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USTO EN EL CRUCE DE LA AVENIDA BROADWAY y la línea Jamaica del metro, conocí a Wilson Ramírez, dueño del Zaragoza Boxing Gym.

Ramírez es un mexicano de unos cincuenta años, con unos orgullosos ojos indios y una mirada cálida pero severa. Lleva una larga chaqueta de cuero marrón, que lo hace lucir aún más pequeño, y un sombrerillo que completa su atuendo al estilo gánster. Parece un personaje salido de la cabeza de Scorsese, a quien tanto le gustaba filmar en estas calles.

Se acomoda el sombrero. Ramírez es prolijo en los detalles. Cuando le digo que vivo en Eu-ropa, sonríe y me cuenta, mientras sacude las puntas de su chaqueta:

–¿Sabe, señorita?, el sueño mío es ir a Alemania. Allá la gente es muy elegante y los caballe-ros se visten hermoso. Aunque a mí también me gusta el estilo mafioso. Infunde respeto.

La historia de Ramírez es la de muchos neoyorkinos.

–Viví en la oscuridad casi toda mi vida. Llegué a Nueva York hace casi 30 años y solo desde hace diez tengo papeles. Por eso nunca pude ir a Alemania.

De joven, Ramírez fue boxeador, pero tuvo muy poca suerte: a los 18 años se fracturó el brazo derecho y nunca se recuperó del todo. Comenzó a trabajar como plomero, pero siguió yendo a las peleas para observar la técnica y los errores de los boxeadores. Hace casi dos décadas fundó su gimnasio, en pleno corazón del distrito de Bushwick.

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“Hay algo que respeto de los mafiosos.

Tienen honor y eso yo lo admiro.

Hoy el honor ya no existe”

El Zaragoza

Línea Jamaica del metro

Distrito de Bushwick

Bushwick

es una zona tradicional de inmigrantes, atravesada por una de las principales arterias de Brooklyn y Queens: la avenida Myrtle.

Hacia finales de los noventa, esa calle sembrada de peluquerías y restaurantes dominicanos era mejor conocida como la “avenida de la muerte”, y protagonizaba éxitos raperos de gueto y violentas escenas de películas como Buenos muchachos.

Hoy el sector vive un proceso de recuperación. Manhattan se ha vuelto infranqueable, y muchos

neoyorkinos se han tomado zonas como Bushwick por su cercanía al Hudson. Por eso, después de ser un referente de la dureza de la calle ha pasado a convertirse en un espacio donde bulle la energía popular, como lo fueron en su momento Greenwich Village o el Lower East Side.

Justo ahí, en la esquina de Broadway con Myrtle, en el tercer piso de un viejo edificio que lleva en la fachada el número 926, como un secreto al lado de una tiendecita de orishas, está el Zaragoza Boxing Gym.

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El espacio

está equipado con grandes sacos de arena y bolsas de velocidad. No hay máquinas de ejercicios, ni calefacción, solo un hornillo. El frío es violento y cada quince minutos penetra a través de las ventanas el chirrido de los frenos del metro de Nueva York. El ring está en medio del salón de paredes amarillas, decorado con afiches de Mohamed Alí, Daniel Zaragoza, Rocky Marciano y una calavera del tamaño de un hombre. Todo un gimnasio de box, al mejor estilo de la vieja escuela.

Ramírez bautizó su gimnasio en honor a Daniel “el Ratón” Zaragoza, campeón mexicano de peso gallo que al principio de su carrera perdió todos los combates.

“Una vez, el Ratón

Zaragoza fue noqueado tan

brutalmente que perdió la fe.

Poco tiempo después, renació

de sus cenizas y gracias

a su coraje se convirtió

en campeón. Por eso mi

gimnasio lleva su nombre”

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Cuando entré

al gimnasio y lo vi masacrando la bolsa a puñetazos con su elegante bigotito de George Benson, pensé que era una imagen muy romántica.

Su verdadero nombre es Corey McCants, pero acostumbran llamarlo Apolo por ser un tipo muy guapo. Aunque está en la categoría de los ligeros, Apolo es el peso pesado, el campeón del Zaragoza. Ser la estrella del gimnasio no lo exime de tener que pagar por sus entrenamientos, que financia con pequeños trabajos.

Las cosas no son fáciles y ya no le queda mucho tiem-po. Tiene 28 años y cuatro hijos. Hace más de un año dejó a la familia en su Cincinnati natal para probar suerte en Nueva York. A la prole y a la joven madre solo les queda esperar a que alcance la gloria con los puños.

En las mañanas

y al final de la tarde, Ramírez entrena jóvenes boxeadores del distrito, e incluso se ocupa de unas pocas muchachas.

Me habla de ellos, mientras Gerald y Apolo se preparan para subir al ring. Gerald es uno de los más jóvenes; Apolo es la estrella del Zaragoza.

Solo conmigo, y desde que empezamos nuestra con-versación en español, Ramírez llama “negros” a sus mu-chachos, en su mayoría afroamericanos pobres. Gerald, que acaba de terminar la sesión con las bolsas de veloci-dad, ha entendido la palabra y no está muy contento.

–¿Por qué me llamas negro? –recrimina a Ramírez. Ramírez le explica que para los latinos el término “negro” es, en muchos casos, afectuoso. El joven boxea-dor inclina la cabeza condescendiente y le pide que no lo vuelva a llamar así.

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marcela barrios hernández (medellín,

1980). Periodista y fotógrafa. En 2009 fue laureada con el premio de fotorreportaje para estudiantes que otorga Paris Match. La serie del Zaragoza fue su entrega final en el International Center of Photography de Nueva York.

Apolo

confía

plenamente en su promotor y cree que, aunque en casi dos décadas el Zaragoza aún no ha sacado ningún campeón, el turno le tocará a él.

Ramírez le promete peleas y en el ring entrena su gancho izquierdo al estilo mexicano que llevó a Daniel Zaragoza a la fama.

McCants cuenta a su favor con un espíritu de under-dog, término con el que llaman a los pugilistas sin chance que se aferran y ganan contra todos los pronósticos, como en su momento lo hiciera el mismo Ratón Zaragoza.

–Aquí llegó con diez peleas perdidas y dos ganadas. Desde que empecé a entrenarlo sacó un empate –explica Ramírez–. Ahora se va a enfrentar en una pelea regular en Filadelfia y necesitamos que gane para que empiece el camino hacia una pelea grande.

Suena el teléfono. Ramírez se encierra unos minutos en la oscuridad. En su oficina no hay electricidad. Inter-cambia unas pocas palabras en su inglés latino. Sale con las manos en los bolsillos y nos da la noticia. La pelea de Filadelfia ha sido cancelada.

–¿Qué piensas? –le pregunto a Apolo.

–Me toca tener paciencia –responde con la ilusión noqueada. 

“Por ahora me tengo que olvidar de

las mujeres. Quitan la concentración.

Uno puede perder una pelea por

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