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La historiografía en época imperial:

La historiografía en época imperial:

Tácito y Suetonio

Tácito y Suetonio

Humberto Olmos Pellicer

Humberto Olmos Pellicer

2º Filología Clásica

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0.- Introducción...3

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1.- Vida y 1.- Vida y obra de Tobra de Tácito...ácito...3...3

2.- T 2.- Tácito como ácito como historiadorhistoriador...7...7

3.- Las ideas 3.- Las ideas de Tde Tácito...ácito...8...8

4.- Las “Historias”...9

4.- Las “Historias”...9

4.1.- Arquitectura y transmisión...9

4.1.- Arquitectura y transmisión...9

4.2.- Contenido de las “Historias”: hechos...10

4.2.- Contenido de las “Historias”: hechos...10

5.- Los “ 5.- Los “Anales” Anales” en la obra de Ten la obra de Tácito...12ácito...12

6.- Los “Anales 6.- Los “Anales” como obra ” como obra historiográfica...13historiográfica...13

7.- Los “Anales 7.- Los “Anales” como obra literaria...” como obra literaria...17...17

8.- T 8.- Tácito como ácito como escritorescritor...20...20

9.- T 9.- Tácito y la posteridad...ácito y la posteridad...20...20

10.- Vida de Suetonio 10.- Vida de Suetonio...21...21

10.1.- Familia y clase social de Suetonio 10.1.- Familia y clase social de Suetonio...21...21

10.2.- Lugar de naci 10.2.- Lugar de nacimiento...miento...22...22

10.3.- Fecha de naci 10.3.- Fecha de nacimiento...miento...22...22

10.4.- Infancia y 10.4.- Infancia y juventud...juventud...23...23

11.- Suetonio en el círculo de Plinio 11.- Suetonio en el círculo de Plinio...24...24

11.1.- El contubernalis y scholasticus de Plinio...24

11.1.- El contubernalis y scholasticus de Plinio...24

12.- Los cargos de Suetonio. En el círculo de Septicio...26

12.- Los cargos de Suetonio. En el círculo de Septicio...26

12.1.- Actividad de Suetonio tras su destitución y fecha de su muerte...2

12.1.- Actividad de Suetonio tras su destitución y fecha de su muerte...277 13.- La obra literaria de Suetonio...27

13.- La obra literaria de Suetonio...27

13.1.- Las obras perdidas de Suetonio 13.1.- Las obras perdidas de Suetonio...27...27

13.2.- Los 13.2.- Los “Hombres Ilustres“Hombres Ilustres” (“De viris illustribus”)...28” (“De viris illustribus”)...28

14.- Las “Vidas de los Césares”...28

14.- Las “Vidas de los Césares”...28

14.1.- T 14.1.- Título y fecha de publicación...ítulo y fecha de publicación...28...28

14.2.- Origen y sentido de la biografía suetoniana...29

14.2.- Origen y sentido de la biografía suetoniana...29

14.3.- Estructura general de las biografías de Suetonio...30

14.3.- Estructura general de las biografías de Suetonio...30

14.4.- Estilo y valor literario de las Vidas de Suetonio...34

14.4.- Estilo y valor literario de las Vidas de Suetonio...34

14.5.- Fuentes y valor histórico de las Vidas de los Césares...36

14.5.- Fuentes y valor histórico de las Vidas de los Césares...36

14.6.- Influencia de Suetonio...37 14.6.- Influencia de Suetonio...37 14.7.- T 14.7.- Transmisión...ransmisión...37...37 15.- Conclusiones...38 15.- Conclusiones...38 16.- Bibliografía...40 16.- Bibliografía...40

Índice

Índice

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0.- Introducción...3

0.- Introducción...3

1.- Vida y 1.- Vida y obra de Tobra de Tácito...ácito...3...3

2.- T 2.- Tácito como ácito como historiadorhistoriador...7...7

3.- Las ideas 3.- Las ideas de Tde Tácito...ácito...8...8

4.- Las “Historias”...9

4.- Las “Historias”...9

4.1.- Arquitectura y transmisión...9

4.1.- Arquitectura y transmisión...9

4.2.- Contenido de las “Historias”: hechos...10

4.2.- Contenido de las “Historias”: hechos...10

5.- Los “ 5.- Los “Anales” Anales” en la obra de Ten la obra de Tácito...12ácito...12

6.- Los “Anales 6.- Los “Anales” como obra ” como obra historiográfica...13historiográfica...13

7.- Los “Anales 7.- Los “Anales” como obra literaria...” como obra literaria...17...17

8.- T 8.- Tácito como ácito como escritorescritor...20...20

9.- T 9.- Tácito y la posteridad...ácito y la posteridad...20...20

10.- Vida de Suetonio 10.- Vida de Suetonio...21...21

10.1.- Familia y clase social de Suetonio 10.1.- Familia y clase social de Suetonio...21...21

10.2.- Lugar de naci 10.2.- Lugar de nacimiento...miento...22...22

10.3.- Fecha de naci 10.3.- Fecha de nacimiento...miento...22...22

10.4.- Infancia y 10.4.- Infancia y juventud...juventud...23...23

11.- Suetonio en el círculo de Plinio 11.- Suetonio en el círculo de Plinio...24...24

11.1.- El contubernalis y scholasticus de Plinio...24

11.1.- El contubernalis y scholasticus de Plinio...24

12.- Los cargos de Suetonio. En el círculo de Septicio...26

12.- Los cargos de Suetonio. En el círculo de Septicio...26

12.1.- Actividad de Suetonio tras su destitución y fecha de su muerte...2

12.1.- Actividad de Suetonio tras su destitución y fecha de su muerte...277 13.- La obra literaria de Suetonio...27

13.- La obra literaria de Suetonio...27

13.1.- Las obras perdidas de Suetonio 13.1.- Las obras perdidas de Suetonio...27...27

13.2.- Los 13.2.- Los “Hombres Ilustres“Hombres Ilustres” (“De viris illustribus”)...28” (“De viris illustribus”)...28

14.- Las “Vidas de los Césares”...28

14.- Las “Vidas de los Césares”...28

14.1.- T 14.1.- Título y fecha de publicación...ítulo y fecha de publicación...28...28

14.2.- Origen y sentido de la biografía suetoniana...29

14.2.- Origen y sentido de la biografía suetoniana...29

14.3.- Estructura general de las biografías de Suetonio...30

14.3.- Estructura general de las biografías de Suetonio...30

14.4.- Estilo y valor literario de las Vidas de Suetonio...34

14.4.- Estilo y valor literario de las Vidas de Suetonio...34

14.5.- Fuentes y valor histórico de las Vidas de los Césares...36

14.5.- Fuentes y valor histórico de las Vidas de los Césares...36

14.6.- Influencia de Suetonio...37 14.6.- Influencia de Suetonio...37 14.7.- T 14.7.- Transmisión...ransmisión...37...37 15.- Conclusiones...38 15.- Conclusiones...38 16.- Bibliografía...40 16.- Bibliografía...40

Índice

Índice

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0.- Introducción

0.- Introducción

La siguiente aproximación a T

La siguiente aproximación a Tácito y Suetonio, sin sácito y Suetonio, sin ser más que er más que una breve síntesis sobreuna breve síntesis sobre lo que los eruditos ya han investigado ampliamente y es dudoso que

lo que los eruditos ya han investigado ampliamente y es dudoso que yo mismo pueda apor-yo mismo pueda apor-tar alguna originalidad a dicho estudio, es relevante y pertinente por varios aspectos. El más tar alguna originalidad a dicho estudio, es relevante y pertinente por varios aspectos. El más importante será que al compartir una misma línea temporal, se convierten en las fuentes importante será que al compartir una misma línea temporal, se convierten en las fuentes más valiosas para analizar un

más valiosas para analizar un momento histórico vital para entender la historia del momento histórico vital para entender la historia del ImperioImperio Romano. Si bien es cierto que existen otras fuentes como Dión Casio y Plutarco, ambos Romano. Si bien es cierto que existen otras fuentes como Dión Casio y Plutarco, ambos griegos y uno de ellos posterior cronológicamente (D. Casio), serán Tácito y Suetonio los griegos y uno de ellos posterior cronológicamente (D. Casio), serán Tácito y Suetonio los responsables de habernos legado una imagen de unos años de reinado que abarcan desde responsables de habernos legado una imagen de unos años de reinado que abarcan desde el reinado de Augusto hasta Domiciano, pasando por la influyente y desastrosa dinastía el reinado de Augusto hasta Domiciano, pasando por la influyente y desastrosa dinastía  julio-claudia

 julio-claudia o o el el sangriento sangriento ““año año de de los los cuatro cuatro emperadores”. Nos emperadores”. Nos transmiten transmiten el el cambiocambio de modelo, la evolución de un poder que comienza en apariencia como republicano pero de modelo, la evolución de un poder que comienza en apariencia como republicano pero que esconde formas absolutas y que, poco a poco, se va des

que esconde formas absolutas y que, poco a poco, se va desenmascarando, hasta convertirseenmascarando, hasta convertirse algunos reinados en verdaderas pesadillas.

algunos reinados en verdaderas pesadillas.

 Ahora bien, a estos autores se les han hecho algunas críticas a reseñar aquí; la más  Ahora bien, a estos autores se les han hecho algunas críticas a reseñar aquí; la más im- im-portante es que ambos son de influencia senatorial, pues provienen de un origen social, y portante es que ambos son de influencia senatorial, pues provienen de un origen social, y puede que local, común. Eso, claro está, nos deja en la posición de tomar sus datos y obras puede que local, común. Eso, claro está, nos deja en la posición de tomar sus datos y obras como una visión segmentada de

como una visión segmentada de la realidad, pese a toda la realidad, pese a toda la objetividad anunciada por Tla objetividad anunciada por Táci- áci-to, por ejemplo. Y es que la gestión de prácticamente todos los príncipes fue encaminada to, por ejemplo. Y es que la gestión de prácticamente todos los príncipes fue encaminada a recortar los derechos senatoriales, algunos con verdaderas purgas del poder, y atacando a a recortar los derechos senatoriales, algunos con verdaderas purgas del poder, y atacando a la aristocracia asentada en ese senado formado por individuos que sólo se preocupaban de la aristocracia asentada en ese senado formado por individuos que sólo se preocupaban de sus propios intereses; así que parece lícito pensar que se vieron influidos por e

sus propios intereses; así que parece lícito pensar que se vieron influidos por estos sucesos ystos sucesos y quizá, sólo quizá,

quizá, sólo quizá, los príncipes “malvadoslos príncipes “malvados” no lo fueran ” no lo fueran tanto, pero nos han llegado detanto, pero nos han llegado demo- mo-nizados algunos de ellos.

nizados algunos de ellos.

1.- Vida

1.- Vida

y obr

y obr

a de T

a de T

ácito

ácito

No puede decirse que el caudal de datos seguros sobre la vida de este historiador que No puede decirse que el caudal de datos seguros sobre la vida de este historiador que nos ha llegado esté a

nos ha llegado esté a la altura de su importancia en la altura de su importancia en el panorama de la literatura romana. Suel panorama de la literatura romana. Su praenomen es objeto de duda: unos testimonios nos dan el de Publio y otros el de Gayo. praenomen es objeto de duda: unos testimonios nos dan el de Publio y otros el de Gayo. T

Tampoco conocemos con precisión la fecha ampoco conocemos con precisión la fecha de nacimiento, acaecido con toda de nacimiento, acaecido con toda probabilidadprobabilidad en tiempos de Nerón (54-68 d.C.)

en tiempos de Nerón (54-68 d.C.) yy, según los , según los cómputos más aceptados, entre los cómputos más aceptados, entre los años 55años 55 y 57 de nuestra era. No estamos mejor informados sobre su patria, parece que no era un y 57 de nuestra era. No estamos mejor informados sobre su patria, parece que no era un romano en sentido estricto. Se ha pensado en la Galia Cisalpina (Norte de Italia) o más romano en sentido estricto. Se ha pensado en la Galia Cisalpina (Norte de Italia) o más

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concretamente Padua, la tierra de Tito Livio, concretamente Padua, la tierra de Tito Livio, pero ganan crédito otras teorías que lo sitúan pero ganan crédito otras teorías que lo sitúan originario de la Galia Narbonense, la actual originario de la Galia Narbonense, la actual Pro-venza. Sería T

venza. Sería Tácito uno dácito uno de esos e esos provinciales dis-provinciales dis-tinguidos que conocen el éxito en la Roma de tinguidos que conocen el éxito en la Roma de susu tiempo y cuyas carreras son seguidas con interés tiempo y cuyas carreras son seguidas con interés y orgullo por sus compatriotas; un ejemplar del y orgullo por sus compatriotas; un ejemplar del homo novus por el

homo novus por el que Tque Tácito no oculta sus ácito no oculta sus sim- sim-patías en más de una ocasión. Sabemos que es patías en más de una ocasión. Sabemos que es en Roma donde recibió su formación superior, en Roma donde recibió su formación superior, donde se encumbra y donde vive la mayor parte donde se encumbra y donde vive la mayor parte de su existencia.

de su existencia. T

Tácito fue colácito fue colega y amigo de Pliniega y amigo de Plinio el Joven,o el Joven, a cuyo interesante epistolario debemos algunas a cuyo interesante epistolario debemos algunas de las noticias que sobre su vida tenemos, y que de las noticias que sobre su vida tenemos, y que no parece haber diferido mucho de

no parece haber diferido mucho de la normal enla normal en tantos romanos distinguidos de su tiempo: unos estudios hacia la profesión de orator tantos romanos distinguidos de su tiempo: unos estudios hacia la profesión de orator (equi-valente a un abogado), que luego desempeñó paralelamente al cursus honorum o carrera valente a un abogado), que luego desempeñó paralelamente al cursus honorum o carrera político-administrativa. En su promoción como hombre público debió

político-administrativa. En su promoción como hombre público debió de contar, aparte dede contar, aparte de sus reconocidos méritos, su matrimonio en el año 78

sus reconocidos méritos, su matrimonio en el año 78 con Julia, la hija de Julio Agrícola, unocon Julia, la hija de Julio Agrícola, uno de los más distinguidos

de los más distinguidos militares de la época y militares de la época y verdadero conquistador de la Gran Bretaña.verdadero conquistador de la Gran Bretaña. El propio T

El propio Tácito nos cuenta ácito nos cuenta que su que su carrera se carrera se inició bajo Vinició bajo Vespasiano (69-79), espasiano (69-79), progresó conprogresó con Tito (79-81) y fue a más bajo Domiciano (81-96), lo que no le apartará de

Tito (79-81) y fue a más bajo Domiciano (81-96), lo que no le apartará de su propósito desu propósito de tratar a tales príncipes neque amore… et sine estudio (sin afecto y sin odio). En tiempo de tratar a tales príncipes neque amore… et sine estudio (sin afecto y sin odio). En tiempo de Tito desempeñó el cargo de cuestor (similar a un inspector fiscal) y en el reinado del Tito desempeñó el cargo de cuestor (similar a un inspector fiscal) y en el reinado del odia-do Domiciano alcanzó la pretura y la condición de los XV viri sacris faciundis, un colegio do Domiciano alcanzó la pretura y la condición de los XV viri sacris faciundis, un colegio sacerdotal de gran importancia, llegando a organizar los Juegos Seculares del año 88 y una sacerdotal de gran importancia, llegando a organizar los Juegos Seculares del año 88 y una buena posición. Poco después, en el 93, muere

buena posición. Poco después, en el 93, muere Julio Agrícola y aunque no era uJulio Agrícola y aunque no era una personana persona grata a Domiciano, no tuvo parte en la muerte de este gran hombre. Cuando Domiciano grata a Domiciano, no tuvo parte en la muerte de este gran hombre. Cuando Domiciano es asesinado en el 96, se abre para Roma y para Tácito una etapa llena de promesas. En el es asesinado en el 96, se abre para Roma y para Tácito una etapa llena de promesas. En el año 97, bajo el fugaz emperador Nerva, Tácito alcanza la cumbre del cursus honorum, el año 97, bajo el fugaz emperador Nerva, Tácito alcanza la cumbre del cursus honorum, el consulado.

consulado.

La obra literaria de T

La obra literaria de Tácito es más bien una obra ácito es más bien una obra de madurez, como tantos romanos no-de madurez, como tantos romanos no-tables, tras haber dedicado buena parte de su vida a los azares del Foro y la Curia, cuando tables, tras haber dedicado buena parte de su vida a los azares del Foro y la Curia, cuando no a las armas, reservan el otoño de su existencia a la reflexión sobre los tiempos coetáneos no a las armas, reservan el otoño de su existencia a la reflexión sobre los tiempos coetáneos

Escultura de Tácito en el parlamento de Viena

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y pasados. Tácito inaugura su carrera literaria, según parece, en el año 98 (subida al poder de Trajano) con una monografía dedicada a la memoria de su suegro: “La vida de Agríco-la”. Pero trasciende la mera biografía y la honra funeraria para convertirse en una excelente crónica de la conquista o pacificación romana de la Gran Bretaña, rica en noticias de inte-rés etnográfico y no carente de reflexiones políticas sobre la Roma de su tiempo y sobre el imperialismo romano.

Quizá en el mismo año 98 publica su segunda obra, la “Germania” (De origine et situ Germanorum), otra monografía breve, más etnográfica y geográfica que histórica, de no-table densidad ideológica y riqueza documental. Entran, así, en la historia los pueblos ger-mánicos, sobre cuyos asentamientos y costumbres nos brinda detallada información. En-contramos también consideraciones ideológicas como una cierta autocrítica que lo lleva a plantearse el contraste entre un imperio tan poderoso como cansado y ya decadente, contra unos pueblos primitivos. Tácito sospecha que en la inocencia primigenia e integridad moral está la raíz de su brío, prefigurando ya el tópico del buen salvaje, llamado a contemplar la ruina de una sociedad viciosa y senil.

El año 102 pudo ser la fecha en la que vio la luz la tercera de sus obras, el Dialogus de oratoribus. El diálogo replantea un tema objeto de un viejo debate, desde los tiempos pri-meros de ese régimen autocrático que es el Principado instituido por Augusto: ¿porqué la oratoria romana había decaído tan visiblemente después de Cicerón (lo que equivale a decir “después de fenecida la República”?. Sólo los regímenes democráticos o parlamentarios son propicios para la práctica del discurso; menguadas las libertades públicas, la oratoria se ve reducida al tono menor de las contiendas privadas, a la palabrería del género laudatorio, o a los ejercicios en las escuelas de retórica. La opinión de Tácito es que no se trata de que los oradores de antaño fueran todos mejores y mejores las condiciones de su ambiente. Tácito cree que se ha producido una “saturación de técnica”, los recursos y figuras que cautivaban a un auditorio que no había perdido su capacidad de asombro, parecían ahora cosa obvia y banal a consecuencia del auge de los estudios retóricos.

En los primeros años del s. II se inicia su actividad con una crónica que bien merece el nombre de Historiae, ya que trata unos años que el autor podía llamar contemporáneos (el término griego hystoría parece haber estado reservado a la narración de acontecimientos contemporáneos, pero no es seguro que el título de la obra se deba al propio Tácito). Son los tiempos de la primera gran crisis del Principado romano, tras la caída de Nerón en el año 68, y los de la dinastía Flavia, que logra restaurar el sistema y ponerlo en condiciones de subsistir sin mayores sobresaltos hasta la crisis del s. III, anticipo del cataclismo final. Son

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los años desde Galba a Domiciano (69-96) los de la adolescencia y juventud de Tácito que ahora se dispone a una reposada meditación sobre la reciente historia.

Las Historiae pudieron publicarse en torno al año 110. Parece probable que aparecie-ron antes de los años 112-113, en que Tácito desempeñó el cargo de procónsul en la pro-vincia de Asia. Es verosímil que por entonces ya estuviera trabajando en su última obra, los  Anales. Llama la atención de los eruditos el hecho de que Tácito, concluidas las Historiae, no continuara su obra según el orden cronológico pasando a ocuparse de los tiempos más recientes, los de Nerva y Trajano, según él mismo había prometido: Hist. I, 1: “para el caso de que llegue a vivir lo bastante, he reservado para mi vejez el principado del divino Nerva y el imperio de Trajano”. Tal vez decepcionado de esos tiempos últimos, vuelve la mirada hacia más atrás, a acontecimientos de los que le separaban ya un siglo, para seguir en estricta línea “analística” (año a año), hasta la crisis del año 68 y desembocar en el punto inicial de su obra anterior. Los Anales son una crónica épica y trágica de los sucesores de Augusto. Cuando el fundador del Principado muere en agosto del año 14 d.C., tiene lugar el indis-cutido acceso al poder de su hijastro Tiberio, el sistema sobrevive a la demencia de Calígula (37-41), a la ineptitud de Claudio (41-54) y llega a verse gravemente amenazado cuando Roma decide quitarse a un Nerón ya insoportable en el verano del 68. No obstante, ese sis-tema político se había mostrado capaz de proporcionar a Roma un modo de vida aceptable; más aceptable que el que la república oligárquica, añorada por algunos y en ocasiones por el propio Tácito, podía ofrecer a un estado que se había hecho demasiado grande. Pese a esas añoranzas, no se engañaba, tenía claro que el gobierno de uno solo se había convertido en un mal necesario, y que lo que se trataba era de combinar en lo posible, principado y liber-tad. Los Anales no son una crítica de esa primera fase del régimen imperial, sino un análisis del proceso de su consolidación y una crítica implacable de los excesos que se habían pro-ducido en el ejercicio de su poder sin freno.

No sabemos si Tácito llevó a término los Anales, ni tampoco la fecha de su muerte, que ocurriría con bastante probabilidad después de la muerte de Trajano (117), en tiempos de  Adriano, tal vez en torno al año 120 de nuestra era.

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2.- Tácito como historiador

La obra de Tácito es una fuente de primer orden para el conocimiento de la historia de Roma en el primer siglo del Imperio y de nuestra era. La imagen de Tiberio, Claudio, Ne-rón y los emperadores del año 69 nos han llegado como una síntesis entre la anécdota de las biografías de Suetonio y el profundo análisis que hace Tácito de esas figuras (aparte, fuentes griegas como Dión Casio y Plutarco). Sin la aportación de los Anales y las Historias nuestra idea de los primeros tiempos del Imperio sería mucho más superficial, como nos ocurre con aquellas en las que tenemos lagunas: los años de Calígula, parte de los de Claudio, el final de Nerón y el reinado de los emperadores Flavios.

Respecto a la fiabilidad de Tácito como historiador, dado que es un “historiador con ideas”, no ha de extrañar que en ocasiones se le acuse de poco objetivo, de denigrar por sistema a los príncipes y de suponer de antemano las más siniestras motivaciones en las con-ductas. Sin embargo, Tácito es el autor del famoso sine ira et studio (An. I 1), es decir, sin encono ni parcialidad, la máxima luego tan utilizada, más que practicada, por tantos otros historiadores.

 Asunto distinto es el rigor técnico puesto por Tácito en el manejo de las fuentes dispo-nibles. Cita algunas de las muchas que sin duda utilizó, le vemos analizarlas y contrastarlas en busca de la versión más plausible. Rechaza los rumores del vulgo, a los que parece pro-fesar tan poca simpatía como el vulgo mismo, incluso analiza a veces los mecanismos que llevan a la fabricación de las habladurías infundadas. Podemos citar como fuentes los acta senatus, diarios de sesiones senatoriales, las memorias perdidas de Agripina hija, madre de Nerón, y las obras históricas de Plinio el Viejo (De las guerras de Germania y Desde el final de Auficio Baso) que tampoco se han conservado.

No es Tácito un historiador detallista, como su admirado Tito Livio; prefiere las “gran historia”, pero la materia no siempre le da de sí para practicar su aspiración y lo vemos quejarse de la monótona irrelevancia de los sucesos contemporáneos, añorando los siglos pasados en que se había ido forjando en luchas épicas el poderío romano:

“No ignoro que la mayor parte de los sucesos que he referido y he de referir pueden parecer insignificantes y poco dignos de memoria; pero es que nadie puede comparar nues-tros anales con la obra de quienes relataron la antigua historia del pueblo romano. Ellos podían contar ingentes guerras, conquistas de ciudades, reyes vencidos y prisioneros […]. En cambio, mi tarea es angosta y sin gloria, porque la paz se mantuvo inalterada o conoció

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leves perturbaciones, la vida política de la Ciudad languidecía y el príncipe no tenía interés en dilatar el imperio.” An. IV 32.

Por otra parte, Tácito concentra su interés en el “factor humano” de la historia; pero no lo hace con el ameno y superficial anecdotismo de Suetonio, sino que trata de calar hondo, buscando las motivaciones últimas de las conductas. Este “psicologismo” se considera como uno de los rasgos más característicos de la obra tacítea.

La dinámica histórica plantea a Tácito interrogantes antes los que no se decide por res-puestas claras. ¿Es el fatum (destino prefijado) o el casus (mero azar) el que guía la marcha de la historia? Tácito duda y tampoco cierra la puerta a la tesis según la cual nuestra fortuna es en buena medida hija de nuestra propia conducta:

“[…] De ahí que me vea obligado a dudar de si la inclinación de los príncipes hacia unos y su odio hacia otros depende, como lo demás, del hado y suerte ingénita, o si, por el contrario hay algo que depende de nuestra sabiduría y es posible elegir un camino libre de granjería y de peligros entre la tajante rebeldía y un vergonzoso servilismo.” An. IV 20.

3.- Las ideas de Tácito

Tácito da a su tarea una dimensión moral: función esencial de la historia es brindar a la posteridad un ejemplario de vicios y virtudes, según el cual pueda cada uno encaminar sus actos; en esa misma posteridad la historia es juez que premia a los hombres honrados con el buen recuerdo y castiga a los malvados con la infamia indeleble:

(Palabras de Tiberio) “Yo, senadores, quiero ser mortal, desempeñar cargos propios de hombres […] os pongo a vosotros como testigos, y deseo que lo recuerde la posteridad, que bastante tributo rendirá a mi memoria con juzgarme digno de mis mayores. […] Por tanto, suplico […] que cuando yo haya desaparecido, acompañen mis hechos y la fama de mi nombre con alabanzas y buenos recuerdos”. An. IV 38.

Tácito tampoco se hace excesivas ilusiones en torno a la humana naturaleza y, en parti-cular, en torno a los comportamientos colectivos. Es un pesimista radical, tal vez por defec-to de su larga reflexión sobre el acontecer humano. Este pesimismo no le impide profesar una fe inquebrantable en el superior destino de Roma; es un “romano puro” persuadido de que los griegos, a pesar de su cultura, son gente de no mucho fiar; persuadido de que es

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lógico y natural que los pueblos bárbaros se sometan al Imperio, aunque también sea capaz de situarse en el punto de vista de los sometidos. Tácito muestra una veneración por los hombres, virtudes y gestas de la vieja República, sin llegar a caer un vulgares alabanzas de tiempos pasados.

Su densidad ideológica, unida a su capacidad de análisis psicológico y de síntesis expre-siva, han hecho de Tácito uno de los grandes forjadores de sententiae, de frases lapidarias, del mundo occidental.

4.- Las “Historias”

4.1.- Arquitectura y transmisión

De las Historias de Tácito han llegado sólo los cuatro primeros libros y el primer tercio del V. Se narran las guerras civiles del año 69 y algunos acontecimientos de los primeros días del año 70; se trata de una mínima parte de la época que historiaba la obra, que se extendía hasta el final de la dinastía Flavia, con la muerte violenta de Domiciano en el año 96. Se puede conjeturar que la parte conservada representa apenas un tercio de su volumen original. San Jerónimo conoció la obra de Tácito íntegra y nos habla de que contaba con 30 libros, aunque se han de contar unidas las dos obras, sus Anales e Historias. Y es que los Anales también nos han llegado con lagunas que nos dejan sin una parte del reinado de Tiberio (libro V), todo el de Calígula y parte del de Claudio (libros VII a la mitad del XI), hay que lamentar también la interrupción en el capítulo 35 del libro XVI. No parece pro-bable que éste hubiera sido el último libro de los Anales, pues habría tenido que encajar el resto del reinado de Nerón, desde año 66 al 68, con todos los complejos acontecimientos que acompañaron la caída del tirano y los meses que faltarían hasta desembocar en el año 69, punto inicial de las Historias y final de Anales.

Normalmente, Tácito se acomoda a una pauta narrativa lineal y analística (año a año), es evidente que en las Historias trabajó con un ritmo más irregular; sólo el año 69 ya llena los primeros cuatro libros, a ese ritmo la obra hubiera alcanzado un volumen desmesurado que sabemos que no alcanzó. Tácito distribuye la cuantía de texto según la importancia re-lativa que reconoce a cada acontecimiento histórico.

Todas estas graves pérdidas se produjeron en el gran vacío cultural que media entre el final de la antigüedad y la época carolingia. Y lo que de Tácito se nos ha conservado,

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tampo-co estuvo lejos de perderse, dado que llegó hasta el final del Renacimiento en un manuscrito único. Tanto para las Historias y los Anales ese manuscrito es el códice Mediceo II (Lauren-ziano 68,2) de la biblioteca Laurenziana de Florencia, copiado a mediados del siglo XI en el famoso monasterio de Montecassino, en la letra llamada benaventana. Los otros muchos manuscritos de la obra son descripti, meras copias, dependientes del Mediceo, por lo que su valor es escaso a la hora de restituir el texto de la obra.

4.2.- Contenido de las “Historias”: hechos

Galba llega a Roma para hacerse cargo del poder y pronto su proverbial severidad y escaso don de gentes empieza a granjearles odios:

“La guarnición de Roma […], cuando se percató de que no se le daría el donativo pro-metido en nombre de Galba […] la mayoría de los militares conservaba su sentimiento de complicidad, y no faltaban los comentarios que denostaban su provecta edad (alrededor de los setenta años) y la avaricia de Galba. Su severidad, antaño alabada […], se hacía insu-frible para aquellos hombres reacios a la vieja disciplina, y en los que Nerón, a lo largo de catorce años, había creado el hábito de no amar los vicios de los príncipes menos de lo que antes temían sus virtudes.” Hist. I 5.

Los ejércitos de Germania se levantaban contra el nuevo emperador, y Vitelio, que no había sido promotor de la sedición, se ve al frente de ella y proclamado príncipe por las legiones. Galba, con la idea de asegurar su poder, decide adoptar a un sucesor: Pisón Lici-niano, un hombre todavía joven. Esta elección es la que empuja al despechado Salvio Otón a acabar con Galba y con su presunto heredero.

Otón no era un desconocido. Había brillado en la corte de Nerón; con él y con Popea había participado en un ménage a trois al que Nerón puso fin enviándolo a un dorado exilio de gobernador de Lusitania. Así, en Hispania se hallaba Otón cuando Galba se sublevó en el 68, sumándose de inmediato. Lo acompañó a Roma con la esperanza de que lo adoptara como sucesor. Cuando esta esperanza se vio frustrada, Otón urdió y llevó a término su con- jura: sobornó a pretorianos y a otros contingentes de la guarnición de Roma, y el anciano Galba acabó acuchillado por la soldadesca en pleno Foro; Pisón siguió su misma suerte y el poder quedó en manos de Otón. Contra él marchará el ataque de las legiones germánicas que habían proclamado a Vitelio. Aquellas tropas bien entrenadas cruzan los Alpes e irrum-pen en Italia. En la primera batalla de Bedríaco, en la llanura del Po, los vitelianos baten al

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grueso de las fuerzas de Otón, que no duda en quitarse la vida. Vitelio no había estado en el frente de la batalla, seguía de lejos a sus tropas, arruinando con sus festines las arcas mu-nicipales de las ciudades por las que pasaba. Entró en Roma en la primavera del 69 como quien entra en una ciudad conquistada.

Como nos dice Tácito, la Fortuna ya andaba urdiendo en el otro extremo del mundo el encumbramiento de un nuevo emperador. Flavio Vespasiano, nombrado por Nerón, el comandante de las tropas de Judea que aplacó una revuelta de judíos tomando la provincia palmo a palmo, no dejaba de observar con alarma la suerte del poder romano en aquellos meses; fue Licinio Muciano, gobernador de Siria, de quien Tácito dice que “consideró más práctico entregar el imperio que retenerlo”, el que dio a Vespasiano el empujón decisivo. La guarnición de Alejandría lo proclamó emperador y, quedándose en Oriente, dejó que fueran Muciano y Antonio Primo quienes marcharan en su nombre contra Italia y contra Vitelio. Los ejércitos flavianos irrumpen en el otoño del 69 en el valle del Po y baten a los vitelianos, nuevamente en Bedríaco. Cremona, asaltada y saqueada, quedó entonces como símbolo de las calamidades de este año fatídico. Vitelio intenta salvar los restos de su poder. En los enfrentamientos finales, sus partidarios acaban por prender fuego al Capitolio, sím-bolo de la grandeza de Roma:

“[…] Arrojaron teas encendidas contra un pórtico que sobresalía y avanzaban detrás del fuego; y hubieran atravesado las puertas ya quemadas del Capitolio si Sabino no hubie-ra situado en la misma enthubie-rada, a modo de muro, estatuas arhubie-rancadas de todas partes, las bellezas de nuestros mayores. […] Al llegar a este punto hay dudas sobre si el fuego a los tejados los lanzaron los sitiadores, o si fueron los sitiados -y esta es la versión más extendi-da- al intentar rechazar el empuje de los que avanzaban. De allí pasó el fuego a los pórticos pegados a las casas; luego, las águilas de vieja madera que sostenían la cubierta atrajeron y alimentaron las llamas. Y así ardió el Capitolio, con sus puertas cerradas, indefenso, pero sin sufrir ataque alguno.” Hist. III 71.

 Al fin, Vitelio, abandonado y acosado, cae en manos de los flavianos, que acaban con él sin piedad:

“Vitelio […] vuelve al Palacio, vacío y desierto; pues incluso los más humildes de sus esclavos habían escapado […]. Lo aterran la soledad y aquellos lugares silenciosos, escruta las estancias cerradas, se llena de miedo ante las vacías; y cansado de aquel lastimoso andar de un lado para otro se oculta en un vergonzoso escondrijo, de donde lo sacó a rastras el tribuno de cohorte Julio Plácido. Se le ataron las manos a la espalda, y lo llevaron con sus

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vestiduras rasgadas y ofreciendo un bochornoso espectáculo, mientras lo increpaban mu-chos y nadie lloraba por él […]. Uno de los soldados germánicos que salió al paso hirió a Vitelio lleno de ira […], a éste le cortó una oreja.

Lo obligaban con la punta de la espada ya a levantar la cara y presentarla a sus vejacio-nes, ya a mirar a sus propias estatuas mientras caían y […] al lugar donde Galba había sido asesinado […]. Sólo se le oyó decir unas palabras que no eran propias de un espíritu dege-nerado, cuando al tribuno, que lo insultaba, le respondió que a pesar de todo había sido su emperador; luego cayó por los golpes que le asestaron. Y el vulgo se ensañaba con el muerto con la misma vileza con que lo habían apoyado en vida.” Hist. III 84 y 85.

La muerte de Vitelio más había supuesto el final de una guerra que el comienzo de una paz. Eran muchos los problemas pendientes y la discordia en el corazón del imperio había hecho creer a algunos pueblos sometidos que había llegado la hora de liberarse del dominio romano. Así estalló en Germania la rebelión de los pueblos bátavos que lograron sumar a su levantamiento parte de la Galia.

Vespasiano, que se había hecho con el poder sin haber tomado parte de la guerra, se dispuso a partir para Roma, ya a comienzos del año 70, tras encargar al mayor de sus dos hijos, el futuro emperador Tito, la conclusión de la guerra de Judea y la toma de Jerusalén. Los preparativos para ella son ya materia del último libro conservado de las Historias, el V. Les sigue la continuación de la narración de la revuelta bátava, que queda bruscamente interrumpida.

5.- Los “Anales” en la obra de Tácito

Los Anales son la más amplia y mejor conservada de las obras que escribió, además de constituir el “testamento histórico y literario” por estar situado en los años finales de su actividad. La carrera de Tácito es una empresa de madurez, como la de otros historiadores, hombres públicos que encuentran en la cima de la vida el otium que les permite dar tes-timonio escrito de su propia existencia vital, como Salustio, el más admirado modelo ro-mano de Tácito, que tras la supresión del déspota Domiciano en el año 96 a.C., comienza a unir los laureles literarios a los ganados en política. Su cursus honorum lo había alzado hasta el consulado.

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La materia de los Anales trata la historia interior y exterior de Roma desde el reinado de Tiberio al de Nerón, es decir, desde el año 14 al 68 a.C. En su primer capítulo nos dice Tácito que la crónica de ese período se había escrito al dictado del miedo, en la vida de los príncipes, y en el resentimiento una vez desaparecidos aquellos; de ahí su designio de revisar tales tiempos:

“La historia de Tiberio y de Gayo y la de Claudio y Nerón se escribieron falseadas por el miedo mientras estaban ellos en el poder; tras su muerte, amañada por los odios recien-tes. De ahí mi designio […]” (Ann I, 1, 2-3).

La cuestión es si en la elección de la materia que va a tratar en los Anales no comete Tá-cito un acto de retractación o de corrección de rumbo ante una perspectiva comprometida. Resulta difícil explicar de otro modo el cambio de idea, pues en su obra anterior, las Histo-rias, dice que en su próxima obra tratará el periodo de Nerva y Trajano. Remitiéndose a un pasado lo bastante alejado para no herir susceptibilidades, salvaba así su libertad de acción. Los Annales son, pues, una crónica y una meditación en torno a más de medio siglo de poder personal dinástico en Roma; una reflexión a la que Tácito se entregó probablemente cargado de pesimismo con respecto a sus propios tiempos, y que no hizo sino acentuar ese sentimiento, al que con justeza se ha llamado deformación profesional del historiador.

6.- Los “Anales” como obra historiográfica 

Puede afirmarse que los Anales son la fuente historiográfica más importante de que disponemos para el conocimiento de la historia de Roma entre los años 14 y 66 de nuestra era, con las lagunas indicadas de los años 29 a 31 y 37 a 47. Nuestro Tiberio, nuestro Clau-dio, nuestro Nerón tienen para bien o para mal un semblante básicamente tacíteo. De las trascendencia de los Anales como fuente histórica no se duda, pues para comparar o suplir, se ve uno obligado a pedir ayuda a obras mucho menos profundas y menos fiables, como las de Suetonio y Dión Casio.

“Sine ira et studio” , “sin encono ni parcialidad”, es el archifamoso lema que Tácito coloca como declaración de principios al comienzo de su gran obra. En qué medida los re-sultados finales se ajustan a esa declaración sigue siendo objeto de debate y de duda.

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 A lo largo de la obra, distingue Tácito entre los sucesos dignos de figurar en unos anales y aquellos otros que no deben superar el marco de los acta diurna, el diario oficial de Roma: “En el consulado de Nerón, por segunda vez, y Lucio Pisón hubo pocos acontecimien-tos dignos de memoria, a no ser que uno guste de llenar volúmenes alabando los cimienacontecimien-tos y las vigas con los que el César levantó en el Campo de Marte la mole de su anfiteatro [un anfiteatro de madera que quedaría destruido en el incendio del año 64], pues es tradición debida a la dignidad del pueblo romano el encomendar a los anales los sucesos resplande-cientes, y dejar detalles como esos a los diarios de la Ciudad [los diurna Vrbis acta venían a ser un periódico y gaceta oficial de Roma. Su creación se remonta a Julio César].” (Ann.  XIII 31,1).

Esa alergia del historiador a los hechos de menor cuantía, unida a una probable falta de experiencia personal, pudo ser la causa de la reiteradamente señalada imprecisión técnica de Tácito en las descripciones bélicas. La comparación con el escueto pero exacto tecnicis-mo de César o la minuciosa erudición de Livio al tratar de tierras, pueblos y batallas, nos revelan a Tácito como un historiador eminentemente cívico, urbano, e interesado en los aspectos morales de la historia.

En cuanto a las fuentes de Tácito, nos son conocidas a través de su propio testimonio.  Ya hemos citado los acta diurna, las actas senatoriales, y demás textos conservados en archi-vos públicos. Pudo tener acceso a los originales de los discursos que reproduce o glosa, así como a la correspondencia oficial. También estarían las memorias privadas que declara Tá-cito haber manejado, como las de Agripina, madre de Nerón. Fuentes historiográficas como la obra perdida de Plinio el Viejo sobre las guerras de Germania, así como su continuación a la historia de Aufidio Baso. Séneca el Viejo, por su parte, también historió el reinado de Tiberio en una obra perdida. Asimismo se nos ha perdido la historia de Cluvio Rufo, que se cree que abarcaba como los Annales. Cabe citar también la crónica de Fabio Máximo, a la que muchas veces alude Tácito. Mucho más abundante sería la mención de los numero-sos testimonios anónimos, directos o no, que Tácito alega en relación con hechos, causas o responsabilidades controvertidas.

Tal confrontación de pareceres suele dar al historiador ocasión de dejarse llevar por una tendencia que le empuja a seguir, a contracorriente de la línea del pensamiento y de la decisión, la génesis de las acciones individuales o colectivas. Esta actitud “psicologista” llega a afectar el carácter de su narración en los posibles condicionamientos internos de las conductas:

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“(el que Tiberio rechazara el culto de su persona), lo interpretaban como una modes-tia, muchos achacándolo a que no se fiaba de sí, algunos como algo propio de un espíritu degenerado.” (Ann. IV 38, 40).

Otras veces es el propio narrador quien imagina las alternativas; pero generalmente prefiere aprovechar esos enfrentamientos de pareceres para ejemplificar su idea de la diná-mica psicológica de los grupos. En ocasiones incorpora la reacción ante fenómenos como un eclipse o una tempestad, pues le proporcionan la ocasión de analizar su impacto en una colectividad:

“Aquella noche amenazadora y a punto de estallar en crimen vino a ser apaciguada por el azar. En efecto, de repente, en el cielo sereno se vio menguar la luna. El soldado, que ig-noraba la causa, lo tomó como un presagio concerniente al momento, igualando el eclipse del astro a sus fatigas, y suponiendo que la marcha de sus asuntos llegaría a buen final si la diosa recuperaba su brillo y claridad. Así, pues, hacen resonar el bronce y el clamor de tubas y cuernos; según la luna se volviera más clara o más oscura se alegraban o se entristecían; y cuando surgieron unas nubes que se ocultaban a la vista y la creyeron hundida en las tinie-blas, con la propensión a la superstición que tienen tales mentes una vez están impresiona-das, se lamentaban de que se les anunciaba una fatiga sin fin, y de que los dioses estaban a disgusto por lo que habían hecho. Pensando el César [Druso, hijo de Tiberio] que había que aprovecharse de tal cambio y manejar sabiamente lo que la fortuna había brindado… […]”. (Ann, I 28, 1-3).

Esta anatomía de las emociones individuales o compartidas es uno de los puntos fuer-tes del Tácito narrador. A tal método de análisis pueden hacerse, desde una mentalidad moderna, graves objeciones, pero tampoco cabe olvidar el paso que Tácito da dentro de la historiografía romana ni la rentabilidad literaria que ese psicologismo le brindaba.

Esto nos lleva a la cuestión de si Tácito se plantea un interrogante global sobre la diná-mica de la historia humana; como ejemplo suele citarse un conocido excurso de los Annales donde medita sobre el dilema del azar y la necesidad, el casus y el fatum. Tácito recoge una anécdota sobre astrología, pero hace una síntesis de las doctrinas de moda sobre el destino humano:

“Pero yo, cuando oigo estas y otras historias parecidas, no sé si pensar que las cosas de los mortales ruedan según el hado y una necesidad inmutable, o bien según el azar. Desde luego, a los más sabios de los antiguos y a los que siguen sus escuelas los hallarás divididos: unos tienen la idea de que ni nuestros principios ni nuestro fin ni los hombres son objeto

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de preocupación para los dioses; y que por eso con mucha frecuencia ocurren desgracias a los buenos y prosperidades a los malos. En cambio, otros creen que hay un hado congruen-te con la historia, pero no derivado de las estrellas errancongruen-tes, sino vinculado a los principios y nexos de las causas naturales, y que, sin embargo, nos dejan elección de la vida, una vez escogida la cual, es invariable la sucesión de acontecimientos…”. (Ann. VI 22, 1-2).

Se trata de la doctrina del providencialismo estoico enfrentada con las más tradicio-nales críticas que a ella se hacían; pero no puede decirse que Tácito elabore una teoría de-finida, pues era poco amigo de la especulación teórica, algo impropio del temperamento típicamente romano.

Tácito hace un esquema de su ideario o de sus prejuicios. Se ha dicho que, en política, es un acérrimo adversario de la tiranía; pero es también un convencido partidario del “mi-ddle path”, de la vía media entre el servilismo y la rebelión frente al poder constituido. Se ha sugerido que su primera obra, el Agricola, podría tener no poco de apología pro vita sua de un hombre que, después de todo, había llevado una brillante carrera política y profesional bajo el déspota Domiciano:

“Agrícola no provocaba a la fama ni al hado con la rebeldía ni con la vana jactancia. Sepan cuantos tienen por costumbre admirar la ilegalidad que incluso bajo malos príncipes puede haber grandes hombres, y que la sumisión y la moderación, si a ellas se une la activi-dad y la energía, sobresalen con la misma gloria con que muchos, por un camino violento pero sin utilidad alguna para la república, brillaron con una muerte pretenciosa”. (Agr. 42, 6).

En el plano político, tan categórica defensa de la digna subsistencia bajo el tirano apa-rece más atenuada en los Annales. Paapa-rece que el Tácito de las Historias todavía creía en la posibilidad de hacer compatibles principado y libertad; apoyaba el mecanismo de la suce-sión no hereditaria que haría posible la adopción del mejor, la recuperación de la res publi-ca convertida en patrimonio familiar por la dinastía Julio-Claudia. Parece que esta ilusión no tardó en empañarse ante la adopción intrafamiliar de Adriano por Trajano, y que esta decepción no es ajena a la elección de la materia de los “Anales”. El rechazo por la sucesión familiar, al lado de la veneración por la viejas virtudes romanas, es uno de los rasgos más acusadamente republicanos de Tácito. A pesar de todo, no parece que dejara nunca de creer en la necesidad del gobierno de uno solo; más que como adversario del Principado hay que considerarlo como un crítico implacable de los excesos y defectos de los príncipes.

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En resumen, de que Tácito tuvo oportunidad de conocer los hechos a fondo no cabe duda; de que los haya narrado realmente sine ira et studio ya no podemos estar tan seguros, a no ser que consideremos como fruto de su afán de imparcialidad ciertas “contradicciones” que afloran en su relato: un Tiberio austero, modesto y desprendido al lado del Tiberio en cuyas intenciones supone Tácito lo peor; un Claudio cruel e imbécil al lado de un Claudio que defiende con habilidad y sensatez el acceso de los provinciales al Senado, y que acude generosamente en ayuda de los perjudicados por las calamidades públicas; un Nerón en el que, a pesar de deber el mismo poder al crimen, por un momento se vislumbra la posibili-dad de un príncipe justo y sabio bajo el consejo de Séneca.

7.- Los “Anales” como obra literaria 

Como género literario, la historiografía está situada en un lugar en el que se entrecru-zan las influencias de varios otros: la oratoria, con la que nace la prosa artística; el drama y la tragedia, con los que la historia puede compartir la materia a tratar; por último, la vieja épica. De estos tres grandes polos proceden las técnicas y preceptos que presiden la elabo-ración de la historiografía antigua.

El calificativo de “tarea oratoria en grado sumo” (Cic. De Legibus I, 5) que la escuela romana dio a la historiografía guarda el recuerdo de que había nacido en Roma como una variante de la práctica retórica: como discurso apologético dirigido a hacer valer la causa romana ante los ojos del mundo mediterráneo de fines del s. II a. C., durante la guerra con  Aníbal; de ahí que los primeros analistas romanos escriban en griego.

La argumentación deliberativa se vuelve del futuro al pasado y el historiador es con-templado como alguien que trata de contarnos algo, pero también de convencernos de algo. Para ello, el historiador-orador tiene ocasiones varias de ejercer su oficio a través de los dis-cursos que intercala en su obra. Al igual que sus modelos Tucídides y Salustio, gusta Tácito de incorporar a su texto parlamentos atribuidos a los protagonistas de la historia narrada; los Annales nos ofrecen una buena colección de ellos, como son: el de Germánico en I 42; el de Tiberio en III 53 y sig; la autodefensa de Cremucio en IV 34 y sig; la de M. Terencio en VI 8; pero citaremos el parlamento de Séneca a Nerón cuando trató de devolver al prín-cipe las riquezas recibidas:

“Hace catorce años, César, fui puesto al lado de la esperanza que tú eras, ocho que os-tentas el imperio; en este tiempo has acumulado sobre mí tantos honores y riquezas, que a

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mi felicidad no le falta sino la medida. […] Yo, ¿qué otra cosa he podido ofrecer a tu mu-nificencia que unos estudios, por así decirlo, desarrollados en la sombra, y que se han visto ilustrados por parecer que he prestado mi asistencia a los inicios de tu juventud, recompen-sa bien grande de mi actividad? Mas tú me has rodeado de una gracia ilimitada, de riquezas sin medida; hasta tal punto que muchas veces me digo para mis adentros: ‘Y yo, nacido de condición ecuestre y provincial, ¿me cuento entre los próceres del estado? ¿En medio de los nobles y de quienes exhiben viejas glorias ha llegado a brillar mi condición de hombre sin abolengo? ¿Dónde está aquel espíritu contento con poco? ¿Es él quien construye tales jardi-nes y anda por estas fincas y rebosa de tantas tierras y tan amplias rentas?’ Una sola disculpa se me ocurre: que no debía yo oponerme a tus larguezas.”

“Ahora bien, uno y otro hemos colmado la medida: tú la de cuanto un príncipe podía dar a un amigo, yo la de cuanto un amigo podía recibir de un príncipe; lo que de ahí pase hace crecer la envidia. Cierto que ésta, como todas las cosas mortales, está muy por debajo de tu grandeza; pero a mí me amenaza y es a mí a quien hay que socorrer. […] Ordena que mi patrimonio sea administrado por tus procuradores, que sea incluido entre tus bienes. Y no es que yo me vaya a hundir en la pobreza, sino que, deshaciéndome de las cosas cuyo resplandor me deslumbra, el tiempo que tengo reservado para el cuidado de mis jardines o villas lo recuperaré para mi espíritu.” (Ann. XIV 53, 54).

Tácito prefiere el “estilo indirecto” para exponer palabras ajenas, pero cuando desea llamar la atención sobre un determinado pasaje o discurso, recurre al estilo directo, el de la presunta reproducción de literal de las palabras ajenas; “literal” porque era convención aceptada en la historiografía antigua la licencia para que el cronista recreara, dentro de unos límites de verosimilitud, los discursos ajenos, aun cuando tuviera a mano copias literales de ellos. No ha de pensarse que cuando Tácito, que debió poseer documentación de primera mano sobre los discursos, recurre al estilo directo está reproduciendo con mayor fidelidad las palabras del personaje en cuestión; incluso puede ocurrir al contrario, que sea en estos pasajes donde más libremente ejerce su oficio de orador. Y así es como todos los discursos que tenemos en los Annales revelan la mano de un técnico.

Como decíamos, la prosa historiográfica no tardó en caer en la órbita de influjo del drama y la tragedia. Esa influencia se produce ya en el ámbito de la literatura clásica griega y vuelve a repetirse en la latina. Tácito es uno de los máximos exponentes de la “historia trágica”. Dispone la narración de manera que logra crear un crescendo de patetismo, una sensación de dramática presencia en el momento clave de los grandes acontecimientos. Ejemplos representativos son: el enfrentamiento de Germánico con los legionarios

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amoti-nados (Ann. I 42), el desembarco de Agripina en Brindis portando las cenizas de su marido, el diálogo entre Tiberio y Sejano ( IV 39 y sigs.), muertes como las de Trásea, Octavia o Séneca, que citaremos aquí:

“Sigue la muerte de Anneo Séneca, especialmente grata al príncipe, no porque lo hu-biera hallado implicado en la conjuración, sino porque deseaba acometerlo con el hierro una vez que el veneno no había resultado. […] Al tiempo [Séneca] procura convertir su llanto en entereza, ya hablándoles en tono llano, ya con mayor energía y como reprendién-dolos; les pregunta dónde están los preceptos de la filosofía, dónde los razonamientos por tantos años meditados frente al destino. ¿A quién había pasado desapercibida la crueldad de Nerón? Asesinados su madre y su hermano, les decía, ya nada le faltaba sino añadir a esas muertes las de su educador y maestro. Hechas estas y similares consideraciones abraza a su esposa, […] tras esto y de un mismo golpe se abre las venas de los brazos con el hierro. Como a Séneca, debilitado su cuerpo por la vejez y la parquedad en el alimento, la sangre se le escapaba lentamente, se abrió también las venas de los muslos y pantorrillas. […] Como se alargaba el lento trance de su muerte, pide a Estacio Anneo, en cuya amistad y arte médi-ca confiaba por larga experiencia, que le proporcione un veneno […], el mismo por el que morían los condenados por público juicio en Atenas [la cicuta, que acentúa el paralelismo con la descripción de la muerte de Sócrates]. […] Acto seguido, se metió en la bañera, cu-yos vapores lo asfixiaron.” (Ann. XV 60-64).

Esta tendencia trágica domina en la descripción de procesos tan poco humanos como una tempestad, que cobra una vida especial en las sombrías tintas con que el maestro sabe pintarla (II 23 y sigs.).

La fuente de la tragedia era la épica. La vinculación es clara en Roma desde un princi-pio; no es casual que el padre de la epopeya nacional, Ennio, diera a su gran obra un título historiográfico, el de Annales, como no lo son las llamativas similitudes que se dan entre el primer libro de Tito Livio y la Eneida de Virgilio. Es Livio el gran iniciador de un proceso de eliminación de las barreras que separaban su lengua de la poética, y que tiene su corres-pondencia en una retorización de la poesía bien patente ya en Lucano.

Con Tácito se alcanza la cima del proceso de poetización de la prosa. En busca de la semnotes, “la solemnidad”, tan deseada por los historiadores romanos, entra en el caudal lingüístico reservado a la épica, especialmente en el vocabulario, cuando quiere dar realce a un determinado pasaje. Nada simboliza tan claramente la vinculación de Tácito con la poe-sía y la épica, como el hecho de que el primer párrafo de sus Annales forma un hexámetro dactílico, el verso heroico de los antiguos.

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8.- Tácito como escritor

La historiografía es concebida por los antiguos como una actividad artística, plenamen-te liplenamen-teraria, más que como un trabajo de averiguación, exposición y explicación de sucesos. Lo que nos lleva a analizar los rasgos artísticos de la obra de Tácito.

Tiene un estilo y lengua inconfundibles que a veces se convierte en un autor poco acce-sible debido a su prosa, en palabras del erudito Fuhrmann, “erhabene Kunstprosa” o prosa artística elevada. Es el resultado de un meditado proceso de estilización, una tendencia a huir de lo usual, lo convencional, lo obvio. La lengua de Tácito es arcaizante y poetizante, contraria a la simetría ciceroniana (concinnitas) practicada por Tito Livio y prefiere la bús-queda lo inesperado (variatio). También prefiere la concisión conceptual, decir mucho con pocas palabras (brevitas), que se suma a una severa solemnidad (gravitas) que viene a estar en consonancia con el carácter sombrío que de por sí tienen los acontecimientos narrados.

9.- Tácito y la posteridad

La fama de Tácito no decayó en los siglos posteriores: el emperador Tácito (275-276), que se tenía por descendiente del historiador, ordenó que periódicamente se hicieran copias de su obra a expensas del estado y con destino a las bibliotecas públicas.

En el medievo no gozo de fortuna, hasta el punto de que no faltó mucho para que se perdiera en el abismo de los “siglos oscuros”. Es el Renacimiento quien descubre y valora a Tácito, que se convierte en uno de los autores preferidos por los tratadistas políticos de los siglos XVI y XVII. El perfil de Tiberio que traza en la primera héxada de los Anales se toma como prototipo de la astucia política, del proceder según la “razón de estado”. Más tarde, para muchos ideólogos de época revolucionaria, Tácito es un ejemplo de crítica contra la tiranía y un modelo de fervor republicano.

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10.- Vida de Suetonio

La problemática sobre la vida y la obra literaria de Suetonio es muy com-pleja y variada. Resulta una paradoja que el mejor biógrafo latino no provocara la suficiente curiosidad para que se com-pusiera una biografía suya; tenemos que llegar hasta el s. XVI en que Policiano la consignó en unas pocas líneas en su Prae-fatio in Suetonii expositionem. Pero, ni sus intentos ni los de filólogos y estudio-sos posteriores han tenido un éxito ple-no. Los datos que poseemos actualmente proceden del propio biógrafo a través de los datos en sus obras, de seis cartas de Plinio el Joven y de los restos de una ins-cripción hallada en la base de una estatua de mármol erigida en su honor por los habitantes de Hipona (Hippo Regius), en África.

10.1.- Familia y clase social de Suetonio

Tenemos noticias de sus antepasados por sus propias citas. A su abuelo lo cita en la biografía de Calígula para precisar la causa por la que éste hizo construir el famoso puente de Bayas:

“Cubrió el espacio que quedaba entre Bayas y el dique de Pozzuoli, una distancia de casi tres mil setecientos pasos (algo más de cinco kilómetros) con un puente formado por navíos de carga […] que se cubrieron de tierra de forma que parecía la Vía Apia. Durante dos días seguidos circuló por este puente: el primero montado en un caballo ricamente enjaezado […]; y, el segundo, vestido como un conductor de cuadriga, en un carro tirado por dos caballos famosos […]. Sé que la mayoría ha creído que Gayo imaginó este puente para rivalizar con Jerjes, el cual provocó una gran admiración cuando cubrió de forma si-milar el Helesponto […]. Pero cuando yo era niño, oí contar a mi abuelo que el motivo de

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este obra, revelado por los esclavos personales del emperador, habían sido las palabras del astrólogo Trasilo a Tiberio, cuando éste se hallaba angustiado a propósito de su sucesor, éste le aseguró que Gayo tenía tantas posibilidades de ser emperador como de recorrer a caballo el golfo de Bayas.” (Cal. 19, 3).

Dicha información hace suponer que frecuentaba la corte, tenía amistad con cortesa-nos, libertos o soldados de la guardia del pretorio, o que él mismo poseía la condición de alguno de ellos.

De su padre dice, en las primeras líneas del capítulo 10 de la vida de Otón, que se llamaba Suetonio Leto, que participó en la primera batalla de Bedríaco y que en ella actuó como tribuno angusticlavo de la XIII legión Gemina. Se deduce la pertenencia de Suetonio Leto al orden ecuestre. Por la pertenencia a esa legión, sabemos por Tácito que había jurado fidelidad a Otón en Panonia y que tras ser derrotada en la batalla de Cremona, fue destina-da a la construcción de los anfiteatros de esta ciudestina-dad, siendo licenciados después. El resto de la información nos habla del carácter pacifista de Otón y parece sugerir que mantuvo buena amistad con él. Como su padre, pues, Suetonio pertenecía al orden ecuestre.

10.2.- Lugar de nacimiento

El lugar de nacimiento es realmente desconocido. La hipótesis, hasta que apareció la inscripción de Hipona, fue que había nacido en Roma, como piensan editores como Bas-sols, Rolfe o Icart. Otros como Townend, Crook o Bugnoli creen que nació en Hipona, donde le dedicaron la estatua con una inscripción en el 121-122, aunque autores como Syme piensan que no supone necesariamente que hubiera nacido allí. Grosso y otros han defendido que nació en Ostia, en razón de que Suetonio recibió allí el pontificado de Vul-cano como testimonia la inscripción de Hipona, pues en Ostia había un sacerdote dedica-do a esta divinidad. Voss propuso la Galia Cisalpina debidedica-do a la amistad que mantuvo con Plinio, natural de aquella región.

10.3.- Fecha de nacimiento

Las opiniones a este respecto son también múltiples, pero casi todas se agrupan en tor-no a las fechas propuestas por Mommsen o Macé dentro de una horquilla que abarca del 69 al 77. Mommsen en su estudio sobre Plinio el Joven, tomando como punto de partida

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la carta III, 8, proponía el año 77 pues consideraba que Suetonio estaba a punto de cumplir veinticinco años en el 101, en que obtuvo el consulado y se fecha dicha carta (101-24=77). Macé da el año 69 como fecha más probable de su nacimiento a partir de la datación de las cartas de Plinio y algunos pasajes de las Vidas de los Césares. En la actualidad se tiende a fijar la fecha en la establecida por Macé, entre el 69/70.

10.4.- Infancia y juventud

 A la etapa de su niñez (puer) habría que atribuir el recuerdo citado de las palabras del abuelo de Suetonio sobre las motivaciones de Calígula a la hora de construir el puente de Bayas. Los recuerdos de esta edad debieron de grabarse profundamente en su espíritu, como se deduce de la viveza con que narra otros recuerdos semejantes, como el relato de su padre de la muerte de Otón. A los primeros años de su adolescencia (adolescentulus) atribuye Macé el pasaje de la biografía de Claudio en que Suetonio refiere que había oído contar a algunas personas de edad (a maioribus natu audiebam) que los abogados abusaban hasta tal punto de la paciencia del emperador, que no sólo lo llamaban a gritos para que se quedara cuando intentaba retirarse del tribunal, sino que incluso lo retenían sujetándolo por el borde de la toga (Claud. 15, 3).

Poco más se puede deducir sobre la niñez y juventud. Hijo de un caballero romano, de familia acomodada, se educaría pasando por las manos de un litterator y un grammaticus, y corretearía por las calles de la ciudad; y, en la escuela, la calle y la familia iría desarrollando las cualidades especiales de atención, curiosidad, observación y tal vez procacidad que le sirvieron frecuentemente para recabar información, como él mismo testimonia en Nero, 57 y en Dom, 12, 2:

“[…] El fisco judaico fue administrado con más rigor que ningún otro; eran acusados ante él tanto las personas que vivieran con arreglo a las costumbres judías, sin haberlo decla-rado, como aquellas que, ocultando su origen, no hubieran pagado los tributos impuestos a su pueblo (las comunidades judías tenían como costumbre enviar dos dracmas al año por cada varón adulto a Júpiter Capitolino). Recuerdo que, cuando apenas era un adolescente, asistí a la inspección a que se sometía, por parte de un procurador y un consejo muy nume-roso, a un anciano nonagenario para ver si había sido circuncidado.”

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11.- Suetonio en el círculo de Plinio

Los años que siguieron a la juventud de Suetonio constituyen la parte más importante de su vida. Sin el conocimiento de ellos y de la actividad que desarrolló no podrá entenderse bien la obra de Suetonio, así, por ejemplo, no se entenderá bien su interés por la religión y los prodigios, si no se sabe que fue supersticioso por carácter y sacerdote por cargo. Este período abarca desde el año 97 hasta el 122 o 128, para ello contamos con el testimonio de las cartas de Plinio (97 al 113) y la inscripción de Hipona.

Suetonio parece ya haber entrado bajo la protección o el círculo de Plinio el Joven en el año 97, cuando éste desempañaba el cargo de prefecto del erario militar. Para entonces, Suetonio habría completado ya su formación y se dedicaba quizá a la enseñanza, o poseía cierta notoriedad como hombre de letras. Había sido testigo de los últimos años represivos de Domiciano, del difícil pero eficaz gobierno de Nerva y de las intrigas que caracterizaron la adopción y sucesión de Trajano, un período en el que se fue abriendo camino a sus in-quietudes públicas y administrativas.

11.1.- El contubernalis y scholasticus de Plinio

En el año 97/98 Plinio escribe una carta a Bebio Hispano en la que aparece velando por los intereses de su amigo Suetonio. Plinio ruega a aquél que ponga un precio razonable por una finca que éste quiere comprar, haciéndole ver que la finca posee las características apropiadas para un estudioso como él:

“Tranquilo, uno de mis amigos (contubernalis meus), desea comprarse una pequeña finca que, según parece, tiene a la venta un amigo tuyo. Te ruego que procures que la com-pra se realice por un precio razonable, pues así es como se alegrará él de haberla adquirido. […] En esta finca hay muchas cosas que apetecen a mi querido Tranquilo: la proximidad a Roma, las buenas posibilidades de comunicación, el tamaño no excesivo de la casa, el aspec-to del campo, que es uno de los que más bien entretienen que dan preocupaciones. Porque para dueños estudiosos (scholasticis dominis), como es éste, basta con una extensión de tierra en que puedan despejar la cabeza, descansar la vista, deambular lentamente, conocer todas sus cepas y recontar sus arbolillos […].” (I, 24)

La carta posee un gran interés por la descripción que hace Plinio de Suetonio, al que aplica los calificativos de contubernalis y scholasticus. Con el primero indica la amistad

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ín-tima que le profesaba. El segundo se ha intentado relacionar con su profesión. Para eruditos como Macé, scholasticus significaría no solamente “hombre de estudio”, sino “hombre de escuela, profesor”; y por las fechas de las cartas de Plinio, deduce que Suetonio habría en-señado durante seis o siete años (del 95 al 101). Para confirmar su hipótesis, propone otra serie de argumentos que se apoyan en el carácter, método y estilo de las obras de Suetonio, y en el amor que demuestra hacia esa (su) profesión: parte de la producción literaria de Suetonio tiene como objeto cuestiones que se relacionan con la gramática; las Vidas de los Césares, a pesar de no ser una obra estrictamente gramatical, por su método, estilo y las referencias al estilo de otros autores supone un vivo interés por problemas cercanos a los gramaticales; en la Vida de Augusto distingue perfectamente entre expresiones de la conver-sación familiar y de la lengua culta, como baceolus en lugar de stultus (Aug. 87); recuerda que el emperador pronunciaba simus en lugar de sumus y domos en lugar de domuos, pero que siempre escribía tal como los leía.

 Así, Macé concluye que Suetonio se dedicó a la enseñanza y muy probablemente a la de la gramática, no a la de la retórica. Para autores como Paratore es válido el término gram-maticus para indicar la profesión de Suetonio. Della Corte aduce, para demostrar el interés gramatical de Suetonio, la inserción en sus biografías de vocablos de origen galo (becco, galba, alauda), etrusco (aisar), rústico (plaustrum), etc. Lana considera que el biógrafo sería un erudito sencillo, pero no descarta la posibilidad de que se ganara la vida como profesor en una escuela en Roma.

 Así está la cuestión. De la calificación de Suetonio como gramático y profesor de gra-mática, se ha llegado a la negación total de dicha profesión por otros estudiosos. Puede que Suetonio no fuera gramático de profesión, pero su etapa de formación con el grammaticus fue tan decisiva que imbuyó en él el modo de proceder de los gramáticos, y marcó para siempre su quehacer literario, pues nos dejó una huella evidente como los estudiosos reco-nocen.

 A través del testimonio de otras cartas de Plinio, tenemos otras noticias sobre Suetonio, como la renuncia al cargo de tribuno a favor de un pariente más necesitado, quizá por la poca afición de Suetonio a la vida castrense. En otras vemos como, pasado el tiempo, Plinio trata a Suetonio de igual a igual y habla de él como de un amigo con admiración hacia sus obras literarias, llegando incluso a ser Plinio quien necesita del consejo del biógrafo. Final-mente, en el 112/113 Plinio dirige una carta a Trajano desde Bitinia para solicitar el “dere-cho de los tres hijos” (ius trium liberorum) para Suetonio, en ella Plinio pone de relieve las cualidades superlativas que le califican como hombre público (probissimus, honestissimus y

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eruditissimus). El derecho concedido a Suetonio ofrecía ventajas a los caballeros que, como él y Plinio, eran infecundos o poco prolíficos (en el fondo, consistía en una derogación de la ley Popea, que concedía privilegios civiles y políticos a los padres de familia numerosa, negando esos privilegios y otras ventajas a los solteros y sin hijos). Trajano contestó a Plinio que accedía a concederle su petición. Sobre este periodo no poseemos más datos, pues Pli-nio murió probablemente en el año 113.

12.- Los cargos de Suetonio. En el círculo de Septicio.

Tras la muerte de Plinio, Suetonio se apoya en C. Septicio Claro, otro hombre presti-gioso de letras con el que había mantenido una estrecha amistad. Juan Lydo constata que Suetonio le dedicó las Vidas de los Césares siendo perfecto del pretorio de Adriano. Y por un posterior, Esparciano, en su Vida de Adriano refiere la destitución conjunta de Suetonio como secretario ab epistulis y de Septicio como prefecto del pretorio. Así pues, parece que entre el 117/119 al 122 ejercería dicho cargo. Pero la aparición en el año 1950 de una ins-cripción en Hipona ha hecho modificar estos datos. La insins-cripción dice así:

C(aio) SVETONI[o]

FIL(io), …(tribu), TRAN[quilo], [f]LAMI(ni)

[adlecto i]INT[er selectos a Di]VO TR[a]-[iano Parthico, p]ONt(ifici) VOLCA[nal]i,

a] STUDIS, A BYBLIO[thecis] [ab e]PISTVULIS

[Imp(eratoris) Caes(aris) Trai]ANI HADR[i]AN[i Aug(usti)] [Hipponenses Re]GII D(ecreto) D(ecurionum)] P(ecunia) P(ublica)]

Los restos que nos quedan de ella permiten conjeturar para Suetonio los cargos de fla-men, juez y pontífice de Vulcano, aunque se han mantenido vivas discusiones sobre ellos, y permiten también constatar con seguridad los cargos de a studiis (cargo administrativo instaurado por Claudio, era el responsable de los proyectos administrativos), a bibliothecis (bibliotecario) y ab epistulis (cargo también instaurado por Claudio, se encargaba de clasi-ficar la correspondencia oficial).

La destitución de Suetonio del cargo ab epistulis la conocemos por este pasaje de Es-parciano antes mencionado: “(Adriano) Sustituyó en sus cargos a Septicio Claro, prefecto

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del Pretorio, a Suetonio Tranquilo, jefe de la correspondencia (epistularum magistro) y a otros muchos, alegando que por aquella época se habían comportado con su esposa Sabina con mayor facilidad en el trato con ella (in usu eius) de lo que exigía la etiqueta de la corte imperial y asegurando que, si hubiera sido un simple ciudadano, la habría repudiado por su actitud displicente y huraña”.

La problemática que encierra el texto es tan compleja que se ha dudado seriamente de su veracidad, algunos piensan que es pura invención o un craso error cronológico, como otros que se han detectado, tampoco se acepta sin reservas la razón de la dimisión que se apunta pues puede que se debiera a un problema de etiqueta, pero quizá también a una indiscreción sexual con la emperatriz, o incluso sospechas de una conjura.

12.1.- Actividad de Suetonio tras su destitución y fecha de su muerte

Por falta de datos concretos, se envuelve en pura hipótesis hasta su muerte. Macé cree que marchó y nunca volvió a la ciudad. Algunos filólogos han querido establecer la fecha de su muerte en torno al 161/162, pero se concluye que es verosímil que Suetonio no sobre-pasara los setenta y cinco años y que moriría antes del año 144.

13.- La obra literaria de Suetonio

13.1.- Las obras perdidas de Suetonio

Suetonio escribió una gran cantidad de obras literarias, de las que sólo se nos han con-servado las Vidas de los Césares casi en su totalidad, y los Gramáticos y Rétores que duran-te mucho tiempo se ha creído que formaba parduran-te de los Hombres Ilustres. Las restanduran-tes se nos han transmitido de forma fragmentaria. Citaré los títulos: Los reyes, La institución de los cargos públicos, Historia de los juegos públicos, El año de los romanos, Naturaleza de las cosas, Naturaleza de los animales, Las abreviaturas, La República de Cicerón, Clases de vestidos, Las palabras malsonantes y obscenas, Roma, La genealogía, Cortesanas famosas, Los vicios corporales, Hechos diversos.

Una obra tan grande confirma el calificativo de eruditissimus que dio Plinio a Sueto-nio. Su análisis revela el interés especial del biógrafo por las instituciones, por los usos y costumbres, por las cuestiones gramaticales y por la biografía.

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