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CONOCIENDO A DIOS PARA DAR BUEN FRUTO: LA IRA DE DIOS (1)

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Academic year: 2022

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CONOCIENDO A DIOS PARA DAR BUEN FRUTO: LA IRA DE DIOS (1)

Adaptado de “El Conocimiento del Dios Santo” de J. I. Packer Texto: 1 Tesalonicenses 5:4-11

¿Qué es lo primero que pensamos cuando escuchamos la palabra “ira”? Tal vez pensamos en rabia, rencor, odio, furia y violencia; sin embargo, “ira” puede ser definida como “enojo e indignación intensa y profunda”. El “enojo” entendido como “el desagrado, resentimiento y profundo antagonismo que se experimenta ante la presencia de los daños ocasionados o los insultos”; la “indignación” como “el enojo justo que producen la injusticia y la bajeza”. Esta es la ira y, según nos enseña la Biblia, es un atributo de Dios.

A algunos de nosotros nos resulta incómodo y hasta vergonzoso hablar de la ira de Dios.

Otros, suavizamos y tratamos de eludir el tema cuando se nos pregunta sobre el mismo.

Entonces, ¿Cuál es la causa de nuestros titubeos y dificultades? Aquí debemos distinguir (1) aquellos que rechazan la idea de la ira divina simplemente porque no están preparados para tomar en serio ninguna parte de la fe Bíblica, y (2) aquellos que consideran que están

“adentro”, que tienen creencias firmes, que creen con firmeza en el amor y la misericordia de Dios, y la obra redentora del Señor Jesucristo, y que siguen fielmente las enseñanzas de las Escrituras en otros aspectos, pero que vacilan cuando se trata de la ira de Dios.

En el primer caso, en la Biblia encontramos muchos ejemplos de personajes y naciones enteras que desafiaron a Dios y fueron entregados a su propia voluntad, fuera de la presencia de Dios (Isaías 59:1-2). Por su parte, el segundo caso se refiere a los frutos del Cristiano que, habiendo aceptado a Cristo como su Salvador, su modo de actuar y vivir no refleja el amor que ha recibido porque no ha entendido algún aspecto de la fe Cristiana o porque tiene dudas o confusiones en alguno de los atributos de Dios. En este sentido, la ira de Dios parece ser un tema que preferiríamos dejar a un lado, pero ¿qué es realmente lo que falla en esto?

La razón fundamental de nuestra actitud frente al tema parece ser una inquietante sospecha de que el concepto de la ira es de uno u otro modo indigno de Dios. A algunos, por ejemplo, la palabra ira les sugiere una pérdida del dominio propio, una explosión que consiste en “ver todo rojo”, comportándose de forma irracional. A otros les sugiere un ataque de impotencia

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(consciente), o de orgullo herido, o de mal humor. De tal forma, para ellos está mal atribuir a Dios semejantes actitudes.

En ese sentido, ¡claro que estaría mal! Pero la Biblia no nos pide que lo hagamos. Parecería haber aquí una confusión en cuanto al lenguaje “antropomórfico” de las Escrituras, es decir, la costumbre Bíblica de describir las actitudes y los afectos de Dios en términos que se emplean ordinariamente para hablar sobre los hombres. La base de esta costumbre está en el hecho de que Dios hizo al hombre a su propia imagen, de modo que la personalidad y el carácter del hombre se parecen más al ser de Dios que ninguna otra cosa creada.

Pero cuando la Escritura se refiere a Dios antropomórficamente, no está queriendo decir que las limitaciones e imperfecciones que corresponden a las características personales de nosotros, las criaturas pecadoras, se correspondan también con las cualidades relacionadas de nuestro Santo Creador; más bien da por sentado que no es así.

Por ejemplo, el amor de Dios, como se refleja en la Biblia, jamás lo conduce a cometer acciones necias, impulsivas o inmorales, como ocurre con el amor humano, que con bastante frecuencia nos lleva a esto. También, la ira de Dios en la Biblia jamás es algo caprichoso, desenfrenado, producto de la irritabilidad o moralmente indigno, como suele serlo con frecuencia la ira humana. Todo lo contrario, constituye una reacción objetiva y moral, correcta y necesaria contra la maldad. Toda la indignación que manifiesta Dios es justa. ¿Acaso sería un Dios bueno el que encontrara placer tanto en la ira como en la bondad? ¿Sería moralmente perfecto un Dios que no reaccionara de forma adversa ante el mal en su propio mundo? Por cierto que no. Pero es justamente esta reacción adversa al mal la que constituye una parte necesaria de la perfección moral que contempla la Biblia cuando habla sobre la ira de Dios.

A otros, el pensamiento de la ira de Dios les sugiere crueldad. Viven atemorizados de “fallarle”

en algún momento, al punto de caer en religiosidades (obligaciones frenéticas) y perder el gozo de su salvación, poniendo el amor y la misericordia de Dios en un segundo plano. Sin embargo, la ira de Dios siempre está relacionada con la administración de justicia. La crueldad es siempre inmoral, pero el presupuesto explícito de todo lo que encontramos en la Biblia sobre los tormentos de quienes experimentan la ira de Dios, es el de que cada cual recibe precisamente lo que merece. “El día de la ira”, nos dice Pablo, es también el día “de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras” (Romanos 2:5-6). Jesús mismo dejó en claro que la retribución sería en proporción con el merecimiento individual (Lucas 12:39-48).

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Vemos entonces que la ira de Dios es algo que los hombres eligen por sí mismos. Antes de ser una experiencia infligida por Dios, el infierno es un estado por el cual el hombre mismo opta, rechazando la luz enviada por Dios. Según Juan 3:14-21, la acción decisiva de juicio contra los perdidos es el juicio que ellos mismos se dictan cuando rechazan la luz que les llega en y mediante Jesucristo. Todo lo que hace Dios como acción judicial con el incrédulo, ya sea en esta vida o más allá, es mostrarle o guiarlo hacia las consecuencias plenas de la elección que ha tomado de no estar reconciliado con su Creador.

Y, para aquellos que han creído y aceptado a Cristo, ¿qué implica la ira de Dios? Implica permanecer en nuestro Salvador y ser fieles en todo momento, reconocer nuestros pecados y pedirle a Dios que trabaje en nuestras vidas, renunciar completamente a nosotros mismos y darle el control pleno para que elimine cualquier barrera que nos impida dar fruto, en síntesis, madurar nuestra fe y vivir decididamente para Él, de forma que nuestras vidas sean testimonio, más que palabras, y reflejen en verdad a la persona de Jesucristo.

Que el regalo de la Salvación que hemos recibido nos ayude a entender la indignación y desagrado que causamos a Dios con nuestros actos de injusticia, para que cambiemos nuestra forma de ser y sirvamos con amor a nuestro prójimo. Aceptemos la invitación que el Señor nos hace a tener una relación personal con Él y dejemos que trabaje en nuestro carácter para que nuestro fruto sea conforme al propósito que tiene para nosotros.

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CONOCIENDO A DIOS PARA DAR BUEN FRUTO: LA IRA DE DIOS (2)

Adaptado de “El Conocimiento del Dios Santo” de J. I. Packer Texto: Juan 3:16-19

En la clase anterior, entendimos la “ira de Dios” como la “indignación y desagrado profundo que causamos a Dios con nuestros actos de injusticia”. Vimos que no debemos separar este atributo de los demás (omnisciencia, omnipotencia, justicia, santidad, amor, etc.), sino entenderlo como una unidad, necesaria para su perfección, pues no está condicionado por las limitaciones humanas. En este sentido, encontramos que la ira es una reacción adversa al mal (justicia) y que es nuestra decisión permanecer de la mano de Dios o rechazar su invitación a la reconciliación. Hablemos entonces de la decisión más importante de nuestras vidas.

La elección básica fue y sigue siendo simple: ya sea responder a la invitación: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso» (Mateo 11:28), o no;

ya sea «salvar» la vida, para lo cual es se requiere resistirse a que Jesús se haga cargo de ella, o «perderla», para lo cual es necesario negarse a sí mismo, tomar la cruz, hacerse discípulo, y permitir que Jesús cumpla su voluntad en nosotros. En el primer caso, nos dice Jesús, podemos ganar el mundo, pero no nos hará ningún bien porque perderemos el alma; mientras que en el segundo caso, si perdemos nuestra vida por amor a Él, la encontraremos (Mateo 16:24).

Entonces, ¿qué significa perder el alma? Para responder a esta pregunta, Jesús se vale de imágenes: «Gehena» («infierno» en Marcos 9:47 y una decena de versículos evangélicos más), es el valle fuera de Jerusalén donde se quemaba la basura. Este es el mismo valle de Ben Hinón al sur de Jerusalén donde los niños eran sacrificados a Moloc (Josué 15:8, 2 Reyes 23:10, Jeremías 2:23; 7:31-32; 19:6) y fue la razón por la que, según la enciclopedia judía, “el valle se consideró maldito y «Gehena» se convirtió en un equivalente figurativo para el «Infierno»”.

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Estas imágenes que encontramos en las escrituras nos ayudan a entender gráficamente lo que significa estar en enemistad con Dios. Si revisamos, por ejemplo, Marcos 9:43-48, el «gusano»

que «no muere» es, aparentemente, una figura de la interminable disolución de la personalidad por efecto de la conciencia condenatoria (alusión a la profecía encontrada en Isaías 66:24); el «fuego» es símbolo de la agonía que resulta de tener conciencia del disgusto de Dios; las «tinieblas de afuera» son una imagen del conocimiento de la perdida, no solo de Dios, sino de todo bien y de todo lo que hacía que la vida pareciera valer la pena; el «crujir de dientes» es una representación de la condenación y el desprecio hacia uno mismo.

Estas cosas son, sin duda, indescriptiblemente espantosas, aunque quienes han sido convencidos de pecado tienen algún conocimiento de lo que significan. Pero no se trata de castigos arbitrarios; representan, más bien, un desarrollo consciente del estado en que se ha elegido estar. La esencia del accionar de Dios en ira es la de dar a los hombres lo que han elegido, con todas sus consecuencias: nada más y nada menos. La disposición de ánimo de Dios de respetar la elección humana hasta este punto puede parecer desconcertante y hasta aterradora, pero está claro que en esto su actitud es soberanamente justa, y que está lejos de ser un castigo caprichoso e irresponsable, que es lo que queremos decir cuando hablamos de una supuesta crueldad.

Necesitamos, por lo tanto, recordar que la clave para interpretar los muchos pasajes bíblicos, a menudo altamente figurativos, que muestran al divino Rey y Juez en una actitud iracunda y vengativa, es comprender que lo que Dios hace en ese caso es ratificar y confirmar los juicios de aquellos que ya han emitido por sí, según sus decisiones. Esto se ve en el relato del primer acto de ira de Dios hacia el hombre, en Génesis 3, donde vemos que Adán ya había escogido esconderse de Dios, y eludir su presencia, antes de que Dios lo echara del jardín del Edén; este mismo principio tiene aplicación en toda la Biblia.

Debemos ser conscientes de la verdad que Dios nos transmite y tener certezas para no caer en engaños que hagan tropezar nuestra fe, pues muchos consideran el tema de la ira divina de forma especulativa, irreverente, y hasta maliciosa, predicando la ira y la condenación sin lágrimas en los ojos ni dolor en el corazón.

No cabe duda de que el espectáculo de algunas sectas que alegremente apuntan a todo el mundo hacia el infierno, aparte de ellos mismos, ha sido motivo de disgusto para muchos.

Pero si queremos conocer a Dios, es imprescindible que nos enfrentemos con la verdad relacionada a su ira, por más que esté pasada de moda la idea, y por fuertes que sean nuestros prejuicios iniciales contra ella. De otro modo, no podremos entender el evangelio de la

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salvación de la ira, ni la propiciación lograda por la cruz, ni la maravilla del amor redentor de Dios.

Tampoco entenderemos la mano de Dios en la historia, y el proceder actual de Dios con los hombres de hoy; no le veremos pie ni cabeza al libro de Apocalipsis; nuestro evangelismo no tendrá la urgencia que recomienda Judas: «A otros, sálvenlos arrebatándolos del fuego»

(Judas 23). Ni nuestro conocimiento de Dios ni nuestro servicio para Él se conformarán a su Palabra.

El autor evangélico Arthur W. Pink escribió en Los Atributos de Dios, p. 77, que “la ira de Dios es una perfección del carácter divino sobre el cual debemos meditar con frecuencia.

Primero, para que nuestro corazón sea debidamente impresionado por el hecho de que Dios detesta el pecado. Siempre nos sentimos inclinados a considerar el pecado con ligereza, a disimular su fealdad, a excusarlo. Pero cuanto más estudiamos y meditamos sobre la forma en que Dios lo aborrece, tanto más probable es que nos demos cuenta de su perversidad.

Segundo, para crear en nuestro corazón un verdadero temor de Dios. «Así que nosotros, que estamos recibiendo un reino inconmovible, seamos agradecidos. Inspirados por esta gratitud, adoremos a Dios como a él le agrada, con temor reverente, porque nuestro Dios es fuego consumidor». (Hebreos 12:28-29). No podemos servir a Dios «agradándole» a menos que haya la debida «reverencia» ante su Majestad, y «temor» ante su justa ira.

Tercero, para que nuestra alma se proyecte en ferviente alabanza [a Jesucristo] por habernos librado de «la ira venidera» (1 Tesalonicenses 1:10). El hecho de que estemos dispuestos o no a meditar sobre la ira de Dios constituye la prueba más segura de cómo está realmente nuestro corazón para con Él”.

Si en realidad queremos conocer a Dios y ser conocidos por Él para dar buen fruto, debemos pedirle que nos enseñe el significado real de su ira y nuestra necesidad de reconciliación eterna.

Referencias

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