FACULT AD DE HU MANIDAD ES Y CIE NCIAS D E LA EDUC ACIÓN
U
NIVERSIDAD DEJ
AÉNFacultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Trabajo Fin de Grado
Nacimiento y
consolidación del poder papal en el Occidente medieval (siglos VIII-XIII)
Alumno/a: Christian Romero Calvo
Tutor/a: Profa. Dra. Eva María Alcázar Hernández Dpto.: Patrimonio histórico
05/2021
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AGRADECIMIENTOS
A mis padres, por su amor y apoyo incondicional, por instarme siempre a apuntar a lo más alto y a no rendirme jamás. Nunca podré tener mejores maestros de vida que vosotros.
A mi abuelo Francisco, porque sé que te habría encantado leerlo y que estarías orgulloso de mí.
A mi tutora, Eva María Alcázar Hernández, por su constante guía y su paciencia conmigo. Gracias por hacer de este un estudio apasionante.
A mi querido y admirado F., porque sin tus palabras, estas nunca hubieran llegado a ser…
Eternamente agradecido a todos, siempre os llevaré conmigo.
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ÍNDICE DE CONTENIDO
0. Resumen y palabras clave / Abstract and key words………..4
1. INTRODUCCIÓN: justificación, objetivos y metodología………..5
1.1 Justificación de la elección del tema………5
1.2 Objetivos………...6
1.3 Metodología, fuentes principales y estructura del trabajo………6
PARTE I: LOS PRECEDENTES El papado entre la consolidación y la subordinación: de los carolingios a los otones (siglos VIII-XI) 2. Los carolingios y el papado: una complicidad estratégica……….8
2.1 Pipino III “el Breve”. En busca de la legitimidad………..9
2.1.1 El alumbramiento de los Estados Pontificios………14
2.2 Carlomagno y el Papa: ¿un equilibrio ficticio? ………17
2.2.1 Navidad del año 800: la coronación imperial. Circunstancias, significación y consecuencias………..19
2.3 Balance de la etapa carolingia. El Renacimiento carolingio………..23
2.3.1 La construcción de la Iglesia del Antiguo Régimen………..25
3. Cadáveres, corrupción y pornocracia. El Siglo de Hierro del Papado (c. 882- 964)………...27
4. Los otones y el papado: el regreso del Imperio………32
4.1 El influjo renovador de Cluny y el fin de un período……….34
PARTE II: EL NACIMIENTO Reforma y conflicto contra el Imperio: creación de la monarquía pontificia (siglos XI-XII) 5. La Reforma gregoriana: hacia la Libertas Eclesiae………..37
5.1 Primeros pasos. León IX y los papas norteños sucesores………...37
5.2 El Gregorianismo y la consolidación del programa reformador………49
5.2.1 El Dictatus Papae de Gregorio VII: una declaración de intenciones………51
6. Las dos espadas. El papado, el imperio y la pugna por el Dominium mundi……52
6.1 Primer enfrentamiento: la Querella de las Investiduras (1075-1122)……….52
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6.1.1 Urbano II y la predicación de la primera cruzada………58 6.1.2 El Concordato de Worms. ¿Fin del conflicto o tregua temporal?...59 6.2 Segundo enfrentamiento: imperium mundi contra plenitudo potestatis………...62
PARTE III: LA CONSOLIDADCIÓN
El Imperio papal: el triunfo de la teocracia pontificia (siglo XIII)
7. Cénit del poder pontificio. El vicario de Cristo en la Tierra, Inocencio III…70
8. CONCLUSIONES……….75
9. Bibliografía y webgrafía consultada……….77
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0. Resumen y palabras clave / Abstract and key words
RESUMEN:
Esta es una historia de emancipación, puesto que antes de que los papas pudieran gozar de un poder plenamente consolidado deberán recorrer un arduo camino de liberación. Los primeros pasos vendrían de la mano de los reyes carolingios, cuya desaparición, sin embargo, llevará a la Iglesia a tiempos oscuros, de gran corrupción y episodios entre la realidad y la leyenda. Aires reformadores, que avecinaban grandes cambios, vendrían después, de la mano de aquellos a los que los antiguos romanos habrían considerado bárbaros, con quienes nacerá una monarquía pontificia. Una vez que el papado se libere de los poderes seculares, tendrá que enfrentarse a un rival que aspiraba a lo mismo que él, elDominium mundi, contienda de la que saldrá airoso y, coincidiendo con el advenimiento del papa más poderoso de todos los tiempos, podrá centrarse por fin en vivir el apogeo de su poder.
PALABRAS CLAVE: Edad Media, Emperador, Europa occidental, Poder político, Pontífice.
ABSTRACT:
This is a history of emancipation, since before the popes could enjoy a fully consolidated power they will have to go through an arduous path of liberation. The first steps would come from the hand of the Carolingian kings, whose disappearance, however, will lead the Church to dark times, of great corruption and episodes between reality and legend. Reform airs, which anticipate big changes, would come later on, at the hands of those whom the ancient Romans would have considered barbarians, with whom a papal monarchy will be born. Once the papacy is liberated from secular powers, he will have to face a rival who aspired to achieve the same goal as him,Dominium mundi, a contest from which he will emerge with flying colours and, concurring with the advent of the most powerful pope of all time, he could finally focus on living the peak of his power.
KEY WORDS: Emperor, Middle Ages, Political power, Pontiff, Western Europe.
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1. INTRODUCCIÓN: justificación, objetivos y metodología
1.1 Justificación de la elección del tema
Desde que tengo recuerdos me ha seducido la idea de aproximarme al conocimiento de diversas religiones y tratar de entender, desde una perspectiva lo más objetiva posible, las creencias, puesto que considero que han ostentado un papel muy relevante a lo largo de nuestra historia como Humanidad; al fin y al cabo, las creencias, aunque de diferente forma, han acompañado al ser humano desde el alba de los tiempos. Y a pesar de que, salvo algunas contadas cuestiones que requieren aclaración, este documento no entra en explicar en profundidad temas relativos a doctrina religiosa, otra de mis fascinaciones entra a escena para justificar la elección de esta línea temática: el embrujo que la Edad Media me arrojó de niño, que me impulsaba a profundizar en su conocimiento, tratar de entender la complejidad de sus dinámicas políticas, estructuras de poder, formas de vida, entre muchas otras cuestiones; un embrujo que el paso de los años y el estudio de este grado universitario no ha hecho sino reforzar. Y aunque, nuevamente, estos no son los temas troncales del trabajo, la combinación de ambas variables, religión y política medieval, explican que mi elección estuviera desde el principio destinada a caminar por esta senda. Agradecer, en este sentido, a mi tutora Dña. Eva María Alcázar Hernández su guía para delimitar y concretar la miríada de enrevesadas ideas que tenía en mente al principio, así como la cronología y el marco espacial concreto a tratar.
Por otra parte, no está de más señalar que, a mi entender, cualquier estudio debe tener un interés y ser relevante para la comunidad científica. En este sentido, coincido con el autor Carlos de Ayala Martínez1 en que el papado es un tema decisivo, puesto que, sin un conocimiento básico de las líneas teóricas sobre las que se construyó, los hilos argumentales sobre los que se justificó, elaboró y desarrolló, sería muy difícil aproximarse a la realidad histórica de nuestro pasado como Humanidad y, por extensión, de nuestro presente. De acuerdo con esto, a mi juicio, el trabajo es bastante relevante en términos académicos, dado que trata de sintetizar conocimientos ya existentes sobre esta línea temática.
1 Véase la breve reflexión que aparece en la contraportada de AYALA, Carlos de. (2016). El pontificado en la Edad Media. Madrid: Síntesis.
6 1.2 Objetivos
El objetivo principal que este pequeño estudio busca alcanzar es poner de relieve que los sucesores de San Pedro y, por extensión, el pontificado, después de haber pasado varios siglos a la sombra de diversas estructuras políticas (imperio romano, dominación carolingia, otónida, etc.) y tras un consecuente proceso de emancipación, desde finales del siglo XI, pero, especialmente, a partir del XII, se convirtieron en actores políticos de primer orden, hasta tal punto que, por momentos, su marco de actuación abarcará una escala muy similar a la que antaño controlaran los césares romanos, llegando a edificar una monarquía papal de sesgo teocrático. En este sentido, se tratará delinear el rol o la posición que los pontífices jugaron en el tablero político del Occidente medieval. Esta idea vale, además, para enunciar otro de los objetivos que persigue este trabajo: el de poner de manifiesto que el papado, aunque de manera diferente, fue el verdadero restaurador del Imperio Romano. En adición, se tratará de reflejar el proceso y el recorrido que experimenta el poder papal hasta su consolidación, así como se tratará de identificar a los principales agentes y protagonistas de dicho proceso. Paralelamente, se pretende dejar constancia de la clásica rivalidad entre poder político o temporal, ostentado por la figura de reyes y emperadores, y poder espiritual, sostenido por los papas.
Por otro lado, se intentará reflejar la relevancia de la doctrina religiosa en el poder medieval, en unos tiempos en los que la posición de algunos monarcas era tan débil que necesitaban alguna figura supranacional que, a modo de sostén orgánico, respaldase y diera legitimidad a sus pretensiones. En esta línea, se procurará mostrar cómo se ponían en práctica algunos de los instrumentos y mecanismos que dicha doctrina religiosa, concretada en la figura de los pontífices, empleaba para otorgar la perseguida legitimidad2.
1.3 Metodología, fuentes principales y estructura del trabajo
Para la realización de este estudio se ha llevado a cabo una revisión, recopilación y lectura crítica de varias fuentes de información, las cuales se encuentran citadas en su totalidad en el apartado final. Sin embargo, es preciso citar en este epígrafe aquellos que han sido los pilares bibliográficos del trabajo: por un lado, destacar múltiples publicaciones del medievalista español Emilio Mitre Fernández, un autor muy prolífico en todo lo que vincula Iglesia y
2 Véase un claro ejemplo de uno de esos mecanismos en la consagración del monarca franco Pipino III por parte del papa Esteban II en las páginas 11 y 12 de este trabajo.
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Medievo; así como la obra titulada El pontificado en la Edad Media del experto en órdenes militares Carlos de Ayala Martínez, de gran ayuda para estructurar el estudio y que será referenciada infinidad de veces; por otra parte, resaltar también a autores angloparlantes como Peter Heather, que ha sido otro gran pilar de referencia y de quien parte uno de los hilos argumentales principales del trabajo —esto es, la concepción que presenta al papado como el restaurador del imperio romano—; por último, mencionar a aquellos autores que se han ganado un puesto entre los clásicos de la bibliografía referente a la Edad Media como Walter Ullmann.
Entrando a comentar brevemente la estructura del trabajo, este, como tal, comprende entre los siglos XI, fecha en la que, al calor de los movimientos reformistas provenientes del mundo monástico, con la abadía de Cluny a la cabeza, que culminarán en la reforma gregoriana, es cuando los pontífices comienzan a intervenir activamente en materia política y, como resultado, se sitúa el nacimiento de su poder, llegando hasta el siglo XIII, punto en el que se asiste al apogeo del poder papal. Sin embargo, dado que una parte no sería entendible sin la otra, resulta una tarea obligada comenzar explicando lo que ocurrió en siglos anteriores a modo de contextualización y antecedentes, de manera que se pueda comprender adecuadamente lo que se expondrá en las sucesivas páginas. Por esta razón, el apartado que sigue inmediatamente a este sitúa el punto de partida en el siglo VIII, cuando se produce un primer acercamiento entre el papado y el reino franco. Una vez comentada la cronología, señalar que, si bien habrá vagas referencias al ámbito bizantino, el principal marco espacial de este trabajo es la Europa occidental.
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PARTE I: LOS PRECEDENTES
El papado entre la consolidación y la subordinación:
de los carolingios a los otones (siglos VIII-XI)
Año 476 d.C. Odoacro deponía al último emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo, y, con ello, daba el golpe de gracia a un moribundo imperio, ya fragmentado desde algunas generaciones políticas anteriores. A pesar de ello, la esencia romana conseguirá pervivir en el tiempo, y serán varios los pretendientes que, con antecedentes diferentes pero sorprendente éxito, intentarán resucitarla: desde el godo Teodorico, pasando por el conquistador Justiniano I, hasta llegar al “Padre de Europa” Carlomagno. Pero por más éxito que estos tuvieran, las circunstancias lucharon contra la posibilidad de mantener una estructura imperial estable y duradera, una que no se restaurará hasta la entrada en escena de aquellos a los que los romanos consideraban bárbaros (los francos), quienes, utilizando las viejas herramientas imperiales, generaron una nueva idea de Imperio Romano, el Papado, que se ha extendido desde hace mil años hasta nuestros días…3.
2. Los carolingios y el papado: una complicidad estratégica
Es, precisamente, la figura de Carlomagno la que al inicio de este tema de estudio más atañe. No solo porque la restauración imperial en el día de navidad del año 800, cuando era coronado por el pontífice León III, fuera un hecho clave en el devenir histórico de la política de la Europa medieval y por el enorme peso ideológico que la acción tuvo en materia de las relaciones entre Iglesia y Estado, sino también porque, tal y como señala el autor Peter Heather4:
3 Para más información sobre este tema de los intentos de restaurar el Imperio Romano, así como para las ideas que han inspirado estas líneas introductorias, se remite a Heather, P. & Furió, S. (2013). La restauración de Roma:
bárbaros, papas y pretendientes al trono (1ª ed.). Barcelona: Crítica, pp. 13-17.
4 Ibidem, p. 283.
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tomando una óptica en retrospectiva, la etapa carolingia puede ser considerada como un período en el que los sucesores de San Pedro avanzaron a pasos agigantados hacia el papel preponderante del que gozarán en la Plena y Baja Edad Media.
Sin embargo, la trascendencia de los hechos que acontecieron en la navidad del año 800 no son entendibles sin tener en cuenta que, previamente, se había asistido a un proceso de complicidad estratégica entre la dinastía franca y el pontificado. De ahí que sea preciso retroceder unos años antes del advenimiento del suceso…
2.1 Pipino III “el Breve”. En busca de la legitimidad
Corría el año 751 d.C. cuando los lombardos, bajo el mando de su rey Astolfo, en su persecución por alcanzar la unidad de la península itálica, habían conquistado el exarcado de Rávena y el ducado de la Pentápolis. En ello, el pontífice Zacarías (741-752), quien era un hábil y astuto diplomático, de quien los lombardos habían demandado tributo, vio la oportunidad de cosechar una de las mayores victorias políticas para el devenir del pontificado: la de ganarse un poderoso aliado que, en caso de necesidad, defendiese los territorios romanos.
Dicho aliado lo encontró unos mil kilómetros al oeste de las dependencias papales, en el corazón de la Galia franca, donde los mayordomos de palacio austrasianos, con Pipino III “el Breve” a la cabeza, gobernaban de facto el territorio y progresivamente acaparaban los resortes políticos del poder, en detrimento de los merovingios que, de iure, eran los monarcas;
concretamente, en aquellos días, reinaba Childerico III. Este proceso de crecimiento y de progresiva consolidación del poder carolingio pronto habría de traer una consecuencia lógica:
que se comenzara a fraguar un golpe de estado político, uno para el que Pipino empezaría a obrar en busca de dar legitimidad a la usurpación. En este sentido, los Anales del reino franco5 exponen que, un año antes —esto es, 750—, Pipino había enviado una embajada6 a Roma planteando una disyuntiva de índole moral, cuestión que, de acuerdo con algunos autores7, el papado llevaba aguardando por largo tiempo. En ella cuestionaba al pontífice acerca de quién
5 También conocidos como Annales royales o, en su título formal, Annales regni Francorum.
6 Concretamente, en HALPHEN, L. (1992). Carlomagno y el Imperio carolingio. Madrid: Akal, p. 24, se señala que fueron enviados a Roma: Burchard, obispo de Wüzburg, y Fulrad, abad de San Dionisio.
7 Véase García de Cortázar, J. A. & Sesma Muñoz, J.A. (2008). Manual de Historia Medieval. Madrid: Alianza Editorial, p. 117.
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debía ser éticamente el rey franco, si quien ostentaba nominalmente el cargo (Childerico III) sin poder efectivo, o quien ejercía el poder efectivamente (Pipino) y se veía privado de la Corona. El pontífice contestaría8: “el orden de las cosas de este mundo reclama, conforme a la voluntad divina, que el título de rey lo ostente quien haya sabido hacerse con el poder antes que el que no haya sido capaz de conservarlo”. La respuesta venía a decir que, según el orden deseado por Dios, cada ser debía realizar su cometido, de tal modo que lo adecuado era que el título se identificase con su función, de lo contrario se atentaba contra dicho orden divino.
Los embajadores brindaron a Pipino la respuesta que anhelaba, “quien lo es de hecho, séalo también de derecho”9, a raíz de lo cual y ya con el respaldo moral del papa, el carolingio reclamaba el trono para sí, convocando una asamblea en Soissons a fines del 751, donde se hacía elegir rey de los francos y deponía al último de los merovingios, Childerico III, cuyos días verían su fin confinado en el monasterio de San Bertin, en las proximidades de Saint-Omer, lugar donde caerá en el olvido y donde la dinastía de Clodoveo se perderá para siempre…
Sin embargo, era necesario manifestar la sacralización de la nueva dinastía de manera pública y ceremonial; como consecuencia, para legitimar aún más la usurpación, Pipino fue ungido con óleos santos por un enviado del papa Zacarías, un monje sajón llamado Bonifacio que, a la sazón, era arzobispo de Maguncia (Germania)10, en una ceremonia que rescataba mecanismos de ascendencia bíblica, sobre los cuales se profundizará un poco más adelante, cuando se produzca la segunda unción regia de Pipino. Con el cambio de dinastía triunfante y la decisiva intervención de la autoridad pontificia para legitimarlo moralmente, iniciaba el previamente mencionado proceso de complicidad entre los carolingios y el papado y, por ende, una alianza de sólidos vínculos político-religiosos entre ambos quedaba sellada, hasta tal punto que, en lo sucesivo, el éxito o fracaso de una parte estará estrechamente imbricado con el de la otra. Dicha alianza sería la gran apuesta del sucesor de Zacarías, quien moría poco después en marzo del 752, y pronto habría de ponerse en marcha…
8 De acuerdo con Álvarez Palenzuela, V (coord.). (2002). Historia universal de la Edad Media. Barcelona: Ariel, p. 219.
9Según
https://es.wikipedia.org/wiki/Zacar%C3%ADas_(papa)#:~:text=El%20papa%20zanj%C3%B3%20la%20cuesti
%C3%B3n,los%20francos%20en%20nombre%20suyo.
10 Bonifacio, ya con el padre de Pipino, Carlos Martel, había asentado nexos de unión entre los carolingios y la Iglesia. A pesar de ello, algunos especialistas y estudiosos del tema ponen en tela de juicio que se encontrara presente al momento de la unción regia de Pipino y, por extensión, que esta primera unción se llegase a producir.
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Cuando Esteban II (752-757) ascendió al trono de San Pedro encontró de inicio la problemática de las persistentes pretensiones hegemónicas de los lombardos sobre tierras itálicas, dado que, tras las conquistas del Exarcado y de Pentápolis, y después de firmar la paz con los venecianos, las fuerzas comandadas por Astolfo profundizaban hacia la península de Istria y su amenazante sombra se cernía ahora sobre Roma. Ante esta tesitura, Esteban II llevó a cabo una acción sin precedentes: decidió atravesar los Alpes11 y viajar a suelo franco hasta la recién formada corte de Pipino para pedir su ayuda, llegando a Ponthieu en enero del año 754.
Era el momento de institucionalizar la alianza entre el papado y los francos y de dejar bien definidas las prestaciones que ambas facciones debían aportar. Paralelamente, dos eran los objetivos que la manifiesta iniciativa de Esteban perseguía alcanzar a cambio de legitimar rotundamente el régimen franco12: por una parte, que Pipino reconociera la superioridad de su potestad legitimadora; mientras que, por el otro lado, la ayuda de los francos para consolidar una base territorial en el corazón de la península itálica cuyo éxito pasaba por librarse de la presión militar de los lombardos y de las reminiscencias de la presencia bizantina.
Las negociaciones se alargarían algunos meses, llegando hasta abril del 754, cuando se estableció el Tratado de Quierzy, también conocido como la Donación de Pipino, en la cual, el monarca carolingio, se comprometía a entregar al papa los territorios que arrebatara a los lombardos13. Se iniciaban, de este modo, los preparativos de guerra, que se ultimarían a finales de julio del mismo año, fecha en la que Pipino entraba en la basílica de Saint-Denis para recibir de Esteban II los títulos de rey de los francos y Patricio de los Romanos (Patricius Romanorum)14. Además, el pontífice renovaba la unción al monarca, vertiendo sobre su frente óleo santo (Saint Chrême), en una ceremonia para la que, nuevamente, fueron rescatados mecanismos de origen bíblico, puesto que empleaba el modo de legitimación que utilizaban los
11 Era la primera vez que un pontífice realizaba un viaje de semejantes características.
12 Véase AYALA, Carlos de. (2016). El pontificado en la Edad Media. Madrid: Síntesis, p. 79.
13 Fuentes como el Liber pontificalis t, I, p. 448, exponen que Pipino, bajo juramento, prometió al papa encomendarse “por todos los medios a la tarea de restituirle el exarcado de Rávena, así como los derechos y territorios de la república”. La realidad histórica, en contraposición, es que dichos territorios nunca habían pertenecido a la Santa Sede, sino al emperador bizantino.
14 Mencionar que, tanto el papa quiso coronar al nuevo monarca, como este último deseaba que el primero bendijese sus actuaciones. Se trataba, por tanto, de una complicidad mutua y, por supuesto, estratégica para ambos, ya que Pipino necesita un sostén para enfrentar la resistencia que el derrocamiento desencadena y Esteban II necesitaba apoyo contra los lombardos.
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reyes de Israel (Saúl, David, Salomón)15: la consagración a través de la unción veterotestamentaria (AYALA, 2016: 79). Esta ceremonia que, salvo en el mundo visigodo, no era común en el Occidente del momento, y que, so pena de excomunión, fue extendida a los dos hijos de Pipino, tenía profundas implicaciones y un gran trasfondo significativo, dado que, según la doctrina, el ungido obtenía la protección divina y la fuerza del Espíritu Santo, de tal modo que su figura, ahora como “elegido de Dios”, se envolvía en un halo sacramental que determinaba que un ataque hacia ella fuera calificado como sacrilegio: eran los primeros pasos de la monarquía de derecho divino16, es decir, aquella según la cual era la voluntad de Dios y no la sangre o el nacimiento la que determinaba quien debía regir, y que tan largo recorrido tendrá en los siglos posteriores. Todo ello sin olvidar que, al tiempo que se reforzaba la figura del monarca, también lo hacía la autoridad religiosa de la que su legitimidad emanaba. Pipino se convertía en monarca por la gracia de Dios y su segunda consagración ponía el último clavo sobre la tumba de los merovingios. La acción por sí sola tenía un gran significado ideológico, puesto que empezaba a dejar ver que el pontífice tenía derecho a intervenir o arbitrar temas concernientes a la arena política, algo que quedará de manifiesto con la futura coronación de Carlomagno, cuyos detalles se explicarán más adelante.
Tras la unción, Pipino atravesó los Alpes y llevó a cabo dos campañas militares exitosas contra los lombardos —una primera en el 754 y una segunda, ante la tenacidad de Astolfo, en el 756, que quebró las aspiraciones expansivas lombardas de momento—, victorias gracias a las cuales el rey carolingio pudo entregar al pontífice el Exarcado de Rávena y la Pentápolis, territorios que conectaban con el ducado de Roma, ya bajo la soberanía papal, a través del corredor de Perugia. De esta manera, buena parte del centro itálico caía en manos pontificias y nacía así el denominado Patrimonio de San Pedro (il Patrimonium Petri), la base territorial que por largas centurias conformará el dominio territorial del papado, además de ser el embrión de los venideros Estados Pontificios.
15 Ver, por ejemplo, el ungimiento de David como rey a manos del profeta levita Samuel en: 1 Samuel 16: 1-13.
16 Cierto es que ya los merovingios habían remitido a la voluntad divina para justificarse, sin embargo, el rol que la Iglesia jugó en el cambio dinástico dotó a la institución monárquica de un cariz nuevo, ya que ahora era esa voluntad divina la que encomendaba la misión de regentar a una determinada persona, en este caso a Pipino, de tal modo que se avanzaba hacia la concepción teocrática del poder bajo la fórmula rey Dei Gratia (“rey por la Gracia de Dios). Para más información sobre el tema ver HALPHEN, L. (1992). Carlomagno y el Imperio carolingio. Madrid: Akal, pp. 34-35.
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Pero incluso aquellos que tienen poder para legitimar necesitan su propia legitimación, de tal modo que este escenario, en el que el papado se enriquecía territorialmente, debía ser justificado de alguna manera. Para ello, otro determinante instrumento, nacido al amparo de una vieja leyenda, fue traído a escena… Y es que Esteban II, aparte de con la Biblia en su equipaje, había viajado a tierras galas con una poderosa herramienta, un documento jurídico que, a juicio de muchos especialistas, encierra la mayor falsificación de todos los tiempos: la Constitutum Constantini en su título original, pero conocida generalmente por el famoso nombre de la Donación de Constantino. La tesis o idea general que el documento exponía es que el emperador romano Constantino I (272-337), a principios del siglo IV, antes de partir hacia Oriente —a Constantinopla, en concreto—, entre la consternación que sentía por su pasado pagano anticristiano y admirado por el aprendizaje que había obtenido del papa Silvestre I (314-335)17 y porque este último le había curado milagrosamente de lepra18, decidió tras su conversión al cristianismo renunciar a las posesiones y títulos imperiales para entregarlos o cederlos al pontífice y a sus sucesores: no solo el dominio sobre la ciudad de Roma, sino sobre todo el Imperio occidental —esto es, todos los territorios comprendidos entre el Muro de Adriano y la cordillera del Atlas en el norte de África—. El documento servía a Esteban II, pues, para exhibir su posición superior sobre Occidente, para reclamar buena parte de suelo itálico que “ilegítimamente” estaba en manos bizantinas y lombardas, y para aseverar que podía ejercer el poder temporal sobre estos territorios.
En la actualidad, nadie pone en tela de juicio que el documento es falso, siendo elaborado por los eruditos de la curia o cancillería papal y, por tanto, datando según la mayoría de expertos de mediados del siglo VIII19. Sea como fuere, Pipino lo aceptó por verdadero, de ahí que accediese a entregar —en su creencia, a restituir—, al papa los territorios arrebatados a
17 Silvestre I había instruido a Constantino en las líneas teóricas principales de la fe cristiana y, posteriormente, le había bautizado.
18 Esta es la vieja leyenda previamente mencionada, la cual nacía a fines del siglo V en un contexto en el que se intentaba dibujar la preminencia de la sede apostólica de Roma y, por ende, la supremacía del pontífice, sobre las demás bases apostólicas cristianas. Para más información sobre el tema ver TEJA, R. (2006). “Iglesia y poder: el mito de Constantino y el papado romano”. En: Actas y Comunicaciones del Instituto de Historia Antigua y Medieval, vol. 2 (N.º 1), pp. 1-12.
19 Fueron varios los que, en siglos posteriores, pusieron en duda la veracidad del documento, por ejemplo, Otón III y su cancillería lo hicieron en torno al año mil. Pero no sería hasta el siglo XV, en un escenario en el que el Humanismo había despertado interés por el latín y el griego, trayendo la revisión y el estudio de varios textos clásicos, cuando el filósofo italiano humanista Lorenzo Valla, mediante el análisis filológico y lingüístico del documento, pudo demostrar de manera fehaciente que se trataba de una falsificación que, obligatoriamente, debió ser redactada tiempo después, puesto que pudo identificar sintagmas idiomáticos y palabras que no existían en el latín de finales del Imperio Romano.
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los lombardos. La empresa itálica quedaba saldada, de esta forma, con el triunfo de los objetivos marcados por ambas facciones aliadas: la imagen del papa quedaba muy reforzada en el escenario de la península itálica, mientras que Pipino había asegurado la legitimidad de su régimen y el derecho a traspasar la Corona a sus descendientes. El caudillo franco regresará, entonces, a la Galia, donde, hasta su muerte en el año 768, se centrará en consolidar el control del territorio. Su saga sucesoria vinculará de forma más estrecha al pontificado con la dinastía carolingia.
2.1.1 El alumbramiento de los Estados Pontificios
Aunque con algunas contradicciones, como más adelante se verá, la alianza entre el papado y la saga carolingia alcanzará su punto álgido con el hijo de Pipino III: Carlos el Grande o Carlomagno. Para ello hay que avanzar algunos años en el tiempo, llegando hasta el pontificado de Adriano I (772-795), quien volverá a encontrarse con las viejas aspiraciones lombardas por lograr la unificación de la península itálica, las cuales, ahora al compás de la renovada política militar expansiva de su nuevo rey Desiderio, volvían a amenazar la independencia de la Ciudad Santa. El pontífice, como ocurriera atrás, se veía en la necesidad nuevamente de reclamar el auxilio de un caudillo franco. La situación culminaría en el año 774, fecha en la que, tras varios meses de guerra de desgaste, Desiderio rendía el sitio al que estaba sometido en Pavía y entregaba a Carlomagno el reino lombardo. El monarca carolingio se ceñía la Corona Ferrea Langobardiae y se proclamaba rey de los francos y de los lombardos (rex Francorum et Langobardorum), de tal manera que ahora eran los días de la última monarquía germánica los que veían su fin ante el paulatino proceso de consolidación del papado, cuya alianza con los carolingios se volvía a reafirmar. El papa sumaba un tercer título a los anteriores dos de Carlomagno: el de Patricio de los romanos.
Con la amenaza lombarda acabada, era el momento de que el papado se centrase en su segundo gran objetivo: consolidar una base territorial que permitiera a los pontífices obrar con autonomía y estableciera su autoridad. De esta manera, poco a poco se iría formando la configuración de los Estados pontificios, cuya estructura básica se mantendrá prácticamente sin alterar hasta su disolución en 1870 (AYALA, 2016: 82). Dicha estructura estaba compuesta, fundamentalmente, por dos áreas territoriales20:
20 Tal y como se explica en detalle en AYALA, Carlos de. (2016). El pontificado en la Edad Media. Madrid:
Síntesis, p. 82.
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- El núcleo primitivo ➜ Formado por el ducado de Roma, que ya era una parte del anteriormente citado Patrimonium Petri, cuya soberanía, aunque teóricamente estaba en manos bizantinas, en la praxis pertenecía al pontificado. Al ducado de Roma se suman las posesiones de las islas contiguas y de la península.
- Las anexiones ➜ Al núcleo territorial se añadirán la vertiente sur de la Toscana lombarda, el exarcado de Rávena, la Pentápolis y la marca de Ancona.
De acuerdo con lo anterior, los Estados pontificios se estructurarán en base a dos conjuntos territoriales: el primero de ellos es el ducado de Roma, mientras que el segundo lo integran el exarcado de Rávena, la Pentápolis y la marca de Ancona. Ambos bloques estarán unidos por un estrecho corredor con centro en Perugia (fig. 1). Tomando una óptica más amplia, la intervención de Carlomagno dio lugar a que la península itálica quedase dividida en tres zonas: en el norte se situaría el denominado Reino de Italia, que permanecería autónomo y sobre el que nombraría rey a su segundo hijo en el 781; el centro de la península lo ocuparían los Estados pontificios; por último, en el sur, bajo juramento de fidelidad, permanecerán independientes los ducados lombardos de Benevento y Spoleto.
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Fig. 1. Nacimiento de los Estados pontificios (Fuente: AYALA, 2016: 83)
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Con el contexto previamente expuesto se está en condiciones de entrar a analizar la figura del más poderoso de los monarcas carolingios y su relación con el papado, una etapa muy relevante, puesto que el reinado de Carlomagno y el de su sucesor, Luis “el Piadoso”, supondrá una consolidación de los pilares sobre los que se asentará la cristiandad latina de los siglos venideros; pero también una etapa en la que, paradójicamente, esa complicidad que hasta el momento había caracterizado la relación sinérgica entre el pontificado y la saga franca se empezará a rodear de interrogantes y de incógnitas.
2.2 Carlomagno y el Papa: ¿un equilibrio ficticio?
La política militar expansiva del comienzo del reinado de Carlos el Grande había seguido las mismas líneas dibujadas por su abuelo y padre, es decir, extender el reino por todas sus fronteras21. Sus repetidos éxitos y, por ende, su majestuosa carrera de conquistas empezó a inquietar al papado, puesto que el caudillo franco controlaba ahora un marco territorial muy similar al que otrora administrara el Imperio Romano, a raíz de lo cual, la vieja idea de Restauración imperial comenzaba a resonar en la mente del pontificado y que el carolingio obtuviera el título de emperador se presumía como algo inminente. En este sentido, cierto es que en las décadas anteriores el papado, en términos territoriales, se había beneficiado ingentemente de las concesiones que Carlos le había hecho, sin embargo, las circunstancias, ahora en las postrimerías del siglo VIII, eran diferentes, dado que las aspiraciones imperiales de Carlos daban lugar a que el papado percibiera al monarca franco como una amenaza para su autoridad religiosa sobre la cristiandad; en otros términos, la consecución del título imperial implicaría, de acuerdo con su significación romana, que el rey franco obtuviera una posición de autoridad suprema, respaldada por la voluntad de Dios, para actuar a gran escala sobre dicha cristiandad. El papado debía enfrentar ahora, pues, a un rival que superaba ampliamente a todos sus anteriores adversarios.
21 A saber: en la Galia anexionará Aquitania con el objetivo de mantener el particularismo local y la entregará a su hijo Luis; en la península ibérica aprovechará las dificultades que tuvo que enfrentar el emirato andalusí para ocupar la vertiente sur de los Pirineos, dando lugar más tarde a la famosa leyenda conocida como la Chanson de Roland; en Germania, añadió a sus dominios la zona de Frisia y se lanzó a la ardua y sangrienta conquista de Sajonia, que fue su gran logro político, dado que, junto con la conquista de los ávaros, expandió las fronteras de la cristiandad y acabó con algunas de las corrientes paganas (el paganismo hace referencia a aquellas creencias que, desde la óptica de las religiones monoteístas o abrahámicas veneran a divinidades consideradas falsas); todo ello sin olvidar la previamente explicada intervención en la península itálica que selló el destino de los lombardos.
Para los detalles de las conquistas véase HALPHEN, L. (1992). Carlomagno y el Imperio carolingio. Madrid:
Akal, pp. 51-99.
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La solución de la difícil situación recaerá en las manos del papa León III, cuyo pontificado comenzó a poner de relieve esa suma de contradicciones. Ya desde un principio su acceso al trono pontificio había estado marcado por la controversia, dado que había cosechado una débil victoria, amenazada por las familias de la aristocracia romana, que eran las que monopolizaban el acceso al solio de San Pedro22, las cuales mostraron suspicacias y recelos al nombramiento. Pronto comenzaron a sacar partido de su dudosa trayectoria personal para acusarlo de perjurio, es decir, de lanzar falsos juramentos; prevaricación, adulterio, simonía23, entre otros. Esta situación daba lugar a que, tanto León III como Carlomagno, fueran conscientes de la debilidad del pontífice; de ahí la ambigüedad que este último mostraba hacia el monarca franco, puesto que, por un lado, precisaba su apoyo, mientras que, por la otra parte, trataba de que sus éxitos no trascendieran demasiado, como más adelante se explicará; en resumen, un ejemplo más de esas contradicciones.
Este turbio contexto se agravará aún más en abril de 799, cuando el pontífice sufra un atentado tramado por esas facciones de la nobleza que se oponían a su nombramiento, con el objetivo de derrocarlo y encerrarlo en un monasterio incapacitado físicamente para ejercer el cargo. De hecho, poco después comenzaron a circular rumores de que habían intentado arrancarle los ojos y la lengua, sin embargo, León III se mostrará sano y salvo posteriormente, algo que las fuentes pontificias atribuyen a la intervención divina. Ciertamente, consiguieron herir y encarcelar al papa en el monasterio de San Erasmo, sin embargo, este consiguió huir escalando el muro de su prisión y llegar hasta un representante de Carlomagno en la ciudad, quien le brindó apoyo para viajar al norte, a Paderborn, en el corazón de Sajonia, para entrevistarse con el monarca franco. Y aunque los detalles de lo que allí aconteció entre ambos todavía hoy permanecen ocultos en las sombras, hay pistas sugerentes sobre ello en el hecho de que el pontífice volvió a la Ciudad Santa escoltado militarmente. Tan solo un año y medio después —finales de diciembre del 800—, el propio Carlomagno entraba en Roma, donde convocaba un sínodo, al que acudió un gran número de prelados, clérigos y dignatarios laicos, en el que el rey franco ratificaba que nadie tenía poder para juzgar al papa y, aparentemente por voluntad propia, León III en juramento se proclamaba inocente de todos los cargos que pesaban
22 Ente las que se encontraban familiares del anterior papa, Adriano I.
23 La simonía hace referencia a la compra o venta de cuestiones espirituales (cargos eclesiásticos, sacramentos, etc.) a través de bienes materiales. El término viene de Simón “el mago”, un jefe religioso samaritano que, según la Biblia, intentó comprar a los apóstoles la capacidad de invocar al Espíritu Santo mediante la imposición de manos. Ver Hechos: 8, 14-19.
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sobre él24. Dos días después culminaba la larga tradición iniciada por el cambio dinástico que había protagonizado Pipino III, en uno de los hechos más controvertidos de toda la Edad Media:
la Coronación imperial. Finalmente, la noche del 25 de diciembre del año 800 se celebraba en la basílica de San Pedro la Misa del Gallo. Carlomagno se encontraba arrodillado ante el altar cuando León III le colocaba por la espalda la corona imperial, que le confería el título de
“Emperador de los romanos”. Inmediatamente, el papa se postraba ante el nuevo Emperador Augusto (Imperator Augustus), los clérigos entonaban letanías de coronación y la muchedumbre franca en armas estallaba en furor, aclamando y aplaudiendo al nuevo emperador. Sin embargo, aquello no era lo que parecía…
No era lo que parecía porque si el final del párrafo anterior se lee entre líneas surgen varias incógnitas alrededor del suceso, tales como: ¿pactaron en Paderborn la coronación Carlomagno y León?; si así fue, ¿a quién perteneció la iniciativa para impulsar la acción?; si el pontífice no tenía el más mínimo ánimo de ver restaurado el Imperio Romano en Occidente, ya que ello actuaría en detrimento de su autoridad sobre la cristiandad, ¿por qué se encuentra León III coronando a Carlomagno como Imperator Augustus?; y, tal vez, la pregunta más intrigante, si la evidencia manifiesta que la coronación se trató de un proceso de complicidad o conveniencia entre el emperador y el pontífice, ya que el primero perseguía con ahínco el título imperial y el segundo necesitaba un defensor fuerte ante las graves acusaciones que se vertían sobre su persona, ¿por qué sostiene Einhard25 que si el carolingio hubiera sabido lo que iba a acontecer aquel día jamás hubiera entrado en San Pedro?
2.2.1 Navidad del año 800: la coronación imperial. Circunstancias, significación y consecuencias
24 En HALPHEN, L. (1992). Carlomagno y el Imperio carolingio. Madrid: Akal, p. 107, se expone que las palabras que pronunció el pontífice fueron las siguientes: “Por todo lo cual, yo, León, pontífice de la santa Iglesia romana, sin ser juzgado ni obligado por nadie, sino por un acto de espontánea voluntad, me purifico y me expurgo en vuestra presencia, ante Dios que conoce mi conciencia, ante los ángeles y ante el bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, en cuya basílica nos encontramos, y declaro no haber perpetrado ni ordenado perpetrar los actos criminales e infames que se me reprochan…”.
25 Einhard, también conocido como Eginardo, aparte de ser el cronista oficial del reino en aquellos días, es el biógrafo de Carlomagno. El argumento citado en el que muestra el desagrado y la contrariedad del rey tras su coronación se puede encontrar en Thorpe, L., Einhard. & Notker. (1969). Two lives of Charlemagne [trad. de Lewis Thorpe]. Wrights Lane, Londres: Penguin Books, p. 81.
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Aunque ya se han comentado previamente algunas cuestiones referentes a las circunstancias o precedentes que rodean a la coronación de Carlomagno, que significó la Renovatio Imperii Romanorum, es preciso tener en cuenta algunos detalles más. Así pues, a tenor de las conquistas de Carlomagno, surgieron dos movimientos ideológicos: uno que se articulará alrededor del papado y otro en torno al imperio. Para este último, los intelectuales de su corte, quienes pertenecían a la Escuela palatina, entre los que se encontraban el hispano- visigodo Teodulfo de Orleans, el propio Eginardo, o aquel que monopolizó la acción, el teólogo y consejero del rey Alcuino de York, comenzaron a teorizar y debatir sobre esa Renovatio Imperii, poniendo de relieve que Carlomagno debía ser coronado como Emperador de Occidente26. De hecho, un año antes de la coronación, Alcuino enviaba una misiva a Carlomagno exponiendo que el poder que regía el mundo se encontraba en manos de tres personas: el pontífice de Roma, el emperador de Constantinopla y el rey de los francos.
Resultando manifiesta la debilidad que acuciaba la posición de los dos primeros27, en dicha carta Alcuino otorgaba a Carlomagno un papel superior a cualquier otro caudillo en el liderazgo de la cristiandad y le instaba a no escatimar reparo alguno en el ejercicio de su autoridad religiosa sobre la misma. Paralelamente, desde la óptica de Carlomagno, nada podía ser más beneficioso para su posición que ser coronado por el representante de Dios en la tierra, aquel a quien, según la Donación de Constantino, había sido entregado el imperio en el siglo IV, dado que ello implicaría que Carlomagno había sido elegido por Dios para restaurar un Imperio cristiano28. Sin embargo, tras la controvertida coronación y, según la idea de Einhard que
26 Algunos estudiosos del tema argumentan que fue precisamente tras la caída lombarda cuando la palabra
“imperio” tuvo que irrumpir en la ecuación de manera inevitable, puesto que, como se mencionó anteriormente, Carlomagno controlaba ahora una estructura territorial que incluía en ella a más de un reino. Ver Heather, P. Opus cit., p. 212.
27 Al papa por la humillación sufrida por la nobleza romana previamente comentada, mientras que, en Bizancio, al tiempo que se desgarraba por la querella iconoclasta, la corona imperial, tras deponer a su hijo, había caído en las manos de la emperatriz Irene, dando lugar a que los círculos áulicos francos estimaran que había una evidente crisis en la cúpula del poder bizantino, puesto que, siguiendo la tesis principal de la Ley Sálica (Lex Salica), las mujeres no podían reinar, a lo que se sumó todo un ataque teórico e ideológico por parte de los círculos francos hacia Constantinopla, argumentando que, según las líneas teóricas de la Biblia, que delineaban la relación entre hombres y mujeres según los designios de Dios, el reinado de Irene era ilegítimo ante este último, puesto que una mujer no podía ser el líder de la cristiandad; por consiguiente, todo ello resultaba en que estimaran que la corona constantinopolitana se encontraba vacante. Heather, P. Opus cit., p. 213; y Halphen, L. Opus cit., pp. 103-105.
28 Heather detalla que toda esta concepción no es entendible sin tener en mente que en este contexto que se está analizando, Occidente, en un proceso fulgurante, estaba perdiendo progresivamente territorios a manos de los musulmanes, dando lugar a que se generara una gran crisis ideológica. La interpretación del momento recurría, una vez más, a las Escrituras para tratar de hallar el modo de justificar el por qué si el cristianismo, que supuestamente era la religión verdadera, y el Imperio, que hipotéticamente estaba apoyado o sustentado por Dios, una divinidad omnipotente, estaban sufriendo tantas pérdidas a manos de los “infieles”. La respuesta dada, extraída del Antiguo Testamento, no fue demasiado novedosa: al igual que antaño el pueblo de Israel fuese castigado sistemáticamente por Dios por incurrir en prácticas religiosas falsas, había algo que irritaba a Dios (en este caso,
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revelaba que no le había agradado el modo en que había sido llevada a cabo, la posición de la corte franca fue exponer que había sido Dios quien había designado a Carlomagno como emperador y no su intermediario (el papa), quien únicamente había reconocido ese hecho.
Como colofón, con la consecución del título imperial y la consecuente obtención de un papel hegemónico sobre la cristiandad, Carlomagno solucionaría de paso las complejas relaciones que vinculaban a la saga franca y al pontificado, puesto que, desde el momento en el que fuera nombrado emperador, dicha cristiandad al completo, papa inclusive, pasarían a ser súbditos.
Frente a esta concepción de sesgo más laico que adoptaron los círculos áulicos de Carlomagno, los cuales, además, restaron importancia a la figura del pontífice, rechazando sus pretensiones de supremacía jurisdiccional sobre la cristiandad y defendiendo que el papel que debía jugar era el de ser un mero servidor espiritual del monarca, para el papado el único emperador legítimo era aquel cuya autoridad venía determinada por los designios divinos, siendo esta la respuesta a la tercera pregunta planteada un par de párrafos antes que ahondaba en por qué se encontraba León III coronando a Carlomagno. En adición, la restauración imperial supondría para el papa un aumento de su autoridad y prestigio frente al patriarca constantinopolitano y la Iglesia oriental. Por otro lado, si para la corte franca el papel del papa debía reducirse a ser un servidor espiritual, los clérigos y la curia pontificia defendieron que ambos poderes —el terrenal, concretado en la figura del Imperio, y el espiritual, ostentado por el papa—, provenían de Dios, según lo cual, el liderazgo de la cristiandad pertenecía al sucesor de San Pedro y, por extensión, también le correspondía la consagración del emperador29.
En otro orden de ideas, el rol que el pontífice jugó en la coronación, así como la significación de la misma, han sido temas objeto de debate por largo tiempo. Por un lado, hay una estela de pistas muy sugerentes que conducen a pensar que la coronación fue una acción pactada entre el monarca y el pontífice en Paderborn30; sin embargo, parece que la estrategia
la iconoclastia mencionada en la nota anterior), quien había enviado a los musulmanes y al islam como castigo para que los creyentes volvieran a la senda de la rectitud. De ahí que la idea de restaurar un Imperio cristiano adquiriese un calado significativo e ideológico de grandes dimensiones en la cristiandad de Occidente. Ver Heather, P. Opus cit., pp. 212, 213.
29 En la praxis, el pontífice no tenía poder alguno para coronar, puesto que ello correspondía al emperador de Oriente.
30 Una vez más, autores como Peter Heather no dudan en argumentar que, de una u otra manera, el monarca franco tuvo que plantear al papa algo parecido a “conviérteme en emperador y el trono de San Pedro volverá a tus manos sin interrogantes”. Véase Heather, P. & Furió, S. (2013). La restauración de Roma: bárbaros, papas y pretendientes al trono (1ª ed.). Barcelona: Crítica, p. 217.
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propagandística respondió a los designios del segundo frente a la voluntad del primero31. De acuerdo con esto, el rito ceremonial que se empleó en la coronación fue aquel que se llevaba realizando en Constantinopla desde el siglo V, esto es: nombrar al nuevo emperador por aclamación de la muchedumbre y del ejército, lo que implicaba admitir que el poder imperial venía del pueblo y del ejército, a lo que seguía la imposición de la corona por parte del patriarca (el oficiante), para terminar con la proskynesis de los magnates, es decir, la postración de estos y del oficiante ante el ya emperador. La cuestión de fondo, a raíz de la cual el acto tomó un calado significativo de gran trascendencia para los siglos posteriores y el hecho que debió provocar la furia de Carlomagno, es que el papa invirtió astutamente el orden del rito bizantino32: realizando una primero una oración para, a continuación, depositar la corona sobre las sienes del monarca, y solo después invitando a la asamblea a aclamar. Este orden, que nadie pone en duda que fue elegido conscientemente por el pontífice, determinó que la imagen que quedase fijada en las retinas para la posteridad era que al papa pertenecía el Imperio y, a tenor de los postulados expuestos en la Donación de Constantino, la potestad para entregar la corona imperial; dicho de otro modo, León III fijaba la idea de que el poder viene de Dios a través de su intercesor en la tierra, de tal modo que la independencia del emperador respecto a dicho intercesor quedaba severamente endeudada. En resumen, la figura del pontífice se erigía como protagonista en futuras coronaciones imperiales, mientras que, como contrapartida, Carlomagno salía furioso de San Pedro y se encaminaba a buscar el reconocimiento por otros medios…
Entrando, por último, a comentar las consecuencias de la coronación imperial, la más palpable es que se asentaron las bases para las conflictivas relaciones que caracterizarán los vínculos futuros entre Iglesia y Estado, algo que es muy significativo, dado que esta querella es una de las líneas temáticas principales sobre la que versarán los próximos siglos del Medievo y de trascendental importancia para comprender todo el ideario político del mismo. Y aunque la figura del papa quedará subordinada a la de Carlomagno durante el reinado de este último, puesto que, entre otras cuestiones, el emperador legislará en materia religiosa (doctrina católica, organización eclesiástica), consiguiendo que el pontífice no pase de ser un simple vasallo
31 De hecho, algunos autores ponen en tela de juicio el grado de conciencia que Carlomagno tenía en torno a la importancia de este acontecimiento, manifestando que él era, antes que nada, un germano que con dificultades comprendía algunas sutilezas y abstracciones del juego político. Para más información sobre el tema véase MITRE, E. (1995). Historia de la Edad Media en Occidente. Madrid: Cátedra, p. 98.
32 Tal y como se describe en AYALA, Carlos de. (2016). El pontificado en la Edad Media. Madrid: Síntesis, p.
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espiritual del Imperio, sus sucesores, que no gozaban del carisma ni de la capacidad de liderazgo de Carlomagno no lo tuvieron tan fácil. Por ejemplo, su hijo y sucesor, Luis “el Piadoso”, acerca de quien las fuentes exponen que era una persona de gran preocupación religiosa, vehiculó su reinado por dos senderos, aunque el más relevante de ellos en este análisis es el fortalecimiento de la Iglesia, dado que, a juicio del monarca, era el único camino para alcanzar la unidad del Imperio. En este sentido, en 817 se producirá el Pactum Ludovicianum, un pacto entre Luis y el papa Pascual I (817-824) que redefinía dos temas principales: otorgaba una gran autonomía al pontífice en la gestión y dominio de los territorios centrales de la península itálica y de los Estados pontificios, mientras que, por otra parte, se delineaba de nuevo la relación franco- pontificia, dado que se reconocía que el emperador no intervendría en futuras elecciones al pontificado. Y aunque ello supuso otro paso en todo este proceso de consolidación del papado, el pactum no permanecerá vigente durante mucho tiempo, puesto que en menos de una década uno de los hijos de Luis, Lotario I, promulgará la Constitutio Romana, que anulará el documento anterior y volverá a establecer un férreo protectorado sobre los dominios anteriormente señalados, así como establecía que solo un previo juramento de fidelidad al emperador podría permitir que un pontífice saliera electo. En resumen, más manifestaciones de la contradictoria relación que mantenía el imperio y el pontificado.
Por otro lado, obviando las distancias temporales, tras la coronación imperial la situación daba lugar a un escenario análogo al que otrora hubiera entre Occidente y Oriente, con un emperador de similares poderes en ambos. A pesar de ello, entre las dos regiones siempre se mantendrá un clima de tensión política, algo que, a la postre, no hará sino alimentar el cisma.
2.3 Balance de la etapa carolingia. El Renacimiento carolingio
Como se ha podido ver, la etapa de predominio carolingio tuvo una extraordinaria importancia para el devenir futuro del papado, no sólo en el plano ideológico con los derechos que los pontífices adquirieron al amparo de la falsificación de la Donación de Constantino o con las coronaciones de Pipino y Carlomagno, sino también a nivel más material, con las ingentes donaciones que los monarcas francos hicieron a la Santa Sede, por ejemplo, la que Carlomagno hizo tras la conquista de los lombardos.
Sin embargo, todavía queda una variable más que analizar en todo este proceso, dado que durante esta época se asistirá a lo que la historiografía ha denominado como Renacimiento
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carolingio33. Este fue un fenómeno de renovación que arrancó a finales del siglo VIII y que se extenderá prácticamente a lo largo de todo el siglo IX, hasta, al menos, el reinado de Carlos II
“el Calvo” (823-877). Afectó a múltiples ámbitos, tales como el cultural, literario, jurídico, artístico, litúrgico (renovación de los sacramentos), entre otros. El proceso también dejará su impronta sobre la Iglesia, puesto que, principalmente, trajo consigo la consolidación de los pilares de la cristiandad occidental medieval, de ahí que sea preciso detenerse a exponer sus vertientes principales.
De acuerdo con lo anterior, el Renacimiento carolingio fue resultado directo de la concepción de Carlomagno y de su intento por imponer una administración centralizada en el Imperio, una que no sólo afectará al dominio tradicional (económico, militar, etc.), sino que también se extenderá al plano cultural. En ello, la Iglesia también jugará un importante rol, puesto que desplegará toda una serie de iniciativas, en lo que suele ser denominado en términos historiográficos como “la construcción de la Iglesia del Antiguo Régimen” (ver página siguiente). Esa serie de iniciativas tendrán como objetivo principal la definición de normas teológicas, morales y de carácter organizativo, normas que, tras ser ratificadas por los concilios de los siglos XII y XIII34, han permanecido prácticamente inmutables al cambio hasta nuestros días.
Generalmente, el complejo proceso suele ser dividido en dos etapas principales35. La primera de ellas correspondería directamente al reinado de Carlomagno; de hecho, algunos autores señalan que fueron las capitulares legislativas y programáticas, que contenían el programa reformador, dictadas por el monarca franco antes del año 800, especialmente la Admonitio generalis (789), los cimientos sobre los que se asentará el proceso, no tanto por el contenido de ellas sino porque ya se percibía la intención de extender ese renacer cultural a todo
33 La denominación “Renacimiento carolingio” fue acuñada por el historiador y filólogo galo Jean-Jacques Ampère en 1832, tratándose de una analogía del posterior Renacimiento italiano que acontecerá en los siglos XV y XVI.
No obstante, el concepto de “renacimiento”, como término apropiado para designar un proceso de tal complejidad, es una cuestión que se debate continuamente entre la historiografía, por ejemplo, Emilio Mitre sugiere que dicho renacimiento fue más bien el fin de una extensa mutación cultural que ya era apreciable desde la Tardoantigüedad.
Véase Mitre, E. (1995). Historia de la Edad Media en Occidente. Madrid: Cátedra, p. 137.
34 Más concretamente, en los denominados “concilios ecuménicos”. El primero del Occidente medieval será el I concilio de Letrán, que tendrá lugar en 1123; al que seguirán tres más celebrados respectivamente en 1139, 1179 y 1215. Para algunas pinceladas más sobre estos véanse las páginas 62, 68 y 73-75 de esta obra.
35 Otros autores, no obstante, prefieren dividir el proceso en tres generaciones de eruditos; sin embargo, para el análisis que aquí se está realizando es preciso tomar la óptica que diferencia dos grandes etapas.
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el Imperio36. A pesar de ello, es necesario destacar que, dentro de la Admonitio, fue muy relevante lo enunciado respecto a la apertura y funcionamiento de escuelas en las catedrales. El gran protagonista de esta primera fase, no obstante, fue el anteriormente citado Alcuino de York. Su preocupación por la gramática le llevó a promover un buen número de escuelas monásticas y parroquiales —también se sirvió para su labor de las bibliotecas—. La pedagogía de Alcuino ayudó enormemente a la instrucción clerical. El objetivo que se perseguía con ello era sencillo: el Imperio pretendía que el clero entrase a formar parte de sus círculos y estructuras administrativas, y, para ello, se hacía imperante la necesidad de tener un clero bien instruido para una mayor eficacia.
La segunda etapa del “renacimiento”, que tuvo su apogeo a mediados del siglo IX aproximadamente, cambió su signo sustancialmente, puesto que dejó de lado las preocupaciones académicas para centrarse en las disputas teológicas, las cuales giraron principalmente, en torno a tres líneas temáticas: la ortodoxia, la eucaristía y la predestinación.
Se erigirán como protagonistas de esta segunda etapa el germano Rabano Mauro, abad de la abadía de Fulda, y Godescalco de Orbais. Ambos protagonizaron un intenso debate sobre la predestinación37. Mitre señala38 que Godescalco tomó una posición de agustinismo extremo al defender los postulados detrás de la doble predestinación, esto es, desde su nacimiento la humanidad está destinada a la salvación o a la condena, rodeando, como consecuencia, de interrogantes el papel del sacrificio redentor de Cristo al morir en la cruz. Frente a esta tesis se irguió la posición de Rabano Mauro y, especialmente, la de Escoto Eriúgena, quien defendió las ideas más extremistas, puesto que consideraba una división entre la naturaleza de Dios y los seres creados; además, manifestó que es posible obtener la salvación a través del conocimiento de Dios mediante un proceso dialéctico.
2.3.1 La construcción de la Iglesia del Antiguo Régimen
36 Ver McKitterick, R. (2008). Charlemagne the formation of a European identity. Cambridge, Reino Unido:
Cambridge University Press, pp. 242, 243. Por otra parte, Heather señala que es, precisamente, en la Admonitio generalis donde se concibe la construcción de la sociedad cristiana, que tendrá como resultado la transformación de la Iglesia latina. Ver Heather, P. & Furió, S. (2013). La restauración de Roma: bárbaros, papas y pretendientes al trono (1ª ed.). Barcelona: Crítica, p. 287, 288.
37 La predestinación es una doctrina cristiana que defiende que Dios ha determinado la salvación o la condena eterna para su creación, de tal modo que se contrapone con el libre albedrío.
38 En Mitre, E. (1995). Historia de la Edad Media en Occidente. Madrid: Cátedra, p. 139.
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En otro orden de cosas, como se mencionó anteriormente, durante esta etapa la Iglesia fue edificando progresivamente los pilares doctrinales sobre los que se ha asentado hasta la actualidad. Dichos pilares se pueden dividir en cuatro, a saber39:
- El pensamiento teológico ➜ En la etapa carolingia se desplegaron iniciativas para fijar el pensamiento teológico. Dichas iniciativas estuvieron, fundamentalmente, enfocadas a cuatro líneas principales. La primera fue la lucha contra el adopcionismo, una doctrina que restaba valor al estatus divino de Cristo, puesto que consideraba que era un ser humano que fue elevado a divinidad por adopción de Dios. La segunda línea de actuación fue la defensa de las imágenes en la querella iconoclasta que había acontecido en Bizancio. La tercera volvía a ahondar en el tema de la predestinación, donde la Iglesia secundó la posición de Rabano Mauro. Por último, la cuarta supuso la defensa por parte del papado del Filioque, es decir, la tesis que defiende que el Espíritu Santo (tercera persona de la cuestión trinitaria) proviene del Padre y del Hijo40.
- La organización eclesiástica ➜ En la época carolingia surgió una motivación de mejorar la organización eclesiástica. Para ello se combatió el nicolaísmo y la simonía41, al tiempo que se reforzó el rol de los sínodos y se fijaron las redes parroquiales, con un mayor número de iglesias propias y privadas. El tercer ámbito que se organizó fue el de la vida monacal, donde se implantó como norma universal la regla de San Benito, bajo el precepto Ora et labora. Por otro lado, aunque se dé un pequeño salto hacia adelante en el tiempo, mencionar también que, a raíz de un declive de la autoridad imperial que limitó el calado de las reformas, en 910 será fundada la abadía de Cluny por el duque Guillermo de Aquitania, a la cual desvinculó de cualquier poder eclesiástico o civil y la sometió a la exclusiva obediencia del pontífice. Esta abadía será clave en el devenir futuro de la Iglesia, de tal modo que más adelante se hablará en detalle de ella.
39 A continuación, se hará una breve descripción de cada uno de ellos. Para los detalles véase García de Cortázar, J. A. & Sesma Muñoz, J.A. (2008). Manual de Historia Medieval. Madrid: Alianza Editorial, pp. 135-137.
40 Ello no fue aceptado por la Iglesia ortodoxa, la cual consideraba que el Espíritu Santo provenía del Padre a través del Hijo, conduciendo al cisma.
41 El nicolaísmo admite el matrimonio de los sacerdotes. Para la definición de simonía ver nota a pie de página número 23 en la página 18 de este trabajo.