“En el corazón de Montmartre”
“¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo”.
Me parece recordar que yo tenía trece años cuando leí por vez primera esta cita con la que Gustavo Adolfo Bécquer caracteriza al personaje de Manrique en su leyenda
El rayo de luna. Y, desde entonces, siempre me he sentido cautivado por ella.
En todos estos años que de un modo u otro llevo vinculado al mundo de la Literatura, siempre me han interesado –diría que incluso rozando la obsesión- dos aspectos sobre todos los demás: el movimiento romántico y el amor (como gran tema literario y vital de todos los tiempos). Con frecuencia me he preguntado cuál es el mejor poema de amor de la Literatura española, qué historia o novela de amor es la mejor de cuantas se hayan escrito… Las ansiadas respuestas a muchos de mis particulares interrogantes –supongo que de un modo u otro, todos los tenemos- siempre han resultado harto difíciles (porque son cuestiones de continuo planteadas y tal vez durante demasiado tiempo).
Aunque la verdad sea dicha, debo reconocer que no hace mucho he llegado a la conclusión de que ambos aspectos no pueden separarse (son la cara y la cruz de una moneda, el haz y el envés de una misma hoja) si queremos alcanzar la eternidad en el amor: el Romanticismo no pone límites a la hora de amar. El verdadero amor eterno debe ser, por lo tanto, un amor romántico -en mi opinión, claro está-. Y a la pregunta de cuál es la mejor forma de exteriorizar la interioridad del amor, muchas veces me he respondido a mí mismo si el mejor modo de hacerlo no sería cada segundo, cada instante -con hechos, no con palabras- antes incluso de que te lo pidan o te veas obligado a ello. Si alguien te importa realmente no debes esperar a que te pida ayuda, debes ofrecérsela antes tú y no debes esperar a que te digan “te quiero”; anticípate y díselo tú primero. Y tampoco hace mucho, la verdad, que he llegado a ratificarme en la creencia de que a quien nos importa debemos darle todo nuestro romanticismo si queremos regalarle de forma gratuita un sentimiento de verdad que sea eterno: el Romanticismo no pone ni frenos ni trabas al desbordamiento pasional, sentimental y amoroso.
contármela mi propia vida, o mejor dicho, la vida de dos personas, una de las cuales conocí hace no mucho tiempo. Una historia pura y verdadera en la que él cumplió sobradamente cuanto le prometió a lo largo de la suya: que la querría más que a nadie y más que nadie. No falló jamás en su propósito.
Pero acaso, antes de comenzar, debo confesar que no sé si esto es una historia que parece un cuento (acaso convertido en leyenda) o una leyenda que, sobrepasando los estrechos márgenes de lo legendario, se ha convertido en mito. Porque hay algunas historias que nacen para ser escritas. Otras, en cambio, nacen para ser contadas. Algunas llevan la semilla de lo histórico en su propio germen. Las menos se convierten en mitos anónimos en boca de la gente. Y sólo una o dos sobrepasan el tiempo y los linderos en que nacieron para llenar la memoria colectiva y convertirse en eternas. Lo único que puedo decir es que esta es una historia real que se inició hace mucho tiempo –una eternidad- y cuyos ecos aún perduran en la memoria de mucha gente y es que él le prometió la misma eternidad y se la dio: aquello que un día nació jamás encontró ni encontrará su final. De eso no tengo ninguna duda.
Mi nombre, como el del lugar en que nació don Quijote, no importa en esta historia: si lo dijese, acaso le estaría quitando el protagonismo a sus verdaderos actores. He advertido más arriba que esto que cuento aquí es una historia real. Nunca podría ser una historia inventada, por mucho que lo pudiera parecer o de hecho lo parezca. Cierto es, como se dice –y yo bien lo sé-, que la realidad supera, con mucho, a la ficción en muchos casos. Ésta es la historia de un alma y el alma de una historia: la de un hombre que hizo de la poesía su vida y convirtió su vida en poesía, de un hombre que hizo del amor la única razón de su existencia y llenó toda existencia con el amor de su vida. Podría haber sido, simplemente, una historia más. Tal vez, la historia de alguien anónimo; acaso, tu historia o la mía… Y es también, y al mismo tiempo, la historia de la mujer más maravillosa de cuantas han existido y existirán, la mejor que ha habido y jamás habrá. Nunca ha habido, ni hay ni habrá nada ni nadie como ella.
Había jurado que su amor sería eterno, más allá de la propia vida y de la muerte, y el tiempo se encargó de confirmarlo.
Todo comenzó en los tiempos bohemios del París de Verlaine, de Rimbaud, de Valèry, de Baudelaire… en el París heredero de una corriente nacida en la Alta Edad Media, durante el período de nacimiento de los primeros grandes intelectuales –como el goliardo Pedro Abelardo, otro gran amador para más inri- y las primeras grandes universidades.
La vida de Rodrigo estaba escrita sobre algunos recortes de sueños e ilusiones fugaces, con los personajes que sacaba de sus libros y las espectrales figuras de personas a las que ni siquiera se atrevía a conocer y a las que sólo imaginaba. Siempre había sido un soñador y jamás había salido más allá de los delgados cauces de lo que solía soñar. Rodrigo no conocía el mundo porque nunca había despertado de sus sueños.
libros. Tenía un alma hermosa y noble, una ternura infinita y una dulzura sin límites. Era generoso y risueño, culto y sensible, elegante y gentil… Yo podría asegurar que era un romántico de pies a cabeza, tal vez el último de ellos. Rodrigo era un romántico empedernido. Soñaba con el mar y sus criaturas, amaba los atardeceres deshojados del otoño, se entristecía viendo las gotas de lluvia descender por los cristales… Consideraba a la mujer como lo más perfecto de la creación. Las adoraba por el simple hecho de serlo. Las consideraba seres superiores, perfectos. No resultaba demasiado extraño verlo asomado sobre algún puente, mirando el discurrir lento del agua, ni observar hasta la extenuación un ramo de flores, enamorarse con el silbido del viento o palpitar de emoción con las cosas más sencillas, como el vuelo de una mariposa o el canto hermoso de un jilguero. Su espíritu romántico lo había conducido a París. Quería conocer los lugares de la “ciudad de la luz”, quería pisar las calles que un día transitaron Víctor Hugo, o los poetas malditos.
Aquella tarde –como tantas otras- Rodrigo salió a pasear, caminando sin rumbo fijo, al lugar donde le condujesen los azarosos golpes de péndulo y sus pisadas azarosas. Las hojas secas del otoño alfombraban su caminar distraído. Un hilo de sol se filtraba, silencioso, entre las nubes (oscuras y amenazantes, como si fuesen a vomitar con golpes de furia su contenida carga), que se proyectaban frente a un cielo color plomizo. Su luz jugueteaba, caprichosa, con los maltrechos adoquines y los legendarios tejados de la zona de Pigalle. El viento articulaba alguna sílaba errante. El silencio invadía aquel enclave de ensueño para luego desaparecer, lento, perezoso, en ese lugar tocado por los dioses que la vista no alcanza a imaginar. Debían ser cerca de las seis de la tarde. Aún no había anochecido. Quizás esa fuese la razón por la que las calles estaban desnudas de esas horas y deshoras marchitas, muertas, de momentos que acaso ni se saludaban al encontrarse en las esquinas.
No bien había terminado de recorrer el Boulevard de Clichy cuando, de repente, sus pensamientos le hicieron encaminarse a Montmartre. Los balcones presumían con el imperceptible destello de un haz de sol mortecino sobre los mejores enrejados y una violeta sangraba en un cielo que ardía: llegaban las horas del crepúsculo. Rodrigo se dejaba llevar, ensimismado por el rumor susurrante del agua que, con la suavidad de la espuma, había empezado a caer y ahora lamía el empedrado. Las amapolas se deshojaban pétalo a pétalo. Apenas llegó a la vieja colina, se asomó mirando hacia la nada, con sus ojos soñadores, protegido tan solo por la coraza de su miedo y por sí mismo. Rodrigo oteaba el horizonte, con la confusión de estar en un mundo muy diferente, trasportado con inusitada violencia hacia la nada y el vacío. Era capaz de remontar el vuelo en busca de un amor soñado, capaz de arrojarse al Sena para buscar, bajo sus aguas, a la dama de sus sueños o extender sus brazos para acariciar un rayo de luna o abrazar algún planeta. Casi lo hizo, pero no…
Despabilado ahora, decidió finalizar la ascensión por la interminable escalinata que lo condujo a la parte más alta de la colina. Los escalones, desgastados y mordidos por el paso del tiempo, nunca le parecieron tan numerosos como aquel día para conducirle a su destino. Parecían lamentarse a cada paso de Rodrigo, como si les molestase su presencia. Mientras recorría, embargado, el camino, peldaño a peldaño, descubrió que su vida se podía resumir en una sola palabra: soledad. Era una soledad solitaria, solamente. Una lágrima se deslizó, amarga, por su rostro y una chispa de dolor infinito asomó en la ventana abierta de sus ojos. Las calles por las que había pasado, de pronto, le parecieron no tener nombre, ni número sus casas. Sus puertas le habían sonreído sarcásticamente cuando Rodrigo había pasado por su lado. Era como si saliesen a buscarle para contarle al oído un codiciado secreto inconfensable que le hiciese apartar su vista del devastador paso del tiempo, como si le diesen una lección de eternidad que le permitiesen despedirse para siempre. Pensó: “estas calles y estas puertas ya perdieron el tiempo una vez y no han querido volver a recuperarlo”. Sintió que pasear por aquel lugar era como adentrarse en el interior más profundo de la nada, haciendo caso omiso del monótono reloj de su memoria, olvidando el más profundo dolor que tiene un ser humano: la propia vida y el abandono de los recuerdos.
Al cabo de un rato, Rodrigo había llegado a la cima. Se refugió bajo la sombra de las nubes, que aún dormitaban, pendulantes, alentadas por la brisa soñolienta y silenciosa que siempre le había acompañado en el camino. Se sentía abrigado y amparado por la belleza que proyectaba aquel crepúsculo. A su espalda vislumbró la gran cúpula que coronaba la basílica del Sacré Coeur con las estatuas ecuestres y la escultura de Jesucristo presidiendo la fachada, a las gentes sin nombre, el gris cansado del cielo y del adoquinado. Frente a él se abría un profundo vacío: su vida. Asomado a la cima, divisó las huellas de la ciudad que se derramaba y tenía frente a sus ojos; entre los afamados bulevares, ya no se asomaba, caudaloso y ebrio, el Sena. Le pareció que París era aún más hermosa de lo que había soñado otras veces. Pero en su ensoñación desde aquel mirador privilegiado, el río más bien le resultó una sucia masa de agua verde que zozobraba en la lejanía. Se extendía más allá de sus sueños. Por efecto de la reflexión de la luz de aquel atardecer, imaginó que tendría una mezcla de tonalidades que le recordó al arco iris. Le llamaron poderosamente la atención la gama de tonalidades que pintaban aquel cielo: era como un cuadro impresionista de verdes y azules, como un mar lejano y próximo al mismo tiempo; y rojos como una amapola o una herida que derramase su sangre a borbotones. Titilaban en su halo de misterio, como asomándose a la frontera de ese extraño mundo de sueños del que no quería despertar. Sentía miedo de hacerlo. Para él, despertar a otro mundo, el mundo, por el momento, era morir.
Allí, mientras miraba el cuadro de las almas que se extendía como una alfombra bajo la colina de Montmartre, le asaltó de nuevo un viejo anhelo: el recuerdo del mundo. Fue en ese lugar -estaba completamente seguro- donde se enamoró -en un tiempo legendario como la noche de los tiempos- de unos ojos y donde besó la luna. Ojos de mar y cielo, de océano, suaves como la brisa, como el tacto de los besos verdaderos, aquellos besos que tanto había deseado y que un día robaría para perderlos bajo la conquista de una mirada, caricias de una melancolía que nació de un alma hermosa en la abandonada soledad del longevo galope.
Rodrigo fue siguiendo una anónima estela de miradas perdidas, las mismas que le habían parecido dejar aquellos ojos tras de sí. Se borraron las huellas, desaparecieron las pisadas y la sombra se hizo sombra. Se sintió más solo que nunca. Pero…
A lo lejos vio una figura enigmática. No supo qué o de quién era. Y sintió que su alma palpitaba por primera vez a lo largo de una existencia olvidada, mientras se encogía como un trozo de papel arrugado. Su corazón se había acelerado y bombeaba con furia y avidez la sangre a su cerebro. Estaba exaltado y su entendimiento se había nublado hasta cegarle de manera bestial.
Rodrigo había despertado, pero de una forma brusca. Los tejados habían amanecido hacía una eternidad. Sólo se veía el humo de una chimenea lejana. La tarde se volvió mojada y de plomo, resbaladiza. Comenzaba a lloviznar… El eco de la lluvia taladraba sus recuerdos. Las palabras que salían de sus manos eran la semilla poética de su ser y ahora le brotaban como un racimo de música.
Acariciaba en ese momento el crepúsculo vespertino, donde la bohemia se arropaba de poesía en su confusa cópula de fuego y sangre. La tarde se esfumaba con sus cautivos sortilegios. Los segundos devoraban cada infinita extensión de tiempo. No había viento alguno que acariciase las fachadas de las avenidas quietas ni la emoción contenida en el silencio que embriagaba el momento. El asfalto había dejado de teñirse, lento, del templado amarillo, difuminado por el paso del tiempo y la lluvia. El corazón de Montmarte ya no latía aprisionado. La noche amanecía muy despacio, llena de música y perfume, cálida y errante...
En este ebrio momento de tocar las hojas que llovían sobre su alma, su corazón se retorcía en el amargo sabor de su propia existencia, que ahora le fallaba. Mientras, la conciencia le sacudía con sus taladrados recuerdos irrecuperables. El viento ya no resonaba en su memoria. Volvía a hacer tanto tiempo de todo y tan poco de nada…
La misteriosa figura le había embriagado con una rasgadura de relámpago y para siempre. Sentía un zarpazo en el alma y le dolía, le dolía tanto…
Ahora, embelesado por la sed de la ignorancia, con todo su ser taladrado por la visión y conducido por la dulce aspereza de la melancolía, había apresurado sus pasos hacia el lugar donde le pareció ver encaminarse al espectro: la Place du Tertre. Había decidido seguir a la visión, y más de una vez estuvo a punto de precipitarse al suelo por la ansiedad recién nacida. Había decidido buscar de nuevo ese mar de miradas perdidas que tanto había perseguido en la noche de sus sueños, a lomos del calor que hay en la dulzura de los besos que nacen con pureza y germinan como el pan en el horno.
desolación y la pérdida se alió en el último momento con su cobardía y le hizo dudar en aras de la imaginación. Le pareció que unos párpados habían vuelto a eclipsar el deseo inmaculado que se escondía, silencioso y embustero, en su mirada. Decidió decirse, a sí mismo, “no te preocupes, Rodrigo, volverás a ser el que eras, el soñador que fuiste y siempre serás”. Sintió el dolor del olvido, la herida de volver a sentir la legendaria opresión de su pecho y aquel profundo y punzante dolor justo en el medio de su sangrante corazón romántico.
Pero Rodrigo no sólo sangraba de amor. Su amor había comenzado a desangrarse hacía ya tiempo, gota a gota, vena a vena, arteria a arteria… en la herida de su solitaria existencia. Rodrigo sangraba por volver a ser lo que siempre había sido: un arquitecto de sueños y palabras, un poeta. Volvería a ser una mirada anónima más, una sombra más entre tantas, un suspiro de amor sin nada que contar, un pálido beso muerto, un abrazo consumido con la llegada de la noche, un verso precipitado a destiempo, un poema en mitad del vacío y de la nada, un sentimiento amargo en lo más absoluto; porque, más allá de todo, Rodrigo seguía siendo sin ser, seguía siendo sin que la gente supiese que era…
Quizá mañana fuese otro día. Sí, quizás mañana, de forma inesperada, por casualidad… como todas las grandes cosas de la vida, pudiera atreverse a persistir en su búsqueda y descifrar el enigmático velo que ocultaba a la dueña de aquellos ojos y aquella mirada. Quizá mañana le apeteciera a ella descubrir a un poeta anónimo… No lo sabía.
Rodrigo quería descubrir, para siempre, el rubor que le producía adorar unos desconocidos ojos oceánicos, insondables como la noche.
Había decidido volver a casa, procurando caminar bajo las estériles sombras de las sombras, acompañado por las huellas de una huella, entre el color exterminado de los agotados dinteles.
Estaba frente a la puerta de su apartamento. Era la delgada frontera que separaba el mundo real de su propio mundo. En su cabeza se agolpaban, a capricho, imágenes sin orden ni concierto, tal vez sin sentido. Y un ardor como de vómito le llegaba del estómago a la boca. Se sentía más sólo que nunca: había descubierto una sombra, una estela ajena a las encrucijadas y vaivenes del tiempo y la había perdido, tal vez para siempre. Un aura triste y soñolienta le devolvió a su mundo, envolviendo el ambiente. Empezó a llorar con amargura hasta dejarse consumir por la extenuación.
Rodrigo necesitaba descansar. A su alrededor, se alzaba una extraña neblina de plomo que casi le cegaba sus enormes ojos, mojados por el llanto. Con suerte, pronto sería víctima del cansancio. Se dio cuenta de que el recuerdo del amor le golpeaba el cerebro con un enorme martillazo y sin piedad alguna. Era un dolor que le sacudía toda su cabeza con la única intención de hacerle el mayor daño posible. La neblina aumentaba paso a paso pero consiguió verse sentado, aún llorando, sobre una hacinada pila de viejos manuscritos. Estaba pensando en la amarga historia de su vida, escrita en los más recónditos lugares de su cabeza somnolienta y tan desconocida para todos…
sonido que produjo su cabeza al desplomarse contra la quejumbrosa mesa. Había despertado de su particular duermevela y había decidido buscar a la misteriosa mujer.
La tarde siguiente le pareció un crepúsculo de invierno, un aura de primavera, una escarcha de sangre herida.
El nocturno abandono de una estación inacabada y perenne, ebria y vomitiva, durmiente y asesina… había cesado. Quería renunciar a la nueva soledad del océano en la estación de la melancolía donde la íntima soledad del alma se va diluyendo como un terrón de azúcar en el café. Acaso esa mujer concluyese la búsqueda de toda una vida. ¿Y qué hacer ante el encuentro? Ahora, el tiempo podía detenerse para siempre. Así transcurrieron los primeros albores, el despertar inmaduro de aquel día, evocando la imagen quebradiza y dulce tal vez por la maltrecha soledad impertinente y la ausencia física.
Sus pasos de transeúnte errante le condujeron a la Sorbona. Tenía por costumbre comenzar su jornada leyendo un poco, para relajarse. No era muy tarde. Con suerte, podía encontrar el libro que le apeteciese en el estante. Al llegar se acercó a su cubículo. Estaba a punto de sentarse, dispuesto a devorar un ejemplar de Cumbres borrascosas, de Émily Brontë, cuando algo parecido a la sacudida de un terremoto casi le hizo vomitar el corazón por su boca.
¡Allí estaba ella! Sí, la mujer desconocida, la figura que había visto el día anterior en la cima de Montmartre. ¡Estaba seguro! ¡Sí!, ¡sí!, ¡era ella!
Creyó que le iba a estallar el alma como un trozo de metralla. Su pulso se había disparado y estaba a punto de sufrir un colapso, tal le tenía de emocionado el ansiado reencuentro con la mujer misteriosa. El corazón sonaba en su pecho como una ráfaga de disparos asesinos. ¡Era ella! ¡Era ella!
La muchacha se giró de repente. Dirigió a Rodrigo una cálida mirada llena de dulzura que se adueñó de su alma para siempre y le dijo: “Me llamo Edith”. El, embargado por la emoción del reencuentro, tan sólo pudo balbucear: “Ro… Ro… Ro… Rodrigo”.
Aquella mañana de otoño, Edith estaba visitando la biblioteca de La Sorbona, cuando sus ojos miraron a Rodrigo y, por supuesto, ella era el centro de atención por su hermosura. Era, simplemente, preciosa. Su belleza, unida a su exquisita e innata elegancia y su simpatía desbordante, a flor de piel, la convertían en una criatura adorable. Su condición femenina, de donna angelicata, tal vez le hacía conservar esa perfección inmaculada y noble de quien posee todo si necesidad siquiera de pedirlo.
Rodrigo permanecía mirándola, impasible. Se había quedado prendado, fascinado, hipnotizado… ante aquella mujer irrepetible. Era la encarnación de lo que había estado buscando toda una vida… y al fin la había encontrado. Creo que Rodrigo pudo haberse enamorado de Edith aún antes del primer instante en que la tuvo frente a frente.
Cuando Edith se aproximó a la estantería que custodiaba una buena parte de las obras románticas de la época (Nuestra señora de París, El genio del Cristianismo, Atalá, versos de Nerval, de Musset…) y el tímido rayo de sol que se filtraba por la pequeña ventana del scriptorium iluminó su rostro, Rodrigo creyó sumergirse en el más hermoso y profundo de sus sueños soñadores. Para ambos fue el inicio de una historia de amor que no tendrá final.
Edith entró en la estancia, cogió un ejemplar del Fausto de Johann Wolfgang von Goethe y comenzó a ojearlo rápida y distraídamente mientras miraba de reojo la figura majestuosa de Rodrigo. Él se había puesto a su lado, intentando ocultar que la miraba, haciendo como que leía Las flores del mal, de Charles Baudelaire, el padre de la poesía moderna.
Ambos se miraban con un disimulo atroz, hasta que sus miradas se cruzaron en un segundo planetario, en un instante que pareció detener el tiempo, en un suspiro congelado como si la eternidad y la vida se paralizasen. Ella le sonrió fugazmente, con ese vuelo que acompaña a los cometas. Poco a poco sus cuerpos se fueron acercando sin saberlo. Se encontraban ya tan próximos, que no pudieron evitar un leve roce que les estremeciera. Rodrigo era bien parecido. Era atractivo y simpático, con una expresión perenne de dulzura que se veía a la legua y una ternura que le estallaba a borbotones. Su cabello era negro aunque algo más claro que el de Edith. Su piel era, también, algo más pálida. Poseía la mirada del cielo y del océano, irradiada de sus enormes ojos verde oscuros, que a menudo parecían adquirir una tonalidad marrón o negra, como si reflejasen la enorme melancolía de su alma. Tenía un aura de elegancia y de intelectualidad irresistible, rondando la sabiduría.
Edith se acercó a Rodrigo trazando un movimiento apenas perceptible. Un silencio de meteoro, atronador y mágico, que los devolvió a sus libros les hizo acercarse con sumisión el uno al otro hasta que, sin poder o sin querer evitarlo, sus manos se entrelazaron. Algo así como un espasmo sacudió a Rodrigo, perdiéndose como quien se pierde en las metáforas. Una placentera y dolorosa sensación lo trasladó a un mudo mágico sólo perceptible por el púdico rubor que estallaba en sus mejillas como una reacción acalorada.
esos campos elíseos reservados a los espíritus bendecidos. Fue un instante fugaz que les pareció ser fiero, salvaje y eterno.
Rodrigo dijo algo, una palabra apenas perceptible en el propio silencio, tal vez una promesa de amor eterno… y una lágrima chispeó en la devastadora soledad de su alma, como si un relámpago estallase en la noche. Un instante de pasión y de ternura, de amor y de dolor que ponía fin a tantos años de ausencia… un rayo de luz anunciado por un apasionado beso que lo condujo hacia el olvido, a ese lugar que sólo conocen los poetas.
Rodrigo abrió sus ojos pero Edith se había volatilizado, había desaparecido como una criatura desvanecida por el humo.
Rodrigo le prometió, en su silencio, que siempre la querría, que no habría nadie para él como ella, que no había, había habido ni habría en el futuro nadie tan importante ni que le importara tanto como ella; que nunca había querido ni querría jamás a nadie tanto como ella. Y el tiempo se encargó de hacerle justicia, de cumplir su palabra y de confirmar cuanto le dijo. Pasó la mañana, pasó la tarde…
La noche había caído. Paralizado aún, contemplaba las estrellas a través del cristal de los ventanales. Le parecieron más hermosas y lejanas que nunca, más intangibles que nunca, más abandonadas que nunca. Cuando se dio cuenta de que estaba allí solo, inmóvil le pareció que alguien le había arrancado el corazón sin darse cuenta.
A partir de aquel día, Rodrigo acudía, con más ilusión, si cabe, a la biblioteca de la famosa Universidad, con la debilitada esperanza de verla cada día, de iniciar una conversación con ella, de preguntarle quién era o qué leía. El discurrir confuso de su pensamiento le detuvo un momento y le hirió casi de muerte, con una limpia cuchillada que le atravesó de lleno: no sabía ni tan siquiera cómo encontrarla.
Durante varios días no volvió a verla. Rodrigo se desesperaba cada día más, llegando hasta el dolor de vivir. Sentía que los días de ausencia le pesaban, que le costaba vivir. Se había enamorado de aquella mujer y ¡de qué manera!
Mucho tiempo había pasado desde los primeros errores en que la ciudad gritaba y maldecía a sus nombres, jóvenes promesas sin morada que dejaron en los portales los ecos de su susurro y huían de cada rincón sin luz. Y así, cuando tenía la certeza de no volver a encontrarla y había abandonado por completo la idea de conocerla ocurrió lo que tenía que ocurrir: volvió a vislumbrar la inigualable belleza de Edith una hermosa tarde de primavera, al caminar por la avenida de los Campos Elíseos.
La siguió en la distancia. Quería saber a qué lugar se dirigía, dónde vivía. Quería sentir cercana su presencia. Quería decirle que la amaba.
Había decidido hablar con ella, decirle que la amaba sobre todas las cosas de la tierra. Necesitaba decirle que ella era la razón de su existencia, que aún amándola cada instante y cada segundo de su vida todavía le faltaría tiempo.
La siguió, tratando de no ser percibido, en la distancia, celoso del viento que acariciaba sus cabellos. Sentía celos del aire que respiraba, porque estaba más cerca de ella de lo que lo que él podría estarlo jamás. Sentía celos de su propio pensamiento, porque la conocía mejor de lo que él la conocería nunca. Sentía celos de la ropa que vestía su hermoso cuerpo, porque estaba en permanente contacto con ella. Sentía celos de su respiración, porque la acompañaba a cada instante. Sentía celo de sus sueños, porque estaban con ella cada noche. Sentía celos de la luna, que la acunaba con dulzura cada noche. Sentía miedo de las estrellas, que la alumbraban para que no tuviese miedo…
Rodrigo la quería, la adoraba, no podía vivir sin ella. Y aquel día empezaría a demostrárselo. ¡Y vaya si se lo demostró!
Para él, Edith sería desde aquella primera visión en la colina de Montmartre, simplemente, lo más maravilloso del universo. Para quien no la conoció, esta afirmación podría parecer, así, dicha de este modo, una exageración o una ponderación desmesurada, una hipérbole. Cuantos tuvimos la inigualable suerte de conocerla, bien podemos asegurar que dicha afirmación se queda corta, muy corta, cortísima; y no le hace justicia ni por asomo, pues ella fue mucho más que todo eso. Decir que “Edith ha sido y será por siempre lo más maravilloso del universo” es quedarse muy corto, a años luz, de la realidad y de decir lo que ella fue. El lenguaje es tan limitado a veces que nos impide realmente expresar la totalidad de la magnificencia de una persona como ella.
Edith era, simplemente, preciosa. Su belleza, unida a su exquisita e innata elegancia y su simpatía desbordante, a flor de piel, la convierten aún hoy día, sobrepasando los estrechos márgenes de la leyenda y el mito, en una criatura adorable.
Rodrigo me contó que cuando conoció a Edith, sintió que merecía la pena vivir: porque la vida era más preciosa, cuando contemplaba las estrellas a través del cristal de los ventanales de sus ojos aunque le pareciesen más hermosas y lejanas que nunca, más intangibles que nunca, más abandonadas que nunca.
Me dijo, también, que cuando no la veía, que cuando no estaba con ella, sentía que esos días de ausencia le pesaban, que le costaba vivir. Edith le importaba y ¡tanto!
grandeza y la insólita profundidad de los océanos nocturnos donde los pájaros vuelan hacia la puesta de sol de una sonrisa nacida en la hermosura de sus lágrimas. Sus ojos daban vida a la inmensidad del mar y de lo marino, del océano y lo oceánico: en ellos habitaban el viento que desordena los cabellos y sopla en las velas de las embarcaciones, la brisa de la ensenada y la bahía, el naufragio que devora las distancias con la ansiedad de los tiempos, las frágiles islas y los afamados archipiélagos, donde la aurora silencia los muelles con la voz de su silencio. La noche despertaba su oscuridad con la luz de sus ojos y su recuerdo se anudaba a la garganta como palomas de fuego que volaban al ocaso. Y una lluvia púrpura te devoraba los tobillos del naufragio cuando ella se marchaba. Sus ojos tenían la voz de los coros celestiales, los más hermosos versos, las más dulces palabras. Cuando te miraban, la primavera te asaltaba como el otoño que taladra y su esplendor despiadado te ametrallaba sin tregua. En su profundidad de meteoro la ansiedad de las almas nacía y moría, nacía muriendo, moría naciendo. Allí vivían los desiertos planetarios, los crepusculares océanos, la tierra, el agua, el viento, el fuego… y acaso la fragilidad de una marea. Cuando los pescadores regresaban de su admirable faena en la noche triste de la ausencia, ellos los conducían como un faro. Eran ajenos al tiempo y a sus ancianos latidos y ante ellos se borraban las distancias. Los ojos de Edith llenaban de vida las cosas vacías, las naturalezas muertas… y alumbraban la noche como el sol la mañana o acaso un racimo de estrellas que mueren tiritando. El atardecer marino que habitaba en ellos amanecía como una esperanza de rescate de un náufrago que ve la primigenia luz del amanecer en la inmensidad del océano, y en las orillas de sus pestañas acorazadas, de sus colores combatientes, la vida respiraba entre vuelos de color azul y blanco hasta que su luz ofrecía, en su voz sideral, en su silbido veloz, la vida que nace de la esencia de la raíz y del agua, de la tierra y las semillas. Cuando abría sus ojos, se llenaba de vida lo que no la tenía, lo marchito o ancianamente polvoriento. Y entonces nacían la luz, el cielo, el océano… las realidades azules de una estación sin fronteras que se abre como la flor irrigada por el poder de su luz cegadora que llena las cosas inertes, inanimadas, muertas… hasta que la fuerza de sus ojos emergían en la propia inexistencia sumergida y les daba su vida. En los desnudos ecos de las palabras rotas atracaban sus ojos de lluvia, barnizados con la ternura del ébano y la dulzura de la canela. En ellos podías bucear sin temor al ahogamiento y encontrabas la razón de una existencia que llena los vacíos. Mirarlos sanaba las heridas de cualquier alma. En ellos descubrías que habitaba el atardecer más hermoso, perfecto, ajustado como un guante a una mano. Cuando la mirabas a los ojos y ella te devolvía la mirada, sentías sensaciones muy hermosas, porque te sentías más fuerte y más débil al mismo tiempo, te sentías emocionado y, al mismo tiempo, aterrorizado. Es difícil describir qué se sentía, pero se veía aquello que te gustaría ser: parte de ellos. Es como si al mirarlos hubieras alcanzado lo inalcanzable y te pillara sin defensas, desarmado, por sorpresa. Podría decirse que en sus pupilas se demostraba que Dios lo puede todo. En ellos cobraban vida todas las posibles metáforas.
latir del tiempo y el monótono girar del mundo. Su rostro se iluminaba de belleza, de ternura y de dulzura cada vez que sonreía y deseabas aunar para siempre tu alma a su sonrisa franca, honesta y pura… una sonrisa como no ha habido ni habrá jamás. Por esa sonrisa te daban ganas locas de convertirte en poeta y llenar una infinidad de cuadernos, por esa sonrisa marcharías sin miedo a la batalla más sangrienta o incluso al mismo infinito, por esa sonrisa sentías vivir la magia de la vida y encontrabas la razón de tu propia existencia, sin temor a caminar hacia el vacío. Es como si hubiese ido cantando bajo la soledad desnuda, como si su silencio hubiese golpeado tu alma igual que el viento que estalla en los cristales.
Su presencia era inigualable. ¡Era tan hermoso estar a su lado! ¡Era tan triste tener que marcharte cuando estabas junto a ella! Hubieses deseado detener el tiempo para estar siempre mirándola, escuchándola, adorándola… No había mayor dolor que estar lejos de ella, que no tener su presencia, que estar en su ausencia: ni la cicatriz de un astro abandonado en la galaxia herida allá en la noche de sus preciosos ojos o tan siquiera el desierto planetario de un océano en la avenida cerebral del ardiente meteoro. Cuando se marchaba, todo tu corazón pronunciaba su nombre como para volver a tenerla presente, pero tu alma, temblorosa, no se atrevía ni siquiera a tocarlo. Su nombre resonaba como un relámpago en la ausencia, como una línea de humo que rompe los espejos o el atlántido silencio de una vieja guitarra. Por ella, la noche se cubría de amor, como la primavera, y el viento herido de los péndulos pronunciaba su nombre con su voz de piano. Las olas de su nombre arrastraban los poemas del trueno, y su resaca destruía las horas grises, los edificios opacos, las almas rotas... Cada segundo de vida te hubiera gustado ser la huella que copiaba las huellas de sus pies inigualables bajo el humo de las sombras, etéreas como el tiempo, que el mar acaricia en verano con su regreso de espuma más allá de las praderas pendulares. Al marcharse, era como si todo el universo llorase, como si muriesen las estrellas, planetas y cometas de la noche, como si las mañanas amaneciesen grises como días de tormenta, como si toda la sangre de las venas se evaporase o se secase, como si te sintieses olvidado entre memorias sin memoria, como si estuvieses sepultado en un recuerdo que no recordase nadie. En su ausencia era como si te faltase el aire, la luz, la sangre, la vida… Nunca querías que se marchase, nunca.
de su color azul, más allá de tus cabellos de oro nocturno, la brisa del alma derramaba en el navío de un recuerdo varado en la memoria. Era como si por sus ojos contemplases cuanto existía, como si por su boca hubiesen aflorado tus propias palabras…
Siempre tenías ganas de su compañía, siempre. Era como si te alimentase lo mismo que una tormenta de verano que precipita a destiempo su embarazo. Te daban ganas de besar la sombra de sus manos y la sombra de su sombra, de atrapar el sueño de su sueño, de acariciar el eco de sus palabras mudas, de adorar cada una de las fronteras que emanaban de su inigualable sonrisa…
Antes de conocerla, es como si nada ni nadie encontraran su existencia, pero entonces ella llegaba como una mañana blanca, con la luz de sus ojos, con su sonrisa… para dar la vida a cuanto hasta entonces no la tenía. Era el alma que cualquier alma ha buscado toda la vida.
¡Su voz era tan linda y tan dulce! Sus palabras resonaban como la voz de las violetas y hubieras deseado capturar cada una de sus sílabas para volver a escucharlas. Sonaban como ese beso de susurro que nace de las huellas de los gritos insonoros. Su voz te sacudía como una hermosa sinfonía que se desliza de la misma forma que el sol en la tarde que expira o la sombra de una sombra entre el humo de noviembre. Cuando caminabas perdido, absorto en la soledad del pensamiento, su presencia te cubría de luz y mañana…
Su nombre era una cascada de primavera, una huella hermosa de nuestros pasos, una tierna acumulación de pétalos y corolas, una frágil constelación de palabras cuando callaba y una corona de silencio cuando hablaba. Sus letras merecían ser besadas a cada paso y a cada paso abrazadas cada una de ellas, desde la hoja a sus propias raíces; merecía ser adorada desde el primero de los átomos de la uña de su dedo más pequeño del pie, hasta el último de los átomos de cualquiera de sus cabellos. El propio viento quería acariciar los sonidos de su nombre hermoso. El mar lo pronunciaba con su violencia nocturna y en su eterna soledad de silencio, todos queríamos besar su quebradiza sonrisa.
Eras capaz de ofrecerle una perpetua mañana amanecida entre la noche, la misma noche completa que permanecerías mirando su sonrisa. Eras capaz de convertirte en la sombra de su sombra cuando sus huellas se difuminaban en el asfalto y deseabas convertirte, incluso, en el más recóndito pensamiento que dormitaba en su cerebro con tal de estar a su lado. Podrías convertirte en el alma imperceptible de su alma y en mudo eco insonoro de su aliento.
A menudo te hubiera gustado velar el cálido atardecer que amanecía en cada uno de sus sueños de algodón y regalarle cada día la aurora silenciosa que anochece, allá, en los muelles.
una sonrisa del arco iris. Ella, como el pavo real, lograba desplegar todos esos colores en uno cada vez que derramaba su hermosura entre las cosas.
Hubieras podido quedarte despierto toda la noche, mirándola, para vigilar sus miedos, para mirar eternamente su quebradiza y maravillosa sonrisa, su dulzura infinita que no resbala en los espejos, para trepar por sus caudalosos cabellos o ascender las sendas que conducen a sus ojos de trementina y de melaza y descubrir el océano y el cielo que habitaba en ellos.
Ella hacía que las cosas tuvieran sentido y vivías porque ella hacía que vivieras. Y ¡dolía tanto no poder tener más que una vida para celebrar su sonrisa, para mirar lentamente el color de sus ojos, para reírte viendo derramar gratuitamente su dulzura y su ternura…!
Rodrigo le entregaba todo su ser porque sólo ella lo merecía. Arriesgaría, llegado el caso, su vida, por sentir su felicidad, porque la quería feliz en la soledad de sus noches sin sueño, porque estaba ahogado en hacerla feliz siempre y no podría sobrevivir si ella estaba triste. Entregaría todo su ser por verla siempre contenta.
Donde ella estaba, allí estuvo él. Extendió siempre su mano hacia ella. Siempre tuvo fe en todo lo que ella hacía. No hacía falta ni tan siquiera que ella dijese su nombre: allí estuvo siempre, siempre. Ahí estuvo para reconfortarla, para construir un mundo de sueños a su alrededor, feliz siempre, agradecido, orgulloso, de haberla encontrado. Y ahí estuvo con lo mejor de sí, para ella. Siempre fue su fuerza y siempre la sostuvo en su carga.
Era como si hubiese fusionado con ella, como si ahora fueran una sola persona. Nunca estuvo demasiado lejos para sentirla y jamás vaciló en absoluto cada vez que lo necesitó. Siempre recordó su parte más dulce y más tierna. Siempre fue el que la atajó en su caída. Siempre respiró por ella cada día. Siempre la reconfortó por todo el dolor. Siempre ahuyentó sus temores con su aliento. Siempre comprendió que le daría todo lo que él era por dentro.
Le dio su corazón y su alma, le dio sus momentos de felicidad, sus horas mejores, sus mañanas de sol, su cálido y limpio amanecer de primavera. Le dio siempre su calor y nunca le dio dolor, nunca le hizo daño. Le dio, sencillamente, todo cuanto pudo. Le dio cada poro de sus manos, cada átomo de su ser, cada hueco de su alma. Le dio lo más puro, perfecto y noble de sí, lo más humilde, lo más valioso. Le dio lo mucho o poco que fue.
Le dio el amanecer y el atardecer de sus ojos, su eterna dulzura, su ternura sin límites, su propia respiración… Le dio su vuelo de pájaro, su propio alimento, su propia vida. Y sin embargo, ¡todo le pareció siempre tan poco!
tarde de octubre, Edith se lanzó a los brazos de Rodrigo, puede que recordando el fugaz beso de la biblioteca en La Sorbona y ya jamás los abandonaría. También ella lo quiso de una forma legendaria.
Él era un adorador de la mujer –a la que consideraba como lo más sublime de la creación- y amaba la poesía sobre todos los placeres mundanos. A ella la quiso siempre más que nadie y más que a nadie. Nunca quiso, en todos los días de su vida y de su existencia, a nadie como a ella. Nada ni nadie le importaron jamás tanto como ella.
Con sus años él se había convertido, según palabras de quienes le conocían bien, en el “último romántico”, en heredero de toda la tradición literaria alemana nacida con Herder y Johann Georg Hamman y finalizada con el irracionalismo vitalista de Nietzsche y el pesimismo de Arthur Schopenhauer que ya tuvo sus albores en Escocia y sus postrimerías en el tardío Romanticismo francés.
Él la adoraba. Desde aquella vez que le habló por vez primera. Desde el instante fugaz en que sus ojos se mostraron. La adoraba, sí, la adoraba. Sentía devoción por ella. La admiraba, la respetaba, le contaba todo, la bendecía cada instante de su vida… A diario, cuando hacía el balance del día para irse a la cama, daba gracias a Dios por haberla conocido, por haberla encontrado… Se sentía el más feliz y dichoso de los hombres, el más afortunado. Con frecuencia repetía: “Qué suerte tengo, qué suerte tengo”.
La quería con la fuerza que derrama el volcán al vomitar su lava. La respetaba con el ímpetu de un torrente que precipita sus aguas. La quería sin ningún término ni edad, más allá de todo. La quería de esa forma que no conoce freno ni límites, distancias ni fronteras; la quería de esa forma que no conoce de geografías, de esa forma que confunde las horas con segundos; la quería como él contaba en sus propias historias y cantaba en sus poemas, como sólo saben querer quienes consideran a la mujer lo más hermoso, maravilloso e irrepetible de la Creación, como sólo pueden hacerlo los románticos…
Cuando ella lo pasaba mal, él sufría como nunca. Era como si percibiese que un zarpazo mortal le sesgaba de parte a parte. Si ella no estaba feliz, él sentía que la vida se le iba, que la sangre se le helaba, que su corazón era atravesado por un hierro… y podría creer poder tocar la sangre de su alma, como si estuviese muriéndose de golpe.
Su dolor le martirizaba como una eternidad sin nombre. Era como si la propia ciudad dejase de latir, como si ante sus ojos desfilasen una multitud de imágenes inconexas que le recordaran una vida de dolor inmenso, sintiendo como si el alma se separase de su cuerpo para desplomarse ante sus ojos y morirse.
Si ella sufría, él podía permanecer una eternidad llorando, enloquecido, como a quien que le han robado alguna vez el mes de abril.
estaré contigo, a tu lado, animándote, apoyándote, haciéndote feliz, como mereces”. Y la quería de veras, ¡la quería tanto!, ¡la necesitaba tanto!
Él había soñado muchas veces con la mujer perfecta, la había descrito en sus versos pero creo que nunca la habría conocido de no ser por Edith. Edith, se lo enseñó desde la primera vez que la vio allá en la mañana de septiembre. Edith, sí, una mujer dulce, tierna y maravillosa que te enseñaba la vida con el lenguaje universal de una belleza que no conocía de límites ni de fronteras, de espacios ni de tiempos, ajena a las inclemencias de cualquier frontera y de cualquier geografía.
A partir de entonces, él se enfrascaría aún más, si cabe, en su creación poética y literaria. Desde el final del día hasta el alba clara y limpia, pasaba las madrugadas en vela escribiendo versos para regalarle a Edith un nuevo poema cada día. Porque no sé si aún lo he dicho: Edith era muy romántica y muy sentimental y sensible. Se lo había prometido una hermosa tarde de domingo. Y así fue: cada mañana él le regalaba su poema cotidiano. Algunas personas regalan rosas u otro tipo de flores o detalles con motivo de una fecha especial (un cumpleaños, el Día de los Enamorados, el aniversario…): para él cada día era un día de fiesta, un día especial, un día único en el que demostrar a la gente que le importaba que realmente le importaba; y ella le importaba más que nadie: su regalo diario era la poesía.
Le prometió más de una vez que jamás la dejaría sola, que nunca dejaría que se sintiera sola: él estaba con ella desde que se levantaba hasta que se acostaba, si no físicamente, sí de cualquier otra manera. Le importaba ella, ella, ella.
Siempre fue dulce y tierno con ella. Jamás discutieron, jamás le dio motivo para enfadarse, jamás hubo un segundo de disputa entre ellos. Siempre la ayudó, siempre. Siempre la escuchó, siempre. Siempre la respetó, adoró, admiró y siempre le importó de una manera sobrehumana, siempre. Fueron esquirlas de un tiempo que jamás volverá. En aquel tiempo, vivieron en una pequeña buhardilla en pleno corazón de Montmartre. Quisieron instalarse en el mismo lugar que les sirvió de primer encuentro, en el lugar donde Cupido disparó todas las flechas de su carcaj en la diana del corazón de Rodrigo. Las flores se descolgaban hasta debajo de las ventanas de la pequeña estancia alquilada que les servía de nido. No tenía muy buen aspecto pero fueron felices allí. Él pasaba las noches escribiendo, en vela, sin comer, mientras componía sus versos, los retocaba en sus acentos, ritmos y rimas… y miraba a Edith hasta el amanecer. Era un tiempo de felicidad aunque no tuviesen demasiados recursos económicos porque de tres días, sólo conseguían comer uno. Pasaron algunos años frecuentando los cafés y salas de té vecinos esperando la gloria literaria de Rodrigo y recitando versos a diario y aunque vivían en la miseria y con el estómago vacío, nunca dejaron de creer en su amor. Pero como todo tiene un final, la muerte se ciñó sobre la vida de Edith una mañana de noviembre: tenía apenas 30 años.
vivir sin ti” y sus palabras sonaban como un lamento fúnebre, como si todo el universo llorase. Más de una vez los cielos se apiadaron de Rodrigo y empezaba a llover, como si quisieran acompañarle en sus lamentos. Los parisinos lo vieron perderse entre los mapas del recuerdo. Los vagabundos lo vieron dormir sobre los bancos del lugar donde el cansancio le abordaba. Le vieron llorar toda una madrugada, golpear con la cabeza los troncos de los árboles, decir que un trozo de su alma se moría con cada hoja que caía en las horas del otoño o que el atardecer era rojo porque el cielo se teñía con la sangre de su alma. En dos ocasiones lo internaron en un afamado psiquiátrico… Hasta que descubrió lo único que podía seguir haciendo: amar a Edith toda una eternidad. Es cierto que su alma tenía una cicatriz imborrable, pero sólo podía aceptar que tendría que tenerla más allá de todos los días de su vida.
Cuando ya estaba convencido de que jamás volvería a verle, ocurrieron una serie de hechos insólitos que jamás han dejado de maravillarme…
Siempre me ha gustado la ciudad de París. Tal vez sea, junto quizás con Cracovia y Praga, la ciudad más hermosa y romántica de las que existen. He ido a ella varias veces y todavía no he conseguido verla en su totalidad. Y siempre que retorno a la capital francesa descubro algo nuevo que me hace enamorarme de ella nuevamente.
Mi primera visita fue allá por 1995. La última, el año pasado. Como asignatura pendiente tenía una cita con el cementerio de Père Lachaise –el cementerio más hermoso y enorme de París-, para rendir homenaje a algunos de mis escritores favoritos: Jean Baptiste Poquelin, “Molière”; el genial Óscar Wilde (siempre me encantó su novela El retrato de Dorian Grey), Marcel Proust (qué decir de esa maravillosa pentalogía llamada En busca del tiempo perdido) y el admirable Honoré de Balzac, sin olvidar a otras personalidades tan enormes como Bellini, Frederic Chopin (cuánto me emociona escuchar el romanticismo de sus “Nocturnos”), George Bizet, la actriz Sara Bernhardt o Edith Piaf. Durante mi primera visita había visitado los cementerios de Montparnasse (donde se encuentran las tumbas de Jean Paul Sartre, Charles Baudelaire y Guy de Maupassant) y de Montmartre (donde reposan autores tan conocidos como Alexandre Dumas o Émile Zola) y me habían maravillado gratamente. Pero Père Lachaise, más allá de conocerse por albergar los restos del famoso líder de “The Doors”, Jim Douglas Morrison, tiene un encanto especial: es como un parque donde reina el silencio y te absorbe la meditación, un lugar para reflexionar y admirarse ante el cúmulo de personalidades literarias allí enterradas. Hasta llegar a su enclave en el Boulevard de Ménilmontalt había trascurrido un largo trecho, descendiendo la Plaza de la República y transitando el Boulevard de Gambetta o la Rue de Belleville, preguntándome qué tal sería la tumba de Óscar Wilde (era la que más interés tenía por conocer porque siento especial predilección por este autor irlandés y su exquisita elegancia en la forma de escribir).
Curiosamente estaba próximo al lugar que dicen ser la tumba de los afamados amantes medievales Abelardo y Eloísa cuando lo que observé, me dejó atónito, perplejo y sumido en una admiración que persiste hoy en día: a la derecha, sobre una tumba sin nombre, había un extraño árbol, el más extraño de cuantos jamás he visto. Sólo he visto dos árboles iguales. La peculiaridad de este árbol es que da dos tipos de frutos, según estemos en primavera y verano; o en otoño e invierno. En efecto, en primavera y verano, este árbol da como fruto corazones. Corazones como el tuyo o como el mío, corazones de carne, corazones humanos. En otoño e invierno, este árbol florece poemas. A este árbol lo llaman “El árbol de la eternidad”. Intentaré explicar por qué. Pero no puedo dejar de contar las restantes maravillas que aún me quedan.
Movido por la curiosidad de tan atípico árbol, me acerqué receloso, porque era ya un poco tarde para moverse, en un día de tormenta, entre las tumbas de un cementerio, aunque ese cementerio se llame “Père-Lachaise”. Allí había un hombre que leía una edición de Le Figaro de unos años antes. Encontré allí la explicación de la nomenclatura de ese árbol y también comprendí donde debía buscar el segundo árbol, porque supe, con la rapidez de un relámpago, dónde se encontraría y dónde debería buscarlo. Tampoco me costó mucho conocer la razón de todo aquello y de algunas otras cosas.
En la página de sucesos del conocido periódico se podía leer la siguiente noticia: “Recordarán, sin duda, nuestros lectores, la existencia, en el famoso cementerio de Père Lachaise, de ésta, nuestra hermosa ciudad de París, del llamado “Árbol de la eternidad”, situado junto a la tumba de Pedro Abelardo y Eloísa, la sobrina del malvado Fulgencio. Parece ser que este árbol no es el original. Éste es una réplica de otro existente en Montmartre y del que procede éste. Dicen nuestros afamados científicos y estudiosos que el original se encuentra al pie de una buhardilla que se conserva en mal estado, junto a una figura humana que permanece allí plantada, enraizada, desde hace algún tiempo, y al que le falta el corazón. La hipótesis inicial creía ver síntomas evidentes de que el hombre debía de haber llegado vivo y haber muerto voluntariamente allí junto a lo que hoy podemos asegurar que es el “árbol de la eternidad” primigenio, como si esperara la muerte o hubiese hecho algún extraño ritual o sacrificio, porque parece como si hubiese estado esperando la muerte, ajeno a las inclemencias del calor, de la nieve, del frío y de la lluvia, al menos, tres años.
A día de hoy, aunque no se haya podido averiguar aún la identidad de la figura humana, convertida ya en algo parecido a un estatua de piedra, debemos comunicar a nuestros fieles lectores que los nuevos estudios científicos realizados sobre el particular han confirmado que el estado, sin corazón, de lo que parece ser un cuerpo masculino y la posición en que éste fue hallado da muestras más que evidentes de que el hombre se arrancó el corazón para enseñarlo, primero, y plantarlo, después. Éste sería el origen, pues, de los dos “árboles de la eternidad”: el primero parece ser originado por un hombre que se arranca el corazón, lo enseña y luego lo planta. El segundo es secundario, nacido del primero, plantado sobre un corazón brotado del segundo. No obstante, a nadie escapará que algo extraño, sobrenatural o maravilloso debió ocurrir para que el referido primer árbol floreciera”.
A la mañana siguiente ascendí la colina y encontré la solución a todos los enigmas: ya sabía, desde la tarde de Père-Lachaise, que era mi amigo quien había sido el artífice del nacimiento de ambos árboles. Me faltaban, sin embargo, saber, cuándo, cómo y por qué. No tardé en averiguarlo.
Durante mucho tiempo Rodrigo estuvo indagando, estudiando, investigando sobre el Ave Fénix, el ave que renace de sus cenizas y que, por lo tanto, no puede morir. Es una criatura eterna. Conociéndole, sé que averiguó la manera de conseguir la eternidad y sé que no para él sino para alguien más importante para él que él mismo y que su propia vida: Edith.
Pensé en cómo la propia vida supera a veces a la ficción. Tendría la historia más hermosa de todos los tiempos, una historia de alguien inmortal. Recordé que el Ave Fénix es un ave fabulosa de los desiertos de Libia y Etiopía, del tamaño de un águila, una clase de ave única en su especie, que sólo podía reproducirse renaciendo de sus cenizas después de inmolarse a sí misma en una pira llamada inmortalidad. ¡El Ave Fénix!, ¡claro! –pensé-: ¡El Ave que renace de sus cenizas! Entonces fue cuando reflexione sobre aquello y comprendí todo su alcance: el Ave Fénix, cuando muere, se convierte en ceniza pero luego renace de ellas. Cada vez que muere y se vuelve ceniza, retorna a renacer, nunca puede morir. Es un círculo eterno sin comienzo ni final, un ciclo que se repite eternamente. El Ave Fénix es eterno porque al morir renace. Sólo entonces desentrañé el verdadero alcance de lo que Rodrigo había hecho: eso explicaba tanto tiempo sin saber de él, sus momentos de ausencia, todo ese tiempo en que perdí sus pasos: él había estado inmerso en la búsqueda de aquella criatura maravillosa y espléndida, mítica e irrepetible; ¡si había logrado encontrar al Ave Fénix, Edith jamás moriría! Estaría bendecida con la inmortalidad. Cada vez que muriera y se convirtiese en ceniza, renacería de nuevo a partir de ellas y así una vez tras otra, y otra tras otra, siempre. No tardé demasiado en saber que él había pactado con el Ave Fénix la inmortalidad de Edith, y que una noche de febrero, en la fecha de su cumpleaños, este animal inigualable besó su frente mientras dormía: le había concedido el privilegiado don de no morir jamás.
viviente, para que la vida tuviese sentido… que por eso lo hizo. Edith tenía que ser eterna. Y al brotar esos poemas en otoño y en invierto, estaba, además, dando cumplimiento a la promesa que le hizo aquel domingo. La última primavera leí algunos de estos poemas y me dije: “son los más hermosos que jamás he leído o podré leer”.
Pensé en regresar a Père Lachaise, inicio y final de partida, para rendir un último y sentido homenaje a Edith y a Rodrigo y depositar un ramo de rosas rojas en aquella tumba. Cuando creía haberlo visto todo y que ya nada podría maravillarme pero no tardé en comprender lo equivocado que estaba al respecto: allí, sobre aquel anónimo lugar del camposanto, había una criatura embozada con una capa que lloraba sin consuelo, mientras, inclinada, abrazaba un esqueleto que besaba con la más tierna de las dulzuras al tiempo que repetía, con insistencia: “Edith, te quiero. Te he amado desde el primer instante que te vi. Siempre te he querido. Te quiero aún. Te querré siempre”.
La fosa presentaba signos de haber sido excavada con las manos y los dientes. El hombre, lo supe más tarde, era Rodrigo. Presentaba síntomas de llevar allí muchísimo tiempo.
Movido por la curiosidad de conocer qué razón pudo llevar a mi amigo a enloquecer de esa manera, me acerqué receloso, con el firme propósito y buen ánimo de preguntarle a su propio protagonista. Lejos de rechazarme, Rodrigo me dijo que me acercase y me contó toda lahistoria, la historia de un amor eterno.
Al acabar, le pregunté cuánto tiempo llevaba amando a aquella mujer que un día conoció en la colina de Montmartre, según él mismo me había contado. Me contestó que no lo sabía, y que había estado abrazando y besando el esqueleto desde el momento en que salió por segunda vez de un sanatorio psiquiátrico.
Le pregunté cómo era posible tal cosa, sin morirse de frío o de inanición. Me dio una respuesta que aún hoy me maravilla: en una de sus múltiples peregrinaciones por las calles de París, fue mordido en el cuello por un Ave Fénix. Se había convertido en un ser que no podía morir, en un ser eterno. Por eso, su amor también sería eterno. Había amado a Edith toda una vida y jamás podría dejar de amarla tras su muerte, porque él había vencido las propias fronteras espacio-temporales de la muerte. Era una criatura eterna.