Nada es Imposible para
Dios
Kathryn Kuhlman
En estas páginas...usted conocerá los maravillosos, auténticos e inmensamente conmovedores testimonios de los cultos de milagros con Kathryn Kuhlman. Escritos por los protagonistas, estos relatos son testimonios irrefutables de la increíble transformación que Dios puede producir en cualquier persona que lo busque. Dios es un especialista cuando se trata de lo imposible, ¡y puede hacer cualquier cosa, menos fallar!
Kathryn Kuhlman
Índice
Prologo………... 3
Kathryn Kuhlman
Prólogo
Un tributo a Kathryn Kuhlman yo creería que a esta altura todos la conocen.
Durante casi un cuarto de siglo ella ha sido una vasija de Dios que ha hecho que la sanidad y la restauración fluyeran en las vidas de miles de seres humanos. Es amada y admirada por millones de personas y difamada solo por aquellos que no creen en la sanidad divina o por quienes no han hecho ningún esfuerzo por comprender a ella o a lo que ella representa. Pero yo la he visto entre bambalinas, antes de presentarse ante una multitud para expresar su ilimitada fe en Dios, y la he observado cuidadosamente. Una y otra vez decía:
"Querido Dios, a menos que tú me unjas y me toques, yo no soy nada. Cuando la carne se interpone en el camino, yo no tengo ningún valor. Si tú no te llevas toda la gloria, yo no puedo salir a ministrar".
Y de repente, sube a la plataforma. Es explosivo, casi increíble. No es tanto lo que dice, porque siempre es tan claro y simple como el estilo de predicación que usaba el mismo Señor Jesús. No lo comprendo, y ella tampoco; pero cuando el Espíritu comienza a moverse sobre ella, (y se siente repentinamente movida a desafiar el poder del diablo en el nombre de Jesús), comienzan a suceder los milagros. En todo lugar, todos, aun los más rígidos y dignos, caen postrados al suelo. Católicos y protestantes alzan las manos y adoran a Dios unidos... todo decentemente y con orden. El poder del Espíritu Santo cae sobre la gente como las olas del océano. Los representantes de los medios televisivos pronto comprendieron que ella no era falsa, ni una fanática. Conocían personas que habían sido tocadas por su ministerio. Su sabiduría divina y su capacidad no tenían igual. No es rica, ni está aferrada al materialismo. ¡Lo sé! Ella personalmente reunió y entregó a Teen Challenge el dinero necesario para construir en nuestra granja un lugar para la rehabilitación de adictos. Sus oraciones han traído el dinero necesario para construir iglesias en países subdesarrollados de todo el mundo. Ha apoyado la educación de niños poco capacitados y también otros jóvenes superdotados han recibido su amor y su cuidado. Ha entrado conmigo a los guettos de Nueva York y ha impuesto sus manos cariñosas sobre sucios adictos. Nunca dudó ni se echó atrás: su preocupación era genuina. ¿Cuál es la razón por la que hago este tributo? ¡Porque el Espíritu Santo me indicó que lo hiciera! Ella no me debe nada, y yo no le pido nada más que el mismo amor y respeto que me ha mostrado durante años.
Pero muchas veces damos tributo únicamente a los muertos. Ahora, pues, a una gran mujer de Dios que ha tocado tan profundamente mi vida y las vidas de millones de personas más, ¡te amamos en el nombre del Señor! La historia dirá sobre Kathryn Kuhlman: Su vida y su muerte dieron gloria a Dios.
DAVID WILKERSON, autor de La cruz y el puñal.
Kathryn Kuhlman
CAPÍTULO 1
EL QUE LLEGO TARDE
Tom Lewis
Tom Lewis, coronel retirado del Ejército, es uno de los productores de películas más conocidos de Hollywood. Su lista de créditos en Quién es quién en América cubre tanto espacio como las medallas sobre su pecho. Fue el productor fundador del Screen Guild Theatre; fundador del Servicio de Radio y Televisión de las Fuerzas Armadas Estadounidenses, del cual fue comandante durante toda la Segunda Guerra Mundial; y creador y productor ejecutivo de "El Show de Loretta Young". Como regente de la Universidad Loyola ha recibido numerosos premios por excelencia en producciones televisivas, tanto en el país como de las fuerzas armadas estadounidenses establecidas en todo el mundo. Devoto católico romano, se cuenta ahora entre el creciente grupo de quienes se llaman "católicos carismáticos".
El invierno pasado, mi hijo (joven director de películas), y un productor de su misma edad pensaban realizar un programa especial de TV sobre la "gente de Jesús". Acepté escribir la presentación, pero a regañadientes. Dado que los "Niños de Jesús" eran jóvenes también, yo pensaba que mi hijo y su socio deberían emplear para toda gente de similares edades.
Mi investigación preliminar sobre los jóvenes acerca de los cuales deseaba saber más, generó en mí gran interés y respeto por ellos. Muchos habían salido del infierno de la drogadicción a través de una fe renacida en Jesucristo. En este momento yo aún no había estudiado la motivación religiosa del movimiento. Sin embargo, desde el punto de vista humano, no pude menos que sentirme tan impresionado por su sinceridad como asombrado y pasmado ante su manera tan familiar de hablar sobre Jesús, como si Él estuviera allí mismo con ellos.
Siempre me había considerado un hombre razonablemente religioso, que disfrutaba de la vida sacramental de la Iglesia Católica Romana. Yo no iba por ahí refiriéndome a Jesucristo como si me encontrara con Él personalmente con frecuencia. En realidad, muy rara vez lo mencionaba por su nombre. Pensaba que era mejor evitar el trato muy personal y prefería una referencia más reservada, como "mi Señor", o "el buen Señor".
Como parte de mi tarea, se me pidió que estudiara el ministerio de Kathryn Kuhlman, una persona muy estimada por "la gente de Jesús". La señorita Kuhlman venía una vez por mes al auditorio Shrine de Los Ángeles para realizar un culto de milagros. Pedí dos asientos, en la sección del centro, sobre el pasillo, cerca del frente. Sin embargo, aparentemente no era así como se obtenían las entradas. Había que hacer una fila y arriesgarse a ver si se conseguía la ubicación deseada. La capacidad del auditorio era de 7.500 personas, y me dijeron que algunas veces trataba de entrar el doble de esa cantidad de gente. Esto me dejó pasmado, y me temo que esa sensación continuó durante cuatro o cinco meses, ya que fue ese el tiempo que tuve que esperar hasta poder llegar a formar la fila.
Kathryn Kuhlman El día que llegué a ese lugar era irrazonablemente cálido para el mes de marzo, aun en la soleada California. Salí de la autopista en la calle Hoover para evitar el tránsito de la zona cercana al auditorio. Normalmente esa zona del centro de la ciudad estaría casi desierta un domingo. Pero mientras me aproximaba al estadio, todos los lugares destinados para estacionar y las calles estaban ocupadas. Los autobuses llegaban uno tras otro a la entrada principal, donde descargaban sus pasajeros. Algunos tenían carteles que decían "charter"; otros tenían el nombre de sus puntos de origen. Recuerdo uno que decía "Santa Bárbara", y otro, "Las Vegas". Para mi asombro, había uno, lleno de polvo, que tenía un cartel que decía: "Portland, Oregon"... vaya viajecito que habían hecho solamente para asistir a un culto de milagros de Kathryn Kuhlman. Me pregunté qué sería lo que la señorita Kuhlman daría allí adentro. No podía ser comida; había demasiadas personas. Tampoco podía ser un bingo... ¿cómo manejar 7.500 tarjetas de bingo?
Una larga fila de personas en sillas de ruedas avanzaba por la calle Jeferson hacia una entrada lateral, por la cual eran inmediatamente admitidas. Algo similar sucedía con un gran grupo de hombres y mujeres con himnarios en las manos; aparentemente eran los miembros del coro. También había muchos con cuellos de sacerdotes y mujeres vestidas sobriamente. Me pregunté qué estarían haciendo allí todos esos sacerdotes y monjas.
Encontré una estación de servicio donde estacioné mi auto, y luego me sumé a los miles de personas que esperaban ante la entrada principal del estadio. Mi reloj marcaba las once en punto. Las puertas se abrieron a la una. Normalmente, yo no hubiera esperado tanto tiempo por nada, ni siquiera por la segunda venida. Pero pronto comprendí que esa era una definición apresurada.
Comenzó a reunirse una gran cantidad de gente detrás de mí, y me encontré cerca del centro de una gran multitud. Esto me dio una ligera sensación de claustrofobia, por lo que me concentré en tomar notas mentales con las cuales construiría mi presentación: gran multitud, muy ordenada; varios jóvenes que respondían a las características de los "Niños de Jesús".
Estos jóvenes tendían a formar grupos, como islas en un mar de cuerpos. Cantaban mientras esperaban, no muy fuerte, no necesariamente para que otros los oyeran; ni siquiera actuaban como si tuvieran mucha conciencia de la presencia de los demás. Cantaban en forma bastante quieta y meditativa. Esto me pareció extraño, inusual. Me recordaba a un grupo de cristianos
coptos que vi una vez en Roma, orando en forma audible pero no al unísono, independientemente de los demás, pero juntos.
Ahora la cantidad de gente había aumentado mucho, verdaderamente, y alguien que estaba adentro se compadeció de nosotros. Las puertas se abrieron unos veinte minutos antes de la una. Las personas que estaban detrás de mí se lanzaron hacia adelante, y me empujaron más allá de la entrada. Esto me sorprendió, porque tenía la mano en la billetera, listo para pagar mi boleto.
Una señora que estaba justo detrás de mí lo vio, y rió. "Aquí, el dinero no lo llevará a ninguna parte", dijo. "Pero si le quema en el bolsillo, habrá una ofrenda voluntaria más tarde."
Kathryn Kuhlman Así se comportaba toda la gente: en orden, no festiva, como la multitud que asistiría a un partido en el estadio, bastante quieta, no muy comunicativos unos con otros, aunque amistosos, cuando se daba la ocasión para charlar.
Encontré un asiento bastante atrás y hacia el costado.
La plataforma, brillante y muy iluminada, estaba llena de actividad. Hombres y mujeres con himnarios en las manos buscaban sus lugares en una especie de gradas que ocupaban todo el espacio. A ambos lados había dos grandes pianos. Parecía que había cientos de personas en el coro, pero así como entre el resto de la gente, no había desorden ni confusión. A pesar del constante movimiento debido a los que llegaban tarde, el coro seguía cantando como si estuviera en una silenciosa catedral. El director, un hombre delgado, blanco y de aspecto aristocrático, guiaba el ensayo con precisión e incuestionable autoridad.
Una anciana de aspecto encantador se sentó a mi derecha. Por la atención que me prestó a mí o a los miles de personas que la rodeaban, era como si estuviera sola en la Capilla de Nuestra Señora de la Catedral de San Patricio. Tenía una Biblia abierta sobre su regazo, y algunas veces la leía en silencio.
La Biblia parecía el equipamiento común de muchos de los presentes. Dos jóvenes sentados detrás de mí tenían Biblias, pero no las leían.
Simplemente tarareaban o cantaban las letras de los himnos que el coro ensayaba en la plataforma. Eso no me gustó. Nunca me han gustado los teatros o conciertos o cines en los que participa la gente, sobre todo cuando no se les solicita especialmente que lo hagan. Pero iba a escuchar mucho más de estos jóvenes. Mientras tanto, las .luces brillantes sobre la plataforma bajaron un poco, y se les añadió color. Los colores pastel de los vestidos de las mujeres del coro hacían un agradable contraste con el azul del telón curvo que rodeaba todo.
Una vez terminado el ensayo, el coro comenzó a cantar según el programa. La mayoría de los himnos eran conocidos y muy queridos: "Cuán grande es él", "Sublime Gracia". Los cantantes eran excelentes; más tarde supe que provenían de iglesias de todas las denominaciones de la zona de Los Ángeles.
Sin interrupción, el coro comenzó a cantar "Él me tocó". Sentí que una tensa expectativa se apoderaba de la gente. La luz de un spot se concentró en un área a la derecha del público. Todos se pusieron de pie y aquí y allá algunas personas empezaron a aplaudir. La señorita Kuhlman, una figura frágil y delgada vestida con un encantador vestido blanco, subió a la plataforma, cantando con el coro. Se acercó a una pila de parlantes a la derecha del centro del escenario, tomó un micrófono colgante que se colocó alrededor del cuello, y sin detenerse, dirigió al público en el coro de "Él me tocó", enérgicamente, varias veces, y finalmente en forma decreciente. Luego, sin explicar ni una palabra, continuó con "Es el Salvador de mi alma". El público y Kathryn Kuhlman parecían concordar en que estos himnos eran especiales para ella. Sin explicaciones, una vez, más, comenzó a orar en voz alta. La gente se quedó de pie, con las cabezas inclinadas, siguiendo su oración en silencio.
Supe entonces qué era lo que había sido distinto en el canto de esas "islas" de jóvenes que esperaban fuera del auditorio; qué era eso tan especial en el canto de ese gran coro que estaba sobre la plataforma. Estaban cantando, sí, pero era más que cantar. No estaban actuando; estaban adorando. Y la gente del público reaccionaba de forma diferente. No eran públicos, eran una congregación.
Kathryn Kuhlman Cantaban a una voz con el coro, cuando se les indicaba. Oraban al unísono con la señorita Kuhlman. Esto no era un show; era una reunión de oración. No sé cómo me sentí en ese momento; probablemente impresionado, y complacido por haber hecho un descubrimiento interesante.
Pronto descubrí otra cosa, sin embargo, que me sorprendió mucho. Una y otra vez, los jóvenes que estaban sentados detrás de mí gritaban "Amén", y "Alabado sea Dios", aparentemente en respuesta a una oración o a una afirmación. Muchos otros en el lugar hacían lo mismo. Otros levantaban las manos en un gesto de súplica que relacioné con la posición de las figuras bíblicas que se representan en los vitrales. "Ya me imagino adónde terminará todo esto", pensé, y automáticamente empecé a buscar la salida más cercana.
Una de las cosas que más me molestaba era un joven que estaba en una de las filas superiores del coro. Estuvo casi todo el culto con las manos en alto. Este debe de ser "el" milagro del culto de milagros, pensé. Ningún sistema circulatorio puede soportar la tensión de una postura como esa durante mucho tiempo. Seguramente sus brazos caerían a plomo en poco tiempo.
Pero después me olvidé de él; me olvidé de todos. Como la señora que estaba sentada a mi lado, era como si estuviera en una capilla remota, excepto, tal vez, por una Presencia que normalmente no se siente en un auditorio tan grande. Sí, era eso. Había una Presencia allí, y era por eso que esta multitud de tantos miles de personas se quedaba tan callada por momentos, que yo podía escuchar el sonido de mi propia respiración. Era por eso que se perdía la noción del tiempo. Había algo diferente allí; había amor, específico y real. Sí, y más que amor, estaba esa Presencia. Recordé las palabras de una canción de los Niños de Jesús: "Sabrán que somos cristianos por nuestro amor, por nuestro amor. Sabrán que somos cristianos por nuestro amor".
Comenzaron las "sanidades": dos en la fila cerca de donde yo estaba. Los vi antes de que la señorita Kuhlman los llamara. Vi la expresión maravillada de quienes eran sanados, después su incredulidad, la comprensión del hecho y su felicidad. Había muchas, muchas sanidades en la plataforma en ese momento. Algunos se levantaban de las sillas de ruedas. Una monja paralítica caminó; hacía años que no podía hacerlo. Vi gratitud en los que fueron sanados, un agradecimiento tan palpable que casi podía tocarse. Los drogadictos eran liberados, y en la evidencia de sus rostros transformados, luminosos, vi renacimientos interiores y regeneraciones morales.
Perdí la cuenta de lo que vi, porque en algún punto desconocido para mí, dejé de ver y comencé a sentir. Sentí en lo más profundo de la conciencia que poseo. Comprendí que participaba de una conversación, la más asombrosa, desnuda, honesta conversación de mi vida. Estaba hablando con Dios. En algún lugar desde mi interior, estaba contándole a Dios cosas que nunca había sabido antes, o que no había podido o querido admitir.
A pesar de toda la evidencia de mi carne, de los hechos visibles y aparentes de mi ajetreada vida, el amor y la compañía de mis hijos y sus amigos, mis propios amigos, que eran muchos, mis intereses en el mundo, mis hobbies, a pesar de toda esa evidencia, le estaba diciendo a Dios que estaba inquieto y solo. Profunda, desesperadamente solo. No de gente, ni de cosas. Tenía mucho de
Kathryn Kuhlman eso. Le dije a Dios que estaba vacío. Entonces me invadió la emoción más fuerte que haya experimentado jamás: hambre. Un hambre salvaje, rudo, primitivo.
Vi que la plataforma y los pasillos estaban llenos de gente. La señorita Kuhlman invitaba a aquellos que querían a Cristo en sus vidas a que pasaran adelante, reconocieran sus pecados, recibieran a Jesús como su Salvador personal, y se entregaran completa e irrevocablemente a Él.
Los seguí. Me metí entre ellos. Yo, el que no participaba, el que se había hecho solo, el sofisticado. Yo estaba tomando ese compromiso, y lo hacía sorprendentemente consciente de todo lo que significaba y de la responsabilidad que asumía. Le pedí a Dios que me librara de temer a esto. Lo ha hecho.
Esa noche, mientras volvía en mi coche a mi pequeña ciudad de Ojai, lloré. Lloré durante todo el camino. No me sentía ni triste ni feliz; me sentía... limpio.
Durante la noche me desperté y sentí que comprendía instantánea y plenamente lo que había sucedido. Me reconsagré a Cristo, observé que no dudaba ni temía a este compromiso, y me dormí profundamente una vez más, sin soñar.
Bien entrada la mañana siguiente, fui caminado desde mi hogar en el campo hasta la pequeña ciudad de Ojai. Me sentía bien, descansado y en paz. Las emociones del día anterior ya habían quedado atrás. Pasé junto a la capilla a la que solía asistir, una capillita de estilo colonial español ubicada en la calle principal. Era la época de Cuaresma. Eran aproximadamente las 11:30, y yo sabía que debía de estar celebrándose la misa.
Así era. Llegué a tiempo para la celebración eucarística a la que comúnmente llamamos Santa Comunión. Fui hacia el altar automáticamente, y dado que solo había seis u ocho personas presentes, recibimos la Santa Eucaristía en ambas especies, pan y vino. En vez de volver a la parte de atrás de la capilla, me arrodillé en el primer banco.
Fue bueno que lo hiciera. Lo que yo había tomado en mi cuerpo no era pan y vino, no era un símbolo, no era un recuerdo. Era el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y resultado en mí fue el más profundo conocimiento de la real presencia de Cristo. Fue una experiencia de gran e inexpresable gozo, y mi cuerpo se estremeció violentamente debido al esfuerzo que realizaba para contenerlo.
Jesús, el Cristo, estaba allí conmigo, y cada célula de mi cuerpo era testigo de que Él era real. Descansé mi cabeza en los hombros y por un momento el tiempo quedó en suspenso.
Dios vive. Dios vive verdaderamente, y se mueve entre nosotros, y exhala su Santo Espíritu sobre nosotros. Y por mérito de la sangre derramada por nosotros por su divino Hijo, Él nos prepara todo lo que nos espera en este mundo de dolor... y más allá.
¡Alabado sea Dios!
Kathryn Kuhlman
CAPÍTULO 2
NO HAY ESCAZES EN EL DEPOSITO DE DIOS
Capitán John LeVrier
Recuerdo la primera vez que estuve cara a cara frente al capitán LeVrier. Todo un policía, y todo un diácono bautista. Estaba en una situación crítica. Desesperado, había volado desde Houston hasta Los Ángeles. Pero dejemos que él mismo cuente su historia.
Soy policía desde que tenía veintiún años. En 1936 comencé en el Departamento de Policía de Houston, y llegué a ser capitán de la División Accidentes. En todos esos años jamás estuve enfermo. Pero en diciembre de 1968 me hice un examen físico, y todo cambió.
Yo conocía al doctor Bill Robbins desde que él era un interno y yo era un novato en mi profesión. Cuando comencé mi carrera, él solía acompañarme en el auto de la patrulla. Luego de lo que yo pensaba que era un examen físico de rutina en su consultorio en el Sanatorio Saint Joseph, el doctor Robbins se quitó los guantes de goma y se sentó en el borde del escritorio. Sacudió la cabeza. "No me gusta lo que encontré, John", dijo. "Quiero que veas a un especialista."
Lo miré de reojo mientras terminaba de ajustar mi camisa en el pantalón y aseguraba mi cinturón con el arma. "LUn especialista? ¿Para qué? Me duele un poco la espalda, pero a qué policía...?"
Él no me escuchaba. "Voy a enviarte a ver al doctor McDonald, un urólogo del sanatorio."
Yo sabía que era mejor no discutir. Dos horas después, luego de un examen aún más cuidadoso, escuchaba a otro médico, el doctor Newton McDonald. Él no trató de suavizar las cosas. "¿Cuándo puede internarse, capitán?"
"¿Internarme?" Detecté un poco de temor en mi voz.
"No me gusta lo que encuentro", dijo deliberadamente. "Su próstata tendría que ser del tamaño de una pequeña nuez, pero está grande como un limón. La única forma de averiguar qué es lo que anda mal es hacer una biopsia. No podemos esperar. Usted debería internarse, como máximo, mañana por la mañana."
Fui directo a casa. Luego de la cena, Sara Ann mandó a los niños a la cama. John tenía solo cinco años; Andrew, cinco, y Elizabeth, nueve. Entonces le di la noticia. Ella escuchó en silencio. Habíamos sido felices juntos. "No lo pospongas, John", dijo con voz calma. "Tenemos mucho porqué vivir."
Apoyándome contra el borde de la mesada de la cocina, la miré. Era tan joven, tan bonita. Pensé en nuestros tres hermosos hijos. Ella tenía razón, yo tenía mucho porqué vivir. Esa noche llamé a mi hija Loraine, que está casada con un pastor bautista en Springfield, Missouri. Me prometió que le pediría a su iglesia que orara por mí.
Tres noches después, luego de extensos exámenes (incluyendo la biopsia), yo estaba sentado en mi cama en el hospital, comiendo la cena, cuando la puerta de la habitación se abrió. Era el doctor McDonald con uno de los médicos del hospital. Cerraron la puerta y acercaron dos sillas a mi cama. Yo sabía que los médicos generalmente están muy ocupados y no tienen tiempo para charlas sociales, y comencé a sentir que mi pulso se aceleraba.
Kathryn Kuhlman El doctor McDonald no me dejó especular demasiado. "Capitán, me temo que tenemos malas noticias." Hizo una pausa. Era difícil para él pronunciar estas palabras. Esperé, tratando de mantener los ojos fijos en sus labios. "Usted tiene cáncer."
Vi cómo sus labios se movían formando la palabra, pero mis oídos se negaron a registrar el sonido. Una y otra vez, podía ver cómo se formaba la palabra en sus labios. Cáncer, así, simplemente. Un día soy fuerte como un buey, un veterano con treinta y tres años de servicio en la Policía. Al otro día, tengo cáncer.
Pareció que pasaba una eternidad hasta que pude contestar. "Bien, ¿qué hacemos? Supongo que tendrá que extirparlo."
"No es tan simple", dijo el Dr. McDonald, aclarándose la garganta. "Es maligno, y está demasiado avanzado para que podamos manejarlo aquí. Lo derivaremos a los médicos del Instituto del Cáncer M.D. Anderson. Ellos son famosos en todo el mundo por sus investigaciones en el tratamiento de esta enfermedad. Si alguien puede ayudarlo, son ellos. Pero no se ve muy bien, capitán, y mentiríamos si le diéramos alguna esperanza sobre el futuro."
Ambos doctores fueron muy compasivos. Yo me daba cuenta de que estaban conmovidos, pero sabían que yo era un policía veterano, y querría conocer los hechos. Me los hicieron saber, francamente, pero con la mayor suavidad posible. Luego se fueron.
Me senté, mirando la comida que se enfriaba en la bandeja. Todo parecía sin vida: el café, el bife a medio comer, la compota de manzanas. Aparté todo de mí y me senté a un costado de la cama. Cáncer. Sin esperanzas.
Caminé hacia la ventana y miré afuera, a la ciudad de Houston, que yo conocía como la palma de mi mano. Ella también tenía cáncer; estaba llena de delitos y enfermedades, como cualquier gran ciudad. Durante un tercio de siglo yo había trabajado, tratando de detener el avance de ese cáncer, pero era una tarea interminable. El Sol se estaba ocultando, y sus rayos moribundos se reflejaban en las torres de las iglesias por sobre los techos. Nunca lo había notado antes. Houston parecía estar llena de iglesias.
Yo era miembro de una de ellas, la Primera Iglesia Bautista de Houston. En realidad, era un activo diácono de mi iglesia, aunque mi fe personal no era mucha. Algunos amigos míos bromeaban diciendo que yo era de la misma clase de bautista que Harry Truman: de los que bebían, jugaban al póker y maldecían. Aunque yo había escuchado a mi pastor predicar poderosos sermones sobre la salvación, nunca había tenido ninguna victoria en mi vida personal. Era diácono por mi posición en la comunidad, más que por mi calidad espiritual. Aquí estaba yo ahora, cara a cara con la muerte, desesperado por hallar algo a qué aferrarme. Pero al poner los pies en el agua, no había fondo. Sentía como si me estuviera hundiendo.
Miré hacia abajo desde el noveno piso. Sería fácil saltar desde la ventana. Yo había visto morir de cáncer a algunas personas, con sus cuerpos carcomidos por la enfermedad. Cuánto más fácil sería terminar con todo ahora. Pero algo que Sara había dicho había quedado grabado en mi mente: "Tenemos mucho porqué vivir..."
Kathryn Kuhlman Volví a la cama y me senté en el borde, mirando en lo profundo de esa gran nube gris y negra que parecía estar cerrándose sobre mí. ¿Cómo decirle a ella, y a los niños, que iba a morir?
Al día siguiente vinieron los médicos del Instituto M. D. Anderson. Hubo más exámenes. El doctor Delclose, que estaba a cargo de mi caso, fue realmente honesto conmigo. "Lo único que puedo decirle es que será mejor que se prepare para ver a muchísimos médicos", me dijo.
"¿Cuánto tiempo me queda?", pregunté.
"No puedo darle ninguna esperanza", dijo francamente. "Quizá un año, quizá un año y medio. El cáncer está muy extendido en toda la zona baja del abdomen. La única forma en que podemos tratarlo es con grandes dosis de radiación, lo cual significa que al mismo tiempo mataremos muchos tejidos sanos. Pero si queremos prolongar en algo su vida, debemos comenzar ya."
Firmé la autorización, y comenzaron el tratamiento con cobalto ese mismo día. Yo creía en la oración. En la Primera Iglesia Bautista orábamos todos los miércoles por los enfermos. Pero siempre iniciábamos nuestra oración por sanidad con las palabras: "Si es tu voluntad, sánalo..." Así me habían enseñado. Yo no sabía nada sobre orar con autoridad, la clase de autoridad que tenían Jesús y los discípulos. Realmente yo creía que Dios podía curar a la gente, pero no creía que Él hiciera milagros en la actualidad.
Por lo tanto, cuando fui a que me hicieran el tratamiento con rayos, con el cuerpo rasurado y marcado con un lápiz azul como si fuera una res lista para el cuchillo del carnicero, la única oración que hice fue: "Señor, que esta máquina haga lo que debe hacer".
Ahora bien, esta no es una mala oración, ya que la máquina estaba hecha para matar células cancerosas. Por supuesto, los médicos trataban de evitar que la radiación afectara otros órganos, así que yo estaba marcado al milímetro. El cáncer estaba en la zona de la próstata y debía ser tratado desde todos los ángulos, así que la gigantesca máquina que irradiaba cobalto rodeaba la mesa, y la radiación penetraba en mi cuerpo desde todos los ángulos.
Los tratamientos diarios duraron seis semanas. Fui dado de alta en el hospital y se me permitió volver al trabajo, aunque debía volver todas las mañanas para recibir la dosis.
Habían pasado cuatro meses desde que se había diagnosticado mi enfermedad. Se acercaba la Pascua, y Sara comentó que parecía que iba a ser mejor que la Navidad. Quizá el cobalto había logrado su objetivo. O, mejor aún, quizá los médicos se habían equivocado. Entonces, ciento veinte días después del primer diagnóstico, llegó el dolor.
Era un viernes al mediodía. Yo le había prometido a Sara que nos encontraríamos en el pequeño restaurant donde solíamos reunirnos para almorzar. Ella ya había llegado. Yo sonreí, apoyé mi gorra de policía en el alféizar de la ventana, y me senté junto a ella. Mientras lo hacía, sentí como si hubiera sido apuñalado con una daga al rojo vivo. El dolor atravesaba mi cadera derecha en terribles espasmos. No podía hablar, solo podía mirar a Sara en una muda agonía. Ella me tomó del brazo.
Kathryn Kuhlman El dolor se disipó lentamente, dejándome tan débil que apenas podía hablar. Traté de contarle; entonces, como la marea que retorna a la orilla, el dolor volvió. Era como fuego en los huesos. Mi rostro brillaba de transpiración y tiré del cuello para aflojar mi corbata. La camarera que había venido a servirnos notó que algo andaba mal. "Capitán LeVrier," dijo, preocupada, ".está usted bien?"
"Estaré bien", dije finalmente. "Es que tuve un dolor repentino."
Decidimos no comer. En cambio, fuimos directamente al hospital, y el doctor Delclose ordenó inmediatamente nuevas radiografías. Mientras me preparaban, puse la mano sobre la cadera derecha y sentí la hendidura. Era del tamaño de una moneda grande y parecía un hueco bajo la piel. Los rayos X mostraron lo que era: el cáncer había hecho un hueco que atravesaba la cadera. Solo la piel cubría la cavidad.
"Lo siento, capitán", dijo el médico. "El cáncer se está extendiendo como lo esperábamos."
Luego, en un tono mesurado, concluyó: "Comenzaremos nuevamente las aplicaciones de cobalto, y haremos todo lo posible para que el tiempo que le queda sea lo menos doloroso posible."
Los viajes diarios al hospital comenzaron otra vez. Sara trataba de mantenerse en calma. Ella había trabajado en el Departamento de Policía antes de que nos casáramos, y había estado expuesta a la muerte muchas veces. Pero esto era diferente. Yo no lo sabía entonces, pero los médicos le habían dicho que probablemente yo no tuviera más de seis meses de vida.
Seguí trabajando, aunque cada vez estaba más débil. Era difícil saber si era debido al cáncer o al cobalto. Una tarde Sara me recogió al salir del trabajo y me dijo: "John, he estado pensando. Hace bastante que estoy fuera de circulación. ¿Qué dirías si vuelvo a trabajar?"
"Ya tienes trabajo", le dije, en tono de broma, "solamente cuidando de los niños. Yo ganaré el pan para esta casa. Todavía me quedan muchas millas por recorrer." "Sigues siendo el policía duro, ¿no?", dijo ella. "Bien, yo también soy dura. Voy a inscribirme en la facultad."
Comencé a comprender lo que ella estaba haciendo: estaba poniendo las cosas en orden. Era hora de que yo hiciera lo mismo. Pero antes de que pudiera, hubo una novedad. Cirugía.
"Es la única forma de mantenerlo vivo", dijo la cirujana. "Este tipo de cáncer se alimenta de hormonas. Vamos a tener que redirigir el curso de las hormonas en su cuerpo por medio de la cirugía. Si no lo hacemos, realmente le quedará poco tiempo."
Acepté la operación, pero antes de los ciento veinte días el cáncer apareció nuevamente en la superficie, esta vez en la columna.
Me di cuenta por primera vez una tarde de domingo, en junio. Sara se había llevado a los niños a un picnic de la Escuela Bíblica de Vacaciones, y yo estaba en casa, tratando de trasplantar una plantita a un cantero. Estaba tan débil que me resultaba difícil inclinarme, pero pensé que el ejercicio me haría bien. Había cavado un pequeño hoyo en la tierra, y cuando me incliné para tomar la plantita, un dolor como si me hubieran aplicado un rayo de mil voltios me paralizó la región baja de la espalda. Caí hacia adelante en la tierra.
Kathryn Kuhlman Nunca había imaginado que podía existir un dolor tan terrible. No había nadie a mi alrededor para ayudarme, así que arrastrándome, un poco a gatas, un poco sobre el estómago, subí los escalones y entré en la casa. Entonces, por primera vez, me rendí. Tirado allí en el piso, en la casa vacía, lloré y gemí sin control. Había estado reprimiéndolo por Sara y los niños, pero esa tarde, con la casa vacía, me quedé allí llorando y gimiendo hasta que el dolor finalmente se disipó.
A esto le siguió una nueva serie de aplicaciones de cobalto y más miradas desesperanzadas de los médicos. Había recibido mi sentencia de muerte.
El cáncer lo destruye a uno desde adentro, y yo no era el único en la familia que lo había sufrido. Los esposos de mis dos hermanas, que también vivían en Houston, habían muerto de cáncer. Ambos tenían aproximadamente cincuenta años, como yo. Parecía que ahora era mi turno. Era hora de terminar de poner mis cosas en orden.
Siempre había querido tener un gran auto antiguo. En un impulso de derroche, compré un Cadillac que solo tenía tres años de uso. Cuando terminó el verano, metimos a toda la familia en el auto y partimos en lo que yo creí que serían mis últimas vacaciones. Quería que fuera especial para los niños. Años antes, había viajado por la costa noroeste del Pacífico, y ahora quería que Sara y los niños conocieran esa parte del mundo que había significado tanto para mí: el recorrido del río Columbia, el monte Hood, la costa de Oregon, lago Louise, Yellowstone y las Montañas Rocosas. Los niños no lo sabían, pero Sara y yo creíamos que sería nuestros últimos veranos juntos, como familia.
Volví a Houston para tratar de atar algunos cabos sueltos. Pero cuando la vida está deshecha más allá de toda posibilidad de arreglo, es imposible recoger los trozos. Lo único que puede hacerse es dejarlos sueltos y esperar el final.
Un sábado por la mañana, a comienzos del otoño, entré a la casa y encendí la TV. Nuestro pastor de la Primera Iglesia Bautista, John Bisango, tenía un programa llamado "Tierras Altas". John había venido a Houston de Oklahoma, donde su iglesia había sido reconocida como la iglesia más evangelística de la Convención Bautista del Sur. Lo que había sucedido en Oklahoma estaba comenzando a darse también en Houston, mientras este dinámico y joven pastor daba vuelta la iglesia. Yo estaba muy entusiasmado con su ministerio.
Demasiado débil para levantarme, me quedé echado en la silla mientras terminaba ese programa y comenzaba otro. "Yo creo en milagros", dijo la voz de una mujer. Miré a la pantalla. No me impresionaba; muy pocos bautistas se sentirían impresionados por una mujer que predica. Pero a medida que avanzaba el programa y esta mujer, Kathryn Kuhlman, hablaba de maravillosos milagros de sanidad, algo dentro de mí se encendió. "¿Será real esto?", pensé.
El programa terminó, y comenzaron a pasar los créditos en la pantalla. De repente, vi un nombre conocido: Dick Ross, productor.
Yo conocía a Dick; lo conocía desde 1952, cuando él estaba en Houston trabajando con Billy Graham en la producción de "Oiltown, USA". En realidad, yo había tenido un pequeño papel en esa película, y a partir de allí me convertí en amigo de Billy Graham y su equipo, y me hacía cargo de la seguridad cada vez que venían a Houston. Y ahora veía el nombre de Dick Ross relacionado con esta predicadora que hablaba de milagros de sanidad.
Kathryn Kuhlman Yo me había mantenido en contacto con Dick a través de los años. Toda vez que iba a California por razones de trabajo, lo buscaba. Lo había visitado en su hogar y hasta había asistido a su clase de escuela dominical en la iglesia presbiteriana. Tomé el teléfono y lo llamé.
"Dick, acabo de ver el programa de Kathryn Kuhlman. ¿Son verdaderas esas sanidades?"
"Sí, John, son de verdad", respondió Dick. "Pero tendrías que asistir a una de esas reuniones en el auditorio Shrine para verlo por ti mismo. ¿Por qué lo preguntas?" Dudé por un momento, y luego hablé. "Dick, tengo cáncer. Ya ha aparecido en tres áreas de mi cuerpo, y temo que la próxima vez me matará. Sé que parece que estoy tratando de aferrarme a algo imposible, pero eso es lo que hace un hombre que va a morir."
"Voy a hacer que la señorita Kuhlman te llame personalmente", dijo Dick.
"Oh, no", protesté. "Sé que ella está demasiado ocupada como para atender a un policía de Houston. Solo dime dónde puedo conseguir sus libros."
"Yo te enviaré sus libros", dijo Dick. "Pero también le pediré que te llame, como un favor personal para mí."
En menos de una semana, ella llamó a mi casa. "Siento como si ya lo conociera", me dijo, y su voz sonaba exactamente igual que en el programa de TV. "Hemos puesto su nombre en la lista de oración, pero no deje de venir a alguna de las reuniones."
Aunque Sara y yo leímos sus libros y nos convertimos en ávidos espectadores de su programa de TV, en realidad yo posponía el momento de asistir a alguna reunión de Kathryn Kuhlman. "¿Dónde hemos estado durante toda la vida?", preguntaba Sara. "Esta mujer es famosa en todo el mundo, pero nunca escuché hablar de ella antes."
Como tantos otros bautistas, simplemente no comprendíamos que había otras cosas que sucedían en el Reino de Dios, aparte de la Convención Bautista del Sur. Ahora nuestros ojos estaban siendo abiertos, no solo a otros ministerios, sino a otros dones del Espíritu y al poder de Dios para sanar. Era todo tan nuevo, tan diferente. Pero yo comprendía que era bíblico. A pesar de mi ignorancia de los dones sobrenaturales de Dios, me habían enseñado a aceptar que la Biblia es la Palabra de Dios. Cuando comenzamos a ver todas esas referencias al poder del Espíritu Santo, referencias que nunca habíamos visto antes, nuestros corazones comenzaron a sentir hambre, no solo de sanidad, sino de recibir la llenura del Espíritu Santo.
En febrero supe que mi tiempo se estaba acabando. Sara y los chicos también lo sabían. "Papá", me dijo Elizabeth, "tú ve a California, y nosotros nos quedaremos en casa y oraremos. Creemos que Dios te sanará".
Miré a Sara Ann. Con los ojos húmedos, asintió y dijo: "Creo que Dios te sanará." El viernes 19 de febrero volé desde Houston hasta Los Ángeles. Unos viejos amigos de Los Ángeles me prestaron su auto, y encontré un hotel donde quedarme en Santa Mónica. Como policía y como bautista, quería formarme una idea sobre la señorita Kuhlman antes de asistir a la reunión el domingo.
Supe que ella generalmente venía desde Pittsburgh el día antes del culto en el Shrine. También hice algunas preguntas, usando mis técnicas de policía, y averigüé dónde se alojaba. Pronto tuve toda la información que necesitaba.
Kathryn Kuhlman
A la mañana siguiente, temprano, fui a su hotel. Como policía que era, me resultó fácil conectarme con los oficiales de seguridad y sacarles información.
Poco después me dijeron a la hora que generalmente llegaba la señorita Kuhlman. Me senté en el lobby del hotel y esperé. Una hora después se abrió la puerta y ella apareció. Era exactamente como me la había imaginado. Sabía que era un descarado, pero la intercepté cuando iba hacia el elevador. "Señorita Kuhlman", le dije, "soy ese capitán de la policía de Texas."
Ella me mostró una amplia sonrisa y exclamó: "¡Ah, sí! Usted vino para ser sanado".
Hablamos durante unos instantes. Luego le dije: "Señorita Kuhlman, soy un creyente en Jesucristo nacido de nuevo. Sé que no tengo que ser sanado para ser creyente, porque ya lo soy. Pero usted habla de algo en sus libros que yo quiero tanto como la sanidad física".
"Qué es?", preguntó ella, escrutando mi rostro. "Quiero ser lleno del Espíritu Santo."
"Oh," sonrió dulcemente, "le prometo que puede tenerlo."
"Bueno, estoy gravemente enfermo, pero todavía estoy fuerte como para ir al auditorio y esperar en la fila. He leído sus libros y conozco la forma en que se conducen sus reuniones. Estaré levantado bien temprano para conseguir un buen asiento." Me despedí y comencé a retirarme.
"¡Espere!", dijo ella. "Estoy sintiendo algo, y tengo que ser obediente al Espíritu Santo. Venga aquí por la mañana, e iremos juntos hasta el auditorio. Puede seguirnos en su auto."
Dudé por un instante. "Señorita Kuhlman, hace tanto tiempo que soy policía, y he aprovechado muchas veces las situaciones para lograr lo que quería más rápidamente... Esta vez no quiero hacer nada que pueda ser obstáculo para mi sanidad. Simplemente iré y me pondré en la fila con los demás."
Su voz sonó encolerizada, y sus ojos brillaron. "Ahora, déjeme decirle algo", dijo marcando cada palabra. "Dios no va a sanarlo porque usted se comporte bien. Él no va a sanarlo porque usted sea un capitán de la policía. Y seguramente no va a sanarlo por la forma en que llegue a la reunión."
No fue necesario que dijera nada más. A la mañana siguiente la seguí desde el hotel hasta el auditorio Shrine. Llegamos a las 9.30. Aunque la reunión no comenzaría hasta la una de la tarde, la acera donde estaba la entrada al enorme auditorio estaba llena de personas, miles de personas.
Entramos por la parte de la plataforma, y la señorita Kuhlman me dijo: "Ahora, siéntase en libertad de andar por este lugar hasta que vea que me reúno con los ujieres. Cuando eso suceda, quiero que usted esté conmigo."
Acepté, y anduve recorriendo el vasto auditorio. Cientos de ujieres, que habían viajado muchos kilómetros para colaborar voluntariamente, estaban ocupados colocando las sillas para el coro de quinientas personas, preparando la sección donde estarían quienes venían en sillas de ruedas, acomodando a quienes habían venido en autobuses alquilados especialmente, y acondicionando el lugar para lo que iba a ocurrir.
Kathryn Kuhlman Yo casi podía sentir la expectativa mientras recorría el salón. Era como electricidad. Todos susurraban en voz baja, como si el Espíritu Santo ya estuviera presente. ¡Qué distinto de las experiencias que había tenido en los cultos de la iglesia! Yo también lo sentía, y repentinamente, ya no fui más un policía, ni un diácono de una iglesia bautista. Era solamente un hombre que sufría de cáncer, que necesitaba un milagro para vivir. Si ese milagro sucedía alguna vez, sería en este lugar.
Uno de los hombres se presentó como Walter Bennett. Reconocí su nombre inmediatamente. Había leído su testimonio en Dios puede hacerlo otra vez. Su esposa Naurine había sido sanada de una horrible enfermedad. Él me llevó hacia la puerta que daba a la plataforma, donde ella montaba guardia. El solo hecho de verla tan radiante, sabiendo que había estado a punto de morir, me dio nueva esperanza y fe. Sentí ganas de llorar.
"John", me dijo Walter, "tenemos algo en común. Tú eres un diácono bautista, y yo era un diácono bautista, también. Vamos a tomar una taza de café."
Salimos por una puerta lateral y encontramos un café por allí cerca.
"Después de que seas sanado," dijo Walter, "es posible que tus compañeros bautistas no quieran tener nada más que ver contigo." Sonrió como si supiera. Hablaba con tal fe, como si estuviera seguro de que yo iba a ser sanado.
"No me importa lo que piensen los demás sobre mí si soy sanado," dije, "mientras Dios toque mi cuerpo."
Walter sonrió. Sentí mucho amor por este nuevo amigo.
"Bueno, hay algo de lo que podemos estar seguros", dijo suavemente. "Dios no te ha traído de tan lejos hasta aquí para nada. Vas a volver a Houston siendo un hombre nuevo." El hecho de que este diácono bautista hablara con tal fe me llenaba de entusiasmo. Estaba ansioso porque empezara la reunión.
Allí en el auditorio, la señorita Kuhlman se estaba reuniendo con los ujieres para darles las últimas instrucciones antes de que se abrieran las puertas. Me uní a ellos sobre la plataforma.
"Hoy tenemos aquí con nosotros a un hombre que es capitán de la policía de Houston", dijo Kathryn. "Él tiene cáncer en todo el cuerpo, y voy a orar por él ahora. Quiero que cada uno de ustedes, hombres, se inclinen en oración mientras ruego al Señor por él."
Me di cuenta de que esto era algo especial. Sabía que el ministerio de la señorita Kuhlman era simplemente decir lo que Dios hacía a medida que se desarrollaban los grandes cultos de milagros; que ella no tenía ningún don de sanidad propio en particular. Me hizo una seña para que me acercara y estiró sus manos sobre mí. Aunque este era el momento que yo había esperado, dudé. Recordé lo que había leído en sus libros, que muchas veces, cuando ella oraba por alguien, la persona caía al suelo. Yo pensaba que eso de caerse estaba muy bien para algunos pentecostales, pero no era para un bautista, y mucho menos para un capitán de la policía. Pero no tenía opción. Di un paso al frente y dejé que orara por mí.
Apoyando firmemente los pies en mi mejor postura de yudo, esperé mientras ella me tocaba y oraba por mi sanidad. No sucedió nada, y cuando comenzaba a relajarme, la escuché decir: "Y llénalo, bendito Jesús, con el Espíritu Santo".
Kathryn Kuhlman Sentí que me tambaleaba, y pensé: "¡No puede ser!" Me reafirmé sobre mis pies, colocándolos uno detrás del otro, y la escuché decir por segunda vez: "Y llénalo con tu Santo Espíritu".
Sentí como si alguien hubiera puesto sus manos sobre mis hombros y me estuviera empujando hacia el piso. No pude resistirme, y me desplomé sobre la plataforma. Luché por recobrar la posición vertical, justo cuando la escuchaba decir por tercera vez: "Llénalo con tu Espíritu Santo". Y caí de nuevo.
Esta vez quedé en el suelo durante varios minutos. Sentía como si estuviera hundiéndome en una piscina llena de amor. Alguien me ayudó a levantarme, y escuché que ella me decía: "Ahora, búsquese un asiento. Vamos a abrir este lugar, y en unos pocos minutos todos los asientos estarán ocupados".
Debería haberla escuchado, porque momentos después se abrieron las puertas y la gente entró corriendo por los pasillos como la lava de un volcán. Pude subir por uno de los pasillos, y me detuve a mirar una sección entera del auditorio llena de gente en sillas de ruedas. No podía quitar mi mirada de sus rostros. Algunos eran tan jóvenes y ya estaban tan deformados... sentí deseos de llorar nuevamente. "Oh, Señor, Les que soy tan egoísta como para desear sanarme cuando hay tantas personas aquí, algunas de ellas tan jóvenes?"
Mientras estaba así parado, mirándolos, por primera vez en mi vida, escuché la voz de Dios en mi interior, que decía: "No hay escasez en el depósito de
Dios".
Con nuevas fuerzas volví a la parte de atrás, y lenta, dolorosamente, subí las escaleras hasta encontrar un asiento en la primera fila de la planta alta.
Faltaba aún un poco antes de que comenzara la reunión. El enorme coro había tomado su lugar en la plataforma y hacía los últimos ensayos. Me entretuve observando las distintas personas que estaban sentadas a mi alrededor, y me presenté al hombre que estaba sentado junto a mí. "Soy el doctor Townsend", me saludó.
"LEs usted médico?", le pregunté, asombrado de que un médico estuviera asistiendo a un culto de sanidad.
"Sí", contestó, sacando su tarjeta. "Vengo porque soy muy bendecido. Me gusta ver el enorme poder de Dios en acción." Luego me presentó a su familia. "Traje a mi padre, que viene de otro Estado. Esta es la primera reunión a la que asiste." Sentado al otro lado del pasillo estaba uno de mis actores favoritos de TV. "Bueno, qué les parece", pensé. "¡Médicos y estrellas de TV que vienen y se sientan aquí arriba! No vinieron para ser reconocidos, sino para participar de la reunión." Estaba impresionado.
El culto comenzó. Una hermosa joven, una modelo cuyo rostro yo había visto en la tapa de las revistas femeninas que leía Sara, dio un breve testimonio sobre lo que Jesucristo significaba en su vida.
Yo había estado en muchas reuniones evangelísticas, pero esta era inusual. Quizá era la expectativa que había en el ambiente, quizá la sensación de maravilla. Fuera lo que fuere, era diferente de cualquier otra reunión a la que hubiera asistido.
La señorita Kuhlman hablaba desde la plataforma. "Saben, me han pedido que aparte este domingo para los jóvenes, pero hay personas que han venido desde
Kathryn Kuhlman tan lejos, que no me atrevo a decir: `Solo para los jóvenes'. Sin embargo, dado que hay tantos jóvenes aquí hoy, debo hablarles.
Su mensaje fue breve y dirigido a los jóvenes. Habló del amor de Dios y luego presentó uno de los llamados más desafiantes que he escuchado jamás. Ahora bien, si hay algo que impresiona a un bautista, son las cantidades y el movimiento. Y cuando vi a casi mil jóvenes dejar sus asientos e ir hacia adelante para tomar una decisión por Cristo, eso me impresionó. Al contrario de la mayoría de los cultos evangelísticos a los que había asistido, esta reunión no tenía fanfarrias, ni testimonios lacrimógenos. Solo una simple invitación de esta mujer alta que había dicho: "Quieres nacer de nuevo?" Los jóvenes respondieron, muchos de ellos literalmente corriendo por los pasillos para aceptar ese desafío.
Ella parecía haber olvidado el paso del tiempo mientras los atendía sobre la plataforma, orando por muchos de ellos individualmente. Finalmente, volvieron a sus asientos, pero la congregación estaba percibiendo que iba a suceder algo más.
"Padre", susurró la señorita Kuhlman, en voz tan baja que yo apenas podía oírla, "creo en milagros. Creo que tú sanas en el día de hoy, como lo hacías cuando Jesucristo estaba aquí. Tú conoces las necesidades de las personas que están aquí, en este inmenso auditorio. Te lo pido en el nombre de Jesús. Amén.'
Luego hubo un silencio. Yo sentía a mi corazón golpeando dentro de mi pecho. Tenía conciencia de cada célula de mi cuerpo y casi podía sentir la batalla espiritual que estaba ocurriendo mientras las fuerzas del Espíritu Santo luchaban contra las fuerzas del mal en mi cuerpo. "Oh, Dios", oré, en adoración. "Oh,
Dios."
De repente, la señorita Kuhlman estaba hablando otra vez, y su voz hablaba rápidamente a medida que recibía conocimiento de lo que sucedía en el auditorio. "Hay un hombre en la parte alta del auditorio, en el extremo derecho desde donde estoy, que acaba de ser sanado de cáncer. Levántese, señor, en el nombre de Jesucristo, y reclame la sanidad."
Miré. Ella señalaba al lado opuesto de donde yo estaba. Era extraordinario. Yo solamente podía observar, maravillado, mientras sentía un entusiasmo creciente. Esto era real. Lo sabía.
"No venga a la plataforma a menos que sepa que Dios le ha sanado", enfatizaba ella.
Miré a mí alrededor y vi a los consejeros caminando por los pasillos. Estaban hablando con personas que creían haber sido sanadas, asegurándose de que solo aquellos que verdaderamente habían recibido sanidad pasaran a dar testimonio. La mayoría de las personas sanadas que daban testimonio habían estado sentadas en la parte alta del auditorio. Iban de la derecha a la izquierda:
"Dos personas están siendo sanadas de problemas en la vista."
"Una mujer está siendo sanada ahora mismo de artritis. Levántese y reclame su sanidad."
"Usted está sentado en la parte del medio de la plata alta."
La señorita Kuhlman decía: "Usted vino hoy a recibir sanidad. Dios lo ha restaurado.
Kathryn Kuhlman Quítese el audífono. Puede oír perfectamente."
Miré. Una mujer de aproximadamente cuarenta años estaba poniéndose de pie, quitándose los audífonos de los dos oídos. Un consejero detrás de ella le susurraba algo. Pensé que la mujer iba a gritar mientras levantaba las manos sobre su cabeza, alabando a Dios. Podía oír. El doctor que estaba sentado a mi lado lloraba, diciendo: "Gracias, Jesús".
Las sanidades se producían en dirección a donde yo estaba sentado en la planta alta. "Señor, que no se acaben", oré. Entonces recordé lo que Él me había susurrado cuando estaba en el pasillo, abajo: "No hay escasez en el depósito de Dios".
Repentinamente vi que la señorita Kuhlman estaba señalando hacia arriba y a la izquierda, donde yo estaba sentado. "Usted ha venido desde muy lejos para ser sanado de cáncer", dijo. "Dios lo ha sanado. Póngase de pie en el nombre de Jesús y reclámelo."
¡Estaba tan lejos de la plataforma! Quizá ella ni se imaginaba que yo estaba allí. Pero su dedo, largo y delgado, apuntaba en dirección a mí.
"Oh, Señor," murmuré, "por supuesto que quiero ser sanado. Pero, ¿cómo sé que esto es para mí?"
En ese mismo instante, la misma voz interior que había escuchado abajo, cuando miraba a los que estaban en sillas de ruedas, me dijo: "¡Ponte de pie!"
Me puse de pie. Sin sentir nada, simplemente lo hice en obediencia y fe.
Entonces lo sentí. Era como ser bautizado en energía líquida. Nunca había sentido una fuerza así recorriendo todo mi cuerpo. Sentí que podría tomar en mis manos la guía telefónica de Houston y partirla en pedazos.
Una mujer se me acercó. "¿Ha sido usted sanado de algo?" "Sí", declaré, con ganas de saltar y correr al mismo tiempo. "¿Cómo lo sabe?"
"Nunca me he sentido tan gloriosamente bien. Apenas tuve fuerzas para llegar hasta este asiento, y ahora, ¡me siento tan bien!" Mientras tanto, yo me estiraba y me doblaba, haciendo cosas que no había podido hacer durante más de un año. "Siento que podría correr más de un kilómetro."
"Entonces corra hasta la plataforma y testifique", dijo ella.
Me lancé a correr. Pero mientras lo hacía, comencé a preguntarme: "¿Qué pasaría si hubiera aquí alguien de Houston? Voy a llegar corriendo a la plataforma, y la señorita Kuhlman va a poner sus manos sobre mí y me voy a caer al suelo. ¿Qué pensarán?"
Entonces me di cuenta de que no me importaba. Momentos después estaba junto a la señorita Kuhlman en la plataforma. Ella caminó hacia mí y dijo sencillamente: "Te agradecemos, bendito Padre, por sanar este cuerpo. Llénalo con tu Espíritu Santo".
¡Bam! Al piso otra vez. Pero esta vez, debido a la nueva energía sanadora que llenaba todo mi cuerpo, me levanté inmediatamente. La segunda vez ni siquiera me tocó. Solo oró en mi dirección, y la escuché decir: "Oh, el poder..." Y caí de nuevo al suelo.
Esta vez me quedé allí, regocijándome nuevamente en esa marea de amor líquido. Pero aún allí, Satanás me atacó. Vino como león rugiente. "¿Qué te hace creer que has sido sanado?"
Kathryn Kuhlman La señorita Kuhlman ya había puesto su atención en otra persona. Rodé y me puse de rodillas, con la cabeza en las manos, orando: "Oh, Padre, dame la fe para aceptar lo que sinceramente creo que me has dado".
Durante muchos años yo había tomado muchos estudios bíblicos bautistas. Mi mente había sido verdaderamente expuesta a la Palabra de Dios, y en ese momento un versículo vino a mi mente: "Probadme ahora, dice el Señor..."
Pensé en todos esos cuerpos deformados que había visto. "Padre, muéstrame una señal visible para que mi fe se fortalezca."
Abrí los ojos, y vi a una niñita de nueve años que se acercaba a la plataforma. Nunca he visto a nadie más feliz. Estaba corriendo y saltando, descalza. Bailaba de lado a lado frente a la plataforma, junto a la señorita Kuhlman, que se estiraba para tomarla de la mano, pero no pudo alcanzarla. Se dio vuelta y comenzó otra vez. Nuevamente la señorita Kuhlman quiso tomarla, pero otra vez se le escapó danzando. Para este momento ya la madre de la niña estaba sobre la plataforma. En las manos tenía un par de zapatos con rígidas guías de metal.
Sin poder alcanzar a la niñita, que seguía saltando y danzando, la señorita Kuhlman se volvió hacia la madre: "¿Qué tenemos aquí?"
"Esa es mi hijita", sollozaba la madre. "Tuvo parálisis infantil cuando era bebé y nunca pudo volver a caminar sin estos zapatos especiales. ¡Pero mírela ahora!" Toda la congregación prorrumpió en estruendosos aplausos.
"¿Cómo sabe usted que Dios la ha sanado?", preguntó Kathryn Kuhlman.
"Oh, sentí el poder sanador de Dios recorriendo su cuerpo", casi gritó la madre. "Le quité los zapatos ortopédicos, y ella comenzó a correr."
Detrás de ella había otra madre, que tenía en brazos una niña de dos años. "¿Qué pasó aquí?", preguntó la señorita Kuhlman.
"Dios acaba de sanar el piecito de mi hijita." La voz de la madre temblaba tanto que era difícil entender lo que decía.
La señorita Kuhlman tomó el piecito de la niña. "¿Era e ste el pie dañado?"
"Sí, sí, era ese", dijo la madre, sosteniendo en la mano un zapato especial. "La niña nació con pie plano. Ha sufrido muchas operaciones. Si usted le hubiera masajeado el pie antes como lo está haciendo ahora, hubiera gritando de dolor." "Aquí en la plataforma hay varios médicos", dijo la señorita Kuhlman. "Ellos me conocen. ¿Hay algún médico entre el público que no me conozca y que no conozca a estas niñas? ¿Podría venir y examinarlas, por favor?"
Un hombre se puso de pie.
"¿Es usted médico?", preguntó la señorita Kuhlman. "Sí", respondió él. "¿Dónde ejerce?"
"En el Hospital St. Luke's, aquí, en Los Ángeles." "LPodría hacernos el favor de venir y examinar estas niñas?"
El médico fue y subió a la plataforma. "Lo primero que puedo decir es que esa niñita que salta y corre allá, con esas piernecitas tan delgadas, es un milagro. Si no fuera por un milagro, no podría estar parada, y mucho menos saltar de gozo." Luego tomó los piececitos de la niña más pequeña. "Señorita Kuhlman". dijo con voz seria, "no veo ninguna diferencia entre los dos pies de esta criatura. Creo que su madre puede tirar el zapato ortopédico."
Kathryn Kuhlman No necesité más pruebas. Tambaleándome, salí por la parte posterior de la plataforma, busqué un teléfono público y llamé a Sara en Houston. Estaba ocupado. Pedí a la operadora que interviniera la llamada.
"No puedo hacerlo a menos que sea un asunto de vida o muerte", me dijo ella. "Es exactamente eso, operadora. Y puede quedarse en línea a escucharlo, si desea."
Repentinamente, Sara estaba al teléfono. Traté de hablar, pero solo podía sollozar. Nunca he llorado más en mi vida que en ese momento, con el teléfono en la mano, detrás de la plataforma, en el auditorio Shrine. Sara me repetía: "John, John, ¿has sido sanado?"
Finalmente pude darle el mensaje. Estaba sano. Entonces ella comenzó a llorar. Deseé que la operadora estuviera escuchando. Era un asunto de vida, no de muerte.
Volví junto a la plataforma y observé. Cinco sacerdotes católicos, uno de ellos un "monseñor", estaban sentados en la primera fila sobre la plataforma. El monseñor estaba sentado en la punta de su silla, absorbiéndolo todo. Al pasar, la señorita Kuhlman lo vio y vio la expresión de ansiedad en su rostro. "Le gustaría experimentar esto?", le preguntó.
Él sabía perfectamente de qué le estaba hablando, ya que se puso en pie, con los pliegues de su sotana sacudiéndose en el aire, y dijo: "Sí".
Ella le impuso las manos y dijo: "Llénalo con tu Espíritu Santo". Él cayó al piso. Ella se volvió hacia los otros sacerdotes y les dijo: "Vengan". Cada uno de ellos cayó al suelo como el monseñor.
Los hippies eran salvos. Las extremidades torcidas eran enderezadas. Mi propio cáncer había sido sanado. Los sacerdotes católicos eran llenos del Espíritu Santo. Salí como en una nube y volví al hotel. Era más de lo que podía comprender. En el hotel hice todo tipo de ejercicios: sentarme y levantarme, empujar, cosas que no había podido hacer durante más de un año. Y las hice sin problemas. Aún cuando no me habían hecho un examen médico, yo sabía que estaba sano. Durante esa noche me desperté varias veces, no para tomar calmantes (había dejado de tomar mi medicación esa mañana, antes de ir al culto), sino para poder decir en voz alta en medio de la oscuridad: "¡Gracias, Jesús. Bendito sea el Señor!"
Entonces llegó el momento de reunirme con Sara y los niños. Cuando llegué al aeropuerto de Houston, me estaban esperando. Corrí hacia ellos, y abracé tan fuerte a Sara que literalmente la levanté del suelo. Mi fuerza la dejó sin aliento. Luego tomé a los niños, primero a Andrew, luego a John, levantándolos por sobre mi cabeza. Abracé a Elizabeth. Todos hablábamos al mismo tiempo.
"Tu rostro, John", decía Sara. "Está lleno de color y vida."
"Yo sabía que ibas a ser sanado", decía Elizabeth. "Oraba por ti todos los días a las nueve, a las doce, y a las seis."
"Nosotros también, papá", se asomó el pequeño John. "Nosotros tus hijitos también orábamos. Sabíamos que Dios te sanaría."
Era demasiado, y este veterano capitán de la policía, parado en medio del aeropuerto de Houston, se echó a llorar.
Poco después volví al Instituto M. D. Anderson para hacerme un examen físico. Tenía una cita con dos médicos en el mismo día.
Kathryn Kuhlman La primera que me revisó fue la que había recomendado la operación. Le di un ejemplar del libro de Kathryn Kuhlman, Creo en milagros. Ella lo ojeó, escuchó el relato de mi historia, y luego me miró como si yo estuviera loco.
"Déjeme decirle algo", dijo. "El único milagro que le ha sucedido es un milagro médico. Eso es todo. Lo único que lo está manteniendo vivo es su medicación. Siga tomándola, y veremos cuánto tiempo vive." Yo sonreí. "Bueno, no he tomado ninguna medicación desde el veinte de febrero, ya hace más de un mes."
Ella se mostró sorprendida y enojada. "Usted ha hecho una verdadera tontería, señor LeVrier", dijo. "No pasará mucho tiempo antes de que el cáncer aparezca en otra área de su cuerpo, y usted se irá."
¡Qué actitud tan extraña, pensé, para una científica!
Salí de allí y fui al consultorio del doctor Lowell Miller, jefe del Departamento de Terapia de Radiación del Hospital Herman. Esperaba que su reacción fuera más positiva, pero después de la reciente experiencia, decidí no contarle nada sobre el milagro. Que lo descubriera por sí solo.
Su enfermera me pidió que pasara al cuarto contiguo y me preparara para el examen físico. Entonces noté algo extraño. Como muchos policías veteranos, yo había sufrido de várices en las piernas. En realidad, no usaba bermudas en público, porque no me gustaba que vieran los nudos en mis piernas. Por supuesto, cuando se está muriendo de cáncer, uno no se preocupa demasiado por las várices, pero a la brillante luz del cuarto, miré mis piernas por primera vez desde que volví de Los Ángeles. El Señor no solo me había sanado de cáncer, sino que también había hecho desaparecer mis várices. Mis piernas estaban lisas y suaves como las de un adolescente. Cuando el Dr. Miller entró al cuarto, yo estaba regocijádome y alabando al Señor.
Extrañado de ver un paciente de cáncer tan gozoso, el Dr. Miller retrocedió. "¡Bueno! ¿Qué es lo que le ha sucedido?"
Eso fue todo lo que necesité para contarle toda la historia de cómo Jesucristo había curado mi cáncer.
"Veamos", dijo el Dr. Miller. "Yo también soy cristiano, pero Dios nos ha dado suficiente sentido común como para que nos cuidemos a nosotros mismos."
"No voy a discutir eso", dije alegremente. "Esa es la razón por la que estoy aquí para someterme a este examen. Hágame todos los exámenes que desee. Pero le digo que no encontrará nada mal."
"Okey", dijo el médico. "Vamos a hacerlo." Y a continuación me sometió al examen físico más completo que me hubieran hecho jamás.
Al terminar, dijo: "Sabe, desearía que mi próstata estuviera tan bien como la suya." Luego examinó la columna, golpeando vértebra por vértebra. "Notable", repetía. "Notable."
Me envió a rayos X, y dijo después: "Lo llamaré dentro de uno o dos días, luego de que haya tenido tiempo de comparar estas radiografías con las anteriores. Pero por todas las indicaciones que tengo, usted ha sido sanado."
Tres días después sonó el teléfono de mi escritorio en el segundo piso del Departamento de Policía de Houston. Era el doctor Miller. "Capitán", dijo, "tengo buenas noticias. No encuentro absolutamente ningún rastro de cáncer. Ahora, quisiera hacerle una pregunta. ¿Suele usted dar charlas?"
Kathryn Kuhlman "No", dijo él, "no sobre eso. Quiero que venga a mi iglesia y le cuente a la congregación lo que Dios ha hecho por usted."
Eso fue el comienzo. A partir de entonces viajo por todo el país, contándoles a las personas que no tienen esperanza sobre el Dios que no tiene escasez en su depósito de milagros.