LA DIMENSIÓN TEOLOGAL DEL HOMBRE

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A RESPUESTA NEGATIVA DEL HOMBRE A LA LLAMADA DE

D

IOS (Corresponde a la UNIDAD III del cuadernillo Visión Cristiana del Hombre) 1. INTRODUCCION

Todos los hombres, sin excepción, estamos llamados al REINO, a participar de la vida y de la felicidad misma de Dios que nos ama infinitamente y que para eso nos ha creado. Este es su PROYECTO; nadie está destinado a un fin puramente natural. Pero, nuestra vocación sobrenatural sólo la comprendemos en su magnitud cuando nos la enseña Cristo, “luz del mundo”.

Desde un principio el hombre fue llamado a una “existencia-en-relación

sobrenatural-con Dios”, fue llamado al diálogo, a la comunión. Pero una cosa es ser llamada y otra ser

manipulado. Dios nos trata tal como nos ha creado, como seres libres y no como robots. Nos invitó y nos capacitó para responderle como personas libres y responsables de conducirnos como hijos suyos, convidados a participar de su vida íntima. El hombre, por su libertad, pudo responder con un “no” a la invitación que Dios le hizo. En eso consistió el PECADO.

2. ESTADO DE SANTIDAD Y JUSTICIA ORIGINALES

Dios, infinitamente bueno, desde el seno de la Trinidad quiso difundir su propio ser. El bien, es difusivo de sí mismo y cuánto más el Sumo Bien. Así es como Dios creó todas cosas buenas, pero en especial a aquel que hizo a su imagen y semejanza: el ser humano.

La revelación nos da a conocer el estado de santidad y de justicia originales del hombre y la mujer antes del pecado: de su amistad con Dios nacía la felicidad de su existencia en el paraíso. (CEC 384)

Dios irradió su vida divina en la persona humana. Le dio SANTIDAD en el origen, es decir, los hizo partícipes de su misma vida divina. “La Iglesia, interpretando de manera auténtica el simbolismo del lenguaje bíblico a la luz del Nuevo Testamento y de la Tradición, enseña que nuestros primeros padres, Adán y Eva, fueron constituidos en un estado de “santidad y de justicia original”. Esta gracia de la santidad original era una “participación de la vida divina” (LG 2)” (CEC 375).

“La armonía interior de la persona humana, la armonía entre el hombre y la mujer, y por último, la armonía entre la primera pareja y toda la creación constituía el estado llamado “JUSTICIA original”. Nuestros primeros padres eran justos; el ser justo consiste precisamente en darle al otro lo que le corresponde, lo que requiere por su naturaleza, por ser quién es. Por su amistad con Dios, el hombre gozaba de una gran armonía en todas sus vinculaciones, ejercitando la justicia.

El hombre estaba íntegro y ordenado en todo su ser. El ser humano originalmente gozaba de

la amistad con Dios, y poseía dominio sobre Sí mismo

Su libertad no se inclinaba al desorden de lo que llamamos la triple concupiscencia:

- sometimiento a los placeres de los sentidos - apetencia de los bienes terrenos

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el designio amoroso de Dios sobre él.

3. EL PECADO ORIGINAL

Nadie mejor que Dios conoce lo que es bueno para el hombre, lo que lo hace más persona, más humano, porque Dios es su Creador. Dios es el único que puede darnos las reglas que nos permitirán tener una vida feliz. Él sabe cómo nos hizo y qué es lo más acorde para vivir en armonía con nosotros mismos, con los demás, con las cosas creadas y con El mismo. Es por eso que conviene que Dios nos enseñe lo que está bien hacer y lo que está mal. El libre sometimiento a estas leyes morales es lo único que garantiza al ser humano su realización plena.

“El árbol del conocimiento del bien y del mal” evoca simbólicamente el límite infranqueable que el hombre en cuanto criatura debe reconocer libremente y respetar con confianza. El hombre depende del Creador, está sometido a las leyes de la Creación y a las normas morales que regulan el uso de la libertad.” (CEC 396)

“El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre. En adelante, todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad.” (CEC 397)

El diablo es llamado “el padre de la mentira”. Logró engañar a nuestros primeros padres haciéndoles dudar de Dios. Con la expresión “seréis como dioses” (Gn 3,5), que era totalmente falsa ya que jamás la criatura puede ser igual al Creador, sedujo a Adán y Eva. Ellos desconfiaron del infinito amor de Dios hacia ellos y confiaron en su propio juicio. “En este pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en lugar de Dios, y por ello despreció a Dios: hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y, por tanto, contra su propio bien.” (CEC 398)

Consecuencias dramáticas:

- Pierde la santidad original, la participación en la misma vida de Dios y en vez de ser su amigo, comienza a tenerle miedo (Gn 3,9-10). Se basa en una falsa imagen de Dios, la que le sugirió el demonio, como si su Padre y Amigo en vez de ser su Creador amante, fuera un Dios celoso de sus prerrogativas.

- Pierde la justicia original, y ya no es justo en sus vinculaciones. La armonía original queda destruida, “el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra; la unión entre el hombre y la mujer es sometida a tensiones; sus relaciones estarán marcadas por el deseo y el dominio. La armonía con la creación se rompe; la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil.” (CEC 400)

Como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado (inclinación llamada “concupiscencia”) (CEC 418)

La Biblia y la Tradición de la Iglesia nos recuerdan reiteradamente (Caín y Abel, la trayectoria de infidelidades del Pueblo de Israel) la presencia y la universalidad del pecado

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4. EL PECADO ORIGINAL Y LA HUMANIDAD

“Por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores” (Rm 5,19). Todos los seres humanos estamos implicados en el pecado de nuestros primeros padres. “Por la “unidad del género humano”, todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como todos están implicados en la justicia de Cristo (Rm 5,12). Sin embargo, la transmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente. Por eso, el pecado original es llamado “pecado” de manera análoga: es un pecado “contraído”, “no cometido”, un estado y no un acto”. (CEC 404)

Aunque es propio de cada uno, el pecado original - con el que todos nacemos - no es una falta personal: es la privación de la santidad y la justicia originales. Lo que nos enseña la revelación, si bien es un misterio, coincide con nuestra experiencia personal. Cuando somos sinceros con nosotros mismos y nos examinamos en lo íntimo de nuestra conciencia, descubrimos una inclinación al mal y reconocemos que nuestro corazón suele estar inmerso en muchos males que no pueden proceder de su Creador, que es infinitamente bueno.

“Siguiendo a san Pablo, la Iglesia ha enseñado siempre que la inmensa miseria que oprime a los hombres y su inclinación al mal y a la muerte no son comprensibles sin su conexión con el pecado de Adán y con el hecho de que nos ha transmitido un pecado con el que todos nacemos afectados y que es “muerte del alma”. Por esta certeza de fe, la Iglesia concede el Bautismo para la remisión de los pecados incluso a los niños que no han cometido pecado personal.” (CEC 403)

Adán y Eva transmitieron a su descendencia la naturaleza humana herida por su primer pecado, privada por tanto de la santidad y la justicia originales, que habían

recibido de Dios no solamente para ellos, sino también para todos los seres humanos. Esta privación es llamada “pecado original”.

En dos ocasiones principales la Iglesia a lo largo de la historia, tuvo que precisar la doctrina sobre el pecado original:

- La primera fue cuando San Agustín aclara la necesidad de recibir de parte de Dios la gracia para santificarnos, frente a Pelagio, quien sostenía que el hombre solo por la fuerza natural de su libre voluntad, podía llevar una vida moralmente buena (reducía el pecado original a un “mal ejemplo” de Adán).

- La segunda, cuando los reformadores protestantes, precisamente por insistir en que la gracia nos salva, enseñaban que el hombre estaba radicalmente pervertido y su libertad había quedado anulado por el pecado original; frente a esta posición, la Iglesia reivindica la naturaleza humana herida pero no destruida por el pecado original y que debe ser sanada y elevada por la gracia de Cristo, para ir paulatinamente superando la inclinación al mal o concupiscencia.

Reconocer las consecuencias del pecado original es de suma importancia para proceder correctamente en la educación de niños y jóvenes, en nuestra autoeducación como adultos, en las cuestiones políticas y sociales1, y en nuestras costumbres. Sobre nosotros

influye también el “pecado del mundo” (Jn 1,29), expresión que significa la influencia

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“A través de toda la historia se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día según dice el Señor” (LG 37, 2).

“El hombre, al pecar, crea ‘situaciones de pecado’ que, a su vez, hacen pecar al hombre”

El “pecado estructural” coincide con el “pecado del mundo” o “pecado de la

humanidad” (Jn 1,29), contrario al Reino de Dios y su justicia, del cual son víctimas los

hombres. Jesús vino a desenmascararlo y a cargar con él, pero a costa de su pasión; Él nos dio la posibilidad de separarnos del “pecado del mundo”, pero pagando el mismo precio.

El pecado se estructura como ideología y como mentira social, como seducción implantada o escándalo, como sistema injusto creador de pobreza y marginación, y en mil otras formas; perdura a lo largo del tiempo, encarnándose en forma progresiva en la historia global de la humanidad.

Pero el pecado no tiene la última palabra.

Ya en el libro del Génesis 3,15 resuena una “buena noticia”. La vida, se nos dice allí, es una lucha entre el enemigo del hombre y la descendencia de la mujer: ésta acabará por vencer. Dios, que se había “arrepentido” de haber creado al hombre (Gn 6,6), en el cap. 12 lo vemos eligiendo a Abraham: se forma un pueblo en el que nacerá el Salvador.

Ese pasaje del Génesis se denomina “protoevangelio” por ser el primer anuncio del Mesías como Redentor del hombre, dónde y se hace referencia a una lucha entre el diablo y la Mujer (forma algo velada de presentar a María, la madre de Jesús), en la que triunfará el Descendiente de Ella. Esta es una interpretación de muchos Padres y doctores de la Iglesia, que la consideran a María como la “nueva Eva”.

SAN PABLO, en Rm 5,12-21, quiere mostrar que

– a la universalidad de la perdición sin Cristo, por la ”fuerza del pecado” que irrumpió en el mundo debido a las fallas históricas del hombre,

– corresponde la universalidad de la salvación por Cristo (”No hay otro nombre por el que seamos salvos más que el nombre de Jesús”. Hch 4,12).

Y respecto al por qué Dios no impidió que el primer hombre pecara, santo Tomás de Aquino nos enseña: “Nada se opone a que la naturaleza humana haya sido destinada a un fin más alto después del pecado. Dios, en efecto, permite que los males se hagan para sacar de ellos un mayor bien. De ahí las palabras de san Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Y el canto del Exultet en la celebración de la Vigilia Pascual: “¡Oh feliz culpa que mereció tal y tan grande Redentor!” (CEC 412).

BIBLIOGRAFÍA

Catecismo de la Iglesia Católica (CEC) 385-421

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EXHORTACIÓN APOSTÓLICA

GAUDETE ET EXSULTATE

SOBRE EL LLAMADO A LA SANTIDADEN EL MUNDO ACTUAL

Número 15. Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja

que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida (cf. Gal 5,22-23). Cuando sientas la tentación de enredarte en tu debilidad, levanta los ojos al Crucificado y dile: «Señor, yo soy un pobrecillo, pero tú puedes realizar el milagro de hacerme un poco mejor». En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad. El Señor la ha llenado de dones con la Palabra, los sacramentos, los santuarios, la vida de las comunidades, el testimonio de sus santos, y una múltiple belleza que procede del amor del Señor, «como novia que se adorna con sus joyas» (Is 61,10).

Número 16. Esta santidad a la que el Señor te llama irá creciendo con pequeños gestos… Número 17. A veces la vida presenta desafíos mayores y a través de ellos el Señor nos

invita a nuevas conversiones que permiten que su gracia se manifieste mejor en nuestra existencia «para que participemos de su santidad» (Hb 12,10).

Número 18. Así, bajo el impulso de la gracia divina, con muchos gestos vamos construyendo

esa figura de santidad que Dios quería, pero no como seres autosuficientes sino «como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» (1P 4,10). Bien nos enseñaron los Obispos de Nueva Zelanda que es posible amar con el amor incondicional del Señor, porque el Resucitado comparte su vida poderosa con nuestras frágiles vidas: «Su amor no tiene límites y una vez dado nunca se echó atrás. Fue incondicional y permaneció fiel. Amar así no es fácil porque muchas veces somos tan débiles. Pero precisamente para tratar de amar como Cristo nos amó, Cristo comparte su propia vida resucitada con nosotros. De esta manera, nuestras vidas demuestran su poder en acción, incluso en medio de la debilidad humana».

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