EL MATADERO MUNICIPAL Y LA PLAzA DE fERIAs DE bOgOTá
1924-1934
Resignificación de espacios
y memoria urbana Biblioteca Central
Ramón Eduardo D’Luyz Nieto
Doctor en Historia énfasis en historia cultural de la Universidad Nacional de Colombia.
Magíster en Investigación Social I y Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital. Docente de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Distrital. Autor de los libros: Bogotá, más que pesado, metal con historia (2009), Historia, memoria y jóvenes en Bogotá (2011), El rock iza su bandera en Colombia (2004), Historia, juventudes y política (2013). Coautor del libro Mundos y narrativas juveniles (2008). Director del grupo de Investigación observatorio de niños y jóvenes de la Universidad Distrital.
CARLOs ARTURO REINA RODRÍgUEz
[ ]
RectoR
Inocencio Bahamón Calderón ViceRRectoR AcAdémico
Borys Rafael Bustamante Bohórquez Sección BiBliotecA
Enith Mireya Zarate Peña inVeStigAdoR PRinciPAl Carlos Arturo Reina inVeStigAdoReS
Concepción Ferro Luis Alí Ortiz
Claudia Fernanda Villalba
PRePARAción editoRiAl Editorial UD
diRección
Rubén Eliécer Carvajalino cooRdinAcióneditoRiAl
María Elvira Mejía coRRecciónde eStilo José Luis Guevara diSeñoy diAgRAmAción
Cristina Castañeda Pedraza iluStRAciónde PoRtAdA
Trabajo mutuo, por Jimmy Ramírez
Composición de la obra de
J. D. Rodríguez imPReSión
Kencer impresores
Reina Rodríguez, Carlos Arturo
El matadero municipal y la plaza de ferias de Bogotá 1924-1934 : resignificiones de es- pacios y memoria urbana. Biblioteca Central Ramón Eduardo D’Luis Nieto / Carlos Arturo Reina Rodríguez. -- Bogotá : Universidad Distrital Francisco José de Caldas, 2013.
195 p. : il., fotos ; 24 x 24 cm.
Incluye bibliografía.
IsbN 978-958-8832-24-1
1. Matadero Distrital (Bogotá, Colombia) - Historia - 1924-1934
2. Plaza de Ferias : (Bogotá) - Historia - 1924-1934 3. Biblioteca Central Ramón Eduardo D´Luis Nieto 4. Mataderos - Historia - Bogotá (Colombia) 5. Plazas de ferias ganaderas - Historia - Bogotá (Colombia) 6. Planificación urbana - Bogotá (Colombia) I. Tít.
664.9029 cd 21 ed.
A1429701
CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango
Publicación Conmemorativa de interés general. La reproducción parcial o total en cualquier formato o medio; del presente libro, con fines comerciales, no está permitida. La presente edición es de caracter gratuito. La reproducción fotográfica y el grabado que ilustran el libro, como el contenido textual se ciñen a la ley
CONTENIDO
Prólogo 13
Agradecimientos 29
Introducción 35
Parte I
HISTORIA, MEMORIA Y ESPACIOS URBANOS 43
La memoria y la historia cultural. Aproximaciones metodológicas La historia cultural y los espacios urbanos
La ciudad como texto
El proceso “civilizatorio” en Bogotá en la década de los años 20
Parte II
MEMORIA, MATADEROS Y PLAZAS. EL MATADERO 105
MUNICIPAL EN BOGOTÁ:
UNA HISTORIA DEL OLVIDO A LA RESIGNIFICACIóN DEL EsPACIO EN LA MEMORIA
El sentido de las plazas y los mataderos Los mataderos municipales en Bogotá El terreno de Paiba
La estación del tranvía de Paiba La aduanilla de Paiba
El Matadero Municipal de Bogotá La Plaza de Ferias
La administración del Matadero y la Plaza de Ferias
¿Por qué recuperar la memoria de un lugar? ¿Por qué una biblioteca?
Bibliografía 175
Anexos 183
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Fuente: colección general del señor Gumersindo Cuéllar, derechos de autor autorizados por Adriana Cuéllar, Biblioteca Luis Ángel Arango.
F orma de manipular la venta de carne
PRóLOGO
M emorias en sepia
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Si hay un mundo que pareciera tener por color ontológico el sepia este es el que discurre entre los años veinte y cincuenta del siglo pasado. Obvio que no fue este el color del mundo para quienes vivieron entonces, que quizá lo recuerdan en distintas gamas y tonos. Obvio también que no era este el único color que tenía la fotografía para representar al mundo: las técnicas fotográficas se habían hecho desde décadas atrás a la tricromía y a la placa de colodión pasada por anilina, pero el revelado en color era entonces un procedimiento cuasi científico, de laboratorio, que todavía debía aprender de las formas primitivas de la pintura, que fue el arte con el cual la humanidad se dio la potestad de replicar los colores. Aunque para finales de los años treinta surgieron las primeras técnicas de fotografía en color para uso masivo, ellas solo se popularizaron hasta los años sesenta. Por esto, buena parte del mundo fotografiado hasta el meridiano del siglo permaneció en grises como de daguerrotipo, en blancos y negros como de cámara vieja. Luego, cuando aparecieron los colores a plenitud, grises, blancos y negros fueron confinados a los destinos más disímiles: a las fotografías de los documentos de identidad, donde la ausencia de color vaciaría cualquiera de las diversidades que para ciertos estados tensionarían la condición ciudadana;
también fueron confinados a los mosaicos de grado, donde los grises parecieran efluvios de la materia pensante de los recién graduados. Grises, blancos y negros son muy de las fotografías artísticas, que toman a las sombras por arcilla, es decir,
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por materia prima y por obstáculo para convertir una imagen mecánica en una obra de arte singular, un asunto que demanda un talento, una virtud, que es de cualquier manera un último acto de soberanía del ser humano sobre una máquina que con su tecnología se muestra cada vez más autárquica, cada vez más masiva.
Los colores que antaño recubrieron nuestra ciudad parecieran sobrevivir apertrechados hoy en día en algunos de los edificios que fueron construidos en medio de las esporádicas bonanzas económicas sucedidas entre los años veinte y cincuenta. En los años veinte la bonanza corrió por cuenta de diferentes factores, entre ellos una revitalización del crédito que le permitió al municipio la contratación de distintas obras públicas con la célebre Casa Ulen, que no Nule como la de ahora
—aunque no sobra recordar, sin pretender hacer una comparación descomedida, que así como la Casa Nule dejó en ruinas por años a la avenida Eldorado, la Ulen dejó durante largos meses reducida a trocha mal habida a la entonces avenida de La República, nuestra carrera séptima, todo porque no previó de manera debida el número de rieles indispensables para renovar el trazado del tranvía— Dos de las obras emblemáticas de esta coyuntura fueron el Acueducto de Vitelma y el Matadero Municipal de Paiba, las cuales fueron proyectadas y emprendidas desde los años veinte, dentro de la vieja preocupación por higienizar una ciudad que carecía de un buen acueducto, de medios eficientes para recoger las basuras, de un manejo idóneo de los víveres, en especial de las legumbres, las carnes y
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la leche, y que además tenía, como hasta hoy, un abrumador déficit de viviendas, sobre todo para las clases pobres.
El impacto de estas obras fue determinante. Lo común en nuestros tiempos es señalar que el carácter determinante de estas obras procede de que estaban inscritas en un discurso de la higienización que pretendía galvanizar con una filantropía con presunciones de ciencia lo que solo eran viejas ideologías racistas de las lites bogotanas. También que la higienización apuntó a la moralización y la normalización de los pobres de la ciudad. O que la higienización introdujo unos dispositivos orientados a procurarle unos cuerpos dóciles al naciente capitalismo urbano. Con todo esto se puede estar de acuerdo, eso sí, mirando situación por situación, caso a caso: las economías del poder en nuestro país y en la ciudad, entonces como ahora, no han pretendido para sí la eficacia simbólica que puede demandar máxima obediencia con mínima resistencia, como se supone sucede cuando los regímenes logran su naturalización por intermedio, por ejemplo, de la universalización de la escuela. Por el contrario, en vista de las contradicciones protuberantes sobre las cuales se fundan estas economías en nuestro medio, que las hacen tan evidentes, es decir, tan poco naturalizadas o naturalizables, lo corriente es el uso redundante de la orden perentoria, la mano siempre a la fusta y la amenaza de fuete y, sobre todo, la violencia más descarnada, el asesinato del otro. Para ser sinceros, entre los años veinte y cincuenta los esfuerzos por
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moralizar a las gentes pobres fueron menos consistentes que los esfuerzos por deshacerse de ellas, por sacarlas a los extramuros, por no verlas más: eso fue evidente en los debates sobre la vivienda obrera y las mejoras públicas en los años veinte, cuando fueron recurrentes los llamados a desalojar a la gente del Paseo Bolívar; también lo fue en los incipientes programas de city planning y en el plan de obras para el IV Centenario a comienzos de los años treinta, que implicaron el arrasamiento de cinturones pobres en predios como el río Arzobispo y el trazado del Ferrocarril del Norte, donde hoy se encuentran el Parque Nacional y la avenida Caracas; también fue evidente en los primeros programas de renovación urbana acometidos en los años treinta y cuarenta en sectores como el circo de Toros, que llevaron a la demolición de los barrios obreros que estaban alrededor de la plaza de Los Libertadores frente a Bavaria; fue evidente también en el plan de obras para la IX Conferencia a mediados de los años cuarenta, que implicó proseguir los desalojos en el Paseo Bolívar, en la avenida Caracas y en los alrededores de San Diego.
Por esto, guardando proporción en todo cuanto pueda ser dicho para que la Bogotá de los años veinte no sea una simple réplica tardía de la París de Haussmann, se puede señalar que el impacto de un acueducto o de un matadero fue determinante también por otras razones, quizá bastante más elementales.
El acueducto concluido en los años treinta fue determinante porque mucha
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gente, no toda, tuvo por primera vez acceso a agua tratada, porque se bajaron las terroríficas diarreas que eran corrientes entre todos los que vivían en la ciudad, porque en consecuencia disminuyeron las epidemias y las muertes, porque se pudieron redefinir los espacios de las casas introduciendo sanitarios modernos, porque se pudo prescindir de las heces en los solares o en los pozos sépticos donde eran causantes de distintos males; inclusive, con lo poco o muy importante que sea, Vitelma permitió que los bogotanos se acostumbraron al baño. Que la gente no se muera por el agua que consume es de una importancia inusitada, aunque ello parezca nimio frente a todo lo que se ha dicho sobre la higienización y el control social. El matadero una vez puesto al servicio fue determinante porque se mejoró el tratamiento de las carnes que era calamitoso, porque se impusieron regulaciones en pesos y medidas para su venta, porque se establecieron controles de precios. Puede que el hueso poroso o el hueso carnudo no parezcan un asunto trascendente, pero habría que recordar lo que se conocen como bienes convulsivos, esos que cuando faltan, que cuando se escatiman o que cuando se encarecen encienden auténticas revoluciones. Entre muchos de los bienes convulsivos que pueden ser citados hay tres muy importantes: el pan, la manteca y la carne. Valga recordar que durante décadas en nuestro país, los gobiernos tuvieron especial cuidado con el costo de la carne, un indicador inmediato del siempre preocupante costo de vida.
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Entre los archivos hay registros fotográficos de los primeros tiempos de Vitelma y de Paiba, más del primero que del segundo. Del Matadero Municipal, levantado sobre la avenida Colón cerca al camino de montes, hay varias fotografías del maestro Gumersindo Cuéllar Jiménez. En unas aparece la edificación en la distancia, nunca del todo solitaria, en un gris tan plomizo como el cielo bogotano, aun cuando parece ser un día bastante soleado. En otras fotografías discurre la vida cotidiana, las reses colgadas, el trabajador izando las ancas del animal, las gentes rodeando al matarife con aire de sorna o de guachafita. Sí, en esas fotografías hay hombres que sin dejar de hacer lo que hacían cada día, dejaron un gesto a la posteridad que resulta suficiente no solo para hacer manifiesto un momento de la existencia que resulta irrepetible, las faenas de un matadero a mediados de siglo en Bogotá, sino también para garantizarle al registro fotográfico que capta ese momento la condición de testimonio, una huella de autenticidad, un rescoldo último de lo que Benjamin denominó el aura. Decía Benjamin: “En la expresión fugaz de un rostro humano en las fotografías más antiguas destella el aura por última vez. Y eso es lo que constituye la melancólica y a nada comparable belleza de aquellas”. Una fotografía en particular resulta llamativa: un hombre que alza el cuarto trasero de una res, un niño con mirada perdida, un hom- bre elegante de sombrero, el corrillo en bata que seguro desposta la res y la gente de ruana que quizá compra o vende el sacrificio: una instantánea de las faenas de
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un edificio que fue concebido lejos de pretensión distinta que la de ser útil para el sacrificio de reses.
A comienzos de los años treinta coincidieron en la ciudad una recuperación económica sostenida y unas nuevas medidas de intervención urbana auspiciadas por los gobiernos municipales del régimen liberal. Las contradicciones de la sociedad urbana se mantuvieron, incluso aumentaron en intensidad, aunque el régimen pretendió morigerarlas. El municipio fue gestando o consolidando una institucionalidad pública para responder a diferentes demandas sociales, aunque ella operó más con una vocación caritativa o benefactora que como el resultado de auténticas políticas públicas de talante moderno. De este modo se extendió un tejido asistencial representado en gotas de leche, jardines infantiles, guarderías, escuelas, restaurantes escolares, cooperativas de consumo, sanatorios; inclusive se llegó a establecer una agencia funeraria pública por medio de la cual el municipio garantizaba los cajones para los menesterosos. Se destacan en medio de este panorama las inversiones que realizara el municipio para dotar a la ciudad de edificios escolares, como el famoso complejo escolar que se emplazara en el barrio Alfonso López y que, pese a todo, sobrevive aún. Sobrevive en sepia. A la par con este tejido asistencial orientado ante todo a las gentes trabajadoras y pobres se fue levantando un conjunto urbanístico más pensado para las burguesías en ascenso, que capitalizaron en sus barrios residenciales buena parte
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de las grandes inversiones públicas de entonces. Así, en los años treinta y cuarenta, como en otros momentos, se puso de manifiesto la contradicción estructural de la ciudad: un Estado que interviene de manera decidida en el diseño urbano favoreciendo ante todo la acumulación de las burguesías capitalinas, mientras palia apenas con asistencialismo la tragedia de los más pobres. Lo lamentable es que cuando quiere revertir este modelo solo encuentra a la mano la demagogia y el populismo, que no cambian en nada los términos de la relación.
A mediados de los años cuarenta el clima político era crispado, tanto más con el retorno de los conservadores al poder. El Concejo de Bogotá para el año 1947 tenía en sus curules a Jorge Eliécer Gaitán, a Darío Echandía, a Antonio García, a Darío Samper, a Miguel Lleras, a Luis Tamayo y a Guillermo León Valencia, entre otros. Fue este Concejo el que aprobó el Acuerdo 10 del 5 de febrero de 1948, por medio del cual se creó el Colegio Municipal de Bogotá: “un colegio de enseñanza secundaria y gratuita para varones”, “que se organizará como externado e impartirá enseñanza según los planes oficiales”, “no establecerá discriminación por razón de filiación, credo religioso o partido político” y cuyos estudiantes serán seleccionados “por riguroso concurso entre los aspirantes de familias reconocidamente pobres, que poseyendo capacidades intelectuales adecuadas, comprueben carecer de recursos económicos para costearse su educación”. Tras los hechos trágicos del 9 de abril de ese año, el Concejo aprobó el Acuerdo 51
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del 7 de julio de 1948, por medio del cual se designó a la nueva institución como Colegio Municipal Jorge Eliécer Gaitán, “en memoria de quien tan hondamente se preocupó por la educación del pueblo”, y creó “el Departamento Politécnico del mencionado Colegio Municipal, destinado a la organización de carreras técnicas de corta duración, para quienes tengan el grado de preparación y reúnan los requisitos que establezca el Consejo Directivo...” Dos años más tarde, por medio de acta pública del 6 de agosto de 1950, el presidente de la República, el gobernador de Cundinamarca, el arzobispo de Bogotá y el rector del Colegio Municipal organizaron el Departamento Politécnico como universidad para carreras de corta duración, la cual obtuvo reconocimiento jurídico del Ministerio de Justicia por medio de la Resolución 139 del 15 de diciembre de 1950 bajo el nombre de Universidad Municipal de Bogotá Francisco José de Caldas.
Se puede afirmar que entre los años veinte y cincuenta irrumpió una institucionalidad pública que, expuesta a la contradicción estructural entre las formas de acumulación urbana y el alcance de los derechos ciudadanos, fue de cualquier manera indispensable para garantizar unas mínimas inclusiones en la capital de un país donde campeaban feudos pringados en violencia. En los extremos de esta institucionalización estuvieron un matadero de los años veinte y una universidad de los años cincuenta, cuyos destinos posteriores fueron inseparables de la contradicción estructural que estuvo en sus orígenes: desprovistos de las
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condiciones para cumplir sus cometidos sociales y por lo mismo insuficientes para las demandas de una ciudad masificada a la fuerza. Siendo tan diferentes, hubo una coyuntura en la cual una institución supo de la otra. A finales de los años cuarenta, en medio de un momento de movilización laboral en el país y en la ciudad, los trabajadores municipales amenazaron entrar en huelga para reclamar mejores condiciones y garantías. Producto de la negociación entre el municipio y los trabajadores, el Concejo aprobó el Acuerdo 27 del 22 de junio de 1949, que en su artículo quinto rezaba: “El municipio concederá hasta nueve becas en la Escuela Industrial o en el Departamento Politécnico del Colegio Municipal
“Jorge Eliécer Gaitán”, para obreros del matadero, de las obras públicas y del aseo, a razón de una beca por cada 150 trabajadores. Los becados recibirán sus salarios y prestaciones sociales durante los meses que asistan a las clases, previa presentación ante el personero municipal de los certificados que acrediten la asistencia a los cursos y la aprobación de estos para continuar disfrutando de la beca… Los sindicatos enviarán, dentro de los dos primeros meses de cada año, listas que contengan un número de nombres triple del de las becas que se vayan a proveer, para que el Alcalde escoja los favorecidos con cada beca”. Del futuro del acuerdo no se supo más.
Con el paso del tiempo, las instituciones fueron cambiando, en algunos casos languideciendo, inclusive fueron desterradas de la memoria. Por su naturaleza,
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incluso por su manufactura, el Matadero Municipal no tenía el garbo de otros edificios emblemáticos de la ciudad, tan solemnes, tan propicios para ser enaltecidos como patrimonio. Por ejemplo, en el álbum que imprimiera la Sociedad de Mejoras y Ornato para conmemorar el IV centenario de fundación de la ciudad en 1938, no aparecen plazas de mercado, ni ferias, ni mataderos. Por sus páginas solo desfilan fotografías de iglesias y palacios de gobierno, de escuelas y universidades, de parques y bibliotecas, todos ellos ausentes de gente: no son fotografías que aspiran al valor de culto, ese que solo es posible en las imágenes con rostros, que son las que guarecen lo que queda del aura; por el contrario, son fotografías que aspiran al valor de exposición, que se consigue con las calles y los edificios vacíos, cual si fueran auténticos lugares del crimen, como dijera Benjamin a propósito de la obra de Eugène Atget. Para la mentalidad de las burguesías capitalinas en los años treinta, pero también en los cuarenta, los lugares con gente, en la febrilidad de sus funciones, pareciera faltar a la dignidad de lo reproducible.
Hacerse a los lugares con gente, con miradas que increpan desde lo profundo de otro tiempo, que es como un más allá, es parte de la genialidad de los viejos fotógrafos bogotanos.
Con el paso de los años el Matadero Distrital cada vez más repleto, cada vez más socavado: la absurda paradoja de la institucionalidad pública, que cuanto más responde a las demandas, es decir, cuanto más cumple sus funciones sociales,
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tanto más se deteriora en su capacidad de respuesta y tanto más expuesta queda a su liquidación de la mano de los gobiernos privatizadores. Obvio, todo hay que decirlo, a este deterioro hay que sumarle la conocida corrupción de la Empresa Distrital de Servicios, la vieja EDIS, que en una muestra increíble de paquidermia fue incapaz de mejorar las condiciones del edificio, lo que llevó a un primer cierre de las instalaciones en 1978. Aún así, todo parecía resolverse en 1982, cuando el matadero abrió de nuevo sus puertas asegurándose una prórroga de existencia que, no obstante, fue apenas breve. La incapacidad del matadero, la rapacidad sobre lo público y el ánimo privatizador de los gobiernos distritales de entonces llevaron a cerrar las instalaciones en 1993 y a clausurarlas de manera definitiva con la liquidación de la EDIS. El matadero se fue quedando sin gente, vacío, arruinado, como un lugar del crimen. La muerte del sepia. De cuando en cuando se supo algo de él, como cuando fue utilizado para conducir a los desarraigados por los programas de renovación urbana del centro de la ciudad.
También se supo del matadero hace poco, cuando la Universidad Distrital Francisco José de Caldas adquirió los predios para su proyecto de ampliación de infraestructura. Se nos vinieron encima tirios y troyanos señalando a la universidad de torpedear las negociaciones entre el Ministerio de Cultura y el Colegio Mayor de Cundinamarca, que le permitirían al primero hacerse a los predios del segundo para la ampliación del Museo Nacional, entregando a cambio los predios del
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matadero. Columnistas de izquierda y de derecha se fueron lanza en ristre contra la universidad, casi que alegando la primacía del derecho a la cultura por encima del derecho a la educación, expresión, quién lo duda, de esas posiciones de clase para las cuales la cultura no pasa por la escuela, todo porque lo cultural se asume como capital incorporado casi que por los secretos de la herencia, siendo así tan de la naturaleza de los individuos como el apellido mismo. La miopía de estos críticos no les permitió ver que su invocación altruista del derecho a la cultura no fue sino el desconocimiento de que en una sociedad cualquiera, pero tanto más en una como esta, no hay derecho a la cultura que no pase, de manera casi que obligada, por la escuela –con todo lo que ello pueda implicar–. De hecho, los argumentos altruistas que utilizaron, por saludables o caballerosos que fueran con la cultura, no dejaron de parecerse a los que esgrimieran décadas atrás las burguesías capitalinas para definir los predios en los cuales se realizarían las obras del Parque Nacional y para justificar la expulsión de las gentes pobres al sur de la ciudad. Obvio que estas contradicciones estructurales no hacen parte todavía de la historia que narra el Museo Nacional.
Vitelma y Paiba, nacidos de una misma coyuntura, fueron encaminados a constituirse en escenarios para la cultura: el primero como museo, el segundo como biblioteca. El desafío de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas para con Paiba es de una inmensa magnitud: siendo de las escasas instituciones que
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sobreviven a ese mundo en sepias, que pese a todas las críticas fue el precursor de una ciudad que hasta hoy demanda derechos, resulta indispensable que la universidad garantice para este lugar rostros, gentes, presencias. La aduanilla vacía puede ser uno de nuestros más grandes fracasos como institución: haría evidente nuestra insolvencia para vincular la educación y la cultura, esa correlación de derechos que debe guarecer cualquier institución democrática, incluso en contra de las posiciones dominantes en el espacio social urbano. Por esto, si para algo necesitamos la memoria en esta oportunidad no es tanto para recordar una historia fría sucedida hace ya bastantes décadas, sino para advertirnos de que somos herederos de una época en la que se consideró que las gentes tenían derechos, que estos derechos demandaban materialidades, que estos derechos dignificaban. Esta lección profunda es la que se encuentra en este maravilloso libro de mi amigo Carlos Reina, como pocos tan perspicaz para reunir los trechos entre un viejo matadero y una vieja, sí, una vieja universidad como lo es, luego de tantos años, la Distrital Francisco José de Caldas.
ADRIáN sERNA DIMAs Antropólogo y Mg en Sociología. U. Nacional de Colombia.
Profesor Universidad Distrital Bogotá, D.C.
septiembre de 2013
A gradecimientos
Al doctor Inocencio Bahamón Calderón, rector de la Universidad Distrital.
Al doctor Borys Rafael Bustamante Bohórquez, vicerrector Académico de la Universidad Distrital.
A la doctora Enith Mireya Peña, jefe de la Sección de biblioteca de la Universidad Distrital.
Al maestro Favio Rincón, profesor de la facultad de Artes de la Universidad Distrital, por el aporte fotográfico registrado en el libro.
Al maestro Jimmy Ramírez, por la elaboración de un intaglio en papel fabriano, tomando como modelo el grabado en piedra del Maestro José Domingo Rodríguez.
A la señorita Adriana Cuéllar, heredera de los derechos de autor de la Colección general del señor Gumercindo Cuéllar Jiménez, por la autorización para el registro fotográfico para ilustrar el libro.
A la Biblioteca Luis Ángel Arango.
Al Museo Nacional.
Al Archivo de Bogotá.
A la biblioteca de la Biblioteca de la Universidad Nacional de Colombia.
A la Unidad Administrativa de Servicios Públicos (UASP).
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A gradecimientos del autor
Al equipo de trabajo e investigación formado por Claudia Fernanda Villalba Castro, Luis Alí Ortiz Martínez, Concepción Ferro, así como a la doctora Enith Mireya Peña, Jefe de Biblioteca, por el apoyo y la invitación para formar parte de este proyecto. Al doctor en Historia Orlando Villanueva Martínez, por sus comentarios, críticas y recomendaciones; al candidato a doctor en Historia José Joaquín Pinto por la ayuda documental, en particular la correspondiente al siglo XIX; a los doctores en Historia Pablo Rodríguez y César Ayala, por el aporte conceptual que marcan el camino para la construcción de este documento; al profesor Adrián Serna y su aporte en el prólogo de este documento, al decano de la Facultad de Ingeniería Octavio Salcedo y en general a la comunidad de la Universidad Distrital. Por último, a mi familia, el gran apoyo de todo mi trabajo investigativo, Carlos David, Zuly Carolina, Luisa Fernanda y Gabriela.
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Fuente: colección general del señor Gumersindo Cuéllar, derechos de autor autorizados por Adriana Cuéllar, Biblioteca Luis Ángel Arango.
Z ona industrial
E
n realidad no existen para la historia los tiempos pasado y futuro. Son presentes sucesivos, eso ya está dicho con suficiencia teórica. Lo advierte uno mejor en la historia política. Creo que la conciencia cristiana afectó la concepción del tiempo. Sus postulados nos hacen infelices porque hace que la gente viva entre el pasado y el futuro ignorando el presente. El historiador estudia presentes. El buen historiador es aquel que advierte en su propio presente el sabor y el olor de un cocinado que llamarán historia.CÉSAR AYALA DIAGO. DOCTOR EN HISTORIA.
Profesor Universidad Nacional de Colombia, 2013
INTRODUCCIóN
E
ste trabajo nació gracias al interés despertado por la directora del Sistema de Bibliotecas de la Universidad Distrital, Dra. Enith Mireya Zárate Peña, así como por el equipo de esa dependencia formado por Claudia Fernanda Villalba Castro, Concepción Ferro y Luis Ali y Ortiz Martínez, así como por el apoyo de la Vicerrectoría Académica en cabeza del Dr.Borys Bustamante Bohórquez.
La Universidad Distrital se inscribe en un proceso derivado de su lucha constante por el devenir histórico y la recuperación de la memoria, que mediante espacios como los del Ipazud Instituto de Pedagogía, la Paz y el Conflicto Urbano han logrado hacer presencia en la ciudad.
Esas luchas han estado marcadas por varios momentos. El primero, el de la historia de la institución nacida en una coyuntura particular de la vida bogotana a finales de la década de los años cuarenta, tiempo en el que se redefinió el desarrollo de la ciudad a partir de la reconstrucción de la ciudad después de los hechos del 9 de abril de 1948. La segunda, referida a la misión institucional de hacer presencia en el distrito capital, de contribuir al desarrollo de la ciudad y de permitir el acceso a todos sus habitantes al alma máter. Se trata de la universidad en la ciudad, y la ciudad en la universidad.
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Precisamente es la ciudad la que inspira este trabajo. Afirma Saldarriaga (2008) que las ciudades se construyen y se reconstruyen a diario en forma de espacios urbanos y edificaciones, convirtiéndose en cúmulo de fragmentos de tiempos distintos y de cada uno de ellos “Su memoria construida se forma con aquello que queda bien sea como permanencia, bien sea como huella e incluso como recuerdo”
(p.111).
Con la construcción de la Biblioteca Ramón Eduardo D`Luys, en los predios del antiguo Matadero Municipal, ubicado en la calle 13 con carrera 32, la Universidad Distrital dio inicio a un proceso mediante el cual reconoce el sentido histórico de esta edificación, a partir de su restauración y la presenta como un espacio renovado que se asume como la punta de lanza para la transformación del entorno de ese sector de la ciudad.
Además de la renovación arquitectónica, está la posibilidad de generar procesos de transformación social y cultural de la ciudad. Se trató de un intercambio mediado por el interés de desarrollar la zona de su ubicación. Es un proceso en el cual la ciudad le entregó a la universidad las ruinas de una edificación que estaba condenada al olvido, que fue usada para las actividades de degüello de animales, que fue símbolo del proceso de modernización de una ciudad que estaba aquejada por los problemas de sanidad, desde finales del siglo XIX y que se presentó como una solución para estos.
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Con el crecimiento de la ciudad, el Matadero Municipal y la Plaza de Ferias fueran absorbidos por el avance del proceso de urbanización, el mismo que llevó a que su papel de regulador de las actividades cárnicas fuera quedando en el olvido.
De los tiempos en que presidentes y embajadores la visitaron quedaron pocos referentes. Sobrevivieron, la chimenea, los cuartos fríos y blancos, manchados por el uso y el abuso de las actividades de esta industria, hasta que, moribundo, fue usado para distintas actividades, hasta casi su demolición. Es en ese momento en que la ciudad le entrega el lugar a la Universidad Distrital, la cual entiende y reconoce el valor histórico del lugar, y decide no solo mantener la estructura básica de la edificación, sino también realizar una transformación que llevó a que el lugar pasara a tener un nuevo uso, una nueva actividad, esta vez, la que la academia puede aportar a la construcción de la memoria y la cultura de un pueblo. Así, mientras la ciudad le entregó a la universidad las ruinas del antiguo Matadero Municipal, esta le entrega a la ciudad un espacio renovado, resignificado y transformado en un centro cultural articulado por medio del sistema de Biblio- tecas de la Universidad Distrital.
O bjeto y metodología de este trabajo
Este libro tiene varios objetivos. En primer lugar, se busca una aproximación a una lectura multidisciplinar desde la historia cultural, pero observando parámetros
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amplios que cruzan senderos en los cuales se busca encontrar, por medio de fuentes primarias y segundarias, explicaciones que den cuenta de la memoria y que posibiliten la aproximación a otros núcleos de interpretación con el apoyo en los estudios de la memoria de los lugares.
No se trata de la construcción de la historia del matadero, de su perspectiva arquitectónica o de su cronología en la ciudad, sino, más bien, este estudio corresponde al trazado de una ruta, donde el Matadero Municipal y la Plaza de Ferias se debaten en función de la memoria de la ciudad, de su entorno, los previos y posteriores a la construcción de este complejo. Es una excusa para construir una narrativa que se involucra con el pasado, como una complementariedad a otros estudios que sobre historia urbana se han realizado y como propuesta para el desarrollo de investigaciones más profundas.
Por esta razón, el lector se va a encontrar en la primera parte con una aproximación teórica al ejercicio investigativo relacionado con el tema de la memoria, pero también con la historia cultural. Con esto se pretende dejar en claro, por medio de la relación con documentos primarios, las formas metodológicas como se pueden involucrar los estudios históricos respecto a lugares y personas en un contexto particular. Al mismo tiempo se realza el ejercicio del uso de material primario apoyado en crónicas, cuadros de costumbres, relatos de informes oficiales y crónicas urbanas en periódicos y revistas.
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En la segunda parte, el lector se encuentra con un hilo conductor referido a las plazas, las condiciones de higiene de la ciudad y la descripción desde las fuentes primarias de la década de los años veinte de la ciudad, complementada con datos estadísticos. En conjunto, se recurren a datos económicos de estudios previos, así como a la revisión de tesis relacionadas con el urbanismo, para brindar mayores elementos de análisis y de comprensión en el reconocimiento de la importancia de resignificar un lugar y, con ello, la memoria de quienes vivieron en los años veinte en su correspondiente entorno simbólico. Por otro lado, se trata de un primer trabajo en este sentido y como tal es un primer ejercicio de investigación.
Para este trabajo sobre plazas, mercados y bibliotecas se tomó la perspectiva de la segmentaridad propuesta por Deleuze y Guattari, en la cual se resaltan tres aspectos. El primero tiene que ver con la llamada segmentaridad lineal, que representa los episodios o los procesos de las trayectorias de vida y, en este sentido, quizá se pueda concebir como la historia por excelencia —cuando menos desde el punto de vista del sujeto individual y grupal como la presente en el proceso escolar, o alguna actividad laboral o en una relación de pareja—. En este caso hablamos de la cotidianidad y desarrollo de la vida alrededor del mercado, de las plazas y las bibliotecas, así como de sus significaciones.
En segundo lugar, la segmentaridad circular se refiere a los círculos o discos que se van ampliando respecto al sujeto y que se pueden esquematizar en los entornos personales (familia, amigos, escuela, etc.; los entornos regionales, pueblo,
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ciudad, país, etc.) y los globales (medios masivos de difusión y comunicación). En este caso nos referimos a la relación mercados, plazas, bibliotecas y las esferas políticas: Concejo Municipal, Secretaría de Hacienda, Congreso de la República, presidente.
Por último, la segmentaridad binaria plantea siempre oposiciones duales como el caso de un país que incremente los niveles de instrucción, pero que al mismo tiempo ofrece menores oportunidades laborales. En este caso, la creación de mercados se plantea como forma de organización urbana y de mejora en las condiciones de higiene de la ciudad. Sin embargo, simultáneamente se convierte en un lugar que genera más desechos y foco de enfermedades. No fue posible desglosar cada una de ellas en el desarrollo del texto por lo que el esfuerzo se transmite al lector, como abrebocas de trabajos futuros.
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Fuente: colección general del señor Gumersindo Cuéllar, derechos de autor autorizados por Adriana Cuéllar, Biblioteca Luis Ángel Arango.
P anorama de Bogotá, costado norte
1 PARTE
HISTORIA, MEMORIA Y
EsPACIOs URbANOs
Fuente: colección general del señor Gumersindo Cuéllar, derechos de autor autorizados por Adriana Cuéllar, Biblioteca Luis Ángel Arango.
P anorama de Bogotá, costado suroriental
L a memoria y la historia cultural Aproximaciones metodológicas
Ya no hay necesidad de encantar el pasado. Bastante embrujado está ya el presente.
Y así, a pesar de nuestro proclamado optimismo, nos agarramos de cualquier hechizo que conjure a los espíritus del futuro.
HANNAH ARENDT
E
n el 2009, un grupo de intelectuales se reunieron, bajo la dirección del antropólogo Adrian Serna para escribir una obra que se puede catalogar como una de las primeras en enfocarse sobre la metodología para trabajar sobre el tema de la memoria en Colombia. Este libro fue titulado Memorias en crisoles: propuestas teóricas, metodológicas y estratégicas para los estudios de la memoria.De los nueve ensayos publicados en el libro, la mayoría de ellos se destaca- ron por realizar una construcción teórica hacia distintos temas, los cuales están vinculados con los conflictos nacionales. En conjunto, estas propuestas proveen de herramientas metodológicas para abordar el tema, lo cual constituyó el inició de la construcción teórica que sienta las bases para la producción de una argumentación propia, que deja de recitar a los clásicos sobre el tema. Esta es la razón por la cual el libro es importante, pues avanza en esa formulación y señala los elementos relacionados con la memoria y, en particular, a su vinculación con el espacio urbano.
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Serna y Gómez (2009) aseguran que las remembranzas de los conflictos urbanos son un lugar común para anecdotarios y eruditos, para historiadores y urbanistas, para sociólogos y antropólogos dedicados a la ciudad y a la vida urbana modernas (p. 47). En efecto, en la construcción de la memoria de un espacio, las fuentes directas inicialmente son aquellas que provienen, no solo de los documentos oficiales, sino también aquellos que han sido escritos, más como una forma de relatar las costumbres y las tradiciones de un momento histórico, que de aquellas especializadas en la descripción propiamente urbana.
[...] Por medio de remembranzas fueron entresacados de la inexistencia, los jóvenes, las mujeres y todos aquellos que, siervos otrora del mundo antiguo, encontraron en la ciudad un universo de libertos y emancipados. También por medio de remembranzas se hicieron visibles por primera vez las vísceras del arrabal, del callejón o del antro, los confines últimos de la ciudad moderna donde las contradicciones consumían existencias concretas.(Serna y Gómez, 2009, p. 48) Los espacios urbanos son reflejo de un momento, de un contexto, pero también de una forma de ver y entender el mundo que rodea a una sociedad particular:
Son composiciones apresadas en los marcos sociales de la memoria, en esas referencias compartidas por un grupo, que, cambiantes en el tiempo, signan lo
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memoriable; por otro lado, son composiciones que, producto de estos marcos sociales, llevan sobre sí unas ideas, unos juicios, que comportan unas enseñanzas socialmente circunscritas. (Halbwachs como fue citado por Serna 2007, p. 42) Pero además tienen un componente material que habla de una realidad. Una plaza de mercado puede ser considerada como un lugar construido simbólicamente, pero también tiene una estructura material; esta innegabilidad refleja la oposición binaria de lo que se es, en el mundo real, frente a las significaciones que el mundo social le ha otorgado.
Para Duby (2009) es evidente que la historia de las sociedades debe basarse en un análisis de las estructuras materiales, pues sin ese vínculo sería imposible establecer cuáles fueron las características de las relaciones humanas, sus vínculos y jerarquías, pero también la naturaleza de sus problemas y conflictos. Sin embargo, agrega Duby, es importante centrar la mirada en los fenómenos mentales, pues estos influyen tanto como los fenómenos económicos y demográficos,
porque no es en función de su verdadera condición que los hombres regulan su comportamiento, sino en función de la imagen que se hacen y que no es nunca un reflejo fiel. Se esfuerzan por conformar su proceder a modelos de comportamiento que son producto de una cultura y que en el curso de la historia se ajustan más o menos bien a las realidades materiales. (p. 67)
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Estas observaciones permiten entender cómo edificios destinados al sacrificio de animales para consumo humano, que dejan despojos orgánicos, en este caso, el Matadero Municipal de Bogotá construido en 1929, se pueden convertir en espacios destinados para otros fines, como la Biblioteca Central de la Universidad Distrital en 2013. En un mismo espacio, el territorio adquirió una connotación distinta, bajo el uso de la estructura básica de la primera edificación. Es conocido, que las ciudades crecen sobre las ruinas de su pasado, sobre las estructuras que desaparecieron o sobre los de aquellas que sobrevivieron al paso del tiempo y a los sismos sociales que las alteran. También es cierto que en el entramado de las mentalidades, las sociedades son las que optan por sepultar lo que consideran poco agradable y, en su lugar, sobre estos olvidos, construyen nuevos tejidos de recuerdos que hacen que un mismo espacio, un edificio o una plaza pueda tener diferentes significados en tiempos distintos.
Reflejo de ello fue Bogotá después del 9 de abril de 1948. Ese cambio en la estructura espacial de la ciudad obligó al conjunto social a resignificar calles, edificios, lugares de encuentro, sentidos de ubicación y percepciones de la ciudad, bajo claros perfiles políticos. Por ejemplo, una vez asesinado el líder Jorge Eliécer Gaitán, el Concejo de la ciudad denominó calles, plazas y avenidas con el nombre del mártir, incluso, el recién fundado Colegio Municipal de Varones, a la postre, Universidad Municipal de Bogotá “Francisco José de Caldas” se llamó, desde julio
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de 1948, Colegio Municipal “Jorge Eliécer Gaitán”. Con el gobierno conservador de Laureano Gómez, la mayoría de estos lugares fueron rebautizados nuevamente con nombres de políticos de ese partido.
Así que, por un lado, era claro que las formas de ubicación espacial tenían que cambiar, ser reemplazadas por otras, que, en muchos casos, implicaron levantar grandes moles de concreto y cemento como reflejo de la modernización causada por el interés de renovar lo urbano, pero también de dejar atrás, en el olvido, los hechos del 9 de abril. Por otro lado, significó otorgar un tinte político a cada obra que se construyó en adelante. Nunca antes la parcelación y urbanización de los predios tuvo tanta incidencia política como en los años posteriores a El Bogotazo. Cada gobernante quiso dejar su huella en la ciudad, refundando lugares, construyendo otros e instalando su nombre en la memoria colectiva de la población. Es así que el referente de desarrollo del general Gustavo Rojas Pinilla se materializó en las obras como la construcción de la calle 26, el aeropuerto El Dorado o Inravisión. El vacío espacial tenía que ser ocupado, así como el de la memoria, que esta vez otorgó la oportunidad para refundar lo ya fundado.
En este sentido, conviene recordar a Walter Benjamin (2005) cuando incluye estos procesos de destrucción y construcción material en relación con el concepto de cultura; según él, a pesar de que la definición incluya la suma de bienes culturales, lo cual no haya sido siempre de tal manera, esto se expresa
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E stación del ferrocarril. Calle 13
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en la forma como el clero “en la Alta Edad Media emprendió una guerra de exterminio contra los testimonios de la Antigüedad” (p. 470), expresión que se extendió en la conquista de América. Al parecer, la destrucción de cientos de edificios, que vistos a la luz de las fotografías pueden ser considerados como una pérdida irreparable del patrimonio cultural de la ciudad, obedeció a la necesidad de la modernización que aprovechó el caos de El Bogotazo para la construcción de nuevas edificaciones. Pero también representa la expresión de la mentalidad de una sociedad que, bajo la tutela de un gobierno conservador, amparado en una Iglesia anquilosada en siglos pasados, optó y quizás patrocinó la destrucción de plazas y edificios en aras del olvido y de la reconvención en torno a la moral, las costumbres y seguramente el bienestar de la sociedad. Era claro que las ideas del liberalismo eran tan nefastas como las de los comunistas y protestantes, a los cuales los sacerdotes de distintas parroquias señalaban de enemigos de la fe y que las persecuciones políticas, que caracterizaron el periodo entre 1948 y 1953, fueron más allá de la violencia desatada en los campos. Por esto, posiblemente, la destrucción de lugares, edificios y plazas sea reflejo de la forma en que el conflicto se trasladó a la ciudad, donde el enemigo fue la arquitectura de espacios, cuyas significaciones políticas antagónicas al gobierno de entonces había que sepultar.
Desde luego, tras las ruinas de la ciudad antigua quedaron otras impresiones de esos lugares, como las memorias fotográficas y visuales de los documentos
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que los registraron antes, durante y después de los hechos de abril de 1948. La fotografía se toma el espacio de la memoria e inscribe su relato en la memoria colectiva para interpretar y reinterpretar, de acuerdo con el sesgo político, la idea del antes, durante y después. Walter Benjamin señaló que “la fotografía adquiere más importancia cuanto menos se toleran, a la vista de la nueva realidad técnica y social, las intromisiones subjetivas en la información pictórica y gráfica” (2005, p. 40). Quizás por eso en la actualidad importan más las fotografías del Bogotazo y el discurso que sobre los hechos violentos se ha tejido, que sobre los textos e imágenes que se pueden escribir y ver del mismo Gaitán.
De esta forma se trató de modificar la memoria, sepultando el pasado con sus lugares y estructuras, y solo prevalecieron los relatos de quienes las conocieron en vida, de las fotografías y escasos videos que se lograron hacer de ese “antes”, y ese “durante”, porque en el “después”, ellas ya no existían más. Por esa razón, estos vestigios prevalecieron como documentos anecdóticos de un pasado destruido por la insensatez humana, esa misma que generó una ruptura generacional, que conserva la idea del antes y del después, pero que no acierta a entender sus razones, más allá de la destrucción de la ciudad y de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán.
A partir de los estudios de memoria, esos espacios cruzados por líneas de comunicación histórica empiezan a hablar, en la medida en que nuevas formas de
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interpretación de los espacios, de la memoria y de la historia surgen como formas de entender el presente, articular el pasado y generar procesos de memoria en torno a un legado que da sentido a lo existente en la actualidad.
También están aquellos lugares que sobrevivieron a la catástrofe del Bogotazo, pero que se fueron quedando abandonados en una de las esquinas más recónditas de la memoria y del olvido, mientras sus estructuras se deterioraban con el paso inclemente del tiempo. Entre ellos estuvo el Matadero Municipal, que pasó de ser un edificio emblemático en la década de los treinta del siglo XX, a ser un problema urbano, del que nadie quería ocuparse. Por ello, la opción de muchos estuvo en destruirlo completamente o convertirlo un centro comercial, en un parque o, en el mejor de los casos, en la sede de una universidad.1
L a historia cultural y los espacios urbanos
Para campos más amplios como los de la historia cultural, estos planteamientos resultan muy apropiados, dado que este enfoque permite utilizar documentos que en otros momentos podían ser catalogados como escritos literarios con
1 La Universidad de Cundinamarca tuvo la intención de construir su sede en los terrenos que ocuparon el Matadero Municipal y la Plaza de Ferias, hasta el 2007. En 2009, la Universidad Distrital adquirió el predio e inició un proyecto de reforma manteniendo la estructura básica de la edificación, pero destinando su uso para la Biblioteca Central de la misma institución, en articulación con el Sistema de Bibliotecas del distrito.
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tintes, folclóricos y costumbristas que no podían alcanzar el nivel de documento histórico y, por ende, de fuente para una investigación. Como veremos más adelante, los cuadros de costumbres, los relatos de viajeros, así como las cartas oficiales, las crónicas de prensa y las fotografías ofrecen elementos de análisis que pueden ser constatados, comparados y utilizados como fuentes de reconstrucción de la historia y de la memoria; esta relación es importante para la historia cultural.
Asimismo, este es un campo que tiene distintas directrices y donde se privilegian los discursos, las narraciones y “otras formas” de interpretar la cultura. Se desprende propiamente de la Escuela de los Anales, con la apropiación de otras lecturas relacionadas con las memorias, las imágenes y los discursos provenientes de distintos sectores sociales.
Uno de los representantes contemporáneos es el historiador francés Peter Burke, quien estudia sobre lo que se puede considerar una nueva ampliación de los campos del territorio del historiador que incluyen temas que van desde los sueños, lo cómico, la memoria, los gestos, la música, el arte y la lengua, como formas que sirven para construir el sentido de un momento histórico. Es claro que los estudios sobre la cultura son amplios y que el concepto tiene distintas interpretaciones. No obstante, se trata de utilizar las formas mediante las cuales se plasmaron las percepciones de un momento histórico, en la vida de los habitantes de una población. Burke se pregunta “¿Cómo se puede escribir la historia de algo
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que carece de una identidad estable? Es algo así como intentar atrapar una nube con un cazamariposas” (Burke, 2000, p. 15). Todos los historiadores se enfrentan a este problema. Igualmente, Burke señala cómo Foucault y Buttetfield critican la construcción histórica al hablar de las “rupturas epistemológicas”. También indica que, por un lado, nos arriesgamos al hacer una historia lineal, imponer a nuestro objeto los esquemas del presente y, por otro, a no poder escribir nada en absoluto. El camino de la historia cultural es un “camino intermedio”, que permite plantear preguntas que se desprenden de las observaciones del presente, “que se ocupe de las tradiciones pero que deje margen para su continua reinterpretación, y que tenga en cuenta la importancia de las consecuencias no intencionales en la historia de la escritura histórica además de la historia política” (p. 16).
Peter Burke, en efecto, aclara que es importante definir las líneas de los estudios de la historia cultural. El primero, que denomina como línea clásica, plantea un eje de carácter homogenizante, esta perspectiva está presente en los trabajos de Spengler y de Huizinga. Sobre ella se tejen críticas dado el sesgo que toman al pretender analizar y tomar elementos comunes olvidando los cambios y las “invenciones” de la tradición, que algunos historiadores, como Eric Hobsbawn, definen como propias de finales del siglo XIX y comienzos del XX, así como la limitación del concepto de cultura, que se restringe a lo erudito, incluso en interpretaciones marxistas o de clase. Esto, según Burke, se observa
en algunos estudios sobre sectores populares, que contrasta con las propuestas de antropólogos y teóricos como Michel de Certeau y Pierre Bourdieu, quienes trabajan conceptos mucho más amplios.
Burke agrega que además los estudios clásicos de la historia cultural fueron escritos por y para las elites europeas, pero que en la nueva historia cultural este referente ha cambiado, por lo cual no solo basta tener en cuenta la visión propia de cada tiempo, sino que además “aunque el pasado no cambie, la historia debe escribirse de nuevo en cada generación para que el pasado siga siendo inteligible en un presente cambiante” (p. 239). La historia cultural, por tanto, es también una traducción cultural del lenguaje del pasado al del presente, de los conceptos de los contemporáneos a los de los historiadores y sus lectores.
Su objetivo es hacer “otredad” del pasado visible e inteligible […]. Podríamos tratar de adquirir una doble visión: ver a los individuos del pasado diferentes de nosotros (para evitar imputarles anacrónicamente nuestros valores), pero, al mismo tiempo, como nosotros en su humanidad fundamental. (Burke, 2000, p. 243)
La nueva historia de la cultura no es una estricta crítica a la unidad cultural, pero tampoco se trata de una fragmentación de la historia, sino de un diálogo en el que convergen nuevos campos discursivos en pos de una reinterpretación de la historia como disciplina y de las historias como discursos integradores de los actores sociales.
En ese mismo sentido, el historiador español Miguel Ángel Cabrera (2001) observa
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F ábrica de hilados y tejidos Monserrate
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que la nueva historia cultural entraña una nueva concepción de la acción social, en la cual, a diferencia de la historia social, la relación entre estructura y acción no es mediada. Esto se debe a que en la nueva historia cultural existe una mediación simbólica entre ambas.
En la historia cultural, la cultura deja de ser considerada como una derivación funcional de las condiciones sociales o como un receptáculo de ideas. Por el contrario, se entiende como una instancia dinámica que suministra los principios generadores de prácticas distintas y que, en consecuencia, es un factor coproductor de las relaciones sociales. Esa cultura está presente en todos y cada uno de los habitantes de una población, así como en la producción material, edificios, plazas, bibliotecas y en la mediación simbólica que sobre ellos hacen sus usuarios.
Para Cabrera (2001), las disposiciones culturales conforman una estructura cognitiva generada por experiencias anteriores y por medio de este dispositivo simbólico heredado es que los individuos aprehenden significativamente toda nueva realidad. Aunque, a la vez, el encuentro entre tradición cultural y nuevas situaciones sociales se resuelve siempre con un ajuste progresivo de la conciencia al nuevo contexto objetivo. Para la nueva historia cultural, el lenguaje es una instancia histórica específica, cuya mediación es la que genera tanto la objetividad como la subjetividad y la que define la relación que ambas entablan.
No se trata de volver al subjetivismo, sino de adoptar un modelo teórico nuevo. Los individuos experimentan o entablan una relación significativa con el
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mundo social siempre a través de la mediación activa de un patrón categorial de significados o discurso; es la mediación de este último lo que dota de significado el contexto social, el que confiere experiencia histórica a los intereses y las entidades, y el que, en consecuencia, promueve, guía y otorga sentido a las acciones significativas.
Dicho discurso, al proyectarse en la práctica, contribuye activamente a la configuración de los acontecimientos, los procesos, las relaciones y las instituciones sociales. Entonces los objetivos prioritarios de la investigación histórica han de ser el de identificar, especificar y desentrañar el patrón categorial de significados operativos en cada caso, analizar los términos exactos de su mediación entre los individuos y sus condiciones sociales y materiales de existencia y evaluar sus efectos sobre la configuración de las relaciones sociales.
L a ciudad como texto
Walter Benjamin (2005) en El libro de los pasajes explora una metodología para el análisis y la construcción de la historia de las ciudades, recurriendo a la literatura en particular a las obras de Baudelaire y Poe, desde donde examina la historia de una ciudad como París. En realidad de lo que se trata es de entender la ciudad como un texto, que dice, significa y simboliza las prácticas sociales y culturales, así
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como las calles y las plazas de la ciudad. De esta manera, la ciudad, a su vez, se convierte en un lienzo donde se pueden construir nuevas formas narrativas.
Aranguren y Bustamante (1997) afirman que el hecho central es que [...] la ciudad y concretamente la cuestión urbana, aparecen como elementos constantes del movimiento histórico de la humanidad, y con el correr de los siglos, se convierten en factores determinantes para la organización estructural de la sociedad y la realización de la praxis humana y los diferentes sectores que esa abarca para construir el horizonte de lo humano. (p. 12)
Se trata de entender y configurar las formas y los esfuerzos para constituir espacios urbanos más habitables, más dinámicos y más humanos. Esta es una constante del mundo moderno, en particular de los procesos urbanos generados en las ciudades europeas, que finalmente terminaron siendo modelos de los procesos de transformación en Latinoamérica. Esos entramados están tejidos por la organización de la vida social atravesada por la producción material, la economía y la generación de campos culturales, que diversifican y amplían las zonas de habitación y calidad de vida de los ciudadanos que se inscribieron en el mundo moderno y en los procesos de industrialización a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX.
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Aquello que les otorga a nuestros pueblos el carácter de ciudad viene a ser el inicio del proceso industrial especializado, pues este permitió la diversificación de la producción que escapó a los campos de extracción de materiales para la construcción, como el ladrillo y las tejas, la producción de vidrio y las que se podían obtener de las explotaciones mineras que en realidad no tuvieron un alto grado de industrialización en Colombia, por lo menos hasta antes de los años cincuenta del siglo XX. Ese proceso inició con la implantación de industrias en el país y permitió que los centros escogidos fueran aquellos cuya infraestructura permitiera, por lo menos en términos de plazo, construir lo necesario para incentivar la llegada de migrantes, la especialización de servicios y la adecuación de lugares, edificaciones para el uso adecuado que exigía la vida moderna despuntando el siglo XX.
Los desarrollos tecnológicos generados en otras latitudes habían hecho que una ciudad instalara redes de energía eléctrica en los años veinte, un proceso tardío comparado con el acontecido en ciudades como New York o París, pero igualmente importante en la medida en que la implicación de la luz artificial pudo extender las jornadas laborales y acentuar las posibilidades de crecimiento económico. Esto se vería reflejado en la aparición de una clase obrera con empleos fijos, junto con una gran población flotante, que se fue vinculando de manera esporádica a distintas actividades bajo la figura de mercados informales.
A partir de la incorporación de estos elementos a los pueblos, principalmente a
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Fuente: colección general del señor Gumersindo Cuéllar, derechos de autor autorizados por Adriana Cuéllar, Biblioteca Luis Ángel Arango.
P anorama de Bogotá, costado noroccidental
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las capitales nacionales, las ciudades fueron asociadas y sujetas a la idea moderna de progreso.
Esto quizás explique por qué una ciudad como Bogotá pudo pasar de una población censada en 1918 de 143.994 habitantes a tener, en 1938, un total de 330.312 habitantes, para una rata de crecimiento geométrico anual del 43 % y una tasa media anual de crecimiento de 44 % (Censo General de Población 5 de julio de 1838, 1942, p. 17).
Lo anterior significa que, entre 1918 y 1938, la población de Bogotá se duplicó. También estas cifras tienen otra dimensión para la lectura de la ciudad, puesto que una urbe con 143.994 habitantes no es igual a otra ciudad, aunque ocupe el mismo espacio, que veinte años después tenga el doble de su población. De tal forma que aunque se esté haciendo referencia a la Bogotá de la primera parte del siglo XX, es posible que al utilizar rangos demográficos se pueda estar hablando de ciudades distintas. Si a ello se agregan los cambios políticos, económicos y culturales, es posible que estos datos se refieran a unidades comparativas que permitan explicar el porqué de una situación, hecho o acontecimiento, en determinado momento, y cómo esas condiciones generan unas convenciones culturales que alteran la lectura del espacio, de lo urbano y de la ciudad. Lo que a la ciudad del 1918 le preocupaba y se constituía en algo fundamental, para la de 1938, posiblemente, había quedado en el olvido.
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Así, en el caso del matadero, la discusión sobre la construcción de un edificio central fue tema durante varias décadas. No obstante, después de 1934, fecha de la inauguración de la Plaza de Ferias aledaña a este, no se vuelve a pensar en estos edificios, salvo para reglamentar normas de higiene y para ubicarlos administrativamente bajo la Secretaría de Hacienda municipal.
El crecimiento de las poblaciones trajo consigo la especialización de la economía. William Paul McGreevey (1975) señaló, en 1870, que el 1 % de la fuerza laboral estaba ubicada en actividades que se podían catalogar como pertenecientes al sector manufacturero moderno y que un porcentaje mayor lo hacía en actividades artesanales. Para 1925, este sector había crecido al 3,4 %. El mismo estudio de McGreevey señaló que en 1925, la Cepal calculó que un obrero industrial era más del doble de productivo que un trabajador en la agricultura o en actividades artesanales (p. 304). El crecimiento que más llamó la atención de McGreevey fue el salto reflejado en las tasas de crecimiento entre el sector textil y el sector procesador de alimentos, “los cuales exhibieron ritmos de expansión más altos en el decenio de 1930 que en cualquiera de los decenios subsiguientes”
(p. 305).
Estos datos de crecimiento económico desataron la creación de mercados relacionados con las fundiciones, cuchillerías, producción de ferretería y en general con todo aquello que implicó el uso del hierro. Lewis Mundford (1961), en su
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estudio sobre la ciudad en la historia, agrega que en las ciudades donde se tejieron líneas férreas aumentó la densidad de población, en particular en los alrededores de las grandes estaciones, en particular, en aquellas donde la industria comenzó a desarrollarse. Por esta razón no sorprende que el desarrollo industrial de la ciudad siguiera la ruta natural de expansión vinculada a las cercanías de la Estación de la Sabana, donde se establecieron mercados de todo tipo y se ubicaron plazas centrales de abastecimiento, con líneas de tranvía, aduanillas de control de mercancías y depósitos de desperdicios en los potreros que correspondieron a la zona de Puente Aranda.
Además, estas rutas de expansión permitieron congregar a “una vasta reserva de miserables en el margen de la subsistencia, o sea lo que con eufemismo, se llamaría el mercado de mano de obra” (Mundford, 1961, p. 13). La transición de Bogotá hacia la industrialización conllevó un crecimiento de infraestructura, que al mismo tiempo congestionó la ciudad y la llenó de nuevos habitantes, nuevos personajes, nuevas formas de significar los espacios y de entender el significado del sentido urbano como condición de vida social.
En medio de estas transformaciones estaban las fábricas. Mundford (1961) señala que la fábrica es el núcleo del organismo urbano, porque a ella se supeditan aspectos como los servicios públicos, los barrios adyacentes compuestos por obreros e incluso el mercado informal o la prostitución. Las fábricas se ubicaron en