Universidad ORT Uruguay
Facultad de Comunicación y Diseño
Trump, el candidato
Un análisis del personaje desde una perspectiva
comunicacional
Entregado como requisito para la obtención del título de
Licenciado en Comunicación Orientación Periodística
Clara Ribeiro de León - 173744
Tutora: Marisol Álvarez
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Declaración de autoría
Yo, Clara Ribeiro de León, declaro que el trabajo que se presenta en esa obra es de mi propia mano. Puedo asegurar que:
- la obra fue producida en su totalidad mientras realizaba el Proyecto Final de Grado de la Licenciatura en Comunicación Periodística;
- cuando he consultado el trabajo publicado por otros, lo he atribuido con claridad; - cuando he citado obras de otros, he indicado las fuentes. Con excepción de estas citas, la obra es enteramente mía;
- en la obra, he acusado recibo de las ayudas recibidas;
- cuando la obra se basa en trabajo realizado conjuntamente con otros, he explicado claramente qué fue contribuido por otros, y qué fue contribuido por mí;
- ninguna parte de este trabajo ha sido publicada previamente a su entrega, excepto donde se han realizado las aclaraciones correspondientes.
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Agradecimientos
A mi familia —y muy especialmente a mis padres— por la paciencia y la compañía durante el proceso.
A Inés González, Valentina Torres, Valentina Carbajal, Ary Yamgotchian, Antonella Papa y Natalia Santos, por sus constantes y muy necesarias palabras de aliento.
A Virginia Silva y María Forni, por su invaluable apoyo y asesoramiento.
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Abstract
El 20 de enero de 2017, Donald Trump asumió la presidencia de los Estados Unidos de América. Su victoria en las elecciones de noviembre del año anterior se produjo luego de 17 meses de campaña, durante los cuales el candidato construyó un personaje caracterizado por el discurso anti-establishment, la incorrección política y la apelación al miedo como modo de conmover al público. Su trayectoria como showman le proporcionó un dominio sobre el espectáculo político-mediático, esencial en una época en la que la imagen se constituye como autoridad fundamental.
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Índice
1. Introducción ... 9
2. Aproximación conceptual a la política democrática ... 13
2.1. La Esfera Pública ... 13
2.2. Crisis estructural ... 14
2.3. Populismo en las sociedades democráticas ... 15
2.3.1. La apelación al pueblo ... 18
2.4. Opinión Pública ... 20
2.5. El rol de las nuevas tecnologías en los sistemas democráticos ... 21
3. Política y espectáculo ... 25
3.1. El espectáculo: rasgo de la política contemporánea ... 25
3.2. El rol de la televisión: colonización de la política por la imagen ... 27
3.3. La incidencia del video en los procesos políticos ... 29
3.4. El concepto de arena política y la amplificación de la teatralidad: el caso Nixon-Kennedy ... 30
3.5. El político como celebrity ... 33
3.6. La figura del outsider ... 35
3.7. Gestión de las emociones ... 37
4. Breve aproximación al sistema electoral estadounidense ... 39
5. ¿Quién es Donald John Trump? ... 42
5.1. Infancia y juventud: la influencia de Fred Trump ... 45
5.2. Incursión en Manhattan: la influencia de Roy Cohn ... 46
5.3. El mito del self-made man ... 48
5.4. Incursión en política: la influencia de Roger Stone ... 49
5.5. Figura mediática y celebridad ... 50
5.6. Producto de la era Reagan ... 51
7
6. Discurso de anuncio de candidatura: 16 de junio de 2015 ... 54
6.1. Introducción al evento ... 54
6.2. La construcción del espectáculo ... 56
6.3. La Trump Tower y la separación de la clase política ... 60
6.4. La llegada: la imagen como constructora del personaje ... 64
6.4.1. El showman y el mesías ... 64
6.4.2. El padre de familia ... 65
6.4.3. El patriota ... 66
6.5. La música como elemento comunicativo ... 67
6.6. La corporalidad ... 70
6.7. El componente lingüístico del discurso ... 70
6.7.1. La palabra como recurso de construcción del personaje ... 71
6.7.2. Las emociones y el uso del miedo: dicotomía “amigo-enemigo” ... 73
6.7.3. Las soluciones ... 75
7. Debate 11º de las primarias republicanas: 3 de marzo de 2016 ... 77
7.1. Introducción al evento ... 77
7.1.1. Fox News: el canal conservador de los Estados Unidos ... 77
7.1.2. Los moderadores ... 78
7.1.3. Antecedentes: la polémica Trump-Kelly y la cuestión de lo políticamente correcto ... 79
7.2. Construcción de la arena política televisiva ... 82
7.3. Los temas de debate y los asuntos de interés común ... 85
8. Entrevista con George Stephanopoulos: 31 de julio de 2016 ... 91
8.1. Introducción al evento ... 91
8.1.1. ABC News y George Stephanopoulos ... 91
8.2. De showman a potencial presidente ... 92
8
8.4. Lenguaje no verbal y paraverbal en la entrevista ... 96
8.5. Cuestionamiento de las narrativas construidas ... 97
8.5.1. Temperamento y manejo del arsenal nuclear ... 98
8.5.2. Transparencia económica ... 100
8.5.3. La familia Khan y el cuestionamiento del patriotismo ... 102
9. Primer debate entre Donald Trump y Hillary Clinton: 26 de setiembre de 2016 ... 108
9.1. Introducción al evento ... 108
9.1.1. Criterio de elegibilidad ... 108
9.1.2. Lester Holt ... 109
9.2. El entorno y el público ... 109
9.3. El contraste entre los adversarios ... 112
9.3.1. Contraste en el contenido de las respuestas ... 113
9.3.2. Contraste de la experiencia ... 115
9.3.3. El contraste en términos no verbales y paraverbales ... 117
10. Conclusiones ... 120
11. Referencias ... 123
12. Anexos ... 130
12.1. Anexo 1: filmografía de Donald Trump como actor ... 130
12.2. Anexo 2: “Rockin’ in the Free World”, letra completa ... 132
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1. Introducción
El 20 de enero de 2017, Donald John Trump se convirtió en el 45º presidente de los Estados Unidos de América. “Today we are not merely transferring power from one Administration to another, or from one party to another – but we are transferring power from Washington, D.C. and giving it back to you, the American People”1 (Trump, 2017),
afirmó en su discurso de toma de posesión, luego de haber prestado juramento frente a la fachada del Capitolio. La llegada del empresario y figura televisiva a la Casa Blanca se produjo luego de casi 17 meses de campaña, que culminaron con su victoria frente a la candidata demócrata, Hillary Clinton, el 8 de noviembre de 2016. El triunfo de Trump en las elecciones presidenciales supuso la llegada al poder de un personaje que, pese a haberse postulado como candidato por el Partido Republicano, se presentó como outsider. Su discurso se había visto marcado por la crítica al establishment político de Washington, proclamándose como el defensor de los intereses de una población que, afirmaba, había sido ignorada por sus representantes. La campaña del magnate partió de la promesa de devolver al país a su pasado glorioso —plasmada en su slogan “Make America Great Again”—, con una reivindicación de los valores fundacionales y la idiosincrasia de la excepcionalidad de los Estados Unidos.
Desde su incorporación a la carrera rumbo a la Casa Blanca, la campaña electoral se vio signada por el escándalo y las declaraciones políticamente incorrectas sobre temáticas que los ciudadanos estadounidenses llevan a flor de piel, tales como la inmigración o la política exterior y el combate del terrorismo. Su discurso despertó tanto fascinación como rechazo. Mientras que algunos sectores de la población aplaudieron su autenticidad, celebrando la irrupción de la novedad en oposición a la elite política de Washington, otros manifestaron su preocupación por la popularidad de un candidato que demostraba tendencias autoritarias y una postura discriminatoria hacia las minorías, desmarcándose de la corrección política que había caracterizado a la administración Obama y su validación de la alteridad. Se trata, en todo caso, de un personaje que merece ser estudiado en profundidad.
Es así que esta investigación se propone el objetivo de analizar la construcción del personaje de Donald Trump como candidato desde un punto de vista comunicacional.
1 “Hoy no estamos simplemente transfiriendo el poder de una administración a otra, o de un partido a otro
10 Como se observará en adelante, la política se caracteriza por una dramatización o puesta en escena, la cual se ha visto amplificada en las últimas décadas por la incidencia de los medios de comunicación. Teniendo esto en cuenta, se entiende por personaje a la presentación del sí mismo del candidato frente a los demás, la cual se efectúa al momento de ubicarse en el escenario político. Esta presentación es producto tanto de decisiones comunicativas voluntarias como involuntarias, puesto que se partirá de la concepción de la comunicación como un conjunto fluido y multifacético de muchos modos de conducta, tal como es entendida por Paul Watzlawick en Teoría de la Comunicación Humana
(1985). En tanto que no existe nada que sea opuesto a la conducta, y considerando que “toda conducta en una situación de interacción tiene valor de mensaje” (Watzlawick et alt., 1985, p. 50), se contemplarán los planteos del autor en torno a la imposibilidad de no comunicar. El conjunto de modos de conducta incluye tanto el nivel verbal como el no verbal y el paraverbal, y cada uno de estos niveles limita el significado de los demás. Al concebir a la comunicación como un todo integrado, es posible afirmar que la palabra constituye apenas un subsistema (op. cit.), por lo cual el análisis debe hacerse cargo de los diferentes niveles que se ponen de manifiesto en la presentación ante los demás, y no meramente del aspecto lingüístico.
El objeto de estudio del presente trabajo será, entonces, la construcción del personaje de Donald Trump como candidato, entendiéndolo como fenómeno comunicacional que se inscribe en la espectacularización de la política. Se tomó como marco temporal el período completo de su campaña, desde el discurso de anuncio de candidatura del 16 de junio de 2015 hasta las elecciones del 8 de noviembre de 2016, en las que efectivamente resultó electo presidente de los Estados Unidos. Dentro de este período, a su vez, se seleccionaron cuatro piezas audiovisuales correspondientes a instancias puntuales a ser analizadas: el discurso de anuncio de candidatura desde la
11 La investigación y la aproximación al objeto de estudio se guiarán por las siguientes preguntas rectoras2: ¿de qué manera se inscribe la construcción del personaje
de Donald Trump en el fenómeno de la espectacularización de la política?; ¿qué comportamientos caracterizan a esta construcción a nivel verbal, no verbal y paraverbal?; ¿cómo influye el entorno o contexto en la producción de la política como espectáculo en cada una de las instancias seleccionadas?; ¿qué impacto tiene la espectacularización de la política sobre el debate en torno a asuntos de interés común?
Se intentará arribar a conclusiones a partir del análisis de casos particulares, determinando constantes y variaciones en la construcción del personaje propuesta por el candidato a lo largo de la campaña. En este sentido, el marco metodológico de la investigación fue determinado en base a la naturaleza del objeto de estudio; se optó por un enfoque cualitativo, el cual permite, en palabras de Miguel Beltrán (1985), “establecer identidades y diferencias” (p. 34). En tanto que el método cualitativo hace del discurso el objeto privilegiado, renunciando a la ilusión de transparencia del lenguaje y cuestionándolo (Ibáñez en Beltrán, 1985), este enfoque resulta el más adecuado para las necesidades del análisis. El diseño de la muestra, entonces, no fue guiado por criterios de representatividad estadística, sino por el criterio cualitativo de la saturación teórica, la cual se alcanza cuando “el análisis adicional ya no contribuye al descubrimiento de nada nuevo” (Strauss en Valles, 1997, p. 356). Se procuró conformar una muestra que se adecuara a las características especificadas para el proyecto, en cuanto a extensión y tiempos asignados para la investigación.
El criterio de selección de las piezas a analizar responde a la necesidad de abarcar un período de un año y medio, dando cuenta de los posibles cambios experimentados por el objeto de estudio. Las cuatro instancias corresponden a momentos diferentes en la campaña, desde sus comienzos hasta los meses previos a las elecciones generales, pasando por las primarias republicanas y los días posteriores a la nominación oficial de Trump como candidato del partido. Suponen, a su vez, interacciones de diferente índole, y por tanto permiten observar de qué manera el candidato se desenvuelve y construye su
2 En el presente trabajo se observan cambios con respecto al diseño presentado en el anteproyecto, producto
12 personaje en distintos contextos y situaciones comunicativas, constatando si la construcción se mantiene o varía en cada una de ellas.
La primera pieza corresponde a un discurso3, en el que Trump se halla solo frente
a su público en un entorno que domina, como lo es la Trump Tower de Manhattan. Se trata del momento en que se presenta oficialmente como candidato a la nominación por el Partido Republicano, y por lo tanto comienza a producirse a sí mismo como tal. Se señalarán y analizarán sus elecciones comunicativas en esta primera instancia de la campaña, de manera de plantear una caracterización inicial.
En segundo lugar, se seleccionó un debate correspondiente a las primarias del Partido Republicano; en este punto se analizará principalmente la interacción que el empresario y showman mantiene con el resto de los candidatos, así como el tipo de discusión que se produce entre ellos. Como plantea Eliseo Verón, el discurso político implica enfrentamiento, y su enunciación “parece inseparable de la construcción de un adversario” (Verón en Braga, 1999). Esto significa que “todo acto de enunciación política implica la existencia de otros actos de enunciación opuestos al propio” (Braga, 1999). En este sentido, resulta pertinente observar de qué manera el personaje del candidato se construye en función de los “otros negativos”, lo cual se evidencia claramente en las instancias de debate, en las que los adversarios se hallan presentes en el mismo escenario.
En tercer lugar, la entrevista realizada por George Stephanopoulos fue seleccionada por representar una instancia en la que el personaje construido por Trump hasta entonces es puesto en tela de juicio por el periodista, días después de que se hiciera efectiva su nominación como candidato republicano a la presidencia. Se intentará precisar qué aspectos de su discurso son cuestionados y de qué forma, analizando su reacción ante estos cuestionamientos.
Por último, el primer debate entre Trump y Clinton da inicio al tramo final de la campaña; llegado este punto, se analizará la construcción de Trump como potencial presidente, a poco más de un mes de las elecciones generales. Si el debate de las primarias republicanas se caracteriza por la participación de múltiples adversarios pertenecientes a un mismo partido, en este caso el candidato se halla frente a un único “otro negativo”, en función del cual deberá producirse. Se observará qué aspectos de la caracterización inicial se mantienen y cuáles presentan variaciones, contrastando a su vez estos aspectos con la construcción de su adversario.
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2. Aproximación conceptual a la política democrática
Una vez introducido el objeto de estudio y planteadas las consideraciones metodológicas, se procederá al desarrollo del marco teórico que funcionará como referencia para la investigación. Para intentar dar respuesta a las preguntas rectoras de la investigación, se retomarán a continuación las reflexiones de diversos autores que, en su conjunto, ayudarán a articular la perspectiva en la que se basará el presente trabajo.
2.1. La Esfera Pública
En su obra La condición humana, Hannah Arendt desarrolla el concepto de política proveniente de la antigua Grecia, según el cual la capacidad del ser humano para la organización política constituye una característica específica que lo distingue de otras formas de vida animal. Previo su organización en polis, el hombre contaba con una vida doméstica producto de la asociación natural, la cual se hallaba centrada en la familia y el hogar. En este ámbito, “los hombres vivían juntos llevados por sus necesidades y exigencias” (Arendt, 2009, p. 43); se trata, entonces, de un tipo de organización condicionado por las necesidades de la vida biológica, al igual que ocurre en el caso de otras especies. La vida política, por otra parte, representa una característica exclusivamente humana. Con el surgimiento de las ciudades-estado, explica la autora, el hombre recibió “una especie de segunda vida” (op. cit., p. 39), diferente de su vida privada. La incorporación de la vida política significó la intervención del hombre —ahora ciudadano— en dos esferas u órdenes de existencia distintos, lo cual derivó a su vez en la distinción entre aquello que es suyo (y, por lo tanto, corresponde al ámbito privado) y aquello que es comunal y compete a todos quienes integran la esfera pública.
14 competían a todos, de modo de hallar soluciones a los problemas comunes, o bien para proyectar el cumplimiento de los objetivos colectivos (Arendt, 2009).
2.2. Crisis estructural
En el presente, sin embargo, esta concepción de política como espacio de intercambio entre los ciudadanos en busca de la voluntad común parece difícil de identificar en la práctica. Es posible afirmar que la política democrática se encuentra hoy ante un proceso de transformación y redefinición producto del contexto en el que está inmersa. Son diversos los factores que han contribuido en las últimas décadas a la crisis de las instituciones y prácticas que la conforman. Como planteó el politólogo chileno-alemán Norbert Lechner,
El predominio absoluto de la economía capitalista de mercado y los procesos de globalización, el colapso del comunismo y del sistema bipolar, el redimensionamiento del Estado, el nuevo “clima cultural” y la misma preeminencia de la democracia liberal conforman un nuevo marco de referencia para cualquier política (Lechner, 1995, p. 1).
La heterogeneidad de las sociedades contemporáneas, cada vez más complejas, pone en entredicho los grandes relatos4 que durante siglos articularon la identidad colectiva, dando lugar al predominio de subgrupos nucleados en torno a intereses comunes que revalorizan su diferencia como identidad; los modelos de ciudadanía tradicionales como los que se hallaban en la polis griega habrían perdido vigencia, dando paso al descubrimiento de nuevas identidades socio-culturales5 que reclaman el reconocimiento de su especificidad (López de la Roche, 2000). Al mismo tiempo, el predominio de la economía de mercado al que Lechner se refiere trae como consecuencia “una sociedad con normas, actitudes y expectativas conformes al mercado” (Lechner, 1995, p. 3), lo que implica una reivindicación de los intereses individuales frente a los intereses colectivos. Ante estas circunstancias, el rol de la política como factor de integración y creación de orden social se ve disminuido, perdiendo su anterior centralidad en la vida social.
4 Discursos totalizantes que pretenden abarcar y dar respuesta a la realidad en su conjunto, tal como han
sido entendidos por autores como Jean-François Lyotard en La condición postmoderna (1979). El cristianismo, el marxismo y el iluminismo están comprendidos dentro de esta categoría.
5 La identidad sexual, de género, étnica y etaria, por mencionar apenas algunos ejemplos (López de la
15 Pero quizás el principal factor desencadenante de la crisis estructural de la política democrática ha sido la falta de respuesta de sus representantes ante las demandas de la población. De acuerdo con los planteos de Antoni Gutiérrez-Rubí, consultor político y asesor de comunicación, en los últimos años se ha instalado a nivel global la percepción de que los dirigentes políticos actuales y sus respectivos partidos no han sido capaces de hacer frente a los retos del siglo XXI, dando lugar a una sensación de fracaso generacional entre la opinión pública. Las nuevas generaciones habrían perdido la confianza en la capacidad de los líderes y los partidos políticos para proponer soluciones para “la resignación, al determinismo económico que imponen los mercados y al desgarro social generado por las consecuencias dramáticas de la crisis” (Gutiérrez-Rubí, 2014, p. 51). Esta pérdida de confianza ha traído como consecuencia una crisis de legitimidad o representación; en palabras de Manuel Castells, una “incredulidad generalizada en el derecho de los líderes políticos a tomar decisiones en nombre de los ciudadanos para el bienestar de la sociedad en su conjunto” (Castells, 2009, p. 379). En un contexto en el que las certezas tradicionales han perdido vigencia, las sociedades se hallan en busca de señales de estabilidad perdurables en el tiempo (Lechner, 1995). Esta demanda aparece como una constante exigida a los sistemas democráticos en los últimos años, y puede traducirse como una necesidad de la sociedad de acciones concretas que operen como garantía de seguridad, tanto en el terreno económico y material como en lo que refiere a la integridad física. En síntesis, la demanda de estabilidad exige a la política el cumplimiento de su función de velar por el orden y el bienestar común, así como el de proporcionar certezas frente al cambio y la incertidumbre.
2.3. Populismo en las sociedades democráticas
Benjamín Arditi, teórico político mexicano, plantea que
hay una brecha entre la promesa democrática de otorgar poder al pueblo, de ampliar su capacidad para incidir en los grandes asuntos que afectan a nuestras vidas, y el desempeño real de las democracias existentes en cuestiones tales como la participación popular y la actuación responsable de los representantes electos (Arditi, 2009, p. 110).
16 terreno fértil para la aparición de movimientos populistas6 como forma de reacción a la rutina de las instituciones burocráticas y la elitización de los procesos políticos (Arditi, 2009). Arditi define al populismo como un fenómeno caracterizado por “la invocación del pueblo, la crítica a las élites y a la corrupción, el imaginario participativo, el papel de líderes políticos fuertes y la impaciencia con las formalidades del proceso político” (Arditi, 2009, p. 127). El autor ilustra el concepto a través de la metáfora del “invitado incómodo”, afirmando que el populismo ingresa y sale a conveniencia del sistema político sin respetar los modales de mesa de la democracia liberal e introduciendo variantes que suelen generar resistencia entre los defensores de ésta (Ulloa, 2013). En este sentido, el populismo “apela por la no mediación de las instituciones entre el líder y el pueblo” (Ulloa, 2013, p. 165), se vale de la personalización de la política —acompañada frecuentemente de una sobredimensión de la figura del líder— y privilegia el uso de un estilo confrontador “con la intención de provocar un escenario de suma cero, están conmigo o contra mí, vulnerando de este modo el pensamiento diverso” (op. cit.). Su discurso está marcado por un lenguaje simple y directo, que propone soluciones simplificadas para los reclamos de una sociedad que, además de exigir respuestas, las exige esbozadas en términos fácilmente comprensibles y proyectables a corto plazo.
Las características del entorno político democrático contemporáneo y la renovación en el campo de las Tecnologías de la Información y de la Comunicación parecen ser funcionales a estas características de los movimientos populistas. Tal como señala el autor,
Esta posibilidad de poder contar con una inmediatez virtual entre electores y candidatos o, al menos, entre la gente y los líderes, sea o no en un contexto electoral, coincide con dos aspectos que caracterizan al populismo, a saber, su pretensión de apelar directamente al pueblo y su fascinación por los líderes que gozan de una legitimidad por encima, o al margen, de las instituciones (Arditi, 2009, p. 117).
Aún más, dado que el discurso articulado por los movimientos populistas se distingue por la simplificación de temáticas complejas y la utilización de enunciados cortos y sencillos, la inmediatez y brevedad características del intercambio online parece adaptarse a la perfección a sus necesidades comunicativas.
6 Es preciso señalar que la definición de populismo que se desarrollará a continuación refiere a aquel que
17 Por su parte, Margaret Canovan (1999) sostiene que el populismo es visto como una apelación al pueblo que se manifiesta en oposición de las estructuras de poder establecidas y de las ideas y valores dominantes de la sociedad. Según la autora, los movimientos populistas se presentan como los portavoces de los reclamos populares y de aquellas opiniones sistemáticamente ignoradas por los gobiernos y partidos tradicionales. “Their professed aim is to cash in democracy’s promise of power to the people”7
(Canovan, 1999, p. 2). Siguiendo esta línea, el populismo pretende responder no a los intereses del sistema, sino a los de los individuos, confrontando en su nombre a las estructuras de poder establecidas.8 En el caso de los sistemas democráticos, esta confrontación suele suponer una marcada crítica a los partidos y al establishment político, así como a los medios de comunicación y al ámbito académico.
Al respecto, Canovan cita el caso de Jean-Marie Le Pen, político francés que fundó y presidió el Frente Nacional, partido nacionalista de extrema derecha, entre 1972 y 2011. El discurso de Le Pen al afirmar que su propósito es el de decir en voz alta lo que la gente piensa, desafiando a la elite parisina y europea, constituye para Canovan un ejemplo característico del populismo que se manifiesta en un sistema democrático consolidado como el francés (Canovan, 1999). Más recientemente, la hija y sucesora de Jean-Marie Le Pen en la presidencia del Frente Nacional, Marine Le Pen, ha optado por un enfoque similar. En las elecciones presidenciales de 2017, en las que finalmente fue derrotada en una segunda vuelta por el ¡En Marcha! socioliberal de Emmanuel Macron, su discurso centrado en el proteccionismo nacionalista, el rechazo de las corrientes migratorias y el euroescepticismo convenció a un 21,3 % de los votantes franceses en una primera vuelta, y a un 33,9% en la segunda —una quinta parte de los votantes— (Bassets, 2017), en un contexto de incertidumbre producto del estancamiento económico, los altos niveles de desempleo, la afluencia de inmigrantes y la amenaza del terrorismo.9
7 “El fin que profesan es el de hacer efectiva la promesa de la democracia como poder del pueblo”
(traducción: autor)
8 Mientras que Arditi utiliza la metáfora del invitado incómodo para describir al populismo, Canovan opta por ilustrarlo como una sombra de la democracia representativa, en tanto que siempre seguirá a esta última y coexistirá con ella como una posibilidad latente e inherente (Canovan, 1999).
18
2.3.1. La apelación al pueblo
Puesto que los movimientos populistas suelen surgir a modo de reacción, sus contenidos pueden variar dependiendo de las características del discurso político dominante contra el cuál se manifiesten (Canovan, 1999).
Where economic policy is concerned, for example, populists in one country with a hegemonic commitment to high taxation to fund a generous welfare state may embrace an agenda of economic liberalism, while other populists elsewhere are reacting against a free market hegemony by demanding protectionism and more state provision10(Canovan,
1999, p. 4).
Es en este sentido que pretender definir al populismo partiendo de lineamientos programáticos en común resulta problemático e insuficiente, puesto que su discurso suele articularse como respuesta al contexto en que se ve inmerso. De manera similar, en tanto que el término “pueblo” es polisémico, su utilización por los movimientos populistas en sus discursos (en su “apelación al pueblo”) presenta ciertas variantes (op. cit.). Por un lado, se halla la apelación al “pueblo unido”, entendiendo al pueblo como el conjunto de habitantes que se inscriben dentro de los límites territoriales del país o nación, por encima de las distinciones partidarias que los dividan. Con esta acepción del término, el populismo adopta el discurso de la superación de las diferencias en pos del interés común —frecuentemente, el recambio de las instituciones y representantes en los que no hallan respuesta—, personificado por la figura del líder que afirma trascender la división tradicional entre izquierda y derecha (Canovan, 1999).
Por otra parte, la apelación al pueblo entendido como “nuestro pueblo” o “nuestra gente” presenta diferencias con respecto a la anterior: “Where the previous appeal is integrative (at any rate in form) this one is divisive, distinguishing our people from those who do not belong – alien inmigrants, for example”11 (Canovan, 1999, p. 5). Esta concepción introduce la oposición nosotros/ellos, aunque incluye también un componente integrador al abogar por la unión entre aquellos considerados como pares. La crisis migratoria de los últimos años ha propiciado el surgimiento de movimientos populistas
10 “En lo que concierne a las políticas económicas, por ejemplo, los populistas en un país con un compromiso hegemónico con los altos impuestos como modo de financiación de un Estado de Bienestar generoso pueden adoptar una agenda de liberalismo económico, mientras que los populistas en otros sitios reaccionan contra una hegemonía del libre mercado demandando medidas proteccionistas y mayor provisión del Estado” (traducción: autor).
11 “Mientras que la apelación anterior es integradora (en cualquier caso y forma) esta es divisora,
19 cuyo discurso se basa en la explotación de esta oposición entre “nuestra gente”, cuyos derechos son reivindicados, y “los que no pertenecen”, vistos y presentados como una amenaza para la estabilidad social, cultural y económica. El Frente Nacional francés, con sus lemas “¡Francia primero!” y “En el nombre del pueblo”, es un claro ejemplo. Durante la última campaña presidencial, la defensa de la cultura, la industria y la economía francesa ante la globalización y la inmigración fue parte fundamental del discurso de Marine Le Pen.
En Holanda, las declaraciones anti inmigración y anti islamitas de Geert Wilders, líder del Partido por la Libertad, de extrema derecha, despertaron la polémica en Europa durante las elecciones a primer ministro en 2017.12 En 2016, la campaña a favor del Brexit en el Reino Unido se basó enteramente en este tipo de retórica; la falta de control sobre la inmigración y la libre circulación de personas, además de la pérdida de soberanía frente al gobierno de Bruselas fueron argumentos clave para la victoria del leave. Discursos como el de Nigel Farage, por entonces líder del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés13), hicieron de la inmigración el tema central de la
campaña, argumentando que el ingreso masivo de extranjeros –provenientes en su mayoría de otros países de la Unión Europea– reduciría de forma drástica los puestos de trabajo disponibles, perjudicando a la fuerza laboral británica.
Por último, Canovan distingue la apelación al pueblo como sinónimo de “gente común” o “gente ordinaria”; en este caso, la oposición nosotros/ellos involucra la confrontación de una elite privilegiada cultural y económicamente, en favor de los sectores sociales trabajadores que, entienden, han sido ignorados por el sistema político. En esta línea puede situarse a la mayoría de los populismos de izquierda, que convocan al pueblo a recuperar la democracia monopolizada por las élites. Esta dicotomía entre privilegiados y no privilegiados es característica, entre otros, del enfoque del Podemos
español encabezado por Pablo Iglesias, que se proclama defensor de la “mayoría empobrecida” frente a una “minoría enriquecida” (Lavezzolo, 2015).
12 Las propuestas de Wilders a lo largo de su carrera política han incluido el cierre de mezquitas y escuelas
islámicas, la aplicación de impuestos para las mujeres que utilicen velo en público y la deportación de los inmigrantes musulmanes. En noviembre de 2016, siendo ya candidato a primer ministro, fue procesado por el tribunal holandés por incitación al odio, discriminación e insultos hacia los inmigrantes marroquíes. “Estoy aquí, delante de todos vosotros, pero no estoy solo. Mi voz es la de muchos (…), la de las personas que quieren a su propio país” (Rachidi, 2016), afirmó en su comparecencia.
13 El United Kingdom Independence Party fue fundado en 1993, y desde sus inicios presentó una orientación
20 En las variantes de la noción de pueblo puede identificarse lo que constituye la principal diferencia entre los distintos movimientos populistas. Los ejemplos presentados abarcan tanto al populismo de izquierda como de derechas; estos se distinguen por la definición de pueblo adoptada por cada uno de ellos, además de por el tipo de problemas que identifican y las soluciones que ofrecen. Sin embargo, salvando estas diferencias, es posible afirmar que, a modo de síntesis, “Populists in established democracies claim that they speak for ‘the silent majority’ of ‘ordinary, decent people’, whose interests and opinions are (they claim) regularly overridden by arrogant elites, corrupt politicians and strident minorities14” (Canovan, 1999, p. 5).
2.4. Opinión Pública
Como se desprende de la constante alusión de los movimientos populistas a la elitización de los procesos políticos y la reivindicación del poder de un pueblo cuyos intereses son ignorados, los sistemas democráticos contemporáneos parecerían haber fallado en generar los espacios de coexistencia e intercambio entre ciudadanos y sus posturas en conflicto, propios de la esfera pública. Jürgen Habermas ha planteado que los mecanismos de formación de consenso político privilegiados en la actualidad (tales como las encuestas y las campañas electorales) ya no promueven los debates abiertos e igualitarios orientados a “intercambiar información de manera razonada y crítica en cuanto a asuntos políticos” (Mendoza Pérez, 2011, p. 109) en busca de una voluntad común. Este tipo de instancias, según el autor, dieron origen al concepto de opinión pública en el siglo XVIII, momento en el que la burguesía comenzó a reunirse para debatir en oposición a las monarquías absolutas “aspirando a la igualdad civil y política” (op. cit.). En la actualidad, sin embargo, el poder de decisión sobre la mayoría de los asuntos de interés común se halla en manos de los pocos integrantes de la clase política, cuya capacidad y legitimidad para representar a los ciudadanos en su conjunto es hoy puesta en tela de juicio.
Habermas considera a la opinión pública como un eje fundamental de cohesión social, que actúa como legitimador o deslegitimador para las prácticas y decisiones políticas (Mendoza Pérez, 2011). Dado que el Estado existe con la tarea de velar por el bienestar general de sus ciudadanos, la opinión pública opera como un mecanismo de
14 “En las democracias establecidas, los populistas afirman que hablan en representación de la ‘mayoría
21 control y crítica a través de la “discursividad razonada de las personas, fundamentada en la libertad de pensamiento, la expresión de opiniones y la difusión de ideas; en la igualdad ante la ley, la no discriminación y las libertades de asociación y movimiento” (op. cit.). Representa, entonces, un pilar esencial para el funcionamiento de la política democrática. Sin embargo, la búsqueda de mayorías electorales y los intereses de ciertos sectores corporativos que influyen en la decisión política parecen haber acabado con la idea original de opinión pública a la que Habermas hace referencia. Por tanto, esta concepción que se corresponde con el modelo de la democracia del período de la ilustración es difícil de hallar en la práctica; factores como el neocapitalismo, la globalización o las innovaciones en el campo de la tecnología y los medios de comunicación han dado como resultado la necesidad de una recontextualización del concepto. En este sentido, resulta relevante observar el impacto que la renovación tecnológica ha tenido en los sistemas democráticos en los últimos años, considerando de qué manera se relaciona con la noción de opinión pública planteada por Habermas.
2.5. El rol de las nuevas tecnologías en los sistemas democráticos
Históricamente, la aparición de nuevos medios de comunicación ha supuesto cambios sustanciales en la forma en que las sociedades se relacionan, se informan y construyen su subjetividad y, por lo tanto, también en su vínculo con la política y los sistemas democráticos. Stefano Rodotá, autor de Tecnopolítica. La democracia y las nuevas tecnologías de la comunicación (2000) se pregunta: “¿Cuál es el destino de la democracia en tiempos en las tecnologías de la información y la comunicación [TICs] rediseñan los lugares de la política, abaten límites (…), eliminan antiguos sujetos y crean nuevas subjetividades?” (p. 7). Diversas respuestas pueden articularse ante esta interrogante.
22 comentario.15 De esta manera, los usuarios de Internet y las redes sociales se hallan ante la posibilidad de manifestar sus visiones sobre asuntos políticos con el mínimo esfuerzo que requiere redactar un tweet, una publicación en Facebook o un comentario en un foro determinado. Basta con tener una opinión para darla a conocer de forma simple y rápida. De esta manera, podría considerarse que las nuevas tecnologías propician los espacios de intercambio de ideas y contraste de posturas en conflicto que son parte fundamental del ejercicio de la política democrática.
Autores como Gutiérrez-Rubí señalan que la posibilidad de generación de contenidos propios e interacción a través de las redes y plataformas online podría vislumbrarse como una aproximación a la utopía de la democracia directa que caracterizaba a la polis ateniense, un sistema en el que los ciudadanos prescindirían de los intermediarios propios de las democracias representativas para ejercer la soberanía por sí mismos. Partiendo de este enfoque, Internet y las redes sociales se constituirían como una suerte de polis digital, un espacio en el que tratar libremente aquellos temas que son comunes a todos quienes integran la esfera pública. Sin embargo, Rodotá considera que esta perspectiva pasa por alto la verdadera especificidad del sistema que se está articulando a partir de las TICs. Tanto la democracia representativa como la democracia directa se caracterizan por la participación intermitente de los ciudadanos, que son convocados periódicamente ya sea para elegir a sus representantes o para tomar las decisiones directamente. En el tiempo comprendido entre estas instancias puntuales, su intervención en el escenario político es prácticamente nula (op. cit.).
En cambio, lo que estaría emergiendo en la actualidad constituye, según el autor, “una forma de democracia continua, donde la voz de los ciudadanos puede alzarse en cualquier momento y desde cualquier lugar y formar parte del concierto político cotidiano” (op. cit., pp. 8-9). La facilidad de acceso a la información y la multiplicidad de espacios virtuales que permiten el debate y la discusión posibilitarían una presión constante de los electores sobre los elegidos; las campañas electorales, así, se volverían permanentes (op. cit.) y, en cierto sentido, omnipresentes. Así, este replanteo de la noción de democracia a partir de la incorporación de las nuevas tecnologías al funcionamiento de las sociedades portaría un enorme potencial: al permitir a los ciudadanos la constante
15 Un claro ejemplo es la recientemente incorporada función de “Tal vez te guste” de Twitter, que
23 intervención en el terreno político rompería el silencio que solía instalarse entre elección y elección, llenando el vacío causado por la ausencia de participación (Rodotá, 2000).
Sin embargo, para caracterizar de forma adecuada este escenario es preciso considerar el tipo de participación e intercambio que en él se produce. Rodotá ilustra este aspecto a través de una útil comparación: mientras la democracia en un sentido tradicional tiene su cuna en Atenas, la realidad que estaría tomando forma en la actualidad se corresponde más bien con el sistema espartano, en el cual los ciudadanos expresaban su opinión por aclamación sin recuento de votos alguno. Al respecto, el autor recoge en su obra la siguiente cita de Plutarco:
Los candidatos no se presentaban todos juntos frente a la asamblea: pasaba uno después del otro, en silencio, en el orden establecido por sorteo. Encerrados en la casa vecina, los encargados registraban sobre sus tablillas la intensidad de las aclamaciones (…). Era declarado electo quien hubiera recibido las aclamaciones más intensas y repetidas (Plutarco en Rodotá, 2000, pp. 12-13).
Sin lugar a dudas los paralelismos resultan notorios, con la salvedad de que la aclamación —y sobre todo el abucheo— ha sido producido en la actualidad fundamentalmente a través de espacios de comunicación online, y la referencia para medir la popularidad de un candidato no es la intensidad de las voces, sino la cantidad de reacciones16 que obtiene en dichos espacios. Cabe destacar, además, que los electores contemporáneos no se encuentran encerrados en la “casa vecina”, sino presenciando de cerca cada movimiento de los candidatos, atentos y vigilantes.
Si bien existen casos en los que grupos organizados a través de Internet o las redes sociales han desencadenado acciones concretas o producido cambios reales a nivel político, la utilización de las nuevas tecnologías como ámbitos de discusión y debate en búsqueda de la voluntad común parece encontrarse aún en una etapa muy temprana; con frecuencia los propios usuarios reducen estos espacios de intercambio a ámbitos para expresar su frustración ante la falta de respuesta del sistema político, sin introducir propuestas ni perspectivas de mejora. El “alzar la voz” parece primar frente a la discursividad razonada que caracteriza al concepto de opinión pública de Habermas. Es posible, por tanto, plantear que, al menos de momento, el papel de los usuarios de las redes en relación al sistema político es sobre todo de vigilancia y producción de feedback.
16 “me gusta”, “me encanta”, “me divierte”, “me asombra”, “me enoja”, “me entristece”, citando el ejemplo
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3. Política y espectáculo
3.1. El espectáculo: rasgo de la política contemporánea
Una vez planteadas las primeras aproximaciones conceptuales, se partirá de la siguiente premisa presentada por el sociólogo y economista Manuel Castells en su libro
Comunicación y poder (2009): la política en nuestra época está siendo producida fundamentalmente como una política mediática, entendiendo por política mediática a “la forma de hacer política en y a través de los medios de comunicación” (Castells, 2009, p. 261). En otras palabras, el funcionamiento del sistema político es hoy indivisible de su escenificación mediática.
Puesto que el lenguaje de los medios se construye en gran medida en torno a imágenes (Castells, 2009), plantear que el funcionamiento del sistema político es indivisible de su escenificación mediática equivale a afirmar que éste no puede ser concebido al margen éstas. En su obra La sociedad del espectáculo (1967), el filósofo francés Guy Debord definió a la vida de las sociedades modernas como una inmensa acumulación de espectáculos: “Todo lo que antes era vivido directamente se ha alejado en una representación” (Debord, 1995, p. 8). El espectáculo según Debord no debería entenderse como un conjunto de imágenes, sino como “una relación social entre personas mediatizada por imágenes” (op. cit., p. 9); en otras palabras, la imagen ha suplantado a las interacciones humanas. En la sociedad del espectáculo la representación ha tomado el lugar de la realidad, resultando en una cultura en la que la imagen tiene más valor que el sujeto/objeto en sí mismo. La forma y la apariencia, entonces, ocupan hoy un lugar central como modo de proyección de una suerte de máscara en el sentido goffmaniano, la cual es en gran medida difundida a través de la publicidad y los medios de comunicación.
26 se escrutan a la distancia”17 (op. cit., p. 56). Se trata, entonces, de una relación
caracterizada por un espectador reducido a su mirada, la cual se dirige a un cuerpo distante.
Si el espectador se define por su papel de sujeto que contempla, la parte contemplada en la relación espectacular es necesariamente un cuerpo actuante, es decir, un cuerpo “que trabaje en el instante en que sobre él se dirija la mirada del espectador” (op. cit., p. 57). Es por esto que, según González Requena, ni la pintura ni la escultura establecen una relación espectacular con el sujeto que las contemplan, puesto que en ellas no se presencian los resultados inmediatos de una actividad determinada, sino sus huellas. Distinto sería el caso de un artista pintando o esculpiendo su obra en vivo y en directo, ante la mirada de quienes desearan ser testigos de la producción de su obra. En este ejemplo, sin embargo, sería el propio artista exhibiendo su proceso de trabajo, y no la obra en sí misma, lo que constituiría el espectáculo. El video, por otra parte, establece una relación espectacular con el espectador sobre la base de la ilusión de la presencia de los cuerpos en actividad: “poco importa que los cuerpos no estén presentes realmente si la mirada del espectador los acepta como tales” (op. cit.).
Medio siglo después de la primera publicación de La sociedad del espectáculo, la visión de Debord cobra especial relevancia. Desde finales del siglo XX el mundo ha sido testigo de la aparición de diferentes plataformas que operan como vehículo para la constante construcción y propagación de imágenes. En una época en la que la percepción de uno mismo frente a los demás se ha convertido en uno de los grandes motivos de preocupación, es posible afirmar que el espectáculo está más vigente que nunca. Y, en un mundo en que lo espectacular es la norma, las múltiples representaciones se hallan en una carrera constante por captar la atención de su público objetivo.
La política no escapa a esta dinámica. Si bien es posible afirmar que históricamente las campañas han presentado una dimensión espectacular, todo parece indicar que, en su forma tradicional, no se encontrarían hoy en día en condiciones de competir de igual a igual con la variedad de imágenes que demandan la atención del
17 Por otra parte, el olfato, el tacto o el gusto presuponen una relación de proximidad con aquello que es
27 público. Ante esta situación, los líderes políticos se han visto ante la necesidad de una reformulación de su propia imagen y discurso, de modo de que el personaje que representan resulte lo suficientemente llamativo para ser notado entre los demás estímulos que se ofrecen para ser contemplados por un potencial elector cada vez que desbloquea su teléfono inteligente o enciende su computadora. Aquí se encuentra una segunda premisa que guiará la presente investigación: la solución que parece haberse impuesto supone transformar a la política en un elemento entretenido y adaptable al espectáculo mediático.
Como se desarrollará en adelante, esta necesidad de adaptación de la política al espectáculo mediático resultaría de por sí problemática, puesto que generalmente supone tanto una simplificación de sus contenidos como una trivialización de su rol de organización de la coexistencia humana. Aún más, con el fin de captar la atención de los potenciales electores-espectadores, los líderes políticos con frecuencia introducen en sus discursos temáticas que poco tienen que ver con la búsqueda del bienestar común; en otras palabras, temáticas que, de acuerdo con los planteos de Hannah Arendt, hubiesen sido excluidos de manera absoluta de la esfera pública por no considerarse útiles ni necesarios para los propósitos de la política. Es posible afirmar que la pérdida de centralidad de la política en la vida diaria favorece su mayor espectacularización como medio para mantenerse relevante, a la vez que la producción de la política como espectáculo conduce a la banalización de sus contenidos y estructuras y, en consecuencia, también de las respuestas que los líderes articulan y la información que manejan a la hora de elaborar su discurso. Si bien podría suponerse que esta sobresimplificación y banalización de la política podría derivar en una pérdida de confianza aún mayor en su capacidad para plantear soluciones a las demandas de la población, en la práctica los resultados electorales favorables obtenidos por diversos líderes que han construido sus campañas utilizando el entretenimiento como modo de captar la atención de los potenciales votantes parecen indicar que esta alternativa se ha consolidado en las últimas décadas.
3.2. El rol de la televisión: colonización de la política por la imagen
28 no crear— el escenario político según sus reglas del espectáculo” (p. 2), a tal punto que el autor se refiere a una colonización de la política por la imagen: a fin de competir por la atención de los potenciales electores, la política debió adaptarse a los códigos que fuesen reconocidos como familiares por la opinión pública. En este caso, la adaptación supuso la participación de los líderes políticos en programas televisivos en los que la política se mezcla con otros géneros, frecuentemente basados en los esquemas de los programas de entretenimiento.18
La opinión pública se conforma mayoritariamente a partir de la información que los ciudadanos obtienen. Y, como plantea Manuel Castells, los ciudadanos recurren a los medios de comunicación para obtener gran parte de su información política (Castells, 2009). Este vínculo entre sujeto e información fue transformado de forma sustancial en el momento en que la televisión se incorporó al abanico mediático. Con la imagen como materia prima, la TV instauró una nueva modalidad de consumo de contenidos: instauró el acto de ver. El valor diferencial de la televisión residía en ofrecer al público lo que ningún otro medio habilitaba. A diferencia del periódico o la radio, la TV permitía —y permite— al espectador situarse frente al aparato y recibir información en forma de imágenes. Pero, a su vez, es este rasgo distintivo de la televisión el que origina una de las problemáticas que con frecuencia se le atribuyen. Si el periódico narra y la radio explica, la TV se define por su capacidad de mostrar. Y, al tratarse de su propia especificidad, se halla en la consecuente necesidad de mostrar constantemente para mantener su valor agregado. Como ha señalado Giovanni Sartori, “la obligación de «mostrar» genera el deseo o la exigencia de «mostrarse»” (Sartori, 1998, p. 83). Esto lleva a que la información que desarrolla y los contenidos que se seleccionan para formar parte de un programa televisivo son aquellos que pueden traducirse en imágenes o al menos acompañarse de ellas,19 derivando en una sobresimplificación de contenidos para su adaptación a los códigos televisivos.
18 Por mencionar apenas un ejemplo, las apariciones en talk shows de corte humorístico fueron una
constante durante la presidencia de Barack Obama. Poco después de comenzar su mandato, en 2009, el presidente participó del Tonight Show de la cadena NBC, convirtiéndose en el primer presidente de los Estados Unidos en ser entrevistado en el marco de un late-night talk show. Desde entonces ha participado, además, de entrevistas con presentadores como Jimmy Fallon, Stephen Colbert, y Jimmy Kimmel (Huddelston, 2016).
19 Aún más, el contenido informativo de una noticia dada —tómese como ejemplo un noticiero en horario
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3.3. La incidencia del video en los procesos políticos
Lo mismo ha ocurrido con los contenidos políticos. Quienes recurren a la televisión para obtener información sobre esta temática probablemente se encontrarán, en su mayoría, con aquella política lo suficientemente llamativa y simplificada para entrar en el estrecho margen de los dos minutos que dura el desarrollo de una noticia en un informativo, o con contenidos políticos que han sido adaptados para formar parte de programas de variedades o entretenimiento. Aún más, el lenguaje televisivo utiliza tiempos cortos, y a través del montaje es capaz de contextualizar y recontextualizar “situaciones, discursos, gestos, momentos de un debate o de un acto” (Landi, 2015, p.7). Sartori denomina “videopolítica” a esta incidencia del video en los procesos políticos (Sartori, 1998). Se trata, en definitiva, de una modalidad de política en la que la imagen es el pilar fundamental, al igual que lo es para la televisión. En palabras de Oscar Landi,
la televisión replantea la política en términos de imágenes, de esa combinación de significantes distintos en la que se jerarquiza lo no verbal: el cuerpo del político se torna altamente significante y activa en el televidente los modos de la lectura y descifre de la gestualidad (2015, p. 7).
De esta manera, las reglas del espectáculo televisivo han impuesto sus lógicas a la política (Landi, 2015). En sus comienzos, explica Eliseo Verón (1998), la televisión enriqueció a la comunicación política y aumentó su complejidad. Previo a la introducción del video, el discurso político en los medios de comunicación se centraba en su componente lingüístico. El surgimiento de los periódicos permitió al ciudadano aproximarse a la postura de un líder político a través de la palabra escrita; el vínculo se limitaba a la dimensión verbal de la comunicación, al contenido de “lo que se dice”. Aun cuando la radio introdujo la dimensión paraverbal —que incluye la consideración de elementos como el volumen y tono de la voz o el ritmo del discurso, el “cómo se dice”— el proceso de comunicación de los políticos con el electorado a través de los medios continuaba siendo predominantemente lingüístico. No fue hasta la llegada de la televisión que la dimensión no verbal entró en juego; a partir de entonces, los políticos debieron cuidar más que sólo sus palabras al comparecer frente a las cámaras. Aspectos propios de lo visual, como la apariencia y el lenguaje corporal, pasaron a ser una parte crucial de la construcción de personajes.
30 público ve pasa ser para él más relevante que lo que escucha (Verón, 1998). Mariano Fernández, licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata, hoy docente de la cátedra de Comunicación y Cultura de la Facultad de Periodismo, ha definido el papel de la TV en este proceso:
como dispositivo tecnológico, el rol histórico de la televisión ha sido el de escenificar los cuerpos políticos (algo que ni la escritura ni la radio habían podido hacer), pero por su misma naturaleza (de empresa capitalista) ha quedado contra las cuerdas: condenada a mostrar los cuerpos individuales y acusada por convertir la ciudadanía en audiencia (Fernández, 2009, p. 1).
De esta manera, a raíz de la especificidad de la televisión se establece entre el público y el sistema político que en ella se exhibe una relación espectacular, con una parte que contempla desde la distancia y otra que actúa. Y, como es característico de este tipo de relación, la vista se vuelve el sentido privilegiado por encima de los demás; en consecuencia, lo que el cuerpo del político muestra pasa a tener mayor peso que lo que dice. Aún más, al ser reducido a un “sujeto que mira”, el ciudadano se transforma en un mero espectador de los procesos políticos, por demás alejado del modelo de ciudadanía presente en la democracia ateniense.
3.4. El concepto de arena política y la amplificación de la teatralidad: el caso Nixon-Kennedy
31 siempre necesitó de tales espacios, aún antes de su mediatización. La construcción de un personaje que opere como portavoz del mensaje político a transmitir —a menudo por oposición a los demás personajes presentes en la “arena” — es concebida como parte de su naturaleza. Lo que logró la introducción de la imagen en el espectro mediático fue la amplificación de la teatralidad, y en consecuencia la modificación de las estrategias que en adelante deberían adoptar los actores que de ella participan (Fernández, 2009). En otras palabras, “La televisión lleva a otro plano formas de escenificación de la política que existieron siempre” (Landi, 2015, p. 10). La observación de la incidencia del video, entonces, no compete tanto a la discusión sobre la propiedad o impropiedad de la escenificación como parte de los procesos políticos, sino al cambio en las reglas que supuso en una puesta en escena ya existente. Esta puesta en escena, que antes se limitaba a unas cuantas apariciones públicas frente al electorado, ganó en complejidad. La televisión significó “el forzoso desplazamiento de un teatro que las formaciones políticas dominaban en gran medida, hacia arenas en las que la puesta en escena es más difícil de controlar” (André Belanger en Fernández, 2009, p. 4).
Caso paradigmático es el del famoso debate entre el republicano Richard Nixon y el demócrata John Kennedy, previo a las elecciones presidenciales de 1960 en los Estados Unidos. Se trató del primer debate televisado de la historia. Los candidatos se enfrentaron en los estudios de la cadena CBS de Chicago frente a 70 millones de espectadores el 26 de setiembre, poco más de un mes antes de las elecciones que tendrían lugar el día ocho de noviembre. Los sucesos de aquel día son harto conocidos: uno de ellos comprendió la particularidad del medio, el otro no lo hizo. La experiencia de Nixon, por entonces vicepresidente bajo el mandato de Dwight Eisenhower, no fue suficiente para salir airoso del encuentro. Su error fue considerar que bastaría con seguir el esquema de sus anteriores comparecencias ante el público, en las cuales su oratoria y conocimiento de causa le habían asegurado intervenciones respetables. Fue por ello que, pese a la insistencia de su equipo de campaña, su preparación no cubrió los aspectos específicos del lenguaje televisivo. Declinó la invitación de la producción del programa para una reunión previa en la que se repasarían los detalles de la transmisión, y se negó a ensayar frente a una videograbadora.
32 equipo una observación exhaustiva de cada uno de ellos identificando puntos fuertes y débiles, corrigiendo errores e incluso preparando qué gesto usar en cada situación. Asistió a la reunión de producción donde examinó cada detalle, lo cual le permitió escoger un traje oscuro que contrastara con la escenografía. La noche del debate se presentó bien descansado y con un ligero bronceado, mientras que Nixon, que acababa de pasar once días hospitalizado a causa de una infección de rodilla, lucía pálido y cansado. Su traje gris le restaba notoriedad en la imagen en blanco y negro, y su negativa a usar maquillaje le jugó en contra cuando comenzó a sudar por la fiebre y el calor de las luces. Kennedy se mostró calmado y atento; Nixon se veía tenso, nervioso y enfermo. El candidato demócrata respondió a las preguntas del presentador mirando directamente a la cámara, estableciendo contacto visual con los espectadores e interpelándolos, mientras que el candidato republicano respondía dirigiendo la mirada hacia su contrincante, prácticamente ajeno a la presencia de los camarógrafos (Rosenbaum, 2010). Aunque Nixon demostró un sólido dominio de los asuntos sobre los que fue interrogado, Kennedy fue el vencedor en términos de presencia e imagen. Luego de aquel primer debate, la popularidad del hasta entonces poco conocido candidato demócrata fue en aumento. El poder de la imagen en política quedó, por primera vez, de manifiesto.
33 Siguiendo la línea de Debord, la representación de la política en su versión mediática-televisiva sustituye a la política vivida en forma directa, representación encarnada por el cuerpo del político o candidato.
3.5. El político como celebrity
En la sociedad del espectáculo, el político es producido como una suerte de actor en un teatro que los medios de comunicación ofrecen a los públicos. La construcción de los actores políticos como “estrellas del exhibicionismo mediático” (Dader, 2015, p. 17) se plantea como un factor definitorio para obtener una aprobación lo suficientemente numerosa, factor que relega a un segundo plano a la puesta en práctica de medidas y a la “gestión concreta de los recursos disponibles” (op. cit.). Con el fin de mantenerse relevantes para la opinión pública, los políticos o candidatos pueden valerse de las nuevas tecnologías para generar acontecimientos notables. Estos acontecimientos pueden o no estar relacionados con asuntos políticos propiamente dichos: en la carrera por la atención del público parece ser tan válida una acusación de incompetencia hacia alguno de los gobernantes actuales como un escándalo amoroso o una serie de fotografías de sus últimas vacaciones. De hecho, lo más probable es que el impacto de estos dos últimos ejemplos sea mayor que el del primero.
34 limpio y quién juega sucio, tal como si se tratara de una carrera de obstáculos o de un partido de fútbol americano (Castells, 2009).
Al igual que ocurre en el star system, esta teatralización (o dramatización) está caracterizada a su vez por la personalización. Leonarda García Jiménez (2009) afirma que la personalización se ha convertido en el rasgo principal de las políticas democráticas en el siglo XXI, y la define como “el fenómeno por el cual la política se centra en el candidato y en sus atributos personales, más que en los profesionales” (p. 46). A menudo los ciudadanos “perciben los asuntos políticos como demasiado abstractos y ajenos a la vida cotidiana” (Dader, 2015, p. 3), lo cual deriva en la necesidad de captar su atención mediante apelaciones elementales y directas, tales como la simplificación de aquellas cuestiones que consideran complejas y la representación de las ideas a través un cuerpo individual, de un rostro humano reconocible capaz de interpelar a los potenciales electores y de establecer contacto visual con ellos, aunque se trate de un contacto visual mediatizado. La construcción del político, tal como fue concebida para su aparición en los medios de comunicación, representa ciertos valores, ideas o principios, que se ven reflejados en sus elecciones comunicativas. Una vez más, esta característica de la política contemporánea resulta especialmente conveniente para los movimientos populistas, en los que la figura del líder es el elemento central.
35 A su vez, este desgaste de los partidos resulta, según Oscar Landi (2015), funcional a la espectacularización de la política por parte de los medios de comunicación, puesto que la figura del líder puede fácilmente traducirse en términos de imagen, lo cual no ocurre con el partido político. La personalización proporciona un cuerpo que actúa para exhibir ante el público, elemento constitutivo de la relación espectacular. Este tipo de relación se basa, como ya se ha observado, en la distancia entre ambas partes, siendo el espectador un sujeto limitado a la contemplación y, por lo tanto, con una intervención prácticamente nula en la deliberación en torno a los asuntos humanos mencionados por Hannah Arendt. Teniendo en cuenta esta perspectiva, es posible considerar que la relación espectacular resultaría en una clara diferenciación entre líder político (el cuerpo que actúa) y el ciudadano (reducido en la política-espectáculo a su papel de audiencia). Sin embargo, es en este punto que el potencial de Internet y las redes sociales puede ser explotado por la clase política de manera de instaurar una pseudo-proximidad con el electorado; su presencia online le hace parecer accesible y en contacto permanente con los demás usuarios, que a su vez cuentan con la posibilidad de comentar y reaccionar ante sus publicaciones, alzando la voz de manera similar al sistema espartano. Es así como las nuevas tecnologías contribuyen a generar una ilusión de participación o involucramiento, que disimula la distancia producto de la espectacularización de la política.
3.6. La figura del outsider
36 Es el caso del ascenso del Forza Italia de Silvio Berlusconi en 1994.20 Como afirma Stefano Rodotá, Berlusconi “Representaba el éxito en la vida económica, proponía el mismo modelo permanentemente señalado por los programas de sus emisoras televisivas, expresaba la modernidad de las nuevas tecnologías de la comunicación política” (Rodotá, 2000, p. 30). Su gran acierto fue “su capacidad de presentarse como el representante de una sociedad civil diferente y diversa de la vieja clase política” (op. cit., p. 31). Otro ejemplo de características similares mencionado por Rodotá es el de las elecciones presidenciales de 1992 en los Estados Unidos, en las que el sorpresivo 18.9% que obtuvo el magnate Ross Perot21 presentándose como candidato independiente supuso una ruptura del bipartidismo tradicional. Ambos casos tienen en común la utilización de los recursos empresariales y, sobre todo, la apelación al populismo. Tanto Berlusconi como Perot se presentaron como figuras desestructuradoras y utilizaron el discurso
anti-establishment político como caballo de batalla (Rodotá, 2000).
De esta manera, cuando la figura del outsider irrumpe en el escenario político “con la suficiente fuerza (…) como para reducir al resto a obsoleta convencionalidad compartida” (Dader, 2015, p. 4), conquista el asombro popular y mediático, clave para el funcionamiento del espectáculo. La novedad introducida por este tipo de figuras, explica Dader, no consiste en un diagnóstico diferente de la realidad ni en una planificación viable de las soluciones, sino en la capacidad de identificar los miedos y esperanzas de los ciudadanos, “de describir con mayor viveza los enemigos a los que atribuir todas las desgracias (…) y proponiendo el bálsamo de soluciones plagadas de romanticismo (pero que evitan en cambio el contraste de su viabilidad y consecuencias)” (2015, p. 4).
La gente que sufre ansiedad, tiene miedo y está desencantada respecto a las circunstancias de su vida responde con esperanza y entusiasmo a las promesas directas de mejora de esas circunstancias, así como a las indicaciones explícitas de quiénes son los enemigos responsables de sus privaciones (Edelman en Dader, 2015, p. 4).
20Forza Italia fue fundado por Berlusconi en 1993, en medio de un escándalo de corrupción conocido como Tangentopoli, el cual comprometió a los principales partidos políticos tradicionales que habían dominado la escena política en las últimas décadas. El descrédito del establishment italiano dio lugar a un vacío político que fue el terreno propicio para el surgimiento del nuevo partido encabezado por el millonario empresario, presidente del AC Milán. Berlusconi llegó al poder pocos meses después tras la victoria en las elecciones generales de marzo de 1994. “Su nombre resultaba jovial y apolítico: levantaba el ánimo sin marcar una orientación política precisa que pudiera atraer a unos y enajenar a otros. Era el sello perfecto (…) para unir a votantes dispares de centro derecha” (Donofrio, 2015).
21 El millonario fundador de Electronic Data Systems se presentó como candidato independiente en las