Universidad de la República
Facultad de Psicología
Trabajo Final de Grado
Monografía
Los procesos de duelo en primera infancia por causa de la
muerte de la figura materna
Estudiante: María Melisa García Cirigliano
C. I.: 4.036.265-6
Tutor: Mag. Lic.Elika Capnikas
Revisora: Prof. Adj. Lic.
Adriana Tortorella
1
A
GRADECIMIENTOS«Las palabras amables pueden ser cortas y fáciles de decir, pero sus ecos son infinitos» Madre Teresa de Calcuta.
En primer lugar, quiero agradecer a mis hijos, Lucas, Alejo y Salvador, a mi esposo José, por acompañarme y por ser parte fundamental de este proceso.
A Tina y a Germán, pues gracias a ellos también es posible hoy cerrar esta etapa tan significativa en mi vida.
A mi tutora Elika Capnikas y a mi revisora Adriana Tortorella, que son y han sido docentes referentes durante mi formación y en esta etapa final.
A mis padres y amigos incondicionales, ya que sin ellos nada hubiera sido igual, siempre al firme en las buenas y en las malas, al igual que mi familia, conteniendo y con la palabra justa. Siempre positivos de que mi sueño se haría realidad.
Por último, al abuelo Lolo, a la abuela Sari y a mi amiga Ro, que desde donde estén, sé que estarán felices brindando junto a mí.
2
Índice
RESUMEN ... 3
INTRODUCCIÓN ... 4
CAPÍTULO 1: LA EVOLUCIÓN DEL CONCEPTO DE INFANCIA A LO LARGO DE LA HISTORIA . 5 1.1. Primera infancia ... 6
1.2. Una mirada desde las Neurociencias ... 7
CAPÍTULO 2: ESTRUCTURACIÓN PSÍQUICA EN EL INFANTE DESDE LA PERSPECTIVA DE DIFERENTES AUTORES ... 8
2.1. Sigmund Freud, Melanie Klein y Donald Winnicott ... 9
2. 2. Apego………..18
CAPÍTULO 3:DUELO INFANTIL ... 24
3.1. Duelo ... 24
3.1.1. Diferencias entre el duelo normal y la melancolía ... 26
3.1.2. Aportes sobre la temática del duelo desde la mirada de autores clásicos y autores contemporáneos ... 27
3.2. Duelo infantil ... 31
CONSIDERACIONES FINALES… ... 42
ANEXO………... ..38
3
R
ESUMENEl presente trabajo abordará el duelo en la primera infancia, haciendo énfasis en la pérdida de la figura materna, figura que cumple una función esencial en los primeros años de vida del niño.
Las figuras parentales son fundamentales para la crianza y el sostén del niño, por lo que la pérdida de una de ellas puede volverse traumático, afectando en diferente grado el psiquismo del infante y sus relaciones futuras.
Se planteará la importancia del rol adulto en tanto facilitador, o no, para la elaboración de este tipo de pérdidas tan significativas a edades tempranas.
Cuando no se cuenta con los recursos necesarios (apoyo, contención, sostén, afecto, entre otros) para afrontar, transitar y elaborar la pérdida, podríamos encontrarnos ante un duelo patológico.
Esta monografía consta de tres capítulos: el primero hace referencia a la evolución del concepto de infancia a lo largo de la historia. El segundo hace referencia a la estructuración psíquica en el infante desde la perspectiva de diferentes autores. El último capítulo trabaja el tema del duelo, las diferencias entre el duelo normal y la melancolía, haciendo hincapié en el duelo infantil.
4
I
NTRODUCCIÓNLa presente monografía se enmarca dentro del trabajo final de grado de la Licenciatura en Psicología de la Universidad de la República.
El ser humano como ser social necesita del vínculo con otros para forjar su identidad, así como necesita un sentido de pertenencia. Un elemento esencial es la seguridad afectiva y emocional.
Se hará un recorrido desde la perspectiva de diferentes autores quienes ponen énfasis en la importancia y el cuidado en la primera infancia e incluso antes de nacer, para un saludable desarrollo psíquico en el infante.
El apego es el punto de partida de todo proceso de duelo, si luego de la pérdida de la figura materna no se logra restablecer este vínculo y sentimiento hacia el otro progenitor o familiar, el duelo se verá dificultado. Quien asuma ese rol habilitará y ayudará a transitar este proceso con el sostén, el afecto y la escucha necesarios.
De esto dependerá que el infante pueda proyectar un futuro y que logre reaccionar frente a sucesivas pérdidas que le tocarán transitar a lo largo de su vida.
5
C
APÍTULO1:
LA EVOLUCIÓN DEL CONCEPTO DE INFANCIA A LO LARGO DE LAH
ISTORIAA través de la historia, la noción de infancia ha sufrido muchos cambios; a lo que podemos afirmar que este concepto posee un carácter histórico, social y cultural. La concepción del niño como objeto, considerado una cosa, sin valor e insignificante, se transformó de tal forma que este llegó a ser considerado un sujeto de derecho. (Jaramillo, 2007).
En la Antigua Grecia, el niño se consideraba propiedad del Estado; si nacía con alguna malformación o enfermedad se lo mataba, por no encontrarse apto para sobrevivir.
Hasta el siglo IV, se creía que los niños eran dependientes e indefensos, en otras palabras, «un estorbo».
Con la llegada del cristianismo, el niño comienza, lentamente, a ser apreciado y reconocido con una condición innata de bondad e inocencia. Obtuvo relevancia en el hogar. La iglesia católica tuvo un rol importante en el reconocimiento del niño.
Dentro de esta creencia, el bautismo garantizaba la existencia del infante.
En el siglo XV, todavía eran considerados indefensos, por esa razón el niño debía estar al cuidado de alguien, se trataba al niño como una «propiedad».
Con el advenimiento del Derecho Romano la situación sufrió cambios, apareció la noción de la patria potestad; el niño dejó de ser propiedad del Estado y el padre recibió el derecho sobre la vida y la muerte de su hijo.
Durante los siglos XV y XVI, en el arte, específicamente en la pintura, los niños eran retratados como pequeños adultos, la única diferencia se encontraba en el tamaño del personaje.
En esta época, los padres imponían una distancia emocional con sus hijos, hasta que se asegurara una garantía mínima de sobrevivencia.
Aún se lo consideraba un ser humano inacabado.
En el siglo XVIII, se le otorgó la categoría de infante como «ser primitivo».
El Renacimiento aparece vinculado a la educación y a la pedagogía, preparando al niño para hacer frente al mundo. La educación ya no sería para unos pocos, sino que todo niño tendría el derecho a ser educado. El Estado asume la tarea de institucionalizar a la infancia.
A partir del siglo XX, hasta la actualidad, gracias a diferentes movilizaciones a favor de la infancia y su cuidado, se reconoce una nueva categoría: el niño como sujeto de derechos.
6
En el año 1959 se aprobó la Declaración de los Derechos del niño y, treinta años después, el 20 de noviembre de 1989, se inauguró la Convención Internacional de los Derechos del niño, reconociendo a la infancia con el estatus de persona y de ciudadano.
El enfoque en los derechos promueve pensar en los niños como personas que necesitan cuidados y derechos especiales de acuerdo a su edad.
Este proceso fue muy importante, tiene carácter de conciencia social por transitar por dos agentes socializadores, en primer lugar, la familia y en segundo lugar la escuela.
Por último, cabe destacar que, a partir de la década del setenta, comenzó una preocupación por la depresión infantil, tema del que no se hablaba hasta ese momento. Actualmente se conoce que el niño se deprime y puede llegar a atentar contra su propia vida.
1.1. Primera infancia
La UNESCO establece que la primera infancia es el periodo que va desde que el niño nace hasta que cumple los ocho años de edad.
Estos años son claves para el desarrollo y la formación de una persona. Por esta razón es tan importante que se cuide y se proteja al niño de manera especial en esta etapa, tanto en el ámbito familiar como en el educativo y mediante distintas políticas.
UNICEF (2013) plantea que la infancia significa más que el tiempo transcurrido entre el nacimiento y la edad adulta, siendo lo primordial el estado y la condición de vida del niño, es decir, la calidad con que se transitan esos años.
Se define la primera infancia como:
… el periodo que se extiende desde el desarrollo prenatal hasta los ocho años de edad. Es el periodo más intenso de desarrollo cerebral de todo el ciclo de vida y por lo tanto la etapa más crítica del desarrollo humano. Lo que ocurre antes del nacimiento y en los primeros años de vida tiene una influencia vital en la salud y en los resultados sociales. Aunque los factores genéticos inciden en el desarrollo del niño, las pruebas indican que el ambiente tiene una gran influencia en la primera infancia (p.11).
7
1.2. Una mirada desde las Neurociencias
Desde la disciplina de las Neurociencias (ciencias que estudian el sistema nervioso y el cerebro), en Campos (2010) encontramos que
… la primera infancia es una etapa crucial en el desarrollo vital del ser humano. En ella se asientan todos los cimientos para los aprendizajes posteriores, dado que el crecimiento y el desarrollo cerebral, resultantes de la sinergia entre un código genético y las experiencias de interacción con el ambiente van a permitir un incomparable aprendizaje y desarrollo de habilidades sociales, emocionales, cognitivas, sensoperceptivas y motoras que serán las bases de toda una vida (p. 7).
Campos (2010) también afirma lo siguiente:
Los primeros años de vida son esenciales para el desarrollo del ser humano debido a que las experiencias tempranas perfilan la arquitectura del cerebro y diseñan el futuro comportamiento … se requiere de un entorno con experiencias significativas, estímulos multisensoriales, pero principalmente necesita de un entorno potenciado por el cuidado, la responsabilidad y el afecto de un adulto comprometido (p. 8).
Las experiencias cotidianas del bebé tendrán un papel importante en el desarrollo de su cerebro. Las canciones de cuna, el tono y el timbre de la voz de la madre, o de quien cumpla esa función, ayudarán al bebé a producir y a descodificar los sonidos del habla que conforman la base del lenguaje.
El cuidado del ambiente físico, las caricias, las conversaciones, los juegos, el afecto y las canciones son otros elementos presentes en la relación entre padres, educadores y niños, desde el nacimiento. Las relaciones interpersonales son el eje central del desarrollo infantil.
Podemos afirmar, de acuerdo con Campos (2010) que:
La primera infancia es la plataforma de despegue de nuestro universo sensorial y perceptivo. El vínculo afectivo desde el inicio de la vida permitirá al bebé adaptarse a la ansiedad, confiar en sí mismo, buscar autonomía y principalmente regular el funcionamiento de todas las estructuras cerebrales relacionadas con las emociones y el comportamiento (p. 43).
No me cabe concebir ninguna necesidad tan importante durante la infancia de una persona que la necesidad de sentirse protegido por un padre. SIGMUND FREUD
8
C
APÍTULO2:
E
STRUCTURACIÓN PSÍQUICA EN EL INFANTE DESDE LA PERSPECTIVA DE DIFERENTES AUTORESUn niño es un ser en desarrollo que necesita cuidados, afecto, valores, límites y de un adulto que le ayude y le acompañe en su desarrollo, que le brinde recursos para entender la realidad en la que vive.
La figura del niño responde, como lo hemos mencionado antes, a procesos y construcciones históricas, desde ser considerado algo insignificante hasta llegar a construirse en sujeto de derechos apropiados a su edad.
Tanto la función materna, la función paterna y el complejo de Edipo son aspectos que conforman la estructura del niño.
La función materna, ya sea la madre o quien cumpla esa función, implica el sostén y el cuidado desde el nacimiento, e incluso desde antes. Al alimentarlo inviste narcisísticamente a su hijo y le permite vivir la experiencia de «omnipotencia».
El bebé, al mirar a su madre, se ve a él mismo, existe una sensación de conexión. Cuando esto no sucede se genera un gran vacío y se producen fallas narcisistas, fallas en la identidad.
Es necesario una madre que sea lo suficientemente buena, sin ser abandónica. Una madre que está todo el día con su bebé en brazos, no le permite sentir frustración ni deseo, es decir: sentir necesidad. Por esta razón no se desarrollará psíquicamente ya que en su madre lo tiene todo.
Por lo tanto, la madre, o quien cumpla esa función, debe colocar al bebé en el lugar de equivalencia fálica, «su magestad el bebé», es decir que sea apetecible para esa mamá, que se lo quiera comer en los tiempos cronológicos adecuados. Sería como estar dentro de la boca de un cocodrilo.
Por lo tanto, esta madre cocodrilo, al criar, transporta a su hijo en la boca y lo protege.
Descendiendo su deseo sexual en favor de la crianza.
La relación madre e hijo, no es otra cosa que el correlato de la fase edípica, en donde el padre al introducir la ley, hará que la madre se distancie del hijo, dando lugar a que este se valga por sí mismo, reconociendo al falo (la ley) fuera de la relación que mantiene con su madre.
Siendo esta distancia entre madre e hijo lo que permitirá la independencia psicológica del hijo, el cual accederá a nuevas relaciones.
9
Si esto no sucede las consecuencias subjetivas son reveladoras. (Lacan, 1970). La función paterna, es la de corte, la de interdicción, al hijo le dirá: no tomarás a tu madre como objeto sexual, no eres todo para tu madre. Ella tiene otros deseos. Y a la madre le dirá: no eres solo madre, también eres mujer. Es decir, el padre representa e introduce las leyes, por lo tanto, el niño debe buscar sustitutos representacionales y de esa forma ingresar a la cultura y al lenguaje.
De acuerdo con Laplanche y Pontalis (1971) el complejo de Edipo es el conjunto de representaciones parciales o totales inconscientes, provistos de poder afectivo. Esas representaciones expresan el deseo del niño hacia el progenitor del sexo opuesto y su hostilidad hacia el progenitor del mismo sexo.
El ser humano como ser social necesita del vínculo con los otros para formar su identidad y el sentido de pertenencia. Un elemento esencial es la seguridad afectiva y emocional. El sujeto necesita de la mirada del otro que es «… condición y posibilidad de sujetivacion» (Duschatzky y Corea, 2004, p. 70). En un principio el otro es la madre, una parte de la función materna es ofrecer una función identificatoria que dote de sentido los estados por los que atraviesa el hijo para poder significarlos. El niño al nacer cuenta con una incapacidad tanto biológica como simbolizante, necesita la presencia del otro.
2.1. Sigmund Freud, Melanie Klein y Donald Winnicott
Sigmund Freud fue muy polémico para su época debido a sus postulados, ya que rompían con el esquema científico al mencionar la existencia de una sexualidad infantil que actúa en el desarrollo psíquico. Esta teoría se originó a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, y su desarrollo se organiza en fases o etapas. A estas etapas las llamará: oral, anal, fálica, de latencia y genital. Es en en la etapa fálica, entre los tres y los cinco años, cuando comienza el complejo de Edipo.
De acuerdo con Freud (1924) el complejo de Edipo ocupa un lugar en la estructuración de la psiquis del infante. El autor establece que el conflicto psíquico deviene de un mundo simbólico único e irrepetible que tiene un íntimo contacto con el movimiento pulsional y que guarda una fuerte relación con el complejo de Edipo y con la prohibición del incesto como reguladores universales.
En las décadas del treinta y del cuarenta algunos autores post freudianos comenzaron a investigar con el objetivo de llenar vacíos teóricos respecto al desarrollo psíquico del infante.
Melanie Klein y Donald Winnicott fueron dos representantes de la escuela británica de psicoanálisis. A continuación, se desarrollarán parte de sus contribuciones con
10
respecto a las relaciones objetables y a la influencia del ambiente en el desarrollo psíquico.
Klein (1980) entiende que el conflicto es inherente a la experiencia humana y que el niño desde que nace se encuentra en conflicto.
De acuerdo con Klein (1946) el yo del recién nacido es primitivo, inmaduro y desorganizado. Este experimenta ansiedad, establece relaciones de objeto primitivo y utiliza mecanismos de defensa para sobrevivir. La autora sostiene que
… el yo se encuentra en conflicto entre dos pulsiones: pulsión de vida y pulsión de muerte. El niño necesita mecanismos de defensa como la escisión del yo y del objeto (en objetos buenos y malos) para poder distanciarse de un sentimiento autodestructivo y, de esta forma, tolerar los montos de ansiedad debido al conflicto intrapsiquico (p.111).
Klein (1933) retoma el concepto de deflexión de la pulsión de muerte trabajado por Freud en 1920. Por lo tanto, la deflexión implica que el yo se escinda, se disocie, proyectando parte de su agresión al exterior, formándose un objeto parcial malo, persecutorio y la otra parte se introyecte para la defensa del objeto bueno, idealizado, con el cual se identifica.
Klein (1946) manifiesta que
… el yo es incapaz de escindir al objeto interno y externo sin que se lleve a cabo una escisión correspondiente dentro del yo mismo. Por lo tanto, las fantasías y sentimientos con respecto al estado del objeto interno influyen vitalmente en la estructura del yo (p. 337).
El fin de este mecanismo de defensa, según Klein (1946), es proteger al infante de su propia autodestrucción.
La angustia y la culpa incrementan la necesidad de proyectar figuras malas y de introyectar figuras buenas. Se da un aumento con respecto a las tendencias reparatorias a ciertos objetos y el odio y la angustia a otros. Se trata de encontrar en el mundo exterior representantes de las figuras internas (Klein, 1980, p. 373).
La autora (1946) considera esencial para el desarrollo del psiquismo que este mecanismo de defensa se active desde el inicio de la vida. Si la introyección falla, puede producirse una avería estructural en ese yo primitivo desorganizado del bebé y producirse una patología.
11
Según Klein (1993), la madre ocupa un lugar determinado en la vida del bebé para que el desarrollo psíquico ocurra. El infante va construyendo, en relación con ella, sus objetos internos en interrelación con los objetos externos. Para Ramírez (2002) el bebé, al comienzo de su vida, no logra diferenciar esos dos mundos, alucina con ellos, pero la estructura psíquica se complejizará debido a la relación que mantiene con la madre y con sus objetos. De esta forma, el niño comienza a exteriorizar y a diferenciar esos mundos; este hecho le permite reconocer a los demás sujetos como seres individuales, diferenciados de sí mismo.
La teoría de Klein otorgó cierta importancia a los factores externos para el desarrollo del psiquismo, pero el foco se dirige al conflicto intrapsíquico, entre la pulsión de vida y de muerte. Para la autora (1946) el conflicto es producto de una lucha pulsional constante entre emociones. Estas atraviesan las denominadas posición esquizo paranoide y posición depresiva que explicaremos a continuación.
La posición esquizo–paranoide:
Esta posición organiza la vida mental del bebé en los tres primeros meses de vida. Se conforma por la ansiedad persecutoria (paranoide) y por la relación de objeto parcial (escisión). El niño proyecta hacia el objeto externo (el pecho materno) el odio, el instinto de muerte, la libido. Se generan dos fantasías de relación: el pecho malo o persecutorio y el pecho bueno, idealizado, con que se identifica, el que lo alimenta. Esto es vivido por el niño como dos cosas diferentes. Uno es totalmente bueno y el otro totalmente malo. Cuando el niño va logrando la integración de los objetos disociados e introyectando al objeto bueno, disminuye la ansiedad persecutoria y de esta forma se produce el pasaje a la siguiente organización.
La posición depresiva:
La posición depresiva se desarrolla entre los tres y los seis meses de edad. En esta posición se encuentra la ansiedad depresiva. El yo siente culpa y tiene miedo por el daño que le ha originado al objeto amado, producto de sus impulsos agresivos. El mecanismo de defensa principal en esta posición es la reparación, la preocupación por el estado del objeto tanto interno como externo. El pasaje por esta etapa movilizará el deseo del bebé de reparar a sus objetos destruidos. La relación con el objeto total (la madre) con sus partes buenas y malas fomentará los procesos de integración, y el vínculo con el mundo exterior será más realista.
12 Los mecanismos de defensa:
Esta serie de mecanismos de defensa son desarrollados por el yo, contra la ansiedad de ser aniquilado.
Un gran aporte de la teoría kleiniana al psicoanálisis fue el concepto de identificación proyectiva como mecanismo de defensa; de acuerdo con Klein (1946) este se caracteriza por la capacidad de colocar en un objeto externo una parte del self que no es tolerable.
La proyección:
En el sentido propiamente psicoanalítico, la proyección es, según Laplanche y Pontalis (1971) la operación con la que el sujeto expulsa de sí cualidades, sentimientos, deseos y «objetos» que no reconoce o que rechaza en sí mismo y las localiza en el otro (persona o cosa).
El instinto de muerte se proyecta hacia el pecho malo, como también la libido, con lo que se crea el pecho bueno, de esta manera se forma el objeto que satisface el impulso del yo a conservar la vida.
Escisión:
La escisión es el
… mecanismo de defensa descripto por Klein y considerado, por esta autora, como la defensa más primitiva contra la angustia: el objeto al que tienden las pulsiones eróticas y destructivas es escindido en un objeto «bueno» y un objeto «malo», estos seguirán destinos relativamente independientes dentro del juego de introyecciones y proyecciones. La escisión del objeto interviene especialmente en la posición esquizo–paranoide, en la que afecta a objetos parciales, vuelve a encontrarse en la posición depresiva y afecta, entonces, al objeto total. La escisión de los objetos se acompaña de una escisión correspondiente del yo en un yo «bueno» y un yo «malo»; para la escuela kleiniana, el yo está constituido esencialmente por la introyección de los objetos (Laplanche y Pontalis, 1971, p. 124).
La escisión es una defensa útil para la organización de las primeras estructuras mentales. Esta le permite al yo emerger del caos y ordenar sus experiencias, esta es la base de lo que después será la represión.
13 Introyección:
De acuerdo con Laplanche y Pontalis (1971) «… la introyección guarda relación con la incorporación, que constituye el prototipo corporal de aquella, pero no implica necesariamente una referencia al límite corporal (introyección en el yo, en el ideal del yo,etc). Guarda íntima relación con la identificación» (p. 215).
Idealización:
Según Laplanche y Pontalis (1971) la idealización se refiere al:
Proceso psíquico en virtud del cual se llevan a la perfección las cualidades y el valor del objeto. La identificación con el objeto idealizado contribuye a la formación y al enriquecimiento de las instancias llamadas ideales de la persona (yo ideal, ideal del yo) (p. 188).
Negación:
De acuerdo a Laplanche y Pontalis (1971) responde al
… proceso en virtud del cual el sujeto, a pesar de formular uno de sus deseos, ideas o sentimientos hasta en entonces reprimidos, sigue defendiéndose negando que le pertenezca (p. 243).
Por último, otro aporte de Klein (1952) fue el concepto de fantasía. Esta no es solamente una respuesta frente a la no–gratificación como afirmó Freud, sino que es una estructura permanente que subyace a todo fenómeno psíquico. En la fantasía hay aspectos defensivos tanto para la realidad externa como para la realidad interna. La realidad del niño, en su primera etapa está completamente llena de fantasía.
Para Freud el niño alucina el pecho materno debido a la no–gratificación. Para Klein, esto sucede desde antes, es algo estructural. La fantasía representa los intentos del niño de transformar las experiencias corporales en formas mentales.
De la misma manera que Klein, Winnicott observó que los problemas emocionales se originan en las primeras etapas del desarrollo; fue así que continuó investigando los objetos tempranos. Posteriormente, desarrolló el concepto de objeto transicional.
A pesar de la gran influencia kleiniana a lo largo de su obra, se fue distanciando de aquella teoría. Uno de los factores que lo hizo tomar esa distancia fue el considerar de diferente manera la influencia de los factores que afectan el desarrollo emocional del niño.
14
Para Klein, la interacción del bebé con la madre produce el desarrollo de objetos internos, originándose el conflicto intrapsíquico, que se puede visualizar en la interacción con el mundo exterior.
Winnicott sostiene que en el desarrollo psíquico intervienen factores heredados y factores ambientales, estos últimos cumplen un rol facilitador (o no) del proceso de maduración.
Winnicott (1963) expresa que, al nacer, el bebé es totalmente dependiente y vulnerable. Dicha etapa es un periodo de fusión e indiferenciación con la madre, ya que su dependencia al medio es total. Su psiquismo no ha madurado lo suficiente para poder percibir que depende de otro que lo sostenga y lo cuide. A esta etapa, el autor (1989) la denomina «etapa de dependencia absoluta», en la que el rol de la madre de sostener a su hijo es fundamental.
Winnicott (1955) afirma que:
… al principio se halla la dependencia absoluta. Hay dos posibles resultados: la adaptación ambiental a la necesidad es suficiente, de manera que empieza a existir un yo que con el tiempo podrá experimentar impulsos del ello; o la adaptación ambiental no es suficiente por lo que no hay una verdadera instauración del yo, y en su lugar se desarrollará un pseudo self constituido por innumerables reacciones ante sucesivos fracasos de adaptación (p. 1).
A diferencia de Klein, Winnicott considera que las dificultades estructurales se producen por fallas en el sostén y en los cuidados en los primeros tiempos, por parte de la madre o de quien cumpla esa función, en que el ambiente no tuvo un papel favorable para el desarrollo normal del infante. Si los cuidados son favorables y de calidad para los procesos de maduración innatos en el niño, estos se desarrollarán con una base segura. Por el contrario, si el sostén y el cuidado no es el adecuado, se generan fallas estructurales en la integración del self, ya que se produce una carencia afectiva. Debido a esta razón, surge, de Winnicott (1963), el concepto de falso self.
El falso self
Cuando se produce un fracaso prolongado del entorno protector, el bebé se encuentra en estado de caos, percibe su existencia en peligro y puede originar una psicosis infantil. Cuando la falla del entorno es menor, el bebé puede desarrollar defensas para sustituir la función materna de protección y sostén. Por lo tanto, el self defensivo (el falso self) garantiza el aislamiento del bebé para la individualidad psicológica (el self verdadero).
15
El falso self hace perder el contacto con la realidad interna: el sujeto se desconoce, se muestra ansioso y presenta dificultades para vincularse con otros. El vínculo establecido con una madre lo suficientemente buena genera confianza, espontaneidad y una existencia verdadera. En cambio, el vínculo con una madre no lo suficientemente buena genera sumisión, imitación y falta de autenticidad.
Las tres funciones fundamentales que cumple la madre, de acuerdo con Winnicott (1965), o quien cumpla la función en la relación son: el sostenimiento (holding), la manipulación (handing) y la presentación de objetos (objet–presenting). Para que el desarrollo emocional sea óptimo, el bebé las debe transitar de forma adecuada.
Para el autor (1960), el bebé nace indefenso, vulnerable, dependiente del ambiente como lo hemos expresado anteriormente; por lo tanto, necesitará, desde el inicio, el ambiente para poder sobrevivir. Por dicha razón, Winnicott (1993) entiende que el bebé necesita de un «yo auxiliar» que le brinda su madre, quien cumple la función de reducir en el bebé los montos de angustia que experimenta hasta que logre el desarrollo de sus capacidades innatas. El autor (1969) afirma, además, que un sostenimiento exitoso genera seguridad y bienestar, y si este falla, se experimenta como una amenaza y compromete el sano desarrollo del niño.
Winnicott (1993), entiende que «… sin ese yo auxiliar, el yo del infante carece de forma, es débil, se lo fragmenta con facilidad y es incapaz de crecer siguiendo los lineamientos del proceso de maduración» (p. 307).
Podemos decir que el sostén (holding) cumple una función esencial para que los procesos de maduración del niño se desarrollen de forma adecuada. Winnicott (1958) sostiene que el bebé logrará separase de su madre, de forma gradual, e incorporará aspectos de ella para llegar a diferenciarse e independizarse definitivamente.
La unidad madre–bebé
La unidad de desarrollo psicológico, para Winnicott (1971), se conforma por la madre–bebé. El entorno juega un rol importante para el desarrollo individual del niño.
Winnicott (1956), se refiere a la «preocupación maternal primaria»: vivencia de uno en el otro. Si no existe ningún aspecto de la madre de ser uno con el bebé, este la vivencia como un objeto extraño.
Para Winnicott (1962) el desarrollo psicológico inicial dependerá de la provisión maternal de la ilusión del «objeto subjetivo», es decir, se crea la ilusión de que la realidad interna y la realidad externa son una sola. La madre proporciona al bebé lo que necesite como si él hubiera creado al objeto.
16
… los cuidados maternos no deben ser excesivamente buenos incluso al comienzo. Porque se le niega al bebé su capacidad de desear si se satisfacen sus necesidades incluso antes de sentirla, se le debe dar la oportunidad de desarrollar deseos mediante la vivencia de necesidad parcialmente insatisfecha (pp. 138–139).
La matriz psicológica del bebé
Tanto en la teoría del desarrollo de Klein como en la de Winnicott, existe la noción de que al principio el bebé necesita estar aislado de la realidad exterior. Odgen (1989) manifiesta que
Para Winnicott es la madre al suministrar la ilusión del objeto subjetivo, quien crea el aislamiento. Klein (1930), concibe al bebé aislado por una realidad «completamente fantaseada», el bebé kleiniano, ve el mundo a través de la lente de preconceptos determinados filogeneticamente y en este sentido «crea» su mundo de objetos internos y externos que al principio no se distinguen entre sí. (p. 141).
Por lo tanto, Winnicott elaboró el concepto de la madre como matriz psicológica del bebé, debido que al comienzo no existe esa cosa llamada bebé. Sus contenidos mentales inicialmente se encuentran dentro de la matriz de la actividad física y mental materna, en donde el bebé comenzará a inscribir vivencias. Cuando el bebé mira a su madre esta refleja su estado, el de su propio self.
En el camino a transitar desde la dependencia absoluta a la independencia, se logra la integración, la personalización y los comienzos de la relación con el objeto. Un aspecto importante de la integración es la personalización, que se relaciona con adquirir el esquema corporal, en el que la psique habilita el soma. Esto dependerá de la experiencia motora, sensorial y funcional. El cuerpo proporciona los límites entre lo que es yo y lo que no es yo, de esta manera el infante logra internalizar un adentro y un afuera, un esquema corporal.
Según Winnicott (1945) «… es necesario que este mundo sea presentado en pequeñas dosis» (p .213).
Winnicott introduce los términos objeto transicional y fenómeno transicional para designar la zona intermedia de la experiencia del niño, que se encuentra entre lo subjetivo y lo objetivo.
Para poder generar objetos buenos y estar a solas, el bebé deberá valerse de lo que el autor (1959) denominó objeto transicional, con el que el bebé genera objetos buenos y la capacidad para estar a solas. Es el primer objeto al que logra asignarle un
17
significado. De acuerdo con Winnicott (1963) este objeto tiene la función de calmar la angustia y la ansiedad del bebé.
El objeto ayuda al niño, de forma gradual, a separarse y a diferenciarse de su madre y es, según Winnicott (1951), el sostén necesario e intermediario de la ausencia de esta. El bebé genera una representación simbólica de lo que será el encuentro con ella luego de la separación. Dicho objeto le recuerda y representa a su madre.
Winnicott (1951) establece que esta etapa le brinda al bebé herramientas para consolidar el mundo interno y diferenciarlo del externo, y para comprender el mundo de las relaciones y de la cultura. En este periodo el bebé internaliza la matriz psicológica. El papel de la madre, o quien cumpla ese rol, es el de desilusionar de forma gradual a través del proceso de destete. El bebé desarrollará la capacidad para estar a solas, esto resulta un signo de madurez emocional, que implica internalizar a la madre como entorno y que le permite al niño «estar a solas en presencia de alguien».
El objeto transicional cumple un rol protector, ayuda al bebé a ganar autonomía respecto de su madre. El niño, por primera vez, tendrá la experiencia del «no yo». Cada niño adoptará un objeto propio de importancia vital.«El recurrir a este tipo de objetos constituye, según Winnicott (1963) es un fenómeno normal que permite al niño efectuar la transición entre la primera relación oral con su madre y la verdadera relación de objeto» (Laplanche y Pontalis, 1971, p. 276).
Con el desarrollo y la ampliación de los intereses del niño, se produce el abandono de este objeto y pierde significación; comienza a ser reemplazado por vínculos interpersonales.
Hoy en día son muchos los autores interesados en seguir investigando, avanzando y escribiendo sobre esta temática. Estos han tomado los aportes teóricos de los autores utilizados a lo largo de este capítulo. Como se puede observar, siguen existiendo coincidencias teóricas en la actualidad, se sigue reafirmando y poniendo en práctica la teorizacion más clásica. Haré hincapié en algunos de los aportes de Casas De Pereda (1992) en su artículo: Estructuración psíquica.
Para la autora, «… el sujeto se realiza en relación al otro (funciones maternas y paternas) por el efecto de la indefensión propia del ser humano».
La indefensión es: «… la marca a fuego de la ontogenia que organiza las múltiples y sutiles redes donde el sujeto para acceder a su propio deseo, necesita ser deseado y sostenido metafóricamente y literalmente por sus padres». Es decir, es en ese encuentro con el otro en donde se empiezan a articular las primeras huellas y marcas.
18
Según Casas De Pereda (1992) la madre es quien enseña al niño a jugar al juego de presencia-ausencia; habilitando en él, el deseo de que algo esté o de que algo sea. La presencia, para la autora, representa la vida y la ausencia la muerte, no pudiéndose tolerar esta última porque implica la muerte física y psíquica. Tanto una como la otra están presentes desde el inicio, por esta razón es esencial la presencia del otro (el deseo del otro).
Por último para Casas De Pereda: «… en el juego se significa el deseo, se actualizan necesidades, demandas y la organización subjetiva, sujeto deseante y sujeto de conocimiento, inconsciente y yo, adquieren consistencia».
En palabras de Viñar (2005) «… la noción freudiana de desamparo humano en los inicios de la vida, hasta la transformación del infans en sujeto hablante y deseante confirman un trayecto complejo, lleno de oscuridades, con esclarecimiento parciales».
De acuerdo con el autor, para lograr entender o alcanzar la construcción del psiquismo infantil, se deberá analizar tanto los cuidados del entorno, como las capacidades propias del niño en desarrollo.
En este proceso de «subjetivacion», según el autor, «…se produce una paradoja: la dependencia y subordinación del niño a la madre, a la vez que un proceso de radical autonomía y separación».
Para Viñar (2005) «… el lugar de dominio de la madre se rompe al autorizar lugares de silencio, vacío, de no saturación, donde formula hipótesis implícitas que el bebé tomará a su cargo desde los primeros funcionamientos reflejos».
Lo expresado por dicho autor se vincula a lo trabajado por Winnicott cuando hace referencia a que es «… necesario una madre lo suficientemente buena, capaz de desarrollar las funciones maternas, pero también pueda frustrar para que el niño transite el camino de la dependencia absoluta hasta un estado de independencia» (p. 141).
El autor hace referencia también a que durante mucho tiempo la inmadurez biológica tanto del bebé como del niño pequeño, se ha incorporado a la valoración del niño, el cual es considerado propiedad del adulto que lo cuide.
Pero en esta postura «… se ignora la capacidad creciente del niño de producir pensamiento propio, apareciendo su singularidad». Por lo tanto es estatus del niño como ser dependiente, vulnerable, que puede dar lugar a desconocerlo como un sujeto activo en la interacción con el adulto desde el comienzo de la vida.
Por lo tanto, el proceso de desarrollo positivo en un niño permite adquirir capacidad de pensamiento creativo, autónomo, integrando al mundo social que lo rodea.
19
Esto se logrará cuando el niño logre internalizar los aportes tanto a nivel cognitivo como afectivo de los primeros vínculos.
El amor constituye la única manera de aprehender a otro ser humano en lo mas profundo de su personalidad. VIKTOR FRANKL
2. 2. Apego
Tanto Freud (1895) como Bowlby (1944) comenzaron sus recorridos teóricos partiendo de las consecuencias que tienen las carencias afectivas para el psiquismo.
La teoría del apego, desarrollada por Bowlby entre los años 1969 a 1980, describe el impacto que generan las experiencias tempranas y el vínculo con la primera figura de apego. El autor hace referencia tanto a los efectos inmediatos como a los de largo plazo, que influyen en la salud mental del niño. Los efectos son el resultado de una experiencia cálida, íntima y continua entre la madre y su hijo. Por lo tanto para Bowlby (1969) esto correspondería a pasar del estrés a la calma, de sentir inseguridad a sentirse seguro.
Dicha teoría le otorga gran importancia a los vínculos afectivos primarios entre el bebé y su cuidador o cuidadores.
Existe una motivación intrínseca a generar lazos emocionales consistentes a lo largo del tiempo, desde que nacemos hasta la muerte; con el objetivo de obtener protección, cuidado, contención y estimulación.
En 1986 explicita que el comportamiento de apego es todo aquel que le permite al sujeto generar cercanía con otro diferenciado y considerado más fuerte y/o sabio que motiva la búsqueda de proximidad entre el niño, sus padres o sus cuidadores.
Ainsworth et al. (1978) llevaron adelante un procedimiento de laboratorio al que llamaron: «la situación extraña». A partir de allí, se pudo clasificar el apego del niño según la conducta manifestada durante la separación y el reencuentro.
De acuerdo a los resultados obtenidos se establecieron cuatro categorías de apego: apego seguro, apego ansioso evitativo, apego ansioso ambivalente y apego desorganizado.
Se pudo visualizar que las emociones más frecuentes de los bebés con apego seguro son la angustia por la separación de su cuidador, pero a su regreso se da una respuesta positiva frente a este. Son bebés activos, que exploran y se consuelan con
20
facilidad. En la interacción con su cuidador, se pudo observar confianza, seguridad, calidez en el vínculo.
En los bebés con apego evitativo se encontró ausencia de angustia y de enojo al separase de su cuidador y la indiferencia a su regreso. Son bebés distantes, no lloran, evitan el contacto. En cambio en los bebés con apego ambivalente se observó conductas ansiosas, rabia y protesta. No encuentran la calma con facilidad y no retoman la exploración. En la interacción bebé-cuidador, se puede observar la ambivalencia, enojo y preocupación.
Por último el apego desorganizado/desorientado según Main y Solomon (1990), se caracteriza: «… por una combinación de estrategias contradictorias que evidencian deseo de proximidad y búsqueda, seguido por intensa evitación, con aparente confusión o desorientación en las reuniones con el cuidador» (p. 130).
Dentro de este grupo se encuentran los niños que son inseguros. A causa del miedo que le trasmite su madre o su cuidador por su propia historia de apego. De esta forma la madre o quien cumpla esta función «… se convertirá tanto en una fuente de miedo, como en una figura que usará para reasegurarse» (p. 131).
Características de los cuidadores:
De acuerdo con Perris (2000) en el apego seguro, las principales características del cuidador son la capacidad para interactuar con el niño, así como la habilidad para apaciguar o modificar conductas. En cambio, para el autor, los cuidadores de niños con apego evitativo, no logran responder a las señales emocionales, es decir, no poseen disponibilidad emocional. Por último en el caso de niños con apego ambivalente los cuidadores se caracterizan por una intermitencia en su capacidad de respuesta que no satisfacen las necesidades de apego del niño.
Bowlby (1980) hace referencia al modelo operativo interno o modelo representacional (Internal working model), esto es una representación de uno mismo y de nuestros vínculos. Este modelo permite anticipar, interpretar y responder a las conductas de sus referentes de apego, ya que se integraron en sus esquemas cognitivos y emocionales experiencias presentes y pasadas.
Un aspecto importante para señalar de este modelo es la noción de quién o quiénes son las figuras de apego, dónde encontrarlas y qué se espera de ellas. Tiene una enorme influencia respecto a las relaciones sociales del sujeto.
Por lo cual, si en su infancia recibió de sus cuidadores un apego seguro, en su vida adulta tendrá una actitud de confianza con las personas que establezca un
21
vínculo. Pero si creció con base en experiencias negativas con sus figuras de apego, este no esperará nada positivo o gratificante de los vínculos a futuro, solo esperará ser rechazado y apatía.
Autores más recientes en el tiempo, también han hecho sus aportes a dicha teoría y han manifestado la importancia de esta, sobre todo en la primera infancia, ya que los niños son más vulnerables y dependientes.
López (1990) sostiene que los niños establecen vínculos de apego con diferentes figuras, siempre que estas sean empáticas, cariñosas y sensibles. Que exista más de una figura de apego resulta muy favorable para el niño, tanto para la elaboración de celos, el aprendizaje por imitación, la estimulación, etcétera. Esto es una garantía frente a situaciones de enfermedad, accidentes o pérdida de una de las figuras de apego.
Es así que Thompson (1994) define a la regulación emocional como el «… proceso de iniciar, mantener, modular o cambiar la ocurrencia, intensidad o duración de los estados afectivos internos y los procesos fisiológicos, a menudo con el objetivo de alcanzar una meta» (p.106).
Dicho proceso ayudará a manejar los estados emocionales en los sujetos, utilizando diferentes estrategias según el tipo de apego que ha generado con su cuidador para lograr el objetivo.
Por otro lado, Sroufe (2000) define el apego como la relación diádica de la emoción. Cuando en la primera infancia esta resulta eficaz, producto de un apego seguro, el niño podrá expresar sus emociones directamente, controlarlas, ser flexible, activo y curioso. De lo contrario, los sujetos que han desarrollado un apego ansioso tienen dificultades dentro del plano emocional para relacionarse con sus pares.
22
El amor es la meta más elevada a la que podemos aspirar como humanos. La plenitud de la vida está en el amor y se realiza a través de el.
23
En los últimos años, la teoría del apego fue evolucionando; hoy es un modelo central del desarrollo infantil. «Los estudios de apego seguro demostraron que este sirvió como fundamento para el posterior desarrollo afectivo, social, cognitivo y conductual a lo largo del ciclo vital» (Hughes, 2004, p.264).
El desarrollo de un apego seguro implica cuidados, protección, estimulación, entre otros y permitirá satisfacer las necesidades primarias del niño, que logrará distinguir y responder a las señales socio-afectivas de sus cuidadores. Tanto las relaciones diádicas y posteriormente triádicas que se generan de esta relación son fundamentales para el desarrollo neuropsicológico del niño.
Es importante destacar que en la actualidad existen muchos estudios sobre el vínculo seguro y la capacidad de resiliencia frente a eventos estresantes o de pérdida, producto de una separación, la vuelta al trabajo luego de la licencia maternal o la pérdida de uno de sus progenitores.
Estos factores psicosociales generan impacto y consecuencias en el vínculo primario a edades tempranas, que no están en las agendas de los empleadores y de los políticos de nuestra sociedad actual. Cicchetti (2002) manifiesta que los niños se adaptan a dichas situaciones, pero estas circunstancias desfavorables del ambiente y de los vínculos primarios dejan huellas que pueden manifestarse a largo plazo, tanto en la salud mental como física.
Vinculado al tema del duelo desarrollado dentro de este capítulo, Bowlby (1988), afirma que la capacidad de resiliencia frente a eventos estresantes que ocurren en el niño es influido por el patrón de apego, durante el primer año de vida con el cuidador, generalmente la madre, aunque puede ser otro.
Según Fonagy (2004) «… la clínica infanto-juvenil beneficia especialmente la integración de la teoría del apego y el psicoanálisis» (p. 1). Ya que simultáneamente considera aspectos intrapsíquicos del niño y su interacción con las figuras parentales o cuidadores.
A través de los autores seleccionados, queda clara la importancia de los primeros vínculos y de las figuras de apego en los primeros años de vida, ya que marcan el futuro de nuestros niños para bien o para mal.
Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante. SAINT-EXUPÉRY
24
C
APÍTULO3:
D
UELO INFANTILEs mediante la actualización y la expresión de los sentimientos que la persona en duelo se puede sentir aliviada y liberada. JORGE BUCAY
3.1. Duelo
En relación al duelo, se hará referencia a conceptualizaciones teóricas de diferentes autores clásicos, y se visualizarán las diferencias y similitudes entre ellos.
En el Diccionario de la lengua española (RAE, 2017) el vocablo «duelo» tiene varios significados: dolor, lástima, aflicción o sentimiento. Son demostraciones que se hacen para manifestar el sentimiento que se tiene por la muerte de alguien. También refiere a la reunión de parientes, amigos o invitados que asisten a la casa mortuoria, a la conducción del cadaver al cementerio o a los funerales.
Para el Diccionario de psicoanálisis (Laplanche y Pontalis, 1971), el trabajo de duelo es «… el proceso intrapsíquico, consecutivo a la pérdida de un objeto de fijación y por medio del cual el sujeto logra desprenderse progresivamente de dicho objeto» (p. 457).
Dicha expresión «trabajo de duelo» fue introducida por Freud. «… el yo, obligado, por así decirlo a decidir si quiere compartir ese destino (del objeto perdido), al considerar el conjunto de las satisfacciones narcisistas que comporta el permanecer con vida, se determina a romper su lazo con el objeto desaparecido» (Laplanche y Pontalis, 1971, p. 457).
«Cada uno de esos recuerdos, cada una de las esperanzas mediante las cuales la libido se hallaba ligada al objeto son presentificadas, sobrecargadas y sobre cada una de ellas se realizará el desprendimiento de la libido» (Laplanche Y Pontalis, 1971, p. 457).
Por esta razón se decía que el trabajo de duelo consistía en «matar al muerto».
25
Freud (1917) define al duelo como «… la reacción frente a la pérdida de una persona amada; o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal» (p. 241).
Esta se manifiesta por medio de la angustia señal, como una respuesta del yo frente a la amenaza de peligro.
Se puede afirmar que, durante los diferentes periodos de la vida, los peligros internos sufren modificaciones, pero de todas formas implican una separación, una pérdida del objeto amado.
Debemos tener en cuenta que no siempre que hablamos de duelo nos referimos a la muerte en sí, este puede ser producto de la pérdida o separación de un objeto idealizado para el sujeto.
«El objeto tal vez no está realmente muerto, pero se perdió como objeto de amor» (Freud, 1917, p. 243).
Para Freud (1917) «… el examen de realidad ha mostrado que el objeto amado ya no existe más, y de él emana ahora la exhortación de quitar toda la libido de sus enlaces con ese objeto» (p. 243).
Por lo tanto, el trabajo de duelo nos conduce a la búsqueda de sentido frente a la pérdida. El principio de realidad se impone sobre la fantasía.
«Una vez cumplido el trabajo de duelo, el yo se vuelve otra vez libre y desinhibido» (Freud, 1917, p. 243).
26
La elaboración del duelo significa ponerse en contacto con el vacío que ha dejado la pérdida de lo que no está, valorar su importancia y soportar el sufrimiento y la frustración que comporta su ausencia. JORGE BUCAY
3.1.1. Diferencias entre el duelo normal y la melancolía
Aunque Freud, en su teoría, le concede un lugar al duelo, su interés en 1917 estaba dirigido o focalizado en dar respuestas a las interrogantes que surgía sobre el cuadro clínico de la melancolía.
La principal diferencia que encontró entre el proceso de duelo normal y el melancólico fue la elección narcisista de objeto. En la teoría freudiana, el lugar del narcisismo queda relegado al triunfo del yo, ya que no comparte el mismo destino del objeto perdido.
Otra diferencia a la que se refiere el autor es que, en el duelo, la energía libidinal se extrae de los objetos, mientras que en el melancólico se puede visualizar un enorme empobrecimiento del yo.
Freud (1917) sostiene que:
… el duelo muestra los mismos rasgos, excepto uno; falta de perturbación del sentimiento de sí. […] El sujeto melancólico se siente culpable por la pérdida. No logrando renunciar a su fantasía de tener a su lado aún al objeto amado (p. 242).
27
3.1.2. Aportes sobre la temática del duelo desde la mirada de autores
clásicos y autores contemporáneos
Klein (1940) concuerda con Freud respecto a que el juicio de realidad es esencial para el trabajo de duelo. La autora explicita que «Hay una conexión entre el juicio de realidad en el duelo normal y los procesos mentales tempranos» (Klein, 1940, p. 347).
Estos procesos mentales pertenecen a la posición depresiva infantil, fundamental para el desarrollo.
«La evolución normal del individuo y de su capacidad de amor parecen basarse ampliamente en el grado en el cual el yo temprano logra elaborar y superar esta posición decisiva.» (Klein, 1935, p. 295)
Así «…el niño experimenta sentimientos depresivos que llegan a su culminación antes, durante y después del destete, siendo un estado mental en el niño que denominó posición depresiva» (Klein, 1940, p. 347).
En palabras de la autora: «… creo que el niño pasa por estados mentales comparables al duelo del adulto y que son estos tempranos duelos los que se reviven posteriormente en la vida, cuando se experimenta algo penoso» (Klein, 1940, p. 347).
Tizón (2004) toma los aportes de Klein sobre el duelo y afirma que este «… implica, pues, una auténtica revolución en nuestro mundo interno» (p. 58).
El trabajo de duelo, para Klein, es la reedición de etapas anteriores de duelos infantiles. Estos podrán ser superados según las herramientas que se utilizaron en elaboraciones previas, teniendo en cuenta que las pérdidas futuras reactivarán la angustia y la culpa infantil.
Para la autora el duelo se ha superado cuando «… el individuo reinstale dentro de sí sus objetos de amor perdidos reales y al mismo tiempo sus primeros objetos amados, en última instancia, sus padres buenos a quienes cuando ocurrió la pérdida real, sintió también en peligro de perderlos» (Klein, 1940, p. 371).
En cambio, para Freud el objetivo de la elaboración del duelo consiste en ir pasando por diferentes etapas hasta lograr sustituir al objeto perdido, ya que al producirse una pérdida este deja un lugar vacío.
Lacan no concuerda con Freud; sostiene que la pérdida de un objeto produce un agujero en lo real. «No hay posibilidad de objeto sustituto, puesto que siempre será otro objeto.» (Allouch, 1996, p. 211) Por más esfuerzo que se haga por sustituir al objeto perdido, por uno nuevo, la sustitución es una diferencia ineliminable. «La segunda vez nunca será la primera.» (Allouch, 1996, p. 211)
28
Por lo tanto, para Lacan, el duelo no consiste en sustituir al objeto perdido, sino de cambiar la relación con este. Ese cambio constituye al objeto, como objeto de deseo.
Allouch (1996) afirma que «… el duelo no es separarse del muerto, sino cambiar la relación que tenemos con él» (p. 334).
Algunos autores contemporáneos toman los aportes de estos autores para seguir investigando y teorizándolo sobre el duelo.
Singer (2014), plantea que «… a veces la situación de duelo determina la producción de una nueva relación objetal. Esta compromete al narcisismo primario y permite mantener el vínculo con el muerto, como si hubiera alguna dificultad en la aceptación de su ausencia» (p. 115). Singer, en concordancia con Lacan, propone un cambio de relación con el objeto perdido. Singer (2014) hace referencia al análisis que desarrolló Allouch sobre los límites de la teoría freudiana en torno al duelo. Para el autor «… la caracterización del duelo como fenómeno normal trae como consecuencia borrar la especificidad del duelo e introduce una normativa en relación a él» (Singer, 2014, p. 116).
Según Allouch (1996) «… una clínica del duelo se dirige al reconocimiento de una pluralidad de duelos y a su red diferencial, más que a la búsqueda de una normativa generalizadora» (p. 116).
Gómez Sancho (2004) define al duelo, proveniente del latín dolus, dolor, como:
Una reacción natural ante la pérdida de una persona, objeto o evento significativo. Reacción emocional y de comportamiento en forma de sufrimiento y desconsuelo cuando un vínculo afectivo se rompe, hace referencia al proceso por el cual cada persona afronta y elabora su dolor ante una pérdida de lazos significativos. (p. 13)
Payas (2010) manifiesta que el duelo es un proceso que se desarrolla en el tiempo. Constituye una vivencia individual; cada persona la vive de forma distinta, pero posee algunas características comunes en todos los casos.
Se pueden identificar diferentes fases, cada una de ellas con ciertas particularidades de cómo, por ejemplo, las personas experimentan la muerte de un ser querido.
Para su descripción se tomará la propuesta de Bowlby (1980, citado en Tizón, 2013).
29
Fases del duelo:
Fase de incredulidad y embotamiento de la sensibilidad. Es el momento más cercano a la muerte, de gran angustia y desesperación. Se caracteriza por la negación, el aturdimiento y la no aceptación. Puede durar horas o hasta una semana.
Fase de añoranza, anhelo y búsqueda de la figura perdida. Esta fase puede durar desde meses hasta años. Se caracteriza por la inquietud física y por pensamientos recurrentes sobre el fallecido.
Fase de desorganización y desesperanza. Se comienza a asumir la realidad de la pérdida. El sujeto se vuelve apático, suele padecer insomnio, pérdida de peso o sentir que la vida ha perdido sentido.
Fase de mayor o menor reorganización. Se comienza a experimentar la sensación de incorporarse a la vida. El fallecido se recordará en ocaciones con alegría y en otras con tristeza, internalizando la imagen de la persona perdida.
Por otro lado, Payas (2010) distingue cuatro momentos similares, y en la misma dirección que Bowlby, para referirse a las respuestas de afrontamiento utilizadas por las personas ante la pérdida de un ser querido.
Aturdimiento y choque. Fase de intensa desesperación por el impacto de la muerte de un ser querido, generando confusión, descreimiento, aturdimiento, disociación, entre otros.
La tarea principal, en esta etapa, será manejar los aspectos más traumáticos de la pérdida. Esta sintomatología es normal, pero si se prolonga a lo largo del tiempo sin lograr completar los procesos mentales, cognitivos o conductuales puede convertirse en un duelo complicado.
Evitación y negación. La persona puede llegar a negar los hechos o a minimizar la importancia de lo ocurrido; puede mantenerse activo, sustituir la pérdida o llegar a experimentar un sentimiento de culpa excesivo. Estas estrategias de rechazo-evitación actúan como una barrera protectora ante el dolor, evitando todo lo que les conecte con la pérdida. En esta etapa o fase se deberán disolver las estrategias protectoras e ir aumentando la tolerancia al dolor, de forma progresiva.
Conexión e integración. Si se han logrado procesar los aspectos más traumáticos y defensivos, la persona estará más preparada para afrontar la realidad de la ausencia del ser querido. Si este proceso no ocurre, se puede convertir en un duelo complicado de tipo crónico.
Crecimiento y transformación. De forma gradual se produce la reorganización del mundo interno con relación a la pérdida de un ser querido. Cuando se logra elaborar el duelo, las personas convierten dicha experiencia en un crecimiento personal
30
postraumático, ajustándose a la nueva realidad e incorporando el peso y el significado emocional de la pérdida.
Para Bacci (2010), el término muerte hace referencia a una construcción: «… más allá de su implicancia biológica, la muerte refiere a un concepto construido cultural y socialmente» (p. 1). Es un fenómeno universal, natural e irreversible, que se irá modificando de acuerdo al momento histórico y cultural en el que se vive. La autora plantea o visualiza al duelo, en la actualidad, como una enfermedad insoportable, de la que debemos curarnos cuanto antes.
«Los sujetos demandan terapéuticas para lograr eliminar o poder sobrellevar el dolor generado por la pérdida.» (Bacci, 2014, p.34) En la actualidad estamos inducidos y obligados a esto. Todo ocurre de forma veloz, no existe un «cartel de pare» en la vida del sujeto, con el que se detenga y pueda observar lo sucedido en el presente, en el pasado ni proyectar lo que vendrá. No hay tiempo para mirarse, pensarse y reflexionar, hay que seguir, aunque en el camino la vida pase, sin vivirla.
Vive como si fueras a morir mañana. Aprende cómo si fueras a vivir siempre. MAHATMA GANDHI
31
La muerte no existe, la gente solo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme: siempre estaré contigo. ISABEL ALLENDE
3.2. Duelo infantil
El duelo en la infancia no se manifiesta de la misma forma que en la adultez. En este capítulo haremos hincapié en el duelo que debe realizar un niño ante la pérdida de uno de los progenitores. En especial si la que fallece es la figura materna.
La cual cumple un rol fundamental en la crianza y en la estructuración psíquica del niño.
Para Tizón (2013), en los niños, las representaciones psíquicas, así como sus recursos aún se encuentran en proceso de desarrollo.
En cambio, los adultos cuentan con un adecuado desarrollo psíquico y con diferentes herramientas para comprender lo sucedido, que les permiten realizar «Un trabajo de duelo que lleve a una superación del mismo» (Freud, 1017, p. 246).
Para Tizón (2013), los procesos de duelo de los niños difieren de los procesos de los adultos por poseer un yo inmaduro, frágil, dependiente; sus defensas aún no están bien desarrolladas para enfrentar el dolor causado por la pérdida. Su desarrollo cognitivo es menor como para entender lo sucedido. Existe una inmadurez afectiva, y el medio para expresar su dolor será a través del juego.
Debemos considerar que el impacto producido por una pérdida tan significativa como la figura materna, dependerá de la etapa evolutiva en la que se encuentre cada niño y con la red de contención y afectiva que disponga.
Existen factores que influyen en los procesos de duelo tanto en niños como en adolescentes. Estos pueden ser: «… la edad del niño, sus capacidades cognitivas y emocionales, su estado de salud al momento de ocurrida la pérdida y el vínculo y la cercanía con la persona que falleció. Además de la red de contención, del acompañamiento y de recursos, tanto propios como del entorno más cercano de ese niño durante el proceso de duelo» (Tizón, 2013, p. 529).
Así como Tizón establece cuáles serían los factores influyentes en dicho proceso, Kroen (1996), nos muestra las posibles reacciones de los niños frente a la muerte, según la edad evolutiva en la que se encuentran.
Según el autor entre los cero y diez meses, la madre suele ser el vínculo con el mundo exterior. Es su principal figura de apego. Su muerte es vivenciada como ausencia, el vínculo se rompe o se pierde. El bebé expresará su malestar frente a nuevos rostros, voces, y puede manifestar cambios en la conducta alimenticia y en el
32
sueño, puede llorar frecuentemente y sin motivo, entre otros. Aunque los niños no puedan comprender lo sucedido, perciben los cambios y los estímulos negativos del entorno. Por esta razón, se deberá tener en cuenta que la pérdida de otro integrante no afectará o será tan traumática para el bebé o el niño como la de sus progenitores o uno de ellos, más aún si la que fallece es la madre o quien cumpla esa función.
Entre los diez meses a los dos años, los niños pueden expresar diferentes emociones: miedo, rabia, amor, celos, etcétera. Son más independientes y sociables, desarrollan la memoria y el lenguaje. Pero aún no comprenden la muerte. Por esto, la muerte de la madre la viven como una gran pérdida, ya que es la figura más significativa para ellos.
Esta situación genera enojo, poco interés por el juego, trastornos alimenticios y en el sueño o conductas regresivas como mecanismo de defensa frente a la angustia.
En el periodo que comprende entre los dos y los cinco años, los niños tienden a ser egocéntricos, curiosos. Deben recibir explicaciones claras, ya que ellos interpretan las cosas de forma muy real, de no ser así aumenta la ansiedad y el miedo.
Los niños, en esta edad, conciben la muerte como algo temporal, para ellos las personas que fallecen siguen existiendo, esperan que en algún momento regresen.
En el colectivo existe la idea, errónea, de que a estas edades los niños no comprenden la muerte. Su comprensión no será la misma que la de un adulto o un niño más grande, pero sufren y lloran la muerte de un ser querido a su manera o con los recursos que tienen. Pueden manifestar su dolor a través de conductas disfuncionales, ambivalentes, por sentir temor a perder al otro progenitor que no murió. A estas edades tienden a imitar conductas de sus adultos referentes, entre otros.
Los niños de seis a nueve años poseen una mayor participación familiar y social. A estas edades ya son capaces de distinguir la fantasía de la realidad. Pueden experimentar sentimientos de culpa. Poseen más recursos para comprender la muerte y sus consecuencias, pero esto no significa que la acepten o reaccionen ante ella de forma racional, debido a que la muerte de un ser querido genera un trauma.
Sus posibles respuestas frente a la pérdida son: la negación, la idealización, el sentimiento de culpa, el miedo. Se sienten vulnerables y tienden a ocupar el lugar del fallecido.
Por último, entre los diez y los doce años, los niños son más conscientes de que la muerte es permanente y conocen el sentimiento que esta genera, tanto en ellos como en su entorno. En este periodo pueden: negar lo que les genera la pérdida, manifestar su angustia o incluso reaccionar de forma violenta frente a ella. Son capaces de pensar en su propia muerte, pero bloquean o subliman este sentir para evitar enfrentarlo.
33
Reacciones más frecuentes en los niños
Las manifestaciones más frecuentes en los niños que transitan por un duelo son, según Tizón (2013): «… afectivas, pudiéndoselos visualizar tristes, irritables, apáticos, con disminución en la autoestima. Somáticas, alteraciones en la adaptación social y educativa u otras manifestaciones que son equivalentes a las de un adulto, como la depresión u otros trastornos patológicos» (p. 275).
Kroen (1996) manifiesta que los niños pueden elaborar el duelo de forma adecuada, pero también el proceso de aceptación se puede complicar; en este caso es necesario recurrir a un profesional para que los ayude. Cuando un niño se enfrenta a la muerte de uno de sus progenitores, y en especial si la que fallece es la madre, su principal figura de apego, y esta no es remplazada por otro, ya sea el progenitor sobreviviente, un abuelo, un tío, etcétera, puede tornarse en un duelo complicado ya que afecta a un psiquismo frágil y poco estructurado. Lo que realmente nos debe preocupar y ocupar es la huella, marca, que puede generar esta pérdida en el futuro del niño.
Existe una controversia, aun en la actualidad, entre diferentes autores en relación a si los niños son capaces o no de elaborar el duelo.
Según Worden (1997), los niños son capaces de elaborar el duelo, pero es necesario que este proceso sea adaptado a su edad evolutiva.
«Si al niño se le brinda contención, afecto para la elaboración del duelo, facilitándole una sustitución real y/o simbólica de la figura que se ha perdido, este podrá realizar un duelo sano.» (Tizón, 2013, p. 216)
Por dicha razón el autor enfatiza en que la atención debe dirigirse a evitar que esa pérdida se convierta en un aspecto negativo, obstaculizante para el sano desarrollo del niño, para que no se torne en un duelo patológico.
En palabras de Tizón (2013) «El duelo se torna complicado en los niños cuando no logran aceptar la pérdida, manifestando conductas disfuncionales, depresión entre otros» (p. 216). Existen cuatro indicadores que podrían indicar que el duelo en el niño se está tornando patológico, estos son: la añoranza por la persona fallecida, la ambivalencia emocional, los continuos reproches hacia la persona perdida como también hacia él mismo, sumado a conductas violentas, y no lograr separase de los objetos pertenecientes a la persona fallecida.
Bowlby (1986) sostiene que el niño responde a sus vínculos formales, desarrollando la noción presencia-ausencia y de forma paulatina aprende a distinguir entre una pérdida temporal de otra permanente.