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Williston Walker Historia de La Iglesia Cristiana

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HISTORIA

DE LA

IGLESIA CRISTIANA

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WILLJSTON WALKER

¿raduada al cmellampcir

ADAM F. SOSA

casa nazarena de pi IBucAaoNEs

hx 527, Km city, NWQurí 64141, E.V.A.

LmwüA NCLUüüNA

LúMúfL NAMRENA

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Él original inglés de esta obra fué editado por Charles Scribner's Sons,

Nueva York bajo el título:

A HISTORY OF THE CHRISTIAN CHURCH

Queda heeho et depósito que marea la ley

7

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AGRADECIMIENTO SINCERO

Desde 1967, principiamos arreglos con la

Comi-siÓn Rioplatense de Literatura Cristiana, tendientes

a publicar su agotada ediciÓn de Historia de la

Igle-sía Cristiana, por Williston Walker. El escritor

Alberto Franco Díaz, vocero de dicha comisiÓn así

corno de Methopress y de la Editorial La Aurora, ha

sido muy generoso, no sólo al conseguir el permiso

de las tres casas para que esta ediciÓn se volviera a

publicar, sino al ofrecer también valiosas

sugestio-nes para la utilizaciÓn de la composiciÓn linotípica

,

de esta nueva ediciÓn.

Por el otro lado, muchos de los errores de la

ediciÓn original fueron corregidos con la ayuda del

profesor Francisco Molina, de Puerto Rico. A él y

a otros que ofrecieron correcciones les estarnos

igualmente agradecidos.

El objeto nuestro al presentar esta ediciÓn es

el de conservar la obra monumental de Walker, a

la vez que el de seguir proveyendo para las escuelas

evangélicas de América Latina un libro de texto

completo y aceptable.

Una vez más, muchas gracias a la ComisiÓn

Rioplatense de Literatura Cristiana, a Methopress,

a la Editorial La Aurora, al profesor Molina, y a

muchos otros líderes evangélicos que nos

estimu-laron para este proyecto, y a quienes sería imposible

mencionar por nombre.

—Los Editores

(4)

yr

l

IN DIC E

PERIODO I

DESDE LOS COMIENZOS HASTA LA CRISIS GNOSTICA

I.

II.

III.

IV.

V.

VI.

VIl.

VIII.

IX.

X.

XI.

. . . , . , , . . . . La situación general . . . . . . . , . . . . El ambiente judío . . . .

Jesús y los discípulos . . . . . . . , . . . , Las comunidades cristianas palestinas . . . .

Pablo y la cristiandad gentil . . . . Fin de la edad apostólica . . . , . . . . La interpretación de Jesús . . , . , . . . . La cristiandad gentil del siglo Il . . . .

. . . , . . . . , . . . . La organización cristiana . . . . .

Relaciones dd cristianismo con el gobierno romano . . . . . Los apologistas . . . . . , . , , , . . . . , I ll 18 22 25 33 35 41 44 48 5O

PERIODO II

DESDE LA CRISIS GNOSTICA HASTA CONSTANTINO

I.

II.

III.

IV.

V.

VI.

VIl.

VIII.

IX.

X.

XI.

XII.

XIII.

XIV.

XV.

XVI.

l

)

. . . , . . , . . . . El gnosticismo . . . . . . . , . . . . Marción . . . , . . . . . . . . . . . , . . . . El mon tanismo . . . . . . . , . . , . . . . La iglesia catÓlica . . . .

La importancia creciente de Roma . . . . , . . , . . . . Ireneo . . . .

Tertuliano y Cipriano . . . , . . . . Triunfo de la cristología del Logos en Occidente . . . . La escuela de Alejandría .. .. . . .. . . ' La iglesia y el estado entre el l8O y el 260 . . . , . , . . Desarrollo constitucional de la iglesia . . . , . . , . . . El culto público y las estí·tc;ol]es sagradas . . . .

. . . , , , . . . , . . . . El bautismo . . . .

. . . , . , . . . . , , . , . , . . . , La Cena del Señor . . . .

. . . , , El perdón de los pecados . . . .

La composición de la iglesia y la moralidad superior e . . . , . , . . . , . , . inf erior . . . . V

53

56

57

59

63

65

67

71

76

83

87

92

93

97

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(5)

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VI . IND ICE

XVII. Reposo y crecimiento (26O - 3O.3) . . . l04

. . . . XVIII. Fuerzas religiosas rivales . . , . , . IO6

XIX. La lucha final . . . .. . . .. , .. .. . .. . .. . .. .. . . , . . . .. l08

PERIODO III

LA IGLESIA DEL ESTADO IMPERIAL

La situaciÓn transformada . , . . . , . . . .

La controversia arriana hasta la muerte cIé Constantino .. La controversia bajo los hijos de: Constantino . . . , . . . . .La lucha nicena posteñor . . . .

, . , . . . , . . .l

Las misiones arrianas v las in\'asicbnes gerinamcas . . . .

f

. . . , , , . . . .

. . , . . , . . . , .

Desarrollo del papacio . . . , ,

El monasticisrno . . . . , . . . , . . . . , . . , . , , . . . , , . . . .

. . . , . . . , . . . . . Ambrosio y Crisóstomo . , , . . . .

Las controvemas crist(.ílÓgi(:as . . · . . . . El Oriente dividido . . . , . . . , . . . . Catástrofes y nuevas controversias en Oriente . , . . . . El desarrollo constitucional de ta iglesia . . . . El culto público y las esta( iones sagradas . . . , . . . . . El cristianismo interior . . . , . , . . . , . . . , . . . , Algunas cara( teristkas ot cidentales . . . , . . . . . Jerón iíno . . . . , . . . , , . , , , , , , . , , , , , , , , , . . , , , , , , Agustín . . . , . . . , . . . , . , . . , . . , . . . . . . . , . . , . La controversia pelagiana . . . , . . . El semi pelagianismo . . . , . . . , . . . . Gregorio Magno . . . , . . . , . , . . . . lX. X. XI. XII. XIII, VIl ')')9 ~ ~ 4 225 228 232 l, II. IJI. IV. V. VI. VIl. VITI. IX. & 'L . XI. XIL XI!I. XIV. XV. XVI. XVIT.

xvm.

XTX. XX.

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136

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172

173

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X.IV.

234

236

I. II. III. IV. V. VI, VIl. VIIi. iX. ¶7 ^. XI. XII. XIII. XIV. XV. XVI. 238 2·t5 249 254 261 267 269 279 283 285 292 298 3O6 313 32O 326

PERIODO IV

LA EDAD MEDIA HASTA LA TERMINACION DE LA LUCHA

DE LAS INVFSTTDURAS

J.

Las misiones en las Islas Británicas . . . .

195

II.

Las misiones (ontinentajes y et desarrollo papal . , . . . .

20O

III.

Los francos y el papado . . . , . . . .

2O2

lV.

Carloínagno . . . ,

. . . .

205

. . . , , , . . . . , . . . , .

V.

.Las instituciones eclesiásticas . . . , . . . .

208

VT.

El imperio decadente y el papadO que surge . . . .

209

VIl.

Declinación del papado y su renovación por el in'pí:rio

redivivo . . . , . . . , , . . . , , . . . 214

VIII.

Moviínientos de reforma , , . . , . , , , , , . , , . , . . , . . , . , . . .

21 8

i ,

í.l.

Ill.

IV.

V.

VI.

VIL

VIII.

IX.

X.

I N D I C E

El partido reíormist:t obtiene el papado , . .. . . . , . , . ..

. . , . . . , , , , . , . El l)ap¿l(lc) rompe con el imperio . . . , .

. . . , , . . , . , . . Hildebl'¿ll](ic) y Enriqué IV ,,,.. ...

L:t lucha termina en un colnproIIlisc) . . · . . . , . . . ,

La iglesia griega después de la (onll'oversia de las

iiná-. iiná-. iiná-. , iiná-. iiná-. iiná-. , , iiná-. , , , iiná-. iiná-. iiná-. , , iiná-. iiná-. iiná-. iiná-. , iiná-. , iiná-. iiná-. , iiná-. iiná-. iiná-. iiná-. g'enes . , . . . , . . . .

Í.a extensióu de la iglesia , . . , . . , , . . . .

PERIODO V

FINES DE LA EDAD MEDIA

. . . , . . . , . . . , . . , . . . , Las (ruza(las . . . .

. . , . , . . . . , , , , . , . . N uevos lnovLInle}ltos religiosos . . . . .

Se( tas anti« lesiásticas. Cátaros y valdenses. La inquisición

. . , . . , . . , . . . . . Los domínicos y los franciscanos . . . .

. . . , , . . , , . . . . . El euolasticismo primitivo , . , . . . . . . , . . . . . . . , . . , , . . . . . Las universidades , . . . . , . . . . , . . , , . El alto escolasticismo y su [eolog:a . , , . . . . .

. . . , . . . . , . . . . . . . . , , . . , , . . . . .

Los místicos . . . .

. . , . . . , , , . . . . Las misiones y las derrotas . . . .

El papado en su culminación y (lecl]l]a(]ól] . . .. . .. . . . El papado en Aviñón. Crítica. Et cisma . . . .

. . . , . , . . . , . . . , . . . , . , , , . . . , . , . .

\'\'yclilf y Hus . . . . .

. . . , . . . . Los «mcilios refoi'ínadores . . . , . . . .

El renaciíniento italiano y sus papas , , . . . .

. . . , . Las nuevas potencias naáonales . . . .

Ei renacimiento y otras influencias al norte de los Alpes

PERIODO VI LA REFORMA . . , . . . . La revolución luterana , . , . . . . . . . , . , . . . . Separaciones y divisiones . . . . . . , . . . , . . . , . . . ,

I,a revuelta suiza . . . .

. . . , , . , . . . . . , , . . . , , . . . .

Los anabaptistas . . . . .

Establecimiento del protestantisino alemán . . . , . , . . . . Los países escaudinavos . . . . La revuelta en la Suiza francesa y Ginebra, aütes de

. . . , . . . , . . . . . , . , , , . , . . . . Calvino . . . . . . . , , . , . . . , . . . , , , , . . . . Juan Calvino . . . .

I,a revuelta en Inglaterra . , . . . .. . . ..

. . . , . . . , . . . , . . . La revuelta escocesa . . . .

335

34.9

359

366

37O

382

386

389

4Ol

415

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VIII í N D I C E

XI.

XII.

XIlí.

XIV.

XV.

XVI.

XVIII. El avivamiento romanista . . . , . . . , . . '122 La lucha en Francia, los Países Bajos e Inglaterra . . . '13O Las controversias alemanas y la guerra de los treinta años '141 El socinianismo . . . , , . . . . 4 5 l El arIninianismo . . . , . . . . , . , , , . , . . , . . . '153 El anglicanismo, el puritanisnio y el congregacionalisIno en Inglaterra. El episcopado y el presbiterianismo en '

. . . .

Escocia . 4 57

Los cuáqucros . . . , . . . . , . . . , . . . 478 PERIODO I — DESDE I.OS COMIENZOS HASTA LA CRISIS

GNOSTICA

PERIODO VIl

LA TRANSICION A LA SITUACION RELIGIOSA MODERNA

SECCION I — LA SITUACION GENERAL

I.

II.

III.

IV.

V.

VI.

VIl.

VIII,

IX.

X.

XI.

XII.

XIII.

XIV.

XV.

XVI.

El punto decisivo . , . . . , . , , . , . , . . , , , , , , . . , , . , , . , . . Los comienzos de la ciencia y la filosolía modernas . . . , El deísrno y sus adversarios. El escepticismo . . . . El unitarismo inglCs . , , . . . , . . . , . . . , . . . , . . . , El pietismo en Alemania . . . , . . , ZinzendorL' y los moravos . . . , . . . , . . , . , . , . . , . . . Wesley y el metodismo . . . , . . . , . , . . . , . . , . . Algunos efectos del rnetoclisrno. . . .. . . , . . . , , . . . . . El despertamiento misionero . . . , . . . , , . El iluIninismo alemán ('Á u/klá'ni,ng) · ' ' . · · · . . . .

. . . , . . . . El roInanticismo . , . . . . , , . . . , . . .

. . . , . , Nuevos desarrollos en Alemania . , . . , .

Inglaterra en el siglo xix . . , . , . . , . . . , , . . . . Divisiones y reuniones escocesas . . . , . . . , . .

. . . . El catolicismo romano . . . . . , . , . . , . . . El cristianismo americano . . . , . . . , , . . . , . , , .

481

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487

49'1

495

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5O7

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524

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5 4 4

552

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564

EPILOGO

HISTORIA DE LA IGLESIA CRISTIANA DESDE EL 1914

I. Las iglesias ortodoxas . . . , . , . . . , . . . . II. La iglesia católica romana , . . . , , , . , , . . , . . . .

. . . , , . , , , . . . . III. El protestantismo europeo , . . . .

IV. Las Islas Británicas . . . , . . . , . , . . . , . , . , , . . . . V. El cristianismo en las Américas . . . . VI. El movimiento misionero y las iglesias jóvenes . . . . VIL El rnovirniento ecuménico . . . , . . . , . . . , , . . . , , . .

Indice analítico . . . , . . . , , , , , , . , . , , . . . .

592

595

597

599

6Ol

6O5

6O7

611

El nacimiento de Jesús vió las tierras que rodeaban el Mediterráneo en poder de Roma. En un grado nunca antes igualado, y desconocido en la C'poca moderna, esos vastos territorios, que abarcaban todo lo que el hombre común conocía de la vida civilizada, estaban bajo el dominio de un solo tipo de cultura. Las civilizaciones de la India o de la China no entraban dentro del campo de .la visión del habitante común del Imperio romano. Más allá de sus límites él sólo conocía la existencia de tribus salvajes o sernicivilizadas. El Imperio romano y el mundo de los hombres civilizados eran coextensivos. Todo se mantenía unido

.

por la sumisión a un solo ernper,ador, y por un sistema militar común sujeto a él. El ejército romano, pequeño en comparaciÓn con el de una moderna potencia militar cualquiera, era adecuado para presa"-var la paz romana. Al amparo de esa paz florecía el comercio, el mar y excelentes carreteras facilitaban las comunicaciones, y entre las per-sonas cultas, al menos en las ciudades importantes, un idioma común, el griego, facilitaba el intercambio del pensamiento. Era un imperio que, .l pesar de sus muchos malos gobernantes y la corrupciÓn de los funcionarios inferiores, conseguía mantener una tosca justicia que el mundo no había conocido antes; y sus ciudadanos se enorgullecían de Cl y de sus conquistas.

Sin embargo, con toda su unidad de autoridad imperial y domi-nio militar, Roma no aplastaba las instituciones locales. En cuestiones internas, los habitantes de las provincias gózaban en gran parte de gobierno propio, Sus prácticas religiosas locales eran generalmente respetadas. Entre las masas subsistían los antiguos idiomas y

(7)

2 EL AMBIENTE RELIGIOSO EN GENERAL

bres. Aun los gobernantes nativos gozaban de una limitada autoridad en ciertas regiones del imperio, así como subsistían algunos estados nativos bajo el dominio británico en la India. Uno de tales países era , Palestina en tiempo del nacimiento de Cristo. No poco del éxito de Roma como señora de sus diversos súbditos se debía a ese trato con-siderado de los derechos y prejuicios locales. La diversidad del impe" río apenas si era menos notable que su unidad. Variedad que en ' ningún otro aspecto era más notable que en el pensaníiento religioso.

El..cri.stianisrno no entró en un Illulldo vacío. Su adveniiniento hallÓ las mentes de los hombres llenas de conceptos del. universo, de la. reli-gión, del pecado y de recompensas. .y .castigos, con los cuales tuvo que vérsel:ts y a los cuales tuvo que ajustarse. El cristianismo no pudo cons-truir en suelo virgen. Los conceptos ya existentes que halló formaron gran parte del material con que tuvo que erigir su estructura. Muchas de esas ideas ya no son las del mundo moderno. El hecho de esa in-evitable mezcla compele al estudiante a distinguir entre lo permanente y lo transitorio en el pensamiento cristiano, aunque se trata de un proceso en extremo difícil, y las soluciones presentadas por distintos eruditos varían.

Algunos factores del mundo del pensamiento con que se encontrÓ el cristianismo son elementos de la antigua religión universal, y vienen de la más remota antigüedad. Todos los hombres, .excepto unos pocos representantes de dCrtas escuelas filosóficas, aceptaban la existencia de uno o más poderes invisibles, sobrehumanos y eternos, que dominaban el destino humano, y que debían ser adorados o aplacados mediante la oraciÓn, el ritual. o el sacrificio. La. tierra .era. considerada. como el .cen-tro .del universo. .Alrededor de ella proseguían su curso el sol, los pla-netas y las estrellas. Arriba estaba 'el cielo; abajo, la morada de los

, espíritus o de los impíos. Ningún concepto sobre lo que hoy llamamos ley natural había entrado aún en la mente popular. Todos los .aconte-cimientos ..naturales eran obra de potencias invisibles,. buenas y malas, que gobernaban arbitrariamente. Por consiguiente, los milagros no sólo eran posibles; sino que eran los medios comunes con (lúe las fuerzas superiores impresionaban a los hombres con lo importante o lo inusi-tado. El mundQ era la morada de innumerables espíritus, bondadosos o malévolos? que afectaban todas las fases de la vida humana, y que aun tomaban posesión de los hombres en tal forma que podían gober-ñar sus acciones, para bien o para mal. Un profundo sentido de indig-nidad, de inmerecimento y de insatisfacción con las condiciones de vida existentes, caracterizaba a las masas de la humani(la(l. La diversidad de formas de manifestaciÓn religiosa eran evidencias de la necesidad

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LA FILOSOFÍA GRIEGA - SOCRATES 3

universal de mejores relaciones con lo espiritual invisible, y del anhelo de los hombres de una ayuda mayor que la que podían prestarse.

Además de estas concepciones generales, comunes a la religión po" pular, el inundo en que penetró el cristianismo debía mucho a la in-fluencia específica del pensamiento griego. Las ideas helenistas domi-naban la inteligencia del Imperio romano, pero su dominio era ex-tensÍyo s.olamente a la porción más ilustrada de la población. La..es-peculación griega al principio sólo se ocupaba de la explicación del LL[liv.erso. físico. Pero Heráclito de Efeso (alrededor del 490 a. de J. C.), si bien consiclúa todo como físico en un sentido, considera al universo, que está en constante flÚjó, como {'orIna(lo por un elemento "ígneo, la razón que todo lo penetra, del cual son parte las almas . de los hombres. Aquí está probableniente el germen del concepto del Logos que había de (leseInl)eñ ar un papel tan importante en la especulación filosófica posterior de los griegos y en la teología cristiana. Todavía este elemento no se diferencia del calor o fuego material. Anaxágoras de Atenas (alrededor de 50O-428 a. de J. C.) introdujo la idea de una mente independiente de la materia? que actuaba sobre ella, para orde-narla. Los pitagóricos, de la Italia Ineri(lional, sostenían que el espíritu es inmaterial, y que las atinas son espíritus caídos aprisionados en cuerpos materiales. Al parecer fueron conducidos a esta creencia en la existencia inmaterial, por la consideración de las propiedades de los números —verdades perníanentes que están más allá del reino de la materia y se disciernen inmaterialmente.

Para SÓcrates (4·70?-399 a. de J. C.), el principal objeto del pensa-miento era la explicaciÓn del hombre mismo, no del universo. La conducta del hombre, o sea la moral, era el tema de investigaciÓn más importante. La acción recta está basada en el conocimiento, y da por resultado las cuatro virtudes —prudencia, valor,, dominio propio y jus-ticia"" que, cQIño todas las "virtudes naturales", habían de tener un lugar prominente en la teología cristiana medieval. Esta identificación de la virtud con el conocimiento, la doctrina de que conocer implica hacer, fué in(luclableInente un legado desastroso para todo e! pensa-miento griego, y tuvo mucha influencia en la especulación cristiana, especialmente en el gnosticismo del siglo II.

En ..PlatÓn (4'27-34 7 'a. de J. C.), discípulo de Sócrates, la primitiva .m¢nta.li(l.ad griega alcanzó su .más alto desarrollo espiritu.al. Se le puede ¿lSl.ec.uadalnente describir como un hombre de piedad mística a la vez quc de la más profunda percepción espiritual. Eara PlatÓn, las formas pasajeras de este mundo visible no dan un verdadero conocimiento.

(8)

4 PLATÓN Y ARISTOTÉLES

El conocimiento cIé lo verdaderamente permanente y real se adquiere mediante nuestra relaci6n con las "ideas", arquetipos invariables, pa-trones universales que existen en el mundo espiritual invisible —el munclo "inteligible", desde que es conocido por la razÓn y no por los sentidos— e ilnparten a los len6menos pasajeros captados por nuestros sentidos, lo que ellos tienen de realidad. El alma conociÓ esas "ideas" en una existencia anterior. Los fenómenos del munclo visible evocan el recuerdo de esas "ideas" conocidas. El alma, existiendo antes que el cucrpo, clcbc scr inclcpcnclientc de él, y su clecaclcncia no la afccta. Este concepto de la inmortaliclac! como un atributo del alma, no compar-tido por el cuerpo, influyÓ sielnpre en el pensamiento griego y está en vivo contraste con la doctrina hebrea de la resurrección. Todas las "ideas" no tienen el mismo valor. Las superiores son las de la verdad, la belleza y, especialmente, la del bien. PlatÓn realmente no alcanzÓ quizá un concepto claro del Dios personal, incorporado en la "idea" del bien; pero ciertamente se le aproximó mucho. El mundo está go-bernado por el bien, no por la suerte. El bien es la fuente de todos los bienes menores, y desea ser imitado en las acciones de los hombres. El reino de las "ideas" es el verdadero hogar del alma, la cual encuentra su más alta satisL'acción en la comuniÓn con ellas. La salvación es la recupaación de la visiÓn del bien y iá belleza eternos.

Aristóteles (384.-322 a. de J. C.) tenía un espíritu mucho menos místico que PlatÓn. Para Cl el mundo visible era una realidad indis-cutible. Desechaba la fina distinciÓn platónica entre "ideas" y fenó-menos. Ninguno de los dos podía existir sin el otro. Toda existencia es una substancia, resultante —salvo en el caso de Dios, que es Ijuralnente inmaterial— de la impresiÓn de la "idea", como fuerza formativa, sobre la materia, que es el contenido. I.a materia en sí es sólo una substancia potencial. Ha existido siempre, pero nunca sin forma. De ahí que el mundo sea eterno, pues no existe un reino de "ideas" anteriores a su manifestación en fenómenos. El inundo es el primer objeto del conoci-miento, y Aristóteles es por consiguiente estrictamente hablando un cien tíL'ico. Sus transformaciones exigen la iniciaciÓn de un "primer motor", que es él mismo inamovible. Así presen ta Aristóteles este célebre argumento de la existencia de Dios. Pero el "primer motor" procede con un propÓsito inteligente, y Dios es, en consecuencia, no sólo el principio sino el fin del procéso del desarrollo del munclo. El hombre pertenece 'al mundo de las substancias, pero en Cl no sólo existe el cuerpo y el "alma" sensible del animal; tiene tambiCn una chispa divina, un Logos, que comparte con Dios, y que es eterno, .aunque, a diferencia del concepto del espíritu de PlatÓn, esencialmente

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EL EPICUREISMO 5

impersonal. En moral Aristóteles sostenía que la felicidad, o el bien-estar, es el fin, y que se alcanza mediante la cuidadosa observancia del medio áureo.

I.a filosofía griega no avanzó científicamente mucho más allá de Platón y Aristóteles, pero éstos tenían poca influencia directa en la época de Cristo. Dos siglos y medio después de su nacimiento, había de surgir un platonismo ·moclificado, el neo-platonismo, de gran im-portancia. por. la forma profunda en que afectÓ a la teología cristiana, especialIIlente la de Agustín. La influencia de Aristóteles influyÓ po-derosamente en la teoría escolástica de fines de la Edad Media. Aque-llos antiguos filósofos griegos habían considerado al hombre princi-pahnente a la luz de su valor para el estado. Las conquistas de Alejan-dro, que murió en el 323 a. de J· C.g produjeron un gran cambio en los conceptos de los hombres. I.a cultura helenista se difundi6 amplia-mente por el munclo oriental, pero los pequeños estados griegos de-jaron de ser entidades políticas in(leljen(lientes. Era difícil seguir sin-tiendo hacia las nuevas y vastas unidades políticas esa devociÓn que, por ejemplo, la pequeña e inclepencliente Aterías había conquistado de sus ciudadanos. El individuo corno entidad inclependiente recibió todo el énfasis. La filosofía debía ser reinterpretada éR términos de la vida individual. ¿CÓmo .po.clía e.l. individuo lograr la plena realizaciÓn de .sí--lnislno? Dos fueron las grandes respuestas que se dieron; una. de ellas, enteramente ajena al genio del cristianismo, no podía ser utilizada por- Cste; la otra, sólo .ajena en parte, estaba destinada a influir pro-fundamente .en la teología. cristiana. F.ueron el epicureísmo y el' es-toicismo.

Epicln:o (3'12-270 a. cIé J. C.), que pasÓ la mayor parte de su vida en Atenas, enseñaba que la dicha mental es la suprerna finalidad del holn.bl:e. Este estado es más perfecto cuando es pasivo. Consiste en la ausencia de todo aquello que perturba y molesta. De ahí que Epicuro mismo no merezca los reproches que a menudo se arrojan sobre su sistema. En realidad, en su vida personal, era un asceta. Según él, los pEores enemigos de la felicidad mental son los tcmorcs infundados, los más ilnportantes de los cuales son el miedo a la ira de los dioses y a la muerte. Ambos son sin fundamento. Los dioses existen, pero no crearon el mundo ni lo gobiernan. Epicuro sostiene, con Dem6crito ('17O?-38O? a. de J· C.), que el munclo fuC formado por el azar y las combinaciones continuamente cambiantes de átomos eternamente exis-tentes. TocIo es material, aun el alma del hombre y los dioses mismos. I.a muerte pone fin a todo, pero no es mala, ya que en ella no queda conciencia de nada. De ahí que, en cuan.to religión, el epicureísmo era

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. TIPOS DE RELIGION EN CONTRASTE

neras, para los laicos corno tales, una mayor participación en la vida religiosa de la comunidad. La vida activa estaba afirmando sus prerro-gativas frente a la vida contemplativa. La teología, como tal, había perdido su dominio sobre el pensamiento popular, desacreditada por el nominalismo, menospreciada por el huinanismo y suplantada por el misticismo.

La época a la cual Lutero tendría que hablar no era una época muerta, sino bullente de agitaciÓn, preocupada por una multitud de problemas no resueltos y anhelos insatisfechos.

PERIODO VI. — LA REFORMA

SECCION I. — LA REVOLUCION LUTERANA

I.a situaciÓn religiosa y económica de Alemania a principios del siglo XVI era crítica en muchos sentidos. Los impuestos papales y la intromisión papal en los nom'bramientos eclesiásticos eran considerados generalmente opresivos. El manejo de los asuntos clericales por la curia

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papal era considerado costoso y corrompido. Los clérigos del país eran muy criticados por los ejemplos indignos de muchos de ellos, tanto de los que estaban en situaciÓn elevada corno del clero bajo. Las ciu-dades mercantiles estaban inquietas ante las exenciones de impuestos al clero, la prohibiciÓn de cobrar intereses, los muchos días feriados y el apoyo de la iglesia a la mendicidad. Los monasterios en muchos lu-gares necesitaban terriblemente una reforma, y el hecho de que pose-yeran inmensas extensiones de tierra era mal visto, tanto por los nobles que se hubieran alegrado de tenerlas, corno por los campesinos que las trabajaban. Los cánpesinos en general estaban en un estad.o de agi-tación econÓmica, no siendo la menor de sus quejas los diezmos y de· rechos cobrados por el clero local. A estas causas cÍe intranquilidad se agregaba el fermento del humanismo alemán que surgía y la agitación del despertar religioso popular, manifestado en una profundizaciÓn del terror y la conciencia de necesidad de salvación. Es evidente que, si todos esos agravios podían hallar intrépida expresión en un caudillo decidido, su voz alcanzaría gran resonancia.

En el ambiente intelectual de Alemania, además, la divisiÓn se estaba intensificando debido a una disputa que envolvía a uno de Io.9 líumanistas más pacíficos y respetados, Reuchlin (p. 328)9 y que. unía en apoyo del mismo a los defensores de la nueva ilustración. Juan Pfefferkorn (l469-l522), un converso del judaísmo, solicitó del empe" rador Maximiliano, en l5O9, una orden de confiscaciÓn de los libros judíos, por ser una deshonra para el cristianismo. El arzobispo de Maguncia, a quien le fué confiada la tarea de realizar la investigación,

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336 HUMANISTAS CONTRA CONSERVADORES

consultó a Reuchlin y a Jacobo Hochstraten (1460-1527), inquisidor dominico en Colonia. Estos acloptaron posiciones opuestas. Hochstra-ten alyjyaba a Pfefferkorn, mientras Reuchlin defendía la literatura judía como buena, salvo pocas excepciones, instaba a un mayor estudio del hebreo, y a mantener discusiones amistosas con los judíos, en lugar de confiscar sus libros. El resultado fué que se desatara una tempes-tuosa controversia. Reuchlin fué acusado de herejía y sometido a juicio por Hochstraten. La causa fué llevada en apelación a Roma, y arras-trada hasta 1520, cuando fué fallada en contra de Reuchlin. Los abo-gados de la nueva ilustraciÓn, sin embargo, consideraban todo el asun-to corno un ataque ignaro e infundado contra la ilustraciÓn, y se unieron en apoyo de Reuchlin.

De este círculo humanista saliÓ, en 1514 y 1517, una de las má.g felices sátiras jamás publicadas: las Cartas de hombres oscuros. Pre-tendiendo haber siclo escritas por adversarios de Reuchlin y la nueva ilustración, los exponían al ridículo por su bárbaro latín, su trivia-lidad y su ignorancia, e indudablemente crearon la impresiÓn de que el partido opositor a Reuchlin era contrario a la instrucción y el progreso. No se puede afirmar con certeza quién fué el autor, pero indudablemente tuvieron parte en ellas Crotus Rubeanus (1480?-1539?) de Dornheim y Ulrico de Hutten (1488-1523). Hutten, vano, inmoral y penclenciero, pero dotado brillantemente como escritor en prosa y verso, e irícluclablemente patriota, había de prestar un apoyo de du-doso valor a Lutero en los primeros años del movimiento de la Re-forma. El efecto de la tormenta levantada por Reuchlin Íué unir a los humanistas alemanes y trazar una línea divisoria entre ellos y los conservadores, los más conspicuos de los cuales eran los dominicos.

Mientras esta discusión estaba en su punto culminante, fué cuan-do una protesta contra un abuso eclesiástico, hecha el 31 de octubre de 1517, en forma nada espectacular o inusitada, por un rrionjg pro. fesor en una universidad alemana relativamente poco conocida, hallÓ inmediata respuesta y puso en marcha la revoluciÓn más gigantesca en toda la historia de la iglesia cristiana.

Martín Lutero, el originaclor de esa protesta, es uno de los poco3 hombres de quienes se puede decir que con su acciÓn cambiaron I)ro[unclamente la historia de la humaniclacl. Sin ser un gran erudito, ni organizador ni político, moviÓ a los hombres por el poder de una profunda experiencia religiosa que le inspiraba una inalterable confianza en Dios y en la relaciÓn directa y personal con él, la dual obraba una segura salvaciÓn que no dejaba lugar para las complicadas estructuras jerárquicas y sacramentales de la Edad Media. Hablaba a

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PRIMEROS AÑOS DE I.UTERO 837

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sus conteInporáneos como uno cIé ellos en aspiraciones y simpatías, pero múy por encima de ellos por virtud de una fe vívida y potente, y un valor físico y espiritual del cuño más heroico. Sin embargo, tan profunclamente identificado estaba con su raza, en sus virtudes y sus limitaciones, que hasta el día de hoy difícilmente es comprencliclo poi

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un fra:icés o un italiano, y aun los anglosajones rara vez aprecian esa plena simpatía y admiración con que un protestante alemán pronun· cía su nombre. Pero, sea que se le honre o se le combata, nadie puede nbgarle un lugar de preeminencia en la historia de la iglesia.

Lutero naciÓ el lO de noviembre de 1483, en Eisleben, donde su padre era minero. Su padre y su madre profesaban una piedad simple, poco eclesiástica. El padre, más enérgico y ambicioso que la mayoría de los campesinos, pocos meses después del nacimiento ck Martín se trasladÓ a Mansfelcl, donde conquistÓ el respeto de sus conciudadanos y una posición modestamente desahogada, y fué in· llamado por la ambiciÓn de dar a su hijo una educaciÓn que lo ca-pacitara para ejercer como abogado. Después de cursar sus estudios preparatorios en Mansklcl, Magcleburgo y Eisenach, Martín Lutero ingresÓ, en l5Ol, en la Universidad de Erfurt, donde fué conocido como un estudiante aplicado, buen compañero y amante de la mú· sica. El movimien to humanistay que empezaba a hacerse sentir en Erfurt, tuvo poca influencia sobre él. Más le interesaba la última es· cuela nominalista de la filosofía escolástica, que seguía a Occam, aun· que leía bastante los clásicos latinos.

Lutero estaba profunclamen te poseído por ese sentido de peca· minosiclacl que era la nota básica del avivamien to religioso de la época en Alemania. Cuando se graduÓ como "maestro en artes", en 1505, tuvo que pensar en iniciar los estudios de derecho. Sin embar-go, fué profundamente afectado por la muerte repentina de un ami· go y por haber escapado apenas de ser alcanzado por un rayo, y a raíz de ello interrumpiÓ su carrera y, con una profunda ansiedad poi la salvación de su alma, entró en el monasterio de los eremitas agus·' tinos, en Erfurt, en .julio de l5O5. La "congregaciÓn alemana" de los agustinos, recientemente reformada por Anclrés Proles (1429-1503)? y entonces bajo la supervisión cIé Juan de Staupitz (?-1524), gozaba de merecido respeto popular y representaba lo mejor del monasticis· mo medieval, Enteramente medieval, en términos generales, en su posiciÓn teológica, sin embargo, cIaba énfasis a la predicaciÓn e in· cluía algunos hombres inclinados a la piedad mística y que simpati-zaban con la profunda ideolgía religiosa de Agustín y Bernardo. Lutero habría de cleberle mucho a Staupitz. En la vida

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monás-338 DESARROLLO RELIGIOSO DE I.UTERO

tica, I.utero se distinguió rápidamente. En l5O7 fué ordenado saccr. dote. Al año siguiente lo encontrarnos en Wittenberg, por orden de sus superiores, preparándose para desempeñ ar una cátedra en la uni-versidad que había sido establecida allí por el Elector de Sajonia, Fe-derico III, "el Sabio" (1486-1525), en 1502. Allí se graduÓ de bachiller en teología en l5O9, pero el rnismo año fué enviado nLlevan'lente a Erfurt, posiblemente para estudiar para el grado de "sentenciario"' o expositor autorizado de aquel gran texto de teología medieval, las "Sentencias" de Pedro Lombardo (p. 266). Por asuntos de su orden realizó un niemorable viaje a Roma, probablemente en 15 lO. De vuelta en Wittenberg, donde habría de residir desde en tonces, se recibió de doctor en teología en I5I2 e inmediatamente comenzó a dar conferencias sobre la Biblia, tratando los Salmos desde 1513 hasta l5l5, luego Romanos hasta fines de 1516, y a continuaciÓn Gálatas, Hebreos y Tito. Sus capacidades prácticas fueron reconocidas por su nombramiento, en l5l5, como vicario de distrito, a cargo de once monasterios de su orden, an tes de lo cual había comenzado ya la práctica de predicar, en la cual desplegó desde el principio dotes notables. Dentro de su orden conquistó la reputaciÓn de ser un hombre de singular piedad, devoción y celo monástico.

Sin embargo, a pesar de toda la severidad monástica, I.utero no hallaba paz para su alma. I..e abrumaba su sentido de pecado. Stau-pitz le ayudó, al hacerle notar que la verdadera penitencia no em· pieza con el temor al castigo de Dios, sino con el amor a Dios. Pero si bien I.utero pudo decir que Staupitz le había abierto los ojos al evangelio, su visión se fué aclarando lenta y gradualmente. Hasta l5O9 I.utero se dedicó a los últimos escolásticos: Occam, d'Ailly y Biel. A ellos debió su permanente disposición a subrayar los hechos objetivos de la revelación, y su desconfianza de la razón. Hacia fines de 15Q9, sin embargo, el estudio de Agustín estaba presentándole nuevas visiones y conduciéndolo rál')i(laInente a una creciente hosti· lidad hacia el dominio de Aristóteles en la teología. El misticismo de Agustín y su énfasis sobre el significado salvador de la vida huma. na y la muerte de Cristo, le fascinaban. Ansehno y Bernardo le ayu-daron. En la época de sus conferencias sobre los Salmos (1513-1515), Lutero estaba ya convencido de que la salvación del hombre es una nueva relaciÓn con Dios, basada no en ninguna obra meritoria del hombre, sino en la confianza absoluta en las promesas divinas, de tal modo que el hombre redimido, sin dejar de ser pecador, es, sin embargo, libre y está completamente perdonado, y que de esa nueva y gozosa relación con Dios en Cristo, fluirá la nueva vida de

volun-, ! i l. l LA JUSTIFICACION PQR LA FE 339

taria disposiciÓn a hacer la voluntad de Dios. Era un nuevo énfasis sobre un aspecto iInportantísimo de la enseñanza de Pablo. Pero no era enteramente paulino. Para Pablo, el cristiano es prirnordialmente un ser renovado rnoralmente. Para I.utero, es ante todo un pecador perdonado; pero I.utero, corno Pablo, hacía de la salvaciÓn, en esen-cia, una correcta relación personal con Dios. La base y arras de esta relación es la misericordia de Dios desplega(la en los sufrimientos de Cristo en beneficio del hombre. Cristo llevó nuestros pecados. Y a nosotros, a nuestra vez, nos es imputada su .justicia. Los místicos ale· manes, especialmente Taulero, ayudaron ahora a I.utero a llegar a la conclusión de que esa confiam.a transformadora no era, corno él había supuesto, una obra en la que el hombre tuviera alguna parti-cipaciÓn, sino enteramente un don de Dios. Su trabajo de preparación de las conferencias sobre Romanos (1515-1516) no hizo sino intensi· ficar estas convicciones. Entonces declaró que la opiniÓn común de que Dios iní'aliblen'iente infundiría gracia a quien hiciera lo que pu" diera, era absurda y pelagiana. Para él, había sido trastornada la base de toda justicia alcanzada por las obras.

Aunque hubiera alcanzado esta convicciÓn en cuanto a la na-turaleza y el método de la salvaciÓn, I..utero no había conseguido aún la paz que buscaba. Necesitaba alcanzar la certiduI'nbre de su propia justificación personal. Con Agustín, él había negado esa certidum. bre. Sin embargo, mientras trabajaba en la última parte de sus con· ferencias sobre Romanos, y aun más claramente en los meses finales de 1516, su confianza en que la naturaleza de dádiva divina de la fe implicaba una seguridad personal, se convirtió en convicción. Desde entonces, en SIl propia experiencia personal, la suma del evangelio fué el perdón de los pecados. Era una "buena nueva", que llenaba el alma de paz, gozo y confianza' en Dios. Era absoluta dependencia de las promesas divinas, de la "palabra" de Dios.

Hasta aquí, I.utero no había elaborado conscientemente un nuevo sistema de teología. Había tenido una profunda experiencia vital. Era, sin ernbargo, una experiencia que no podría encuadrarse dentro . de rnuchas de las teorías corrientes sobre la salvaciÓn, en las cuales las obras, penitencias y satisfacciones tenían un lugar prominente. I..utero no se convirtió en reformador por consideraciones teóricas de ninguna especie. Fué arrastrado por la fuerza de una profunda expe" riencia interior, a probar las creencias y las instituciones que veía a su alrededor. No puede ponerse en duda la l')rofun(li(!acl y la nobleza de Sil experiencia. Pero puede discutirse SIl aplicabilidad corno norma universal. Para él, la fe era un poder vital, transforIna(]or, una nueva

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34O LAS NOVENTA Y CINCO TESIS LA CONTROVERSIA SE EXTIENDE 341

y vivificante relación personal. Muchos hombres, sin embargo, aun-que desean sinceramente servir a Dios y a su generaciÓn, no tienen tal sentido de perdón personal, ningún sentimiento que agite tan pro-t'tindamente sus ahnas, ni una confianza tan cándida. Desean, con la ayuda de Dios, hacer lo mejor que pueden. Para ellos la "justificación por la le solamente" es, o algo casi sin sentido, o se convierte en un asentimiento intelectual a la verdad religiosa. No a todos les es posible el entrar en la experiencia de I.utero o de Pablo.

Por el 15 16 I.utero ya no estaba solo. En la 'universidad de Wit-tenberg su oposición al aristotelismo y el escolasticismo, y su teología bíblica, habían hallado mucha simpatía. Sus colegas Andrés Bodens-tein de Carlstadt (l48O?-l54l)g que, a diferencia de I.utero, había re-presentado el viejo escolasticismo de Tomás de Aquino, y Nicolás de Amsdorf (1483-1565), se conviertieron ahora en sus principales sos· tenedores,

En l5l7 se le presentó a I.utero la ocasiÓn de aplicar su nuevo concepto de la salvaciÓn a un flagrante abuso. El papa León X había accedido a los deseos de Alberto de Brandenburgo de que le permi-tiera ejercer a la vez el arzobispado de Maguncia, el arzobispo de Magdeburgo y la administraciÓn del obispado de Halberstadt, siendo un argumento importante para esa decisión el pago de una fuerte suma. Para resarcirse, Alberto consiguiÓ que se le concediera la mitad de lo que produjera en su distrito la venta de las irídulgencias que el papado estaba emitiendo, desde 1506, para la construcciÓn de la nueva basílica de San Pedro que todavía ahora es uno de los orna-mentos de Roma. Uno de los encargados de recaudar esos fondos era Juan Tetzel (1470-15 19), un monje dominico de gran elocuencia, que, decidido a obtener los mayores ingresos posibles, pintaba en los tér-minos más groseros los beneficios de las indulgencias.l A Lutero, convencido de que sólo una relaciÓn personal con Dios podía salvar, tales enseñanzas le parecían atentatorias contra la verdadera religiÓn. Cuando Tetzel estaba cerca —pues no se le permitió entrar en el elec-torado de Sajonia— Lutero predicó contra el abuso de las indulgen-cias y, el 31 de octubre de 1517, clavó en la puerta de la iglesia del castillo, en Wittenberg, que servía para colocar los anuncios de la universidad, sus Inemorables NoUenta y cinco tesis.2

Consideradas en sí mismas, puede parecer extraño que las tesis

1 Ver extmctos en Kidd, Documents Illustratioe of the Continental Re/o'r-mation, pp. I2-3O.

2 Kidd, pp. 21-26 ; Waee y Buehheim, l.uther '8 Primary Works; trad. cast., El Predicador Evangélico, IV (1946-47), 117-124.

resultaran una chispa capaz de provocar una explosión. Estaban des-tinadas a un debate académico. No negaban el derecho del papa para conceder indulgencias; sólo discutían el que las indulgencias se hicieran extensivas a las penas del purgatorio, y ponían en evidencia los abusos de la enseñanza corriente —abusos que las tesis sugerían que serían repudiados por el papa cuando llegaran a su conocimiento. No obstante, aunque están lejos de expresar en toda su plenitud las ideas de I.utero, son evidentes en ellas ciertos principios que, des-arrollados, podrían revolucionar las prácticas eclesiásticas de la épo-ca. El arrepentimiento no es un acto, sino un hábito mental de toda la vida. El verdadero tesoro de la iglesia es ,la gracia perdonadora de Dios. El cristiano, más bien que eludir la disciplina divina, la busca. "Todo cristiano verdaderamente arrepentido tiene derecho 'a la plena remisiÓn de la pena y la culpa, aun sin cartas de perdón" (Tesis 36). En la inquieta situaciÓn de Alemania, era un acontecimiento que un dirigente religioso, respetado aunque humilde, hubiera hablado osadamente contra un gran abuso, y las Tesis se difundieron rápida· mente por todo el imperio.

I.utero no había anticipado tal excitación. Tetzel contestó in-mediatamente}, e instó a Conrado Wimpina (?-153 l) a que contestara. ljn antagonismo más formidable fué el hábil contraversista Juan Maier de Eck (1486-1543), profesor de teología en la universidad de Ingolstadt, quien contestÓ con un tratado que circulÓ en manuscrito, titulado Obel/sci. Lutero fué acusado de herejía. El defendiÓ su po-sición en un sermÓn sobre "Indulgencia y gracia"? replicó a Eck. A principios de 1518 el arzobispo de Maguncia y los dominicanos habían hecho llegar a Roma sus denuncias contra Lutero. El resultado fuC que el general de los agustinos recibió orden de poner fin a la disputa y Lutero fué citado ante el capítulo general de la orden que se re· uniÓ en Heiclelberg, en abril. Allí I.utero arguyó contra el libre al· bedrío y el dominio de Aristóteles en la teología y ganÓ nuevos sim-patizantes, uno de los más importantes de los cuales fué Martín But-zer (Bucero). Por la misma época, Lutero publicÓ una defensa más elaborada de su posición sobre las indulgencias, las Resoluliones.

I.utero no había buscado una disputa con el papado. Al parecer, creía que el papa podía ver tan bien como él los abusos de las indul-gencias, pero el curso de los acontecimientos no le dejaba otra posi-bilidad que defender con firmeza sus opiniones, o someterse.

En junio de l5l8, el papa León X citó a Lutero a compareceÍ

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3,42 LUTERO Y CAYETANO

en Roma, y comisionó a SIl censor de libros, el dominico Silvestre Mazzolini de Prierio para que redactara una opiniÓn sobre la posi. ción de Lutero. Este recibió la citaciÓn y la opiniÓn a principios de agosto. í'rierio afirmaba que "la iglesia romana es rel)resentativamen-te el coiégio de cardenales, y además es virtualmenrel)resentativamen-te el sumo pontí· hce", y que "el que dice que la iglesia romana no puede hacer lo que hace con respecto a las indulgencias, es un hereje".l El caso de l'.utero sin duda hubiera terminado rál)iclamente con SIl condenación, si no hubiera tenido la poderosa I)r()te('ción cIé su príncipe, el elector Federico "el '.'Abio". Hasta dónde simpatizaba Federico con las creen· cías religiosas de Lutero, es rñotÍvD de controversia; pero, en todo caso, estaba orgulloso de su profesor de Wittenberg, y opuesto a una condena casi cierta en 'Roma. Su habilidad política logró que la au· cliencia, en lugar de realizarse ante la corte papal en Roma, se efec-tuara ante el legado papal en la dieta, en Al.lg3bl.lrgo, el ilustrado comentarista de Aquino, cardenal Tomás Vio (14'69-1534'), conocido por SIl lugar de origen, Gaeta, corno Cayetano. Cayetano era un teó· logo de reputación eu ropea y parece haber considerado el asunto corno indigno de SIl categoría. Ordenó a Lutero que se retractara, especialmente de sus críticas sobre el pleno poder del papa para con· ceder inclulgencias. Lutero se negó a ello,2 y el 2O de octubre salió de Augsburgo habiendo apelado al papa "mejor inforrnaclo"ú No satis.l'echo con esto, desde Wittenberg, en noviembre, apelÓ a un fu· turo concilio g(:neral.4 I.as pocas probabilidacles que tenía de ser es-(:l.lclla(lo favorablemente en Roma se ven en el hecho de que el mismo mes el papa León X definiera las indulgencias precisamente en el sentido en que Lutero las criticaba9' No había para Cl real esperanza de seguriclacl. Si grande era SIl valor, no era menor el peligro que corría; pero la vuelta favorable de los acontecimientos políticos lo libró de una condenación inmediata.

Mientras tanto, en el verano de 15!8 había llegado a Wittenberg? siendo instalado como profesor de grieg'o, un joven erudito, nativo de Bretten y sobrino nieto de Reuchlin, Felipe Melanchton (1497-1560), quien habría de estar en adelante singularmente unido a Lu. tero en su obra. Nunca hubo un contraste mayor. Melanchton era tímido y retraído; pero nadie lo superaba en erudicción, y bajo la fuerte impresión de la personaliclad de Lutero, dedicó sus notable.g

1 Kidd, pp. 31, 32. 2 Ibi"l., pp. 33-37. :' Ibid., pp. 37-39.

EL DEBATE DE LEIPZIG 343

capacidades, casi desde su arribo a Wittenberg, a la promoción de la causa luterana.

El ernperaclor Maximiliano se aproximaba ahora visiblemente al L'inal de su vicia, que habría de sobrevenir en enero de 1519, y se vivía en la inminencia de la con.l'usiÓn de una elección reñida. El papa León X, coiiiq príncipe italiano, miraba con desconfianza la candidatura de Carios de España o Francisco de Franciaü que aumen-tarían la influencia extranjera en Italia, y buscaba la buena voluntad del Elector Federico, a quien le hubiera coml)laci(lo ver elegido. No era el momento de proceder contra el profesor L'avorito de Federico. Por consiguiente, León enviÓ a SIl chambelá n, el sa,jón Carlos de Mil-titz, corno nuncio, con una rosa de oro, presente expresivo de su elevado favor papal, al Elector. Miltitz se jactó de que podría reme-diar la disputa eclesiástica y fuC mucho más allá de sus instrucciones. Por propia iniciativa repudió a Tetzel, y sostuvo una entrevista con I.utero, al que persuaclió de que prometiera guardar silencio sobre las cuestiones en discusiÓn, someter el caso, de ser posible, a eruditos obispos alemanes, y escribir una hurnilde carta al papañ

Pero era imposible cualcjuier acuerdo efectivo. El colega de Lu-tero en Wittenberg, AnclrCs Boclenstein de Carlstaclt (1480?-154 l), en 1518 había sostenido en contra de Eck, que el texto de la Biblia debe ser preferido aun a la autoriclacl de toda la iglesia. Eck lo retó a un debate público, que Carlstaclt aceptó, y el propio Lutero se en-contró pronto arrastrado a la lid, sosteniendo que la slll)rema(:ía de la Iglesia Romana no tiene apoyo en la historia o las Escrituras. En junio y julio de 1519, se realizó el gran debate en Leipzig. Carlstadt, lerdo para la discusiÓn, consiguiÓ sostener rnoderadamente su posi-ción frente a la inteligencia vivaz de Eck. El celo de I.utero le hizo salir mejor librado; pero Eck logró hábilmente hacer reconocer a Lutero que sus posiciones eran en algunos sentidos las de Hus, y que el respetado concilio de Constanza había errado al condenar a éste. A Eck le pareció haber alcanzado un triunfo forense, y creyó que la victoria era suya, apresuránclose a declarar que quien podía negar la infalibiclidacl de un concilio general era un pagano y pu. bli(:ano,2 En realidad, fuC una declaración decisiva la que fuC lleva· do a hacer Lutero. Ya había rechazado la autoriclacl final del l)al)a? v ahora admitía la falibilidad de los concilios. Estos pasos implica· ban una ruptura con todo el sistema autoritario de la Edad Media,

" Ibid., I). 4O.

5 !bid., I). 39. l Kidd, I)I). ,11-.1.L 2 Ibid., pp. '!'1-51.

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344 LOS GRANDES TRATADOS DE LUTERO

y sólo permitía la apelación final a las Escrituras, y a las Escrituras, además, interpretadas por el juicio individual. Eck sintió que ahora la controversia podría terminar rápiclarnente mediante una bula papal de coIlclenación, que decidió conseguir, la cual fué lanzada el 15 cIé junio de 1520.'

Ahora Lutero estaba en lo más reñido del combate. Sus propia3 ideas estaban cristalizando rápiclamente. Se veía rodeado por parti-darios hurnanistas, como Ulrico de Hutten, corno posible jefe de un conflicto IlacioIlal con Roma. El mismo estaba ernpezanclo a consi· clerar su tarea como la de redimir a la naciÓn alemana de un papado al cual, más bien que al papa in(livi('lllalmente, estaba enipezanclo a ver como el anticristo. Su doctrina de la salvaciÓn estaba cIando frutos abundantes. En su tratado, De las buenas obras, de mayo ck' 1520, después de definir corno "la más noble de todas las buenas obras" el "creer en Cristo", afirmó la bondad esencial de los nego· cios y ocupaciones normales de la vida, y denunciÓ a aquellos que "limitan tan estrechamente las buenas obras que las hacen consistir en rezar en la iglesia, ayunar o cIar limosnas"ú Esta vindicaciÓn de la vida humana natural corno el mejor campo para el servicio de Dios, más bien que las limitaciones antinaturales del ascetismo, ha· bría de ser una de las contribuciones más importantes de Lutero al pensamiento protestante, así corno una de sus más significativas cles· viaciones de los conceptos antiguos y rnedievales.

La labor más importante de Lutero en el año l52O, y lo que le dió definitivamente derecho a ser consiclerado un caudillo reformista t'ué la preparaciÓn de tres obras ÍilIl('lamentales. El primero de estos tratados Íué publicado en agosto, y se titulaba A la nobleza cristian(l de la naciÓn a/e7na'na,3 Escrito con ardiente convicción, por un maes-tro del idioma alemán, pronto se clifuncliÓ por todo el imperio. De-claraba en él que habían siclo derribadas tres murallas tras las cuales el papado había fortalecido su poder. La pretendida superioriclacl del estado espiritual sobre el temporal es infunclacla, puesto que todos los creyentes son sacerdotes. Que la verdad del sacerdocio universal derriba la segunda muralla, a saber, la del derecho exclusivo del papa a interpretar las Escrituras; y también la tercera muralla, o sea la de que solamente el papa puede convocar un concilio reformatorio.

' Kidd, pp. 74.79.

2 Robinson, ReadMg,c, 2:6'l-68.

3 ']'raduei(lo íntegramente en Waee & Buehlleiln, I.u't.her',c Priniary WotL"$, pp. 17-92.

LOS GRANDES TRATADOS DE LUTERO 345

"Un verdadero concilio libre", para la reforma de la iglesia, debiera ser convocado por las autoriclacles temporales. Lutero procedió en· tonces a trazar un programa de acción reformadora, con sugestiones más prácücas que teológicas. Debían ser refrenados el mal gobierno, los rlombralnientos y los impuestos papales; las cargas gravosas debían ser abolidas; los intereses eclesiásticos alemanes debían ser colocados bajo un "Primado de Alemania"; permitirse el rnatrimonio del clero: reducidos los Ilulnerosísimos días Lestivos, en mterCs de la inclustri,i y la sobriedad; prohibirse la IneIl('lici(.la(l, inclusive la de las Órdenes nlEnclicantes; cerrarse los burdeles; reducirse el lujo; y reformarse la enseñanza teolÓgica en las imiversidacles. No es extraño que las obras de Lutero proclujeran un efecto profundo. El había cIado expresión a lo que todos los hombres sensatos pensaban desde hacía tiempo. Dos meses clespuCs, Lutero publicÓ en latín su Cautizn'dad babi-lÓ'nica de la /g/esia.,l en la cual se trataban cuestiones de la más alta importancia teológica y se atacaba sin pieclacl las enseñanzas de la Iglesia Romana. El único valor del sacramento, enseñaba Lutero, es el de testimonio de la promesa divina; sella o testifica el pacto cIado por Dios de uniÓn con Cristo y perdón de los pecados. Fortalece la fe. De acuerdo con las normas de las Escrituras, hay sólo dos sacra-' méritos, el bautismo y la Cena del Señor, aunque la penitencia tiene cierto valor sacramental corno un retorno al bautismo. Los votos monásticos, peregrinaciones y obras meritorias son sustitutos huma· nos del perdÓn de los pecados prometido gratuitamente a la fe, en el bautismo. Lutero criticaba la negación de la copa a los laicos, ponía en duda la tr¿msubstanciaciÓn, que sustituía por una teoría de coIlsubstanciaciÓn derivada de cl'Ailly, y rechazaba especialmente la doctrina de que la Cena es un sacrificio ofrecido a Dios. T..o.9 otros sacramentos romanistas: confirmaciÓn, matrimonio, orden y ex' trema unciÓn, no tenían valor sacramental según las Escrituras.

Una de las maravillas de la tempestuosa carrera de Lutero es que, conteniporáneamente con estos tratados intensamente polémicos. y mientras en Alemania se estaba publicando la bula papal en su contra, pudiera componer y publicar su tercer tratado de 1520, La libertad cristiana.2 Allí presentaba con serena confianza la paradoja de la experiencia cristiana: "Un cristiano es el más libre señor cIé todo, y no está sujeto a nadie; un cristiano es el más devoto siervo de tocios, y está sujeto a todos". Es libre, puesto que está justificado

l I.u'/.heT'b' rrinlaT1l WoTks, l')P, ]41-245. 2 Trad. east,, Buenos Aires: La Aurora, 1938.

Referencias

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