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El Poder de La Belleza - Magdalena Bosch

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Academic year: 2021

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© Copyright 2015

Ediciones Universidad de Navarra, S.A. (EUNSA)

ISBN: 978-84-313-5552-4

Diseño y composición digital: Coffee Design (Dublín, Irlanda) EUNSA Plaza de los Sauces, 1 y 2. 31010 Barañáin (Navarra) - España Teléfono: +34 948 25 68 50 - Fax: +34 948 25 68 54 - E-mail: [email protected]

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Índice

Presentación

Claves conceptuales del presente libro

I. Un poder que perdura

Poder de consolar

Cuando la belleza se ausentó

Más fuerte que el tiempo

Sobre gustos hay mucho escrito

Excesiva estetificación

Proporción áurea.

II. El esplendor de la verdad

Música celestial

Las hijas del Sol

La luz

Contemplación

Esplendor de ideas y formas

Tu alma se extasía

Urania se hace niña

III. El impulso más libre

Manifestación de la libertad

De la libertad nace el amor

Inútil y valioso a la vez

Saber mirar lo bello

Complejidad y sencillez

Abrumadoramente cotidiana

Un embeleso

IV. Fuerza del alma

Metafísica y complacencia

Al conocerlo, agrada

Inteligencia y afectos

Integridad y unidad 11

Educación moral y estética

La belleza del amor

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Belleza humana

Belleza del alma

Belleza moral

Belleza del cuerpo

Belleza y gesto

Gestos del espíritu

Hombre de belleza singular

VI. Belleza y forma

Fondo y forma

Elegancia

Belleza en el arte

Belleza en la naturaleza

La fuerza de lo feo

Aproximación a algunos conceptos

Bibliografía básica

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¡Oh vosotros,

los que buscáis lo más elevado y lo mejor

en la profundidad del saber,

en el tumulto del comercio,

en la oscuridad del pasado,

en el laberinto del futuro,

en las tumbas o más arriba de las estrellas!

¿Sabéis su nombre?, ¿el nombre de lo que es uno y todo?

Su nombre es belleza.

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Presentación

La belleza se presenta siempre como encanto y descubrimos en ella un poder oculto. Quizá su poder de seducir sea lo primero en lo que pensamos; pero posee otros poderes: de consolar, de humanizar y elevar el espíritu, de regalar el gozo espiritual, de transmitir alegría. El poder de la belleza es múltiple. Uno de sus aspectos más profundos y tal vez menos considerados es su influjo en el alma humana, en la que establece unidad y orden, a la que otorga paz.

La unidad del alma es quebradiza: la razón y las pasiones se enfrentan; la inteligencia pugna, a veces, contra la voluntad. Estas divisiones pueden ser dolorosas cuando se viven como una ruptura interior, cuando se rompe el corazón. Esta expresión puede resultar muy cursi, pero es muy cierta. Nos rompemos por dentro cuando los sentimientos anhelan algo inalcanzable, o cuando, en su búsqueda del amor, se confunden, se desorientan y acaban estrellándose contra una realidad hostil. La belleza es un bálsamo que puede conciliar ambos frentes en esta guerra entre hermanos. Y puede hacerlo porque ella es a la vez espiritual y sensible, es a la vez inteligible y deseable. Por esto puede restablecer la unidad interior y, con ella, la serenidad y la paz.

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Claves conceptuales del presente libro

Este libro nace de un descubrimiento personal. Hace quince años, cuando estaba finalizando mi tesis doctoral sobre Metafísica de la intencionalidad, descubrí el poder de la belleza. Comprendí que solo ella era capaz de conciliar los polos que se oponen en dos modos de dualismo: la pugna cuerpo-alma, y el enfrentamiento conocimiento-deseo.

Descubrí que el alma humana está estructurada en algo así como dos ejes perpendiculares. El eje vertical señala dos niveles del conocimiento y del amor que le sigue: el sensible (adquirido por medio de los sentidos externos e internos) y el intelectual (por el entendimiento o inteligencia). El eje horizontal, une los dos modos en que el alma interacciona con el mundo: conocer y querer. Esta simetría está presente en toda la antropología occidental, pero nunca se explicita adecuadamente, y por eso persisten los dualismos y las dificultades de comprensión.

Concretamente, lo que casi nadie explica es que hay un tipo de amor que está en el nivel intelectual. Lo llamamos normalmente amor espiritual, porque amor intelectual – que sería lo correcto– suena muy raro. Como consecuencia de esta aclaración se entiende mejor que el amor o deseo puede darse en dos niveles, uno más elevado que otro: el de la voluntad (amor hacia lo que conocemos con la inteligencia, amor espiritual), y el de los apetitos sensibles (amor hacia lo que conocemos con los sentidos externos e internos).

Lo que aporta la belleza al problema de las divisiones, incluso luchas, dentro del ser humano es la capacidad de unir, de reconciliar. Y esto es posible porque solo ella es objeto de conocimiento y de amor a la vez; y también, de gozo sensible y de gozo intelectual.

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I. Un poder que perdura

Poder de consolar

¿Ha desaparecido la belleza del mundo y del arte en el siglo xx? ¿Es, quizás, una de esas cuestiones sobre las que Wittgenstein diría que más vale callarse? ¿Se ha convertido en residuo infantil, algo presente en el lenguaje de los niños, pero de lo que debemos olvidarnos para ser serios, adultos y modernos? Resulta innegable que la belleza ha sufrido una crisis en su comprensión, en su valoración y en su reconocimiento.

A finales de agosto de 1999 volaba yo de Boston a Barcelona, terminada una estancia de investigación en la universidad de Boston. Iba leyendo una publicación divulgativa que recogí en la Universidad de Harvard. El editorial de esa revista se titulaba algo así como «El despertar de la belleza», y analizaba el desprecio que esta había sufrido durante años, especialmente a partir de la segunda guerra mundial: había sido asociada a lo burgués en su sentido más deplorable. «Bello» había adquirido connotaciones como «prepotente» y «conservador». Pero en el mismo texto se llamaba la atención sobre el

creciente interés por la belleza y la estética. Afirmaba que era un despertar de algo

dormido que recuperaba vitalidad, salía de su letargo y llenaba nuevamente páginas de revistas y proyectos de investigación.

Al cabo de unos años y tras la destrucción del World Trade Center, Terry Teachout 1

publicaba un artículo con el título «El retorno de la belleza», en el que señalaba la desaparición de la categoría de belleza en el pensamiento posmoderno: «Los posmodernistas son relativistas. No creen en la verdad y la belleza; sostienen, en cambio, que nada es bueno, cierto o bello por sí mismo».

Pero unas líneas después, su artículo daba un vuelco y narraba un acontecimiento: el

regreso de la belleza. Su ausencia al final del siglo xx y dentro de las posturas

posmodernas justifica este modo de decir. ¿Y cuál es el síntoma que manifiesta el regreso de la belleza? El dolor. Mejor dicho, los recursos a los que acudimos las personas humanas para afrontar el dolor. Los sucesos a los que alude Teachout son los encuentros que se produjeron como forma de duelo público común tras los atentados del 11-S. Se trataba de un intento de compartir sentimientos profundos y pesarosos:

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de que el Metropolitan presentara a Verdi en vez de Arnold Schoenberg? La pregunta lleva consigo la respuesta. «Se siente una necesidad imperiosa de belleza cuando la muerte está tan cerca», canta el anciano rey Arkel en la ópera de Debussy Peleas y

Melisenda. Lo que los estadounidenses deseaban escuchar en su hora de tribulación era

belleza, y no dudaron un momento de su existencia.

Este suceso lleva la fuerza de la experiencia vital. No es una teoría estética, es un testimonio histórico. En las situaciones límite se manifiesta lo más auténtico, y la necesidad dificulta el disimulo o fingimiento. Nada quedaba a los norteamericanos más que un sincero deseo de consuelo, de compartir su abatimiento.

A la hora de la verdad –podríamos decir–, buscamos la belleza aunque no se lleve o pueda parecer poco moderno, quizás poco maduro. ¿Por qué? Porque solo la armonía es verdaderamente pacificadora, y únicamente la belleza tiene ese efecto balsámico en el alma humana.

La armonía infunde paz porque restablece el equilibrio, y el dolor se vive como una herida interna que ha de ser restañada. Las heridas en el corazón solo las cura la paz, y la paz emerge del orden. Ese es el poder de la belleza.

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Cuando la belleza se ausentó

Es un hecho constatable que el arte de la segunda mitad de siglo xx deja de interesarse por la belleza. La irrupción del arte abstracto y del pop, la búsqueda prioritaria de la transgresión y de la crítica, relegan a la belleza al rincón del sueño o al pasado. Lo interesante de este fenómeno es que el arte deja de ser un objeto para la contemplación gozosa y trata de convertirse en un revulsivo, en un medio para la denuncia. Es decir, el arte deja de ser bello porque ya no le interesa serlo.

Uno de los motivos es el estado de honda decepción moral que se produce a partir de finales de 1945. La guerra ha terminado, pero las atrocidades que los humanos hemos cometido pesan en los corazones. A esta frustración por la atrocidad perpetrada, se une la tristeza por los familiares muertos, la miseria material y el hambre. Ante una desmoralización tan honda, se hace necesario expresar el horror. Este es uno de los aspectos del duelo: antes de poder restañar una herida, debe sacarse todo lo malo que ha quedado dentro de ella. Durante esos años, la producción artística se tomó como instrumento de protesta o denuncia, pero no como posible terapia o consuelo. Por eso se huye de lo bello y de la armonía.

Otro factor decisivo son las ideas nihilistas que emergen a principios del siglo xx, pero que se divulgan y toman fuerza especialmente a partir de los años cincuenta. Un detonante de estos cambios ideológicos es la filosofía de Nietzsche y su reacción contra la Ilustración y el Romanticismo. El ideal romántico surgido en el círculo de Jena había tomado cuerpo en algunas de las propuestas más vigorosas del idealismo alemán. La belleza, considerada la más alta capacidad del entendimiento humano, el zenit de la elevación del espíritu, era ensalzada por Schelling y Hegel como nunca antes lo había sido. La apuesta nietzscheana por lo dionisíaco consiste en abogar por un arte del impulso ciego de las pulsiones más viscerales, lejano a la razón, ajeno a todo orden y armonía.

Además de los elementos sociales y filosóficos hubo también causas políticas. En este caso, unidas a la filosofía marxista. Paradójicamente, el marxismo se inspira fuertemente en el hegelianismo, pero la lucha de clases se impone a las teorías sobre lo bello, y prevalece el ímpetu con el que es rechazada la burguesía y todo lo que la acompaña. Como ejemplo, se puede recordar que el régimen de Mao, en una de sus etapas, toma la forma de destrucción del arte y de toda manifestación bella de la cultura anterior. Se arrasan monumentos de preciosa factura y larga tradición, se demuelen edificios, esculturas, lienzos. Toda China vive durante unos años la persecución y devastación del arte bello. De modo menos violento, también en Occidente calaron estos

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formas y representaciones, aspiraba a ser gozado visualmente, a ser contemplado con agrado. El arte abstracto no. Su propósito es emitir un mensaje, ser cauce de expresión; pero considera que las formas concretas de la obra artística no tienen por qué ser bellas. De hecho, el arte abstracto sustituye el discurso plástico por el discurso racional: la imagen y las figuras son solo vehículo de comunicación, sin necesidad de valor estético en sí mismas.

Así lo plantea Kandinsky. Al hablar de lo espiritual en el arte, afirma precisamente que lo espiritual se manifiesta más allá de las formas, y que estas tienen un valor instrumental respecto del espíritu. Para manifestar lo invisible, se eclipsa lo visible; para dar protagonismo a lo inmaterial, ha de ser desplazado lo material. Esta es la razón por la que lo abstracto desplaza a lo figurativo. Se prescinde de formas conocidas porque se quiere centrar la atención en una idea. La figura no tiene un significado en sí misma, sino que todo su sentido está en la alusión a algo abstracto. Sin embargo, y precisamente por recurrir a formas desligadas de su significado convencional, suele ser difícil captar el mensaje que el artista quiere expresar. Resulta más fácil comprender las formas que están directamente vinculadas a su significado, porque es lo más adecuado para el conocimiento humano.

El arte abstracto es una aportación de riqueza indiscutible, como también lo es toda la reflexión que genera sobre el arte; pero cabe objetar que las formas pictóricas son en sí mismas, por su materialidad, objeto de visión sensible, mientras que el medio propio de expresión intelectual es el discurso verbal. Prueba de que el arte abstracto padece un desajuste entre el contenido que quiere expresar y el lenguaje que emplea, es la necesidad de mil explicaciones para que un cuadro abstracto pueda ser comprendido. Ante tantas disquisiciones parece que, en lugar de pintar un cuadro de difícil comprensión, habría sido mejor escribir un ensayo que todos pudieran entender con una simple lectura. Por otro lado, existe también una belleza formal propia del arte abstracto, pues hay una belleza conceptual: no se advierte en figuras reconocibles, sino en la armonía de volumen, geometría, color.

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Más fuerte que el tiempo

Uno de los tópicos más corrientes sobre la belleza consiste en decir que su valoración ha cambiado enormemente a lo largo de la historia. A partir de esta observación se suele deducir que nadie se ha puesto de acuerdo acerca de qué sea bello, y que, por tanto, nada lo es realmente, que cada cual tiene sus gustos y nada más. Esta visión tan superficial se viene abajo nada más asomarse un poco al concepto de lo bello.

Muy al contrario de lo que parece, a lo largo de toda la historia se ha mantenido una idea muy estable sobre la belleza.

Lo que ha cambiado visiblemente, y lógicamente, es la valoración de las manifestaciones del arte, de los modos de vestir y del ornamento personal. Cambian los gustos y los usos, porque cambia la cultura, el modo concreto en que se ven las relaciones con la sociedad, con la naturaleza, con la técnica…

Pero a pesar de todos esos cambios, se mantiene el concepto de belleza como armonía.

En efecto, todas las culturas, con sus modos variados de adornar las viviendas y de confeccionar atuendos, coinciden en considerar la belleza como armonía. Pero no solo eso, también coinciden –hasta el siglo xx– en valorar la belleza como algo importante. El amor por lo bello ha movido a los artistas a construir edificios de enorme dificultad, desafiando los grandes obstáculos que presentaban; las pirámides egipcias, los templos griegos, el templo de Jerusalén –que conocemos solo por descripciones–, son ejemplos de la necesidad de belleza que han sentido los seres humanos desde muy antiguo. Hay ejemplos aún más remotos: la arqueología ha encontrado pruebas, desde las primeras civilizaciones, del empeño en la ornamentación. Y aunque sea verdad que no solo les movía la belleza, que también había ambición, deseo de demostrar poder o superioridad, es innegable que la belleza se consideraba necesaria en todo lo que se valoraba como importante.

Contemplando grandes obras de arte de distintas épocas, vemos precisamente de qué maneras tan distintas se puede representar lo bello. No es más hermosa la Piedad de Miguel Ángel que el Partenón; o el Pantocrátor de Taüll, que la Victoria de Samotracia; o la pirámide de Keops, que el museo Guggenheim de Nueva York. Pertenecen a culturas diferentes, pero todas sin excepción traslucen armonía. Más fuerte que el tiempo es la armonía, y prevalece sobre las edades y las civilizaciones.

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hay una diversidad de elementos que se relacionan entre sí de modo unitario.

Se hace presente un orden en las partes, y la relación que guardan hace que formen un todo: como las distintas ramas de un mismo árbol, las diferentes facetas de un edificio o los variados elementos que componen un cuadro. La armonía es la correcta relación entre las notas musicales, las proporciones de una escultura, la disposición de los muebles en una habitación.

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Sobre gustos hay mucho escrito

Hace bastantes años me contaron una anécdota que me quedó grabada en la memoria: estaba un conocido catedrático dando una conferencia sobre la belleza, cuando una mujer de entre los asistentes le hizo la siguiente observación: «En realidad, sobre gustos no hay nada escrito». El profesor respondió rápidamente: «Señora, sobre gustos hay mucho escrito, lo que ocurre es que usted lee muy poco».

Sobre lo bello y sobre el juicio estético se ha escrito mucho y con mucha profundidad: desde los pitagóricos que estudiaron la armonía celeste, hasta Hegel y Baumgarten, pasando por Platón, Plotino, Ficino, Kant y Hölderlin, por señalar solo unos hitos en toda la historia de la estética. A pesar de todo, sigue siendo un tópico que cada cual tiene su idea de lo bello, que no hay razones para afirmar que unas son mejores que otras, y que, por tanto, la belleza es algo completamente subjetivo.

¿Qué hay de subjetivo y qué de objetivo en la belleza? Lo subjetivo es lo que se advierte más fácilmente, y tiene que ver con lo que se acaba de explicar. Cada persona tiene gustos diferentes y hace valoraciones estéticas muy diversas sobre las mismas cosas. Una obra de arte, un vestido, un personaje famoso, gustan a unos y no a otros. Lo

subjetivo es, por tanto, el juicio, la valoración. Cuando decimos «me gusta» estamos

haciendo, implícitamente, un juicio estético: «Lo considero bello». Pero que las valoraciones sean subjetivas no significa que puedan ser arbitrarias. También en estética hay expertos y legos. En algunas cuestiones tan discutibles como el vestir y, en general, la imagen personal, hay personas que adquieren una formación y pericia sobresalientes y se dedican con éxito a ser asesores de imagen. De igual modo, un especialista reconoce la buena composición en obras de arte de muy diverso estilo. Es decir, el gusto es subjetivo: el de cada uno; pero se puede formar, y unos juicios se ajustan más que otros a la

realidad.

De esta última afirmación se desprende que la belleza está vinculada a la realidad, que tiene una dimensión objetiva. ¿Es esto posible? Sí, y su fundamento es algo tan poco subjetivo como el cálculo y la relación entre los números; tan contundente, por ejemplo, como que 1,618 es el mismo número para todos y no varía lo mire quien lo mire. Pero esto exige una explicación.

Del concepto de belleza como armonía, deriva el principio de que lo bello es lo proporcionado. Las proporciones son relaciones numéricas, exactas y universales; y pueden estar en perfecto equilibrio o no. Lo que los seres humanos percibimos como bello es aquello en cuya composición hay orden y proporción. Esto se cumple respecto del espacio, de la música, del color.

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línea recta está dividida entre el extremo y su proporcional cuando la línea entera es al segmento mayor como el mayor es al menor». El resultado de resolver la ecuación que genera esa relación es 1, 618: el llamado número «Fi» (en honor a Fidias). Esta correspondencia tan sencilla se ha considerado perfecta desde tiempos remostos.

La ecuación es uno más raíz de cinco, partido por dos:

La perfección de la proporción áurea ha admirado a matemáticos de diversas épocas por las muchísimas correspondencias que tiene con resultados de variadas operaciones. Y ha fascinado a los artistas desde la más remota antigüedad. Un calendario de la época caldea muestra indicios de haber sido confeccionado utilizando la proporción áurea, y lo mismo se puede decir de las pirámides egipcias, del Partenón y de infinidad de obras artísticas a lo largo de la historia. Pero no se trata solo de una preferencia clásica, en el sentido temporal o cronológico; en la actualidad, su uso es habitual en diseño gráfico, en fotografía o en publicidad.

Toda imagen que pretenda ser mirada suele recurrir a la proporción áurea para conseguirlo, porque su perfección capta la mirada con mayor fuerza que cualquier otra. Su equilibrio contundente retiene la visión, que encuentra en él un agrado indefectible. Las formas geométricas de proporción áurea se imponen, aunque a veces pasen desapercibidas. Las tarjetas de crédito son un rectángulo perfecto, y muchas de las fotos publicitarias de marcas de lujo siguen formas inspiradas en «Fi». La reiterada presencia de esta razón numérica no significa que sea aplicada siempre de modo consciente y deliberado. Pero quizá eso sea lo más sorprendente: que se utilice una y otra vez sin pretenderlo y que se plasme constantemente sin ser buscada.

De todo esto se puede concluir la existencia de un orden que gusta a todos, que es objetivamente hermoso. Y aquí la excepción sería –utilizando una expresión aristotélica– el que tiene el gusto trastocado y percibe como dulce lo amargo, y al revés.

Cabe preguntarse cómo ha podido crear el ser humano algo tan logrado. Y habría que responder que no lo ha creado, sino más bien «descubierto». La naturaleza reproduce esta proporción a diversa escala y en múltiples elementos. Se puede ver fácilmente su presencia en ciertas estructuras de la naturaleza, como la distribución de las hojas en un

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tallo, o la espiral logarítmica de la concha de Nautilus. El ejemplo de la concha se ha utilizado mucho para explicar este fenómeno, y es muy fácil –por poner un ejemplo– establecer un paralelismo con la espiral de las escaleras internas en la Sagrada Familia de Gaudí.

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Excesiva estetificación

En las últimas décadas se ha producido un fenómeno que algunos llaman la

estetificación de la vida ordinaria. La expresión no es muy acertada, porque la vida

ordinaria es estética de por sí. De igual manera que en nuestro día a día convivimos con la verdad y la mentira, la alegría y el dolor, la amistad y la soledad, convivimos igualmente con lo bello y lo feo; tanto si lo pensamos como si no. En este sentido no habría que decir que la vida ordinaria se ha «estetizado», porque siempre estuvo llena de fragmentos de belleza o fealdad.

Lo que normalmente se quiere decir cuando se usa esa expresión es que la

preocupación por la imagen lo invade todo. Y eso es otra cosa. La experiencia estética

ha sido siempre algo omnipresente, sin hacer ningún daño: continuamente experimentamos agrado o disgusto ante las formas que vemos en las cosas y en las personas. Una persona guapa o fea, una calle agradable, un paisaje hermoso, coches feos, industrias mostrencas, gente agresiva o desagradable… el encuentro con lo feo y lo hermoso es constante, aunque en muchas ocasiones no es consciente, y en sí mismo no es perjudicial. En cambio, lo que sí puede hacer daño es la presencia pertinaz de determinados estereotipos, porque suponen cierta imposición y porque no emergen de la verdad variada de las cosas.

Hay demasiadas ocasiones en las que algunos modelos son propuestos de modo invasivo, como si cualquier otra cosa fuera rechazable. Estos modos de difundir lo que ha de gustar, lo que se lleva, lo aceptable, que ponen tanta atención –siempre excesiva– en la imagen, resultan avasalladores. Ella, la imagen, la apariencia externa desvinculada de todo lo demás, es lo único que importa. Y así se acaba haciendo valoraciones muy superficiales de las cosas y de las personas. Al final ya no importa quién eres sino solo qué aspecto tienes, si vistes a la moda, si tienes una imagen «in».

Pero esto no es «estetificación», sino más bien «exteriorización». Es decir, no es la belleza la que invade todo, sino la pura valoración de lo externo, aislado del ser en el que debería estar arraigado. Lo que hace daño a las personas es precisamente esa ruptura entre quiénes son y cómo deben presentarse, porque la presentación acaba relegando la identidad a un ínfimo lugar.

No es la belleza la que vulnera la interioridad, sino el exceso de lo externo y su desvinculación de la realidad interior. La belleza verdadera, muy al contrario, une ambas cosas. La belleza de las personas emerge de dentro a fuera. La identidad buena se presenta con apariencia armoniosa y agradable.

La excesiva preocupación por lo externo suele indicar falta de interioridad. La personalidad madura o completa exige un mundo interior profundo y fértil. Si faltan objetivos altos, intereses culturales, solidaridad y dedicación a los demás, es fácil que la imagen y el cuerpo pasen a ocupar el protagonismo que corresponde a la persona. Así se

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produce una búsqueda de falsa belleza, que no soluciona nada, porque intenta llenar un hueco que solo se llena de verdad cuando hay equilibrio interno, riqueza de intereses, hondura en los afectos. No se puede paliar la falta de personalidad con la abundancia de adornos externos. Si una apariencia cuidada no está vinculada a un carácter noble, siempre defrauda.

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Proporción áurea.

Toda imagen que pretenda ser mirada suele recurrir a la proporción áurea, porque su perfección capta la mirada con mayor fuerza que cualquier otra. Su equilibrio contundente retiene la visión, que encuentra en él un agrado indefectible.

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II. El esplendor de la verdad

Música celestial

A veces se utiliza la expresión «música celestial» para decir irónicamente que alguien no se entera de algo que le incumbe o intentan decirle. Se presupone que la «música celestial» es inaudible y, por tanto, se toma en sentido de «hacer oídos sordos». Pero el origen de esta expresión es muy serio. Los primeros en hablar de la música celestial fueron los pitagóricos, pero querían decir algo que no tiene nada que ver con lo que solemos pensar los ciudadanos de siglo xxi.

Hace años, el pitagorismo era tema obligatorio en bachillerato. Todos los estudiantes oían contar que, según Pitágoras, había una música en el universo generada por las órbitas de los planetas. A la mayoría de los alumnos nos parecía absurdo, pues imaginábamos una música presente en el cielo, que no se podía oír. Yo solo comprendí algo de la verdad de todo esto cuando lo estudié con un poco de detenimiento.

Hay que reconocer que una música inaudible es un sinsentido, pero todo cambia si se piensa en una armonía, en un orden vigoroso, en un gobierno que conduce las órbitas celestes. Es un equilibrio, pero no es un sonido; y esto sí se entiende. El modo en que los pitagóricos concibieron el orden cósmico es de tal fuerza y penetración que puede equipararse a la música, porque su presencia es contundente y configura las relaciones entre los planetas. Configura una relación de proporción perfecta, como la de las diversas notas dentro de la octava musical.

La armonía que intuyeron los pitagóricos fue la base de una religión. Se tiene por cierto que Pitágoras aprendió astronomía y matemáticas en Egipto, que consiguió iniciarse en una secta sapiencial, y que luego llevó esa doctrina a Grecia. La sabiduría era un don precioso del que había que hacerse digno. De ahí que, para ser aceptado en estas comunidades, fueran necesarios ritos de purificación y el seguimiento de una exigente disciplina.

Este es uno de los primeros testimonios de que disponemos para ver la relación entre verdad y belleza. El equilibrio de los planetas y su profundo misterio es una verdad para indagar en ella, y es a la vez lo más hermoso. La verdad del universo es el equilibrio que lo gobierna, que es la armonía. La verdad es belleza. La verdad es lo que las cosas son.

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Las hijas del Sol

Cuenta Parménides (s. vi a. C.) en uno de los fragmentos conservados de su obra, que las hijas del Sol le acompañaron por el camino de la verdad hasta llevarle a la luz. La narración es como sigue:

Las yeguas que me transportaban me llevaron tan lejos cuanto mi ánimo podría desear, cuando, en su conducción, me pusieron en el famosísimo camino de la diosa, que guía al hombre que sabe a través de todas las ciudades. Por este camino era yo llevado; pues por él me acarreaban las hábiles yeguas que tiraban del carro, mientras unas doncellas mostraban el camino. Y el eje rechinaba en los cubos ardientes, pues lo presionaban fuertemente a uno y otro lado dos ruedas bien torneadas, cuando las hijas del Sol, después de abandonar la morada de la Noche y quitados los velos de sus cabezas con sus manos se apresuraron a llevarme a la luz 2.

La luz es la verdad sobre el ser, una esfera bien redonda –según Parménides–, que ha de entenderse como el concepto correspondiente a lo que es pleno y perfecto. El círculo es, desde la antigüedad, la representación de la perfección porque es completo: no hay líneas interrumpidas, trayectos iniciados y luego rotos. Como el círculo o la esfera, el ser no admite grados ni partes, es un absoluto y está fuera del camino de los hombres. Sin la guía de los dioses, jamás podría alcanzarse el conocimiento o verdad sobre el ser.

Pero esa luz a la que las hijas del Sol llevan a Parménides es también la belleza. La diosa que acoge al viajero, las doncellas que le acompañan, las gráciles yeguas que llevan su carruaje, son imágenes de la belleza. Solo el ser es la verdad, y Parménides llama a ese sendero vía de la verdad; pero, a la vez, se refleja su esplendor. Por contraste, la senda de los mortales es camino de apariencias, de engaño. Se podría concluir que, para Parménides, la perfección es la esencia de todo lo hermoso que pueda existir.

La luz es la verdad y la belleza a la vez. Se ha llamado a veces a la belleza esplendor

de la verdad. Aunque la verdad resplandece con su propia luz, la belleza es a veces más

visible o próxima, porque está en las formas y en la presentación: se nos acerca. La verdad requiere recorrer un camino hasta llegar a ella.

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La luz

También para Platón (428-427 a. C.–347 a. C.) la luz es la verdad y la belleza… y el bien. Uno de los mitos platónicos más conocidos es el de la caverna. La caverna en la que viven algunos hombres, mirando siempre hacia la pared del fondo, está iluminada por una hoguera que refleja, sobre ese fondo, las sombras de las personas y las cosas que pasan por el exterior. La verdad está en el exterior y solo se ve con la luz del sol. El prisionero que escapa de la caverna consigue ver la realidad gracias a esa luz. Con esta comparación, Platón quiere enseñar que solo podemos conocer la verdad de las cosas si tratamos de ver más allá de lo que nos muestran nuestros ojos, si vemos las cosas a la luz de las Ideas. De estas, la más elevada y luminosa es el Bien, que se identifica con la Verdad y con la Belleza. Esta identidad de bien, verdad y belleza perdura a través de la antigüedad y la modernidad, hasta el Romanticismo y hasta hoy.

Salir de la caverna supone vencer el engaño de las apariencias, las sombras, el mundo sensible. La verdad es invisible. Este mito platónico es un intento de explicar que el ser y la verdad de las cosas no son observables con los ojos, sino con el alma. Solo el más alto grado de la inteligencia puede penetrar profundamente lo que las cosas son. Sin embargo, la mayoría de los mortales somos prisioneros en el mundo de las sombras, y rechazamos lo que cuenta el prisionero que salió al exterior como si fueran historias fantásticas. Solo nos fiamos de lo que vemos con nuestros ojos: las sombras, lo tangible, lo sensible. Este es el reto del filósofo y de la vida intelectual más exigente: superar las apariencias.

También la contemplación de la belleza requiere superar apariencias y engaños. En El Banquete narra Platón el ascenso del alma hacia la idea de Belleza. Se trata de un itinerario ascendente, desde lo más tangible a lo más espiritual. Se empieza por un cuerpo hermoso que despierta la admiración y el amor; y si el alma es capaz de amar lo bello más allá del cuerpo, consigue elevarse hasta contemplar la belleza en sí. Si se enamorara del cuerpo y no de la belleza que hay en él, jamás ascenderá hasta las Ideas, hasta lo verdaderamente bello.

La belleza en sí tiene la perfección de ser verdadera:

Existe siempre y ni nace ni perece, ni crece ni decrece; en segundo lugar, no es bello en un aspecto y feo en otro, ni unas veces bello y otras no, ni bello respecto a una cosa y feo respecto a otra, ni aquí bello y allí feo, como si fuera para unos bello y para otros feo. Ni tampoco se le aparecerá esta belleza bajo la forma de un rostro ni de unas manos ni de cualquier otra cosa de las que participa un cuerpo, ni como un razonamiento, ni como una ciencia, ni como existente en otra cosa, por ejemplo, en un ser vivo, en la tierra, en el cielo o en algún otro, sino la belleza en sí, que es siempre consigo misma específicamente única, mientras que todas las otras cosas bellas participan de ella de una manera tal que el nacimiento y muerte de estas no le causa ni aumento ni disminución, ni le ocurre absolutamente nada» (El Banquete, 210b-211d).

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Contemplación

Platón nos instruye acerca de la contemplación. Plotino (205-270) ahonda en ella y expone con detalle el modo en que el alma mira lo bello mirando al Uno, del que emana todo lo bueno, verdadero y bello. El ser se mantiene gracias a la unidad, y la unidad es una armonía que hace que las cosas sean lo que son. Cuando no hay unidad hay desintegración, destrucción y nada subsiste. Un coro –o una orquesta, podríamos decir nosotros– lo son en la medida en que mantienen una unidad. Si esta falla, ya no hay coro ni orquesta.

En la naturaleza ocurre algo parecido: cada uno de sus elementos tiene cierta unidad interna, y la naturaleza toda permanece en un orden que sustenta su ser. Ese orden es la

armonía, que es la unidad y la belleza. Y esto solo el alma puede verlo. El alma, por

medio de la inteligencia, ve la unidad, que no es figura alguna concreta ni elemento material determinado, sino orden y relación de equilibrio entre las cosas, vínculo invisible pero firme, un lazo que une dando vida.

La contemplación exige trascender los sentidos, que ven solo lo sensible y múltiple. También ha de trascender el discurso de la razón, que en sus argumentos recorre diversas etapas y fragmentos de verdad.

Solo el entendimiento entiende de modo intuitivo la unidad de la belleza: su poder de unir, su ser uno, su perfección. Por eso la contemplación se parece más a una mirada que a un discurso. Es ver con los ojos del alma, pero estos han de ser puros para ver la pureza de lo incorpóreo. La armonía no es un cuerpo, pero es verdadera; no es mensurable, pero vemos sus efectos; no es observable de modo sensible, pero seduce y cautiva el alma.

La pureza de la mirada no es siempre espontánea. Lo es para los niños, tantas veces más sensibles a la belleza sencilla que los adultos. Los mayores hemos de despojarnos de muchos prejuicios acumulados, de muchos vicios en nuestro modo de mirar. Necesitamos limpiar nuestra visión llena de impactos sensuales, violentos, burdos.

Plotino cuenta que el alma procede de la Esencia superior, del Uno; y tiene por ello afinidad con la belleza en sí, con la perfección. La contemplación es posible porque el alma humana tiene un origen celeste, divino. Por eso puede reconocer lo verdaderamente hermoso, lo que es bello de un modo espiritual; puede reconocer algo que pertenece a su origen bienaventurado. Y tiene su parte de razón, porque ciertamente la región más elevada del alma, la capacidad espiritual de intuir lo eterno, es lo que hace al hombre idóneo para contemplar lo bello en sí.

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Esplendor de ideas y formas

Lo que hay de divino en la belleza lo trató Marsilio Ficino (1433-1499) con cierta exhaustividad. Entendiendo que Dios es el origen de todo y el rey del universo, se ha de reconocer que es bueno, bello y justo. Se considera a Dios bueno como creador; justo, porque hace las cosas perfectas según los méritos de cada uno; y entre la bondad y la justicia de Dios está su belleza, la cual se la atribuimos «en cuanto que infunde en las cosas su aliento».

La belleza despierta una inclinación, mueve al que la contempla; mueve su corazón, suscita el amor. Y esta fuerza que mueve el afecto es el aliento divino. Sin duda, la exposición de Ficino es algo panteísta; pero se puede afirmar la existencia de un Dios personal y mantener que la participación en el ser divino comporta belleza, y que es propio de ella atraer y despertar sentimientos. El modo en que la belleza atrae es, sin embargo, peculiar. Es una atracción anímica, no física.

Es posible que lo que emerge como amor por lo bello derive en otra emoción; pero lo propio de la belleza es infundir el gozo contemplativo. Por eso podemos decir que hay algo divino en el gozo estético, porque mueve a mirar, por encima de inclinaciones instintivas o pasionales, que mueven más bien a poseer.

Ficino considera que Dios atrae el mundo hacia sí, y el mundo es atraído por Él. Esa atracción es la belleza. Pero el gozo de lo bello es algo dinámico, que encierra en sí momentos diversos, aspectos distintos: «En cuanto comienza en Dios y deleita, se llama belleza; en cuanto pasa al mundo y lo extasía, se llama Amor; y en cuanto vuelve a su Autor y enlaza su obra con él, se llama delectación». (Ficino, De Amore, Discurso II, cap. II).

La belleza comienza en Dios, lo mismo que el amor; y todas las formas bellas son reflejo de lo divino, como también lo son las formas de amor verdadero. Contemplar cosas hermosas despierta el amor, que es cierta atracción y que mueve al deseo de unión. Cuando nos quedamos embelesados por un paisaje o por un rostro, por ejemplo, y sentimos la necesidad de seguir mirando, es como si quisiéramos introducir aquello en nuestra alma, que se grave su reflejo en nuestro corazón, que se dé una unión espiritual.

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Tu alma se extasía

No solo Platón pensó en la elevación del alma hasta la región celeste para contemplar lo precioso en sí y en plenitud. Platón no vio sino lo que todos vemos, al menos un poco, y que muchos han comprendido y puesto por escrito de mil modos diferentes. Existen numerosos ejemplos en la literatura clásica. Quizás el más destacado sea Shakespeare (1564-1616). En la escena tercera de El mercader de Venecia, dos enamorados –Jessica y Lorenzo– pasean por un jardín. Ya ha anochecido, están esperando al amigo que regresa de un viaje. De pronto se oye una música y ambos se acercan a escucharla. Se trata de una música apacible. Jessica confiesa que este tipo de música le transmite cierta melancolía. La respuesta de Lorenzo es la siguiente:

Estás triste porque tu alma se extasía. Contempla un rebaño indómito y silvestre o una yeguada que la mano del hombre no ha domado y mira sus alegres saltos, sus gritos y sus relinchos sonoros, efecto natural del ardor de la sangre; pero que la trompa guerrera o cualquiera otra música llegue a sus oídos y verás a los jóvenes potros pararse de pronto, suavizándose sus hoscas miradas con la dulce influencia de la armonía. Por eso supusieron los poetas que Orfeo atraía en pos de sí los árboles, los peñascos y las flores, pues no existe nada tan insensible, tan empedernido y tan cruel que no transforme, por algún tiempo al menos, la magia de la música. El hombre que no tiene en sí música alguna ni le conmueve el acorde de los sonidos armoniosos es inclinado a la traición, al robo y a las culpables asechanzas; los movimientos de su alma son lúgubres como la noche y sus afectos negros como el Erebo. No te fíes de tales hombres. Escucha la música.

En efecto, la armonía del universo, la del alma y la de la música guardan un parentesco entre sí. Los seres humanos son capaces de gozar de esa música –audible o no, no importa– y entonces su alma se extasía, se eleva. Lo que Lorenzo dice de la música se podría decir de la belleza en cualquiera de sus formas y representaciones. En el universo, en los vivientes, en el alma humana, la melodía de lo bello encuentra eco y emite sonidos nuevos.

Si alguien estuviera inmunizado ante esa música, si alguien no la oyera o no fuera capaz de extasiarse, sería señal cierta de alguna dolencia, de alguna enfermedad del alma. O manifestación de un corazón vil y mezquino, en el que no cabe la armonía porque su fondo oscuro ya no puede reflejar ninguna luz.

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Urania se hace niña

En torno al año mil ochocientos, Friedrich Schiller (1759-1805) escribió un poema que tituló Los artistas (Die Künstler). Se puede considerar un breve tratado sobre la belleza y el arte. A lo largo de sus versos se describe la figura del artista como un sacerdote que media entre los dioses y los hombres. Solo él tiene la intuición de lo bello, la inspiración, la capacidad de elevarse. También tiene la facultad de transmitir a sus hermanos mortales lo que ve, reflejándolo en la música, la arquitectura, las figuras de sus obras.

La belleza, según Schiller, libera el corazón del hombre de los deseos impuros. Lo bajo y lo vil es desterrado por la belleza, como toda tiniebla es alejada por la luz. Nada tenebroso puede albergar un corazón entregado a ella, pues la diosa Urania toma el gobierno de los sentimientos y expulsa toda mezquindad. Urania se distingue de Venus especialmente en este rasgo: trascender la sensualidad. Venus es diosa de la Belleza y del Amor, pero sus lazos sensibles se mezclan con las sombras de la pasión. Urania, en cambio, es la belleza más elevada, no voluptuosa, espiritual.

Estas condiciones otorgan a Urania la virtud de elevar hacia lo más alto a las almas que la contemplan. Así se convierte en puerta del conocimiento de la verdad. Y como adentrarse en lo verdadero es a veces arduo, la belleza allana el camino con su amabilidad. La aridez del conocimiento intelectual es suavizada por la benevolencia de esta diosa. El afecto que despierta lo bello ofrece al entendimiento una senda más hacedera.

Urania, en la majestad de su condición sublime, no es altiva. Su dignidad no es lejanía. Al contrario, «depone su corona de fuego y se hace niña para que los niños la entiendan». Niños son los humanos de corazón limpio. La belleza más alta no es lejana, porque el contenido último de su magnificencia es la bondad. La más alta belleza forma una unidad con el mayor bien. La bondad de Urania le hace abandonar la región celestial para hacerse asequible a los mortales. En ocasiones es la belleza el único camino transitable para ascender de lo material a lo espiritual, de las sombras a la luz, de la confusión a la claridad.

Muchas veces los humanos nos quedamos en la región oscura de las dudas, como los prisioneros de la caverna de Platón. Pero la luz exterior puede reflejarse y resplandecer ante nuestros ojos, y ese destello es el arte.

En todas las artes, en sus formas más diversas, resplandece la luz de lo bello. El artista aparece «con la frente despejada»: capaz de ver, entender y reproducir lo hermoso. Así es el genio creador.

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José Ortiz Echagüe, Mis hijas.

La voz de la hermosura es sutil. Lo propio de la experiencia estética es su libertad: no se impone. Es solo una sugerencia que requiere atención para ser percibida.

Urania, en la majestad de su condición sublime, no es altiva. Su dignidad no es lejanía. Al contrario, «depone su corona de fuego y se hace niña para que los niños la entiendan». Niños son los humanos de corazón limpio. La belleza más alta no es lejana, porque el contenido último de su magnificencia es la bondad.

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III. El impulso más libre

Manifestación de la libertad

La belleza es la manifestación de la libertad. Si la libertad es realmente la verdad de

cada cosa, si a cada ser le corresponde una excelencia que se realiza libremente, y son libres las formas verdaderas, la libertad es hermosa en su figura. Es decir, por la unión de la libertad con la verdad, la presentación de la libertad es bella. En sentido figurado, esto se ve en los seres inertes: la belleza de un río que se desliza «libremente» por la ladera de la montaña. Con mayor claridad se ve en los animales: la libre carrera de un caballo salvaje es preciosa. Lo maravilloso es la gracia de los movimientos libres, como expresión de vida y de verdad. Todo lo falso y forzado, en cambio, resulta grotesco y feo. Es el orden del ser que brilla en su armonía, y es también la vida que se manifiesta sin cortapisa, sin engaño ni fingimiento.

Pero la libertad se manifiesta como belleza también en sentido propio. La verdadera libertad se halla en las decisiones humanas. La elección es el acto de libertad por excelencia y cuando es elección de lo mejor, cuando responde a la verdad, cuando lo que se elige es el bien, su manifestación es bella. La claridad fue siempre atributo de lo bello, y la sinceridad de lo que es, la verdad que entraña y se refleja sencillamente, es preciosa. Así ocurre de modo especialmente visible en las personas: es la revelación del alma lo que las hace atractivas, porque las hace cercanas, asequibles, amables; y la proximidad engendra el cariño.

Schiller explicó muy bien en las Cartas para la educación estética del hombre que «la libertad en apariencia es belleza». Es un modo de decir que los actos verdaderamente libres se manifiestan como algo hermoso. Lo contrario sería la expresión violentada, la insinceridad en las personas, la artificiosidad o torpeza en otras figuras. Por eso los niños son tan graciosos, por la franqueza con que manifiestan sus deseos. Por eso también en el arte hay composiciones más afortunadas que otras. Gaudí lamentaba los contrafuertes de las catedrales góticas como un elemento no del todo integrado en el edificio; decía que eran como muletas. Las formas de la naturaleza, en cambio, son fuertes y resistentes de modo espontáneo. Son libres, y por eso más bellas.

Un ejemplo que emplea Schiller para explicar todo esto de modo gráfico es la comparación de la línea ondulada con la línea angulosa. Suponiendo un mismo trayecto

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cortan e interrumpen recíproca y bruscamente. La ondulación, por el contrario, consigue un cambio de dirección suave, continuo, sin violencia.

Esta libertad de la belleza tiene un fuerte paralelismo con el juego. Alguien que juega es un ser libre que se emplea en una actividad innecesaria. Por eso jugar es algo genuinamente humano. También Schiller, en el mencionado texto, expone la importancia de la actividad lúdica: en su inutilidad, el juego manifiesta el espíritu libre de ataduras físicas y de dependencias instintivas o biológicas. El juego es completamente libre, como las formas bellas lo son.

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De la libertad nace el amor

La contemplación y el placer estéticos se viven desde el yo interior, ya de modo sensible, ya de modo espiritual, o de ambos a la vez. Y esa complacencia se goza en el cuerpo, en los afectos, en el alma. Se siente de modos diversos según sea aquello que está inspirando nuestra contemplación y gozo. Es un hecho unitario análogo a la experiencia de la libertad. Al ejercerla y elegir, intervienen también diversos factores, que se distinguen bien en la teoría, pero que en la práctica se viven de modo unitario.

Tampoco es fácil discernir en la actuación las distinciones que usamos en los análisis teóricos de los actos libres. La capacidad de querer conociendo, que es la libertad, está fundada sobre la estrecha unión de las facultades que la constituyen. Libertad es, a la vez, conocer lo que se quiere, advertir su bondad, quererlo como fin. Pero en cada acto libre todo eso se funde en un elegir que comprende todos los elementos y no es ninguno. No es solo conocer, ni es solo querer.

Y de la libertad nace el amor. Esa conjugación de conocimiento y tendencias, de sensibilidad y espíritu, tiene lugar en la experiencia amorosa, igual que en los actos libres. En realidad, la libertad es un primer momento del amor: su posibilidad de ser, su condición previa. Libertad es posibilidad de amar, y el amor es la realización de la libertad. En los actos libres y amorosos el espíritu realiza su vida.

El desplegarse de la vida del espíritu en la libertad y el amor es análogo al despliegue que se produce en la vivencia estética: tan compleja de analizar, pero tan elemental en su ser. Lo que nos ocurre normalmente es algo tan sencillo como sentirnos embebidos y cautivados por aquello que nos está resultando, de repente, sugerente, llamativo, bonito.

Esa experiencia interior es tan intrincada y tan humilde como enamorarse. El gozo por lo bello es un tipo de amor. Y en todo hecho amoroso está presente, de algún modo, el encanto, casi embriaguez, que produce descubrir algo hermoso. Al amar, se unen conocimiento y deseo: ya no se dice separadamente «conozco» y «quiero», sino «amo», que supone ambas cosas. Amando se mira y, a la vez, se desea. Se quiere lo que se contempla, se conoce lo que se apetece. Por eso el amor inunda al alma enteramente. Por eso es una experiencia unitaria y total. Toda el alma pronuncia «amo», con la concurrencia del «conozco», «veo», «apetezco», «quiero».

Amar no es solo contemplar. No es solo la mirada que conoce, descubre, se entretiene, penetra. No es solo el conocimiento, ni siquiera en esa faceta suya que es como jugar mirando una y otra vez algo que resulta agradable. Porque si resulta

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sí, de provocar y mantener su presencia en nosotros.

Si en el amor se unen, se funden, esas dos actividades del alma que son conocer y querer, el amor ha de ser de lo bello, porque es lo que se conoce con agrado, lo que se conoce a la vez que se goza. La verdad se conoce, el bien se quiere, y a la belleza se la mira disfrutándola. La mirada y el gozo van juntos, se dan a la vez. La mirada y el gozo se compenetran en su objeto, en el que ambos se recrean. La mirada se hace deseo y el deseo contemplación. El agrado se da no solo en razón del conocimiento, sino con él y por él.

Por eso el objeto de la experiencia estética es una forma o presencia, y distinguirla del objeto del amor sería tan difícil como distinguir lo que amamos de su presentación y conocimiento. Cuando amamos a alguien, lo amamos por cómo es, por lo que hemos visto de esa persona. El amor es de la persona, pero a través de su manifestación; y, a la vez, es un gozo de cada aspecto de la persona, de la persona misma. Porque nunca conocemos de una sola vez, sino progresivamente, como progresiva es también la ternura y las demás formas de amor.

Podemos concluir que el objeto del amor es la belleza, y que el amor es lo más

libre. Así lo explica Ficino en De Amore: «Ni los dones de los ricos compran el amor, ni

las amenazas y violencias de los poderosos pueden obligarnos a amar, o hacer que dejemos de amar. En efecto, el amor es libre y nace espontáneamente de una voluntad libre, que Dios, que ya determinó desde el principio que sería libre, no fuerza».

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Inútil y valioso a la vez

Hay al menos dos razones para considerar la experiencia estética como genuinamente humana. Una es la exclusividad. De entre todos los seres del cosmos, solo las personas tienen capacidad de gozo estético. Otra es la plenitud: la experiencia estética supone la plenitud de realización de los seres humanos. En efecto, en el descubrimiento y aprecio de lo bello no solamente pueden intervenir todas las funciones del alma humana, sino que a través del alma podemos descubrir y apreciar la belleza en sus formas más altas.

La forma de la belleza solo es advertida por los seres humanos; no hay una experiencia estética animal, porque no hay ninguna función biológica unida directamente a ella. No podemos negar la posibilidad de que acompañe a las funciones propias de los instintos básicos de supervivencia y reproducción: actividad sexual y alimentación. Pero podemos afirmar que se distingue claramente de ellas.

Quizás sirvan un par de ejemplos. Hay ocasiones en que los alimentos pueden ser objeto de experiencia estética: la fruta de verano es bonita; las cerezas, ya maduras, rojas, son hermosas, brillantes. Sin embargo, distinguimos el placer que nos produce mirarlas, del placer que nos produce comerlas. Son dos tipos de placer distintos. La belleza mueve a su contemplación y admiración. Las necesidades biológicas mueven a realizar las funciones necesarias. Disfrutar con los colores de la fruta madura no es ninguna necesidad, ni exige ninguna actividad distinta de la propia admiración.

Lo mismo sucede con la belleza de las personas y la atracción sexual. Se trata de dos tipos de atractivo distinto, que mueven a algo también distinto. La experiencia estética que podemos sentir por la belleza física o moral de alguien tiene su gozo en la contemplación y mueve a ella. El placer estético consiste en la contemplación misma, en admirar las proporciones físicas o espirituales de alguien hermoso en uno de esos dos aspectos, o en ambos. En cambio, la atracción sexual mueve a su función propia, que lleva consigo un placer distinto.

Ambos ejemplos quedan abiertos a la posibilidad de reconocer en un mismo objeto la causa de placer estético y la posibilidad de satisfacer inclinaciones instintivas y biológicas. Esta posibilidad no desmiente sino que reafirma la consideración del modo humano de vivir lo bello. La experiencia de lo bello puede acompañar a lo biológico. Lo biológico humano no es solo fisiología, sino que está penetrado de afecto, sensibilidad, espíritu.

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busca siglo tras siglo, lo que orienta las conductas humanas y las condiciona. Y eso que me refiero por lo pronto a la belleza física, corporal. Bastaría esto para descartar todo

materialismo en vista de la radical inutilidad biológica de la belleza como tal 3.

Es también esa inutilidad la que deja abierta la interpretación de lo bello, su definición, los objetos con que se identifica. Precisamente por no tratarse de algo biológico, cabe la interpretación libre, personal. Lo biológico es necesariamente, casi materialmente, universal. La apreciación de lo bello es universal solo por su carácter humano. Pero la vivencia, por lo que tiene de interpretativo y cultural, es personal. Y personal, además, por la dimensión de intimidad que participa en ella.

Personalmente vivida, universalmente buscada y gozada, esta es la peculiar universalidad de la belleza: todos la deseamos, todos la gozamos, con más o menos frecuencia, de modos diversos.

Esta virtud de hacernos superar el utilitarismo, de hacernos menos pragmáticos, convierte a la belleza en algo excepcionalmente atractivo, insospechadamente formativo, calladamente eficaz. Es muy agresiva, a veces, la presión materialista. Parece que únicamente nos movemos por el provecho inmediato o por placer, por lo que se ve y se mide. Es el polo opuesto a la magnanimidad, tan propia del alma que sabe apreciar lo bello.

La capacidad estética, la sensibilidad bien orientada, propicia relaciones interpersonales verdaderamente humanas: porque se quiere lo bueno como tal, por la belleza del bien, y se entiende que cada persona es valiosa por el solo hecho de serlo. Así también se hace más humano el trabajo, revelándose contra el egoísmo de buscar únicamente un sueldo o un título. La belleza nos enseña que algunas cosas inútiles son muy valiosas.

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Saber mirar lo bello

Un resplandor sublime necesita un espectador adecuado. Ser capaz de gozar lo bello exige una mirada pura, un espíritu dispuesto.

Si la pasión invade el alma, sea con la sensualidad, la violencia o el egoísmo, difícilmente podrá la belleza insinuarse en ella. La voz de la hermosura es sutil. Lo propio de la experiencia estética es su libertad: no se impone. Es solo una sugerencia que requiere atención para ser percibida.

La valoración estética exige mirar lo bello, que es distinto del solo ver. La belleza requiere la contemplación, análogamente a como el deseo quiere poseer el bien que descubre, o como el conocimiento gusta de conocer mejor. En una fuerte conjunción de voluntad y conocimiento, en la experiencia estética se da el deseo de ver mejor, de mirar. La satisfacción de la voluntad está en la consecución de algún bien conocido previamente. La satisfacción estética está en la mirada misma. Mirar lo bello es lo que produce el placer estético.

Ver corresponde al primer momento, al asombro. Ver es el primer encuentro con lo bello y su descubrimiento en cuanto tal. Mirarlo es colmar el deseo de belleza que despierta ese primer encuentro. Pero ambos momentos de la experiencia estética se dan en los dos tipos de belleza a que se ha hecho referencia, y ello requiere una mirada distinta en uno y otro caso. Es decir, no se ven con los ojos los dos modos de lo bello, o en todo caso, no solo con los ojos del cuerpo. La belleza del espíritu no se ve más que desde el espíritu. Y esto confirma que no solo en lo bello caben dos niveles o ámbitos distintos, sino también en la experiencia estética. En cada uno de esos niveles y en su unión se da la tendencia que anhela lo bello.

El ser humano tiene la capacidad de acoger dentro de sí los movimientos o tendencias que acompañan al desvelamiento de la belleza. Esa acogida, la experiencia estética que consiste en la mirada, en recrearse admirando lo bello, puede llamarse también intuición.

La intuición estética parece reunir todos los momentos que comprende la experiencia de lo bello: verlo, mirarlo, recrearse en su contemplación; y también la tendencia, el afecto...

Además, se da como vivencia común a todos los hombres, lo que no significa en absoluto que las vivencias estéticas sean repetibles o que puedan compartirse totalmente. En tener esa capacidad y ese modo de aprehender lo bello –intuyéndolo– coinciden todos

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La intuición estética es una potencia espiritual que, en mayor o menor grado, poseen todas las personas; y de hecho, todas tienen experiencia de lo bello, aunque sea diversa en cada una y en los distintos momentos de su vida. Porque la intuición estética de la misma persona puede cambiar según las ocasiones; y no solo porque cambie lo intuido, sino porque cambian sus disposiciones y todo lo que las acompaña. Los aspectos que confluyen en la experiencia estética son variables, como lo son el afecto, el sentimiento u otros elementos de tipo perceptivo: los sentidos internos y externos.

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Complejidad y sencillez

Todo ello forma parte del juicio estético, que es el juicio del gusto y la apreciación de la belleza. La experiencia estética, de hecho, se identifica con el juicio estético, porque es en el encuentro con la belleza cuando el gusto reconoce: «Es bello». De modo que se da un encuentro con la belleza y, a la vez, un reconocimiento del encuentro.

Pero en ese momento en el que se descubre la belleza y su captación, en ese momento en el que se realiza el juicio del gusto, ¿se da un proceso o es más bien un acto

espontáneo? Porque considerando la complejidad de la experiencia y que tal complejidad

es debida a la concurrencia de tan variados factores, podría pensarse que se trata de algo discursivo. Ahí es donde se presenta el conflicto: intentar descubrir el punto de inflexión entre la simplicidad y espontaneidad del acto en que se capta lo bello, y la complejidad que supone la confluencia de tantos factores que intervienen en o acompañan a ese acto.

Precisamente en esos dos modos de entenderlo –como intervención de los factores o como acompañamiento de los mismos– puede descubrirse algún matiz que aporte luz a lo que sucede en el juicio estético.

Si se considera que solo se trata de un acompañamiento, es más fácil ver la

espontaneidad del juicio mismo o del despertar de la fruición estética. El juicio estético

sería un acto espontáneo al que se unen varios elementos de tipo afectivo. Si se considera, en cambio, que la intervención de los elementos afectivos es constitutiva del mismo acto estético, puede ser más difícil definirlo y reconocer su espontaneidad.

En todo caso, y desde la experiencia subjetiva, podríamos afirmar que el juicio del gusto requiere una sucesión de momentos o pasos, que son los siguientes:

1. El primero es el estímulo sensorial. Es imprescindible en la belleza de tipo sensible; es la primera condición del encuentro estético: ver lo bello.

2. Al primer estímulo sigue la reacción afectiva. Tras la primera visión (visión en su sentido amplio), viene una segunda visión (visión en un sentido más específico), que es lo que se ve con el afecto, lo que aparece a los sentimientos, y la reacción de estos ante lo bello concreto que se contempla.

3. La influencia sentimental es un paso más que sigue a la primera reacción afectiva. Se añaden a aquella las connotaciones sentimentales que el objeto bello despierta en nuestra interioridad, que pueden ser muchas, casi innumerables: todos los sentimientos

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4. El juicio estético es el resultado de los pasos precedentes. La influencia de esos pasos es decisiva en el juicio, porque constituyen los datos a partir de los cuales se puede juzgar.

La síntesis entre lo racional y lo sensible queda reflejada en el paso de la percepción sensible a la percepción racional. La existencia o realización de ese paso, la unión de ambos tipos de impresión, resulta indispensable en el juicio del gusto.

A pesar de la enumeración sucesiva y de la distinción entre unos momentos y otros,

la experiencia estética tiene lugar de un modo unitario. Es el conjunto de todos esos

elementos lo que constituye el encuentro con la belleza.

No se ha de ver en todo ello un proceso artificioso. La descripción que se ha hecho puede llevar a pensar que se olvida la espontaneidad y, por tanto, la autenticidad del juicio del gusto. La sucesión de tan complejos elementos no parece muy compatible con la sencillez del acto simple de decir: «Es bello, me gusta». Y es esta aparente contradicción la que hay que salvar. La comprensión del juicio estético pasa por la

superación de la aparente paradoja entre complejidad y sencillez.

Se han de rechazar dos posiciones opuestas: a) considerar el juicio estético como un gesto automático, sin sentido o, al menos, sin otro sentido que el de un acto puramente reflejo; y b) considerarlo como un complejo proceso psicológico que va desde las más elementales percepciones a las más hondas reflexiones racionales.

Hay quienes piensan que no somos nosotros quienes juzgamos la obra de arte, sino que es la obra de arte la que nos juzga a nosotros. Lo mismo podría decirse de la belleza en general. No la juzgamos nosotros a ella, sino ella a nosotros, aunque resultaría muy difícil conocer su juicio. Sin embargo, es cierto que en el modo en que nosotros nos acercamos a la belleza ponemos en evidencia nuestra capacidad de descubrirla, apreciarla y valorarla. Si sabemos descubrir la belleza, también cuando se deja ver de modo sutil, demostramos nuestra sensibilidad para con ella. Su juicio es evidenciar nuestra capacidad de juicio.

Lo ideal sería que, en nuestra reacción inicial ante un objeto de contemplación, nuestro juicio tuviese ya, de modo inmediato y completo, la solidez y la exactitud precisas, al mismo tiempo que la emoción delicada y profunda, que es la síntesis exigida para el refinamiento de toda experiencia estética. Pero no se llega fácilmente a tal grado de finura; es necesaria la acumulación de experiencias y de meditaciones imparciales y desinteresadas. Toda persona puede, por tanto, llegar a tener esa capacidad de juicio, de buen gusto, si lo educa.

Si se educan otras tendencias o habilidades, ¿por qué no se va a poder educar una tendencia del espíritu como es su amor a la belleza y su capacidad de apreciarla?

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Esta pregunta nos enfrenta de nuevo con la intuición. Según Mirabent, Bergson (1859-1941) consigue la más fértil y la más grande de las explicaciones de la intuición estética. Aún más, para concretar el concepto de intuición filosófica, utiliza una definición familiar a los esteticistas: «La intuición es una especie de simpatía intelectual en virtud de la cual nos transportamos al interior de un objeto para coincidir con lo que este objeto tiene de único y, por consiguiente, de inefable» 4.

Es en esa simpatía donde han de quedar comprendidos todos los elementos que componen el juicio estético. En este caso, «componer» quiere decir que no hay un solo acto; pero esto es compatible con decir que el acto del juicio es simple, con una simplicidad hecha de la unión de los actos que lo componen. La unión o cohesión entre ellos consigue que el acto del juicio estético o de gusto, la intuición estética, sea, a pesar de todos los factores que intervienen en él, simple. Rica, profunda y complejamente simple.

La intuición estética se constituye en fundamento del gusto y del juicio: es la captación inmediata del valor esencial de los objetos que llamamos bellos. La intuición, tal como la ha entendido y expuesto Bergson, puede dar cuenta de la unión de sentimiento y juicio.

Referencias

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