La Fuerza de la Debilidad

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Juan Esquerda Bifet nació en Lérida en 1929. Fue ordenado sacerdote en 1954. Es doctor en Teología dogmática y Derecho canónico (Salamanca, Comillas y Roma). Actualmente es profesor de Misionología en la Pontificia Universidad Urbaniana (Roma). Director del Centro Internacional de Animación Misionera (Roma). Dirige cursos y retiros al personal misionero de todos los países. Es autor de numerosas obras de espiritualidad, traducidas a diversos idiomas.

La “cruz” ha sido y será siempre la nota característica del cristianismo. Y es, también, el desafío permanente del corazón humano, que busca la felicidad en la verdad y el bien. Es un signo que nos habla de “alguien”, Cristo, que “nos amó y se entregó en sacrificio por nosotros”. El Señor transformó este signo en símbolo de donación total. La vida aparece en toda su hermosura sólo a partir de la cruz de Cristo. Pero el signo de la cruz no se refiere sólo a Cristo, sino a todo seguidor suyo, llamado a “completarle” y prolongarle en el espacio y en el tiempo. Los cristianos colocamos el signo de la cruz en todas partes, pero sólo somos “cristianos” cuando nos decidimos a transformar la vida en donación.

Muchos hombres y mujeres, como Francisco de Asís, cambiaron radicalmente su vida y encontraron una razón para vivir a partir de su encuentro con Cristo crucificado. Es que Cristo, con su corazón abierto, sigue hablando de corazón a corazón.

Este libro quiere responder a la pregunta tal vez más radical que se le plantea hoy a la Iglesia misionera: ¿cómo se puede reaccionar amando en los momentos de dificultad y de cruz? Y lo hace ofreciéndonos una aproximación teológica al misterio de la cruz. Pero hacer “teología” de la cruz significa elaborar una reflexión vivencial,

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que compromete a compartir la misma vida de Cristo. Por eso habla el autor de una teología que es espiritualidad de la cruz.

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LA FUERZA

DE LA DEBILIDAD

ESPIRITUALIDAD DE LA CRUZ

POR

JUAN ESQUERDA BIFET

Madrid 1993

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ÍNDICE GENERAL

PRESENTACION...5

I. La vida es hermosa...10

1. Abrir los ojos...10

2. Deseos de verdad y de bien...13

3. Ojos y corazón de niño...16

Recapitulación...18

II. El “misterio” delas limitaciones humanas...21

1. El camino oscuro hacia la verdad y el bien...21

2. Hermanos y acontecimientos: ¿silencio de Dios?...25

3. El “misterio de la iniquidad”...28

Recapitulación...31

III. Jesucristo sin privilegios históricos...33

1. Zarandeado por la historia...33

2. Indefenso por amor...35

3. Consorte y protagonista...38

Recapitulación...41

IV. LA CRUZ DEL MISTERIO PASCUAL...43

1. Los ojos de la fe...43

2. El gozo pascual de la esperanza...46

3. Cristo resucitado: el amor vence a la muerte...49

Recapitulación...52

V. “Completar” a Cristo, compartir su misma suerte...54

1. Compartir la suerte de Cristo...54

2. Tener los sentimientos de Cristo...57

3. Completar a Cristo...61

Recapitulación...64

VI. EL MARTIRIO CRISTIANO...66

1. Gastarse por Cristo para ser su “testigo”...66

2. Fecundidad martirial: fuerza en la flaqueza...70

3. Morir amando y perdonando...73

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VII. Construir una “nueva tierra”...79

1. Construir la historia amando...79

2. La vida es donación...82

3. Descorrer el velo...85

Recapitulación...87

VIII. Cruz: el camino para “ver a Dios”...89

1. Dios Amor en nuestra pobreza...89

2. Recibir gozosamente el misterio de Dios Amor...91

3. Misión: encontrar a Cristo en el hermano que sufre y busca...94

Recapitulación...96

IX. “Soy yo”: soledad llena de Dios...99

1. El “Verbo” en el “silencio” de Dios...99

2. El “Emmanuel” en la “ausencia” de Dios...101

3. Servir abriendo caminos a toda la humanidad...104

Recapitulación...107

X. El gozo pascual y fecundo de los santos...109

1. Sepulcro vacío, noche oscura...109

2. Fecundidad espiritual y apostólica...112

3. Gozo pascual...115

Recapitulación...117

Líneas conclusivas...121

Orientación bibliográfica...125

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PRESENTACION

“Mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37) La “cruz” ha sido y será siempre la nota característica del cristiano. Es un signo que nos habla de “alguien “, Cristo, que “nos amó y se entregó en sacrificio por nosotros” (Ef 5,2). El Señor transformó este signo en símbolo de donación total. La vida aparece en toda su hermosura sólo a partir de la cruz de Cristo.

El signo de la cruz no se refiere sólo a Cristo, sino a todo seguidor suyo, llamado a “completarle” (cf. Col 1,24) y prolongarle en el espacio y en el tiempo. Los cristianos colocamos el signo de la cruz en todas partes, pero sólo somos “cristianos” cuando nos decidimos a transformar la vida en donación: “estoy crucificado con Cristo en la cruz” (Gál 2,19). Las cruces sin crucificado, visible o invisible, no pasarían de ser un simple adorno.

Muchos hombres y mujeres, como Francisco de Asís, cambiaron radicalmente su vida y encontraron una razón para vivir a partir de un encuentro con Cristo crucificado. Es que Cristo, con su corazón abierto, sigue hablando de corazón a corazón. Por esto, cuando, ya resucitado, se apareció a sus discípulos, les mostró las huellas de la crucifixión grabadas para siempre en sus manos, pies y costado (Jn 20,20; Le 24,39), para indicar que “la caridad de Dios derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rom 5,5) es fruto de su donación en la cruz. El amor ha transformado la debilidad en la mayor fuerza de renovación.

Hacer “teología” de la cruz significa elaborar una reflexión vivencial, que compromete a compartir la misma vida de Cristo: “una vida escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3). Esta teología dejaría de

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serlo si no llevara a la vivencia o espiritualidad. Por esto hablamos de una teología que es espiritualidad de la cruz. Pablo, al decir que estaba crucificado con Cristo, añadía: “no soy yo el que vivo, sino que es Cristo quien vive en mi” (Gal 2,20).

La teología es una reflexión a partir de la fe. No es una actitud que quiere dominar el misterio de Dios amor, sino una actitud de fe humilde y amorosa, que quiere comprender mejor para amar más. Por esto la auténtica teología tiende a la adoración, a la admiración y al silencio de donación. La teología sobre la cruz presenta el aspecto doloroso y gozoso de este proceso.

La teología cristiana es eminentemente contemplativa. “Nadie puede percibir el significado del evangelio (de Juan), si antes no ha posado la cabeza sobre el pecho de Jesús y no ha recibido de Jesús a María como madre” (Orígenes, Comm. in Ioann., 1,6). La reflexión teológica se deja conducir por la acción del Espíritu Santo. Es, pues, una teología espiritual o teología que, además de ser sapiencial, quiere ser vivencial. Esa teología lleva necesariamente a la relación personal con Cristo (contemplación), al seguimiento de Cristo y a la misión. Por esto es eminentemente pastoral.

La teología y espiritualidad (o teología espiritual) de la cruz es la comprensión vivencial del misterio pascual de Cristo (muerto, resucitado y presente en la Iglesia) para anunciarlo (“kerigma “), celebrarlo o hacerlo presente (liturgia) y comunicarlo a toda la comunidad humana (diaconía, coinonía, misión).

A nadie se le escapa que el tema de la cruz es básicamente el del dolor o sufrimiento. Pero esa realidad humana insoslayable no puede encerrarse en solas palabras. Existe el sufrimiento personal, comunitario, histórico, físico, moral... Pero lo que existe propiamente es una realidad humana en un proceso de misterio pascual que pasa necesariamente por la cruz. Ahora bien, la cruz no es el sufrimiento, sino la realidad dolorosa afrontada con los criterios de Cristo, con su escala de valores y con sus actitudes hondas de donación.

Regodearse en el dolor no sería ni cristiano ni humano. Adoptar actitudes de agresividad, huida, desesperación, indiferencia o inhibición, tampoco corresponde a la dignidad del hombre. Abstraerse de los deseos para eliminar el dolor podría ser un ejercicio mental útil, pero dejaría el problema del dolor sin solución.

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El hombre ha sido creado para vivir gozosamente, no para sufrir ni morir. Ahora bien, si en la realidad humana existe el dolor y la muerte, la única solución será la de afrontar esta realidad, haciendo que el ser humano se construya como imagen de Dios, que es amor y donación. Esto es imposible si Dios hecho hombre, Jesucristo, “asumiendo la cruz” (Jn 19,17), no se nos hace nuestro “camino, verdad y vida” (Jn 14,6). La “cruz.” es el mismo Cristo, que, insertado en nuestra historia, transforma la realidad anodina o doloroso en donación. A partir de la cruz de Cristo, es posible transformar nuestra cruz en servicio a los hermanos y en “gozo pascual” (PO 11).

Toda teología es una cruz, por ser un esfuerzo humano de querer penetrar en el misterio de Dios, que parece que calla y está ausente. Nuestros conceptos son válidos, pero no llegan a captar al infinito. El camino de la teología de la cruz debe ser el de la espiritualidad: querer vivir lo que se cree por encima de querer comprender, sin dejar el esfuerzo de comprender. El sufrimiento se comienza a “comprender” cuando se comparte con Cristo, que derramó su sangre por nuestro amor. “¡Cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo!” (Heb 9,14).

Mirando “al que traspasaron” (Jn 19,37), el creyente en Cristo comienza a comprender amando. Es el “conocer” del Buen Pastor que, dando su vida en sacrificio, contagia a sus ovejas de la sabiduría de la cruz. A Cristo se le conoce a partir de su amor: “Tened los mismo sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2,5).

Quien ha experimentado la “cruz” de Cristo está capacitado para descubrirle resucitado en el “sepulcro vacío”. La “utopía” cristiana es así. La esperanza, el gozo pascual y la liberación integral de personas y de pueblos sólo son posibles a partir de la cruz.

El sufrimiento, transformado en donación y en servicio para evitar el sufrimiento de los hermanos, transforma el universo y la humanidad entera. El hombre se trasciende a sí mismo compartiendo la cruz con Cristo. La utopía cristiana es siempre el amor de donación en un contexto de fe y esperanza. “Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe” (/ Jn 5.4).

Para vivir y morir amando como Cristo hay que aprender a pensar y sentir como él. Ese amor” viene de Dios” (l Jn 4,7), 3? es posible sólo cuando se ha encontrado a Dios en su aparente “silencio” y “ausencia”.

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“La cruz es un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosos de la existencia terrena del hombre” (DM 8).

La cruz es el desafío permanente del corazón humano, que busca la felicidad en la verdad v el bien. La teología y espiritualidad de la cruz no pueden elaborarse sin participar vivencialmente en este reto.

Un “maestro” espiritual hindú (“guru”) enseñaba a sus discípulos el “camino” (“yoga”) para llegar a Dios por un proceso de limpieza del corazón. Un cristiano presente en el grupo le preguntó por qué tenía un crucifijo sobre la mesa. El “guru” respondió: “Estoy buscando a alguien que me enseñe cómo es el yoga (camino) de Jesús crucificado “. La sociedad de hoy presenta el mismo problema; quizá es éste el mayor desafío que ha tenido la Iglesia misionera en veinte siglos: ¿cómo se puede reaccionar amando en los momentos de dificultad y de cruz?

Esta anécdota y un recuerdo sencillo de mi infancia me sirvieron de invitación para escribir esas reflexiones sobre la espiritualidad de la cruz. Habían pasado pocos días de mi primera comunión (1936). Delante de la parroquia incendiada ardía una hoguera donde todavía se podía ver el rostro bondadoso de la imagen de Cristo crucificado. Aquella mirada amorosa parecía hablar de perdón y de llamada: ¿quién querrá anunciar a todos los hermanos que yo sufrí y morí por amor?... Creo que allí empezó mi primera reflexión sobre la cruz, que ahora brindo a mis hermanos. Para poder expresarme mejor me he inspirado en escritos y vidas de santos y de personas ejemplares; que iré citando en el momento oportuno.

Hoy más que nunca se necesitan apóstoles, al estilo del “discípulo amado”, que estén convencidos de que “la misión tiene su punto de llegada a los pies de la cruz.” (RMi 88). Juan evangelista, el que estuvo junto a la cruz y el que, adentrándose en el sepulcro vacío, “creyó” en Jesús resucitado, nos indica el camino para transformar el sufrimiento en donación y la cruz en resurrección: “MIRARAN AL QUE TRASPASARON” (Jn 19,37). Mirando con amor a Cristo crucificado se aprende a transformar el dolor en donación y la debilidad en fuerza que renueva la creación y la historia: “Te basta mi gracia, ya que la fuerza se pone de manifiesto en la debilidad” (2 Cor 12,9).

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I. LA VIDA ES HERMOSA

1. Abrir los ojos

Es la invitación del Señor: “Observad los pájaros..., observad las flores” (Mt 6,26-28). Bastaría con abrir la ventana al clarear un nuevo día para contagiarse de la belleza de la creación y de la bondad del Creador: “En tu luz podemos ver la luz” (Sal 35,10). A veces, uno de los panoramas más bellos de la tierra es el que nos circunda; pero son sólo nuestros huéspedes quienes se enteran y nos lo hacen descubrir. Canto de pájaros, aroma y color de las flores, correr del agua, sonrisas de niños..., los puede haber en todas partes si el hombre no lo impide.

Es verdad que los pájaros picotean “nuestros” frutos y nuestras plantas. Al fin y al cabo, nosotros llegamos al mundo después de ellos, y tal vez les hemos desplazado de su propio ambiente. Un poco de agua, de trabajo y de calor humano, hacen brotar flores en cualquier desierto, aunque haya piedras e insectos y no dejen de brotar hierbas y espinas que no nos gustan.

“La vida es hermosa porque Dios es bueno '. Así decía una abuelita cargada de años, de arrugas y de achaques, sentada en silla de ruedas y contemplando el panorama. Era su habitual acción de gracias a Dios por un nuevo día, y a las personas que, con caridad, le habían arrimado a la ventana para “distraerla” un poco.

Luz y oscuridad, calor y frío, agua y tierra seca, aire puro y brisa vespertina, vida y hermanos, acontecimientos y días que transcurren veloces... “Todo es gracia” (Santa Teresa de Lisieux y Bernanos), todo es don de Dios, todo nos habla de él. Todo es “hermano sol”, “hermana luna..., hermana agua.... hermana tierra” (San Francisco de Asís).

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Todo nos habla del “Amado”. Si algo viene de su mano, es que también y principalmente procede de su corazón. Lo importante es el amor con que nos da las cosas y permite los acontecimientos. “‘Dios lo dio. Dios lo quitó. ¡Sea bendito el nombre del Señor!” (Job 1,21); “Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal?” (Job 2,10).

Abrir los ojos significa dejar hablar al corazón iluminado por la razón. Solamente si abrimos los ojos del amor, sin hacer cálculos de utilidad y eficacia inmediata, sabremos auscultar los latidos del corazón de Dios. Este mirar contemplativo nos hace descubrir a quien nos acompaña siempre dejando huellas de su amor: “Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, vestidos los dejó de hermosura” (San Juan de la Cruz).

Hay que aprender a leer la creación: “¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Ensalzaste tu majestad sobre los cielos. De la boca de los niños de pecho has sacado una alabanza... Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies” (Sal 8). A pesar de las sombras de la noche, nosotros podemos participar de la mirada de Dios: “Vio Dios que todo era muy bueno” (Gén 1,31).

Jesús nos dijo que nuestro Padre Dios “hace salir su sol sobre buenos y malos” (Mt 5,45). Las cosas siguen siendo de Dios Amor, como regalo de todos los días recién salido de sus manos y de su corazón. El amor que Dios pone en sus cosas nunca se gasta ni se convierte en rutina. El secreto para descubrir ese amor consiste en el modo con que se estrenan o se usan las cosas.

Para llegar a ver la “gloria” o realidad divina y humana de Cristo, como Verbo encarnado, hay que aprender a ver la “gloria” o epifanía del amor de Dios en las cosas, en los acontecimientos y en los hermanos. Cuando el discípulo amado dice que “hemos visto su gloria” (Jn 1,14), formula esta afirmación después de recordarnos que todo ha sido creado por Cristo y para él (Jn 1,3). Efectivamente, “Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura; en él fueron creadas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra...; todo lo ha creado Dios en él y para él; Cristo existe antes que todas las cosas y todas tiene en él su consistencia” (Col 1,15-17).

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La lectura o análisis de la realidad humana sólo es posible a la luz del amor de quien ha creado el universo y dirige la historia respetando la libertad del hombre. Otro tipo de “relectura” no pasaría de ser una caricatura o una quimera, capaz de producir tempestades y atropellos, y por ello mismo abocada al fracaso. Esos “vientos del desierto” que brotan de corazones divididos son los que han producido y seguirán produciendo los grandes desastres de la historia.

En el areópago de Atenas rechazaron a Pablo porque, al presentar a Cristo resucitado, afirmaba que todas las cosas son buenas, incluso el ser humano en su corporeidad, puesto que en Dios “vivimos, nos movemos y somos” (Hech 17,28). La verdadera hermosura de las cosas sólo se capta por un proceso de “conversión”, como lavándose los ojos para ver y adherirse a Cristo, “luz del mundo” (Jn 8,12), el Hijo de Dios hecho hom-bre que ha muerto y resucitado, centro de la creación y de la historia. Jesús nos ayuda a abrir y purificar los ojos, mezclando su “saliva” con nuestro barro (Jn 9.6), su mirada con la nuestra, su “agua viva” con nuestra agua. Entonces nuestra agua se hace hermana de “la luz”.

Hay que aprender a ver las cosas y a visitar las ciudades en los días en que no hay prisas ni angustias. Entonces todo parece más bello; pero no es distinto de cuando nos encontramos en nuestro caminar cotidiano.

La cultura de un pueblo y de sus habitantes es una actitud relacional hacia las cosas, las personas y el más allá. Esta postura se expresa en el lenguaje, costumbres, arte, música... Las expresiones más bellas de una cultura se encuentran allí donde es más auténtica la convivencia con los hermanos y la relación de confianza y unión con el Creador. Entonces las personas se sienten amadas y capacitadas para un amor de retomo.

Cuando a un pueblo se le quiere quitar su relación con Dios, entonces la existencia humana parece un absurdo, se deshumaniza, hasta el punto de perder el sentido de admiración por las cosas y anular el respeto a la vida de los inocentes y de los más débiles. La convivencia humana se apaga cuando, por ansias de ganancia y de dominio, se estimulan las reacciones de egoísmo personal y colectivo. Ya no se escucha al hermano que sufre ni se descubre la hermosura de la creación. Las ansias desenfrenadas de tener, poseer y disfrutar atrofian los sentidos y el corazón. El “cosmos” no revela su hermosura y su bondad a los que abusan de él. Nos falta el “asombro por el ser y por la belleza que permita leer en las cosas visibles el mensaje de Dios invisible que las ha creado” (CA 37).

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Quien no sabe apreciar y saborear los dones de Dios no se sentirá amado ni capacitado para amar en el momento del sufrimiento. Las flores, como todos los demás dones pasajeros, se marchitan. El amor que Dios puso en esos dones no pasa nunca. El dolor en el momento de perder un don de Dios se puede convertir en el encuentro con el mismo Dios. El nos da sus dones para que aprendamos a recibirle a él. La cruz es el camino para pasar del don al dador de todo bien. En esta aparente “ausencia” de Dios se descubre una presencia misteriosa, más honda y amorosa.

En un país martirizado por violencias y atropellos todavía se podía observar en las conversaciones la alegría de un servicio prestado con sudor a los hermanos. Era de noche. Se oyeron unas explosiones y desapareció la luz. Alguien comentó: “¡Qué bella es la naturaleza de noche, sin luz artificial!”. La vida es siempre hermosa porque Dios nos ama tal como somos, para manifestamos cada vez más quién es él. Hay que abrir los ojos de la fe, que es don de Dios y que la ofrece a todos por medio de su Hijo Jesús, el crucificado.

2. Deseos de verdad y de bien

A pesar de los claroscuros y de los nubarrones y tormentas, la historia humana también es hermosa. No siempre es la historia que se narra en los libros, sino la de tantas vidas anónimas de tantos buscadores y agentes de la verdad, del bien y de la belleza.

En cada epidemia y en toda degradación cultural se encuentran personas que dan la vida por los hermanos. En todo atropello y en cada guerra hay hermanos que lo arriesgan todo por los que sufren. En toda biblioteca y laboratorio hay huellas de personas que han buscado sinceramente la verdad y el bien. Cada ser humano es una historia de amor. Siempre ha habido errores y males, y los seguirá habiendo. Pero han sido siempre más los destellos de la verdad y la búsqueda apasionada de un bien definitivo, trascendente y perdurable.

Es hermosa la verdad que aparece en las criaturas. Todas ellas, por ser pasajeras o contingentes, dejan entrever una verdad infinita de un Creador que es infinitamente bueno. A esa

Verdad con mayúscula nunca se llega del todo en esta vida. Las ciencias y las artes, cada una a su modo, buscan esa verdad hermosa que da sentido a nuestra vida pasajera. Si el hombre dejara de buscar, la vida ya

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no tendría sentido. La búsqueda es ya un encuentro, aunque todavía no definitivo.

La verdad es hermosa y se va mostrando como bien, en cuanto modela nuestras vidas como donación. No hay nadie que no busque la verdad y el bien; pero muchas veces se interpone el error y el mal, por nuestra debilidad y malicia. El “corazón” y la conciencia nunca acaban de apagarse del todo. “Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta encontrarte a ti” (San Agustín).

Hacen sufrir el error y el mal, pero siempre se puede entrever un destello de la verdad y del bien. Aquel joven que guardaba los mantos de quienes apedreaban al diácono San Esteban (Hech 7,58) vivía en la convicción de que sus gestos y sus compromisos para destruir a los cristianos eran algo legítimo y bueno. Pero en él también estaba Cristo esperando, dejando sus huellas, como “cansado del camino” y sediento de su corazón (Jn 4,6ss). Se necesitó el sufrimiento y la muerte de Esteban para que Saulo encontrara la Verdad en Cristo.

Hay momentos históricos en que se intenta mutilar la verdad y el bien. A veces parece como si se desterraran las verdades y principios permanentes, así como los compromisos de donación y de moralidad para toda la vida. Se quisiera algo fluctuante, útil, funcional, eficaz, inmediato... Pero el corazón no se satisface con verdades a medias ni con bienes parciales. Si la conciencia no está bien formada y la conducta no corresponde a sus indicaciones, el corazón humano no encuentra la paz.

El hombre verdaderamente científico, a pesar de las apariencias, busca siempre la verdad entera, aunque centre la atención en un solo aspecto. Por esto nunca se opondrá a otras perspectivas y búsquedas “parciales”. El día en que en nombre de la “ciencia” y de la “cultura”, se quisiera eliminar la trascendencia y a “quien” la personaliza, la vida no tendría sentido. La verdadera causa de mucho delitos y crímenes hay que buscarla en la siembra de ideologías sin fundamento ético. A veces las víctimas son castigadas; pero los fautores de esas ideas acampan por sus anchas en cátedras, senados y medios de difusión.

La búsqueda de la verdad y del bien produce dolor y gozo a la vez. Es el misterio de la vida, que todos han experimentado desde la niñez, tanto el campesino que espera y prepara la cosecha como el investigador de conceptos o tío seres concretos. Siempre queda un destello de verdad y de bien, que dan sentido a la existencia. Es fuente de gozo el encontrar sentirlo al caminar.

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Es siempre hermoso descubrir en los ojos de un niño, en el rostro de un joven y en las manos y gestos de un adulto unas ansias de infinito que no se pueden saciar con ninguna alienación: drogas, ideologías baratas, frases atrayentes, ganancias fáciles, éxitos inmediatos, bienestar procedente de atropellos... En la vida de cada ser humano hay unas huellas de verdad infinita y de bien verdadero, “una aspiración más profunda y más universal” (GS 9).

Nuestra época histórica es también hermosa, con esa hermosura de una verdad y de un bien que se quieren auténticos. “Nuestro tiempo es dramático y, al mismo tiempo, fascinador. Mientras por un lado los hombres dan la impresión de ir detrás de la prosperidad material y de sumergirse cada vez más en el materialismo consumístico, por otro lado manifiestan la angustiosa búsqueda de sentido, la necesidad de interioridad, el deseo de aprender nuevas formas y modos de concentración y de oración...; se busca la dimensión espiritual de la vida como antídoto a la deshumanización” (RMi 38).

Sólo en Cristo, “camino, verdad y vida” (Jn 14,6), se podrá descifrar el misterio del hombre. “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encalmado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir. Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona” (GS 22).

La búsqueda de la verdad y del bien es una actitud “contemplativa”, que quiere “ver” (theorein, thenria) a “Alguien” escondido detrás del velo que separa y une lo contingente y lo transcendente. Si Dios no pasa de la cabeza al corazón, el hombre se sentirá desorientado y no logrará superar la debilidad, el error y el mal. “Hasta ahora —decía una joven universitaria — yo tenía a Cristo en mi cabeza; ahora me siento feliz porque lo comienzo a tener en mi corazón”.

El gozo de San Agustín por haber encontrado a Cristo, verdad y vida, fue fruto de una búsqueda dolorosa: “¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre esas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo... Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera” (Confesiones)

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En un curso de renovación para formadores (Argentina), los participantes comentaron la calidad de la leche servida en el desayuno precisamente un día en que faltó porque las vacas estaban “mañosas”... Entonces tomaron conciencia de la hermosura de los pastos y del servicio escondido de tantos trabajadores y servidores, que hacían posible el sabroso desayuno del despuntar del día. La verdad y el bien se encuentran a cada paso, en momentos de gozo y de dolor, como la “sabiduría” esperando a la puerta de nuestra casa (Sab 9,1; 8,16).

3. Ojos y corazón de niño

La inocencia de los niños se abre a la vida y al amor, que ellos buscan esperanzados con su mirada, sus manos, su boca y todo su ser. Para ellos “todo es bueno” y verdadero, como para Dios al inicio de la creación (Gén 1,31). Las limitaciones de la vida les van desengañando, pero queda siempre en el corazón una convicción honda de que esas aspiraciones no eran pura ficción.

Se necesitan ojos y corazón de niño para ver la verdad y encontrar el bien más allá de la oscuridad y de las espinas. La afirmación de Jesús sigue siendo válida; “si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18.3).

Jesús habló de “renacer de nuevo por el agua y el Espíritu” a una vida que viene de Dios (Jn 3.5). Al inicio de la creación, todo brotó del corazón de Dios, de su palabra y de “su Espíritu que se cernía sobre las aguas” (Gén 1.2). De parte de Dios, las cosas no han cambiado. Ha sido más bien el hombre quien ha cegado su vista y manchado sus manos y su corazón, contagiando de este mal egoísta a toda la creación. Hasta los pájaros huyen del hombre y casi todos los animales desconfían de él. Ahora las cosas ocultan, con frecuencia, su belleza. La verdad y el bien, como reflejo de Dios suma verdad y sumo bien, no siempre se reflejan en el corazón y en la vida humana. Pero Dios no ha retirado ni su presencia ni su amor.

Los “santos” son los verdaderos niños y “de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 19,14), porque “los limpios de corazón verán a Dios” (Mt 5,8). La “infancia espiritual” de que hablan los santos es una actitud recia ante el dolor y la cruz, a modo de actitud filial de confianza y audacia. Sólo esos santos han podido descubrir vivencialmente que “todo es gracia”, epifanía y cercanía de Dios. Ellos han podido decir de ventad lo que

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noso-tros también decimos muchas veces: “creaste todas las cosas con sabiduría y amor” (prefacio del 4.° canon).

Los santos fueron recuperando las cualidades de la niñez sin contagiarse de sus defectos ni caer en los enredos y sofismas de los mayores. Esa actitud filial sólo es posible por un proceso de imitación y de configuración con Cristo. En el diálogo con Dios V en el camino hacia él (camino de perfección), la vida se va simplificando y se expresa en un “Padre nuestro” pronunciado y vivido con Cristo y en el Espíritu Santo.

La transparencia y serenidad de los santos es fruto de un proceso de filiación divina a imitación de Cristo. Es el gozo de ver en todo el amor del Padre. Pero esa actitud filial no es una conquista, sino un don del Espíritu Santo. “En aquel momento, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los pequeños. Sí. Padre, porque así te ha parecido bien” (Lc 10,21).

Algunos han hablado de volver a la justicia original y cualidades del paraíso terrenal perdido. Propiamente se trata de volver, con creces, a la actitud filial que unificaba el corazón para ver en todo una presencia amistosa de Dios (Gén 3,8). La debilidad natural y las inclinaciones desordenadas seguirán siendo una realidad hasta el día de la muerte, salvo privilegio especial, como en el caso de la Virgen Inmaculada. Pero lo más importante es la configuración y sintonía con los sentimientos y amores filiales de Cristo. Entonces se recupera el verdadero “yo”, que fue creado a imagen de Dios y que ahora puede participar en la filiación divina de Cristo (Ef 1,5).

Sólo esos “niños” grandes que son los santos ven el camino que hay que seguir para salir de los enredos que hemos fabricado los “mayores” y que nos convierten en fuente de sufrimiento. San Nicolás de Filie (1417-1487), siguiendo una llamada de Dios, dejó familia, posesiones y empleo político, contra toda lógica humana, en un país (Suiza) dividido por la guerra. Al cabo de unos años, en los que él unificó su corazón, pudo dar a sus amigos los políticos la solución para terminar la tragedia y las divisiones del país: la paz y la unidad se inspiran siempre y sólo en Dios Amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Inesperadamente se siguió la paz y la unificación del país. Desde entonces, la Constitución suiza comienza inspirándose en la comunión de la Trinidad. Nicolás de Filie llegó a esa eficacia evangélica partiendo de un proceso de purificación y unificación: “Señor, vacíame de mi, lléname de ti y haz de mi un don para ti”. Sólo ese don trascendente y unificador es verdadera donación a los hermanos.

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Para descubrir el lado bueno de las cosas y los destellos de verdad y de bondad que todavía quedan en cada ser humano, hay que saber mirar a Cristo crucificado: “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37). En su mirada amorosa, cada ser creado recobra su identidad. Pero hay que compartir la misma vida de Cristo para saber mirar y amar como él. Su cruz indica las pistas para descubrir en todo una epifanía de Dios Amor.

Para un corazón de “niño”, la vida sigue siendo hermosa porque todavía queda espacio para lo mejor: “la entrega sincera de sí mismo a los demás”, como expresión de “la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y la caridad” (GS 24).

“Alguien” que nos ama desde siempre ha dejado sus huellas invisibles en nuestro caminar humano. Sólo un corazón unificado por el amor las sabrá descubrir. El obispo de Cantón (D. Tang) estuvo veintitrés años en la cárcel; algunos años sin ver a nadie y los demás sin poder leer nada, mientras al mismo tiempo se le procuraba “lavar el cerebro” de toda idea trascendente. Un día vio caer una hojita seca, y se le acabaron las dudas: si la hojita se cae es que no tiene vida por sí misma; pero, sobre todo, porque una hojita recién caída del árbol no deja de ser una historia de amor de Dios por cada ser humano. Sólo el sufrimiento pasado por amor y compartido con Cristo puede hacernos abrir los ojos a la verdad integral.

Cuando los dones de Dios se van consumiendo, es que es el mismo Dios que se nos quiere dar en persona. Esa pedagogía paternal de Dios es dolorosa, porque se trata de crecer en nuestra actitud filial. Crecer es siempre dejar algo en lo que nos habíamos instalado.

Recapitulación

Los cristianos llamamos “cruz” al sufrimiento transformado en donación. Las dificultades se transforman amando al estilo de Dios Amor, que “hace salir su sol sobre buenos y malos” (Mt 5,45).

El punto de partida para “comprender” y vivir la “cruz es tomar conciencia de que Dios es bueno y que todas las cosa que él creó son buenas y hermosas (cf. Gén 1,31).

Abrir los ojos y el corazón al amor es un proceso doloroso, que hemos de emprender nosotros colaborando con la acción curativa de Dios sobre nuestra debilidad y nuestras llagas. La “conversión' como proceso de “adhesión plena y sincera a Cristo y a su evangelio mediante la fe” (RMi

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46), es camino de renuncia, para llegar al gozo de sentirse amado y capacitado para amar.

Los salmos, leídos y recitados en unión con Cristo, reflejan actitudes humanas ante todas las realidades gozosas y dolorosas de la vida. Siempre apuntan a la serenidad de la esperanza, porque todo es historia de salvación.

La búsqueda de la verdad y del bien es siempre dolorosa y gozosa. Es la búsqueda que da sentido a la existencia humana. Hay que aprender a gozar honestamente de los dones de Dios, para que. cuando falten, le descubramos a él que se nos da.

La solidaridad con el gozo y el dolor de los hermanos es el modo como todo creyente y toda comunidad eclesial expresa su sintonía con el amor de Cristo. “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (GS 1).

En todo conflicto histórico de sufrimiento hay innumerables vidas anónimas de hermanos que se consuman en la donación. No hay ningún gozo humano superior a esa felicidad de vivir, sufrir y morir amando a Dios y a todos los hermanos sin distinción. Esa realidad escondida no aparecerá nunca en nuestras publicaciones, porque es “una vida escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3).

La curación de nuestra ceguera es dolorosa. “Penetré en mi interior, siendo tú mi guía...; fortaleciste la debilidad de mi mirada” (San Agustín, Confesiones). Entonces se experimenta que la vida merece vivirse.

La hermosura y bondad de las cosas produce nuestro gozo cuando dejan entrever una trascendencia definitiva. El dolor nace del “paso” de la contingencia a la trascendencia. El mismo Dios Amor, que nos da sus dones para descubrirle a él, nos retira esos dones para dársenos él. Nuestro ser no está preparado para esta donación definitiva. Sufrimos por ese “paso”, que no entendemos. Sólo la fe, la esperanza y la caridad (pensar, sentir y amar como Cristo) transforman el dolor en “paso” o camino

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“pascual”. “Nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, suspirando porque Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo. Porque ya estamos salvados, aunque sólo en esperanza” (Rom 8,23-24).

Los deseos no son propiamente la fuente del dolor, sino los bienes pasajeros que quieren acaparar nuestros deseos. Buscamos siempre la verdad y el bien a través de sus huellas pasajeras. El corazón está desorientado cuando se centra en esos bienes, olvidando a quien los ha creado por amor. Orientar el corazón con sus deseos equivale a una negación de todo lo desordenado, para abrirse a la verdadera felicidad. Esta “orientación”, por parte nuestra y por parte de la Providencia divina, es dolorosa. “Niega tus deseos y encontrarás lo que desea tu corazón” (San Juan de la Cruz, Avisos).

Cruz es la “subida” al monte de Dios por medio de la “noche oscura”, pasando de la “nada” al “Todo”: “bástele Cristo crucificado” (San Juan de la Cruz). Es “ordenar la vida según el amor” (Santo Tomás), para poder construir la historia amando. La vida es hermosa porque siempre se puede hacer lo mejor: amar.

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II. EL “MISTERIO” DELAS LIMITACIONES HUMANAS

1. El camino oscuro hacia la verdad y el bien

La historia humana, de cada persona y de cada comunidad, es fascinadora y dramática a la vez. Siempre se busca la verdad y el bien, con aciertos y con errores, con éxitos y con fracasos. Ni el cosmos ni el corazón humano, por sí mismos, son malos. Pero hay mucha debilidad y desorden en el corazón y en la mente. El hombre es, para sí mismo, un misterio deslumbrante y doloroso. “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (GS 22).

Se busca la verdad y el bien con los cinco sentidos, con el pensamiento, la imaginación, la fantasía, la memoria y la voluntad. Esa búsqueda se traduce muchas veces en esperanza de conseguir el objetivo y en gozo de haberlo conseguido: pero también se convierte en el dolor de no alcanzar el bien deseado o en el temor de que otros nos lo arrebaten o de que se nos escurra entre las manos.

Con toda esta carga de buena intención y de buena voluntad, ¡cuántos disparates y opresiones se cometen en todas partes y en toda época histórica! El arte, la música, la poesía, la narrativa, las costumbres y la reflexión filosófica han dejado en cada pueblo constancia de esta realidad gozosa y dolorosa. No hay persona, familia e institución, que no tenga en su historia retazos de esta vida amasada de luces y sombras. Olvidar esa historia y esas ciencias “humanistas” en nombre de la tecnología y de la ganancia equivaldría a construir una sociedad suicida.

Cuando se ha alcanzado una verdad, es decir, una partecita de la luz, uno se siente tentado a pensar que es toda la verdad.

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Y cuando se ha conseguido, o mejor, se ha recibido un bien, frecuentemente uno se imagina que es el único bien. A veces se quiere imponer a los demás aquella parte de verdad y aquel fragmento de bien, sin respetar la verdad y el bien que ya existe en los hermanos.

Si sucede que la velita encendida se apaga o que la flor se marchita, surge en el corazón el desánimo, la agresividad o la indiferencia. Entonces, en algunas épocas e instituciones, se prefiere soslayar los principios permanentes y los compromisos duraderos, reduciéndolo todo a lo útil, lo inmediato, lo eficaz. A eso le llaman algunos la “modernidad”, con la secuela de tantas vidas y pueblos jóvenes convertidos en estropajos de una nueva esclavitud.

El hombre que busca la verdad y el bien tiene que luchar contra corriente. En primer lugar es su propia debilidad, cansancio, desorden y egoísmo, porque se quiere “conquistar” y “domesticar”, olvidando que la verdad y el bien existen antes que nosotros.

La libertad humana se va construyendo en el seguimiento de la propia conciencia iluminada por esa luz oculta que “alguien” ha impreso en nuestro ser más profundo. Esa libertad se fragua en la fidelidad. “La verdad os hará libres” (Jn 8,32). Es la libertad del Espíritu (cf. 2 Cor 3,17), que se demuestra tanto en el respeto a la parte de verdad y de bien que hay en los demás como en el compromiso de seguir y de anunciar fielmente la luz recibida en el propio corazón.

Los “pluralismos” son sanos y constructivos cuando nacen de la unidad (no uniformidad) del corazón, y tienden a construir la comunidad humana en la diversidad de dones, según la “comunión”, como reflejo de la comunión de Dios Amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, “supremo modelo de unidad” (SRS 40). Lo que no nazca de esta comunión trinitaria es caduco, dispersivo y virulento.

La búsqueda de la verdad y del bien, en todos los niveles, se convierte frecuentemente en una serie de “preguntas angustiosas” sobre el sentido de la vida, del trabajo, de la historia, del dolor, de la muerte y del más allá. En medio de grandes adelantes técnicos, el hombre se pregunta sobre sí mismo, “quiere conocer su intimidad espiritual, y con frecuencia se siente más incierto que nunca de sí mismo” (GS 4). “A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior.

Atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que renunciar” (GS 10).

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El hombre se experimenta a sí mismo como “una síntesis del universo” y, al mismo tiempo, superior a toda la creación. Es precisamente la búsqueda y el encuentro de la verdad, del bien y de la belleza lo que caracteriza al ser humano. “Por su interioridad es, en efecto, superior al universo entero; a esta profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino” (GS 14).

Esta “búsqueda y amor de la verdad y del bien” anidan en el corazón de cada ser humano (GS 15). El dolor nace de los errores y limitaciones en esta búsqueda, que a veces tienen consecuencias fatales para pueblos enteros. Sólo cuando el hombre se abre a Dios (no como adorno, sino como “alguien”), descubre la dignidad de todo ser humano si excepción. “Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección” (GS 17).

A la verdad y al bien, que tienen a Dios como fuente y que se reflejan en el hombre y en el universo entero, sólo se puede llegar a través del conocimiento de la propia realidad, tal como es, con sus luces y sombras: “que me conozca a mí, para que te conozca a ti” (San Agustín). En esta nuestra realidad, grandiosa y dolorosa, nos espera Cristo y nos repite hoy como hace veinte siglos: “quien me sigue no anda en tinieblas” (Jn 8,12). Por esto se puede decir que “el punto central de toda cultura lo ocupa la actitud que el hombre asume ante el misterio más grande: el misterio de Dios” (CA 24). “El punto culminante del desarrollo conlleva el ejercicio del derecho-deber de buscar a Dios, conocerlo y vivir según tal conocimiento... A este derecho va unido, para su ejercicio y profundización, el derecho a descubrir y acoger libremente a Jesucristo, que es el verdadero bien del hombre” (CA 29).

Todos los sistemas políticos, sociales y culturales dicen buscar la verdad y el bien. A nadie se le ocultan los grandes éxitos de esas instituciones, como tampoco los grandes fracasos, con las consecuentes tragedias para innumerables seres inocentes, individuos y pueblos. Unos buscan preferentemente el bien de la persona humana dejándole amplia “libertad” en el trabajar, poseer y negociar. Otros subrayan la prioridad del grupo (“sociedad”) como fuente de igualdad y bienestar para todos.

Las dos líneas son buenas, consideradas en abstracto; pero al ser tiznadas por el egoísmo personal o colectivo, han ido construyendo en los últimos tiempos dos sistemas opuestos, que atropellan por igual a personas

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y colectividades. “La sociedad de consunto..., al negar su existencia autónoma y su valor a la moral y al derecho, así como a la cultura y a la religión, coincide con el marxismo en el reducir totalmente al hombre a la esfera de lo económico y a la satisfacción de las necesidades materiales” (CA 19; cf. DM 11; SRS 41).

Sólo Cristo, con su persona y su mensaje, ofrece la “respuesta existencialmente adecuada al deseo de bien, de verdad y de vida que hay en el corazón del hombre” (CA 24). Su vida es la pauta de todo ser humano; “pasó haciendo el bien” (Hech 10,38). “Es necesario iluminar desde la concepción cristiana el concepto de alienación, descubriendo en él la inversión entre los medios y los fines: el hombre, cuando no reconoce el valor y la grandeza de la persona en sí mismo y en el otro, se priva de hecho de la posibilidad de gozar de la propia humanidad y de establecer una relación de solidaridad y comunión con los demás hombres, para lo cual fue creado por Dios” (CA 41). Por esto, la Iglesia, al anunciar y testimoniar este mensaje cristiano, se presenta como “experta en humanidad” (PP 13), y “esto la mueve a extender necesariamente su misión religiosa a los diversos campos en que los hombres y mujeres desarrollan sus actividades, en busca de la felicidad, aunque siempre relativa, que es posible en este mundo, de acuerdo con su dignidad de personas” (SRS 41).

El gran error en la búsqueda de la verdad y del bien consiste en hacer de esa búsqueda una posesión cerrada de un individuo o de un grupo. La verdad y el bien se resisten siempre al egoísmo, al quiste y a la secta. “La paz y la prosperidad son bienes que pertenecen a todo el género humano, de manera que no es posible gozar de ellos correcta y duraderamente si son obtenidos y mantenidos en perjuicio de otros pueblos y naciones, violando sus derechos o excluyéndolos de las fuentes del bienestar” (CA 27; cf. SRS 39 y 46).

Es doloroso buscar la verdad y el bien, porque no siempre se encuentran con claridad y seguridad. Es doloroso poseerlos, porque hay que vivirlos a contracorriente. Es también difícil anunciarlos, porque no siempre se aceptan. Es siempre doloroso servir a la verdad y al bien, debido a nuestra debilidad y a la de los demás. A Cristo le condujo al Calvario el hecho de haber dado “testimonio de la verdad” (Jn 18,37). Ha habido y habrá siempre muchas vidas anónimas que han seguido el mismo camino. De la inmensa mayoría nadie sabe nada; pero sus vidas están escritas en el corazón de Dios Amor.

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Son muchas las lamparitas que se están consumiendo en hogares, escuelas, canteras, hospitales, misiones, servicios... A veces les azota dolorosamente el viento de la duda, de la incomprensión, de la contradicción, del aparente fracaso e incluso del escrúpulo y de la culpabilidad por los propios defectos. Pero es siempre hermoso “gastarse” para comunicar a otros la luz, la fuerza y el calor recibidos de Dios Amor para compartirlos y para construir una familia de hermanos. Por esa fatiga del trabajo y del quehacer cotidiano, como expresión del amor, el hombre “se realiza a sí mismo..., se hace más hombre” (Lc 9).

2. Hermanos y acontecimientos: ¿silencio de Dios?

Cada hermano que se cruza con nosotros en nuestro camino es una gracia. Cada acontecimiento de nuestra historia personal y comunitaria es una huella de Dios que viene a nuestro encuentro. En todo hermano y en todo acontecimiento. Dios nos da a su Hijo y se nos da a sí mismo: “Este es mi Hijo muy amado, escuchadle” (Mt 17,5). Pero esta realidad de gracia es “nube” oscura y “luminosa” a la vez. El gozo del encuentro va siempre acompañado de dolor y separación. El sufrimiento aflora a nivel personal, comunitario e histórico.

Las cosas, los acontecimientos y los hermanos no son en sí mismos causa del dolor. Todo ello esconde un misterio más hondo que se nos quiere manifestar y comunicar. “El cristianismo proclama el esencial bien de la existencia y el bien de lo que existe; profesa la bondad del Creador y proclama el bien de las criaturas. El hombre sufre a causa del mal, que es una cierta falta, limitación y distorsión del bien. Se podría decir que el hombre sufre a causa de un bien del que él no participa, del cual es en cierto modo excluido o del que él mismo se ha privado” (SD 7)

Todo hermano se realiza a sí mismo dándose. Para ello necesita un ambiente sereno de donación mutua: convivencia, familia, trabajo, sociedad. “El hombre... no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega de sí mismo a los demás” (GS 24). Pero este ideal tropieza con continuas limitaciones que se convierten en aristas dolorosas para todos. No siempre se consigue la propia donación ni siempre se encuentra la correspondencia necesaria en los demás.

Lo que nosotros llamamos defectos de los demás (que pueden ser una “paja” en comparación de la “viga” de nuestros defectos), ordinariamente no son más que dones o cualidades atrofiadas o desenfocadas, que todavía

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podrían reorientarse si encontraran “paciencia”, comprensión y amor. En los momentos de atropello y de frialdad glacial, todavía cabe el dicho de San Juan de la Cruz: “Adonde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. Porque, en cualquier circunstancia, siempre se trata del “hermano por quien Cristo ha muerto” (Rom 14,15).

Incluso cuando todo marcha bien, los hermanos pueden ser fuente de dolor. Entonces el sufrimiento es más agudo, como cuando tiene lugar la desaparición de un ser querido. Este sufrimiento más personal ayuda a vislumbrar el drama desconocido de tantas familias, que se ocultan en el trasfondo de todo accidente y de toda “desgracia”.

Las estadísticas que transmiten los medios de comunicación sobre guerras, atropellos, hambre, nuevas enfermedades..., no son meras cifras, porque cada persona y cada familia es irrepetible. Un joven que muere por efecto de la droga, de suicidio o de accidente de fin se semana es una historia de dolor indecible, por lo menos en el corazón de una madre.

El dolor puede ser más fuerte cuando se trata de la muerte de un “inocente”. Si Cristo asumió como propia la muerte de los inocentes (mártires) de Belén, ¿no podrá hacer lo mismo con los millones de inocentes que no llegan a la aurora de la vida, que mueren de hambre o de enfermedad en los primeros años de su existir? Todos estos ejemplos de dolor existen en el “tercer mundo” y también en el “primero”.

Acostumbramos a contabilizar el dolor a partir de unas manifestaciones más llamativas: enfermedad, injusticia, muerte... Pero resulta imposible detectar el dolor más hondo de tantos niños hijos de familias rotas, y el sufrimiento de tantos jóvenes que no encuentran en la sociedad (y en la escuela) una razón válida para vivir, además de no encontrar una seguridad en el trabajo y en la convivencia humana. Ese dolor se procura ocultar tras el ruido, la prisa y la fuga, o también tras las ganancias y el bienestar de unos pocos; pero sigue martilleando en innumerables corazones.

Hay un dolor de tipo muy personal e inalienable. Es como el ocultamiento de Dios en la vida de Job. Hay también un dolor de tipo más comunitario y colectivo, como en los acontecimientos históricos que atropellan pueblos enteros. Todo dolor puede llegar a momentos límites, que parecen silencio y ausencia de Dios. Si los dones de Dios desaparecen, ¿será porque el mismo Dios retira su amor? Es muy difícil dar el salto a la fe, que es gracia y don, para descubrir que Dios retira sus dones para darse él. ¿Cómo poder dar este “paso” hacia el corazón de Dios Amor?

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El sufrimiento sólo puede ser vencido por el amor. La cruz de la propia donación vence y transforma el sufrimiento. Descubriendo a Dios Amor en todo, también cuando nos retira sus dones, será posible dar el paso a la oblación: “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; vos me lo diste, a vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta” (San Ignacio de Loyola, Contemplación para alcanzar amor).

Esta actitud oblativa no significa huir del dolor, sino afrontarlo, como se debe afrontar cualquier realidad humana, para transformarla en donación. Este salto o “paso” cualificado sólo es posible en unión con Cristo, como inspirándose y apoyándose en su entrega al Padre: “en tus manos, Padre” (Lc 23.46). En esta oblación de Jesús se han inspirado todas las almas grandes: “Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras: sea lo que sea, te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo nada más. Padre...” (Carlos de Foucauld). Otra alma grande añadía: “Me entrego a tu amor, a tu bondad, a tu generosidad; has de mí lo que tú quieras, pero dame almas, muchas almas, infinitas almas. Dame almas de niños, de pecadores; dame todas las almas de los infieles.... y yo te doy mi vida, mi corazón, mi ser todo entero. ¡Haz de mí lo que quieras!, mas déjame vivir y morir en tu amante Corazón, para que ahí se caldee el mío y pueda a mi vez calentar las almas que se acerquen a mí. Que todos te conozcan y te amen, es la única recompensa que quiero. Que todos amen a tu Padre, al divino Consolador; que las almas todas conozcan la Trinidad Beatísima, por medio de tu Madre Inmaculada. Santa María de Guada-lupe” (M. María Inés-Teresa Arias).

No resulta fácil esta actitud de confianza activa y constructiva en manos de Dios Amor y de su “providencia” cuando las cosas humanamente no andan bien: “ya conoce vuestro Padre las necesidades que tenéis antes de que se las pidáis “(Mt 6,8); “hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados” (Mt 10,30). Se necesita mucha fe y mucha confianza para saber decir con convicción: “La Providencia lo puede todo” (San José Benito Cottolengo).

La actitud más constructiva ante el dolor es la de afrontarlo con amor. Esa disponibilidad es sólo posible con la confianza incondicional en el Señor: dispuestos a convertirse en un vaso nuevo en manos del “alfarero” divino (Jer 18,6). Es la actitud filial, “como la del niño en manos de su

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madre” (Sal 130,2). Con esta confianza se puede afrontar la vida con serenidad.

Los acontecimientos, gozosos y dolorosos, se convierten en “signos de los tiempos”, manifestativos de una voluntad de Dios que nos confía la historia para que la transformemos desde dentro, corriendo el mismo riesgo que han corrido todos los hermanos que nos precedieron. El problema verdadero consiste en discernir por dónde nos guía el corazón de Dios. Se trata de “escrutar a fondo los signos de nuestra época e interpretarlos a la luz del Evangelio” (GS 4; cf. GS 11.44).

Anualmente, el último domingo de agosto, una multitud inmensa de familias con sus niños y enfermos se congrega en el santuario de Nuestra Señora de Lanka (Colombo, Sri Lanka). Es el día anual del enfermo. A veces pasan de doscientas mil personas. Cada uno busca la ternura materna de Dios, manifestada a través de Mana y aplicada a la propia realidad. El año 1992, un joven enfermo de cáncer, humanamente incurable, al terminar la jomada dijo a su madre: “Mamá, ya estoy contento, porque sé que Dios me ama tal como soy”.

La acción amorosa va más allá de la enfermedad y de la muerte. Cristo resucitó a Lázaro, pero no resucitó a Juan Bautista. El martirio de Juan era más importante y necesario que la curación de un enfermo o la resurrección de un muerto, que después volvería a morir.

Parece que Dios calla y está ausente, pero cuando uno está abierto al amor le descubre siempre presente: “El Señor no está lejos…, ama y le descubrirás cercano, que habita en ti” (San Agustín, Sermón 21).

3. El “misterio de la iniquidad”

A nosotros nos parece más fácil comprender a Cristo como hermano que como “Redentor”. Es el Hijo de Dios hecho hombre por amor: “de tal manera amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo unigénito” (Jn 3,16). Le podemos descubrir cercano a todo hombre que sufre, para sanar y también para perdonar. Cristo ha venido para destruir la raíz del dolor y de la muerte. Esa raíz es el pecado. Y ha venido como “Redentor”, “para dar su vida en rescate por todos” (Mc 10,45; Mt 20,28).

La fuente principal del sufrimiento es el pecado, es decir, la actitud negativa del hombre: encerrarse en sí mismo. De ahí provienen todos los males personales y comunitarios. Esa realidad negativa, como “misterio de iniquidad” (2 Tes 2.7), anida en todo corazón humano, salvo en la Madre

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de Jesús, la Inmaculada (sin pecado original ni personal). Pero también ella, como Jesús, tuvo que sufrir las consecuencias del pecado de los otros.

A Cristo no se le podría comprender como Verbo encamado, hecho nuestro hermano, si no se le reconociera como Redentor. El “no tuvo ningún pecado” (1 Pe 2,22), ni desorden alguno, pero asumió esponsalmente la realidad humana pecadora para transformarla desde la raíz: “cargó con nuestros pecados” (2 Pe 2,24).

Todo ser humano ha quedado envuelto en esta realidad pecaminosa de un corazón que, tendiendo siempre hacia la verdad y el bien, no obstante con frecuencia se encierra en sí mismo por la soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia, pereza... Todos nos vemos tiznados de ese alquitrán. “Todos fallamos en muchas cosas” (Sant 3,2). “Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1 Jn 1,10).

Esta realidad de pecado, en nosotros y en los demás, es el origen de todos los atropellos. El sufrimiento principal no proviene de gente “mala”, sino de hermanos que pueden ser mejores que nosotros y que se dejan llevar por algún brote de egoísmo. Muchos rechazos provienen de malentendidos y ofuscaciones debidas a “pequeños” defectos (crítica, difamación...). Nosotros mismos, con toda nuestra carga de buena intención, somos frecuentemente para los demás una fuente de sufrimiento.

La historia humana es a veces triste debido a los atropellos de personas y de pueblos. Por más que cambiara el futuro de la humanidad, nadie podrá olvidar los horrores de tantas guerras y genocidios que han tenido lugar en todos los períodos históricos y en todas las “culturas”. Se ha atropellado siempre al hermano más débil con la excusa de inutilidad, impotencia, incultura, imperfección racial... A veces es la venganza solapada que, bajo capa de castigar una injusticia del pasado, da origen a una cadena interminable de hechos violentos. “En la medida en que el hombre es pecador, amenaza y amenazará el peligro de guerra hasta el retorno de Cristo” (GS 78).

El origen de todos estos males es un corazón dividido. “El hombre, creado para la libertad, lleva dentro de sí la herida del pecado original que lo empuja continuamente hacia el mal y hace que necesite la redención. Esta doctrina no sólo es parte integrante de la revelación cristiana, sino que tiene también un gran valor hermenéutico en cuanto ayuda a comprender la realidad humana” (CA 25). El mismo ser humano “siente en

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sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad” (GS 10). El atropello actual de tantos pueblos subdesarrollados nace de un concepto egoísta del propio bienestar personal o colectivo, que abandona a los otros cuando ya han sido estrujados.

En los inicios de la humanidad hay un hecho que es el origen de todo mal: el pecado “original” de nuestros primeros padres. La palabra de Dios (“revelación”) nos atestigua este hecho. Los efectos de tal pecado continúan en el corazón de todo ser humano: “El hombre, en efecto, cuando examina su corazón, comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males, que no pueden tener origen en su santo Cre-ador. Al negarse con frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida subordinación a su fin último, y también toda su ordenación tanto por lo que toca a su propia persona como a las relaciones con los demás y con el resto de la creación. Es esto lo que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota incapaz de domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas” (GS 13; cf. RP 15-18).

Este “misterio de iniquidad” o de pecado se encuentra de algún modo en toda persona e institución. Aunque nos encontremos entre personas santas e instituciones que son medios y servicios de santidad y de amor, nunca podrá evitarse totalmente el sufrimiento. Me decía un fiel colaborador al despedirme para un viaje: “Si a su regreso encuentra todos los problemas solucionados, es que ya habrá llegado al cielo”...

En toda comunidad humana hay grandes cualidades y grandes defectos. Es siempre una historia de gracia mezclada con una historia de pecado y de egoísmo. Frecuentemente “todos buscan su propio interés, no el de Jesucristo” (Flp 2,21). El origen de tantos dramas es siempre la poca correspondencia a un don de Dios o la utilización de este don para el propio provecho. Esta actitud egoísta y unilateral, que se procura justificar hasta con palabras de la Escritura, produce el atropello de los hermanos.

En el roce de puntos de vista contrastantes, la verdadera solución no proviene de la defensa a ultranza del propio parecer, por honesto que sea, sino de la atención al problema de los demás. Cuando se intenta, por encima de todo, solucionar y comprender el dolor de los otros, entonces se encuentra la verdadera solución para todos.

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Lo más importante es siempre hacer de la vida una donación. Los dones de Dios, en esta tierra, son pasajeros e incompletos, precisamente para que todo ser humano se realice amando, dándose. La pobreza de Belén y de la cruz, siendo al mismo tiempo el mayor atropello de la historia, se convierte en la epifanía de Dios Amor. Su Hijo, para redimimos, “se anonadó” (Flp 2.7), y así pudo mostrar la característica más importante del amor de Dios: no tiene nada, para darse él mismo del todo.

El beato Andrés Carlos Ferrari, cardenal arzobispo de Milán, mostró siempre un gran amor a la Iglesia y al Papa. Alguien le acusó de “modernista”, y como consecuencia el Papa San Pío X no le quiso recibir. Ahora ambos son “santos” en el cielo... Todo fue providencial, para acrisolar la candad de uno y de otro.

Los santos se hicieron y se hacen a fuerza de yunque y martillo. Lo importante es descubrir la mano amorosa que los fragua, asiéndolos fuertemente para que no se hundan en su propia debilidad.

Recapitulación

La búsqueda de la verdad y del bien es un camino laborioso. No siempre se ven las cosas con perfecta claridad, ni se busca el bien con plena decisión, ni se poseen los bienes con seguridad absoluta. Oscuridad, debilidad y contingencia se entrecruzan con la luz, la decisión generosa y el deseo de llegar a los bienes definitivos.

Esta oscuridad y debilidad humana en la búsqueda de la verdad y el bien origina el dolor de la duda, del desaliento y de la inseguridad. La parte de verdad y de bien que ya se posee tampoco llena el corazón humano, creado para el infinito. No son los deseos los que originan el dolor, sino las limitaciones y el egoísmo en la búsqueda y en la posesión de la verdad y del bien. “Todos buscan su propio interés, no el de Jesucristo” (Flp2.2l).

 La posesión egoísta de la verdad y del bien produce rupturas y violencias entre individuos y comunidades. El servicio desinteresado de la verdad y la voluntad de compartir los bienes originan frecuentemente una reacción de desprecio y de atropello hacia quien ha tenido el valor de servir así. Jesús fue crucificado por dar “testimonio de la verdad” (Jn 18,37).

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El gozo de la convivencia con los hermanos se transforma con frecuencia en el dolor de la separación. Los seres más queridos también se van hacia el más allá. Y las personas más admiradas y poderosas no siempre comprenden y comparten.

Los acontecimientos son un tejido maravilloso de la historia humana. Lo más hermoso permanece desconocido. En la vida de cada persona y de cada pueblo, y en toda época histórica, hay acontecimientos de dolor que no tienen explicación humana convincente. Los atropellos dejan entrever su misterio sólo a través del mensaje evangélico. “Quien me sigue no anda en tinieblas” (Jn 8,12).

El origen del dolor es el pecado del hombre. Todos llevamos dentro este misterio. “Todos fallamos en muchas cosas” (Sant 3,2). Existen el pecado original, del inicio de la historia humana, y el pecado personal, que amenaza en todo corazón humano que ha llegado al uso de razón. Esos pecados han dado origen al desorden del universo, al odio entre hermanos y al atropello de innumerables inocentes.

2,24) Querer “posesionarse” de las personas y de las cosas, “utilizándolas”

según el propio antojo, es el origen de todo sufrimiento, en nosotros y en los demás. Es el “misterio de la iniquidad” (2 Tes 2,7), que se va superando sólo con la aceptación del “misterio de la piedad” (1 Tim 3,16) o misericordia de Dios manifestada en Cristo Redentor, que “cargó con nuestros pecados” (2 Pe 2,24), porque “el Hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos” (Mc 10,45).

La victoria sobre el sufrimiento sólo puede obtenerse a partir del amor a la verdad del misterio de todo hombre: “la verdad os hará libres” (Jn 8,32). Si el mundo salió de las manos y del corazón de Dios como algo “muy bueno” (Gen 1,31), sólo podrá recuperarse volviendo a los planes salvíficos de Dios en Cristo, para reencontrar el primer rostro del hombre. El dolor vence trascendiéndolo. Mientras queden en el corazón humano deseos de infinito y de trascendencia, el dolor tiene solución. La cruz de Cristo ha abierto un camino de Pascua.

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