Navidad
Así fue como
Dios se hizo hombre
Isabel estaba embaraza- da de seis meses. Enton- ces Dios mandó al ángel Gabriel a Nazaret, un pueblo de Galilea, a una virgen, María, prometida con un hombre llamado José, descendiente del rey David. Gabriel se le apareció y dijo: “Te saludo”.
“El Señor te ha mani- festado su amor de una manera muy especial”
Confusa y desconcertada, María se preguntaba lo que querría decir el ángel con esas palabras. “No tengas miedo, María” continuó el ángel, “porque Dios va a
darte una bendición maravillosa”. Lucas 1.26-30
Esto es lo que pasó antes del nacimiento de Jesu- cristo. María, su madre, estaba prometida con José pero, cuando toda- vía era virgen, se quedó encinta, por medio del Espíritu Santo.
Entonces, José, su prometido, que era un hombre de principios, decidió romper con ella el compromiso de boda, de tal manera que ella no adquiriese mala fama
entre el pueblo. Estando él con estos pensamientos, tuvo un sueño en el cual vio a un ángel a su lado, diciéndole: “José, hijo de David, no tengas miedo de aceptar a María como tu esposa. El niño que ella trae en su vientre ha sido engendrado por
el Espíritu Santo. Mateo 1.18-20
Ella tendrá un hijo a quien pondrás de nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.
Así se cumple el mensaje de Dios a través de sus profetas: “Una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y él recibirá como nombre Emmanuel, que signifi ca ‘Dios está con nosotros’”.
José hizo lo que el ángel le había mandado y se
llevó a María a casa como su esposa. Pero ella siguió siendo virgen hasta el naci- miento de su hijo. José le puso de nombre Jesús. Mateo 1.21-25
Algunos días mas tarde, María fue apresuradamen- te a las tierras montaño- sas de Judea, al pueblo donde vivía Zacarías, para visitar a Isabel. Cuando María saludó a su prima, el niño de Isabel saltó en su vientre e Isabel se lle- nó del Espíritu Santo. Con gran alegría, Isabel excla- mó, dirigiéndose a María:
„Bendita eres tú entre las mujeres, y bendito es el hijo que vas a traer. ¡Gran
honor es el mío, que la madre del Señor venga a visitarme! Cuando me saludaste, en el momento en que oí tu voz, ¡mi hijo saltó de alegría dentro de mí! Eres dicho- sa por haber creído que van a cumplirse las cosas que el Señor te ha dicho”.
Lucas 1.39-45
Por ese tiempo, Augusto, el emperador romano, mandó que se hiciese un censo general de los ha- bitantes de todo el imperio romano. Este censo se realizó siendo Quirinio gobernador de Siria. Todo el mundo tenía que ir a su pueblo natal para registrar sus nombres.
Y como José era de descendencia real, tuvo que ir a Belén, en Judea, la tierra natal del rey David, desde la ciudad de Nazaret, en Galilea. Lucas 2.1-4
Llevó consigo a María, su prometida, cuyo emba- razo estaba entonces ya avanzado. Mientras esta- ban allí, llegó el momento de dar a luz; y nació su primer hijo, lo envolvieron en pañales y lo dejaron en un pesebre, donde tuvie- ron que hospedarse, al no haber para ellos sitio en ninguna posada del pueblo.
Aquella noche, en los campos de las afueras de la ciudad había algunos pasto- res que cuidaban de sus rebaños. Entonces apareció, de repente, entre ellos un ángel, y el campo se llenó de la gloria del Señor. Les entró mucho miedo.
Lucas 2.5-9
Pero el ángel los tranquili- zó: “No tengáis miedo; ¡os traigo la noticia más feliz para todos! Esta noche, en Belén, ha nacido el Salvador, sí, Cristo, el Señor. Así lo vais a reconocer: encontraréis a un recién nacido envuelto en pañales en un pese- bre”.
Y entonces, de repente, se juntó otro gran grupo de ángeles, alabando a
Dios: “Gloria al Señor, en lo más alto de los cielos, paz en la Tierra a los hombres
de la buena voluntad de Dios”. Lucas 2.10-14
Después de que este gran grupo de ángeles se volviera a los cielos, los pastores se dijeron:
“Vamos a Belén a ver esta maravilla y lo que el Señor ha dicho”.
Corriendo a la aldea, encontraron a María y a José, con su niño en el pesebre.
Los pastores hablaban a todos de lo que había
sucedido y de lo que el ángel dijo sobre aquel niño. Todos los que oían la historia de los pastores se mostraban asustados. Pero María guardaba estas cosas en su
corazón, y meditaba en ellas. Lucas 2.15-19
El rey Herodes se preocupó mucho al oír esto, y también toda la ciudad de Jerusa- lén. Entonces el rey mandó reunir a los sacerdotes judíos y a los maestros de su ley para preguntarles dónde tenía que nacer el Mesías. Mateo 2.1-4 Jesús nació en la ciu-
dad de Belén, en Judea, durante el reinado de Herodes el Grande. Por aquel entonces llegaron a Jerusalén, procedentes de Oriente, unos sabios que estudiaban las estrellas, preguntando: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Por- que vimos su estrella en Oriente, y venimos para adorarle”.
“En Belén”, le respondie- ron, “porque el profeta Mi- queas escribió lo siguien- te: Tú, Belén, en tierra de Judá, no eres una tierra insignifi cante en Judea, porque de ti saldrá un rey que conducirá a mi pueblo Israel”.
Entonces Herodes en- vió un recado secreto a aquellos sabios de Orien- te, pidiéndoles que se reuniesen con él para
hablar; Para saber por boca de ellos en qué lugar exacto habían visto la estrella por primera vez. “Vayan a Belén y busquen bien al niño. Cuando lo encuentren, vengan a decírmelo, para ir yo también a adorarlo”. Mateo 2.5-8
Finalizado el encuentro, los sabios retomaron el camino.
Al volver a ver la estrella, se llenaron de alegría.
Y la estrella que habían visto en Oriente iba delan- te de ellos, parando sobre el lugar donde estaba el niño.
Entrando en la casa donde estaban el bebé y María, su madre, se postraron ante él en adoración y le ofrecieron oro, incienso y mirra. Mateo 2.9-11
Dios les avisó, por medio de un sueño para que no pasaran por Jerusalén para informar a
Herodes.
Entonces, volvieron a su país, regresando por otro camino. Mateo 2.12
Aquel día estaba en el templo un hombre llama- do Simeón, habitante de Jerusalén, un creyente dedicado al Señor, lleno del Espíritu Santo y que vivía constantemente con la esperanza de la pronta aparición del Enviado de Dios, porque el Espíritu Santo le había revelado que no moriría sin haber antes visto a aquel que había sido designado por Dios. El Espíritu Santo le
movió a ir al templo aquel día. Y así, cuando María y José llegaron para presentar al niño Jesús al Señor, tal como mandaba la ley, Simeón estaba allí. Y tomando al niño en brazos alabó a Dios: “Señor, ahora puedo morir satisfecho, porque he vis- to al que tú me prometiste que vería. He visto al Salvador que has dado al mundo.
Él es la luz que brillará sobre las naciones”. Lucas 2.25-31
Y allí se quedó hasta la muerte de Herodes, así se cumplieron las palabras del profeta: “Llamé a mi hijo de Egipto”. Mateo 2.13-15 Después de que hubie-
ran partido, un ángel del Señor avisó a José en sueños:
“ Levántate y huye a Egip- to con el niño y su madre, y quédate por allá hasta que yo te diga que regre- ses, porque el rey Hero- des va a intentar matarlo”.
Aquella misma noche José partió para Egipto con María y con el niño,
Herodes se puso furioso al saber que los sabios lo habían engañado.
Entonces mandó soldados a Belén con la orden de matar a todos los niños de menos de dos años de edad, tanto en la ciudad como en los alrededo- res, puesto que habían pasado dos años desde el momento en que los sabios dijeron haber visto por primera vez la
estrella. Este acto dio cumplimiento a la profecía de Jeremías: “Vienen de Ramá gritos de afl icción; un llanto sin fi n; Raquel, sin consuelo, llora por sus hijos, que
están muertos”. Mateo 2.16-18
Cuando Herodes murió, el ángel del Señor se le vol- vió a aparecer en sueños a José, en Egipto: “Le- vántate y lleva otra vez al niño y a su madre a Israel, porque ya han muerto los que buscaban la muer- te del niño”.
José volvió entonces para Israel con Jesús y su madre.
Pero en el camino tuvo miedo al enterarse de que el nuevo rey era Arquelao, hijo de Herodes. Pero en otro sueño fue avisado de no dirigirse a Judea, sino de ir a Galilea, estableciéndose para vivir en Nazaret. Mateo 2.19-22
Jesús tenía doce años, acompañó a sus padres a Jerusalén para la fi esta anual de la Pascua, a la cual asistían siempre.
Terminada la conmemo- ración, tomaron el camino de regreso a Nazaret, pero Jesús se quedó en Jerusalén. Durante el día, los padres no le echaron en falta, porque pensaban que vendría con sus ami- gos u otros peregrinos.
Pero cuando no apareció aquella noche, empezaron a buscarlo entre los parientes y amigos y, al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén para allí seguir buscándolo.
Lucas 2.41-45
Tres días después, consiguieron descubrirlo.
Estaba en el templo, sen- tado entre los maestros de la ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas, dejando a todos admira- dos con su inteligencia y respuestas. Los padres no sabían qué pensar cuando lo vieron allí sentado. “Hijo” dijo su madre “¿por qué nos has hecho esto?
Tu padre y yo estábamos desesperados buscándote”. “¿Pero qué necesidad había de buscarme?” dijo él. “¿No imaginasteis que estaría aquí en el templo, en casa de mi Padre, porque tengo que ocuparme de sus asuntos?” Pero ellos no enten-
dieron lo que decía. Lucas 2.46-50
Esta es la razón por la que Dios se hizo hombre
Simeón los bendijo, pero después dijo a María: “Una espada atravesará tu alma, porque este niño será rechazado por muchos en Israel, aunque para ruina de ellos. Sin embargo, para muchos otros será una gran alegría. Y por él serán reve- lados los pensamientos ocultos de muchos corazones”. Lucas 2.34-35
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y salvar lo que se había perdido”.
Lucas 19.10 Jesús se dirigió otra vez a la gente, diciendo:
–Yo soy la luz del mundo. El que me siga tendrá la luz que le da vida y nunca
andará en oscuridad. Juan 8.12
Jesús le dijo entonces:
–Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y ningu- no que esté vivo y crea en mí morirá jamás. ¿Crees esto? Juan 11.25-26 Porque antes también nosotros éramos insensatos y desobedientes a Dios; andá- bamos perdidos, y éramos esclavos de toda clase de deseos y placeres. Vivíamos en maldad y envidia, odiados y odiándonos unos a otros. Pero Dios nuestro Salva- dor mostró su bondad y su amor por la humanidad, y nos salvó, no porque noso- tros hubiéramos hecho nada bueno, sino porque tuvo compasión de nosotros.
Tito 3.3-5
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