DIÓCESIS
DE
CÁDIZ Y CEUTA
Del Obispo Diocesano
PASTORALES
JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
Si quieres promover la paz, protege la creación
Mis queridos diocesanos:Desde que el Papa Pablo VI creara la Jornada Mundial de la Paz, todos los años, el día 1 de enero, la Iglesia proclama su mensaje de reconciliación uni-versal y lanza un grito suplicante por la paz y la justicia entre todos los hombres y los pueblos.
1. Si quieres promover la paz, protege la creación
El Papa Benedicto XVI ha propuesto como lema para este próximo 1 de enero de 2010: Si quieres promover la paz, protege la creación, como querien-do indicar que no pongamos límites, que no alcemos muros que estrechen y encierren ese clamor por la paz.
Recordemos que hacia los años 70 la humanidad tomó conciencia, con sor-presa y angustia, del deterioro masivo de la naturaleza. El respeto a lo que ha sido creado tiene gran importancia, puesto que la creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 198). El Papa Benedicto insiste, en que es indispensable que la humanidad renueve y refuerce esa alianza entre ser humano y medio ambiente que ha de ser reflejo
del amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual caminamos
(Mensaje del Papa Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz 2008, n. 7).
Sin entrar en la cuestión de soluciones técnicas específicas, la Iglesia experta en humanidad se preocupa de llamar la atención con energía sobre la relación entre
el Creador, el ser humano y la creación (Mensaje del Papa Benedicto XVI para la
Jornada Mundial de la Paz 2009, n. 4). 2. Crisis ecológica sin precedentes
Considero que vivimos una crisis ecológica sin precedentes que, afectando al mundo entero, pone en peligro la misma supervivencia humana. La magnitud de los riesgos apela a nuestro sentido moral y a nuestra visión cristiana de la vida y del mundo. Y no es casual esta llamada de atención sobre los problemas eco-lógicos en una Jornada de la Paz, puesto que los problemas de la pobreza y de la injusticia mundiales y la búsqueda de la paz, están íntimamente relacionadas con la destrucción de la naturaleza. En 1990, el Papa Juan Pablo II habló de cri-sis ecológica y destacando que ésta tiene un carácter predominantemente ético, hizo notar la urgente necesidad de una nueva solidaridad (Mensaje del Papa Juan Pablo II para la Jornada Mundial de la Paz 1990, n. 10).
3. Experiencia cercana
El deterioro, a veces irreversible, que está sufriendo la naturaleza, está afec-tando ya a nuestra misma vida cotidiana, habiéndose despertado la preocupa-ción por los productos que consumimos, a veces, adulterados, a veces tratados químicamente; la contaminación de nuestros pueblos y ciudades: los colapsos de tráfico, ruidos, humos...; nuestras mismas condiciones de vida cada vez más artificiales, más homogeneizadas...; la degradación de la naturaleza que alcan-za la intimidad del hogar y los comportamientos cotidianos.
La inquietud en la sociedad actual se acrecienta cada vez más. El fenómeno de la desertización, la desaparición por intervención humana de especies vege-tales y animales, los residuos radioactivos o químicos, la seguridad en las cen-trales de energía nuclear, la muerte de los mares, la contaminación de nuestras aguas... Todo ello va encontrando eco en la opinión pública, naciendo poco a poco una nueva sensibilidad entre nosotros.
4. Sus causas
¿Qué hay detrás de todo esto? Estamos ante un sistema complejo de inter-vención en la naturaleza y de expansión sin límites de la acción humana. Todavía tenemos un conocimiento escaso de este sistema y sus secuelas des-tructivas. Y, en muchos ámbitos, se infravalora la importancia de sus efectos. El proceso general de destrucción natural está relacionado con los medios y posi-bilidad de intervención por la ciencia y las tecnologías que inciden agresiva-mente y sin adaptación a los ecosistemas.
Pero los progresos científicos y tecnológicos están estrechamente vinculados a los procesos económicos y a sus modelos de desarrollo, para los que la natu-raleza es un conjunto de recursos sin fin que ahí están para explotarlos.
En sus niveles profundos, la crisis ecológica está vinculada a los problemas de pobreza e injusticia internacional y a las cuestiones de la guerra y la paz. La crisis ecológica es una crisis moral y, en no menos medida, una crisis en la visión última del mundo y de las cosas.
5. Dios, fuente del mundo y de la vida
La fuente del mundo y de la vida es Dios. Él es el comienzo y el fin. Su amor infinito hizo brotar el mundo y la vida cuyo ministerio y destino es el amor.
En la narración bíblica de la creación encontramos ya la mirada bondadosa de Dios al contemplar todo lo creado: Vio Dios cuanto había hecho y todo era
muy bueno (Gn 1, 31). Quien cree en Dios, confirma la bondad de la
naturale-za, que no deja de expresar y cantar su gloria (cf. Sal 104; GS 36). 6. La tierra no es propiedad del hombre
En la tradición bíblica la mirada humana ávida de posesión y de dominio es una perversión del orden creado. La tierra, el aire, el sol..., que nos envuelven y
alimentan, no son propiedad nuestra. La tierra no es propiedad del hombre, la tierra es de Dios: Del Señor es la tierra y cuanto hay en ella (Sal 24, 1).
Es cierto que está al servicio del hombre, que recibe la encomienda de some-terla (cf. Gn 1, 28), pero no como el que domina y maltrata, sino como aquel que cuida y guarda su mundo que es de Dios: Tomó, pues, el Señor Dios al
hom-bre y le dejó en el jardín del Edén, para que lo labrara y cuidara (Gn 2, 15). El
hombre no es el dueño de la naturaleza, sino el colaborador de Dios en la obra de la creación.
7. La tierra al servicio de todos los hombres
Por ello la tierra está al servicio de todos los hombres. Es una herencia común: Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos (...) jamás debe perderse de vista el destino universal de los bienes (GS 69). Una tierra de todos, cuyo respeto es garantía del equilibrio y desenvolvimiento humanos... Con la caída del pecado el hombre pierde la paz, la justicia y rompe su relación armónica con la creación.
7.1. Promesa de Paz
La ruptura del hombre no quebró la fidelidad de Dios que fue renovando sucesivamente la Alianza. A lo largo de la historia de la salvación, va llegando la promesa de una paz eterna: Paz con Dios, Paz entre los hombres, Paz con la creación. Una paz que no tendrá fin, fundada sobre la equidad y la justicia (cf. Is 9, 6). La justicia y la paz se abrazarán. Y en esa nueva reconciliación entre los hombres y Dios, la tierra cambiará también su rostro, florecerá el desierto y la tierra árida (cf. Is 35).
7.2. Jesucristo nuestra Paz
Jesucristo es nuestra Paz. La bondad y la belleza de la creación heridas, son restauradas por Cristo. Así esperamos el cumplimiento de la promesa: He aquí
que hago nuevas todas las cosas (Ap 21, 5). Entre tanto la obra de la creación continúa a la espera de ser liberada de la servidumbre de la corrupción (Rm 8,
21) y gime hasta el presente y sufre dolores de parto (Rm 8, 22) en espera de la salvación.
8. Cambios de actitudes
La tarea de los creyentes es preparar los cielos nuevos y la tierra nueva por su acción (cf. Ap 21,1; GS 39). Para ello:
Hay que reencontrar un sentido austero de la vida que evite el consumismo y el despilfarro. Un sentido gratuito de la vida humana que eluda el imperio de lo económico y el interés. Un sentido contemplativo que goce de la belleza de la naturaleza. Un sentido solidario que comparta los bienes que son de todos. Un sentido natural de la vida que evite las innecesarias artificiosidades en que se nos introduce. Un sentido creyente que mire el mundo como un don que, en último término, solo a Dios pertenece y a Él hay que devolver para su gloria. 9. Nuestra responsabilidad
La acción ecológica tiene una dimensión planetaria y solo a escala interna-cional podrá resolverse. Y en ese nuevo orden ecológico internainterna-cional hay algu-nos medios que son inaplazables.
1. Frente al despilfarro de energía, se requieren políticas energéticas más efi-caces y más ahorrativas; y un control sobre las fuentes de energías fósiles y ampliación del uso de energías renovables.
2. Medidas ante los riesgos sociales, técnicos, económicos y militares de las centrales nucleares; control sobre los residuos radioactivos y químicos. 3. Salvaguarda y protección del bosque tropical y de las especies vegetales y
animales. Lucha contra la desertización de amplias zonas del planeta y ayuda económica a los países del tercer mundo.
10. Nuestra colaboración
¿Qué podemos hacer por nuestra parte? Todos tenemos una parcela de res-ponsabilidad en los problemas comunes de la humanidad y también mucho que hacer en nuestro entorno.
Los poderes públicos del Estado tiene responsabilidades en el seguimiento de nuestro modelo de desarrollo, en la implantación de industrias, en la conta-minación de nuestro aire, nuestros mares y nuestros ríos.
Pero la responsabilidad es también nuestra. Es de todos. Como nos dice el Papa Benedicto XVI si quieres promover la paz, protege la creación. Y aquí hay tareas que, sin duda alguna, podemos y debemos emprender.
1. Es deber de todos alcanzar un nivel de información suficiente sobre los problemas ecológicos y una educación en valores, técnicas y comporta-mientos respetuosos con la naturaleza.
2. Hay mucho por hacer en el cambio de nuestro estilo y el modo de enten-der la calidad de vida: evitando el despilfarro y siendo cuidadosos en el ahorro energético; cuidando y no deteriorando nuestra tierra, nuestros pueblos y ciudades; procurando una forma de vida que no esté orientada al consumismo.
3. Hay que estar atentos a las agresiones contra la naturaleza que ocurren en nuestro entorno y participar en movimientos y asociaciones que defiendan y protejan la naturaleza y la vida humana.
Al concluir estas sencillas reflexiones elevo una alabanza a Dios que nos ofrece el hermoso don de la Creación.
Que la Santísima Virgen María, cuya maternidad divina celebramos el día 1 de enero, interponga su maternal mediación para que el Señor os conceda un
año lleno de gracia y de sus dones, y a todos nos bendiga con el gran don de la Paz.
¡Os deseo de corazón un Feliz Año 2010! Reza por vosotros, os quiere y bendice,
+ Antonio Ceballos Atienza Obispo de Cádiz y Ceuta Cádiz, 23 de diciembre de 2009.
Octavario de oración
por la unidad de los cristianos 2010
VOSOTROS SOIS TESTIGOS... (Lc 24, 48)
Mis queridos diocesanos:La Semana de oración por la unidad de los cristianos, que se celebra del 18 al 25 de enero, se ha convertido ya en una preciosa oportunidad de reflexión sobre la unidad interna de la Iglesia, al tiempo que se la pedimos confiadamen-te al Señor. No es solamenconfiadamen-te una exigencia de esconfiadamen-te momento, por el movimien-to ecuménico en marcha, sino mucho más, por la decisiva importancia que tiene esta unidad en una horas en que, según el Papa nos advierte, se ha debilitado el
sentido de unidad, de solidaridad y de caridad dentro de la Iglesia. Nunca
apre-ciamos bastante esta característica de la Iglesia de Cristo. 1. Volver a la unidad
La unidad es realmente el anhelo más vivo de Jesús para los suyos: Padre, -oraba ardientemente en su última noche- que todos sean uno... que sean
con-sumados en la unidad (cf. Jn 17, 21-23). No podemos comprender
humana-mente la vehemencia divina con la que el Señor anhela la unidad.
El lema de este año en el Octavario de oración por la unidad de las Iglesias son las palabras del Resucitado a los discípulos:Vosotros sois testigos de todas estas cosas (Lc 24, 48). Este mensaje que el mismo Jesús Resucitado encomen-dó a sus discípulos es el mensaje de la Iglesia de ayer, de hoy y de todos los tiem-pos, la misma Iglesia una y santa que el Señor entregó a Pedro para que la
pas-toreara (Jn 21, 17), encargándole a él y a los demás Apóstoles que la extendie-ran y gobernaextendie-ran (cf. Mt 28, 18ss) y la erigió como columna y fundamento de la verdad (1Tm 3, 15) (cf. LG 8).
El problema, en términos generales, reside en ver cómo las Iglesias cristianas pueden volver a la unidad deseada por el Señor para que la evangelización alcance a todos los hombres, para que el mundo crea. Dejando todo lo que se puede y debe dejar, despojándose de todo lo que se puede despojar. Convirtién-dose cada vez más, y muriendo un poco el pecado de sus responsabilidades en las separaciones, para resucitar a la unidad deseada por el Señor. Pero sin renun-ciar de aquello que les hace ser Iglesia, y sin cortar las raíces - Credos apostóli-cos y el mundo de los Padres- que dio el ser a todos. Ahí reside el problema.
El Movimiento ecuménico, como dice el Concilio Vaticano II, es el conjunto
de actividades y de iniciativas que, conforme a las distintas necesidades de la Iglesia y a las circunstancias de los tiempos, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos (UR 4). En ese Movimiento no sólo tienen cabida
todos, sino que la preocupación por el restablecimiento de la unión
correspon-de a la Iglesia entera, tanto a los fieles como a los pastores; y afecta a cada uno según su propia capacidad, ya sea en la vida cristiana diaria, ya en las investiga-ciones teológicas e históricas (UR 5). Por eso se hacen indispensables tanto el
ecumenismo espiritual, como el doctrinal, el técnico, y el ecumenismo de base. 2. Doctrina cristiana
A nivel de Iglesia Católica, el problema se plantea en términos de superación del hecho de la división cristiana, para que en su lugar emerja la unidad visible de todos los cristianos.
Hoy, felizmente, la Iglesia Católica no está desprovista de recursos ecuméni-cos. Posee su Carta Magna con el decreto Unitatis Redintegratio, además del texto del Directorio Ecuménico, y como motor humano el Pontificio Consejo
tiene en su seno una Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales, que intenta llevar a cabo en las Iglesias locales la labor de la unidad. En este con-texto adquiere toda su importancia el Secretariado Diocesano de Ecumenismo.
Este año los Obispos de la Comisión para las Relaciones Interconfesionales desean que, al orar por la unidad de los cristianos, tuviéramos presente cuanto se ha conseguido ya en el camino hacia la unidad doctrinal en la fe y en la misión.
Hoy, después de más de cuatro décadas de diálogo y colaboración desde la clausura del Concilio Vaticano II, el ecumenismo cuenta en su haber con una aproximación cada vez mayor de las Iglesias al misterio de la Iglesia como Sacramento de Salvación para el mundo. Sus logros son un don de Señor que nos anima e impulsa a superar nuevos obstáculos.
3. Anglicanos que han pedido la plena comunión en la Iglesia Católica Permitidme que con estas palabras de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales, contribuya a aclarar la importante acción tomada por el Santo Padre y al mismo tiempo reiterar la voluntad de compromiso ecuménico con nuestros hermanos anglicanos.
Es este, un caso particular que no responde a ninguna acción de carácter proselitista por parte de la Iglesia Católica, que en palabras del Papa, sigue empeñada en la prosecución del diálogo ecuménico doctrinal y del diálogo de la caridad con las Iglesias y comunidades eclesiales. Al abrir esta puerta de entrada en la Iglesia Católica, la Santa Sede no toma una iniciativa contraria al diálogo ecuménico porque, en efecto, la Iglesia Católica asume con esperanza
la acción ecuménica como un imperativo de la conciencia cristiana iluminada por la fe y guiada por la caridad (Juan Pablo II, Carta Encíclica Ut unum sint n.
8). Estas palabras del Papa Juan Pablo II, las hacía suyas el Papa Benedicto XVI añadiendo que el diálogo ecuménico es un intercambio de dones en el que las
teso-ro (Benedicto XVI, Discurso en el Encuentteso-ro Ecuménico de Colonia, el 19 de
Agosto de 2005). Al crear estos Ordinariatos Personales para los grupos anglica-nos que vienen a la Iglesia Católica, el Santo Padre quiere dar una respuesta
generosa a la legítima aspiración de estos grupos anglicanos (cf. Comunicado de
prensa de la Santa Sede que acompañó la publicación de la Constitución
Apostólica Anglicanorum coetibus).
De otro lado, la Declaración conjunta del arzobispo de Westminster (Primado católico de Inglaterra) y de Arzobispo de Canterbury y primado de la Comunión Anglicana, del pasado día 20 de octubre de 2009, decía: La
Constitución Apostólica representa el reconocimiento de un acuerdo sustancial en la fe, la doctrina y la espiritualidad que se da entre la Iglesia Católica y la tra-dición anglicana. Sin los diálogos de estos últimos cuarenta años no hubiera sido posible, ni cabría alimentar la esperanza de lograr la plena unidad visible. Así,
pues, los anglicanos que ahora han pedido la plena comunión católica tienen este importante respaldo ecuménico.
4. La hora de la unidad
El Concilio Vaticano II nos dice que el mundo tiene con viveza su propia uni-dad e interdependencia en mutua solidariuni-dad, aunque la presencia de fuerzas contrapuestas en su seno la haga tan difícil (cf. GS 4).
Gracias a Dios, nuestra comunidad diocesana guarda y vive la unión. Pero siempre es posible vivificarla, y sobre todo vigilar para prevenir posibles riesgos. Además no somos una isla. Pertenecemos a la Iglesia universal con sus proble-mas en la unidad a diversos planos.
He aquí el Octavario del 2010 para elevar nuestra plegaria en común, desde luego por el movimiento ecuménico, pero sin olvidar la unidad interna de la misma Iglesia. Como en años anteriores celebraremos este año el Encuentro
Ecuménico en la Santa y Apostólica Iglesia Catedral de Cádiz, el viernes 22 de
Oremos, pues, fervorosamente por los mejores logros de la unidad, porque siempre son fruto del Espíritu Santo en esta hora y de tanta trascendencia en todos los órdenes.
Reza por vosotros, os quiere y bendice,
+ Antonio Ceballos Atienza Obispo de Cádiz y Ceuta Cádiz, 10 de enero de 2009.
Jornada Mundial de la Vida Consagrada
CAMINOS DE CONSAGRACIÓN
Mis queridos diocesanos:El día 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, celebra la Iglesia la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Esta Jornada tiene muy presente a las vocaciones de especial consagración, como un hecho eclesial tan singular, tan sagrado, que la Iglesia lo verifica y lo hace suyo en el seguimiento personal del Señor Jesús.
1. Caminos de consagración
El lema de esta Jornada de la Vida Consagrada es profundamente significati-vo: Caminos de consagración. En él, se nos recuerda que Cristo, el Señor, es nuestro único camino, y todos nosotros somos caminantes y peregrinos con Él. Cristo, Camino, Verdad y Vida, ha abierto en su propio Cuerpo diversos caminos de consagración. Para la vida consagrada Jesucristo lo es todo: Sólo Jesucristo, enteramente Jesucristo, exclusivamente Jesucristo, totalmente Jesucristo. 2. Llamada gratuita y misteriosa
La vida consagrada es, también, una peregrinación. Nos encontramos ante la gran aspiración de toda persona humana, de buscar con la mente y el cora-zón la verdad para su vida. En nuestro caso para encontrar la plena luz del dis-cernimiento sobrenatural que, en la llamada del Señor Jesús, suscita una res-puesta de amor capaz de seguir y permanecer en una vocación de especial con-sagración, entregándose en plenitud al servicio misionero y evangelizador de la
Iglesia. Para ello, es necesaria la oración universal de toda la Iglesia, como nos pide el Papa Benedicto XVI.
Pero los caminos absolutos de la llamada de Dios a la vida consagrada com-portan para el vocacionado, una respuesta concreta. Llamada que es siempre totalmente misteriosa, gratuita y esencialmente personal. Y respuesta, como signo de trascendencia y de la libertad de la persona humana, que implica su ser y que siempre se desarrolla en un diálogo oracional, en el que compromete su consentimiento desde la obediencia de la fe, porque es fiel quien os llama (1Tes 5, 24), a una elección gratuita y misteriosa, que entraña iniciativas incondicio-nales en el lenguaje bíblico (cf. Is, 6; Jr 1, 2: Mt 4, 18-22; Hch 9).
3. Invitación permanente a la santidad
El Papa Juan Pablo II al instituir la Jornada Mundial de la Vida Consagrada ha elegido con gran acierto esta fiesta de la Presentación del Señor, luz para
alum-brar a las naciones (Lc 2, 32), ya que, de modo análogo, acerca a todos los
hom-bres al Dios vivo.
Este bien de la vida consagrada ha de afrontar los grandes desafíos de la sociedad actual con su testimonio profético, desde la fidelidad dinámica propia de cada carisma en sus campos de acción: el contemplativo, el misionero, el de la educación y la cultura, de las comunicaciones sociales, en el diálogo ecumé-nico e interreligioso. Siempre como una respuesta de espiritualidad evangeliza-dora,
Este bien de la vida consagrada, indispensable para toda la Iglesia, repre-senta una iniciativa permanente de la santidad de todos los miembros del Pueblo de Dios, santidad donde se realiza la persona humana, creada a imagen de Dios, a través de los nobles testimonios de vida consagrada. Su ejemplo de amor con corazón pobre, obediente e indiviso a Cristo la lleva al constante protagonismo de la acción misionera y nueva evangelización, estando presente en todos los
horizontes de la tierra con toda su vida, en la predilección constante de los pobres, la promoción de la justicia y el cuidado de los enfermos.
4. Caminamos con los ojos puestos en el futuro
Vivimos en unos tiempos de cambios acelerados que afectan, en comunión de linaje y de destino, al hombre y a la sociedad. Este tercer milenio es un nuevo reto que hará experimentar a la vida consagrada situaciones inéditas. Como afir-maba el Papa Juan Pablo II: ¡Vosotros no solamente tenéis una historia gloriosa
para recordar y contar, sino una gran historia que construir! Poned los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu os impulsa para seguir haciendo con vosotros grandes cosas (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Vita consecrata, 110).
En nuestra querida y amada Diócesis, en estos últimos meses, hemos tenido la dicha de celebrar la apertura del Proceso de Canonización de la Madre María
de la Encarnación, Fundadora de las Hermanas Terciarias Franciscanas (Rebaño
de María), y la clausura del Proceso Diocesano de Canonización del Padre Vicente López de Uralde, Religioso Presbítero de la Compañía de María (Marianistas). Ambos nos indican que ser santos es posible en este siglo XXI, y que esta Iglesia Diocesana de Cádiz y Ceuta es tierra de santos.
5. Riqueza espiritual y capacidad de adaptación
Mis queridos hermanos y hermanas, miembros de la vida consagrada: Os caracterizáis por vuestra riqueza espiritual, y por vuestra extraordinaria capaci-dad de adaptación a las nuevas situaciones de la vida eclesial, teniendo en cuen-ta que nuestro mundo empobrecido necesicuen-ta de ejemplos de espiritualidad en contacto permanente con el misterio del Dios vivo, como huella de la Trinidad en la historia, como fermento de fraternidad y solidaridad, como ejemplo de ser-vicio desinteresado en la caridad presente en todas las misiones de la tierra.
6. Año Sacerdotal
El momento pastoral que vivimos en la Iglesia y en nuestra Diócesis, con la celebración del Año Sacerdotal, nos obliga a considerar que todos vosotros como miembros de la vida consagrada estáis en íntima relación con la obra del Espíritu Santo. Es Él quien, a lo largo de los milenios, acerca siempre nuevas
per-sonas a percibir el atractivo de una opción tan comprometida (...) El Espíritu mismo, además, lejos de separar de la historia de los hombres las personas que el Padre ha llamado, las pone al servicio de los hermanos según las modalidades propias de su estado de vida, y las orienta a desarrollar tareas particulares, de acuerdo con las necesidades de la Iglesia y del mundo (Juan Pablo II, Ibíd., 19).
7. María , estrella de esperanza
El Papa Benedicto XVI nos alienta y nos anima a que miremos a María como estrella de esperanza, cuando nos dice: La vida humana es un camino. ¿Hacia
que meta? ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cer-canas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su sí abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo. Ella que se convirtió en Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1, 14) (Benedicto
XVI, Carta Encíclica Spe salvi, 49).
En la fiesta de la Presentación del Señor de 2010, contemplamos y nos enco-mendamos a María, portadora de Cristo, modelo de consagración y seguimien-to, Madre singular de la Iglesia que sale al encuentro de su Señor. Por eso el Papa
la distingue en la fiesta de las candelas como marco referencial de la renovación de la Vida Consagrada, por su entrega y servicio al Evangelio.
Reza por vosotros, os quiere y bendice,
+ Antonio Ceballos Atienza Obispo de Cádiz y Ceuta
Campaña contra el Hambre en el Mundo
(Manos Unidas)
CONTRA EL HAMBRE, DEFIENDE LA TIERRA
Mis queridos diocesanos:Un año más llega hasta nosotros la llamada vibrante de la Campaña contra
el Hambre que pide escucha y atención, porque año tras año, a pesar de
nues-tra contribución a este gran problema, éste sigue siendo de primerísima actuali-dad.
1. 50 Años sembrando sensibilización y cooperación
Celebramos 50 años de sensibilización y cooperación, bajo el lema Contra
el hambre, defiende la Tierra, acercándonos, de este modo, a una nueva realidad
desde la que abordar el problema de la pobreza y el hambre: la creciente con-ciencia del mundo sobre el uso insostenible que hacemos de nuestro planeta. Los bienes que se nos dieron gratuitamente para disfrutar de unas condiciones de vida digna, generación tras generación, son hoy malgastados o degradados, hipotecando así la vida, el presente y el futuro de todos.
2. ¿Qué hacer en el momento presente?
Antes de nada, habrá que tener el valor moral y cristiano de mirar y hacer-nos vitalmente conscientes de la multitud ingente de hombres y mujeres, niños, adultos y ancianos que sufren el peso intolerable de la miseria. A esta realidad actualmente hay que añadir la situación económica y del paro, sin precedentes.
Y en estos últimos días el terrible seísmo que ha sufrido Haití, en donde miles y miles de personas y familias supervivientes lo han perdido todo y carecen de lo necesario, e incluso están faltos de esperanza.
El grave problema de la desigual distribución de los bienes del mundo, ori-ginariamente destinados a todos, es un hecho moral que interpela nuestra con-ciencia. El mundo está sometido a estructuras de pecado y en lugar de la inter-dependencia y la solidaridad reina el afán de ganancia exclusiva y la sed de poder, tanto en los individuos como en los pueblos.
3. Dominio de la tierra
El problema del hambre está vinculado directamente y estrechamente a la cuestión del desarrollo. Por un lado, el progreso técnico muestra una capacidad casi ilimitada de dominio inigualado de la tierra, que en buena lógica, haría posible la explotación suficiente de todo el potencial alimentario de nuestro pla-neta. Pero, por otro lado, la sociedad contemporánea tal y como está regida, parece hasta hora incapaz de resolver el problema del hambre, porque no actúa la capacidad real que el progreso posee para la explotación total de la tierra. Un diafragma de separación se interpone entre lo que de hecho sucede y lo que de derecho y de hecho podría alcanzarse. Voluntades corporativas desvían el dina-mismo de la técnica desde la ruta del servicio al hombre, hacia los senderos del lucro y del poder. Aquí considero que reside una de las claves de la insuficien-cia del desarrollo.
4. Cambio de actitudes
Existe, pues, una necesidad urgente de cambio de actitudes espirituales que definen las relaciones del hombre consigo mismo, con el prójimo, con “Hogar de Nazaret”, asociación pública de fieles en orden de «ser erigida como familia eclesial de vida consagrada de derecho diocesano», a establecerse y erigir casas en esta diócesis de Cádiz y Ceuta, viviendo en conformidad a sus constitucio-nes.
La Doctrina Social de la Iglesia señala cuál debe ser el trabajo por la justicia y la salvaguarda del medio ambiente: El ser humano no debe disponer
arbitra-riamente de la tierra, sometiéndola sin reserva a su voluntad... La tutela del medio ambiente constituye un desafío para la entera humanidad: se trata del deber, común y universal, de respetar un bien colectivo... se extiende no sólo a las exigencias del presente, sino también a las del futuro. En justicia todos somos depositarios de los bienes que deben asegurar una vida digna para todos (GS
69).
5. Deber y responsabilidad de todos
Al exhortaros a esta conversión para la vida del mundo, permitidme queri-dos hermanos, que os resuma en unos cuantos puntos las líneas básicas expues-tas a lo largo de esta breve reflexión.
Manos Unidas desea forjar otro mundo con otro concepto de desarrollo. La estrategia clave para enfrentarnos al reto del cambio climático es la promoción de un desarrollo humano sostenible. Para eso, la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (UNFCCC) propone cuatro áreas estratégicas de trabajo: mitigación (es decir, reducción de las causas, como las emisiones de gases de efecto invernadero y la deforestación, entre otras); adap-tación (esto es, medidas de prevención o respuesta a los cambios); financiación (es decir, mecanismos, reparto, buen gobierno y fuentes de fondos); transferen-cia de tecnología apropiada.
6. Posibles acciones concretas
1.- El hambre y la desnutrición no son fatalidades inevitables. Dios ha dotado al hombre de capacidad investigadora y de libertad creadora, y ha dado a la tierra provisión de medios más que suficientes para la nutrición correcta de la huma-nidad.
2.- Es necesario despertar la conciencia de la humanidad respecto de este graví-simo deber de solidaridad. En el problema del hambre todos somos responsa-bles.
3.- Es necesario denunciar la razón fraudulenta que aducen los sectores causan-tes del hambre, a saber: la pretensión de que la causa únicamente o principal-mente está en el crecimiento demográfico. Tal apelación es pura coartada encu-bridora de vergüenza propia. La causalidad de hambre reside en la manipula-ción del desarrollo orientándolo a las grandes ganancias seguras y al consi-guiente poder perturbador de la legislación y del comercio internacional. 4.- Trabajar por un mundo a imagen de Dios, un mundo en comunión, sin divi-siones ni diferencias, sin bloques categóricos o separados. Trabajemos por un mundo unido y fraterno.
5.- Apoyar el desarrollo de los pueblos, de modo que todos los hombres partici-pen de los bienes de la tierra que han sido dados por Dios para todos.
6.- Ayudar a los que sufren el hambre o la miseria, no sólo con lo superfluo, sino con lo necesario.
7.- Ver en el prójimo no únicamente un ser humano, con una igualdad funda-mental con todos, sino un hijo de Dios, a los que hemos de servir, porque lo que a ellos les hagamos se lo hacemos al mismo Señor.
7. Nuestra oportunidad
Una nueva oportunidad, queridos hermanos, se nos ofrece únicamente mediante el cambio de mentalidad, de actitudes, de estilo de vida y desde una perspectiva humana y evangélica. Es la justicia y solidaridad humana llevada hasta el extremo del tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis
de beber... (Mt 25, 35), que sólo el creyente y el discípulo de Jesús pueden
Reza por vosotros, os quiere y bendice,
+ Antonio Ceballos Atienza Obispo de Cádiz y Ceuta
Cádiz, 17 de febrero de 2010,
CUARESMA 2010
IMPULSADOS Y ALENTADOS POR EL ESPÍRITU
Mis queridos diocesanos:
Un año más, al celebrar la Santa Cuaresma, escucho la poderosa llamada de Dios que me urge de nuevo a la fidelidad a su palabra y a su amor, y como Pastor de esta Iglesia que peregrina hacia el Reino en Cádiz y Ceuta, siento la necesi-dad de invitaros a todos vosotros presbíteros, religiosos, religiosas, diáconos, seminaristas, laicos, personas consagradas, vírgenes consagradas y monjas de clausura, para que juntos respondamos a la voluntad amorosa del Señor, que quiere purificar el rostro de nuestra Iglesia y convertirla en instrumento más dócil y eficaz de su solicitud para todos los hombres.
1. Tiempo de purificación
La Cuaresma es un tiempo especial de gracia en el que Dios llama a todo su pueblo para que se deje purificar y santificar por su Salvador y Señor. Por mi parte, como uno más, y como el apóstol san Pablo, tengo que confesar que
toda-vía no estoy del todo vuelto a Jesús. El Papa nos invita en esta Cuaresma de 2010
a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas, y
nos ofrece una magnífica reflexión sobre el vasto tema de la justicia (Mensaje del
Santo Padre Benedicto XVI para la Cuaresma de 2010). En este sentido, sólo el pueblo cristiano, movido sin duda por el Espíritu, ha vivido siempre este tiempo fuerte del año litúrgico, como un tiempo de conversión interior, como un vuel-co del vuel-corazón, vuel-como una vuelta a Jesús.
Este año la Cuaresma coronará el Año Sacerdotal, dedicado a la valoración del sacerdocio y a la renovación interior. Este hecho constituye una recomenda-ción, si cabe más apremiante, a no dejar pasar sin una reflexión más honda y sin un empeño más intenso la gran oportunidad que nos brinda la providencia de Dios a no recibir en vano la gracia de Dios (2 Cor 6, 1).
Por su mismo significado este tiempo cuaresmal evoca, con peculiar poten-cia, los aspectos más relevantes del Año Sacerdotal. El Año Sacerdotal constitu-ye una llamada de gracia y hasta un desafío al hombre de hoy y a todos los cre-yentes, en palabras del Papa, para que comprendan más a fondo y valoren el ministerio sacerdotal, y se apropien de él en esta hora de gracia, en este momen-to del Espíritu, que nos habla así: Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día
de la salvación (2 Cor 6, 2).
2. Llamada a la conversión
El Año Sacerdotal, en palabras del Papa Benedicto XVI, comporta un com-promiso de renovación interior de todos los sacerdotes, o lo que es lo mismo una llamada profunda a la conversión. Toda renovación interior comienza ineludi-blemente por una actitud de sincera conversión. Este estado de permanente con-versión es una característica de la Iglesia que es a la vez santa y siempre
nece-sitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación (LG 8). Esa
deber ser también la actitud propia de sus hijos. De ahí la necesidad de estar atentos a las llamadas del Espíritu.
Os invito a estar abiertos a lo que el Espíritu dice a la Iglesia: Conozco tus
obras, tu fatiga y tu paciencia; que no puedes soportar a los malvados y que has puesto a prueba a los que se dicen apóstoles y no lo son, y los encontraste men-tirosos; que tienes paciencia y has sufrido por mi nombre, sin desfallecer. Pero tengo contra ti que has perdido la caridad que tenías al principio. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, arrepiéntete y práctica las obras de antes (Ap 2, 2-5).
3. Renovación interior
Una conversión sincera no puede reducirse a un episodio pasajero, no es una torrentera que pasa; debe ser una renovación interior, que es lo que nos pide el Papa Benedicto en este Año Sacerdotal a todos.
La vida cristiana, tanto en el plano personal como colectivo, se ve expuesta con el peso del tiempo al decaimiento y al desgaste de las energías interiores, si no cuidamos de reponerlas. Necesitamos de momentos intensos de fortaleci-miento espiritual. Es necesario aprovechar este tiempo propicio que es la Cuaresma para plantearse la disyuntiva de renovarse o morir.
Renovarse en cuanto al sentido de pecado, que fácilmente se pierde hoy,
porque así se llega a la pérdida del sentido de Dios, al ateísmo encubierto y práctico, como una y otra vez nos advierten los Papas.
Renovarse, según el sentido evangélico, en lo que constituye el centro y la esencia del cristianismo, la caridad. Dios amado sobre todo, y el prójimo amado
por Él, sin discriminaciones, refrescando nuestra existencia con una vida evan-gélica.
Renovarse, según la Palabra de Dios, como hijos de la Iglesia, en la fidelidad a las verdades del Magisterio, para mantener vivos y actuales los vínculos de
comunión eclesial. Esta renovación interior, reclamada por el Año Sacerdotal y urgida ahora por la Cuaresma, reviste una particular importancia para todo el pueblo de Dios. El Concilio Vaticano II enseña que la santificación de los pres-bíteros es condición indispensable para la renovación interna de la Iglesia. 4. La fuerza del Espíritu
Toda la actividad de Jesús de Nazaret se desarrolla bajo la presencia del Espíritu Santo: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para
evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cauti-vos (Lc 4, 18). Las palabras del profeta Isaías encuentran en Jesús su plena
reali-zación: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír (Lc 4, 21).
La unción y la misión del Espíritu abarcan todo el ser, toda la vida y la acción apostólica de Jesús. Él fue concebido, por obra del Espíritu Santo, de Santa María Virgen y en ese misterio de la encarnación han visto los Santos Padres la acción de su humanidad por el Espíritu, unción que después se va a manifestar en su bautismo en el Jordán, cuando el Espíritu Santo se pose sobre Él, y el mismo Espíritu que le ha ungido, le guíe al desierto, le conduzca a la actividad apostó-lica, le envíe a cumplir la misión para la que ha sido encomendado por el Padre. Y tras su muerte y resurrección Jesús concede a la Iglesia el don del Espíritu Santo, que desde Pentecostés la acompaña permanentemente.
Por eso, la Iglesia de todos los tiempos puede repetir las palabras del Señor en la sinagoga de Nazaret: Hoy se cumple esta Escritura. Se cumple cada vez que la unción del Espíritu consagra a los cristianos en el bautismo y la confir-mación para el sacerdocio común de los fieles, y se cumple también cada vez que son ordenados nuevos candidatos para el sacerdocio ministerial por la unción del Espíritu mediante la imposición de las manos.
Todo es obra del Espíritu Santo: nuestra vocación, el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial, nuestra misión en la Iglesia. Es la misma fuerza e impulso del Espíritu Santo que actuó en Jesús y que ahora dinamiza a la Iglesia y la empuja a continuar, a través de los tiempos, la misión del Señor de anunciar el Evangelio, impulsados y animados por el Espíritu.
5. El Espíritu aviva la fe
La primera actividad del Espíritu en el corazón de los discípulos es ayudar a comprender, hacer que descubramos con fuerza la verdad de Dios, de Jesucristo, del mundo de la gracia y de la comunión.
La obra del Espíritu es mantener la actualidad permanente y universal de los hechos históricos de Jesús, y situarnos a nosotros ante la realidad actual y la potencia salvífica de estos hechos.
El primer ejercicio de esta Cuaresma es avivar nuestra fe, avivar en nosotros el encuentro con Dios, recibir esa iluminación interior que nos haga vivir en su presencia. Hacer que Dios y su obra sean de verdad algo real y verdadero para nosotros.
En la vida actual vivimos demasiado dispersos, demasiado acaparados por las cosas exteriores. Nos cuesta el silencio, el recogimiento, el asomarnos a la profundidad de la vida, del ser, de la historia y de la esperanza. Con frecuencia la imagen de Dios nos queda excesivamente lejana, difusa, palidecida, casi per-dida.
La falta del ejercicio teologal de la fe nos hace inseguros en nuestras rela-ciones personales con Dios, desconfiados, recelosos, huidizos. En nuestro inte-rior hay una especie de eclipse de Dios, como un poniente que nos lo oculta y con el desvanecimiento de Dios se oscurecen todas las demás cosas del mundo del Espíritu.
Si pretendemos vivir esta Cuaresma como un tiempo de renovación interior hay que comenzar por pedir al Espíritu Santo que restaure en nosotros la segu-ridad de la presencia de Dios, el gusto de la comunicación con Él, el gozo de su verdad y de su cercanía, la gloria de su gracia.
6. El Espíritu nos impulsa al amor a Dios y al hermano
La segunda actividad del Espíritu Santo en nosotros tiene que ser el amor de Dios y de las cosas diversas.
Hoy, en nuestro mundo religioso, hablamos poco del amor de Dios. Tenemos, a veces, mucha preocupación por inculcar a la gente el amor al
pró-jimo, el servicio a los demás. Pero hablamos demasiado poco de Dios y casi nada del necesario amor de Dios, del derecho que Dios tiene a ser amado por nosotros, de nuestra necesidad de amor a Dios, de fijar nuestro corazón en Él para vivir en la verdad y situar nuestra voluntad desde el principio en las raíces del bien y de la felicidad.
El Espíritu Santo infunde en nuestros corazones el amor verdadero de Dios, ese amor que nos acerca, que nos hace complacernos en su presencia, descan-sar en su providencia porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros
corazones por medio del Espíritu Santo que se ha dado (Rm 5, 5). Nosotros solos
nunca podríamos alcanzar un amor verdadero de Dios como bien, como fuen-te de vida amable y deseable.
El Espíritu Santo nos hace vivir ante Dios como verdaderos hijos, pues el
Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Rm 8, 16). Siempre nos resulta dificultoso vivir de verdad esta filiación. Ser
hijos requiere vivir con comunicación real, cercana, confiada, amorosa, cons-tante, obediente. Los cristianos no tenemos la sensación de vivir habitualmente en la casa del Padre llenos de felicidad. Vivimos más como siervos que como hijos, a la fuerza, malhumorados, midiendo y regateando lo que damos, com-parándonos con los demás. Nos parecemos demasiado al hijo mayor de la pará-bola del Hijo pródigo (cf. Lc 15, 11-32).
En este momento podríamos muy bien recordar la oración de Charles de Foucauld: Padre mío, haz de mí lo que quieras..., pero no sería necesario, ya que tendría que ser más que suficiente la oración del Padrenuestro que Jesús mismo nos enseñó, rezada de verdad y desde un espíritu filial. No se puede rezar bien el Padrenuestro sin el acento filial de Jesús, obra del Espíritu Santo.
7. El Espíritu nos enseña a orar como conviene
Es el Espíritu Santo, con su iluminación y con la fuerza de su amor, quien nos tiene que ayudar a conseguir el gusto por la oración, la capacidad de quedarnos
quietos en la cercanía de Dios, el realismo y la verdad de nuestra convivencia con el Señor.
La Cuaresma es preparación para celebrar la Pascua del Señor. Esta celebra-ción supone certeza, seguridad, complacencia, amor y esperanza de la resu-rrección. ¿Cómo podríamos celebrar lo que no creemos firmemente, lo que no deseamos con verdad y claridad?
El Espíritu Santo es el que nos hace entrar en la intimidad de Dios, llamarle Padre, gemir en su presencia. Él viene constantemente en ayuda de nuestra ora-ción (cf. Rm 8, 26), oraora-ción de alabanza, de cercanía, de gozo en la comunión y en la esperanza de encontrarnos con Él en la gloria del cielo. Oración eclesial, comunitaria y litúrgica.
Tengamos presente el cuidado de nuestras eucaristías para que sean verda-deramente rezadas, celebradas y vividas en su presencia, junto al Cristo del cal-vario y de la gloria, con la Iglesia entera.
Hagamos el esfuerzo para que nuestras eucaristías sean estar entre los após-toles junto a Jesús, en el cenáculo. Con Juan y María junto a la primera Misa de la Cruz.
8. El Espíritu Santo fuente de comunión, don y tarea
El Espíritu Santo es la fuente profunda de la comunión. Comunión de Cristo con el Padre, de los discípulos con Cristo, de los discípulos entre sí.
Trabajar por la Iglesia y por el Reino es trabajar en favor de la comunión inte-gral, de la comunión interior y exterior. La comunión es don que hay que pedir y tarea que hay que desarrollar a lo largo de toda nuestra vida. Es fruto de la penitencia, de la conversión, de la comunión espiritual con el Señor y con el Dios vivo. La comunión espiritual y mística que crea el Espíritu tiene que
hacer-se visible y efectiva, tanto con los hermanos como con el conjunto de la Iglesia y de la humanidad (cf. 1 Co 12, 13).
La comunión con los hermanos tiene que ser consecuencia, signo, ejercicio de nuestra comunión con Dios y con Cristo. Si estoy con Dios tengo que estar con estos hermanos en los que Dios está también, a los que Dios ama, a los que ha elegido para la misma misión que nosotros hemos recibido.
Si estamos con Cristo, ¿cómo no estar en comunión con el Papa y con el Obispo, con la tradición apostólica, con la Iglesia entera nacida de Cristo, por la que me llega su conocimiento y los dones de su Espíritu?
Vivir claramente la unidad. Vivir espiritualmente con Cristo implica vivir, también, históricamente con Él, mediante la comunión visible con quienes son la continuidad y la extensión visible de su propia humanidad.
9. El Espíritu nos invita a permanecer al servicio de los pobres
La vuelta a Dios, el acercamiento a la esperanza de la resurrección y de la vida eterna, la comunión eclesial y fraterna tienen que vivirse en el ejercicio de la caridad, en una solícita atención y en un servicio efectivo a las necesidades de los pobres, de quienes viven en dificultad por la enfermedad, por la edad, por las carencias o las deficiencias de cualquier género.
Los menos capacitados, los menos queridos, los menos tenidos en cuenta, los menos capaces llevan el sello del Hijo del hombre, son por eso mismo los católicos quienes, ante las dificultades reales para solucionar este problema, no podemos caer en el desánimo, pues tenemos la firme convicción de nuestra fe en la fuerza del Espíritu de Dios, que es el único capaz de transformar los cora-zones de piedra en coracora-zones de carne, y dar vida a los huesos inanimados. Por ello, permitidme hermanos, que una cuaresma más os haga una llamada a la solidaridad con los parados.
Como nos enseñó el Concilio Vaticano II: el trabajo humano (...) es muy
superior a los restantes elementos de la vida económica, pues éstos desempeñan sólo el papel de instrumentos (GS 67), y el trabajo hace posible que el hombre
y la mujer se realicen a sí mismos, afirmen su responsabilidad, y se inserten en la sociedad para colaborar con Dios en el crecimiento de nuestro mundo, que Él conduce.
Sustraer de este derecho a las personas es un atentado a su dignidad. Por ello, la Iglesia considera deber suyo recordar siempre la dignidad y los derechos
de los hombres al trabajo, denunciar las situaciones en las que se violan dichos derechos, y contribuir a orientar estos cambios para que se realice un auténtico progreso del hombre y de la sociedad (Juan Pablo II, Carta Encíclica Laborem
exercens , 1d).
El problema del paro y la situación económica es ingente, pero la fuerza del Espíritu de Dios es mayor. Llenos de este Espíritu, derramado por Cristo resuci-tado sobre sus discípulos, dejemos que actúe en nosotros, y nos ayude a tener una experiencia gozosa de fraternidad y solidaridad con todos los parados, pre-feridos de Dios, y ocasión para manifestar con ellos la verdad del amor gratuito de Dios que habita en la Iglesia por el Espíritu Santo.
Hoy nos encontramos con el hecho de la indiferencia de las personas y de las instituciones a la hora de hacer frente a la crisis económica y del paro. El Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Cuaresma de 2010 ha propuesto una reflexión iluminadora sobre el tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo (cf. Rm 3, 21-22).
La justicia distributiva -afirma el Papa- no proporciona al ser humano todo lo suyo que le corresponde. Éste, además del pan y más que el pan, necesita a Dios
El Papa observa la tentación permanente del hombre y de las ideologías modernas: Dado que la injusticia viene de fuera, para que reine la justicia es
sufi-ciente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar -advierte Jesús- es ingenua y miope (Ibid.).
Para ello, el Papa hace caer en la cuenta de que la injusticia, fruto del mal,
no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. (...) Es el egoísmo, consecuencia de la culpa original (Ibíd.).
Y el Papa se pregunta: ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso
ego-ísta y abrirse al amor?.
Hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo mío, para darme gratuitamente lo suyo. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia más grande, que es la del amor (cf. Rm 13, 8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.
Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo nece-sario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivi-ficada por el amor (Ibíd.).
En esta Cuaresma tenemos que dedicar tiempo a estar con ellos, a atender-los, a aliviar sus necesidades, a hacerlos sentir el amor gratuito de Dios, a hacer de verdad con ellos la realidad de la vida eterna que queremos acercar y ade-lantar por los ejercicios de la Cuaresma. Esto entra también en la realidad de las celebraciones pascuales.
Si vivimos la Cuaresma el mundo tendrá que ser más celestial, a partir de unas celebraciones pascuales sinceras y eficaces. Una Iglesia, más Reino de
Dios, con menos fronteras entre este mundo y el otro, menos silencio y oscure-cimiento de Dios, de gloria de su gracia, menos distancias para el triunfo del cor-dero. Todo se resume en la oración del Apocalipsis: El Espíritu y la esposa dicen:
¡Ven! (Ap 22, 17).
10. El Espíritu nos alienta a vivir una Cuaresma misionera y evangelizadora Si vivimos de verdad la Cuaresma fácilmente sabremos transmitir a los demás el mensaje de este tiempo de gracia y de renovación. Si no lo vivimos personal-mente difícilpersonal-mente podremos fingirlo por mucho tiempo.
Durante esta Cuaresma de 2010 no se trata de hacer más cosas, sino de hacerlas mejor. Intentemos, pues, hacerlo todo con más verdad, con más inspi-ración, en una palabra, con más espíritu, con más sintonía profunda con Jesús. El Espíritu Santo es siempre el motor de la misión de la Iglesia. En el libro de los Hechos de los Apóstoles vemos la presencia y la actuación del Espíritu en el origen de cada una de las empresas misioneras de los discípulos, Pedro, Andrés, Esteban, Pablo (Hch 8, 14; 11, 19-30; 19, 1-7).
Esta Cuaresma que queremos que sea del Espíritu Santo, tiene que ser, tam-bién, la Cuaresma que nosotros ofrezcamos y proclamemos en la Iglesia misio-nera y evangelizadora. Pensemos, ante todo, que el Espíritu Santo está presente y actuando en nuestro mundo, suscitando la memoria de Jesús y preparando los corazones para que entiendan y acepten su palabra. La creación entera gime y
sufre con dolores de parto hasta el momento presente. Y no solo ella, sino que nosotros, que poseemos ya los primeros frutos del espíritu, también gemimos aguardando la adopción de hijos, la redención de nuestro cuerpo (Rm 8, 22-23).
Una Cuaresma misionera y evangelizadora requiere que cuidemos los modos y contenidos de la predicación, animados por el Espíritu. Tiene que haber, más predicación y una predicación diferente por el tono, el sentimiento,
los contenidos, las exhortaciones. Más que nunca: convertíos y reconciliaos con Dios (cf. 2 Cor 5, 20).
Una Cuaresma misionera y evangelizadora postula unas celebraciones de la penitencia más frecuentes, más comunes, más apremiantes. Celebraciones no sacramentales que desarrollen el espíritu de penitencia y arrepentimiento, y que preparen para vivir personalmente la celebración sacramental del perdón.
Una Cuaresma misionera y evangelizadora pide intensificar la oferta de las celebraciones sacramentales personales, rememorando el procedimiento según lo tiene establecido y recomendado la Santa Madre Iglesia. No confesiones de rutina, sino confesiones que sean una verdadera celebración de conversión, de vuelta a la casa del Padre, o de vuelta al fervor de la verdadera fidelidad y del primer amor.
Una Cuaresma misionera y evangelizadora exige esa misma oferta en la vivencia de la comunión, sus celebraciones, visitas, servicios, ejercicios de cari-dad, en las residencias, en las casas o barrios de los necesitados, y así plantear-los como ejercicios de la cuaresma, así habrá quien se apunte para el servicio de visitar a los enfermos, en sus casas, en los hospitales, quien se encargue de hacer una presencia especial de atención y servicio en las casas y barrios de los marginados, de los pobres, en las cárceles, etc.
Os invito a seguir trabajando y reflexionando, con la fuerza del Espíritu Santo, en el objetivo pastoral diocesano sobre la Parroquia misionera y evange-lizadora. Me consta que lo estáis haciendo así en muchos grupos parroquiales. Entre todos, y en cada parroquia en particular, encontraremos los caminos para que seamos auténticos misioneros y evangelizadores en la sociedad concreta de hoy.
Considero que entonces el resultado de nuestra cuaresma, personal y minis-terial, tiene que ser la manifestación del hombre del Espíritu, con un estilo nuevo
de vida evangélica que podríamos describirlo siguiendo las sugerencias del apóstol san Pablo en la carta a los Romanos (cf. Rm 12, 12 ss):
* Hombre libre de las esclavitudes interiores y exteriores. * Libre para amar, para creer, para servir, para esperar. * Con sencillez y humildad.
* Con intimidad e intensidad.
* Con gozo y alegría en la esperanzas. * Con paciencia frente a las tribulaciones.
* Con perseverancia en la oración, en la fe, en el amor. * Cogidos y colgados de la mano del Señor.
* Para poder llegar a ser testigos permanentes. * Con la palabra, con el consejo y con las obras.
* Verdaderos signos vivientes de la presencia del Señor en medio de su pue-blo.
Los hombres y mujeres de espíritu son los que perpetúan en el mundo la vida de Jesús, su experiencia filial, su lucha contra el poder y las fuerzas del mal, su anuncio y realización del Reino, en continuidad con la verdad de la resurrec-ción de Jesús, detrás del cual está la verdad del amor y de la gracia de Dios que nos conduce hasta la verdad de sus promesas.
11. Conclusión
Siguiendo el esquema del evangelio (cf. Mt 6, 1-18) y de la liturgia del miér-coles de ceniza que celebramos al inicio de la cuaresma, os sugiero como resu-men de esta carta pastoral, algunas propuestas para esta Cuaresma de 2010:
Con la limosna entregamos lo que se le debe al que no tiene. Nuestra soli-daridad durante cada día de la cuaresma se podría concretar, como ya se hace en muchas comunidades, depositando en una hucha familiar aquello que des-pués vamos a entregar a Cáritas el día del Jueves Santo. Las Cáritas de la Diócesis han atendido durante el año 2009 a unas 6000 familias, que supone un total de casi 20.000 personas.
En cuanto a la oración os sugiero que dediquéis un tiempo diario a la ora-ción personal. Para ello habría que dedicar también un lugar y un espacio en los templos debidamente conocido por los fieles. En este Año Sacerdotal se debería instituir los jueves sacerdotales para rezar por los sacerdotes y las vocaciones sacerdotales y religiosas. Además de las celebraciones comunitarias de la peni-tencia habría que facilitar un tiempo concreto y amplio a los fieles, durante la cuaresma, para que tengan la posibilidad de ser atendidos personalmente.
Con el ayuno se nos invita a privarnos de algunas cosas a favor de los demás: ayunando de horas de televisión y dedicando el tiempo a una buena lectura, a la visita de enfermos o al diálogo en familia, y dedicando aquello que sería un gasto innecesario o superfluo a las necesidades de los más desfavorecidos.
La mayoría de estas propuestas sé que se realizan en las comunidades parro-quiales y religiosas, pero os las recuerdo y os pido que las intensifiquéis con ilu-sión y entrega, siguiendo el consejo de Jesús en el evangelio: tu Padre, que ve
en lo secreto, te lo premiará (Mt 6, 4).
Finalmente, el Espíritu de Jesús es consolador y reconfortante, y tiene que serlo especialmente en tiempos de dureza y sequedad. San Pablo sitúa el gozo inmediatamente después del amor (Gal 5, 22). Tenemos que ser capaces de vivir en nuestros tiempos con el gozo de la esperanza, en medio de las persecucio-nes del mundo y de los consuelos de Dios (LG 8).
Que Santa María, que acogió plenamente la Palabra bajo la acción del Espíritu Santo, nos ayude a ser dóciles a la acción del Espíritu durante esta Cuaresma y siempre.
Reza por vosotros, os quiere y bendice,
+ Antonio Ceballos Atienza Obispo de Cádiz y Ceuta Cádiz, 11 de febrero de 2010.
XVIII Encuentro Diocesano de Oración
El que tenga sed, venga a mí (Jn 7,37)
Mis queridos diocesanos:
El próximo 7 de marzo, tercer domingo de Cuaresma, tendrá lugar en nues-tra Diócesis el XVIII Encuentro Diocesano de Oración que se celebrará, como otros años, en el Colegio Salesiano de Campano (Chiclana), poniendo en esta ocasión el acento en este Año Sacerdotal bajo la figura del Santo Cura de Ars, modelo de párroco, así como en la parroquia misionera y evangelizadora. 1. El que tenga sed, venga a mí
La sed de Dios es la que nos mueve a mantenernos en una constante ora-ción. Mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo (Sal 42, 2-3). Esta sed de Dios en el fondo es búsqueda de felicidad porque el ser huma-no tiene plenitud de vida si vive en Dios y para Dios. Jesús huma-nos invita a que cuan-do tengamos esta sed le busquemos a Él. Te busco de tocuan-do corazón (Sal 119, 10). Bien sabe el Señor que Él puede saciar los anhelos más profundos de todo hom-bre y mujer. Por eso, en el Templo de Jerusalén, en el lugar más sagrado, puesto de pie, gritaba: Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí, como
dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva (Jn 7, 37-38). La oración
sacia nuestra sed de Dios y nos lanza a la vida para dar una respuesta y hacer presente el Reino de Dios.
2. San Juan María Vianney, testigo de una profunda vida de oración
El Santo Cura de Ars se nos presenta este año como modelo a imitar. Para él, la oración envolvía su vida y era fuente de fecundidad apostólica. La experien-cia de este santo respecto de la oración era experienexperien-cia de felicidad donde nos
sumergimos en la profundidad del amor de Dios. Él nos dice: La oración es toda
la felicidad del hombre... Cuanto más se reza más se quiere rezar: es como un pez que nada en la superficie del agua y que luego va a sumergirse hasta lo pro-fundo del mar. El alma se abisma, se hunde en el amor de su Dios. Es como cuan-do se vacía el contenicuan-do de un tonel en otro: nos servimos entonces de una máquina que va del uno al otro; pues lo mismo sucede con la efusión de Jesús en nuestro corazón. Como no podemos separar la felicidad de la comunión con
Dios, así no podemos separar la felicidad de la oración. Es verdad que muchas veces se nos presenta la dureza de la vida pero la oración nos hace conscientes de que Dios sostiene nuestra vida.
El Santo Cura de Ars era un testimonio constante de oración, en cuanto expe-riencia personal y enseñanza a los demás. Así manifestaba su expeexpe-riencia de Dios: Todo bajo los ojos de Dios, todo con Dios, todo por satisfacer a Dios: ¡oh!
¡qué bello es vivir así! .Vamos, mi alma, tú vas a conversar con el Buen Dios, a trabajar con él, a caminar con él, a combatir y sufrir con él. Trabajarás, pero él bendecirá tu trabajo; andarás, pero él bendecirá tus pasos; sufrirás, pero él ben-decirá tus lágrimas. ¡Qué grande es, qué noble, qué consuelo hacer todo en la compañía y bajo los ojos del Buen Dios; pensar que él ve todo, que cuenta con todo! Digamos, pues, cada mañana: todo por agradaros, Dios mío; ¡todas mis acciones por ti!. El pensamiento de la santa presencia de Dios es dulce y conso-lador. Uno no se cansa, las horas pasan como minutos; en fin, es un adelanto del cielo.
3. La parroquia, fuente para saciar nuestra sed en la oración
La parroquia es el lugar habitual donde crecemos en la fe, la esperanza y el amor. En ella los fieles cristianos se forman, los sacerdotes ejercen su ministerio siendo transparencia de Jesús, buen Pastor. El Papa Juan XXIII tenía unas palabras muy bellas para definir lo que era una parroquia, decía: la parroquia es la
fuen-te de la aldea a la que todos acuden a calmar la sed. Hoy se ve necesario
parroquia es la experiencia de Dios. Es sentirse tratada como Dios nos trata. La oración es el camino para modelar los corazones al estilo de Jesús. Una oración comunitaria semanal, y donde sea posible diaria, fortalecerá todo el apostolado de esa comunidad y dará a esa parroquia una hermosa fecundidad evangélica. Es por lo que siempre permanece esa llamada de hacer de nuestras parroquias auténticas comunidades orantes.
4. Valoración del sacerdocio ministerial y común de los fieles
Por el bautismo todos los fieles cristianos nos incorporamos al sacerdocio de Cristo en lo que se ha llamado el sacerdocio común. Una forma de ejercer este sacerdocio es también a través de la oración, como nos dice el Concilio Vaticano II: Los fieles, en cambio, participan en la celebración de la Eucaristía en virtud de
su sacerdocio real, y lo ejercen al recibir los sacramentos, en la oración y en la acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la renuncia y el amor que se traduce en obras (Constitución Lumen gentium, n.10).
Si todos los discípulos de Jesús están llamados a ser perseverantes en la ora-ción, orad siempre, sin desfallecer (Lc 18, 1), es verdad que Dios llama a algu-nos de los fieles a animar los grupos de oración y a ser verdaderos maestros de oración. Así pues todos los catequistas están llamados a iniciar a sus catecúme-nos a la oración: El catequista ha de estar capacitado para iniciar a los cristiacatecúme-nos
en la oración. Por consiguiente ha de conocer todo el significado del Padre Nuestro y el pensamiento que lo sostiene y alimenta, ya que es el modelo de toda oración cristiana. Igualmente ha de estar iniciado en las formas más tradi-cionales de la oración de la Iglesia, especialmente en la oración de los salmos
(Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis, El catequista y su formación , n.133).
5. El sacerdote, maestro de oración
Dios escoge de su pueblo a unos hombres para que ejerzan el sacerdocio ministerial con las funciones de guiar, enseñar y santificar. Respecto a la oración,
el sacerdote tiene la misión de orar por la Iglesia y con la Iglesia, pero también un aspecto que no puede olvidar es el de ser maestro de oración: Un aspecto,
ciertamente no secundario, de la misión del sacerdote es el de ser maestro de oración. Pero el sacerdote solamente podrá formar a los demás en la escuela de Jesús orante, si él mismo se ha formado y continúa formándose en la misma escuela (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal Pastores Dabo Vobis,
n. 47).
Benedicto XVI refuerza esta misma idea con unas palabras que dirigió a sacerdotes, diáconos y seminaristas el 15 de junio de 2008: Queridos
sacer-dotes, como bien sabéis, para que vuestra fe sea fuerte y vigorosa, hace falta ali-mentarla con una oración constante. Por tanto, sed modelos de oración, con-vertíos en maestros de oración. Que vuestras jornadas estén marcadas por los tiempos de oración, durante los cuales, a ejemplo de Jesús, debéis dedicaros al diálogo regenerador con el Padre. Sé que no es fácil mantenerse fieles a estas citas diarias con el Señor, sobre todo hoy que el ritmo de la vida se ha vuelto fre-nético y las ocupaciones son cada vez más absorbentes.
6. Construyamos, entre todos, una Iglesia más orante
Veo necesario dinamizar todo lo que sea oración en nuestra Iglesia diocesa-na, una oración comprometida con la vida, que nos lance a la solidaridad y a la entrega a los más pobres y desfavorecidos, donde todo el dolor y sufrimiento de nuestro pueblo sea elevado a Dios nuestro Padre. De aquí que avancemos en promover también la oración comunitaria en nuestras parroquias. Al Secretariado Diocesano de Grupos de Oración se les ha encomendado esta misión. Entre todos hagamos una Iglesia más orante.
María, la gran orante, nos acompaña en este camino, alentando la oración de nuestra Iglesia, para que lleguemos a hacer de todas nuestras parroquias ver-daderas comunidades evangelizadoras y misioneras.
Os invito, a todos los que podáis, a que participéis de este Encuentro, y sea un día de fraternidad diocesana y de profunda oración.
Reza por vosotros, os quiere y bendice,
+ Antonio Ceballos Atienza Obispo de Cádiz y Ceuta Cádiz, 17 de febrero de 2010.
Día del Seminario
EL SACERDOTE,
TESTIGO DE LA MISERICORDIA DE DIOS
Mis queridos diocesanos:El día 19 de marzo, festividad de San José, celebra la Iglesia el Día del Seminario. El Papa Benedicto XVI ha convocado este Año Sacerdotal con el fin de que, en el mundo entero, se valore el sacerdocio ministerial. Pues bien, con-sidero que es necesario valorar también el lugar y la institución en donde se for-man los futuros sacerdotes. Este es el Seminario. El Santo cura de Ars decía: Oh,
qué grande es el sacerdote si se diera cuenta moriría...
1. Responsabilidad y compromiso
El Seminario ha de estar siempre vivo en las conciencias de todos y de cada uno de los católicos responsables. Un año más celebramos el Día del Seminario, fijando nuestra mirada allí donde se fragua el futuro sacerdote, el futuro Pastor. Es el momento de recordar la responsabilidad y el compromiso que cada uno de los diocesanos tiene contraído con el Seminario y, en general, con las formación de los llamados al sacerdocio ministerial.
Esta responsabilidad y compromiso se concreta, a veces, en pequeños deta-lles, que no por ser pequeños carecen de importancia. Tenemos que interesar-nos por el Seminario, valorar el Seminario, rezar por el Seminario, apoyarle moral y económicamente. Todo ello con espíritu de verdadera colaboración. En este movimiento de esfuerzo renovador común que estamos viviendo, el Seminario, su acierto, su pujanza, su buen hacer, viene a ser uno de los princi-pales retos que hemos de afrontar.