Antología (literatura) coord. [por] Celina Leal de Rodríguez... [y otras]

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Cumple con el plazo, otros necesitan el mis^o libro. Cuida los libros, son tuyos y de la Universidad. Si DA-ÑAS UN LIBRO tienes que sustituirlo.

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Coordinadoras:

Celina Leal de Rodríguez. Elsa P. de l a Garza de Sáenz P a t r i c i a I . Barranco

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INDICE DE CONTENIDO.

Pág,

I . / Nota B i o g r á f i c a de José Rubén Romero. 1 DESBANDADA. (Novela de l a Revolución 3

Mexicana).

I I . Nota b i o g r á f i c a de Juan Rulfo. 63 NOS HAN DADO LA TIERRA. (Cuento de - 65

contenido s o c i a l ) .

I I I . Nota b i o g r á f i c a de Jean Paul S a r t r e . 73 A PUERTA CERRADA. ( E x i s t e n c i a l i s m o ) . 75

IV. Nota b i o g r á f i c a de Eugene Ionesco. 151 LA CANTANTE CALVA. (Teatro del absurdo). 153

V. Nota b i o g r á f i c a de Franz Kafka. 203 LA METAMORFOSIS. ( L i t e r a t u r a de conté- 205

nido p s i c o l ó g i c o ) .

VI. Nota b i o g r á f i c a de Ernest Hemingway. 263 EL VIEJO Y EL MAR. (Generación perdida). 265

V I I . Nota b i o g r á f i c a de Horacio Quiroga. 349 EL ALMOHADON DE PLUMAS. ( L i t e r a t u r a fan • 351

t á s t i c a ) .

V I I I . Nota b i o g r á f i c a de Ray Bradbury. 359 VENDRAN LLUVIAS SUAVES. ( C i e n c i a - f i c c i ó n ) . 361

REFERENCIA BIBLIOGRAFICA. 371

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INTRODUCCION.

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ROMERO, JOSE RUBEN

José Rubén Romero (1890-1952), nació en D o t i j a de la Paz (Michoacán, México), ingresó muy joven en las f i l a s r e v o l u c i o n a r i a s . Condenado a muerte t r a s el f a l l e c i m i e n t o de Madero, fue rescatado por su pa-dre. Amigo de Obregón, ostentó a l t o s cargos diplomá-t i c o s . Escribió varias novelas sobre la revolución y otras de d i s t i n t o tema La vida i n ú t i l de P i t o Pé

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DESBANDADA.

"No es para vosotros, hombres de -la ciudad..."

Gorki.

"Y de mí puedo decir que, si algu-na vez he deseado ser rico, es para señalar una renta a todos los que me han leído."

About.

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PERSPECTIVA.

EL PUEBLO.

Desde la enorme tribuna del Cerro de la Mesa, en donde los plátanos enarbolan sus trémulos banderines, Tacámbaro -abre todos los gajos de su t i e r r a de promisión. A la derecha, el monte de Caricho levanta su copa de sombrero chinaco, galo neada con la verde t o q u i l l a de los pinos; los senderos de Te-c a r i o y de Chupio revuélTe-canse perezosamente en el polvo, sin temor al ajuate de los cañaverales, y la Alberca, como un azu Tejo primoroso, b r i l l a entre las encinas centenarias que s i r vieron de p a l i o a los amores de I n c h á t i r o y Tacamba. A la i z -quierda, en primer término, el Cerro Partido muestra sus dos flancos impúdicos, opulentos y fuertes como las posaderas de una mujer, y el Cerro de Machúparo, y el de Caramécuero, y -el Hueco, y -el de l a Laguna, ciñen al pueblo con sus f é r t i l e s laderas, como niños cogidos de las manos que jugaran en torno suyo a María Blanca, defendiéndolo de un diablo i n v i s i b l e que q u i s i e r a f o r z a r los p i l a r e s de oro y p l a t a . . .

Encaramados en la loma dos o tres molinos de t r i g o abren sus blancas ventanas, como palomares nostálgicos de una erran te parvada de pichones, y una docena de trapiches se agazapa en los campos cercanos, con sus chimeneas humeantes, que seme jan puros gigantes de fumadores ocultos entre los cafetos.

A los pies de la Mesa, arrancando de la misma falda del c e r r o , las c a l l e s forman una r o j a escalinata que parece de l a d r i l l o de j a r r o , y son tan pendientes y quebradas que no pueden t r a n s i t a r por e l l a s ni las carretas quejumbrosas de -mansos bueyes pensativos, únicos vehículos existentes en el pueblo, ni las bestias de carga que los a r r i e r o s no se a t r e ven a e n f i l a r por dichos v e r i c u e t o s , temerosos de que sus -t e r c i o s emprendan, cues-ta abajo, una rápida e imprevis-ta ca-r ca-r e ca-r a de obstáculos.

Descendiendo por la c a l l e del P a t r i o t a se i'ega a 1 i p'i zuela del L>anto Miño, cuyos v i e j o s portales sirven de /«julos indios de Patamba y de Quiruga, i m p e r t é r r i t o s andarines -que llegan a Tacámbaro con el huacal sobre los hombros,hench¡ do de cazuelas orejonas, de j a r r o s de labios pellizcados y de o l l a s ventrudas como de perentorio embarazo. En el centro de la plazuela t r e s mangos brindan su apretada sombra sin que na die se atreva a guarecerse bajo su espléndido f o l l a j e por mié do de r e c i b i r en la cabeza una descalabradura. Las gentes pa-san por a l l í más que de p r i s a , oyendo cómo zumban las piedras en el a i r e con ruido de hélices i n v i s i b l e s y mirando cómo los c h i q u i l l o s asaltan las ramas de los mangos y esconden la f r u -t a , aún sin sazonar, en las b l u s i l l a s desjare-tadas. Con es-tas pedreas los pobres indios que venden loza en los portales v i ven sobresaltados, igual que las reses paciendo en solar a j e -no.

La c a l l e de l a Abeja desemboca en la Plaza de Arcas, y -es tan empinada que las gent-es bajan por e l l a a trompicon-es, como si las v i n i e r a n persiguiendo. Al l l e g a r a la plaza se -abre un ancho abanico de luz ante los ojos asombrados, luz en trometida que se cuela por todas partes s i n dejar un rincón -olvidado; luz que, después de b r u ñ i r las plantas del j a r d í n y b i s e l a r el agua de la fuente que se despedaza en trozos „ í u l t i formes cuando las aguadoras zambullen el cántaro, colún¡piise alegremente en los árboles, se descuelga por los balcones del Juzgado y recorta con sus t i j e r a s de plata la s i l u e t a de les p i l a r e s .

El portal de a r r i b a es la l o n j a de los comercios más -a r i s t o c r á t i c o s : mercerí-as, tiend-as de rop-a cuyos p r o p i e t -a r i o s , españoles o franceses, a fuerza de v i v i r tantos años en Tacám baro, ya l o estiman como a cosa propia y tienen sus piques -con los vecinos de los pueblos cercanos por aquello de que SÍ Tacámbaro es más o menos.

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do cada matatena de v i d r i o en el hueco que l e corresponde.

Atraen a los c h i q u i l l o s con sus rajas de calabazate, sus c o n f i t e s de anís pintarrajeados de azul y o r o , propios para -celebrar con e l l o s un alegre carnaval dentro del i n t e s t i n o y sus mazapanes de p e p i t a , las mesas de dulces que estorban el paso entre p i l a r y p i l a r e " i n t e r c e p t a n l a entrada de la farma cia de Emiliano, a quien por su c o l o r a m a r i l l e n t o , se conoce

por

La MueAte. en V¿nagsiz.

Es muy pintoresco el t r á n s i t o por el portal de a r r i b a , -l -l e n o a toda hora de vendedores y marchantes, de rancheros cu^ riosos y de t i n t e r i l l o s desocupados que salen a tomar el s o l . Parece que O l l e n d o r f f pasó por este s i t i o , captando los d i á l o -gos que en él escuchara:

—Siete reales por el r e b o z o . . . —Se me quemó la m i e l . . .

—Una aguja de a r r i a . . .

—El código así l o p r e v i e n e . . .

Y sal iendo del fondo oscuro de la tienda de Cka.capóndi-ko, la quebrada voz de un fonógrafo: l/en a. mU biazoA, mo

tiz-na. ..

En el p o r t a l de abajo está l a botica de B r u n i t o , en donde hacen su t e r t u l i a los l i b e r a l e s donde hueso colorado que v i -ven en el pueblo, amén de todos los p i n t o * que vienen de Tie-r Tie-r a c a l i e n t e paTie-ra veTie-r s i BTie-runito les cuTie-ra la jvvLcm con la manteca de iguana que él tan hábilmente adoba, recomienda y -prepara.

En este mismo p o r t a l ofrecen los j a r c i e r o s la fauna e x -travagante de sus mercancías: gruesas reatas que parecen cule bras; p i t a s enroscadas que dan el aspecto de s o l i t a r i a s pues-tas en a l c o h o l ; b o z a l i l l o s de c r i n , como ciempiés m o r t í f e r o s , y las membranas transparentes de los más f i n o s kuangock<¿¿. Los cordeles colgados de las puertas parecen trenzas rubias y los sudaderos de estopa quizá despierten l a envidia de las -recuas de carga, mustias y doloridas de carona. Como un pelotón de soldados del cual no se vieran más que los p i e s , se -alinean en el piso f i l a s y f i l a s de zapatos de becerro crudo

que los rancheros se prueban con grande esfuerzo, al a i r e l i -bre, untándose jabón en los talones.

—¿Los quiere con /ie.cíUn?

— S í , p'quz María me conozca al pa^laAlo. la c a l l e .

Complétase este lado de l a plaza con o t r o pequeño p o r t a l , v i e j o y r u i n o s o , en el que vive don Ponciano Manuel, un f r a n -cés que casó con señora r i c a del pueblo y que ama a Tacámbaro hasta parodiar a Enrique IV, r e p i t i e n d o muy a menudo:

—iTacambagó, bien vale una misa! —Y agrega este p i n t o -resco estrambote, tan habitual en sus labios como su invetera da tagarnina—: ¡Calaco!

Frente a l a casa de don Ponciano, y mirando al c a l l e j ó n del T u l i p á n , e x i s t e un poyo de cantera en el que s o l í a sentar se, hace ya más de un s i g l o , un hombre moreno, de abundante -papada y ojos t r i s t e s , envuelto en un guardapolvo marchito y tocado con un pañuelo de pringas r o j a s . Mientras sus dedos -chatos mondaban una limanaranja, con la v i s t a f i j a en el hori_ zonte, parecía contar los cerros de T i e r r a C a l i e n t e , apacen-tándolos desde l e j o s como el hatajo en sus mocedades. Los ve-cinos que pasaban por l a banqueta f r e n t e al hombre del guarda polvo desteñido se descubrían reverentes y comentaban en voz baja: "Es el padre Morelos, que va para su curato de Carácua-r o . "

Entre la plaza y l a parroquia se agazapan los puestos del mercado, que semejan mulitas de Corpus desaparejadas y -dispersas.

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Cerca de la parroquia está la c á r c e l , con sus puertas de gruesos barrotes ferrados que cuadriculan las caras amarillas y t r i s t e s de los reclusos.

La c a p i l l a del hospital s i r v e de ku.aXa.p2Aa a los indios y en este s i t i o , como en un congreso, dirimen sus cuestiones todos 1 os naturales del pueblo y se i n s u l t a n con los más fuer tes vocablos españoles. Pero para rezar y c o n t a r l e a l a V i r ~ gen sus c u i t a s , al son de la melancólica c h f u r n i a , emplean so lamente el dulce tarasco n a t i v o , con el zigzag de su armonio-sa f o n é t i c a .

El panorama se completa con t r e s o cuatro barrios que -han tomado sus nombres de comercios muy conocidos: La Bola Ro j a , La Palanca, El Marinero y La Campana.

La Bola Roja se enorgullecía con sus huertas de árboles compactos que se derrengaban al peso de la f r u t a y que el fus de l a guerra peló sin compasión, con las t i j e r a s del gene r a l Prado y Tapia, para que las guarniciones federales pudieran dormir al abrigo de un albazo de los rebeldes. Los á r b o l e s , ahora desprovistos de todo f o l l a j e , parecen cruces de -un cementerio abandonado.

En el b a r r i o de La Palanca abundan los mesones, esas t í -picas hospederías de pueblo que d i r í a n s e fundadas por Francia co de Asís para hermanar al hombre con l a b e s t i a . Todos t i e nen los mismos p a t i o s , l l o r o s o s de luna; las mismas r e b o s a n -tes a t a r j e a s , a cuyo borde se e n f i l a n las recuas como los se-ñ o r i t o s en un b a r ; en todos se respira o l o r i d é n t i c o a pastu-ra y a copastu-raje sudado; de los macheros sale la misma música de rebuznos, s i l b i d o s e i n t e r j e c c i o n e s , y en todos e l l o s flamea como un buen capote de brega el zagalejo de Maritornes, tan dadivosa de su carne en l a íntima comunión de los a r r i e r o s .

El Marinero es b a r r i o p e l i g r o s o , mancillado por todos ¿os v i c i o s . Mujeres de la vida alegre viven a l l í su vida de -t r i s -t e z a s y hombres con fama de perdidos endulzan su exis-ten- existen-cia con amargo de c i d r a . P l e i t o s a toda hora, rasgueos de gin t a r r a s , carreras y g r i t o s . Sin embargo, los mendigos que im-ploran la caridad pública encuentran en estos alborotados ca-l ca-l e j o n e s un mendrugo de pan o un taco del paradójico psUnci--plo más fácilmente que en la plaza doride viven los r i c o s . No

hay gentes más c a r i t a t i v a s que el ladrón y la p r o s t i t u t a , qui-zá para c o n t r a r r e s t a r su propio pecado.

Por el b a r r i o de La Campana suben las vacas lentamente, a esa hora en que el crepúsculo ilumina el paisaje con sus lá^ pices de colores. Caminan sin pastor y s i n guía, todas c o n o cen su casa, y como no tienen prisa para l l e g a r a e l l a , h u s -mean pachorrudas detrás de las bardas, se asoman a todas las puertas, mirando con impertinencia de personas miopes, y no -paran de mover las mandíbulas, l o mismo que esas gentes chocan tes que mastican c h i c l e .

Aquí quede Tacámbaro v i s t o a vuelo de pájaro.

iSobre las rojas t e j a s que con la l l u v i a huelen a j a r r i to nuevo; sobre los campos moteados de azucenas, sobre el d i -vino espejo de la Alberca en donde los s i g l o s peinan sus cabe l l e r a s g r i s e s ; sobre los trapiches crueles que l o mismo c h u pan l a sangre del peón que la miel de la caña, se extiende -este c i e l o maravilloso de Tacámbaro corno un c o r t i n a j e de zafj[ r o , y en las noches t r a n q u i l a s , claveteado de e s t r e l l a s , pare ce un arnero i n f i n i t o por donde se f i l t r a la luz de otros muji d o s ! . . .

LA FAMA,

tíwda de nopa y aba/uiot&>

Mi tienda ocupa el l o c a l más acreditado del pueblo, se-gún dicen los conocedores, y por conocedores se pueden tomar desde los niños de ocho años hasta los v i e j o s octogenarios -que todavía p l a t i c a n de Maximiliano y de Carlota como de personas a quienes saludaron ayer. Mi tienda está muy bien s i -tuada, digo, y así l o afirman todas las gentes con esa grande autoridad con que se discuten estas cosas en los pueblos, en donde no hay más que dos actividades de p e r i t a j e reconocido: el comercio y la a g r i c u l t u r a .

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—Mi papá dice que va a helar y el maíz subirá de p r e -c i o .

— ¿Tú como sabes?

—Porque anoche l e tentó las nalgas a mi mamá y oí cuan-do l e d i j o : "Tienes esto muy f r í o ; seguro que mañana h i e l a . "

Mi tienda t i e n e t r e s puertas en la fachada que ve al mer cado y o t r a que da a la c a l l e del Subterráneo, e interiorment e , l a he d i v i d i d o en interiorment r e s p a r interiorment e s . En l a primera, donde el -mostrador se recubre con un hule de pequeños cuadritos

marro-nes, despacho l a manta, los percales y demás a r t í c u l o s f i n o s , como el papel para novios, los temos de porcelana —de dos -piezas, aunque les llamen t e m o s — , el h i l o de c a r r e t e y los zapatos que manufacturan en León exclusivamente para mí, de -una vida tan l i m i t a d a , según dicen mis c l i e n t e s , que son como las l e t r a s de cambio: a t r e i n t a días v i s t a . En este l a d o , -apoyada en el mostrador, hay una v i t r i n a donde guardo las pie^ zas de l i s t ó n , los a l f i l e r e s , las h o r m i l l a s y las t a r j e t a s -postales decoradas con palomitas que l l e v a n cartas de amor en el p i c o , corazones realzados y paisajes caprichosos de luna y nieve. Los tramos del centro de l a tienda resplandecen como -casullas de brocado y están repletos de l a t a s de las que más consumo tienen aquí: pimientos morrones que parecen minúscu-las b a r r e t i n a s catalanas; c h i l e s jalapeños, que podrían hacer l l o r a r a una estatua de mármol; c i r u e l a s de España, que se -aprietan dentro del envase como negros en una i g l e s i a . Siguen unos tramos que exhiben los v i n o s , cuyas b o t e l l a s alineadas simulan coros de opereta. Aquí los frascos encarrujados de -moscatel de S i t g e s , las b o t e l l a s de Jerez revestidas de o r o , como t o r e r i t o s p i n t u r e r o s ; más a l l á los vinos del Rin, cuyos envases a r i s t o c r á t i c o s dan l a impresión de galgos corredores; las b o t e l l a s de champaña, que parecen antiguas señoras de am-p l i a y d i s c r e t a c r i n o l i n a , y los t a r r o s de ginebra de La Cam-pana, de pechos rotundos y henchidos como las nodrizas de Ar-govia.Sin embargo,cada vino t i e n e su truco y cada truco es pa ra mi tienda un pingüe negocio. Se f a b r i c a n en casa a base de recetas i n c r e í b l e s , siendo solamente legítimos los corchos y las e t i q u e t a s . Con azúcar quemada, agua hervida, unos racimos de uvas pasas y un poco de a l c o h o l , elaboro un vino de consagrar bastante acreditado que después, en el templo, se c o n v i e r t e en Sangre Preciosísima de C r i s t o , para provecho del

-cura y mío. Doy su c o l o r topacio c a r a c t e r í s t i c o al catalán Font, introduciendo dentro del b a r r i l una reata nueva de l e c h u g u i l l a , y alguna vez hice coñac con i n f u s i ó n de a l f a l f a , -siguiendo la receta de un manual poblano, pero r e s u l t ó de un tono tan sospechoso y de un o l o r tan bucólico a e.cuOJIO recién l l o v i d o que tuve que renunciar a su e x p l o t a c i ó n , resolviéndo-me a t r a e r un ..coñac f r a n c é s , que, s i es c i e r t o que es malo, con un poco de h a b i l i d a d o r a t o r i a lo hago pasar por bueno y a l t e r o su precio según la e t i q u e t a con que está envasado.

Tengo un c l i e n t e cuya p e r i c i a en la materia nadie pone en duda.

—¿Cuál de estas marcas p r e f i e r e ? — l e digo— dándole a probar la misma bebida escanciada en d i s t i n t a s b o t e l l a s .

—Lo bueno siempre es l o bueno —contesta con a i r e de suf i c i e n c i a — ; déme usted del más caro. Y se l l e v a en catorce pesos una b o t e l l a de coñac cuyo v a l o r i n t r í n s e c o no pasa de -uno. Confieso humildemente que estas operaciones emborronan un poco mi conciencia y supongo, haciendo honor al gremio, -que los demás comerciantes son más honrados -que yo.

En los otros c a s i l l e r o s de l a tienda hay de todo, como -en b o t i c a , desde el azul de Prusia que s i r v e para el lavado de las ropas hasta l a f l o r de z a r z a p a r r i l l a , que s i r v e para el lavado de l a sangre. Y s i algo f a l t a de l o que piden los c l i e n t e s salgo a las volandas por el zaguán que da a la c a l l e del Subterráneo, l o busco en donde l o haya y l o revendo con

su tanto de u t i l i d a d . Según una máxima de mi padre, el secre to del buen comerciante está en no negar nada.

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Otras veces me invade una extraña pereza, y , sentado a l a turca sobre el mostrador, hago el balance mental de mis -bienes, satisfecho de cuanto poseo. "Pero ¿será posible — pienso con íntima f r u i c i ó n — que yo, que tantas privaciones he pasado, nade actualmente en l a abundancia y disponga de -plata como cualquier ricacho del pueblo? Y dicen ahora que soy t r a b a j a d o r , honrado e i n t e l i g e n t e , cualidades que cuando era pobre no t e n í a . ¡Oh, poder invencible del d i n e r o , único -C r i s t o que redime a los n e c i o s ! . . . "

MI CASA

Es de las mejorcitas del pueblo, con sus ventanas de vi_ d r i e r a y su zaguán claveteado a l a usanza española. Comunica al almacén con una puerta que da al e s c r i t o r i o , y a la t r a s -t i e n d a , por un p o r -t i l l o negro l l e n o de -t e l a r a ñ a s . Las habi-ta ciones son frescas y espaciosas y caen todas a un p a t i o que más parece huerta que p a t i o , en donde una l i m a , un limonero, un vástago, un guayabo y una pomarrosa se aprietan en tan cor to trecho que sus raíces se enlazan y se confunden debajo de la t i e r r a . Sin duda por esto las limas tienen sabor de plate no y las guayabas, al p a r t i r s e huelen a rosa de C a s t i l l a .

Poquísimos muebles dentro de las habitaciones y humildes como de f r a i l e franciscano. Unas cuantas s i l l a s , la cama y -un baúl de cedro para cada -uno, que tanto nos s i r v e de guarda rropa como de s e c r e t e r . He puesto al mío una cerradura con campanita de alarma contra ladrones, porque yo soy el g u a r -dián del d i n e r o , y el de mi hermana t i e n e un espejo por den-t r o de la den-tapa que l o den-transforma en den-tocador, para que e l l a se a l i ñ e y se componga. Con esto cuida cada quien l o que más le i n t e r e s a .

Un quiosco de madera que hay en el centro del p a t i o , ba-j o el rebozo desflecado de una gran carne!ina, nos s i r v e de co medor. Yo mismo labré y pinté de blanco las tablas de un t i -n a j e r o , y e-n e l l a s luce-n, fi-nchados y a l t i v o s , los t r a s t o s de mi madre, aquellos v i e j o s t r a s t o s que conozco desde la niñez: la conservera de c r i s t a l cortado que canta al más l i g e r o roce; los platos azules de la China en donde nos sirven el arroz de leche, pecoso siempre de canela, y los p o c i l i o s translúcidos

que a l a hora del desayuno se atavían, como las majas españo-l a s , con españo-la bespaño-londa m a n t i españo-l españo-l a deespaño-l chocoespaño-late.

¿Cortinas? El sol deja caer en las ventanas sus estores de o r o , la luna sus diáfanos v i s i l l o s de p l a t a . ¿Alfombras? La sombra de los árboles del p a t i o d i b u j a , sobre los p i s o s , curiosos y complicados arabescos. En un rincón del corredor hay una j a u l a con canarios. Es de mi hermano, a quien, según parece, Dios encargó que velara por todos los animales. En -el o t r o extremo d-el mismo corredor un f i l t r o de piedra estu-d i a , con el monorrítmico caer estu-de sus gotas, su i n v a r i a b l e lee ción de piano.

No hay fuente cantarína que nos s i r v a de baño. Detrás del biombo que forman las hojas del vástago nos desnudamos -paradisíacamente y con el agua de un b a r r i l y una pequeña j_í cara nuestra ablución matinal parece un r i t o de l a secta bau t i s t a . Cuando quiero s e n t i r la c a r i c i a del agua de pies a -cabeza corro a zambullirme en el r í o al mismo tiempo que unos cuantos c h i q u i l l o s , cuyos ojos maliciosos me dicen que están salando la escuela.

Los chicos me ven con f a m i l i a r i d a d y me cuentan todas -sus cosas a p a r t i r de una vez que me bañé con e l l o s y conver-samos pintorescamente:

—Es usted el señor de "La Fama", ¿verdad?

—¿De la buena o de la mala fama?

—No, señor; el de l a t i e n d a .

— S í , amigüito.

Todos entonces me cercaron, luciendo a f l o r de agua sus barrigas requemadas de tepocate.

—Señor, dicen que usted cuenta muchas maldtfuAÁju y -que sabe hacer versos.

(15)

No me hice rogar más:

Cuando los muchachos juntos vienen a bañarse al río

unos a los otros dicen:

¡Ya está

jÁJiotdCiVldo

el mío!

E l l o s bajaron los ojos en un rápido r e g i s t r o que me i n -cluyó y s o l t a r o n alegremente l a carcajada.

Lo más notable de l a casa es el r e t r e t e . Tiene l a forma de una mesa cuadrada, con capacidad para cuatro personas, -que, s i l o usan simultáneamente, se dan l a espalda, l o mismo que los f r a i l e s que rodean l a estatua de Colón, en l a ciudad

de México.

Los ruidos serán p e r c e p t i b l e s , pero ninguna mirada i n d i s creta sorprende el gesto de s a t i s f a c c i ó n en el momento culmi-nante del desahogo. En t a l p r o p i c i a postura mi padre y mi ma

d r e , mi hermana y y o , glosamos cotidianamente los sucesos del Dos c r i a d a s , Lina y A u r e l i a , corren con el t r a b a j o de la casa. Con el t r a b a j o honesto nada más: b a r r e r , c o c i n a r , plan-char. Lo digo porque suelen algunos amos e x i g i r que las fámu-las prolonguen sus s e r v i c i o s durante la noche en ocupaciones personales que muy bien requieren s a l a r i o aparte.

Recuerdo el caso de un joven vecino nuestro a quien en-cantaban estos nocturnos devaneos, y como con frecuencia sor-prendíalo l a madre, para v i g i l a r l o mejor, l o acomodó a dormir dentro de su misma alcoba.

El joven era dueño de una preciosa c h i v i t a murciana, ne-gra como el azabache, que r e c o r r í a libremente todas las habi-taciones, igual que un duendecillo t r a v i e s o .

Una noche mi joven vecino quiso l l e v a r a cabo una de sus v i e j a s y tan gustadas escapatorias. Había criada nueva en ca-sa y era preciso probar con e l l a f o r t u n a . Esperó, pues, a que la madre durmiera, y , en cuanto así lo tuvo comprobado, i n i -c i ó -con s i g i l o el des-censo de la -cama, que re-chinaba i n d i s -c r e

tamente, negándose a guardar el secreto. Aguzando los oídos y abriendo tamaños o j o s , aquí tantaleando y más a l l á torciendo el c u e l l o a un suspiro que también intentaba denunciarlo, el nocturno v i a j e r o l l e g ó hasta el centro de la habitación, un paso más rumbo a l a puerta, o t r o aún, pero ya cuando el é x i -to estaba cercano, una s i l l a se interpuso y , ioh desespera-c i ó n ! , rodó por el suelo.

—¿Quién anda por a l l í ? —preguntó la señora incorporán^ dose, asustada-, en su lecho.

A l o que contestó mi vecino, concibiendo una idea salva dora:

—Soy l a c h i v i t a , mamá...

Lina es menuda y apretada como una e s c o b i l l a para p e i -nar. Parece muy t i e r n a todavía, pero yo creo que es como el machito del i n d i o : c h i q u i t a y cargada de años. Tiene una —

idea inocente respecto a nosotros: nos cree muy r i c o s , porque en la tienda hay un depósito de p e t r ó l e o , cuyo l í q u i d o se extrae con una bomba de mano, y e l l a piensa que es un pozo -á b i e r t o en l a t i e r r a , como los que ha oído d e c i r que existen en algunas regiones del país.

—Mientras tengan los amos esta m i n i t a no les f a l t a r á el dinero ni yo dejaré su s e r v i c i o —dice maliciosamente, cual

-s i e-stuviera en el -secreto de algún oculto te-soro.

A u r e l i a es una campesina joven, huraña, de ojos acerados y de unos colores tan vivos que parece que por todos los po-ros l e va a b r o t a r l a sangre.

Un día me v i o b r i n c a r y c o r r e r persiguiendo a mi hermana, con ese r e g o c i j o inusitado que sólo da la juventud,^y esto -bastó para que e l l a formara su j u i c i o respecto a mí.

—El señor es t e r r i b l e — d i j o huyendo de mi presencia -como de l a del d i a b l o .

— ¿Por qué t e aprietas tanto el corpiñó? — l e pregunté .

(16)

— ¿A LIÓ qué cUan&ieó le importa?

Desde entonces nunca más me d i r i g e la palabra, y a la -hora de comer me s i r v e , de extremo a extremo de la mesa, las t o r t i l l a s y los p l a t o s .

Una mona y un p e r i c o , ambos también de mi hermano, eje£ c i t a n funciones de s i r v i e n t e s . Cuando tocan el zaguán el l o -ro pregunta desde su estaca: "¿Quién es?" Al o í r l o , l a mona corre a la puerta y con muchos trabajos l a desatranca y e n -t r e a b r e , cerrando nuevamen-te de golpe, s i el que ha llamado es un chico y abriendo de par en par s i es una persona mayor. Nuestros v i s i t a n t e s p r e f i e r e n ya entrar por l a tienda para no encontrarse con u j i e r tan extraño.

Mi casa es t r a n q u i l a , salvo los ruidos peculiares en -toda casa de pueblo. En las mañanas,temprano, la escoba pasa por los corredores con su rumor de enagua almidonada; las ga^

l l i n a s cacarean en el c o r r a l , l o mismo que las muchachas en el a t r i o , cuando salen de misa; l a mujer del metate, al e x -tender las t o r t i l l a s , aplaude con entusiasmo, como cantadora de flamenco, y el l o r o a veces, para congraciarse con Dios, canta el Corazón Santo.

Suele mi hermano s e n t i r s e nostálgico de la metrópoli y mientras andurrea por la casa en mangas de camisa, arremete con trozos de v i e j a s zarzuelas de un modo tan desentonado

-que si canta

La vtejecÁXa

se confunde con

El ¿moi Joaquín.

Los animales se desasosiegan oyéndolo y l o miran con ojos interrogadores que parecen d e c i r l e : "Por qué l l o r a s , amigo?"

¡Ruidos, ruidos hogareños del amanecer que sirven de -despertador; ruidos meridianos de trasiego doméstico; ruidos lasos del atardecer que buscan un.último acomodo —aves, cé-f i r o s , niños—; ruidos d i s c r e t o s de l a l l u v i a sobre los t e j a dos, a la medianoche, que hacen amable el refugio de las sá-banas y que son el comentario s i n f ó n i c o de un mundo que a p n siona mis grandes sueños y mis pequeñas esperanzas!...

PARROQUIANOS

Los c l i e n t e s de mi tienda se dividen a s í : hombres de mu cha entidad que p r e f i e r e n t r a t a r sus negocios con rni padre y que a mi me ven con c i e r t o desprecio, principalmente cuando hablan de la cosecha del a j o n j o l í o del peso y p e l a j e de sus n o v i l l o s , y la caterva de los centaveros, regatones del mer-cado, criadas engreídas y chicos de la escuela o f i c i a l que buscan mi t r a t o , porque, a espaldas de mi padre, les f í o cuan to me piden con tan buena fortuna que han sido pocos los i n -solventes. Tengo también los domingos otras clases de marchan t e s : peones y campesinos de los ranchos cercanos a quienes -s i r v o de -s e c r e t a r i o , de con-sejero y , a vece-s, ha-sta de médi-co.

Mientras Miguel, el a l b é i t a r de Chupio, se toma una copa de mezcal, me dice:

—Hágame una carta de segunda para J u a n i t a , porque no -he necebtdo respuesta de la primera, y güélvale a d e c i r

aque-l aque-l o que

de¿de et {¡etíz momento que la vide...

Sirvo a Juanita también de amanuense y cuido de aconse-j a r l a que no apresure las respuestas:

—Déjalo que se potree un poquito para que se znyeAbe -más.

Don Merced, el v i e j o de Upánguaro, baja los días f e s t i -vos con su más l i m p i o calzón y su camisa más planchada trayén dome ya el tambacho de nísperos, ya el manojo de frescas -azucenas, porque me tiene en grande estima. Me llama su compa ñero, su amigo del alma, y me dice-que se siente más cerca de mí que de nadie, no obstante sus setenta años que l e han l l e -nado de escarcha el pelo. ¿Motivo? El de hacer versos corno yo, aunque no los escriba, y cuando viene al pueblo me los

(17)

Dijome una mariposa que no juera bandolero, que no me casara chico y viera el mundo primero.

—Muy b i e n , don Merced.

—Oigai oiga:

Le dije a una mariposa de las que hay en el Parián,

si no jueras cautelosa

jugaríamos un cunquián con una baraja hermosa.

Muchachitas del Cuichán,

muchachos hijos de Adán,

los que nacen por aborto,

ya si sobre me darán,

que al cabo yo poco importo, como dijo El Pato.

— Inspiradísimos.

Y él me contesta, muy ufano:

—Tienen su ¿o&tancÁA f i l o s ó f i c a , ¿eh? Pues l e voy a -empujar o t r o s :

¿De qué nos sirven topacios de Oriente si no tenemos buril para bruñirlos?

¿Y de qué nos sirve la voz del Presidente si no tiene nunca la piedad de oirnos?

Algunas veces he subido a su rancho, al pie de la s i e -r -r a , pa-ra -rec-rea-rme en su hue-rto y pa-ra admi-ra-r de ce-rca un C r i s t o que t i e n e dentro de una t r o j e y al que l e ha horadado las c o s t i l l a s acomodándole debajo una asadura de carnero, -que hace más humano al Señor, según don Merced afirma. También me he bebido en su casa algunas copitas de un v i n i l l o -que él mismo elabora y cuya b o t e l l a tiene esta leyenda: Vino

Á%.

qiUnce.

¿ABOIEA

y

XXZÁJDXJX

má¿ pana, tomxnl.o con ¿oleXa ¿.¿na.

En las horas que preceden a la comida estoy solo en la tienda y las aprovecho para despachar mis asuntos de evange-l i s t a y para resoevange-lver evange-las consuevange-ltas que me hacen.

S i l v e r i o quiere saber si puede casarse con sombrero de bola c o l o r c a f é , porque no t i e n e otro.Aprobado.

Zenón me rogó que l e buscara un nombre bonito para bau-t i z a r a su primogénibau-to. "Ponle Bayardo", l e d i j e , y Bayasido Gudiño se llama el muchacho, quien acaso no tenga en l a vida más tacha que su nombre.

Mi parroquiano más asiduo era el chino Jiménez. Llegaba a la tienda acicalado, erguido y d e c i d o r , y s a l í a de e l l a -mustio y torpe después de exonerar Tos frascos del agraz. Pe ro como el vino l e inspiraba ideas t é t r i c a s y hablaba siempre dé q u i t a r s e l a v i d a , un día se me o c u r r i ó probarlo y puse a sü alcance, sobre el mostrador, una p i s t o l a . El chino me mj ró con ojos a t ó n i t o s , movió lentamente la cabeza, quizá para sacudirse las ideas t r á g i c a s , y con voz desgarradora me d i j o :

—Yo c r e í que usted era mi amigo.

Desde entonces no ha v u e l t o a poner los pies en mi ca sa.

Algunas veces se agrupan en torno mío, para oírme l e e r , gentes humildes, de i n t e l i g e n c i a i n c u l t a , pero de f á c i l comprensión: Jesús, el t a b l a j e r o ; Lázaro, el cargador; un p e -queño limpiabotas, a quien apodan La SeAAucka, y doña Lupe,

la que vende pozole j u n t o a l a puerta de la cárcel y deja abandonado el puesto por no perder una sola sílaba de l a l e c t u r a . Leí LOA HÍAEAABIEA, de V í c t o r Hugo, a tan selecto a u d i t o r i o . Todos lloramos al f i n a l , en l a muerte del señor -Magdalena, y cada quien expuso su comentario:

La SeAAucka.

—Por favor,

güMvanoÁ

a

leA

lo de

Guauo—

che..

(18)

Doña Lupe. —¡El señor Madaleno fue un santo y yo le re zaré en las noches,como a San Dimasl

No despego los ojos del l i b r o ni me cuido para nada de los marchantes.

— C u a r t i l l a de almendras.

—No hay.

— ¡ A l l í están, en aquel pomo!

— S í , pero no las vendo — g r i t o indignado, porque me in terrumpen en l o más emocionante del r e l a t o . Y el comprador se sale despavorido, pensando que me he vuelto l o c o . . .

A mi padre no l e agradan estas l í r i c a s expansiones y me

repite siempre lo mismo:

El que time tienda que la atienda,

y ¿i no, que la venda.

LA TERTULIA.

Llega mi compadre Perea, coloca sobre el mostrador su -sombrero, que t i e n e más grasa que una p a i l a ; tuerce un ciga-r ciga-r i l l o de h o j a , humedeciéndolo con la punta de l a lengua, y me suelta l a misma pregunta de todos los días:

—¿Hay algo de nuevo, compadrito?

Yo sigo llenando alcatraces de arroz y l e respondo con las palabras de r u t i n a :

—Lo que usted me cuente.

Es mi compadre un hombre de cuarenta años, de cuerpo -desgarbado y contrahecho, cuyas deformidades se acentúan más con el desaliño que t i e n e para v e s t i r , pues la chaqueta ape-nas l e cubre el trasero y los pantalones de trabuco exhiben un par de piernas, delgadas y nudosas, como sarmientos. Una boca grande y gruesa, de un vivo color de sandía; unos dien-tes blancos y l i m p i o s , como granos de maíz t i e r n o ; un bigote

que parece un helecho salvaje y unos ojos i n t e l i g e n t e s y e-presivos, podrían completar la f i l i a c i ó n de Perea.

Ha sido b o t i c a r i o y f a b r i c a n t e de productos químicos e inventor de unos sinapismos de mostaza —que por lo que p i -can deben ser de mostaza inglesa— y de unos bizcochos pur-gantes, tan i n o f e n s i v o s , que su chico T i n t í n se comió media docena de e l l o s s i n que una sola vez hubiera deyectado, no -obstante las carreras y los aspavientos de su p r o g e n i t o r . Pe

rea se dice l i b e r a l y enemigo de los curas, pero esto es men t i r a . Es un l i b e r a l t e o r i z a n t e , como t a n t o s , que carecen del v a l o r c i v i l para confesar su admiración por las clases -elevadas. Es de los que defienden los p r i v i l e g i o s , las cate gorías sociales y l a i l i m i t a d a autoridad de los amos y repu-dian todo l o que huele a r e v o l u c i ó n , considerándolo como un crimen contra el derecho de los r i c o s . A c a s o a a ^ ^ g ^ n g e n u o s sus sentimientos a n t i c l e r i c a l e s p o r q u e ^ j g M j B B I i W p a d r e de Perea en la p i l a de l a Plaza, c a s t i g a n m r n e f t c f epigrama ofensivo, y l o sumió tantas veces en el agua cuantos versos tenía la composición.

Con Perea discutimos diariamente sobre cuestiones p o l í t i ^ cas y jamás llegaremos a un acuerdo, Si me t i l d a de j a c o b i n o , yo a él de mocho; s i censura los actos de l a Revolución, yo

l e echo en cara todos los crímenes de l a realeza, ¡que para algo he l e í d o a Dumas! Cuando argumento bien y mi compadre se siente perdido, busca el apoyo de don R u t i l i o , y los dos me acometen y me acorralan. Entonces yo acudo a Brunito y ambos defendemos con t a l entusiasmo nuestra causa que l a

-t i e n d a , poco a poco, se l l e n a de curiosos escuchas.

Don R u t i l i o es un v i e j o i n t e l i g e n t e , asiduo a nuestra -t e r -t u l i a , y , como Perea, impugnador del nuevo orden de cosas. Administra una hacienda cercana, cuyo nombre es Pino Solo; -por esto y -por sus ideas a r i s t ó c r a t a s l e dicen en el pueblo

El maAqu¿6 de un Solo Pino.

(19)

^-»Eduardo V I I fue coronado el 9 de agosto de 1902.

—lAstracán es un puerto del Mar Caspio.

-»Don P o r f i r i o nació en 1830.

Er) cuanto a B r u n i t o , el farmacéutico del p o r t a l de aba-j o ? s í piensa como yo y defiende a capa y espada los procedí ítientoé de l a Revolución que tanto disgustan a nuestros con-tifertulJos. Bruno habla siempre s i n a l t e r a r s e y en sus l a b i o s cfelgad§s f l o r e c e fácilmente l a i r o n í a , ventajas que a l a hora dé l a polémica l o hacen superior a nosotros. Su cara lampi-fjfc y r<?ja, como una manzana, t i e n e c i e r t o a i r e femenino, pero Hegadá "la ocasión Brunito es hombre a carta cabal. ¡Cómo de^ ben o d i a r l o los sombrereros, pues hace más de t r e i n t a años que rio usa en l a cabeza n i una mala g o r r a l

Nuestras dicusiones son por el tenor s i g u i e n t e :

- r V i l l a es un bandido —me g r i t a Perea.

Y.Carranza un v i e j o t r a i d o r que tenía preparado un levaji tamien'to contra Madero y l a muerte de éste l o salvo —agrega <Jon R u t W o .

+E1 asesinato del m á r t i r Madero (querrá usted d e c i r ) -áue fraguaron los obispos en l a gran Dieta de Zamora, con be

rjeplScfto de los c a p i t a l i s t a s ntichoacanos, quienes después o f r e c i e r o n a Huerta ( l a s t r e i n t a monedas de que habla l a B i -b l i a ) | l o s c a t ó l i c o s cele-braron con iluminaciones, músicas y coheteé. Si no, que l o diga J i q u i l p a n .

Don R u t l U o sonríe con desprecio preguntándonos e s c é p t i -^amenté:

—Pero ¿para qué ha servido l a Revolución?

-*4Para que los peones coman, para que los maestros se m u l t i p l i q u e n en las c i u d a d e s y en los campos, para que los -explotadores del pueblo, negreros de a p e l l i d o s i l u s t r e s , se largueh del país! Y, sobre todo, para que- usted tenga l i b e r tad papa d i s c u t i r estas cosas s i n que l o l l e v e n a la c á r c e l , como en la época de Don P o r f i r i o .

— S í , s í , y para que los tontos se l o crean y gobiernen los audaces y vivan s i n t r a b a j a r los sinvergüenzas.

—Como en todos l o s tiempos, amigo...

La voz de mi padre es l a única que t i e n e poder para apla ca(r estás tormentas.

—(Líbrenos Dios de que sólo el tema p o l í t i c o s i r v a de -pgsto a nuestras conversacionesl Los t e r t u l i a n o s no hubieran vtfelto i mi tienda o yo les habría ya t i r a d o con las pesas de 1 é> romana.

El mostrador de una tienda es el rompeolas adonde van a morir tpdos los chismes de un pueblo. Se despedazan honras,

censura al Gobierno y se cuentan esas mil y una naderías sirven de entretenimiento social cuando se reúnen más de cijatro personas.

—¿Saben ustedes l o que se dice? —pregunta alguno.

—Que el presidente municipal mandó poner este l e t r e r o etí el j a r d í n : "Se prohibe l a caída de las h o j a s . "

—fcsas son p l a n t i l l a s , pero no me sorprenden. Ya en -o t r a -ocasión empleó en un band-o l a palabra pedeAa¿¿Aa¿ en gar de peatones, porque l e pareció más f i n a .

—¿Y no vieron anoche en l a plaza a Rosario, l a h i j a del t e j e r o ? iQué guapa estaba!

—Dicen que se dedica a un comercio escandaloso.

—SMejor que mejor! La f r u t a picada por los pájaros es U más sabrosa.

—Timoteo t i e n e un chico enfermo. Yo creo que se l e mué

rp.

(20)

—Y todos son bastante pazguatos, ¿no?

—Menos P e d r i t o , que siquiera sabe escarbarse la n a r i z . Los otros ni eso discurren y andan con los poros tapados y -respirando por l a boca como los a n f i b i o s .

— ¡Qué criada tan fea t i e n e don Conrado!

—Fea y todo, pero con un tompiate, en la cabeza bien -que l e s i r v e . Dicen -que por las mañanas entra al cuarto de su amo y l e pregunta muy mimosa: "Señor, qué t r a i g o , ¿el -tompiate o el chocolate?..."

—Oiga, compadre Perea, ¿es c i e r t o que para i r s e a su -casa da usted un rodeo muy l a r g o , con t a l de no pasar por La Bola Roja? Dicen que el l o r o del mesón es su enemigo perso-nal y que cada vez que l o ve, rompe a g r i t a r l e : "¡Adiós, bo t i c a r i o pendejo!"

Perea se pone r o j o de rabia y , como es verdad l o del ro deo y l o del l o r o , quiere devolverme la burla rápidamente:

—¿Y es c i e r t o , compadrito, que cuando usted l l e g ó a Tacámbaro no tenía más que lo puesto y que se ha levantado -vendiendo manteca rancia y vinagre en lugar de vino?

—Así es, compadre; pero su flecha no dio en el blanco. Llegué a este pueblo s i n nada, y aquí he prosperado, t r a b a -jando y ahorrando (Óigalo usted bien) en un combate d i a r i o contra mi natural holgazán y dispendioso. Mire usted, g u s to de l a buena ropa y me v i s t o de d r i l ; en mis dedes lucen por s o r t i j a s las señales del sacaclavos y del m a r t i l l e s -mis hombros se duelen bajo el peso de los t e r c i o s de a z p a r que hay que entregar a los c l i e n t e s , ¡y todo por defender - -los diez centavos que cobra un cargador!

Perea se ha calmado como por encanto y escucha sonrien-t e , miensonrien-tras yo prosigo:

—¿Diversiones? ¿Paseos? No tengo ninguno. Cuando c i e r r o la t i e n d a , por las noches, me acomodo en el banco más oscuro de l a plaza y un puñado de cacahuates me s i r v e de

en-t r e en-t e n i m i e n en-t o , mienen-tras las genen-tes giran alrededor del j a r d í n , como bestias de noria incansables. ¡Quizá todos sean más f e -l i c e s que y o , que, a esa hora, me despojo de mi a c t i t u d de co perciante y entro en el país de l o etéreo, de l o l e j a n o , de l o absurdo! A veces pienso que las mismas e s t r e l l a s se b u r lan de mí y que, mirándome divagar, me hacen guiños m a l i c i o -sos con sus ojos glaucos.

—Bonito discurso —interrumpe mi padre—, pero hace me dia hora que e s t e c h i q u i l l o t e está pidiendo una vela y no -l o despachas.

— S i , papá; pero también es j u s t o que pregone que en Ta-cámbaro he prosperado, i Esta t i e r r a generosa se vuelve pan • para dar de comer a l hambriento!

Enmudezco, de pronto, porque noto que el chico de l a ve-l a , ve-ladinamente, se s a ve-l i ó s i n pagar.

PARENTESIS RETROSPECTIVO

EFEMÉRIDES.

(21)

personajes que acaparan el t a l e n t o del mundo, esos pavos reales -embaídos que se creen poseedores de la suprema verdad tan só l o porque ocupan algún puesto p ú b l i c o , me h i c i e r o n el o b s e -quio de una de sus sonrisas. "iValgo mucho!", pensaba y o , en greído por t a l e s d i s t i n c i o n e s . Pero vino l a bancarrota de l a democracia y tuve que bajar de prisa los escalones que -tan rápidamente había subido. Y l l e g a r o n horas t r i s t e s de l a miseria y desencanto. Carencia de l o más p r e c i s o ; pan y f e . En t a l e s momentos de amargura no pasaron l i s t a de p r e sentes ni l o s amigos de a r r i b a , ni los v i e j o s camaradas de -p l a c e r , n i s i q u i e r a los que se decían atados a mí por un pe-renne lazo de agradecimiento.

Fui sobrestante de una f á b r i c a , con un peso al día por todo s a l a r i o , pero el dueño me despidió porque los peones no me respetaban, atentos más a jugar /tayuela, que al t r a b a j o .

Fui memorialista pródigo en r i p i o s o f i c i a l e s ; conocí el s u p l i c i o l e n t o de las antesalas y soporté el desdén o r g u l l o -so de los porteros de Palacio.

Fui asiduo espectador de la Naturaleza en un j a r d í n pú-b l i c o , adonde me l l e v ó l a idea desesperada del s u i c i d i o ; pero el día en que t a l o c u r r i ó mi pensamiento se entretuvo mirando t r a b a j a r a una araña su t e l a de h i l o s i n v i s i b l e s sobre las — verdes hojas de un l a u r e l .

Ya mi e s p í r i t u enervado por l a holgazanería no pensaba sino d i s l a t e s cuando un amigo me detuvo en l a c a l l e y me d i -j o :

—Tengo una casa de comercio abandonada en Tacámbaro; s i usted quiere t r a b a j a r , se l a f í o .

Nobles y generosas palabras que me v o l v i e r o n a la v i d a .

Acepté al i n s t a n t e ; c o r r í presuroso para comunicar a mi f a m i l i a tan fausta n o t i c i a y , pocos días después, bajé l a -cuesta del C a n e l i l l o a horcajadas sobre un humilde jumento, con el alma henchida de a l e g r í a y un asombro i n f a n t i l en los o j o s . Las casas del pueblo apretábanse a mis pies como un

-rebaño de ovejas sesteando bajo los aguacates, y las grises

montañas de f i e r r a Caliente me dieron la impresión de drome-darios que caminaban en un lejano d e s i e r t o . . .

iCuatro años, mil cuatrocientas sesenta hojas desprendí das de un calendario t r i v i a l ! en cuyo reverso quedaron impre sas efemérides, anécdotas y observaciones sin v a l o r de uno efe tantos lugareños! Y digo s i n v a l o r , porque ¿quién da i m p o r -tancia a estas pequeñeces de pueblo que solamente dentro del pueblo mismo tienen importancia?

tóbs causa más desazón saber que tenemos un apodo que l a noticia de que Bélgica fue Invadidada por el orgulloso prusia_ n o . • - ' . '' '"' '' • * :v ' • ~

Manuel, m1 vecino, l l e v a un lazo negro en l a chaqueta — por l a muerte de su perro TeAAoti. En cambio, el día en que -sepultó a su padre, estuvo de serenata, sonriendo a l a novia, t r a s el embozo h i p ó c r i t a de su t i l m a . El pueblo entero esta-l esta-l ó de indignación y desde entonces nadie saesta-luda a Manueesta-l ni hay vecino que al encontrarle ose d e j a r l e la acera.

El h i j o del presidente municipal se j a c t a de que no l e gustan los l i b r o s y de que desprecia a las gentes que se emo-cionan con e l l o s .

—Pero usted — l e r e p l i q u é — algo habrá l e í d o , no obstajn t e su repulsión por las l e t r a s .

—Nada o casi nada; me d i j e r o n que Von Quijote, era muy d i v e r t i d o , comencé a l e e r l o y no pude pasar del primer capí-t u l o . Después me prescapí-taron un l i b r o que se llama OteZo, de un t a l Chaque^pzaAe. ( i ! ) , pero no me impresionó ni p i z c a , se guramente porque ese día mataron un puerco en mi casa y , cuaji do l e í que el negro asesinó a su mujer de una puñalada, recor^ dé al puerco a b i e r t o en canal, chorreando sangre, palpada con mis propias manos, y l o de esa señora Ve¿demona ningún efecto me hizo.

—Amigo, es envidiable su poética y poderosa f a n t a s í a .

(22)

indo tánico 6, de Vasconcelos, y me dedico a o í r acuciosamente los despropósitos de mi paisano.

DISQUISICIONES DE UN PEQUEÑO FILOSOFO.

Llegó T ¿ t í , mi sobrino, a pasar una temporada a nuestro lado y a i n v e r n a r , como las golondrinas, bajo un alero prop_i_ c i ó .

T¿tC cumple apenas cinco años, pero ya es un hombrecito formal que sabe muchas cosas de la vida y que, s i no las sa-be, las indaga. Es niño feúcho, de morros abultados, de una n a r i c i l l a gruesa y respingona, a l a que él llama poAAón, pe-ro es i n t e l i g e n t e y simpático y muy amigo de c h a r l a r y depar t i r aun con las personas que no conoce. Conmueve o í r l o r e f e r i r cómo murió su padre y los extremos de dolor a que l l e g a -ron él y sus seis hermanitos:

—A los que fueron a sacar a papá yo les t i r é con p i e dras, pudieron l l e v á r s e l o porque Dios l e mandó un recado a mi mamá con el padre Benito diciendo que lo esperaba en el panteón. Nosotros bien queríamos esconderlo en l a covacha -del d e s c a n s i l l o . A l l í nadie l o hubiera encontrado.

—Entonces esa corbata negra que t r a e s , ¿es por el l u t o de t u papá? —preguntóle don R u t i l i o , atusándole el alborota do mechón que l e bajaba hasta los o j o s .

— ¡La corbata y todo, ya l o creo! ¡Con d e c i r l e que los f r i j o l e s que nos dan en casa también son negros por el l u t o !

El niño tuvo muy mala suerte al hacer el v i a j e de -Pátzcuaro a Tacámbaro; l l o v i ó mucho y les cayó una pedrisca • h o r r i b l e cuando atravesaban Llano Grande. Tit¿ soportó la

l l u v i a s i n c h i s t a r , pero los golpes del granizo l e h i c i e r o n perder la paciencia y exclamar enfadado:

—Vamos a meternos en un zaguán.

—Aquí no hay zaguanes, niño — l e contestó el e s p o l i -que.

—Pues me choca que en una c a l l e tan grande no tengan -una sola casa.

Ya después estuvo encantado en el pueblo, y así lo decía en las cartas que me dictaba para su hermano J a v i e r :

"Vente con nosotros, pero que sea pronto, antes que se seque una laguna muy grande que tenemos aquí cerca, donde -hay peces domesticados que no se tragan a l a gente.

"Tenemos también mucha f r u t a y los t í o s no l a guardan en la cómoda, como mamá. La cuelgan en los árboles para que los ratones no se l a l l e v e n .

"Todos los días compro a l f a j o r y atravieso solo la ca-l ca-l e , sin que me apachurren ca-los coches. ¡Ah! Te d i r é que ca-los coches de aquí no son como los de a l l á . Aquí sólo l l e v a n dos ruedas gordas, dos t a b l a s , y los e s t i r a n con dos vacas -que asoman los cuernos detrás de un cajón.

"La leche t i e n e espuma, como las gaseosas, y es todo tan r i c o , hasta los postes, que los tumban, los asan y los -venden en rebanadas en un puesto que está f r e n t e a la tienda. Cuando t ú llegues ya t e l l e v a r é a comprar, pero no pidas un centavo de madera, porque no te despacharán pronto. Pide un centavo de quiote, y así sabrás cómo son de dulces los pos-tes que se dan aquí.

"Termino de e s c r i b i r t e porque voy a buscar un l o r o c h i q u i t o que canta en el c o r r a l . Tía Rebeca dice que no_es l o -r o , que se llama g -r i l l o , pe-ro s i yo l o aga-r-ro l o ensena-re a hablar, a rezar y a tocar la corneta, l o mismo que los l o -ros grandes.

"Tu hermano, d i g o ,

"TtU."

(23)

En la mesa TLTL probó de todo: la sopa de

cuAundcu,

el

manckamantel,

los

¡tUjoiu chino*,

pero lo que más le gustó

fue el melado c a l i e n t e , con un buen trozo de requesón y olieri do a caña cocida. Mi sobrino se desesperaba por pedir más de aquel p l a t o tan r i c o , pero l o detenía el temor de un regaño. De pronto encontró la solución del problema: e x t r a j o de su • b o l s i l l o los dos únicos centavos que formaban su ¿tok moneta-r i o , y , ofmoneta-reciéndolos al dueño de la casa, l e d i j o :

—Véndame usted dos centavos de este caldo tan espeso y tan sucio. Palabra de honor que me ha gustado.

Después de l a comida l l e g ó el mayordomo de l a hacienda y comunicó a sus amos que en el c o r r a l había muerto una vaca:

La Amapola. Tan c a r i t a t i v a , tan buena y de ideas tan comunis tas era l a f i n a d a , que dejábase ordeñar por los muchachos de l a c a l l e , en cualquier s i t i o , regresando siempre a su casa con las" ubres vacías. Era en su género una s a n t a . . . , una -santa con cuernos.

—Llévame a ver el animal muerto—, me p i d i ó mi sobrino tirándome con premura de l a chaqueta. Yo accedí, y juntos nos acercamos al s i t i o del establo en donde algunos peones -destazaban l a r e s , pero a primera v i s t a pude percatarme de que la vaca, en una preñez muy avanzada, escondía en el vien t r e un b e c e r r i t o .

—No t e acerques más, porque t e l l e n a s de sangre —dije a mi s o b r i n o , r e t i r á n d o l o de aquel curso de o b s t e t r i c i a al -a i r e l i b r e .

— ¡Con razón se murió l a vaca, t í o , s i se tragó un bece r r o entero!

Salió T ¿ t t de Tacámbaro para reunirse a sus hermanitos y con tan poca fortuna que, al pasar o t r a vez por LLano Gran de, una p a r t i d a de ladrones t i r o t e ó y puso en fuga a las per sonas con quienes v i a j a b a .

Llegaron todos a Pátzcuaro, enfermos de miedo y queján-dose del a s a l t o . Solamente T¿U, con su claro optimismo y su profunda f i l o s o f í a , mostróse i n a l t e r a b l e

—Prefiero los balazos a los granizos —comentaba—. Ba_ lazos, ninguno me t o c ó ; en cambio todos los granizos me pega ron.

UNA "TOSCA" RURAL

Remigia l a viuda del sargento López, entró en mi tienda y golpeando con los centavos sobre l a lámina del mostrador,

pidióme un c a r r e t e de h i l o del 60.

—Desde que t e acompañé a l o de t u marido, cuando estu-vo en c a p i l l a , no t e he v u e l t o a v e r .

—No salgo nunca, señor. Estoy cuidando a los chicos; -pero hoHa que l o miro me aprovecho pa d e c i r l e que l e agrade^ co l o que hizo por mi Juan.

—Yo no pude hacer nada por é l , t ú l o sabes. El general se encaprichó.

—Sí, pero usté juc güzno con esta piobz y Dios se lo pagará.

—Gracias, Remigia. Y dime, ¿es verdad que t ú engañaste

al sargento, haciéndole creer que no l o f u s i l a r í a n y que s i

lo llevaban al panteón y l e formaban cuadro era sólo por dar

le un susto?

La mujer bajó los ojos y sus l a b i o s temblaron impercep-tiblemente.

—¿Qué t e movió a m e n t i r l e de esa manera?

I

Ut¿

no lo tomará a mal, ¿

vqadd?

—No, mujer; yo siempre he pensado que lo h i c i s t e con -buen f i n .

(24)

Con

uité jinmoí,

a ver al general

pa

pedirle el

mdultc, y

|

al maldecido ni l e ablandaron ruegos, ni se l e amovió e.l i o| razón con mis l l o r o s . T/iuj-imoó a mis inocentes c r i a t u r a s y

ni tan

¿iqulena

las

vldo.

"Entonces, me añublé de rabia y no tuve más que un pen-samiento: ique Juanito muera cabal, que no digan que al úl-timo jue collón y que no s u f r a , Santo Señor de Carácuaro! Corrí a l a cárcel y l e eckí mentira, pero él no me lo ciei-ba. Me miraba de ¿oipie¿a a los ojos hasta que, viéndome

-tan en paz, él se

jue tAa.nqucLLza.ndo.

" — M i r a , v i e j o ; el señor de « L a Fama» l e dio ajuste a todo. Pero no te achicopale* que nomás te queAcn sacar tu -susto.

"Vendí una cobija y le acaAAlé su cena, zónicua, cannl ta¿ y una garapiña de en ca don Nazario. Hasta se puso celc so, mirándome tan sosegada y me d i j o con tamaña j e t a : «De

-ónde t>acal<¿¿ lob i¿enAoi?>

"—Se los pedí a mi comadre Merenciana, que se quedó eri el catre con los muchachos.

"Amaneció y por jueAÁla de la cárcel formaron la escol-t a . Yo esescol-tuve a l l í pa que J u a n i t o , al s a l i r , me devúaAa y se s i n t i e r a con a l i e n t o s . Los soldados querían echarme, perc y o , en cuanto pude, me l e acerqué y le d i j e :

"—El general goívló a o f r e c e r ; no tengas miedo.

"Unas cuantÁXai gentes en la c a l l e nos devi¿oAon corf lá t i m a ; cuando pasamos por El Marinero estaban tocando la gui t a r r a , pero un btiago los c a l l ó y a mí me atajó en la banque ta y me hizo empíname un buen vaso de aguardiente.

"Llegamos al camposanto; J u a n i t o , al pisar la puerta, <j q u i t ó el sombrero. Estaba como un paño de blanco, pero muy t r a n q u i l o . Yo me encaramé sobre un montón de t i e r r a y vi de cómo lo arrimaron j u n t o a la paden. y cómo él gol vía la cabf za pa no perderme de v i s t a .

"iCasi me desmayé de congoja cuando formaron el cuadro -y el capitán sacó la espada!... Le j u r o , por mi mamacita, que con las uñas me-eché jueta la sangre de las manos. Entonces Juanito comenzó a buscar algo con los o j o s , quén sabe si a -u¿tí, o al general, cavilando que aquello ya era mucho pa un susto. Golvló la cara y me vldo o t r a vez. i Virgen de Guada-lupe, cómo l e habían cambiado las ialciones, l o meimo que s i ya estuviera muerto!

"Tronaron los t i r o s y yo no supe más. Dicen que di el za-patazo y que María, l a del h o s p i t a l , me alevantó del suelo y me l l e v ó a su casa, y que estuve thaicuenda, y que sólo por -e l l a v i v o . . . "

Remigia se dejó caer sobre unos t e r c i o s de f r i j o l , r e chazando, pálida y temblorosa, el vaso de anisete que yo le -o f r e c í a .

—iEres una mujer v a l i e n t e !

— ¡Quén sabe, señor! ¡De seguro que Dios me va a c a s t i -gar, porque dejé que Juanito se jueAa sin con^lón; pero s i está en el i n f i e r n o , po¿ yo gustosa me i r é con él pa ayudar-l e a s u f r i r y darayudar-le ánimos, como aquí, en ayudar-la t i e r r a !

¿Amor? Amor. ¡Amor!

MARIA, LA DEL HOSPITAL

¡Si yo pudiera t r o c a r en cincel mi pensamiento y mi f e r viente admiración por e l l a en un bloque del más f i n o mármol -con cuánto ahínco l a b r a r í a su estatua enclavándola después en la cima de La Mesa para que por los siglos de los s i g l c s fue-ra v i s t a y reverenciada!

(25)

mexicana; mirad mis pómulos s a l i e n t e s , mis pequeños ojos oblj^

cuos, el r i c t u s de amargura de mi boca, tan poco d i e s t r a en -&J hafrUr, y mis trenzas l a c i a s y endrinas, como las alas del fclj«rvo." Y al pie de la e s t a t u a , rasguñando sobre el granito,

tStí nombre nada más: "María, la del h o s p i t a l . "

He aquí su h i s t o r i a , s e n c i l l a y humana cual e l l a misma:

mqza entró a s e r v i r al h o s p i t a l como una humilde c r i a d a . A111 ¿listó su juventud cuidando enfermos, robó l a s noches a Morfeo p a r a . v e l a r d i f u n t o s y , s i n o t r o recurso, aprendió c i r u g í a y -d i s e c c i ó n , t ICuántos y -duros réspices tuvo que soportar la po bre doméstica porque sus manos temblaron, asustadas, al o f r e -cer al médico las h i l a s o las vendas, a l l á en los tiempos

re-notos en que operaba don F é l i x Cantal i c i o Ortega, usando por todo anestésico el chorro inagotable de sus mentiras!

—Yo he v i s t o cómo se hacen los milagros —decía el em-bustero doctor al enfermo u l u l a n t e , mientras l e arrancaba la mecha de l a herida: un niño se tragó una peseta, fueron i n ú t |

les vomitivos y purgantes; l a madre, ya desesperada, nos enco mendó el caso al señor de Carácuaro y a mí; yo tuve que l l e var a cabo una meticulosa operación, con tan f e l i z é x i t o , -que, al extraer la moneda del estómago del muchacho, pude con} probar, l l e n o de asombro, que acaso los jugos gástricos y , s i n duda alguna l a f e de l a madre, habían realizado un e s t u -pendo p r o d i g i o : l a peseta a d q u i r i ó l a forma de una cruz con

l a imagen del C r i s t o de Carácuaro. Todavía l a uso en l a -l e o n t i n a en c a -l i d a d de d i j e .

Oyéndolo d i s p a r a t a r , María aprendió a r e í r , y con los — años fue perdiendo el miedo a l a sangre y al dolor f í s i c o .

Vino después una época en l a que el Gobierno, generoso y magnánimo como siempre, suspendió al h o s p i t a l toda ayuda eco-nómica. Los médicos se a l e j a r o n de él presurosos, pero María, como un ejemplo de inagotable abnegación, s i g u i ó en el e s t a -b l e c i m i e n t o , amparando, única y s o l a , a los a s i l a d o s . Desde entonces e l l a l o hace todo: cocina, lava las ropas, opera quj_ rúrgicamente y pide limosna vergonzosa y t í m i d a , cuando no — t i e n e pan que dar a.sus enfermos.

No ha habido aún destacamento en el pueblo cuyos sóida—

dos no l a llamen madre y todos deberíamos d e c i r l e Santa.

¡Santa María del h o s p i t a l , intercede por nos! Amén.

APODOS

Yo guardo un pequeño resentimiento contra María, l a del h o s p i t a l , porqge, e l l a , inocentemente, nos acomodó a mi herma po y a mí sendos apodos. A mi hermano, por gordo, colorado y hocicón, l e puso El Puesteo ¿In cola, y a mí, por voz de sono ro balido o por mis rasgos fisonómicos, El Be.ce/iAo.

P.ocas son las personas que escapan en el pueblo a un mo-t e adecuado, y el aumo-tor de casi mo-todos es un amigo simpámo-tico y lenguaraz, a quien se c o n f i r i ó el apodo de El Obispo, j u s t a -mente por su a f i c i ó n a las confirmaciones. Es, además, disc_í pulo de Daguerre, según l o asienta en su papel de c a r t a s :

Co/iAe&pondencla paAtlculaA

de 3o*í Ramo*

l

'elanAe.

Eotóg/ia^o ampti^lcado/i a p/uieba

de agua.

Charlar con su I l u s t r í s i m a es un amable e n t r e t e n i m i e n t o , porque sabe l a vida de todos y l a glosa como los predicadores el Evangelio.

Los apodos se basan, ya en un d e t a l l e h i s t ó r i c o , ya en -un defecto f í s i c o o en algo que p i n t e el carácter de las per-sonas. Hay remoquetes h e r e d i t a r i o s , como el de La Sevw.cka,

(26)

Hay motes que no se explican por sí solos si no es por -c i e r t o -cará-cter onomatopéyi-co o d e s -c r i p t i v o que sin duda los

inspiró, como

El MaJiAamaquió, .ChiAlvaó, El CuÁAÍlió, El Ckan •

di, CkuAÁAju y o t r o s , cuyas h i s t o r i a s p r o l i j a s encontráranse acaso en los p r i m i t i v o s códices del pueblo.

Todos conocemos por El Buey Sueíto a un señor muy res-petable, a quien engaña su mujer.

A un comerciante que mueve los brazos al andar, con el -ritmo cadencioso de unos remos, apodan Sobie la¿ Olcu>; a otro, por la misma causa, El Bullón, y a un muchacho que t i e n e nube en un ojo y que camina con la cabeza en a l t o , escrutando ince santemente el firmamento, l e llaman El Abtnónomo.

El Santo Pecador es un individuo que se vive en la i g l e -sia y se sopla todas las ceremonias del c u l t o , desde la misa primera hasta la Hora Santa, en compañía de su coima, a quien exige el f i e l cumplimiento de ayunos y abstenciones en todas las f i e s t a s de guardar.

San Ono{,n.e es un e s c r i b i e n t i l l o del tres al cuatro que casó con la h i j a de un r i c o .

—Pero, ¿por que l e han puesto así? —preguntaba yo muy i n t r i g a d o .

—Porque, como el santo anacoreta, t i e n e un cuervo que -l e baja e-l pan.

Y, por una l ó g i c a asociación a su padre p o l í t i c o le d i

-cen

El Cuetivo do. San 0 no {¡fie.

A una mujer del b a r r i o de El Marinero la llaman Mamella por ser puerto de gran calado y de activísimo comercio, y a

-Joaquinito, el sastre,

Me&alÁna

o

¡Válgame. Vioi!

Por La Cuajada conocemos a un v i e j o carlancón que padece diarrea y que cuando l e preguntan cómo sigue de males, contes ta desconsoladamente: "iEsto no c u a j a ! "

Hay algunos apodos de origen más l a t o , como El Colorín,

El IntéJipicte, El Pintojo,

etcétera.

Una vez entró al templo un pobre tonto cuando trabajaban a l l í algunos c a r p i n t e r o s , cuyos c e p i l l o s despedían v i r u t a s que, a la luz descompuesta de los ventanales, semejaban s e r -pentinas de vivos y variados colores. El tonto quedóse admirado, y extendiendo en el suelo su sarape, l o colmó de la v i -ruta que le pareció más hermosa: verde, a z u l , anaranjada. Lis to ya el tambacho, s a l i ó corriendo con él para^ l l e v a r a s i t i o seguro tan espléndido t e s o r o , pero fuera del templo los -preciosos r i c i t o s de madera adquirían su c o l o r n a t u r a l , y el t o n t o , al verlos exclamaba desesperado: "¡No t i e n e c o l o r í n ! " Desde entonces El Colorín apodan a este pobre i l u s o .

Patrocinada por mi hermano vino al pueblo una compañía de ópera y para debutar anunció La Bohemia. Se alborotaron -todos los vecinos y desde hora bien temprana enviaron sus l i a s al t e a t r o , que nunca se vio tan concurrido como f u e l l a noche.

Don Pancho, un r i c o p r o p i e t a r i o , sentóse j u n t o a mí a la hora de la representación, y durante el primer acto no hizo -más que interrogarme sobre las escenas de l a ópera:

—¿Qué d i c e n , qué dicen?

—Mimí viene a pedir luz a Rodolfo, pero no hable usted tan a l t o , porque nos van a s i s e a r .

Pasó el primer acto y al comenzar el segundo descubrí a (Tii vecino, el r i c o t e r r a t e n i e n t e , sentado entre los músicos de l a orquesta.

—Pero, don Pancho, ¿por qué cambió usted de asiento? — l e pregunté después de l a función.

—Porque en donde estábamos no entendía una palabra y me acerqué un poquito para ver s i les inteApsieXaba el canto.

(27)

Un equivoco l l e n o de gracia dio origen al mote de El -Pintojo, quien antes v i v í a en T i e r r a C a l i e n t e , y con la p r o -tección de un hermano r i c o pudo transladarse a Tacámbaro para establecer un pequeño comercio. El hombre vino a este lugar -acompañado de una pinta t i e r r a c a l e n t e ñ a con quien, muy de -o c u l t i s , s-ostenía relaci-ones carnales.

Pocos días después de establecido l l e g ó su hermano y pro t e c t o r a saludarlo y saber cómo l e iba en su nuevo negocio:

i

: —¿Qué t a l p i n t a , hermano?

- ¡ A y , hermano, más puta que las g a l l i n a s ! - c o n t e s t ó l e rápidamente, creyendo que l e preguntaba por la mujer con -quien v i v í a .

Divulgóse el casual epigrama y el catecúmeno fue desde -luego bautizado.

Olvidaba en el t i n t e r o a mi amigo El PejUco de. V mónte-nte o El fonógia{o, que por ambos apodos es conocido en el -pueblo. Se t r a t a de un d i s c í p u l o de J u s t i m a n o de tan mala fortuna que jamás qanó un p l e i t o , salvo aquel que t r a n s á r o n -los mismos contendientes a la puerta del juzgado y que el

¿Imple. tóUglo de. ganadería,

porque se trataba de dos ton

tos de petate que r i ñ e r o n en un carnaval.

Le dicen El PeUco de. VemóUweJ> por su afición a la ora t o r i a , y vaya de muestra un párrafo a l t i s o n a n t e del discurso que pronunció cuando vino a la v i s i t a pastoral el señor Obis-po:

"Yo soy r e t r ó g r a d o , l o confieso. No encuentro en el avan ce de las ciencias nada que pueda superar a l o que ya e x i s

t i ó . Moisés ganaba b a t a l l a s sin obuses y sin cánones con sólo levantar los brazos al c i e l o ; Elias viajaba por J o s -a i r e s sin necesit-ar de -a v i ó n , y S-at-anás enseño -a Jesús, sin moverlo de una montaña, l a maravillosa p e l í c u l a del mundo en t e r o . Maldigo el teléfono y , si habito en Tacambaro, es por-que aquí nos hemos .librado de este "0 V l s i n¡0 1 1"v e n t 0:l o Nf/^ más inoportuno que una llamada a la hora.del t r a n q u i l o y a n

-t a r - nada más moles-to que una campani-ta que nos repica en

los oídos a la medianoche e interrumpe nuestro sueño reparador. ¿Y el automóvil? El automóvil es l a ruina de las i n dustrias nacionales, el verdugo de nuestra i n c i p i e n t e a g r i -c u l t u r a . Ya no es -costeable l a f a b r i -c a -c i ó n de guarni-ciones pa ra coches, ni de herrajes para c a b a l l e r í a s . Por él l a a g r i c u l tu«a está en bancarrota. Yo he perdido l a cosecha t o t a l de mfs mangos, que me daban mis buenos catorce pesos al año, cuando los á r b o l e s , alejados de todo camino moderno, g u a r d a -ban su f r u t o ex.plusivamente para mí: pero ahora que hay carre t e r a t y que pasá j u n t o a mi p o t r e r o , y por e l l a vienen y van + los automóyilés, ni un soló mango r e c o l e c t o ; los tumban a pe-dradas los llamados chau^eA.eA para que de balde se los co.*man esas gentes perniciosas a quienes, quizá por b u r l a , les -llaman los tu/U¿ta¿. A t a l e s inventos, t a l e s personas."

En vísperas de unas elecciones municipales un chusco f o r mó un padrón de apodos y l o f i j ó en las esquinas, j u n t o a l a candidatura correspondiente:

Pie&ldente Municipal.:

La Cierva.

Sindico Ptío cufiado ti:

El Becerro.*

Re.gldox.eA:

La Culebra Negra.

El Piojo Blanco. La Burra. El Perico. La G a l l i n a .

Toda una fauna pintoresca que crece y se m u l t i p l i c a ba-j o la mirada complacida de José Ramos Velarde, nuevo Noé con cámara f o t o g r á f i c a , pero sin arca y s i n d i l u v i o .

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