Anexo
LA CUESTIÓN DEL SIGNIFICADO Y EL SUFRIMIENTO
Por Elizabeth Lukas
La mayoría de las escuelas de psicoterapia pretenden reducir la totalidad humana a una cuantas reglas. La logoterapia, por otro lado, trata de aplicar todas sus reglas a la totalidad humana. Esto requiere que entre a áreas que la psicoterapia general considera más allá de su incumbencia.
Un área, más allá de nuestra comprensión, es el sufrimiento inevitable e inexplicable. La logoterapia trata con la gama entera de los problemas humanos. Desde aquellos que podemos cambiar, hasta los que no. Su preocupación es reconfortar, su meta es encontrar “la mejor ayuda posible”, su empatía es para los pacientes que son conducidos a darse cuenta que el sufrimiento no es sin sentido.
Una ilusión actual es que todo puede corregirse. La gente obesa, haciendo dieta; la débil, habilitándose para tener buena condición y salud; los viejos, yendo a centros de rejuvenecimiento; los tímidos, desinhibiéndose para ser audaces; los malos estudiantes, preparándose para mejorar, y los padres, asistiendo a cursos para comprender a sus hijos. La palabra mágica de la terapia del comportamiento, “entrenamiento”, ha producido una fe ingenua de que todo lo desagradable puede corregirse. La capacitación puede lograr mucho, pero encontramos que lo inevitable va más allá de ella. Pero que eso, se ve como una falla personal y una injusticia del destino. Esta es una falacia peligrosa. Una psicoterapia mecanicista está propensa a prescribir programas de capacitación para cualquier problema, y si éste no es resuelto, culpa a los participantes. Pocas psicologías prestan atención a los inevitable, a reconfortar donde no puede “curar”.
Nos rebelamos contra el destino, pero hemos olvidado cómo aceptarlo. Una vez asistí a una junta de padres, para tratar el problema de que las clases de inglés tenían que suspenderse durante medio año, porque todos los profesores disponibles estaban enfermos. Asistieron alrededor de cien padres y las sugerencias variaban; desde hacer peticiones al ministerio de educación, hasta manifestaciones a través de la ciudad, pero ninguno pensó en ofrecerse a enseñar a los niños. Mi propuesta de formar grupos de aprendizaje en la tarde, con padres que supieran inglés, fue escuchada con incredulidad. Nadie estaba listo para hacer algo más que protestar. Yo estaba alarmada: ¿cómo iban los niños a afrontar problemas y encontrar soluciones significativas, si sus padres no eran capaces de hacerlo?
Otra ilusión, es nuestra idea de que todo puede comprarse. La “danza alrededor del becerro de oro” terminó en un desastre, esto no ha cambiado en el siglo veinte. Peor que la sobrevaluación de las cosas materiales, es la devaluación de los inmaterial, aquello que no puede comprarse. Una madre recibe la visita de su hijo, que le lleva un costoso ramo de flores. El ramo puede comprarlo ella misma, pero no la presencia de su hijo. El sentimiento que crea esta fina distinción se ha perdido en gran parte.
La gente que no ha aprendido a aceptar el destino, que cree que puede conseguir casi todo por un precio, probablemente se va a desesperar cuando se enfrente a un sufrimiento inevitable. En tal crisis sólo tres posibilidades están abiertas:
La fe y la creencia en Dios.
Empatía y comprensión de la gente que la rodea. Su propia realización estable de sentido.
La fe en Dios ha sido sacudida de la vida de mucha gente y el apoyo interpersonal, más aún. Así, el descubrimiento personal de sentido permanece como el último criterio decisivo, podamos o no, sobreponernos a una crisis interna. La gente a la que recurrimos en tal caso, ha pasado del ministro y de la familia, al psicoterapeuta.
En nuestra soledad buscamos en extraños lo que ya no podemos encontrar en una fe firme, o en gente cercana a nosotros. Los psicoterapeutas, que son esta “última esperanza”, no se pueden permitir decir: “yo no puedo ayudar aquí, esta va más allá de mi campo de competencia”. En donde falla el conocimiento científico, la humanidad debe hacerse cargo. En los límites de la comprensión, la empatía debe encontrar palabras.
Los terapeutas que se limitan a lo que es curable, practican su profesión, pero fallan en su vocación. En particular, mis colegas más jóvenes están satisfechos con establecer programas de terapia para corregir y capacitar. Por ejemplo, cuando padres desesperados llaman a un centro de asesoramiento psicológico, porque su hija adulta se ha involucrado en un culto peligroso, los terapeutas suelen decir: “Su hija, obviamente no sufre, y ustedes ya no pueden influir, así es que la terapia no tiene objeto. Si ella ésta en peligro, no pueden evitarlo”. Eso es cierto, y una plática con los padres no cambiará la situación. Sin embargo, tiene que hacerse la pregunta de si los psicólogos deben abandonarlos con su desesperación, o pueden ayudarlos en su sufrimiento. Los padres podrían ver que, aún es esta crisis, el sentido se halla en la madurez a la que su hija nunca llegaría sin tal experiencia.
La práctica psicológica actual, en su mayoría no toma en cuenta la dimensión del espíritu humano, ni el área de la piedad. Los psicólogos modernos conocen su profesión, pero no tienen compasión. En nuestro mundo industrializado, de anuncios de neón y aparadores centellantes, tiene muy poco espacio la compasión. ¿Quién piensa en los miles de personas que se suicidan cada año porque no pueden soportar su soledad? A menudo es gente mayor olvidada, que sufre, a la que nadie quiere hablar ni escuchar. ¿La psicología sólo existe para determinar coeficientes intelectuales cuestionables y para alterar patrones de comportamientos corregibles? ¡Qué tarea sería para la psicología ayudar a los pacientes a soportar su sufrimiento – mental, psicológico, físico- cuando es inevitable y el destino debe ser aceptado!
Si un joven ha quedado cuadrapléjico después de un accidente de tráfico, por supuesto que la ayuda médica es importante. Pero después de que se ha hecho todo lo posible, el paciente se encuentra con el problema de que en adelante estará atado a una silla de ruedas. La psicología puede contribuir en gran parte, ayudándolo a encontrar la fuerza necesaria para enfrentar su destino, en lugar de ser destruido por él.
Frankl ha demostrado que el éxito no equivale a sentido, ni el fracaso a desesperación. ( ver Vida significativa, p. 11). El ilustra esto en su famosa “cruz”.
Figura 9. Relación entre éxito y sentido
Sentido
Fracaso Éxito
Desesperación
El “éxito” conlleva oportunidades afortunadas, riqueza, salud, buena educación, y condiciones favorables de vida, en tanto que el “fracaso” incluye falta de oportunidades, pobreza, mala salud y condiciones de vida deplorables.
La frustración existencial actual y la crisis de sentido se hallan en el cuadrante entre el éxito y la desesperación. La gente que está, o podría estar bien pero no siempre disfruta la vida, se encuentra aburrida, irritable y harta; no le encuentra sentido a su vivir. La investigación estadística ha mostrado que en las sociedades ricas, 20 por ciento de la población cae en este grupo.
El cuadrante del éxito-desesperación se localiza en la parte derecha inferior de a figura 9. El desaliento causado por la miseria y un sufrimiento genuino, se encuentra entre la desesperación y el fracaso (izquierda inferior). Cualquier cambio hacia la parte inferior de la cruz, contribuirá a la estabilidad psicológica y la felicidad interna, si importar en dónde se halla la persona, en el continuo del éxito-fracaso.
Para explorar la conexión entre sentido y sufrimiento, veamos los dos cuadrantes superiores, primero el que está entre fracaso y sentido (superior izquierdo). La investigación logoterapéutica se ha enfocado hacia los esfuerzos para transformar el sufrimiento en logro humano, a través de una actitud positiva que da fuerza y gana admiración. Empieza con la creencia de que se puede enfrentar el sufrimiento más severo, si se percibe el sentido detrás de él. Por ejemplo, una madre que entra en una casa que se está incendiando, para sacar a su hijo, no se quejará de sus severas quemaduras. En cambio, peleará furiosamente contra el destino si debido a un accidente causado por descuido, sufre algunas mucho más ligeras.
Caso 14
Vino a verme un hombre de cuarenta años, y me dijo que si podía encontrarle un buen hogar a su criatura, “si se necesitara”. Cuando le pregunté qué quería decir con: “si se necesitara”, rompió en sollozos. Respondió que su esposa estaba embarazada, pero que tenía un cáncer inoperable y los médicos habían diagnosticado que moriría antes de naciera el niño.
Figura 10. Modificación de actitudes en situaciones de fracaso y éxito
Sentido
Fracaso Éxito
Desesperación
Le prometí que lo haría y preguntó si yo también le diría esto a su esposa, porque también ella se preocupaba por el futuro del niño. Le pedí que se reunieran conmigo al día siguiente.
Este caso ilustra cuán insignificante se vuelve la cuestión de competencia frente a lo inevitable. Los psicólogos no se dedican a buscar hogares para infantes, pero a mí no se me preguntó como psicóloga, sino como ser humano.
Ver el sufrimiento en conexión con el
significado
Encadenar buena Suerte con
sentido
Confrontar al destino, desesperación en
el sufrimiento
Frustración existencial, duda
Al día siguiente, les pedí que me contaran acerca de su vida juntos. Tenían seis años de casados, siempre habían estado cercanos, aún más, cuando se enteraron de la enfermedad de ella.
Cuando terminaron, hubo una pausa. Entonces les dije algo como esto: “Señor y señora X, los felicito de todo corazón. Ustedes han mostrado en su corta vida compartida tanto amor mutuo y valor, como muy pocos después de una experiencia de treinta o cuarenta años de matrimonio. Cientos de parejas vienen a nuestro centro de asesoramiento, y lo que escucho son disputas triviales cargadas de egoísmo y desconfianza mutua. Rara vez se relacionan dos personas tan felizmente como lo han hecho ustedes. Es algo de lo que hay que estar orgullosos, porque lo que importa no es cuánto tiempo conviven, sino cuán intensamente llenas sus vidas con respeto y amor. Si sumo las horas de armonía, de muchos matrimonios duraderos, el total difícilmente se acercará a los seis años que ustedes han vivido felizmente juntos. Nadie puede quitarles eso”.
Los ojos del hombre estaban húmedos; ella tocó mi mano y me dijo: “No me siento infeliz por el destino que pronto nos separará, estoy preocupada por mi marido. Tengo miedo que se derrumbe cuando éste solo”. “Pero, señora X”, repliqué, “usted le dejará algo que lo fortalecerá, una tarea de la que él es responsable: el hijo de su amor. Cuando usted ya no esté, será suficientemente fuerte para apoyarlo y educarlo bien”. El esposo se arrodilló frente a ella y solemnemente prometió encontrar la fuerza para dirigir y cuidar al pequeño, mientras lo necesitara. Dejaron nuestro centro de asesoría, serena y confiadamente. Meses después, el bebé fue un regalo que despertó sus más profundas emociones, especialmente porque todo salió bien.
Lo útil en este discurso logoterapeutico, no fue el “consuelo”; difícilmente puede haberlo para una persona que se enfrenta a la muerte. Aquí lo importante fue encontrar algún sentido conectado con los dos problemas que pesaban sobre ellos. ¿Por qué la felicidad de estar juntos tenía que terminar tan repentinamente, y qué sucedería después de la muerte de la esposa? Si una corta vida de casados les habría traído más felicidad que a muchos, en un matrimonio largo, entonces el tiempo es menos importante que el contenido. Los seis años conservan su sentido, aun cuando terminen abruptamente. La mujer sabe que con el hijo, dejará a su marido una tarea pero, sobre todo, un apoyo para ayudarlo en su pena: el nacimiento del niño antes de su fallecimiento, es un poderoso legado de su mutuo amor, que trasciende la muerte. La tragedia de lo inevitable se suaviza por la conciencia de una vida plena.
Por supuesto, no en todos los casos se trata de ayudar a los moribundos. A menudo, las personas deben continuar viviendo con el sufrimiento.
Caso 15
Una madre llegó al centro de asesoramiento, sin hacer cita, acompañada de una chica físicamente desproporcionada. “¿Tiene usted alguna preocupación con la jovencita?”, pregunté ingenuamente. Inmediatamente la pequeña agarró un cenicero y lo arrojó contra la pared, gritando. “¡Yo no soy una jovencita!”. Le sugerí a la madre que permaneciera en la sala de espera, y a ella la llevé al consultorio, le pedí que se sentara y le dije: “Eres tú la que tiene una gran preocupación, pero la compartiremos como hermanas. Si quieres guardar una parte para ti, está bien. Pero por favor, cuéntame algo y veremos qué podemos hacer”.
un problema; la mamá trataba de ayudarla para que concluyera la secundaria mediante clases privadas, pero sus afecciones frecuentes se lo impedían. Después de que vació su corazón, llamé a la madre, quien no pudo añadir nada, excepto que no sabía cómo podría vivir su hija con su anormalidad.
Me volví hacia la joven y le dije: “Tengo que disculparme por haberte confundido con una niña, pero no podía saber tu edad real. Esto también va por las demás personas. Espero que aprendas a perdonarlos, porque nadie es culpable si no lo hace a propósito. Pero ahora me gustaría preguntarte algo. Si la primera impresión que te causa alguien, a veces cambia después de que llegas a conocerla, ¿qué es mejor, que esta primera impresión no sea tan buena y descubras más tarde las verdaderas cualidades de la persona, o que la primera sea buena y la decepción venga después?
“No”, dijo la chica, “es mejor si la persona tiene mejores cualidades de que parece al principio”.
“¿Ves?”, proseguí, “eso es lo que sucede contigo. Al principio te ves como una niña, pero cuando uno te trata, resulta evidente que eres una joven juiciosa, con una mente madura y aguda. No das la primera impresión de un adulto, pero la segunda es enormemente mejor y siempre será una sorpresa para las personas que conozcas. Por ejemplo, cuando yo trato a alguien, generalmente tengo que pensar en algo especial para la segunda entrevista, si quiero mejorar su primera impresión. Tú puedes hacer esto sin ningún esfuerzo”. La chica rió y dijo: “Es cierto, siempre sorprendo a la gente cuando me hablan como a una niña y les contesto con unas cuantas palabras sofisticadas”.
La joven se dio cuenta durante nuestra plática, de que su habilidad para asombrar a la gente se hallaba en la falsa impresión que daba al principio. Esto hizo más tolerable su frustración.
Expandimos esta línea de pensamiento. Podría sorprender más, si aumentaba su vocabulario y conocimiento. La información bien fundada, viniendo de alguien aparentemente de doce años, estaba dirigida a impresionar a la gente, aun después de que se aclara el error. El humor de la chica cambió, cuando pensó en la aceptación y reconocimiento que recibiría, porque hasta entonces siempre se sintió excluida.
Junto con la madre, exploramos las posibilidades educativas. Finalmente, decidimos probar cursos por correspondencia que enviaban material a estudiantes a intervalos y corregían los ejercicios escritos. Con este método, los periodos e enfermedad y debilidad no pondrían en peligro su progreso educativo. Cuando se despidió, la chica enfatizó con una sonrisa que ahora sí podía dirigirme a ella como “jovencita” y no me estaría burlando, realmente sentía así. Pocos días después, me envió por correo un pequeño paquete conteniendo un cenicero con un saludo.
Aquí, también vislumbrar un sentido ayudó a encontrarle una actitud positiva a una situación inalterable. El apoyo que podemos dar, con frecuencia se basa en cosas aparentemente pequeñas, pero no debemos olvidar que la desesperación también está cimentada en algo particularmente pequeño.
Al enfrentarnos a lo inevitable creyendo que no hay sentido en nada, caminamos sobre hielo delgado. Un ligero cambio de actitud nos lleva a terreno más firme.
esperanza. Los pacientes que pueden reconciliarse con la debilidad de una manera positiva y a veces humorística, muestran lo que la gente es capaz de hacer.
La logoterapia considera tan trascendentes las actitudes positivas hacia el destino inevitable, que conservan una importancia especial entre los valores humanos. Frankl ve tres que nos ayudan a conducir una plena de sentido: de creación (lo que hacemos física y mentalmente); de experiencia (lo que experimentamos en la naturaleza, el arte, las relaciones humanas); y los de actitud (enfrentarse a lo inevitable). Podemos hacerles frente enojados o calmados; heroicamente o lamentándonos, siendo un buen ejemplo, u horrible par otros. Aquí se halla la oportunidad para que vean el sentido las personas que sufren. En la medida que soportemos nuestro sufrimiento, determinaremos su valor. El lugar de las dos historias es la parte superior izquierda del cuadrante, en la figura 9. El destino forzó a los protagonistas al “fracaso”, pero los valores de actitud transformaron su sufrimiento en logro.
También se pueden obtener los valores de actitud, en el cuadrante superior derecho la figura 9. Las actitudes positivas pueden ser importantes en situaciones de buena suerte y éxito.
Imagínese dos vehículos en una carretera, ambos en la misma situación. De repente uno cae en una zanja. El chofer no está herido, pero el coche tiene pérdida total. Ahora la situación ha cambiado, uno de ellos ha perdido su automóvil, pero el otro puede continuar su camino.
En el continuo horizontal, el primer conductor está en el lado del “fracaso” (desgracia) y el otro, en el del “éxito” (buena suerte). Ambas situaciones están determinadas por el “destino”, más allá del control personal.
Por supuesto, el propio sufrimiento importa más que el de los otros; sin embargo, los tiempos de abundancia han llevado a la gente con “buena suerte”, a encontrar sentido con cambios de actitud. La generación joven de nuestro tiempo, de familias ricas, ven sentido en demostraciones; algunas veces, aun siendo arrestados por causa de otros, cuyo destino contrasta agudamente con el suyo.
En el caso de los dos chóferes, el primero es afectado por su propio sentimiento; el segundo, por el infortunio del otro, lo que oscurece su propia situación. Uno es desafiado a encontrar una actitud positiva en lo sucedido; ver el daño como una especie de cuota de aprendizaje. Esto conecta el accidente con el sentido y lo ayuda a aceptarlo. El otro conductor, en esta situación contrastante, también está desafiado a encontrar una actitud positiva. Su coche está intacto y puede usarlo para llevar al otro a la policía o al hospital; ayudarlo a reponerse del shock y confortarlo.
Si el primero estuviera inconsolable por la pérdida de su coche, o el segundo prosiguiera su camino sin tratar de auxiliarlo, ambos demostrarían una gran falta de responsabilidad y pasarían por encima de los sentidos y valores inherentes a tales situaciones.
La mejor actitud ante un sufrimiento inevitable, se enfoca en el concepto de “heroísmo”; la mejor actitud hacia la buena fortuna en el concepto de “humanismo”. Quienes sufren deben enfrentarse a un destino que podría haber sido más afortunado. Aquellos que han sido bendecidos con buena fortuna, deben atender al destino de otra gente, que podría haber sido el de ellos.
Debemos darnos cuenta de que ambos valores de actitud nos ayudan a encontrar sentido en nuestras propias vidas, pero también de que afectan fuertemente a otros. Una actitud heroica hacia nuestro sufrimiento, favorece indirectamente a otros a través del ejemplo. La bondad desinteresada apoya directamente. Las actitudes positivas en situaciones de sufrimiento, ganan admiración, y aquellas en posición de buena fortuna, logran agradecimiento.
Yo califico la modulación de actitudes en el cuadrante del sentido y el éxito, de la figura 10, como un “valor generalizado de actitud”. Aunque Frankl no usa ese término, creo que estoy dentro del marco de la logoterapia al añadir el sentido de la ayuda, al del sufrimiento. Sólo pueden ayudar los que están en posición de hacerlo; los ricos, a los pobres; los saludables, a los enfermos; los inteligentes, a los incultos; los fuertes, a los débiles.
Los médicos y los psicólogos están en la posición del segundo conductor. Deben encontrar actitudes significativas y responderles a sus clientes, al percibirlos no sólo como gente enferma, arruinada o inestable, sino como seres humanos cuyo sufrimiento es también su problema.
Muchas personas buscan asesoramiento porque no pueden vivir con el sufrimiento. Sin embargo, algunas que no “pueden vivir con su buena fortuna”, también necesitan ayuda. He aquí dos ejemplos.
Caso 16
Una señora de alrededor de los treinta años, se sometió a un chequeo completo porque se sentía malhumorada y apática. Cuando el doctor le dijo que el examen mostraba que estaba en perfecta condición física, ella tuvo una reacción inesperada. Si estaba sana y nadie podía ayudarla, sería mejor que se suicidara. El médico la envió a nuestro centro de asesoría.
La mujer no pudo dar ninguna razón para justificar su actitud negativa. “Soy una persona acomodada”, dijo, “pero no disfruto de la vida”. “¿Siempre ha tenido recursos?”, pregunté. Pensó un poco, luego me dijo que había tenido que interrumpir sus estudios cuando sus padres se divorciaron. Encontró un empleo sin importancia. Fue ambiciosa y se esforzó asistiendo a clases nocturnas para terminar secundaria. Entró a la administración pública, trabajó concienzudamente durante años hasta alcanzar el más alto nivel disponible en el cargo que desempañaba, y se jubiló.
“¿Fue en ese tiempo en el que apareció su apatía?”, pregunté. Admitió que podría ser así. “Entonces, lo que usted necesita es una nueva meta”, me atreví a decir. “Toda su vida ha sido ambiciosa, ha alcanzado su objetivo y ya no puede avanzar, pero tiene mucha energía mental como para permanecer inactiva, necesita retos, nuevas áreas de acción. Tener dinero no es suficiente, permanecer ocioso no satisface a la naturaleza humana”. Inmediatamente respondió: “Tiene usted razón, lo que necesito es una meta. Ahora que lo ha dicho sé que es verdad. Yo pensé que analizando mi niñez, descubriría mis dificultades desde el divorcio de mis padres…” Las dos nos reímos y se rompió el hielo.
Para una mujer que había alcanzado la cima de su carrera, era difícil encontrar un objetivo. Sólo saber que no podía ser despedida, frenaba su motivación.
Comprendió de inmediato. “Sé lo que me está diciendo”, dijo, “todo este tiempo he pensado en mí misma”. Se levantó y prometió: “Volveré, y usted estar satisfecha conmigo”.
Efectivamente regresó, cansada, pero radiante y llena de planes. Había ofrecido, en donde trabajó, un curso gratis para principiantes como preparación para la prueba de administración pública y recibió una respuesta tan positiva, que apenas pudo manejar la tarea. Ahora proyectaba ofrecer cursos similares en educación adulta. “Gracias a Dios aceptaron mi propuesta”, sonrió. Y luego añadió; “usted tenía razón. Tengo una meta y he aprendido que se tiene que incluir a otros, si queremos que nuestras actividades tengan sentido”.
Recuperó la confianza. Su apatía y depresión se esfumaron.
En este caso tuve suerte, porque no es frecuente que un paciente entienda y coopere durante la terapia, tan de buena gana como ella lo hizo. Incluir a otros en el éxito propio, es darle a esta suerte un sentido más profundo y curarse. Hacer esto, a menudo encuentra resistencia.
Caso 17
Un estudiante se pasó una hora contándome acerca de sus promedios, sus rápidos avances y el bien remunerado empleo de medio tiempo, que le permitía vivir con holgura. Haría una carrera muy brillante. Eso era el centro de su pensamiento.
Le pregunté por qué había venido a verme. Me vio con desilusión. “¿Tampoco usted quiere oír lo que he hecho?”, murmuró, “tampoco usted… bien, mejor me voy”.
Le pedí que se quedara. Me di cuenta de que necesitaba que alguien lo oyera. Ahí estaba, orgulloso y aislado con sus éxitos, incapaz de conectar su posición teórica en la cumbre, con el sentido práctico.
Durante horas traté de hacerle comprender que su inteligencia y conocimiento sólo tendrían fruto si los aplicaba significativamente, ya fuera en el trabajo, con una meta, o para él. La segunda alternativa, construiría especialmente puentes con los otros a quienes él tan urgentemente necesitaba. “Usted busca oyentes”, le dije, “pero lo que realmente necesita, son personas que lo vean con todos sus talentos, y le hagan saber que son buenos sus logros”. “No necesito agradar a otros”, respondió. “Ellos tienen que hacer sus propios esfuerzos para tener tanto éxito como yo, cada quien para su santo”.
Esta actitud bloqueaba su orientación de sentido, y envenenaba su vida potencialmente feliz. Continuó con su resistencia, por lo que la terapia fue estancándose.
nosotros, podrás usar tu aguda mente y cuando trabajes todo el día, sabrás al menos para qué estás viviendo!”
Después de esto, no oí del estudiante por un largo tiempo. Le di otra cita, pero llamó para cancelarla. Dijo que no tenía tiempo, porque había empezado a estudiar portugués y era justo antes de su examen. No hice preguntas, pero saqué conclusiones y estoy contenta de que hubiera reaccionado tan positivamente al ser necesitado por otros y dirigir sus logros hacia una meta significativa.
El éxito por sí mismo, no es éxito, la felicidad como un fin en sí misma, no es felicidad. Deben ser compartidos con otros, si han de jugar un papel satisfactorio en la salud física de una persona. La figura 11 indica que la crisis de sentido de hoy (derecha inferior) está directamente afectada por la actitud general en nuestra sociedad, de no ayudar a otros (derecha superior). La frustración existencial y dudas del sentido de la vida, pueden hacerse a un lado abriéndonos a otros.
El paralelo entre la frustración existencial, tan extendida hoy, y las aterradoras egocentricidades y despreocupación por los demás, muestran que el sentido de vacío y preocupación por otros, trabaja el uno contra el otro. El valor en el sufrimiento, contra la desesperación, la preocupación por otros, trabaja contra el vacío –estas relaciones tienen que volverse parte de nuestros conceptos psicoterapéuticos, si no vamos a detenernos en correcciones superficiales.
La siguiente historia, muestra que en momentos terapéuticos decisivos, nuestra preocupación por los otros puede activarse en contra del vacío de la propia vida de uno.
Caso 18
Una mujer de edad media, trató varias veces de suicidarse. Sufría a intervalos una depresión endógena. Tomaba medicamentos durante la fase depresiva, pues era la única forma de reducir los síntomas. Poco a poco fue aumentando la dosis para que fuera efectiva y finalmente necesitó una cantidad tan grande, que no pudo comprarla. Al detener la medicación, la depresión regresó con toda su fuerza. No vio otro camino y tomó una sobredosis de pastillas para dormir. Su marido estaba vigilándola de cerca y pudo salvarla a tiempo. La hospitalizaron, su fase depresiva terminó y tuvo nuevas esperanzas, hasta que después de unos meses otra depresión la condujo a más medicamentos. Su desesperación era más por sentir que la vida no tenía razón de ser, que por las recaídas. No podía romper el círculo vicioso.
Era poco lo que podía hacer, las fases endógenas y su adicción estaban conectadas tan íntimamente, y ella tan dependiente de su organismo que funcionaba muy mal, que toda terapia fallaba. Entonces decidí pelear a una sola cosa: reducir el peligro de suicidio, y empecé por dialogar con ella.
Fragmentos del diálogo terapéutico:
Señora X: ¿Por qué no me dejan morir? ¿Cuál es el propósito de todo? Esto no es vida, siempre esta tristeza sin salida, con excepción de cuando tomo pastillas, que hacen que después tod parezca aún más desesperanzador.
E. L.: Señora X, suponga que repentinamente tiene la idea de vivir en Hamburgo en lugar de en Munich, ¿Haría sus maletas, se despediría y se mudaría?
Señora X: (Sorprendida) yo… no, mi hijo va aquí a la escuela, mi marido trabaja aquí… ¡No estoy sola en el mundo!
eso no se mudaría a Hamburgo, y por eso no puede desechar su vida, aunque en ocasiones parece tener poco sentido. Por lo menos para su familia no es así. Usted no está sola en el mundo.
Señora X: A decir verdad, no pienso en mi familia cuando me siento mal.
E. L.: Sus problemas son el centro de sus pensamientos y quiere deshacerse de ellos, pero no piensa en una solución que beneficie a los que están cerca de usted. Trate de revertir su pensamiento, y por su propia voluntad alivie su sufrimiento para salvar a otros de tenerlos.
Señora X: ¿Usted quiere que yo tome mis problemas voluntariamente?
E. L.: Mírelos de esta manera, señora. Si su vida le parece vacía cuando está mal, pero decide soportarla pacientemente por el bien de su hijo quien necesita una madre, y por el de su marido, quien sufriría por su suicidio, entonces no carece de sentido. Usted sabe por qué y por quiénes vivirla. ¿Tiene esto sentido?
Señora X: (Pensativamente) Así lo creo. Usted está hablando de la responsabilidad hacia mi familia. Ahí sí, realmente he fallado.
E. L.: También su familia está sufriendo. Su marido e hijo no pueden disminuir su sufrimiento, pero ¡usted sí puede aliviar el de ellos!
Señora X: Esto es cierto. Qué extraño, en el hospital siempre pensaba en qué desdichada era porque ni siquiera se me permitía morir. Estoy empezando a ver que otros, gente inocente, sufre por mi causa. Mi marido está desesperado… No volveré a hacerlo. Por lo menos trataré de ahorrarle a mi familia el sufrimiento.
No todas las aflicciones psicológicas pueden corregirse terapéuticamente. Algunas deben simplemente soportarse. Y cando más conozcamos un “para qué”, más podremos hacerlo. Debemos tener una razón, una persona que nos importe, una tarea a realizar, algo por lo que valga la pena sufrir. Aquí, un método terapéutico se encuentra con un antiguo principio ético porque, como comprendió mi paciente, no estamos solos en este mundo, y el bienestar propio puede ser nuestro principal propósito en la vida. El bienestar en un vacío, separado de relaciones interpersonales, es nada.
Dos causas especiales de sufrimiento son: la edad avanzada, y lo que llamaré “disonancia noética”.
La edad avanzada no es un sufrimiento en sentido estricto, sino una parte natural de la vida. Pero la ilusión de que todo se puede comprar con dinero, ha impulsado técnicas ingeniosas diseñadas para posponer, o al menos esconder, la vejez. Esto sólo desestabiliza a las personas cuando finalmente se ven confrontadas con el ineludible hecho de que, a pesar de todos los esfuerzos en contra, han llegado a la ancianidad.
Muchos se rebelan contra este destino y nuestra sociedad, en lugar de hacerla atractiva, apoya tal revuelta, en parte por ganancias económicas, hasta que capitulación provoca una catástrofe.
Los complejos pueden manufacturarse. Es arriesgado estereotipar a mujeres de más de cincuenta años en la televisión, como deprimidas e insatisfechas porque no están en la plena floración del círculo amoroso. Y tampoco ayuda si el abuelo es presentado como fuera de contexto y desaprobando la moral relajada de sus nietos.
nacido está físicamente bien desarrollado, pero la capacidad del espíritu existe sólo como un potencial. Durante los primeros treinta años se expanden todas las dimensiones; en los veinte años siguientes, permanecen bastante constantes, aunque el cuerpo y la psique declinan lentamente, mientras que el espíritu sigue ampliándose aun después de los cincuenta años, si no lo impiden las circunstancias o la enfermedad. A menor distancia entre cuerpo y psique, son más importantes las ganancias en el desarrollo espiritual, que puede permanecer activo hasta una edad muy avanzada.
Estos son los regalos de la vejez: fuerza del espíritu, sustentada en una filosofía madura de la vida; una rica orientación de sentido, basada en la búsqueda y la lucha de toda una vida; una estructura de valores, segura, construida con experiencias personales y el recuerdo de una vida abundante y única. Éstas son las tranquilas bendiciones de la edad avanzada, desafortunadamente perdidas a menudo por las actitudes negativas hacia la vejez.
No podemos convencer a los pacientes mayores de fijarse metas en la vida y hacer esfuerzos para alcanzarlas. La mayoría se han logrado o son inalcanzables; el lapso de vida que queda es incierto. Tenemos que hacerlos conscientes de los tesoros que han acumulado en su dimensión espiritual, y distraer su atención de la decadencia física y las pérdidas psicológicas funcionales (memoria, rapidez de comprensión, flexibilidad de pensamiento, asimilación de nuevas impresiones), hacia el crecimiento espiritual, siempre disponible. Saber que todavía hay posibilidades de poner en práctica sus capacidades, asegura la salud psíquica de los que van envejeciendo, al cancelar los sentimientos de límites finales. La gente joven que aún está moldeando su vida, podría aprender de la madura si no despreciara con arrogancia, o piedad, a aquellos que han vivido largamente y están más cercanos a su destino final.
Los pacientes mayores necesitan el reconocimiento de que tienen mucho que dar, y sus terapeutas, si surgiera la ocasión, podrían voltear la situación y pedir ayuda. Algunas veces esto es suficiente para aclarar un nuevo sentido y así quitar el aguijón del sufrimiento.
La vida es autorreguladora, y sólo podemos ayudar un poco. No podemos ni debemos hacer más, porque nadie sabe qué sucedería si pudiéramos asumir la regulación por completo.
El segundo caso especial de sufrimiento se refiere a la “disonancia noética”, que se refiere a la “disonancia cognoscitiva” de León Festinger.
La frustración existencial, como se ha mostrado, se caracteriza por el vacío interior, falta de metas adecuadas, y motivación para alcanzarlas. Puede suceder que las metas y la motivación estén presentes, pero interfieran circunstancias externas. “La disonancia cognoscitiva” se refiere a una selección que repentinamente resulta impracticable. Estas personas tienen una orientación hacia sentido y meta, saben lo que quieren, pero sus manos están atadas y observan impotentes cómo se evaporan sus oportunidades. Cuanto mayor sea su orientación hacia el sentido, más grande será su “disonancia noética” después de la decepción, lo que termina en sufrimiento inevitable. Regresando a los anteriores casos: ¿qué sucedería si el niño de la mujer víctima de cáncer, muriera; si la joven retrasada en su crecimiento, no pudiera terminar los cursos por correspondencia; si al servidor público no se le permitiera dar clases extra; si el estudiante no fuera aceptado en el Cuerpo de Paz, o si el marido de la mujer deprimida se divorciara de ella?
valores: de valores creativos de acciones, ahora limitados por el destino, a valores contemplativos experienciales; si éstos no son posibles, a mayor énfasis en valores de actitud. La guía gradual hacia una nueva actitud básica de vida puede ser más efectiva que una búsqueda febril de metas sustitutas, que no pueden reemplazar lo que se perdió. Podemos insinuar que los pacientes aceptan, con la pérdida de un objetivo, la reestructuración del concepto completo de sus vidas. Este enfoque puede comprometer más su cooperación que los intentos de disminuir las metas perdidas, o hacerlas zonas reemplazables.
Los enfermos desesperados, probablemente las defendería y se quedarán fijos en ellos.
La pérdida de una meta importante de vida tampoco debe ser acallada, o permanecerá sin expresarse detrás de cada palabra o pensamiento. Ésta debe integrarse en un contenido de sentido. Nunca es tan importante el sentido en la mente de la persona, como después de una pérdida severa. Los pacientes cuyos objetivos de vida han errado el camino, confrontarán abiertamente al terapeuta con esta pregunta: ¿qué sentido le queda a mi vida? No podemos evadir la respuesta, o alegar que no somos la persona adecuada para consultar.
El psicólogo debe encontrar una respuesta; el psicoterapeuta debe poder enfrentar al paciente, tan abiertamente como lo requiere la respuesta. La meta no representa el sentido de la vida, y la pérdida de una meta no significa insensatez. Un objetivo puede ser alcanzable o no, ambas posibilidades estuvieron presentes alguna vez, pero el sentido de la vida siempre está disponible. Si pudiéramos alcanzarlo, cualquier vida más allá no tendría razón de ser para nosotros. El sentido de la vida no es asequible ni inasequible, no es repetible ni reemplazable, se halla en su persecución. Podemos darle sentido a algo dentro de nosotros o en el mundo exterior, pero de hecho, es la proyección de la búsqueda y de la voluntad humana.
Ningún sufrimiento puede derrotarnos si estamos preparados para buscarle sentido, no es concebible ninguna pérdida sin la posibilidad de, por lo menos un sentido, esa es la respuesta que debemos dar a aquellos que buscan nuestra asesoría.