EN EL CORAZÓN DE LA SELVA
P. Martín Corera, C. P.
EN EL CORAZÓN DE LA SELVA
Colección Tierra Incógnita
Milagros Aguirre, José Juncosa Editores
2019
EN EL CORAZÓN DE LA SELVA
©P. Martín Corera, C. P.
1ra. Edición En el Corazón de la Selva, P. Martín Corera, El Labaro, PP Pasionista, Zaragoza, 1959.
2da. Edición Ediciones Abya-Yala
Av. 12 de Octubre N24-22 y Wilson bloque A Casilla: 17-12-719
Teléfonos: (593-2) 2 506-267 / (593-2) 3962 800 e-mail: [email protected]
www.abyayala.org Quito-Ecuador
Edición: José Enrique Juncosa, Milagros Aguirre A.
Diagramación: Ediciones Abya-Yala Quito-Ecuador ISBN: 978-9942-09-651-7 Impresión: Ediciones Abya-Yala Quito-Ecuador Tiraje: 300 ejemplares
Impreso en Quito-Ecuador, julio 2019
Foto de portada: Archivo Congregación Pasionista
Índice 5
Índice
NOTAS PRELIMINARES
Breve recorrido histórico ... 11 Jesús Mª Aristín c.p. Administrador Apostólico del Vicariato de Yurimaguas
Presentación ... 19 Milagros Aguirre, José E. Juncosa
Situación actual de las comunidades ... 31 Diego Clavijo
LA MISIÓN DEL ALTO AMAZONAS
Prólogo ... 43
† Anastasio C. Jáuregui Goiri
Introducción ... 47 Capítulo I
Situación geográfica — Yurimaguas. — Chamicuros, Cocamas
y Cocamillas. — Sus actividades. — Origen y procedencia de estos indios.
— Borja. — Cambio de rumbo. — Aporte etnográfico ... 61 Capítulo II
Ubicación de las tribus. — Su nomadismo. — Primitivismo desconcertante.
— Su “modus vivendi”. — El brujo y su escuela ... 93 Capítulo III
Nuestros sistemas de penetración en las tribus. — Cristianas cautivas de los salvajes. — Un episodio memorable. — En funciones de apostolado.
— Labor de atracción. — Adaptación ambiental ... 123
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Capítulo IV
Su concepto de la vida. — Idiosincrasia del indio. — Organización de la familia. Condición de la mujer. — Pruebas al canto.
— Su mentalidad. — La formación de los hijos ... 157 Capítulo V
La selva. — Su inmensidad y sus secretos. — Clima e hidrografía.
— Los mosquitos y las hormigas. — Un trío de cuidado:
la boa, el tigre y el caimán ... 189 Capítulo VI
A tono con el ambiente. — Viajes y medios de comunicación.
— Incidentes y accidentes.—Paludismo.—In memoriam ... 223 Capítulo VII
En acción.— Muniches. — Un entierro en el poblado. — Armanayacu.
— Maucayata. — Balsapuerto y sus contornos.
— Soledad y sus trágicos dramas. — Rucoba y sus contrarios ... 259 Capítulo VIII
Prosigue el mismo itinerario. — Chayabitas en fiestas. — Las danzas.
— “Mana, Taita cura”. — No, Padre cura, y un calvario.
— Barranquita y unos infieles. Cahuapanas y Jeberos ... 295 Capítulo IX
Las diferentes tribus salvajes. — En contacto con los infieles.
— Estrategia a lo divino. — Ampliando horizontes ... 337 Capítulo X
Prosigue el mismo argumento. — Hurgando en el pasado.
— Hacia los infieles. En acción con los achuales. — El Bautismo ... 369 Capítulo XI
Sus luchas. — Hora del ataque. — La muerte de Nantipa.
— Persiguiendo al asesino. — Ataque de los muratos a los achuales.
—Muerte de Juanito.—¿Virgen y Mártir?... 399 Capítulo XII
Una costumbre peculiar de estas tribus. El brujo en funciones.
— Recibimiento de los asesinos. — Ceremonial de la reducción.
— El conjuro del tabaco ... 431
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Capítulo XIII
Prosigue el mismo argumento. — Camuflados de esqueletos.
— Baile del “Congompe” y del “Tabao”. — Final de la reducción.
— Danzas rituales. — Presentación de la “zanzara”. — Opiniones encontradas . 461 Capítulo XIV
Aclaración oportuna. — El “Yacuruna” y el “Sacharuna”.
—Más fenómenos inexplicables. — Personajes misteriosos.
— Tradiciones de los salvajes ... 491 Capítulo XV
Antigüedad y origen de estas tribus. — Razones de un silencio y Descubrimiento del Marañón. — Valor positivo de los hechos.
Aclarando una hipótesis. — La Geología, única fuente de información.
Primeros indicios de vida humana. — El hombre en las Américas.
— La voz de la Prehistoria. — Geología americana ... 523 Capítulo XVI
Rutas que el hombre pudo seguir para llegar a las Américas.
— Hechos comprobados. — El estudio de la Craneología.
— Idea que los antiguos tenían formada de la configuración de la tierra.
— Eslabones sueltos. — Analogías lingüísticas. — Aclarando el enigma. ... 549
NOTAS PRELIMINARES
Breve recorrido histórico 11
Breve recorrido histórico
La llegada de los pasionistas a Yurimaguas en 1921
Los misioneros pasionistas llegaron al Perú en 1913 para hacerse cargo de la zona de Tarapoto, Saposoa, Lamas y Juanjuí en San Martín. La iniciativa de esta fundación fue de Mons. Emilio Lissón, obispo de Cha- chapoyas. La situación de los doce misioneros1 llegados a San Martín para una experiencia de servicio misionero de cuatro años se hizo crítica al de- cidir en los Capítulos Provincial (1917) y General (1920), la supresión de este campo apostólico para la Congregación. Decidieron que se cerraran estas casas porque no estaban conformes a las Reglas de la Congregación, ya que no podían ser sacerdotes en parroquias. Con la intervención de Mons. Lissón ante la Santa Sede se anularon los decretos capitulares y algunos religiosos pudieron seguir en el trabajo iniciado. De una y otra parte continuó el diálogo para dar una solución satisfactoria al conflicto.2
La solución fue la creación de la Prefectura Apostólica San Gabriel de la Dolorosa del Marañón, el 27 de febrero de 1921. Benedicto XV con el breve pontificio “Colocados en la sublime cátedra del príncipe de los Apóstoles”, confía a la Congregación Pasionista, concretamente a la Pro- vincia del Sagrado Corazón de Jesús de Bilbao (España), la Prefectura que comprendía la provincia del Alto Amazonas, de la Región de Loreto.
A raíz de esto, la Curia Provincial de Bilbao, en la reunión del 24 de Julio de 1921 mandó que viniesen a Yurimaguas para formar la primera comunidad pasionista de la nueva Prefectura de San Gabriel del Marañón a los siguientes religiosos: PP. Atanasio Jáuregui, Gabino Basaras, Marcos
1 PP. Atanasio Jáuregui, Eleuterio Fernández, Hipólito Beláustegui, Tomás Pestana, Andrés Asenjo y Arsenio Sáinz y los Hnos. Felicísimo Menica, Domingo Menica, Silverio Barrena, Marcelino Salinas, Jeremías Ugarte y Bernabé Guridi (Arrien, pp. 107 y ss).
2 Cf. Rutas….Plan Pastoral p. 44 y La Misión Pasionista y la Nueva Evangeliza- ción, pp. 87-88.
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Salazar, Felipe Uriarte, Jenaro García, Eutiquio Ruiz y los Hnos. Juan Mª Odriozola y Francisco Veiguela.3
La primera expedición formada por los PP. Gabino Basaras, Marcos Salazar y Eutiquio Ruiz y el Hno. Bernabé Guridi, partió de Valparaíso (Chile) por el Pacífico a Lima y luego por tierra, de Lima por Huánuco a Yurimaguas. Llegaron a Yurimaguas el 10 de octubre de 1921, para preparar la organización de la Prefectura. Estuvieron cuatro meses preparando la llegada del nuevo obispo Mons. Atanasio Jáuregui.
La segunda expedición realizó el viaje de Vigo (España) a Yurima- guas, de la siguiente manera:
El 1 de noviembre partían de Bilbao para Perú el nuevo Prefecto Ap.
acompañado de los PP. Felipe Uriarte y Jenaro García y de los Hnos.
Juan Mª Odriozola y Francisco Veiguela.4
Esta segunda expedición había salido del puerto de Vigo (Espa- ña) el 25 de Noviembre de 1921. Cruzaron el Océano Atlántico y llega-
3 Arrien, p. 157.
4 Lopategui, p. 192.
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ron a la desembocadura del río Amazonas, a la ciudad de Belén el día 12 de diciembre de 1921, tras 17 días de navegación, recorrieron las 3106 millas que separan la ciudad de Vigo de la ciudad de Belén (en Brasil).
Después de unos días de espera, lograron subir a bordo del barco
“Sapucaia” el día de Navidad y surcar el río Amazonas desde su desem- bocadura hasta la ciudad de Yurimaguas, donde llegaron el 8 de febrero de 1922, después de tres meses de curioso viaje.
Apenas habían tocado tierras de nuestro Vicariato, que comienza en la desembocadura del río Nucuray, se encontraron con los padres Andrés Asenjo y Gabino Basaras que habían bajado a su encuentro, pues hacía meses que no sabían nada de la suerte de nuestros misioneros que venían del Viejo Continente.
El recibimiento en Yurimaguas fue apoteósico. Todo un aconte- cimiento que se culminó al domingo siguiente en el templo con la asis- tencia de todas las autoridades y el pueblo en pleno.
De esta manera el primer grupo pasionista en Yurimaguas, com- puesto por 9 misioneros que iniciaron la “aventura evangelizadora” de la Prefectura y un religioso de Tarapoto. El P. Andrés Asenjo que había venido de Tarapoto para agasajar a los recién llegados.5 Regresando a Tarapoto, al poco tiempo, acompañado por el Hno. Bernabé Guridi.
De forma muy sencilla hombres nacidos en otras tierras y en otras culturas, llegaban al Huallaga para hacerse hombres amazónicos y así iniciar una nueva etapa en la evangelización y promoción de la Amazonía.6 Ellos venían de por vida.
La Prefectura Apostólica se creaba con territorio desmembrado del Vicariato de San León del Amazonas (agustinos de Iquitos) y abar- caba todo el territorio de la, entonces, Provincia del Alto Amazonas. Al
5 “Al llegar a la desembocadura del río Nucuray, donde comienza la Prefectura, nos hallamos con los Padres Andrés y Gabino, que bajaron a nuestro encuentro”.
A. Jáuregui. La Primera Misión Pasionista al Amazonas. En el libro de Misiones pasionistas del Oriente peruano, p. 26.
6 La Misión Pasionista y la Nueva Evangelización, p. 88.
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mismo tiempo, el nuevo Prefecto Apostólico, sería el Superior religioso, tanto de los misioneros de la Prefectura, como de los que trabajaban en las parroquias de Tarapoto, Saposoa, Lamas y Juanjuí, que eclesiástica- mente estarían dependientes del Obispado de Chachapoyas.
1. Primera etapa: 1921-1972
La situación religiosa de la Prefectura era muy difícil. Los po- bladores habían sido evangelizados por los jesuitas en los siglos XVII y XVIII (hasta la expulsión de los jesuitas en 1767). Son muy famosas las reducciones jesuíticas del Marañón.7 Nuestros misioneros pudieron constatar el abandono material y espiritual en que habían quedado estas gentes y regiones tras la expulsión de los jesuitas. Han pasado 150 años desde entonces y la semilla sembrada no ha podido germinar por las zarzas y obstáculos de la historia. En la fecha de la creación de la Prela- tura no quedaba en la zona casi ningún sacerdote.
1.1. Evangelización
¿Por dónde comenzar? Varios poblados habían recibido alguna instrucción religiosa en las visitas esporádicas de los agustinos en los años 1901-1921, pero sólo quedaban bajo cenizas algunas chispas de la fe. Había que avivar el rescoldo y comenzaron por la catequesis.
Organizaron el catecismo para niños y adultos, predicación al pueblo los días festivos, reunión del pueblo algunos días de la semana
7 En 1803 se creó el Obispado de Misiones de Maynas. El obispo franciscano Fray Hipólito Sánchez Rangel (1807-1821), fijó su sede en Jeberos, pero al poco tiem- po tuvo que trasladar su sede a Moyobamba (1812). El obispado se ubicó más tarde en Chachapoyas. Durante el episcopado de Rangel se organizaron algunos curatos, sacerdotes diocesanos llamados curas doctrineros, en algunas poblacio- nes, como Yurimaguas, Lagunas, etc. Después vino Mons. José María Arriaga (1840-1853), que regentó la diócesis desde Chachapoyas.
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en las capillas y sobre todo visitas a las familias y llegan así a conocer personalmente a casi todos los pobladores.
Pronto se granjean la amistad y la admiración de los feligreses.
Los misioneros de la fundación llevan una vida austera, pobre y edi- ficante. Van vestidos con el hábito negro de la Pasión, y su vida es un testimonio viviente.
Como símbolo de toda esta labor evangelizadora, se levantó muy pronto la Iglesia Catedral de Yurimaguas (1931), dedicada a Nuestra Se- ñora de las Nieves, título de la antigua capilla misional. Esta obra, fruto del esfuerzo y tesón de los misioneros, es la construcción religiosa más hermosa de la Amazonía peruana hasta el día de hoy.
Organizan también las giras misionales por todo el vasto territorio. La visita del misionero tiene una doble finalidad: estudiar las necesidades pastorales y educativas de los diversos pueblos y organizar la vida cristia- na. Una labor lenta, hecha con seriedad, a veces con el apoyo del pueblo y otras veces venciendo los obstáculos que grupos interesados presentaban.
Antes que pasaran dos años de su llegada, han visitado casi todo el territorio, incluidos los ríos Pastaza y Morona, con sus grupos nativos, viajando generalmente en frágiles canoas. En breve tiempo pudieron es- tablecer capillas y casas misionales en Balsapuerto, Lagunas, Santa Cruz y más tarde en el Marañón.8
“La mies es abundante y los obreros son pocos”, pero poco a poco fueron llegando nuevos misioneros, que permitieron un trabajo mucho más eficaz y constante.
• En 1926 en una tercera expedición llegan los PP. Julio Martínez y Martín Corera y el Hno. Mauricio Uranga, que será un gran constructor: Participó en la construcción de la iglesia, colegio y hospital de Yurimaguas.9
• En 1928 llegan el P. Aquilino Iribertegui y el Hno. Pedro Berroa.
8 Cf. Zarrabe, Pío. Carta Pascual: Yurimaguas 80 años. Lima. 2001. p. 19.
9 Dirigió, además las construcciones de la iglesia y casa misión de Lagunas y San Lorenzo.
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• En 1929 pisan tierras del Huallaga los PP. Abundio Vilariño y Po- licarpo Macaya.
• En 1930 llegan los PP. Zósimo Rivas, Juan B. Iraolagoitia y Román Villa.
• En 1931 ingresan en el Vicariato P. Benedicto Lecue y Marcos Sa- lazar que regresa de España y se reintegra de nuevo al Vicariato.
• En 1934 los PP. Sergio Aristizábal, Cayetano Ardanza y Placido Arenaza
• En 1940, los PP. Javier Burgoa, José Manuel Iriondo, Inocencio Rodríguez y Leonardo Uriarte.
• En 1941, Los PP. Nazareno Auzmendi y Emilio Peña.
•
A los nueve misioneros iniciales se les han sumado algo más de una veintena más de aguerridos misioneros, a un promedio de un mi- sionero por año. En la foto de grupo, una de las más antiguas, hecha el 8 de Diciembre de 1931 con motivo de inauguración de la Catedral a
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manos del obispo de Iquitos. Puede verse la foto de los primeros mi- sioneros llegados en los diez primeros años. En los primeros 25 años del Vicariato se incorporaron al Vicariato unos treinta religiosos, de los cuales quedaban 19 en 1946.
Tanto la situación religiosa, como la educativa y sanitaria necesi- taban una atención generosa de parte de los misioneros. La misión debe dar una respuesta a las necesidades más urgentes, pero al mismo tiempo debe programar una acción de evangelización integral a largo plazo.
En otras palabras no hay auténtica evangelización sino va acom- pañada de promoción humana, como dirá Pablo VI en la encíclica Evan- gelii Nuntiandi cincuenta años después.10 En muchos aspectos, aunque eran hijos de su época, se adelantaron a su época.
10 En 1975, Evangelii Nuntiandi, 31.
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Presentación
Una crónica misionera que toca el corazón de la selva
Milagros Aguirre A.1 [email protected]
José E. Juncosa.2 [email protected] Editores
Incluir este título en la colección Tierra Incógnita no es casuali- dad. En ella, desde 1992 hasta ahora, publicamos aquellas crónicas de autores que nos transmiten su mirada y deslumbramiento por la diver- sidad cultural del continente y que contribuyen a comprender procesos históricos, visiones del mundo y significados interculturales. Al mismo tiempo, la copiosa información que proporcionan ofrece posibilidades para que los pueblos indígenas y las identidades locales puedan recons- truir sus itinerarios históricos en un momento en que sus territorios atraviesan por un durísimo embate que amenaza presencias, recursos y formas de vida. Ello acontece en todo el continente y de manera muy especial, en la Amazonía. Raíces y antenas hemos dicho desde Editorial Abya-Yala. Mirar al pasado para caminar, sin extravíos, hacia el futuro.
1 Periodista. Editora general de Ediciones Abya-Yala. Investigadora asociada del Grupo de Investigación Misiones y Pueblos Indígenas, de la Universidad Politéc- nica Salesiana.
2 Antropólogo. Docente e investigador de la Universidad Politécnica Salesiana de Quito. Miembro del Grupo de Investigación Misiones y Pueblos Indígenas de la misma universidad.
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Las crónicas y relatos de viaje son, por tanto, una herramienta entre muchas otras al servicio del ejercicio de los derechos colectivos.
Un ejemplar de la única edición de esta obra,3 encuadernado en tapa dura y con una extensión de 659 páginas, llegó a nosotros de la mano del misionero salesiano Diego Clavijo, del Vicariato Apostólico de Yurimaguas, quien la transportó en su mochila en un trayecto ama- zónico que inicia en la misión de San Lorenzo (Perú) hasta la misión salesiana de Wasakentsa, territorio Achuar (Ecuador), a lo largo de varios días en los que alternó etapas en canoa y otras de caminatas. Él nos dio hizo saber de la existencia del autor, el misionero pasionista Martín Corera, y del libro que forma parte de la biblioteca de la misión de San Lorenzo. Nos narró el impacto de su lectura en la confrontación del pasado y el presente de algunos de los pueblos indígenas que visita regularmente tales como los Candoshi, Achuar, Awajún, entre otros.
El ejemplar original será devuelto para regresar por el mismo camino que lo condujo hasta nosotros y completar su trayecto de ida y vuelta durante el cual atravesará muchos de los sitios y parajes que han sido escenario de las interacciones, observaciones y narraciones de su autor.
El relato del misionero pasionista Martín Corera enriquece la colección Tierra Incógnita, retomada y relanzada también en formato e-book. El estilo literario del autor comparte las características de las crónicas misioneras, categoría genérica engañosa constituida de hecho por producciones muy diversas muchas veces irreductibles entre sí debido a los contextos regionales y nacionales, a las sensibilidades y perfiles individuales de los cronistas a partir de los cuales adquieren vida y forma. Diversas también por estar dotadas de estilos y formas peculiares de combinar materiales previos y relatos de acuerdo a lecto- res primarios imaginados de manera diferente. No sabemos si la narra- tiva de Corera recompone materiales previos ya publicados o re-elabora notas previas y personales pero sí podemos colegir algunos rasgos de su marca de fábrica.
3 Primera edición: En el Corazón de la Selva, P. Martín Corera, El Labaro, PP Pasio- nista, Zaragoza, 1959.
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La crónica, como género narrativo, nos permite conocer, desde particulares miradas y sensibilidades, la vida de los pueblos y los mati- ces de las culturas. La Amazonía ha sido escenario fundamental para cronistas quienes, deslumbrados por el paisaje y por los habitantes de tan exuberantes tierras, han puesto sobre el papel lo que han visto de la misma forma que los pintores cuando, a través del lienzo y los colores, retratan aquello que está frente a sus ojos. Célebres son las crónicas coloniales de quienes, en la búsqueda de El Dorado, emprendían épicos viajes, entre ellas, la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, escrita en 1552 por fray Bartolomé de las Casas, defensor de los indios en América. En esas páginas, dirigidas al príncipe Felipe, encargado de Indias, el fraile denunció el efecto que tuvo para los nativos del Nuevo Mundo, la colonización.
La causa por que han muerto y destruido tantas y tales e tan infinito número de ánimas los cristianos ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días e subir a esta- dos muy altos e sin proporción de sus personas (conviene a saber): por la insaciable codicia e ambición que han tenido, que ha sido mayor que en el mundo ser pudo, por ser aquellas tierras tan felices e tan ricas, e las gentes tan humildes, tan pacientes y tan fáciles a sujetarlas; a las cuales no han tenido más respecto ni dellas han hecho más cuenta ni estima (hablo con verdad por lo que sé y he visto todo el dicho tiempo), no digo que de bestias (porque pluguiera a Dios que como a bestias las hubieran tractado y estimado), pero como y menos que estiércol de las plazas.
La mirada particular de los misioneros en la Amazonía requiere lecturas sin prejuicios, ubicando históricamente a los personajes que las escriben, siempre, desde su particular contexto histórico y experiencia.
Las crónicas misioneras difieren de las crónicas de viajes pues, a dife- rencia del viajero o aventurero, del científico o del artista, los misio- neros no suelen estar de paso en los lugares motivo de sus crónicas, ni buscan responder a las hipótesis que se proponen, sino que deben
“saber estar” como decía Juan Santos Ortiz de Villalba en sus crónicas por el Napo, en el lugar que les ha sido asignado para su misión.
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La permanencia hace que sus crónicas tengan algo más: no solo es su mirada sino la búsqueda por entender aquello que les es ajeno e inexplicable. La colección Tierra Incógnita, publicada por Abya-Yala, reúne crónicas de viajeros y también crónicas misioneras, muchas de ellas verdaderas joyas de la literatura etnográfica. Entre los títulos de la colección figuran Viajes por las selvas del Ecuador, de Alfred Simson;
Viaje a través de los majestuosos Andes del Ecuador, de Whimper; Cuatro años entre los ecuatorianos, de Haussarek o El gran viaje de Jiménez de la Espada.
¿Por qué se han publicado estas crónicas? En esa tradición que conjuga el interés histórico y antropológico con el interés por la his- toria de las misiones y con especial énfasis en las misiones en las que la Amazonía ha sido la protagonista, Editorial Abya-Yala ha sido parte también del Proyecto Monumenta Amazónica, que se propuso investigar, editar o reeditar las principales fuentes históricas de la cuenca amazóni- ca desde el siglo XVI hasta comienzos del XX. Monumenta Amazónica se inició en 1984, a raíz de una iniciativa del Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía (CETA) publicando y reeditando varios títulos. Al menos ocho títulos se han trabajado en conjunto con Abya-Yala y estos se han convertido en clásicos de la literatura amazónica.
Ecuador y Perú tienen similitudes y sus pueblos ancestrales comparten territorios. La guerra que se inició en 1941 separó a pueblos indígenas (shuar, achuar, kichwas, sionas y secoyas, etc.) durante más de cincuenta años. Sin embargo, sus procesos de colonización, evan- gelización, desarrollo, son similares. Son similares incluso los procesos de exterminio de pueblos que no lograron sobrevivir a esos procesos de colonización y de algunos llamados calatos (o aislados, sin contacto) que todavía hoy comparten un territorio en las porosas fronteras selváticas.
Los cronistas, y principalmente los cronistas misioneros, han dado cuenta de ese proceso e incluso, de sus propias contradicciones:
la educación y el interés por el desarrollo de los pueblos frente al abuso colonial o a la imposición ideológica, por ejemplo. Pero casi siempre las crónicas de las misiones amazónicas llevan una carga importante
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de narraciones piadosas y edificantes en las que los misioneros cuentan básicamente los avatares de su tarea pastoral, sacrificio y entrega reli- giosa así como la epopeya de sus tareas de construcción pero también hay crónicas que enfatizan la sorpresa y el asombro ante la vida y la cultura de los indígenas, la relación del hombre con la naturaleza, la cosmovisión de los pueblos o, como en el caso de este cronista, los tiempos tan distintos entre la vida de los pueblos amazónicos y los de la sociedad occidental.
El autor de este texto, el P. Martín Corera, pertenece a la Orden de los Pasionistas, congregación religiosa que se instaló en Perú, pri- mero en Chachapoyas, invitada por el obispo Emilio Lissón, su fun- dador, en 1913, en San Martín, para trabajar en una extensa zona en el Alto Amazonas. La provincia religiosa pasionista movió sus obreros apostólicos hacia Yurimaguas, y desde España y Chile (que entonces formaban única provincia) envió misioneros. El primer grupo llegó al Huallaga en octubre de 1921 y comenzó a preparar la organización de la Prefectura. El 8 de febrero de 1922, surcando el Amazonas, el Marañón y el Huallaga, llegaba a Yurimaguas el P. Atanasio Jáuregui, Prefecto Apostólico con un grupo de sacerdotes y hermanos de la Congregación.
De esta forma, hombres nacidos en otras tierras y en otras culturas, llegaban al Huallaga para hacerse hombres amazónicos y así iniciar una nueva etapa en la evangelización y promoción de la Amazonía. El P.
Martín Corera llegó a la misión en 1926 a los 25 años y permaneció en ella a lo largo de nueve años, es decir, hasta 1935.
Es importante anotar que Corera publicó esta obra luego de 20 años de haber abandonado la misión. Seguramente se basó en las cróni- cas y apuntes de su misión pero para conformar, como él mismo recono- ce, una obra de divulgación misionera, lo cual explica el tono, los límites y alcances del texto condicionados por el carácter expositivo. Como otros relatos misioneros de su tiempo, refleja un momento muy peculiar del afianzamiento de la presencia de los países andinos en sus respectivos territorios amazónicos. Su estancia en la Amazonía peruana es apenas posterior al desmantelamiento del sistema de explotación del caucho que tenía su epicentro en Iquitos y en Manaos y es contemporáneo a un suce-
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so clave para la conformación de la región amazónica peruana: la guerra con Colombia (1932-1933) cuyo desenlace otorgó a Colombia acceso a las riveras amazónicas con la demarcación del Trapecio Amazónico. Si bien Corera no menciona estos hechos son los que en realidad explican mucho del sentido de la presencia misionera en la Amazonía y, en su texto, el registro minucioso de las transformaciones poblacionales de la Alta Amazonía para dar cuenta del avance del progreso.
La crónica del P. Corera habla del empeño misionero frente a las sociedades indígenas; su punto de vista frente al otro, desde donde construye la etnografía del otro al que considera, pero que mira siempre desde fuera. Pero hay otras miradas: Yankuam (P. Luis Bolla), en los diarios publicados por esta editorial en catorce volúmenes y que trabajó en la misma geografía amazónica, por ejemplo, hace una abstracción del tránsito del misionero y retrata la sociedad a la que se pertenece una vez llegado a la selva. Yankuam no se detiene en el paisaje, ni en el entor- no, ni en sí mismo: él solo se interesa por la sociedad y los individuos a quienes visita, conoce e intenta comprender. O el padre Coquinche, Juan Marcos Mercier (franciscano, canadiense), cuyo trabajo en el Alto Napo peruano ha merecido memorables páginas misioneras, hace una mirada más mística y se convierte y quiere construir, con ellos y desde su cosmovisión, la iglesia indígena, esa que ve en relación, siempre, a la naturaleza y su gente, a la armonía y a la abundancia de vida. Estos pun- tos de vista, tan distintos, enriquecen la bibliografía sobre la presencia de las misiones en la Amazonía.
Una lectura rápida del índice del libro da la idea de que se trata de una obra de carácter etnográfico heredera de las crónicas de los misioneros jesuitas del Maynas a los que Corera expresa su admiración por sustentarse en la autoridad de quien ha pisado y vivido en el terre- no. Agradece a quienes le antecedieron esa costumbre tan propia de los misioneros de llevar apuntes y dejar testimonio:
Los relatos de los antiguos misioneros de la región del Alto Amazonas, en donde me cabía la suerte de actuar, enardecían mi ánimo y avivaban mi ilusión al verlos internarse en aquel “infierno verde”, como alguien
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ha llamado a la selva amazónica, superar las mismas dificultades que yo debía afrontar, e iniciar la reducción de las mismas tribus, ahora a mis empeños confiadas.
Mi anhelo al escribir esta obra no es otro que presentar a mis lectores una vista panorámica de conjunto, de la vida en su totalidad, tal cual se desarrolla en el interior de la selva amazónica, tan ignorada de público en general.
Él reclama para sí esa misma autoridad para establecer “la verdad de los hechos” a fin de puntualizar, rectificar y corregir las afirmaciones de connotados etnógrafos y lingüistas. Su relato quiere dar luz sobre lo que él llama la confusión de quienes escriben sobre los indígenas sin estar entre ellos:
…ciertos autores han escrito de las tribus sin conocerlas, sirviéndose de informes que no corresponden a la realidad y que no podían rectificar por no inspirarse en buenas fuentes. Tenemos, por ejemplo, el caso de Chayabitas y de Jeberos. El autor los considera como tribus inde- pendientes que siempre han residido en el mismo lugar, y no sabe que dichos pueblos fueron fundados por los misioneros con indios conver- tidos, del Marañón, los de Chayabitas, y del Pastaza, los de Jeberos; y que la única razón de fundar un pueblo aparte era para que no fueran molestados en lo sucesivo por sujetos de la misma tribu que se resistían a abrazar el cristianismo y que obstaculizaban por todos los medios a los recién convertidos.
Al mismo tiempo, se debe reconocer que sus observaciones se ven limitadas por la actitud de quien desperdicia la ocasión de registrar el detalle al priorizar concentrarse en precisiones de ubicación geográ- fica, clasificaciones étnicas y en el engorroso tema de las migraciones que poblaron América con las que finaliza el libro. Sus observaciones, al mismo tiempo, están atravesadas por una atmósfera generalista que pinta en tono monocromático a los pueblos amazónicos todos por igual sumidos en la misma inmovilidad respecto al progreso, como si nada hubiera ocurrido. En efecto, el misionero se siente sorprendido, primero, por la apreciación del tiempo que encuentra en el mundo indígena y cree que debe tomar nota de ello.
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La obra del P. Corera es un testimonio personal y en él relata nueve años recorriendo a pie y en canoa los ríos del Alto Amazonas, conociendo a los pueblos que allí habitan y retratando el paisaje de esas selvas “en todo aquel derroche de luz y color que representa”.
Su misión se desarrolla en Yurimaguas, poblado de 1200 habitantes a donde llega en 1926. Su nombre, dice, es la suma de dos pueblos: yuris y omaguas, allá, por 1714:
Una verdadera flota de grandes canoas surca la corriente del imponente Amazonas; con la pericia propia de gente acostumbrada a la navega- ción fluvial se internan por los brazos del rey de los ríos para recortar las distancias, y evitar navegar por la madre para que la travesía no se prolongue en demasía.
El misionero pasionista llegaría en balsa luego de un periplo desde Lima, cruzando la ceja de montaña en trochas que él define como
“inverosímiles”, surcando luego el río invocándose a los santos ángeles, sorteando tormentas, remolinos y palizadas.
Quince capítulos hacen parte de estas páginas. En los primeros capítulos, el observador/narrador es distante frente a la realidad que tienen ante sus ojos. Describe mucho, comenta poco, como un notario:
situación geográfica, Yurimaguas, Camicuros, Cocamas y Cocamillas, sus actividades, su origen y procedencia, su nomadismo, su modus vivendi… el “primitivismo desconcertante”, su concepto de la vida, idiosincrasia del indio, organización de la familia, la formación de los hijos…
El autor, de acuerdo al pensamiento de la época, se refiere a los indígenas como “civilizados” o “salvajes”. En la jurisdicción de la misión pasionista coinciden cinco tribus: muratos, chapras, achuales
—estos principalmente comparten frontera con Ecuador—, huambisas y aguarunas. El P. Martín Corera llama “salvajes” a quienes su misión debe volver “civilizados”, como fue parte de la tradición y obligación misionera al emprender tareas de evangelización. Sin embargo, a lo largo de la crónica, el cronista encuentra muchos más valores en esos pueblos a los que se llama salvajes o primitivos, que aquellos propios
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En el corazón de la selva
del mundo civilizado. De ellos admira muchas cosas, pero principal- mente admira la libertad y su capacidad de resolver su vida de manera solvente, sin las complicaciones del mundo moderno.
sin preocuparse, como yo, de la falta de camas, cortaron varias hojas de plátano, las extendieron sobre el suelo, y en tan fresco colchón pasaron la noche sin que la menor preocupación turbara su sueño (p. 64).
(…) ninguna obligación los liga ni mantiene sujetos a nada ni a ningún lugar determinado. Disfrutan de la libertad, en el sentido más amplio de la palabra; hacen, sencillamente, lo que se les antoja y lo hacen si lo quieren. La misma naturaleza parece ponerse de su lado para entender así la libertad (p. 65).
Las aves que revolotean en el espacio, las fieras que con ellos compar- ten el dominio de la selva, los peces que en sus ríos tanto abundan, las impetuosas aguas de esos mismos ríos que todo lo arrollan, consti- tuyen, para el salvaje, una lección práctica de cómo debe entender la libertad, y no va a ser él menos que las aves, las fieras y los peces, ni se van a sentir ligados a un solo lugar viendo a las aguas discurrir con toda libertad por sus cauces. No solamente la naturaleza está de su lado en tal sentido, sino que, diríase que parece solucionarle sus problemas.
Si tal no queremos admitir tendremos que convenir en que el salvaje, obrando muy inteligentemente, supo conformarse con su medio para llevar una vida fácil y sin problemas. Los tres más acuciantes, como son el problema de la alimentación, el del vestido y el de la vivienda, se los presenta resueltos al salvaje la misma naturaleza (p. 65).
Parte de sus crónicas, además del trabajo etnográfico y de la acti- vidad propia de los misioneros, el autor se detiene en fenómenos para él inexplicables, como las enfermedades del mal aire o como la brujería, el conjuro del tabaco o los rituales de vida y muerte: luchas y ataques que hacen parte de la historia y supervivencia de los pueblos amazónicos.
De particular interés constan también las aclaraciones históricas que el misionero pone sobre el tapete, como la antigüedad y origen de las tribus, los primeros indicios de vida en la selva, la geología como única fuente de información científica.
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P. Martín Corera, C. P.
El misionero intenta explicarse el origen de estos pueblos. Acude a antiguos cronistas para explicar que estaban en esas tierras antes de la conquista y hurgar en la historia precolombina, pero no lo consigue:
Como advertirán nuestros lectores, hasta este punto hemos seguido el camino abierto y despejado que la historia nos ha trazado desde los días del Descubrimiento hasta la fecha. Mas en adelante se nos cierra ese camino que con tanta seguridad nos ha guiado, y ya nadie nos dirá nada. La historia enmudece: y un silencio, como el silencio de la esfinge, envuelve en el misterio la vida de estas tribus (p. 497).
Concluye en que “el origen de estos indios no solamente se pierde en la noche de los tiempos prehistóricos sino que se remonta al período de los glaciares después de la época terciaria y principios de la cuaterna- ria”. El misionero describe la práctica de la reducción de cabezas, propia de grupos llamados “jíbaros” (ahurunas y huambisas, dice) con la que los guerreros persiguen reducir a la impotencia y anular por entero a su enemigo:
Lo que consiguen, en su modo de pensar, arrancándole los ojos y la lengua y cosiéndole los labios y los párpados para que no pueda ver ni hablar. (…) Debemos dejar constancia desde ahora que tales indios no reducen indistintamente la cabeza de cuantos enemigos matan en sus guerras, sino la de aquellos de quienes se teme que después de la muerte puedan desarrollar sus maléficos influjos en daño de la tribu (p. 400).
Con descripciones minuciosas sobre las fiestas y los bailes ritua- les como el Congompe (caracol) y el Tabao (loro) que acompañan a la elaboración de la zanzara (cabeza reducida del enemigo), el detalle minucioso de su proceso, los atuendos ceremoniales del brujo, el ayuno, la comida y los ocho días que dura la ceremonia, el P. Corera demuestra que no se trata de ningún culto o sacrificio dirigido al sol, como ha sido contado por algunos escritores, sino que, según él, el único significado que dan a la ceremonia es demostrar de la manera más solemne y públi- ca, la derrota absoluta del espíritu del difunto.
Terminado el proceso de reducción, queda en propiedad del principal victimario que la conserva si quiere como trofeo y demostración de
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su valor y pericia para atacar al enemigo, o la vende si le parece, a un patrón blanco a cambio de una carabina o de una escopeta. El patrón, a su vez, la venderá a las lanchas o la llevará a Iquitos donde la revende a muy buen precio para mandarla a los museos (p. 429).
En los capítulos finales de este texto, el misionero reconoce la dificultad de entender ciertas creencias que son parte de la cosmovi- sión indígena y se da por vencido porque, por otro lado, es testigo de hechos que parecerían increíbles, entre ellos, la presencia de espíritus en la selva, seres misteriosos y fantásticos que son parte de la abundancia de vida, como el yacuruna, habitante del agua o el sacharuna, habitante del bosque. El misionero intenta aportar explicaciones a los indígenas desde la lógica occidental o desde la ciencia, pero sus explicaciones no tienen eco no solo en los indígenas sino en los mestizos que defienden sus relatos y la presencia en esas tierras de espíritus (samay) y de diablos (supay) que habitan en los ríos y en el bosque. El cronista también narra hechos que no admiten causa natural… como el relato de la presencia de personajes misteriosos como el antiguo misionero de Maynas (dos- cientos años antes), un tal Juan Montoya, que viene de la otra vida, visita a los indígenas en sus casas, aseguran su presencia y tiene poderes curativos… o el espíritu de la selva que se lleva a los niños y que tiene a una madre en vilo durante días.
Su sorpresa es aún mayor cuando, en sus clases de catequesis, escucha de boca de los indígenas, relatos sobre la creación del hombre tal cual relata el Génesis, sin encontrar explicación.
Los cuentos del Appa Yus, el soplo al hombre de barro, el árbol de la vida o los diluvios, le inquietan al misionero. ¿Si no las habían escuchado de los antiguos misioneros, porque no sabían nada en absoluto de Cristo, el Hijo de Dios, la iglesia o los sacramentos, ¿cómo habían llegado esos relatos a su memoria y tradiciones?, ¿por qué vía, cuándo? La respuesta está al final de esta crónica escrita desde el cora- zón de la selva, un aporte más a las páginas de esa Tierra Incógnita en palabras de científicos, viajeros y misioneros.
Quito, 21 de junio, 2019
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Situación actual de las comunidades cristianas entre los pueblos indígenas amazónicos del
Vicariato Apostólico de Yurimaguas
Diego Clavijo Misionero salesiano del Vicariato Yurimaguas
El Vicariato Apostólico de Yurimaguas actualmente comprende dos provincias: Alto Amazonas y Datem del Marañón, pertenecientes a la región Loreto, Perú. Al norte limita con el Ecuador; al este, con la pro- vincia de Loreto; y al oeste, con el departamento de San Martín. Ambas provincias tienen una extensión territorial de 62 076,64 km2 y 165 333 habitantes, con una cantidad muy representativa de pobladores indíge- nas amazónicos, de manera especial en la provincia Datem del Marañón.
Entre los pueblos indígenas cuyos territorios se despliegan en la actual provincia Datem del Marañón constan los siguientes: Awuajun (Awarunas o Patukmai), Shawi, Wampis (Tsumu Shuar), Achuar, Can- doshi y Shapra (Muratos) y Quechuas. En la provincia Alto Amazonas, en el Distrito de Lagunas, se encuentra la localidad de Jeberos, lugar de asentamiento del antiguo pueblo Shiwilo.
El territorio ha sido testigo del paso de muchos misioneros y mi- sioneras de diversas congregaciones, entre ellas los Jesuitas; de la Con- gregación Pasionista, como es el caso de Martín Corera autor de estos relatos; de la Congregación Salesiana, como el P. Luis Bolla, o la Hna.
Sagrario Sáenz. La acción misionera incluye también el aporte de mu- chos laicos misioneros como Anita Permandinger y Juan Juárez. La lista sería interminable y en ella constarían muchos otros nombres que des- conocemos y que están escritos en la memoria viva de estos pueblos.
Ellos fueron padres, madres, profetas, maestros y maestras, líderes, guías pastores que renunciándose a sí mismos entregaron sus vidas a favor de estos hermanos indígenas.
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Actualmente es numerosa la presencia de misioneros que llevan adelante la evangelización de los pueblos originarios, ribereños y mes- tizos ubicados en las grandes ciudades y poblaciones. Los misioneros católicos y evangélicos no logran cubrir sus demandas espirituales. Esta realidad exige repensar nuevos y creativos caminos para consolidar la au- téntica corresponsabilidad y participación de aquellos laicos originarios de estos pueblos amazónicos en la evangelización y pastoral indígena.
Una realidad preocupante de las comunidades indígenas que antiguamente estaban muy apartadas consiste en su exposición a las amenazas agresivas de la globalización y la tecnología de la moderni- dad occidental. Los pueblos originarios en tanto culturas minoritarias se someten a la opresión colonialista que transportan las costumbres de la cultura integradora de la mayoría, provocando un violento cambio de valores y tradiciones, ritos y costumbres que expresan el sentir y la vida diversa de estos pueblos amazónicos.
El pueblo Shiwilo o Jeberinos
Los Shiwilo se encuentran ubicados a orillas del río Aypena, afluente del Huallaga, el mismo que desemboca en el río Marañón. Este pueblo indígena amestizado casi en su totalidad se lo considera como invisible. Se puede ver que su lengua originaria ha desaparecido casi en su totalidad, así como su identidad cultural, tradiciones y ritos ances- trales. Ellos, al parecer, se han integrado al estilo de vida cultural de los mestizos llegados de la ceja de selva, región San Martín.
Esta tierra, que pertenece a la provincia de Alto Amazonas, nos da testimonio de una larga presencia misionera católica de cientos de años que han dejado una memoria imborrable en la vida de los habitantes de Jeberos, ya que hubo una reducción de indígenas realizada por los padres Jesuitas.
Durante aproximadamente los últimos cuarenta años en este pue- blo se hicieron presentes las misioneras Hermanas del Sagrado Corazón, más conocidas como “Compañía Misionera”, las mismas que desempe-
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ñaron una ardua tarea de evangelización y promoción humana. Des- de hace tres años, luego de la salida de las Misioneras de la Compañía, han sido enviados dos hermanos sacerdotes diocesanos del Vicariato de Yurimaguas. Ellos, originarios de la selva Yurimaguina, continúan con la tarea pastoral entre los hermanos Jeberinos y Shawi.
Pueblo Shawi
El pueblo shawi, más conocido como Chayahuita, vive en una extensa región que limita con el departamento de San Martín. Tiene una identidad muy propia y su lengua y tradiciones culturales les distinguen de otros pueblos. Se cree que la población Shawi actualmente supera los 25 mil habitantes aproximadamente, ubicados en las cuencas de los ríos Cahuapanas y Sillay. Incluso, una buena parte de la población vive en la provincia de Alto Amazonas, en la cuenca del río Paranapura. El 90%
del pueblo chayahuita se puede considerar católico; mientras que un 10% es evangélico, adventista, Testigo de Jehová u otras denominacio- nes. El largo proceso evangelizador ha generado un grupo consistente de agentes pastorales laicos que animan a las comunidades cristianas.
Ellos continúan su proceso de formación cristiana, bíblica y pastoral con sus misioneros.
Pueblo Quechua
El pueblo quechua se encuentra ubicado al norte, en el Alto río Pas- taza, en la frontera con Ecuador. Cabe mencionar que las comunidades quechuas, achuar y candoshi viven una situación de intensas interrelacio- nes. La mayoría son evangélicas y unas pocas se presentan como católicas.
Según algunos lingüistas se sabe que el idioma original de este pueblo no es el quechua, sino de la familia lingüística zaparoana, y que este pueblo fue quechuizado por los misioneros que formaron las primeras reduccio- nes católicas en las tierras que hoy conocemos como Andoas, tanto el Vie- jo Andoas como el Nuevo Andoas. El pueblo quechua del Alto Pastaza en
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P. Martín Corera, C. P.
general vive activamente sus tradiciones religiosas, no se notan conflictos, ya que tratan de convivir con serenidad y respeto mutuo.
Pueblo Wampis-Shuar
El pueblo wampis-shuar está ubicado en la cuenca del Alto río Morona y pertenecen a la misma familia lingüística de los Shuar, Achuar, Shiwiar y Awajún con quienes tienen mucha afinidad cultural en ritos, mitos y tradiciones. De estos, los más cercanos en lengua y cultura a los Wampis son los Shuar del Ecuador, a quienes se los conoce como Mu- ranmaya Shuar (‘gente de arriba’, del norte, que viven en las montañas) situados en la frontera ecuatoriana; mientras que los Wampis-Shuar son nombrados como Tsumunmaya Shuar, (‘gente de abajo’, que vive en la llanura sur amazónica), ubicados en la frontera peruana.
En la cuenca del río Morona existen un promedio de treinta co- munidades y su territorio pertenece a la región Loreto, colindante con el Ecuador por el norte y al oeste con la región de Amazonas donde están los Wampis que pueblan las orillas del río Santiago. El 90% de la pobla- ción se considera de la religión evangélica; algunas comunidades son nazarenas y las restantes, equivalente a un 10%, se identifican como ca- tólicas. La actividad evangélica ha disminuido en gran cantidad ya que las preocupaciones humanas y materiales, sobre todo en torno a la con- secución de recursos económicos, a asegurar la educación y el consumo de tecnologías constituyen la principal preocupación de las familias.
Los procesos pastorales en todas las comunidades se han debili- tado debido a la falta de misioneros, y/o pastores que animen continua- mente con el evangelio a su pueblo. Esta situación de crisis religiosa no contribuye a generar un ambiente propicio para el manejo colectivo de una serie de conflictos internos. En referencia a la situación de los católi- cos, se cuenta con ocho animadores de la Palabra en proceso de capacita- ción y fortalecimiento en la fe para orientar pastoralmente a sus comuni- dades. Por diversos motivos, se han suspendido los cursos de formación y esto ha generado un cierto desconcierto y enfriamiento religioso.
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Pueblo Candoshi y Shapra
(Muratos: Ellos tienen la misma raíz lingüística)
Más de algún texto especializado sobre los pueblos y lenguas in- dígenas menciona que los Candoshi y Shapra forman parte de los pue- blos emparentados a los Shuar, Achuar, Wampis, Shiwiar y Awajún; pero la realidad es totalmente diversa ya que las lenguas de estos pueblos per- tenecen a familias lingüísticas diversas; incluso, sus tradiciones rituales son propias y diversas. Entre Muratos y el conjunto mencionado existe una escasa coincidencia en los ritmos de los cantos, en ciertos mitos na- rrados con estilos propios y una cierta relación que se expresa en unos pocos matrimonios entre jóvenes Candoshi y Achuar.
Los Candoshi se encuentran ubicados al norte de la provincia, en las cuencas del río Chapuri y Chuintar que nacen de aguajales y se dirigen hasta llegar al más grande lago amazónico conocido como Mu- sakarusha, que termina en una de las orillas del río Pastaza. Desde hace unos 45 años aproximadamente los pastores extranjeros de la Misión Bautista de Pucallpa (Región Ucayali) han llegado a las comunidades candoshi con programas de educación y salud, además del anuncio del Evangelio. Su centro de formación bíblica se encuentra en la ciudad de Pucallpa; allí son llevados los jóvenes indígenas de los diversos pueblos originarios. Los pastores evangélicos foráneos acompañaron durante muchos años a sus comunidades. Actualmente cada pastor lleva ade- lante su comunidad cristiana y ocasionalmente reciben la visita de un miembro de Pucallpa.
En cambio, en la cuenca del río Huituyacu, se encuentran 16 co- munidades candoshi, que han sido acompañadas directamente por los misioneros católicos desde el año 2001. En esta zona misionera se ha dado continuidad a un proceso permanente y organizado de evangeliza- ción, incluso de formación de animadores de la Palabra. Actualmente la acción misionera salesiana ha generado un CETPRO (Centro Educativo Técnico Profesional) destinado a la formación de los jóvenes de diferen-
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P. Martín Corera, C. P.
tes pueblos indígenas fronterizos y mestizos que viven en la cuenca del río Marañón.
Pueblo Shapra
El territorio del pueblo Shapra se ubica en el Distrito de Morona, en las cuencas de los ríos Sekuan y Pushaga, afluentes del Morona. Po- siblemente el pueblo está conformado por 1500 habitantes. Las comu- nidades shapras serán 18, aproximadamente. En lo lingüístico y cultural comparten rasgos con los Candoshi. La población se identifica como evangélica, aunque no tenga sus pastores ni comunidad cristiana for- mada. Se puede mencionar que un misionero itinerante católico visita también las comunidades shapra y la mayoría acepta y recibe la presen- cia del misionero católico con gran estima.
Pueblo Achuar
El pueblo Achuar está ubicado en un gran territorio fronterizo con el Ecuador, especialmente en las cuencas de los afluentes de los siguien- tes ríos: Pastaza, Huituyacu (en Achuar Maki), Huasaga (Chankuap) y Manchari. Su territorio, en el lado del Perú, pertenecen al Distrito de Andoas y tienen una población aproximada de 7000 habitantes.
A orillas del Huasaga se encuentran unas 24 comunidades de origen evangélico. Sus pastores hacen cursos bíblicos en la comunidad Achuar de Rubina, donde empezó el proceso de la misión Bautista. A partir del Alto río Huasaga, incluyendo las comunidades de las cuencas hidrográficas del Sanchik, Manchari y Huituyacu se encuentran asenta- das las comunidades católicas evangelizadas inicialmente por la volunta- ria misionera austriaca Anita Permandinger durante siete años; y luego, con la presencia continua desde 1984, del P. Luis Bolla Sartori, conoci- do como Yankuam Jintia (Luz del Camino). Él comenzó un proceso de evangelización inculturado; es decir, en diálogo armónico entre la cultu- ra ancestral Achuar y la buena noticia del Evangelio. Este proceso llevó a la consolidación de las comunidades cristianas católicas y a la formación
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de los ministros instituidos y Diáconos Permanentes, que como agentes pastorales están al servicio de su Iglesia con identidad amazónica.
No podemos dejar de mencionar que en el Distrito de Morona también existen diez comunidades achuar católicas que integradas en este proceso evangelizador encarnado van haciendo un proceso de ma- duración del compromiso serio de fe. Los misioneros salesianos siguen animando el proceso evangelizador iniciado por el P. Luis Bolla, que además se complemente con la tarea educativa que llevan las religiosas misioneras de la Congregación de Santa Laura Montoya, las Hermanas Discípulas y un misionero laico, Sr. Juan Juárez Chacón, en dos colegios secundarios con residencia estudiantil. Además, los misioneros acom- pañan el proceso sociopolítico que llevan las organizaciones por peti- ción de los dirigentes.
Concluyo esta breve descripción de la situación actual en la que viven las comunidades cristianas de los pueblos originarios en el territo- rio donde muchos misioneros dedicaron sus vidas a favor de la promo- ción espiritual y humana de estas familias amazónicas. Los misioneros de todos los tiempos llegaron al territorio de estos pueblos cargados de una formación particular, con la mentalidad característica de la época y la metodología propia de la Iglesia de su tiempo, y su enfoque pastoral se basó, casi siempre, en la única pasión de “salvar las almas” a través de los sacramentos. Ese enfoque reduccionista ha pasado factura tanto a los misioneros como a los pueblos indígenas. Pero no hay duda que el teso- ro del amor a Dios ha sido guardado de todas maneras en el corazón de la gente y de cada misionero que pasó por esta Amazonía. Es ese amor de Dios que se hace presente en estos pueblos el que lleva a superar todo tipo de dificultades encontradas para ejercer el mandato de Jesús: “Va- yan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará….” Mc. 16, 15-18.
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P. Martín Corera, C. P.
Mapa Político del Departamento de Loreto con la nueva provincia Datem del Marañon
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Mapa Político de la Provincia Datem del Marañón Región Loreto
LA MISIÓN DEL ALTO AMAZONAS
Prólogo 43
En el corazón de la selva
Prólogo
El entusiasta y dinámico autor de la presente obra, R. P. Martín Corera, viejo compañero de andanzas misionales en la Amazonía perua- na, ha tenido la deferencia de solicitarme prologue su benemérita pro- ducción con algunas palabras de aliento. Agradeciendo tanta amabilidad, he creído deber aceptar el honroso cargo, como acto de merecido reco- nocimiento para sellar definitivamente nuestra bien cimentada amistad.
Corría el año de 1931 cuando siendo Prefecto Apostólico tuve oportunidad de conocer y tratar en Roma al P. Corera cuando terminaba sus estudios sacerdotales y se ordenaba de presbítero. Extendiendo sobre la mesa de la sala un mapa del Perú, estudiamos juntos el territorio de nuestra Misión Pasionista de San Gabriel del Marañón, anotando su kilo- metraje y sus meridianos de longitud y latitud, los ríos más notables que dan sus aguas a la majestuosa arteria que baña sus tierras y regala su nom- bre a la Misión: el Marañón. Al calor de esta intimidad afloró indudable- mente su vocación misionera, pues terminó suplicándome obtuviera de sus Superiores, por cuanto estaba afiliado a diversa provincia religiosa, la debida autorización para alistarse entre las filas de los infatigables opera- rios de nuestras Misiones de Alto Amazonas y San Martín (1).
En noviembre de 1927 coronó sus labores el VIII Concilio Limen- se en el que participamos con el Episcopado Peruano los Vicarios y Pre- fectos Apostólicos, y primero de despedirnos de la Ciudad de los Virre- yes, para retornar al Alto Amazonas en cuya capital, Yurimaguas, tiene su sede nuestra Misión, estaba ya listo el P. Corera con dos Misioneros más, para acompañarnos. Había obtenido la suspirada licencia para incorpo- rarse a nuestra Prefectura Apostólica. El estreno fue magnífico para su iniciación, ¡una verdadera odisea! Para trasladarse de Lima a la selva, a través de la Cordillera Andina, cuando todavía no se conocían las alas,
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P. Martín Corera, C. P.
viajando en tren, en carro, a caballo y a pie por las tortuosas gradientes de la Sierra, y en balsa y canoa por los rápidos del río Huallaga, había que probar las lindezas del soroche en Cerro de Pasco a los 4.355 metros de altura, para hundirse luego en un precipicio al nivel de Tingo María, tras correr a pie tres angustiosas jornadas, empecinados en lodo y agua por la impenetrable jungla. Una vez metidos en laberinto de islas, de correntadas y remolinos, que traían en jaque a la embarcación y en vilo el alma, alcanzamos el puerto de Putante para internarnos en Uchiza, donde pudimos durante un mes, mientras se restablecía de la erisipela uno de los misioneros, consagrarnos al apostolado con gran satisfacción y provecho de sus habitantes, que carecían de sacerdote, suplicándonos encarecidamente les cediéramos uno para su gobierno espiritual.
Siguiendo nuestra ruta, visitando brevemente los pueblos habidos de tránsito, Juanjuí, Tarapoto, Chazuta, Shucushyacu, sorteando con fe- licidad los famosos malos pasos del Huallaga, que tantas embarcaciones y vidas engullen, y donde se ahogaron trágicamente tres de nuestros mi- sioneros —Padres Basaras, Rodríguez e Iribertegui— arribamos a Yuri- maguas el 7 de marzo de 1928, a los tres meses de trajinar por empinados cerros y oscuros valles, por frondas y caudalosos ríos. El Padre Corera se sintió altamente emocionado ante la grandeza sugestiva del escenario que se abría a su vista en forma tan imponente, y este viaje tan accidenta- do le sirvió mucho para avezarse luego en la santa milicia del apostolado.
Apenas el P. Corera se emplazó en el campo de sus operaciones con la euforia de sus veinticinco abriles, sintió al vivo el acicate de su inquietud que le arrostró a las zonas más alejadas y laboriosas de la Mi- sión, donde rezagos de la Gran Jibaría se debaten en ‘vendettas recípro- cas y se engolfan en todas las groserías de la materia, sin horizontes de espiritualidad, sin esfuerzos de cultura racional.
Para ponerse mejor a su alcance y ganar su confianza, no titu- beó en estudiar a fondo sus usos y costumbres, su historia y origen, su idioma, etnografía y folklore, mientras se empeñaba en sembrar en su inteligencia la semilla evangélica de los fundamentos de la fe y en des- pertar en su conciencia los sentimientos éticos de moralidad, de amor a la virtud y odio al crimen.
Prólogo 45
En el corazón de la selva
En largos años de apostolado mucho hizo el P. Corera, aunque mucho quedara todavía por hacer. Aquellos estudios realizados sobre el mismo terreno de acción maduraron felizmente y se han cristalizado hoy en la obra que nos presenta el autor con el título de En el corazón de la selva, cuyos pintorescos relatos, a base de hechos tangibles, perso- nalmente observados, palpados y vividos, conducen al lector a través del imponente Amazonas y de sus grandes tributarios a vislumbrar los frondosísimos paisajes de nuestra milenaria selva, donde el viajero, fas- cinado ante tanta maravilla, siéntese pigmeo y obligado a reconocer y bendecir, cayendo de rodillas, las magnificencias de la Creación; donde los hijos de la selva viven y solázanse en festín perenne y en convivencia solidaria con cuantos seres pululan por doquier en tierra, agua y aire.
Ese gran escenario, de incomparable flora y fauna, donde el abo- rigen de las tribus se considera feliz y señor, aferrado a un primitivismo ciego e irracional, tenía para el P. Corera atractivos irresistibles. ¿Le sub- yugaba tal vez el embeleso de sus paisajes, los encantos de las excursio- nes fluviales por la selva infinita? No precisamente desde que sus viajes debía realizarlos en embarcaciones rutinarias y primitivas, en la vulgar canoa, movida a remo lentamente por bogas indígenas, a pleno sol y lluvia; sistema de locomoción que implicaba serios sacrificios, y que hoy hemos sustituido afortunadamente por rápidos motores fluviales y por deslizadores de asombrosa velocidad. Hay que aceptar que el secreto de esta pasión radicaba en imperativos más sagrados.
Los móviles de sus fatigas y afanes se inspiraban máxime en su vivo anhelo por la cristianización de aquella porción del rebaño confiado a su celo pastoral, en cuya alma no veía dibujarse todavía la divina imagen del Creador, y cuya vida sumida siempre en torpes goces de la materia, no transcendía la esfera de los sentidos. Quería despertar en sus espíritus ale- targados una chispa de lo alto, de lo sobrenatural, de la gracia que golpea, transforma, santifica y eleva al hombre a plano superior, a fin de que en es- tos seres olvidados despuntara esa mitad-ángel de Pascal, sin permitir que la otra mitad-animal absorba totalmente sus funciones. Pretendía el misione- ro que pudieran aplicarse también a ellos las palabras del Apóstol: “En otro tiempo no erais sino tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor” (Phil. V, 8).
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P. Martín Corera, C. P.
Pero no pasa desapercibida al P. Corera la versatilidad congénita de la raza, y al objeto de imprimir mayor estabilidad a su apostolado, se dedicó a echar las bases de un Catecumenado, en cuyo internado lo- grarían los niños educarse a fondo. Reunió al efecto algunas familias de huambisas, atrayéndolas con regalos de ropas y golosinas; pero la cerca- nía de una guarnición militar y la incursión de los soldados, de quienes se cuida tanto el selvático, malogró el proyecto, puesto que fueron ale- jándose paulatinamente todos. Durante las antiguas Misiones de May- nas el misionero debía percatarse mucho de la compañía de los soldados españoles, porque espantaban la caza y auyentaban a los indios. Cuando el misionero se presentaba solo, en nombre de Dios, más que en nombre del Rey, contaba con las garantías para el ejercicio de su ministerio.
El P. Corera ha puesto su corazón en la obra que nos ofrece con cariño, a guisa de continuidad perenne de su vida misional, añoran- do sus juveniles bregas, mientras que desde las Antillas, teatro de sus ministerios actuales, sigue interesándose con sus plegarias por aquellas almas que regó con sus sudores y sembró con la semilla evangélica de su ardiente palabra, suspirando se traduzcan en frutos de salvación.
Que la lectura de estas amenas páginas fomente la devoción a la Obra Máxima de las Misiones Católicas y grabe en el corazón y los labios de los fieles esta hermosa oración litúrgica: «Te rogamos, Señor, que vuelvas a la Unidad de la Fe a los que se desviaron de ella y reduzcas a la luz del Evangelio a todos los infieles”.
Estos son mis más sinceros votos al felicitar cordialmente al autor de este libro, vivo monumento de su carrera misional en la Amazonía y aporte valioso de su celo a la santa empresa de las Obras Misionales.
Yurimaguas, festividad de la Epifanía, 6 de enero de 1957.
† Anastasio C. Jáuregui Goiri, Titular de Mossina y Vicario Apostólico
de San Gabriel del Marañón
Introducción 47
En el corazón de la selva
Introducción
Áreas de Sudamérica tratadas por el «Handbook of South American Indians».—Volúmenes 1 a 4.
1. Los Tupi costeros y amazónicos.
2. Las Tribus del Matto Grosso y Este de Bolivia.
3. Las Tribus de la Montaña y Yungas.
4. Las Tribus de la Cuenca Occidental del Amazonas.
5. Las Tribus de las Guayanas.
6. Tribus Marginales (En Vol. 1); 7.— Civilizaciones Andinas (En Vol. 2); Áreas 1 a 5 inclusives:
Tribus de la Foresta Tropical (En Vol. 3); 8.— Las Tribus Circun-caribes (En Vol. 4) (Estas no son áreas culturales).
La obra del misionero ha sido en todo tiempo obra de cultura, de progreso.