Hojuelas sobre la cama

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Índice

Índice ... 2

Hojuelas sobre la cama ... 3

Más alemán que Hitler ... 4

Muebles, de un lugar a otro ... 5

Merezco un poco de cariño ... 8

Látex azul cielo ... 9

Un cementerio en mi jardín ... 10

La Virgen de la Buena Leche ... 11

El milagro de la colonia Roma ... 12

Me llamo Urbana ... 14

Elisa, ayúdame por favor ... 16

Fue una equivocación ... 17

Detrás de un plato de sopa ... 19

Una visita en casa ... 21

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Hojuelas sobre la cama

Hay una infeliz durmiendo plácidamente en mi recámara. No se trata de una extraña, sino de una mujer que ha vivido conmigo los dos últimos años de mi vida. No me sorprende, por supuesto que no. Sólo me basta recordar cuántos años tardé en ir a un dentista después de la primera molestia, o en ir al oculista luego de los mareos causados por la lectura. Así como a otros les parece agradable el ver cómo una vaca se va poniendo gorda o cómo a un árbol le van naciendo manzanas, a mí me seduce el ver de qué manera a todo se lo va llevando la chingada. No voy a defender las sinrazones del relativismo pues cualquiera tendrá una mejor tesis que yo. Lo que quiero decir es que mientras esa mujer duerme en mi cama yo tengo que estar pudriéndome frente a la televisión y masticando una caja de cereal viejo cuyo contenido tardaí ú años en acabarse. ¿Cómo puede dormir tan tranquila? Me imagino que piensa que el día siguiente será exactamente igual al de ayer y también al de hoy. No se equivoca, el paisaje de nuestro zoológico cambia muy poco, a veces se muere un mono, nace un antílope o las jaulas están más limpias, pero en esencia siempre es lo mismo.

Entro a nuestra habitación y coloco una silla frente a nuestra cama. Me desnudo y acomodo mi ropa muy bien doblada dentro del clóset. Ella no percibe mis movimientos porque está soñando con nuevas cremas y autos que van a más de cien en una autopista. Me siento en mi silla de madera y lentamente tiro del edredón que la cubre hasta el cuello: me emociona saber que bajo ese montículo de trapo se encuentra un cuerpo tibio y resistente. Debido a que la perra es friolenta me veo obligado a repetir la operación dos veces más, primero una cobija de lana y después una sábana amarilla: la cobija se desliza torpe, ondulándose como una boa en la maleza, la sábana en cambio vuela como si se la llevara el viento. Ahora está a disposición de mis ojos: su desnudez refutada sólo por sus corrientes pantaletas blancas. Se me ocurre que puedo comer cereal mientras miro su cuerpo, así que voy a la cocina y vuelvo con mi cajita de Maizoro. ¿Cómo puede estar dormida si apenas son las dos de la mañana?

El frío en su piel comienza a despertarla e instintivamente busca las cobijas. No hay nada, el edredón, la cobija y la sá-bana están en mi poder. En cuanto se despabila y tiene conciencia de su situación, comienza a ladrar.

—Devuélveme las cobijas, pendejo —me dice reprimiendo un bostezo. Cómo me gusta su voz. Me gusta tanto como escuchar el sonido que hacen los hielos al caer dentro de un vaso.

—Mientras tú duermes yo tengo que estar dando vueltas de aquí para allá como un león. —Ése es tu problema, déjame dormir.

Me he acostumbrado a su falta de amor y a su cinismo.

En contraparte, ella sabe que jamás le devolveré las cobijas si no se me da la gana, no sólo porque tengo músculos más sólidos sino porque soy más obstinado. Ella lo sabe.

—Por cada cereal que atrapes con la boca te devolveré una cobija —le propongo. —No hagas estupideces, por favor...

Sabe bien que ése no es el camino, ¿no es una estupidez mucho más grande estar dormida a las dos de la mañana? Dejamos pasar un minuto y después ella pone manos y rodillas sobre la cama: es una leona de ancas suaves y tensas. —Está bien, dame de comer —dice. Le arrojo una hojuela de maíz que rebota en su mejilla, no tiene buenos reflejos, ¿cómo los va a tener si se la pasa dormida toda la noche?

—¡Hijo de puta, 110 las tires tan lejos! —se queja. Me imagino que mientras ella abre la boca esperando atrapar una hojuela, otro hombre la penetra por el culo. Siempre he sido bueno para construir en mi mente este tipo de imágenes. Continuamos nuestra actividad varios minutos más hasta que la zorra cumple con la cantidad convenida.

—Ya está, ahora cumple tu parte —exige. No tengo inconveniente en devolverle las cobijas y las arrojo a sus pies. Ella tira al piso las hojuelas que cayeron fuera de su boca mientras yo me masturbo viendo cómo va en cuatro patas de un lado a otro de la cama. Una vez concluidas nuestras tareas, ella vuelve a enrollarse en esos absurdos trapos multicolores y yo regreso a la sala para encender el televisor. ¿No es una maldita puta infeliz

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Más alemán que Hitler

Qué fugaz e insípido puede llegar a ser un diálogo; dos, cuatro horas gastadas en intentar que las palabras sostengan el mundo que les cae encima. Muy poco tiempo, en realidad, antes del silencio inminente e infinito que recorre el universo y del que no podremos defendernos por más palabras que dejemos rodar fuera de nuestra boca. Resulta vana esta reflexión cuando uno escucha pensar a Irene en voz alta. Se dirige a ti como si en verdad le interesara el diálogo, incluso hace pausas simulando esperar una respuesta, pero yo que la conozco bien, sé que si algo le importa poco es la opinión de los demás. Si Irene habla mucho es porque tiene miedo, miedo de sus treinta y siete años recién cumplidos. ¿Qué cosas pasarán por la cabeza de una mi^er hermosa cuando se mira al espejo y se da cuenta de que la edad llegó? No quiero estar en esa grieta abierta en la vanidad ni en la tristeza de unos ojos que miran hacia el pasado. Mi tesis es que Irene habla sin parar como una forma no asumida de ausentarse de su propia imagen, de un tiempo que de pronto se ha vuelto real. Ella es seis o siete años mayor que yo, pero nuestra diferencia de edad no le quita el sueño. Las mujeres le ofrecen cuentas al espejo, no a los hombres; además soy tímido, ¿quién le confía sus penas o sus sentimientos a un hombre tímido? Nadie, confesárselas sería perder el tiempo ya que el tímido no tiene respuestas abiertas ni consuelos espectaculares, más bien calla, hace una que otra mueca y se estremece por dentro. Bonita respuesta al desasosiego de una mujer a quien le duele contar uno a uno los años vividos. La timidez no me permite confiarle a Irene que si alguna vez me ha gustado más, es ahora cuando el tiempo y la entropía comienzan a tejer extrañas figuras en su piel. La sola idea de que una o varias vergas han encontrado paz entre sus piernas me enloquece, ¿cuántos litros de semen se han despeñado por el esófago de esta mujer que en un tronar de dedos se precipitará en los cuarenta? No mentiría si digo que le penetraré el culo en su próximo cumpleaños —he comprado ya la crema y dos botellas de vino tinto español para emborracharla—. Se trata de un regalo el cual estoy seguro sabrá apreciar. Ella posee un culo estrecho y mal usado, la ventana más pequeña y despreciada de su cuerpo desde la que pronto miraremos un paisaje distinto. No creo ser un pervertido pues hasta ahora me he comportado como cualquier hombre que sólo guarda en su cerebro ideas comunes. Lo que sucede es que justo ayer, a eso de las seis de la tarde, me percaté cuánto me gusta tener en mis brazos el cuerpo de una mujer que envejece con celeridad. Nada más apetecible, en mi opinión, que una mujer que tiembla de pavor cuando más de treinta y cinco años le han pasado encima. Irene no tiene idea de la impresión que causa en mí su enve-jecimiento, y no se lo diré ya que no quiero darle un solo argumento que le evite sufrir. Las penas de una mujer se aso-man en su rostro, siempre, impúdicas, sin decoro.

Ayer volvió de su trabajo algo cansada. Imparte clases de alemán en una escuela de niños superdotados. Qué ingrato debe parecerle el que jovencitos de apenas diez años aprendan en unos días lo que a nosotros nos costó tanto trabajo. Creo que es ésa una de las razones por las cuales no quiere tener hijos conmigo: está segura de que un hijo mío sería estúpido. No me afecta decirlo y creo tener suerte, suerte de no compartir su cuerpo con un niño. Me provoca cierto asco el pensarlo: un hombrecito sin dientes succionando sus pezones: jamás me acostumbraría a tan macabra imagen. Y no me importa si Irene se acuesta con otros hombres. Si lo hiciera la sentiría mucho más cerca de mí: ella, mi mujer, usada por otros, tentada. Usada no es la palabra sino acosada, mordida —de esto no tengo ninguna prueba puesto que Irene suele ser más discreta de lo permitido, un gesto cortés que a pesar de ser innecesario debo agradecerle. Sólo un imbécil no agradecería ser tratado como un caballero.

Yo trabajo de supervisor en una empresa editorial y gano lo suficiente para adquirir mi propia tumba un día antes de morirme. Vivo con Irene en un pequeño departamento en la zona vieja de Barcelona —ella es catalana— y solemos be-ber más de lo que las buenas costumbres lo permiten. Yo bebo casi todas las noches e Irene sólo el fin de semana. En cuanto más ebria está más disfruto llevándola a la cama. Me insulta en alemán, pero eso no me excita, e incluso me parece superfluo. Yo sólo hablo español y un poco de catalán, el suficiente para que los separatistas me inviten una cerveza de vez en cuando y para que mis padres, cuando hablan por teléfono conmigo, crean que por fin he aprendido francés.

Ayer Irene llegó más temprano que de costumbre y me dijo: «Hoy ha llegado un niño nuevo. Sabe más alemán que el propio Hitler». Me pareció raro verla medio ebria un jueves por la tarde. Todo era tan extravagante en ella. De pronto, después de hurgar en la ensalada, se arrodilló en la cama, se llevó las manos al rostro y rompió en llanto. Yo estaba en la recámara y la observaba desde un sillón viejo, postrado a un lado de la puerta. Sus lágrimas eran sinceras y dolorosas, como la lluvia que llega cuando nadie la espera. Me gustó que llorase porque el sufrimiento la hacía verse todavía más vieja. Cuánto amo a esta mujer, dije para mí mismo. Cuánto también habría querido que aquella imagen se perpetuara en la realidad como ahora lo está en mi mente. Pasaron segundos antes de que alguno de los dos recapacitara y cambiara de posición y actitud. Fue ella la que se puso de pie y, aspirando el aire de la habitación, me dijo:

—Vengo de estar con otro hombre. Tengo que decírtelo, estuve toda la tarde follando con él y no lo voy a ocultar. No es nadie en mi vida, y jamás lo volveré a ver. Puedes pegarme si quieres, o dejarme...

Su voz temblaba no sé si debido a la culpa, a la excitación o al alcohol. Su cuerpo estaba a punto de derrumbarse, y en el fondo de la calle Talleres la misma estúpida música de las tiendas de discos. Me levanté de mi sillón y salí de casa. Fui al Chintu, un pequeño y sucio bar cercano a las Ramblas. Me acomodé en un asiento giratorio frente a la barra y pedí una cerveza. Mi mujer era más mía que nunca, y ese día, ayer apenas, el más feliz de mi vida.

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Muebles, de un lugar a otro

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Cuando entré a casa la vi empujando el sillón de la sala. El sillón no era muy grande, pero pesaba tanto que dos hombres normales sufrirían para moverlo más de tres metros. ¿Por qué estaba Tania empujando el sillón si era evidente que hacerlo significaba un esfuerzo muy grande para ella? Eché un vistazo a mi alrededor y descubrí que mi cuadro favorito no estaba en su pared habitual. Se trataba de una pintura hiperrealista que ahora ocupaba un muro de menor importancia. Tania continuaba arrastrando el sillón a pesar de saber que yo la observaba. Sabía muy bien que estaba realizando cambios en el departamento sin haberlo consultado antes conmigo. No me pediría ningún tipo de ayuda pues se estaba haciendo la digna aun antes de que la pelea iniciara. Así era Tania, durante el día se pasaba el tiempo cultivando la idea de que yo era un hombre violento. Sin embargo, apenas cruzábamos unas palabras, se percataba de lo contrario: su pareja era tan común y corriente como cualquier hombre que trabaja de lunes a viernes y se emborracha los fines de semana.

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—Quiero hacer cambios en la casa, estoy harta de levantarme y ver siempre el mismo paisaje. —Mover los muebles no significa cambiar. ¿Para qué te engañas?

Me senté en una silla del comedor a observar a Tania. Cuando estaba descalza, como en ese momento, tomaba la fisonomía de una adolescente, más si llevaba encima su minifalda blanca. Jamás había logrado convencerla de tirar a la basura sus faldas blancas. ¡Tenía dos! Nadie con un poco de buen gusto se atrevería a usar una falda blanca y mucho menos si sus piernas son tan pálidas y amarillas. A pesar de ello, las piernas más bonitas que yo he visto en mi vida son las de Tania.

—¿Qué tiene de malo querer cambiar? Si pudiera cambiarme esta cara también lo haría —:rae dijo Tania, malhumorada.

—Si quieres cambiarte la cara, hazlo, pero deja en paz esas piernas.

Cuando por fin empujó el sillón hasta el lugar deseado, puso sus manos en la cintura y me preguntó: —¿Qué te parece?

—Es el lugar ideal para nuestro sillón —asentí no obstante que el cambio me parecía una estupidez. ¿Qué caso tiene mover los muebles de un lugar a otro?

—¿Lo dices en serio o te vale madres? —con el tiempo, Tania aprendió a reconocer la falsedad en mis palabras. Sólo teníamos dos años viviendo juntos, pero ella afirmaba conocerme mejor que mi propia madre.

—Me vale madres —dije desde mi silla en el comedor.

Nuestro departamento era modesto, tenía puertas, closets, dos recámaras y un estudio con piso de madera. Lo pagábamos entre los dos aunque los últimos meses la renta había salido de mis bolsillos. Una renta excesiva debido a la ubicación del edificio. Nuestra colonia, a pesar de tener más de medio siglo de edad, se estaba poniendo de moda. A diario se abrían nuevos restaurantes y jóvenes en autos compactos venían desde varios puntos de la ciudad a cenar y a divertirse. En realidad no me importaba pagar tanto dinero pues la zona me gustaba y el departamento contaba con paredes suficientes para que Tania jugara a cambiar su vida llevando mis cuadros de un lado para otro.

De pronto tuve una idea.

—Tania, ¿en verdad quieres cambiar tu vida?

—No quiero cambiar mi vida, no seas estúpido. Sólo quiero cambiar los muebles de sitio porque estoy harta de ver las mismas cosas en el lugar de siempre todos los días, ¿entiendes? ¡Harta!

Abandoné mi silla y de un trinchador de madera extraje una botella de tequila reposado. Tania observaba mis movi-mientos con curiosidad. Tomé dos vasos y regresé a la mesa.

—¿Te vas a emborrachar? —me preguntó. —Ven conmigo, Tania, te invito un trago. —¿Para qué?

—Quiero que bebas conmigo —a ella no le gustaba demasiado el alcohol. Fumaba marihuana y de cuando en cuando aspiraba cocaína, nada más. A veces 'legaba a meterse un ácido, pero sólo si se trataba de una ocasión especial. A pesar de su abstinencia dejó en paz el sillón y vino a sentarse a mi lado. Bebimos en silencio hasta la segunda copa.

—Me da mucho gusto no tener hijos —le dije a Tania.

—¿Por qué? Los niños no son tan malos, ¿qué daño puede hacer un niño comparado con todo el mal que hacen los hombres?

—Yo aprecio mucho esta calma. Sin ella no podríamos estar como estamos ahora, bebiendo tranquilamente.

Sólo era cuestión de esperar a que Tania se emborrachara. Una vez ebria comenzaría a discernir acerca de nuestra rela-ción. Haría algunas observaciones respecto de mi temperamento y luego de varias digresiones llegaría a la conclusión de que me amaba. Pese a que su adolescencia había sido sin duda más feliz y llena de aventuras que su edad adulta (pa-labras de ella), no estaba en absoluto arrepentida de nada.

—Tania —le reproché—, sólo tienes veintidós años. En esta época se acostumbra llamar adultos a los que tienen más de treinta.

—Los adultos son los que pueden votar. Y yo puedo hacerlo —dijo apurando el tequila con cierta desesperación.

—Los adultos son panzones y sólo piensan en comprarse una casa —se me ocurrió decir sin detenerme a pensar si tal cosa era verdad.

—Sírveme otro tequila, quiero emborracharme —dijo.

Incliné la botella sobre su vaso mientras husmeaba de reojo en sus senos. Cómo me habría gustado que se despojara de su blusa, pero debía ser paciente y esperar. Mi plan era en realidad muy sencillo: quería que Tania bebiera lo suficiente para llevarla a la cama y hacerle el amor dormida. Me emocionaba saber que ella no sentiría nada y que todo el placer sería para mí. Faltaba tan poco para eso.

—Nuestro problema es que no ahorramos —dijo. —¿Para qué? Yo prefiero vivir al día.

—No vamos a ser jóvenes toda la vida. La economía de cualquier país está sustentada en el ahorro —argumentaba Tania. El que hubiera mencionado la palabra sustentar me indicó que ya no era dueña de sí y por lo tanto estaba a punto de ponerse a bailar.

—La economía ¿está qué?

—Sustentada en el ahorro —respondió—. Vamos a bailar, no seas aburrido. —¿Qué música quieres oír?

—Cualquiera, casi nunca salimos a bailar, eres un pinche escritor de ratonera—mi Tania estaba borracha. —¿Quieres oír a Límite?

—Ya te dije que lo que quieras. Me vale madres. Si a ti te vale madres que yo cambie de lugar el sillón, a mí me vale madres que pongas Límite, o lo que quieras. Ya te dije.

Bailamos sin ritmo durante quince minutos, abrazados, con los pies anclados en el piso y oscilando como una campana. —Vámonos a la cama, quiero que me cojas toda la noche —me propuso. Por supuesto que me resistí e incluso llené de nueva cuenta su vaso.

—Vamos a tomar el tequila de un trago —dije. Lo hicimos, y no sólo una vez. Aunque el volumen de la música no estaba tan alto, los vecinos se paseaban nerviosos en el departamento del piso superior. Entre canción y canción podía escuchar sus pisadas haciendo crujir la duela. Era miércoles.

—Voy a llevarte a la cama —le dije a Tania.

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Le quité los zapatos de plataforma y la cargué en brazos. Los vecinos volvieron a sus camas una vez seguros de que la música de Límite no los molestaría más. Siguiendo el plan original me puse a jugar con el cuerpo de Tania experimen-tando con él todo aquello que pasaba por mi mente. Como a ella nunca le entusiasmó ser penetrada por el ano aproveché la ocasión para llenarle el culo de semen. Pensé que era una fortuna que nuestro colchón estuviera directamente sobre el piso y que a los vecinos les fuera imposible escuchar el crujir del colchón.

A las cinco de la mañana, luego de dos horas de intenso jugueteo, salí de la alcoba y empujé el sillón a su lugar habitual. Era tan pesado como un auto sin ruedas. En seguida descolgué mi cuadro favorito. Lo estrellé contra el piso rompiendo después la tela con un cuchillo afilado. Culparía de los destrozos a Tania y le reclamaría su actitud. Su arrepentimiento la obligaría a estar a mis pies la siguiente semana y se olvidaría, aunque fuera sólo unos días, de mover los muebles de un lugar a otro.

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Merezco un poco de cariño

Llegué a su casa como todas las noches en las que si algo no tenía ella en la cabeza era que yo me apareciera repentinamente frente a su puerta.

—¿Qué haces aquí, ¿te sucedió algo? —su pregunta tenía como fin ganar tiempo y asimilar la sorpresa que mi visita le había causado.

—Vine a visitarte, si no fueras mi amiga te habría llamado antes para hacer una cita. —Pasa. No tengo nada que ofrecerte.

—Algo tendrás —le dije. Mis palabras rebotaban en su espalda mientras la seguía estancia adentro. Ella estaba en calzones y se cubría el torso con una modesta camiseta blanca. Se veía muy sensual y un poco estúpida. La música flota-ba a muy flota-bajo volumen y un gato panzón y fofo dormía en la esquina del sofá.

—Deberías de matar a ese maldito gato huevón —sugerí, y no estaba bromeando, al menos cuando lo dije tuve deseos de... Tal vez me parecía que en lugar del gato tendría que ser yo quien ocupara la calma de aquel mueble. Los animales domésticos han vivido y vivirán siempre mejor que yo, incluso los callejeros. Comen croquetas y carne enlatada, sin necesidad de pisar la calle. ¿Qué te devuelven a cambio? Algunos maullidos y unos cuantos kilos de mierda.

—Deja en paz a Bonifacio, es un gato tranquilo. —Yo también soy un hombre tranquilo —y no mentía. —Ya que estás aquí quiero pedirte un favor.

—Pídeselo al huevón de Bonifacio.

—Necesito que revises el fregadero. El agua se estancó desde el domingo y no tengo un quinto en la bolsa. No puedo llamar al plomero.

Me levanté de la silla escuálida, tan endeble como mi propia columna vertebral, y fui a revisar aquellos fierros viejos. El agua olía mal. A mierda y verduras podridas.

—¿Crees poder arreglarlo? —preguntó.

—No necesitas ir a la universidad para deshacerte de un poco de agua sucia —dije muy seguro de mí mismo, después de todo era sólo un fregadero, y enfilé hacia la única recámara del departamento. Estaba alfombrada, olía a dulce y miel y no tenía ningún cuadro en las paredes. Corrí la puerta del clóset.

—¿Qué buscas? Pídemelo, yo puedo dártelo.

Husmeé en un cajón de su ropa y tomé una minifalda de nailon y cenefa de terciopelo. También me hice de un gancho de aluminio.

—¿Para qué quieres mi falda?

—Póntela o no voy a poder reparar nada —le advertí aventándole al cuerpo el trapo oloroso a perfume y ungüento. —Yo en mi casa puedo andar como se me dé la gana.

—Si no te la pones no te arreglo un carajo de fregadero —dije.

En la cocina el trabajo no era demasiado complicado, se necesitaba paciencia y sangre fría para soportar el hedor nauseabundo. Introduje el alambre de aluminio por los orificios de la coladera y estuve allí, machacando, durante quince minutos. Cuando por fin terminé me di cuenta de que una parte de mi camisa estaba empapada de agua. Me deshice de ella y fui al baño en busca de una toalla con olor a perfume y ungüento. En el camino me encontré con ella. Se había puesto la falda y también unos zapatos de plataforma y un top y se había peinado y pintado los labios de color aceituna. —Te prefería en calzones —le dije. No estaba nervioso.

—¿Terminaste de arreglar el fregadero? —Sí, ahora necesito un trago.

—¿Te gusta el ron? Es lo único que tengo.

Me acerqué a ella, despacio, y le propiné una bofetada.

Tenía la mano aún húmeda de mi pelea con el fregadero. Como una vil amateur se fue de espaldas contra el sofá. Bonifacio salió corriendo.

—¡Si me vuelves a tocar te juro que te mato, maldito hijo de puta!

En respuesta le di un puntapié en las nalgas. El gato nos observaba temeroso al resguardo de la puerta del baño, los ojos juntos, como los cañones de una escopeta. Sabía, no era tan pendejo, que tarde o temprano le tocaría, al menos, una patada. Ella estaba postrada de espaldas en el sofá, gimiendo.

De un ágil manotazo le desprendí los calzones. Eran los mismos de siempre, gastados y con un moñito ridículo en la entrepierna.

—Deberías de cambiarte los calzones más a menudo, puerca—le dije. —¡No me hagas daño, por favor!

Hicimos lo de costumbre, sin allegro energico, ni molto vivace, ni gran emoción. Bonifacio había preferido acercarse y observarnos oculto —según él— entre las patas curvas de la mesa. Cuando terminamos de juguetear, ella se levantó, tomó sus calzones sucios y fue a darse un baño en la tina. El ron no era malo, tenía poderes curativos y mi sangre se ponía caliente con unas cuantas gotas. Cuando salió del baño, envuelta en una capa de vapor blanco, me dijo:

—Hace una semana que no funciona la plancha, ¿por qué no le echas un ojo? —No puedo, no sé nada de electricidad.

—Cualquiera puede arreglar una plancha, hasta un desgraciado como tú.

No respondí. Terminé mi ron y caminé en dirección a la salida. Antes de esfumarme logré darle un susto a Bonifacio poniéndole la planta del pie en las costillas. Era un gato cobarde.

(9)

Látex azul cielo

Quiero que tu cintura no crezca más de un centímetro en los próximos dos meses. Sí, y también que me permitas lavar tus calcetas en mi nueva lavadora. No es mucho pedir si pensamos en las porquerías que están pasando ahora por mi cabeza. Jamás se me ocurriría sugerirte ver juntos el amanecer o tocar tus manos y esperar a que se pudran entre las mías. Recuerda que no soy uno de ésos, y nada de lo que deseo de ti debe parecerte extraño. No quiero que pintes tus labios ni pases mucho tiempo debajo del sol. Ahorra tu piel y deja que brille en la oscuridad, sólo eso, y por favor, no te atrevas a pedirme nada, pues sabes que sólo me gusta cogerte en el momento en que no lo deseas. No pierdas tu tiempo, tampoco voy a ponerme celoso del perro que mastica la carne mientras clava sus ojos en tus tobillos, ni voy a distraerme cuando paseas descalza por la recámara.

Recuerdo aquella noche en ese hotel lóbrego en el que las paredes del baño parecían leprosas y tú te echaste a dormir a un lado de la taza del baño porque no querías tenerme cerca y preferías —dijiste— el olor de los orines y de la mierda al de mi piel y mis pantalones que nunca he lavado porque mi lavadora no acepta más que ropa blanca. Sólo hay lugar allí para tus calcetas, no en balde estoy pagando los abonos al tipo ése, flaco y estúpido, que viene todos los sábados desde hace cuatro meses. Ese mismo tipo que me persigue por toda la casa para contarme historias y proponerme cambiar mi estufa de cuatro hornillas por una mucho más grande. «¿Por qué no guisamos el domingo un puerco de más de un metro dentro del horno?», me propuso tratando de convencerme, y yo pensé en los puercos a los que, cuando niño, solía confundir con perros y les ponía una soga en el cuello. También voy a pedirte que compres hojuelas de maíz y no dejes que ningún desayuno se acabe sin escucharte destrozar las hojuelas con tus dientes siempre tan blancos. Quiero que hagas ruido con la boca, no que mastiques como un cerdo sino que quiebres terrones de azúcar y hojuelas de maíz. Y una última cosa, la última de verdad: quiero que te pongas esos guantes de látex color calcio y azul pastel y me acaricies allí donde tanto me gusta, pero ya sabes, no cuando tú quieras, sino acabando de despertar, en ese momento en que, para ir al baño, tienes que apoyarte en las paredes y abrir mucho los ojos para no tropezar.

(10)

Un cementerio en mi jardín

El despertador cumplió puntualmente su función y zumbó a las ocho de la mañana. ¿Cómo lograba hacer tal escándalo siendo tan pequeño? Me pareció extraño que Mariana no brincara de la cama para tomar la ducha, hacerse un frugal desayuno en el que jamás faltaría la leche y marcharse a su trabajo. No era nada extraño porque estaba muerta.

A las nueve abrí los ojos por segunda ocasión, incómodo, no acostumbrado a que los lunes en la mañana aquel cuerpo continuara todavía allí, a mi lado, como si fuera domingo. Tomando en cuenta nuestra situación económica no deseaba, por ningún motivo, que Mariana perdiera el trabajo y traté de advertirle, cariñoso.

-—Mariana, me gustaría que te quedaras aquí conmigo toda la vida, pero somos pobres.

Según la rutina cotidiana, Mariana tendría que haber conectado la secadora de cabello. Era la señal de que ella estaba a punto de partir y mi sueño a punto de restablecerse. No hubo tal cosa y el silencio se hizo cada vez más insoportable. Unos minutos antes de las diez abandoné mi estado de somnolencia y, después de observar el rígido cuerpo de Mariana, comprendí que una vez más la vida había vuelto a cambiar.

Habíamos acumulado cinco años viviendo juntos y todo parecía indicar que nos queríamos. Yo sufría de insomnio y ella había sido atendida de infarto en dos ocasiones. Su corazón era tan débil como sus brazos y su voz. La muerte había dejado intacta la belleza de su cuerpo desnudo y había conservado en su rostro el gesto característico de la tranquilidad. Mariana acostumbraba dormir desnuda: la ropa le causaba sopor, la oprimía. Dejé la recámara y fui hacia la cocina a preparar mi desayuno; comería solo, como siempre en las mañanas. Antes bajé las escaleras —vivíamos en un segundo piso— y compré el periódico: las mismas noticias, la misma corrupción.

A causa de una beca viví en Madrid nueve meses y durante las mañanas disfrutaba leyendo en el diario la lista de las personas muertas en la ciudad a lo largo del día anterior, la edad de los difuntos oscilaba entre los 60 y los 90 años. Me estremecía cuando encontraba un cadáver de mi edad, «ni modo hermanito, te fuiste antes que yo», decía para mí mis-mo, aliviado. En los periódicos mexicanos no se publica un obituario semejante porque tendrían que dedicarle un suple-mento entero, imposible tratándose de un país tan pobre. Cuando viví en Madrid aún era joven, hoy espero paciente la llegada de los cuarenta.

Lavé mi plato, mi vaso y mi cuchara, sin hacer caso a Mariana que me recomendaba usar guantes de látex: «Ustedes los hombres no saben lo mucho que nos gusta a las mujeres que tengan manos suaves». Y ahora viviría sin ella, sin sus recomendaciones extravagantes ni el ruido de la secadora en el baño. No estaba seguro de acostumbrarme a la soledad, después de todo, durante los años de nuestra convivencia nunca tuve necesidad de tomar pastillas para dormir. Me bastaba, para estar tranquilo, la presencia de su cuerpo desnudo encima de la cama.

Me quedaría sólo con lo indispensable y tiraría a la basura la mitad del mobiliario, adiós a la mayoría de aparatos eléctri-cos propiedad de Mariana, adiós a los taburetes y a las pinturas abstractas. Consideré también la posibilidad de comprar una caja con botellas de ron para soportar el sufrimiento. Estoy seguro de que con el paso de los días aumentará el dolor y quiero estar preparado. Me habría gustado tener el valor para suicidarme, pero un acto así no se encuentra en mi destino, es todo, no voy a pensar en ello. Volví a la recámara y ordené el cuarto, ella siempre fue desordenada: era limpia, muy limpia, pero desordenada. Yo era lo contrario: la limpieza me tenía sin cuidado, pero no el orden. De manera que yo iba tras de ella recogiendo las prendas que dejaba en el piso y ella lavaba mi ropa y me compraba jabones.

A mediodía el frío comenzó a construir una casa en su cuerpo, y poco a poco sus labios se volvieron de piedra. Le separé las piernas —ella estaba boca arriba, tal como el médico le había prohibido dormir— y pasé mis labios sobre su sexo, olía y sabía siempre tan bien, un muy discreto olor a orines, a humedad y vida, a miel y suero. La penetré como a ella le gustaba, primero violentamente y luego con suavidad. Pasamos la tarde abrazados, su espalda untada a mi pecho, como a ella le gustaba estar después de sentirme dentro.

Nunca pensé que la policía pudiera interpretar mis puñetazos y el semen en sus pezones de una manera equivocada.

¿Quién va a pensar en la policía cuando se está despidiendo de la mujer que más ha amado en su vida? Me extrañó no llorar ni sentirme desesperado, no obstante en el futuro tendré tiempo para hacerlo. Si hubiera tenido un jardín habría enterrado allí a Mariana para tenerla siempre cerca de mí, pero vivimos en un departamento de sólo dos recámaras. Y aunque existiera ese jardín habría sido complicado enterrarla allí pues muy pronto los parientes reclamarían su parte, querrían llorar, ofrecer dinero para su entierro y hacer comentarios acerca de lo cariñosa y buena que ella había sido. Mariana fue muy discreta y nadie de su familia sabe que vivía al lado de un hombre. De modo que para ellos resultaré un extraño. En el momento que descuelgue el teléfono y marque un número cualquiera, la paz habrá terminado, y nues-tro amor, Mariana, y nuestra paz.

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