentos teológicos o filosóficos en el curso de la historia.
Hay que resolver los argumentos no previstos en la ratio fidei que articula el dato revelado, pues aquéllos no tienen por qué figurar en la Dogmática. Los argumentos que ahora tratamos son, sobre todo, de carácter más bien sicológico, pedagógico, social, emocional. Estos argumentos, no estando a favor de la fe, deben ser rebatidos formando los contra-argumentos correspondientes. Por ejemplo, la Mística
Analítica estudia las leyes, propiedades y procesos bajo los cuales se verifican los estados del alma
movida por la gracia. Si alguien pone una objeción diciendo que "aquí hay muy pocos místicos y la mística no es un denominador común de la vida de las personas", habrá que refutarlo con un contra-argumento "x" dando una razón que no tiene por qué figurar en la Mística Analítica. Este ámbito
correspondería a la Apologética forense. Hay tantos argumentos en los cuales está presente el prejuicio, lo emocional, lo hiperbólico, la crítica interesada, la descalificación, la inexactitud y otras muchísimas circunstancias, que se requiere una ciencia especial para, de modo pragmático, impugnar con éxito estas anomalías que se producen en el ámbito de la fe.
Debemos construir contra-argumentos apropiados para corregir, efectivamente, los vicios que se dan en los argumentos contra la fe. Voy a poner otro ejemplo. Todos saben que la matemática es una ciencia que estudia los cálculos numéricos, sus formas, variaciones, propiedades y relaciones espaciales y cuantitativas, teniendo en cuenta la creación de estructuras abstractas definidas a partir de axiomas. Alguien podría decir:
—Yo no creo en las matemáticas porque son muy difíciles para muchos seres humanos.
Esa afirmación es irrelevante y carente de criterio científico. Por este tipo de apreciación banal, no vamos a desmentir, por ejemplo, la validez de la teoría de conjuntos o cualquier otro logro en las matemáticas. Estas teorías tienen un valor en sí mismas, y lo otro es sólo una simple pretensión profana de atacar, por prejuicios de carácter no científico, las llamadas "ciencias exactas".
Voy a poner un caso práctico de otros tantos que se pueden aludir del hecho teológico. Alguien, después de que hayamos expuesto una tesis sobre la divinidad de Cristo, podría decir: —Yo no creo en la divinidad de Cristo. ¿Qué se hace, entonces, en Apologética forense? Naturalmente que, en Teología
dogmática, no hay ninguna tesis, ni se puede poner como tesis el enunciado "yo no creo en la divinidad
de Cristo". Así como no pertenece a las ciencias matemáticas el enunciado "yo no creo en las Matemáticas".
El auditorio o el foro está expectante a ver cómo se desarman los argumentos de negación. El argumento, por ejemplo, de "yo no creo en la divinidad de Cristo", hay que desmontarlo en auténtica
Apologética forense de la siguiente manera:
—Usted dice que no cree en la divinidad de Cristo. Bien, pruébelo usted.
Ya es la primera posición. Eso es hacer apologética forense. Es una actitud que tiene que tener el apologeta. Pertenece al arte de la elocuencia forense. Quien pregunta estará en esos momentos pensando que yo voy a defender la divinidad de Cristo. Pero resulta que yo me remito a él para que me diga cuál es la razón en la que apoya su negativa acerca de la divinidad de Cristo. Me puede decir:
—Pues no lo sé. No tengo argumento, o tengo tal argumento.
Como veis, el auditor venía a atacar, pero resulta que él es quien va a ser atacado.
—¿Y cómo, careciendo usted de pruebas, puede afirmar que no cree en la divinidad de Cristo? Tendría que decir más bien que ni cree ni deja de creer.
¿Os dais cuenta la vía que hay que seguir? La Apologética es una forma especializada de la dialéctica. El punto de ataque cambia de posición. El expositor dogmático es atacado mientras que el auditorio está poniendo el centro de gravedad en el que da la lección. Pero quien da la lección traslada el centro de gravedad hacia la persona que se ha puesto en contra de la tesis. Una persona no experta del auditorio, al oír, por ejemplo, que Cristo no es Dios, se esforzará, ahora, en demostrar que es Dios; lo cual sería como una segunda conferencia, y habría otras objeciones. Una tercera, una cuarta y una quinta persona, también lo intentarían conforme a su interés y cultura. De este modo, se va remitiendo el asunto a su sitio. Todo ello tiene la finalidad de poner en situación correcta ante los demás, ante el foro, al objetor. Por tanto, la proposición mayor, en este caso, es la objeción del adversario y la menor es la remisión a esa misma persona de la objeción. Pero, en cualquier caso, hay que centrarse en la tesis de la divinidad de Cristo.
En una palabra, el objeto de la Apologética forense es defender una tesis importante, trascendente, para la vida de las personas ante un foro público, como es la capacidad decisoria y compromisiva de la persona de Cristo. Es una tesis que plantea no tanto la razón como el vivir existencial de las personas.
El objeto de la Dogmática no es ningún foro, no es ningún auditorio, ni tampoco son las objeciones que se plantean los asistentes, la Dogmática tiene un mundo soberano, autónomo, maravillosamente estructurado desde el contenido de la Fe, con la Tradición, las Escrituras y el Magisterio. El objeto de la Apologética forense es el foro, todo lo que va diciendo el foro, con sus objeciones y preguntas, estableciendo una dinámica con las respuestas que se obtienen. Pero ya, en principio, lo que hay que establecer es la posición correcta que deben tener las personas que intervienen en el foro. La actuación en el foro debe tener un valor didáctico, pedagógico, educacional; todo hecho desde la amistad, desde la familiaridad, desde el respeto.
—Usted no se ha puesto en una posición correcta, porque niega lo que en recta posición científica no puede hacer.
Si alguien, por ejemplo, en un foro científico, negara una hipótesis, tendría que presentarse con las pruebas investigadas por él mismo para probar la negación de la hipótesis. Ciertamente, si es un congreso de físicos, nadie negaría la hipótesis sin presentar las pruebas. Si tiene pruebas, entonces diría:
—Pues bien, yo no estoy conforme con eso. Se guardaría silencio correctamente, y, entonces, se irían a investigar, si es que les interesa, la supuesta falsedad o el supuesto error de esa hipótesis. Un físico serio diría en ese congreso:
—Esta proposición es inconsistente porque lo mismo puede ser eso que puede ser lo contrario. Lo voy a demostrar. O podría decir simplemente: —Yo tengo interés en probar que es inconsistente. Entonces se marcharía muy educado y empezaría a investigar para demostrar que es inconsistente. En otro congreso, o por medio de una revista citaría:
En el congreso "x" al cual asistí, se presentó tal hipótesis... Pues yo publico este trabajo para desmentir con pruebas la supuesta verdad de aquella tesis.
Pero si este físico, en el congreso —lo cual nunca habría hecho—, hubiera levantado el dedo para decir sin más: "Yo creo que eso es falso", o "Yo creo que eso es falso porque no me gusta", nadie lo hubiera visto bien porque esas aserciones son inconcebibles desde el punto de vista científico.
Para mantener en posición correcta al foro, ya se comienza por una actitud educada en el auditorio. Nadie puede negar nada, seriamente, sin fundamento, sin saber probarlo. Y, por supuesto, nadie puede afirmar seriamente algo intentándolo demostrar con falacias y sofismas.
Con esas líneas maestras, tenéis que armar las respuestas para que sirvan de instrumento con el objeto de enriquecer los temas y hallar la mejor forma o manera de construir el discurso forense. Cuando vayáis a un auditorio, tenéis que llevar los temas preparados científicamente de tal forma que dominéis todos los mecanismos, principios y claves que se dan en general, válidos para cualquier auditorio.
PRIMERA PARTE
El criterio de credibilidad
Capítulo Primero
Origen y validez del criterio de credibilidad
1. Cómo se produce la teología 1.1. Planteamiento
Más que definir la teología como ciencia, con sus diversas ramas, importa saber cómo se produjo la teología históricamente hablando, antes de cualquier sistematización teológica, y cuál puede ser el criterio de validez de este hecho teológico en nuestra vida contemporánea donde hay un rechazo, casi general, del saber sobre Dios.
Tenemos que especificar, además, cuando hablamos de teología, a qué teología nos estamos refiriendo: ¿a la teología dogmática, a la teología bíblica, a la teología moral?
¿
A qué clase de teología nos referimos? Ciertamente, todas estas teologías regionales poseen un denominador común: tener por objeto a Dios. Ello supone que debemos estudiar este objeto bajo la razón de una metodología adecuada y con unas fuentes determinadas. Pero esto no nos incumbe en estos momentos.Lo primero que nos importa es saber cómo se produce la teología o el hecho teológico que subyace a la misma. La pregunta es clara: "¿Cómo se produce la teología como hecho?".
Debemos tener, para ello, un criterio; esto es, una norma que nos permita mantener un juicio de valor o de discernimiento correcto, con el objeto de poder tomar una decisión o una elección. Este criterio debe ser, por tanto, válido, creíble.
¿Cuál es o en qué consiste este supuesto criterio, que denominamos "criterio de credibilidad"? ¿Dónde radica aquel criterio de credibilidad que autentifique la teología de modo semejante a como hace el llamado "criterio de validez" en la autentificación de las ciencias experimentales? Tanto el criterio de credibilidad como el de validez deben partir de la experiencia. Ahora bien, el criterio de validez se verifica con la experimentación del objeto matematizable; sin embargo, el criterio de credibilidad no puede incurrir en el mimetismo del método experimental; antes bien, debe verificarse mediante la experienciación o vivencia, remontando el ámbito fenoménico y matematizable de las ciencias experimentales. ¿Dónde podemos, pues, encontrar la validez del hecho teológico que debe fundamentar una teología como sistema de exposición acerca de Dios?
Un católico podría responder, espontáneamente, que el criterio de credibilidad es, para él, el Sumo Pontífice, y no le faltaría cierta razón: Cristo fundó la Iglesia y puso al frente de ella a su Vicario, Pedro y sus Sucesores que habrían de perpetuarse, a través de los siglos, hasta hoy. El Papa y, en comunión con él, el conjunto de todos los Obispos, tendrían la infalibilidad recibida por Cristo...
Pero esto no puede fundar el criterio de credibilidad. Hemos comenzado, sin mayor profundidad, por algo que debe fundarse en la credibilidad. El supuesto criterio de credibilidad sería una conclusión de
las muchas que se podrían dar dentro de la pregunta fundamental: "¿Cómo se produjo la teología como hecho?".
Pienso que, muchas veces, es bastante oscuro lo que se dice en teología —más bien diríamos en filosofía— acerca del criterio de credibilidad. Son cosas tan abstractas, tan a posteriori, tan mezcladas, tan complicadas, que al final muchos, estudiando estas cosas, terminan por no creer en nada.
En este sentido, para llegar a una conclusión —diríamos existencia!, vivencial—, hay que partir de unos hechos relevantes, vitales, dignos de tenerse en cuenta. Debemos respetar después esos hechos y la forma como éstos se dan en su origen, para que conserven verdaderamente toda su frescura.
1.2. La decadencia de las religiones
Al cabo del tiempo, y por el mismo deterioro del tiempo, los hechos históricos parecen marchitarse, se fosilizan, pierden vitalidad, vivenciación. Es como si, mirando al futuro, se juzgara, por ejemplo, al Instituto Id por mi fundado. Pasados 100, 200, 300 o 500 años —si es que sobrevive a todo ese tiempo—, alguien podría tratar de comprender el origen, las fuentes de cómo surgió, y, entonces, se establecen cursos de 3 y 4 años de preparación, en los que se estudian toda clase de normas dadas, instrucciones, doctrina, tesis de Escuela, etc. Y, al final, habría algunos que posiblemente podrían decir: "Pues no entiendo nada de esta Institución".
Los orígenes de una religión son vitales, frescos, poéticos, naturales; pero, pasado el tiempo, se marchitan, y este agostamiento es el estado en que se encuentran hoy todas las religiones. Se han quedado como anticuadas, viejas, demacradas. Necesitan la cirugía estética: un esteticismo de peluquería o de instituto de belleza, para estirarse la piel, darse cremas, favorecer el riego celular, ponerse peluca. Se están quedando, valga la imagen, como una especie de fósiles.
Hoy las religiones están atravesando un periodo de mimetismo con la ciencia, con las mentalidades, con la sensibilidad del momento. Así, todas ellas se hacen sociales, medio políticas. Tienden a vincularse con partidos políticos, con organizaciones. Se hacen democráticas. Quieren hacerse de todo... ¡Y todo ello termina en cierta hipocresía!
La razón es clara: no pueden ser democráticas al estilo de la política. Hacen, es cierto, una serie de cosas buenas. Pero todo es sencillamente, simple esteticismo: se han quedado viejas, llenas de grasa, de elementos postizos.
Y, ¡claro!, cuando se dice: "Cristo...", se responde: "Sí..., pero Cristo...".
Enseguida aparecen las tesis de siempre: la Sagrada Escritura, las Escuelas, las fuentes de no sé qué, la filosofía de no sé cuál... Al final, no se accede nunca a Él.
¡Imposible! ¡No se puede llegar así!
1.3. El mensaje de los genios de la historia es comprometedor
Pero hay algo que es bastante claro, como es trasladar el hecho de Cristo a nuestro tiempo, y ver cómo se produjo este hecho importante, o cómo se produce. Porque solamente se puede producir de una manera. Estas cosas, así planteadas, deben resultar siempre perfectamente claras. Lo que ya no resulta tan claro es penetrar en la vida de un genio de esta clase.
Además, esto no es caso privativo sólo de Cristo, sino también de otros grandes genios que han pasado por la vida humana, que no pueden ser interpretados, y no han podido ser interpretados o entendidos por los que no lo somos.
El común de la gente teme a esos genios. Pero, ¿qué es lo que tememos de ellos? ¿Que manipulen nuestra pobre inteligencia? Tememos ser manipulados, hipnotizados, sugestionados por estos genios de la historia. ¡Esto es indudable!
Por eso, huimos de ellos inmediatamente. Los consideramos atentatorios a nuestra libertad. Preferimos pasar ignorándolos a efecto de poder, en fin, satisfacer ciertos instintos, presiones, tensiones, y encontrarnos así justificados ante nosotros mismos, antes que nos develen la verdad de lo que somos y de lo que tenemos que ser. Estos genios nos descubren un mundo que, lejos de ilusionarnos —aunque podemos dejarnos ilusionar de ellos en un momento dado, como ocurre en un espectáculo—, se nos viene encima por el mensaje que encierra. Este mensaje suele ir, generalmente, acompañado de un gran compromiso, o de ciertas normas a las que hay que someterse para verificar ese mundo del que nos quieren hacer partícipes. Este compromiso radical está, paradójicamente, lejos de la rigidez de ciertas normas establecidas o de aquéllas que solemos establecer nosotros mismos, porque creemos que nos hacen la vida más segura, más cómoda; pero, al final, nos conducen a una actitud indolente y farisaica.
En todas las cosas, si queremos progresar, hay que seguir unas rutas, diríamos, metódicas, exigentes.
2. Respuesta a cómo se produce el hecho teológico cristiano
La respuesta a cómo se produce la teología como hecho la voy a dar en dos partes perfectamente concatenadas: una primera parte o punto A, y una segunda parte o punto B.
2.1. Primera parte o punto A: la afirmación "Yo soy Dios"
Quizás no interesan estas reflexiones a la mentalidad escolástica, pero sí atañen, ciertamente, al porvenir, ya contemporáneo, del pensamiento religioso. E importa que demos bien la respuesta para que el hecho religioso, incluida la persona de Cristo mismo, pueda ser aceptado, o difícilmente rechazado, por una inteligencia de buena voluntad.
Sabemos que el pensamiento católico está centrado en una figura humana —aparte de ser una persona divina—, que se presenta como hombre ante la razón del ser humano.
Nos centramos, por tanto, en que Cristo es un ser humano y lo vamos a colocar en estos tiempos que corremos como si antes no hubiera históricamente existido.
Vamos a quedarnos con esta hipótesis.
Es un ser humano y, en este momento, no tenemos por qué ver nada más detrás de este ser humano. Es como si Cristo, con 30 o 40 años, se nos presentara aquí, hoy, en esta aula, pues está haciendo su vida apostólica y dando testimonio de sí mismo en las universidades, en los foros culturales civiles e, incluso, en los religiosos.
Todos los presentes, teniendo en cuenta la hipótesis, estarían inmersos en otra cultura distinta a la cristiana. El cristianismo, con su influjo religioso y cultural, no habría aún aparecido. Hagamos esta epojé (¿TTOXT
Í
) o suspensión, este poner entre paréntesis la historia cristiana y su influjo, y centrémonos en la hipótesis.¿Qué es lo que veríamos en un Cristo que se nos presenta aquí y ahora? Un ser humano; nada más. Este es el hecho externo: un ser humano que vive en nuestra época, y que en vez de llamarse Jesús, Cristo o el Nazareno, se podría llamar el Madrileño o el Logroñés. Y se nos presenta para dar testimonio de sí mismo. Su profesión podría ser la de físico, ingeniero, filósofo, escritor o administrativo...
¿Por qué poner esta hipótesis?
Porque el hecho religioso cristiano, humanamente hablando, en vez de haberlo fijado la Providencia hace dos mil años, lo podría haber fijado dos mil años después. No hay ningún criterio científico por el cual tenía que haber sido hace dos mil años, que ya están lejos. Podría haber sido hoy, como podría haber sido hace un millón de años. Aceptémoslo así de momento. No hay argumento objetivo- científico para afirmar —aunque de hecho sucediera— que tuvo que ser, necesariamente, hace dos mil años.
Este hecho transcendental de un ser humano, Cristo, que se presentó en la sociedad de su tiempo, lo vamos a considerar, hipotéticamente, como historia de un ser humano que se presenta ahora en la sociedad de nuestro tiempo. Hoy, precisamente, en este momento que estamos hablando. Y lo que vemos en Él es un ser humano que aparece en esta sociedad actual donde los estados se han lanzado ya por una ética permisiva, a favor del aborto, del anticoncepcionismo, de la eutanasia, etc., etc.
No sabemos exactamente cuáles habrían sido en estos tiempos los argumentos religiosos de persuasión, de no haber existido, en el contexto histórico de las religiones, la Iglesia Católica. Pero mantengámonos en la hipótesis.
Supongamos que el materialismo, el agnosticismo y el ateísmo tuvieran, ciertamente, el proceso actual, dentro del avance tecnológico y social que vivimos. No habría, desde luego, confrontación dialéctica y conflictos actuales contra la Iglesia Católica, pues no se podría afirmar o negar nada de una Iglesia Católica que no habría aún existido. Las demás religiones tendrían, en estos momentos, la misma crisis religiosa que ahora detentan, sin el influjo o relación con el cristianismo.
Admitamos que este canon permanece de esta manera, y que Cristo se sienta aquí, tras esta mesa, para dar una conferencia. Su prestigio es mucho, pues Él —vamos a suponer— es físico o catedrático de filosofía, por ejemplo; e, incluso, ha escrito una serie de obras y ha publicado en muchas revistas, porque lo exige así la característica de nuestro tiempo. Podría haber recibido hasta el Premio Nobel. Tiene anunciada una conferencia; y, claro está, se llenaría cualquier paraninfo. Es muy importante hacer estas suposiciones para entender el hecho teológico.
Todavía no se puede hablar ni de Papas, ni de Obispos, ni de teología o pensamiento cristiano. No se mencionaría la teología con s u s ramas o especialidades teológicas; o, al menos, no serían cristianas ni católicas. No se ha introducido aún ninguna abstracción, ni sistematización, ni confrontación entre escuelas teológicas, ni se ha echado mano de conceptos metafísicos, cristianizándolos.
Cristo expresó su vivencia y su pensamiento. No sabemos, es cierto, cómo lo hubiera expresado hoy. Pero..., supongamos que empieza a hablar, a obrar, a testificar, y comienza con la siguiente afirmación:
-¡Yo soy Dios mismo, señores y señoras, o señoras y señor! Yo soy vuestro Dios. Yo soy el Verbo, yo soy más que hombre. Yo soy hombre perfecto y también Dios perfecto.
¿Qué podría acontecer? Que se hubieran producido numerosas reacciones distintas. ¿No es verdad?
Alguien, con ironía, diría: —¡Vaya! ¡Vaya!, ¡Vaya!... Otro, enfadado, exclamaría: —¿Cómo? ¡Esto es un fraude!
Habría otros que, escandalizados, gritarían: —¡Este hombre está loco!
Todo depende del auditorio que tuviese delante. No está actuando aún, sobrenaturalmente, en el alma de ninguno de los asistentes.
La primera conclusión que podemos sacar es que, con esta afirmación, habría comenzado el hecho teológico cristiano.
Así debe comenzar el punto de origen del pensamiento religioso, de cualquier religión. Toda consideración, desarrollo o discusión especulativa de un pensamiento religioso debe estar siempre en relación con el hombre que se presenta anunciando la divinidad, y con las circunstancias históricas que le acompañan. Pero, en nuestro caso, se da el hecho insólito de que este hombre, Cristo, está promoviendo el nacimiento de una nueva religión en el sentido organizador de la palabra, y va a tratar de dar respuesta al sentimiento oscuro, religioso, que tiene todo individuo desde que nace, sea para afirmar a Dios, o sea para negarlo. Este hombre se presenta anunciando no sólo a Dios, sino diciendo de sí mismo algo sorprendente: "Yo soy Dios".
Es cierto que Cristo no hizo en el Evangelio una declaración categórica de "Yo soy Dios" en el sentido literal de la palabra, ni pronunció una oración en los términos de "Yo soy Dios", ni hizo un enunciado parecido al de "Yo afirmo de mí que soy Dios". Pero en el contexto de las cosas, está afirmando de sí que es Dios. Estamos simplificando y concentrando nuestra atención en esta afirmación.
Entonces... ¿dónde reside ese criterio único de credibilidad del que todos los demás criterios aparecen como valores que se fundan en él?
Bien. Hemos convenido en que todavía Cristo, un hombre que está entre nosotros, no ha fundado nada. Ha venido aquí, precisamente, a este foro a sabiendas de que van a salir, o le van a seguir, sólo unos pocos, que llamará "colegio apostólico", como se dice también "colegio de médicos" o "colegio de abogados".
Lo primero que debemos tener en cuenta, en este criterio único de credibilidad, es el supuesto de un hombre que da testimonio de sí mismo, de que Él es Dios, y que depende de los demás el creer o no creer en El.
Llegados a este punto, nos encontramos, pues, con la primera parte o punto A del criterio de credibilidad. La razón que lo constituye es el hecho objetivo, histórico, de un hombre que se presenta con una afirmación pública, diciendo de sí mismo que es Dios.
A partir de aquí, se puede poner la erudición, el adorno, las metáforas, el estilo, la poesía que se quieran. Entra en dialéctica con la cultura presente, introduciendo ejemplos y construyendo parábolas sacadas de las ciencias, de las noticias extraídas de los medios de comunicación, de la actualidad social y política. Formará sus discursos comparando el Reino de los Cielos y su desarrollo en el corazón humano con imágenes de la actualidad, e incluso valiéndose, si se trata de un público selecto, de comparaciones con la estructura atómica de la materia o con los viajes espaciales. Su discurso escogería términos de la ciencia actual, como los quarks, los electrones o los neutrones. Se referiría en sus explicaciones a la electrónica, al cine, a la televisión. Establecería, incluso, las comparaciones poniendo ejemplos relacionados con la medicina, la economía, el comportamiento político y social, la inmigración, la marginación, la delincuencia. Cristo hoy, seguramente, al hablar de la ética, de la religión, de la vida espiritual, se habría comportado con un carácter mucho más científico, mucho más riguroso, como es lo propio en nuestra época. Y lo haría con admirable sencillez, con una gran categoría, con una gran autoridad.
Ahora bien. ¡Quiten ustedes el hecho de la afirmación de sí mismo como Dios! La validez de todo criterio de credibilidad desaparece. Toda otra afirmación es posterior al testimonio de un ser humano que afirma de sí: "Yo soy Dios". Desde aquí todo lo demás debe adquirir sentido.
Esta afirmación es tan importante que hoy muchos rechazan la Iglesia Católica, o no la tienen en cuenta, porque no poseen este criterio de validez o bien porque no se expone con claridad, porque no se presenta vitalmente, o porque se reduce a un hecho meramente cultural.
Si no constara esta afirmación y testimonio personal de Cristo sobre sí mismo, sobre su divinidad, a mí tampoco me interesaría, por supuesto, la religión. La religión cristiana sería como una de tantas.
¿Por qué no admito yo las otras religiones en cuanto que pudieran tocar y persuadir a mi vida religiosa? Sencillamente, porque no hay ningún fundador de religión que me haya podido, de alguna forma, decir o delatar que él era Dios. Cristo hace, sin embargo, una serie de cosas, una serie de afirmaciones, en cuyo texto y contexto está diciendo que Él es Dios. Nadie ha podido revelarnos como Él la intimidad divina.
El criterio de credibilidad tiene, por tanto, este primer punto A: el hecho de un ser humano, llamado Cristo, que dice de sí mismo, afirma de sí mismo, que Él es Dios mismo, el Verbo, el Mesías, el Enviado. No hay otro punto A, en absoluto. En este momento, la base del saber teológico se hace histórica, es un hecho histórico. Es una historia, una biografía, que va a entrar en el discurrir de todos los demás procesos históricos.
Al principio del cristianismo, referente a este punto A "del hecho humano del cristianismo, porque es un hecho humano", los primitivos cristianos se afanaban, precisamente, por testificar que Cristo era Dios mismo, y, cuando le requerían la prueba, acudían a la Resurrección:
—Se resucitó a sí mismo. Había de ello numerosos testigos:
—Nosotros, los Apóstoles, somos testigos de que resucitó.
Era tan reciente el hecho, tan vivo históricamente, tan actual, tan extraordinariamente comunicativo, que creó un impacto social en aquellos círculos: unos, para aceptar el hecho; otros, para rechazarlo. Pero el acontecimiento era enormemente actual. Por eso, los cristianos invocaban, como argumento último para demostrar la divinidad de Cristo, que se había resucitado a sí mismo, ya que nadie, humanamente hablando, puede resucitarse a sí mismo. No ya el poder de resucitar a éste o aquel, sino la omnipotencia de resucitarse a sí mismo. La verdad de la resurrección de Cristo se asienta sobre la base de su propia divinidad.
Yo haría unas preguntas a las presentes generaciones: ¿No habrá vuelto acaso a nueva actualidad el tener que partir de este hecho para conocer a Cristo? ¿No deberíamos enfrentarnos personalmente con el aspecto humano de este hecho, y revisar, actualizar y convencernos de ello? ¿Y cómo podríamos hacer si la resurrección es ya un hecho lejanísimo, que, incluso, puede estar envuelto en las nieblas de la leyenda o de lo legendario, o de la confusión de las variadas interpretaciones teológicas o exegéticas?
El dato de que queden unos libros llamados Evangelios, contando o narrando la resurrección, puede no tener mayor importancia intelectual o cultural. Se ha perdido, ciertamente, mucho tiempo, y el tiempo desgasta. El tiempo erosiona. Los años van erosionando la frescura de cualquier hecho que nace, o del aspecto en que nazca ese hecho. Todo queda deteriorado, como la piedra, el mármol, la madera o el cemento, en el transcurrir del tiempo.
Si este hecho humano de Cristo lo sometemos a una serie de consideraciones filosóficas, escolásticas, etc.; si tuviéramos que invocar criterios de autoridad apoyándonos en una persona porque es obispo o es sacerdote o es religioso, o es doctor en teología; esto hoy no tendría la fuerza debida. Creer en Cristo como Dios porque me lo ha dicho el obispo "tal" o el padre "cual" o el misionero "x", es pasar por el hecho de la creencia con bastante superficialidad. Son actitudes que no tienen ya mayor porvenir.
Hemos visto, y estamos viendo, una regresión bastante rápida del hecho religioso. ¿A qué se debe que no haya seguridad en este supuesto hecho de fe; esto es, en un criterio de credibilidad que nos persuada de que la religión católica es la verdadera?
La cultura de hoy no se puede comparar con la de ayer. Hoy las universidades se han hecho masificantes: son aglomeraciones humanas que se han ido incorporando. Han existido confrontaciones y luchas filosóficas terribles; y, ciertamente, en la mayoría de los casos, no ha salido victoriosa, ni esplendorosa, ni siquiera brillante, la teología católica. No ha salido airosa, incluso, porque hoy tampoco los problemas más graves de nuestro tiempo han podido ser afrontados a ese nivel religioso que requiere el ser humano para convencerse perfectamente en su conciencia de que eso tiene que ser así. La conciencia humana está distraída en otros derroteros, en otras tareas.
Diremos, para concluir, que este primer aspecto o punto A del criterio de credibilidad, de cómo se produce la teología como hecho, es sobre la base del estudio de un dato histórico que, en este caso, se refiere a un ser humano que afirma de sí ser Dios. La razón se debe a que es de esta manera, y no de otra, como hay que estudiar la historia, o la biografía de un ser humano, llámese Cristo, Buda, Mahoma, Julio César o Augusto. Pero, cuidado, se trata ahora de ver cuál es la categoría del texto biográfico de ese supuesto personaje, y cuál es la carga vital, existencial, religiosa que tiene esa vida humana, para ser aceptada en más o en menos, universalmente, por los demás.
Siguiendo este razonamiento, se dirá, naturalmente, que Cristo ha comportado un hecho que ha tenido graves repercusiones históricas. ¡Oh! Y también Mahoma, Julio César, Alejandro Magno y otras religiones.
Yo no veo, sin embargo, ningún criterio filosófico, ni disciplinar, que pueda, ciertamente, damos una persuasión adecuada, ni siquiera suficiente, de este magno hecho que es este ser humano, llamado
Jesucristo, que aparece ahora, en este último cuarto del siglo XX, si preferimos en esta sala, para decir: "Yo soy Dios".
Tenemos que considerar una segunda parte, un punto B, del criterio de credibilidad, complementario con el primero y fundamental para que este criterio pueda ser válido, creíble.
2.2. Segunda parte o punto B: persuasión sobrenatural de la divinidad de Cristo
¿Cuál tiene que ser esta segunda parte o punto B del criterio de credibilidad, si no hay filósofos, ni teólogos, ni supuestos Padres de la Iglesia, ni Papas, ni tampoco otros argumentos de verificación, sino sólo Cristo mismo con su afirmación de ser Dios?
El punto B se refiere a cómo Cristo debe llenar, comunicar, este hecho histórico, este hecho de la afirmación divina de sí mismo, para que pueda entrar en mí religiosamente.
¿Cómo podemos admitir esta afirmación que procede, en principio, de un ser humano?
Para responder a la pregunta, este punto B debe considerar, con detenimiento, aquel acto que Él, Cristo, que se dice Dios, tiene que poner en mí para convencerme de que efectivamente es Dios.
Dicho con otras palabras, el punto B tiene como objeto aquel acto que Él, como Dios, debe hacer en mí, poner en mi ánimo, en mi espíritu, con el fin de que me lleve a la persuasión de que efectivamente Él es Dios.
Y, ¿en razón de qué tiene que entrar, convencerme, persuadirme? Precisamente porque está en la afirmación que hace de sí mismo: "Yo soy Dios".
Si tú, Cristo, eres Dios, que es tu afirmación, entonces esa proposición, ese enunciado, tiene que producir en mí el convencimiento de que, en efecto, es así. Y, o lo pones o no lo pones, o me infundes esa persuasión, esa noticia en mi ánimo o no lo haces. Si lo haces, ya tengo la persuasión; empiezo a creer que, efectivamente, eres aquello que Tú afirmas de Ti.
Pero... ¿y si no me infundes nada? Si Tú no intervienes, yo no puedo de ninguna manera convencerme, persuadirme de que Tú seas aquello que afirmas de Ti mismo.
Yo tengo ya la persuasión de que eres un ser humano, porque tengo yo en mí la persuasión de que yo soy un ser humano como Tú, porque todos los presentes, por las características que presentamos, tenemos la persuasión racional de ser seres humanos. Pero, al decir Tú, al afirmar de Ti que eres Dios, tienes, naturalmente, que ponerme en un estado más que humano para que yo pueda creer que Tú eres aquello que afirmas de Ti; es decir, no basta con que lo afirmes, tienes ciertamente que infundirme la persuasión de esa afirmación. Tienes que notificarme ahora a nivel de espíritu esa persuasión.
En el punto primero, me das noticia histórica, es un hecho histórico, haces una afirmación de Ti, y nada más; afirmas de Ti que eres Dios, como puedes afirmar cualquier otra cosa.
Bien. Ya lo afirmaste. Pero... ¿cómo puedes probármelo? ¿De qué manera me vas a probar que Tú eres Dios?
No basta, ahora, el argumento de la Resurrección, que era el que aducían los primeros cristianos, porque se supone que Cristo en nuestra hipótesis no ha muerto ni ha resucitado todavía. Aducían, es cierto, que Cristo se había resucitado a sí mismo. Pero... ¿qué pasaba con la fe de los Apóstoles antes de morir y resucitar Cristo? Téngase en cuenta que los propios Apóstoles tuvieron también sus crisis de fe.
Cuando Cristo acometía un acto un poco atrevido, cuando los Apóstoles y discípulos veían los conflictos sociales que provocaba, y ellos se encontraban involucrados en este proceso, entonces..., claro..., el temor, el miedo que vivían, les llevaba a decir, ante Cristo, que ellos ya tenían sus propios problemas y que no estaban dispuestos a complicarse su existencia. Ahí tenemos el caso de Cafarnaúm con la Eucaristía. Hacía afirmaciones tales que solamente un Dios podía efectuarlas, pero quedaba pendiente y colgado que todavía no tenían la prueba de que, efectivamente, Él era Dios. Esta prueba no dependía de las aptitudes intelectuales o morales de sus discípulos.
Cristo tiene que poner un acto en aquellas almas que Él elige por la razón que sea; una persuasión íntima, personal, que conduzca a unos individuos a seguirle sin saber exactamente adónde. Es lo que he dicho yo tantas veces del joven rico. Ese muchacho que cumplió los mandamientos, fuera verdad o no; desde el punto de vista objetivo, Cristo aceptó como verdad su afirmación sobre dicho cumplimiento y le dice:
—Si quieres ser perfecto... ¡sígueme! —¿Adónde?
En este "¿adónde?", se encuentra el símbolo de ese eterno interrogante de todos los seres humanos: —¿Adónde vamos a parar? Hay revoluciones y terrorismo: —¿Adónde vamos a parar? Viene Cristo y dice: —¡Sígueme! Pero...
—¿Adónde vamos? ¿Adónde voy a parar contigo? ¿Adónde? ¡Dime! ¿Adónde?
Ese "¿adónde?" es la eterna pregunta, el eterno interrogante, la eterna incógnita. Vamos, que estamos siempre haciendo preguntas en relación con la mayor parte de los asertos: —¿Adónde voy contigo?
Y Cristo dice:
—Para que recorras conmigo las tierras de Jerusalén o de Israel, porque yo camino mucho. Y…
—¿Adónde vamos a dormir? —¡Debajo de un árbol! Y…
—¿Adónde vamos a comer?
—Echa una moneda y te saldrán unos salmones o unos peces del río o del lago. —¿Adónde vamos con todo esto, Señor?
Y así los apóstoles se preguntaban: —Pero, ¿adónde vamos?
Es la eterna pregunta del ser humano.
Y así le voy haciendo preguntas. A unas me contesta de una forma y a otras de otra. Generalmente, me seguirá dejando a la enésima pregunta.
Mi razón, por su mismo proceso normal, me lleva a la conclusión de que yo no tengo que seguirle ni a Él ni a cualquiera que me diga "sígueme", así por las buenas. Y menos si me dice: "para que seas perfecto".
Me tendrías que explicar qué perfección es esa, porque no a toda perfección estoy dispuesto a acceder.
Muy complicada tanta perfección.
—Pero... ¡Dime! ¿Qué significa esta perfección? —Pues... la misma que tiene mi Padre Celestial. —¡Uf!
Diríamos todos enseguida con mucha razón.
Es necesario que Cristo me ponga o me infunda —empleamos la palabra infundir, injertar, meter, insuflar algo— una realidad "x" que me cree un estado de persuasión para seguirle y que, por el camino, me vaya poniendo signos, o diciendo cosas, y yo lo vaya aceptando.
Digo a esto un hecho sobrenatural. Es un hecho sobrenatural porque no está en el proceso general de mi naturaleza ponerme en este estado sobrenatural de aceptación.
Se requiere esa persuasión interior, esa intervención. Un acto de Dios que ya decimos sobrenatural, porque no brota del proceso racional, que me lleve a la persuasión y me cree un campo de deseo interior con el adicional de una cierta luz en la razón que me sensibilice para poder incluso echar mano de ella y razonar sobre aquello que jamás se me hubiese ocurrido por su novedad. A esto llamamos el donum fidei.
Una razón cerrada, absolutamente natural, no existe. La razón humana está, por naturaleza, abierta al don, aunque el don no brota de la razón, no emerge de ella, pero la razón está abierta al don. Los problemas ocurren cuando nuestra razón, por múltiples motivos, se cierra al don sobrenatural.
Capítulo Segundo
La necesidad del donum fidei
1. El criterio de credibilidad es místico
1.1. El donum fidei y la validez del discurso teológico
Quiero decir, en una palabra, que el criterio de credibilidad en Jesucristo es místico. Este criterio místico consiste en una estructura bien sencilla que, como hemos visto, posee dos elementos:
a) El hecho histórico de un ser humano, Cristo, que afirma de sí mismo: "Yo soy Dios".
b) Para que sea creída esta afirmación, Él mismo debe infundir en nuestro espíritu un don divino,
gratia fidei, la gracia de la fe, consistente en una persuasión interior, sobrenatural, que tiene el
significado de esa misma afirmación.
Cristo afirma que es Dios y me infunde, para comprenderlo sobrenaturalmente, aquello mismo que Él afirma de sí. Tengo aquí a Cristo: primero, como ser humano que me habla; segundo, actuando en mí y colocándome en un estado místico inicial, suficiente, básico, fundamental, de carácter sobrenatural.
La religión de Cristo es, pues, sobrenatural; esto es, sobre la naturaleza. Por tanto, está sobre los cánones racionales de la vida, que quedan, a su vez, definidos —y por consiguiente abiertos— por este
estado de sobrenaturaleza. No desaparece el carácter racional, sino que éste, abierto al donum fidei, queda definido por el donum fidei.
Yo no puedo extraer ni realizar ninguna deducción, en manera alguna, de la divinidad de Cristo si no me da la persuasión sobrenatural de esa divinidad suya. Sin este convencimiento sobrenatural de su divinidad, yo no puedo creer en manera alguna, no puedo creer, verdaderamente, en todo lo demás que pueda decir de sí mismo. Todo perdería su validez. Nada sería ya digno de ser aceptado, por muy hermosas ideas, o por muy bellas palabras que Él me dijera acerca de la vida eterna o de la vida moral. Aunque me hablara de las Personas Divinas, o de las personas angélicas, no tendría validez sin este
donum fidei.
La crisis de nuestro tiempo reside, exactamente, en este segundo punto: no se tiene la gracia, esa gracia que es donación mística a una razón abierta, generosa. Esta gracia nos proporciona ese toque místico en nuestro espíritu, que nos inclina a creer con fe admirable en la divinidad de Jesucristo. Aquellos que están en posesión de ese don, el donum fidei, creen naturalmente en términos admirables, e incluso proyectan la figura de Cristo, y todo el pensamiento de Cristo, y las palabras de Cristo, según dilatados horizontes.
El criterio de credibilidad no son los argumentos de autoridad, como eso de afirmar: "Porque la Iglesia lo ha dicho". La Iglesia es una conclusión de Cristo. Creó esa sociedad; luego es después que Él. La Iglesia es para aquellos que crean, para aquellos que tengan la persuasión sobrenatural en esta divinidad de Cristo. Entonces ya pueden decir: "La Iglesia me sirve de ayuda; la Iglesia es el medio de salvación; la Iglesia es el lugar de la realización de la fe". Desde aquí, ya todo va adquiriendo su sentido, el valor que realmente tiene.
¡Claro! ¡Como que es la institución establecida por Cristo! Si la Iglesia está brillante, si abundan los santos, pues podrá ayudarnos más; y si no, pues no nos ayudará debidamente; incluso, por el mal ejemplo de algunos, la Iglesia podría ser el blanco de crítica y desaprobación. El prestigio de la Iglesia depende mucho del grado de educación, de ejemplo, de pureza de las personas bautizadas que la constituyen formalmente. El donum fidei hace Iglesia.
El criterio de credibilidad en Cristo y, por tanto, en su Iglesia es místico. Criterio que consiste en un don, en una gracia: la gratia fidei, la gracia de la fe, que El nos tiene que infundir en el espíritu para que éste entre en persuasión sobrenatural y conciba que, efectivamente, Cristo es Dios.
Y este criterio nada tiene que ver con cualesquiera otras pruebas dialécticas, milagros o hechos extraordinarios con los que Cristo me quisiera rodear. Ya no es necesario nada de esto. ¡Resucitó a algunos, hizo milagros, curó enfermedades! Bien, bien... No tengo evidencia personal de que fuera así exactamente.
Me dirán: "Pero las Sagradas Escrituras están inspiradas por Dios".
¡Es una conclusión! Eso viene después de Cristo, de la persuasión en la divinidad de Cristo. Eso es un valor más, aunque importante, del donum fidei. Esto quiere decir que el don de la fe, este acto suyo en mi espíritu, me llevará a interesarme por las Sagradas Escrituras, por estos libros sagrados, y entonces podré llegar a discernir, seguramente —no fácilmente—, el verdadero ajuste histórico de una serie de hechos o narraciones revelados en estos libros.
El criterio de credibilidad —reitero una vez más— del que todo lo demás que se diga son valores de él, es místico. Este acto es el toque de Cristo como Dios, que infunde en mi espíritu la persuasión de aquello mismo que afirma de sí: "Yo soy Dios. Ego sum Deus. Yo soy Dios".
Este es el principio de la fe. Es un hecho personal de Cristo y de la criatura, de cada criatura. Cristo debe poner en mí la persuasión sobrenatural de esta afirmación.
Pero debo decir aún más.
Aunque sacáramos la conclusión de que El es Dios, nos resultaría del todo imposible extraer por argumento deductivo, o por método racional alguno, que El es la segunda persona, y no la primera, o la tercera, de la Santísima Trinidad. Él tiene que ir revelando la intimidad divina a una razón abierta y definida por el donum fidei.
Está claro que Cristo nos tiene que dar la gracia del donum fidei; esto es, debe infundirme esa afirmación suya de tal manera que me persuada por sí misma, sin necesidad de aditamento alguno, sin tener que resucitar muertos, ni curar cánceres, ni probarme la cura de nueve leprosos, de diez, o de siete. Todo es inútil. No es eso. Sin la persuasión del donum fidei, siempre le pediría una prueba más, una prueba detrás de otra, según fuesen las exigencias que su afirmación causase en mi propio corazón.
El donum fidei no nos puede dejar en estado de simples observadores, ni tampoco debemos contentarnos con asumir, culturalmente, en nuestro lenguaje la aceptación de Dios y repetir como papagayos "Cristo es Dios". Después de la persuasión sobrenatural, viene todo lo demás. Estamos en disposición de que adquiera sentido el discurso teológico. Este don de la fe, el donum fidei, está muy lejos de reducirse exclusivamente a un valor semántico.
1.2. Progreso del donum fidei y su experienciación mística
El criterio de credibilidad tiene una extensionalidad, como un valor supremo, o a manera de valor supremo.
¿Por qué valor supremo? ¿Adónde nos conduce el donum fidei?
Cristo me va a infundir la persuasión de que Él es Dios; me hace conocer, sobrenaturalmente, aquello que Él afirma de sí mismo: "Yo soy Dios".
Por tanto, la cima, la cumbre, el término, la ratio finolis, no puede ser otra que la forma de llegar a una unidad, maravillosamente consumada, llegar a un encuentro final, verdaderamente experiencial, posesivo de Dios y yo. Y aquí ya sobra toda clase de dialécticas.
Si me infundes, Cristo, la persuasión de aquello que afirmas de Ti mismo, cual es que eres Dios, es para que yo progrese en esa afirmación, o para que esa afirmación
—
ya místicamente experienciada y sentida— vaya progresando hasta un estadio final. Esta meta es mi encuentro, no ya sólo contigo como ser humano que tengo delante, sino con esa divinidad que dices de Ti, y que tiene que ser, naturalmente, un encuentro inmediato, ya sin medium de ninguna clase.Toda mi vida es, entonces, partir de tu vida humana, de tu condición de ser humano; y esto me lleva a aquello más íntimo tuyo que es ese hecho trascendente a tu ser humano cual es tu divinidad. Y el vínculo de este proceso es el donum fidei, el don místico por antonomasia. Un hecho místico, producido en mí por Ti, que no necesito ni siquiera andar explicándomelo. Es a modo de axioma. Es la posesión de una virtud, de una tendencia, con la cual adquiere sentido todo lo demás. Es un hecho íntimo, ontológico y sicológico. Es una marca, me sellaste así. Es parecido, analógico, por ejemplo, a cuando llega la hora de comer y siento hambre porque me has puesto la sensación del hambre para comer, o la sensación del sueño para dormir, o el apetito de saber o de crear.
Es un hecho místico, una tendencia, una virtud. Yo lo llamo, en este momento, donum fidei. Es una cualidad mística porque es ese estado en que quedo, gracias a aquella forma como Tú has procedido conmigo, en virtud de lo cual yo digo que creo en aquello que Tú afirmas de Ti: que eres Dios. No que eres un simple anunciador de religión; no que eres un simple profeta de religiones o de éticas, sino que eres Dios, que eres mi Dios.
Ya tengo ahora la disposición para creer en todo lo que digas.
2. El donum fidei da unidad, dirección y sentido al hecho teológico y al hecho bíblico
2.1. La teología mística como criterio del saber teológico
La respuesta de Cristo, en el mundo contemporáneo, frente a alguien, podría ser la siguiente: —Para que tú creas en todo lo que Yo te diga, se requiere que Yo te lo diga; y para que Yo te lo diga, se requiere que tú me sigas. Porque no te lo voy a hablar todo en este salón, y ahora, sino caminando conmigo. ¡Sígueme! Nos veremos mañana, por ejemplo, a las siete en la cafetería Zahara o Nebraska, pues ahora ya es muy tarde y tengo que terminar. Allí continuaré contándote esta historia de mi vida. ¿A las siete te parece? Nos encontraremos, pues, a las siete.
...Y... entonces...
—¡Mira! ¿Ves aquel muchacho? ¡Llámale! ¡Llámale que le vamos a invitar a una cerveza! Y a ese otro... Y ya verás cómo terminan creyendo en Mí... Pues ya somos dos, y somos tres...
Este es el comienzo, el seguimiento y el fin. Ésta es la sustancia de la fe. Todo lo demás, desconectado de esto, de este estado místico, de este hecho producido por Cristo en mi vida, no vale nada, aparece como un sinsentido.
A partir del "sígueme", consecuencia del donum fidei, la experiencia mística que Cristo va proporcionando tiene su lógica, su discurso propio. Nace aquí la teología mística.
¿Qué sucede con las otras ramas teológicas y con la metafísica? Todo eso está muy bien... la bíblica, la dogmática, Aristóteles, Platón... Efectivamente, es todo una gran labor. Pero no hay que llamarla aún ciencia teológica. Teología no hay más que una. Cristo ha traído una sola teología, una sola, de la cual todo lo demás son, simplemente, valores, capítulos de esta teología, que es la teología mística.
La teología mística no es aquella parte de la teología —entre las diversas ramas teológicas—, que trata de ciertos fenómenos místicos, ciertos éxtasis o cosas semejantes, que han tenido, de forma extraordinaria, algunos que llamamos "místicos" o algunos santos.
No es eso la teología mística. Es un ámbito mucho más amplio. Es nada menos que el criterio de todo el saber teológico. Es la ciencia maestra por antonomasia; la que ilumina y da unidad, dirección y sentido a todos los demás valores.
2.2. Sentido del hecho bíblico por la persuasión mística de la divinidad de Cristo
¿Y el hecho bíblico? El hecho bíblico es éste: Cristo, en el siglo XX, que se presenta hoy, y que está aquí sentado detrás de esta mesa notificando de sí mismo que es Dios y revelando el significado que encierra esta afirmación. Podemos hacer epojé del Antiguo Testamento y de las tradiciones religiosas. Cristo sólo testifica de sí mismo así, sin más, limpiamente.
Pensemos que lo "de Moisés hasta hoy" podía haber sido de otra manera. Podría, incluso, no haber habido ningún profeta. Moisés sería un hombre que vivió, pero de cuya existencia no nos hemos enterado, ni sabemos nada de su misión.
Esto tiene, sin duda, una enorme importancia, porque ningún hecho histórico hoy pesa, ante la exigencia rigurosísima de un relativismo y de un racionalismo pragmáticos, enormemente ilustrados, que nos abruman. Ni el conjunto de los hechos religiosos pesan, siquiera, en la conciencia humana y, sobre todo, en la conciencia universitaria. Hay que buscar el fundamento, aquello desde lo cual puede hallar sentido el hecho religioso y, con éste, el hecho bíblico.
Hoy, que se habla de argumentos deductivos, inductivos, matemáticos, experimentales, etc., tenemos que conseguir, en contexto con el hecho persuasivo íntimo del donum fidei, la validez de cualquier cosa que digamos de Él. Y todo lo que digamos adquirirá sentido en referencia con la divinidad de Cristo y la persuasión mística que de ella tengamos.
Pienso que queda perfectamente claro que, hipotéticamente, estamos comenzando el cristianismo hoy, un día de la semana, cuando todos los criterios —salvo éste de credibilidad— los estamos rechazando, porque es que ni siquiera otros criterios importantes, que se pueden referir a otros hechos relacionados, se habían producido humanamente.
Y esto lo hago a efecto de que podamos entrar en la raíz misma de cómo se produce, ciertamente, una religión, y, especialmente, esta religión que es en sí sobrenatural, que no viene dada, lógicamente, por los aconteceres culturales o históricos.
O yo tengo la persuasión íntima, indefinible, maravillosamente axiomática, de un Dios que está presente. O no la tengo. No basta con que Dios sea, sino que esté, que me produzca con su presencia un estado místico con Él.
Debemos suponer que no sabemos que ha habido profetas o que hemos perdido el paraíso terrenal, porque incluso no se ha narrado nada de esto. No hace falta, pues hemos hecho epojé de ello.
Viene ahora Cristo para explicarnos exactamente nuestro origen, darnos una explicación sobrenatural del origen del hombre. Nosotros, los asistentes, sin duda le vamos a preguntar eso, pues se supone que somos inteligentes, universitarios, que nos interesa este tema vital del ser humano: nuestro origen, nuestro destino o nuestro fin.
Nos quedamos, pues, con el hecho de su afirmación de ser Dios y con la gracia, el donum fidei, de la persuasión de su divina presencia en nosotros, una presencia que, suponiendo nuestro finito ser creado, nos constituye en seres místicos, y no divinos.
3. Forma y estructura del donum fidei
3.1. La persuasión interior del donum fidei
A los propios Apóstoles les dice: ¡Bueno! ¿Vosotros también tenéis pensado marcharos, no? Si contestan de una forma sobrenatural es porque se está moviendo el donum fidei, gracia o persuasión sobrenatural por la que le están siguiendo. Hay un atractivo, una virtud interior. ¿Qué está ocurriendo ahí?
Ese donum fidei es como un ungüento, está moviendo resortes sicológicos, se están impregnando las funciones sicológicas, anímicas; en fin, todo toma una trayectoria. Esto ciertamente produce, como primer resultado de este donum fidei, un llanto íntimo en aquel que desea el amor, en sus tendencias ideales. Es el lloro del alma, no ya sólo por la humanidad, sino también por ella misma.
Estoy en el exordio del donum fidei. Renuncio a entender nada desde mí mismo y por mí mismo, y me dispongo a creer en Él totalmente. Pero esta fe no es deportiva, no es ir a la conquista deportiva de nada; tampoco es un voluntarismo, una fe del carbonero. El primer efecto, yo diría como sacramental, del don de la fe, es que va conduciendo al alma, desde el punto de vista intelectual, a esa exclamación, que es a manera de descanso:
—¡Por fin no entiendo nada! Ya nada deseo entender, por mí mismo y desde mí mismo, acerca de aquello que podrías juzgar como impertinente de entender en esta vida racional mía. Aquí tienes mi razón mundanal, egótica, me descabezo, me decapito, te presento mi cabeza en una bandeja a modo como le presentaron a Herodes la cabeza de San Juan Bautista. Así, yo mismo renuncio a esta razón. Te coloco mi razón, como sangrante, sobre una bandeja. Aquí la tienes. Te la ofrezco porque, cuando se piensa en Ti con este argumento de la encrucijada en que se encuentran la vida y la gracia, ¡ah!...
Es el holocausto de este modo de discurrir religioso, de la depuración de este instrumento, único instrumento que tengo para pensar.
—Aquí la tienes. Creo, pero... ¿en qué? —En Ti, sin más. ¿Bajo qué razón? —Por ser quien eres. ¿Por nada más?
—Por nada más; porque ya ninguna cosa, fuera de este Tú, por Ti, vale para mí nada.
Es un acto de fe que tiene, incluso, la apoyatura de aquel sentido que yo tenga, realmente, de mi propia dignidad. No puedo hacer trampas con mi razón en algo que me está dictando mi dignidad. El
donum fidei me lleva ya a no plantearme mezcolanzas de la fe con la razón. No puedo estar tratando de
casar razón y fe para justificarme en mis tendencias y apegos a mis juicios, sino procurar que lo que es típico de la razón sea reducido; esto es, la formalidad argumentativa de una razón cerrada, egótica, debe quedar reducida para abrirse a la transcendencia y adquirir la lógica propia del donum fidei.
3.2. Reducción a cero del específico del acto racional
¿Hacia dónde conduce el donum fidei? ¿Cuál es su esencialidad y cuáles son sus atributos? ¿En qué consiste el estado místico?
Hay que decir que en el donum fidei se verifica el acto místico de Cristo. Este acto reduce a cero el específico de una razón a la deriva donde los conceptos, juicios y raciocinios se mueven a merced de la proyección egótica del yo con sus estímulos, instintos, pasiones. Es la lógica de una razón apegada al mundo, al yo, a los juicios, al instinto de felicidad. Con el donum fidei se produce como una "transustancialidad" —diríamos así— donde lo que es específico de la fe pasa a ser el específico de una razón que le ha entregado su formalidad. Ya es una actitud positiva de una razón que, en un aspecto, en su específico, podríamos decir que ha muerto. La "muerte" en este mundo del específico de la razón es relativa, no absoluta. Es en la vida eterna ante la visión ya de Dios, que el específico de la razón muere del todo. Allí nadie tiene que razonar nada. Nada se razona en la vida eterna. Todo se ve. Todo es visto en Dios. En este mundo, los conceptos, juicios, raciocinios y todo el fluir del recuerdo y del sentimiento, adquieren pleno sentido desde el donum fidei.
He aquí que esta virtus fidei, este donum fidei —que no dimana de la razón, pero no se da sino a la disposición de la razón—, tiene su forma, su esquema, su lógica, su proyección, sus evidencias. Una razón, en la que se va reduciendo su específico egótico, va adquiriendo mayor aperturidad al acto místico de Cristo. De este modo, el donum fidei proporciona a la razón un régimen admirable de comprensión divina de las cosas, y es cuando, efectivamente, la personalidad del alma va adquiriendo ese estado de no separarse de Dios. Es entonces cuando, verdaderamente, podemos ver cómo es el argumento racional en sí mismo, y que no es en este argumento donde está la solución de un planteamiento digno, no ya de la existencia de Dios, sino de cómo es Dios. Porque no somos nosotros, en realidad, los que tenemos que demostrar la existencia de Dios, sino que tiene que ser Dios mismo quien tiene que mostrarnos su existencia. Nos demuestra, de alguna manera, su existencia experiencialmente. Y ese hallazgo de la forma cómo El demuestra, no ya su existencia, sino este modo suyo de ser, es el objeto del donum fidei.
Para el santo, el apóstol, el místico, no es su punto fuerte demostrar la existencia de Dios; ni su afán consiste en esforzarse por demostrarla. No vive en ese orden de cosas. Su razón está en otro ámbito. Vive en esa región donde Dios le descubre su modo de ser, su carácter.
Bien. Continuemos.
Se levanta el discípulo, el oyente, y acepta primero la afirmación que oye de Cristo que, como hombre, dice de sí: "Yo soy Dios".
El oyente le pregunta, le plantea la cuestión clave, con todo el impulso de su razón, y acepta ahora la respuesta de Cristo: "Eso sólo lo sabe mi Padre".
Y acto seguido, le sigue, no le deja marcharse solo por las calles de Madrid, o de Jerusalén o de Cafarnaúm. Continúa el diálogo.
¿Qué ha ocurrido?
Una virtud salió de El. Hay algo en el tono que infunde una imponente seriedad. No es un hombre cualquiera en su forma de ser, de comportarse. Hay un crédito en El. Aporta un no sé qué. Se da como un deslumbramiento misterioso en mí. El decirse "Dios" es una afirmación demasiado grave. Además, ha quedado muy fijada en mí, y yo me voy con El, aunque sólo sea para llegar a obtener la respuesta racional. Pero para que no le vuelva a hacer la pregunta racional me hace algo admirable: me reduce el típico egótico de mi razón.