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ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 2

Youkali: revista crítica de las artes y el pensamiento

nº 10, enero de 2011

revista semestral en formato electrónico

para encontrarla: www.youkali.net

edita: tierradenadie ediciones, S.L. I.S.S.N.: 1885‐477X

las afirmaciones, las opiniones y los análisis que se encontrarán en el presente número de Youkali, son responsabilidad de sus autores.

© los autores

(copyleft, salvo indicación en otro sentido)

coordinación: Montserrat Galcerán Huguet y Matías Escalera Cordero

participan en el número: Jorge Riechmann, Ecologistas en Acción, Maite Aldaz, Mario Domínguez Sánchez, Juan Pedro García del Campo, revista Offensive, Gerard Espona Fernández, Cristina Catalina Gallego, Antonio Orihuela, Eduard Ibáñez Jofre, Pablo Iglesias Turrión, Susana Oviedo, Alicia García Núñez, Vicente Muñoz Álvarez, José Ángel Berrueco, Javier Das, Roira Sánchez, Miguel A. Sánchez García, Sergio R. Franco, Jorge Brunete, Bárbara Butragueño, Pedro L. Verdejo, Alba García Alderete, Paula Winkler, Susana Pedraza, David Becerra, Mª Ángeles Maeso, Antonio Martínez i Ferrer, Ana Pérez Cañamares y Juan Antonio González de Requena Farré.

maquetación: tallerV

portada y contraportada: Maite Aldaz

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ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 3

Í N D I C E

pág.

Editorial . . . 4 Ecologismo capitalista

‐ Jorge Riechmann:

¿Debería la prostitución incluirse en el cálculo del PIB? Reflexiones sobre cómo echamos las cuentas

en la era de la crisis ecológica global . . . 5 ‐ Ecologistas en Acción:

Cambiar las gafas para mirar el mundo . . . 12 ‐ Mario Domínguez Sánchez:

El turismo productivo: la práctica social del turismo . . . 23 ‐ Dossierde la revista Offensive(nº 14)

El horror turístico. El management del planeta . . . 39 ‐ Mario Domínguez Sánchez:

Ecología y bio‐ambientalismo. Obligación ética, escepticismo y política . . . 55 ‐ Gerard Espona Fernández y Cristina Catalina Gallego:

Transgénicos: de la redención a la desposesión . . . 83 ‐ Antonio Orihuela

La ecología del capitalismo: conocer para depredar (argumentos como versos) . . . 109 Documento breve

Ecología y ejército USA . . . 116

Miscelánea

‐ Eduard Ibáñez Jofre:

“Contar con las propias fuerzas” . . . 117 ‐ Pablo Iglesias Turrión:

Lolita, de Nabokob a Kubrick o el poder femenino en el heteropatriarcado . . . 123 ‐ Inter(w)express...Susana Oviedo: Cinco (5) respuestas rápidas

para cinco (5) preguntas clave(cuestionario de la redacción) . . . 136

Elementos de producción crítica

‐ Carpeta: David González, la poesía o la vida . . . 137 ‐ Estos tiempos sin contrato social, cómic de Miguel A. Sánchez García . . . 155 ‐ Poemas de hoy para mañana, poemas de Sergio R. Franco, Jorge Brunete

Bárbara Butragueño, Pedro L. Verdejo y Alba García Alderete . . . 165 ‐ Un edificio en la avenida Alvear, relato de Paula Winkler . . . 173

Análisis de efectos / Reseñas

‐ reseña de Black, black, black, de Marta Sanz.

por Susana Pedraza . . . 177 ‐ reseña de La conjura de los poetas, de Felipe Alcaraz

por David Becerra . . . 178 ‐ reseña deOxígeno en lata, de Alberto García‐Teresa

por Mª Ángeles Maeso . . . 183 ‐ reseña de Pero no islas, de Matías Escalera Cordero

por Antonio Martínez i Ferrer . . . 184 ‐ reseña de Ovejas esquiladas que tiemblan de frío, de Gsús Bonilla

por Ana Pérez Cañamares . . . 188 reseña de ¿Qué es Filosofía? Prólogo a veintiseis siglos de historia, de

Pedro Fernández Liria, por Juan Antonio González de Requena Farré . . . 190

Un clásico, un regalo

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ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 4

BREVE EDITORIAL

¿Son posibles comportamientos ecológicos en el capitalismo? ¿Es posible un pensamiento ecologista compatible o coexistentecon el sistema capitalista? Aún más, ¿se puede hablar de una “ecología capita‐ lista”? ¿Son posibles estrategias de rectificación, o confrontaciones parciales y/o parceladas? ¿O no queda otra que una alternativa global a las “leyes del Mercado”? Cambiando “de gafas para mirar el mundo”, o mediante una confrontación integral con el sistema capitalista, dominado por esas leyes. ¿Qué contamos, en realidad, cuando contamos el Producto Interior Bruto, desarrollo o destrucción y muerte anunciada? ¿Es el turismo moderno, en tanto que sistema ecológico, económico y político com‐ plejo, un fenómeno global propio del capitalismo? Estas, y otras semejantes, son las preguntas a las que los documentos seleccionados, y nuestros colaboradores, con sus aportaciones, tratan de responder. En este sentido, no podemos dejar de agradecer a Jorge Riechmann y a Ecologistas en Acción, a Antonio Orihuela, Gerard Espona Fernández y Cristina Catalina Gallego, o a nuestro compañero, Mario Do ‐ mínguez, sus valiosas aportaciones. Cabe también mencionar la traducción de una selección de textos de la revista francesa Offensivesobre el horror turístico como dispositivo de managementdel planeta.

En este número, además, nuestros lectores encontrarán un interesante artículo de Eduard Ibáñez Jofre ‐autor de uno de nuestros últimos títulos publicados, Campos de batalla‐ que nos puede ayudar a contextualizaradecuadamente, desde un punto de vista social y político, las respuestas a las preguntas que nos formulábamos antes.

También pueden encontrar una interpretación de Pablo Iglesias Turrión sobre el mito Lolita; o nues‐ tra habitual entrevista express; esta vez, a la actriz Susana Oviedo. Además de una completa carpeta dedicada a la figura y a la obra de David González, uno de los poetas más activos e interesantes del actual panorama literario y poético. Una muy especial visualización de “nuestro tiempo”, en el comic de Miguel Ángel Sánchez García; una selección de poemas de unos cuantos jóvenes autores, que anun‐ cian una poesía crítica pujante y renovada, en un futuro no muy lejano. Un atractivo relato de Paula Winkler. Y finalmente nuestra sección de reseñas de libros y la correspondiente entrega inédita de un texto clásico de la historia del pensamiento, en este caso, un fragmento del libro The Commonwealth of Oceana–La Comunidad de Océana– de James Harrington, publicado en 1656.

Las imágenes que jalonan el presente número de nuestra revista corresponden a la primera parte de La Communede Peter Watkins.

Esperamos que esta excelente selección de material para la lectura y la reflexión colmen las expec‐ tativas del conjunto, cada vez más numeroso, de lectores que nos acompañan en esta ya larga aventu‐ ra, y que compense estos días de espera, sobre el plazo previsto para el lanzamiento de este número 10 de Youkali. Gracias a todos por su fidelidad, el aprecio que hacen de nuestro trabajo y la estima que muestran a Tierradenadie Ediciones, en general, y a nuestra revista digital, en particular. Buena lectu‐ ra (disponen de seis meses: o toda una vida, como prefieran).

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Si la policía detiene al traficante de cocaína...

No se trata sólo de que la realidad imite al arte, como decían a veces nuestros bisabuelos. Hoy en día, nos hallamos a menudo en la desoladora situación si‐ guiente: las aceradas viñetas satíricas de El Roto, o los agudos y críticos grafitis que pinta con plantilla Banksy en las paredes de medio mundo (un consejo incidental: ¡no se pierdan ustedes Exit through the gift shop!), parecen casi desleído costumbrismo frente a las bofetadas que nos asesta cada día el poder –los pode‐ res– y que reiteran luego los mass‐media del Gran Espectáculo.

Sin ir más lejos, en el Día Mundial de la Estadís ‐ tica, el 20 de octubre de 2010, don Jaume García Villar, presidente del INE (Instituto Nacional de Estadística), daba a conocer a través de Cinco Días alguno de los nuevos proyectos de su organismo oficial: entre ellos, incluir la prostitución, el tráfico de drogas y el contra‐ bando en el cálculo del PIB. Textualmente:

“...hay algunos ámbitos, como el de la economía ilegal, hablamos de prostitución, contrabando y tráfico de drogas, que de forma explícita a fecha de hoy no forman parte del PIB, aunque en el re‐ glamento están contempladas. Por dificultades metodológicas, ningún país de la UE las incluye, pero está previsto que en un futuro no muy leja‐ no, aprovechando el cambio de base, se puedan incorporar, contabilizándose en el PIB. Son tres sectores no despreciables de ámbito económico, de difícil medición, aunque alguno de ellos par‐ cialmente seguro que está indirectamente recogi‐ do en lo que es la información del PIB.”1

La idea es aprovechar el cambio de base estadística en el verano de 2014 para introducir estas actividades en el cómputo. La broma –vieja pero atinada— decía que si un hombre se casa con su cocinera la renta nacional

se reduce: habrá que actualizarla señalando que cuan‐ do un putañero se case con una meretriz, o cuando un traficante de cocaína sea detenido por la policía, el PIB menguará... lo que las autoridades económicas (y las autoridades a secas) consideran una calamidad, con‐ siguiendo convencer de ello a la mayoría de la socie‐ dad. ¿No tendremos que echar una mirada a las cuen‐ tas de la Contabilidad Nacional?

Los sistemas de Contabilidad Nacional

En los años treinta, y en paralelo con la implantación del keynesianismo como paradigma económico do‐ minante, se crearon métodos de contabilidad nacional (abreviaremos CN) que estaban pensados para captar las variaciones de la renta nacional. Estos métodos se generalizaron en todo el mundo después de la segun‐ da guerra mundial, como parte de un proceso que as‐ piraba a la “cientifización” y racionalización de las políticas económicas. Los sistemas de CN se utilizan para indicar el nivel de la actividad económica, el aho‐ rro y la inversión, la estructura industrial, la produc‐

1 Entrevista en Cinco Días, 20 de octubre de 2010. Puede consultarse en http://www.cincodias.com/articulo/economia/PIB‐contabilizara‐

prostitucion‐contrabando/20101020cdscdieco_7/cdseco/ ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 5

ECOLOGISMO CAPITALISTA

¿DEBERÍA LA PROSTITUCIÓN INCLUIRSE EN EL

CÁL CULO DEL PIB? REFLEXIONES SOBRE CÓMO

ECHAMOS LAS CUENTAS EN LA ERA DE LA CRISIS

ECOLÓGICA GLOBAL

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tividad en un período determinado, o para comparar la evolución de estas magnitudes en distintos países; y su utilidad para estos menesteres es indudable. Pero la CN se creó y se generalizó en un momento en que el medio ambiente como factor económico y como condicionante de la vida humana quedaba completa‐ mente fuera del campo de visión de los economistas. Ello es hoy fuente de graves problemas.

La más conocida de las magnitudes de la CN es el PIB (Producto Interior Bruto): la corriente de aquellos bienes y servicios finales generados por una econo‐ mía en un lapso temporal determinado (generalmen‐ te un año) que pasan a través de los mercados, valo‐ rados a los precios pagados en estos. 2 A partir de él se calculan otros indicadores como el PNB (Producto Nacional Bruto) y el PNN (Producto Nacional Neto). La diferencia entre el PIB y el PNB, o más en general la diferencia entre las magnitudes económicas interio‐

resy las nacionales, es la siguiente: las primeras se re‐ fieren a lo ocurrido dentro del territorio del estado en cuestión, mientras que las segundas se refieren a las actividades llevadas a cabo por los residentes en el te‐ rritorio en cuestión (tanto dentro como fuera de ese territorio)3.

Lo que miden PIB o PNB son en lo esencial transac‐ ciones mercantiles, aunque no de forma totalmente consecuente4. Fueron diseñados básicamente para medir los flujos monetarios a través de la economía, la ac‐

tividad de los mercados: nada más (pero tampoco nada menos). En este sentido, la introducción en el cómpu‐ to de los alquileres imputados de las viviendas ocu‐ padas por sus propietarios, o del autoconsumo de los agricultores, hace perder nitidez a estos índices cuyo propósito debería ser fundamentalmente técnico. Lo que miden son los flujos monetarios a través de una economía nacional en un período dado, evitando con‐ tar dos veces los mismos flujos. Se suman los valores de cambio, haciendo abstracción de las personas ex‐ cluidas del mercado, las desigualdades en la distribu‐ ción y en las opciones vitales, los costes o efectos ex‐ ternos, los valores de uso, el deterioro del medio am‐ biente y el agotamiento o depreciación de los recursos naturales (el “capital natural”).

Primeras críticas al PNB y a la contabilidad nacional (CN)

La crítica a la CN y al PNB no es cosa de hoy. Hace cuatro decenios, economistas con sensibilidad ecológi‐ ca y social ya la enunciaban vigorosa y agudamente:

“En el análisis económico a muy breve plazo —y en los países desarrollados, como afirmo categórica‐ mente; no en los subdesarrollados— el PNB, tal co‐ mo se lo calcula hoy, puede tener algún valor como indicación. En todos los países, muchas cifras parti‐ culares de la contabilidad nacional relacionadas con elementos ingredientes también pueden ser útiles. Pero para el tipo de problemas a largo plazo, enfo‐ cados a los hechos del agotamiento y la contamina‐ ción que quedan excluidos de los cálculos junto con las actitudes, instituciones y fuerzas políticas, el PNB debe ser desechado como enteramente inapli‐ cable a la realidad” 5.

A estas alturas del siglo XXI, creo que sólo los produc‐ tivistas más cerriles pondrán en duda que el PNB no

2 Para evitar contar dos veces, en el cálculo del PIB se restan los consumos intermedios (aquellos bienes y servicios, distintos de los de capital fijo, que las unidades productivas emplean para obtener otros bienes y servicios).

3 Si de cualquier magnitud económica expresada en términos brutos restamos la depreciación del capital fijo (pérdida de valor de los bienes de capital como edificios, equipos industriales, etc, debida a deterioro u obsolescencia) obtenemos esa magnitud en términos

netos. Así, el PNN (Producto Nacional Neto) es igual al PNB menos la depreciación de los bienes de capital: es el saldo neto que sub‐ siste después de mantener intacto el capital creado por el ser humano.

4 Por ejemplo, en el PIB o el PNB se computan los servicios ofrecidos por las viviendas ocupadas por sus propietarios (alquileres imputa‐ dos, cuya cuantía suele estimarse por el alquiler de viviendas de similar categoría) o los servicios no destinados a la venta producidos por las administraciones públicas (seguridad, justicia, representación diplomática, etc., valorados según los costes incurridos en su pro‐ ducción), o también la producción agrícola consumida por los propios agricultores; pero no se tiene en cuenta la producción de bienes y servicios en las unidades domésticas, cuya enorme importancia cuantitativa y cualitativa nadie en su sano juicio negará. Las razones que llevan a tomar en cuenta unas actividades e ignorar otras son de conveniencia, funcionalidad o históricas, pero no de tipo lógico. 5 Gunnar Myrdal en Maurice F. Strong (comp.): ¿Quién defiende la Tierra?FCE, Méjico 1975, p. 62.

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es ningún indicador del bienestar humano. Como se ha dicho, “la renta [nacional] es una categoría que suma el valor del armamento militar con los salarios de la policía secreta y los funcionarios de prisiones, los be‐ neficios generados por las empresas tabacaleras y de otros productos cancerígenos junto con el valor del pan y los costes de los servicios médicos, todo ello pa‐ ra producir un único índice de desarrollo. Esta amal‐ gama de actividades heterogéneas que satisfacen y niegan al mismo tiempo las necesidades humanas, al‐ gunas de ellas en el origen de importantes daños al medio ambiente, no es (...) un punto de partida válido para configurar un índice de desarrollo”6. El bienes‐ tar es una magnitud multidimensional que no puede expresarse en términos monetarios, y ya hemos visto que lo que mide el PNB son precisamente transaccio‐ nes mercantiles. Yendo más a lo menudo, las prime‐ ras críticas que pueden hacerse a la CN y el PNB son las siguientes:

• En estas cuentas no se refleja la distribución de los bienes, sino sólo las variaciones absolutas de la renta: pueden existir grandes desigualdades so‐ ciales, y un incremento del PNB puede coincidir con el agravamiento de estas desigualdades. • No se reflejan los cambios en la calidad ni en la compo‐

sición cualitativa de los bienes. Si los zapatos son me‐ nos resistentes pero más caros, el PNB aumenta. Si la carne engordada con hormonas hace aumen‐ tar la proporción de carnes y grasas en nuestra alimentación (empeorando con ello la calidad de la dieta y nuestra salud), el PNB aumenta. • El proceso de mercantilización de cada vez más áreas de

la vida humana, que a menudo va de consuno con una pérdida de calidad de vida, se refleja positivamente en el PNB. Si el agua del grifo deja de ser potable y nos vemos obligados a comprar agua mineral embo‐ tellada, el PNB crece. Si dejamos de poder bañar‐ nos en el río gravemente contaminado y es nece‐ sario construir piscinas, el PNB crece.

• A la inversa, no se incluyen bienes no mercantilizados pero que tienen una incidencia directa en la calidad de vida y el bienestar humano, como por ejemplo la existencia de zonas verdes o una atmósfera no contaminada.

Se contabilizan como “bienes” algunas producciones que en realidad son “males”: producción de armas o de sistemas anticontaminación, por ejemplo. El

aumento de los accidentes automovilísticos (que disparan los gastos sanitarios) o de las enferme‐ dades que exigen tratamiento con costosos medi‐ camentos hacen crecer el PNB.

El concepto de producción que subyace a la CN y al PNB se limita al trabajo asalariado, y por ello exclu‐ ye una enorme cantidad de trabajo socialmente necesario que se lleva a cabo al margen de los ca‐ nales mercantiles: el trabajo doméstico, por ejem‐ plo. En todo el mundo, las economías domésticas producen aproximadamente el equivalente a un tercio del PNB (entre el 25% y el 40%, según los países); el trueque equivale actualmente por lo menos a un 10% del comercio mundial7.

Dos funciones de las magnitudes de la CN: analíti‐ ca y normativa

Por consiguiente, debería quedar claro que el PNB no mide el bienestar humano ni sus variaciones. La suposi‐ ción de que el crecimiento económico entraña auto‐ máticamente un aumento de bienestar se ve rebatida sin asomo de dudas por las experiencias del ensan‐ chamiento de la brecha Norte‐Sur y la crisis ecológica global. Sobre todo esta última pone de manifiesto la doble faz de las fuerzas productivas, que son también fuerzas destructivas cuya destructividad va en au‐ mento a lo largo del proceso de “desarrollo”: dema‐ siado crecimiento se torna contraproducente. El creci‐ miento económico convencional (medido con los in‐ dicadores convencionales como el PNB) a partir de cierto umbral se convierte en destrucción neta8.

6 Bob Sutcliffe: “Desarrollo humano: una valoración crítica del concepto y del índice”. Cuaderno de trabajo10 de HEGOA (Bilbao, junio de 1993), p. 14.

7 Paul Ekins/ Mayer Hillam/ Robert Hutchison: Riquezas sin límite. El atlas Gaia de la economía verde (EDAF, Madrid 1992), p. 39. 8 Es un asunto que he tratado de argumentar en varios lugares: véase por ejemplo Jorge Riechmann, “El desarrollo sostenible como asun‐

to de justa medida”, capítulo 13 de Biomímesis, Los Libros de la Catarata, Madrid 2006. ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 7

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Aquí podría replicarse: no se pueden pedir peras al olmo. No hay que pedir al PNB lo que éste no puede dar. No debe sacársele de su papel técnico: se trata de un índice construido en lo esencial para medir la acti‐ vidad de los mercados, los flujos monetarios, y es un error equiparar éstos al bienestar humano, o incluso a la riqueza de una sociedad.

Lo anterior es cierto. Pero el problema es que el PNB desempeña dos funciones muy distintas en la vida pú‐

blica9. Por una parte es una herramienta intelectual para entendercómo funciona la economía (el nivel de acti‐ vidad económica, el comportamiento de las macro‐ magnitudes, su tasa de variación, etc): sin esta herra‐ mienta, el análisis económico sería prácticamente im‐ posible, y las políticas económicas (incluyendo las fu‐ turas políticas económicas ecologistas) estarían toda‐ vía menos fundadas que en la actualidad. Pero por otra parte el PNB se emplea también como un criterio valorativopara enjuiciar la marcha de la economía, o incluso de la sociedad como un todo (se habla de pa‐ íses “desarrollados” y “subdesarrollados” en función de su renta per cápita).

Importa distinguir claramente estas dos funciones del PNB, una analítica, la otra normativa. La vigencia públi‐ ca de esta segunda función (el PNB en cuanto norma de desarrollo y bienestar) explica que maximizar el PNB siga siendo el mandamiento supremo de todos nuestros gobernantes, y que mucha gente siga pen‐ sando hoy que este índice sí que expresa el rendi‐ miento global de una economía (y que por tanto un PNB en expansión es sinónimo de una economía que goza de buena salud). Alguien podría decir: de acuer‐

do, admito que una economía con buena salud no es lo mismo que una ciudadanía con buena salud (por no hablar de un medio ambiente con buena salud); pero prefiero la primera a la segunda y al tercero. Pero la cuestión es que el PNB tampoco expresa bien el rendimiento global de una economía, y por tanto esta segunda función del PNB es espúrea, bastarda, injus‐

tificable.Aquí es donde interviene la crítica más espe‐ cíficamente ecologista.

Costes externos

Sólo quien con manifiesto desprecio por la realidad suponga que en la actividad económica no se produ‐ cen costes externosque no aparecen en la contabilidad del causante (daños a terceros —que pueden ser tan‐ to conciudadanos nuestros como otras especies ani‐ males y vegetales, ecosistemas enteros, o generacio‐ nes venideras de humanos) puede sostener que el PNB es un buen indicador del rendimiento económi‐ co, de la “salud” de la economía. Sucede, por el con‐ trario, que los efectos externos son inevitables y omnipre‐

sentes, y han ido constantemente en aumento a lo largo de la industrialización.

Los costes externos o “externalidades” son costes sociales no compensados(vale decir: impuestos a terce‐ ros fuera de cualquier transacción voluntaria). Prácti ‐ ca men te todos los fenómenos de contaminación son ejemplos de costes externos; también la destrucción de vida animal o vegetal, o el agotamiento de recur‐ sos naturales, son ejemplos inmediatos10.

El concepto de mal público—en cierto modo simé‐ trico al de bien público— está relacionado con el con‐ cepto de externalidad. Un mal público es un rasgo ne‐ gativo de la sociedad que todos y cada uno de sus miembros padecen. Así, por ejemplo, ciertos tipos de contaminación, guerras para rebajar el precio de las materias primas, publicidad engañosa, o la inexisten‐ cia —o incumplimiento— de normas sobre seguridad e higiene en el trabajo. El capitalismo tiende a generar un elevado nivel de males públicos, porque “en una economía capitalista hay una clase reducidísima de personas ricas que reciben ingresos gigantescos como dividendos por sus participaciones en los beneficios de las empresas, y está en su interés mantener grados muy elevados de males públicos que aumenten los beneficios. El efecto positivo que los males públicos tienen sobre los ingresos de estas personas les com‐

9 Michael Jacobs: The Green Economy(Pluto Press, Londres 1991; hay trad. castellana en ed. Icaria), p. 226.

10 Hablar de costes sociales(como en el libro pionero de William Kapp en 1950, Los costes sociales de la empresa privada: edición parcial en Libros de la Catarata, Madrid 2006, con una sustanciosa introducción de Federico Aguilera Klink) resulta mucho más aconsejable que emplear el término “externalidades”: este último sugiere que se trata de fenómenos externos al mercado y en cierto sentido margi‐ nales

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pensa sobradamente por el efecto negativo directo que los males tienen para su bienestar”11. En general, y por la razón antedicha, una distribución igualitaria de la propiedad y de la riqueza va asociada a un me‐ nor nivel de males públicos.

Algunas externalidades pueden cuantificarse mo‐ netariamente y después “internalizarse”; pero mu‐ chas otras no. Cuando una nueva autopista arrasa un paisaje rural, podemos cuantificar la pérdida de valor de los inmuebles en zonas residenciales, pero no po‐ demos en rigor dar valor crematístico a la destrucción de vida animal o vegetal, a la pérdida de suelo fértil o a la contribución que el incremento de la motoriza‐ ción hará al “efecto invernadero” (“en rigor” quiere decir: sin introducir supuestos insoportablemente ar‐ bitrarios).

“Internalizar las externalidades” (en mejor caste‐ llano: interiorizar los efectos externos) suena como una expresión inofensiva, de una neutralidad poco comprometedora. Pero mientras no caigamos en la cuenta de que interiorizar los efectos externos, para nosotros, puede significar renunciar al automóvil pri‐ vado o a la inmensa mayoría de los viajes en avión, poco habremos avanzado; mientras no advirtamos que interiorizar los efectos externos significa cambiar de arriba abajo las relaciones Norte‐Sur, no habremos avanzado nada.

“La ‘externalidad’ es un término tan general que deben hacerse algunas distinciones. Distinguimos entre las externalidades localizadasy las generaliza‐ das. Las primeras pueden corregirse, por lo menos en una medida razonable, ajustando los precios o mediante otros cambios que no son radicales. En cambio, las externalidades generalizadas tienen un alcance más amplio y no pueden corregirse efectivamente mediante cambios en los precios re‐ lativos. Se requieren límites cuantitativos o pro‐ fundos cambios institucionales. Hay también al‐ gunos casos intermedios. La industria del carbón ofrece buenos ejemplos de cada categoría. La sili‐ cosis es una externalidad localizada: está clara‐ mente asociada con la minería del carbón y nada más. Sólo los mineros del carbón y sus familias se ven directamente afectados. Las externalidades generalizadas asociadas con el carbón incluyen la acumulación de dióxido de carbono en la atmós‐ fera (el efecto invernadero) y la lluvia ácida. (...) Todas las conclusiones de la teoría económica acerca de la eficiencia social de la competencia pu‐

ra y el libre mercado se basan explícitamente en la premisa de la ausencia de externalidades”12.

Refiriéndose a aquellas externalidades que Daly y Cobb llaman generalizadas, precisa Martínez Alier la in‐ anidad del empeño en su cuantificación crematística:

“La historia del calentamiento global muestra que la crítica ecológica en contra de la economía orto‐ doxa no se basa únicamente en el hecho de que desconocemos actualmente las preferencias de los agentes futuros, quienes no pueden acudir al mer‐ cado de hoy, y no se basa únicamente, por tanto, en la arbitrariedad de los valores dados actual‐ mente a los recursos agotables o a los efectos ex‐ ternos que se harán sentir en el futuro. La crítica ecológica se basa además en la incertidumbre so‐ bre el funcionamiento de los sistemas ecológicos que impide radicalmente la aplicación del análisis de externalidades. Hay externalidades que no co‐ nocemos. A otras, que conocemos, no sabemos darles un valor monetario actualizado, al no saber siquiera si son positivas o negativas”.13

Por último, el economista Daly y el teólogo Cobb po‐ nen de manifiesto cómo el concepto de “externali‐ dad” (o exterioridad, en la traducción mejicana de For the Common Good) representa, en el mejor de los casos, un parche o apaño para la teoría económica conven‐ cional que se nos queda corto a estas alturas de la his‐ toria:

“Una de las más importantes [abstracciones abusi‐ vamente introducidas por el pensamiento econó‐ mico convencional] es la abstracción de un flujo

11 John Roemer, Un futuro para el socialismo, Crítica, Barcelona 1995, p. 81) 12 Herman E. Daly/ John B. Cobb: Para el bien común, FCE, Méjico 1993, p. 57

13 Joan Martínez Alier: De la economía ecológica al ecologismo popular, Icaria, Barcelona 1992, p. 43. ISBN: 1885-477X YOUKALI, 10 página 9

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circular del producto y el ingreso nacionales, regu‐ lado por un mercado perfectamente competitivo. Esto se concibe como un análogo mecánico, con una fuerza motivadora provista por la maximiza‐ ción individualista de la utilidad y el beneficio, ha‐ ciendo abstracción de la comunidad social y de la interdependencia biofísica. Lo que se subraya es la asignación óptima de los recursos supuestamente resultante de la interrelación mecánica entre los in‐ tereses individuales. Lo que se omite es el efecto del bienestar de una persona sobre el bienestar de otras personas ligadas por lazos de simpatía y de comunidad humana, y los efectos físicos de las ac‐ tividades de producción y consumo de una perso‐ na sobre las demás, a través de los lazos de la co‐ munidad biofísica. (...) Las exterioridades repre‐ sentan un reconocimiento de los aspectos omitidos de la experiencia concreta, pero de tal manera que se minimiza la reestructuración de la teoría básica. Mientras que las exterioridades involucren deta‐ lles secundarios, es posible que este procedimien‐ to sea razonable. Pero cuando tienen que clasificar‐ se como exterioridades ciertas cuestiones vitales (como la capacidad de la Tierra para sostener la vi‐ da), habrá llegado el momento de reestructurar los conceptos básicos y empezar con un conjunto de abstracciones diferente que pueda incluir lo que antes era externo.”14

La misma definición de externalidadnegativa (coste externo impuesto a terceros, fuera de las transaccio‐ nes más o menos voluntarias de la economía mercan‐ til) ya pone en evidencia que cada externalidad plan‐ tea un problema moral: no se trata sino de un daño que dos participantes en cierta interacción económica infligen a un tercero “inocente”, que no tiene arte ni parte en el asunto. La omnipresencia de “externalida‐ des”, junto con la imposibilidad de “internalizarlas” radicalmente, implica que no podemos nunca pensar en una economía ajena por completo a la moral; que el ámbito de lo económico y el ámbito de lo moral se intersecan necesariamente. No solamente no hay teo‐ ría económica libre de valoraciones morales, sino que tampoco hay actividad económica libre de problemas morales.

La crítica ecologista a las magnitudes de la CN

Si tomamos en consideración la importancia de los costes externos en las sociedades industriales, pode‐ mos realizar la siguiente crítica ecológica de los siste‐ mas de CN:

El PNB no refleja el impacto de la actividad económica en el medio ambiente. No refleja, por ejemplo, la pérdi‐

da de calidad de vida a consecuencia del deterioro am‐

biental. Muchas mujeres en los países del Sur tie‐ nen que darse caminatas cada vez más largas y extenuantes para recolectar leña para cocinar: ello no se refleja en el PNB de su país. Otro ejemplo: para encontrar aire puro y espacios limpios los habitantes de las naciones industrializadas tienen que emprender viajes cada vez más largos y exte‐ nuantes: eso tampoco lo recoge el PNB (o lo reco‐ ge paradójicamente como crecimiento: desplaza‐ mientos más largos, hoteles, segundas residen‐ cias, etc). Tampoco refleja el agotamiento de los recur‐

sos. No refleja la destrucción de las funciones am‐ bientales ni los recursos naturales que no tienen valor de mercado. Por el contrario, contabiliza co‐ mo renta generada el consumo e incluso el agota‐ miento de los recursos con valor de mercado. Contra toda lógica se contabiliza como producción lo que en realidad es disminución del patrimonio natural. Cuanto mayor sea la tasa de extracción (y por consiguiente más rápido el agotamiento de los re‐ cursos), mayor será el incremento del PNB. “Un país puede estar al borde de la bancarrota ecoló‐ gica y seguir registrando un incremento del PIB, pareciendo así que progresa”15 ¿Cómo juzgaría‐ mos a una familia que vende su casa y sus mue‐ bles para gastarse el producto de la venta, o al propietario de la fábrica que va vendiendo todos sus activos, o al banquero que se merienda el pa‐ trimonio de su banco repartiendo dividendos ca‐ da año? Sin duda no diríamos que se trata de in‐ crementos de renta corriente, y que son más ricos al final de este proceso que al comienzo. Pero exactamente así nos comportamos en relación con los recursos naturales.

El PNB es una medida de flujos (monetarios) más que una medida de fondos o stocks. Pero hoy no pode‐ mos seguir asociando las medidas de flujo —en especial cuando hablamos de flujos físicos— con el éxito industrial y económico. El crecimiento ex‐ ponencial de los flujos físicos —producción, con‐ sumo, materias primas, energía, residuos— es una causa de problemas, no un índice del éxito; y los flujos dependen del mantenimiento continua‐ do de los fondos.

“Si tuviéramos en cuenta las reservas finitas y la creciente inaccesibilidad para obtener minerales y combustibles fósiles, así como la capacidad del

14 Daly/ Cobb, Para el bien común, p. 41.

15 Sandra Postel en Ekins/ Hillam/ Hutchison: Riquezas sin límite. El atlas Gaia de la economía verde, p. 43.

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medio ambiente y del ser humano para asimilar el daño que produce la contaminación, redefinirí‐ amos nuestros propósitos económicos teniendo en cuenta los stocks. El éxito no reside en maximi‐ zar el flujo de energía y de materias primas que utilizan los sistemas de producción y consumo. Por el contrario, una economía tiene éxito en la medida en que satisface los niveles de vida que exige la cultura, con una demanda mínima de mi‐ nerales, energía y recursos ambientales”16 • El PNB considera los gastos defensivos(gastos e inver‐

siones realizadas para disminuir o reparar el dete‐ rioro ambiental) como renta generada, lo cual exagera la renta realmente disponible. Si hace falta invertir en depuradoras y filtros descontaminadores para mejorar la deterioradísima calidad de aguas y ai‐ res, ¿somos más ricos al final de este proceso que antes de que aires y aguas fueran envenados? Por el contrario, cambios de comportamiento que son bene‐

ficiosos para la calidad de vida y el medio ambiente re‐

percuten negativamente en los indicadores de renta na‐

cional(más bicicletas y menos coches, mejor aisla‐ miento de los hogares que evita calefacción, etc). • El análisis detallado de la CN en los países indus‐

trializados revela que en general cuanto más dañi‐

na ambientalmente es una actividad económica, mayor es su contribución al crecimiento del PNB. Por ejem‐ plo, analizando el PNB de Holanda, Hueting lle‐ gaba a la conclusión de que el 30% de las activida‐ des generan el 70% del crecimiento, pero son pre‐ cisamente las más nocivas para el medio ambien‐ te: industria petrolífera y petroquímica, metalur‐ gia, agricultura, minería, transporte e infraestruc‐ turas públicas (incluyendo la construcción de ca‐ rreteras)17.

Ahora bien: si en una economía los precios relativos de bienes y servicios están sistemáticamente distor‐ sionados (por ejemplo, por la valoración insuficiente o inexistente de los recursos naturales y de los daños ecológicos), resultará de ello una mala asignación de re‐

cursos y fuerzas productivasque no dejará de tener efec‐ tos negativos en la economía nacional. A tenor de to‐

do lo anterior, parece obvio que estamos valorando mal. Los precios de mercado y los indicadores basa‐ dos en ellos (como el PIB y el PNB) están enviando se‐ ñales económicas erróneas a la sociedad, y deberían ser corregidos... aunque no precisamente en la direc‐ ción en que planea hacerlo el director del INE. Son economistas ecológicos como José Manuel Naredo quienes nos indican el camino que deberíamos seguir:

“La economía ambiental, para aplicar su lógica de coste‐beneficio a los bienes libres que integran ese medio ambiente, tiene que empezar por valorar‐ los, ya sea implantando la propiedad y el merca‐ do sobre ellos o simulando dicho mercado para imputarles valores teóricos apoyados sobre el cál‐ culo de ‘costes de oportunidad’, ‘precios sombra’, ‘valores de contingencia’, etc. Sin embargo, la eco‐ nomía ecológica ha de preocuparse, en primer lu‐ gar, de la naturaleza física de los bienes por gestio‐ nar y la lógica de los sistemas que los envuelven, considerando desde la escasez objetiva y la reno‐ vabilidad de los recursos empleados, hasta la no‐ cividad y el posible reciclaje de los residuos gene‐ rados, a fin de orientar con conocimiento de cau‐ sa el marco institucional para que éste arroje cier‐ tas soluciones y no otras en costes, precios y canti‐ dades de recursos utilizados, de productos obteni‐ dos y de residuos emitidos.”18

16 Christian Leipert: “Los costes sociales del crecimiento económico”, en Federico Aguilera Klink/ Vicent Alcántara (comps.): De la eco‐ nomía ambiental a la economía ecológica(Icaria, Barcelona 1994).

17 Robert Goodland/ Herman Daly/ Salah El Serafy/ Bernd von Droste: Environmentally Sustainable Economic Development: Building on Brundtland(UNESCO, París 1991), p. 52. Hay trad. castellana en ed. Trotta.

18 He aprovechado en este texto algunas partes de mi capítulo II.5 en Ni tribunos –Ideas y materiales para un programa ecosocialista,uno de los libros que Paco Fernández Buey y yo escribimos juntos. Cabe encontrar alguna otra reflexión sobre este tema en el capítulo 3 de

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Introducción

Hasta hace bien poco, cuando se les preguntaba a las per-sonas mayores de los países “desarrollados” si creían que sus hijos e hijas vivirían mejor que ellas, la gran mayoría re-spondía que sí. Desde hace poco, cuando se le pregunta a la gente no tan mayor si cree que sus hijos e hijas vivirán mejor que ellos casi nadie se atreve a decir que sí. Quizá porque em piezan a intuir los daños que la “civilización” está cau-sando al planeta. A pesar de las constantes alabanzas a la tec-nología y al progreso, realizadas sobre todo en los medios de comunicación, existe la sospecha, cada vez más extendida, de que no se puede continuar con este modelo de producción y consumo por mucho tiempo. Comienza a atisbarse la idea de que se están superando límites que nunca tendrían que haberse ignorado ni traspasado.

Las percepciones básicas sobre el deterioro de los ríos, los valles, los pozos, los suelos, las costas, el aire, los bos -ques, los animales, los ecosistemas, chocan con la cele-bración de la tecnología y el desarrollo, creando un sombra de inquietud en los países enriquecidos y un desgarro en los empobrecidos.

Las soluciones que se proponen suelen ser siempre las mismas: construir más infraestructuras, desarrollar tecno lo gías complejas, aumentar la producción, estimular el creci -miento... Con ello tal vez se podrán resolver, según se dice, algunos de los daños. El resultado, sin embargo, es que el de-terioro ecológico crece a una velocidad cada vez mayor.

Quien ha tenido que caminar con barro cada vez que llovía está encantado con el asfalto y verá siempre bien nuevas ampliaciones de la superficie asfaltada, porque hasta hace poco lo que sobraba era tierra. Quien ha tenido que acarrear a sus espaldas leña desde lejos todos los días, está encantado con su camión y verá con complicidad que haya cada vez más camiones acarreando objetos de acá para allá. Quien ha lavado pañales en un lavadero con temperaturas próximas a la congelación estará encantada con la caldera de gas, y no le parecerá mal que esté todo el día encendida.

Las mejoras vividas o percibidas han afianzado los es-quemas (las “gafas”) con las que miramos la realidad. Si

al-go es bueno, pensamos, entonces más de lo mismo será mejor. Desde esta lógica es posible ver con buenos ojos la movilidad creciente, la producción creciente, el consumo cre ciente, el comercio internacional creciente, y por su -puesto el crecimiento continuado.

Pero la Tierra no es creciente sino dinámicamente es-table. Y ya ha enseñado sus límites. Las dificultades para ex-traer petróleo en las mismas cantidades que en el pasado, la fuerte reducción de la biodiversidad, el cambio climático generado por el ser humano, la contaminación de los océanos, la cementación y desertificación de una parte cre-ciente del territorio son signos de los límites de la biosfera.

Desde luego no basta con cambiar las gafas para modificar la realidad, pero unas buenas gafas permitirán otear mejor el horizonte para saber hacia dónde dirigirse y por qué camino.

En el capítulo sexto[que les ofrecemos a continuación] se critica el estrecho, distorsionado e interesado campo de visión de la economía convencional, que sirve

habitual-1.‐ El fragmento de la Introducción y el capítulo elegido, el sexto, corresponden al libroCambiar las gafas para mirar el mundo, de Ecologistas en Acción, que está coordinado por Yayo Herrero, Fernando Cembranos y Marta Pascual, y del que son coautores: Yayo Herrero, Fernando Cembranos, Marta Pascual, Antonio Hernández, Álvaro, Nerea Ramírez, Charo Morán, Beatriz Errea, Águeda Férriz, María González. Agradecemos sinceramente su cesión para nuestra revista, en calidad de primicia, pues aún no ha sido publicado. Gracias a Ecologistas en Acción, a los coordinadores del libro, a los autores, y a nuestro amigo y colaborador Jorge Riechmann, que lo ha facilitado.

CAMBIAR DE GAFAS PARA MIRAR EL MUNDO

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mente de guía para tomar decisiones clave y orientar las políticas de los gobiernos. La economía ecológica ofrece la posibilidad de mirar en un campo más amplio, más relevante para las cuestiones clave (como es la supervivencia) y mejor fundamentado. Para decidir sobre las cosas importantes es más útil poner atención en la biodiversidad, el aire o el sue-lo que en sue-los indicadores de la bolsa de Nueva York.

—‐ —‐ —‐

Capítulo 6

El cambio de paradigma económico

2

La mitología de la economía convencional

La economía convencional ha alcanzado el siglo XXI con la mirada fija en el mundo virtual de los valores monetarios. Ha construido y mantenido su aparente rigor científico y su prestigio como disciplina a pesar de ignorar el funcionamiento del mundo físico del que, sin embargo, depende la supervivencia de las personas y la satisfacción de sus necesidades reales.

La economía convencional, tal como se estudia en las universidades actuales, empezó a construirse co‐ mo disciplina teórica hace más de dos siglos, y hoy en día no cabe duda de que tanto los conceptos que ma‐ neja como los métodos que la articulan se han gestado en las estructuras de los sistemas políticos capitalistas. La economía convencional ha conseguido instaurarse como “doctrina” hegemónica de las políticas econó‐ micas y sociales que regulan tanto las relaciones entre las personas como las de éstas con la naturaleza. En definitiva, decide la manera en que miramos, valora‐ mos y tratamos el mundo que nos rodea.

Al mismo tiempo que la producción y el crecimiento se han convertido en el objetivo último de la econo‐ mía, la propia economía se ha erigido como el objeti‐ vo central de la política general. Todos los asuntos, también los ecológicos y los sociales, son tratados a la luz de las reglas del juego económico.

Cabe entonces preguntarse cómo se ha llegado a construir esta ciencia económica tan alejada de la reali‐ dad material y ecológica, aislada en un mundo de fan‐ tasía ocupado por los valores monetarios y la riqueza virtual (acciones, hipotecas, inversiones de riesgo...)

El dogma económico, radicalmente opuesto al de los procesos y dinámicas que organizan el mundo vi‐ vo, se construyó sobre una serie de mitos fuertemente asentados en el imaginario colectivo occidental.

En primer lugar el mito de la producción desplazó el pensamiento económico desde la adquisición y la distribución de los productos de naturaleza hacia una economía cuyo objeto era producir lo que fuera, cuan‐ to más mejor, sin cuestionar la naturaleza de dichas producciones (da igual producir armas o pimientos, si da beneficios). En segundo lugar la invisibilidad de los efectos negativos de la producción industrial y la difi‐ cultad para ver límites físicos, asentó el mito del creci‐ miento, que consideraba deseable el incremento ilimi‐ tado de la producción y del consumo. Por último el mito del desarrollo equiparaba crecimiento económi‐ co con bienestar y calidad de vida, y prometía su ex‐ tensión a todos los países que aceptasen las reglas del juego de la economía occidental.

La profunda crisis ecológica, económica y financie‐ ra, así cómo las obscenas desigualdades socioeconó‐ micas que hoy vivimos en el mundo, ponen de mani‐ fiesto la necesidad de desembarazarse de la mirada y los dictámenes de la economía neoclásica que rige hoy los destinos de la humanidad.

Los mitos de la producción y del crecimiento

Es a los economistas franceses del siglo XVIII, conoci‐ dos como los Fisiócratas, a quienes debemos el con‐ cepto originario de producción.

La visión económica propia de los Fisiócratas se basaba en el funcionamiento del mundo físico. En aquel momento, se pensaba que en el planeta, minera‐ les, animales y plantas aumentaban de forma continua siguiendo un proceso de generación y crecimiento ili‐ mitado. La Tierra era el motor de la producción. La idea de que los materiales de la corteza terrestre se “re‐ producían” igual que los seres vivos, condujo a los

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Fisiócratas a considerar que el crecimiento económico ligado a la producción podía ser ilimitado, mientras no se degradasen o disminuyesen los bienes fondoque permitían que minerales, plantas y animales continua‐ sen reproduciéndose.

Se instauró así la idea de sistema económico for‐ mado por un conjunto de procesos (producción, con‐ sumo y crecimiento), y se dio paso a desterrar la idea antigua de que la actividad mercantil era un juego de suma cero, en el que sólo era posible que alguien ad‐ quiera riqueza a costa de que otro la perdiera.

A comienzos del siglo XIX, con la economía consti‐ tuida ya como la disciplina encargada de fomentar el crecimiento económico, los descubrimientos de la físi‐ ca y la química se encargaron de desmontar la idea del crecimiento físico perpetuo de los materiales de la biosfera. Esto obligó a que los economistas de la época (los economistas clásicos) aceptaran, aunque fuese de mala gana, la existencia de límites. Para los economis‐ tas clásicos, el aumento perpetuo de la producción y de los consumos de materias y recursos se convirtió en algo imposible a largo plazo si los recursos abióticos no aumentaban.

Paralelamente, los economistas clásicos comenza‐ ron a dar un peso creciente al Trabajo como factor de producción, en detrimento del factor Tierra. Con la preponderancia del Trabajo, la Naturaleza fue per‐ diendo relevancia dentro del sistema económico, a pe‐ sar de que representaba tanto los recursos materiales disponibles, como las funciones que realizan los eco‐ sistemas (producción de la fotosíntesis, regulación del ciclo del agua, dinámica de las cadenas tróficas, etc.)

Pero finalmente serían los economistas de finales del XIX y principios del XX, los economistas neoclási‐ cos, cuyas ideas continúan plenamente vigentes y son dominantes en la actualidad, los que se encargaran de completar el mito de la producción, desvinculándola del mundo material.

El cambio que promueven los economistas neoclá‐ sicos se produce por la convergencia de tres diferentes

fenómenos. En primer lugar, se traslada la idea de sis‐ tema económico (con sus “piezas”: producción, con‐ sumo y crecimiento) al campo del mero valor moneta‐ rio. En segundo lugar se impone la idea de que Tierra y Trabajo son sustituibles por Capital, lo que permite ignorar el mundo físico. En tercer lugar se recorta el concepto de objeto económico. Únicamente merece la consideración de objeto económico el subconjunto de la realidad susceptible de apropiación efectiva por parte de los agentes económicos, que tiene un valor monetario de cambio asociado y puede ser produci‐ ble, es decir, se puede operar sobre él alguna transfor‐ mación que justifica su comercialización.

Por ejemplo, el agua de un manantial al cual se pu‐ diera acceder libremente no sería un objeto económico para los neoclásicos. Sin embargo, si alguien obtiene la concesión del manantial (apropiación), embotella el agua (productibilidad) y la vende en el mercado (valo‐ ración monetaria), el mismo manantial se habría con‐ vertido en un objeto económico. Se da la paradoja de que el agua abundante y limpia no es considerada ri‐ queza, mientras que cuando escasea, se contamina y ha de embotellarse, entonces se contabiliza como ri‐ queza económica.

La transformación en la idea de sistema económico que propugnan y defienden los economistas neoclásicos su‐ pone la reducción de riqueza social al escenario en el que interactúan el valor de cambio, industria y propiedad.

Con los neoclásicos el Capital se convirtió en el factor determinante de la producción y el foco de atención se situó en el incremento permanente de la producción (en realidad extracción). Al no ser valoradas económica‐ mente, las implicaciones sobre el deterioro de la corteza terrestre que iban aparejadas a los aumentos crecientes de la mal denominada producción, quedaban ocultas.

De este modo, el concepto original de producción de los Fisiócratas que permitía incrementar las rique‐ zas que se renuevan sin destruir los bienes fondo que posibilitan esa renovación, se transforma en la extrac‐ ción de materiales que se transforman y se revenden con beneficio.

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El concepto de producción, distorsionado por los eco‐ nomistas neoclásicos respecto al sentido inicial que le dieron los Fisiócratas, cuenta sólo la parte que crea va‐ lor monetario y no cuenta los deterioros que el proce‐ so crea en el entorno físico y social.

El hecho de resaltar sólo la dimensión creadora de valor e ignorar los deterioros y pérdidas de riqueza natural que inevitablemente acompañan a la extrac‐ ción y transformación, justifica el empeño en acrecen‐ tar permanentemente ese valor económico. De este modo se consolida el mito del crecimiento económico como motor de riqueza y bienestar social. Sin creci‐ miento estamos abocados al atraso y a la miseria.

El cambio de metabolismo planetario de la sociedad industrial

Hasta la Revolución Industrial las personas se habían organizado en sociedades que sobrevivían imitando los procesos de la Biosfera.

Vivían aprovechando el trabajo de la fotosíntesis (leña, recolección, caza, agricultura o pesca) y obtení‐ an los materiales que necesitaban para satisfacer sus necesidades de su entorno cercano.

El motor de la vida era la energía solar en todas sus formas (la fotosíntesis, el viento, los saltos de agua, el calor del sol, etc.) Los residuos de cada proceso eran objeto de un uso posterior, de modo que los ciclos de materiales se cerraban en el proceso económico. El des‐ plazamiento de materiales a largas distancia era muy costoso en energía por lo que se trataba de evitar al má‐

ximo. Así, el metabolismo de las sociedades agrícolas se ajustaba, más o menos, a los procesos de la vida.

Los seres humanos abandonaron este funciona‐ miento debido a la disponibilidad de energía fósil. La utilización del carbón inicialmente posibilitó el despe‐ gue de la industria, basada en la extracción y transfor‐ mación de los materiales de la corteza terrestre, así co‐ mo el transporte de materiales, personas y mercancías a larga distancia mediante los medios de transporte motorizados que se desarrollaron a un ritmo vertigi‐ noso.

Con la aparición de la máquina de vapor la especie humana aumentó exponencialmente el consumo de energía fósil y extendió el transporte horizontal tanto de los productos de la fotosíntesis como de los mine‐ rales. Estos últimos se convierten en las materias pri‐ mas esenciales en los procesos de fabricación de má‐ quinas, provocando una espiral de crecimiento basada en el uso de materiales a gran escala, cuyos residuos no son devueltos al estado original, rompiendo con el necesario cierre de los ciclos que garantiza la renova‐ ción de la biosfera.

Se ponen así las bases del actual modelo de pro‐ ducción industrial, basado en la extracción creciente de minerales y energías no renovables, que vierte al entorno cantidades cada vez mayores de residuos no aprovechables.

En la actualidad, los estudios de la economía eco‐ lógica3revelan que la intervención humana sobre la corteza de la Tierra supera en importancia a la de cual‐ quier agente geológico, habiéndose convertido nues‐ tra especie en el principal agente modelador del relie‐ ve de la superficie terrestre.

La sostenibilidad de la agricultura tradicional se mantenía gracias a que las extracciones de minerales del suelo se ajustaban a los ritmos de recuperación, a que los cultivos respetaban las vocaciones productivas de cada suelo y cada clima. Pero hoy las producciones que tradicionalmente han sido renovables, como la agricultura, la pesca y la explotación forestal están de‐ jando de serlo, ya que las técnicas modernas y la inyec‐ ción de energía fósil, agua y fertilizantes han consegui‐ do acelerar los ritmos de producción a costa del dete‐ rioro de los recursos naturales que habían posibilitado el desarrollo de la fotosíntesis4

La irracionalidad del metabolismo económico de la sociedad industrial llega a contabilizar como rique‐ za el propio deterioro ecológico, al sumar en los indi‐

3.‐ Naredo JM y Gutiérrez, L. eds (2006). La incidencia de la especie humana sobre la faz de la tierra (1955‐2005).Universidad de Granada. Fundación César Manrique

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cadores de riqueza (en forma de Renta o Producto Nacional Bruto) los beneficios derivados de paliar la destrucción (aumenta la riqueza al “descontaminar” una playa, invertir en los mercados de carbono o lim‐ piar de ríos)

La celebración del crecimiento económico va a ser‐ vir para ocultar la realidad de los deterioros físicos y sociales, resaltando tan sólo la parte positiva creadora de valor monetario y justificando la necesidad cada vez mayor de hacerlo.

La lógica del crecimiento se extendió entre los paí‐ ses capitalistas. Partiendo de una situación privilegia‐ da gracias a los procesos de colonización, se fueron apropiando de los recursos naturales y minerales ne‐ cesarios para el desarrollo económico industrial, y consiguieron imponer, muchas veces por la vía militar, su ideología de la producción y del crecimiento.

El mito del desarrollo

Como hemos visto, el cambio en el metabolismo de la economía a nivel global tiene importantes repercusio‐ nes sobre los territorios, pero también sobre las socie‐ dades y sobre el bienestar y la felicidad de las perso‐ nas.

En el marco de la globalización económica basada en el crecimiento, el progreso se mide por la capacidad que tiene un país de aplicar políticas que acrecienten la escala de su actividad económica en el mercado, mejoren la eficiencia de la producción, se especialicen y se extiendan. Este concepto de progreso, equiparado a crecimiento económico, se encuentra en la base de lo que se conoce como desarrollo.

Tal y como señala Naredo (2006), el término des‐ arrollo se aplicó inicialmente en el campo de la biolo‐ gía. Darwin lo utilizó en 1759 para denominar el pro‐ ceso de evolución que experimentan animales y plan‐ tas desde su nacimiento hasta que alcanzan su madu‐ rez.

A finales del siglo XVIII el uso del término se comenzó a transferir al campo sociocultural, equiparándolo a la idea de progreso. La palabra progreso daba carta de le‐ gitimidad moral a ciertas tendencias de la evolución so‐ ciocultural. Se consideró que todas las sociedades evo‐ lucionaban de una forma lineal de unos estadios de ma‐ yor atraso‐caza y recolección o ausencia de propiedad privada‐ hacia nuevas etapas más avanzadasy raciona‐ les ‐civilización industrial o economía de mercado‐ y que en esta evolución, tan inexorable y universal como las leyes de la mecánica, las sociedades europeas se en‐ contraban en el punto más evolucionado.

Al concebir la historia de los pueblos como un ca‐ mino que transitaba del salvajismo y la barbarie hasta la civilización, los europeos, guiados por la convicción etnocéntrica de constituir la civilización por excelencia, expoliaron los recursos de los territorios colonizados para alimentar su sistema económico. Sometieron me‐ diante el dominio cultural y la violencia (posible gra‐ cias a la tecnología militar) a los pueblos colonizados, a los que se consideraba “salvajes” por su estado cer‐ cano a la naturaleza.

Fue un presidente de los Estados Unidos, Truman, quien empleó por primera vez la palabra desarrollo para referirse a la situación que ocupaban los países en relación al crecimiento económico. Después de la 2ª Guerra Mundial, en 1949, Truman anunciaba un pro‐ grama internacional de desarrolloque iba a contribuir a la mejora y crecimiento económico de las áreas subde‐

sarrolladas.

Por primera vez se calificaba como desarrollados a los países que habían abrazado la fe en el crecimiento económico y, por el contrario, subdesarrollados al res‐ to de los estados. De pronto miles de millones de per‐ sonas se convertían en subdesarrolladas (con la carga peyorativa que el término supone) y dejaban de ser pueblos diversos, con otras lógicas económicas, para convertirse en el contrario de los otros que se autode‐ nominaban desarrollados.

La ignorancia de los límites físicos del planeta per‐ mite que una buena parte de las teorías del desarrollo propongan políticas que lo promueven. Se aconsejan o imponen a los países empobrecidos medidas para que sigan la senda de los países ya desarrollados, llegando a denominarles en ciertos casos, cuando algunos de sus indicadores económicos crecen, países en vías de desarrollo.

Sin embargo, esta vía es una vía muerta. Cada vez es más evidente la imposibilidad de que el conjunto de la población mundial pueda seguir los estilos de vida y so‐ breconsumo de los países enriquecidos, ya que las exi‐ gencias en recursos o territorio y la generación de resi‐ duos desbordarían las posibilidades físicas del planeta.

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ble a costa de la pobreza (de acceso y disponibilidad de recursos) de otros.

Un país desarrollado es aquel que compra materias primas baratas o alimentos, realiza fundamentalmen‐ te tareas de comercialización y venta que tienen poco impacto en sus territorios, atrae capital y mano de obra y tiene reglas comerciales y financieras que le protegen.

Para que ese país desarrollado exista, obviamente otros países deben estar dispuestos a vender los pro‐ ductos de extracción o los alimentos baratos, tienen que operar reglas comerciales y financieras que les obliguen a vender en estas condiciones y deben expor‐ tar capital y mano de obra. Es decir, el subdesarrollo no es más que la expresión del desarrollo en los países empobrecidos.

La situación privilegiada de los países ricos pone de relieve un modelo de dominación que se sustenta en mecanismos económicos que les otorgan capacidad de compra de recursos y uso de sumideros (para la ab‐ sorción de residuos). Favorecidos por el abaratamien‐ to del transporte y las comunicaciones, la relación de desequilibrio económico ha desembocado en la explo‐ tación económica de países abastecedores de produc‐ tos primarios (subdesarrollados) por parte de otros que estratégicamente se han especializado en la etapas finales de transformación y comercialización (desarro‐ llados).

La capacidad de compra infinitamente superior de los países desarrollados, gracias a unas reglas de jue‐ go económico que manejan a su voluntad, y fruto de los condicionantes ideológicos e institucionales im‐ puestos por sus elites, ha crecido mucho durante las últimas décadas gracias a las dinámicas del mundo fi‐ nanciero.

El dinero ha servido para establecer una relación de desigualdad económica entre países y generar un modelo de desarrollo basado en la extracción y apro‐ piación de los recursos no renovables de la corteza te‐ rrestre. El sistema financiero ha ido más lejos convir‐ tiéndose en una nueva fuente de desigualdad que otorga capacidad de compra a empresas transnaciona‐ les cada vez más ajenas a los Estados. Estas empresas, a base de emitir títulos y acciones aceptados como mo‐ neda de cambio, se apoderan de las materias primas y la mano de obra para acrecentar las desigualdades so‐ ciales y perpetuar el modelo de desarrollo.

El desarrollo crece a costa de agotar los recursos natu‐ rales (finitos) y generar residuos no aprovechables. Su resultado es la aceleración de la degradación ecológica y ambiental del planeta y la desigualdad social.

La crítica ecológica a la teoría económica convencional

Desde la perspectiva ecológica las principales críticas a la teoría económica tienen que ver con su divorcio del mundo físico, con su reducción al ámbito de lo mo‐ netario y con la ética de sus fines, ya que el beneficio económico no es equitativo ni bueno para todas las personas, y el crecimiento económico no es inocente en la generación de deterioro ecológico y social.

La economía convencional esquiva una de las leyes físicas más elementales, la de la entropía, según la cual cualquier actividad de transformación de energía o materiales lleva asociada una pérdida incondicional de recursos no aprovechables que quedan irreversi‐ blemente inutilizados para su uso posterior.

La ley de la entropía pone de relieve las limitacio‐ nes de la economía convencional a la hora de dar una solución ecológica, entre otros, al problema de los re‐ siduos. Los residuos son parte de cualquier actividad económica, por lo que requieren una especial aten‐ ción, sobre todo en las culturas que se rodean de gran cantidad de objetos y consumen mucha energía. Se producen durante la extracción de las materias pri‐ mas, la producción agraria, la transformación de bien‐ es intermedios en productos finales, y durante el con‐ sumo final de éstos. Representan un enorme peligro para el medio ambiente, la salud y las generaciones fu‐ turas (como es el caso de los residuos radiactivos pro‐ pios de la generación energética nuclear). Por ser ge‐ nerados en cantidades superiores a la capacidad de asimilación de los ecosistemas, los residuos suponen uno de los principales problemas de las sociedades in‐ dustrializadas, hasta el punto de que muchos países exportan millones de toneladas de residuos anual‐ mente a países empobrecidos, aprovechándose de unos tratados comerciales injustos y de la complicidad de gobiernos corruptos .

Lejos de entender la acumulación creciente de resi‐ duos como un problema insalvable, estrictamente de‐ pendiente del volumen de materiales y energía utiliza‐ dos, el imaginario económico otorga a la tecnología y al reciclado la capacidad de resolver el problema, rein‐ troduciendo perpetuamente los residuos en forma de insumos.

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Con esto se promueve la utilización descontrolada de los recursos naturales, hasta el punto de que hemos que sobrepasado la tasa de regeneración de recursos natura‐ les hace tiempo, y hemos pasado a saquear los bienes fondo, es decir, aquellos bienes que suponen una reser‐ va permanente de recursos a largo plazo (como los bos‐ ques, los bancos de peces o las reservas minerales).

Las mejoras tecnológicas y el reciclaje de materia‐ les ayudan a reducir el ritmo de utilización de los re‐ cursos, pero al crecer la extracción, transformación y consumo de forma constante, esos pequeños ahorros no tienen efecto a nivel global. En muchas ocasiones son utilizados para desviar la atención del agotamien‐ to de los recursos básicos.

La clave está en no sobrepasar la capacidad de los ecosistemas para absorber los residuos y la de la bios‐ fera para reponer los recursos. Así por ejemplo, en tér‐ minos energéticos, la tasa de utilización de las energí‐ as fósiles (formadas durante millones de años y consu‐ midas en dos siglos) debe ser aquella que permita ir sustituyéndolas por energías renovables.

Otro aspecto muy cuestionable de la economía convencional es el del reduccionismo monetario. En la economía al uso para que algo exista debe poder ser traducido a términos monetarios, es decir, debe tener un precio. De esto se deriva que ante un planeta cada día más deteriorado la economía convencional pro‐ ponga tratar el daño ambiental de forma homogénea, principalmente como externalidades.

Una externalidadnegativa de una actividad es un efecto no deseado, para el cual no existe un mercado. Ejemplos de externalidades conocidas son la contami‐ nación del aire y el ruido provocados por el tráfico ur‐ bano, la contaminación de los ríos por las actividades industriales o la sobresalinización de las costas a cau‐ sa de las desaladoras.

La “operativa de funcionamiento de la externali‐ dad” es la siguiente: una vez definida la externalidad se aplican técnicas para calcular el valor monetario del daño causado, que se calcula según lo que habría que pagar para compensar a los afectados, arreglar lo es‐ tropeado o regresar a la situación anterior, dando por supuesto que esto es posible.

Atribuir una valoración monetaria que sea convin‐ cente no es tarea fácil, y a menudo imposible (¿es po‐ sible contabilizar con dinero la calidad del aire?). Algunos economistas (los más liberales) proponen asignar derechos de propiedad sobre los recursos y los servicios ambientales y dejar que sean el mercado y los precios quienes regulen el nivel óptimo de contamina‐ ción. Pero, ¿es posible saber cuánto dinero vale la fun‐

ción de sumidero de CO2 que realizan los bosques tro‐ picales? ¿Es posible apropiarse de la protección que nos da la capa de ozono? ¿Cómo se valora la tempera‐ tura de equilibrio de la biosfera? Lo que se pone aquí en evidencia es el problema de inconmensurabilidad de muchos aspectos de la realidad que la economía ne‐ oclásica olvida, ya que los valores y procesos ambien‐ tales no pueden traducirse a precios del mercado. No encajan en los códigos del capital.

La economía convencional introduce ciertos bienes y servicios en el mercado y deja, intencionadamente, otros fuera. De esta forma realiza dos funciones bási‐ cas contrarias a la sostenibilidad. Por un lado atribuye valor a los recursos que están dentro de la esfera eco‐ nómica y se lo quita a los que quedan fuera. Por el otro, condiciona la satisfacción de las necesidades a la exis‐ tencia de mercados, equiparando mercado con rique‐ za. Si no tiene precio se puede deteriorar sin problema, hasta que su escasez haga necesario que lo tenga. En ese momento generará beneficios y aumentará la ri‐ queza. Algunos ejemplos de recursos naturales y ser‐ vicios ambientales privatizados por el mercado son el del agua embotellada, la información genética o el ac‐ ceso al aire limpio.

Esta forma de funcionar deja sin valor a servicios ambientales y sociales que, en muchos casos, hacen posible el mantenimiento de la vida y que son clave en la búsqueda de la sostenibilidad. El proceso reduccio‐ nista de mercantilización de la vida ha favorecido el ocultar “los trabajos no mercantilizados que realizan las mujeres y los servicios “gratuitos” que presta la na‐ turaleza”6.

Otro rasgo característico de este funcionamiento económico consiste en el convencimiento generalizado

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de que cuanto más mejor, y que los individuos (perso‐ nas que consumen) prefieren siempre más a menos. Para consumir más hay que producir más, de manera que, al menos en términos monetarios, el tamaño de la economía tenderá a hacerse cada vez mayor.

La confusión entre la producción y la simple extracción.

A diferencia de la verdadera producción que tiene lu‐ gar en los sistemas naturales a través de la fotosíntesis, donde se transforma la energía del sol, el agua y los minerales en materia (biomasa), la mal denominada “producción” económica consiste en realidad en la ex‐ tracción de materiales a base de arrancarlos de la tie‐ rra (carbón, hierro, etc.) y prepararlos para ser intro‐ ducidos en el mercado. El hecho de llamar comun‐ mente producción de petróleoa lo que realmente debería llamarse extracción de petróleoes un ejemplo de esta confusión.

Interpretar la extracción (resta) como producción (suma) nos permite creer que se crean nuevos bienes y riqueza, cuando en realidad lo que sucede es que se acelera el ritmo de saqueo de los recursos que la natu‐ raleza guardaba en la despensa. Esta suplantación de términos es útil a la economía ordinaria, pero es evi‐ dente que cualquier comunidad de seres vivos que trate de crecer en sus consumos a costa de reducir la base natural que los sostienen está condenada a des‐ aparecer.

El sistema económico convencional calcula cuánto cuesta producir, por ejemplo un exprimelimones, con‐ tabilizando los costes de extracción de materiales que se necesitan y la mano de obra que va a intervenir en la fabricación. Sin embargo no incluye en sus cuentas lo que costaría reponer los materiales que se han extra‐ ído (costes de reposición), como si la fabricación del objeto no se realizara a costa de la merma de los bien‐ es fondo. Al ignorar estos costes de reposición se invi‐ sibiliza el proceso de degradación de los materiales de la corteza terrestre. De este modo se oculta la urgente

necesidad de detener el saqueo de materiales y el co‐ lapso de los sumideros de residuos, ambos fruto del llamado proceso productivo.

La economía convencional suma como riqueza cualquier actividad generadora de valor económico y llega a contabilizar como producción (riqueza) lo que significa deterioro.Las tareas de limpiezadel bosque quemado o el derribo de un rascacielos se contabilizan en positivo, engordando las cifras las cuentas naciona‐ les.

Al considerar la extracción de materiales no reno‐ vables como producción y al contabilizar de forma ab‐ surda lo que se gasta en reparar el deterioro ecológico como riqueza, se contribuye a crear el mito del creci‐ miento, un mito muy extendido que equipara creci‐ miento económico a bienestar y desarrollo, obviando que este crecimiento ‐basado en la extracción y gene‐ ración de residuos‐ se convierte en generador de des‐ trucción ecológica.

La falacia del capital natural

En los años 60, y principalmente los 70 con la publica‐ ción de Informe Meadows, o la de “La ley de la entro‐ pía y el proceso económico” de Nicholas Georgescu‐ Roegen, se demuestra la imposibilidad de mantener un sistema basado en la extracción creciente de mate‐ riales en un planeta que, por el contrario, tiene límites.

Esta crítica a la economía convencional posibilitó el desarrollo del pensamiento ecologista y la generación de propuestas que permitían conciliar la ciencia eco‐ nómica y las ciencias de la naturaleza.

Sin embargo, las fuerzas económicas interesadas en perpetuar la lógica del crecimiento continúan tra‐ tando de imponer el concepto del desarrollo, median‐ te la estratagema de añadir adjetivos como verde o sostenible, sin variar sustancialmente la dinámica y velocidad de extracción o la forma de contabilizar los flujos físicos de los materiales.

Para la economía neoclásica el Capital es el factor de producción limitante en la generación de bienes y servicios, y no la Tierra y el Trabajo. Los economistas consolidaron la extraña y acientífica creencia de que el gasto de los recursos naturales (Tierra) puede ser com‐ pensado por capital y resuelto con tecnología.

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