Loribelle Hunt - Serie Luna Hechizada - 03 - A La Tercera Va La Vencida!

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LORIBELLE

LORIBELLE HUNTERHUNTER

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TERCERA

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VENCIDA

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3º Luna Hechizada

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RGUMENTO

RGUMENTO

Gabby es una soldado de rango alto en el manada lupina de Redhawke y tiene un problema serio. De hecho, son tres: Los compañeros que se niega a reclamar, el lobo Ethan y el brujo Harris, y el celo sexual, que la lleva direntamente a la cama de ellos. No se puede luchar contra el celo. Todas las lobas experimentan el celo cada tres meses. Para Gabby, que lleva años negándose a aceptar a Ethan como compañero, cada vez es peor y peor.

Harris siempre la ha ayudado cuando entra en necesidad, pero ya basta. Sabe que los tres deberían estar juntos. Ethan lo sabe. Gabby es la única que se niega. Así que cuando vuelve a aparecer por su puerta vestida para matar y desesperada por sexo poco antes de que Ethan llegue, Harris decide que es hora de llevar las cosas al siguiente nivel. Quiere su confianza, su sumisión, su corazón y en su actual estado no está en condiciones de negarse. Le plantea un ultimatum: esta vez no será como en anteriores…

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Capítulo 1

Capítulo 1

―D

e acuerdo, de acuerdo, ya voy ―gritó Harris mientras se envolvía la toalla alrededor de las caderas.

Caminó por el centro del pasillo pero no alcanzó la puerta antes de que el timbre de la puerta sonara por cuarta vez.

No podía ser Ethan. Era demasiado temprano para su cita. Además, él solo tenía que entrar o usar su llave si la puerta estaba cerrada, la cual raramente lo estaba.

Harris casi arrancó la maldita puerta de sus bisagras cuando la abrió de golpe. La visión que recibió paró en seco sus siguientes palabras de enfado. Abrió la puerta y retrocedió para dejarla entrar.

Gabby.

Una soldado lobo y un gigantesco dolor en su culo, pero tío, la mujer sabía cómo llenar un vestido corto rojo. La ceñida tela se envolvía alrededor de sus curvas asesinas, sus pechos altos y plenos y un culo que a él le hacía la boca agua. El pelo castaño colgaba por sus hombros, enmarcando una cara más llamativa que bella. Pero eran sus ojos los que le podían cada vez. De un vivo marrón y expresivos.

No la había visto en tres meses y solo podía haber una razón por la que apareciera ahora. Ella le echó una mirada ardiente que confirmó sus sospechas.

―¿En celo otra vez, querida?

El ardor dio paso a una ira viva y afilada.

―¿Te estás quejando? Es la primera vez ―caminó hacia la entrada de la sala de estar, apoyó un hombro contra la pared y le envolvió la cintura con los brazos. El movimiento empujó sus pechos hacia arriba por lo que casi se le derramaron por el borde bajo del escote. Fue un movimiento calculado, jugaba sucio y ambos lo sabían. Su propia hambre empezó a hacerle hervir a fuego lento.

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No estaba seguro de quién era el gato o quién era el ratón, pero se le revolvían las tripas con este juego. Deberían ser enemigos. Magos y lobos no eran aliados, amigos o compañeros con derecho a roce.

Bien pensado, nada era como debía ser, hasta su presencia en Redemption, Florida. Él había sido desterrado de adolescente y había hecho su camino allí hacia territorio neutral.

Neutral o no, bordeaba la tierra de los lobos y una buena parte de sus residentes eran miembros de la vecina manada Redhawke. No había sido exactamente bienvenido con los brazos abiertos, pero se había ganado un lugar por sí mismo. A pesar de las dificultades, a pesar de siglos de animosidad entre su raza y la de ellos, Harris contaba a lobos entre sus amigos y amantes. Se había hecho un nombre como hombre honesto, ético y confiable.

Pero esa aceptación solo llegaba hasta un punto, y eso era parte del problema ¿verdad?

Gabby nunca se vincularía con él. Ella no quería dejarle acercarse tanto, pero confiaba en él cuando estaba en celo de una manera en la que nunca confiaría en un lobo. El apareamiento era un instinto que un lobo podría encontrar difícil de resistir con una hembra en celo, pero ella no creía que Harris pudiera crear un vínculo de compañeros debido a que él era de una especie diferente. Como él había estado satisfecho con su arreglo no la había desengañado. La primera vez que ella vino a él, hacía dos años, decidió solo disfrutar de la parte de ella que estaba permitiéndole compartir. Él decidió no presionar. No hacer requerimientos. No se había acercado a tomarla de la manera en que él querría. ¿Por qué? Porque los lobos no se apareaban con los magos.

Pero entonces las cosas empezaron a cambiar. Primero la Paladín de Redhawke ―la tercera en la jefatura― Liza, la única persona del planeta que Harris supiera que era mitad lobo y mitad bruja, se había apareado con su Alfa y Beta. Eso fue hacía un año, e incluso aunque Liza siempre había sido una parte de Redhawke y por eso se la veía más como lobo que bruja, aquello hizo que Harris empezara a pensar. Si ese apareamiento podía ser aceptado, ¿por qué no otros? Cuando él casualmente se lo mencionó a Gabby, ella se había alejado cinco meses. A su regreso, él había olido lo que quedaba de una poción que sabía que las hembras lobas utilizaban algunas veces para retrasar el celo. No había vuelto a mencionarlo otra vez, pero eso lo dejaba enfadado y resentido y se sentía ridículo por ello. ¿Quién se quejaba de sexo casual y sin ataduras con una mujer caliente?

―¿Tierra a Harris?

Se dio cuenta de que estaba mirando a la pared por encima de su cabeza mientras los recuerdos pasaban a través de él y cambió la mirada

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para estudiar su cara mientras continuaba pensando. Liza fue la primera y sus circunstancias eran especiales. Pero entonces llegó Harper, una bruja buscando asilo. No había pasado mucho tiempo antes de que uno de los soldados de Redhawke y su sanador la hicieran suya. ¿Por qué no podían dos brujas apareadas en Redhawke convertirse en dos brujas y un mago? Harris había dejado de pensar sobre eso hacía semanas. Sabía lo que quería.

―¿Harris?

Una mirada cruzó la cara de ella ―algo entre la inquietud y el miedo― que hizo que su cuerpo se acelerara con anticipación. Dejemos que

empiece el juego.

―Esto para mí no está funcionando.

Con sus palabras, su expresión se convirtió en una de irritación. ―Bien ―dijo ella, enderezándose―. Me iré.

―No he dicho que tengas que irte, cariño.

Él era tan bueno en conjuros y pociones como cualquier otro mago, pero no era eso lo que le mantenía alejado.

Usó su mente para cerrar la puerta delantera aún abierta y echar el cerrojo. La mirada de sorpresa en su cara era tan cómica que casi se ríe. Sonrió y ella le lanzó una mirada de odio.

―No tenía ni idea que pudieras hacer eso.

―Oh, puedo hacer toda clase de cosas ―interpreta las insinuaciones

como quieras, querida.

Unos pequeños dientes blancos mordieron su labio inferior. Él apenas se las arregló para no gruñir, recordando como se sentían sobre su piel.

―¿Cómo?

―Telequinesis ―él dio un paso hacia adelante y ella lo emparejó con uno hacia atrás―. Es un talento raro y el mío es más fuerte que la mayoría ―probablemente el más fuerte del mundo, pero ella no necesitaba saberlo aún.

―¿Puedes leer mentes? ―preguntó con curiosidad. ―No.

―¿Y qué puedes hacer a parte de cerrar y bloquear puertas?

Ah, su curiosa pequeña loba. La tenía. Con un lento movimiento de cabeza y haciendo un esfuerzo por no sonreír, le dijo:

―Deja que te lo muestre.

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―Pensé que decías que esto ya no estaba funcionando para ti.

Ella frunció el ceño, pero sus ojos estaban febriles y su mirada se dirigía a la erección que su toalla no hacía nada por ocultar. El calor estaba tomando el mando. Él le colocó un dedo bajo su mandíbula para levantarle la cara y así poder mirar sus ojos empañados. Profundos y del color del whisky, solo hablaban de sensualidad y necesidad.

Él sonrió.

―¿No crees que deberíamos esperar y hablar de eso más tarde?

―Oh, sí ―asintió ella con la cabeza, la lujuria tensaba su voz―. Definitivamente más tarde.

Fue hacia él, pero él la detuvo y le dio la vuelta. Mantuvo sus manos sobre sus hombros y se acercó a ella, la polla presionaba contra su culo mientras susurraba en su oreja—: Espera en la habitación. Ya sabes dónde está.

―¿No vas a venir?

Él deslizó las manos por sus brazos hasta los codos, las movió hacia sus caderas y la mantuvo quieta mientras él empujaba su pelvis hacia delante. Ella jadeó e intentó acercarse más. Él necesitó toda su contención para no permitírselo.

―Harris ―fue una súplica jadeante y él dejó que su deseo lo inundara con una caliente y seductora ola.

Sabía lo que ella quería. Una unión esporádica, poco exigente, muy vainilla. Pero estaba seguro de que eso no era lo que ella necesitaba. Eso podría satisfacer su cuerpo, pero no le daría la realización que anhelaba en su corazón y su alma. Él no era telépata ―no había mentido sobre eso― pero sentía sus emociones y sus más profundos secretos ocultos en un nivel psíquico. Secretos que ella probablemente ni siquiera conocía. La otra única persona a la que Harris podía leer tan bien era Ethan y Harris sabía que eso era porque ambos lobos eran suyos. Ethan lo aceptaba, pero no su pequeña y asustadiza loba. Ella requería persuasión y Harris estaba preparado para usarla del modo más sensual.

Soltándola, retrocedió y le azotó el culo.

―Vamos. Quiero que me esperes desnuda ―él miró hacia las medias de sus piernas. Era el momento de hacer algunas demandas para sí mismo―. Puedes dejarte los zapatos puestos.

Con una última mirada insegura por encima de su hombro, ella se dirigió pasillo abajo y desapareció dentro de su habitación. Él podía sentir un cierto nivel de tensión bajo su confusión. Como soldado de alto rango en Redhawke, el instinto de resistirse a su orden era solo reprimido por el

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deseo inundando su cuerpo. Escuchó una llave en la cerradura detrás de él y se volvió mientras Ethan entraba.

Ethan lo miró sonriendo.

―Me imaginé comida y una película primero, pero si quieres saltar directo al postre, juego.

Harris puso los ojos en blanco, pero eso solo fue un débil esfuerzo para ocultar su excitación.

―Ahora no.

Ethan cerró la puerta y se recostó contra ella con una gracia causal que engañaba a todos los que lo conocían. Era una imagen cuidadosamente cultivada. Era alto, delgado y musculoso y se veía más como un rico playboy que como un peligroso soldado. Pelo rubio oscuro con tentadoras mechas doradas le caían sobre los ojos y se apartó la pesada capa de greñas para clavar a Harris con una mirada verde esmeralda. Entrecerró los ojos y las fosas nasales llamearon. Esa máscara tolerante se deslizó solo un minuto mientras esperaba a Harris.

―Ella acaba de aparecer ―replicó Harris a la pregunta no formulada. Sabía que su amante lobo podía oler en la casa a la mujer que ambos querían. Había estado con Ethan el suficiente tiempo como para preverlo. Por lo general. Harris había medio esperado que Ethan se cuadrara y se largara. No lo hizo.

En su lugar una mirada adolorida cruzó su cara y murmuró: ―Esa mujer va a matarme.

Harris lo entendió como nadie más podría hacerlo. Él siempre había deseado ferozmente a Ethan y a Gabby. Quería tener derechos sobre ellos. Derecho a reclamarlos. Estaba ansioso y malditamente cansado de estar a un lado, y estaba completamente seguro de que Ethan se sentía de la misma manera. Gabby solo acudía a Harris cuando estaba en celo, pero ella solo acudía a Ethan cuando no lo estaba.

La mujer tenía serios problemas de compromiso.

Él miró a Ethan y sintió a través de su cuerpo la habitual lujuria desgarrada. Nunca se permitía fantasear con estar los tres juntos, pero las cosas estaban cambiando, ¿verdad?

―Le dije que este arreglo ya no estaba funcionando conmigo. Ethan le dio una mirada afilada recubierta de hambre.

―Y sin embargo, está en tu cama. ―¿Celoso?

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―Demonios, sí.

―Se lo dije, pero ella ahora no está exactamente en posición de pensar. Sería cruel por mi parte alejarla así.

―El celo. Pensé que olí su inicio ayer ―murmuró Ethan.

―Hmm. No se sabe a lo que podría estar de acuerdo en tal estado. Ethan parpadeó, entonces una lenta sonrisa curvó sus labios.

―Eso no es justo. Sigiloso. Furtivo. Me gusta.

Harris sonrió. Gabby no sentía ningún escrúpulo en jugar sucio. ¿Por qué debían sentirlo ellos? Además, todo valía en el amor y en la guerra y aquello era ambas cosas.

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Capítulo 2

Capítulo 2

Gabby intentó no obedecer la orden de Harris con demasiada rapidez, demasiado entusiasmo, pero le fue imposible. Estaba ardiendo. Desafortunadamente no podía culpar del todo al celo. Sus ansias se intensificaban cada vez que se acercaba a él. El corazón se le aceleraba como si acabara de correr una maratón, cerró la puerta tras de sí y se quedó mirando, sin moverse, la enorme cama de Harris. Tres adultos podrían compartirla cómodamente. Apoyándose en la puerta, cerró los ojos, bien apretados. Esta no era la primera vez que pensaba en el número de personas que cabrían en aquella cama. No era más grato ahora que entonces, especialmente cuando se acordaba de a quién invitaría Harris a unírseles. Ethan. El lobo que la provocaba, la tentaba, la irritaba y por lo general la volvía loca.

Sólo son las hormonas, Gabby. ¡Olvídate!

Maldito celo. Los hombres no tenían que sufrir esa humillación. A ellos no les tendían una emboscada sus hormonas cada tres meses, no se consumían por la lujuria. A veces la desesperación era tan grande que dolía. Las mujeres de la manada decían que no era tan malo si estabas emparejada.

De hecho decían lo contrario, que era increíble con un compañero. Gabby nunca lo sabría. No tenía intención de emparejarse. No solía funcionar para las mujeres fuertes de la manada, como su madre. Incluso Liza, que era un Paladín, tercera en fuerza y poder solo por debajo del Alfa y del Beta, constantemente luchaba contra los instintos de sus compañeros por dominarla.

No. Gabby preferiría estar sola a convertir su vida privada en un campo de batalla. ¿Entonces por qué estaba, ahora mismo, imaginándose a Ethan

y Harris en esa cama con ella? Peor aún, imaginándose estando en poder

de ambos, entregándoles el control total. Era solo el celo, ¡maldita fuera! Tenía que ser eso. Ethan la hacía subirse por las paredes el noventa por ciento de las veces, y a pesar del tiempo que pasaba con Harris durante el celo, apenas lo conocía. No se pasaban el tiempo exactamente hablando. Cuando él intentaba iniciar una conversación, ella hacía todo lo posible

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para mantenerla impersonal. ¿Por qué tentarse profundizando la atracción que ya sentía por él? Era mejor guardar una distancia emocional.

Con un gemido, fue a sentarse en el borde de la cama y puso la cara entre las manos. Nada de aquello la había detenido antes para tener sexo con él. Casi se levantó para marcharse, pero ¿a dónde iría? Era demasiado tarde para la mezcla de hierbas que aliviaría el celo, y de todos modos era peligroso usarla más de una vez al año. Si se fuera a casa, correría el gran riesgo de toparse con un macho que tal vez oliera su estado e intentara seducirla con todas sus fuerzas. Seguramente ella también cedería, no porque lo deseara, si no porque no podría luchar contra sus hormonas indefinidamente.

No, no lo haría.

Al menos no había falsas esperanzas de algo más con Harris. Pasarían juntos un par de días. Se sacaría esa mierda del cuerpo y se iría sin ataduras. Y qué si aquello estaba siendo difícil, bueno, la vida a veces era una puta mierda. Le echaría valor.

Tomada la decisión, se sacó los zapatos de tacón. A Harris tal vez le gustaran, pero a ella le apretaban hasta el punto de dormirle los dedos. Jadeó y los meneó cuando estuvieron libres, luego se puso de pie para sacarse las medias a medio muslo. Las arrojó y se apresuró a alcanzar la cremallera en el lateral del vestido cuando oyó los pasos en el pasillo. La cremallera bajó hasta la cintura antes de que se diera cuenta que había dos personas allí fuera. Contuvo la respiración, mirando cuando se abrió la puerta, pero ya sabía quién estaba allí. Su olor era igual de embriagador, igual de seductor que el de Harris. Rico y masculino. Con un ligero deje a bosque y dominación.

—No, por favor —susurró.

—Todavía estás vestida —dijo Harris.

Mierda no.

—¿Que hace él aquí?

—¿Suponías que hoy no tenía planes, querida? No es muy considerado de tu parte.

No lo había considerado ni de una manera ni de otra. —Deberías haber dicho algo. No quiero interrumpir.

¡Cielos! ¿Aquello era una nota de anhelo en su voz? Contrólate, Gabby. No podía tener sexo con ambos y esperar que no cambiara nada. Especialmente Ethan sería insoportable.

Había sacado a colación las relaciones y los compromisos más de una vez en el último año. Lanzaba indirectas pero nunca pronunció la temida

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palabra que empezaba por C. Compañera. Cada vez que él lo hacía, ella corría a toda leche en otra dirección.

Sin embargo ahora él le bloqueaba la huida, con una expresión que decía que sabía exactamente por dónde iban sus pensamientos.

—No interrumpes —dijo Harris. Dejó caer la toalla y a ella se le secó la boca.

—Te unes.

—Esto… —se humedeció los labios y arrancó la mirada de su polla. La necesidad pegaba fuerte en su vientre—. Mala idea. —Recogió sus zapatos pero Ethan no se movió de su posición bloqueando la puerta.

—Debería irme —dijo en voz baja—. Tengo que irme. —Lo que en realidad necesitaba era a uno de ellos moviéndose duro y rápido en su interior, pero si se enteraban, lo utilizarían para mantenerla allí. Para hacerlo realidad. Ella cerró los ojos, temiendo delatarse y respiró profundamente. Un error. Inhaló sus esencias hasta el fondo de sus pulmones. Ethan era masculino y amaderado, mientras que Harris era suntuoso y misterioso. Obtuvo una pista seductora de como se mezclarían con la de ella si se emparejaban. Frunció el ceño y respiró otra vez. Uno ya tenía una parte del otro. Harris y Ethan se pertenecían el uno al otro, aunque no pensaba que ellos se hubieran dado cuenta que ya era un trato cerrado. Abrió los ojos y miró primero a Ethan y luego a Harris.

—En realidad no pertenezco aquí —dijo ella, ignorando una punzada de arrepentimiento. No quieres esto, ¿recuerdas? ¿Dos odiosos alfas intentando controlar su vida? De ninguna manera.

—En eso estás equivocada —dijo Ethan tan bajito que incluso los sensibles oídos femeninos tuvieron que esforzarse para descifrar las palabras.

Y aún guardaba la puerta. Con mucha cautela mantuvo los ojos apartados de Harris, que permanecía desnudo a un par de pasos de distancia. No encontraría nunca la fuerza necesaria para salir de la casa si lo miraba, así que se concentró en Ethan.

—Déjame marchar. —¡Maldita sea!, la petición sonó más parecida a un ruego que a otra cosa. Si ahora mostraba cualquier debilidad hacia Ethan, él saltaría. Lo sabía y sospechaba que ella no sería capaz de resistirse.

—¿Adónde? —le preguntó con dureza, dejando caer esa fachada de playboy que la volvía loca—. ¿Dónde vas a ir? ¿Con otro? He accedido a esto por mi relación con Harris, ¿pero en serio piensas que dejaré que te entregues a otro hombre? —Había incredulidad en su voz pero apenas constatada. Por primera vez pensó que tal vez habría un modo de vencer al celo. La ira. Pura rabia sin diluir. De la clase que sólo se daría el gusto una loba acorralada.

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—¿Permitir? ¿Dejar? No respondo ante ti. ¿Quién coño te crees que eres? —Se acercó lo bastante para enfatizar sus palabras con un dedo en su pecho y debería haber tenido más juicio. Él la agarró por las caderas, con fuerza, apretándola y acercándola de un tirón. Los ojos que la miraban resplandecían amarillos, el minúsculo cambio parcial que indicaba que el lobo estaba más al mando que el hombre.

—Tu compañero —gruñó—. Eso es lo que soy.

Fue dicho con una posesión feroz, autoritaria y tan dominante. El corazón le retumbaba en el pecho, con fuerza y temeroso. Pero una secreta parte enterrada de ella estaba excitada. Ansiosa. Él tiró hacia arriba del dobladillo de su vestido y así dejó expuestas sus bragas, entonces deslizó las manos bajo ellas. Piel desnuda.

Todavía estaba furiosa pero su cuerpo, su loba, conocía el tacto de ese hombre. Sabía lo bien que se sentiría si se dejaba ir. Pero dejarse ir con un macho dominante era equivalente a ceder. Someterse. Si lo hacía una vez, él lo esperaría siempre. En especial si lo hacía ahora, mientras estaba con el celo. Él esperaría que adoptara el papel de sumisa y no sólo en la habitación. Esto cambiaría toda la dinámica de su relación de una manera que ni ella ni su loba aceptarían. Sin embargo, saber todo eso no cambiaba su anhelo secreto ni un poquito.

Forcejeó para soltarse, pero fue un intento desganado y ambos lo sabían. Ethan no la soltó y por el rabillo del ojo vio a Harris ponerse detrás de ella. La erección presionó contra su trasero y no sabía si debería gemir o gritar. Eran insistentes y ella, débil. Podía resistir el tirón que sentía hacia Ethan la mayoría de las veces pero no podía luchar contra el celo o la atracción que sentía ahora por ambos. Su habitual armadura emocional era inútil con esta necesidad rabiando a través de ella. El único recurso era rogar. Dejó las manos planas sobre el pecho de Ethan y lo miró a los ojos.

—Suéltame. No me hagas esto, Ethan. Por favor. Sabes lo que pasa con las hembras dominantes cuando se emparejan. No quiero convertirme en esa mujer. —Él parecía atónito ante su admisión y un poco dolido.

—Gabby. Nena. Sabes que ahora no puedo alejarme.

Porque de un modo indirecto, ella lo había admitido ¿no? Admitido que sabía que era su compañera, que había estado luchando contra el vínculo durante lo que parecía una eternidad. Ella echó la cabeza hacia atrás contra el pecho de Harris y Ethan alzó el brazo para apartarle el cabello del rostro. Tal vez ellos se dormirían y ella podría escabullirse más tarde. Correr rápido y lejos. Con la distancia suficiente, tal vez podría liberarse. Era fuerte y capaz. Otra manada la aceptaría.

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—Y no son todas las hembras dominantes. Liza no es exactamente una sumisa. No creo que sepa como someterse.

—Y esto es un problema constante. ¿Con cuantas riñas te has topado? —le preguntó.

Ethan ya no parecía preocupado. En cambio, sonrió.

—Una vez le pregunté a Zach sobre eso. —Zach era el Beta de la manada—. Dijo discutir es divertido porque luego tienen que compensarla.

Ella frunció el ceño. —Eso es una idiotez.

—Pero es seguramente el único modo que Liza les permita ocuparse de ella. Mimarla.

—Todavía más idiota. ¿Toda esa contienda, solo para ceder?

—Tal vez —le dijo Harris al oído—, deberías preguntarle a Liza como lo siente ella.

—Yo lo odiaría —rezongó ella. Harris se rió.

—Tú no eres ella y nosotros no somos ellos. ¿Qué te hace pensar que nuestra relación sería parecida a la suya?

¿Nuestra relación? Ella quería señalar que él estaba dando mucho por sentado. Seguía sin estar de acuerdo con cualquier tipo de relación con ninguno de ellos en su estado actual. Pero el punto de no retorno se acercaba rápidamente. Necesitaba salir de esa habitación, salir de esa casa. Aunque admitía que seguramente ya no tenía la fuerza para irse.

La polla de Harris todavía presionaba con insistencia contra su trasero y Ethan había movido sus manos para acunarle los pechos. A ella le estaba costando centrarse en una sola idea. Su excitación estaba creciendo y no quería pensar, no quería discutir. Sólo quería sentir. Alimentar las ansias.

Quería ser usada y correrse tantas veces como para perder la cuenta. Hasta que ya no pudiera pensar más.

Ethan le deslizó los tirantes del vestido por los brazos y lo bajó hasta su cintura. Se inclinó y dejó caer besos sobre la parte superior de uno de sus pechos, luego el otro, antes de meterse un pezón en la boca.

Su toque era suave, ligero. Una caricia. Tomó el pecho opuesto en la palma de su mano, rodeó el pezón con los dedos y lo apretó. Ella jadeó. Las sensaciones combinadas de ternura y dureza eran más seductoras de lo que se habría imaginado. La debilidad la barrió y se colgó de los hombros de Ethan, segura de que se derretiría en un charco a sus pies en cualquier momento.

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Harris tampoco estaba quieto. Le bajó las bragas por las piernas y le levantó cada pie antes de bajarle el resto del vestido. Cayó, apiñándose a sus pies. Harris deslizó las manos subiendo por el interior de sus muslos y le dio ligeros golpecitos hasta que ensanchó la postura. Con los dedos pasó rozando sobre su sexo, una y otra vez con un ligero ritmo acariciante que la hizo jadear.

Extendió los labios de su sexo y empujó un dedo dentro de su coño. Estaba avergonzada de lo húmeda que ya estaba, pero ahora no podría marcharse ni aunque le pagaran. Un dedo se convirtió en dos y él la acarició, girando la mano con cada retirada y empuje de sus dedos, rezagándose sobre su punto G.

Al mismo tiempo, Ethan le succionaba más fuerte. Estaba anegada por las sensaciones, los sentimientos que se negaba a reconocer y el celo con el que no podía luchar realzando el placer. Su orgasmo fue feroz y repentino. Gritó cuando la consumió y la dejó temblando y aturdida en su estela. Alguien la llevó a la cama pero no abrió los ojos para ver quién hasta que bajaron a cada lado de ella. Miró al techo e intentó calmar el rápido latido de su corazón. Sonrió cuando unas manos se movieron sobre ella. Explorando. Exigiendo. Bueno, había deseado sentirse usada ¿no?

—¿Qué es tan divertido? —murmuró Harris, moviendo los labios sobre su cuello, bajando por su clavícula y luego girando para mordisquear la piel sensible de la parte interior del brazo. Ethan la puso de lado y así, de cara a él, le levantó la pierna sobre su cadera.

—Nada —jadeó cuando la erección de Ethan se posicionó en su entrada —. Nada de nada. —Él rodó de espaldas sentándola a horcajadas sobre sí y, agarrando con las manos las caderas femeninas, la subió y bajó sobre su polla. Los primeros movimientos fueron muy lentos y cuidadosos. Ella se puso más resbaladiza en torno a él, su coño apretando cada vez que él intentaba retirarse. Al final su control pareció partirse, como si se hubiera provocado a sí mismo más allá de su aguante. Nunca había visto a Ethan perder el control.

Sonó un gruñido grave en su pecho y, en vez de aterrorizarla, aquello la excitó. La volvió loca. ¿Por qué no devolver el favor?

Se puso la mano en el centro del pecho y como quien no quiere la cosa se la fue bajando por el cuerpo. Los ojos de Ethan, brillantes y enfebrecidos, siguieron el movimiento, hipnotizándola. ¡Joder, sí! Podía hacerle arder tanto como ella. Se detuvo en la pelvis y alargó un dedo para darse un golpecito en el clítoris, observando mientras sus ojos cambiaban hasta un amarillo neón. Había despertado al lobo.

—Hazlo otra vez —le ordenó—. Ábrete y así podré mirar. —Aquello debería haberla cabreado. Nunca dejaría que él o Harris tuvieran el control en la cama. Aquel era el primer paso de un largo y lento descenso. Esto

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debería haberla enfadado pero no lo hizo. La electrizó, incrementó su excitación a un punto que jamás había experimentado. El celo. Tenía que

ser el celo. Sabía que era una mentira pero no tenía la fuerza para

engañarse de nuevo. Ni siquiera quería.

Utilizó una mano para extender los labios de su sexo. Con la otra, pasó un dedo sobre el clítoris. Harris gimió y ella miró al otro hombre. Se había olvidado que estaba allí pero era imposible olvidarse de él ahora. Se agachó de rodillas al lado de ellos con la mirada fija en las manos de Gabby. Con la mano se rodeaba la polla, acariciándola arriba y abajo casi lánguidamente.

Se frotó el clítoris con el dedo otra vez. Y otra. Ethan gruñó y la folló con más fuerza, Harris, con los ojos ardiendo por la pasión, se puso en posición detrás de ella. Le apretó el culo, luego le abrió los cachetes y empujó un dedo contra la entrada trasera. Su corazón ya acelerado, se sentía como si fuera a explotarle en el pecho. ¿Podría con ambos a la vez? La fantasía arraigó en su mente y se frotó el clítoris más fuerte, más rudamente, hasta que sintió su cuerpo tensarse con otro orgasmo. Se quedó inmóvil cuando el placer la barrió. El grito del orgasmo de Ethan solo incrementó su satisfacción pero no tuvo tiempo de disfrutarlo.

Harris la levantó y la colocó sobre sus manos y rodillas al lado de Ethan, que se incorporó y la besó, con un beso profundo y largo. Fue un beso concienzudo e intenso. Se sintió marcada y por un momento la asaltó el pánico. No estaba lista para ser reclamada. Como si notara sus recelos, Harris empujó dentro de su coño desde atrás y fueran cuales fueran sus pensamientos se desvanecieron en una nube de lujuria renovada.

Cerró las manos sobre las mantas mientras él se movía en su interior. Sus golpes eran profundos y poderosos, las manos que la mantenían sujeta eran fuertes y candentes. Nunca había estado con él así antes. Nunca había perdido el control, nunca había sido rudo. Nunca había sido todo dominación y macho alfa con ella. Eso la asustó un poco porque le gustaba. Le gustaba mucho.

¿Eso era lo que Harris quiso decir cuando comentó que su arreglo ya no funcionaba para él? ¿Era tan simple como que quería cambiar la naturaleza de sus encuentros sexuales?

Seguramente.

Pero aquello no explicaba qué quería Ethan. Los observaba con ojos avariciosos pero no se les unió. Con las manos en torno a su polla ya dura de nuevo, dándole tranquilas y perezosas caricias. Una perla de semen estaba en la punta y ella estuvo tentada a inclinarse hacia delante y lamerla. Él le ofreció su evidentemente sexy y traviesa sonrisa

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Las caricias de Harris se atenuaron, se suavizaron. Ella se humedeció los labios. De repente deseaba tanto probarlo como deseaba que Harris le golpeara en su interior. Asintió, y él se colocó de rodillas, situándose frente a ella. Asintió y él se alzó de rodillas, colocándose frente a ella. Gabby respiró profundamente, inhalando el aroma hasta sus pulmones, luego se inclinó hacia delante para lamer la gota. Salada y ácida. Puro macho. Succionó la punta de la polla en su boca, pasó la lengua sobre el orificio y fue recompensada con otra gota.

Él enredó el pelo femenino en su mano y tiró de ella hacia delante. Una exigencia muda pero una exigencia al fin y al cabo. Ella no estaba cediendo. De ninguna manera. Pero decidió que podía satisfacer la necesidad del hombre y tal vez vengarse un poco por exceder sus límites mientras estaba en ello. Le agarró la base con una mano y empezó por el orificio, lamiendo al bajar por su miembro. Se tomó su tiempo, explorando cada vena, bulto y cresta. Luego lo rozó ligeramente con los dientes en la parte inferior de la punta.

Con un gruñido grave, él movió las caderas bruscamente hacia delante, la mano en su cabello ahora la agarraba con fuerza. Si no estuviera tan consumida por la misma lujuria, se habría reído ante su impaciencia y por la habilidad con la que lo hacía.

Pero provocar que él acabara era la misma tortura para ella. Decidió ceder un poco. Tomó la punta en su boca, la chupó ligeramente mientras pasaba la lengua sobre el orificio, una y otra vez, juntando el presemen que se derramaba. Luego lo tomó más hondo en su boca. Le pasó la lengua por la parte inferior de la polla, cubriéndolo con sus propios fluidos. Él intentó meterle prisa, así que cuando inclinó la cabeza hacia atrás utilizó los dientes. No mucho. Justo lo suficiente para advertirle que se quedara quieto. Tuvo el efecto contrario.

Ethan gruñó.

—Para de provocar, Gabby.

Aquello fue definitivamente una orden, pero en vez de ira y resistencia, la encendió. No tenía ningún sentido, pero no tenía suficientes células cerebrales activas para pensar en ello ahora mismo. Harris empezó a empujar dentro de ella otra vez, y sus dedos le apretaron el clítoris. Gabby jadeó y cuando lo hizo, Ethan empujó en su boca. Incluso con una mano todavía alrededor de la base de su polla, le tocó el fondo de la garganta. Luchó contra el impulso de tener arcadas. Luego él empezó a moverse y la arcada desapareció. Al mismo tiempo sentía los duros y rápidos golpes de Harris mientras seguía frotándole el clítoris con sus ásperos dedos.

No había modo de que pudiera durar, ni manera de retardar el orgasmo que crecía en ella. Apretó el agarre sobre Ethan. Parte de ella sabía que probablemente era lo bastante fuerte para lastimar el órgano sensible,

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pero a él no parecía importarle. Con un grito se corrió en su boca pero la apartó antes de que pudiera tragar más que unas pocas gotas de su semen. Él alargó el brazo debajo de ella, encontrando sus pechos y pezones. Los acarició. Era una combinación exquisita de dolor y placer. Unido a Harris machacando en su interior y la atención en su clítoris, desató el orgasmo que se formaba en su cuerpo. Gritó y sus músculos se agarrotaron. Harris, gimiendo, la folló hasta que también se agotó, más silencioso que el suyo y el de Ethan, pero su gemido no menos gratificante al saber que ella también había participado.

Los tres se derrumbaron sobre la cama. Harris masculló algo sobre una ducha y unos segundos después, oyó correr el agua. Mantuvo la cara presionada en la almohada y se negó a moverse cuando uno de ellos le dio una cachetada en el culo. ¡Como si pudiera moverse! ¿Habían fumado crack o qué? Ni hablar. Se quedaría allí disfrutando de los efectos secundarios del buen —vale, increíble, espectacular— sexo. No pasaría mucho rato antes de que recuperara la energía y el celo se apoderara de ella. Aunque nunca había experimentado algo así. Gimió. Mejor que no se les metiera en la cabeza que esto iba a ser un arreglo habitual. No pensaba que sobreviviera.

El agua se detuvo y unos minutos después Harris la molestó hasta que se deslizó debajo de las mantas. Entonces la luz se apagó y la dejaron sola. Pero seguramente no durante mucho rato, esperaba, mientras se quedaba frita.

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Capítulo 3

Capítulo 3

E

than caminó por la cocina. Adelante y atrás y vuelta a empezar. Echó un vistazo a la pared trasera por enésima vez, deseando poder ver a través de ella, preguntándose si todavía estaba dormida. Debería sentirse más calmado. Debería estar bajo control. Pero estaba tensísimo. El olor de ella lo empapaba todo.

Normalmente era dulce y embriagador, pero estando en celo era algo más. Rico, picante, irresistible. Lo estaba volviendo loco. Sentía a su lobo luchando, buscando libertad, exigiéndole que la reclamara. Que la marcara. No era de extrañar que ella se hubiera mantenido alejada de él cuando llegaba su celo.

—Vas a hacer un agujero en el suelo —dijo secamente Harris.

Él se giró de golpe, con las manos apretadas en puños a sus costados. Harris estaba reclinado sobre una silla, relajado, con una ceja levantada como preguntando mientras Ethan luchaba por controlar su lobo. No es que estuviera celoso exactamente.

Sabía ya desde hacía un par de años que si Gabby alguna vez cedía, la compartirían. Pero saber eso no detenía su posesividad. Ella estaba en celo y era su compañera, pero seguía sin ser reclamada. Por poco se arranca la lengua de un mordisco para no marcarla. Tal vez su intensidad menguaría después de que lo hiciera.

—Eso está bastante fuera de lugar.

Joder, cuánta razón. Él no se inmutaba por ninguna mujer, ni por Gabby. Había sido duro, pero incluso de adolescente, ella era feroz e independiente, determinada a no aceptar jamás un compañero. Él se había entrenado a sí mismo para no sentirse demasiado concentrado en ella, porque sabía que era improbable que lo aceptara en su vida como debería ser. Ahora, de todos modos, todos esos duros años de entrenamiento, de negarse a sí mismo, parecían haberse desvanecido.

—Llevo años sabiendo que es mía. Creo que siempre lo he sabido. — Jamás antes se había sentido dividido entre Harris y Gabby, y tampoco ahora. No era raro en el mundo lupino tener dos compañeros. Era algo que

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sus lados lobunos ansiaban, ser parte de una manada privada dentro de otra más grande. Había reprimido ese deseo durante años pero no estaba seguro de si sería capaz de volver a encerrarlo.

—Ya lo he captado —dijo Harris—. Entonces, ¿por qué te está costando tanto luchar contra eso ahora?

—Siempre supe también que era improbable que ella aceptara a un compañero. Aprendí a vivir con ello.

—¿Y?

—Ella no ha aceptado. Todavía puede no hacerlo y va a ser malditamente difícil volver a ser indiferente sobre el status quo de la cosa.

Aquello finalmente logró una reacción del mago. Sus ojos se entrecerraron.

—Yo no pienso volver a atrás después de esta noche.

Ethan se imaginó que su sonrisa era tan amarga y frustrada como la voz de Harris. Querían lo mismo, pero sin importar lo mucho que deseara a Gabby, no haría nada que la hiriera. No permitiría que la hirieran aunque eso significara ir contra Harris.

—No la puedes forzar a que te acepte. Si lo intentas, te encontrarás luchando contra los dos.

Harris no se ofendió. En vez de eso sonrió.

—Tenía otra cosa en mente. —Sus palabras parecieron romper el encanto bajo el que estaba Ethan y se detuvo a examinar ese increíble pensamiento. Tenía cierto sentido. Los hombres lobos eran creados por magia, así que el emparejarse y el celo debían contener alguna clase de magia, ¿no? Apartó con un movimiento de cabeza esa idea —en ese momento no era algo importante— y se sentó.

—¿El qué?

—Persuasión, seducción.

Levantó una ceja. ¿Harris iba en serio?

—Ya la he seducido antes. Mira a dónde me ha llevado.

—Tú te la has camelado para meterte en su cama. Yo hablo de meterse en su cabeza y su corazón, Ethan.

Bufó.

—No me deja acercarme tanto. Y a ti tampoco. ¿Cómo propones cambiar eso? —Con una sonrisa que Ethan sólo pudo describir como diabólica, Harris se levantó y caminó hacia una de las cajoneras. Ethan se unió a él cuando empezó a sacar cosas. Sabía lo que se guardaba ahí.

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Ver las botellas le ponía incómodo. Una cosa era saber que tu amante era un mago. Otra era que te lo estamparan en la cara.

—¿Qué pretendes? No me digas que las pociones de amor son reales. Un lado de la boca de Harris se alzó formando una sonrisa sexy.

—Lo son, pero no es eso lo que estoy preparando. Esto es más bien una poción de “ábrete a nuevas posibilidades”.

—¿No le hará daño? ¿No irá en contra de su voluntad? —preguntó duramente. Le afligía usar magia contra su compañera. Era un lobo, enemigo natural de los usadores de magia, pero a pesar de su relación con Harris y las brujas de Redhawke, apenas la veía en uso. No era supersticioso sobre ella, pero le ponía nervioso. Se sentía casi como engañar.

—Yo jamás le haría daño. Lo sabes —bramó Harris—. Mira, no propongo que se la demos sólo a ella. Eso no sería justo, ¿no?

Ethan se rió.

—No se la tomará si lo sabe.

—Nop. Y no lo sabrá. Así que la tomaremos todos. —Y no se lo diremos.

—Pero la tomaremos todos. ¿Tienes una idea mejor?

Dioses. No debería ni estar considerándolo. Era algo que acabaría mordiéndoles el culo, ¿a que sí? Harris mezcló los líquidos mientras Ethan lo meditaba. Era una idea mala, muy mala y lo sabía.

—No vamos a jugar con sus emociones —dijo Harris suavemente—. No es una poción amorosa o un hechizo de odio. Infiernos, puede que ni siquiera funcione con lobos.

Pero puede que fuera su única oportunidad. Harris no tuvo que decir las palabras. Ethan ya lo sabía. Gabby se había resistido a cualquier relación con ellos más allá del sexo durante tanto tiempo que necesitarían un puente para romper sus defensas. Compartirla mientras estaba en celo era un buen comienzo —la oportunidad de mostrarle lo bien que podían estar juntos en el plano físico— pero no sería suficiente para hacerla abrir su corazón. Era demasiado testaruda. Demasiado obsesionada con mantenerlos a un brazo de distancia. Harris terminó la mezcla y guardó todo en su sitio.

Harris sonrió.

—La sacaremos a cenar. —Vertió el líquido en una botella vacía, le puso un tapón y se la metió en un bolsillo.

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Harris llevó el pequeño bol que había usado hasta el fregadero, abrió el grifo del agua y lo aclaró. Se movió tranquilo, una gracia cómoda. Para nada como un hombre al que habrían pillado con las manos en la masa cinco segundos antes.

—Nada.

Ethan contuvo la respiración y se giró hacia ella, deseando malditamente no parecer tan culpable como se sentía. Era tan bonita. Y tan endemoniadamente cabezota. Se la veía despeinada y bien follada. Prácticamente brillaba de satisfacción. Su polla inmediatamente tomó nota, doliendo, dura como el acero desde el momento en que sus velados y lánguidos ojos se fijaron en los suyos.

—Estábamos hablando sobre la cena. ¿Qué te parece ir al pub? —Se obligó a decir, luchando con la lujuria que le recorría el cuerpo.

Podían ir al único bar con cocina de la ciudad, localmente llamado “el pub”, o conducir hasta la siguiente ciudad. Ethan preferiría regresar a la cama, pero tenía que hablar con ella primero, y ya se había puesto el vestido y las medias, los zapatos pendían de su mano. Ante la mención de comida, sus ojos se iluminaron.

—Podríamos preparar algo sencillo aquí —dijo ella. Claro. Porque salir a algún sitio a comer podía parecerse demasiado a una cita. Eso violaría su norma de “no te acerques demasiado”. No nena, esta vez no. No iba a ser desestimado tan fácilmente. Había probado lo que podía llegar a ser y aquel mordisquito no había sido suficiente. Le había dejado ansiando más. Podía ser que Harris tuviera razón sobre la poción. Si la hacía abrirse a las posibilidades de una relación real con ambos, entonces con suerte el siguiente paso sería aceptar vincularse con ellos. Podía ser una esperanza vana, pero se aferraría a lo que pudiera.

—Tendríamos que ir a la tienda de alimentos. El pub está más cerca — señaló Harris—, y los filetes son muy buenos. Podríamos ir y ahorrarnos una pila llena de platos sucios.

Ella no se veía contenta con eso, pero finalmente asintió, su reluctancia fácil de leer.

Doblando la cintura, se ató los zapatos y su cabello cayó suelto a su alrededor. El recuerdo de estar sujetando aquel cabello, de empujar en su boca, le cruzó por la cabeza. La cena podría esperar. Dio un paso adelante, pero ella ya se estaba enderezando y moviéndose hacia el pasillo, hacia la puerta de entrada. Harris le sonrió, con conocimiento en sus ojos y la siguió.

Ethan oyó abrirse la puerta principal junto a un murmullo de voces. —Vamos —le llamó Harry y con un gruñido, Ethan los siguió.

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Tan pronto como salieron supo que tenía problemas mayores que meterse en las bragas de Gabby. Ella y Harris estaban en la acera hablando con un vecino. Un vecino lobo macho. No importaba que Ethan supiera que el lobo estaba felizmente emparejado y que era lo suficientemente mayor para ser el padre de Gabby.

El hombre estaba hablando con su compañera, sonriendo y bromeando con ella, su compañera. Años de frustración contenida y de negación se liberaron de golpe y rugió, bajo y violento. Gabby dio un preocupado paso hacia él, poniéndose entre medio de Ethan y su presa. Eso le jorobó todavía más. ¿Qué pretendía hacer, protegiendo a un macho?

Ella se detuvo a pocos centímetros y alargó la mano para colocar su palma sobre su corazón. Latía asalvajado, rápido, amenazando con arder en su pecho, y sus ojos se abrieron de par en par y las aletas de su nariz se ensancharon para tomar su olor, sus emociones.

—Si no estuviera tan adolorida, me iría a casa ahora mismo.

Sus palabras detuvieron el gruñido como si le hubieran bañado en agua congelada. Descansó sus propias manos sobre los hombros de ella y buscó en su rostro.

—¿Te hemos hecho daño? Ella puso los ojos en blanco. —Otra clase de dolor.

Se debió notar su confusión. Ella continuó, a regañadientes.

—Duele. El celo. La necesidad. Te estruja por dentro y sólo hay una manera de aliviar la presión —acabó, amargamente.

Él respiró su esencia profundamente y supo que le decía la verdad. Levantó su mano y le acarició la mejilla con los nudillos.

—Podemos volver a dentro —dijo lo suficientemente suave para que los otros no pudieran oír. Era la promesa de alivio que ella buscaba, pero meneó la cabeza, negando.

—Me estoy muriendo de hambre. No he comido hoy.

A él se le erizó el pelo, amenazando con dejar sueltos sus feroces instintos protectores de nuevo. Ella era suya. No le gustaba que no se cuidara y si no iba a hacerlo, él lo haría por ella.

—¿Por qué?

Por encima de la cabeza de ella vio que el vecino se iba y le tomó la mano y tiró de ella hacia él.

Ella se encogió de hombros pero no intentó liberarse y él ocultó una sonrisa. Finalmente, un progreso.

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—Me imagino que estaba demasiado inquieta. Nada parecía atrayente. —¿Es normal? —preguntó Ethan mientras Harris se colocaba al otro lado de ella—. ¿No come cuando viene a ti?

Él ignoró el sonrojo de la vergüenza de ella por la pregunta y Harris meneó la cabeza.

—No en las primeras veinticuatro horas. A veces después de eso.

Interesante. Ethan nunca había oído que el celo matara el apetito de comida, pero ¿cómo iba a hacerlo? La única mujer a la que habría tocado en ese tiempo siempre lo alejaba, así que jamás se había preguntado lo que sería normal o no.

—¿Ya casi se ha acabado, entonces? Lo digo porque ya puedes comer. —La idea lo incomodaba. Quería tener un par de días de sexo apabullante. Eso podría ayudar a ablandarla cuando no la tuvieran en la cama. Podría convencerla de darles una oportunidad.

Ella frunció el ceño.

—No voy a tener tanta suerte —murmuró antes de continuar con voz más firme—: Esto es el principio. No tengo ni idea de por qué tengo hambre de repente. No debería.

Él le echó una mirada, meditando en lo poco que sabía. Estaba en celo así que era fértil, pero incluso si la preñaban, su cuerpo no se ajustaría a esas necesidades en poco tiempo.

Además ella habría dado pasos para prevenir un embarazo antes de ir a Harris. Los lupinos jamás usaban condones. Eran inmunes a las enfermedades que plagaban a la humanidad y los embarazos podían prevenirse con una sencilla mezcla de hierbas. Sólo había otra explicación para su inesperado apetito. Dudó en mencionar el tema pero...

—Antes no habías estado con tu compañero durante el celo.

En respuesta recibió una mirada de enfado y ella se cubrió el cuello con las manos, como si tuviera miedo que de él la hubiera marcado y no se hubiera dado cuenta.

—Dudo que sea eso —gruñó—. Y que no te den ideas. Esto no es un arreglo permanente.

Seh, ya lo veremos. Intercambió una mirada con Harris y supo que

estaba pensando lo mismo. No tenían intención de dejar que se marchara. Les pertenecía a ellos tanto como ellos le pertenecían a ella. Volver a las cosas como estaban causaría un dolor profundo en su alma del que dudaba poder recuperarse. Así que lucharían por ella. Era una lucha que no podía pensar siquiera en perder.

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Aunque como no quería que ella se enfadara tanto que se largara antes de poner su plan en marcha, sólo asintió. Para entonces ya llegaron al pub y él se obligó a entrar. Ya los podía oler. Hombres. Jóvenes, viejos, disponibles y no, y bajo aquello, clavándose en su mente, el olor de Gabby. La intensidad del celo.

Era una mala idea, pero ella entró antes de poder detenerla. No tuvo otra opción excepto seguir. Sólo los hombres lobo alzaron la mirada al entrar ellos y aquellas miradas se detuvieron sobre Gabby durante un momento. ¿Cuántos sabrían que estaba en celo? ¿Cómo diablos iba a controlar sus instintos lobunos de agarrarla, echársela al hombro y pirarse de allí?

Ella no le dio opciones. Su mirada barrió el atestado lugar y se detuvo en un reservado en la pared de atrás. Él siguió, se las apañó para devolverle un sí con la cabeza al camarero mientras pasaba y tomó asiento con la pared a su espalda. Harris se sentó frente a él y con Gabby a su izquierda, expuesta a la sala. Se tragó un gruñido y dio empujoncitos a la chica para que se levantara. Se pondría junto a la pared donde él la pudiera proteger. Cuando estuvo de pie, lo miró fijamente y fue de todo menos amigable.

—Voy a decirle hola a Harper. Pedidme una cerveza, ¿vale? —Se fue antes de que él pudiera protestar y Harris le agarró del brazo para que no pudiera seguirla.

—Ella está bien —dijo suavemente mientras una camarera se acercaba y colocaba tres jarras. ¿Era bueno o malo que los conociera tan bien que anticiparan su pedido de bebidas? Una vez se fue, Harris sacó la poción de su bolsillo y puso una cantidad idéntica en cada cerveza. Devolvió la botella a su bolsillo y levantó el vaso, dirigiéndolo a Ethan—. ¿Listo?

Ethan no estaba tan dispuesto, pero tomó la bebida al mismo tiempo que Gabby regresaba. Esta vez la metió en la parte interior del reservado pero le dio la sensación de que le estaba dejando hacer y no aceptando la protección de un compañero. La camarera regresó a por su pedido y todos ellos bebieron. Él no respiró tranquilo hasta que, ya casi acabada su bebida por completo, ella pidió otra cerveza. No había manera de que se librara de beber toda su parte de poción.

Todos comieron la comida mientras charlaban, nada de importancia, pero aquello lo llenó con una gran sensación de satisfacción incluso mientras sentía que el celo en Gabby aumentaba, más rápido y más fuerte, hasta que fue abrasador.

Harris pagó antes de que acabaran y tan pronto como ella se comió el último trozo de bistec, Gabby se levantó.

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Nadie se entretuvo con nada y eso fue malditamente bueno. Mucho más tiempo y él la tomaría sobre la mesa, demostrando su poder sobre ella y mostrando a todos que ya estaba reclamada.

Afortunadamente no llegaron a semejante demostración pública de descontrol. Probablemente ella le arrancaría los ojos si lo intentara. Dejó que se le escapara una sonrisa mientras la seguía. Tal vez debería probarlo. Sospechaba que la resultante confrontación sería tan caliente como el infierno.

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Capítulo 4

Capítulo 4

G

abby marchó primera de vuelta a casa de Harris. Si tuviera algún sentido común, llegaría hasta allí, se metería en su coche, y conduciría como una loca. Pero a pesar de saber lo que era mejor, no podía, y ni siquiera podía echarle la culpa a estar en celo. Sentía curiosidad. Estaban tramando algo. Algo sutil y tortuoso y tenía la tremenda sospecha de que sabía lo que era. Una vez ya en la casa intentaron apresurarla en dirección al dormitorio. Su lívido estaba más que de acuerdo, pero no hasta que obtuviera algunas respuestas.

Caminó hacia la sala de estar y se sentó en el sofá.

—Así que... ¿qué me habéis puesto en la cerveza? —le preguntó a Harris y luego se giró hacia Ethan—. ¿Y cómo coño se te ocurrió estar de acuerdo con eso?

—¿Cómo lo has sabido?

La confirmación la cabreó pero el sentimiento de traición fue mucho peor. Les había confiado su cuerpo en el momento en el que era más vulnerable. Su lado lobuno le arañaba en la mente, furioso y agresivo. Estaba mucho más enfadado que la mujer. Entendía perfectamente que su fe había sido violada.

Gabby luchó contra la urgencia de explotar, luchó por mantenerse calmada cuando en realidad quería gritar. Esto era exactamente lo que tanto se había esforzado por evitar, dejarse vulnerable a dos hombres que creían que tenían el derecho de gobernar su vida. De tomar las decisiones por ella.

—¿Qué era? —preguntó sin entonación.

Ambos tuvieron la bondad de mostrarse culpables y contritos, lo que calmó su lobo un poco, pero el sentimiento de traición siguió ahí. Amenazaba con dominar su enfado.

—No es nada malo. Todos lo hemos tomado —dijo Harris, revolviéndose bajo su mirada airada justo antes de que su expresión cambiara a una más resoluta—. Suelta un poco las inhibiciones.

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—Prueba otra vez, guapito.

—Es eso, de verdad. Eso... te hará abrirte a nuevas posibilidades un poco más.

Le creyó, pero tenía que haber algún truco, algún engaño que no encontraba.

—Ya he estado con ambos —señaló—. No creo que las inhibiciones sean un problema.

Él se encogió de hombros y su voz fue dura cuando habló.

—Por ahora. ¿Qué pasará cuando se acabe el celo? ¿Desaparecerás? De repente el celo se retiró por completo, y se sintió fría.

—¿Es alguna clase de poción de amor? —dijo entre dientes.

No, no podía ser. Esa era su peor jodida pesadilla. Se negaba a estar tan cerca de ellos. Se negaba a amarlos. Todo cambiaría, su vida cambiaría, y no para mejor. Eran ambos demasiado dominantes. Intentarían tomar el control sobre ella, intentarían moldearla en algo que no era y cuando eso no funcionara, empezaría la verdadera miseria. No se podía imaginar algo peor que tener un compañero que no la aceptara como era. Bueno, seguramente tener dos compañeros sería peor. Se levantó, alejándose cuando él intentó alargar la mano hacia ella, y caminó a zancadas hacia la gran ventana. Tenía algo atascado en la garganta y se concentró en el paisaje de afuera.

Era una bonita escena. Se veía una carretera amplia rodeada de árboles, niños tirándose una pelota de fútbol de unos a otros en la serena luz de la tarde. Nada que ver con los pensamientos que borbotaban en su cabeza, la furia y la confusión que la tensaban. La total incredulidad y tristeza porque Harris había usado un truco tan sucio con ella.

—No era una poción de amor. Jamás te haría algo así.

—¿Por qué no? —se rió amargamente—. ¿No es eso lo que hace tu gente? ¿Joder la vida de todos? ¿Hacerles hacer cosas contra su voluntad? —Sus ojos brillaron con furia pero a ella no le importó.

—Ante todo —bramó— es exactamente lo que he dicho. Bajará tus inhibiciones. Algunas. No jugará con tus emociones. Todo lo que sientas será cosa tuya. Segundo, jamás vuelvas a insultarme así, querida. No te gustarían las consecuencias.

¿Consecuencias? ¿Había perdido su jodida cabeza? El lobo le picaba en la piel, deseando salir, deseando ser libre. Podría destrozarlo y él no haría nada por defenderse. Excepto usar magia. ¿Pero la podía herir de verdad con aquello?

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Lo miró de cabo a rabo. Su enfado era fácil de leer, pero no era tan brillante e incontrolado como antes. Se había vuelto frío como el hielo. Controlado.

—Hay condiciones. —Oh, definitivamente había perdido lo poco que le quedaba de materia gris. Ella se dirigió hacia la puerta pero el cerrojo se corrió antes de llegar hasta allí. Tiró de él una vez y se giró para mirarle enfadada.

Entonces su mirada fue hacia Ethan, pensando en que él la ayudaría a escapar. Pero con un vistazo supo que no había ni una posibilidad en el infierno de que sucediera eso.

—¿Qué condiciones?

—Dejas de huir. —Harris se dirigió hacia ella. Lentamente. Cuidadosamente. Como si ella tuviera a algún sitio donde escapar—. Tomas esta oportunidad para conocerme. Conocernos —añadió, señalando a Ethan que estaba de pie detrás de él.

—¿Y qué me dices a esperar a que se me pase?

Su sonrisa en respuesta fue con regodeo y mezquina. —Podría llevarte semanas, querida.

¿Semanas? Qué jodida que estaba. Ya podía sentir que su resistencia cedía. ¿Cómo se las apañaría para enfrentarse a sus esfuerzos combinados durante semanas? No tenía elección, ¿verdad? De alguna manera lo convencería de que revirtiera la poción. No había otra alternativa.

Harris se acercó hasta que estuvo a centímetros de distancia, lo suficientemente cerca para tocar, sus anchos hombros bloqueando el pasillo de detrás de él. Incluso si lo rodeara, Ethan estaría allí para detenerla.

El pánico la golpeó fuertemente. Se sintió acorralada, y esa era una mala posición en la que poner a un lobo. Atacó antes de que aquel pensamiento incluso hubiera acabado, concentrada en el espacio y en liberarse. Él la agarró por la muñeca mientras las garras de ella tocaban su cuello. Fue un arañazo pequeño, pero derramó sangre y eso agradó lo suficientemente al lobo para bajarle la guardia. Él la atrajo más, sujetando ambas muñecas con una mano tras su espalda.

—¿Por qué te asusta tanto eso?

Rugiendo, luchó por liberarse y él la soltó. No es que pudiera escaparse, ¿no? Sintió un sabor amargo en la boca. Apoyó la espalda contra la puerta e intentó encontrar otra solución, pero no había ninguna.

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—Quiero una semana entera.

Ay, dioses, ¿sería capaz de resistir una semana? ¿Sería capaz de mantener su corazón separado? Los mantenía a distancia por un motivo. Sabía lo que sucedería si bajaba sus defensas.

—Tres días —contra ofreció, desesperada y ansiosa porque lo aceptara. Él sólo meneó la cabeza.

—Una semana, querida, o disolveremos este acuerdo por completo. No vengas la próxima vez que estés en celo.

Lo miró fijamente. Un ultimátum y de la peor clase. No podía hacerle eso. No le haría eso, ¿verdad? No podía ir a nadie más. Incluso aunque quisiera, no creía que su lobo se lo permitiera. Se había acostumbrado a su toque durante esa época, otro hombre sencillamente no la satisfaría.

—Esa sería la peor clase de crueldad —admitió, y sus ojos se suavizaron un poco.

—¿Menos cruel que tú aparezcas durante dos días y que luego te escabullas de mi cama? —No podía decir nada a eso, y por primera vez se sintió culpable. Siempre había tomado de él lo que necesitaba cuando estaba en celo y jamás consideró sus sentimientos. Como él no había exigido más, no había pensado que deseara nada excepto sexo. Ella ahora ya sabía que no, pero eso no cambiaba nada. Lo mejor sería que rompiera por lo sano tan pronto como fuera posible.

Habría el menos dolor posible para todos los involucrados. Su mirada se encontró con la suya y vio que él se estaba preparando para eso.

A pesar de su encantamiento, a pesar de la amenaza, él tenía miedo de que ella se fuera. No podía hacerlo.

—¿Qué tienes en mente?

Porque esto no podía ser todo sexo. No con Ethan aquí. Sabía exactamente lo que ése quería. Pero la sonrisa en Harris fue pecaminosa y lasciva y se preguntó por un instante si estaba equivocada.

—Desnudos sería la mejor manera de tener esta conversación. —De acuerdo, así que sí iba sobre sexo. Eso estaba genial. Lo podría manejar. Él tomó su mano y la separó de la puerta y el celo regresó fuerte. La desnudó y dio un paso atrás para mirar. Ella juraría que pudo sentir su mirada, pudo sentir sus manos acariciando sus pechos. Sus caderas. Moverse para separarle los labios de su sexo.

—¿Qué estás haciendo? —dijo entre jadeos.

—Explorando —murmuró—. Estate callada y déjamelo a mí. —Su tono fue tan duro, tan dominante. Debería cabrearla del todo, pero en vez de eso se le curvaron los dedos de los pies y la excitación sexual la atravesó.

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Entonces sintió aquellos dedos invisibles en su clítoris, empujando en su coño. Él la observaba con los párpados pesados, casi meditabundo, mientras ella jadeaba.

—¿Por qué nunca hiciste esto? —No me habrías dejado.

Pero las cosas habían cambiado. No lo dijo, pero las palabras parecían

pender en el aire. Era ella la que había abierto la puerta cuando había dejado que Ethan se quedara. Ahora Ethan se acercó, callado e intenso, sin signos del soldado relajado que conocía. Sus ojos brillaban con un amarillo fantasmagórico y supo que su lobo estaba cerca de la superficie. Tembló cuando él le acarició la cara con la yema de los dedos, viendo las intenciones que irradiaban de sus ojos. Esta vez la marcaría. Su lobo protestó, pero ella estaba tan pillada por su placer sensual que fue apenas un gemido. No le haría ningún bien ceder tan fácilmente.

—¿Las condiciones? —le recordó, aunque su voz era débil, le faltaba el aire y casi no había signos de mando.

Harris rió.

—Está pensando con demasiada claridad. —Definitivamente —concordó Ethan.

Ethan la agarró por la cintura y se la echó sobre el hombro. Estaba tan sorprendida que ni se le ocurrió protestar cuando la tiró a la cama.

—La quiero atada —murmuró Harris.

Ahora a eso sí protestaría, pero cuando intentó sentarse, no se podía mover.

—¿Unos cuantos trucos? —le gruñó a Harris—. Esto no me gusta.

Ah, pero esa era la mentira más grande que jamás se había dicho, y él lo sabía. Colocó una rodilla en el borde de la cama, se inclinó y metió los dedos en su coño.

—¿Todo bien? —preguntó moviéndolos adelante y atrás con golpes cortos y fuertes. Su cuerpo les dio la bienvenida. Se apretó a su alrededor —. No oigo quejas por aquí.

Ella quiso suplicar y gritar pidiendo más cuando él sacó la mano y levantó los dedos hasta su boca. Se relamió cuando obtuvo su sabor en ella.

—Siguiente condición. Te voy a atar. —No necesitas ataduras o restricciones. —Es una cuestión de consentimiento.

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—¿Es otra de las cosas que si me niego, se rompe el trato? —¿Por qué estaba tan intrigada? Eso la asustaba. Había fantaseado con aquello, ¿y quién no? Pero jamás antes había pensado seriamente en el bondage. ¿Qué le había hecho él? ¿Qué había de verdad en aquella poción?

Él inclinó la cabeza hacia un lado y la estudió, suspirando finalmente. —No, pero es importante. Para mí. Es una cuestión de confianza, Gabby. Ella abrió la boca para decir “ni hablar” y a juzgar por la expresión de él, lo sabía. Se veía tan decepcionado que apretó los dientes. Su propia respuesta la confundía. ¿Por qué lo estaba considerando? Si lo dejaba inmovilizarla, atarla, estaría reconociendo su dominación. Debía de ser la poción, el celo, combinados para atacar sus sentidos.

Escuchó la voz de su madre, la de me-vengas-con-historias, la de no-tomar-prisioneros. Protestando un poco demasiado, ¿no Gabby? Jamás lo había considerado seriamente, pero no podía negar su curiosidad. Se sentía tentada. Tenía un cierto atractivo, un deseo que había reprimido durante años. ¿Cómo sería dejarse ir? Permitir que alguien se encargara de toda su necesidad. Diablos, ¿no estar a cargo al menos por una vez? Se sentía intrigada y a la vez le jorobaba la dirección que estaban tomando sus pensamientos. Maldito fuera Harris y su poción, porque esto era algo tan poco propio de ella que eso era lo que debía ser. Pero sabía que se estaba mintiendo a sí misma. Puede que nunca antes se hubiera sometido, pero ahora quería probarlo. Quería experimentar la pérdida de control, quería saber si la liberaría o si la haría sentir enjaulada. Era una cuestión de confianza, había dicho él, y se sorprendió al descubrir que confiaba en él lo suficiente como para explorar este deseo que siempre había tenido.

—Una sola vez. Eso es todo.

Los dedos de Ethan se deslizaron por el interior de su muslo. La caricia, un tormento, la hizo estremecerse.

Harris sonrió.

—¿A menos que decidas que te gusta? —preguntó. Ella meneó la cabeza.

—Eso no va a suceder.

—¿Por qué estás tan convencida de que no te gustará? —preguntó Harris.

Oh, de ninguna de las maneras iba a admitir que era porque no quería decepcionarlo.

Eso estaría demasiado cerca de reconocer que esto era algo más que sexo. Que había una voz solitaria y reprimida enterrada en lo más profundo de su mente que quería más que unos pocos días cada tres

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corazón, su mente, sus emociones. Pero su inhalación le trajo sus olores hasta los pulmones y sólo la hizo estar más consciente de ambos. Estaban completamente concentrados en ella. En darle placer, en reclamar su corazón y alma. Se resistió ante el impulso de rendirse al instinto inexplicable de acceder a sus deseos y seguir allí y en aquel momento. Si fuera una llorona estaría llorando por la gran confusión que tenía y también por el deseo.

Abriendo los ojos, se encogió de hombros.

—No es ninguna diferencia para mí. Sólo necesito alguien en mi interior. Ahora estaría bien.

Lo ansiaba tantísimo que le dolía hasta la piel. Su coño pulsaba. Necesitaba liberarse con una desesperación que no había sentido nunca y echó un vistazo hacia Ethan. Era porque él estaba allí.

Su presencia había cambiado la dinámica. Él no esperó tampoco una invitación. Mientras Harris se dirigía a un armario, Ethan se desvistió, pero maldito fuera, el hombre tampoco se apresuró a hacerlo. Se tomó su tiempo.

Primero zapatos y calcetines, luego camisa, tejanos y finalmente la ropa interior. Fue tirando lo que se sacaba, los ojos fijos en ella todo el tiempo. Para cuando acabó, Harris la tenía atada a los postes de la cama, abierta de piernas completamente. Ella ni lo había notado y estaba más allá de preocuparse cuando Ethan se subió a la cama y se arrodilló entre ellas. Puso una mano por detrás de cada rodilla, deslizó las palmas hacia arriba con una caricia ligera y suave hasta que llegó a su sexo. Con dedos cuidadosos la abrió y se inclinó para soplar sobre su montículo con aire caliente. Entonces se apoyó sobre los codos y la lamió. Si no hubiera estado atada, el placer la habría tirado de la cama. Él le pellizcó el clítoris con los dientes. Su pulgar rozó su abertura. Y cuando lo metió, ella se rompió en pedazos con un potente grito que la habría avergonzado tremendamente si no hubiera deseado muchísimo más.

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Capítulo 5

Capítulo 5

E

than había encontrado el cielo y maldito fuera si lo dejaba escapar otra vez.

Ella se corrió en sus dedos y lengua, su sabor era rico, dulce y feroz. Igual que Gabby.

Había planeado alargar aquello. Había planeado atormentarla, jugar con ella durante mucho, mucho tiempo antes de que tomara su propio placer. Pero la mirada impaciente de su rostro y sus grititos entrecortados pusieron a prueba su control. Él respiró hondo. Su olor era pura ambrosía. Lujurioso con un toque de delirio. Se puso de rodillas, dispuesto a lanzarse a reclamar sus labios mientras su polla reclamaba su coño. Mía.

Pero antes de que pudiera, Harris le agarró de la barbilla y le obligó a mirar por encima. Ethan sonrió ante lo que veía, lleno de un alegre sentido de justicia. Tenía a su mujer y su hombre justo donde los quería. Justo donde había soñado que estarían un día. Los tres juntos. Ethan se inclinó hacia adelante y Harris le encontró a mitad camino. El beso fue casi salvaje, en ese momento su lado lobo estaba más impaciente que el lado humano por reclamar y por dominar a sus compañeros.

Lo único que podía devolverle el control era el grito sobresaltado de Gabby. No había creído que fuera posible, pero el embriagador olor de la excitación en el aire se intensificó. Rompió el beso y le sonrió.

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