ARQUITECTURA GÓTICA EL ESTILO GÓTICO

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ARQUITECTURA GÓTICA

EL ESTILO GÓTICO

El absurdo nombre de gótico con que se conoce el estilo que como consecuencia de la evolución del románico impera durante los tres últimos siglos de la Edad Media, se debe al gran historiador del arte italiano del siglo XVI, Vasari que lo cree de origen germánico. El estilo gótico adquiere una difusión geográfica más amplia que el románico, pues de una parte los cruzados llevan sus fronteras por Oriente hasta Tierra Santa y Chipre, y en sus últimos momentos, los españoles, por Occidente, al otro lado del Atlántico.

Cronológicamente comprende desde fines del siglo XII hasta muy entrado el siglo XVI, e incluso en Inglaterra, por un extraño fenómeno de tradicionalismo, sobrevive sin evolucionar hasta enlazar con su resurreción romántica del siglo XIX.

No obstante ser el estilo gótico la consecuencia lógica de la evolución del románico, desde el punto de vista estético refleja una actitud espiritual y un gusto completamente distintos, y en muchos aspectos opuestos. Si las características fundamentales del románico son debidas al dominio de la masa sobre el vano, y en los interiores la sombra casi triunfa sobre la luz, el resorte que mueve al arquitecto gótico es su ansiedad de elevación y de luz y el consiguiente horror al macizo.

Contribuyen a crear esta nueva sensibilidad, de una parte, ese eterno movimiento pendular del gusto, que llega ahora a una de sus metas más extremas, y de otra, la natural evolución del sistema de presiones y contrarrestos concentrados en determinados puntos, que se inicia en los últimos tiempos del Imperio romano.

El afán de luz hace al arquitecto gótico prescindir del muro en grado no superado en Occidente hasta que se comienza a emplear el hierro y el cemento, los dos nuevos materiales que revolucionan la arquitectura contemporánea. En la arquitectura gótica, el muro llega a perder su función especial de soporte y, como sólo sirve de cerramiento, se remplaza por vidrieras. Los amplísimos ventanales góticos son el extremo opuesto a las ventanas románicas, a veces simples saeteras.

Los arquitectos romanos y bizantinos construyen edificios de no menor

altura que muchas catedrales góticas- Termas de Cascalla, Santa Sofía -, pero para

ellos la altura es un factor más de su aspiración fundamental, que es la

monumentalidad. Para el arquitecto gótico, en cambio, lo primero es la elevación y

el hacer sentir ese movimiento ascendente, que en el fondo es ansia de Dios, con

la mayor intensidad posible. Soportes y cubiertas parecen concebidos para servir a

ese efecto. Las columnas pierden materia, se adelgazan y espiritualizan hasta

transformarse en finísimos baquetones, y con ellas las molduras verticales

producidas por las aristas de los antiguos pilares cruciformes. Gracias al

paralelismo de unos y otras, la mirada, y con ella el espíritu del observador, se

sienten fácilmente impulsados hacia las alturas, donde los arcos apuntados de las

bóvedas señalan el camino del cielo.

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La tensión espiritual hacia las alturas es decisiva en el monumento gótico, y a ella se subordinan todos sus valores formales. En el exterior del edificio una serie de elementos arquitectónicos nuevos ayudan a ese mismo fin, y las torres, para servir a ese deseo, terminan agudas como flechas.

No obstante, la gran importancia que durante el período gótico conserva la arquitectura monástica, vivificada de nuevo por el nacimiento de las grandes Órdenes mendicantes de San Francisco y de Santo Domingo, el monumento donde el gótico alcanza su expresión más plena es la catedral, el edificio que se levanta en el centro de la gran ciudad, y en cuya altura y magnificencia cifran todo su orgullo los vecinos. Si la obra magna del románico ha sido el monasterio, pequeña ciudad en sí, es decir, la obra del monacato, la catedral es el templo de las grandes masas burguesas formadas en los últimos siglos medios. Es la manifestación plástica más perfecta de cuanto hay de espiritualidad en la Edad Media.

EL ARCO Y LA BÓVEDA DE CRUCERÍA

Como en el románico, el germen de la evolución del gótico se encuentra en la cubierta. Las innovaciones son consecuencia de las novedades introducidas en la bóveda.

El arco apuntado, que, empleado ya por los abasíes en el siglo IX, se utiliza en el románico borgoñón, es, gracias a su mayor verticalidad, de presiones laterales menores que el semicircular. Se le dan diversos nombres, según la proporción entre su altura y su luz. Así se llaman de todo punto cuando sus centros están en los arranques; de tercio punto cuando, dividida su anchura en circo partes, los centros se encuentran en los extremos de los tres quintos centrales, y de cuarto punto si, dividida esa anchura en cuatro, se hace centro en los extremos de los dos cuartos inferiores.

El arco gótico nace con capacidad de transformación sólo equiparable a la del arco árabe. En el siglo XV se generaliza el arco apuntado conopial o cóncavoconvexo de cuatro centros, dos dentro, a la altura de las impostas, y dos fuera, en la parte superior. Poco posterior es la aparición del arco rebajado del tipo carpanel o de tres centros, dos en la línea de las impostas y uno mucho mayor por debajo de ella. Típico de Inglaterra es el llamado Tudor. También se emplea en vanos secundarios de la arquitectura gótica el arco escarzano, que no llega al semicírculo. Propio de los últimos tiempos del gótico es, finalmente, el arco mixtilíneo, producido por la introducción de pequeños trozos rectilíneos dentro del arco.

La sección del arco gótico, como consecuencia de las molduras cada vez más ricas de las aristas del románico, es apuntada, y se decora con las mismas molduras que el pilar.

La bóveda de crucería o de ojivas góticas deriva de la bóveda de aristas

románica, pero se diferencia esencialmente de ella. El arquitecto gótico

descompone la bóveda en dos elementos; los arcos que cruzan diagonalmente

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como antes las aristas, que son los arcos cruceros, ojivos u ojivas – de la palabra hispanoárabe aljibe -: los formeros y los fajones o perpiaños, todos los cuales constituyen el esqueleto de la bóveda, y los plementos, palos o témpanos, que, apoyándose en ese esqueleto, cierran la bóveda. Según la teoría tradicional, la desaparición de una sola dovela de los arcos de ese esqueleto lleva consigo el derrumbamiento de la bóveda, y eso se ha repetido hasta que la ruina de las catedrales francesas producida por la primera guerra europea demuestra la falsedad de esa teoría, y que los plementos de por sí constituyen una bóveda con vida propia. Debido a ello, hoy se apunta que las razones de orden mecánico deben influir las de orden estético en el nacimiento de la bóveda de crucería.

Resuelta la organización de la bóveda de nervios gótica sobre los dos arcos cruceros en diagonal y los cuatro exteriores, gracias a los cuales, lo mismo que en la arista, la carga se concentra en cuatro puntos, no tardan en introducirse sobre este patrón primario novedades que van enriqueciendo su traza.

Al agregarse un nervio que una las claves de dos arcos laterales con la bóveda, se crea la bóveda sexpartina, así llamada por los seis plementos en que resulta subdividida. Cuando, para subrayar la continuidad de la nave, se dispone un nervio en el sentido del eje de ésta, uniendo las claves de todas sus bóvedas, ese nervio se denomina combado. De más importantes consecuencias es la novedad de trazar por las bisectrices de los ángulos inferiores de cada témpano una pareja de nervios, que en su punto de convergencia se unen con otro nervio secundario o ligadura, que desciende de la clave. Este tipo de bóveda, llamada de terceletes, es de gran valor decorativo y representa un paso en el proceso de enriquecimiento de la bóveda, e incluso en la transformación misma de su estructura.

La transformación de terceletes y nervios intermedios termina dando lugar a las bóvedas estrelladas, cuya traza semeja, efectivamente, una estrella. Su uso se generaliza en el siglo XV. Papel también decisivo en el enriquecimiento de la bóveda de crucería desempeñan los múltiples nervios curvos que ligan las naves secundarias. En Inglaterra, evolucionándose en ese sentido, se crea la bóveda de abanico y en Alemania la reticulada, en la que se prescinde de los nervios cruceros e incluso perpiaños.

Como es natural, la bóveda de crucería ofrece otros aspectos interesantes, aunque de menor importancia desde el punto de vista decorativo. Tales son los de la altura y forma de los arcos; cruceros y el despiece de los plementos, en todos los cuales se manifiestan notables diferencias entre las diferentes escuelas.

Los precedentes de la bóveda de ojivas son varios y, al parecer, bastante

antiguos. Para algunos tienen ese valor las bóvedas de aristas reforzadas de las

Termas de Diocleciano y de otros monumentos romanos. También se pueden

apreciar en la mezquita de Córdoba del siglo X. Pero, tal vez, el precedente más

valioso es el grupo de bóvedas con nervios decididamente constructivos de

Armenia que comienza en el siglo X en la iglesia de Ani y conserva su vitalidad

hasta el siglo XIII. Este tipo de bóveda de Armenia ofrece, además, el especial

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interés de su semejanza con el de las bóvedas de Lombardía, la más antigua de las cuales, la de Sannazaro Sesia, se considera comenzada en 1040.

Precisa, sin embargo, reconocer que ninguna de estas escuelas ha sido capaz de sacar las consecuencias que a principios del siglo XII permiten crear en el norte de Francia la arquitectura gótica que después se difunde por toda Europa.

En estos comienzos de la bóveda de ojivas propiamente gótica debe desempeñar un papel decisivo la escuela anglonormanda, ya que la catedral de Durham, en el norte de Inglaterra, la utiliza en su capilla mayor en 1096. En la primera mitad del siglo XII existen ya varios monumentos importantes en Normandía –catedral de Evreux, 1119- que se cubren con bóvedas de ojivas, y algo análogo sucede en las provincias de la Corona francesa –Domaine royal- y limítrofes. Las de Monrienval (1133) se han considerado como las más antiguas bóvedas de ojivas. Al segundo cuarto de siglo pertenecen ya Saint Denis (1144) y la catedral de Sens (1140).

PILARES Y ARBOTANTES

Consecuencia inmediata de multiplicar los nervios secundarios de la bóveda de crucería es la transformación del pilar, que, en el fondo, se limita a continuar el proceso iniciado en el pilar románico. Si en un principio las columnas adosadas conservan toda su personalidad y su sección semicircular, a medida que avanza el tiempo, al multiplicarse para recibir los nervios de las bóvedas, se van haciendo más finas y transformando su sección circular en apuntada. Convertida así la columna en simple baquetón, la sección de éste continúa evolucionando y adoptando formas semejantes a las descritas en los arcos. Como es natural, la pérdida de personalidad de las columnas adosadas y el convertirse en delgados baquetones, lleva consigo la desaparición del capitel individual y su fusión en una estrecha faja, que es ya el capitel corrido del pilar. En las basas no se llega a esta fusión, pero, en cambio, se labran alternativamente a diversa altura.

De mayor importancia aún son las consecuencias que el contrarresto de los empujes laterales de la bóveda tiene en el exterior del edificio. La gran elevación del templo gótico y el deseo de crear interiores luminosos impide utilizar los estribos empleados por el románico. Los maestros góticos, para resolver el problema siguen el camino iniciado por los maestros tolosanos al cubrir sus tribunas con esa bóveda de cuarto de círculo que sirve, al mismo tiempo, de contrarresto de los empujes de la de cañón de la nave central. El sistema es revolucionario porque, en lugar de oponer a la fuerza siempre viva de la bóveda la masa inerte del estribo, dispone la fuerza no menos viva de otro arco, y este equilibrio de fuerzas contrapuestas es lo que convierte al monumento gótico en un ser viviente.

El arquitecto gótico reduce la vieja bóveda románica de cuarto de círculo a

un simple arco, el arbotante o botarel, que apoyado en su parte superior en el

arranque de la bóveda de ojiva, conduce su empuje lateral a un estribo situado en

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el muro de la nave inmediata, sin restar luminosidad al ventanal abierto en el muro de la nave cuya bóveda contrarresta.

Para evitar el desplazamiento del estribo por el empuje del arbotante, sin elevarlo excesivamente en su totalidad, y contribuir al mismo tiempo a ese efecto ascendente, inspirador de la arquitectura gótica, se le corona con el pináculo o pilar terminado en forma apiramidada en su parte superior. El arbotante, además de esta función mecánica, sirve para conducir al exterior, a través de los pináculos, el agua de lluvia de las bóvedas. Cuando por la gran altura de la nave se emplean dos arbotantes superpuestos, el más alto desempeña aquella función. Las bocas o cañones de desagüe, por lo general decorados con figuras animadas, son las gárgolas.

DECORACIÓN: PUERTAS Y VENTANAS

Mientras en lo constructivo, el gótico es consecuencia de la evolución del románico, en lo decorativo esa continuidad no existe. Sin perjuicio de llegar en los últimos momentos a extremos de riqueza y exuberancia que superan a los del estilo anterior, la decoración gótica nace después de la reacción cisterciense, uno de cuyos postulados es, como veremos, el raer todo ornamento.

Los temas geométricos preferidos son los que nacen del arco mismo, por la combinación de curvas de uno o varios centros. El dibujo geométrico o tracería gótica comienza yuxtaponiendo círculos o triángulos curvos, decorados en su interior con arquillos de medio punto o apuntados. El empleo del arco conopial con su doble curva abre en el siglo XV una nueva etapa en la decoración geométrica gótica. El entrecruzamiento de sus líneas crea una serie de curvas y contracurvas que, por semejar el ondulante movimiento de la llama, ha dado el nombre de flamígero al gótico en que se emplea. Los temas decorativos, que hasta entonces son circulares o triangulares, se transforman en una serie de óvalos apuntados de las más diversas proporciones.

Si la decoración geométrica gótica está llena de novedad, donde se advierte que la actitud espiritual del decorador gótico no sólo es diferente, sino opuesta a la del románico, es en la de carácter vegetal. Cuando ésta se forma, San Francisco ha predicado el amor a la naturaleza y a sus más humildes criaturas, y ese aliento vital que anima la época, hace que el decorador descubra la belleza natural de las plantas y no sienta la necesidad de transformarlas al esculpirlas en sus edificios. Las preferidas, sobre todo en los primeros tiempos, son las hojas de hiedra, de vid, de roble y de trébol. A su lado va ganando terreno la hoja de cardo, que los castellanos de la época llamaban berza, y que termina convirtiéndose en el tema vegetal corriente para decorar arquivoltas, jambas y capiteles.

Además de estos temas de follaje, en los últimos tiempos del gótico se

pone de moda otro, también vegetal, que refleja el agudo realismo característico

del gótico tardío. Los troncos de plantas erizados de nudos y muñones y de

rugosas cortezas deleitan el cincel minucioso del decorador del siglo XV. Son,

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además, frecuentes la flor del cardo y la granada, que se emplean sobre todo en los tejidos.

La decoración de animales se distingue igualmente por el naturalismo de su interpretación, aunque no por ello se representen monstruos y seres fantásticos, que aparecen entremezclados con el follaje o formando pequeñas escenas o aislados en gárgolas, remates de barandales, etc.

La decoración gótica, como la romántica, se concentra en las puertas, ventanas y claustros, si bien los capiteles son mucho menos importantes desde el punto de vista decorativo. En cambio, en el interior del templo se abren tres nuevos campos, que son las vidrieras de los grandes ventanales, el retablo y la sillería del coro.

Las portadas góticas son abocinadas, como las románicas; pero el tímpano suele dividirse en varias zonas horizontales, la decoración escultórica de las arquivoltas no se dispone radialmente, sino en el sentido de su curva, y las esculturas de arquivoltas y jambas suelen protegerse con chambranas o doseletes.

La forma apuntada de la portada gótica suele completarse con el gablete o moldura angular, que le sirve de coronamiento. El gablete se aplica también a otros elementos arquitectónicos, como la parte superior de los estribos, pilares decorativos, etc.

La ventana, por su gran amplitud, ofrece problemas inexistentes en el estilo románico. Para cerrar y decorar su gran vano se levantan en su interior una o varias columnillas o baquetones unidos en su parte superior por arcos sobre los que descansa una tracería calada. En los primeros tiempos, esa tracería se limita a uno o varios óculos circulares tangentes; después se enriquece el interior con arquillos decorativos; por último, se introduce la tracería flamígera. En los ventanales del templo los vanos de la tracería se cierran con vidrios de colores.

EL TEMPLO

Las principales novedades de la planta del templo gótico son debidas al reflejo que sobre ella tiene la cubierta. En la planta gótica desaparecen las formas curvas debido a las dificultades de construir grandes ventanales en muros de esa forma, y, naturalmente, donde esto se hace más sensible es en la parte de la cabecera. Los ábsides, las girolas y las capillas de ésta y del crucero dejan de ser semicirculares y se hacen poligonales.

El empleo de la forma poligonal en la capilla mayor produce en la girola

una serie de tramos trapezoidales que, al cubrirse con bóvedas de crucería,

obligan a que la clave no se encuentre en el centro o a que las ojivas se quiebren

para que su cruce tenga lugar en él. En este caso, no es raro que para reforzarla

se trace un nervio desde la clave al arco del testero. Entre las soluciones

excepcionales se encuentran la de la catedral de París, consistentes en tramos

trapezoidales con nervios en triángulo, y la de la catedral de Toledo, que

reemplaza los tramos trapezoidales por otros rectangulares y triangulares. En

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cuanto a la sección del templo, es frecuente que la nave central se eleve mucho sobre las laterales exteriores.

Como los arbotantes hacen innecesarias las bóvedas laterales de contrarresto, que el románico aprovecha en segunda planta para la tribuna, ésta pierde importancia y el arquitecto gótico la convierte en simple galería o triforio a través del grosor de los pilares, ya que la presión de las bóvedas se transmite en buena parte por los baquetones adosados a él. Ese triforio, como sucede en algunas catedrales francesas, se continúa exteriormente en la fachada principal.

Los monumentos de carácter civil, tanto domésticos como públicos, adquieren ahora mayor importancia

EVOLUCIÓN DEL ESTILO

Como es natural, tratándose de un estilo que vive más de tres siglos, la evolución de las formas arquitectónicas góticas es grande, y, según es frecuente, esa evolución se realiza en el sentido de su progresiva complicación y de su creciente riqueza decorativa.

Después de una etapa transitoria representada por el estilo cisterciense, suelen distinguirse tres períodos principales, que corresponden en España aproximadamente a los siglos XIII, XIV y XV.

En cuanto a la estructura, pueden distinguirse en Francia, el país que marcha a la cabeza, las etapas siguientes: Una inicial de iglesias con tribunas de la segunda mitad del siglo XII. Otra correspondiente a los siglos XIII y XIV, de iglesias con triforio, primero sólo con ventanas al interior de la nave, y después con fondo de vidriera al exterior del templo. Y una tercera que comienza a fines del siglo XIV, en la que se suprime el triforio, y el gran ventanal cerrado de la vidriera ocupa toda la altura de la nave mayor hasta la cubierta de las laterales.

Durante el siglo XIII, las columnas adosadas a los pilares conservan toda su personalidad y sus capiteles son independientes. Es típico el capitel formado por dos cogollos angulares y uno central, y los de hojas diversas, muy separadas entre sí. No se pasa de la bóveda de terceletes y sexpartita, y las tracerías de los ventanales se reducen a un círculo liso sobre dos arcos apuntados o poco más.

La segunda etapa es propiamente transitoria, en la que las formas se van complicando y la decoración enriqueciéndose. Por ser la época en que los círculos se decoran en su interior con arquillos, subrayándose con gran claridad y reiteradamente su distribución radiada, se le ha dado por algunos el nombre de radial a esta etapa.

En el último período, la fusión de las columnas en el pilar es completa, y

los capiteles, o son minúsculos, o se unen en una faja corrida; las basas se

disponen a distinta altura. A veces los baquetones no se continúan en los nervios

de la bóveda. La traza de la bóveda se puebla de nervios secundarios curvos y de

ligamentos. Nacen las bóvedas estrelladas y reticulares, y se hacen grandes

alardes técnicos, labrándose algunas extraordinariamente planas. Aparecen los

arcos conopial, carpanel y escarzano, y la decoración geométrica flamígera, cuyo

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origen es, al parecer, inglés, considerándose iniciada en Inglaterra a mediados del siglo XIV, e introducida en Francia durante la guerra de los Cien Años. La decoración vegetal, en particular la de cardina, es abundantísima, poblándose de figuras animadas y llegando a rebasar las molduras que la encuadran. Se introduce el tema de los troncos, la flor del cardo y la granada.

LAS PRIMERAS CATEDRALES GÓTICAS

Los primeros templos propiamente góticos son Saint Denis (1144) y la catedral de Sens (1140), anteriores a mediados de siglo.

En Saint Denis, la obra del célebre abad Suger, por desgracia muy restaurada, lo más importante es la parte de la girola.

La catedral de Sens, que, en cambio, se

conserva en

perfecto estado, es la primera gran catedral gótica.

Como las

inmediatamente posteriores – Noyon, Lyon y París- se cubren con bóvedas sexpartitas en la nave central, correspondiendo a cada una de éstas dos en las laterales.

Lo mismo que en la

de Noyon, que le

sigue en fecha, los

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pilares alternan con las columnas.

En las de Lyon (1174) y París (1163) sólo se emplean gruesas columnas, lo que contribuye poderosamente a producir el efecto de un interior ligero y diáfano.

Sobre la arquería que en ellos cabalga marchan, en Lyon, tres cuerpos de vanos:

el de la tribuna, que carga sobre las naves laterales; el del triforio y el de las

ventanas. Es un templo que carece de girola, y sus tres naves terminan en un

mismo plano. La fachada ofrece una composición de origen normando que hará

fortuna: un primer cuerpo de tres profundos pórticos, claraboya, arquería y dos

grandes torres mochas de planta cuadrada, y un último cuerpo octogonal con

torrecillas también octogonales en las ochavas. Además de estas dos torres, tiene

otras dos menores en cada brazo del crucero, y un elevado cimborrio en el tramo

central de éste.

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