Influencia,
conformidad y obediencia
Las paradojas del individuo social
PID_00285710
Joel Feliu i Samuel-Lajeunesse
Joel Feliu i Samuel-Lajeunesse Licenciado en Psicología por la Uni- versidad Autónoma de Barcelona.
Magíster en Psicología Social. Ac- tualmente investiga sobre la cons- trucción teórica de las diferencias culturales y su papel en psicología social.
Primera edición: septiembre 2016
© de esta edición, Fundació Universitat Oberta de Catalunya (FUOC) Av. Tibidabo, 39-43, 08035 Barcelona
Autoría: Joel Feliu i Samuel-Lajeunesse
Producción: FUOC Todos los derechos reservados
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Índice
Introducción... 5
Objetivos... 12
1. El proceso de normalización... 13
1.1. Las normas sociales ... 13
1.1.1. Algunas distinciones posibles ... 14
1.1.2. Normas implícitas y explícitas ... 15
1.1.3. La ruptura de las normas ... 16
1.1.4. La normalidad ... 17
1.1.5. El orden social ... 17
1.1.6. ¿Restricción o posibilidad? ... 18
1.2. La creación de normas ... 19
1.2.1. Normas de percepción ... 19
1.2.2. Normas de responsabilidad ... 23
1.2.3. Normas en unos disturbios ... 24
1.3. Una polémica: ¿qué son las normas sociales? ... 25
1.3.1. Las normas dentro y fuera ... 26
1.3.2. Las normas, ni dentro ni fuera, sino todo lo contrario ... 28
2. Factores sociales en la percepción... 30
2.1. Percepción y percepción social ... 30
2.1.1. La realidad como construcción social ... 32
2.2. Percepción y actitudes ... 32
2.3. Percepción social y relaciones interpersonales ... 37
2.3.1. La formación de impresiones ... 37
2.3.2. Las teorías de la atribución y los sesgos cognitivos ... 40
2.4. Percepción social y relaciones intergrupales: estereotipos y discriminación ... 45
3. Influencia de la mayoría: conformidad... 48
3.1. Asch y la presión grupal ... 48
3.1.1. Normas en conflicto ... 50
3.1.2. Implicaciones para la dinámica de grupos ... 51
3.2. Conformidad, conformismo y uniformidad ... 52
3.3. Formarse y conformarse ... 53
3.4. Alcance de la influencia de la mayoría ... 54
4. Influencia de la minoría: innovación... 56
4.1. Mayorías y minorías ... 57
4.2. Conformidad o conversión ... 58
4.3. Características de la minoría innovadora ... 61
4.4. Resistencias a la influencia de la minoría ... 64
4.5. Explicaciones de la influencia ... 65
4.5.1. Modelos cognitivos ... 66
4.5.2. Modelos sociocognitivos ... 67
4.6. Relaciones de poder ... 69
5. Obediencia a la autoridad... 72
5.1. El experimento de Stanley Milgram ... 73
5.1.1. Las diferentes condiciones experimentales ... 76
5.1.2. Críticas al experimento ... 78
5.1.3. Algunas réplicas experimentales ... 79
5.2. El individuo en una sociedad burocrática ... 80
5.2.1. La explicación de Milgram ... 81
5.2.2. Extensiones de la aplicación de Milgram ... 83
5.2.3. Relaciones de poder ... 85
5.3. La prisión de Stanford ... 87
5.3.1. Detalles del experimento ... 89
5.3.2. El 'juego' de los roles ... 91
5.4. El individuo en una institución social ... 91
5.5. Las posibilidades de la resistencia ... 93
Resumen... 95
Actividades... 99
Glosario... 100
Bibliografía... 101
Introducción
Presentación
En este módulo encontraréis más elementos que os permitirán cuestionar al- gunas asunciones que el sentido común y la psicología han hecho durante el siglo XX. El hecho de saber que los procesos psicológicos habitualmente considerados básicos y solamente biológicos o individuales son creados social- mente y determinados por relaciones de poder es esencial para comprender la organización de nuestra sociedad, para entender algunas de sus maravillas, pero también, y sobre todo, algunas de sus injusticias. El tema de la influen- cia es precisamente uno de estos temas, en el cual las explicaciones posibles oscilan entre una explicación psicologista: pensar en la influencia como una interacción entre personas con características especiales de personalidad (el influenciador y el influenciable); y una explicación social: la influencia es un proceso que tiene lugar en una situación de características especiales, indepen- dientemente de las personas que están presentes en ella.
Aunque la psicología social en conjunto haya apostado por una explicación que pone énfasis en las características de la situación, esto no hace que el pa- norama sea nítido. Las tensiones entre los puntos de vista diferentes que la configuran hacen que sea necesario entender bien el contexto en el cual se plantean algunos de los experimentos y de las teorías que veremos en este mó- dulo. Por ejemplo, no es lo mismo pensar en la influencia desde la metáfora de barniz o la plastilina (desde la noción de impacto de los factores sociales sobre un individuo preexistente) que desde la inextricabilidad de lo psicológico y social. No es lo mismo intentar comprender los fenómenos de influencia so- cial desde la idea de que la psicología social es el estudio de cómo la presencia real o imaginaria de personas afecta a la conducta del individuo que desde la idea de que la psicología estudia los procesos de creación, cambio y manteni- miento de la realidad (individuos incluidos).
Ved también
Recordad que las metáforas del barniz o la plastilina y la noción de inextricabilidad de lo que es psicológico y de lo que es social están en el punto 1 del módulo 1.
La construcción social de los individuos
Que vivimos en una sociedad individualista es un tópico como tantos otros. Si hablamos desde el sentido común, hay quien dice que existen sociedades más individualistas que otras, y lo que entendemos todos es que hay sociedades en las que los individuos son más egoístas que en otras, que se preocupan más por su beneficio que por el bienestar de los demás. Esto hace que sea posible asistir a discusiones de café eternas sobre si ahora somos más individualistas que antes, o si en Estados Unidos son más individualistas que aquí. Sea como sea, el hecho es que vivimos en una sociedad individualista, pero no en el sentido que mencionábamos hasta ahora, sino en el sentido más analítico de afirmar que vivimos en una sociedad formada por individuos. Esto os puede sonar como una banalidad, pero no lo es. Pese a lo que nos pueda parecer, no sólo no todas las sociedades humanas están o han estado formadas por individuos, sino que además los individuos tienen una existencia limitada en el tiempo en los últimos doscientos o trescientos años.
No obstante, el hecho de que no todos tengan claro que la existencia de individuos es un fenómeno histórico y cultural hace que sea importante insistir en ello.
Ved también
Recordad que en el punto 5.2.
del módulo 2 tenéis una defi- nición de la concepción de in- dividuo que domina en Occi- dente.
Por estas razones, el módulo constituye un recorrido histórico, organizado te- máticamente, de los diferentes planteamientos que el estudio de la influencia social ha provocado. Un recorrido que permite pasar de entender la influencia como un proceso negativo que pisa al individuo y coarta su libertad, a ver la influencia como algo inevitable, el proceso necesario para llegar a ser huma- nos.
Otras tensiones recorren todo el módulo. Para comenzar con una tensión his- tórica, citamos la fractura entre psicología social psicológica y psicología social sociológica. Se trata de una fractura teórica y metodológica que no debemos olvidar, ya que gran parte de los estudios que presentaremos está constituida por estudios generados desde la psicología social psicológica, aunque no úni- camente. Entender bien los estudios que encontraréis descritos en el módulo pasa por entender en qué marco teórico surgen. En general, todos los estudios que encontraréis están inspirados en la psicología de la Gestalt, que dará lugar posteriormente a la psicología cognitivista. No obstante, si explicamos todo esto es porque en realidad el módulo está descrito desde el punto de vista de la psicología social construccionista y esto podría contribuir a generar algunas confusiones. La razón es que las explicaciones de los mismos autores de los primeros estudios son incompletas, entre otros motivos por la omisión del papel de los factores históricos y culturales, una característica habitual de la PSP. En este módulo, realizaremos una tarea de reinterpretación de aquellos trabajos para ofrecer una visión de conjunto del problema y alejarnos de ex- plicaciones causales simplistas para ofreceros herramientas de comprensión, no sólo de los fenómenos en sí, sino también de los estudios que los trataron en su momento.
También existe una�tensión�política. No es lo mismo pensar que la humani- dad puede cambiar su destino que pensar que es inevitable que las cosas sean como son. La fractura entre progresismo y conservadurismo también divide la psicología. Los conservadores prefieren explicaciones que legitimen su posi- ción en la sociedad y que garanticen que las cosas seguirán igual toda la vida. El progresismo busca formas de entender la realidad que justifiquen el hecho de que ésta se pueda cambiar en beneficio de nuevas formas de organización so- cial. Fijaos en que, aunque queramos ofrecer un tratamiento científico a estas cuestiones, no podemos escapar de los efectos que provocan nuestras explica- ciones (recordad la noción de enlightenment presentada en el módulo 1). Por esta razón, no es lo mismo, por ejemplo, explicar que las personas obedecemos a las autoridades por naturaleza, porque las personas somos así, que encontrar una explicación basada en los factores históricos y culturales que las regulan.
Finalmente, existe una�tensión�de�orden�moral; si bien todas lo son, en este caso es especialmente importante la dimensión moral y ética del asunto. Desde el principio de su existencia, la psicología social se había preocupado por la manipulación de unas personas por parte de otras, primero bajo el nombre de sugestión y después de influencia, desde la hipnosis y los estudios de masas, y continuando con los rumores y la propaganda. Sin embargo, después de la
Ved también
Recordad que encontraréis es- tas orientaciones en el punto 3 del módulo 1.
Segunda Guerra Mundial el problema pasa a ser especialmente preocupante.
¿Cómo se podía explicar que miles de personas se dedicasen al exterminio sistemático de millones de otras personas? Los estudios sobre influencia social parten sobre todo de esta última tensión.
Para finalizar esta presentación, sólo nos falta destacar que el objetivo general del módulo es derribar la noción de individuo que hemos utilizado desde el sentido común. Esto nos permitirá establecer los elementos de comprensión de algunos de los comportamientos que más nos sorprenden en el ser humano.
Con el fin de conseguir este objetivo, tendréis que utilizar sobre todo las pre- guntas-guía que aparecerán a lo largo de la explicación, como por ejemplo la que tenemos aquí al lado.
Los procesos a partir de los cuales estudiaremos las diferentes modali- dades de influencia social son la normalización, es decir, la creación de normas sociales; la percepción o captación e interpretación de informa- ción; la conformidad, la sumisión del individuo a la mayoría; la inno- vación, es decir, la modificación de las acciones y los discursos de la mayoría por parte de una minoría; y finalmente, la obediencia o acep- tación de órdenes que provienen de otras personas.
Introducción
En este punto de la asignatura ya sabréis la consideración que se tiene de la psicología social como disciplina, de cómo se han transformando sus preocu- paciones iniciales y sus diferentes definiciones; os hemos presentado también algunas temáticas importantes desde el punto de vista de la psicología social, por ejemplo, cómo podemos pensar en la identidad de las personas, el origen y el papel de nuestras actitudes a la hora de enfrentarnos al mundo que nos rodea o el papel del lenguaje. En este módulo de dos créditos retomaremos lo que habéis aprendido hasta ahora para aplicarlo a uno de los temas "estrella"
de la asignatura en cualquier plan de estudios de psicología: la influencia so- cial, también denominada influencia interpersonal.
No obstante, antes de presentar esta noción, es necesario redefinir otra vez qué es la psicología social, necesidad que se repetirá más adelante; hasta ahora, aparte de lo que os han explicado en el primer módulo, también os habéis podido imaginar la psicología social como una psicología de las relaciones interpersonales, como una psicología de los grupos, como una psicología de la identidad social o, incluso, como una psicología de las creencias y opiniones;
ahora nos interesa que os imaginéis la psicología social como una psicología de las situaciones.
La psicología de las situaciones
A priori os puede parecer extraño que las situaciones puedan tener una "psicología", por este motivo pensad en el ejemplo siguiente: nuestro día a día consiste en llevar a cabo
Pregunta-guía
La pregunta que orienta el mó- dulo es la siguiente: ¿por qué actuamos tan a menudo en contra de nuestras creencias?
una serie de acciones consecutivas y pasar de una a otra sin parar. Nos levantamos, nos duchamos, desayunamos, nos transportamos, trabajamos, almorzamos, militamos, can- tamos, cenamos, vemos la televisión, dormimos... Estas acciones no tienen lugar en el vacío sino que, como podéis intuir fácilmente mediante las imágenes que os han venido a la cabeza mientras las leíais, tienen un contexto, forman parte de alguna de las situacio- nes posibles con las cuales nos enfrentamos todos los días. Es importante que retengáis este concepto de situación y que entendáis que va más allá del contexto físico, y que tam- bién incluye el contexto social, es decir, lo que las situaciones significan para nosotros y para las demás personas. Por ejemplo, la presencia física de una mesa forma parte de determinadas situaciones laborales, pero también el significado de mesa y las normas que regulan qué debe hacerse en una mesa y qué no. Así pues, los distintos usos y costumbres de las relaciones entre personas y mesas forman parte de la situación y de su definición.
Con el fin de ejecutar cada una de las acciones que puede requerir una situa- ción dada, en primer lugar, es necesario que la interpretemos, que la enmar- quemos en un contexto más amplio y la dotemos de una serie de significados.
Hacer esto se denomina definir la situación. Una vez que se ha definido la si- tuación, podemos movernos en ella con gran comodidad y llevar a cabo todo lo que se espera de nosotros (y que nosotros también esperamos de nosotros mismos) sin demasiadas dificultades.
Obviamente, estas definiciones no nos las inventamos nosotros solos, sino que las compartimos con otras personas que se encuentran con no- sotros en cada situación, de manera que no somos nosotros quienes de- finimos la situación, ya que el sentido que tiene para nosotros es siem- pre el producto de una negociación con otras personas. Lo que en úl- tima instancia determina la conducta final de una persona, contraria- mente a lo que solemos pensar, no es lo que esta persona en términos individuales crea o deje de creer que tiene que hacer o que está bien hacer, sino la definición de la situación de la cual parte. La noción de influencia interpersonal o social se refiere precisamente a los diferentes procesos implicados en la creación de estas definiciones.
Una psicología de las situaciones tiene que entender no sólo cómo se genera una determinada situación, sino que debe explicar por qué esta definición es capaz de sobreponerse a las opiniones y creencias diferentes que puedan tener las personas implicadas en la situación, de manera que éstas pronto adquieran un sentido de lo que es correcto o incorrecto hacer, decir o pensar en aquella situación. Por tanto, la definición de una situación comporta una moral, un sentido de lo que está bien y de lo que está mal o de lo que es adecuado y de lo que no, y también un sentido de las acciones pertinentes, y de las habilidades requeridas para efectuarlas en un contexto determinado.
Ejemplo
Un ejemplo relativamente intrascendente es cómo se define una situación de transporte en autobús, y cómo sabemos qué podemos hacer y qué no podemos hacemos en un autobús, pero podemos aplicar el mismo concepto para entender cómo se genera una situación de violencia doméstica o la masacre de un grupo de civiles en una guerra.
Definición de la situación La definición de la situación es uno de los conceptos más im- portantes que aportó la escue- la de Chicago, que trabajó en el marco teórico del interaccio- nismo simbólico.
Aunque esta visión interaccionista de lo que son las relaciones interpersonales y de las situaciones en las cuales se desarrollan deja un gran espacio a la agencia individual, ya que el resultado de la negociación dependerá de la implicación de la persona en ésta, no perdáis de vista el hecho de que tanto las relaciones como las situaciones, como incluso las mismas personas que participan en ellas, son creaciones históricas situadas en una época concreta y en un territo- rio concreto. Se trata de creaciones culturales y sociales insertas en relaciones de poder que limitan (y también permiten, claro está) las posibles definicio- nes. Éste es el reajuste que propone la psicología social construccionista en el interaccionismo simbólico.
A estas alturas de la asignatura seguramente ya os habéis dado cuenta de que la noción de individuo de sentido común que habitualmente utilizamos para interpretar y juzgar las acciones de los demás ha cam- biado. Si tenéis claro que lo social y lo psicológico son inextricables y que, por tanto, individuo y sociedad no son dos fenómenos separables, sino como mucho, dos caras de una misma moneda, si también tenéis claro que la identidad mediante la cual el individuo se piensa a sí mis- mo no es fija ni inmutable, sino múltiple y emergente en las diferentes situaciones, y que las opiniones que expresamos las personas no son privadas, inventos particulares de cada uno de nosotros, sino discursos ideológicos que circulan en las interacciones diferentes, entonces os se- rá fácil entender que las acciones que realizamos todos los días son so- bre todo un producto de la influencia social.
Imaginaos por un momento que estáis en Barcelona, o en cualquier ciudad con servicio de transporte público, y queréis tomar el autobús número 9. Lle- gáis a la parada y hay tres personas más esperando. Es culturalmente lógico pensar que estas personas van delante de nosotros, pero no sabéis si en reali- dad hay una cola o no la hay. Según cómo os pongáis, en qué ángulo y en qué dirección, generaréis la impresión de que hay una cola o que no la hay.
Quizá esta primera distribución de las personas es más o menos azarosa, pero si vuestra presencia provoca el efecto de que hay una línea de personas, la per- sona siguiente que llegue a la parada interpretará que hay una cola y se pondrá detrás de vosotros. Acabáis de asistir al nacimiento de una norma social en una situación específica. Este proceso se denomina normalización en psicolo- gía social. Las normas sociales son el primer ámbito en el cual estudiaremos la influencia social, estudiaremos qué son, cómo se crean, y cuál es su papel en la conformación de las conductas individuales.
Curiosidad
En Barcelona no se acostumbra a hacer cola en las paradas de autobús, de manera que el orden de subida al autobús es una interacción compleja de factores aleatorios (delante de quién ha quedado la puerta) y cívicos (si hay gente mayor o impedida esperando).
En cambio, estos factores no tienen ninguna importancia en las paradas de origen de las líneas de autobús, ya que en éstas la norma es hacer cola independientemente de los problemas de movilidad de los diferentes usuarios.
Reflexión
¿Os habéis preguntado algu- na vez por qué en general no os coláis en el tren, por qué calláis cuando vuestro jefe os lo pide, por qué aceptáis un proceso de selección racista para entrar en las discotecas, por qué cenáis en Navidad con la familia en lugar de quedar con los amigos, por qué con- sideráis que la ecología es al- go bueno o por qué en Kosovo unas personas matan a otras cuarenta y las entierran en una fosa común?
Ser un cerdo no es una condición especialmente agradable en nuestra socie- dad, especialmente si uno espera vivir muchos años. Sin embargo... ¿de qué estamos hablando? ¿De una persona o de un animal? Bien, de ambas cosas.
Son necesarias pocas interacciones desagradables entre dos personas para que una acabe convencida de que la otra es un cerdo. No es fácil desligar percep- ción y pensamiento, así que es muy probable que de ahora en adelante la persona-cerdo adquiera para la otra persona algunas de las características de este animal, probablemente un tono de piel rosado, unas orejas puntiagudas, un tono de voz excesivamente agudo, una cola pequeña, y la emisión de dife- rentes sonidos poco convenientes. Bromas aparte, poco a poco nuestro pen- samiento se convierte en percepción y lo que había comenzado siendo un in- sulto acaba adquiriendo tonos de objetividad. Las sucesivas interacciones que tenemos con una persona (incluso con nosotros mismos) van encaminadas a confirmar nuestras impresiones, de modo que una persona que ha tenido un comportamiento frío en una situación concreta tiene muchas posibilidades de provocar que la consideremos una persona "fría". Si esto pasa con las personas, imaginaos ahora lo que puede suceder con los objetos, los cuales no se pueden ni defender de nuestras interpretaciones.
Un cerdo, ahora el animal, no es realmente más que el conjunto de interpre- taciones que hacen del mismo las diferentes personas que lo perciben. Un car- nicero no ve lo mismo que un campesino, el cual no ve lo mismo que una persona de ciudad, que, a su vez, no ve lo mismo que un musulmán, quien no ve lo mismo que un zoólogo. Un biólogo musulmán cuyo padre tenía una carnicería lo vería de distintas maneras según la situación. La relación entre la situación y lo que percibimos será el motivo del punto que denominaremos
"factores sociales en la percepción".
¿No habéis tenido nunca la sensación de que era mejor callar que predicar en el desierto? ¿Y la sensación de que es mejor no decir nada antes que ponerse en evidencia delante de todo el mundo? Muy a menudo preferimos no expresar nuestra opinión sobre un tema si pensamos que la gente que nos rodea no está de acuerdo. Sin embargo, con esta actitud lo que hacemos es contribuir a la idea de que la opinión mayoritaria es una sola y que no hay divergencias.
Si alguien piensa diferente, probablemente tampoco expresará su creencia si nosotros no lo hemos hecho, ya que pensará que es la única persona que no piensa como el resto, hasta el punto de que todos acabamos creyendo que vivimos rodeados por un grupo de conformistas. El estudio de las condiciones y los efectos de este fenómeno se agrupa bajo el título de influencia�de�la mayoría�o�conformidad. Para que no nos vean como diferentes o para salvar una relación personal somos incluso capaces de decir lo contrario de lo que pensamos. Y si no, recordad qué hicisteis la última vez que vuestra pareja os dijo que el camino más corto para ir a los cines Dorado Multiplex es de toda la vida por la calle Mayor, precisamente cuando ibais a ver aquella película que gustó tanto a todos vuestros amigos menos a vosotros.
Ejemplo
Recordad que Jerome Bruner demostró cómo, en niños y niñas de ocho a diez años, la percepción del tamaño de unas circunferencias variaba según si eran de cartón o bien si eran monedas. Las mone- das valían más y, por tanto,
"eran"más grandes.
Conformistas o inconformistas
Habitualmente pensamos que hay unas personas más incon- formistas que otras, y que si se tiene una personalidad fuer- te no se es conformista. Esta creencia del sentido común no tiene en cuenta que hay si- tuaciones en las cuales somos conformistas y situaciones en las que no lo somos.
La humanidad tiene cosas admirables y otras patéticas, y los últimos puntos del módulo tratan un aspecto admirable y uno patético de la naturaleza hu- mana. Comencemos por la admirable. Hay que destacar que en los dos últimos años las cosas han cambiado y para bien. Existe un gran consenso en torno a la necesidad de conservar el medio ambiente y, aunque sea con algunos so- bresaltos, de que la mujer adquiera los mismos derechos que el hombre. Estos fenómenos generan situaciones que eran impensables hace pocos años: em- presarios detenidos por contaminar ríos, hombres que cuidan bebés y mujeres que presiden el Congreso y el Senado del Estado español. Aunque sean anec- dóticos, la diferencia es que antes no eran posibles ni tan siquiera anecdótica- mente. No obstante, el proceso que ha permitido llegar hasta este punto, y que todavía continúa, ha sido largo y difícil y ha implicado el esfuerzo personal de mucha gente y la organización de centenares de colectivos de todo el mundo;
y, a pesar de la magnitud de los cambios que ha habido, han sido una minoría las personas que han buscado los cambios activamente y que, en definitiva, los han provocado. El proceso mediante el cual una minoría puede provocar cambio social, y puede generar un cambio de actitudes, opiniones, creencias y discursos, y consecuentemente algunos cambios en el comportamiento, se estudia bajo el nombre de la influencia de la minoría o innovación.
Aún quedan cambios por realizar
En los últimos años en el Esta- do español han muerto una media de sesenta mujeres al año en manos de sus compa- ñeros masculinos. Las denun- cias por maltrato rondan las veinte mil anuales y se sospe- cha que sólo son la punta del iceberg. De momento, el cam- bio social sólo se nota en el hecho de que estas cifras nos provocan horror, y quizá algún día, siempre y cuando haya quien continúe luchando acti- vamente, dejarán de existir.
Bien, centrémonos ahora en el aspecto patético. Quien más quien menos cree que la obediencia es necesaria para el buen funcionamiento de la sociedad.
¿Sobreviviría una empresa en el libre mercado sin la obediencia de sus traba- jadores? ¿Sería posible la escolarización masiva de la población infantil y ju- venil sin que estas criaturas obedecieran? ¿Cómo podría la policía reprimir una manifestación si la obediencia no fuera un valor? Debido a su funciona- lidad y eficacia, no dudamos en creer que la obediencia es un mal necesario en una sociedad que no se sostendría si todo el mundo hiciese lo que quisiera.
Está claro que pensamos que en todo caso la obediencia no debe ser ciega, y que unos ciudadanos con espíritu crítico podrían asumir perfectamente que la obediencia es necesaria, pero sólo hasta cierto punto. No obstante, ¿cuál es este punto? ¿Cuáles son los límites de la obediencia? El último punto del módulo va dirigido a profundizar en la comprensión del origen, el manteni- miento y las consecuencias de los procesos de obediencia a la autoridad en nuestra sociedad.
Ejemplo
A causa de la noción de obe- diencia, miles de soldados se han ahorrado, a lo largo de es- te siglo, de tener que respon- der sobre los crímenes que ha- bían cometido con sus manos.
Objetivos
Los objetivos que os propone este módulo consisten en conseguir que, una vez que los hayáis estudiado y hayáis elaborado sus contenidos, seáis capaces de:
1. Describir los procesos principales de la influencia social.
2. Comprender los conceptos principales vinculados al estudio de la influen- cia social.
3. Distinguir entre explicaciones individualistas, interaccionistas y construc- cionistas de la influencia.
4. Identificar el papel de la noción vigente de individuo en la explicación de los procesos de influencia social.
5. Reconocer los procesos de construcción de individuos en nuestra sociedad.
6. Proporcionar elementos de interpretación psicosociales a los procesos que estudiaréis a lo largo de la carrera.
7. Utilizar las reflexiones que tenéis en los módulos en el análisis de situa- ciones cotidianas.
Es muy recomendable que no los perdáis de vista, y que, si es necesario, en momentos de duda volváis a consultarlos para retomar el hilo.
1. El proceso de normalización
Las relaciones entre las personas ciertamente tienen un grado importante de formalización. No podemos tratar de cualquier manera a cualquier persona, no sólo por lo que respecta a los tratamientos gramaticales (vos, usted y tú), sino también por lo que respecta a lo que tenemos que hacer o dejar de hacer, decir o dejar de decir a los demás. Las leyes de los estados modernos son una forma importante de regulación de estas relaciones y, de hecho, establecen to- da una serie de penalizaciones para aquellos que no las cumplen. No obstan- te, las leyes, los códigos o los reglamentos no son la única vía para regular el comportamiento de las personas. De hecho, deberíamos decir que ni siquie- ra son la más importante. En este apartado denominaremos normalización1 al proceso de creación de las normas que regulan la conducta, la percepción, el pensamiento o los deseos de las personas en una situación concreta. La nor- malización es un concepto que se ha utilizado para explicar la uniformidad presente en la sociedad. Las costumbres y las tradiciones, las reglas y los valores e, incluso, las modas, son ejemplos de normas que indican a las personas cuál es la conducta adecuada en una situación determinada. En general, podemos decir que cualquier criterio de comportamiento que esté normalizado como consecuencia que es de una interacción entre individuos es un caso concreto de "norma social" (Sherif, 1936).
1.1. Las normas sociales
(1)Es importante que no confundáis la noción de normalización de la psicología social con la de norma- lización entendida como retorno a la normalidad que se aplica, por ejemplo, en el caso de la normali- zación lingüística.
En principio no resulta muy difícil pensar en cualquier situación y detectar las normas que la regulan. El aeropuerto, la calle o una autopista, una cena de Navidad o un almuerzo de cualquier día, un bar o una discoteca, una boda, una venta o una compra, un entierro, pasear el perro o hacer el amor son si- tuaciones diferentes en las cuales una serie de normas constriñe las posibilida- des de acción de las personas, aunque al mismo tiempo también las permite.
Las normas sociales se pueden considerar las obligaciones que tienen las personas en una situación, pero también las expectativas que éstas tienen acerca de cuál será el comportamiento de las demás personas y sobre su mismo comportamiento.
Veamos algunas definiciones al respecto:
En primer lugar, una definición que enfatiza la deseabilidad de los comporta- mientos regulados por las normas en un contexto determinado:
Ruptura de expectativas
¡Cuántas veces nos hemos sor- prendido de nuestras mismas reacciones! Pronunciar la fra- se "nunca me hubiera espera- do que reaccionaría así" es más habitual de lo que parece.
Las normas son principios sociales que regulan la acción de los individuos en el interior de un sistema, indicando qué acciones son deseables y cuáles no en cada papel y situación concretos.
I. Martín Baró (1983). Acción e ideología (p. 312). San Salvador: UCA.
La definición siguiente remarca el hecho de que se trata de expectativas, pero también nos recuerda que la definición de la normalidad está estrechamente relacionada con la de norma social:
Reglas para la conducta aceptada y esperada. Las normas prescriben la conducta "apropia- da". (En un sentido diferente de la palabra, las normas también describen lo que la ma- yoría de los demás hace –lo que es normal.)
D. G. Myers (1995). Psicología Social (p. 190). México D.F.: McGraw-Hill.
Y finalmente, Erving Goffman nos recuerda no sólo que las normas se encuen- tran reguladas por sanciones y recompensas, sino que además están relaciona- das con la identidad de las personas.
Una norma social es el tipo de guía de acción que se ve apoyada por sanciones sociales, negativas que establecen penas por la infracción y positivas que establecen recompensas por el cumplimiento ejemplar. No se pretende que el significado de esas recompensas y esas penas resida en su valor intrínseco, sustantivo, sino en lo que proclaman acerca de la condición moral del actor.
E. Goffman (1979). Relaciones en público (p. 108). Madrid: Alianza.
A continuación, haremos referencia a las implicaciones que contienen estas definiciones, y también a otros puntos remarcables de la noción de norma social.
1.1.1. Algunas distinciones posibles
Erving Goffman, en su libro Relaciones en público (1963), comenta algunas de las distinciones que podemos establecer entre las normas a modo de posible clasificación.
a) Podemos distinguir entre prescripciones u obligaciones como, por ejemplo, aplaudir al final de un espectáculo, y proscripciones o prohibiciones como, por ejemplo, hablar a un desconocido a menos de 20 cm de su cara.
b) Los principios son normas a las cuales se reconoce un valor intrínseco, co- mo, por ejemplo, el famoso precepto de "no matarás"; en cambio, las conven- ciones son normas sin ningún valor especial excepto por el hecho de que son útiles para la fluidez de la vida cotidiana, por ejemplo, esperar a que nuestro interlocutor haga una pausa antes de retomar el turno de palabra.
c) También se puede establecer una distinción entre las normas que resulta previsible que la gente cumpla más o menos y las que nadie cumplirá, aunque sea deseable aproximarse a ellas. Goffman denomina órdenes a las primeras y
normas a las segundas. Por ejemplo, es de esperar que todos los habitantes de un país occidental aprendan a leer y a escribir (éste es el orden social), pero no que nadie cumpla el ideal (la norma) de belleza occidental.
d) También es posible distinguir entre normas sustantivas y normas rituales.
Las primeras regulan directamente los asuntos de valor, y las segundas lo hacen indirectamente; son las ceremonias, los rituales, las expresiones, etc.
e) Finalmente, distingue entre derechos, cuando quien tiene que cumplir la norma así lo desea, y deberes, cuando quien la tiene que cumplir no lo desea especialmente.
El interés de estas distinciones no es tanto la clasificación en sí como el hecho de explicar la variedad de ámbitos a los cuales se puede aplicar el concepto de norma social.
1.1.2. Normas implícitas y explícitas
Probablemente, podríamos buscar otras clasificaciones posibles, pero sin duda la distinción más común es la que establece la mayoría de los autores (también Goffman) entre normas explícitas y normas implícitas, también denominadas normas formales y normas informales, respectivamente.
Se trata de una distinción basada, sobre todo, en términos de conciencia, si las personas implicadas en su seguimiento son conscientes de que siguen una norma o no lo son. Las normas explícitas son aquellas normas que sabemos que lo son, que con frecuencia, aunque no siempre, están recopiladas en códi- gos, leyes o reglamentos o incluso en manuales de civismo, urbanismo y bue- na educación. Son también las normas que nos han transmitido oralmente en frases del estilo "niño, esto no se hace" o "niña, esto no se toca", o "haga el favor de apartarse, ¿no ve que dificulta el tráfico?".
En cambio, las normas implícitas tienen la característica remarcable de pasar desapercibidas, incluso para el que las cumple. En general, no sabemos que son normas, y por descontado no están escritas en ninguna parte. Estudios de este tipo de normas los encontramos en los trabajos ya clásicos de Garfinkel (1967), el fundador de la etnometodología2, y de Erving Goffman (1959) sobre la presentación de uno mismo. Muchos otros autores también han explorado este tipo de normas, como por ejemplo Stanley Milgram (1992).
(2)La�etnometodología
La etnometodología es el estudio de los métodos que utiliza la gente en su vida cotidiana para que ésta fluya cómodamente, es decir, que funcione.
El ascensor
Normas de este tipo son, por ejemplo, las que regulan las acciones de las personas en un ascensor. Algunas son generales de todos los ascensores y otras son específicas según si el ascensor es de una vivienda o de un edificio de oficinas, si se encuentra en una ciudad
grande o en un pueblo pequeño, etc. Por ejemplo, el silencio es la norma principal. En un ascensor es deseable estar callado, aunque esta norma puede chocar con otra que promueva la comunicación entre personas. Cuando esto pasa, la norma que sucede a la del silencio es la de hablar del tema más neutro y con menos implicaciones personales posibles, es decir, del tiempo que hace. Si se mantiene el silencio, encontramos también otras normas como, por ejemplo, no mirar directamente a las otras personas y, por tanto, evitar el contacto ocular y, en todo caso, mirar a las paredes del ascensor, las luces, el espejo (no demasiado para que los demás no piensen que somos unos presumidos o que los miramos mediante el espejo) o leerse por millonésima vez las instrucciones de uso y las limitaciones de personas y peso. Si es posible, hay que dejar el máximo espacio posible entre personas y evitar cualquier contacto físico; si esto no es posible, hay que expresar de forma clara, aunque no verbalmente, la incomodidad que nos provoca tal situación.
Los ejemplos anteriores son de normas implícitas, otras normas explícitas po- drían ser el hecho de no fumar, el hecho de que los menores no viajen solos o el hecho de saludarse al entrar el ascensor. Cualquier situación está regulada por una combinación de normas explícitas e implícitas.
Un buen ejercicio de psicología social es pensar una situación y encon- trar las normas sociales que la regulan. Un modo de hacerlo es romper la norma cuya existencia sospecháis, aunque no esté exento de riesgos personales.
Uno de los efectos de realizar el ejercicio anterior es darse cuenta de que la distinción entre cuándo una norma es explícita e implícita no está clara. Exis- ten normas que nos pueden venir enseguida a la cabeza y de las cuales es fácil recordar cuándo, cómo y quién nos las enseñó, mientras que otras son más difíciles de ver, y algunas podían haber sido explícitas y ahora ya no, porque las hemos automatizado tanto que no sabemos ni cuándo las aprendimos. En realidad, podríamos decir que las normas se pueden situar en un continuo de más a menos implícitas, o de más a menos explícitas, como queráis. Una norma hasta ahora implícita puede pasar de inmediato a ser explícita cuando alguien la viola.
1.1.3. La ruptura de las normas
Las sanciones sociales por la ruptura de una norma son normas sobre normas:
se trata de normas que regulan el cumplimiento y el incumplimiento de las normas. Las sanciones se pueden dividir en formales e informales, según cuál sea el tipo de norma que se rompe. La ruptura de una norma explícita com- porta la aplicación de sanciones claras cuyo conocimiento general se presu- pone. En general, además, no son las personas implicadas en la situación las que aplican estas sanciones, sino un organismo competente. Por otro lado, la ruptura de una norma implícita comporta unas sanciones completamente diferentes.
Lecturas
complementarias Para dominar el concepto de norma social implícita son muy recomendables las obras siguientes:
E. Goffman (1979). Relaciones en público. Madrid. Alianza.
H. Garfinkel (1984). Studies in Ethnomethodology (ed. origi- nal 1967). Oxford: Blackwell.
Las sanciones informales las aplican directamente las otras personas implica- das en la situación o incluso uno mismo. La burla, el ridículo, el aislamien- to, los insultos y las amenazas son las más obvias, pero también otras que se aplica uno mismo como, por ejemplo, la vergüenza y el rubor, el silencio y la sumisión, bajar la cabeza y no mirar atrás. La presión del grupo va encaminada sobre todo a recordar que el hecho de pertenecer al grupo implica el respeto a sus normas y que cualquier persona que no las respete será excluida del mismo y calificada de "diferente", "anormal" o "desviada".
1.1.4. La normalidad
La conexión entre las nociones de normalidad y de norma social es directa. En una sociedad como la nuestra, que nos parece que está formada por indivi- duos que pueden actuar por su cuenta y que presuponemos libres, prever la conducta de los demás resulta imprescindible. Por este motivo, la noción de normalidad tiene tanta fuerza; todos aspiramos a ser considerados normales –en todo caso, cualquier característica personal que nos haga ser individuales no puede exceder los márgenes de la normalidad. Es normal quien cumpla las normas implícitas y no lo es quien no las cumpla.
La violación de una norma implícita, por ejemplo, por la falta de reconoci- miento de su presencia, provoca momentos difíciles y extremadamente com- prometidos. Si tenemos suerte, sólo se nos calificará como personas con poca habilidad social, pero la sanción puede ser más grave, porque, como menciona Goffman, lo implicado en la situación es todo el carácter moral del actor y, por tanto, su identidad queda cuestionada. Aquel que rompe una norma es más fácilmente caracterizado como una persona imprevisible, poco fiable, in- moral y, en los casos más graves, anormal. Un error de este estilo, aunque sea a causa de alguna ambigüedad de la situación, se atribuye con facilidad a una deficiencia en la personalidad y, por tanto, a una característica difícilmente modificable de la persona.
1.1.5. El orden social
Como hemos visto, en la primera definición las normas son principios activos en el interior de un sistema. La noción de norma social está fuertemente impreg- nada de esta idea de que las normas están organizadas y que, de hecho, perte- necen a un marco social más extenso que el de la misma situación. No pode- mos desvincular las situaciones, ni sus definiciones posibles, ni, por tanto, las normas que las regulan, de la historia de la sociedad en la cual tiene lugar esta situación. Las normas sociales son mecanismos de control social que garanti- zan que "la máquina social" o el "organismo social" funcione eficazmente.
Pregunta-guía
Fijaos en las metáforas que se utilizan para hablar de la sociedad. No son arbitrarias ni accidentales, también reflejan los valores sociales dominantes. ¿Qué valores creéis que
El ascensor
Es preferible que no intentéis romper las normas del ascen- sor de vuestra casa para ver qué sucede, si no queréis te- ner que dar demasiadas expli- caciones y, sobre todo, si parti- cularmente no os apetece que la mayoría de los vecinos no os dirija más la palabra o eluda vuestra presencia.
Normas formales
En cambio, las normas forma- les no están tan vinculadas a la noción de normalidad precisa- mente porque son explícitas.
En general, su no cumplimien- to es indicio de rebeldía, pero no de anormalidad.
refleja la metáfora de la maquinaria social? ¿Y la de organismo social? ¿Creéis que tienen los mismos efectos?
Las normas sociales están organizadas en códigos o sistemas de normas (tanto las explícitas como las implícitas). Toda norma tiene un contexto de uso en el cual es pertinente, y está relacionada con otras normas a las cuales hace referencia o de las cuales depende. Podemos pensar fácilmente que existe una jerarquía de normas que nos indica cuáles son más básicas y cuáles más con- vencionales, cuáles son imprescindibles para garantizar un orden social deter- minado y cuáles son más fácilmente modificables, ya que no provocan cam- bios esenciales en el sistema. Las normas están indisolublemente vinculadas a los valores, y la gravedad de la sanción por su transgresión es un indicio de estos valores.
El ascensor
Los ejemplos anteriores de las normas presentes en una situación tan aparentemente
"inocente" como la de un viaje en ascensor reflejan y construyen al mismo tiempo lo que significa la intimidad en nuestra sociedad, distinguen los espacios públicos de los priva- dos, regulan la relación entre el individuo autónomo y la colectividad. Indican que existe una tensión que hay que resolver normativamente entre un espacio colectivo limitado que anula la disponibilidad de espacio personal que cualquier individuo considera suyo.
El ascensor de la vivienda es un momento de tránsito, una frontera entre lo público y lo privado que remarca la noción de propiedad privada y la característica del individuo moderno como poseedor o propietario de bienes, espacios y momentos, de los cuales nadie puede disponer sin su autorización expresa.
La noción de norma social nos permite entender por qué el vínculo entre el individuo y la sociedad es inextricable: lo que la persona es no se puede separar de las normas que regulan las situaciones en las cuales se encuentra. La noción de rol social de la cual hemos hablado en el módulo 2 refleja precisamente esto:
cuál es el conjunto de normas que se encuentra asociado a una determinada posición o estatus social.
Ambas nociones nos ayudan a ver cómo depende, lo que es normal o anormal, de las normas sociales instauradas en una sociedad determinada y no de valo- res abstractos definidos por especialistas (en nuestra sociedad los psicólogos).
1.1.6. ¿Restricción o posibilidad?
La noción de norma social permite entender por qué la sociedad funciona con relativa fluidez, cómo, la multitud de interacciones personales de todos los días, no se convierte en una multitud parecida de conflictos interpersonales.
Por este motivo, si bien las normas sociales restringen las posibles acciones de las personas, también permiten que éstas tengan lugar, y ofrecen un contexto relativamente flexible. Las normas no regulan todos los ámbitos de la vida cotidiana, sino que ofrecen márgenes a la diversidad en áreas poco importantes o bien dentro de los límites de lo aceptable (Martín Baró, 1983).
Por otra parte, se trata de una noción que nos explica por qué somos capaces de adaptarnos rápidamente a situaciones no familiares para nosotros tan só- lo observando la conducta de los demás. Además, remarcar el hecho de que
Reflexión
Para entender cómo marca el rol la identidad, pensad en las diferentes normas que deben cumplir hombres y mujeres en nuestra sociedad y cómo con- diciona esto las posibilidades de ser.
la mayoría de nuestros comportamientos tiene un origen social nos permite pensar que éstos no proceden de alguna entidad exterior al ser humano, Dios o la madre naturaleza, sino que son productos de la interacción entre personas.
Aunque la mayoría de normas sea implícita y no sepamos que están, podemos cambiarlas desde el momento en que una ruptura nos permita identificarlas y plantearnos su validez.
1.2. La creación de normas
Del punto anterior se desprende que las normas nacen en situaciones concre- tas históricamente contextualizadas, crecen y se expanden a otras situaciones o momentos y, finalmente, mueren cuando ya no se utilizan más.
En este punto veremos algunos ejemplos de cómo nacen las normas sociales que nos ayudarán a entender un poco más el concepto y también sus impli- caciones.
1.2.1. Normas de percepción
En 1936 Muzafer Sherif ideó un experimento para ver cómo se generan las normas sociales. El punto de partida era la hipótesis de que las normas sociales cambian cuando nos encontramos en situaciones sociales inestables. Cuando la confusión y la incertidumbre surgen porque las normas antiguas ya no sir- ven, entonces se crean otras nuevas. Sherif pensó en aprovechar el efecto auto- cinético como prototipo de situación en la cual la persona no tiene referencias.
El experimento consistió en situar a una persona en una cámara oscura en cuyo fondo había una luz inmóvil; puesto que el sujeto no tenía ningún pun- to de referencia, al cabo de unos instantes la luz aparentemente comenzaba a moverse. Al experimentador le interesaba la distancia que recorría aquella luz. A cada persona se le presentaba la luz cien veces y lo que se observó es que, al cabo de unos cuantos ensayos, la persona establecía un rango y un punto dentro de este rango. A partir del establecimiento de esta norma pecu- liar de cada uno, todos los juicios subsiguientes que las personas efectuaban dependían de esta norma particular. En dos series más, de cien evaluaciones cada una, se mostró que la persona mantenía consistentemente los primeros juicios. Por tanto, si la persona "veía" moverse la luz unas tres pulgadas cada vez, se mantenía esta distancia hasta el final. Podríamos decir que la persona genera en estas condiciones una norma individual de percepción. Puesto que en realidad la luz no se movía, las diferencias individuales fueron considerables, desde quien mantenía que la luz casi no se movía (0,5 pulgadas) hasta el que la veía moverse 10 pulgadas. Otros experimentos posteriores han mostrado que el efecto autocinético puede generar apreciaciones que van desde quien no la ve moverse hasta quien la ve desplazarse varios metros, pasando por los que sólo la ven moverse algunos centímetros.
El efecto autocinético Este efecto es bastante cono- cido por los astrónomos, que sufren sus consecuencias. Se produce siempre que percibi- mos un objeto luminoso y nos faltan las referencias espaciales para situarlo respecto a nues- tra posición en el espacio. En estas condiciones, el objeto lu- minoso parece que se mueva erráticamente en cualquier di- rección pese a estar realmente inmóvil.
Parece, pues, que en situaciones de ambigüedad las personas tienen tenden- cia a ordenar el entorno y a percibir regularidades e, incluso cuando éstas son inexistentes, a inventárselas. A nadie se le escapa que una situación tan arti- ficial y tan particular no puede ser generalizable a la vida cotidiana de una persona. Esto es totalmente cierto, si no, ¿cuándo se encuentra una persona sola a la hora de emitir juicios sobre situaciones ambiguas o poco claras? De hecho, en estas situaciones buscamos activamente la opinión de los demás. Y ésta fue la fase siguiente del experimento: poner a la persona en una situación de grupo.
Sherif creó cuatro grupos de dos personas y cuatro grupos de tres que ya ha- bían pasado por la primera fase y que, por tanto, ya tenían una norma indivi- dual de percepción creada. Y repitió los ensayos. Lo que sucedió fue que en la situación de grupo las personas hablaban entre ellas, como era de esperar, y a continuación modificaban su juicio previo, circunstancia que ya no era tan esperable. De este modo, ante la creencia de que la luz se movía igual para las dos o las tres personas, se veían obligadas a modificar su juicio previo indivi- dual y adaptarlo a la percepción del otro. En tres series de ensayos las personas convergieron y crearon una norma de grupo. Comenzaron a "ver" que la luz se movía como el resto del grupo y no como la veían en los ensayos individuales.
Habría que saber si efectivamente la "veían" diferente o si sólo se conformaban con la opinión del grupo.
Entonces Sherif creó ocho grupos más, de dos o tres personas, que no habían participado en ninguna sesión previa y, en lugar de hacerlos pasar primero por las sesiones individuales, los puso directamente en la sesión de grupo.
Ya desde la primera serie de juicios las personas se pusieron de acuerdo en un rango determinado y en ningún caso surgieron diferencias individuales.
Después de tres series de grupo, se puso a estas personas en una situación individual; si en esta sesión las personas se hubiesen conformado al grupo, ahí es donde deberían haber aparecido diferencias individuales. Sin embargo no fue así, las personas continuaron manteniendo la norma de grupo en los juicios individuales.
En las dos figuras de la página siguiente podéis constatar la evolución de los juicios en cada uno de los grupos.
En palabras del mismo Sherif:
"La base psicológica de las normas sociales establecidas, tales como estereotipos, modas, convenciones, costumbres y valores, reside en la formación de marcos comunes de refe- rencia como producto del contacto de individuos. Una vez que tales marcos de referencia quedan establecidos e incorporados al individuo, pasan a ser importantes factores en la determinación o modificación de sus reacciones, frente a las situaciones que afrontarán, más tarde, sociales, e incluso en ocasiones no sociales, especialmente si el campo de es- timulación no está bien estructurado."
M. Sherif (1936). Las influencias del grupo en la formación de normas y actitudes. En J.
R. Torregrosa y E. Crespo (1984), Estudios básicos de Psicología Social (p. 344). Barcelona:
Hora.
Para explicar estos resultados entre otros, Leon Festinger propuso, en 1954, la teoría de la comparación social, de la cual ya habréis tenido conocimiento en los otros módulos. Según el autor de la teoría, habría que explicar qué procesos generan uniformidad en el seno de los diferentes grupos sociales. La cuestión de partida es que existen temas sobre los cuales es más fácil estar seguros que de otros. Si una persona no está segura de la medida de una baldosa, toma un metro y se acaba el problema. En cambio, si duda de si un profesor es un buen profesor o no lo es, no tiene ningún "metro pedagógico" a mano. Lo único de lo que dispone es de los otros estudiantes. En este caso, la creencia en la validez de las propias opiniones sólo puede venir dada por las otras personas. De hecho, la mayoría de los temas relevantes de la vida social es más de este segundo tipo que de los primeros, es decir, que en general no tenemos "pruebas" de la mayoría de los temas que nos importan.
Pruebas científicas De todos modos, incluso las pruebas más científicas no son más que consensos de gru- pos de personas en torno de lo que se considera una prueba válida y de lo que no. Su "ob- jetividad" es sólo un "consen- so" entre grupos de personas
"autorizadas".
La teoría de la comparación social postula que las personas necesitamos eva- luar nuestras opiniones y nuestras habilidades, y que si no hay artefactos dis- ponibles para comprobar su validez, las personas comenzamos un proceso de comparación con los demás para obtener alguna certeza. Como veréis en el punto 3 de este módulo, la práctica de este tipo de comparaciones es tan ha- bitual que incluso en el caso de dilemas supuestamente obvios tenemos ten- dencia a confiar más en los demás para saber qué tenemos que decir, hacer, pensar o incluso en lo que tenemos que ver, que en nuestros propios ojos.
Está claro que las comparaciones no se deben al azar, sino que tendemos a hacerlas con personas que consideramos que son parecidas a nosotros. Cuanto más parecido percibamos o imaginemos con la otra persona, más confiamos en ella para evaluar nuestros juicios. La necesidad de asegurar que estas com- paraciones sean fiables se traduce en una tendencia a querer parecernos más a los demás y al hecho de que los demás se parezcan más a nosotros y, por tanto, en un incremento de la uniformidad grupal.
Una de las evoluciones de esta teoría es la teoría�de�la�categorización�social que habéis visto en el módulo 2. La comparación con otras personas acaba siendo un elemento esencial para evaluarnos a nosotros mismos, pero no ten- drá el mismo resultado si se establece con personas de nuestro grupo o de otro grupo. En general, tendemos a percibirnos como similares a las personas de nuestro grupo y confiamos más en ellos para saber qué hacer o pensar en una situación dada. Por esto mismo utilizamos las comparaciones con gente de otros grupos, para garantizarnos una identidad social positiva. El "otro" no es nunca una referencia adecuada para "validar" nuestras creencias.
La identificación de la situación es un elemento básico para decidir qué com- paraciones son pertinentes y qué categorías sociales son las que hay que acti- var en una situación concreta; de aquí que la identidad sea emergente en las diferentes situaciones y, por tanto, múltiple.
El círculo se cierra: negociamos con los demás las normas adecuadas mediante varias comparaciones sociales, basadas en las categorías sociales que hemos creado. El acuerdo con los demás nos hace más parecidos a los miembros de nuestro grupo, acentuamos la percepción de diferencias y, al mismo tiempo, creamos estas diferencias. Monitorizamos a las personas de nuestro grupo para saber si actuamos correctamente y a la vez somos ejemplos para estas mismas personas. Nuestra identidad, lo que pensamos que somos, es el resultado de estas comparaciones.
1.2.2. Normas de responsabilidad
Veamos algunos ejemplos de nacimiento de normas sociales en contextos gru- pales.
Una situación de emergencia
Los casos de emergencia son situaciones particularmente ambiguas. La percepción del peligro para uno mismo o para los demás normalmente no está nada clara, y el hecho de que sean situaciones excepcionales dificulta todavía más que haya pautas o normas establecidas. En estas circunstancias buscamos elementos que nos proporcionen pistas, y habitualmente lo que hacemos es observar qué hacen los demás. La definición de la situación y de las normas que imperan en ella será entonces determinante con el fin de saber qué hacer. Varios estudios de psicología social intentan explicar, sobre la base del concepto de norma social, algunas situaciones particulares como pueden ser los distur- bios en la calle (Reicher, 1987) o bien la pasividad ante una emergencia (Latané y Darley, 1970).
Reflexión
Si pensáis en el hecho de que pertenecemos a muchos gru- pos diferentes, podéis captar la complejidad en la que nos mo- vemos a la hora de gestionar las múltiples categorizaciones y comparaciones que hacemos diariamente.
Un suceso que tuvo lugar en Estados Unidos a finales de los sesenta conmo- cionó a gran parte de la opinión pública del país. Una chica, Kitty Genovese, fue apaleada durante treinta y cinco largos minutos ante al menos treinta y ocho personas que lo estaban viendo desde sus casas. Nadie hizo nada para ayudarla: nadie salió a la calle, nadie telefoneó a la policía hasta que la joven falleció. Sucesos como éste no son tan infrecuentes: en 1994 una niña se aho- gó ante una multitud de bañistas en un lago holandés; en 1999 una estudiante de la Universidad Autónoma de Barcelona murió asesinada en una calle del barrio barcelonés de Gracia sin que nadie avisara a la policía, a pesar de que se escuchaban los gritos. Sin embargo, no hay que ir más lejos, ya que cualquier habitante de una gran ciudad sabe que no se puede parar a preguntar si se necesita su ayuda cada vez que ve a alguien tendido en el suelo.
Existe una norma explícita que dice que si alguien necesita nuestra ayuda, se la tenemos que ofrecer, pero todos nos podemos imaginar un gran número de condicionantes que puede provocar que no la ofrezcamos. Latané y Rodin, en 1969, efectuaron el experimento siguiente: primero, pusieron a una persona en una sala y se marchaban con cualquier excusa. Mientras los experimenta- dores estaban fuera, la persona oía en el despacho de al lado a una señora que se subía a una silla, se caía al suelo y se quejaba de dolor. Un 70% de las personas que estaban solas se levantaban y salían para ofrecer su ayuda. No obstante, cuando había dos personas en la sala, sólo en un 40% de las ocasiones alguien intervenía. Si de estas dos personas, una era un cómplice del experimentador que tenía instrucciones de no levantarse, la ayuda descendía hasta un 7%.
Esto no se puede interpretar como una muestra de que en una sociedad indi- vidualista la responsabilidad es un elemento que se puede dividir entre el nú- mero de personas presente (cada persona atribuye al otro la responsabilidad de actuar) y que, por tanto, cuantas más personas estén presentes en una situa- ción de necesidad, menos probabilidades hay de que alguien ofrezca su ayuda.
Sin embargo, también muestra que siempre estamos pendientes de saber qué harán los demás. Una situación como la descrita muestra el nacimiento de una norma, de ámbito restringido, en algunos casos la de ayudar y en otros la de no hacerlo. La conclusión más importante es que el papel de las normas implícitas siempre va por delante del de las normas explícitas; ante la norma explícita de ayudar a quien lo necesita, primero se impone saber cuál es la norma de la situación.
1.2.3. Normas en unos disturbios
Los disturbios en la calle son calificados habitualmente por la prensa como una muestra de la irracionalidad de algunos ciudadanos, especialmente si son jóvenes o miembros de minorías étnicas. Lo que no acostumbran a pensar los periodistas es que quizá el comportamiento en unos disturbios no es tan irra- cional, sino que tiene sus normas, que no vienen impuestas por una minoría de manipuladores provocadores, sino que surgen en la situación misma.
Steve Reicher, un psicólogo social inglés, dedicó una investigación a analizar los disturbios que tuvieron lugar en 1980 en el barrio de St. Pauls de la ciudad de Bristol. El análisis de las noticias de los medios de comunicación, de los informes oficiales sobre los hechos, de fotografías y de entrevistas a los parti- cipantes en los disturbios y también a otros habitantes del barrio mostró un panorama muy diferente de la supuesta irracionalidad y furia de las masas.
Durante los hechos se crearon una serie de normas. La más importante fue la que distinguió entre la comunidad de St. Pauls y los ajenos a la comunidad.
Como sucede en otros casos, únicamente los bancos y la policía, símbolos de poder, fueron atacados. Sólo fueron saqueadas las tiendas que pertenecían a personas de fuera del barrio, y donde sobre todo compraba gente también de fuera del barrio, dado que el poder adquisitivo de la gente del barrio era bas- tante bajo. Ninguna propiedad privada de gente de la comunidad ni ninguna persona privada fue atacada colectivamente.
Todo comenzó sin que se necesitase a ningún líder. Nadie en especial inició los sucesos. Una batida antidrogas de la policía fue el desencadenante de lo que se consideró una provocación hacia la comunidad. Las normas surgieron a medida que los hechos se sucedían. Por ejemplo, un entrevistado comenta:
"alguien gritó de pronto 'el banco' y, una vez allí, se lanzaron grandes piedras y tochanas... Fue una reacción completamente espontánea" (Reicher, 1987). Es importante señalar que si alguien hubiera gritado "el quiosco" nadie le hubiera hecho caso; de hecho, hubo algunas piedras aisladas que cayeron en ventanas
"no autorizadas" que nadie siguió, y cuando se rompió una ventana de un autobús, tampoco.
1.3. Una polémica: ¿qué son las normas sociales?
A pesar de su importancia, el concepto de norma plantea algunos problemas sobre su "realidad". Si nos hacemos, por tanto, la pregunta "¿qué son las nor- mas sociales?", no encontraremos una respuesta fácil.
Si recordáis las definiciones que expusimos al principio del módulo, las normas se acaban definiendo mediante el uso de sinónimos, por ejemplo, las normas son guías, o principios, o reglas, etc., lo cual es una estrategia de definición poco aclaradora y, sobre todo, tautológica. De hecho, las dificultades princi- pales que plantea el concepto parten de que se trata de un concepto creado post hoc. El funcionamiento es el siguiente: percibimos una regularidad en las conductas de las personas y pensamos que algún principio las debe unificar; a partir de aquí pensamos en la existencia de normas. Obviamente, las normas no se pueden observar, sólo sus consecuencias. No obstante, está claro que la causa de la uniformidad de comportamientos podría ser otra.
A continuación, nos centraremos en algunas de las posibilidades que la psico- logía, la sociología y la lingüística nos ofrecen.
1.3.1. Las normas dentro y fuera a)�Dentro�del�individuo
Nadie duda de su origen social, excepto quizá algunos adeptos a la sociobio- logía o la etología aplicada a los humanos. No obstante, hay quien considera que, en todo caso, si bien son un producto social, es necesario que las personas las interioricen para que afecten a su conducta; como sucede en la mayor parte de los procesos psicológicos, su comprensión parte del uso de una metáfora.
De esto deducimos que existe un interior y un exterior de las personas.
En este sentido, el aprendizaje y la socialización serían los mecanismos me- diante los cuales las normas sociales "penetran" en el interior del organismo.
Desde el punto de vista de la psicología�cognitiva, las normas podrían enten- derse como esquemas o bloques de procesamiento de información o maneras específicas mediante las cuales codificamos, guardamos y utilizamos la infor- mación que proviene del medio ambiente.
Los esquemas son bloques de conocimientos que contienen conceptos, su agrupación en categorías y las relaciones entre éstas. Están basados en la expe- riencia social, pero, una vez establecidos, son resistentes al cambio. Puesto que se trata de estructuras que procesan activamente la información, esto implica que no reflejan meramente los estímulos que reciben, sino que los reconstru- yen a partir de la información que ya tienen. Por ejemplo, un estereotipo es un tipo de esquema extremadamente resistente. Si pensamos que los catalanes son avariciosos y nuestro amigo catalán nos paga la bebida, pensaremos que él es una excepción, en lugar de cambiar nuestro estereotipo. En cambio, si casi nunca nos invita, pensaremos que se debe efectivamente a que es catalán, con lo cual reforzaremos nuestro estereotipo.
Según los cognitivistas sociales, hay esquemas de personas (imágenes de las ca- racterísticas psicológicas de las personas que nos rodean), autoesquemas (imá- genes y descripciones de nosotros mismos), esquemas para resolver problemas (pasos que hay que seguir para encontrar una solución) y esquemas de grupos (como los estereotipos). No obstante, también hay esquemas que serían las normas: los esquemas de roles (grupos de expectativas atribuidas a una deter- minada posición social) y esquemas de sucesos (guiones que nos indican paso a paso qué se tiene que hacer en una situación específica).
Ejemplo
El guión más famoso es el guión del restaurante. Cuando entramos en un restaurante, ya sabemos todos los pasos que tenemos que seguir por adelantado y no necesitamos preguntar por qué nos sirve el señor de la camisa blanca ni si la comida la regalan.
El problema de este tipo de visiones de las normas es la falsa apariencia de ex- plicación que tienen. El hecho de que la creación de categorías sociales incre- mente la ilusión de semejanza intragrupal y acentúe las diferencias intergru- pales, o bien el hecho de que los estereotipos sean impermeables al cambio, no