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¿Los síntomas de la histeria de finales del siglo XIX se transformaron en los síntomas de la anorexia de finales del siglo XX? CARLOS ARTURO RESTREPO DELGADO MAURICIO RENDÓN ECHEVERRI

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¿Los síntomas de la histeria de finales del siglo XIX se transformaron en los síntomas de la anorexia de finales del siglo XX?

CARLOS ARTURO RESTREPO DELGADO MAURICIO RENDÓN ECHEVERRI

Artículo producto del trabajo de grado presentado para optar el título de Psicólogo

Mg. GUSTAVO BARONA TOVAR DIRECTOR

UNIVERSIDAD SAN BUENAVENTURA FACULTAD DE PSICOLOGÍA

VALLE DEL CAUCA CALI

2015

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Estudiantes de pregrado en psicología, Universidad San Buenaventura Cali / Asesor Académico: Gustavo Barona Tovar.

¿Los síntomas de la histeria de finales del siglo XIX se transformaron en los síntomas de la anorexia de finales del siglo XX?

Mauricio Rendón*

Carlos Restrepo *

Resumen

El presente artículo es un estudio monográfico, basado en la histeria y la anorexia. Intentamos hallar una relación entre los síntomas de la histeria de finales del siglo XIX y los síntomas de la anorexia de finales del siglo XX, tomando como guía a algunos de los autores más representativos en cada tema.

A su vez intentamos identificar si los síntomas histéricos manifestados en las histéricas descritas por Freud se convirtieron en los síntomas de las anoréxicas actuales, transformando así a la anorexia en la histeria de nuestro tiempo, teniendo en cuenta la desaparición de la patología de los manuales diagnósticos.

Palabras clave: Histeria, anorexia, síntomas, manuales diagnósticos.

Abstract

The following article is a monographic study based on the hysteria and anorexia.

We try to find a relationship between the Symptoms of hysteria in the end of the 20st century and the symptoms of anorexia in the end of the 21st century, taking some of the most respected authors as our guide.

We try to identify the hysterical symptoms manifested in the stories written by Freud have changed into the symptoms of actual anorexia becoming the anorexia in hysteria of our time, thinking about the exclusion of the pathology of the diagnostics manuals.

Keywords: Hysteria, anorexia, symptoms diagnostics manuals.

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Introducción

Con la revolución científica y el afán de someter todas las ciencias al método científico, enfermedades como la histeria comenzaron a ser tratadas como enfermedades psiquiátricas, los médicos al no encontrar un origen orgánico de la patología remitían a estas pacientes a instituciones mentales y las tildaban de locas. Sigmund Freud junto con Josef Breuer en los estudios sobre la histeria comenzaban a salirse del paradigma médico de la época y efectivamente encontraron que las causas no eran orgánicas, pero tampoco eran fingidas ni estaban asociadas a la locura. Así, descubren que las histéricas realmente sentían una serie de síntomas que no tenían una base orgánica, pero que sin embargo se manifestaban como tal.

Dichos estudios fueron la base para el nacimiento del psicoanálisis el cual trajo consigo una nueva perspectiva sobre el ser humano, pues ponía en escena una fuerza que no era controlada por el sujeto pero que podía responder por muchos de sus comportamientos, el inconsciente.

Muchos autores a lo largo de la historia realizaron acercamientos a una definición sobre que era la histeria, así Platón la

atribuyó a una perturbación en el útero e Hipócrates proponía una solución sexual para su cura, Freud por su parte situará la causa en el desarrollo sexual infantil.

La histeria fue acogiendo, gracias a la medicina de finales de siglo XIX y principios del XX una cantidad de síntomas diversos tales como la manía persecutoria, con miedo reactivo a menudo muy violento, delirios religiosos y eróticos, así como alucinaciones visuales de animales, funerales, demonios y fantasmas. Las alucinaciones auditivas con contenidos sexuales eran también frecuentes. Entre estos síntomas, como uno más, figuraba la anorexia.

Aunque en la actualidad tales síntomas han desaparecido de la descripción que se hace de la histeria y forman parte de los casos raros e infrecuentes que aparecen en la clínica de los trastornos mentales, lo cierto es que a comienzos del siglo XX, eran el sello característico de la alteración histérica en todas sus variantes (Kerr, 1995)

A largo del siglo XX la histeria, expresada en la anterior sintomatología se ha modificado, o se ha transformado y unos cuantos investigadores incluso proponen que ha desaparecido. Pero

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autores del campo psicoanalítico, como Juan David Nasio (1990), Julia Borossa (2001), y Silvia Tubert (2000), por ejemplo, sostienen que la histeria no ha desaparecido, si no que ha sufrido trasformaciones y se ha adaptado a las necesidades de la época actual, muy diferentes de la época freudiana.

Metodología

Este trabajo monográfico comenzó con la inquietud de saber si la histeria descrita en los casos clínicos de Freud realmente había desaparecido y del por qué los manuales diagnósticos habían decido esparcir sus síntomas en muchas otras patologías como los trastornos somatomorfes. Así empezó una ardua tarea de investigación que nos fue llevando a profundizar más sobre la histeria a partir de los mismos casos clínicos descritos por Freud y la visión de la enfermedad por parte de autores posteriores al fundador del psicoanálisis, como son Nasio, Roudinesco e Israel entre otros.

Desde el comienzo nuestro interés radicó en los síntomas histéricos y a medida que avanzábamos nuestra atención se centro

en un síntoma particular poco descrito por Freud, pero que en la actualidad tiene un fuerte impacto y un número de pacientes elevado en la clínica, la anorexia, lo cual fue útil a la hora de delimitar por dónde íbamos a dirigir nuestra investigación.

Decidimos comparar a nivel de los síntomas las dos patologías, teniendo en cuenta el tiempo en que decidimos profundizar sobre cada una, por un lado la histeria de principios del siglos XX con la anorexia de finales del mismo siglo, lo cual resulto riesgoso debido a la diferencia de los contextos y de esta forma caímos en la tentación de tocar muchos temas como el impacto social en las causas de las enfermedades, los prototipos de belleza, el rol de la mujer en la sociedad e incluso considerar la anorexia desde un punto de vista de las adicciones y de esta forma tocamos temas muy interesantes y leímos muchos autores que hablan sobre estos temas como Joyce Macdougall, Brusset o en el caso de los cambios sociales de la década de los 60 a Simone de Beauvoir. Todos estos temas darían pie a varias investigaciones muy interesantes y valdría la pena la dedicación y profundidad necesaria y ante esta diversidad tuvimos que tomar una decisión y centrarnos en los síntomas con

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el objetivo de sacar adelante una investigación responsable.

Una vez tuvimos claro que nos encaminaríamos hacia la comparación sintomática, empezamos a analizar las lecturas relacionadas con los temas propuestos y así empezamos a encontrar cosas en común en las dos patologías, como un origen común, el desarrollo infantil, sin embargo empezaríamos a ver que el protagonista será diferente en cada caso, si bien en el caso de la histeria el conflicto psíquico vendría relacionado con la figura paterna, en la anorexia sería la figura materna.

Sobre la histeria

Desde la antigüedad ya se conocía y se describía con cierta precisión el síndrome básico que componía la histeria. Los antiguos griegos afirmaban que el núcleo de la enfermedad se hallaba en el hysterikon o útero, de donde proviene la palabra. Suponían que la causa o etiología radicaba en algún tipo de frustración sexual o reproductiva y su cura consistía en la recomendación de relaciones sexuales o de la confesión de alguna

pasión secreta y oculta por parte del paciente (Kerr, 1995).

El gran médico griego Hipócrates dictaminó que el útero migraba a través del cuerpo y que la cura para la enfermedad era que la mujer se casara, ya que las relaciones sexuales serian la cura para la perturbación uterina. Platón también compartía la descripción de Hipócrates. “En las mujeres lo que se llama matriz o útero es un animal que vive en ella con el deseo de hacer hijos.

Cuando permanece mucho tiempo estéril después del período de la pubertad apenas se le puede soportar: se indigna, va errante por todo el cuerpo, bloquea los conductos del aliento, impide la respiración, causa una molestia extraordinaria y ocasiona enfermedades de todo tipo” (Nasio, 1990, pág. 67).

Con estas descripciones sobre la histeria referente al útero se puede identificar que era una enfermedad relacionada con el despertar sexual e insatisfecho de la mujer, al tener un rol sumiso en la sociedad debían esperar a que fueran desposadas como propone Hipócrates para lograr satisfacer sus deseos sexuales y de procreación, cuando este deseo no era satisfecho empezaban a

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desencadenarse una serie de síntomas atribuidos en especial al útero, el cuerpo era la fuente de manifestación de unos deseos insatisfechos.

Durante la edad media y especialmente durante los años en que se impuso la inquisición, muchas mujeres histéricas eran condenadas a la hoguera acusadas de brujería “La existencia de zonas anestésicas al pinchazo, eventualmente reforzadas por la ausencia de hemorragia, bastaba para enviar a un individuo al verdugo en lo gloriosos tiempos de la brujería” (Israel, 1979, pág. 25). Algunos síntomas histéricos como las sofocaciones, en la edad media se tildaron de expresiones de placer sexual convirtiéndolos en pecaminosos, el diablo tenía la capacidad de poseer a estas mujeres, las histéricas pasaron a convertirse en brujas (Roudinesco, 1998).

Incluso los inquisidores se veían sorprendidos a la hora de las ejecuciones ya que las supuestas brujas carecían de poder para poder librarse de sus condenas y esto lo explicaban diciendo que una vez las discípulas del demonio caían en manos de las autoridades, este las abandonaba y no las ayudaba, legitimando sus acciones (Szasz, 1989).

A finales del siglo XIX, con el método científico en auge, muchas disciplinas tuvieron que ceñirse a los nuevos principios científicos, entre ellas la medicina. El médico debía dirigir sus esfuerzos a encontrar la dolencia en el órgano físico “se trataba de ver con el microscopio o en la probeta el lugar exacto en el que el órgano era anormal y en qué forma quedaba perturbada su función” (Israel, 1979, pág. 15). Así, ante los síntomas presentados por las pacientes histéricas, los médicos no lograban encontrar la base orgánica de la enfermedad, por tal motivo remitían a las dolientes a instituciones mentales, basándose en un diagnostico de locura o incluso de simulación de la enfermedad.

Thomas Szasz en su libro El mito de la enfermedad mental, ilustra como esta enfermedad a finales del siglo XIX era incluso motivo de burla en el gremio médico, debido precisamente a que consideraban sus síntomas como ficticios o fingidos, apreciación que empieza a cambiar gracias al interés de Charcot por esta patología. Dado que para esta época la importancia de las enfermedades dependía de quien las estudiara, Charcot, médico neurólogo de gran prestigio en la época, puso a la histeria en un lugar

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mucho más interesante del que hasta el momento se le había otorgado. Szasz cita a Freud para mostrar la relevancia que tuvo Charcot en ese momento histórico para la histeria “Era opinión general que en la histeria todo resultaba posible, y se negaba crédito a las afirmaciones de las histéricas. El trabajo de Charcot devolvió, en primer lugar, dignidad a este tema; en forma gradual puso fin a las irónicas sonrisas con que se acogían los relatos de las pacientes. Puesto que Charcot, con el todo el peso de su autoridad, se había pronunciado a favor de la realidad y objetividad de los fenómenos histéricos, no se podía seguir considerando que se trataba de un fingimiento” (Szasz, 1989, pág. 37).

A partir del abordaje de la histeria como una entidad clínica que no necesita hospitalización y que puede ser tratada en el consultorio particular, Sigmund Freud va a crear el método terapéutico y conceptual del psicoanálisis, dando a la histeria una estatus hasta entonces desconocido, a pesar que los síntomas descritos antes conservaban plena vigencia.

Por ejemplo, En los diccionarios especializados en psicoanálisis podemos

encontrar la siguiente definición de histeria: “la palabra histeria deriva del griego hystera (matriz, útero) se trata de una neurosis caracterizada por cuadros clínicos diversos. Su originalidad reside en el hecho de que los conflictos psíquicos inconscientes se expresan en ella de manera teatral y en forma de simbolizaciones, a través de síntomas corporales paroxísticos (ataques o convulsiones de aspecto epiléptico) o duraderos (parálisis, contracturas, ceguera)” (Roudinesco, 1998, pág. 471).

En esta definición encontramos algunos síntomas de la histeria, sin embargo es solo una pequeña muestra de la gran cantidad de manifestaciones que tiene la enfermedad. Lucien Israel en su libro: La histeria, el sexo y su médico, hace una descripción de los síntomas histéricos, refiriéndose a las más comunes y visibles en los estudios sobre la histeria de Freud como la gran crisis, la cual se inicia con unos pre síntomas como cambios en el estado de ánimo, irritabilidad, alucinaciones. A nivel físico se encuentra el bolo histérico, anorexia, nauseas, entre otros, por otro lado había cansancio muscular, temblores, contracturas y anestesias. Este repertorio de síntomas

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podía duras varios días, luego viene el aura histérica que anuncia la inmediatez de la crisis la cual comienza con un dolor agudo en el útero, a partir de aquí se desarrollan una serie de fases que tienen como inicio el periodo epileptoide, el cual consiste en un ataque epiléptico simulado que puede durar alrededor de un minuto, enseguida sobreviene el periodo de las contorsiones y movimientos exagerados al cual Charcot puso el nombre de clownismo, quizás el movimiento más llamativo y conocido de esta fase sea la posición en arco en la cual el cuerpo es arqueado hacia atrás y se soporta sobre la cabeza y los pies de una forma rígida, en esta etapa suele ocurrir perdida de la conciencia de manera momentánea y alucinaciones angustiantes. El tercer periodo se llama de actitudes pasionales en el cual la histérica vive su delirio, al despertar recuerdo lo que le acaba de ocurrir y se muestra indiferente, así se llega al cuarto periodo llamado del delirio en el cual el ataque cesa y la apaciente narra sucesos que han marcado su vida (Israel, 1979).

Para el ilustrar la hipótesis del conflicto psíquico y su expresión en el cuerpo, Freud recurrió a los hechos que observaba

en la clínica, tal como lo describe en los primeros casos que abordó desde esta perspectiva. En el historial clínico de Elizabeth Von R, por ejemplo, Freud identifica que su dolor en las piernas fue real en algún momento de su vida, pero que a raíz de la incociabilidad que se generó respecto al haber dedicado su tiempo al pasar una noche en un baile con un joven por el cual tenía sentimientos amorosos en vez de quedarse en casa cuidando a su padre enfermo, supuso una represión de la eroticidad del momento y toda esa carga energética se dirigió a manifestarse a través de su cuerpo, concretamente en un dolor en las piernas que había padecido anteriormente.

Freud en estos primeros estudios sobre la histeria, asoció la patología a un hecho traumático en especial relación con la sexualidad. Este trauma era reprimido de la conciencia, su carga no podía ser elaborada por el sujeto y esta se convertía en enfermedad expresada por medio del cuerpo, tal como lo explica en el historial clínico de Lucy R: “si una histeria es de nueva adquisición hay una condición psíquica indispensable para ello: que una representación sea reprimida deliberadamente de la conciencia, excluida del procesamiento asociativo. En

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esta represión deliberada veo también el fundamento para la conversión de la suma de excitación, sea ella total o parcial, la suma de excitación no destinada a entrar en asociación psíquica halla, tanto más, la vía falsa hacia una inervación corporal.

En cuanto al fundamento de la represión misma, sólo podía ser una sensación de displacer, la inconciliabilidad de la idea por reprimir con la masa de- representaciones dominante en el yo.

Ahora bien, la representación reprimida se venga volviéndose patógena” (Freud, Estudios sobre la histeria, 1893 - 95, pág.

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Muy pronto en la teoría freudiana, va a cobrar fuerza la hipótesis explicativa según la cual en la mayoría de los casos hubo un momento relacionado con la sexualidad de las pacientes que desencadenó los síntomas histéricos.

Citando un caso concreto, como el de Katherina, Freud descubre una problemática en relación con su tío, en la que al indagar Freud descubre, experiencias de abuso sexual por parte del tío, y cuya verbalización o abreacción permite a la joven encontrar el sentido y la explicación de sus síntomas y así poder liberarse de ellos (Freud, Estudios sobre la histeria, 1893 - 95).

Este caso, es un claro ejemplo de la importancia que tiene para Freud el trauma sexual como causa de la histeria y que se conocerá en la historia del pensamiento freudiano como la teoría de la seducción. Un autor como Nasio subraya que para esta época, la causa de la histeria basada en la teoría Freud, se explicaba a partir de un acontecimiento sexual ocurrido durante la infancia que supone la inadecuada represión debida al alto impacto del suceso, que en su momento no genera la angustia correspondiente y este afecto desproporcionado quedará instalado en el yo del sujeto, siendo la causa posterior de los síntomas histéricos (Nasio, 1990).

Juan David Nasio en su libro El dolor en la histeria, describe el origen de la histeria basado en la primera teoría de Freud, en estos términos: “Freud está persuadido de que el enfermo histérico sufrió en su infancia una experiencia traumática. El niño, tomado de improviso, fue víctima impotente de una seducción sexual proveniente de un adulto. La violencia de este acontecimiento reside en la irrupción intempestiva de una efusión sexual excesiva, que inunda al niño y de la que no tiene la menor conciencia” (Nasio, 1990, pág. 16).

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Freud en 1900 cambiará su postura en cuanto al origen de la histeria, considerando que para que se produzca un síntoma histérico ya no es necesario un trauma real, es decir un hecho concreto generalmente desencadenado por un adulto hacia el niño con contenido sexual.

Ahora Freud dirá que el origen se debe a escenas traumáticas durante el desarrollo sexual del niño que el psicoanálisis llama fantasmas, estos nacen durante el despertar de la sexualidad infantil, la cual es desmesurada en cuanto a los recursos físicos y psicológicos de los que se dispone en esa etapa, la tensión libidinal resulta demasiado grande para el yo (Nasio, 1990). Recurrimos a la cita textual de Nasio respecto al tema para que resulte más clara la nueva propuesta de Freud en cuanto al origen de la histeria.

“Según la primera teoría, el incidente traumático real de la histeria consistía en la acción perversa de un adulto sobre un niño pasivo; en el presente, la perspectiva ha dado un vuelco total: el propio cuerpo erógeno del niño produce el acontecimiento psíquico, pues es foco de una sexualidad rebosante, asiento del deseo” (Nasio, 1990, pág. 27).

El cambio efectuado por Freud para explicar el origen de los síntomas

histéricos, así como el esquema psicoterapéutico de abordaje, delimitarán el campo de acción del psicoanálisis en la primera mitad del siglo XX en torno al tema específico de la histeria. Pero con el transcurrir de las décadas y debido a las radicales transformaciones que caracterizaron a la segunda mitad del siglo XX, este esquema se modificó sustancialmente.

La segunda mitad del siglo XX produce a nivel social y a nivel de la constitución de la subjetividad notables cambios entre los que la sexualidad de la mujer y su lugar en el entramado social, dejan de ser las del entorno de la época victoriana en la que la represión sexual de la mujer y la figura determinante de la autoridad paterna delimitaban las acciones de los miembros de la familia patriarcal. El acceso a la sexualidad por parte de la mujer así como el derrumbe del poderío de la figura masculina encarnada en el padre, abrieron el espacio para que la mujer dispusiera de su propio cuerpo y participara de las decisiones colectivas.

Desde entonces la histérica ya no necesitó de la exageración del conflicto psíquico en el escenario de su cuerpo.

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¿Pero entonces, desapareció la histeria como lo han supuesto muchos investigadores? Para el psicoanálisis la respuesta es negativa.

Y es negativa porque desde el psicoanálisis se reconoce la modificación de los síntomas pero no la de la estructura. Por ejemplo, algunos abordajes psicoanalíticos tanto teóricos como terapéuticos de los sutiles y ya no dramáticos síntomas de la histeria, la describirse como un tipo de relación del individuo con el otro. La queja manifestada por las diversos síntomas a través del cuerpo, remiten a vivencias ocurridas en alguna etapa de la vida, relacionadas con la interacción con otro

“Los síntomas expresan un mensaje, se dirigen a un destinatario, aunque ni mensaje, ni destinatario sean conocidos por el emisor” (Israel, 1979, pág. 17). De igual manera, Nasio propone que desde un punto descriptivo y teniendo en cuenta los síntomas, la histeria encaja en una entidad clínica clara, pero desde un punto de vista relacional, se convierte en un lazo de unión entre quien padece la enfermedad con otro. Propone incluso que en la terapia psicoanalítica, el propósito es el de crear una histeria artificial como el mecanismo de la cura

toda vez que es una especie de vínculo que facilita la emergencia del inconsciente (Nasio, 1990).

Pero, desde otro punto de vista, y teniendo en cuenta las transformaciones de la segunda mitad del siglo XX, hay que señalar también el giro sustancial que dio el tratamiento de las llamadas enfermedades mentales a partir del descubrimiento de los psicofármacos a mediados del siglo, y particularmente de los antidepresivos en 1957, dando un impulso de renovación a la psiquiatría, y posicionando de nuevo el modelo orgánico de explicación etiológica y de intervención terapéutica (Yepes, 2004).

El auge del modelo médico en el tratamiento de las enfermedades psicológicas a partir de los psicofármacos, oculta, para algunos investigadores, los síntomas de la histeria bajo el velo de la enfermedad orgánica.

Al respecto Kerr (1995), plantea lo siguiente: “Hoy en día, lo más probable es que un síntoma histérico incipiente, ya sea un dolor extraño, un calambre o un mareo, induzca a acudir a la consulta del internista o del médico de cabecera. Estos le recetarán Valium, uno de los medicamentos más recetados, o algo

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similar y lo enviarán a casa. Aquellos que regresan por segunda o tercera vez porque sus síntomas empeoran, serán remitidos al psiquiatra, con la idea de que, sin duda alguna, se hallan bajo la influencia de un fuerte estrés” (Kerr, 1995, pág. 29).

Para el tema que nos ocupa, este dato histórico resulta significativo, de mucha incidencia, tal como lo demuestra el hecho de que en la clasificación norteamericana de las enfermedades mentales (DSM), en la publicación del DSM III en 1980, la histeria deja de aparecer como una patología como tal y se describe como un trastorno, en el apartado de los trastornos somatomorfes y disociativos. La histeria de conversión la cual hemos mencionado durante todo el texto, la encontramos concretamente en el trastorno de conversión y los criterios diagnósticos son los siguientes:

A. La alteración predominante es la pérdida o la perturbación de una función física, lo que da lugar a pensar en un trastorno o enfermedad somática.

B. Se considera que los factores psicológicos pueden ser etiológicamente relacionados con el síntoma debido a una conexión temporal con un estrés psicosocial, aparentemente relacionado

con un conflicto o necesidad psicosocial, aparentemente relacionado con un conflicto o necesidad psicológica y con la iniciación o exacerbación del síntoma.

C. El individuo no es consciente de producir los síntomas de manera intencional.

D. El síntoma no responde a una pauta de respuesta sancionada por la cultura y no puede explicarse tras una investigación clínica adecuada.

E. El síntoma no se limita a dolor o alteración de la función sexual (American Psychiatric Association, 1988, pág. 310).

A pesar de que la enfermedad desapareciera de los manuales diagnósticos, muchos de sus síntomas los encontramos en otras psicopatologías como la anorexia. Es posible también, que la desaparición de la histeria como enfermedad se deba a que a finales del siglo XX la medicina se encargó de diagnosticar como histeria a gran cantidad de síntomas: “de aquí que en las primeras décadas del siglo XX se subdividiera en distintas clases de trastornos, que sus síntomas fueran separados y se les asignaran diferentes diagnósticos. Por

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ejemplo las perturbaciones del apetito, que antaño eran uno de los síntomas histéricos más corrientes, pasaron a ser

“nuevos” trastornos: la anorexia, la bulimia, la compulsión de comer”

(Borossa, 2001, pág. 89).

Esta transformación, según la reflexión psicoanalítica, de los síntomas de la histeria en los síntomas de la anorexia, es la que nos interesa rastrear en las siguientes páginas.

Sobre anorexia.

El termino anorexia nerviosa fue acuñado por Sir William Gull en 1870.

Dicha expresión generó un revuelo en cuanto a lo que se venía tratando como apepsia histérica desde hacía ya mucho tiempo. El término anorexia nerviosa abría un debate, ya que tenía algo que decir a todo lo “Psi” dado que ponía de relieve lo mental en dicha enfermedad.

“De hecho, la referencia de Gull a un

“origen central y no periférico” de la

“anorexia nervosa”, es un modo de poner de relieve la ausencia de “organicidad” a la vez que se mantiene esa vaga referencia al “origen central”, mezcla

indefinida de nerviosidad y genética.”

(Pereña García, 2007, págs. 529-542).

Según Pereña, en abril de 1873 se publica en Archives Générales de Médicine un documento escrito por Charles Lasègue, donde se acopian los síntomas de esta enfermedad y se da especial énfasis al hecho de la conducta mental de las pacientes que termina siendo inquisidora frente a la autoridad del tratante. “La predilección de Lasègue por el “estado mental” de la “anorexia histérica” se basaba en el síntoma de “inanición histérica” y en el componente de

“perversión intelectual” que observa en dicha anomalía” (Pereña García, 2007, pág. 535). Así pues, este podría ser llamado el nacimiento de la anorexia en el campo de lo psicológico desde una perspectiva que “abandona” lo físico para centrarse en el malestar psíquico, pero que aún sigue circunscrito a la patología de la histeria.

Comprender la anorexia implica entender el aspecto de la alimentación en el ser humano y sus implicaciones culturales.

En la actualidad no se puede desconocer que junto a esto, la imagen juega un papel importante en la sociedad de consumo, que a diario se introduce en los hogares

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gracias a revistas, programas de televisión, figuras públicas, la radio y hasta el periódico. La sociedad de consumo, utilizando el poder persuasivo de los medios, genera representaciones de los ideales entre los que el ser delgada, y la presión social que esto genera, se constituye en una especie de terrorismo psicológico que permea la sociedad y es aceptado como un modelo a seguir, como lo mencionan Crispo, Figueroa y Cuellar en el libro Anorexia y bulimia: un mapa para recorrer un territorio trastornado. “El contexto sociocultural premia la delgadez y tiene prejuicios contra la gordura. Si bien esto no es reciente, va en aumento en los últimos treinta años. Es importante recordar que cuando hablamos de “un cuerpo ideal o espectacular” estamos refiriéndonos no a un ideal de salud o bienestar, sino de moda imperante en ese determinado momento. El ideal de belleza ha ido cambiado según las épocas y es diferente en las distintas sociedades”

(Crispo, Figueroa, & Cuellar, 2011, pág.

59).

Tal como ocurría en sus inicios con la histeria, la anorexia se presenta en mayores proporciones entre las mujeres, sin desconocer que existe un porcentaje de varones que se ve afectado. La

relación estaría entre 5% a 10% de hombres contra 90% a 95% de mujeres (Crispo, Figueroa, & Cuellar, 2011, pág.

59). Además, según Buckroyd se estima que el 1% de la población femenina entre los 15 y 30 años padece la enfermedad de forma leve (Buckroyd, 1997).

Junto a esto encontramos en el libro Anorexia y bulimia de Julia Buckroyd otras características que se desencadenan de esta enfermedad como: “caída del cabello, vello fino que crece en todo el cuerpo, incluso en la cara, descenso de la temperatura corporal y de la frecuencia cardiaca, baja presión sanguínea, sensación de frio, mala circulación, piel seca, uñas quebradizas, insomnio, ejercicio físico excesivo dirigido a perder peso, interés obsesivo por la comida y las calorías, soledad aislamiento social, conducta retraída, perdida de la capacidad de concentración en cualquier otra cosa, baja autoestima y odio a sí misma”

(Buckroyd, 1997, págs. 18-19). Cabe distinguir que estos trastornos son más comunes en personas en un estado avanzado de la enfermedad, por tanto es imprescindible comprender que muchas sujetos pueden padecerla sin siquiera saberlo.

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Cabe mencionar que las personas anoréxicas desarrollan un sistema de ritualización frente a la comida, Buckroyd lo ha llamado patrones de alimentación en los anoréxicos, en este capítulo de su libro se puede apreciar como una inofensiva dieta se convirtió en un régimen que perjudicaba el cuerpo desde el punto de vista alimenticio. Estas personas llegan a desarrollar fobias a los alimentos lo que las conduce a desarrollar conductas que las alejan de los demás, de este modo, el comer resulta ser una tarea que trae consigo gran ansiedad. Si al no tener una dieta balanceada o al menos una en la cual se disponga de un mínimo vital de calorías, se suma un afán por hacer ejercicio, el cual genera una pérdida o consumo de los músculos, esta obligatoriedad que se autoimpone la anoréxica frente al ejercicio nace como lo dice Buckroyd, del miedo y de la compulsión, llegando a ejercitarse en secreto ante la mirada vigilante de sus familiares.

A la luz de nuestro propósito conceptual y metodológico, resulta importante resaltar que los síntomas de la anorexia descritos, si bien difieren sustancialmente de los que pertenecían a la histeria, también utilizan el cuerpo tal como lo hacía la

histérica, de una manera exagerada y con un dramatismo que puede conducir a la muerte, a la enfermedad grave y a la alteración de los vínculos afectivos. Por esto creemos, tal como lo plantea la investigación psicoanalítica, que los síntomas de la anorexia parecieran corresponder a la histeria de nuestro tiempo.

¿Relación histeria-anorexia? Desde la concepción psicoanalítica.

Se ha conceptualizado bastante desde este enfoque acerca de esta enfermedad, ya que desde Freud se nos hablaba de ella en documentos como psicoterapia de la histeria, así como en un caso de curación hipnótica 1892, en los historiales clínicos de los estudios sobre la histeria 1895 y en los tres ensayos para una teoría sexual de 1905.

Así pues, la comprensión de la anorexia por el psicoanálisis nos ha planteado tener que entender el juego entre el placer y el displacer. De acuerdo con Freud, el ser humano no se plantea una vida psíquica que colinde con el primero, pues parafraseando a Ansermet y Magistretti de su libro Los enigmas del placer (2011),

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encontramos que Freud veía el placer como una ausencia del displacer. Por tanto podríamos pensar en esto como una relación de regulación de nuestro organismo. Pero entonces ¿por qué Freud plantea un Mas allá del principio del placer? La respuesta a esto podría justificarse si solo nos detenemos y observamos como las anoréxicas se acercan al placer, ya que buscándolo, encuentran el displacer o el sufrimiento de un cuerpo disminuido que se acerca peligrosamente a la muerte.

Para Freud, tal como lo plantea en su texto Más allá del principio del placer” de 1920, la búsqueda del placer se convierte con frecuencia en la repetición interminable de acciones que finalmente conducen al sufrimiento, al dolor, a la incomodidad y al síntoma, como si el displacer estuviera bordeando permanentemente las manifestaciones del placer. Tal como lo plantean Ansermet y Magistretti, para Freud el más allá del principio del placer es la otra orilla de los canales del placer, es el otro lado que siempre está.

Las anoréxicas al arrojarse al placer encuentran justamente el otro lado, el de la repetición incesante de rituales que

ponen en peligro la estabilidad de su psique. Lacan construye con este mecanismo el concepto del goce, esa peculiaridad del individuo que de manera inconsciente persigue y clama por el sufrimiento en su búsqueda del placer.

Podemos verlo de manera textual en una cita del libro ya mencionado: “En el centro de todas estas dependencias esta la compulsión a reproducirse al infinito, hasta el sinsentido, comportamientos que hacen espejear un placer que se sustrae.

No solo se sustrae sino que ese comportamiento se erige en un sistema de goce en que el placer inevitablemente conduce al displacer, en que el placer es consustancial al displacer, en que el placer y displacer están anudados de manera indisociable” (Ansermet &

Magistretti, 2011).

Ahora bien podríamos hacer referencia a otro término del psicoanálisis el cual es vital para poder comprender esta temática. Ese término es el del deseo.

Para comprender esta idea nos acercamos al libro anorexia, teoría y clínica psicoanalítica (1998) en el cual Nasio, abre el camino. El deseo se define como una aspiración jamás realizada, porque el fin buscado es un fin imposible, el incesto. El deseo es siempre deseo

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incestuoso de poseer el cuerpo total de la madre (para el varón) o de tener un hijo del padre (para la niña) sin lograrlo jamás. El resultado es pues la insatisfacción” (Baravalle, Jorge, &

Vaccarezza, 1998, pág. 10). Pero el deseo no queda en esto, como lo continúa explicando el autor, este deseo es suplantado mentalmente, en el caso que expone el autor, el bebé alucina con el pecho de la madre sustituyendo la relación incestuosa.

Si nos detenemos y observamos bajo estas dos temáticas: placer-displacer y deseo en la anorexia, se podría vislumbrar que hay un pedido constante a mantener la insatisfacción, vivir en el displacer, no hay un sustituto del deseo, la carencia es lo vital. Pero si analizamos un documento titulado El sentido de los síntomas de Freud (1916), descubrimos que el síntoma, tal como lo plantean G.

Baravalle y otros autores, se asemeja a una satisfacción.

¿Es por tanto para la anoréxica su síntoma una forma de llegar a una satisfacción y dentro de esa satisfacción se podría hallar algo más? Si el síntoma funciona como satisfacción ¿qué es lo que se satisface en la condición anoréxica, que es lo que hay

más allá, que nos dice el cuerpo de estas mujeres y como se relaciona eso con su cura? Podríamos pensar en que la composición interna del yo está regida por un sentimiento más ligado al displacer y que en la enfermedad tal huella es más fuerte, en palabras de F.

Anserment: “Así, al comienzo no es la satisfacción. A partir de entonces no habría tal vez una satisfacción originaria que uno trataría de recuperar, sino por el contrario una satisfacción retro proyectada, sobre la base de una insatisfacción. Uno podría imaginar que nos pasamos la vida buscando una satisfacción inicial perdida mientras que lo que nos marca es por el contrario un desamparo, nuestro primer contacto con el mundo” (Ansermet & Magistretti, 2011).

A partir de estos planteamientos, podemos colegir la discrepancia de la histeria, pues en esta se presenta una queja de la mujer hacia el hombre, “Una mujer que no sabe que sabe y un hombre que se supone debería de saber.” (…) esto pone de contexto una idea subversiva solo leíble a través del cuerpo de la mujer, donde se ponen en cuestión los lineamientos del amo y su tradición. El discurso del amo es entonces interrogado,

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es atravesado por una incógnita a la que es imposible dar respuesta desde las diferentes épocas. Pensemos por ejemplo, en aquellas épocas en las que las denominadas brujas o hechiceras, o en la época de Charcot y sus pacientes, que desafiaban al “amo” la iglesia o al de la ciencia respectivamente y ninguno de estos podía dar una respuesta.

En palabras de Lacan, en el Seminario El reverso del Psicoanálisis clase 10, encontramos que, “Ella quiere un amo, que el otro sea su amo, que sepa muchas cosas. Pero sin embargo que no sepa tanto como para no creer que es ella el premio supremo de todo su saber, quiere un amo sobre el cual ella reine: ella reina y él no gobierna. Si podemos discurrir frente a este planteamiento y lo anterior dicho de la anorexia, es necesario reconocer que si tanto estas mujeres eran propias de su época, es necesario apreciar que si identificamos una histeria actual esto plantea entonces otras formas de cuestionamiento anudadas a su actualidad. Es posible por tanto encontrar que en relación a nuestra pregunta se presenta una disyuntiva y es el factor de lo presente para correlacionar tanto el síntoma histérico como el anoréxico dado que se supondría el no hacerlo un error

tomar elementos de diferentes épocas e indagar desde una posición como esta.

El abordaje que se realizó frente a la anorexia pretendía lograr conectar la enfermedad en cuanto a lo que Freud trató como histeria a finales del siglo XIX, y si bien todos los síntomas que describía no se ajustan completamente a los síntomas anoréxicos, sí existen ciertas disposiciones en ambas enfermedades que las vuelven afines, como depresión, melancolía, abulia, fobias, descontrol, desesperanza, desvanecimientos, pérdida del apetito, entre otras. Con todas estas relaciones de carácter sintomático no nos es posible decir que la anorexia sea una representación actual de la histeria, pero frente a lo clínico, quizá es necesario recalcar la dinámica o evolución de los cuadros sintomáticos, que si bien se expresan a través del cuerpo, su explicación o causa se debe al universo de lo psíquico.

Otro punto en el cual podemos relacionar la anorexia con la histeria es en la búsqueda de la atención por parte del otro, en el caso de las histéricas de Freud, por medio de sus diversos síntomas, entre ellos los embarazos fingidos (caso Anna O) se buscaba la atención particularmente

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del terapeuta sobre el cual se había generado una fuerte transferencia y solo en su presencia los niveles de angustia descendían. La anorexia tiene en común la preocupación que se genera en el entorno, de este modo encontramos que tanto en la anorexia como en la histeria se desencadenan dos situaciones, una en la cual el propio sujeto vive su sintomatología orgánica a nivel subjetivo y otra la que se deriva en su entorno respecto a su comportamiento. “las alteraciones del consumo alimentario

“normal” son comportamientos de significaciones múltiples en cuyo determinismo la parte relativa a las condiciones externas e internas es infinitamente variada. Lo propio de estos comportamientos es la polarización, por una parte, los intereses del sujeto y por otra, la atención que sobre él recae: el sujeto mismo –y su entorno– es absorbido por reacciones que tienden a asignarle un rol, un destino, una identidad, aunque más no sea en negativo (no esperar nada)”

(Brusset, 1996, pág. 189).

Atendiendo al artículo Anorexia/bulimia.

Un intento de ordenamiento desde el enfoque Modular-Transformacional de la psicoanalista Emilce Dio Bleichmar (2000), podemos ver como en toda la

construcción que desarrolla, encontramos una descripción referente a la causa psíquica del trastorno. “De manera que si bien la nutrición se halla tan afectada, ésta es una consecuencia directa, clara, de una férrea determinación psíquica que se mantiene durante gran parte del transcurso del trastorno como factor determinante. Si el lavado compulsivo de manos de un trastorno obsesivo-compulsivo genera una seria afectación dermatológica, o insomnio por la ideación recurrente, estos síntomas físicos no justifican su concepción como dolencia psicosomática” (Bleichmar, 2000, pág. 04).

Así mismo es necesario retomar lo dicho por Silvia Tubert en el documento titulado Anorexia. Una perspectiva psicoanalista. “Desde el punto de vista psicoanalítico debemos señalar que la clasificación de la anorexia y la bulimia como trastornos del comportamiento alimentario, tal como se las presenta en el DSM IV, conduce a un doble error que cierra las puertas a todo intento de comprender lo que está en juego en estos casos. Por un lado, presupone que el TCA es una entidad nosológica per se, en tanto que la clínica y la investigación psicoanalíticas ponen de manifiesto que

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se trata de un síntoma o conjunto de síntomas (síndrome) que se pueden desarrollar en diversos cuadros psicopatológicos y en diferentes estructuras de personalidad. Todos los autores consultados consideran que estos trastornos son, por decirlo así, trans- estructurales y transnosográficos, es decir, no remiten a una categoría diagnóstica ni a una estructura específica, sino que se trata de un síndrome que da cuenta de una problemática psicopatológica que es necesario comprender como proceso” (Tubert, 2000, pág. 02).

Ahora bien, tratar de plantear que la anorexia es una histeria actual, puede pretender ser algo que se quede sin fundamentos si solo nos detuviéramos a observar y correlacionar las manifestaciones somáticas de la anorexia sin contemplar la estructura causal de esta. Pero frente a esta argumentación, debemos reconocer nuestras limitantes, que se hallan precisamente en la gran complejidad y discursos que pretenden explicar esta patología psicológica. Por lo tanto, nuestro mayor interés reside en ubicarnos teóricamente frente al tema apoyándonos en autores que lo han tratado. Cabe además señalar que el

análisis de la anorexia se inscribe en un panorama de dificultad teórica inmenso debido a que la construcción psicológica, social, comportamental y de estructuras familiares de cada paciente es única al igual que en la histeria y aunque pueden llegar a hallarse ciertos lineamientos entre estas no por tanto deben de considerarse como perennes. En palabras de Silvia Tubert (2000) encontramos: “Es importante subrayar que la concepción del síntoma como sustituto de aquello que no se puede poner en palabras no supone que haya un significado único y común a todas las personas que lo padecen sino que, por el contrario, es necesario buscar su significación en cada caso puesto que es el resultado de un proceso singular: la historia de las relaciones intersubjetivas en cuyo seno se constituyó el sujeto. En consecuencia, podemos decir que la anorexia y la bulimia tendrán tantos sentidos diferentes como pacientes aquejados por ellas nos dispongamos a escuchar” (Tubert, 2000, pág. 03).

Ahora bien, hemos manifestado desde diferentes autores que el cuerpo se usa como medio de comunicación en la histeria, por tanto hay una relación clara frente a la anorexia. Pero además, se ha puesto de manifiesto que en la histeria

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todas estas sintomatologías se originan de vivencias pasadas con un otro que atraviesan lo inconsciente, que dejan por tanto una marca, y esto debe ocurrir también en la construcción del aparato psíquico del sujeto anoréxico. Por tanto en ambas condiciones, podríamos hallar de manera inconsciente lo que se llama fantasma o fantasía. Este término Laplanche y Pontalis lo definen de la siguiente forma:“Guión imaginario en el que se halla presente el sujeto y que representa, en forma más o menos deformada por los procesos defensivos, la realización de un deseo y, en último término, de un deseo inconsciente. La fantasía se presenta bajo distintas modalidades: fantasías conscientes o sueños diurnos, fantasías inconscientes que descubre el análisis como estructuras subyacentes a un contenido manifiesto, y fantasías originarias” (LAPLANCHE &

PONTALIS, 1967).

Así pues podemos reconocer en el concepto de fantasía o fantasma, otro término que junto al goce, el deseo y el placer, ayudan a comprender la trama de ciertos aparatos psíquicos. Con relación a esto es interesante replantearse las palabras de F. Anserment frente a la configuración del fantasma y como este

puede convertirse en un obstáculo para al sujeto. “No por ello deja de ser en ocasiones inoperante y puede plantear un problema en virtud del desfase de la solución producida con respecto a la realidad. El fantasma es una ficción que deforma la realidad produciendo nuevos problemas. Puede convertirse en una trampa en vez de una solución. Por medio de las representaciones que lo constituyen, mantiene en forma indirecta un contacto con lo viviente intratable, S, que a través de él puede invadir la escena a partir de una multitud de acontecimientos o de estímulos tanto internos como externos que de manera imprevista volverán a poner en contacto con estados somáticos que se creían neutralizados” (Ansermet & Magistretti, 2011).

Es importante reconocer en este momento del artículo, el lenguaje como puente entre lo inconsciente y lo consiente, pues todo el aparato psíquico de un sujeto ha pasado por él, y a partir de allí se han hecho representaciones, huellas, y se le ha dado un cierto significado a todo lo vivido. El lenguaje es tan necesario al aparato psíquico como la alimentación al cuerpo, y es en esta idea que discurre otra

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relación que se enmarca entre la histeria y la anorexia, el cuerpo histérico habla con el síntoma lo que por su condición en sociedad y de mujer no puede hacer y el cuerpo anoréxico se devora como grito ante su sociedad, aquí pues entra en juego el lenguaje, y es en falta de este y de la pérdida de su poder de simbolización que encontramos el valor de los síntomas que se encarnan o se hacen cuerpo tanto en la histeria como en la anorexia. Al respecto F. Anserment plantea lo siguiente: “Es lo que se ve en la demencia senil, lo hemos dicho, pero también en la clínica del traumatismo, cuando algunas personas, sintiéndose arrojadas fuera del lenguaje como consecuencia de la fractura traumática que padecieron, testimonian que ya no conocen el verdadero valor de las palabras: para recuperar la palabra deben volver a jugar su entrada en el lenguaje. Cabría referirse también a lo que se produce en la esquizofrenia, en la que, como tal vez haya sido el caso de Lord Chandos, el lenguaje se descompone. Cuando un individuo se ve precipitado en un estado de psicótico, en ocasiones puede verse sumido repentinamente en la confusión y vivir, de manera aguda, un fenómeno de falta de ajuste con respecto a la lengua. En esta

situación, el exceso de lo viviente vuelve en el cuerpo, dejando a la persona desprovista y perpleja, fuera de la realidad, sumergida por una total sincronía de acontecimientos, de sensaciones y de pensamientos mezclados” (Ansermet & Magistretti, 2011).

Sabemos que el cuerpo está cargado de de significantes y simbolizaciones tanto desde la mirada femenina, masculina, social, política y económica. Así pues dado que es el cuerpo uno de los aspectos más afectados en la enfermedad, debe decir mucho, se vuelve cómplice y verdugo de un malestar tanto social como psíquico. El cuerpo sufre, tanto en lo inconsciente como en lo consciente, las estructuras sociales irrumpen en la construcción subjetiva del cuerpo, se encargan de poner “in” el discurso normalizador de los ideales de belleza y la delgadez siendo este el imperativo social demarcado como bueno en la sociedad actual, citando a Bleichmar:

“Todas buscan un estado de bienestar psíquico por medio del reconocimiento interpersonal de la belleza de sus cuerpos, o de la delgadez del mismo que parece ser, básicamente, un equivalente.

Si bien el objetivo las unifica la

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condición psicológica de la cual parten puede variar en un amplio rango. En la clínica, encontramos desde la jovencita que imita a sus compañeras en el colegio que hacen dieta y que la mueve exclusivamente un afán perfeccionista, ya que forma parte de ese perfil descripto para la anorexia/bulimia de niña modelo, con excelente expediente académico, guapa y sociable, un poco "rellenita"; la adolescente que no sintiéndose muy favorecida físicamente espera que la delgadez le otorgue los atributos necesarios para acceder al otro sexo;

hasta las que fracasando en varios ámbitos encuentran en la empresa de la dieta una compensación ilusoria para su malestar general” (Bleichmar, 2000, pág.

09).

También destacamos la aportación de la construcción que hace Tubert “Es decir, las representaciones del cuerpo (científicas, filosóficas, estéticas), en función de los efectos performativos de los discursos que las articulan, operan como regulaciones prácticas que no sólo modelan sino que también construyen el cuerpo viviente” (Tubert, 2000, pág. 04).

Así pues el cuerpo se convierte en una forma de control y así como es controlado

por la sociedad/amo también gana un poder. Siguiendo a Tubert en este concepto, se puede afirmar que: “No obstante, las mujeres experimentan estas mismas prácticas como fuentes de poder y de control en tanto las perciben como medios para alcanzar la belleza, la aceptación social, laboral y sexual; en suma, la posibilidad de influir en los otros: como afirmaba Foucault, el poder y el placer no son excluyentes” (Tubert, 2000, pág. 04).

Siguiendo con el cuerpo es necesario ahora comprender esta relación entre la anoréxica y su cuerpo. En palabras de Tubert (2000) el cuerpo se vuelve un acto desesperado de control al ya no poder controlar nada más, es así que se logra autonomía pero como menciona la autora esto es algo fugaz dado que las condiciones de esta estructura debilitan al cuerpo llevando al sujeto a tener que depender de los demás, también lo dice Bleichmar. “De manera que gran parte de los síntomas psíquicos como -por ejemplo: la tendencia obsesiva en torno a temas vinculados con la alimentación, los estados distímicos, la irritabilidad, el aislamiento social y el vaciamiento mental, los tenemos que correlacionar muy estrechamente con los efectos de un

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estado de gran desequilibrio metabólico que la mente trata de regular.

Es decir, que si bien el síntoma es por lo general ego-sintónico, y las pacientes anoréxicas/bulimias son reacias al tratamiento y desean controlar la ingesta, los efectos del cuerpo en riesgo despiertan los sistemas de alarma psíquicos (…)” (Bleichmar, 2000, pág.

06).

Es importante en este punto, describir la anorexia como una organización, y decir que por lo tanto su construcción va más allá de una simple dieta o la autoimagen pasando por las construcciones socio- políticas del cuerpo y la feminidad, pero no debemos equivocarnos en desestimar esto, ya que la anorexia se recubre de todas estas corrientes. Así pues, desde el psicoanálisis, se relaciona de nuevo la anorexia con un síntoma final construido a partir de una cantidad de significantes y guarda especifica relación con la histeria y su desobediencia hacia él amo.

Se vislumbra el cuerpo como un síntoma, pero si se quiere ir más allá podemos ver el mismo como una queja, lo no dicho, es aquí que el cuerpo es un espejo de la queja social, a los lineamientos aunque no consientes de las estructuras normativas,

además claro está de lo que calla el sujeto. Por tanto debemos de conceptualizar aquí sobre el cuerpo social el cual Tubert (2000) haciendo referencias a Mary Douglas de su libro Pureza y peligro. Un análisis de los conceptos de contaminación y tabú.

(1991) nos dice lo siguiente: “En este sentido Mary Douglas, para quien el cuerpo es una forma simbólica y puede funcionar como metáfora de la cultura, ha observado que la inquietud que lleva a mantener unos límites corporales rígidos y que se manifiesta, por ejemplo, en rituales y prohibiciones concernientes a las excreciones corporales y a las delimitaciones entre el interior y el exterior del organismo, se hace más intensa y evidente en las sociedades o en los períodos históricos inestables. Los bordes del cuerpo pasan a representar las fronteras sociales. De este modo, el control rígido de los cuerpos, el dominio de los deseos, responde al intento de regular en el organismo del individuo las inestabilidades o transformaciones que amenazan al cuerpo social” (Tubert, 2000, pág. 05).

Siguiendo estas ideas en cuanto al cuerpo que se convierte en un medio de queja de lo social, podemos encontrar otro punto

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común entre anorexia e histeria, en la cual el cuerpo se muestra como síntoma de una queja ante la sociedad y del papel que ocupa la mujer en ella, en tiempos actuales las directrices de belleza son una parte del desencadenante del malestar, a finales del siglo XIX en la histéricas freudianas, era la represión sexual.

Por tanto concluyendo en este apartado el cuerpo desde una visión de lo social se vislumbra como una primera causa, pero ese mismo cuerpo posee unas repercusiones subjetivas en el ser, la construcción psicológica de cada uno de estos sujetos está atravesada por un malestar psíquico. Lo interesante es lo que se genera y que da pie a delimitar una segunda arista de este documento, si bien el cuerpo es delimitado por las construcciones sociales, en el sujeto entran a mediar nuevas cargas como lo describe tanto Bleichmar (2000) como Tubert (2000) la angustia juega un papel importante en la construcción del cuerpo subjetivo, ese cuerpo es un molde que se embiste con deseos pero no del sujeto si no del otro y esto desata una crisis narcisista. Sosteniendo esto podemos leer a Bleichmar (2000): “El reto de la sexualidad en la adolescente mujer no se limita a enfrentar el empuje de la pulsión

desde su interior, una empresa conflictiva sin duda, pero subjetiva, interior,

"secreta" como sucede en el caso del varón, sino que el cuerpo y la imagen femenina se hacen tan imperativos y tiranos por lo que se le impone a ellos como demanda, ya que en todo momento son objeto de la mirada y del voyerismo del hombre” (Bleichmar, 2000, pág. 23).

También Tubert “La compulsión a amoldar el propio cuerpo a una imagen y el rechazo a las carnes que desbordan el límite ideal -ya no se trata de corregir un peso excesivo sino de hacer entrar el cuerpo en los contornos de una forma imaginaria- dan cuenta de la angustia, individual y social, ante el fantasma de una corporalidad identificada con deseos, apetitos e impulsos incontrolables. El cuerpo se convierte en metáfora de la exigencia pulsional, que amenaza al sujeto poniendo permanentemente en cuestión su supuesta identidad y lo obliga a reconocer, paralelamente a su corporalidad, su falta de ser y su desconocimiento de sí mismo”

(Tubert, 2000, pág. 05).

Es por tanto necesario ahora apelar al papel que juega la llamada crisis narcisista en estas mujeres, esta crisis

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tiene su haber en la etapa de la adolescencia y está basada en el desarrollo biológico de los sujetos, parafraseando a Tubert (2000) en estos cambios se activan en la psique de los sujetos cargas pulsionales o excitación somática que no es posible dirigir adecuadamente, esto genera toda una reminiscencia inconsciente de estados acontecidos en lo que Freud llamo la sexualidad infantil en uno de sus documentos titulado Tres ensayos para una teoría sexual (1905).

Resulta fundamental en este caso retomar la segunda teoría de Freud acerca de las causas de la histeria la cual se atribuye al desarrollo sexual del niño donde las cargas libidinales los desbordan debido a sus escasos recursos psíquicos y físicos.

Citamos a Nasio para encajar la idea del fantasma dentro de la relación entre la anorexia y la histeria. “seguimos sosteniendo la tesis de que la causa principal de la histeria reside en la actividad inconsciente de una representación sobre investida. Con la salvedad de que el contenido de esta representación ya no se reduce a la imagen delimitada de una parte del cuerpo (primera teoría), sino que se despliega respondiendo a un libreto

dramático llamado fantasma (Nasio, 1990, pág. 27).

Ahora bien frente a esto es necesario aclarar que la crisis de la que se habla, lo que representa para el organismo psíquico es la devuelta de cargas libidinales al propio cuerpo, de ahí que esto generara toda una serie de desajustes psíquicos del yo, como la fase del espejo y su relación con la auto imagen y la figura fantasmática, aquí podemos tomar a Tubert. “Ante todo, se aprecia un retraimiento de la libido, que se aparta de las representaciones de personas y cosas del mundo exterior para orientarse hacia el propio yo. Este proceso, necesario e importante para la reestructuración psíquica del sujeto, suele desarrollarse en una etapa transitoria a partir de la cual libidinizará nuevos objetos, ajenos a la constelación edípica; sin embargo, se puede producir un estancamiento en la posición narcisista con el consiguiente peligro de desequilibrio y regresión”

(Tubert, 2000, pág. 09).

En relación a esto se desarrolla la otra perspectiva que queremos anexar a la primera tópica tomada del cuerpo y lo social, si bien lo social crea representaciones que son aceptadas por el

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sujeto estas se caracterizan formando simbolizaciones psíquicas inconscientes pero si a esto se suma lo que acabamos de reseñar frente a la crisis narcisista, en el ser se produce un daño en la auto-imagen tanto corporal como psíquica, Tubert (2000) lo dice de la siguiente manera: “La imagen corporal que devuelve el espejo no corresponde a la auto-representación estructurada a lo largo del período de latencia, por lo que se experimenta al cuerpo como ajeno y desconocido. En casos extremos -como sucede en la anorexia- la distorsión producida por la impronta del cuerpo fantasmático en el cuerpo real puede llegar a configurar un verdadero delirio corporal” (Tubert, 2000, pág. 10).

Aunque en esta relación no se encuentra nuestro punto de ruptura en la investigación, si es un paso para asegurar nuestro propósito ya que enmarca dos dimensiones necesarias para la elaboración de tal estructura: lo social y lo subjetivo. Sería justo reconocer el proceso por el cual la mujer anoréxica llega a este padecimiento, en nuestra argumentación creemos que la relación en esta etapa se da en sintonía a las dietas, pero desde una perspectiva que integra lo ya dicho, asumiendo que si lo social crea

una norma y la dieta sirve como trampolín para que el cuerpo se transforme, hay un momento en el cual podríamos llegar a considerar la adicción en la mente del sujeto. Si consideramos que la etapa adolescente genera cambios y angustia, es decir todo un malestar psíquico y está caracterizado por el no poder manejar cargas de carácter intolerables, aquí yacería una primera condición para ver la adicción como una de las fuentes de la anorexia y estaría en relación con la histeria dado su carácter formador como un evento traumático desde el cual se comercia entre la posición subversiva de la histérica y una posible queja de la actualidad.

Pero dado que este planteamiento ya de por si plantearía todo un nuevo horizonte teórico consideramos que nuestra posición se debe mantener en nuestras dos líneas tratadas hasta ahora.

Con lo anterior ya dicho y en algunas de las aproximaciones que hemos podido realizar entre histeria y anorexia, es necesario plantear un hecho crucial para conseguir nuestro propósito. Si en la época de Freud el “amo” de la histérica era el médico, la ciencia, la moral sexual y la religión nuestra pregunta sería ¿quién

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es el “amo” en la histeria actual?, ¿a quién pone en cuestión la histérica?, a quien cuestiona la anoréxica? Si tomamos esta concepción necesaria para inscribir a la histeria en correlación a la anorexia, se percibe un vacío, pero esto mismo podría representar una respuesta; si

presenciamos que nuestra

contemporaneidad plantea un vacío en muchos aspectos afrontados por todos los sujetos, en la mujer debido a los cambios sociales como la liberación femenina, la igualdad en la posición social, la libertad sexual de nuestra época y tantas otras circunstancias que entre otros efectos han producido la radical transformación de la figura paterna que ha dejado un vació que ya no llenará este de ninguna forma, pero que ha producido que la madre, entre a funcionar como reproche y rival. Dada la cuestión que se plantea, cabe revisar algunas cuestiones y esto solo podría presentarse como una hipótesis en busca de resolver el vacío que se nos presenta.

Por tanto aunque en la actualidad no hay un “amo” al cual la histérica pueda dar su queja y a su vez este trate de normalizar a esta mujer subversiva, la anorexia es un recurso, un síntoma visible de una queja no respondida, sin que aún alguna instancia intente solucionarla al igual que

cualquier virus o exorcismo halla una

“lógica” a esa representación. Si bien creemos que los acercamientos aquí expuestos lindan más con la representación de la anorexia como síntoma histérico, cabe destacar que esta histeria no es la misma en Freud y que cambios sociales y teóricos han supuesto transformaciones importantes frente a esta conceptualización, por último es necesario repensar si realmente dentro de la figuración de la relación esclavo/amo de la histeria la transformación tanto del primero llevo al cambio del segundo como lo planteamos más arriba o si esta figura entra a representarla la cultura o es en si el mismo vacío. Y una pregunta final que nos hacemos, ¿el amo de la anoréxica es el mercado desbordado, abstracto, virtual y por lo tanto imaginario de la sociedad de consumo característico de finales del siglo XX, como lo fue para la histérica la figura represiva, real y simbólica del patriarca de finales del siglo XIX?

Conclusiones.

Según todo lo expuesto hasta ahora y lo indagado sobre anorexia e histeria, debemos reconocer que para nuestra

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investigación la anorexia se reviste como un síntoma histérico actual, claramente no podemos asumir que esta es una fiel representación de la histeria, pero si encontramos que conceptualmente tienen muchas cosas en común.

Así pues, aunque nuestras conclusiones buscaban encontrar una relación, debemos replantear todo un esquema y comenzar a repensarnos el porqué de la desaparición de la histeria de los manuales de enfermedades mentales en nuestro tiempo, lo cual creemos que puede deberse al fuerte posicionamiento de la psiquiatría en nuestra época, que de un modo inquisidor encuentra en lo subversivo un escollo y pretende difuminar una patología inaccesible para estos pero argumentable desde otras percepciones.

Por otro lado cabe indagar acerca de los tratamientos en ambas patologías, donde al final de cada cura lo que media es la palabra y el encuentro del enfermo consigo mismo y todas las represiones que guarda y lo empujan a su modo de queja.

Finalmente relacionar ambas patologías resulta complejo y a su vez encontrará detractores con argumentos tan fuertes

como osados, si es o no una dieta, un desajuste en lo pre-edípico o un acontecimiento de lo social. Cabe destacar que este documento resalta tantas relaciones entre una y otra que se podría hacer lo mismo con otras enfermedades y preguntarse ¿es realmente necesario tal subdivisión de patologías y cuál sería su finalidad? La respuesta a esto desde nuestra posición es que la histeria no desaparece, si no que se convierte en algo complejo de explicar, lo cual es razón suficiente para reformularla y disiparla entre otras tantas patologías con el fin de encajar en la medicina moderna. Entonces podríamos pensar que ante los intentos de explicación de la histeria hasta la fecha no fueron suficientemente claros, por lo cual se optó por derivar sus síntomas hacia otras enfermedades y la queja de quien padece la histeria sigue sonando solo en las clases, los análisis de Dora y tantas otras son piezas de museo y aquella patología ante nuestros ojos desapareció

¿o mutó? Se nos presenta así un panorama realmente interesante y es aceptar un cambio en las estructuras de esta enfermedad, dado claro está, por los cambios que ya hemos mencionado, y queda en el aire la pregunta ¿cuál sería la queja de la histérica en nuestro tiempo?

Referencias

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