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n el momento en que nuestra sociedad vive a un ritmo de un erotismo y de una sexualidad exacerbado, muchos son los que se declaran insatisfechos y desean vivir la castidad que, hay que recodar, no significa abs-tinencia sexual.Bebiendo de las fuentes de la Biblia, de la his-toria de la Iglesia, de los escritos de los santos y de la psicología, el autor aborda el amor cas-to en su integridad. El eros, la amistad, la ter-nura, el amor espiritual, los combates y las ale-grías correspondientes a esta virtud están entre los temas que él desarrolla con claridad y profundidad.
Una castidad plena y una sexualidad bien orde-nada son fuente de felicidad y de paz. Esta obra no puede sino ayudar a toda persona que busca amar con un amor sincero y fiel, tanto en el ma-trimonio como en el celibato o en la soltería. El autor es un monje contemporáneo que ha ejercido varias funciones en la orden de los car-tujos, principalmente la de padre maestro de novicios desde hace más de treinta años. Para respetar su deseo de vivir retirado, este libro es publicado sin nombre de autor.
Sabiduría
de la
Cartuja
„«viSe...esfe„ ISBN: 978-84-8353-067-2 3«> ... -¿> Monte CarmeloCOLECCIÓN "SABIDURÍA DE LOS CARTUJOS"
La colección "Sabiduría de los Cartujos" pone a disposición del gran público palabras salidas del silencio, de la oración y de la experiencia personal de los monjes cartujos.
El hombre que busca el sentido a su vida, el que busca a Dios encontrará aquí el alimento para continuar su camino.
Por un Cartujo
Prólogo del Cardenal Franc Rodé
T R A D U C C I Ó N :
Cartujas Je Santa María Je Benifaga y Pilar SeJano Sánchez
TITULO ORIGINAL:
Le bonheur d'etre chaste par un Chartreux
Collection "Sagesse des chartreux"
Éditions Presses de la Renaissance, Paris 2004, pp. 213
Nihil Obstat: Fr. Marcelino Prior de Cartuja
© 2007 by Editorial Monte Carmelo P. Sllverio, 2; Apdo. 19 - 09080 - Burgos Tfno.: 947 25 60 61; Fax: 947 25 60 62
http://www.montecarmelo.com [email protected] Impreso en España. Printed In Spain I.S.B.N.: 978 - 84 - 8353 - 067 - 2 Depósito Legal: BU - 188 - 2007
Impresión y Encuademación: "Monte Carmelo" - Burgos
P R Ó L O G O
En la Navidad del 2005, el Papa Benedicto XVI sorprendió a propios y extraños dedicando la primera encíclica de su pontificado, "Deus caritas est", al amor. Una hermosa encíclica, muy comentada y leída.
En ella el Santo Padre habla muy positivamente del amor, que comienza como atracción hacia la belle-za y el bien sensible, el "eros", como le llamaban los
filósofos griegos. Aunque el "eros" sea algo bueno y positivo, tiene que ir purificándose, sobre todo en su forma más intensa que es el sexo, del narcisismo, impurezas y excesos, que con frecuencia le acompa-ñan, hasta transformarse en el grado más alto y per-fecto del amor que es el "ágape", es decir, el amor maduro y desinteresado, el amor no centrado en uno mismo, sino abierto a los demás y sobre todo a Dios. "Resulta así evidente que el eros necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino un modo de hacerle pregustar en cierta manera lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser" (Deus caritas est, 4).
LA htLIUUAL) DE SER CASTO PRÓLOGO
esta aventura espiritual y también su fin. Todo el valor de una vida cristiana, y con más razón, de una vida consagrada, se mide por el amor. Por ello, el autor no duda incluso en afirmar que "la castidad sin amor es un vicio". Por su parte, san Bernardo afirma: "Sin la caridad, la castidad no tiene ni valor ni mérito. La cas-tidad sin caridad es una lámpara sin aceite".
Sin embargo, nunca ha sido fácil comprender la castidad. El Maestro, cuando propuso sus exigencias, viendo sin duda la cara de extrañeza de sus oyentes, tuvo que añadir: "El que pueda con eso que lo haga" (Mt 19, 12). Pero la castidad resulta especialmente difícil para nuestro tiempo, tan condicionado por la escuela de Freud, la cual afirma, que tratar de vencer-se a sí mismo sólo produce complejos negativos y frustrantes. En esta misma dirección, los poderosos medios de comunicación animan a un permisivismo moral que, en vez de buscar la superación y purifica-ción del amor, empujan a las personas a hundirse en los niveles más primarios de sus instintos.
Quien ha experimentado a Dios como el bien y la belleza suprema, ya no puede contentarse con los bienes y bellezas intermedios, sino que tenderá insa-ciable hacia Él. Sólo en este contexto de búsqueda de Dios como bien supremo puede entenderse la casti-dad consagrada.
Paul Claudel lo expresaba muy bien en una carta a un amigo: "Nosotros vivimos aún en el viejo prejui-cio romántico de que la felicidad suprema, el gran interés, el único fin de la existencia consiste en
nues-tras relaciones con la mujer y en la satisfacción de Aquí es donde tiene todo su sentido la castidad,
que no es menosprecio ni rechazo de la sexualidad o del placer sexual, sino fuerza interior y espiritual que libera a la sexualidad de sus elementos negativos como son el egoísmo del placer buscado por sí mismo, el reducir a las personas a objetos y a meros instrumentos para satisfacer sus instintos primarios. La castidad promueve la plenitud del amor auténtico.
En otras palabras, la castidad es la humanización o valorización de la sexualidad como afectividad leal, comprometida y respetuosa del otro. La castidad es autoeducación en el amor y la madurez del amor. Mejor aún, como el autor de esta obra no se cansa de repetir, la castidad es "una cualidad del amor". Por tanto, lejos de ser algo negativo o contrario al amor, "la castidad, para ser convincente, tiene que ser capaz de mostrar que realiza el deseo profundo de toda sexualidad, que es abrirse al amor de caridad [ágape] dándose y acogiendo a Dios y al prójimo".
Como la encíclica Deus caritas est, las conferen-cias recogidas en este libro insisten en que "la casti-dad es el fruto de un amor que florece en un don de sí lo más total posible, de la forma más oblativa posi-ble, a Dios y al prójimo. Esto presupone que la capa-cidad de amar ha evolucionado de manera más o menos normal y que las etapas de maduración psico-lógica han sido franqueadas sin daños importantes".
Este amor, y no otra cosa, es lo que ha impulsado, durante dos mil años de vida cristiana, a una infinidad de almas consagradas a la extraordinaria aventura mística de la unión con Dios. El amor es el principio de
LA FELICIDAD DE SER CASTO
nuestros sentidos que obtenemos con ello. Se olvida sólo una cosa: que el alma y el espíritu son realidades tan fuertes, tan exigentes como la carne -lo son todavía más-, y que si concedemos a esta última todo lo que ella pide, es en detrimento de otras ale-grías, de otras regiones maravillosas que nos queda-rán cerradas para siempre. Consumimos un vaso de vino malo en cualquier taberna o salón y nos olvida-mos de este mar virginal que otros contemplan cuan-do se eleva el sol".
Este libro, escrito en un lenguaje acorde con la psicología moderna, funda sus conclusiones, sobre todo, en la Sagrada Escritura y en la tradición de la Iglesia, cuya doctrina actualiza presentándola de un modo claro y asequible al hombre de hoy. Su lectura resultará refrescante y provechosa no sólo a los reli-giosos, sino también a tantas personas como en medio del mundo tratan de amar a Dios sobre todas las cosas.
El tema de la castidad siempre será difícil e incom-pleto. Por mucho que se estudie, por muy claras que tengamos las nociones, siempre queda "un espacio vacío" ante quien consagra su vida a Dios. En este camino los peligros son también muy reales. Peligro, sobre todo, de quedarse a medio camino: no decidir-se a decidir-ser enteramente del Señor y tampoco decidirdecidir-se a dejar el estado de vida elegido. Todo esto puede llevar a desarreglos psíquicos importantes.
Por eso hay que recurrir constantemente a la ora-ción. Hay que solicitar con insistencia la ayuda del cielo y sin duda notaremos sus efectos: Dios nos irá
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PRÓLOGO
fascinando y, casi sin notarlo, nos iremos adentrando en ese amor purificado y encendido a Dios y al próji-mo que es la castidad por el Reino de los cielos.
CARDENAL FRANC RODÉ, C . M .
Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades
de Vida Apostólica
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EL AMOR
EN EL A N T I G U O TESTAMENTO
La castidad es una cualidad del amor. Concierne a la afectividad del hombre, la capacidad de amar, que es la nuestra como seres encarnados. La castidad, por lo tanto, no puede ser reducida a la prohibición de tal o cual acto; es una realidad eminentemente positiva; es la incandescencia del amor. Para poder captar algo de ella, tenemos que considerar la sexualidad y la afectividad humana en su totalidad.
El corazón del hombre está hecho para conocer y amar al otro y al Totalmente Otro. Lo que cuenta en la vida de un hombre es lo que ama y cómo ama. Nuestra existencia no es más que un largo aprendiza-je del amor. Cristo es nuestro Maestro y nuestro Camino. Por el don de su Espíritu restaura nuestra humanidad en toda su integridad; nos da la posibili-dad de amar como Él amó y como ama actualmente. Este don corona un proceso histórico, cuyo desarrollo
LA FELICIDAD DE SER CASTO
La sexualidad en la Biblia
La sexualidad es presentada en los textos más antiguos de la Biblia bajo dos aspectos principales: el de la fecundidad y el del amor.
Fecundidad
"Y creó Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios lo creó; macho y hembra los creó. Y los bendijo y les dijo: 'Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla; domi-nad en los peces del mar, en las aves del cielo y en todo animal que serpea sobre la tierra'" (Gn 1, 27-28).
El relato sacerdotal de la creación afirma que el hombre y la mujer, los dos, están hechos a imagen de Dios. Como Dios, "el hombre" posee la soberanía del universo; como Él, tiene el poder de dar la vida a seres que serán a su imagen (pero no por creación).
La bendición de Dios y el poder concedido al hombre tienen por objeto la fecundidad carnal que garantiza la existencia del Pueblo de Dios y su conti-nuidad en el tiempo. De este modo la sexualidad se presenta como algo bueno y ordenado a la fecundi-dad. Es la significación biológica de los sexos. Pero esta fecundidad está directamente unida a la acción
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1. EL AMOR EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
I
3
nos revela la Biblia. Pongámonos a su escucha, con una atención especial A lo que nos dice sobre la sexualidad humana.
de Dios: "He conseguido un hombre para el Señor" exclama Eva después de haber dado a luz a Caín (Gn 4, 1). El deseo dirigido a la joven Rebeca manifiesta la misma ¡dea:
"¡Oh hermana nuestra, que llegues a con-vertirte en millares de miríadas, y conquiste tu descendencia la puerta de sus enemigos!" (Gn 24,60).
La fecundidad inesperada de las mujeres estériles que trajeron al mundo a los héroes de la historia de la salvación (Jacob, Sansón, Samuel, Juan el Bautista, etc.), nos revela que todo nacimiento está entre las manos de Dios y que él es la fuente última de la vida. La institución del levirato (cf Dt 25, 5) y de la poliga-mia están al servicio del valor de la fecundidad: una familia numerosa es la bendición de Dios.
Sin embargo, la poligamia representa una altera-ción de la armonía de los orígenes, tal como nos lo describe el segundo relato de la creación. De hecho, este relato es probablemente más antiguo que el pri-mero. Está, ciertamente, más atento a la relación psi-cológica ente el hombre y la mujer. El sentido del celi-bato no está descubierto aún en el Antiguo Testamento. Jeremías es el único célibe que conoce-mos del Antiguo Testamento: pero era célibe como señal, para hacer comprender a los despreocupados el peligro de su época: cuando todo va mal no se funda una familia (cf Jr 16, 2-4). En general, la consigna es: "Sed fecundos" para asegurar el desarrollo del Pueblo
LA FELICIDAD DE SER CASTO
de Dios con vistas al cumplimiento de los designios divinos.
Amor
En el relato yahvista (Gn 2-3), tan vivo y tan pro-fundo, el Señor coloca al hombre que ha formado en un jardín, el Edén, para que lo cultive y lo guarde. El Señor hace germinar toda clase de árboles de aspec-to atractivo y de fruaspec-tos buenos para comer. El hombre tiene todo lo que necesita para la vida material y tiene una tarea que cumplir. Pero está solo. Y el Señor Dios dice: "No es bueno que el hombre esté solo. Quiero hacerle una ayuda que le corresponda. El Señor Dios modeló del barro todas las fieras de los campos y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hom-bre, para ver qué nombre les ponía. Todo lo que el hombre nombró significaba "ser vivo". El hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las fieras salvajes, pero para él, para el hombre, no encontró la ayuda que le corres-pondía ".
El dominio sobre el mundo animal no le bastaba. El Señor Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, que se durmió; tomó una de sus costillas y rellenó el vacío con carne. De la costilla que Yahvé Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: "Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne: ésta será llamada varona [ishsha] porque del varón
[ish] ha sido tomada. Por eso deja el hombre a su
padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne".
I. EL AMOR EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
1 Es una forma de superlativo, en la Biblia. Otro ejemplo, e! Cantar de los cantares.
Entre las criaturas de Dios, únicamente la mujer es la interlocutora, tanto física como psíquica, del hom-bre; un ser que es para él una ayuda y una compañe-ra. Ella es hueso de sus huesos y carne de su carne1,
es decir, que entre el hombre y la mujer hay un paren-tesco supremo, una conveniencia perfecta. Pero para que le sea dada esta mujer, Adán ha de sucumbir a un sueño profundo, una especie de muerte: necesita renunciar a sí mismo para encontrarse en la mujer. Luego abandona a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hace una sola carne, es decir, un solo ser. El ideal paradisíaco de la pareja lleva consigo la igualdad de las personas en una unión íntima y dura-dera. Este ideal será invocado y profundizado a lo largo de la historia sagrada, incluso si en lo concreto no es siempre respetado. El instinto despótico del hombre hacia la mujer, el deseo que ella tiene del hombre, los dolores del parto, todo es falta de armo-nía y fruto del pecado.
La sexualidad es presentada así como el modo fundamental y elemental de la respuesta a la necesi-dad social del hombre. La dualinecesi-dad sexual es una fun-ción de desarrollo personal y social en el diálogo y la comunión. La atracción de los sexos es un medio, para la persona humana, de salir de su soledad por el don y la acogida recíproca. El hombre encuentra en la mujer como una parte alienada de sí mismo, la mujer encuentra en el hombre su complemento. El hombre y la mujer son los aspectos complementarios de un
LA FELICIDAD DE SER CASTO
2 "Jacob sirvió por Raquel siete años, y estaba tan enamora-do que los años se le hicieron pocos días" (Gn 29, 20).
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I. EL AMOR EN EL ANTICUO TESTAMENTO
17 mismo todo. Su unión reconstituirá la unión primitiva
disociada.
En resumen, los relatos del Génesis nos colocan ante dos perspectivas fundamentales: la de la fecun-didad y la del amor. Dos expresiones de un orden de cosas querido por Dios, que tiene un valor permanen-te y universal. El pecado podrá alpermanen-terar y desajustar esta realidad humana; en sí misma ella sigue siendo un don de Dios, un bien que será presupuesto a la obra de la Redención.
El Cantar de los cantares
El Antiguo Testamento nos presenta numerosas historias de amor, con un sentido humano muy pro-fundo de la vida de la pareja: Isaac y Rebeca, Jacob y Raquel2, Ruth y Booz, David y Bethsabé, etc.
También está el Cantar de los cantares, poema en el que el amor es exaltado a la vez, en su forma más noble y más realista: describe en él a dos enamorados viviendo su amor en todas sus dimensiones, desde la más carnal y sensual a la más personal, sin falsos pudores, con la inocencia de la llama divina que los anima.
La belleza de la relación humana entre dos perso-nas que se aman se celebra con todo el arte de la poe-sía, valorando así la libre expresión de sus sentimien-tos y la búsqueda apasionada y recíproca de la unión sexual:
"Que me bese con el beso de su boca, mejo-res son que el vino tus amomejo-res" (Ct 1, 2).
"Mi amado es para mí, y yo soy para mi Amado: él pastorea entre los lirios" (Ct 2, 16).
" Y o soy para mi Amado, y hacia mí tiende su deseo" (Ct 7, 11).
"Ponme cual sello sobre tu corazón, como un sello en tu brazo. Porque es fuerte el amor como la muerte; obstinado como el abismo, el celo. Saetas de fuego, sus saetas, una llama de Yahvé" (Ct 8, 6-7).
En este poema la sexualidad no es solamente aceptada sino cantada de la manera más positiva y más encarnada.
Como toda realidad humana, el amor humano, para llegar a su perfección, debe pasar por un perio-do de maduración evidenciaperio-do por la búsqueda cons-tante de una unión cada vez más profunda y por el sufrimiento debido a la alternancia de presencia y de ausencia, de unión y de separación que forman la ten-sión fecunda presente en todo amor creado:
" E n mi lecho, por las noches, he buscado al Amado de mi alma. Busquele y no le hallé. Me levantaré, pues, y recorreré la ciudad. Por las calles y plazas buscaré al Amado de mi alma. Busquele y no le hallé. Los centinelas me encon-traron, los que hacen la ronda en la ciudad:
'¿Habéis visto al Amado de mi alma?' Apenas los había pasado, cuando encontré al Amado de mi alma. Le aprehendí y no le soltaré hasta que le
LA FELICIDAD DE SER CASTO
haya introducido en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me concibió" (Ct 3, 1-4).
Hay dos maneras de interpretar el Cantar. Según la interpretación alegórica, el poema simboliza, para la tradición judía, la relación entre Israel y Yahvé3. Para
la tradición cristiana la relación entre Cristo y su Iglesia, o más tarde, entre el Verbo y el alma individual (Clemente de Alejandría, Orígenes, Bernardo de Claraval, etc.).
Pero existe también una interpretación literal, desde Teodoro de Mopsuestia, en el siglo V y la escue-la de Antioquia hasta nuestros días con escue-la mayoría de los exegetas modernos. Según esta interpretación se trata sencillamente de una colección de poemas de amor humanos.
Con nuestra óptica actual, esta divergencia de opiniones no tiene importancia. Según la
¡nterpreta-3 André Chouraqui, por ejemplo, distingue tres grandes temas: el de la génesis del amor, el de la separación y la búsqueda recíproca de los enamorados, y el de los reencuentros y la unión. Ve en ello un resumen de la Biblia entera: " L o s tres grandes momentos del Génesis, del Exilio y del Retorno celebran todo el drama de la pare-ja humana c o m o el de Israel y de la creación entera... El universo es el
lugar de un drama de amor. Siempre el Amante y la amada se desean y se llaman, se pierden y se buscan, se encuentran y se abrazan. Así, en un mundo vacío de sus ídolos, purgado de sus mitos, liberado de la hechicería, liberado de los poderes de la magia, el hombre está solo frente al amor. La relación del hombre frente a Dios es relación de amor: uno y otro se desean y se llaman, se pierden y se buscan, se encuentran y se abrazan, pues se aman con un amor que no se pasa-rá: ' C o n amor eterno te he a m a d o ' (Jr 31,3). El Cantar de los canta-res nos invita de este modo a la alegría de las bodas anunciada por la voz inspirada [del Profeta]" (La Bible, traduite et présentée par André Chouraqui, Les cinq volumes, liminaire pour le Poeme des poémes, Desclée de Brouwer, 1975, p. 24).
1. EL AMOR EN EL ANTICUO TESTAMENTO
ción literal el amor humano es celebrado como algo sagrado en sí mismo, una llama de Yahvé, su descrip-ción cabe también en la Palabra inspirada de Dios. Según la interpretación alegórica, la relación sexual entre dos personas es escogida como el símbolo más rico de la unión mística, por lo tanto, con un valor y una belleza intrínsecos.
Los profetas
Oseas es el primero que ha comprendido que Dios quiere entrar en una comunión tan íntima con nos-otros que la única expresión apropiada es la unión conyugal. Más aún, él ha comprendido que el corazón de Dios es un corazón que, ante todo, ama.
Este hombre de hace dos mil setecientos años, nos es muy simpático: apasionado, generoso, sensi-ble, poeta. La revelación del corazón de Dios no la tiene por medio de una visión, sino por medio de una experiencia vivida por la que Dios lo ha introducido, por así decir, en su propia afectividad
Oseas vive durante un periodo sombrío. En el plano moral y social no hay más que corrupción; en el plano religioso, infidelidad, idolatría hacia los dioses de la fertilidad de Canaán; en el plano político la situa-ción es desesperada: a Israel no le queda otra solusitua-ción que ser aplastada por sus enemigos.
Entonces el Señor dice a Oseas:
"Ve, tómate una mujer dada a la prostitu-ción, y engendra hijos de prostituprostitu-ción, porque la
LA FELICIDAD DE SER CASTO
tierra se está prostituyendo enteramente, apar-tándose de Yahvé" (Os 1, 2).
Fue él y tomó a Gómer...
Gómer le dio hijos. Oseas envuelve a Gómer con todo su amor, pero ella le es infiel, lo abandona para prostituirse según los ritos cananeos de los cultos de fertilidad.
A continuación, el Señor dice de nuevo a Oseas: "Ve, ama a una mujer amada por otro hom-bre y entregada al adulterio, como ama Yahvé a los hijos de Israel, mientras ellos se vuelven a otros dioses" (Os 3, 1).
No sólo "volver a tomar consigo" a Gómer, sino "amarla" [...] Tratamos de comprender un poco la densidad de esta prueba para un corazón humano. Pongámonos en el lugar de Oseas. La misma ley mosaica prohibe el volver a tomar a la mujer repudia-da (cf Dt 24, 1-4). Es insensato, imposible, pero así es el amor de Dios. El Señor no conoce el orgullo; su misericordia no tiene límites. Como Oseas debe amar a Gómer tal como es, sin ilusiones, con su infidelidad, igual ama el Señor a su pueblo tal como es, hasta en su pecado, a pesar de su pecado del que no puede salir: en efecto, únicamente el amor que su Dios le aporta podrá liberarlo4. Pero no es un amor ingenuo,
4 En la plenitud de los tiempos, esto será expresado en la fe cristiana por el apóstol Pablo: " E n efecto, cuando todavía estábamos enfermos, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos - e n ver-d a ver-d , apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre ver-de bien tal vez se atrevería uno a morir-; pero la prueba de que Dios nos a m a es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nos-otros" (Rm 5, 6-8).
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1. EL AMOR EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
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es un amor curtido por el sufrimiento, exigente. El Señor quiere el amor en compensación y va a purificar a esta mujer que es, al mismo tiempo, una tierra; va a transformarla en un desierto. En primer lugar, desier-to de despojamiendesier-to; luego, lugar de intimidad, de una alianza restaurada, con toda la frescura de un pri-mer amor, que vuelve a brotar sobre la armonía de un universo trasformado.
"Por eso yo la voy a seducir: la llevaré al de-sierto y hablaré a su corazón. Le daré luego sus viñas, convertiré el valle de Akor en puerta de esperanza. Y ella me responderá allí como en los días de su juventud, como en el día en que subió del país de Egipto. Y sucederá aquel día -orácu-lo del Señor- que ella me llamará: "Marido mío", y no me llamará más "baal mío, amo mío". Yo quitaré de su boca los nombres de los Baales, y no me mentarán más sus nombres. Haré en su favor un pacto el día aquel con la bestia salvaje, con el ave de los cielos, con el reptil del suelo. Arco, espada y guerra los quebraré fuera de esta tierra, y haré que ellos reposen en seguro. Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y equidad, en amor y com-pasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor" (Os 2, 16-22).
"Porque yo quiero amor, no sacrificio, cono-cimiento de Dios, más que holocaustos" (Os 6,6).
Oseas nos ofrece algo del amor de Dios en otro pasaje en el que este amor se describe, no a partir de
LA FELICIDAD DE SER CASTO
la unión conyugal, sino a partir de la ternura paterna y materna. Este pasaje ha sido llamado el punto cul-minante de la revelación del amor divino en el Antiguo Testamento. Escuchemos al Señor:
"Cuando Israel era niño, yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí: sacrificaban a los baales, e incensaban a los ídolos. Y con todo yo enseñé a Efraín a caminar, tomándole en mis brazos, mas no supieron que yo cuidaba de ellos. Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como quien alza a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él para darle de comer" (Os 11,1-4).
Los hijos de Israel no responden a los anticipos del Señor. " S e apegan a su apostasía, les llamo desde lo alto, pero ninguno se levanta" (Os 11, 7).
De ahí se deriva un combate extraordinario entre el amor y la cólera en el corazón afligido de Dios. Triunfa el amor:
" ¿ C ó m o voy a dejarte, Efraím, cómo entre-garte, Israel? [...] Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraím; que yo soy Dios y no hombre, santo en medio de ti, y no me arrastrará el furor. En pos del Señor mar-charán, como un león rugirá; y cuando ruja ven-drán temblando sus hijos desde occidente [...] y les haré habitar en sus casas -oráculo del Señor" (Os 11, 8-11).
1. EL AMOR EN EL ANTICUO TESTAMENTO
"Efraín [...] ¿qué tengo aún que ver con los ídolos? Yo le atiendo y le miro. Yo soy un ciprés siempre verde y de mí proceden tus frutos" (Os
14, 9).
Jeremías, Ezequiel e Isaías volverán tomar a su vez el simbolismo del amor conyugal para caracterizar las relaciones entre Dios y su pueblo:
"Así dice Dios a Jerusalén: 'De ti recuerdo el amor juvenil, el amor de tu noviazgo; me seguías por el desierto, por la tierra no sembrada".
"Pues bien, te has prostituido con muchos amantes [...] y profanaste el país con tus prosti-tuciones y malicia" (Jr 2, 2; 3, 1-2).
Y este texto conmovedor de Ezequiel:
"Cuando naciste, el día en que viniste al mundo, no se te cortó el cordón, no se te lavó con agua para limpiarte, no se te frotó con sal, ni se te envolvió en pañales. Ningún ojo se apia-dó de ti para brindarte alguno de estos menes-teres, por compasión a ti. Quedaste expuesta en pleno campo, porque dabas repugnancia, el día en que viniste al mundo.
Yo pasé junto a ti y te vi, agitándote en tu sangre. Y te dije, cuando estabas en tu sangre: 'Vive y crece como la hierba de los campos'. Y tú creciste, te desarrollaste, y llegaste a la edad nubil. Se formaron tus senos, tu cabello creció. Pero estabas completamente desnuda. Entonces pasé yo junto a ti y te vi. Era tu tiempo, el
tiem-LA FELICIDAD DE SER CASTO
po de los amores. Extendí sobre ti el borde de mi manto y cubrí tu desnudez; me comprometí con juramento, hice alianza contigo -oráculo del
Señor Yahvé- y tú fuiste mía" (Ez 16, 4-8).
Luego Isaías, escribiendo durante el exilio:
"Porque tu esposo, Jerusalén, es tu Hacedor, Yahvé Sebaot es su nombre. Porque como a mujer abandonada y de contristado espíritu, te llamó el Señor; y la mujer de la juventud ¿es repudiada?, dice tu Dios" (Is 54, 5°.6).
Este tema del matrimonio es muy importante. Proporciona al amor humano sus credenciales, su nobleza, y de este hecho resulta una afirmación pro-gresiva en el plano de las costumbres, un progreso hacia el ideal de la fidelidad y de la monogamia, pues el Señor no tiene más que una sola esposa.
"Encuentra la alegría en la mujer de tu juventud: cierva admirable, graciosa gacela. ¡Estáte siempre prendado de su amor! ¿Por qué, hijo mío, dejarte con una extranjera y abrazar el seno de una desconocida?" (Pr 5, 18-20)5.
A su vez esto permite comprender y expresar con más finura y profundidad la relación entre Dios y su pueblo, principalmente en la nueva alianza.
5 Ver también. Pr 31, 10-31; Si 2 6 , 1-4; 13, 2 7 .
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2
EL AMOR CASTO DE JESÚS
Deberíamos poder hablar castamente de la casti-dad de Jesús. Al menos, podemos humildemente, mirarle vivir para aprender lo que es la castidad y verle amar con su propia manera que es casta. Con fre-cuencia su libertad nos sorprende. Tenemos unos a
príori más o menos estrechos. Tratemos de
rechazar-los para recibir en nosotros la imagen pura de Cristo. Jesús habla poco de la castidad; esta palabra no se encuentra en los Evangelios. Permaneciendo célibe, no obedece a ninguna ley exterior, más bien iba en contra del precepto mosaico "sed fecundos" que los judíos consideraban como un imperativo. Los rabinos judíos, particularmente, debían estar casados.
Única-mente la comunidad de Qumrán practicaba la absten-ción del matrimonio o de su uso, pero esta comuni-dad era marginal. Juan Bautista y María entran ya en la irradiación de la Encarnación.
LA FELICIDAD DE SER CASTO 2. EL AMOR CASTO DE JESÚS
caso de fornicación- y se case con otra, comete adulterio" (Mt 19, 8-9).
Esto pareció tan duro a los apóstoles que dijeron: " S i tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse". Jesús les respondió: "No todos entienden este lenguaje, sino solamente aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los cie-los. ¡Quien pueda entender que entienda!" (Mt 19, 10-12).
El lenguaje de Jesús es directo, casi brutal. En esa época el estado de eunuco era reconocido como tal en la sociedad, pero el eunuco estaba excluido del Templo y del sacerdocio. Era mirado generalmente como un ser disminuido que no podía contribuir a la esperanza, es decir, a la posteridad de Israel.
Jesús rompe con esta tradición, ya que, en su per-sona, el Reino de Dios está entre nosotros. Los últimos tiempos han llegado. Se impone una elección radical. La situación de las dos primeras categorías de eunucos1 es involuntaria. No es, pues, debida a una
elección libre, no expresa un don, no tiene, en princi-pio, un sentido religioso. Los eunucos por el Reino lo son voluntaria y libremente; su compromiso exige un
1 La psicología de las profundidades nos sugiere que "eunu-cos hechos tales por los hombres", incluye no solamente a los que han sido físicamente mutilados sino también a los que se han hecho impotentes por traumatismos psíquicos (ver el complejo de castración, etc.).
No da la impresión de que la elección que hace Jesús de no casarse sea para él difícil de tomar y de mantener. Se trata más bien de la consecuencia de algo más profundo, de una dimensión de su ser y de su amor, de su manera espontánea de situarse frente a los hombres. Su castidad no es una realidad negati-va, es la pureza de su amor.
"Hay eunucos que se hicieron tales a sí mis-mos por el Reino de los Cielos" (Mt 19, 12).
Jesús es uno de estos eunucos. Si permaneció céli-be, fue a causa del Reino de los cielos.
Jesús nos advierte que en esto hay algo misterio-so: "Entienda quien pueda entender".
Es muy significativo que esta afirmación sobre el celibato esté a continuación de la rehabilitación del matrimonio. Jesús toma el antiguo texto del Génesis para restablecer el matrimonio en toda su dignidad y exigencia.
"¿No habéis leído que el Creador, al princi-pio, los hizo varón y hembra, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne? Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre" (Mt 19, 4-6).
"Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así. Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer -salvo en
LA FELICIDAD DE SER CASTO
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2. EL AMOR CASTO DE JESÚS
29 don de lo alto, una gracia especial, y posee un
senti-do religioso. Si llevásemos el término eunuco hasta lo más profundo de su significación literal, se trataría de una renuncia definitiva irreversiblemente inscrita en la carne. Sería caer en el error de Orígenes y de algunos más que se mutilaron físicamente. Hacerse eunuco, según la interpretación de la Iglesia, debe tomarse en el sentido espiritual, sin quitarle, sin embargo, su carácter de compromiso definitivo en el camino abier-to por Jesús, alternativa legítima del matrimonio.
De este modo, Jesús propone a sus discípulos la novedad radical de ese ideal de castidad que Él mismo realizaba (y que Juan Bautista, María y José realizaron igualmente), como la expresión de una entrega total al Reino de Dios y a su misión para inaugurarla en la tierra. El amor de Jesús debía abarcar a todos los hom-bres sin excepción y debía comprometer todo su ser hasta el don de su vida. Esa era su castidad. Veamos su forma concreta, como la describen los Evangelios. ¿Cuál era el fundamento?:
"Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?" (Le 2, 49).
Es la primera palabra de Jesús que los Evangelios nos han conservado. Jesús tiene doce años, edad de madurez religiosa en el judaismo. Muestra un sentido muy claro de su identidad profunda: es el Hijo de su Padre. Se pone ante sus padres sin ninguna rebeldía, pero con toda libertad y autonomía personal. La rup-tura, unida al paso al estado de adulto, se hace de la manera más sana.
¿Los asuntos de su Padre no son tan exigentes, tan apasionados que nada en el mundo, en compara-ción, tiene importancia? Jesús sólo puede pertenecer al Padre de una manera total.
Su intimidad con su Padre - " e l Padre y yo somos uno" (Jn 10, 3 0 ) - funda su identidad y su libertad. Este rasgo fundamental de su personalidad determina su manera de ocupar su lugar entre los hombres. Es, a la vez, la raíz de su libertad para con ellos y de su atención inagotable. Da testimonio ante los hombres de que el amor y la alegría que recibe del Padre les están destinados también a ellos. Jesús trasparenta perfectamente al Padre. "Quien me ve, ve al Padre" (Jn 14, 9), ese amor y esa bondad irradian sobre los hombres de manera perfectamente gratuita, y casta, o pobre, si se quiere, pues no retiene nada para sí mismo.
" S e celebraba una boda en Cana de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado tam-bién a la boda Jesús" (Jn 2, 1-2).
Era un hombre hecho para amar, para la alegría profunda de amar y ser amado. Ocupa de manera natural su lugar en la fiesta, un lugar discreto pero indispensable. Todas las bodas a través de los tiem-pos están iluminadas por su presencia. La alegría en el amor y la fecundidad es buena, proviene de la fuente de toda alegría, es sacramento de una alegría y de una vida que no terminarán. El agua, hermana agua, tan humilde y tan humana (es decir, el amor), por su palabra, será cambiada en vino, en buen vino
LA FELICIDAD DE SER CASTO 2. EL AMOR CASTO DE JESÚS
del Reino. Llenad, pues, de agua las jarras perecede-ras. Amemos en la alegría, con nuestro corazón de hombre.
Notemos la discreción de Jesús ante la intimidad de los esposos, y su comprensión ante el apuro. El ha esco-gido el camino de la soledad para sí mismo, pero no manifiesta ni envidia ni miedo ante el amor conyugal.
"Dejad que los niños vengan a mí".
Los niños que le presentaban para que les impu-siese las manos (cf Me 10, 13-16) eran apartados por sus discípulos "vivamente" -dice el texto-... ¡las per-sonas mayores y su seriedad! ¡Que Dios nos guarde!
Viendo esto Jesús se enfadó y les dijo:
"Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en é l " .
"Los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos". Jesús ama mucho a los niños, eso está claro. Él se les parece, Él, que es el primero que ha acogido el Reino. En su corazón, dulce y humilde, ha conser-vado una frescura, una vitalidad nueva. Todo en él es límpido y sencillo, como la mirada de un niño.
"Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él,
comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfu-me. Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: 'Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora'. Jesús le respondió: 'Simón, tengo algo que decirte'. Él dijo: 'Di, maestro'. 'Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?' Respondió Simón: 'Supongo que aquel a quien perdonó más'. El le dijo: 'Has juzgado bien', y volviéndo-se hacia la mujer, dijo a Simón: '¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabe-za con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfu-me. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra'. Y le dijo a ella: 'Tus pecados quedan perdonados'. Los comensales empezaron a decirse para sí: '¿Quién es éste que hasta perdo-na los pecados?' Pero él dijo a la mujer: 'Tu fe te ha salvado. Vete en p a z ' " (Le 7, 36-50).
"¿Ves a esta mujer?" La mirada revela el corazón: tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso"
LA FELICIDAD DE SER CASTO
(Le 11, 34). La mirada sobre la pecadora revela el deseo o la indignación hipócrita; la miramos para desearla furtivamente o para condenarla. La mirada de Jesús penetra hasta el fondo de su corazón para descubrir y despertar en él un secreto de pureza; esta mujer ha sabido ir hasta el final del amor. Sus pecados han sido consumidos por su ardor.
Profundicemos en la densidad humana de este encuentro.
"Tomó un frasco de alabastro con perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y se los ungía con el perfume".
Jesús deja que se acerque a Él, se deja tocar, besar por la pecadora. Lejos de escandalizarse, se muestra profundamente sensible a este gesto tan femenino, acoge sencillamente el amor que ella le muestra. Hace notar que "la gente bien" no ha sabido ofrecerle esas muestras de atención...
En Juan, la mujer pillada en flagrante delito de adulterio ha sido llevada a Jesús como ante un juez, para ser condenada. Jesús con una sola frase, revela la impureza de corazón de los que le habían traído: "Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra" (Jn 8, 7). La mujer encuentra un defensor y el perdón. Jesús sólo le dirige palabras de gran dulzura: "Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más" (Jn 8, 11).
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¿. EL AMUK L A S I U DE JEbUi
Aunque haya escogido vivir célibe con otros hom-bres durante sus últimos años, Jesús se muestra com-pletamente natural con las mujeres. Todas las mujeres que encuentra en su camino, son acogidas sin reticen-cias y sin equívocos. Su libertad de actitud extraña hasta a sus discípulos: "Entonces llegaron sus discípu-los, que se sorprendieron de que hablara con una mujer [la Samaritana]. Sin embargo, ninguno dijo: '¿Qué pides? o ¿de qué hablas con ella?'" (Jn 4, 27). No huye de las mujeres pecadoras; ¡incluso pone a las prostitutas como ejemplo para los "bien pensantes"! No se encuentra en él huella de los reflejos, a veces un poco misóginos, de Pablo. Tenía amistad con algunas mujeres (María de Betania, etc.) y las visitaba. Estaba también, en su vida, la presencia profundamente femenina de su Madre. Cuando todos lo abandonan, las mujeres están todavía al pie de la cruz. La mujer es más fiel. Resucitado, continúa llamando a una mujer por su nombre de una manera muy personal: "María" (Jn 20, 16).
Jesús se sitúa sin ambigüedad como un hombre delante de la mujer. Se encuentra cómodo, muestra equilibrio, atención libre de toda segunda intención, de todo deseo. Siente un gran respeto por todas estas mujeres; las trata con humanidad: sabe llegar hasta su corazón y abrirles el suyo con comprensión, sensibili-dad, simpatía, amistad.
Esta libertad le permite, sin mutilar su ser de hom-bre, renunciar a la unión conyugal para consagrarse al Reino de Dios; ese Reino en el que "en la resurrección no se tomará ni mujer, ni marido, sino que seremos como ángeles en el cielo" (Mt 22, 30). La unión sexual
pertenece al área de las realidades provisionales. En la fe, podemos escoger el ignorarla.
"El que tiene a la esposa es el esposo" (Jn 3, 29).
Y sin embargo, Jesús es esposo. Hemos visto que el Esposo para Israel es el Dios ardientemente deseo-so de unirse a los hombres en la ternura y la fidelidad. En el Nuevo Testamento, el Esposo es Jesús en perso-na. Asume toda la densidad espiritual de este nombre revistiéndole de toda la ternura y toda la pasión de su corazón de hombre, de su amor por su Pueblo, hasta el sacrificio de su vida. Esa es la razón profunda de su castidad: un amor más grande; ése es el fundamento de la expresión en términos nupciales de la relación entre Cristo y la Iglesia, y entre Jesús y el alma que viene a dar amor por amor:
"Todo el que cumple la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mt 12, 50).
"A su madre y a sus hermanos" van dirigidas estas palabras tan duras. Para un oriental, los lazos familiares son esenciales, el individuo aislado no puede subsistir. Pero si Jesús se declara libre de los lazos de sangre, es para hacer nacer una familia de otro tipo, nacida de la relación con el Padre celestial.
"Pero a todos los que la recibieron les dio poder de llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no nacieron de
2. EL AMOR CASTO DE JESÚS
sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino de Dios" (Jn 1, 12-13).
De este modo se superó el deber veterotestarmen-tario del matrimonio y de la procreación en orden a asegurar la continuidad del Pueblo de Dios. Desde entonces los hijos de Dios nacen de toda raza y de toda nación. Son espiritualmente engendrados por la Palabra en el Espíritu Santo. El Padre es la fuente últi-ma de esta familia, de este pueblo. Él es quien atrae a los hombres a Cristo para que, por su unión personal con Él en la fe y el amor, sean todos hermanos y her-manas (cf Jn 6, 37; 17, 6.9-10).
Para ser el corazón de esta familia, para ser el her-mano de cada miembro, y recibir a cada uno como hermano y hermana, es preciso que haya en Jesús una fuerza de amor inagotable, una libertad perfecta y un respeto absoluto por cada persona. Aquí se puede comprender, quizá, una razón de su castidad. Tenía que estar disponible para todos. Ser todo entero de cada uno.
Su amor fraterno, vivido bajo la mirada del Padre, es casto en su raíz. Es comunicación libremente ofre-cida de un amor que viene del Padre y vuelve a Él. Todo le es dado por el Padre, todo lo que es del Padre es suyo y, sin embargo, frente a su hermano, es pobre del todo, con la pobreza del amor, en el que todo es don, acogida, apertura de sí mismo; nunca reivindica-ción, conquista, retorno posesivo, búsqueda de sí mismo.
La verdadera castidad de Jesús para con los hom-bres y las mujeres, en el fondo, es su manera de
abor-LA FELICIDAD DE SER CASTO 2. EL AMOR CASTO DE JESUS
habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros" (Jn 15, 12-17).
¡Él da su vida "por sus amigos" I ¡Y sus verdugos, los pecadores de todos los tiempos, tú y yo! Sí, por nosotros también, que nos comportamos, con fre-cuencia, más bien como enemigos de Cristo. Por todos los hombres cuyo rostro está tan a menudo marcado por el pecado, la mentira, la crueldad, el orgullo, el odio, la cobardía. Muchas veces, lo que podemos tener de más vil en nuestra humanidad, es lo que Jesús recoge. Sin embargo, da su vida por nos-otros, a quienes estima como sus amigos, al menos en potencia. Porque nos ama con un amor puramente gratuito y noble; porque es capaz de llegar, más allá de todas nuestras suciedades y todos nuestros recha-zos, a encontrar una fuente escondida, aún intacta, virginal, y hacer manar de ella una respuesta pura, porque Él es casto.
" C o n ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros [...] Éste es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros" (Le 22, 15-19).
Todo su amor, su vida, su muerte y su futuro en Dios es nuestro. Se entrega bajo la forma más humil-de que hay: el pan, el vino, el alimento más simple y más sustancial. Así se ha entregado toda su vida; así da su vida. El que come su carne y bebe su sangre en
37 dar a cualquier ser humano, de entregarse a él todo
entero, sin miedo; de prestarle toda su atención, todo lo que él es, y después, llamar a este ser a una res-puesta de la misma calidad y hacerlo capaz de ella. Incapaz de ejercer ninguna presión, ningún chantaje afectivo, él concede a cada ser el ser exactamente él mismo.
Veamos a Jesús con sus discípulos particulares. Los ama con una amistad profunda, viril, tierna. Cuenta con su amistad, siente dolorosamente sus fla-quezas y aprecia su fidelidad. Sufre cruelmente el separarse de ellos, y les pide que abandonen todo para seguirle. Ha vivido toda su existencia delante de ellos y con ellos. Incluso ha tenido sus privilegios, y no ha hecho ningún misterio de tal intimidad. Sin embar-go, jamás aparece en Él exclusivismo, susceptibilidad, preocupación personal.
Ha amado a los suyos hasta el extremo, el extre-mo de la Cruz. El aextre-mor de Dios se revela en el aextre-mor apasionado que conduce al Hijo a la muerte, y el secreto de esta pasión es también el secreto de su cas-tidad. El mismo Jesús nos deja penetrar en este secre-to durante su conversación en la sagrada Cena:
"Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me
LA FELICIDAD DE SER CASTO
la pureza de la fe entra en este misterio de don y de despojo: el Señor lo toma y se une a él más profunda, más íntimamente que el esposo a su esposa, igual que se une Él mismo a su Padre. La carne de Cristo hace casta nuestra carne; sin embargo, no es accesible a nuestros sentidos, sino a nuestra fe:
"No me retengas. Déjame" (cf Jn 20, 17).
Jesús, que durante su vida mortal, nunca pareció molesto porque le tocaran de manera familiar y tier-na, rechaza el contacto de María Magdalena ahora que ha resucitado.
No es que quiera imponer distancias. Nunca ha estado Jesús más cerca de los suyos como después de la resurrección. Y precisamente para hacerse conocer de María Magdalena adopta un tono de intimidad en el que ella lo vuelve a encontrar por entero. Pero esta intimidad se expresa ahora por la palabra, no por el contacto sensible. El lazo que une al Señor con María Magdalena, y con todos nosotros, ha cambiado, en el sentido de una mayor profundización, de una nueva dimensión que es la del mundo de la resurrección. Este lazo no se limita a lo sensible. El Señor ha atrave-sado la muerte para estar con nosotros de tal manera que nada, ni la muerte, ni la vida, ni el presente, ni el futuro, podrán separarnos de Él. Pero esta presencia, en su ausencia visible, la alcanzamos ahora por medio de la fe en los sacramentos, y en nuestros hermanos. El casto amor de Jesús da acceso al casto don del Espíritu Santo que derrama en nuestros corazones el Amor y nos permite dar testimonio de la castidad de Jesús, en la medida de nuestro amor.
3
LA CASTIDAD EN LOS ESCRITOS
APOSTÓLICOS
Hemos visto a Jesús vivir como un hombre, total-mente abierto a todas las dimensiones de nuestra condición humana y, al mismo tiempo, yendo más allá e invitándonos a sobrepasarlas para penetrar en el mundo nuevo del Reino que él instaura. La verdadera vida trasciende el nivel biológico y sensible, y es legíti-mo, si Dios nos llama a ello, renunciar a sí mismo en ese nivel para vivir más directamente en un nivel
espi-ritual. No habría que dudar ni siquiera en cortarse una mano o quitarse un ojo, si éstos fuesen ocasión de caída. El amor puede llegar hasta el sacrificio de la vida del cuerpo.
Pablo, como Jesús, se sitúa en esta óptica religio-sa de la tradición judía que opone el hombre "carnal" al hombre "espiritual", y no en la perspectiva filosófi-ca, extraña a la mentalidad semítifilosófi-ca, que considera el cuerpo como la prisión del alma. La carne denunciada
LA FELICIDAD DE SER CASTO
vigorosamente por Pablo, es el razonamiento, el entendimiento, el querer, el corazón, las pasiones, en una palabra, todo el hombre en cuanto que está cerrado a Dios por una actitud de autosuficiencia, que se afirma como la medida de todo y desdeña a Dios y a los hombres. Ese es el hombre pecador, "carnal".
El hombre espiritual es el hombre enteramente animado, trasformado por el Espíritu Santo hasta en su ser corporal y sexual; es la criatura nueva nacida de Cristo.
Pablo tiene en muy alta estima el cuerpo del hom-bre, que se ha convertido en Jesús en templo del Espíritu Santo y miembro del Cuerpo de Cristo. A causa de esto no se puede entregar ese cuerpo a la injusticia, al desenfreno, a esa ley de la concupiscen-cia que arrastra al mal. Recordemos que se dirige a los gentiles recién convertidos y que vivían en un mundo pagano disoluto. Esto es cierto, sobre todo, para el gran puerto de Corinto (pero nuestras ciudades modernas, nuestra civilización descristianizada, ¿es mejor que ellas en este aspecto?). También Pablo reconoce que tiene en su propio cuerpo una fuerte inclinación que se rebela contra la ley de Dios y hace de él el esclavo de la ley del pecado. No por desprecio a su cuerpo, sino precisamente por reconocer su dig-nidad espiritual, lo trata duramente y lo somete, para hacerlo transparente a la ley del amor.
Pero escuchémosle.
"Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; que os alejéis de la fornicación, que cada uno de vosotros sepa utilizar su cuerpo
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3. LA CASTIDAD EN LOS ESCRITOS A POSTÓLICOS
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Icon santidad y honor, y no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios" (ITs 4, 3-5).
"¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idó-latras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni las gentes de costumbres infames, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios" (1Co 6, 9-10).
Y este texto extraordinario:
"El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? Y ¿había yo de tomar los miembros de Cristo para hacerlos miembros de prostituta? ¡De ningún modo! ¿O no sabéis que quien se une a la pros-tituta se hace un solo cuerpo con ella? Pues está dicho: Los dos se harán una sola carne. Mas el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él [...] ¿O no sabéis, que vuestro cuerpo es san-tuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y
habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido bien comprados! ¡Glorificad, por tanto, a Dios con vuestro cuerpo!" (1Co 6,
13-17.19-20).
Es bueno considerar la asombrosa frase "el cuer-po es [...] para el Señor y el Señor para el cuercuer-po" en
LA FELICIDAD DE SER CASTO
un sentido eucarístico (es uno de los sentidos del texto).
"El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuer-po de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo p a n " (1 Co 10, 16-17).
Por medio de la comunión del cuerpo de Cristo nos convertimos en un solo cuerpo; nuestros cuerpos se hacen castos al contacto con el cuerpo casto de Cristo. Saquemos de aquí nuestra pureza.
Pablo no rechaza el cuerpo en beneficio del espí-ritu. Insiste, al contrario, en hacer participar a este cuerpo carnal de la vida nueva. Pero, esta vida es vida de la resurrección, vida dada por el Espíritu; la carne por sí sola no basta, ni siquiera en lo que concierne al conocimiento de Cristo:
"Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así. Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva criatu-ra. ¡Pasó lo viejo, todo es nuevo!" (2 Co 5, 16-17).
La naturaleza humana debe ser trasformada radi-calmente para entrar en el Reino:
"El primer Adán fue un ser animal dotado de vida; el último Adán, espíritu que da vida [...]
3. LA CASTIDAD EN LOS ESCRITOS APOSTÓLICOS
Y del mismo modo que hemos revestido la ima-gen del hombre terreno, revestiremos también la imagen del celeste. Os digo hermanos: La carne y la sangre no pueden heredar el Reino de los cielos" (1 Co 15, 45.49-50).
"Mas todos nosotros, que con el rostro des-cubierto contemplamos y reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transfor-mando en esa misma imagen, con una gloria cada vez más grande, por el Señor que es Espíritu" (2 Co 3, 18).
El final de esta transformación es una unión mís-tica con Cristo, tan profunda, que, "no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20). Cualquier realidad de orden inferior es olvidada sencillamente por Pablo -sin embargo, él sufrió en su carne y traba-jó con sus manos-, en el ardor de su entusiasmo.
"Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Ga 3, 26-28).
Conociendo parcialmente esta disposición funda-mental de Pablo, no pueden sorprendernos sus tomas de posición tan radicales respecto al matrimonio y a la sexualidad.
San Pablo no tiene buena acogida entre las femi-nistas, y hay que admitir que se muestra bastante
pru-llí LA FELICIDAD DE SER CASTO
dente con relación a la mujer. ¡Alguien ha sugerido, ingenuamente, que era porque habría estado casado! Pablo no hace más que reproducir la actitud corriente en su época. Pero cuando habla de la significación religiosa y de la virginidad, nos da, al contrario, una doctrina muy bíblica, de una gran profundidad.
"Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo. Las mujeres a sus maridos, como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es Cabeza de la Iglesia, el sal-vador del Cuerpo. Así como la Iglesia está sumi-sa a Cristo, así también las mujeres deben estar-lo a sus maridos en todo. Maridos, amad a vues-tras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste. Lo digo respecto a Cristo y la Iglesia" (Ef 5, 21-32).
Dejemos de lado el aspecto jerárquico de la rela-ción entre el hombre y la mujer; esto revela más bien
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3. LA CASTIDAD EN LOS ESCRITOS A'POSTÓLICOS
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la cultura social de aquel tiempo. Retengamos, sobre todo, la significación religiosa de la sexualidad que Pablo nos revela en este gran texto. Él establece un paralelismo entre la unión del hombre con la mujer y ¡a unión de Cristo con la Iglesia, de modo que las dos uniones se iluminan mutuamente. Esto es legítimo porque hay en la institución misma del matrimonio, en el momento de la creación, un misterio de gran alcance. La unión de los esposos por Dios y en Dios simboliza, anuncia concretamente una realidad que la sobrepasa: la unión de Cristo y de la Iglesia. No sola-mente el matrimonio cristiano anuncia esta unión, sino que la contiene como una fuerza que puede con-ducir a los esposos cristianos al amor y al sacrificio mutuos, con tal de que se amen verdaderamente en y como Cristo. Por eso el matrimonio no es solamente un símbolo sino un sacramento, que consagra la unión sexual y trasforma el amor humano a imagen del amor de Cristo, del que es una participación fiel y permanente. Como el amor de Cristo, el amor de los esposos es don.
La sexualidad es así asumida plenamente en su realidad humana como sacramento del amor; debe situarse en el marco del amor.
¿Qué amor?
" L a caridad es paciente, es servicial, no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe, es decorosa, no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injus-tita, se alegra con la verdad. Todo lo excusa.
LA FELICIDAD DE SER CASTO 3. LA CASTIDAD EN LOS ESCRITOS APOSTÓLICOS
n es materiales o no, cambiar su condición social o no,
todas estas cuestiones están relativizadas a la luz de la eternidad: " L a figura de este mundo pasa" (1 Co 7,31).
"Que cada uno viva en la condición que le ha asignado el Señor, en la cual se encontraba cuando Dios le llamó [circunciso o incircunciso, esclavo o libre]" (1 Co 7, 17).
"Acerca de la virginidad no tengo precepto del Señor. Doy, no obstante, un consejo, como quien por la misericordia de Dios, es digno de crédito. Entiendo que, a causa de la inminente necesidad, lo que conviene es quedarse como uno está. ¿Estás unido a una mujer? No busques cortar con ella. ¿No estás unido a una mujer? No la busques. Mas, si te casas, no pecas. Y, si una virgen se casa, no peca. Pero todos ellos tendrán su tribulación en la carne [no las pruebas que proceden de la concupiscencia, precisa la Biblia de Jerusalén, sino las preocupaciones de la vida conyugal], que yo quisiera evitaros.
Os digo, pues, hermanos. El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa.
Yo os quisiera libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de Todo lo cree. Todo la espera. Todo lo soporta. La
caridad no acaba nunca" (1 Co 13, 4-8).
Esto no excluye la integración de la dimensión carnal de la unión sexual. Pablo insiste en que los esposos se den el uno al otro:
"No os neguéis el uno al otro sino de mutuo acuerdo y por cierto tiempo, para daros a la ora-ción; luego volved a estar juntos, para que Satanás no os tiente por vuestra incontinencia" (1 C o 7 , 5 ) .
Sin embargo, Pablo no oculta que prefiere otro estado de vida, el suyo, el del célibe.
"Mi deseo sería que todos los hombres fue-ran como yo; mas cada cual tiene de Dios su gra-cia particular: unos de una manera, otros de otra. No obstante, digo a los no casados y a las viudas: bien les está quedarse como yo. Pero si no pueden contenerse, que se casen. Mejor es casarse que abrasarse" (1 Co 7, 7-9).
Permanecer célibe es, pues, un don, un carisma, que no es concedido a todo el mundo. Pablo lo esti-ma, porque el "tiempo se ha acortado" (cf 1 Co 7, 29) -Pablo vivía en la espera de la próxima vuelta de Cristo-, y porque el célibe está más libre para consa-grarse a los asuntos del Señor. Son más bien, esta libertad y esta urgencia escatológicas las que constitu-yen el interés principal en el argumento de Pablo sobre esta materia: casarse o no casarse, poseer
bie-LA FELICIDAD DE SER CASTO
las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido. La mujer no casa-da, lo mismo que la doncella, se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido. Os digo esto para vuestro provecho, no para tende-ros un lazo, sino para movetende-ros a lo más digno y al trato asiduo con el Señor, sin división" (1 Co 7, 17.25-35).
En una palabra: el Reino de Dios está ya presente. Cristo va a volver pronto. No dejarnos absorber por los pequeños asuntos de este mundo, sino rechazar toda preocupación terrena para unirnos exclusiva-mente al Señor.
En otro pasaje, Pablo exclama apasionadamente:
"Celoso estoy de vosotros con celos de Dios. Pues os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo" (2 Co 11,2).
Este texto va dirigido a todos los cristianos, y no implica la elección del estado de virginidad, sino la pureza y el carácter absoluto de la relación con Cristo, en el plano espiritual, abierto a todos.
Pedro, sintiendo ya el retraso de la vuelta de Cristo, predica una espera vigilante:
"El día del Señor llegará como un ladrón. En aquel día, los cielos, se desharán [...] y la tierra y cuanto hay en ella serán juzgados. Puesto que
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3. LA CASTIDAD EN LOS ESCRITOS APOSTÓLICOS
todas estas cosas han de disolverse así, ¡cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad! Vosotros que esperáis y aceleráis la venida del día de Dios, en el que los cielos, en lla-mas, se disolverán [...]. Nosotros esperamos, según su promesa, cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habite la justicia. Por lo tanto, queridos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados en paz ante él, sin mancilla y sin tacha. La paciencia del Señor es vuestra salvación" (2 P 3, 10-15).
El Apocalipsis presenta el desenlace final con ayuda del símbolo de las bodas, las de Cordero, vol-viendo a expresarse en el lenguaje de los profetas. La ciudad santa de los últimos tiempos está descrita como "la novia, la esposa del Cordero" (Ap 21, 9).
"Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desapa-recieron, y el mar no existe ya. Y la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondré su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios" (Ap 21, 1-3).
"Y me dijo: Mira, pronto vendré y traeré mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según su trabajo. Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin. Dichosos
LA FELICIDAD DE SER CASTO 3. LA CASTIDAD EN LOS ESCRITOS ATOSTÓLICOS
gran trueno. Y el ruido que oía era como de cita-ristas que tocaran sus cítaras. Cantan un cántico nuevo delante del trono y delante de los cuatro Seres y de los Ancianos. Y nadie podía aprender el cántico, sino los ciento cuarenta y cuatro mil rescatados de la tierra. Éstos son los que no se mancharon con mujeres, pues son vírgenes. Éstos siguen al Cordero a dondequiera que vaya, y han sido rescatados de los hombres como pri-micias para Dios y para el Cordero, y en su boca no se encontró mentira: no tienen tacha" (Ap 14, 1-5).
Según el contexto, a los sectarios de la Bestia, marcados con la cifra de su nombre (cf Ap 13, 16-17), Juan opone los fieles del Cordero marcados con su nombre y con el nombre de su Padre, los ciento cua-renta y cuatro mil, número simbólico perfecto, repre-sentan, no una élite, sino todo el pueblo de Dios, el resto que ha permanecido fiel a través de las persecu-ciones y al que se le concederá el Reino. La afirma-ción, "que no se mancharon con mujeres, pues son vírgenes", concierne a todo el pueblo cristiano que ha sabido mantener su integridad y su fidelidad guardán-dose de toda contaminación con la idolatría del mundo. Quizá quiera también ponernos en guardia más concretamente, contra las prácticas de prostitu-ción sagrada ("no se han manchado con mujeres"), pero no es un reconocimiento de que la unión sexual, como tal, sea impura ("manchado").
La frase: "Siguen al Cordero adondequiera que vaya" expresa la perfecta solidaridad de los rescatados los que laven sus vestiduras, así podrán disponer
del árbol de la Vida y entrarán por las puertas de la Ciudad" (Ap 22, 12-14).
"El Espíritu y la Novia dicen: ¡Ven! El que lo oiga, diga: ¡Ven! Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratuitamente agua de vida [...] ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!" (Ap 22, 17-20).
Estos textos van dirigidos a todos los cristianos como tales, casados o solteros. Sin embargo la casti-dad consagrada es una expresión privilegiada de este deseo y de esta esperanza. La vida monástica tiende, toda ella, a ese encuentro que se esfuerza por prepa-rar y realizar ya ahora, en la medida de lo posible, en esta tierra. Según la expresión de Pedro, su amor la empuja a "acelerar la venida" del reino; su oración la lleva a ella, y a la Iglesia, y a la humanidad, y al uni-verso hacia el Señor que viene.
Existe otro pasaje que habla de "las vírgenes que siguen al Cordero a donde quiera que vaya". Está apli-cado a las vírgenes en su sentido estricto en la liturgia, pero hay que admitir que, en su contexto, este térmi-no debe ser tomado en un sentido amplio. Leemos en primer lugar el texto:
"Miré entonces y había un Cordero, que estaba en pie sobre el monte Sión, y con él cien-to cuarenta y cuatro mil, que llevaban escricien-to en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre. Y oí un ruido que venía del cielo, como un ruido de grandes aguas o el fragor de un
LA FELICIDAD DE SER CASTO
con Cristo. Está claro, por tanto, que la virginidad en este texto debe ser interpretada en un sentido amplio y metafórico. Sin embargo, puede que, como conse-cuencia, este texto ilumine el tema de la virginidad en un sentido estricto ya que indica cual es la finalidad: la fidelidad indefectible a Cristo en la fe y en el amor.
LA CASTIDAD
EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA
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Desde los tiempos apostólicos ha florecido la vir-ginidad voluntaria (1 Co 7, etc.). Es considerada como una síntesis de la santidad, que es el punto de mira fundamental de la vida ascética. Aquellos que esco-gen el permanecer víresco-genes -sean hombres o muje-res- constituyen una clase reconocida. Al principio viven sin ninguna señal distintiva, en el seno mismo de la comunidad cristiana. Pero la necesidad de proteger y organizar este género de vida, así como el evitar los abusos y la inconstancia, agrupa poco a poco a estos cristianos "vírgenes" en comunidades, bajo una Regla, practicando la pobreza y la obediencia. Desde entonces se impone también a los monjes la práctica del celibato.
La virginidad tiene por panegiristas a todos los escritores cristianos antiguos. Se abren camino entre los Padres, dos corrientes: una, más mística y