UÍJANDO la Nación se halla dividida en partidos; cuando el encono

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U Í J A N D O la Nación se halla dividida en partidos; cuando el encono

de estos llega al estremo de sacrificarlo todo á su ambición y sus resentimientos, preciso es que los hombres honrados y virtuosos, cualesquiera que sean sus opiniones políticas, levanten la voz contra el desborde de las pasiones, y reúnan sus esfuerzos para desviar á este desgraciado pais del precipicio á que lo conducen sus

des-aciertos.

El origen de nuestras divisiones políticas recuerda una época de gloria y heroísmo. Con los dulces acentos de patria y libertad, que tantas veces se han profanado, nacieron las semillas de las discor-dias que, perpetuándose hasta hoy, amenazan llevarnos al abismo: pero aquella época pasó, y al dejarnos este legado, nadie podia presentir que pasiones bastardas y ruines invadiesen el campo del honor y la virtud, y confundiendo los principios mas sanos con los errores mas graves, produjesen un monstruo de inmoralidad y

des-orden, que se complace á la vista de los escombros, de las lágrimas y de la sangre.

Sí, pasó la época de patriotas y afrancesados, y llegó aquella á que naturalmente nos conducían las circunstancias y las luces del siglo: dividiéronse, pues, los hombres en serviles y liberales, y em-pezó, por consiguiente, esa guerra fratricida, sobre que debiera echarse un velo muy denso, para quitar de la vista tanta sangre, tan-to delitan-to y tantan-to ultraje á la humanidad. La muerte del último Rey, cuya dominación perpetuó este odio inestinguible que anima á los dos partidos, anunció la lucha sangrienta que debía destrozar á la Nación, y la Regenta tuvo que hacer al partido liberal las

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concesio-nes que cu mejores días debió hacer el monarca para asegurar la paz á ta Nación y ta corona á su descendencia; pero estos son hechos consumados, y es necesario dejarlos para llegar mas pronto al no-ble objeto que nos proponemos al escribir estas líneas.

Aunque terminó de un modo estraordinario la guerra civil que por espacio de siete años se hiciera con tanto encarnizamiento la libertad y el absolutismo, no desapareció de la escena ninguno de los dos partidos, porque ninguno -había sucumbido, ni admitido am-bos las condiciones de la paz que proclamó el ejército en los campos de Vergara. Este grave suceso, lejos de ser un triunfo, no pudo considerarse sino como una suspensión de hostilidades y un motivo mas poderoso para que se aumentasen los odios ¡ los rencores y los deseos de venganza. Las personas que simbolizaban los dos partidos, permanecieron mucho tiempo con las mismas pretensiones, y acaso

con las mismas fuerzas¡ aunque con diferentes recursos, esperando y temiendo que se renovase la lucha con mas f u r o r , y con menos probabilidades de un feliz desenlace. Estrelláronse las tentativas del partido realista en la firmeza y energía del gobierno de la Reina; pero sin confesarse jamás vencido , varió de sistema para dar nuevo impulso á sus pretensiones.

La renuncia del pretendiente á la corona de España , abdicando en su hijo sus soñados derechos, y dándole u n título que no desr pierta susceptibilidades, ha sido el paso mas avanzado que diera j a -más hácia el trono. Con esta gran medida política, hija de la m a s refinada hipocresía, apoyada por el influjo de personas muy respe-tables en un pais católico, y secundada por esa sociedad jesuítica que, estendiéndose con suma rapidez por todos los ángulos de la Península,

ha dado un golpe mortal á su antagonista que incauto lo espera y desafia en el campo de batalla. No, el partido carlista ha conocido la inutilidad de sus esfuerzos por medio de las armas , y ha adop-tado un sistema mas seguró y menos estrepitoso para obtener su triunfo. Separando á D. Cárlos de la escena política, y haciendo

adoptar á su hijo el modesto título de conde de Montemolin , h a destruido muchas prevenciones desfavorables ; y aspirando á la mano dé Isabel II, ha logrado unir á sus banderas á todos los absolutistas; á los hombres tímidos y sencillos que creen alejar con este e n -lace los temores de la guerra ; á los ignorantes que juzgan asegu-rada así la paz y las instituciones, y á todos los que, acostumbrados á vivir de tos abusos, no pueden soportar un-gobierno que los obliga

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á subsistir con los recursos de su industria ó de su trabajo. Sin em-bargo, á pesar de la falanje tan numerosa que reúne hoy el partido apostólico, no confia bastante en sus esfuerzos, y quiere deber su

triunfo á otros medios mas seguros: sabe por experiencia que mien-tras subsista unido el partido liberal de España, se han de estrellar sus proyectos liberticidas, y ha emprendido la grande obra de des-unirlo para triunfar. Con este objeto, no ha perdonado medio al-guno por criminal y reprobado que haya sido: ya hace promesas de

dulzura y de tolerancia agenas de sus hábitos y sus instintos; ya escita la envidia; ya despierta la ambición; ya forma esa sociedad jesuítica que, bajo el aspecto de la virtud y la piedad, todo lo mina,

lodo lo socava, preparando las conciencias á una reacción moral que fuerzas humanas no puedan contener; y ya, en fin, llama en su auxilio el poder inmenso de la corte pontificia que, olvidando su misión de paz y mansedumbre, presta todos sus recursos con mano generosa á los que mas ofenden la religión. No creemos que haya un solo español que ignore estos hechos, pues por desgracia son demasiado públicos, y no cesaremos de llamar sobre ellos la

atención pública á fuer de liberales y patriotas, hasta que el go-bierno y los partidos políticos en que se ha dividido el nacional, olvidando ese refinado egoísmo, esas acusaciones vergonzosas, ese rencor infundado y esa rivalidad perpétua, tan perjudicial en sus

efectos como criminal en su origen, haga treguas á la proximidad del peligro que tan de cerca nos amenaza, y en cuyas ruinas han de ser envueltos unos y otros. Sí, liberales, las instituciones peli-gran; jamás la libertad se ha visto mas amenazada de su implaca-ble enemigo; inútil tanta sangre derramada, tanta destrucción y tanto sacrificio para consolidar un gobierno representativo; el des-potismo se acerca con sus cadalsos, sus proscripciones, su intole-rancia y sus furores, y en vano alegareis que habéis sido progresis-tas ó moderados, estatutisprogresis-tas ó republicanos; porque todos sucum-biréis maldiciendo vuestras discordias y el tardío desengaño de vuestros errores. Pero no, aun es tiempo todavía: dejad esas riva-lidades para tiempos mas tranquilos, y unios al rededor de! trono para vuestra propia conservación; mirad que vuestra división es el presagio de vuestra ruina.

Al examinar las causas que dividen al partido liberal de un modo tan marcado, no podemos escusarnos de hablar de su origen y aun de las diversas personas que lo han representado en las diferentes

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épocas de su existencia, y sin añadir reflexiones de ningún género, aparecerá sin violencia la injusticia con que cada uno ha tratado á su contrario;

En nuestra segunda época constitucional se pronunció por p r i -mera vez el nombre de moderados y progresistas: como si no basta-sen los males que pesaran sobre la Nación, se buscaban nuevas palabras para espresar ideas que apenas eran concebibles en su crea-ción, pero que con el tiempo se han convertido en una diatriva, y "es en la actualidad el gérmen de males sin cuento. Sin haber

profe-sado hasta hoy ningún sistema fijo de gobierno ¡ ninguna feoria rea-lizable, ni política determinada, cada partido tiene sus creencias y anatematiza sin cesar las de su contrario. Como sus esfuerzos cons-tantes se han dirigido á la desunión, cada uno se cree en un polo distinto, sin haber examinado jaísiás la distancia que los separa, y haciéndose una cruda guerra, eternizan los males del pueblo. En medio de tanta confusion y desorden, se vé sin asombro que los hombres cambian de color político con frecuencia, porque siendo las doctrinas de los partidos las mismas en la esencia, solo buscan un medio p a r a escalar el poder á que tienden todos sus afanes : las ambiciones se despiertan con este motivo, y cada uno se cree capaz de regir los destinos de la nación; mas al ensayar las r e p u -taciones que ha creado la revolución y sostenido la parcialidad de los partidos , se ha tocado el desengaño de la nulidad.

Pero no es este el mayor de los males que nos ha legado esta práctica revolucionaria que legaliza el encono .de los partidos; esta sed de mando que devora á moderados y progresistas § estas que-rellas mezquinas que, adulterando la gravedad de nuestro carácter,

nos conduce á una completa disolución: no , es esta inmoralidad que los partidos han consagrado como principio por no respetar los actos de sus contrarios : este sistema de variar todos los empleados públicos al tomar un partido las riendas del gobierno, sin consultar jamás los antecedentes de los agraciados§ ni sus servicios ¡j ni su capacidad, ni sus virtudes, sino su afección á cierto sistema ó mas bien á ciertas personas y en animadversión á otras ¡ plagando á la Nación de cesantes, aumentando su deuda y su descrédito, y p a r a -lizando las ruedas de la administración por la ignorancia é impericia de los nuevos empleados q u e , aun suponiéndolos capaces, n e -cesitan el estudio que nace de la práctica en los diferentes ramos á que hayan de dedicarse. Tal ha sido el prurito y el desorden de ios

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partidos en esta materia, que ni aun los tribunales de justicia han sido respetados, no obstante que el código fundamental establece su inamobilidad, como necesaria al orden civil y á la independencia que requiere el ejercicio de sus funciones en un pais bien consti-tuido. Decid, moderados y progresistas que tanto os lamentais cuando vuestros contrarios infringen la ley fundamental del Estado, ¿cuál lia sido vuestra conducta en este orden? infracciones y mas infracciones: las afecciones de familia y el espíritu de pandillaje ha regulado siempre vuestra conducta, y jamás el bien de la patria. Si la necesidad de vuestra propia conservación ha hecho indispensable esta conducta, ¿por qué la calificáis de delito en vuestros contrarios? Esta ha sido la conducta lamentable de la série prodigiosa de minis-terios que se han sucedido desde que apareció entre nosotros la au-rora de la libertad: y no se diga 1 trono ha perdonado medio alguno para hacer la felicidad de los pueblos, porque donde quiera

que aparecía un hombre digno de la confianza pública y de aconse-jar al jefe del Estado, allí era buscado con este objeto, aunque por

desgracia su conducta posterior, burlaba regularmente las esperanzas que una reputación infundada, habia hecho concebir de sus actos. Errores y ambiciones mezquinas han rodeado al trono constitucio-nal desde su origen, y acaso lo hubieran hecho sucumbir en esta lucha de pasiones, si su misma debilidad no lo hubiera sostenido. La minoría de la joven que ocupaba el trono y la Regencia de su madre, abrió un ancho campo á la audacia de los partidos, que mas de una vez conmovieron la Nación con sus disputas y preten-siones; pero la guerra civil que á todos amenazaba, les imponía si-lencio, si no cordura. Sin embargo, necesario fué variar la ley fun-damental del Estado; y en medio del estruendo de las armas y la agitación de los pueblos, se formó una Constitución que á nadie sa-tisfizo , no obstante que cada partido se atribuyó la gloria de haberla creado. Convencidos, como lo estamos, de que un código f u n -damental es necesario que sea muy absurdo para que impida la feli-cidad de una Nación, si en el gobierno hay patriotismo y buena fé, creemos que la Constitución de 37 podia hacer á España feliz y po-derosa, así como creemos que con la reforma puede producir los mismos efectos.

Como los estragos de la guerra civil se hicieron sentir con mas

ó menos intensidad en todos los ángulos de la Península, preciso fué

armar á toda la Nación para evitar el triunfo del oscurantismo; y

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de aquí la creación de esa numerosa Milicia Nacional que tantas glorias recuerda ? institución admirable para un pltis donde hay

vir-tudes y respeto á las leyes- columna del edificio social y terror del despotismo cuando se la dé una organisacion correspondiente á los fines de su creación; pero instrumento muchas veces de desórdenes y de proyectos ilegales ? necesitaba una reforma que todos los p a r

-tidos creían necesaria, pero que ninguno quiso practicar. Este es-tado de alarma; la necesidad de hacer la guerra en todas partes obedeciendo á jefes del ejército, dió una preponderancia escesiva á la clase militar; y su influjo, tan funesto en tiempos de paz, á u n pais constitucional, se ha hecho sentir sin cesar hasta nuestros días. Preciso era también que á los jefes del ejército llegase el contagio de los partidos, cuya odiosidad se aumentaba á medida que se

dis-minuián las fuerzas carlistas y esta fué la mayor calamidad para la Nación ; porque cada uno se creyó desde entonces con fuerzas para luchar con su contrario, y se abandonaron mas los medios de la discusión y la legalidad. Encendióse , pues , la guerra mas e r u d r entre moderados y progresistas; se abrió nuevo campo á las intrigas; se relajó la disciplina del ejército ; se intentó dar un giro funesto al patriotismo de la Milicia Nacional; se procuró corromper la

fideli-dad de los empleados, y solo vencer procuró cada partido, para oprimir á su contrario.

Dos hombres célebreá, niiliíares ambos, habian aparecido en la escena llenos de valor y de heroismo, y dispuestos á sacrificarlo tó-do en las aras de la libertad y de la patria. Ambos persiguieron al Pretendiente con encarnizamiento f y consiguieron triunfos dignos de

ocupaf una página en la historia: péro un suceso que la Nación l a -mentó con sinceridad, separó al general Narvaez del teatro de la gloria: emigró en malhora, llevando consigo, el resentimiento de una injuria no merecida y y quedó Espartero sin rivales que pudiesen robarle l i

gloria de terminar solo la guerra civil. Otro suceso notable había llamado ya la atención pública sobre el general Espartero: su

con-ducía al dejar á Madrid á fines del 37, alarmó de tal modo á los partidos , que temieron verse oprimidos por la fuerza de las armas. La calda del ministerio Calatrava envirtud de una insurrección m i

-litar , aterró al partido progresista que le daha su apoyo , y fío con-tentó á los moderados, considerando aquel acto como un ejercicio de

la dictadura que mas adelante podia oprimirlos. Los castigos ejem-plares de Miranda y Pamplona para asegurar la disciplina del

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ejér-cito, contrastaban tan mal con la impunidad de la sublevación át Arabaca, que nadie dudó ya de que existia un centro de acción, á

que el gobierno debia en adelante supeditar sus disposiciones.

Sin sucesos dignos de atención en el orden político, pasaron los años que antecedieron al abrazo de Vergara. El conde de Luchana mandaba en jefe los ejércitos, ejerciendo una influencia poderosa y

conocida en el gabinete, sin alimentar la esperanza de ningún par-tido : la guerra se sostenía con el mismo tesón por ambas partes, aunque pronto se notaron en la corte del Pretendiente síntomas de

desunión que presagiaban el triunfo de la libertad.

Terminó, en fin, la guerra fratricida que tantos males causara, con la sumisión del ejército carlista, y el duque de la Victoria cor-rió al bajo Aragón para recojer un nuevo laurel en los campos de Morella , dando en fin á la Nación*. la paz por tanto tiempo deseada,

Todos los males parecían ya terminados, y la Nación se prepa-raba á curar, en el reposo, las heridas de la guerra civil y á gozar la dicha que se prometiera de las instituciones que se habia dado: el duque de la Victoria parecía descansar de sus trabajosas campa-ñas, recibiendo las bendiciones de los pueblos, é interviniendo en las medidas del gabinete con el influjo que le daba su nueva posi-ción, y todo parecía que conspiraba á nuestra dicha, cuando un suceso estraordinario vino á burlar tan halagüeñas esperanzas.

Agitábase en aquella época tanto en la tribuna como en la prensa periódica la cuestión que con mas calor acaso han debatido las Cor-tes españolas, y en que la Nación parecía tomar una parte no acos-tumbrada; la importante cuestión sobre atribuciones de los ayunta-mientos, era el caballo de batalla en este período. Un ministerio moderado habia presentado este proyecto de ley á las Cortes con arreglo á su sistema, y los cuerpos colegisladores lo habían apro-bado. La Corte hacia sus preparativos de viaje para trasladarse á Barcelona sin haber dado la sanción, y todo se ponia en movimiento para impedir este último acto que parecía cambiar el sistema

políti-co-administrativo de los pueblos. La Corte, en fin, dió su sanción á la ley de ayuntamientos en su viaje á las capitales de Cataluña y Valencia; pero el partido progresista corrió á las armas para defen-der los defen-derechos del pueblo que creia vulnerados con esta

dis-posición legal, y tomó las riendas del gobierno: el duque de la Victoria dió el apoyo de su influjo y su poder al partido sublevado, y cambió de posicion. La Regenta del reino abandonó la

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Penín-— 8 Penín-—

stila nombrando antes un ministerio del partido vencedor.

Nada, en nuestro concepto, hay mas sublime ni mas grande que el pronunciamiento espontáneo de una Nación contra un enemigo común que amenaza su existencia; pero riada mas ridículo que es-tos pronunciamienes-tos parciales que, alterando el orden establecido,

aumentan los males con el desorden, sin curar ninguno de r a í z ; y tan injustificable es para nosotros el pronunciamiento del 40 como el del 43. El primero tuvo por objeto la dominación del partido p r o

-gresista; y el resultado inmediato del segundo, fué la preponderan-cia de las doctrinas moderadas: ninguno, p u e s , hubiera dado por resultado la consolidaeion de un gobierno estable y fijo que , p a r -tiendo de principios determinados, reprimiese las tendencias de los partidos; y haciendo de todos la amalgama de que ha de compo-nerse el edificio social, no les dejase mas medios para resolver las cuestiones de política y de gobierno que el campo de la discusión, si no se hubiera presentado en la escena un gran genio, con la voluntad y la fuerza necesaria para realizar esta idea. El partido p r o

-gresista de España, tiene toda la suspicacia y la desconfianza que caracteriza á los pueblos republicanos sin las virtudes que consti-tuyen la esencia de aquellos gobiernos; porque es imposible que las tenga ni las adquiera esta generadion que, bajo la influencia de gobiernos muy diferentes , ha adquirido hábitos e ideas contrarias, que se han identificado con su existencia. El partido moderado tiene sus instintos aristocráticos sin las riquezas, él prestigio, el saber y el sistema que forma la moral de este gobierno; y de aquí nace esa espantosa confusion de ideas y de teoremas, que cada uno se obs-tina en defender sin resultados de ninguna especie, pero que agi-tando las pasiones , conmueven la Nación con detrimento notable de sus intereses y su moralidad. El gobierno representativo que se ha dado la Nación, como mas conveniente á sus hábitos, á la es-tension de su territorio , al recuerdo de sus glorias y á las luces del siglo, esciuye como inadmisibles aquellas dos tendencias; y es necesario robustecer al gobierno con la fuerza y el prestigio de la

opinión- para que sordo á las exigencias de los partidos, haga triunfar el principio constitucional á que se halla unida la existencia y la ventura del país.

Dueño de la situación el partido progresista, en virtud del p r o -nunciamiento de setiembre, elevó á la regencia al duque de la

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con su apoyo había prestado al triunfo de aquellas doctrinas. En el colmo de su gloria, creyó el conde duque asegurada su existencia y el triunfo de las ideas liberales, con el poderoso apoyo de aquel

par-tido que se llamaba su mas constante defensor: nadie dirá que faltó á sus juramentos ni á los compromisos que contrajo con el partido progresista ai encargarse de las funciones supremas del Estado:

pero ¿ vivió tranquilo y feliz en la elevada posicion en que se colo-cara? No, multitud de sucesos de gravedad alteraron sin cesar la tranquilidad pública durante su dominación: una división muy mar-cada se empezó á notar desde el principio en el partido dominante, y los sucesos de Barcelona debieron anunciar al Regente la falsa posicion que ocupaba cerca del trono. Llegó, en fin, el año de 43, y el mismo partido que lo ensalzó á la regencia, se levantó casi uná-nime para derribarlo, llamando á su ídolo déspota y tirano. Para

c o n j u r a r l a tempestad, cuando á lo lejos se descubría, nombró el Regente el ministerio López, que consumó su ruina, y acaso

tam-bién hubiera consumado la de las instituciones con su presunción

y debilidad, si en medio de tanta confusion y desorden, de tantas lástimas y miserias, no se hubiera presentado un coloso, en donde vinieran á estrellarse tocias las intrigas de partido y todos los

cona-tos de revolución. ,

Todos los partidos se unieron para derribar á Espartero, y abra-zaron con entusiasmo á los hijos fugitivos de la patria que se pre-sentaron en las playas para terminar la obra del alzamiento: todos parecía que se hallaban unidos por el mismo deseo del bien

públi-co, y no hubiera sido aventurado asegurar, que las divisiones in-testinas iban á terminar para siempre, haciendo los partidos, en las aras de la patria, el sacrificio de sus rencores y la abjuración desús errores; mas un desengaño pronto vino á decir á ios pueblos que sus males debían prolongarse. El triunfo contra Espartero fué

pron-to y fácil. El general Concha lo ha Lia perseguido hasta el Puerpron-to de Santa María, y el general Narvaez que, desde Valencia habia hecho una marcha rápida y atrevida sobre Madrid, se apoderó de la grue-sa división Seoane en los campos de Ardoz. Nombrado inmediata-mente despues capitón general de Castilla la Nueva, fué insensible-mente adquiriendo esa escesiva preponderancia que nace del genio

y que marca á los hombres grandes. Los partidos, olvidando un momento de abnegación y de heroismo, renovaron sus contiendas con el mismo encarnizamiento, y todo anunciaba un nuevo orden

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msterios, pero detras de todos se hallaba el capitan general de Ma-drid que, con una voluntad de hierro, un carácter y una decisión desconocida en el largo período de nuestra revolución, estaba deci-dido á contener tas demasías, refrenar los escesos y establecer el orden á tola costa. Sin arredrarse por los graves obstáculos f u e ha-bían de oponerse á la realización de sus planes combinados sobre la

, ';'"* ' ' A f , * ' . ' " ' . ¿i; - . S ¿ ? ' . - ' / ' Á £ . , . . , . ' ' . .•.-•xVtÜff ¡ ' mS H ' Ü B r f f f m l ilT*"' • x¿¡

'/¿'"O'--esperiencia de lo pasado, ni por temor á los enemigos que por do quiera debían presentarse , comunicó su energía á los agentes del gobierno y emprendió la grande obra de nuestra regeneración. Tan

osado en el gabinete como en el campo de batalla, jamás ha ocul-tado su nombre; y tranquilo con su sistema, seguro de que aígtm 4m m le ha de hacer la justicia que m e r e c e | se ha colocado al frente •del gobierno cargando así con toda la responsabilidad de sus actos.

Las terribles acusaciones que se hacen sin cesar al general Nar~ v a e ^ las, contestará de. un;-modo victorioso: su misma conducta y v é!

tiempo. Es muy fácil hacer u n cargo; es muy fácil presentar un acto aislado de una manera desagradable y aun odiosa a p o r q u e enlazado aqu^l acto con u n sistema entero de gobierno y de organización só^ tíal, no puede conocerse, á veces, la bondad que contiene e n su

relación con los demás. - ' ;t

Eu una Nación tan desorganizada, y en quetantos sistemas se han ensayado inútilmente , necesario era que se abandonasen los medios imtiiiarios,, empleados, hasta hoy sin resultado, y se adoptasen otros

que,., si alguna vez parecen- salirse' del órden legal, siempre s e ' des-eüíjre un objeto grande y necesario que hace inevitable su ejecución^

' v. A l través de nijl conspiraciones de gravedad; de proyectos de asesinato: y d e e s a cruda guerra que ¡¡p hace la prensa de todos los colores se vé al general Narvaez marchar impávido a i grande o b -jeto, que se ha propuesto,, de organizar la Nación y consolidar' las

iílitituciones. Sin adherirse á ningún partido, porque Narvaez sold pertenece á la Nación , a la Constitución y á sí mismo, descarga m m^auo poderosa.sobre aquel q u e , desviándose del orden legal; entran i l j el camino del, €rímeo , porque su etístencia estáidentificadsi con

m sistema.; y si los carlistas y los progresistas han sentido mas los-efectos de su, posiciorr,' atribuyanse á sí mismos esta desgracia. Lo

el duque de Valencia pertenece'.solo al partido de la li-bertad*.{«o detesta: las-demasías que conducen á la .disolución tan^ ;t<>: coiíio al despotismo : y si se le ha visto alguna vez dar t l í

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prefe-rencia á un partido sobre los demás, es porque la oposieion de los moderados no tiene el carácter de acritud ni de violencia que los

demás. :t. . • •.• . •• -j f e ' • ' ^ " ' i r , . í j - j "3 ' * " tfr

La situación en que el general Narvaez halló á España el ano de 43, era tan anómalar que en nada se parecia á las demás.

Colo-cado en la ventajosa posicion á que los sucesos lo habían elevado, pudo examinar mas detenidamente las necesidades de la Nación y la tendencia de los partidos, y debió concluir que la guerra de

mode-rados y progresistas, obstruía la prosperidad pública y preparaba el triunfo de los carlistas. Decidióse, pues, á crear un orden que

hi-ciese útiles y estables las instituciones, á pesar de la injusta oposi-eion de los partidos que, sin conocer ni detenerse á examinar los proyectos que meditaba, le declararon desde luego una guerra san-grienta. De aquí esa gravedad y esa pausa en la adopcion d£ las me-c i d a s ; esa deme-cisión para plantearlas, y esa firmeza que pareme-ce

teme-ridad para sostenerlas.

El partido progresista, aunque dividido por efecto del úitimé pronunciamiento, se creyó burlado ai ver el nuevo giro que se 'daba

á los negocios públicos, y sin saber aun la parte que el general Nar-vaez le reservara en su sistema, le declaróla guerra mas obstinada j cruel que jamás se haya visto: el general fingió indiferencia á los -virulentos ataques de la prensa, creyendo así desarmar el enojo de

un enemigo que fundaba su rencor en una idea equivocada, pero pronto conoció que el odio de aauel partido era implacable, y que debia tratarlo con una desconfianza proporcionada á los medios que

. , y ' 4t . - A •> I r . - . •' . r fc aquel ponía en ejecución para triunfar. Fué necesario, pues,

au-mentar la severidad de los castigos ; formar un ejército fuerte y dis-ciplinado; crear una numerosa policía y adoptar otras medidas indispensables para sostener el orden público. Estas niedi ias de p r e -caución, interinas y de urgente necesidad, han dado nuevas armas A la oposieion progresista para injuriar al jefe del gabinete, suponien-do que con ellas prepara el camino al absolutismo: ¡pero qué error! Bl general Narvaez no puede ser absolutista jamás: sus antecedentes

y su vida militar y política, son una garantía suficiente de esta ver-dad. Perseguido siempre por los enemigos de la libertad, se le ha visto desde su primera edad colocada al lado de los liberales mas exaltados: oficial de la guardia del 7 de julio, no dudó un momento ' " > r T f * j . tomar el partido de los leales; y elegido para edecán del general Mirrá

^ r i - v j í . ' - i , * v Ü el aiío 23, dió pruebas de merecer la confianza de aquel grande

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hombre de la libertad. Indefinido después en Lojá, se wó en la

ne-cesidad de abandonar su casa y familia, y trasladarse á Jaén para

evitar los compromisos y disgustos que le causara su oposieion á los

realistas , pero en este último punto sufrió las mismas

persecucio-nes y sinsabores que quiso evitar en el primero. Volvió á sacar Ja

espada en favor dé la libertad apenas se encendió la guerra civil, y

pasó al ejército del Norte donde fué herido; continuando despues

sus servicios y sus triunfos hasta la formacion del ejército de la

Mancha, Si alguna duda hubiera podido concebirse sobre las

opinio-nes políticas del general Narvaez, esta campana sola las hubiera

de-bido desvanecer, y los carlistas no pudieron menos de

conven-cerse de que la existencia del jefe de aquel ejército, era incompatiMe

con el triunfo de sus ideas.

El partido moderado, apoyando algunas medidas del gabinete

Narvaez , porque parecen coincidir con su sistema doctrinario,

des-confia sin embargo de un hombre que no puede identificar con sus

ideas, y le hace la guerra con el mismo encarnizamiento y la

mis-ma injusticia¡ aunque con menos estrépito que el partido

progresis-ta. ¿De dónde, pues, tanta anomalía? | J

La prensa absolutista, el órgano del partido Montemolin,

des-carga igualmente sus envenenados tiros contra el hombre de la

si-tuación , pero lo hace con mas razón que los liberales. Este es el

partido que en las actuales circunstancias ha conocido su verdadera

posicion, y á pesar de los inmensos recursos que reúne ya para el

logro de sus fines / todavía tiembla á la vista del hombre que ha

des-'. _ i.-', ' . .''!,' t & í & ' r i í . f w í v í i,"E - '• ' •;' • '„•' ' • ' . . . i' • ' ) / • "¡ : v.. iV" ¿ . . ' • K í ' í l i - ' : , • ""; '- , ' . - S t : -'">' ' r'"*'v:\' \'> • '' -'.••.•' •

traído sus planes en el bajo ilragon y lo ha llenado de espanto con

los sucesos de Gaspe : su nombre solo quiza detiene hoy los

proyec-tos liberticidas.

Tal es la situación en que nos hallamos: un hombre á la cabeza

del gobierno identificado con los principios liberales; lleno de fuego

y energía, y capaz de emprenderlo todo en favor de Im patria y las

instituciones : los partidos liberales reorganizados ya de su anteriór

disolución , combatiendo sin cesar á este mismo hombre que les ha

dado su nueva existencia; y el partido carlista, preparando á toda

prisa sus medios de ataque para rasgar el código que nosotros lio

liemos querido é no hemos sabido defender. Y ¿llegará á ser una

verdad la consecuencia que de nuestras disensiones deducen los

con*-torios, de que en España no puede prosperar la libertad

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momentos con sinceridad; apoyemos al hombre que rije los

desti-nos de la Nación, y que no puede ser traidor á sus convicciones y

á su propia existencia;

y arranquemos al fanatismo la esperanza que le anima de invadir

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nuestro suelo. Todo es posible; todo es fácil si los partidos quie-ren hacerse justicia á sí mismos , abandonando sus enconos y sus

rivalidades.

do, «¡So, i§.

M a d r i d . — I m p r e n t a de I>. Francisco Fuertes, Corredera Baja de S. Pablo

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