La América de los
Virreyes III
En torno al Virreinato de Perú
VCENTENARIO DEL
DESCUBRIMIENTO Y EVANGELIZACIONDEAMERICA
DelegaciónDiocesana de Cádiz-Ceuta
CADIZ 1992
Foto deportada:
Piedra de los doceángulos. Civilización inca.SigloXV. Palacio arzobispal, Cuzco, Perú.
1. S. B. N.
DepósitoLegal Imprime:
84 - 7786-060-2 CA: 360/ 93 Imprenta Repeto -Cádiz
TABLA
o
PRESENTACION
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MONTAÑÉS Y ZURBARÁN ENEL ARTEPERUANO Antonio de la Banda yVargas
Catedrático de Universidad 2
LA MINERÍA, CLAVE DEL PERÚ VIRREINAL Miguel Molina Martínez
Catedrático de Universidad 3
LA LITERATURA VIRREINAL PERUANA Concepción Reverte Bernal
Profesora de Universidad 4
LA INVERSIÓN “PRO REMEDIO ANIMAE” LOS INMIGRANTES EN INDIAS Carlos Alberto González Sánchez
Profesor de Universidad 5
NUEVO MUNDO Y NUEVA EVANGELIZACIÓN Carlos Amigo Vallejo
Arzobispo de Sevilla
PRESENTACIÓN
Este libro recoge los textos de las conferencias del III ciclo sobre “La América de los Virreyes”, organizado por la Delegación Diocesana de Cádiz-Ceuta, de la Comisión Episcopal para la celebra ción del V Centenario del Descubrimiento y Evangelización de América.
Este tercer y último ciclo (los dos anteriores se celebraron en 1990 y 1991) se dedicó a “En torno al Virreinato del Perú” y se celebró en los meses de Octubre y Noviembre de 1992.
Como ya indicamos en la presentación de las dos publicaciones anteriores, estos ciclos son uno de los frutos de la labor realizada por la comisión episcopal que se creó a raíz de la primera visita a España de S.S. Juan Pablo IIquien, en Zaragoza, refiriéndose a la conmemo
ración dijo que “era una cita a la que España no podía faltar”. En esta
¡dea, unode sus objetivos ha sido elde recordar los hechos evangeli- zadores de estos quinientos años, dentro del conjunto dela total obra colonizadora de España.
Esta publicación se realiza con el patrocinio del Servicio de Publicaciones dela Universidad de Cádiz y de la Diputación Provincial gaditana.
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MONTAÑÉS Y ZURBARÁN EN EL ARTE PERUANO
Antonio de la Banda y Vargas
Antonio dela Banda y Vargas
Doctor en Filosofía y Letras (Sec. de Historia).
Diplomado de Estudios Hispánicos.
Catedrático de Historia del Arte de la Universidad Hispalense.
Académico Numerario y en la actualidad Presidente de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla.
Académico Numerario de la Real Academia Provincial de Bellas Artes de Cádiz.
Académico Numerario y en la actualidad Vicedirector II de la Real Academia Hispanoamericana de Cádiz.
Vicepresidente I del Instituto de Academias de Andalucía.
Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid) y de otras varias nacionales y extranjeras.
Autor de un centenar de publicaciones de temas histérico-artísticos entre las que destacan:
El Arquitecto andaluz Hernán Ruiz II.
El arte y los museos de la Provincia de Cádiz.
De la Ilustración a la actualidad “tomo VIII de la Historia del Arte en Andalucía de la Ed. Gever”.
Zurbarán.
El Manuscrito de la Academia de Murillo.
Academias de Bellas Artes en Hispanoamérica.
MARTÍNEZ MONTAÑÉS Y ZUREARÁN EN EL PERÚ
PorAntonio de la Banda y Vargas El presente artículo constituye un conciso resumen de la producción, conservada operdida, enviada desde Sevilla al Perú por el escultor Juan Martínez Montañés (1568/1664), las figuras mas cotizadas delartehispalen se de la primera mitad del siglo XVII; producción que constituyeun claro ejemplo de las constantes relaciones artísticas entre la Ciudad del Guadalquivir y las tierras indianas de la Monarquía y de modo especial con el Virreinato peruano y su capital donde ejercieron una amplísima influencia sobre lospintores y escultores afec
tos a dicha escuela.
Como prueba fehaciente del interés que la Corona española tuvo, en todo momento, por elevar el nivel cultural de los territorios indianos de la Monarquía, puede aducirse la rapidez con que se pro
pagaron, en los mismos, las formas artísticas procedentes del entorno peninsular hispano; formas que, en lo referente a las llamadas artes figurativas, fueron acompañadas, dada la religiosidad del arte español delmomento, deuna clara misión entre evangelizadora y cultural.
Uno de los núcleos mas importantes entre los que recibieron el trasplante de obras escultóricas y pictóricas al continente hispanoa mericano es el correspondiente al territorio del antiguo Virreinato del
Perú durante la primera mitad del siglo XVII; esculturas y pinturas estas que, aparte su aludida misión eclesial, fueron el fundamento de un tesoro, por fortuna aún existente en su mayor parte así como el portavoz de un estilo -el realismo propio de la primera parte, de dicha centuria- que luego, al aleccionar a los artistas peruanos, sirvió de base a lafloración de sendas escuelas nacionales.
Papel principalísimo, debido a las conocidas razones de su célebre monopolio del comienzo indiano, cupo a Sevilla en esta tras misión de formas y estilos y por tanto, el muy relevante que tuvieron las dos grandes figuras que, uno en escultura y el otro en pintura, laboraron, por aquellos años, en la urbehispalense: me refiero a Juan Martínez Montañés (1568-1649) y Francisco de Zurbarán Salazar (1596-1664), representantes del clasicismo realista que signó a la plástica hispalense el primero, y del realismo de corte tenebrista que se impuso en la pintura del momento, el segundo.
Uno y otro estuvieron en contacto con el Virreinato peruano pues hicieron de él un importante mercado artístico al que enviaron desde Sevilla las obras salidas de su mano o taller; El primero desde casi el comienzo de su carrera, o sea desde finales del siglo XVI, mientras que el segundo sólo lo hizo en el último decenio de su etapa sevillana aunque ya en plena madurez creativa.
La presencia de Montañés en Perú, al ser permanente, ofrece un muestrario selecto, para estudiar el proceso evolutivo de su estilo;
estilo que va desde sus iniciales obras tardomanieristas hastael equi librio entre su peculiar clasicismo y el realismo propio de la escuela sevillana del momento, típico de su etapa final, pasando por las cen
trales que, mi maestro el profesor Hernández Díaz, ha definido como
‘magistral’ y ‘crítica’, la primera de las cuales, que inaugura el Cristo de los Cálices de la Catedral hispalense, representa el logro de su peculiar lenguaje expresivo, mientras que la segunda lo hace de ese bache sufrido entre 1620 y1630 a consecuencia de la iniciación del aludido realismo por sus discípulos Alonso Cano y Juan Mesa.
Del primer momento, o sea de su inicial fase tardomanierista no queda ninguna obra fidedigna -sólo la atribución que tanto Héctor
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Schennone cuanto el matrimonio José de Mesa y Teresa Gisbert hacen de la Virgen del Rosario que posee la Iglesia de Santo Domingo de Chucito- aunque si sabemos por la documentación que, en 1590, concertó la factura de una imagen de dicha advocación con el religioso dominico Fray Cristóbal Núñez. A este encargo siguieron, entre 1598 y 1603, un lote de veintidós Sagrarios para Conventos dominicos y otro de doce para los agustinos así como otro nuevo de trece para los franciscanos ninguno de los cuales han sido identifica dos por lo que es lógico suponer que no,se han conservado.
Al comienzo de su etapa magistral, esto es a la iniciación de su peculiarclasicismoy más concretamente al año 1603, correspon de la factura de su primera obra allí conservada, el Cristo de Auxilio de la Iglesia de la Merced de Lima; magnífica pieza escultórica, en la que ya se advierten sus típicas notas de orden y ponderación, de la que la historiografía peruana contemporáneo hizo este expresivo elogio -"Crucificado muy devoto traido de España de la mano del mejor artista que allí se conocía, aquien sus contemporáneos llama
ron “dios de la madera”porlapropiedad y facilidadcon que ejecutaba cualquier cosa de ella; único maestro en el artede la escultura"- que constata la irradiación a aquellas tierras de la fama que Montañés contaba en Sevilla y del que el propio artista nos da la noticia de su autoría cuando afirma, al contratar con el Arcediano hispalense D.
Mateo Vázquez de Leca, en el mismo año, el mencionado Cristo de los Cálices, que haría una obra “mucho mejor que la que en días pasados hice para la Provincia de Perú”.
Al año siguiente concertó otro lote de Sagrarios, destinado a los franciscanos, con la Casa de la Contratación que, tampoco, ha sido identificado. Tres después, lo hizo de la que, sin duda alguna, es su mejor obra peruana, e inclusouna de las mas logradas de susiempre exquisita producción: el retablo de la Concepción, hoy en la Catedral limeña, que hizo para el Convento de monjas concepcionistas de la Ciudad de los Reyes. Esta obra, verdaderamente señera pese a incluir mucha labor de taller, ha sido estudiada, cuando estaba des
piezada en la clausura del aludido cenobio concepcionista, por el pro
fesor Hernández Díaz en su artículo “Martínez montañés en Lima”, publicado en la tristemente desaparecida revista “Anales de la
Universidad hispalense”, ofreciéndonos su análisis, un interesante centón de noticias sobre su proceso de elaboración así como, dada la largueza cronológica del mismo, un claro testimonio de la evolución sufrida por el maestro.
Concertado con un tal Francisco Galiano en 1607, su parte arquitectónica fue realizada por el célebre arquitecto y entallador Diego López Bueno, por lo que su dispositivo es un tanto protobarro co, sufriendo una ampliación diez años después y no realizándose su entrega hasta 1622; corriendoa cargode Gaspar de Rajis su policro mía. Reconstruido, en parte, en una Capilla de la Catedral limeña por Teófilo Salazar, su programa iconográfico, consta de los relieves de los cuatro Evangelistas y de los cuatro Padres de la Iglesia latina, así como de los que representan la Natividad, la Visitación, el Bautismo de Cristo, la Predicación del Bautista, la Comparecencia ante Heredes, el Bautista en prisión, la Degollación, la Despedida de sus padres, la Estancia en el desierto con Jesús, el Anuncio angélico, Salomé y Herodias así como la Cabeza degollada aparte del alto relieve en que aparece el cuerpo acéfalorodeado delas figuras de los discípulos.
Presideel conjunto un magnífico Crucificado de tamaño natural, en el que se aprecia la similitud conceptual con el aludido sevillano de la Clemencia, con la diferencia de que aquí Cristo aparece muerto y alanceado así como se aprecian ya algunos leves rasgos dramáticos que anuncian la evolución del maestro en torno a la década de los veinte, y que es, desde luego, la mejor obra de Montañés que se con serva en Hispanoamérica. Al igual que el de la Clemencia presenta el dispositivo trapezoidal motivado por estar clavado con cuatro clavos, proyectándose no hacia el espectador sino hacia el madero de la Cruz. Su modelado es sobrio y exquisito y, pese a poseer un cierto dramatismo domina en él la ya mencionada serenidad montañesina.
Por último, indicaré que todos estos rasgos apuntan una cronología temprana y próxima al sevillano de Vázquez de Leca, del que puede considerarse como su mejor réplica.
Muy bella es la cabeza del Bautista, cuya similitud con la tam bién montañesina del Convento sevillano de San Leandro es eviden
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te, en la que se aprecian ya más los rasgos realistas propiosdel dece nio crítico, por lo que su cronología es mas tardía que la del Crucificado. Igual acontece con las figuras de los Discípulos de San Juan que se disponen en torno a su cuerpo acéfalo, en las que, clara
mente, se percibe una colaboración de taller; colaboración que así mismo, se aprecia en los relieves, dada la diversidad de modelado que ofrecen, al igual que se observa su similitud con losdel retablo de idéntica advocación, que hoy está en la Iglesia universitariasevillana de la Anunciación y que procede del Convento del Socorro de la Ciudad delGuadalquivir, también fechado en la décadade los veinte.
Formando, inicialmente, parte del Retablo limeño, pero hoy aún en el mismo cenobio y no en la Catedral, se disponían las figuras del Arcángel San Miguel y del Angel de la Guarda que, como anterior
mente a su restauración todo el conjunto, tiene una policromía gris que debe pertenecer a la época neoclásica pero cuyas formas expre sivas son plenamente montañesinas y que están fechadas en 1607.
Diez años después,concertó con el mismo convento, aunque ninguna de ellas se conserva, un San Juan Bautista niño y un San Juan Evangelista así como una predella con seis relieves mañanes que for
ma parte del retablo de las once mil Vírgenes y que puede ser, muy bien, la que se conserva en el referido convento cuyos asuntos son la Natividad de María, la Presentación de la Virgen, la Visitación, la Natividad de Jesucristo y el Abrazo místico, pues posee innegables aires montañesinos aunque, desde luego es obra de taller. Otra obra desaparecida, una Virgen del Rosario que concertó con el jesuíta P.
Fabian López y que debía enviar al Clérigo Juan López Vozmediano hizo para Lima en 1619; encargo este al que siguió el de una Inmaculada y un Niño Jesús, ambos sin identificar, que le hizo el veci
no de la propia Ciudad delos Reyes Juan Bautista González.
Entre 1624y1625, se fecha la Santa Apolonia dela Catedral de Lima que consta documentalmente, fue adquirida en su taller por el Capitán Francisco de Santa Cruz Padilla por la cantidad demil pesos;
pieza estas que le fue entregada sin policromar por lo que su termina
ción se hizo en Lima, lo que le dió un peculiar carácterpeseaquesus formas revelen, claramente su procedencia del taller del maestro.
Tres años después, envió al cenobio concepcionista limeño, dos
Angeles músicos que no se han conservado pero que, por su cronolo
gía debieron ser obras de taller.
Desde esta última fecha hasta el año 1640 no se documenta ningún otro encargo con destino al Perú. En este año, el vecino de Sevilla D. Alonso de la Estrella Olivares declara haber recibido una imagen de Crucificado, cuyo encargo se debía al Fiscal del Tribunal de la Inquisición limeña D. Luis deBetancourt y Figueroa, para remitir
la al Convento de Santa Catalina de la ciudad de los Reyes. Parece que se tratadel Cristo allí existente pues sus formas son muy monta- ñesinas aunque, de ser cierta esta hipótesis que sostuvo el difunto profesor Jorge Bernales Ballesteros, su factura esta muy influenciada por el realismo de Juan de Mesa. Recientemente, mi querido amigo Enrique Pareja López, director del Museo de Bellas Artes de Sevilla, la ratifica en un artículo publicado en la revista Buenavista de Indias.
Finalmente sabemos que en 1648, o sea el año antes de su muerte, realizó sendas ¡magines de San Francisco Javier y San Francisco de Borja para la Iglesia de San Pedro de Lima. Si son las que actualmente allí reciben culto, se trata indudablemente, de obras de taller pero de buena factura y conforme al estilo propio -equilibrio entre clasicismo y realismo- de los años postreros del maestro. A su lado y dentro ya del campo de las atribuciones, hay que mencionar otras dos obras: el Jesús niño, advocado “El Doctorcito”, existente en el cenobio limeño de Santa Rosa, cuyas formas evocan, aunque algo mas abarracadas en el rizo del cabello y con menor cuido de las pro
porciones, las del Niño del Sagrario de la Catedral hispalense y cuya fecha oscila entre losaños finales de su etapa magistral; la segunda, de atribución menos sólida, es una Virgen con el Niño existente en la Iglesia de la Buena Muerte de la ciudad de los Reyes.
Así como Martínez Montañés,según nos lo prueba la documen tación conservada, estuvo en contacto con el antiguo Virreinato del Perú a lo largo de su vida, el caso de Zurbarán es muy distinto pues solo trabajó para aquellas tierras en los últimos años de su estancia sevillana, o sea entre 1647 y 1651, precisamente en el momento en quesu estilo comenzaba a pasar de moda en laSevilla del momento e incluso cuando alcanzaba una especie de amaneramiento del que
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no salió hasta después de su éxodo madrileño por lo que las obras correspondientes a esta etapa revelan una gran participación del taller.
La primera referencia que del pintor de Fuente Cantos conoce mos, referida al Virreinato peruano, es un documento fechado en Sevilla el 22 de mayo de 1647, en el que declara haber recibido, por mediación de un tal Juan de Velarde, dos mil pesos de la Abadesa del Monasterio de la Encarnación de Lima para pintartreinta y cuatro lien zos, destinado al templo del referido cenobio, cuya temática era la siguiente: el árbol de Jesse, el abrazo ante la Puerta Dorada, la Natividad de María, La Presentación de la Virgen, los Desposorios, la Anunciación, el Nacimiento de Cristo, la Ascensión, la Muerte y Asunción de María, la Coronación así como veintinueve Vírgenes de cuerpo entero; encargo este que debía tener acabado para la Pascua Florida del año siguiente. Tres días, después recibió, por mediación de un tal Luis López Churruca, mil pesos, de ocho reales cada uno, que le abonaba el residente limeño Antonio Fajardo a cuenta de unas pinturas que se había llevado para venderlas en América. El 23 de septiembre de dicho año, dio poder al vecino de la capital peruana Antonio de Alarcón para que le cobrase al Capitan Andrés Martínez el importe de los doce lienzos, de dos varas y cuarto, representando a los Césares romanos acaballo que le había entregado en Sevilla para que los vendiese en el Nuevo Continente. El mismo día, declara haber recibido trescientos pesos, en reales de plata, de otro Capitán -Juan de Vaiverde- de unas pinturas que tenía concertadas con él. Por últi mo sabemos que, en 1651, firmo un lienzo que representaba a San Juan Crisòstomo con Fray Luis de Granada que, desgraciadamente, noha sido identificado hasta ahora.
Hasta aquí, las referencias documentales. La realidad actual es muy otra pues las obras conservadas en tierras peruanas son diferen tes a la arriba especificadas y de estas algunas son, únicamente, obras de taller. El lote mas importante lo constituye la serie de los fun dadores de las Ordenes religiosas existentes en el Monasterio de San Camilo de Lelis o de la Buena Muerte de Lima que, posiblemente, donó al referido cenobio una tal Gertrudis de Vargas el 1 de febrero de 1769. Los referidos lienzos representan al Profeta Elias, San
Agustín, San Basilio, San Bernardo, San Jerónimo, San Francisco de Paula, San Juan de Dios, San Ignacio de Loyola, San Antonio Abad, Santo Domingo de Guzmán, San Francisco deAsís, San Bruno ySan Pedro Nolasco y miden, todos ellos, uno 1,84 x 1.03. Su calidad no es uniforme pues, al lado de unos lienzos más o menos personales apa recen otros que revelan una amplia participación del talleren sus fac turas. Estudiados por el Marqués de Lozoya y por Paul Ginard, se fechan entre 1641 y 1658, correspondiendo a mi juicio, al momento más cercano a la aludidafecha final.
Otra serie importante, también conservada en la Ciudad de los Reyes, es el Apostolado del Convento de San Francisco, del que se tienen noticias, desde 1785, y que , además deun Cristo bendiciendo y de un lienzo que representa a la Virgen, contiene la totalidad del Colegio Apostólico, incluidos San Matías y San Pablo. De 1,84 x0,94 cada lienzo y con unacronología muy próxima a los del Monasterio de la Buena Muerte, son obras desiguales, que revelan por tanto una amplia colaboración de taller, ofreciendo en Cristo bendiciendo y la Virgen cierta similitud con los que, procedentes del retablo Mayor de la Prioral de Llerena, se exhiben en el Museo deBadajoz.
También en Lima y en la colección Salazar Orfila, se conserva un lienzo de 1,85 x 1 que representa a San Guillermo de Aquitania cuyo estudio realizó el citado Marqués de Lozoya; obra discreta, tam bién con amplia colaboración del taller, hay que situarla en los años finales de su estancia sevillana. Un Crucificado, existente en una colección particular y adquirido en el Cuzco antes de 1930 cierra el acervo limeño. Dado a conocer en 1970 por Francisco Stanstny cabe situarlo entre 1632 y1640, o sea dentro de su etapa magistrales; obra interesante en laque la mano del maestro se aprecia evidentemente.
Finalmente se conservan, aún en el Cuzco, otros dos Crucificados, unoen la Sacristíade la Iglesia de la Merced y otro enla Iglesia de San Pedro, también situables entre los aludidos años magistrales pero, sin duda, obras de taller.
Tanto la producción enviada por Martínez Montañés como la Zurbaranesca fueron auténticas escuelas de aprendizaje para los
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artistas peruanos de la época Virreinal y su influencia fue tan decisiva que pueden considerarse como el punto alfa de aquellas escuelas nacionales. Pero tal vez, lo mas interesante sea el que constituyen, en cierto modo el punto omega de la influencia hispana en las tierras peruanas así como el de los envíos desde Sevilla a la mismas; cosa lógica si tenemos en cuenta que el arte de la segunda mitad del siglo XVII, o sea, el pleno barroquismo escultórico de Roldán y el pictórico de Murillo y Valdés Leal, tuvo un menor eco indiano a causa de estar ya plenamente formadas y en pleno funcionamiento las escuelas pic
tóricas del Nuevo Continente.
LA MINERIA, CLAVE DEL PERÚ VIRREINAL
Miguel Molina Martínez
Miguel Molina Martínez, Doctor Catedrático de Historia de América en la Universidad de Granada.
Director del Grupo de Investigación Andalucía y América Latina: Población, transferencias tecnológicas, historiografía y toponimia.
Líneas de trabajo prioritarias: A) Minería colonial andina y B) Relaciones Andalucía Oriental y América.
Libros:
El Real Tribunal de Minería de Lima. Sevilla, 1986.
Jaén y el mundo hispanoamericano. Jaén, 1987.
El accitano Pedro de Mendoza, primer fundador de Buenos Aires. Guadix, 1988 (En colaboración con Francisco J. Fernández Segura).
Las capitulaciones de Santa Fe. (Estudio preliminar). Edición de la Diputación de Granada. Granada, 1989.
La leyenda negra. Madrid, 1991.
Antonio de Ulloa: Noticias Americanas. (Estudio preliminar). Universidad de Granada, 1992.
Autor de 40 trabajos de la especialidad publicados en revistas nacionales y extranjeras, así como en Actas de Congresos.
I Premio de monografías “V Centenario del Descubrimiento de América”, de la Diputación de Sevilla, 1985.
Vicepresidente de la Asociación Española de Americanistas.
Miembro de la Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos.
Miembro del Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino.
Miembro del Instituto “Pedro Suárez”, de Guadix.
LA MINERIA, CLAVE DEL PERÚ VIRREINAL
Por Miguel Molina Martínez
“De no haber sido por la minería que logró salvar las grandes distancias y los enormes obstáculos que la imponente geografía ofrecía, el esfuerzo español habría sido embotado por la acción de la selva o de la montaña y los pobladores y colonizadores hubieran caído en un ruralismo enervante. La minería hizo posible la concen
tración de lapoblaciónpermitiendo una vida humana con niveles muy semejantes a los de Europa y, porello, la cultura de este nuevomundo penetró hondamente tierra adentro, se elevó sobrela altiplaniciey la sierray llegó a las regiones más apartadas delpaís”.
Gustavo P. Serrano.
Aún a riesgo de caer enel tópico, hemos de afirmarque la con
formación de la realidadperuana durante la época colonialnoes posi ble entenderla desligada del protagonismo crucial que adquirió el sec tor minero. Aunque la historiografía actual viene concediendo cada vez más importancia aotros ámbitos de la economía peruana, como el agrícola, ganadero, o el comercio interregional, no cabe duda de que las minas -su laboreo, producción, etc.- marcaron desde el princi pio la impronta de aquel virreinato. La teoría mercantilista, imperante
en la época, hizo que la corona española considerara la obtención de metales preciosos como objetivo básico de su política en Indias, tanto en el virreinato peruano como en el mexicano.
La minería, entendida en su vertiente externa e interna, explica por sí sola buena parte de lo que fueron y significaron los dominios hispanos en América y, en nuestro caso concreto, los del ámbito peruano. Porun lado, las minas proporcionaron, una ingente cantidad de metales preciosos, basedel comercio transatlántico y fuente princi pal de ingresos de las arcas reales. Su circulación por el Viejo Mundo tuvo una incidencia decisiva enel origen y desarrollo del capitalismo y en la cultura europea delmomento.
Porotro lado, fueron capaces de crear espacios económicos de gran magnitud, cuya incidencia se dejó sentir en otros sectores tales como la misma agricultura, ganadería, industria textil..., sin olvidar lo que su explotación supuso para un porcentaje considerable de la población indígena. Desde esta perspectiva, el centro minero no sólo ha de ser considerado como un mero productor de metal, sino tam bién como generador deuna amplia actividad económica en el territo rio de su influencia. Los casos de Potosí y de Huancavelica son dos buenos ejemplos de lo que afirmamos.
Estos dos centros constituyeron, además, los pilares básicos sobre los que se cimentó la riqueza minera de Perú, de la mismafor
ma que Zacatecas o Guanajuato lo fueron de México. Con razón escribía el virrey Francisco de Toledo que Potosí y Huancavelica eran
"los exes donde andan las ruedasde todo lo deste Reynoy la hazien da que vuestra magestad en él tiene”. En consecuencia, creía que el progreso económico del virreinato sólo era posible manteniendo un continuo y activo laboreo en ellas, aunque ello fuera a costa de la mano de obra india.
Las minas de Potosí fueron descubiertas en 1545 por un indí gena que dio noticia a su amo, el español Villarroel. Se trataba de un lugar frío, deshabitado, de naturaleza hostil. Sin apenas árboles, ni pastos. A una altitud de 4.000 metros, la “papa” era el único cultivo que podía utilizarse como alimento. Sin embargo, como ocurriera en
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tantos otrosparajes inhóspitos pero ricos en el subsuelo, no tardó en concentrarse allí una elevada población y dar origen a una floreciente ciudad.
Los primeros años nos muestran un asentamiento casi sin pla nificación. Una aproximación rudimentaria a lo que fue esa incipiente ciudad la ofrece Pedro Cieza de León en el dibujo que acompaña a su Crónica del Perú (Sevilla, 1553). En él se observan varios edificios, dispuestos a uno y otro lado de la corriente de agua que desciende desde el cerro y se divisan perfectamente dos iglesias. En el año 1561 el virrey Conde de Nieva, a petición del propioasiento minero, y para elevar la categoría del mismo le concedió el título de “Villa Imperial de Potosí”. Desde entonces gozó de jurisdicción propia inde pendiente de la de la ciudad de La Plata.
Su ordenamiento urbano se debió al virrey Toledo. Respondía a un esquema reticular con una plaza central y calles trazadas a cordel, fiel reflejo de las Ordenanzas de Nuevo Poblamiento de 1573. En la periferia se agrupaban las viviendas de los indígenas en torno a sus parroquias. Hacia 1570 su población ascendía a más de 120.000 per
sonas y en 1611 se contabilizaban hasta 150.000. Paralelamente comenzó la construcción de presas y acueductos para canalizar el agua, fuerza motriz de los numerosos molinos e ingenios que funcio
naban en el mineral.
El desarrollo de la ciudad corrió paralelo al de la producción de plata. La famade sus riquezas se extendió por todas partes, eleván dola pronto a la categoría de mito. En la épocade su mayor apogeo, a principios del siglo XVII, no sólo era la ciudad más populosa de América, sino también unade las más grandes del planeta. Bartolomé de Arzans Orsúa y Vela en su Historia de la Villa Imperial de Potosí, escrita a principios del siglo XVIII, afirmaba en tono laudatorio lo siguiente de Potosí: “La muy celebrada, siempre ínclita, augusta, magnánima, noble y rica Villa de Potosí; orbe abreviado; honor y glo
ria de la América; centro del Perú; emperatriz de las villas y lugares de este Nuevo Mundo; reina de su poderosa provincia; princesa de las indianas poblaciones; señora delos tesoros y caudales; benigna y piadosa madre de ajenos hijos; columnade la caridad, espejo de libe
ralidad; desempeño de sus católicos monarcas; protectora de pobres, depósito de milagrosos santuarios; ejemplo de veneración al culto divino...”.
En cuanto al mineral, se expresaba en estos términos: “El famoso, siempre máximo, riquísimo e inacabable Cerro de Potosí;sin
gular obra del poder de Dios, único milagro de la naturaleza; perfecta y permanente maravilla del mundo; alegría de los mortales, empera dor delos montes, rey de los cerros, ... moneda con que se compra el cielo, monstruo de riqueza, cuerpo de tierray almade plata”.
Aunque es obvia la hipérbole del cronista potosino, no cabe duda de que aquel asiento minero y la villa calaron en lo más profun do de la mentalidad de la época a uno y otro lado del Atlántico. Por extensión Potosí identificaba al Perú y, a su vez, éste era inconcebible sin la fastuosa riqueza de aquel. Por ello, la historia del virreinato ha permanecido indisolublemente unida a los avatares de la mina y su papel en el concierto europeo ha estado ligado a los índices de pro
ducción de su yacimientos.
La producción de plata comenzó a alcanzar cifrasespectacula res a p'artir de la décadade 1570. Ello se debió a dos hechos; 1a. La introducción de cambios tecnológicos, en particular, la difusión del sis tema de amalgamación; 2a. La organización del sistema de mitapues to en marcha por Francisco de Toledo. Lo primero, posible gracias a la utilización del azogue de las minas de Huancavelica, reportó mayo res rendimientos del mineral y abarató costes. Lo segundo supuso la llegada al Cerro de abundante mano de obra indígena y además bara ta. Así se pudo pasar de una producción media en torno a los 25.000 marcos hasta 1572, a cifras que llegan a los 900.000 marcos en los momentos álgidos de finales del XVI y principios del XVIL A lo largo de esa centuria y buena parte de la siguiente la producción contempla un descenso que tímidamente se recupera en las décadas finales del XVIII, aunque muy lejos de igualar los registros anteriores. Con todo, Potosí proporcionaba la casi totalidad de la plata producida en Perú y los 2/3 de laque se enviaba desde América a España.
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Pero nada de esto hubiera sido posible sin el descubrimiento de la otra gran mina peruana, la de Huancavelica. Esta se encargó de proporcionar el azogue necesario para la obtención de toda la plata del virreinato y, en ocasionesesporádicas, la de algunas minas mexi canas. Dicho descubrimiento, de trascendental importancia, tuvo lugar en 1563 y también lo hizo un indígena. Al pie del mineral, como en Potosí, comenzó a concentrarse la población dando forma a lo que sería la villa de Huancavelica.
Su fundación oficial data del 4 de agosto de 1571. En torno ala plaza central se dispusieron los edificios destinados a los poderes políticos y religiosos y vecinos principales, fundamentalmente mine ros. La cruzaba el río Ichu y, por su altitud, las condiciones climáticas eran bastante severas. Poseía una población muy heterogénea que rara vez sobrepasó las 5.000 almas. Con todo, era una ciudad bulli ciosa y llena de actividad.
La existencia de las minas favoreció que las regiones limítrofes desarrollaran con mayor intensidad sus propios recursos.
Huancavelica fue el centro hasta donde llegaban y se consumían manufacturas importadas desde Lima; vinosdesde lea; azúcar desde Andahuaylas; cereales y frutas de Jauja; pan de Huamanga... En suma, una extensa área económica cuyo ritmo estuvo siempre marca do por la existencia del mineral.
Dada la dependencia directa entre la obtención de plata y el consumo de azogue, las minas de Huancavelica alcanzaron unafama singular en el virreinato. La corona terminó monopolizando su produc
ción y distribución. Con razón, “el más importante maridaje del mun do, el realizado entre Potosí y Huancavelica: resultó ser decisivo no sólo para la conformación de la estructura minera del Perú, sino tam
bién para trasmitir a Europa la imagen de unas tierras extremadamen te ricas. Y es que las rentas reales provenientes de las minas se ele
varon de 10 mil pesos a 400 mil por año y una inusitada prosperidad se extendió por todo el Perú. En gran medida Huancavelica fue la lla ve de tal cambio. Sobre este particular, el cronista Lizárraga anotó:
“Este cerro de azogue ha sido la vida deste Perú, porque si no se hubiese descubierto, fuera el más pobre y el más costoso del mundo.
Con los azogues ha revivido, porque toda la plata que en Potosí y en Porco se saca... es por azogue y conazogue”. No iban descaminados los contemporáneos de la centuria ¡lustrada cuando otorgaron a la fra
se “sin Huancavelica no hay América” la categoría de dramática ver dad. ¡Cuán presente lo debía tener nuestro insigne Antonio de Ulloa cuando decidió aceptar lagobernación de aquel distrito minero!
Todo ello sin olvidar que la hegemonía española lograda por Felipe II en el concierto internacional y el enorme esfuerzo defensivo realizado en América del Sur fueron posibles gracias a la plata perua na. La frase “vale un Potosí” estaba más que justificada. Entre 1550 y 1630 Perú produjo una media anual de nueve millones de pesos, mientras que México apenas llegaba a los cinco. De la producción peruana, más de la mitad procedía delas minas de Potosí.
La minería fue además determinante para explicarel destino de miles de indios y el comportamiento social deotras capas de la pobla ción. El trabajo en las minas, sus efectos y la polémica suscitada en torno a ello son parte consustancial de la historia del Perú. La exigen cia de prestaciones laborales coercitivas o la implantación de la mita supuso un considerable movimiento de indígenas desplazados desde sus lugaresde origen hasta Potosí y Huancavelica. Nunca se ha pon derado lo suficiente la expresión de Arzáns de Orsúa: “Sin indios no hayIndias”.
En 1572 el virrey Toledo adoptó una de las medidas que más honda repercusión ha tenido en la historia peruana: la implantación del sistema de mitas. Continuando una vieja institución inca, consistía en el reclutamiento forzoso de mano de obra para las minas por tur
nos entre los indios comprendidos entre los 18 y 50 años. Aunque en un principio sólo afectaba a las poblaciones cercanas a los yacimien tos, con el tiempo la recluta se extendió a otras provincias. De tal for
ma que, a veces, los indios debían recorrer para trabajar en Potosí hasta 1.000 kilómetros desde sus lugares de origen. La movilización era tal que el cronista Luis Capoche en su Relación General de la Villa Imperial de Potosí escribió: “Estaban los caminos cubiertos que parecíaque se mudaba el reino”.
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El sistema fue objeto de una encendida polémica que todavía hoy mantiene parte de su virulencia. Sobre Toledo recayó el grave cargo de haber sometido a la población india a cambios traumáticos y condenarla a las penalidades de la mina. Sin embargo, el virrey no hizo más que acomodarse a los intereses reales, salvando un difícil escollo moral. La disyuntiva a la que se enfrentaba estaba clara: O forzaba a los indios a las minas o no había plata. Como era presumi ble se inclinó por lo primero con argumentos que, ante todo, tratarían de tranquilizar la conciencia del rey y la suya propia. Como resume Bakewell, los principios esgrimidos giraron en torno a: la necesidad de dinero de la corona; la defensa de Felipe II de la Fe en el Nuevo Mundo y en Europa; el lugar providencial, puesto por Dios, del oro y de la plata en el Perú para atraer a los españoles; el retroceso de la evangelización resultante si los españoles no hubieran sido de este modo atraídos; el principio legal de que la gente podía ser forzada a trabajar por el bien público y, por fin, el antecedente del trabajo forza
do enlas minas bajo losincas.
En cuanto a las condiciones laborales, han corrido ríos de tinta tratando de poner en evidencia lo inhumano de aquellas faenas y el alto índice de mortalidad que ocasionaban. Las investigaciones actua
lesponen de manifiesto que el númerode muertes,con ser significati vo, no alcanza los niveles que pretenden los propaladores de la
“leyenda negra”. Con todo, el virreinato peruano no ha podido desem barazarse de esa aureola fatídica que le viene de ser el escenario de dos de las minas más carismáticas de América: Potosí y Huancavelica.
Otra cuestión que interesa apuntar aquí es el comportamiento del minero, del empresario de minas. También él con su particular visión de la vida caracterizó aspectos importantes de la sociedad virreinal. En las ciudades mineras era frecuente que desempeñase puestos de responsabilidad política. Su participación en los cabildos era más que notoria. Ocupaba cargos como losde regidor, alguacil e, incluso, el de protector deindios. Su interés por participar en esas ins tituciones obedecía no sólo al prestigio inherente al cargo, sino tam bién a la posibilidad de apropiación de tierras, acumulación de poder,
etc. El origen de muchos conflictos en laszonas mineras radica en la lucha de los diferentes bandos para mantener su hegemonía en la región.
La creación del Real Tribunal de Minería de Lima en 1787 supuso un avance considerable en la estima social y política del mine
ro. La institución, al servicio del gremio, le permitió gozar de jurisdic ción privativa, administrar las cuestiones del ramo de acuerdo a sus intereses, y disfrutar de otras prerrogativas. Con los privilegios que las Ordenanzas de Minería le confirieron, con la compra de tierras, con una hábil política de enlaces matrimoniales con miembros del sector mercantil o con su participación en la carrera militar, dignificada sensi
blemente tras el nuevo Fuero promulgado por Carlos III, los mineros lograron consolidar y realzar su presencia dentro de la abigarrada sociedad peruana.
Otro fenómeno muy significativo que conviene tener en cuenta para comprender la tipología de estos personajes fue la obsesión con que anhelaron la consecución deun título de nobleza. En México este hecho alcanzó grandes proporciones. En Perú fue más moderado, pero no faltan reveladores ejemplos. Baste citar los casos del Conde de San Isidro, el conde de Torre Velarde o el Marqués de la Real Confianza. Mineros todos ellos que obtuvieron con el título nobiliario un prestigio y relevancia social sin precedentes.
La inclinación por el lujo y la ostentación fueron consustanciales a la mentalidad del minero. Las noticiasde Potosí o de Huancavelica refieren con machacona insistencia cómo los mineros dilapidaban for
tunas con la misma rapidez con que las conseguían. Habitual eratam bién el mantenimiento de un nivel de vida por encima de los propios ingresos. Compromisos sociales, vestidos, joyas, servidumbre, etc.
eran distintivos del grupo, una forma de establecer diferencias respec to a otros grupos. De igual modo por esta causa algunos terminaron arruinándose.
Pero si algo caracterizó al minero fue suinterés pordejar huella de su actuación y memoria de su protagonismo. Para ello no dudó en desembolsarcuantiosas sumas destinadas a la construcción de lujo
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sas residencias; tampoco escatimó fondos para la edificación de igle sias, capillas. Y es que esa condición de promotor le daba derecho a colocar en el edificio su escudo, ocupar un sitioprivilegiado en la igle sia o ser enterrado junto al altar mayor. Potosí y otras ciudades del entorno, como La Plata o Huamanga, fueron beneficiadas en su arqui tectura por estas manifestaciones pías de los dueños de las minas.
Ningún personaje mejor para ¡lustrar esta afirmación como el gallego Antonio López de Quiroga. Llegado a Potosí a mediados del siglo XVII, se estableció como mercader entrando a formar parte muypron
to de la aristocracia comercial de la ciudad. Casó con la hija de un próspero mercader de plata, lo que le permitió amasar una gran fortu
na. Empleó buena parte de este dinero en comprar minas e ingenios para refinar la plata, tanto en Potosí como en otras regiones. Adquirió tierras y haciendas de las cuales obtuvo los suministros necesarios para el desarrollo delas explotaciones mineras.
López de Quiroga llegó a ser el minero más importante de su época. El referido Arzáns de Orsúa afirma que poseía en Potosí ocho cabezas de ingenio, “cosa sin ejemplar desde que se fabricóla Ribera famosa”. Invirtió cuantiosas sumas en la construcción de socavones que, a la postre, resultaron altamente rentables. No hay datos exactos sobre la plata producida por este industrial; sin embargo, las informa ciones de Peter Bakewell señalan que hasta 1690 había dado a la Corona en concepto de quintos seis millones de pesos. Ello significa que López contribuyó el 32% del total obtenido en el Cerro entre 1660 y 1690. O lo que es lo mismo, la cuarta parte de las remesas de la Caja de Potosí a Lima y de aquí a España. Con ser importante esta cantidad, queda muy lejos de los 21.000.000 que figuran en una de las leyendas desu retrato, conservado en la Casade la Moneda.
Como se ha dicho, invirtió elevadas cantidades en el manteni miento y explotación desu propiedades mineras. Pero otras sumas se diluyeron en lujos y gastos, haciendo verdad la conocida inclinación del minero por la ostentación. De nuevo recurrimos aArzáns para per
catarnos de lo realizado por este personaje con motivo de la celebra ción de la canonización de San Francisco de Borja en 1678:
“Corónose las fiestas con una lucida marcha en que manifestó su grandeza el maestre de campo Antonio López de Quiroga, el cual
convidó 330 nobles para la función, repartiéndoles armas, pólvora, medias de seda, sombreros ricos de castor y vistosas cintas, todo con suma liberalidad. Púsose este caballero unatan rica gala de tela mus ga bordada de oro y cubierta deperlas y piedras preciosas, que estu vo apreciada en 40.000 pesos, fuera delas joyas del sombrero enque entre otras piedras preciosísimas estaba un diamante de extraña grandeza avaluado en 6.000 escudos, que tanto costó en España, de donde lo mandó traer”.
En consonancia con estos alardes, cuando en 1678 casó a una de sus hijas, le concedió una dote de 100.000 pesos (incluyendo ajuar de casa, joyas, plata labrada, ropa blanca...). Por otra parte, durante 40 años fue síndico del convento de San Francisco en Potosí y no su fundador como erróneamente también se lee en el retrato antes cita do. Sí es cierto, en cambio, que donó una capilla al mismo, luegodes
truida en elsiglo XVIII. Sólo en una cosa no pudo cumplir sus deseos.
Nos referimos a la petición de un título de Castilla con nombre decon
de que el rey no accedió a conceder. La única titulación exhibida fue la de maestre de campo, demasiado poco relevante para un persona je de su talla.
Laarquitectura fue también fiel exponente de la riqueza de los minerales. En Potosí uno de sus edificios más emblemáticos es la Casa de la Moneda, construida entre 1753 y 1773. Su fábrica es sobria pero funcional y su fachada de dos niveles le confiere una majestuosa dignidad, reflejo, a su vez, de la preponderancia minera de la ciudad. Porsu parte, Huancavelica a finales del siglo XVIII cuan do apenas rebasaba los 5000 habitantes, tenía las suficientes rentas derivadas del mercurio como para mantener nueve iglesias, tres con
ventos, un hospital y una escuela primaria, sin contar el colegio que los jesuítas habían regentado hasta su expulsión.
Mención especial merece el capítulo de la platería. De su importancia, refiriéndose aPotosí, escribió Arzáns y Orsúa lo siguien te: “Lo que se ha consumido en plata labrada en los 160 años (1545 1705) les viene a cada uno a 20 millones de pesos”. Y añade que a principios del siglo XVII los plateros del Cerro “consumían 630 quinta
les anuales fuera de lo que gastaba la Casa de la Moneda que eran
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800 quintales”. El resultado no es otro que la inmensa cantidad de objetos artísticos de plata que se guardan en las iglesias para el culto, adornos de los retablos, vajilla, etc.
Una aproximación a la riqueza potosina queda patente en los datos que nos proporcionanuestro cronista al referirse a lasfestivida
des religiosas y, concretamente, al Corpus Christi: “De quince parro
quias que hay en esta villavan en andas todas las imágenes de cofra día y devoción que hay en cada una, que son muchas, por lo cual y por ir todas las sagradas religiones, 23 cruces altas y más de 120 estandartes y pendones..., sus gastos pasaban de treinta mil pesos...
El adorno de la iglesia es portentoso, joyas, piedras preciosas, colga duras bordadas de oro, plata y seda; amén que el anda procesional caminaba sobre barras de plata”. Por otro lado, no debe olvidarse la nada desdeñable cantidad de plata destinada al uso doméstico:
cubiertos de mesa, vasos, jarras, platos... En suma, la plata peruana no sólo llenó las bodegas de los buques de la carrera de Indias, sino que también dio origen a una excelsa obra de platería, verdadero goce del barroco americano y preciado tesoro de tantas iglesias de ésta y aquélla orilladel Atlántico.
Con ser ello impresionante, aún quedaría por mencionar otro destino de una parte de la producción metálica: la defensa del virrei nato. Las minas peruanas contribuyeron decisivamente en la financia
ción de las obras de fortificación del territorio. Las defensas de las costas del Pacífico sur oel control del Río de la Plata se hicieron con cargo a la Real Hacienda peruana. Hoy causa admiración contemplar las espectaculares murallas de la Limavirreinal, la impresionante forti
ficación del puerto de El Callao o la de Valparaíso, Concepción y Valdivia. Nada hubiera sido posible sinel enormepotencial minero del Perú.
BIBLIOGRAFIA
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LA LITERATURA
VIRREINAL PERUANA
Concepción Reverte Bernal
Concepción Reverte Bernal. Nacida en Caracas (Venezuela), Licenciada en Filología Románica por la Universidad de Navarra en 1977 y Doctora en Filología Hispánica por la misma Universidad en 1983. Profesora contratada por la Universidad de Piura (Perú) entre 1978 y 1981, en 1983 obtiene la plaza de Titular contratada en la Universidad de Cádiz y en 1986 la plaza de Titular por oposición de Filología Española (Literatura Hispanoamericana) en la misma Universidad, donde continúa. Académica de número de la Real Academia Hispano Americana de Cádiz, miembro de la Asociación española de Estudios Literarios Hispanoamericanos y del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana con sede en la Universidad de Pittsburgh. Autora de dos libros: Aproximación crítica a un dramaturgo virrei
nal peruano: Fr. Francisco del Castillo (“El Ciego de la Merced"), Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad, 1985 y El teatro de Fr. Francisco del Castillo (“El Ciego de la Merced”), Barcelona, ETD-Micropublicaciones, 1988 y una treintena de artículos y comunicaciones en Congresos publicados en diversos países, entre los que se pueden destacar trabajos que se refieren al autor virreinal mencionado: Fr. Francisco del Castillo, la generación literaria de “Contemporáneos” de México, Mario Vargas LLosa, el novelista Félix Urabayen, la revista España y América que dirigió el modernista gaditano Eduardo de Ory, el Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz.
LA LITERATURA VIRREINAL PERUANA
Por Concepción Reverte Bernal
Este trabajo pretende ofrecer un panorama del estado actual de los estudios sobre literatura virreinal peruanay, al mismo tiempo, ir señalando las característi cas generales de esta literatura, a través de los distintos géneros literarios y sus principales representantes. Ha sido concebido como parte de la Introducción a la antolo
gía de obras de Fr. Francisco del Castillo, “el Ciego de la Merced”, que está preparando su autora.
Los estudios literarios virreinales se encuentran todavía en una situación precaria, lo que se debe, sobre todo, a las dificultades que encierran. En primer lugar, los textos antiguos requieren un tratamien
to filológico para elaborar ediciones fiables. Por otra parte, la literatura virreinal obedece a un contexto histórico determinado, extenso y variable por coordenadas de tiempo ylugar; los esquemas críticos de la literatura española coetánea no son válidos para la literatura de ultramar, la tradición literaria virreinal presenta peculiaridades.
Resultan muy ilustrativas las palabras pronunciadas por Juan Durán en el XVII Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana:
No se trata de insistir en la necesidad cuestionable de nuevos rótulos. El intento de definir como hispanoa mericano lo que se ha subentendido fácilmente como his panoamericano es considerarlas letras del Nuevo Mundo a guisa de brazos de la peninsular. Pero no debe olvidar se que Nueva España no es España; que Nueva Castilla no es Castilla; que Nueva Granada no es Granada.*
Pese a algunas aportacionesvaliosas a estos estudios realiza das duranteel siglo XIX y los primeros años de éste (sirvan de ejem
plo los trabajos sobre la imprenta en las distintas zonas de América por el chileno José Toribio Medina), opera negativamente la recrea ción del Virreinato que hizo la literatura decimonónica, principalmente a través de la novela histórica y la tradición. Si en dichos géneros lite
rarios se conservan datos de interés, la crítica actual deberá consta
tarlos mediante un examen riguroso. Las Tradiciones de Ricardo Palma constituyen una memoria del Virreinato del Perú, pero hay que recordar que los datos extraídos de documentos manejados por el autor seconfunden con otros legendarioso inventados. Como conse cuencia de todo lo anterior, el corpus de la literatura virreinal es bas
tante impreciso; hace falta una labor investigadora en archivos y manuscritos y una jerarquización de las obras que conduzca a un canon como medio para comprender esa época. En los últimos años ios estudios literarios virreinales están teniendo un nuevo impulso; la nómina de autores se incrementa y se están revisando los ya conoci dos. En los Estados Unidos, el Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana dedicó su XXVIII Congreso, celebrado en Brown University en 1990, a “Letras coloniales: Interacción y vigencia” y en 1992 ha empezado a publicarse Colonial Latin American Review, en el City Collegeof the City University of New York, bajo la dirección de Raquel Chang-Rodríguez. Sin embargo, la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento en España no ha tenido repercusiones significativas en este sentido y los problemas políticos y económicos
‘"Reflexión en torno al llamado BARROCO AMERICANO", Actas del Congreso: El Barrocoen América, t. I, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1978, ps. 55-56. Porrazonesde espacio omito otrasnotas que corresponden a este trabajo.
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que padece el Perú han provocado que el avance de los estudios coloniales en este país sea más lento.
Hecho este preámbulo, paso aabordar el tema de la conferen cia. El título: “La literatura virreinal peruana” es abarcador y ambiguo, pues si evito la consideración anacrónica de los límites del país actual, cabe preguntarse a qué ámbito colonial peruano me refiero: al del primer Virreinato de Nueva Castilla, fundado en 1542, que abarca ba la América meridional, o al Virreinato del Perú, distinguiendo las Capitanías Generales de Venezuela y Chile ydel que se separaron el Virreinato de Nueva Granada en 1739 y el Virreinato del Río de la Plata en 1776. Esta apreciación es importante y asumiendo ladificul tad señalada, me referiré en mi disertación a características de la lite
ratura virreinal engeneral, pero centrándome en la capital de la región del Perú, que fue la ciudad de Lima, el principal foco cultural de Suramérica durante el Virreinato. Dentro de América del Sur, Lima fue asiento de la primera Universidad (San Marcos,en 1552), de la prime ra imprenta (que produjo el primer libro impreso en 1584)y del primer corralde comedias (construido en 1598).
Las crónicas de Indias se consideran los textos que inauguran la literatura hispanoamericana. Relegando su veracidad, que era el punto de vista adoptado por los historiadores en su estudio, al crítico literario le interesan los aspectos imaginativos que hay en ellas, bien sea como resultado del choque con un mundo desconocido y el des
cubrimiento del otro, bien por una tabulación intencionada del modelo real, bien por las dotes literarias del cronista. En esta línea se pueden destacar las aportaciones de José Juan Arrom, Enrique Pupo-Walker, Walter Mignolo, Alessandro Martinengo, Beatriz Pastor, Rolena Adorno, Raquel Chang-Rodríguez, entre otros. Si en el siglo XVI se realizan crónicas generales de Indias, en el XVII se convierten en cró nicas particulares de las diferentes regiones y en el XVIII el género decae, siendo sustituido por otros géneros en prosa. Con el criterio de selección expuesto, en la región del Perú los críticos han prestado especial atención a Pedro Cieza de León, por sus cualidades litera rias; alos cronistas que se refieren al Amazonas y la búsqueda de El Dorado; a los cronistas indígenas Felipe Guamán Poma de Ayala, Diego de Castro Titu Cussi Yupanqui y Juan de Santa Cruz
Pachacuti, por mostrar la mentalidad de los vencidos; al llamado prín cipe de los cronistas: el Inca Garcilaso de la Vega. El Inca Garcilaso ha sido tradicionalmente visto como un ejemplo excelso de mestizaje;
su talla como humanista europeo queda avalada desde su traducción de los Diálogos de amor de León Hebreo, pasando por La Florida, hastaculminaren las dos partes de sus Comentarios Reales. Su figu
ra ha suscitado numerosos estudios, entre los cuales se pueden men cionar losde Luis Alberto Sánchez, Raúl Porras Barrenechea, Aurelio Miró-Quesada, José Durand, Juan Bautista Avalle-Arce, John Grier Varner, Enrique Pupo-Walker. Como literatura testimonial que guarda parecido con las crónicas de Indias, recientemente Manuel Alvar se ha ocupado de las cartas de particulares.
Simultáneamente a los primeros textos en prosa, hallamos en América romances y cantares, que formaban el bagaje cultural común de descubridores y conquistadores. Si en determinados momentos los sucesos de América hacían evocar romances y cantares europeos, pronto surgieron variantes y otros nuevos de tema autóctono, siguien do las pautas de los anteriores. Los avatares políticos del régimen español se reflejarán en la práctica del pasquín, utilizado por uno u otro bando.
El desarrollo de lavida en las ciudades creará un ambiente pro
piciopara el cultivo de la lírica culta, a la que se dedicarán españoles residentes en América o criollos, sobre todo en las dos cabezas del Virreinato: Ciudad de México y Lima. Ocasionalmente algunos mesti zos e indios educados a la española intervendrán en el quehacer lite rario. Según ocurre también en este periodo en España, los textos poéticos se conocerán de forma manuscrita en círculos de hombres cultos y sólo aquéllos que merezcan una aceptación mayor alcanza rán la forma impresa. Laclase altade las cortes virreinales escribirá la poesía seria, como un factor más de ascendiente social; mientras que la vena satírica popularesca procederá generalmente de españoles resentidos, cuyas expectativas de enriquecimiento en el Nuevo Mundo se han visto frustradas. En los trabajos críticos sobre la lírica culta hispanoamericana es frecuente encontrar este género unido a la épica.
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El primer estilo lírico que pase a América será el renacentista, y aél corresponden los poetas alabados por Cervantes en el Canto de Calíope de La Galatea (1585) y el Viaje del Parnaso (1614), y por Lope de Vega en el Laurel de Apolo (1630). Los versos al itálico modo serán el resultado de cenáculos petrarquistas, como la Academia Antàrtica de Lima, en la que desempeñará un papel impor tante el portugués Enrique Garcés, traductor de Petrarca y Camoens.
Los poetas de esta Academia integrarán las antologías Miscelánea austral de Diego Dávalos y Figueroa, publicada en Lima, en 1603, y Parnaso antàrtico de Diego Mexía de Fernangil, cuya primera parte se publicó en Sevilla en 1608 y cuya segunda parte, fechada en Potosí, 1617,quedó inédita. Es en la primera parte del Parnaso antarticodon de aparece el célebre “Discurso en loor de la poesía” de “una señora principal de este Reino”, cuya identidad desconocemos. Otra misterio sa poetisa coetánea será la que adopte el seudónimo Amarilis para declarar su admiraciónpor Lopede Vega en la “Epístola de Amarilis a Belardo”, que se publica con LaFilomena de Lope en 1621. El cultivo poético en Lima por esos años se vio favorecido por la presencia del
“primer Virrey-poeta en América”: Don Juan de Mendoza y Luna, Marqués de Montesclaros, que vivió en Lima entre 1607 y 1615, y por el siguiente Virrey: Francisco de Borja y Aragón, Príncipe de Esquilache, que gobernó en el periodo 1615-1621. En años posterio res otros Virreyes peruanos manifestarán aficiones literarias, propi ciando un clima intelectual en la corte. En la vena satírica sobresale Mateo Rosas de Oquendo, español que viaja a Perú y México. Su paso por Lima dará origen a la Sátira a las cosas que pasan en el Perú, año de 1598, iniciando una rica tradición de literatura satírica limeña que llega hasta nuestros días.
El Barroco es acogido con entusiasmo por los escritores hispa noamericanos; tiene una duración más prolongada en Hispanoamérica que en España y el barroquismo del estilo de algu nos escritores contemporáneos ha llevado a hablar de un Neobarroco.
El crítico argentino Emilio Carilla ha sido quien ha dedicado más estu dios para su profundización, desde su tesis doctoral El gongorismo en América, publicada en Buenos Aires, ed. CONI, en 1946. Durante el Barroco hispanoamericano la literatura es más oficial y aristocrática
que en España, vinculada al ocio de la clase alta. Paulatinamente van asomando en ella rasgos autóctonos, como, por ej., el seseo, impor tante para analizar la rima o determinados juegos de palabras. En la poesía de homenaje el modelo será Góngora y en la poesía satírica Quevedo. A diferencia de lo acontecido en España, en América Góngora carece de detractores y tendrá una magnífica defensa, aun que postuma, en el Apologético en favor de don Luis de Góngora, de Juan de Espinosa Medrano, “el Lunarejo”, publicado en Limaen 1662.
A Espinosa Medrano volveré a referirme como orador y dramaturgo;
ha sido sobre todo estudiado por Luis Jaime Cisneros. Al final del período Barroco tendrá lugar el Rococó, estilo de transición que se caracteriza por el influjo francés, una visión más hedonista de la vida, el gusto por el juego, la coquetería, laminiatura, las artes decorativas, el arcadismo, una simplificación sintáctica y metafórica frente al pleno Barroco. La definición del Rococó es controvertida pero resulta útil para explicara ciertos autores. Tradicionalmente se ha considerado a Fr. Juan de Ayllón el introductor del Barroco en el Perú, con su Poema a la canonización de los veintitrés mártires del Japónde 1630.
Uno de los autores más conocidos de la literatura virreinal hispanoa mericana será el jienense Juan del Valle y Caviedes, que llegó joven aPerúyquien desarrolló su obra literaria en Lima. A Valle y Caviedes le han dedicado trabajos esclarecedores Rubén Vargas Ugarte, Guillermo Lohmann Villena, Daniel Reedy, Sor Leticia Cáceres, GiuseppeBellini, y hoy sabemos que fue un poetadetemática y tonos variados, aunque destaque como autor satírico. Su libro más famoso es el Diente del Parnaso, fechado en 1689, donde con un lenguaje quevedesco critica a la sociedad limeña, en particular a los médicos.
Como indica Lohmann Villena, el pesimismo de Caviedes concuerda con lacrisis que atraviesa el Perúa fines del siglo XVIL La corte virrei
nal seguirá siendo un lugar de encuentro para los escritores. Don Manuel de Oms y Santa Pau, Marqués de Castell Dos Rius, Virrey del Perú entre 1707y 1710, introdujo en Lima la moda de las tertulias al estilo francés. A ellas acudieron Luis Antonio de Oviedo y Herrera, Conde de la Granja, Pedro José Bermúdez de la Torre y Pedro de Peralta Barnuevo. El sabio Peralta Barnuevo destacará sobre otros miembros de su generación, por la variedad de sus obras y su moder nidad, antes que por su inspiración. Peralta Barnuevo será para el
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siglo XVIII en Perú lo que Carlos de Sigüenza y Góngora había sido para el XVII en México. Peralta aparece comoun introductor de nove dades extranjeras y un precursor del pensamiento criollo de la Emancipación; ante sus obras y las de otros escritores peruanos del siglo XVIII cabe preguntarse hasta qué punto Lima estaba influida por Francia e Italia en ese momento, pudiendo adelantarse en algunos aspectos a la España de su tiempo. A lageneración siguiente perte necerá Fr. Francisco del Castillo, “el Ciego de la Merced”, personaje de biografía legendaria que ha sido estudiado por Rubén Vargas ligarte , Guillermo Lohmann Villena, Carlos Milla Batres, Severo Aparicio y por mí misma. Castillo tuvo como mecenas a José Perfecto de Salas, Asesor del Virrey Manuel de Amat en Perú (1761-1776), quien, al parecer, se proponía dar a la imprenta las obras del Ciego cuando se produjo su ocaso político y poco después la muerte del Ciego y la suya. Castillo era hasta hace pocorecordado principalmen te como un poeta satírico, pero el conocimiento de sus restantes obras lo revelan como un lírico rococó de vasta producción y conside rable calidad en ese y otros temas. En la líneade los poetas satíricos encontramos a Esteban Terralla y Landa, otro español que pasa a México y Perú y que deja escrito con despecho y desengaño barroco Limapor dentroy fuera, publicado en Lima en 1797.
Como acertadamente señalara Pablo Macera, existe una correspondencia entre la ideología y el estilo enel siglo XVIII. Las ¡de as ilustradas y el espíritu independista se expresarán a través del Neoclasicismo. La poesía neoclásica se caracterizará por una nueva mentalidad, el didactismo, el seguimiento de unos modelos clásicos o franceses, la preferencia por subgéneros poéticos como la fábula, la oda, la elegía y ciertos metros. En el contexto de la poesía peruana inmediatamente anterior a la proclamación de la Independencia, des cuellan dos autores: Pablo de Olavide y Mariano Melgar. El limeño Pablo de Olavide viajarájoven a España,donde se convertirá en ada lid del afrancesamiento en el orden político y cultural; este hecho le acarreará la condena de la Inquisición, tras la cual huirá a Francia.
Espectador de los excesos de la Revolución francesa, el propio Olavide será apresado durante la época del Terror, lo cual motivará su arrepentimiento y la vuelta a España. Es precisamente a esta últi-
ma fase biográficaa la que pertenece su obra poética, que compren de las colecciones Poemas cristianos (publicada en Madrid, 1797) y Salterio español o versiónparafrástica de los Salmos de David, de los Cánticos de Moisés, de otros cánticos y algunas oraciones de la Iglesia... (Madrid, 1800). Con una sensibilidad hoy en desuso, ambas colecciones se recuerdan por la significación histórica del personaje.
En el caso del arequipeño MarianoMelgar, se trata de un patriota que muere ajusticiado por las tropas españolas en 1815, por lo que su figura se sitúa dentro de la llamada literatura de la Independencia.
Mariano Melgar ha sido comparado con Juan Meléndez Valdés por los rasgos prerrománticos de su poesía, de la que se han difundido sobre todo los “yaravíes”, en los que se observa un influjo de dicha forma poética quechua.
En los siglos XVI y XVII-XVIII, correspondientes a Renacimiento y Barroco, el género épico fue muy cultivado, puesto que prestigiaba a sus autores, que lo consideraban parte del estilo sublime junto con la tragedia; además, el género era propicio paratratar las gestas de des
cubridores y conquistadores. Sin embargo, labibliografía actual sobre el género no es tan abundante, lo cual se explica por la dificultad que entraña su edición y estudio; por su extensión, el peso de losmodelos europeos y la formación humanística, al ser concebidos los poemas como enciclopedias del saber de entonces. La épica hispanoamerica na virreinal parte de Os Lusiadas de Luis Vaz de Camoens y La Araucana de Alonso de Ercilla durante el Renacimiento, los que asu vez se inspiran en autores clásicos e italianos. Aunque La Araucana es considerada una de las obras maestras de la literatura española de los Siglos de Oro y un poema nacional chileno,justifico aquí la inclu sión de Ercilla por su condición de iniciador del género en América y por su estancia en Lima durante cierto tiempo, bajo las órdenes de D.
Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, Virrey del Perú entre 1556 y 1561. Ercilla ha sido editado y estudiado porJosé Toribio Medina, Marcos A. Morínigo, Isaías Lerner, Hugo Montes, Cedomil Goic, Frank Pierce, etc. Ercilla publicó las tres partes de La Araucana en Madrid 1569, 1578, 1589 y obtuvo un éxito clamoroso generando numerosos imitadores. Como se sabe, el más conocido de sus imita dores fue Pedrode Oña, miembro de la Academia Antàrtica de Lima,
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