Antonio Martnez i Ferrer: una obra, un poeta y un tiempo con memoria. Vindicacin y homenaje

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Reflexiones sobre un devenir poético: entre

lo político y lo literario

Por Arturo Borra

Alzira, octubre de 2008

I

Poetizar en las condiciones del presente es una práctica imposible y necesaria a la vez. «Im po -sible» –en su sentido psicoanalítico- porque implica una brecha insalvable entre la búsqueda esté-tica y aquello que finalmente se encuentra: paisajes de la desolación, extensión de una máquina devastadora que arrasa cotidianamente cientos de miles de vidas, tanto en las formas más visibles de la guerra o el genocidio, como en sus for-mas menos perceptibles pero no menos rea-les: la producción de un ejército de parados y explotados, el saqueo silencioso de las mayo-rías sociales y el abatimiento de minomayo-rías (sexuales, raciales, étnicas, etarias, religio-sas) en un sentido más o menos literal. En ese contexto de industrialización de la muerte y fabricación extendida de miseria, ¿cómo seguir poetizando? O más radicalmente, ¿con qué legitimidad seguir haciéndolo? Aún cuando evitemos las trampas de una funda-mentación a priori, considero que la renun-cia a lo poético sería tanto peor: nos privaría de un recurso central para cimentar un dis-positivo de producción de crítica, de discur-sos que contribuyan a crear las condiciones políticas, sociales y culturales de una rebelión social deseable1.

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elementos de producción crítica

vindicación y homenaje

ANTONIO MARTÍNEZ I FERRER

Una obra, un poeta y un tiempo con memoria

1.- Desde luego, en dicho dispositivo crítico también participan otros discursos sociales, incluyendo cierta producción teórica de las Arturo Borra, Antonio Gamoneda,

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«Necesaria», a su vez, en la medida misma en que esa práctica poética se auto-implique en la trans-formación de las condiciones del presente que la hacen “imposible”. Sin embargo, esa necesidad segui-rá siendo abstracta en la medida misma en que el discurso poético se refugie en castillos de marfil o en posiciones individualistas que sustraen la creación estética de los procesos sociales que son su con-dición de (im)posibilidad. Dicho de otro modo: la poesía no es “imposible” en el sentido de que no pueda ser creada en el contexto actual, ni tampoco es “necesaria” en el sentido de que responda a algu-na fialgu-nalidad instrumental o trascendental. Antes bien, la conjugación de imposibilidad y necesidad obedece a algo más concreto: toda escritura que responda a un proyecto estético crítico encontrará en el presente algo incongruente que activa la añoranza de un porvenir distinto. Entre su deseo de cam-biar el mundo y el hallazgo decepcionante de no hacerlo se alzará una distancia estructural que, obje-tivamente, ninguna poética puede suprimir por sí sola. Con todo, tampoco renunciará a radicalizar sus apuestas persiguiendo aquello que le es negado: activar un proceso de cambio histórico-social –pro-ceso que, ciertamente, puede acompañar y apuntalar-.

Para decirlo de una vez: por más restringidas que sean sus posibilidades, esas apuestas son, desde nuestro horizonte de sentido, políticamente necesarias. No se trata de proclamar derrotas intem-porales (que conducen a argumentos de resignación) ni de proclamar necesidades trascendenta-les (que ocultan la contingencia de nuestro deseo colectivo de subvertir un mundo social e histó-rico marcado por la proliferación de injusticias). Antes bien, una vez más, se trata de inscribir los discursos poéticos en campos político-culturales más vastos que participan en la producción y transformación del presente.

Lo dicho, pues, vale para la poética de nuestro amigo Antonio Martínez. Constituye uno de sus presupuestos fundamentales. En términos globales, la poética militante de Antonio Martínez es la

continuación de la lucha política por otros medios, sin por ello suprimir la diferencia específica que marca una distancia con respecto a la inmediatez de aquella, por más borrosa que sea la fron-tera en ciertos pasajes poéticos donde irrumpe la dificultad objetiva de elaborar el horror percibi-do. Desde esta dimensión de análisis, incompleta y parcial por definición, es pertinente poner en conexión, de forma sumaria, su producción poética con algunos fragmentos biográficos. Marcado por la ausencia paterna temprana (su padre fue fusilado por miembros del régimen franquista), toda la infancia de Antonio estará atravesada por esa pérdida, lanzada su familia a sobrevivir en un tiempo de duelo (histórico y personal) y de importantes restricciones económicas. Y aunque nos cuidemos de convertir toda poética en autobiográfica, no es difícil reconocer las huellas de esa orfandad en poemarios donde la infancia retorna como experiencia sufriente. El caso de Corre, corre niño de arena (dedicado a los niños de arena de Irak como metáfora de una infancia sin infanciaque no puede más que correr, procurando fugarse del crimen convertido en ley) es el más evidente pero no el único. También irrumpe de forma solapada en El rumor del patioo El grito del oasis (especialmente en la sección “Tiovivo”), por mencionar algunos ejemplos. Incluso en

Angustiael espectro de las víctimas se convierte en un manifiesto donde, entre otras figuras de la desigualdad y violencia de género, irrumpe la infancia como desamparo antes que como refugio.

Por lo demás, lanzado desde temprano a la militancia partidaria y sindical, A. Martínez padeció no sólo las experiencias de la clandestinidad y el exilio sino también la forzada fractura familiar, la omnipresencia del miedo y la sombra del dolor de los suyos. A esas hebras habría todavía que articular su labor como trabajador de las artes gráficas, espacio en el que pudo poner un rostro material a aquella opresión que sus versos cuestionan. En ese sentido, la poesía de Antonio se constituye como una segunda militancia, quizás nacida de un cierto desencanto partidario. Así lo sugieren algunos versos de Cicatrices: “Mejor cerrar la boca/ y hablar hacia dentro”. Y por si que-daran dudas, luego de aludir al “náufrago de la ilusión”, señala: “Detrás del patio/ encontré/ un pensamiento de hojas otoñales/ con palabras húmedas/ archivando viejas historias”.

Sin embargo, la poética de Antonio no es declinación, sino invitación a rearmarse con las voces dispersas. Por eso afirma un tiempo de rebelión contra un orden sacrificial, en el que cabe una

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protesta rabiosa ante unas efectivas estructuras de poder que además de sostener las desigualda-des del presente, avanzan en un holocausto que es desigualda-destrucción de los otros y aniquilación del pla-neta. No se trata de una pura constatación. En El Grito del oasis, nos recuerda: “Acantilados de hielo, están atados al vendaval”. El movimiento sacude la estasis de lo actual. Hasta lo gélido puede ser revertido por el viento. Por eso su cuestionamiento no se conforma con mostrar el espanto: lanza un desafío a la configuración clasista de la sociedad, en particular, a los amos del mundo que, atrapados en su propio goce, desconocen radicalmente el sufrimiento generalizado que provocan. En efecto: “El dolor es una multitud”.

II

¿Cómo pueden esos amos gobernar el mundo, pese a su inmensa destructividad? ¿Cómo es posi-ble que el capitalismo mundializado, a pesar de encontrar algunas resistencias sociales significa-tivas no encuentre un límite exterior,

un desafío radical que exceda las res-puestas de desesperación, dichas en un lenguaje de violencia? Antonio Martínez hace algunos señalamientos oportunos. El capitalismo como “siste-ma-mundo” instala la idea –reforzada en diversas prácticas sociales- de que las democracias parlamentarias, con-jugadas a las economías de libre mer-cado, son incuestionables, esto es, el mejor de los mundos posibles2. A ese credo neoconservador, que presume ser culminación de la historia, Antonio Martínez toma co mo blanco –para dis-parar con versos a tanta máquina indi-ferente.

Pero no habría hegemonía alguna si di chos procesos fueran puramente ex

-ternos a los sujetos que los encarnan. Más que la tesis de una eterna «naturaleza humana», habría que reafirmar las raíces históricas y sociales de las subjetividades que sostienen este sistema. Las pistas de su constitución hay que buscarlas en un proceso de subjetivaciónque genera de forma simultánea un consumismo esclavizante y conformista y, como contracara, una expansión de privaciones drásticas. El consumo desenfrenado e insostenible se convierte en verbo de acción (“To -dos al fin/ con código de barras” ironiza en Esquirlas en el aliento) mientras la carencia se hace inminencia de muerte. Y por si la lógica consensual fuera insuficiente, también están las “factorí-as del terror” que se tejen por doquier, en la extensión de la lógica de la guerra como continuación de la política por otros medios (y lo inverso, como advirtió M. Foucault también resulta válido: la política como continuación de la guerra). Así pues, se articulan en la institución efectiva de la sociedad la guerra imperial que arrasa todo lo que le pone freno, el «fascismo de mercado» -como señaló hace décadas el economista Paul Samuelson- en su alianza con un estado policializadoy

militarizadoy la predominancia cultural de un sujeto voraz y predador que monta su bienestar sobre las espaldas de los otros, sea bajo la forma de la explotación, sea bajo una relación de indi-ferencia práctica ante el malestar ilimitado.

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2.- De ahí los entusiastas anuncios de la inteligencia neoconservadora –tan repetidos desde los 60 como desmentidos en la práctica

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La poética de A. Martínez, sin embargo, no constituye una apuesta programática y ni siquiera parte de la convicción de que mediante ese camino pueda afrontarse con eficacia una lucha polí-tica más vasta y radical, a pesar del deseo de movilizar sin confundir y, con ello, “de sembrar futu-ro”. Lo suyo es algo más inmediato y apremiante: “escribo/ para poder respirar” afirma en

Huellas. Porque tanto en política como en poesía, lo central remite al pulso de la respiración, en suma, a los anhelos que están en juego en la (re)invención del mundo. Por eso el poeta trabaja como si los ver sos pudieran convertirse en martillos. Poetizar sería un trabajo de albañilería: puede contribuir a derrumbar los muros blancos de un sistema que tritura por múltiples medios.

En este contexto, escribir no es, primariamente, embellecer, aunque nada dispense de la ley de las formas. Es búsqueda activa de una verdad que no preexiste a la escritura, que es producto de un trabajo que no se conforma con reproducir el testimonio del daño sino que incita a explorar en la posibilidad de otras realidades –que irradian, ahora sí, cierta belleza de lo utópico, de lo que apa-rece como “imposible” y “necesario” a la vez-. Pero el futuro no es certeza sino incertidumbre: “¿Nos vestirán/ con harapos de olvido?” –pregunta en Contraventanas. En otro poemario, nos dice Antonio: “los náufragos gritan, pero las tablas salvadoras/ son huidizas”. Es esa utopía de una morada distinta -una morada en donde la comunidad humana no esté fracturada por un “horizon-te de alambradas”- lo que subyace a esta elaboración, aunque toda promesa de reconciliación sea, más que una solución, el nombre de una problemática política. No sugiero con ello que la poética de Antonio Martínez sea utópica. Tantea por momentos: “no se sabe/ si detrás/ del murmullo/ está muerta la sombra// la quimera no se parece/ a nada”, indica en Arrugas en la voz, como si este actor-testigo, casi exhausto, sólo tuviera fuerzas para recordar la incongruencia. Y si bien en Aquellos lugares (su último poemario al momento de escribir estas reflexiones) parece augurar algún paso en esa dirección -a través de la celebración de la amistad y del encuentro-, el poeta nos advierte acerca de su carencia de certezas al respecto. Vuelve la afonía: “hay un poesía sin voz/ de andar por casa/ que se esconde en los rincones// desde allí/ espera/ que amanezca la sangre”. La per-plejidad ante las ruinas regresa y la pregun-ta por el otro –incluso el otro sí mismo, convertido en extranjero- reaparece. Así pues, ese no-lugar deseable parece más bien insinuadoen su decir (como la posibi-lidad a la que conduciría la negación con-creta de la formación social presente), pero nunca pronunciado, no tanto porque no pueda ser dicho, sino quizá porque es lo que late como aquello que está todavía por decir: un mundo porvenir sobre el que sobrevuela la persistencia de la añoranza y la memoria del espanto.

III

El prolífico discurso poético de Antonio Martínez está marcado por una economía aforística. Sus pasajes más relevantes y fulgurantes acaso estén ligados a lo que nace en esa región oscura donde el sentido, escapando al control del concepto, desborda todo atrincheramiento doctrinal, para dar lugar a lo que desconocemos. Si es verdad que siempre escribimos el mismo libro, habría que señalar que Antonio no escatima en capitulaciones: en pocos años, el autor ha alumbrado nume-rosos títulos, muchos de los cuales reincidenen la crítica de la actualidad, desde su inicial Rumor

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Detalle fachada principal a

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del patiohasta Aquellos lugares. Cada poemario constituye un eslabón de una cadena que retor-na al trauma de lo real –y lo real, en este contexto, está en la división humana, en el poder devas-tador de las fronteras y los imperios, en suma, en el rechazo a nuestra vulnerabilidad constituti-va. El retorno mismo es síntoma de aquello que no logra una inscripción simbólica plena. De ahí, también, la diseminación poética en la que la mano de Antonio “rebusca entre los vacíos” (El vuelo oscuronoche) voces clandestinas más allá de lo políticamente correcto. Y si bien el autor no renuncia a la totalización –y ese persistir está cargado de riesgos, como casi todo aquello que vale la pena-, su escritura se caracteriza más bien por un procedimiento metonímico, al modo impre-sionista que produce un efecto global a pesar de la economía de la técnica compositiva. Lo que aquí resulta relevante es que su poética se mueve a partir de fogonazos, ráfagas de imágenes que no operan por descripciones sistemáticas, sino más bien por sucesión –a veces lúdica- de saltos e incluso por aproximación a detalles que adquieren creciente significación a medida que nos vamos acercando: los niños y la arena, la angustia esa que acompaña el testimonio de la destruc-ción y el deseo en su promesa de libertad, los rumores lejanos de infancia y la irrevocabilidad de la pérdida3, las cicatrices del sentido y las máquinas de guerra, la enfermedad que da conciencia de la vida... y la referencia a lo más íntimo, a las figuras del miedo y del olvido, de la soledad y del amor (que, en este caso, lleva el nombre de Antoñita).

Que a ese proceder lo denominemos “realismo crítico” es secundario, porque los lectores podrán hallar otras matrices estéticas, donde hay alternancia entre un crudo documentalismo y una cier-ta pervivencia lírica que interroga la lógica del etiquecier-tado. En última inscier-tancia, la condición impu-ra del poeta no es obstáculo paimpu-ra insistir en un posicionamiento ideológico que no duda en asu-mir abiertamente la condición política de lo poético. Si la poesía vale por su contenido de verdad en el mundo de las formas, como antaño señalara T. Adorno con respecto a toda obra artística, habría que decir que Antonio Martínez procura evocar algunas de esas verdades que hieren de humanidad. La verdad del llanto agujerea su escritura: “siento en la sangre/ heridas/ olvidadas/ detrás de las caricias” dice en un bello pasaje de Voces de pez.

Si algo hallamos en esta constelación estética es la imposibilidad misma de separar lo per-sonal y lo político (aunque lo auto-biográfico aparezca en registros plurales como el de la militancia clandestina, la rememoración de sus vivencias de infancia, el murmullo deli-rante de una enfermedad4, el recuerdo de un hogar materno perdido, la huella del amor o las esquirlas de la infamia cotidiana). El poeta-militante clama por un mundo donde la aniquilación no sea la última palabra. Dejo a otros lectores la tarea de evaluar -en términos estéticos, éticos y políticos- cuán lejos llega este trabajo de trepanación del presente. En cualquier caso, son esos resquicios abiertos los que nos invitan -justo allí donde el capita-lismo se detiene- a repensar la alteridad e, incluso, a hacerla otra vez pensable. Sobre esas huellas de lo ausente, probablemente, hallaremos una escritura que reactive un deseo que puede devenir revolucionario.

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3.- Al respecto, Temblor en las raíces, puede leerse como un sismógrafo de la vida familiar de Antonio. 4.- Este murmullo estructura Efectos secundarios.

Detalle fachada Este sobre

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ENTREVISTA (coral)

A ANTONIO MARTÍNEZ I FERRER

Por Arturo Borra, Laura Giordani y Víktor Gómez

La irrupción de la escritura poética en tu vida es, desde un punto de vista cronológico, relativamente tardía. ¿Qué factores te llevaron a hacer ese giro hacia la poesía?

Como sabéis yo no poseo ninguna formación académica pero las inquietudes hacia la cultura me lleva-ron a leer en mi primera juventud (entre los dieciséis y los veinte años) a Gustavo Adolfo Becquer, Campoamor, Cervantes y Shakespeare y otros que no recuerdo. Asimismo me relacioné con un médico y poeta alzireño llamado Manuel Just. En esa época escribí algunos poemas, pero pronto me atrajo la política; en concreto el marxismo, como respuesta a la dictadura franquista y la explotación capitalista. Pasé a formar parte de organizaciones revolucionarias, comprometiendo todo mi tiempo a la lucha polí-tica y sindical hasta la caída de la dictadura. En ese periodo de tiempo mis lecturas poépolí-ticas son auto-res como Miguel Hernández y Federico García Lorca, entre otros. En el periodo de la transición no encontré sitio en el entorno político-sindical y me aparté de toda actividad, pasando a ocuparme del por-venir de mis hijos montando la empresa de fotocomposición Germanía de donde nació la editorial Germanía, dirigida y construida por mis hijos y tres socios más. Así, en la década de los 90 entré en con-tacto de nuevo con la poesía de la mano de la colección Hoja por Ojo y leo por primera vez a autores como José Viñals, Antonio Orihuela, Antonio Gamoneda, Eladio Orta, Juan Gelman, y reaparece, de nuevo, mi inquietud por escribir, montando mi primer poemario El rumor del patioen el 2002, a par-tir de poemas escritos en los años 2000 y2001.

Tu biografía está marcada por la militancia partidaria y tu poética parece otra forma de militancia política... ¿Cómo se vinculan estas dimensiones y qué riesgos surgen de este cruce?

Yo que profeso el «materialismo dialéctico» como respuesta filosófico-humanista de la vida no entien-do, pero respeto, la actividad poética fuera de la ideología que tenga el autor. Considero que nadie puede soslayar, en el momento de la creación poética, su concepción del mundo, por lo que siempre estará implícita en su obra. Por ello, el poeta se desnuda en cada palabra, en cada verso y ahí está la grandeza: abrir el alma ante quien te lee con el riesgo de ser elogiado o rechazado, radicalmente, según la ideolo-gía del lector. Esto puede ocasionar que la

calidad de la obra se desdibuje por la influencia de su contenido ideológico, pero en mi caso, acepto este riesgo y procuro que el mensaje sea incisivo y provocador.

Decía Juan J. Saer que “la infancia es el sólo país, como una lluvia pri-mera, de la que nunca, enteramen-te, nos secamos”. ¿De qué modo crees que tu propia infancia sigue aún empapando tu escritura?

Con certeza mi infancia ha sido determi-nante en mi posterior visión del mundo. Fui educado en el recuerdo y yo diría la veneración de mi padre Antonio Martínez

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García, asesinado por el franquismo en el año 1940. Su figura era ensalzada por mis abuelos y mi madre e inclusive por mi padre Lorenzo Llinares Crespo casado en segundas nupcias con mi madre. La idea del carácter criminal del franquismo fue conformando y aun persiste en mi pensamiento. Si a ello aña-dimos los sufrimientos que en aquellos tiempos pasaban las familias para poder comer y vestirse puede entenderse mi obsesión por la naturaleza injusta del sistema capitalista que propicia las enormes dife-rencias sociales y el sufrimiento de gran parte de la humanidad.

¿Crees que la poesía es capaz de revitalizar un lenguaje saqueado, casi extenuado, en el presente? En caso positivo, ¿de qué manera podría intervenir lo poético en esa revitali-zación?

La estructura del lenguaje coloquial y culto que predomina en las relaciones entre los seres humanos en esta sociedad burguesa se asienta sobre la construcción de paradigmas que en la actual estructura socio-política inciden profundamente en anular cualquier actitud crítica frente a los problemas económico-sociales que genera la organización política del sistema. La poesía es una forma de expresión que por su naturaleza minoritaria no parece peligrosa para el pensamiento dominante, por lo que se mueve en un contexto de libertad superior al de otras formas de comunicación. Es muy corriente ante algo que se considera fuera de la lógica dominante decir con un tono peyorativo: “eso es poesía”, por lo que a tra-vés de ella se puede profundizar en la difusión de nuevos paradigmas que propongan un nuevo lengua-je crítico-humanista en los diferentes espacios culturales. Yo pienso que es posible llegar a todos los niveles culturales a través de la poesía, por ejemplo, entre los niveles más preparados intelectualmente con poetas de la línea expresiva de Antonio Gamoneda y Antonio Méndez, entre otros, y también a las clases populares en la poesía de Antonio Orihuela y David González y otros más, y la poesía de Quique Falcón, Jorge Riechmann y otros, que puede llegar a todos los niveles de la cultura.

Tanto en Corre, corre niño de arena, El grito del oasis, Vuelo oscuronoche o Aquellos lugares, por mencionar algunos de tus libros, la guerra imperial aparece como un obje-to privilegiado de tu decir poético. En general, hay una constancia de esta problemática en toda tu producción poética. ¿A qué se debe esta reincidenciacrítica?

Los imperios han sido en todas las etapas históricas la manifestación más elevada del despotismo, sojuzgando los pueblos según sus intereses imperiales. En nuestra época el imperialismo U.S.A. repre-senta el mayor peligro para el desarrollo de las sociedades civiles de forma solidaria y justa y, asimis-mo, el mayor peligro para la paz por cuanto su política es depredadora y agresiva con unos resultados catastróficos para la humanidad. Las intervenciones armadas de los Estados Unidos en el último siglo han sido alrededor de 130, muy superiores a

cual-quier otro país y también mantiene bases o desta-camentos militares en cerca de 120 países de los 192 que conforman las Naciones Unidas. Es por ello que en mi poesía soy reiterativo, con la ilusión de que pueda influir en el pensamiento hacia la creación de una resistencia hacia todo lo que sean imperios o poderes despóticos.

La historia deja a su paso una oscura este-la de crímenes y muertes. Tu poesía vuelve continuamente el rostro hacia esas fosas comunes, lo que hace pensar en un vínculo entre poesía y memoria. ¿Cómo describirí-as ese vínculo?

Teniendo en cuenta que mi padre fue enterrado en una fosa común y que durante mi niñez todos los años me desplazaba con mi madre al

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rio de Paterna (Valencia) en donde estaba mi padre enterrado, me familiaricé con las grandes fosas comunes donde había docenas de republicanos asesinados por la represión franquista. Está cuestión siempre es recurrente por cuanto cada día estamos presenciando ese criminal espectáculo en muchas partes del mundo -piénsese en algunos países sudamericanos-. Las fuerzas fascistas siempre recurren a ese criminal método con la intención de esconder sus crímenes.

A propósito de Cicatrices, ¿qué cicatriz podría cerrar un poema? O más todavía: ¿es líci-to pretender hacerlo?

Todas las cicatrices son perversas. Me sería muy difícil fijar un dolor concreto que pudiese cerrar el cír-culo. De todos los que sufrimos nunca podemos saber cuál es mayor o si en el camino nos esperan otros que sean más dolientes. En mi caso, la muerte de mis padres y la separación en 1975 de mi familia por la persecución de la policía franquista han sido los acontecimientos familiares más dolorosos. Ahora, en el día a día, la brutal represión del imperio y sus lacayos, contra pueblos indefensos, asesinando pobla-ciones enteras sin discriminar niños ni viejos, es lo que me aturde de dolor y me convence de que la vida nos puede producir un dolor mayor de los que ya hemos sufrido.

Hay una obsesiva insistencia en tu escritura que pregunta: ¿será este escribir la última batalla contra la desaparición?

Cuando se tiene una convicción firme del pensamiento dialéctico la duda forma parte de la afirmación, conocedor de que las verdades absolutas no existen (pues de existir serían ajenas a la naturaleza huma-na). Siempre deambulo por la línea de la inseguridad aún en mis posiciones más firmes, siempre estoy abierto a la revisión y reformulación de mi pensamiento. Por lo que mi última batalla estará en el últi-mo aliento antes de últi-morir.

En Efectos secundarios reaparece la memoria del estrago, un testimonio sangrante de nuestra historia contemporánea. Ahora bien, ¿cómo se gestiona la desesperación en tu poética? ¿qué nos pueden decir tus poemas al respecto?

La poesía para mí es como una descarga de todas las emociones y tensiones provocadas por el dolor pro-pio y el ajeno, gritar ese dolor y hacer partícipe del mismo a los demás me ayuda a soportarlo. Yo creo que si no pudiese comunicarlo me rompería por dentro y caería en la autodestrucción síquica.

¿Crees que existe entre la pasión y la política, entre la poesía y el hecho amoroso, una manera específica de ser en la palabra del poeta, en tu escritura que se diferencia de los posicionamientos canónicos-consensuados de las poéticas primorosas y tan egocéntri-cas, como la poesía de la experiencia de

los años 80 y 90 o el realismo sucio que reaparece a finales del siglo XX con fuerza en España?

No es que yo piense en transgredir ciertas concepciones preestablecidas en la composi-ción poética. El caso es que tal como les he indicado en la primera pregunta mi falta de una preparación académica me hace difícil tener un conocimiento de los estilos o corrientes de la poesía que me permitan adoptar esta o aquella forma de composición o transgredirla conscientemente. Yo siempre digo que me he enseñado a escribir leyendo y que al escribir sólo afloran las emociones más profundas provocadas por el dolor, el amor,

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la solidaridad, entre otros sentimientos, esforzándome en que los poemas posean un ritmo enérgico, que sean incisivos y que con el mínimo de palabras expresen lo que deseo comunicar; todo ello inten-tando que posean el tono musical que los hagan agradables al oído y que se claven en la conciencia de quien los oye o lee.

¿Cuáles son las lecturas (escucha y reflexión) que crees que más han influido en la for-mación de tu sensibilidad poética y crítica? ¿Con qué visiones del mundo, con qué poe-mas o poetas dialogan tus textos? ¿En qué relecturas encuentras afinidad y estímulo cre-ativo?

Es evidente que la concepción del mundo que profeso es la derivada del materialismo dialéctico, lo que me hace tener una profunda concepción crítica de cuanto soy y me rodea, siempre con una actitud cons-tructiva. Esto me sitúa entre los poetas que denuncian las injusticias desde cualquier posición ideológi-ca, por lo que de todos ellos me alimento. La lista sería larga, lo cual me complace. De la generación del 27, Miguel Hernández y Federico García Lorca; poetas sudamericanos, Cesar Vallejo, Juan Gelman entre otros y de los poetas contemporáneos Antonio Orihuela, Enrique Falcón, Antonio Méndez, David González, Jorge Reichmann, entre otros. En todos ellos su relectura siempre es enriquecedora y una fuente de descubrimiento de nuevos matices en sus mensajes de carácter revolucionario. En el terreno lírico quiero resaltar la hermosa poesía de mi amigo José Viñals, por la belleza de su lenguaje y su gran riqueza cromática. Asimismo la poesía de Eladio Orta por su valentía para romper esquemas y también por su profundidad lírica en alguno de sus poemarios. He de señalar que a mi alrededor también sien-to como propios algunos poetas hermanados conmigo, con los que tengo una profunda relación de amistad y complicidad que conforman un esplendido paisaje de donde también me alimento, Antonio Crespo Massieu, Matías Escalera, Ana María Espinosa, Ana Pérez Cañamares, Laura Giordani, Arturo Borra, Vicent Camps, Víctor M. Gómez, José Garés, entre otros que, de seguro, se me olvidará mencio-nar y a los que pido disculpas.

Por último, ¿qué devenir cabe esperar de tu poética? ¿Qué desafíos consideras que tie-nes por delante?

Difícil respuesta mis queridos amigos, a mis 69 años mis proyectos son muchos, dada la naturaleza de mi carácter, pero si quiero ser realista me conformo con ese día a día y el deseo de que mi voz no pier-da fuerza y continué en el plano de la denuncia. Mantener vínculos con aquellos que, como ustedes, denunciamos con la palabra tanta insolidaridad e injusticia y construir, junto a al resto de amigos, ese mundo mejor que tanto deseamos.

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UN POEMA (con dedicatoria)

Por Laura Giordani

Mosaicum

A Antonio y Antoñita.

Ellos abrigan su casa con mosaicos caleidoscopio que la luz de los pinos baraja a su antojo

asilo del fragmento

archipiélago de todas las memorias que regresan como maquis desde alguna sierra rota.

Un boceto que se fuga a los ojos afiebra y vuelve laboriosas las manos. Poco importa que el mandala se complete cuando las falanges y los afanes

y todo en el cuerpo se aquiete para siempre: la casa seguirá allí como un fruto bueno un corazón sangrando después de la contienda.

Poner a conversar las aristas haciendo dócil la herida reunir guijarros para tenderle andamios a la mañana.

Mientras las factorías del terror hacen añicos al niño de arena los huesos de Antonio y Antonia

se incorporan con la convicción liviana de los pájaros a sellar el dolor del mundo con vendajes de greda a inventarle otros relieves a la esperanza.

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TRES PRÓLOGOS

Secreto a voces

(al poemario

Corre, corre, niño de arena

)

Por Antonio Orihuela

En el siglo de Kafka los niños de Iraq son de arena, pero también son de arena todos los niños que no han teni-do la fortuna de nacer dentro del ghetto amurallateni-do del primer munteni-do, teni-donde las cuotas del horros están limi-tadas a los juegos de la Playstation y a no poder calzar unas Nike de 300 €.

Del horror que transcurre más allá de nuestras alambradas está hecho este niño de arena. Un libro escrito por uno de ellos, un lejano niño de España de 1936. Así es, cuando uno daba por enterrada a toda esa generación del hambre grande de la posguerra, cuando una pensaba que poco podría ya surgir de entre esas sombras, cuando se han borrado todos esos nombres que habían sido dados a la Utopía, resulta que uno aún puede encontrar en ella a un poeta que se coloca en mitad del camino de la vida, el al que casi todo lo arrolló en el camino de la vida, para alzar la voz y ponerse a disipar las sombras del fascismo ordinario y cotidiano. Un poeta que es capaz de acunar el dolor de los que lloran y a señalar los demonios de estas tierras y de este inmundo más hoy que nunca de todos los demonios.

Conocí a Antonio Martínez Ferrer a través de su extraordinario primer libro El rumor del patio, y unos meses después al hombre y a la mujer, compañera incansable Antoñita, que se aventu-raron por media España para compartir unos días de calor en Moguer con otros poetas arrumbados de mil batallas.

Tras aquellos días febriles de compartir el pan y la poesía, me dejó Antonio con el aire de una pregunta que yo no llegué a formularle y que, probablemente, quizás él tampoco sepa cómo contestar. ¿De dónde salen los hombres como Antonio Martínez Ferrer?¿Cómo es posible que habiendo existido hombres como él perdiéra-mos nuestro viejo afán de clase y nos creyéra-mos las estúpidas predicciones de los podero-sos? Pienso entonces en la inmensa soledad que ha debido ir creciendo en compañeros como él, al ver lo poco que iba quedando de una práctica de lucha y un discurso de denuncia sobre este artificio de los días al que el Capital nos han condenado.

Me quedará, también como una incógnita, saber de dónde saca este hombre la potencia de su escritura, la con-tundencia de sus versos, la firmeza de su recitar en vivo, su limpia y clara mirada entre los ojos vidriosos de las lágrimas.

Creo que son las preguntas de siempre, las preguntas del asombro cuando, más allá del hombre concreto, es la voz del pueblo la que oyes ponerse en pie y negarse a que sean otros los que hablen por ella. Así de atenta y generosa con los nuestros es la voz de Antonio Martínez Ferrer, voz del pueblo, grito del pueblo, vigilia del

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blo que no duerme cuando sabe que están masacrando al pueblo, pisoteando al pueblo aplastando una y otra vez a ese gigante patoso que, de momento, es incapaz de encontrar su destino.

Yo he visto en los pasos cansados de Antonio la poesía de los desposeídos. Yo he visto en la tenacidad poética de Antonio la voz de todos los humillados. Yo lo he oído recitar levantando la mano y haciendo del temblor de su voz un refugio cálido para los aterrados. Yo quisiera, compañeros, que pudiéramos merecer a este poeta, porque los tiempos, desde luego, nos vienen contrarios y otros son los que imponen su impostura y creen con ello llevarse las llaves del futuro.

Por eso, porque si el presente no nos pertenece, al menos no nos dejemos expropiar el futuro, levantó Antonio este libro. En el tiempo inacabable de las lágrimas, el hambre y la muerte cotidiana pensó Antonio estos poe-mas que aquí tienes, lector, compañero, generosamente te están entregados. Un íntimo y fiero homenaje a los niños de Iraq, los niños de arena y, por extensión, permíteme maestro, a todos los niños de esos mundos donde es tan fácil deshacerse como arena, como se deshace una risa a golpe de bala allá en las afuera del imperio del señor de los fríos. Un libro a los niños de los misiles y las plazas, a los que nadie pone nombre porque, frente a nuestros rubios y rollizos niños de occidente, estos están destinados no a hacerse hombres sino a deshacer-se niños. En el Tercer Mundo no hay otra forma de crecer.

El poeta Antonio Martínez Ferrer, que usa bastón desde hace años, le pide una y otra vez al niño de arena que corra. Qué hermosa metáfora para quién nunca se cansó de correr, para quien tendrá que seguir corriendo del lobo, de las alambradas, de los cuellos almidonados, de la Guardia Civil, de los grises, de la policía de la pata-da en la puerta, del sueño, de la metralla , de los misiles balísticos, de las explosiones, corriendo siempre en pos de una verdad fugitiva y resbaladiza, una verdad que ya estaba escrita en los huesos cansados del padre del Antonio niño, envuelta en su piel adolescente formando extrañas pinceladas rojas en el ocre del horizonte. Una verdad que estaba en los andamios, en las puertas abiertas, en las aceras, en las palomas. Una verdad que usa bastón y quisiera tirar de todos los niños de arena del mundo hacia un futuro donde no nos encontremos con nuestros sueños saqueados.

Tampoco se engaña Antonio sobre los límites de su trabajo en poesía. A pesar de él, por encima de él, las bom-bas siguen su trabajo y el hambre anda a dentelladas con un tercio del mundo. Hay poco que aplaudir, nues-tros días son Gernika cotidiano. Los versos del poeta no apagarán las llamas, pero seguirán cavando un hondo pozo fresco en mitad del desierto de la memoria.

No es tiempo de olvidar estas dunas, están hechas con los niños de arena, con la sangre del abuelo con los hue-sos del padre de Antonio Martínez Ferrer, con los sueños de quienes creyeron en el mundo mejor comunista y libertario. No pierde el viento la voz en la huída, suena por ella que vuelve.

……….

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Elementos de producción crítica

Jerome Rothenberg su compañera Diane y

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Contra el cerco del silencio

(al poemario

Angustia

)

Por Enrique Falcón

El lector que quiera abismarse en los poemas que Angustia–este nuevo libro de Antonio Martínez– recoge, ha de enfrentarse abiertamente con dos cuestiones de peso que habrán de desbordarle más allá del ejercicio de la mera lectura. La primera, si es posible la esperanza en los escenarios del desastre. La segunda, si es posi-ble vencer los silencios con los que se ha poblado este tiempo –el nuestro–, marcado por los signos de una terrible invisibilización de las víctimas.

La llegada a nuestra casa del mecanuscrito de An gus -tiacoincidió con la presentación pública del útimo poemario de Marc Granell, un poeta que siento parti-cularmente unido a la pasta insorbonable de la que está hecho Antonio Martínez, y no sólo por las coinci-dencias de una misma geografía y por el uso de la misma lengua, sino sobre todo por esa voluntad –presente en ambos– de dar relevancia en sus res-pectivas obras poéticas, y de un modo crítico, al mar-tilleante estado de nuestro mundo, acuciado por una lamentable pérdida de la memoria histórica y por la consignación de un sistemático ninguneamiento de los perdedores –aquí, especialmente, de las mujeres– en las cunetas de la Historia. En aquella presentación, alguien le preguntaba a Marc Granell sobre si era posible esperar de su propia poesía (tan cercana a la

verdad de los hechos de nuestro tiempo) un solo guiño para la esperanza. Y Granell respondía –y traduzco aquí, al castellano, lo que recuerdo de aquella respuesta– que “sólo ella, la esperanza de transformar la reali-dad, fue la que me condujo a escribir este tipo de poemas”.

Bien: creo sinceramente que esta terca voluntad por nombrar el mundo desde el lado de una indignación que anhela –por encima de todo– un acto definitivo de justicia, es ampliamente compartida por Antonio Martínez Ferrer, e incluso en su dicción más trágica. Como en otros libros suyos, los poemas de Angustiaenarbolan esa proclama que, a pie de mundo (como casi siguiendo los titulares de una masacre diaria), acoge sin remedio las voces del miedo y las tripas del terror. Contra el cerco de silencios y de olvidos con que se nos va acorralando, hablar –y hablar sin mentir– se convierte así en la urgencia del poeta y en la terquedad de la esperanza. Antonio Martínez moviliza su saber literario –y su vida entera– en este doble, necesario, frente.

Las tensiones que desata toda poesía política son de índole estrictamente espiritual (siempre sobre la base de las condiciones materiales de la vida) y se cifran en tres direcciones: si es posible la esperanza en un mundo repleto de víctimas; si tienen nuestros muertos un futuro (y si es factible llamarlos nuestros muertos) y; si cabe entre nosotros (moradores de una vida cómplice con el sistema que los produce) la posibilidad de una vida plena y resistente que podamos, finalmente, celebrar. Por todo ello, bien se puede decir que lo que despliega este libro –necesario– de Antonio es, en su estallido de rabia encarnada, una poesía de combate.

Así, los poemas de Antonio Martínez han querido enfrentarse, de manera radical, a otro libro que el propio poeta consigna como “libro del silencio”. En sus páginas de infamia, nuestro tiempo parece estar escribiéndo-se desde la amnesia histórica (que deja huérfanos y sin futuro a quienes son arrollados por los perros del Amo y a quienes murieron por causa de la justicia) y desde ese proyecto de “invisibilización total” del que hace gala el capitalismo avanzado (que escamotea del orden del día a un buen número de personas y pueblos

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Elementos de producción crítica

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dos por la mentira y la intolerancia más flagrantes). Con silencios, con borrados continuos en las puertas de la vida, con enterramientos terribles –lo denuncia este poeta que no ha cerrado los ojos– se teje la trama de los poderes de nuestro tiempo y basta esta pérdida en la voz para mantener en el silencio la posibilidad de una esperanza, la posibilidad de una rebelión.

Antonio Martínez, como ya hiciera en El rumor del patio y en Corre, corre, niño de arena, es un poeta (como los hay pocos en nuestras latitudes) que ha querido romper con esa trama cómplice de silencios bastardos. Es suficiente la voz de este poeta valenciano para decir NO, para decir BASTA, para decir AHÍ, las tres palabras con las que empieza el libro de la resistencia, el libro de la indignación, así como toda poesía que se niegue a escamotear el espesor de lo verdaderamente humano. No trate el lector de buscar en estas páginas un “progra-ma para salir del atolladero”. Arriésguese más bien a sentir –junto con su autor– cómo “el amo / escupe nudos de silencio / para trenzar oscuridades” y cómo se nos vuelve inaplazable, ante este estado de cosas, proclamar con rabia la palabra capaz de romper los consensos. De una vez por todas, la palabra capaz de negarse a ser cómplice en las mentiras del mundo.

……….

Las plazas del futuro

(al poemario

El grito del oasis

)

Por Antonio Méndez Rubio

En su sobrecogedora novela Galíndez, nos recordaba un personaje secreto de Manuel Vázquez Montalbán que el fascismo de hoy es más difícil de combatir porque está en el fondo de nuestros corazones. Y es comprensi-ble, si se mira con una frialdad imposicomprensi-ble, hablar así: demasiado intenso, demasiado inminente, demasiado extendido el imperio de los fascismos contemporáneos como para que se haya tratado sólo de una especie de fugaz desgracia o coyuntura accidental. Hasta autores tan respetados y razonables como Zygmunt Bauman (en Modernidad y Holocausto) han puesto hoy las bases para seguir haciéndonos estas preguntas, como mínimo intempestivas.

En este sentido, Bauman cita a Feingold para recordar sin ir más lejos que “la ideología y el sistema que die-ron origen a Auschwitz permanecen intactos”. Se dice pronto. Se lee deprisa. Se vive a ciegas. Mientras tanto, no obstante, seguimos en la órbita de lo que podría llamarse de forma casi tranquila un fascismo de baja intensidad: un fascismo cuyo pivote no es ya tanto el estado de masas como el mercado global, cuya incidencia criminal no es explosiva y acelerada, sino tan lenta como constan-te, y que mantiene sin embargo firmes las pautas operativas el fascismo clásico en lo tocante a la hegemonía de la propaganda, la espectaculariza-ción de la política, el racismo y, quizá antes que nada, el mantenimiento insidioso del aislamiento como precondición para el totalitarismo cotidiano.

Ante esta agresión ya interiorizada, ya naturalizada por el transcurso inercial de la historia del siglo XX,

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Elementos de producción crítica

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no es extraño que el lenguaje experimente una doble afección, una doble infección: de un lado se repliega sobre sí en un movimiento como de defensa desesperada, como ante un daño irreparable, o como ante un golpe vio-lento se encoge el cuerpo, se ovilla, se protege de una forma improbable; de otro lado, ese mismo cuerpo se queda al desnudo, expuesto a la intemperie del (sin)sentido, disponible para cualquier abrazo, entregado a un encuentro no menos imposible que necesario. Puede que en ningún sitio se vea la marca de este doble gesto como en el lenguaje poético. De hecho, no es extraño que fuera Paul Celan, el acusado de un habla hermética o supuestamente cerrada sobre sí misma, quien defendiera en voz alta y contracorriente la raíz dialógica del poema.

En ese cruce tenso entre el abrir y el cerrar, en esa relación callada con la violencia del mundo, arraiga la poe-sía de Antonio Martínez i Ferrer. Una poepoe-sía que, al menos en una de sus posibles lecturas, se concibe como una exploración y extremación de la crisis del mundo, del mundo como vivencia de la catástrofe. Dice John Holloway en Cambiar el mundo sin tomar el poderque “si la crisis expresa la des-articulación extrema de las relaciones sociales, entonces la revolución debe entenderse, en primer lugar, como la intensificación de la cri-sis”. Esto es, que un lenguaje desarticulado, precario, insuficiente, no es sin más una muestra de impericia o de técnica incompleta -como querrían pensar algunos para quitarlo cuanto antes del medio. Un lenguaje des-articulado, rozado por la abstracción y por los dolorosos hallazgos de las vanguardias, es ante todo el síntoma de un mundo roto, de una sociedad en crisis, y a la vez un esfuerzo por intensificar esa crisis para volverla revo-lucionaria.

No tiene por qué ser tan difícil entender esto. Ojalá no lo sea. Antonio Martínez i Ferrer se ha empeñado en esta pelea, y está dispuesto a jugarse la vida con cada palabra, con cada verso, con cada pausa. Por esta vía, puede interpretarse entonces que una “poesía social”, si es que este rótulo sirve hoy todavía para clarificar algo, no depende sólo de la voluntad comunicativa y de una pluralidad coral de voces, aunque quizá también, sino que está, sin remedio, atravesada por el límite de la falta de voz, de la afonía. Respira en las fisuras de un silen-cio que ha dado un paso más, después de la agonía, dentro de ella. Como queda la garganta después del grito. Como tiembla la lengua cuando llega hasta el miedo. Como ha sido y sigue siendo tantas veces realmente así.

En esa voz sin voz, tal vez, de pronto, oigamos un día hablar de cómo pasa el tiempo en las plazas del futuro.

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Detalle fachada principal o Sur a

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UNA CARTA ABIERTA

De Víktor Gómez

A Antonio Martinez i Ferrer

“Pero vivir es siempre la aventura a que nos mueve el otro, un riesgo impune donde apostar con ganas a un destino más favorable que la muerte.”

El espesor del mundo. Jenaro Talens

Valencia, a 14 de noviembre de 2007 / 2 de octubre de 2008

Sin prisas, con alguna pausa, desde la buena hora del reen-cuentro epistolar, la cita, el verso, va tejiéndose el presente en un tapiz con nuestra alegría y coraje, con las armonías y contrastes, entretelas que can-tan lo que no se saben decir de otra manera. Convivir es mate-rial poético, la forma misma: el latido, la escucha, el silencio cómplice -la abierta mano- y la mano que transcribe. Una escucha. Tú vienes de una larga singladura. Atravesó tu cuerpo la fatiga, la dictadura, la clandestinidad, el dolor que metabolizaría lo exterior y lo interiorizado, la enfermedad y sus “efectos secundarios”.

¿Qué haremos ahora que hemos juntado el caudal de tu sangre y la nuestra en la humana riada de los inconsolables?

No amanece, sigue el mundo en su oscuro reino imponiendo el desamparo. Ese ruido insufrible de una gran maquinaria, los paradójicos olores de un bosque metálico que se oxida

donde nuestra saliva engrisecida en un imposible necesario tiene sabor metalúrgico. Y la escupimos, la escupimos.

¿Sin rendición?

Así es el combate, también la compasiva naturaleza de ese animal de niebla y silbo que desde la gargan-ta de la noche pregungargan-taba por los sembradores de nanas para los huérfanos del holocausto.

No nos rendimos, no hay tregua.

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¿Amar? ¿Morderse los labios?

Vivir es una extraña ecuación. Antes que resolver la palabra se tumba sobre los rescoldos del desastre para que las madres amamanten a sus niños sin que les sangren los pies.

No sé cuanto durara esto. No sé cuando se desharán de nosotros el tiempo, los secuaces, la ignominia, el azar, “los perros del amo”...

¿Callar? ¿Cerrar los ojos? ¿esconderse? ¿olvidar?

No, abrir, abrir bien los ojos para oler las grandes e invisibles siembras que otros que nos precedieron con su muerte posibilitaron, con su derrota servida dejaron para el presente una efímera victoria que pronto se llevarán los cainitas y sus camadas feroces. En el espesor del presente, tu lanza es una mano trémula, tu escudo el verso o el relámpago.

Entre tanto, Antonio, con el Grito del oasis, con el Niño de arena que corre, con La angustia y sin des-esperanza, lucharemos en las tierras de Goliat, cantaremos en tiempos sombríos, en el tiempo herido. Cantaremos con la liviandad de los pájaros. Por los huérfanos aún, pese al desconcierto, pese a los pesos pesados de la política, la economía de mercado y el mercado de la cultura.

Sea así siempre, ‘compañero del alma, compañero’ Antonio

Tu Víktor

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Elementos de producción crítica

Víctor Gómez, Antonio Martínez

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LA VOZ (en realidad, el eco de una voz)

Selección de poemas de Antonio Martínez i Ferrer

(selección realizada por el propio autor)

De El rumor del patio

La mano pequeña se alza sin lápiz, en el arroyo

nadie encuentra su huella ¡es tan pequeña!

o acaso cruza con pasos de viento.

De los cinco dedos de sus pies,

ninguno nos podrá hablar de rozaduras,

¡viven cautivos! en el vientre del frío.

Aquella esquina sucia, con olor a colas me está contando historias.

….

De Corre corre niño de arena

Por los jardines de arena blanca

está peregrinando el grito.

El aire

escribe metáforas para esconder el miedo.

En el prado de los caídos las doncellas de las aritméticas no supieron distinguir

los huesos tiernos del hijo,

o los cansados del padre. Todos estaban

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envueltos por la misma piel

formando extrañas pinceladas rojas entre los verdes, azules y ocres del horizonte.

¿Quién provocará la risa, si el bazar de los sueños ha sido saqueado?

De Angustia

Niña del pequeño sol en la frente tu mano escasa

nació esclava del infortunio.

Antes de soñar, sierva. Antes de reír,

violada.

Pobre voz

sin juegos en la palabra.

De Cicatrices

Las orillas del tiempo olvidaron mi nombre.

El día ha amanecido muy grande,

inmensamente grande, inmensamente azul, ¿Dónde está el engaño?

Mejor cerrar la boca y hablar hacia dentro.

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De Huellas

No detengas la mirada. Escribe lentamente en las lágrimas.

Cuidado con el torrente.

¿Arrancando el blanco a la luna llena?

Qué atrevidas las manos de tu sueño.

En las raíces de tu imagen, escribo para poder respirar. La pena es

que nunca

supe leer en tu mirada.

De El grito del oasis

La plaza de las sombra frescas reposaba su tarde de juegos.

Entre las encaladas paredes dormitaba el hombre

con el aliento de perfume a olivo

Amaneció el día vestido de acero.

No existe el olivo

una foto rota de la abuela, guarda silencio.

La estrella de muerte ha pasado.

He perdido la placenta de las palabras.

El pañuelo espeso

se reencuentra con lágrimas altivas.

¡Tú no lo sabes!,

pero los ángulos de este universo comienzan a ignorarte.

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De Contraventanas

Mi universo

es escaso en razones y extenso en vacíos.

De Esquirlas en el aliento

Me tocó el sudor en el reparto.

El engranaje funciona. Al amo,todo.

El murmullo de las rupturas no aprendió el método.

El camarada de la palabra nos desarmó en el discurso.

Rebelión.

En la asamblea de las soledades no te conocen.

En que orilla

el poeta de la revolución olvidó su voz..

En que combate se enterró

la hoz y el martillo.

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De Voces de pez

la mirada corta de un sueño enano

me rodea

hoy he despertado en el callejón de los cerrojos

el silencio reposa envolviendo el viento húmedo

-aceras de la

lluvia-noticia

de la transparencia en la matriz del frío

… -la

palabra-yo te deseo insomne escurridiza

yo te quiero descalza fría

yo te tomo anárquica prostituida

yo te sueño sin fronteras libre

y proscrita

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UN PENSAMIENTO ABIERTO AL MUNDO

Perplejidad:

una visión social, crítica e

integrada de los acuerdos de Bolonia

por un obrero industrial

Por Antonio Martínez i Ferrer

Hay ensayos y escritos técnicosque, por su apariencia de lógica normalidad, y por el prestigio del que dotamos a prioria sus emisores, escapan a los mínimos filtros críticos y solemos pasar sobre ellos sin percibir su inherente simplismo; por lo que, cuando nos paramos a reflexionar verdaderamente sobre lo que dicen y cómo lo dicen, percibimos su auténtica realidad, la super-ficialidad y estrechez corporativa de sus mensajes. Esa es la sensación que he tenido ante la lec-tura de diferentes “ensayos críticos especializados” acerca de la Declaración de Bolonia de 1999.

En primer lugar, lo primero que me sorprende es el escándalo que parece ocasionar entre ellos el hecho de que en las reformas que periódicamente emprenden los gobiernos para actualizar los métodos organizativos de los planes de estudio y los contenidos de los mismos, estén en la línea de acomodarlos a las necesidades empresariales de las grandes corporaciones que diri-gen la vida económica global.

Que los procesos privatizadores aplicados a la Universidad extrañen a estos “especialistas”, cuando la privatización de las actividades sociales potencialmente rentables constituye la columna vertebral de la política “liberalizadora” que rige la economía mundial, incluida la for-mación y la investigación universitaria; no deja de sorprender, a su vez, a los “no-especialistas” atentos al mundo real.

A la mayor parte de los autores de tales sesudos ensayos, les propondría, en primer lugar, que se pensasen algunas de las siguientes cuestiones.

A la caída de la Unión Soviética, la clase intelectual, que, en su inmensa mayoría, se felicitó y aplaudió tal desaparición, acomodó su discurso al proceso político de la socialdemocracia que dirigió el proceso de adaptación de la sociedad global a las estructuras liberal-capitalistas. Aunque, en ese proceso aún se conservaron restos del ideario del viejo socialismo en los parti-dos y sindicatos de izquierda, y en sus formas y métoparti-dos de lucha; especialmente la necesidad de “corrección” de los desajustes que las estructuras capitalistas ocasionan entre las clases sociales.

En esta operación colaboraron los partidos políticos reformistas, incluidos los comunistas; y, tras algunas vacilaciones muy tímidas por parte de las organizaciones sindicales, estas se aco-modaron al papel que ese periodo de transición les reservaba, que era el de “desmovilizadores” de la clase trabajadora; transformadas en instituciones dedicadas principalmente a la “domes-ticación” y a la “formación” de la clase obrera a través de “cursillos” preparados, en general, para facilitar la implantación definitiva del liberalismo económico, o directamente ayudar a mantener sus aparatos burocráticos. Un ejemplo paradigmático e inicial de todo ello, en España, fueron los Pactos de la Moncloa, de octubre de 1977; en donde de forma literal se espe-cifica que el objetivo es “evitar la conflictividad laboral”.

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El citado pacto se firma, primero, por CC.OO., y, poco después, por U.G.T.; el carácter desmo-vilizador del mismo es evidente y en contrapartida se reconocen parte de los derechos que la Dictadura franquista nos había negado; y esto envuelto en un discurso demagógico, en el que se utilizaban esos derechos básicos no negociables como elementos de negociación para la des-movilización de la clase obrera.

Aun cuando no se pueda obviar, tampoco, que de forma puntual los sindicatos han propiciado la movilización, tímida, de la clase obrera ante algunas situaciones en que hubiese sido escan-daloso no dar respuesta. En última instancia, la política de acuerdos pactados en la resolución de conflictos con el capital, a través de los convenios colectivos, se instituyó como norma, hasta llegar a la fase subsiguiente de la desmovilización general, y a la mera negación del carácter mismo de clase a las luchas y reivindicaciones de los trabajadores, cuando se normalizaron los conveníos colectivos a tres bandas entre los sindicatos, la patronal y el Estado. Y en esta situa-ción de momentánea derrota y repliegue estamos ahora; y eso se nota en todas las esferas de la vida pública y del pensamiento.

Ante todo ello, y desde mi visión de obrero industrial, que se ha pasado la mayor parte de su vida en lucha contra el Capitalismo, y a favor de la creación de las condiciones políticas que pro-piciaran la implantación del Socialismo, consciente de los errores cometidos –véase la triste experiencia soviética– en su desarrollo concreto e histórico, durante el pasado siglo, aún sigo creyendo que la única posibilidad de poder alcanzar esa sociedad sin explotados ni explotado-res pasa, al menos, por una visión de los fenómenos “completa”, histórica y material; una visión que no he detectado en los sesudos análisis que sobre el proceso de Bolonia he leído: reducto-res, parciales y estrechamente corporativistas.

Por eso, desde mi perspectiva de trabajador anticapitalista y ciudadano no-especialista, pro-pondría –para comprender el porqué de La Declaración de Bolonia– abordar los siguientes temas, con el fin de alcanzar una visión verdaderamente globalde la misma.

1.- Situación actual de las estructuras socio-económicas.

2.- La Universidad como institución integrada dentro del proceso social-productivo. 3.- El papel de la Universidad en esta coyuntura.

4.- El papel de los partidos políticos y los sindicatos. 5.- Situación de la juventud entre los 14 y 25 años de edad.

6.- Los dogmas y paradigmas establecidos por el pensamiento actual para perpetuar la domi-nación de clase a través de las corporaciones financieras; y la Universidad como fuente de creación del pensamiento crítico.

Situación actual de las estructuras socio-económicas.

Desde la primera revolución industrial se han venido desarrollando las estructuras empresa-riales y financieras de acuerdo con el llamado modelo Liberal, combinado con el proteccionis-mo más descarado de parte de los estados y de sus administraciones, cuando el “libre merca-do” no favorece a los intereses y/o a la acumulación de las grandes corporaciones y monopo-lios capitalistas, dentro o fuera de sus territorios. Protección, por lo demás, exigida (tal vez, paradójica, pero muy lógicamente) por las organizaciones sociales de carácter solidario y bené-fico procedentes (muchas de ellas) de la lucha de la clase obrera, tanto industrial como de los estamentos técnicos y profesionales; y por algunos sectores de la burguesía agrícola y comer-cial, o de la pequeña y mediana industria familiar; con el fin de que el intervencionismo regu-lador del Estado les subvencione, mediante ayudas directas o aranceles, e intervenga contra las mercancías importadas que llegan a los mercados interiores “de fuera”, a precios más compe-titivos que los propios.

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Aun constituyendo este comportamiento un elemento sumamente “perturbador” y “esencial-mente contradictorio” del Liberalismo y del “Mercado Libre”, anunciado como Buena Nueva universal, ninguno de estos elementos ha conseguido evitar la profundización del modelo, hasta llegar a la actual situación de preponderancia absoluta del mismo, respecto incluso del viejo modelo Socialdemócrata del llamado Estado del Bienestar.

En conclusión, que el modelo “Liberal” está tan plenamente integrado en el pensamiento que regula los planes de desarrollo de las estructuras socio-económicas, a pesar del carácter inte-resadamente intervencionista de los estados capitalistas, en la realidad; y a pesar de los míni-mos controles sociales establecidos por parte de las administraciones en aquellos territorios con una cierta tradición socialdemócrata; tan fuerte ha sido su interiorización social y cultural, que ya no se concibe por la mayoría otro modelo social y económico que no sea el modelo “Liberal”.

Eliminados aquellos contrapoderes que obstaculizaban su desarrollo, organizaciones políticas obreras y sindicatos; burocratizadas sus estructuras y desmovilizadas sus bases sociales; redu-cidas estas organizaciones a meras correas de transmisión de los valores y prácticas sociales y económicas dominantes. Controlados, asimismo, los canales informativos y los mecanismos para la creación de conciencia y opinión, uno de los objetivos prioritarios de las corporaciones económico-financieras, desde el principio: las agencias internacionales de distribución de noti-cias, y la mayoría de los medios de difusión nacionales; así como la industria editorial y la ges-tión de los asuntos “culturales”, artísticos y literarios. En estos momentos, podemos, pues, afir-mar que las grandes corporaciones económicas-financieras se desenvuelven sin ningún con-trapoder que pueda regular sus actividades. De modo que las leyes que se han estado legislan-do en los últimos ciento cincuenta años han silegislan-do las adecuadas a los intereses de tales corpo-raciones. Y las leyes universitarias, por supuesto; a menos que la Universidad sea considerada, como tal institución, límbica o angélica, ajena al mundo histórico y material (que, tan a menu-do, resulta ser).

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La Universidad como institución integrada dentro del proceso social-productivo.

Resulta infantil, pues, creer que la Universidad actual puede quedar al margen e independien-te del proceso de privatización y desregulación pública que el pensamiento liberal y globaliza-do, que domina el funcionamiento socioeconómico de la sociedad entera, lleva a cabo. Y este enfoque, parcial y corporativo, que veo a menudo reflejado en los escritos “universitarios” sobre la cuestión, nos impide afrontar el problema en su verdadera dimensión universal. La Universidad es una pieza más de la sociedad que no puede sustraerse al proceso de privatiza-ciones, la única singularidad del proceso es el momento en que tiene darse, aquel en el que se ha decidido que debe ser absorbida por el Mercado (¿libre?); y es evidente que estamos en ese espacio histórico en que las grandes corporaciones financieras e industriales Europeas necesi-tan (y han decidido) tener el control total de las estructuras universitarias.

En pocas palabras, ha llegado el momento en que el poder dominante, esto es, el Capital, tanto industrial, como comercial, financiero y especulativo, ha decidido romper la frágil independen-cia actual del Campus y moldear el pensamiento crítico-científico de acuerdo a sus intereses económicos y políticos.

Es evidente que sería objeto de un buen trabajo de investigación recopilar todos los elementos y factores que a través de la historia de los dos últimos siglos en Europa han ido conformando los pilares sobre los que ha de descansar la Universidad privatizada, de todos estos elementos que de seguro existirán entre ellos. Veamos, al menos, algunos de los últimos documentos ela-borados por la Comisión Europea: la CARTA MAGNA DE BOLONIA de 1988; la DECALARA-CION DE BOLONIA de 1999; el CONSEJO EUROPEO DE LISBOA de 2000, sobre el apren-dizaje permanente; el de ESTOCOLMO de 2001, sobre la mundialización; el de BARCELONA, sobre la inversión privada. Y el COMUNICADO DE LA COMISIÓN Com. (2002) 779: Bruselas 10-01-2002

En la primera “representación” orquestada de este proceso, allá por el 1988, en Bolonia, se hace hincapié principalmente en la necesidad de la reforma con el fin de posibilitar la “europeiza-ción” del entramado organizativo de todas las universidades del continente sin cuestionar en ningún momento la independencia del Campus ni la libertad de pensamiento y de cátedra; en definitiva lo que se hace muy hábilmente es introducir en el discurso la necesidad de globali-zar las estructuras organizativas universitarias a nivel Europeo.

En la segunda fase, en 1999, en la llamada DECLARACION DE BOLONIA, se plantea ya con crudeza la necesaria introducción de nuevas reformas y paradigmas. En lugar de una Universidad independiente y crítica, se instiga la creación de un nuevo paradigma la Universidad integrada en los mecanismos productivos, privatizada y globalizada. En lugar de una Universidad de carácter popular, una Universidad elitista, en donde las posibilidades de obtener beneficios económicos sean determinantes en la formación superior, según ellos en la etapa del postgrado, donde deben ser preparados los nuevos dirigentes de las grandes corpo-raciones, financiando ellas mismas los planes de estudio y eliminando cualquier atisbo de libertad efectiva de cátedra.

Así mismo y para disipar cualquier duda de los objetivos de trasformar la Universidad en un campus para la inversión y la “fabricación de cerebros” valga el siguiente documento de la Comisión de las comunidades Europeas. Bruselas 10 /01/ 2003. Com (2002) 779: Invertir efi-cazmente en educación y formación un imperativo en Europa…En el que el primer elemen-to destacable es precisamente la modificación del término “aportar los medios necesarios”, por “invertir eficazmente”; con ello se modifica de verdad el paradigma, y la Universidad en lugar de depender económicamente de los Presupuestos del Estado, con objetivos eminente-mente sociales, pasa a depender de “inversiones eficaces”, quiere esto decir “rentables”.

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Si seguimos la lectura del citado documento, iremos comprobando la radical reforma concep-tual, inclinada claramente hacia el proceso de privatización de todas las estructuras universi-tarias. Así, se habla, una y otra vez, de los “altos niveles de fracaso escolar…”; del “desempleo entre licenciados universitarios…”; de la “necesidad de gestionar eficazmente los recursos… / …a través de la descentralización de la educación…”; etcétera. Afirmándose con rotundidad el mecanismo para subsanar estos problemas, en síntesis: que el Estado y las Regiones, todas las instituciones universitarias “pongan a punto acciones e incentivos con vistas a conseguir un incremento constante de las inversiones de empresas y particulares…/ …un aumento real y duradero de las inversiones de todas las partes interesadas; particulares, empresas, inter-locutores sociales y autoridades públicas…”

Y para concretar con toda claridad el imparable (¿necesario?) proceso privatizador se apuntan los siguientes datos:

FINANCIACION PRIVADA

EUROPA……… 0,66 del PIB.

JAPON... 1,2 del PIB. ESTADOS UNIDOS… 1,6 del PIB.

FINANCIACION POR ESTUDIANTE

EUROPA………...…… 1,1 del PIB.

ESTADOS UNIDOS... 2,3 del PIB.

“…No debe olvidarse que este déficit de financiación se debe en su mayor parte al bajo nivel de inversión privada en enseñanza superior e investigación y desarrollo en la U.E. en com-paración con los Estados Unidos”, se subraya.

Es paradójico (y demagógico) que en lugar de proveer los medios necesarios para aumentar la calidad de la enseñanza superior, se nos diga que la única solución es la privatización de la Uni -versidad según el modelo americano, pues así los licenciados estarán mejor pagados y no habrá fuga de cerebros, mientras la realidad es que las mismas empresas y corporaciones que se supone han de financiar el déficit, son las que “malpagando” a esos licenciados que traba-jan para ellas, provocan, en realidad, la mencionada huida de cerebros.

¿Las mismas empresas y corporaciones que demandan constantemente, por otra parte, del Estado un menor nivel impositivo, tanto en los impuestos económicos, como en las cuotas de la Seguridad Social, con el fin de rebajar los costes de producción y ser así más competitivas, están de verdad dispuestas a invertir capitales en el mantenimiento económico de la Universidad? ¿Con qué fin y a qué precio?

Pues está claro, estableciendo los medios necesarios para el control total del pensamiento, haciendo una Universidad a la medida de la producción y de los mercados, anulando el factor humanista de la enseñanza, con el fin de eliminar lo que podría constituir un contrapoder del neoliberalismo salvaje que se está imponiendo en la sociedad global.

El ejemplo Norteamericano, en efecto, nos puede dar algunos datos del modelo que se preten-de: según el INFORME DEL DESARROLLO HUMANO del 2008-2009, realizado por la O.N.G. OXFAM, financiada por las Fundaciones Rockefeller y Conrad Hilton (nada

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sas de filocomunismo), los desequilibrios sociales en el país (USA) son de “una magnitud pre-ocupante con diferencias de 30 a 50 años en los parámetros de bienestar y sanidad de unos estados a otros y de unas zonas a otras dentro de los mismos Estados”.

En el momento actual Norteamérica se encuentra en el lugar número 12 del mundo en el des-arrollo humano. Pero que por su renta per cápita:

- Es el mayor deudor del Mundo.

- Tiene mayor déficit económico del mundo. - El mayor porcentaje de delincuencia del mundo.

- Un sistema electoral con grandes deficiencias en sus mecanismos administra-tivos.

- Un estado dominado por las grandes corporaciones financieras e industriales. - Un estado que infringe las leyes internacionales y desprecia a las Naciones

Unidas y a otras instituciones internacionales. - Con una política militar intervencionista y agresiva.

- Y, en estos momentos, según los barómetros de la opinión civil mundial, el país más peligroso para la paz mundial.

¿Este es realmente el ejemplo a seguir?

El papel de la Universidad en esta coyuntura.

Si aceptamos que la Universidad, como institución educativa y elaboradora de conocimientos científicos y técnicos, debe supeditarse exclusivamente a las necesidades de los medios de pro-ducción, con programas establecidos directa o indirectamente por las corporaciones que tie-nen el control de la economía y

de la política, obtendremos téc-nicos e investigadores con la única función de ser apéndices de los procesos productivos y financieros, que tienen como único objetivo la rentabilidad económica y la confrontación “competitiva” en los diferentes planos y espacios de la produc-ción: local, nacional e interna-cional.

Y, sin embargo, dada su particu-lar e insustituible posición en la formación y la configuración del pensamiento de los profesiona-les, técnicos y científicos, ¿no tendría –también– el ineludible deber de procesar sus planes y programas de estudio, y toda su acción formativa, desde una perspectiva social y crítica, fren-te al modelo “único” y excluyen-te impuesto por las necesidades y las coyunturas del mercado?

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