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de, me toma desprevenido, y ayuda a tener conciencia sobre nuevas cosas. El liderazgo es un tema casi agotado pero cuando el Dr. Boa lo trata, vuelve a la vida.
Dr. Larry Crabb Consejero cristiano, New Way Ministries and Soul Care Ministries Tuve el privilegio de conocer a Ken Boa durante bastante tiempo. Es uno de los seguidores de Jesucristo más consistentes que conozco. Tanto es así que es una de las pocas personas capaces de escribir sobre El líder perfecto, Dios. Este libro desafiará a cualquier líder a que examine su vida para ver si está o no esforzándose para alcanzar el carácter de Dios. Será de alien-to a cualquiera que quiera convertirse en un líder más efectivo. Lo reco-miendo sin reservas, con entusiasmo y de todo corazón.
Ron Blue CPA, Fundador de Ron Blue and Co., LLC En este libro hay una profunda sabiduría ya sea para nuevos como para viejos líderes. Ken Boa define los rasgos del liderazgo desde la base de todas las cosas buenas y verdaderas: la naturaleza y el carácter de Dios. Desde ese punto de partida llama al arrepentimiento y a la fe del lector y a la gran aventura de guiar a otros.
Chuck Colson Fundador y presidente, Prison Fellowship Muchos de los libros en el mercado cristiano tratan de tomar los prin-cipios de negocios reconocidos para encontrar sus correlaciones con las Escrituras. El líder perfecto comienza con el mismísimo Dios como el modelo del líder supremo. La premisa subyacente aquí es que a través de la Biblia Dios ha demostrado los principios de liderazgo que pueden ser usados de manera provechosa por cualquiera que esté en posición de liderar a otro u otros, ya sea en los negocios o ministerios, en la escue-la o en el hogar.
Howard Hendricks Dallas Theological Seminary/ Biblical Discernment Ministries Amo los libros de Ken Boa, y este no es la excepción. El líder perfec-to maximiza la gran potencia y conocimienperfec-to bíblico de Ken, aclara la
mente, refresca el humor, y especifica la aplicación. En un paisaje repleto de material para el liderazgo, ¡cuán refrescante e inspiradora es la idea de utilizar a Dios como modelo de liderazgo! Le recomiendo de corazón que lea este libro y luego utilice las preguntas ofrecidas al final de cada capítulo para desarrollar líderes a su alrededor.
Chip Ingram Presidente de Walk Thru the Bible Pastor de enseñanza, Living on the Edge
El carácter es realmente definitorio en la espera del liderazgo; no se tra-ta solo de ser obediente a lo que Dios proclame en su vida, sino de exa-minar cuáles son sus motivos y cuál es su estímulo para servir y actuar. Haciéndose eco de este tema, Ken Boa examina el corazón de Dios, su pasión y propósitos, y revela c ó m o Dios mismo es el mejor modelo de liderazgo. Cual habilidoso guía, Ken Boa también presenta casos de estu-dio de fieles líderes h u m a n o s bíblicos y sus variadas respuestas hacia Dios para que podamos nosotros mismos integrar estas críticas lecciones a nuestras vidas.
Ravi Zacharias Ravi Zacharias Ministries Conozco al Dr. Boa hace ya algunos años como hombre profundamente comprometido con las cosas de Cristo. Combina una mente de prime-ra clase con un firme conocimiento de las Escrituprime-ras, filtprime-rados a tprime-ravés de un corazón receptivo y entregado a Dios. Lo recomiendo con toda con-vicción.
Walter A. Henrichsen Presidente, Leadership Foundation Kenneth D. Boa es fiel en su exposición de la Palabra y habilidoso en su defensa de la fe entregada a los santos. Su ministerio demostrará ser luminoso y alentador. Es completamente fiel manejando las Escrituras y encontrando su aplicación a la vida.
J. Dwight Pentecost Profesor emérito, Dallas Theological Seminary
del Dr. Boa beneficiarán a todo aquel que se siente bajo su ministerio. Charles C. Ryrie Profesor emérito, Dallas Theological Seminary Editor del éxito de librería Ryrie Study Bible Conozco a Ken Boa desde 1968. Durante todo este tiempo ha exhibi-do un carácter cristiano constante y una excelencia en servir a Dios. Su excepcional habilidad al explicar la Palabra de Dios es evidente en sus enseñanzas y escrituras.
Harold W. Hoehner Presidente, Nuevo Testamento, Dallas Theological Seminary Ken Boa tiene mucho para decir. Su conversión personal a Cristo es notable, un testimonio de la gracia de Dios, y su mensaje es tanto bíbli-co bíbli-como relevante. Ken es un erudito y a la vez un hombre que habla a la gente de una manera muy práctica y personal, la cual se refleja en su literatura. Sus obras ayudarán a cualquier cristiano a desarrollar una rela-ción más íntima con Jesucristo.
Gene A. Getz Fundador de la Fellowship Bible Church North, Autor y presentador de radio El Señor le ha obsequiado a Ken Boa una mezcla única de intelecto y dones relacionales para llevar la Palabra de Dios a la gente con hambre espiritual. El profundo deseo de Ken de conocer al Señor y darlo a cono-cer es evidente a través de sus escritos y enseñanzas. Recomiendo a todos que conozcan a Ken y su ministerio, porque sé que serán bendecidos y alentados.
Joseph M. Stowell Actual presidente de Moody Bible Institute Pastor de la Harvest Bible Chapel, en Illinois
EL LÍDER PERFECTO
E D I C I Ó N EN ESPAÑOL PUBLICADA P O R EDITORIAL VIDA - 2007
© 2007 Editorial Vida Miami, Florida
Publicado originalmente en inglés con el título: The Perfect Leader
Publicado por Cook Communications Ministries Copyright © 2006 por Kenneth Boa
Traducción: Grupo Nivel Uno, Inc. Edición: Grupo Nivel Uno, Inc. Diseño interior: Grupo Nivel Uno, Inc. Diseño de cubierta: Cathy Spee
Reservados todos los derechos. A menos que se indique lo contrario, el texto bíblico se tomó de la Santa Biblia Nueva Versión Internacional. © 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional.
ISBN 10: 0-8297-5037-1 ISBN 13: 978-0-8297-5037-9
Categoría: RELIGIÓN / Iglesia cristiana / Liderazgo Impreso en Estados Unidos de América
Printed in the United States of America 07 08 09 10 • 6 5 4 3 2 1
La misión de Editorial Vida es proporcionar los recursos necesarios a fin de alcanzar a las personas para Jesucristo
Para Steve y Elyse Harvey Lawson, amados amigos de Karen y míos durante muchos años.
Reconocimiento
Con gran gratitud a John y jill Turner por su importante aporte a este proyecto, y a Sid Buzzell y Bill Perkins por su contribución y
Contenido
Introducción 13
PARTE 1:
LOS ATRIBUTOS DEL LÍDER PERFECTO
1. Integridad 17 2. Carácter 29 3. Valores 43 4. Propósito y pasión 55 5. Humildad 67 6. Compromiso 79 PARTE 2:
LAS HABILIDADES OBSERVABLES EN EL LÍDER PERFECTO
7. Visión compartida 95 8. Innovación 111 9. La toma de decisiones 127
10. La resolución de problemas 143 11. La formación de un equipo 157
LAS RELACIONES DEL LÍDER PERFECTO 12. Comunicación 173 13. Aliento 185 14. Exhortación 199 15. Edificación de relaciones 211 16. Liderazgo de servicio 223
Guía del lector 241
Introducción
Hablando en términos generales, los lectores son líderes. La mayoría de los líderes han leído bastante sobre el tema del liderazgo efectivo. Los libros escritos por los líderes efectivos no son pocos. La verdad es que el mercado editorial está bien abastecido de libros, revistas y otros mate-riales de incontables expertos que ofrecen sus propias filosofías y prin-cipios sobre cómo tratar con los retos y oportunidades que enfrentará cualquiera que se atreva a apartarse del montón para asumir una posi-ción de liderazgo.
Muchos de los libros en el mercado cristiano tratan de tomar prin-cipios ya aceptados en el mundo de los negocios, encontrando su corre-latividad con las Escrituras. El líder perfecto comienza con Dios mismo como el más grande modelo de liderazgo. La premisa subyacente es que a través de la Biblia, Dios ha demostrado principios de liderazgo que pue-den ser usados de manera provechosa por todo aquel que se encuentre en una posición de liderar a otros... ya sea en los negocios o ministerios, en la escuela o en el hogar.
En resumen, este libro lo ayudará a desarrollar un corazón para un liderazgo efectivo al desarrollar un corazón para Dios. Lo alentará a desa-rrollar un estilo de liderazgo que está basado en el carácter y la naturale-za de Dios y la eterna y atemporal verdad encontrada en su Palabra, todo esto mientras su amor y admiración por él sigue creciendo.
Cada capítulo del libro hace cuatro cosas: (1) presenta el principio a ser discutido, proveyéndole una nueva mirada interior a un bien conoci-do principio; (2) se concentra en un atributo de Dios en particular como base para el principio de liderazgo; (3) provoca el autoanálisis al ir guián-donos a explorar nuestra propia posición en relación con los principios
del liderazgo que trata; y (4) provee una mirada profunda al interior sobre cómo funciona el principio de liderazgo cuando es ejecutado en una dirección bíblica. Cada capítulo se nutre de los puntos de vista de numerosos líderes expertos y, por supuesto, de las enseñanzas bíblicas.
El líder perfecto usa algunas de las categorías que Sid Buzzell, Bill
Perkins y yo mismo desarrollamos cuando creamos The Leadership Bible [La Biblia de Liderazgo] (Zondervan, 1998). Estamos convencidos de que estos principios y categorías lo ayudarán a aprender a ser un líder a la imagen de Dios.
Parte 1:
LOS ATRIBUTOS DEL
LÍDER PERFECTO
C A P Í T U L O 1
Integridad
SOY EL QUE SOY
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uego de encuestar a miles de personas de todo el mundo, y de pre-parar más de cuatrocientos casos de estudio, James Kouzes y Barry Posner identificaron las características más deseadas en un líder. En casi todas las encuestas, la honestidad o la integridad fueron identificadas más veces que cualquier otro rasgo.1Tiene sentido. Si las personas seguirán a alguien, ya sea en batallas, negocios o ministerios, quieren tener la seguridad de que su líder es con-fiable. Quieren saber que esa persona mantendrá sus promesas y cumpli-rá sus compromisos.
Las promesas y los compromisos son significativos, a pesar de que en nuestros días de éticas maquiavélicas parezcan ser opcionales. A menu-do parecemos más preocupamenu-dos por la convivencia y el rendimiento. De palabra le damos importancia al carácter, pero tenemos la idea de que cuando las cosas se ponen difíciles, las reglas se pueden cambiar y los compromisos y pactos pueden ser descartados como nos plazca.
Sin embargo, la Biblia aclara lo importantes que son los pactos. A través de las Escrituras, Dios se centra en el hecho de que él es un Dios que hace y mantiene sus pactos, que podemos confiar en él (1 Crónicas 16:15; Salmo 105:8). Se puede confiar en Dios porque es digno de ser confiable. Ese es el punto: el asunto siempre recae en el problema del carácter, no solo en las palabras. La integridad bíblica no es solo cuestión de hacer lo correcto; es cuestión de tener el corazón correcto y permitir
a la persona en nuestro interior que armonice con la persona en el exte-rior. Así es Dios. Así es como su pueblo debería ser.
«Consistencia» sería tal vez una buena palabra para describir este ras-go de integridad. Debe haber consistencia entre lo que está en el interior y lo que está en el exterior. Dios es totalmente consistente. Sus acciones y comportamiento siempre armonizan con su carácter y naturaleza. Su meta para sus hijos e hijas es siempre la misma. El deseo de Cristo para sus discípulos es que sean gente disciplinada. En las palabras de John Ortberg: «La gente disciplinada puede hacer lo correcto en el momento
correcto de la forma correcta por la razón correcta».2 Al igual que Dios.
EL DIOS QUE NUNCA CAMBIA
H
ay alguien en quien podamos confiar? La gente nosdecepcio-na udecepcio-na y otra vez porque hay udecepcio-na discrepancia entre lo que pro-claman vivir y la forma en que realmente viven. Pero Dios nunca nos decepcionará, porque él nunca cambia. Sus promesas son idénticas a su inmutable carácter: «Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos» (Hebreos 13:8).
Jesús no cambia. El Dios viviente no cambia. Tampoco lo hace su amor, ni su fe, ni tampoco su bondad está gobernada por circunstancias o condiciones externas, estas cosas nunca vacilan. Asimismo, el carácter de Dios y las promesas que él hace son supremamente dignos de con-fianza y compromiso. Él hace lo que dice, y siempre se puede depender de su amor de pacto.
Esta consistencia y confiabilidad es fundamental. ¿Sobre qué más podemos apoyarnos? ¿En qué más podemos confiar? ¿Qué más pode-mos perseguir con abandonado frenesí? Muchos hepode-mos sido lastimados, por relaciones, por gente que se retracta de sus palabras alegando haber dicho algo cuando no lo dijeron, o que no han dicho algo cuando sí lo dijeron. Esto nos puede convertir en cínicos si no tenemos cuidado. Pero cuando acudimos al carácter de Dios, nos damos cuenta de que él es el inmutable estándar.
Porque es imposible para Dios mentir (Hebreos 6:18; Tito 1:2), él es la fuente de esperanza más confiable. Su carácter inmutable es el cimien-to de cimien-todas las promesas. Lo que sea que él diga que hará es como si
INTEGRIDAD
ya estuviera hecho, y cuando tenemos esperanzas en sus promesas, esta esperanza se convierte en un ancla para el alma, tan firme como segu-ra (Hebreos 6:19). A diferencia de muchos ejecutivos, el sí de Dios sig-nifica sí, y se mantiene siendo sí; cuando dice no, seguirá siendo no. Esta confiabilidad tiene ramificaciones positivas y negativas. En cuanto a la negativa, no hay forma de cambiar el pensamiento de Dios a través de sobornos o quejidos. En cuanto a lo positivo, cuando Dios hace una pro-mesa se puede contar con su palabra y confiar ciegamente en él.
Las heridas de las promesas incumplidas por parte de nuestros jefes permanecen: los aumentos que nunca nos dieron, los ascensos que jamás se concretaron, los beneficios que nunca llegaron. El escritor de Proverbios diagnostica con certeza muchos de nuestros malestares actua-les cuando dice: «La esperanza frustrada aflige al corazón» (Proverbios 13:12). Muchas de las aflicciones en nuestros corazones están directa-mente relacionadas con la falta de confiabilidad de las personas.
Pero las acciones de Dios fluyen perfectamente desde su carácter: «En verdad, el que es la Gloria de Israel no miente ni cambia de pare-cer, pues no es hombre para que se arrepienta» (1 Samuel 15:29). No hay posibilidad de manipular a Dios o regatear con él, porque jamás com-prometerá su perfecta integridad. Dios mismo ha dado testimonio de
esto: «Yo, el SEÑOR, no cambio» (Malaquías 3:6). El carácter perfecto y
constante de Dios nos permite confiar en sus promesas y tiempos. Dios es integridad. Y no es que solo actúe con integridad; la inte-gridad es su carácter. Pero, ¿qué hay de nosotros? La virtud bíblica de la integridad apunta a una consistencia entre lo que está adentro y lo que está afuera, entre creencia y comportamiento, entre nuestras palabras y nuestros modos, nuestras actitudes y acciones, nuestros valores y nues-tras prácticas.
EL PROCESO DE INTEGRACIÓN
E
s algo evidente ya de por sí que un hipócrita no está calificado paraguiar a otros a lograr un carácter más elevado. Nadie respeta a una persona que habla de buena manera pero no juega siguiendo las reglas. Lo que un líder haga será de mayor impacto que lo que diga, en aquellos que desea liderar. Una persona puede olvidar el noventa por ciento de lo
que un líder diga, pero jamás olvidará cómo vive el líder. Esto es lo que le dijo Pablo a Timoteo:
Sé diligente en estos asuntos; entrégate de lleno a ellos, de modo que todos puedan ver que estás progresando. Ten cuidado de tu conducta y de tu enseñanza. Persevera en todo ello, porque así te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen.
(1 Timoteo 4:15-16)
En esta vida jamás lograremos la perfección. Sin embargo, debería-mos seguir avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamado en Cristo Jesús (Filipenses 3:14). Jamás lo lograre-mos de este lado de la eternidad, pero debería de haber progresos visibles, evidentes para otras personas. Note las dos cosas que Pablo con énfasis le recomendó a Timoteo que observara: su vida y su doctrina. En otras palabras, Pablo le estaba diciendo a Timoteo: «Presta atención y cuida-do a tu comportamiento y a tus creencias. Asegúrate de que combinen. Examínate a ti mismo todo el tiempo, para asegurarte de que tu hablar combine con tu caminar».
Bill Hendricks se encontró con una ilustración de este principio en los días de apogeo del mercado inmobiliario en la década de 1980. Conoció a un promotor que clamaba haber entretejido lo que daba en llamar «principios bíblicos de negocios» en sus tratos. Pero cuando el mercado comenzó a caer, dejó la ciudad y a sus inversores para que jun-taran los pedazos... y pagaran sus deudas.
Otro de los amigos de Bill mostró un claro contraste con el primero. Él también era un desarrollista inmobiliario. Él también hablaba de inte-grar los principios bíblicos en los negocios. Y cuando el mercado cayó, también lo hizo su imperio. Pero a diferencia del hombre que escapó, este desarrollista por cuestión de conciencia se esforzó en formar un plan para pagarles a sus inversores.3
El dinero tiende a traer a la luz lo que hay dentro en realidad. Cuando se trata de cuestiones financieras, descubrimos de qué está hecha la per-sona. ¿A cuál de estos dos hombres seguiría? ¿Cuál de ellos demostró integridad? David escribió sobre el hombre «que cumple lo prometido
INTEGRIDAD
aunque salga perjudicado» (Salmo 15:4). Este es el hombre que «no cae-rá jamás» (v. 5). Simplemente no hay sustituto para una persona con un carácter consistente con el de Cristo.
Eso no significa que ninguno de nosotros será libre de pecado en esta vida. En realidad, el Nuevo Testamento no clama por líderes perfec-tos; clama por aquellos que son modelos de progreso en su fe. ¿Entonces por qué en el Sermón del Monte llamó Jesús a sus seguidores dicien-do: «Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto» (Mateo 5:48)? Es claro que en esta existencia física no podemos aspirar a no tener pecados (ver Juan 1:8).
Lo que Jesús nos está pidiendo es el proceso de perfeccionarnos, y no el de completar nuestra perfección (de este lado de la eternidad). Es la obra de santificación del Espíritu Santo de Dios en la vida del líder creyente lo que da lugar al proceso por el que vamos perfeccionándonos. Continuaremos tropezando, cayéndonos de muchas maneras, pero nues-tro deseo debería ser el de cooperar con Dios para ver un progreso hacia la integración de nuestras palabras y nuestras prácticas. Porque solo el proceso de perfección de Dios (el verdadero y perfecto líder) obrando en nosotros puede lograr cualquier progreso.
Secretos y cosas pequeñas
La mejor manera de discernir si estamos o no progresando es pregun-tándonos: «¿Cómo vivo cuando nadie me está mirando?» Es fácil verse como una persona íntegra cuando la gente nos está mirando, pero ¿vivi-mos nuestras vidas privadas con el mismo nivel de consistencia con el que vivimos nuestras vidas públicas? Gran parte de nuestra vida se consu-me en lo que podríamos llamar «mantenimiento de imagen». Gastamos enormes cantidades de energía tratando de hacer que la gente piense de nosotros de la manera en que queremos que piensen. John Ortberg comenta: «La conversación humana es una larga e interminable inten-ción de convencer a otros de que somos mas enérgicos, inteligentes, gen-tiles o exitosos de lo que creerían si no los educáramos».4 Es difícil dejarse
persuadir por las palabras de Jesús en Mateo 6:1: «Cuídense de no hacer sus obras de justicia delante de la gente para llamar la atención. Si actúan así, su Padre que está en el cielo no les dará ninguna recompensa».
Es posible vivir una vida pública y otra vida privada. Eso no es ser íntegro; es invitar a la disciplina de Dios. Debemos vivir de manera con-sistente tanto en público como en privado, porque nuestro Padre «ve lo que se hace en secreto» (Mateo 6:4). Siendo este el caso, ser fiel en lo secreto y en lo pequeño es muy importante. A Dios le interesa menos nuestra persona pública que nuestro carácter privado. Le importa más cómo manejamos nuestras cuentas personales que cómo administra-mos los libros de un gran negocio. Es en las cosas y lugares pequeños y secretos que la gracia de Dios nos cambia y forma a la imagen de su Hijo
(2 Corintios 3:18).
Al final nos convertimos en lo que nuestros deseos nos convierten. Aquello en lo que nos convertimos revela lo que deseamos en verdad. Si deseamos el elogio de otros, entonces nos convertiremos en una cierta clase de persona. Pero si lo que deseamos son los elogios de Dios, enton-ces neenton-cesitamos hacer de la integridad una prioridad en nuestras vidas. Al sentir la sobrecogedora santidad de nuestro Creador, entenderemos cuán imperfectos somos. Pero al concentrarnos en la gracia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, reconoceremos que a pesar de que nos poda-mos sentir incompletos no lo estapoda-mos, porque él nos ha hecho plenos. Su gracia es suficiente, pues su poder se perfecciona en nuestra debilidad (2 Corintios 12:9).
La des-integración de Isaías
Cuando el profeta Isaías tuvo una visión del glorioso y grandioso Creador del universo, se sintió abrumado por la santidad de Dios:
El año de la muerte del rey Uzías, vi al SEÑOR excelso y subli-me, sentado en un trono; las orlas de su manto llenaban el tem-plo. Por encima de él había serafines, cada uno de los cuales tenía seis alas: con dos de ellas se cubrían el rostro, con dos se cubrían los pies, y con dos volaban. Y se decían el uno al otro:
«Santo, santo, santo es el SEÑOR Todopoderoso; toda la tierra está llena de su gloria».
Al sonido de sus voces, se estremecieron los umbrales de las puertas y el templo se llenó de humo.
I N T E G R I D A D
Entonces grité: «¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos, ¡y no obstante mis ojos han visto al Rey, al SEÑOR Todopoderoso!».
En ese momento voló hacia mí uno de los serafines. Traía en la mano una brasa que, con unas tenazas, había tomado del altar. Con ella me tocó los labios y me dijo: «Mira, esto ha toca-do tus labios; tu maldad ha sitoca-do borrada, y tu pecatoca-do, pertoca-do- perdo-nado». (Isaías 6:1-7)
R. C. Sproul comenta sobre el encuentro de Isaías con el santísimo Dios:
El estar perdido es como estar desarmado, descosido, al descubierto. Lo que Isaías estaba expresando es lo que los psi-cólogos modernos describen como la experiencia de la desin-tegración personal. El desintegrar significa exactamente lo que la palabra sugiere, «des-integrar». El integrar algo es poner las piezas juntas en un todo unificado ... La palabra integridad ... (indica) una persona cuya vida es entera, plena y sana. En la conversación de todos los días lo decimos así: «Un tipo com-pleto».5
Isaías dijo: «Estoy incompleto. Estoy destrozado», lo cual es exacta-mente lo contrario a la integridad. El tener integridad es ser íntegro, es estar entero, en un sentido es entender todo con claridad, ser consisten-te. Isaías se encontró despojado, desarmado, deshecho, y esta condición lo forzó a ver su propia deficiencia. Cuando se encontró con la sublime santidad de Dios, Isaías se dio cuenta de su propia bajeza.
Cuando vivimos nuestras vidas enteras delante del rostro de Dios (coren deo) y practicamos una constante permanencia en su presencia, nos damos cuenta de que el no manifestar integridad es inconsistente con la dignidad y el destino al cual se nos ha llamado. Como creyentes debemos «vivir de una manera digna del llamamiento que hemos recibi-do» (Efesios 4:1), porque ahora Cristo está en nosotros. Él quiere vivir su
vida a través de nosotros (Gálatas 2:20); no solo somos sus representan-tes (2 Corintios 5:20) sino que como miembros de su iglesia formamos, de alguna forma misteriosa, su propio cuerpo (Efesios 1:23, Colosenses
1:24).
Ahora, eso es imposible a menos que él habite en nosotros, pero dentro de esto yace la solución. En realidad, esta es la idea de la vida cris-tiana. El ser cristiano no es una religión; es una relación. El cristianismo no es una lista de reglas y regulaciones. En cambio, es la presencia y el poder de una persona que nos habita, que prometió que nunca nos deja-rá o abandonadeja-rá (Hebreos 13:5).
Como hombres o mujeres caídos, nos damos cuenta de cuán des-integrados estamos cuando nos encontramos cara a cara con la perfecta integridad de Dios. Y, como Isaías, esa confrontación nos fuerza a reco-nocer nuestra profunda necesidad personal de reconstruirnos. Isaías se dio cuenta de la profundidad de su pecado en el proceso de vislumbrar apenas la perfecta santidad de Dios, y vio las áreas en las cuales se había apartado de sus compromisos como sacerdote y profeta. Pero sus com-promisos y su vida como profeta fiel nos demuestran la posibilidad de formar y vivir una vida de integridad con la ayuda de Dios.
La hipocresía de los fariseos
Si no vemos lo imperfectos que somos, caeremos en la trampa de los fariseos: la hipocresía. La hipocresía es lo contrario a la integridad. En Mateo 23, Jesús acusó varias veces a los fariseos y a los maestros de la ley de ser hipócritas. Seis veces en este capítulo usó el flagelante término «hipócritas» (vv. 13, 15, 23, 25, 27, 29). En sus orígenes, el hipócrita era el actor que se ponía una máscara para asumir una identidad falsa mien-tras actuaba frente al público. Esta acusación habrá ofendido sobremane-ra a los fariseos, que detestaban toda forma de helenización (la influencia y cultura griega), la cual incluía el teatro griego. En esencia Jesús estaba llamándolos por un nombre que identificaba aquello que detestaban.
Todo el que haya tenido la falsa idea de que Jesús era un hombre callado y simpático, encontrará que estos versículos le impactan:
INTEGRIDAD
¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas! Recorren tierra y mar para ganar un solo adepto, y cuando lo han logrado lo hacen dos veces más merecedor del infierno que ustedes ...
¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que son como sepulcros blanqueados. Por fuera lucen hermo-sos pero por dentro están llenos de huehermo-sos de muertos y de podredumbre. Así también ustedes, por fuera dan la impresión de ser justos pero por dentro están llenos de hipocresía y de maldad...
¡Serpientes! ¡Carnada de víboras! ¿Cómo escaparán ustedes de la condenación del infierno? (Mateo 23:15, 27-28, 33).
Este Jesús no es, como dice Philip Yancey: «Mr. Rogers con barba». El lenguaje de Jesús revela la profundidad de su justa ira. Observe que cada uno de los versículos que incluyen la palabra «hipócritas» comien-zan con «¡Ay de ustedes!» Esta palabra, «Ay» (en griego ouai), puede con-tener ira, tono de advertencia, tragedia y burla al mismo tiempo. En este pasaje Jesús defenestró a los fariseos porque decían una cosa y hacían otra. No solo fallaban por su falta de integridad como potenciales segui-dores de Cristo, sino que como líderes religiosos eran culpables de dar una mala imagen de Dios Padre.
Ya hemos visto que la integridad, lo contrario a la hipocresía, es la cualidad que más buscan las personas en un líder. Es claro que los fari-seos y maestros de la ley en los tiempos de Jesús no vivían de mane-ra íntegmane-ra. Cuando hoy hablamos de la integridad también utilizamos por lo general otros términos que tienen relación estrecha con esta: ética y moral. Sin embargo, un claro entendimiento del concepto de la inte-gridad requiere que pensemos en las tres palabras con mucha claridad. Porque cada una tiene un significado que le es propio. Al utilizarlas de manera adecuada nos señalan de modo pertinente algo esencial del lide-razgo que sin embargo no siempre se entiende como debiera:
La ética se refiere al parámetro de lo que está bien y lo que está mal. Al bien y al mal. Es lo que los fariseos decían que creían correcto. La moral es un parámetro práctico de lo que está bien y lo que está
Tener integridad significa estar sano, completo, integrado. En la
medida en que se integren la ética y la moral de una persona, podemos decir que es íntegra. Y si estas dos cosas, la ética y la moral, no están inte-gradas, diremos que la persona carece de integridad.
Veámoslo de otro modo. Si uno de nuestros amigos nos dice que mentirá, engañará y robará, tiene poca ética. Y si en sus negocios se con-duce de esa manera, su moral es baja. No es ético y es inmoral, pero tie-ne integridad —por retorcida que sea— porque su moral es consistente con su ética. Si dice que robará y engañará pero no lo hace, será moral en la práctica pero carece de integridad porque su moral no está de acuer-do con su ética.
La Biblia enseña una ética elevada y santa. Si afirmamos ser cristianos y vivir según los estándares de la Biblia, estamos efectuando una decla-ración de ética. Nos estamos comprometiendo con determinada moral. Para que tengamos integridad, por lo tanto, tenemos que vivir según la ética bíblica. Jesús deja bien en claro y de manera inequívoca que la peor decisión es la de ser hipócritas. Es un asunto serio. Cuando encontramos que nuestro andar no está de acuerdo con nuestro hablar, la pregunta esencial de Jesús debe resonar en nuestros corazones: «¿Por qué me lla-man ustedes "Señor, Señor", y no hacen lo que les digo?» (Lucas 6:46). Si imaginamos los ojos de Jesucristo, Señor del universo, en el momento en que formula esta pregunta, debemos sentir al menos un poco de temor.
LA INTEGRIDAD DE SAMUEL
A
la luz de esta definición de lo que es la integridad, no debierasor-prendernos la alta estima que Israel tenía hacia el profeta Samuel. Samuel era un hombre que exudaba integridad. En ningún otro lugar se ilustra tan acabadamente este hecho como en 1 Samuel 12:1-4:
Samuel le habló a todo Israel: «¡Préstenme atención! Yo les he hecho caso en todo lo que me han pedido, y les he dado un rey que los gobierne. Ya tienen al rey que va a dirigirlos. En cuan-to a mí, ya escuan-toy viejo y lleno de canas, y mis hijos son parte
INTEGRIDAD
del pueblo. Yo los he guiado a ustedes desde mi juventud has-ta la fecha. Aquí me tienen. Pueden acusarme en la
presen-cia del SEÑOR y de su ungido. ¿A quién le he robado un buey
o un asno? ¿A quién he defraudado? ¿A quién he oprimido? ¿Por quién me he dejado sobornar? Acúsenme, y pagaré lo que corresponda». «No nos has defraudado», respondieron; «tam-poco nos has oprimido ni le has robado nada a nadie».
Durante su discurso de despedida después de haber liderado a Israel durante décadas, Samuel estaba prometiendo pagar a quien le hubie-se quitado algo de manera injusta. ¡Qué promesa! Y más impresionante aun fue la respuesta del pueblo. No hubo ni una sola persona que pudie-ra acusar a Samuel de nada.
La honestidad e integridad de Samuel eran características en cada una de las áreas de su vida. Estas dos cualidades gobernaban el modo en que administraba sus posesiones, hacía sus negocios y trataba a los que eran más débiles que él. Samuel se presentó para rendir cuentas ante el pueblo que lideraba. Se expuso al escrutinio de todo aquel al que hubie-ra thubie-ratado. Como resultado de esta práctica el lidehubie-razgo de Samuel se ha convertido en legendario, y su historia se ha relatado una y otra vez a lo largo de los siglos.
ELIJA ESTE DÍA
N
uestra ética puede ser mucha o poca. Nuestra moral también.Podemos elegir. Decidir. Aunque si elegimos ser íntegros, tenemos que decidir que nuestra ética y nuestra conducta coincidan. Si quere-mos liderar a otros al menos tenequere-mos hacia ellos la obligación de hacerles saber en qué se estarán metiendo cuando nos elijan como líderes.
C A P Í T U L O 2
Carácter
SABIDURÍA PARA TONTOS
A
nadie le gusta que le llamen «tonto». Sin embargo, ¿cómo explicarla cantidad de libros que se venden con tanto éxito, escritos según indican sus títulos «para tontos»? Comenzando con la publicación de
DOS para tontos, en noviembre de 1991, la serie tiene hoy más de cien
millones de copias impresas sobre temas que abarcan desde el ejercicio físico hasta la nutrición y desde la administración de las finanzas hasta la organización de las vacaciones en Europa.
Desde el comienzo el concepto fue sencillo pero potente: relacio-nar la ansiedad y la frustración que siente la gente frente a la tecnología, presentándola de manera divertida en libros que buscan enseñar y entre-tener, mostrando el material difícil como algo fácil, que cualquiera pue-de aprenpue-der. Esto, junto al ingrediente pue-de la personalidad y algunas tiras cómicas, dan como resultado un exitoso libro, ¡escrito para tontos!
El libro de Proverbios, en el Antiguo Testamento, hace algo simi-lar (aunque no incluye tiras cómicas). Toma la eterna sabiduría de Dios y la presenta de manera fácil de entender a la gente común, sin entrena-miento teológico. Entonces podríamos llamarle a Proverbios: Sabiduría
para tontos.
Los proverbios del Antiguo Testamento se recopilaron y escribieron para ayudarnos a tomar una de las decisiones más básicas y vitales en la vida: elegir entre la sabiduría y la necedad, entre andar con Dios y andar sin él. En el libro de Proverbios se describe, la sabiduría y la necedad
como personas que caminan por las calles de la ciudad pregonando sus mercaderías y dándonos a probar lo que ofrecen (Proverbios 1:10-33).
Salomón, a quien se le atribuye la autoría del libro de Proverbios, nos brinda un excelente punto de partida para desarrollar las cualidades de carácter que son esenciales para el buen liderazgo:
Hijo mío, si haces tuyas mis palabras y atesoras mis manda-mientos; si tu oído inclinas hacia la sabiduría y de corazón te entregas a la inteligencia; si llamas a la inteligencia y pides dis-cernimiento; si la buscas como a la plata, como a un tesoro escondido, entonces comprenderás el temor del SEÑOR y halla-rás el conocimiento de Dios. Porque el SEÑOR da la sabiduría; conocimiento y ciencia brotan de sus labios. Él reserva su ayu-da para la gente íntegra y protege a los de conducta intacha-ble. Él cuida el sendero de los justos y protege el camino de sus fieles. Entonces comprenderás la justicia y el derecho, la equi-dad y todo buen camino; la sabiduría vendrá a tu corazón, y el conocimiento te endulzará la vida. La discreción te cuidará, la inteligencia te protegerá. (Proverbios 2:1-11)
Los líderes cultivan su carácter adquiriendo sabiduría y entendi-miento. Por supuesto, estas cualidades no se consiguen sin pagar un pre-cio. Requieren del tipo de esfuerzo dedicado y paciente, como el que se ejerce en la minería al buscar oro y plata. Los líderes tienen que «buscar» con diligencia la sabiduría enterrada dentro de la Palabra de Dios, como buscarían un tesoro cubierto por capas de tierra y roca. Esto significa que hay que usar las herramientas adecuadas y ejercer la paciencia y la dili-gencia, pasando tiempo sumergidos en este libro transformador de vida. Como escribió Marjorie Thompson: «Sería bueno que pudiéramos solo "poner en práctica la presencia de Dios" en todas las áreas de la vida sin gastar energías en algunos ejercicios en particular. Pero la capacidad de recordar y permanecer en la presencia de Dios solamente se consigue a través del entrenamiento constante».1 No podemos pagarle a alguien para
CARÁCTER
otro para que desarrolle nuestros músculos físicos. Si queremos ser más fuertes, somos nosotros los que tenemos que levantar pesas.
Tampoco podemos esperar que de la noche a la mañana nos vea-mos musculosos. Todo toma tiempo y esfuerzo. Douglas J. Rumford dice: «El carácter es como el ejercicio físico, o como cualquier proceso de aprendizaje. Uno no puede "atiborrarse" para lograr un progreso en días en lugar de pasar por el período de meses o años de práctica constante».2
Por eso el escritor de Proverbios usa palabras que convocan al lector a la acción enérgica y apasionada.
A medida que cavamos tenemos que pedirle a Dios que nos brinde comprensión y entendimiento. En última instancia es solo Dios quien puede abrir nuestros ojos para ver la verdad espiritual y luego darnos la capacidad de aplicar esa verdad en nuestra vida (Efesios 1:18). A medi-da que Dios llena nuestra mente con sabiduría, nuestro carácter se desa-rrollará para que poseamos la capacidad de tomar las decisiones correctas siempre, decisiones justas y morales. Como observan Henry Blackaby y Claude King en su libro Mi experiencia con Dios:
Cuando uno cree en Dios demuestra su fe por las cosas que hace. Se requiere cierta acción ... Uno no puede seguir vivien-do como siempre, o quedarse en el mismo lugar y al mismo tiempo caminar con Dios ... Apartarnos de nuestros caminos, ideas y propósitos para vivir según los de Dios siempre requiere de un gran ajuste. Dios puede requerir ajustes en nuestras cir-cunstancias, relaciones, pensamiento, compromisos, acciones y creencias. Una vez que hacemos los ajustes necesarios, podemos seguir a Dios en obediencia. Mantenga en mente esto: que el Dios que nos llama es también aquel que nos dará la capacidad de hacer su voluntad.3
Cuando buscamos poseer la sabiduría de Dios, podremos avanzar expresando sencillamente la visión y los valores de los líderes. Poseeremos el tipo de carácter desde el cual fluyen las visiones y valores elevados, el tipo de carácter que no se deja llevar por la opinión pública o por el mie-do sino que busca la verdadera grandeza y sabe quién es la verdadera
audiencia. Nuestro carácter será cristiano de verdad, y otras personas se deleitarán al seguirnos.
¡Dios,
UN CARÁCTER DE VERDAD!P
iense en las personas que conoce y admira. ¿Conoce padres y madres sabios que demuestran tener un criterio sano para conducir sus vidas y criar a sus hijos? ¿Conoce abuelos o abuelas que saben cuándo alentar, cuándo reprender, cuándo ser tiernos y cuándo usar la fuerza? ¿Ha teni-do algún maestro o maestra que sabían cuánteni-do dar consejos y cuánteni-do solo escuchar, cuándo instruir y cuándo dejar que las consecuencias de la vida le enseñaran? Ahora intente darle un valor a esa sabiduría. ¿Cuán-to vale?Todos estimamos a las personas que en su carácter exhiben la sabi-duría. Y si admiramos a estas personas de tan alta calidad, ¿cuánto más hemos de valorar la perfección del Dios vivo, de quien se deriva la sabi-duría, la paciencia y el discernimiento?
Cuando Moisés le pidió a Dios que le revelara su gloria, el Señor dijo: «Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti» (Éxodo 33:18-19, RVR 1960). Dios tuvo que escudar a Moisés para protegerlo de su gloria, ocultándole en la grieta de una roca. Al pasar frente a Moisés, Dios acompañó este des-pliegue de grandeza con la proclamación de la perfección de su propio carácter:
Pasando delante de él, proclamó: El SEÑOR, el SEÑOR, Dios
cle-mente y compasivo, lento para la ira y grande en amor y fide-lidad, que mantiene su amor hasta mil generaciones después, y que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado; pero que no deja sin castigo al culpable, sino que castiga la maldad de los padres en los hijos y en los nietos, hasta la tercera y la cuarta generación. (Éxodo 34:6-7)
Cuando Dios se reveló como un Dios compasivo y lleno de gracia, lento para la ira, abundante en amor y fidelidad, el cual brinda su amor
CARÁCTER
a miles y perdona la maldad, la rebelión y el pecado, dejó bien en claro que su carácter personal es el estándar absoluto mediante el cual se defi-nen todas esas cualidades. Dios no rinde cuentas ante nadie, y no hay estándar más elevado al cual deba conformar su accionar. C o m o dijo en el siglo once el gran pensador Anselmo: «Dios es aquello con respecto a quien no podemos comparar nada que le sea superior».
Anselmo efectuó esta declaración originalmente en un intento por probar la existencia de Dios. Pero c o m o señala Michael W i t m e r :
El verdadero legado del argumento de Anselmo no es su intento de probar la existencia de Dios sino cómo nos enseña a hablar de Dios. Si Dios es «aquello Con respecto a quien no podemos comparar nada que le sea superior», entonces sabemos que hay ciertas cosas que debemos decir de él. Para empezar solamente podemos usar nuestras mejores palabras para describirle. Dios tiene que ser justo, poderoso, amoroso y bueno; todas las cosas que son mejor ser que no ser. Podemos estar en desacuerdo con respecto a qué cosas debieran ir en la lista ... pero todos concor-damos en que la lista debe incluir todas las cualidades de gran-deza que podamos imaginar...
Dios es en lo cualitativo superior a cualquier cosa en su creación. No hay nada que pueda compararse con el ser más grandioso posible. Él pertenece a una clase que le es única, en términos literales de ese adjetivo.4
El carácter de Dios, eterno e intransigente, es el estándar i n m u t a -ble que le da significado al amor, la gracia, la fidelidad y la paciencia. Sin embargo, el increíble llamado del evangelio es para que las criaturas per-didas como nosotros podamos empezar a reflejar el carácter de nuestro Padre celestial en nuestra propia vida. Aquel que es la b o n d a d en su esen-cia, que define la virtud por su propia existenesen-cia, promete dar poder a quienes confiemos en él lo suficiente c o m o para vivir según su voluntad.
EL CARÁCTER DE ADENTRO HACIA FUERA
A
las personas no les causa impresión alguna la manipulación o lasfachadas, sino la autenticidad y el desinterés sincero, despojado de egocentrismo. El carácter no es cuestión de técnicas externas, sino de rea-lidades internas. A Dios le importa más lo que somos en realidad cuando nadie nos está mirando. Douglas Rumford, al hablar de la triste situa-ción de un líder cristiano que perdió su ministerio debido a un escánda-lo sexual, explica que este tipo de cosas sucede siempre que permitimos que se forme un «hueco de carácter» en nuestras vidas. Él:
El hueco de carácter es una debilidad que en algún momento se hace visible, cuando las circunstancias o tensiones de la vida se conjugan y llegan a un punto de quiebre. Podemos quizá ocul-tarlo durante un tiempo y hasta sentirnos bastante a salvo. Pero el talento, la personalidad y las circunstancias favorables no son sustitutos de la santidad interior, la persistencia en esta y las convicciones que conforman la integridad de carácter.5
En 2 Pedro 1:5-8 el apóstol enumera las cualidades de vida y del cris-tianismo que Dios quiere para cada uno de sus hijos:
Precisamente por eso, esfuércense por añadir a su fe, virtud; a su virtud, entendimiento; al entendimiento, dominio pro-pio; al dominio propio, constancia; a la constancia, devoción a Dios; a la devoción a Dios, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque estas cualidades, si abundan en ustedes, les harán crecer en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, y evita-rán que sean inútiles e improductivos.
Las cualidades de carácter enumeradas en estos versículos son admi-rables, pero también abrumadoras. Podríamos aspirar a alcanzarlas, pero, ¿es realmente posible lograrlo? La respuesta, tanto de las Escrituras como a partir de la experiencia humana es un rotundo: «¡No!» Por nuestras propias fuerzas este tipo de carácter no solo es difícil de formar. Es imposible.
C A R Á C T E R
Si fuera solo cuestión de esfuerzo humano, el intento sería inútil. ¿Qué hemos de hacer, entonces? ¿Tenemos que bajar los brazos y apar-tarnos del texto, sintiendo que exige lo imposible? Eso sería tonto. Lo que tenemos que hacer es prestarle atención al contexto en el que Pedro escribió esas palabras.
Las frases que preceden a este pasaje (2 Pedro 1:3-4) nos brindan la clave que precisamos: En Cristo se nos ha permitido acceso al divi-no poder de Dios, y se divi-nos ha otorgado el incomprensible privilegio de participar «en la naturaleza divina» (v. 4). Hay una sola persona que puede vivir la vida cristiana: Jesucristo mismo. Sin él no podemos vivir la vida que se nos llama a vivir (Juan 15:5). Solo cuando mantenemos nuestra conexión con él puede Jesús vivir esta vida a través de nosotros. Como dijo Martín Lutero: «No es la imitación lo que da como resulta-do que seamos hijos de Dios, sino nuestra condición de hijos de Dios lo
que hace posible la imitación».6 Es que no solo hemos recibido una
nue-va naturaleza en Cristo (Romanos 6:6-13), sino que también ahora nos habla el Espíritu Santo, cuyo poder dentro de nosotros hace que nos sea posible manifestar estas cualidades del carácter de Cristo.
La verdadera transformación espiritual y de carácter se da desde adentro hacia fuera, y no al revés. Los atributos de la fe, la bondad, el conocimiento, el dominio propio, la perseverancia, la vida cristiana, el amor fraternal y el amor fluyen de la vida de Cristo que ha sido implan-tada dentro de nosotros.
PEDRO: UN CASO DE ESTUDIO SOBRE EL CARÁCTER
E
s fácil leer las palabras de inspiración de Pedro y preguntarse: «¿Quiénpiensa todo esto? ¿De dónde toma alguien estos ideales, esta com-prensión?» Bueno, es que el hombre que escribió esas palabras tan ins-piradoras, el hombre que nos exhorta a alcanzar esa fuerza en nuestro carácter, no siempre vivió según esos ideales.
El hombre que se llamó a sí mismo «testigo de los sufrimientos de Cristo» (1 Pedro 5:1) no estaba allí cuando Jesús moría colgado en la cruz. Junto con la mayoría de los demás discípulos, estaba escondido a causa del miedo (Mateo 26:69-75). El hombre que nos llama al «afán de servir» (1 Pedro 5:2), permaneció sentado mientras Jesús les lavaba
los pies a los discípulos, entre los que se contaba él (Juan 13:1-10). El hombre que nos dice: «Para orar bien, manténganse sobrios y con la mente despejada» (1 Pedro 4:7), se durmió mientras Jesús oraba con tal intensidad que su sudor era como gotas de sangre (Lucas 22:39-46). El hombre que nos dice con tal coraje: «Sométanse por causa del Señor a toda autoridad humana» (1 Pedro 2:13), tomó una espada y le cortó la oreja a uno de los oficiales de los sumos sacerdotes y los fariseos (Juan 18:10-11).
No hay en este examen de las contrastantes diferencias entre las pala-bras y las acciones de Pedro ánimo alguno de disminuirlo, sino todo lo contrario. Es para que tengamos esperanzas. Este hombre, Pedro, tan impulsivo e inmaduro, llegó a ser un gran líder de la iglesia. El Pedro de quien leemos en los cuatro Evangelios fue luego el Pedro de quien lee-mos en el libro de los Hechos, el Pedro que escribió dos epístolas. Llevó tiempo y esfuerzo, pero Dios lo transformó. Y el mismo Espíritu Santo que obró esta transformación en la vida de Pedro está obrando de mane-ra activa pamane-ra tmane-ransfórmanos a aquellos que hemos puesto nuestmane-ra fe en el Hijo, Jesucristo.
Los Evangelios nos dejan cuatro impresiones acerca de Pedro. La pri-mera es que a veces era un personaje impulsivo, casi cómico. Dos veces saltó vestido al agua. Desafió a Jesús, hablaba cuando no era su turno y a veces parecía demostrar más energía y creatividad de la que merecía el momento en cuestión. Aunque es esta energía y creatividad las que sub-yacen a la segunda impresión que deja Pedro.
Pedro era el líder no oficial de los discípulos. Muchas veces fue su vocero. Junto con Santiago y Juan, era uno de los tres discípulos del «cír-culo íntimo» de Jesús. Por cierto, después de la partida de Jesús los discí-pulos buscaron a Pedro para que les diera dirección. El registro de Lucas de los primeros años de la iglesia (el libro de los Hechos), no deja dudas acerca del liderazgo de Pedro.
Esta combinación de cualidades en aparente conflicto existe en muchos líderes jóvenes y puede identificarse como «alta energía mental». Pedro siempre estaba pensando, y siempre pensaba con vistas a la acción. Cuando oía la palabra «pregunta», de inmediato pensaba en «respues-ta». Cuando observaba un «problema», enseguida pensaba en «solución». Cuando encontraba «opciones», pensaba en «decisión». Pero también
CARÁCTER
demostró el lado menos afortunado de esa misma característica, porque al oír «silencio» pensaba en «hablar». Cuando encontraba «desacuerdo» pensaba en «desafío». El «error» (al menos en la concepción de Pedro) instaba a la «corrección». Sea cual fuere la situación, al menos lo bueno es que pensaba, y que sus pensamientos le llevaban a la acción de mane-ra ineludible.
En sus años de juventud Pedro no tenía mucho dominio de sí mis-mo y sus respuestas, soluciones, decisiones y discursos a veces parecían fuera de lugar, casi motivo de risa. A veces su conducta se percibía como falta de sensibilidad, carente de consideración y madurez. Pero a diferen-cia de muchos grandes líderes, Pedro sobrevivió a sí mismo. Con la guía de Jesús, la mente fértil y activa de Pedro maduró. A través de todas sus experiencias desarrolló un carácter más conforme a la voluntad de Dios, al carácter de Cristo. Esta madurez guió su proceso de pensamiento por canales más productivos. Recopiló, tomó y conectó datos e información. Afinó su capacidad de razonamiento. Pedro se convirtió en líder porque no temía tomar decisiones. Y su carácter conforme al de Cristo le mos-traba qué decisiones tomar.
Cualquiera que esté sirviendo bajo un líder aquejado por «la paráli-sis del análiparáli-sis», podrá apreciar la rapidez de Pedro para responder. Quien trabaje en una organización donde se toman «decisiones basadas en la indecisión», entenderá por qué la gente se sentía atraída hacia Pedro. Al seguir la vida de Pedro en los Evangelios y escuchar luego su voz madura resonando en sus dos epístolas, podemos apreciar a este hombre optimista, lleno de energía, inteligente, de profundo carácter, un hombre de acción. De hecho, el Evangelio de Marcos, que muchos creen le fue-ra dictado a este autor por Pedro, es el evangelio que retfue-rata a Jesús como hombre de acción, que ofrece una respuesta ante la urgencia. La palabra griega para inmediatamente aparece cuarenta y dos veces a lo largo de los dieciséis capítulos de Marcos.
Cuando la iglesia avanzaba, cuando tanto los líderes romanos como los judíos se oponían a ella, cuando los cristianos eran martirizados por su fe, alguien tenía que tomar decisiones guiadas por el Espíritu en for-ma rápida. Y solo podemos ifor-maginar los tipos de problefor-mas que han de haber astillado a esta frágil organización cuando la iglesia pasó por encima de sus fronteras culturales para incluir a los judíos que hablaban griego,
luego a los samaritanos, a los gentiles locales, y más tarde a los asiáticos, griegos y romanos. Como Pedro era un líder cuyo ego podía soportar la amenaza del desacuerdo, los retos y hasta una mala decisión, no temía actuar. No era falto de cautela, y tampoco trataba asuntos importantes con frivolidad. Su carácter cristiano no se lo permitiría, por supuesto. Sin embargo, no temía avanzar, y bajo su liderazgo la iglesia lograba mucho. Pedro era un líder que tomaba decisiones importantes.
El camino hacia el buen carácter por medio del amor
Es asombroso lo que Dios puede hacer con las personas que quieren cre-cer en lo personal y desarrollar su carácter. La buena noticia es que Dios quiere esto igual que nosotros. Nos redimió para eso. Para descubrir has-ta dónde extenderá su mano para forjar nuestro carácter en acero, cami-nemos junto con Pedro hasta el horno de fundición.
Este hombre había negado a Jesús en un momento crítico, y aun así años después sufrió azotes, la prisión y hasta la muerte con tal de no vol-ver a negarlo. Todos sabemos que un carácter como ese no se forma de un momento a otro, ni a partir de una única experiencia. Sabemos que la resurrección de Jesús tuvo una profunda influencia en la transformación del carácter de Pedro. La forma en que Jesús ayudó a Pedro a recuperar-se del peor fracaso de su vida debiera darnos gran aliento para pedirle al mismo Señor Jesús que nos ayude a desarrollar fuerza de carácter tam-bién a nosotros.
Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio, y una criada se le acercó.
—Tú también estabas con Jesús de Galilea —le dijo. Pero él lo negó delante de todos, diciendo:
—No sé de qué estás hablando.
Luego salió a la puerta, donde otra criada lo vio y dijo a los que estaban allí:
—Éste estaba con Jesús de Nazaret. Él lo volvió a negar, jurándoles:
—¡A ese hombre ni lo conozco! Poco después se acercaron a Pedro los que estaban allí y le dijeron:
CARÁCTER
—Seguro que eres uno de ellos; se te nota por tu acento. Y comenzó a echarse maldiciones, y les juró:
—¡A ese hombre ni lo conozco!
En ese instante cantó un gallo. Entonces Pedro se acordó de lo que Jesús había dicho: «Antes que cante el gallo, me nega-rás tres veces». Y saliendo de allí, lloró amargamente. (Mateo 26:69-75)
Para poder descubrir qué representó este suceso en la vida de Pedro, quizá debemos ir más atrás, a un pasaje anterior en el m i s m o capítulo:
—Esta misma noche —les dijo Jesús— todos ustedes me aban-donarán, porque está escrito: «Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño» ...
—Aunque todos te abandonen —declaró Pedro—, yo jamás lo haré.
—Te aseguro —le contestó Jesús— que esta misma noche, antes que cante el gallo, me negarás tres veces.
—Aunque tenga que morir contigo —insistió Pedro—, jamás te negaré. Y los demás discípulos dijeron lo mismo. (Mateo 26:31, 33-35)
En este m o m e n t o la fuerza de carácter de Pedro casi no puede cues-tionarse. Dijo que estaría dispuesto a morir con Jesús si era necesario. Pero el Hijo de Dios era quien tenía razón. Esa m i s m a noche Pedro negó conocerlo siquiera.
Luego de todos estos sucesos Jesús fue crucificado y sepultado. Tres días más tarde resucitó de entre los muertos y los discípulos le vieron por unos m o m e n t o s (Juan 20). Pero la primera conversación entre Jesús y Pedro, registrada en Juan 21 muestra de qué m o d o Jesús se o c u p ó de la debilidad de Pedro:
Cuando terminaron de desayunar, Jesús le preguntó a Simón Pedro:
—Sí, Señor, tú sabes que te quiero —contestó Pedro. —Apacienta mis corderos —le dijo Jesús.
Y volvió a preguntarle:
—Simón, hijo de Juan, ¿me amas? —Sí, Señor, tú sabes que te quiero. —Cuida de mis ovejas.
Por tercera vez Jesús le preguntó: —Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
A Pedro le dolió que por tercera vez Jesús le hubiera pre-guntado: «¿Me quieres?» Así que le dijo:
—Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero. —Apacienta mis ovejas —le dijo Jesús—. De veras te ase-guro que cuando eras más joven te vestías tú mismo e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te vestirá y te llevará a donde no quieras ir. (Juan
21:15-18)
Observe la sólida afirmación teológica de Pedro en el versículo 17: «Señor, tú sabes que te quiero». Pedro tenía razón. Jesús no le estaba pre-guntando esto a Pedro porque necesitaba conocer esa respuesta, sino por-que Pedro necesitaba conocerla. ¿Por qué era tan importante por-que Pedro pudiera entender su propia respuesta a esa pregunta? Es importante para nosotros también decidir si nuestro amor por Jesucristo es tan fuerte como para permitirnos desarrollar las cualidades de carácter que su pala-bra alienta y exige que tengamos. Estas son las cualidades que Pedro enu-mera en 2 Pedro 1:5-8.
En los primeros doce capítulos del libro de los Hechos vemos a Pedro como líder prominente de la incipiente iglesia. Su fuerza de carácter y su convicción son fuente de inspiración, desafío y ánimo para muchos. Nuestro Señor sigue buscando hombres y mujeres que respondan: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero», y que entonces desarrollen las cualidades de carácter necesarias para ser líderes cristianos.
CARÁCTER
FORJEMOS EL CARÁCTER
E
l carácter se forja en las pequeñas cosas de la vida. Los grandes acon-tecimientos de la vida p u e d e n verse c o m o exámenes finales que reve-lan la verdadera naturaleza de nuestro ser interior. Es en las decisiones que parecen no tener importancia que nuestro carácter se fortalece poco a poco. C. S. Lewis utilizó la imagen del «centro del ser» en cada u n o de nosotros, que se forma y moldea según nuestras decisiones:La gente muchas veces piensa en la moral cristiana como una transacción en la que Dios dice: «Si cumples con un montón de reglas te recompensaré, y si no lo haces haré lo contrario». No pienso que sea la mejor forma de verlo. Preferiría decir que cada vez que uno toma una decisión está convirtiendo su centro, la parte de nosotros que decide, en algo un poco distinto de lo que era antes. Y tomando tu vida como un todo, con todas tus incontables decisiones, durante toda la vida vamos convirtien-do este centro en una criatura celestial o en una infernal: una criatura que está en armonía con Dios y otras criaturas y con-sigo misma, o una que prevalece en estado de combate y odio hacia Dios y sus congéneres, incluyéndose a sí misma. Ser de este primer tipo de criatura es un placer celestial, es decir, repre-senta gozo, paz, conocimiento y poder. Ser del otro tipo de criatura implica locura, horror, idiotez, ira, impotencia y eterna soledad. Cada uno de nosotros, en todo momento, va progre-sando hacia uno u otro de estos estados.7
Las decisiones que t o m a m o s hoy definen nuestro carácter. Y nues-tro carácter irá con nosonues-tros a la eternidad. ¡Por eso, tenemos que deci-dir con sabiduría!
C A P Í T U L O 3
Valores
LA IMPORTANCIA DE LOS VALORES CONSISTENTES
L
os valores son esenciales para el liderazgo efectivo. Son verdades queno se negocian ni se debaten, y que motivan y dirigen nuestra con-ducta. Nos explican por qué hacemos las cosas y son elementos que eri-gen límites alrededor de nuestra conducta. Los valores son aquellas cosas que consideramos importantes y que nos dan guía y dirección a pesar de nuestras emociones.
Los autores que escriben sobre liderazgo prestan cada vez más aten-ción a la importancia de los valores consistentes en la efectividad a largo
plazo que pueda tener un líder.1 Las empresas, las organizaciones
políti-cas y educativas, las iglesias, familias y personas se benefician al conocer y vivir según sus valores centrales. En los negocios los valores centrales son «los principios esenciales y perdurables de la organización, como conjun-to una guía conducconjun-tora que no ha de confundirse con prácticas cultura-les u operativas específicas; y no han de negociarse o comprometerse en
pos de la ganancia económica o el provecho a corto plazo».2
Jim Colins y Jerry Porras observan que todas las compañías visiona-rias que perduran en el tiempo tienen un conjunto de valores centrales
que determinan la conducta del grupo.3
El rey David describió la conducta motivada por los valores en el Salmo 15:1-5:
¿Quién, SEÑOR, puede habitar en tu santuario? ¿Quién puede
vivir en tu santo monte? Sólo el de conducta intachable, que practica la justicia y de corazón dice la verdad; que no calum-nia con la lengua, que no le hace mal a su prójimo ni le acarrea desgracias a su vecino; que desprecia al que Dios reprueba, pero honra al que teme al SEÑOR; que cumple lo prometido
aun-que salga perjudicado; aun-que presta dinero sin ánimo de lucro, y no acepta sobornos que afecten al inocente. El que así actúa no caerá jamás.
Observe que David dijo que quien disfruta de la presencia de Dios y vive una vida limpia es el que «de corazón dice la verdad» (v. 2). Como esta persona valora la verdad en su corazón, sus palabras expresan verdad. Porque valora la bondad «no le hace mal a su prójimo» (v. 3). Porque valora la sinceridad y la honestidad, «cumple lo prometido aunque salga perjudicado» (v. 4). Y porque valora la justicia «no acepta sobornos que afecten al inocente» (v. 5).
Los líderes motivados por los valores cosechan un gran beneficio de parte del Señor. David dijo que «no caerá jamás» (v. 5) quien viva de este modo. No importa qué suceda alrededor de ellos, pueden vivir con ple-na confianza de que los principios correctos han dado forma a sus valo-res y guían sus decisiones. Esa confianza les dará estabilidad emocional y espiritual. Les dará la capacidad de ser líderes a los que Dios puede uti-lizar para su gloria.
Piense qué valores motivan la conducta de la persona que descri-be el salmista. Al examinar su propia vida, ¿qué valores ve que motivan su conducta? Muchos sostenemos determinados valores pero nuestras acciones no se ven gobernadas por aquello que decimos tener en alta estima. Quizá debemos empezar a preguntarnos qué valores queremos que motiven nuestra conducta. A menos que tengamos la intención de hacerlo, nos conformaremos a los valores de los demás. No podemos tener un conjunto de valores para la oficina, otro para el hogar y otro dis-tinto para las actividades de la iglesia. Nuestro objetivo tiene que ser el de integrar por completo los valores cristianos a todas las esferas de nues-tra vida cotidiana.
VALORES
DIOS, FUENTE DE TODOS LOS VALORES
D
ios no rinde cuentas ante nadie y no hay autoridad superior a quiendeba conformar su obrar. Él mismo es el absoluto de toda verdad, belleza, bondad, amor y justicia. Su perfecto carácter es la esencia de lo que la Biblia llama «justicia». En un universo sin Dios, lo que llamamos «bueno» no tendría referente supremo.
Las estructuras y valores morales de Dios son parte del orden crea-do. La Biblia afirma que incluso quienes no han sido expuestos a la ley de Dios tienen dentro de sí una conciencia, una ley moral (Romanos 2:14-16). Dios se revela no solo en la naturaleza sino también en el corazón humano. Nuestros corazones y conciencias revelan las huellas digitales de un Dios moral. C. S. Lewis utilizó la idea de una ley omnipresente y auto evidente como punto de partida para su clásico Mero cristianismo, algo que dio en llamar la Ley de la naturaleza o la Ley moral. Años más tarde, en La abolición del hombre, lo llamó simplemente el Tao que exis-te en todas las culturas y sociedades. Hay una moral sorprendenexis-temenexis-te absoluta en la mayoría de las culturas: la babilonia, la egipcia, la persa y la china. Ninguna de ellas, por ejemplo, honra la traición o el egoísmo, la cobardía o el engaño. Estos estándares están allí porque Dios ha ubica-do su ley natural, su ley moral, en los corazones humanos. Y por mucho que lo intentemos, sencillamente no podemos negarlo.
Lewis también dijo: «A menos que permitamos que la realidad
suprema sea moral, no podemos condenarla en lo moral».4 Con esto
quiso decir que a menos que haya un parámetro pre acordado para lo verdadero, lo bello y lo bueno, no puede haber un parámetro absoluto para que pueda condenarse la «mala» conducta. Es decir, quienes utilizan la presencia del mal y el sufrimiento para denunciar a Dios en realidad apelan a Dios para condenar a Dios. De hecho, cuando la gente habla del mal en este mundo, está afirmando de manera implícita la existen-cia del Dios de la Biblia, porque si no hay Dios entonces la idea del mal es arbitraria. Lo que para una persona es comida, para otra sería vene-no, de modo figurativo. Aun nuestra idea del bien y el mal existe porque tenemos en mente la imagen de aquel que desde el principio determinó cada categoría.
Si nuestro mundo sigue rechazando la idea de los absolutos mora-les, no puede al mismo tiempo seguir denunciando la mala apropiación del poder y la mala conducta de las personas ricas y poderosas. En un mundo que no reconoce a Dios como absoluto supremo, reinará el prag-matismo del propio provecho. El hecho de que la gente se sienta seduci-da por el poder y la riqueza no debiera sorprendernos. Lo que sí debiera causar sorpresa en nosotros es que tal seducción no sea más generalizada de lo que vemos ya. El consejero cristiano Larry Hall dice:
Mientras nuestra moral siga basada en nuestro orgullo huma-nístico, nos eludirá la consistencia moral. Seguiremos siendo enredados ovillos de auto contradicción, juzgando a otros de manera salvaje mientras exigimos con vehemencia que nadie nos juzgue. Olvidemos ese asunto de llegar a un consenso éti-co. No hay, prácticamente, consenso en una sociedad tan plura-lista como la nuestra. Quizá lo máximo que podamos alcanzar sea cierto sentido de lo políticamente correcto, pero, ¿quién en su sano juicio podría querer algo así? Porque aun si el verdade-ro consenso fuera posible, la historia ha demostrado reiteradas veces que tal consenso puede ser muy inmoral. Cuando la ética se basa en el propio yo y en el orgullo, se pierde toda objetivi-dad. Las cosas ya no estarán bien o mal. En cambio, serán fac-tibles o poco prácticas, deseables o poco atractivas, posibles de llegar a un acuerdo o no negociables ... De hecho, los conceptos mismos de la virtud y el vicio pierden todo su significado.5
Valores cristianos para personas cristianas
Como seres humanos, corona de la creación de Dios, debemos saber que Dios «puso en la mente humana el sentido del tiempo» (Eclesiastés 3:11). Como líderes cristianos hemos de buscar vivir según los eternos valores de Dios de la verdad, la belleza, la bondad, el amor y la jus-ticia según los presentan los registros bíblicos. Si miramos al mundo para encontrar nuestros valores morales, nos confundirán los intereses del egocentrismo, el condicionamiento social y la ética que depende de
VALORES
las situaciones. Los valores de nuestra cultura son chatos y subjetivos, pero los estándares morales de las Escrituras reflejan el carácter absoluto e inmutable de Dios. Éxodo 2 0 : 1 - 1 7 nos brinda el más claro resumen de los valores de Dios para su pueblo:
Dios habló, y dio a conocer todos estos mandamientos: «Yo soy el SEÑOR tu Dios. Yo te saqué de Egipto, del país donde eras esclavo».
«No tengas otros dioses además de mí».
«No te hagas ningún ídolo, ni nada que guarde semejanza con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te inclines delante de ellos ni los adores. Yo, el SEÑOR tu Dios, soy un Dios celoso. Cuando los padres son malvados y me odian, yo castigo a sus hijos hasta la tercera y cuarta generación. Por el contrario, cuando me aman y cumplen mis mandamientos, les muestro mi amor por mil generaciones».
«No pronuncies el nombre del SEÑOR tu Dios a la ligera. Yo, el SEÑOR, no tendré por inocente a quien se atreva a pro-nunciar mi nombre a la ligera».
«Acuérdate del sábado, para consagrarlo. Trabaja seis días, y haz en ellos todo lo que tengas que hacer, pero el día séptimo será un día de reposo para honrar al SEÑOR tu Dios. No hagas en ese día ningún trabajo, ni tampoco tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tus animales, ni tampoco los extran-jeros que vivan en tus ciudades. Acuérdate de que en seis días hizo el SEÑOR los cielos y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y que descansó el séptimo día. Por eso el SEÑOR bendijo y consagró el día de reposo».
«Honra a tu padre y a tu madre, para que disfrutes de una larga vida en la tierra que te da el SEÑOR tu Dios».
«No mates».
«No cometas adulterio». «No robes».