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Basil H. Liddell Hart

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Academic year: 2022

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- 2 - RESUMEN

El estudio de la guerra y la violencia colectiva en la Prehistoria se aborda principalmente desde la investigación arqueológica de la cultura material. Sin embargo, el asentamiento paulatino de la Antropología Cultural como ciencia social desde principios del siglo XX provocó a mediados del mismo el surgimiento de la Etnoarqueología, una disciplina que propone robustecer las interpretaciones sociales, culturales y políticas que la Arqueología hace de las sociedades del pasado con los modelos de la Etnología.

En ese sentido, este ensayo busca proporcionar las categorías antropológicas fundamentales para acometer el estudio de la guerra en sociedades sin Estado, así como repasar las teorías explicativas que la ciencia antropológica ha ido sugiriendo acerca de la naturaleza de la guerra preestatal, con el fin de aportar un marco etnológico que complemente el estudio arqueológico y material.

Palabras clave: Guerra. Violencia. Prehistoria. Estado. Etnoarqueología.

ABSTRACT

Research about war and collective violence in prehistoric times is usually dealt with in archaeological investigation. However, the gradual establishment of Cultural Anthropology as a social science since the early years of the twentieth century brought about a few decades later the development of Ethnoarchaeology, a discipline whose main objective is to use the ethnological framing to strengthen the social, cultural and political understanding Archaeology has about earlier societies.

Following this lead, the objective of this essay is to supplement the archaeological research regarding war in stateless societies with an ethnological framing both by supplying some fundamental anthropological terms related to this topic as well as by briefly reviewing the main explanatory theories about their nature.

Key words: War. Violence. Prehistory. State. Ethnoarchaeology.

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If you wish for peace, understand war

Basil H. Liddell Hart

Πόλεμος πάντων μὲν πατήρ ἐστι

Heráclito de Éfeso

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ÍNDICE

1. Introducción: objetivos y limitaciones

………..

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2. La guerra y el Estado ………... 8

2.1 Guerra: una definición ………. 9

i. ¿La guerra, conflicto en sí mismo? ……….. 9

ii. Violencia física ……….. 11

iii. Colectividad y organización ……….. 11

iv. Legitimación moral o normativa y limitación en su práctica …………. 13

v. Poder y resolución ………. 14

2.2 Las sociedades sin Estado ……… 15

2.3 La guerra con el Estado y sin él ………. 19

i. La guerra endémica ……… 24

ii. La guerra y la sedentarización: ¿un cambio cualitativo? .……….. 25

iii. La universalidad de la guerra y las sociedades pacíficas ……….. 28

3. Marcos explicativos sobre la guerra sin Estado ……….…. 30

i. Los dos grandes paradigmas de la Modernidad ……… 30

ii. Tipología de los marcos explicativos contemporáneos ……….... 32

3.1 Aproximaciones desde la Biología y la Etología ... 33

i. La Killer Ape Theory y la guerra como caza ……… 34

ii. La sociobiología ……… 35

iii. La Primatología y el desequilibrio de poder ………..………. 38

3.2 Posturas materialistas y ecológicas ……….. 40

i. El materialismo cultural y la importancia de la infraestructura ……… 41

ii. La colonización y la guerra primitiva ………... 44

3.3 Interpretaciones sociales y políticas ……….. 45

i. El estructuralismo: intercambio y guerra ……….. 45

ii. Pierre Clastres y la guerra como política ……….. 47

4. Conclusiones ………. 49

5. Bibliografía ……….………. 52

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1. INTRODUCCIÓN: OBJETIVOS Y LIMITACIONES

Sería difícil encontrar un suceso tan omnipresente en la Historia de la humanidad como la guerra. Su vigor aniquilador ha inspirado sublimes obras literarias, desde Homero hasta Tolstoi, eternas piezas artísticas, de Goya a Picasso, y distinguidas creaciones cinematográficas, como las de Kurosawa o Kubrick. Incluso en sociedades pacíficas y pacifistas la guerra hace acto de presencia, no ya a través de los medios de comunicación, que presentan conflictos en lugares extraños y lejanos, sino en cándidas jugueterías, en alegres productos musicales o en el lenguaje metafórico ordinario.

Esta ubicuidad cultural de la guerra no es trivial, y ni siquiera se debe tan solo a su asoladora destructividad. Heráclito de Éfeso ya decía, haciendo referencia también a lo simbólico, que “la guerra es el padre y el rey de todas las cosas”, en tanto que supone la superación dialéctica de un conflicto y la implantación de un nuevo paradigma. A lo largo de distintos tiempos y a lo ancho de distintos lugares, la guerra ha estado acompañando fielmente a las sociedades humanas, testificando a favor del vencedor, espoleando el desarrollo tecnológico, erigiendo o condenando los más grandes imperios y engendrando o derruyendo las más sacras instituciones. La guerra es, en cierta manera, un juez histórico que cuenta con jurisdicción y poder discrecional ilimitados. Y es por ello que ha tenido un poder de atracción ineludible para toda suerte de estudiosos que, fascinados por su relevancia histórica y social, han pretendido comprender la naturaleza de la muerte de cientos, miles o millones de seres humanos a manos de sus semejantes.

La investigación históricamente documentada sobre la guerra que ha producido esta inquietud humanista ha legado multitud de obras esclarecedoras, fueran desde la Historia, la Sociología, la crítica literaria o mitográfica, la Psicología o, por supuesto, la Filosofía. Sin embargo, la disciplina que quizá más tenga que decir sobre la guerra como fenómeno histórico humano, común a sociedades de diversísima condición y articulador de instituciones sociales y

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elementos culturales trascendentales, la Antropología Cultural, ha empezado a intervenir en el campo desde tiempos bastante recientes,1 probablemente debido a su bisoñez como ciencia social implantada o incluso al relativamente reducido protagonismo de la guerra en Europa Occidental en la segunda mitad del siglo XX.2

Ahora bien, de todas las tipologías o formas históricas de la guerra, tales como la guerra feudal, la guerra industrial o la asimétrica posmoderna, entre muchas otras, quizá la que cuenta con más potencial explicativo sobre la naturaleza misma del fenómeno bélico es la guerra prehistórica, entendida esta como la guerra antes de la aparición del Estado. No creemos que posea esta extraordinaria característica merced a una interpretación decadentista o primitivista de la Historia humana, que considere de alguna manera que el hombre del Paleolítico está en su condición natural y verdadera, y que el desarrollo tecnológico y sociopolítico lo enajena y lo separa de su auténtica esencia. Más bien entendemos que las sociedades prehistóricas son el objeto de estudio idóneo para evaluar las propiedades de la guerra porque tienen lugar antes de la aparición de la institución política por antonomasia, el Estado, y de las dinámicas complejísimas y diferenciales que este introduce.

La guerra en la Prehistoria, como es propio de la disciplina, se ha estudiado principalmente a partir de la Arqueología y el estudio de los restos materiales, sean enterramientos colectivos, armas y panoplias, restos de amurallamientos, muestras de arte epigráfico…3 Sin embargo, desde los años 50 y 60 del último siglo, Lewis Binford y la Nueva Arqueología estadounidense comenzaron a plantearse la posibilidad de que la Etnología pudiera suponer un importantísimo complemento del estudio arqueológico: esto es, que las investigaciones y generalizaciones que maneja la Antropología Cultural sobre los pueblos

“paleolíticos” actuales, por ejemplo, pudieran extrapolarse para dotar de mayor profundidad a los estudios arqueológicos sobre sociedades paleolíticas de hace miles de años, fundamentándose en el precepto evolucionista (o más específicamente, uniformista,) que indica que a similar tecnología y entorno ecológico, similar desarrollo sociopolítico y similares instituciones sociales. En definitiva, la Etnoarqueología busca aplicar criterios culturales universales, elaborados estos por la Etnología a partir del registro etnográfico de pueblos contemporáneos, al estudio de las sociedades ágrafas del pasado.4

1 Según FERGUSON, R.B. “The Birth of War”. Natural History, Julio/Agosto 2003, p. 28, en los años 70

“todos los antropólogos estudiosos de la guerra hubieran cabido en una pequeña habitación”.

2 GUILAINE, J. y ZAMMIT, J. The Origins of War. Violence in Prehistory. Padstow, RU: Blackwell Publishing, 2005, p. VIII.

3 Una buena monografía sobre el tema es GUILAINE, J. y ZAMMIT, J., op.cit.

4 HERNANDO GONZALO, A. “La Etnoarqueología hoy: una vía eficaz de aproximación al pasado”.

Trabajos de Prehistoria, 52, nº2, 1995, p. 15-30.

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De esta pretensión interdisciplinar nace este ensayo, cuyo propósito es doble. Por un lado, proporcionar algunas de las categorías antropológicas fundamentales para acometer el estudio arqueológico de la guerra en las sociedades prehistóricas, y que estas complementen los hallazgos materiales y la interpretación de estos. Por otro, sobrevolar algunos de los marcos explicativos que la Antropología Cultural y otras disciplinas íntimamente relacionadas con esta han propuesto históricamente acerca del problema de la guerra sin Estado.

La estructura el ensayo responde a esta doble aspiración: el capítulo segundo tratará los conceptos antropológicos, mientras que el tercero versará sobre las teorías explicativas. La metodología básica ha consistido en apoyarse en manuales y diccionarios especializados en el campo de la Antropología Cultural para desarrollar un estado de la cuestión acerca de las categorías de ‘guerra’ y ‘Estado’, y en trabajar los textos antropológicos que hemos estimado más relevantes sobre la relación entre ambas.

Debido a los requerimientos exigidos para este trabajo, contamos con limitaciones significativas que nos obligan a dejar fuera multitud de puntos que nos hubiera gustado tratar.

En primer lugar, nos hemos forzado a dejar al margen a más de un autor con mucho que decir en el estudio de la guerra preestatal, como lo son Maurice Godelier, Marshall Sahlins, John Keegan, Jean Guilaine o René Girard, centrándonos así en las perspectivas que hemos considerado de mayor importancia. En segundo lugar, hemos tenido que suprimir una evaluación de la idea histórica de ‘guerra antes de la civilización’, desde Aristóteles a la Antropología decimonónica, que hubiera sido muy estimable para el propósito del ensayo. Y por último, también hemos excluido una investigación anexa sobre la condición universalmente masculina de la guerra.

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2. LA GUERRA Y EL ESTADO

Antes de comenzar cualquier análisis acerca de la guerra en las sociedades anteriores al desarrollo del Estado, o si se prefiere, sociedades prehistóricas,5 se nos hace necesario tener en cuenta la antigua afirmación de Epicteto: Initium doctrinae sit consideratio nominis.6 Es decir, consideramos imprescindible precisar el objeto de la investigación, justificar el sintagma que da título a esta, delinear su semántica y proponer una definición de los elementos que lo componen, así como plantear los criterios fundamentales necesarios para hacer frente a una investigación de esta naturaleza y los problemas generales que se entrecruzan a la hora de trabajar un tema tan enormemente multidisciplinar como la guerra.

El vocablo ‘guerra’ es polisémico, e incluso en el campo de las Ciencias Sociales puede revestir cierta ambigüedad; asimismo, la palabra ‘estado’ acarrea connotaciones diferentes en función de la disciplina en la que nos encuadremos. Así pues, ¿en qué términos trataremos ambos conceptos? ¿Cabe hacer una distinción entre la guerra y otras formas de violencia, conflicto o agresión? ¿Acaso difieren significativamente la guerra que practican las comunidades sin Estado y la propia de sociedades estatales, sea en sus causas o en su funcionamiento social? ¿Han de primar criterios sociales o culturales, individuales o colectivos, estructurales o coyunturales, etnográficos o históricos, en el estudio de la guerra primitiva? ¿Es pertinente buscar explicaciones geográfica y cronológicamente universales al fenómeno de la guerra antes del Estado? ¿Es acaso la guerra un fenómeno universal?

5 Estos dos conceptos, aunque similares, no son exactamente equivalentes: uno hace referencia a una realidad institucional y social (el Estado), el otro a una temporal (la Prehistoria) o, más bien, tecnológica (la escritura); además, uno correspondería con las categorías de estudio de un antropólogo, el otro con las de un prehistoriador.

6 Traducible por ‘sea el inicio de toda doctrina la consideración acerca de los nombres/términos‘.

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2.1 Guerra: una definición

La elaboración de una definición universal, multidisciplinar y exhaustiva del concepto

‘guerra’ nos supone una empresa inabarcable; pese a las limitaciones, bosquejaremos una descripción que resulte funcional en cuanto al estudio de las sociedades no estatales, o al menos que nos resulte útil a efectos de esta investigación. De este modo la guerra sería: un conflicto, la manifestación de un conflicto, o el instrumento para resolver un conflicto, de manera violenta, colectiva, organizada, legitimada moralmente por toda o buena parte de la comunidad, limitada en su práctica por unas reglas, sean estas consuetudinarias o formales, y dada entre grupos bien definidos que buscan una resolución que constituya a un vencedor, que obtiene así los instrumentos de poder que emanan de la victoria, y a un vencido, que queda bajo su poder coercitivo. Intentaremos tratar cada uno de los elementos de esta propuesta de definición, con objeto de delimitar con precisión qué entendemos por ‘guerra’ y cómo diferenciamos esta de otros fenómenos sociales que se le asemejan.

¿La guerra, conflicto en sí mismo?

Las distintas consideraciones generales acerca de la guerra oscilan entre varios criterios esenciales a la hora de definirla, que pese a las semejanzas que guardan pueden ser clasificados en tres posturas fundamentales. Por un lado, la guerra puede tomarse como un conflicto en sí mismo, de hecho, el mayor, más violento, más destructivo y más relevante de los conflictos.

Esta posición es la más frecuente en contextos no especializados, tales como diccionarios normativos. Si por ejemplo se acude al diccionario de la Real Academia Española, la voz

‘guerra’ reza de la siguiente manera:7

1. f. Desavenencia y rompimiento de la paz entre dos o más potencias.

2. f. Lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación.

3. f. Pugna.

4. f. Lucha o combate, aunque sea en sentido moral.

5. f. Oposición de una cosa con otra.

7 REAL ACADEMIA ESPAÑOLA. ‘Guerra’. En Diccionario de la lengua española (23ª ed.). Consultado en http://dle.rae.es/?id=JoNxOnS el 18/07/2017.

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Este tipo de definiciones abarcan la realidad de la guerra desde el punto de vista más genérico, como una lucha colectiva entre Estados o grupos dentro de un Estado o, en sentido figurado, como oposición o combate moral o dialéctico. Desde la Sociología8 con frecuencia se ha interpretado a la guerra como un tipo de lucha o conflicto muy particular, diferenciado radicalmente del resto de conflictos sociales en su colectividad y su reciprocidad (es necesaria la voluntad de combatir de ambas partes), así como en su frecuente justificación moral y su notoria particularidad jurídica.

Desde la Antropología Cultural9 se ha tendido a abordar el concepto de guerra desde una perspectiva más aplicable al objeto de estudio de esta ciencia: la guerra sería la manifestación violenta de un conflicto previamente existente, pero que permanece circunscrito al contexto de la disputa política pacífica hasta que, por diversas razones, las partes en conflicto hacen uso generalizado de la violencia. La guerra no es por tanto un tipo de conflicto, sino una forma que los conflictos pueden adoptar si se dan determinadas condiciones.

Por último, puede hablarse de la guerra en términos utilitaristas, describiéndola como un instrumento político de carácter violento para buscar la resolución de conflictos e imponer los propios intereses mediante la coacción. Tal es la concepción del teórico decimonónico prusiano Carl von Clausewitz, que en las primeras líneas de su eminente estudio Vom Kriege afirma que

“la guerra es (…) un acto de fuerza para compeler a nuestro enemigo a obedecer nuestra voluntad”10 y que “la guerra es simplemente la continuación de la actividad política por otros medios”, siendo estos medios (violentos) lo único particular de la guerra en tanto que ejercicio político.11 El planteamiento clausewitziano ha sido de enorme utilidad para las Ciencias Políticas y para el análisis de la guerra por el realismo político y la amoralidad que exhibe, propiedades que, por otro lado, hacen que la aplicación práctica de este acarree ciertos problemas éticos de sobra conocidos.

La diferencia factual entre estas tres líneas interpretativas, si puede llamárseles así, puede ser vaga o difusa; de hecho, en muchas situaciones no se excluyen la una a la otra y resultan hasta complementarias, por estar sus desemejanzas más en el campo epistemológico que en la concepción de la guerra como tal. Sin embargo, estas aparentemente sutiles disparidades de criterio pueden suponer explicaciones diferentes acerca de la naturaleza misma de la guerra y sus causas últimas, como veremos posteriormente.

8 BOUTHOUL, G. Tratado de Polemología. Madrid: Ediciones Ejército, 1984, p. 92-106.

9 LÉVI-STRAUSS, C. Guerre et commerce chez les Indians de l’Amerique du Sud. Renaissance. Enero-Junio 1943, vol. 1, fasc. 1 y 2, p. 122-139.

10 CLAUSEWITZ, C. On war. Princeton, NJ: Princeton University Press, 1989, p. 75.

11 Ibíd., p. 87.

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Violencia física

Una de las categorías que acompaña a la definición de guerra en todos los autores que la tratan es la de la violencia física. Aunque pueda parecer una obviedad, para evitar confusiones conviene dejar de lado formas de violencia no física también tratadas por las Ciencias Sociales, como la violencia psicológica, que se fundamenta no en la agresión corporal sino en la coacción psíquica y la manipulación de la voluntad, o la violencia simbólica, un concepto acuñado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu, que trataría de los sistemas de relaciones de dominación inconscientes entre los que ostentan un poder simbólico y los que lo sufren.

Asimismo, se han de excluir las formas de violencia que tengan un significado estrictamente emic,12 como las denominadas “guerras invisibles” de algunos pueblos chamánicos, donde se dan conflictos de tipo mágico o religioso llevados a cabo por especialistas en lo sobrenatural (brujos, chamanes o sacerdotes), que pueden resultar irrelevantes para los observadores externos, pero que tienen un significado tan real para sus participantes como las

“guerras físicas”,13 o las “guerras” de los relatos mítico-religiosos de las mitologías judeocristiana, nórdica, grecolatina, védica o mexica, entre muchas otras, donde los conflictos tienen lugar entre divinidades u otros seres sobrenaturales, en muchas ocasiones acerca de una disputa de fuerte significado metafísico y teológico.14

Colectividad y organización

Tanto la colectividad como la organización son elementos constituyentes de la guerra. Por un lado, la actividad bélica se da siempre en clave de grupo: es el grupo el que combate, no el individuo o la suma de individuos, y la violencia se dirige contra otro grupo, todo él visto por el enemigo como objeto de violencia legítima. Por otro, los objetivos perseguidos son de índole social y colectiva, pese a que ciertas formas de organización política (señoríos feudales, monarquías absolutas) puedan aparentar lo contrario.15 Por ello y naturalmente, quedan excluidas de nuestro análisis las formas de violencia de índole colectiva que carezcan de

12 En Antropología, una perspectiva emic es la que busca describir un fenómeno sociocultural tal y como lo entienden los miembros de la cultura participante, incluyendo en su caso explicaciones mágicas o religiosas. Contrasta con la perspectiva etic, en la que el investigador trata de dar explicaciones científicas del fenómeno y compararlo con sus análogos interculturales. Ambas son complementarias para una comprensión completa del objeto de estudio etnográfico.

13 DESCOLA, P. y IZARD, M. ‘Guerra’. En BONTE, P. y IZARD, M. (eds.) Diccionario Akal de Etnología y Antropología. Madrid: Ediciones Akal, 2008, p. 327-9.

14 Sirvan de ejemplo el Ragnarok nórdico, la Titanomaquia griega o la guerra permanente de los Asura y los Deva en la mitología védica.

15 BOUTHOUL, G. loc. cit.

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organización social y de objetivos compartidos por la comunidad (tales como delitos contra otros miembros de la comunidad, agresiones sexuales, robos…), y toda forma de violencia entre particulares, sean encendidas disputas cotidianas que acaban en agresiones, violencias más o menos sistémicas en contextos familiares (contra las mujeres, contra los hijos o contra los ancianos), y toda costumbre interna y moralmente justificada de venganza por ofensas graves, como las vendettas, que pueden darse de manera colectiva o individual.

Para comprender la distinción clave entre la guerra, por un lado, y otras formas de violencia también colectivas y organizadas pero dirigidas exclusivamente contra individuos (como venganzas, pugnas entre clanes, penas capitales administradas por la comunidad…), por el otro, hace falta entender el poderoso significado que adquiere el fenómeno que algunos autores llaman de sustituibilidad social (‘social substitutability’): la sustituibilidad que se da en la guerra supone una generalización del objeto legítimo de violencia, por lo que la ofensa de uno puede cobrársele a muchos.16 Como ejemplo ilustrativo, tomemos un agravio de gran peso, como un asesinato de un miembro de una tribu o de un clan contra un miembro de otro; en el contexto de una vendetta o de cualquier otro medio violento pero socialmente legitimado de represalia, los familiares del difunto buscarán la muerte del homicida. Pero tendríamos una guerra como tal si se diera esa sustituibilidad, y los compañeros de clan o toda la tribu del criminal fueran tomados como objeto legítimo de violencia. En otras palabras, la guerra iniciada por crímenes intergrupales se diferencia de la pena capital socialmente administrada en que la primera se percibe como una forma de equilibrar una ofensa contra la comunidad por parte de otra comunidad, y la segunda se contempla como una suerte de desagravio por la ofensa de un solo individuo.17 Es decir, la guerra es violencia colectiva y organizada por parte de ambos bandos; una violencia de idénticas características, pero contra un particular, no puede ser denominada guerra.

Es por el carácter eminentemente social que posee la guerra por el que consideramos inapropiadas las hipótesis que tienden a explicarla desde un punto de vista individualista, máxime si adoptan un planteamiento principalmente psicologicista. Sería el caso, por ejemplo, de las teorías de la guerra como manifestación última de la agresividad innata humana (o más específicamente, de la agresividad masculina), la guerra como resultado de la actividad ambiciosa de grandes líderes o los conflictos bélicos como un producto de la irracionalidad de los responsables políticos en cada una las entidades combatientes.

16 KELLY, R.C. Warless Societies and the Origin of War. Ann Arbor, MI: University of Michigan Press, 2000, p. 5-7.

17 Ibíd.

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Legitimación moral o normativa y limitación en su práctica

La guerra, aparte de por su carácter colectivo, se caracteriza por desatar una violencia observada como lícita; en la legitimación moral o normativa que de ella hacen las comunidades que la practican está la distinción entre la guerra y otras pugnas violentas entre colectivos. En el contexto de las sociedades con Estado, y en particular en los Estados modernos, podemos afirmar que la guerra siempre cuenta con una fundamentación jurídica. En palabras del sociólogo francés Gaston Bouthoul, “no hay guerra que no esté regida por reglas más o menos precisas, por un derecho formal o consuetudinario”.18 Tan es así que la búsqueda de una fundamentación jurídica de la guerra ha sido un tema recurrente en la literatura occidental, desde Tucídides, Cicerón y San Agustín a Vitoria, Vico y Montesquieu, y la consideración acerca de lo que supone que una guerra sea justa o injusta es uno de los problemas más complejos del derecho internacional público, aún en la actualidad.

Ahora bien, en las sociedades sin Estado, que como veremos después carecen de instituciones jurídicas formales, se da igualmente una normalización consuetudinaria de la guerra, instituida sobre la tradición y la costumbre,19 identificable quizá como una versión pre- estatal de lo que sería el ius ad bellum en el derecho romano y en la tradición jurídica posterior.

Dependiendo de la cultura que sea objeto de nuestro estudio podremos encontrar preceptos acerca de la estación del año en la que se ha de combatir, qué linajes podrán hacerlo, qué afrentas particulares pueden convertirse en colectivas, en qué circunstancias se considera finalizada la disputa…

Por otro lado, de la misma manera que las sociedades con Estado cuentan con leyes formales de la guerra, es decir, unas reglas acerca de las prácticas admisibles por los combatientes durante el transcurso de esta, las comunidades no estatales tienen unas normas morales tradicionales que suponen también una suerte de ius in bello. Estas regulaciones informales pueden darse en forma de ritos previos a la batalla y tolerados por ambas partes, consenso en el lugar que hará de campo de batalla, violencia ritualizada y de muy poca intensidad (sin apenas heridos graves), combates singulares donde buena parte de los guerreros quedan al margen como observadores, excepciones en cuanto a los objetivos legítimos de violencia (mujeres, niños, ancianos o enfermos) o reglas sobre qué hacer con los que han resultado heridos.20

18 BOUTHOUL, G. op. cit., p. 99-101.

19 DESCOLA, P. y IZARD, M. loc. cit.

20 Ibíd.

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En definitiva, la guerra no es un suceso arbitrario o espontáneo, sino un acontecimiento que encaja en el sistema sociocultural de la sociedad que la practica, que por su parte cuenta con un cuerpo de pensamiento que dota a la guerra de un significado social y de un marco normativo en el que esta se ha de desarrollar.

Poder y resolución

Por último, la característica más ineludible de la guerra es su relación con la obtención de poder, entendido este como la capacidad de hacer cumplir la propia voluntad incluso a agentes sociales o políticos que se opongan a ella, de acuerdo con la tradicional definición weberiana.

Por lo tanto, la propiedad más notable de la guerra es la de ser un instrumento de coacción:21 quien hace una guerra pretende lograr mediante la violencia organizada y dirigida lo que no puede conseguir por medios convencionales en un contexto pacífico. Si recurrimos a Clausewitz, este nos recuerda que, “el propósito político es el objetivo, la guerra es el medio de alcanzarlo”.22

El objetivo de la guerra es, en última instancia y según el ilustre prusiano, “forzar al enemigo a satisfacer tu intención”, y “para coercionarle necesitas ponerle en una situación aún menos deseable que el sacrificio que esperas obtener por su parte”.23 Es por ello que en la guerra se configuran bandos bien definidos que pretenden resolver una oposición de intereses por la vía más radical: la que establece a un vencedor, beneficiario de la paz y poseedor de la fuerza política tras el advenimiento de esta, y a un vencido, sometido por aquel. Una guerra donde los contendientes no buscaran un final que dirimiera el conflicto en favor de uno de ellos sería una guerra sin contenido político, que difícilmente podría ser denominada como tal.

Ahora bien, la aseveración de que la guerra es una categoría política es prácticamente axiomática en el contexto de las sociedades con Estado, especialmente en las modernas, pero ¿lo es en el caso de las no estatales? Teniendo en cuenta que en estas últimas la ausencia de la entidad política por antonomasia, el Estado,24 es su cualidad constituyente, ¿puede pretender resolverse la cuestión de la guerra sin Estado mientras se afirma paradójicamente el carácter político de esta? ¿Acaso existe algo semejante al poder político en comunidades de esta índole?

En caso afirmativo, ¿cuál es su papel?

21 HALLER, D. Atlas de etnología. Madrid; Ediciones Akal, 2011, p. 211.

22 CLAUSEWITZ, C., loc. cit.

23 CLAUSEWITZ, C. op. cit., p. 77.

24 El Estado es la institución política por antonomasia, y si atendemos a la etimología del vocablo

‘política’ (‘polis’ es traducible por ‘ciudad’ o por ‘estado’), también lo es por definición.

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2.2 Las sociedades sin Estado

El Estado, como observábamos brevemente con anterioridad, es la institución política por antonomasia. Al ser una figura tan absolutamente central para las disciplinas histórica, sociológica, filosófica, económica, jurídica, antropológica y politológica, la bibliografía acerca de su esencia, sus características históricas, su finalidad última, sus transformaciones a lo largo de la historia, las consecuencias de su existencia y de sus cambios, las causas de su aparición y de su destrucción… es prácticamente infinita. No obstante, procuraremos bosquejar los principios más elementales del Estado y su papel social, sobre todo posicionándolo dialécticamente frente a la sociedad no estatal, y plantearemos las diferenciaciones primordiales entre el fenómeno de la guerra antes de la aparición del Estado y tras su génesis.

El Estado, en el contexto de las sociedades antiguas25, ha sido definido tradicionalmente como un “tipo de sistema político basado en la soberanía territorial, un aparato gubernamental especializado que tiene el monopolio de la violencia legítima, y la existencia de un grupo dirigente que se distingue por su formación, su reclutamiento y su estatuto [sic26] del resto de la población y monopoliza el aparato de control político”.27 Otras características propias del Estado y su desarrollo son la estratificación social basada en el acceso asimétrico a la propiedad y a los recursos económicos, la complejidad social y jerarquización, la existencia de burocracias administrativas y organizaciones elitistas especializadas en asuntos militares (clase guerrera) o de gestión de lo religioso (clase sacerdotal) y el control racionalizado de la producción y la distribución de bienes en torno a una economía política regida por las elites gobernantes.28

La pertinencia de establecer una división clara y perfectamente dual entre la inexistencia y la existencia del Estado, y por ende entre la sociedad sin Estado y la estatal, ha sido puesta en entredicho por la Antropología en el último medio siglo, ya que la transformación de una tipología sociológica a otra es gradual e irregular, por lo que pueden no darse todos los elementos teóricamente propios de un paradigma y darse algunos del otro.29 Sin embargo, en términos generales, el modelo de sociedad pre-estatal en que concurren los antropólogos reúne unas características muy significativas que lo distinguen drásticamente de la sociedad estatal arquetípica.

25 Entendemos por ‘antiguas’, de manera genérica, a las sociedades preindustriales o “premodernas”.

26 Probablemente el autor aquí quiere hacer referencia a “estatus”, no a “estatuto”; una diferencia que quizá se perdió en la traducción del francés al castellano.

27 ABÉLÈS, M. ‘Estado’. En BONTE, P. y IZARD, M., op. cit., p. 248.

28 EARLE, T. ‘Estado’. En BARFIELD, T. (ed.) Diccionario de Antropología. México: Siglo XXI, 2000, p. 195-6.

29 ABÉLÈS, M., op. cit., p. 246-250.

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En primer lugar, entre los pueblos sin Estado predominan las culturas ágrafas, lo cual ya constituye una diferencia radical a niveles social, cultural y jurídico (y epistemológico para el investigador) respecto a los que cuentan con Estado, que mayoritariamente tienen desarrollado un sistema de escritura. Todos estos grupos articulan su método de subsistencia en torno a la caza-recolección, el pastoreo o la agricultura, esta última normalmente de forma extensiva, no intensiva. La actividad económica está vertebrada, por un lado, por una forma de trabajo cuyo fin principal es la producción para el consumo familiar y la acumulación colectiva en tanto que reserva prevista, y no la creación de excedente para la comercialización o para el pago de tributos al Estado o a una elite;30 y por otro, por un intercambio recíproco no crematístico, difícilmente clasificable como comercio, que hace las veces de instrumento social de redistribución.31 La propiedad, entendida como el derecho de un sujeto de usar, disfrutar y disponer de un objeto de manera absoluta y exclusiva, es un concepto jurídico propio de las sociedades estatales e inexistente en las prehistóricas, que cuentan con otras formas de

“posesión”: una colectiva, que hace referencia a tierras o recursos que han sido apropiados por una comunidad, un clan o un linaje, y otra individual, percibida como parte misma del individuo, que englobaría herramientas, armas, vestimentas o adornos.32

Otra distinción de enorme importancia en los grupos humanos sin Estado es la ausencia de estratificación social compleja: las jerarquías definen a veces funciones, privilegios u obligaciones sociales y están establecidas en torno a grupos de edad, sexos o linajes, pero nunca alcanzan una estratificación de criterio económico, esto es, una división en clases.33 Suelen contar con un sistema de normas informales basado en la costumbre, es decir, en los usos tradicionales repetidos durante generaciones e insertos en el sistema cultural; la defensa de estas normas y los actos punitivos contra quienes las ofenden gravemente son responsabilidad colectiva o se dan a través de un líder con autoridad de árbitro o con poder limitado.34 La configuración de un poder informal en estas sociedades suele encontrarse o en la figura de líderes carismáticos temporales elegidos por consenso y con un carácter arbitral, o en el equilibrio interno entre las relaciones segmentarias de los distintos linajes o, en el caso de las jefaturas, de mayor jerarquización, en el poder limitado de un dirigente frecuentemente no hereditario.35 El papel del parentesco es de capital importancia en la estructura social de la

30 GODELIER, M. ‘Trabajo’. En BONTE, P. y IZARD, M. op .cit., p. 706-9.

31 LOVEJOY, P.E. ‘Comercio’. En BONTE, P. y IZARD, M. op .cit., p. 178-180.

32 HANDMAN, M.-E. ‘Propiedad’. En BONTE, P. y IZARD, M. op .cit., p. 615-6.

33 SCHMITZ, J. ‘Estratificación social’. En BONTE, P. y IZARD, M. op. cit., p. 251-253.

34 AUGUSTINS, G. ‘Costumbre’. En BONTE, P. y IZARD, M. op. cit., p. 191-2.

35 SKALNÍK, P. ‘Político (sistema)’. En BONTE, P. y IZARD, M. op. cit., p. 601-3.

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comunidad, sobre todo por la formación de grupos de filiación en torno a antepasados comunes y por las relaciones de alianzas matrimoniales entre clanes o linajes.36

Naturalmente, las poblaciones humanas que no cuentan con un Estado pueden ser muy dispares entre sí, obviamente en términos sociales y culturales por sus respectivos desarrollos históricos particulares, pero también en los aspectos tecnológicos, económicos y demográficos… Un modelo que describe las tipologías básicas de las sociedades antiguas y presenta su paulatina transformación desde pequeños clanes a los primeros Estados de manera esquemática y elocuente es el propuesto por el antropólogo estadounidense Elman Service; una versión posterior de este modelo, revisada para su aplicabilidad etnográfica y para incluir separadamente a los Estados tradicionales, se muestra a continuación.

Fig. 1. Esquema básico sobre los tipos de sociedades preindustriales.37

36 BONTE, P. ‘Parentesco (sistema de)’. En BONTE, P. y IZARD, M. op. cit., p. 573-7.

37 Elaboración propia a partir de HALLER, D. op. cit., p. 196

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Por último, es capital señalar el papel destacado que suele tomar el concepto de

‘comunidad’ en las sociedades sin Estado (una concepción que no necesariamente se agota con la aparición de este, pero que sí pierde su centralidad política). La distinción dual entre los fuertes lazos psicológicos personales de los “pueblos primitivos” y los vínculos más débiles, más jurídicos y menos personales de las sociedades estatales (un proceso de pérdida de importancia de la ‘comunidad’ que culminaría en la modernidad), ya la encontramos en tres de los más célebres sociólogos decimonónicos, Ferdinand Tönnies, Émile Durkheim y H.S. Maine, que plantearon las díadas de “comunidad/sociedad”, “solidaridad orgánica/solidaridad mecánica” y “estatuto/contrato”, respectivamente. Así pues, la comunidad tiene un esencial carácter holístico, en cuanto a que es concebida por sus miembros como un “todo” (‘human whole’), una totalidad por y para la cual se vive.38 Es por esta concepción de la comunidad por lo que no puede asumirse que la sociedad prehistórica sea una sociedad sin política, pese a que carezca de Estado y de estratificación social; la gestión del poder comunitario de manera interna, entre sus miembros, y de manera externa, hacia otras comunidades, es sin duda una forma de política.39

Una vez revisadas las principales diferencias entre la sociedad sin Estado y la estatal, y teniendo ya establecido que estas implican transformaciones de todo tipo y no solo en el terreno puramente cuantitativo o tecnológico, parecen claras las ventajas con las que cuenta el Estado para llevar a cabo una guerra: una centralización del poder, una población mucho mayor bajo una autoridad no consensuada, revocable ni limitada, una profesionalización de la actividad militar gracias a una clase guerrera y a unos vastos recursos estatales, que también permiten la construcción de infraestructura bélica, la provisión de armamento y el mantenimiento de ejércitos en campaña… Está claro que con la formación de los primeros Estados incrementa la capacidad social de hacer la guerra, pero ¿también cambian sus causas? ¿Cambia la naturaleza misma de la guerra? ¿Está entonces la distinción entre “guerra estatal” y “guerra preestatal” bien establecida?

38 GOSSIAUX, J.-F. ‘Comunidad’. En BONTE, P. y IZARD, M. op. cit., p. 182-4.

39 Entendiendo ‘política’ de manera amplia: como toda actividad relacionada con el ejercicio colectivo del poder.

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2.3 La guerra con el Estado y sin él

Desde Ibn Khaldun y Maquiavelo hasta las teorías actuales de antropólogos e historiadores, las propuestas explicativas sobre la formación de los Estados primigenios (en el Próximo Oriente Antiguo, Egipto, el valle del Indo, Mesoamérica, el Mediterráneo…) han tenido frecuentemente en cuenta el papel notorio de la violencia colectiva, que junto con otras condiciones geográficas, demográficas o tecnológicas lleva a la centralización política y a la constitución de una entidad estatal. Enfrentadas históricamente a estas proposiciones se encuentran las que propugnaban y propugnan una suerte de contrato social de índole voluntarista y pacífico como elemento fundacional de los Estados; muchas de estas últimas han ido perdiendo vigencia en detrimento de las distintas tesis del conflicto.40

Quizá un buen preludio de la superación de los viejos paradigmas del contrato social y de la idea del consenso a partir del cual fueron organizados los primeros Estados es la obra clásica de Friedrich Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, donde el germano defiende la creación de estos como una necesidad jurídica y coercitiva de las clases dominantes propietarias para mantener mediante la violencia su primacía en la relación explotador-explotado,41 un planteamiento cuyo precedente podemos encontrar fugazmente en Rousseau, si bien en una versión asistémica y subdesarrollada. Unas décadas después, la hipótesis de la conquista, formulada a principios de siglo XX por el sociólogo alemán Franz Oppenheimer, también bosquejaba una causa esencialmente coercitiva en la formación del Estado.42 Según el berlinés, las primeras fases del desarrollo del Estado consistirían en las sucesivas razias depredadoras de pueblos nómadas (sobre todo pastores de caballos) contra comunidades agrarias, aquellas atraídas por los recursos productivos de estas, y la posterior aceptación de los campesinos sedentarios del poder de los ganaderos itinerantes. En sus

40 De entre las hipótesis históricas que no fundamentan la aparición del Estado en la violencia colectiva, es digna de mención la teoría de las revoluciones de Gordon Childe, según la cual la sociedad agraria y su excedente de recursos lleva al desarrollo urbano y la complejidad de la gestión de las ciudades y de su población lleva a la centralización política (sin embargo, la Etnografía dejó obsoleta la afirmación de que la economía agraria produzca necesariamente un excedente “comercializable”). También es notable la teoría hidráulica de Karl Wittfogel, que propone que aparición de los Estados se da a partir de la voluntad de ciertas sociedades agrarias de construir grandes obras públicas para gestionar un riego intensivo (actualmente la Arqueología afirma que el desarrollo estatal en las sociedades que Wittfogel puso de ejemplo fue muy anterior a la elaboración de grandes construcciones hidráulicas). Mantiene cierto predicamento la teoría del control de lo sobrenatural de Maurice Godelier, que defiende una sumisión voluntaria a la autoridad y protección estatal por tener esta control sobre la conexión con el mundo sobrenatural.

41 ENGELS, F. Der Ursprung der Familie, des Privateigenthums und des Staats. Hottingen-Zürich: Verlag der Schweizerischen Volksbuchhandlung, 1884.

42 OPPENHEIMER, F. The State. Its history and development viewed sociologically. Nueva York: Vanguard Press, 1926.

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palabras, “el Estado (…) es una institución social impuesta por un grupo victorioso de hombres sobre un grupo derrotado, con el único objetivo de regular el dominio (…) y asegurarse la defensa contra revueltas internas y ataques externos”.43

Pese a que estas dos teorías han sido muy criticadas y se consideran a día de hoy más obras pioneras con muchas ideas recuperables que hipótesis idóneas por sí mismas para explicar la formación del Estado con el conocimiento arqueológico y etnográfico de que se dispone, la corriente “coercitiva” no ha perdido su potencia en absoluto. Según la hipótesis de la circunscripción, que propuso el antropólogo estadounidense Robert Carneiro en los años 70, la génesis del Estado se produciría tras los conflictos violentos en comunidades agrarias cuyo espacio de tierra laborable está limitado o “cerrado” geográficamente (por grandes cordilleras, océanos, desiertos…); la cada vez más productiva e intensiva agricultura, el consecuente crecimiento de la densidad demográfica y la imposibilidad de la emigración tras la derrota en un conflicto por los proporcionalmente decrecientes terrenos produciría la centralización política, instituida por los victoriosos.44

Una vez el Estado está constituido, adquiere una pretendida soberanía territorial y cuenta con diferentes comunidades periféricas hasta poco antes políticamente independientes en su seno, tiene inmediatamente una inevitable necesidad de emplear la fuerza para mantener su integridad territorial frente a las fuerzas sociales centrífugas que han quedado sometidas. A causa de esta exigencia política, el inestable Estado primigenio ha de componer tarde o temprano una fuerza militar autónoma, leal a la institución estatal y dependiente de las órdenes de esta, que ya no forme parte del cuerpo social ni esté imbricada orgánicamente en la comunidad (como sí lo está en una sociedad sin Estado): en definitiva, necesita soldados, no guerreros.45

Desde la conformación de los primeros Estados, el número de entidades políticas independientes ha descendido rápidamente principalmente por los efectos de la guerra, una evolución que debemos tomar como consecuencia de la poderosa tendencia estatal a la expansión territorial, principalmente mediante la violencia, sea contra otros Estados o contra comunidades no estatales a las que desea incorporar a su soberanía.46 A partir de la Edad Moderna, cuando los Estados se transforman progresivamente hacia una mayor centralización, resulta más obvia esta voluntad de extender su soberanía e influencia, y en definitiva, su poder;

la trascendencia de la guerra y de los ejércitos en estos procesos de incremento del poder estatal

43 OPPENHEIMER, F. op. cit., p. 15.

44 CARNEIRO, R.L. “A theory of the origin of the State”. Science, Vol. 169, nº 3947, August 1970, p. 733-8.

45 COHEN, R. “Warfare and State Formation: Wars Make States and States Make Wars”. En FERGUSON, R.B. (ed.) Warfare, Culture, and Environment. Orlando, Florida: Academic Press, 1984, p. 329-358.

46 Ibíd., p. 351.

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ha sido puesta de manifiesto por la historiografía infinidad de veces, especialmente cuando ha tratado la llamada Revolución Militar sucedida en la Modernidad Temprana.47

A modo de síntesis: el Estado necesita ineludiblemente como instrumento político coercitivo la violencia colectiva y organizada, y para ello requiere la disponibilidad inmediata (dentro de los límites tecnológicos y de comunicación, naturalmente) de una fuerza militar autónoma, leal y dependiente políticamente de sí. El papel fundamental de la guerra en la sociedad estatal es doble: frenar las fuerzas centrífugas internas que repudien la autoridad del Estado (esto es especialmente importante en los estados jóvenes) y servir de herramienta política de expansión territorial y de defensa contra otros Estados o pueblos preestatales.

Es aquí, entones, donde reside la gran diferencia entre la guerra con Estado y la guerra sin él. Por un lado, la sociedad sin Estado no necesita de una violencia coactiva institucionalizada que controle o reprima las tendencias centrífugas, ya que los miembros de la comunidad entienden esta como una totalidad de la que son parte; una totalidad carente de estructura de dominación y de elites divorciadas del conjunto social, por lo que tales tendencias no existen.

Por añadidura, la coerción violenta no solo no tendría objeto posible, sino que no tendría quien la ejerciera: en la sociedad sin Estado el ejercicio de la violencia y el castigo por ofensas contra el grupo o sus miembros se da colectivamente o por un líder de autoridad limitada por el colectivo, no por un cuerpo militar autónomo que sirve de instrumento de fuerza de las elites gobernantes.

Por último, la expansión territorial en las sociedades prehistóricas no tiene el carácter positivo de extensión de la soberanía que adquiere con el Estado, ya que el concepto de

‘soberano’ les es ajeno. El horizonte de expansión territorial de las sociedades preestatales no es virtualmente infinito como en el caso del Estado, sino enormemente limitado, ya que al carecer de una elite potencialmente beneficiaria de la expansión y de la explotación económica de los pueblos conquistados y al carecer asimismo de los instrumentos políticos para dominar a estos, las adiciones de territorio se dan con relativamente poca asiduidad y por razones generalmente ecológicas (agotamiento de recursos) o demográficas (incremento de población), casi nunca políticas; y cuando se dan, es comúnmente a una escala territorial proporcionalmente muy reducida o de manera temporal.

Asimismo, estas diferencias entre una forma de “pensar” la guerra y la otra existen en el terreno pragmático también: entre una forma de “hacer” la guerra y la otra. El antes mencionado consenso entre enemigos en la práctica de la guerra que presentan los pueblos sin Estado

47 THOMPSON, W.R. y RASLER, K. “War, the Military Revolution(s) Controversy, and Army Expansion. A Test of Two Explanations of Historical Influences on European State Making”. Comparative Political Studies, Vol. 32, 1999, p. 3-31.

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(violencia ritualizada, interrupciones del combate, limitaciones temporales…) pierde intensidad o directamente desaparece con el nacimiento del Estado y de su forma de guerrear, por la que se busca una victoria militar omnímoda, no reglada; es decir, una rendición incondicional y no una paz frecuentemente condicionada con anterioridad al combate. Una muestra bastante elocuente de la disimilitud esencial nos la dan los conflictos en tiempos precolombinos entre el Imperio inca y las tribus amazónicas vecinas; estos pueblos selváticos practicaban entre sí una guerra

“consuetudinaria” (no necesariamente menos sangrienta), pero se coaligaban para combatir las intenciones expansionistas de los incaicos luchando sin cuartel.48 Un caso similar serían las guerras coloniales que enfrentaron a los diversos pueblos indígenas y a los europeos desde el siglo XVI.

Aunque no siempre los pueblos sin Estado guerrean entre sí de manera consensuada. En este sentido, cabe hacer una distinción entre dos modelos. Los que obedecen un sistema de consenso son las llamadas guerras internas, donde los bandos comparten un sistema socio- cultural similar, aunque pertenezcan a comunidades políticamente distintas. Sin embargo, existen guerras externas, donde ambas partes son completamente ajenas una de otra, y cualquier forma de consenso normativo en cuanto al aspecto práctico de la guerra es totalmente imposible.49

Por último, muchos autores concuerdan en que los métodos de “ejecución” de la guerra antes del Estado y tras su aparición también pueden ser diferenciados, aunque estos métodos sufran una transformación gradual de un tipo de sociedad a otra, no inmediata. Los Estados suelen plantear sus enfrentamientos bélicos en forma de batalla50, es decir, con el choque de ambas fuerzas en un campo, generalmente abierto; con el desarrollo de la poliorcética, se suman a estas los asedios. Los hombres sin Estado también tienen batallas, y de hecho en ellas tiende a fijarse la mirada del etnógrafo, por ser la forma de combate más prolongada, de mayor escala y de mayor semejanza con la guerra estatal; es en las batallas donde el carácter consensuado y muchas veces ritualizado es más obvio, ya que para que tengan lugar han de concurrir dos bandos deseosos de formar parte de ellas.51 Sin embargo, la batalla no es la única forma práctica de guerra para los pueblos prehistóricos. La que parece ser más usual, aunque su índice de bajas tienda a ser menor, es la incursión o emboscada, en la que un grupo armado ataca poblados enemigos sin guarnecer o asalta a miembros desprevenidos de estos. De forma muy aislada e infrecuente (excepto en algunos casos de guerra endémica, como veremos a continuación), las

48 DESCOLA, P. y IZARD, M. loc. cit.

49 KELLY, R.C. op. cit., p. 50-54.

50 Naturalmente, hablamos de los Estados anteriores a la aparición de la guerra naval, la aérea, la asimétrica o la nuclear.

51 KEELEY, L.H. War before Civilization. The myth of the peaceful savage. Oxford, UK: Oxford University Press, 1996, p. 59-69.

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incursiones pueden ser de carácter enormemente sangriento, arrasando los asaltantes poblados enteros o masacrando a buena parte de su población femenina o infantil.52

Pues bien, la ausencia de necesidad de coerción interna, la ausencia de voluntad de conquista y la frecuencia de la ritualización de la violencia no implican la ausencia en las sociedades sin Estado de guerra como tal, ni la cualidad menos sangrienta de esta, ni su necesaria “despolitización” (porque la guerra sigue teniendo relación directa con el poder y con la posibilidad de obtener fuerza sobre el enemigo). Sin embargo, sí que sirve como evidencia de la radical disimilitud entre naturaleza de la guerra con el Estado y de la guerra sin él.

Así y todo, desde un punto de vista cuantitativo, la presencia de la guerra en sociedades preestatales es tan real y relevante como lo es en las que cuentan con Estado. Los reputados estudios interculturales del antropólogo estadounidense George P. Murdock parecían fundamentar de forma solvente la idea que la presencia o ausencia de guerra no tiene que ver con el nivel de centralización política, y que la frecuencia de la actividad bélica no estaba vinculada significativamente con dichos cambios políticos estructurales. En otras palabras, y en contra de los mitos que aparecen tan asiduamente alrededor de este asunto, la guerra es tan propia de los pueblos primitivos como lo es de los más desarrollados, y el tipo de estructura política con el que cuente una sociedad no determina si esta será pacífica o belicosa.

Fig. 2. Frecuencia de la guerra en función de la estructura política.53

52 Ibíd.

53 Elaboración propia a partir de KEELEY, L.H., op. cit., p. 186. En el marco de la investigación de Murdock, ‘Estado’ atañe solamente a los Estados primigenios o protoestados.

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La guerra endémica

La disputa académica de antropólogos, historiadores y filósofos acerca de la brutalidad y el encarnizamiento de la guerra prehistórica, sobre todo en cuanto a poner esta en comparación con la guerra en el Estado, tiene un largo recorrido histórico. Tanto el mito del buen salvaje como su opuesto, el mito del primitivo belicoso y anárquico, encuentran en este punto su mayor discrepancia. En el contexto de esta disputa surgió el concepto de “guerra endémica”, entendida como aquella que se practica en sociedades donde la paz es extraordinaria o inexistente, y tanto el estado de guerra como el ejercicio de la violencia son permanentes. La guerra endémica puede incluso desafiar la idea de guerra como instrumento violento empleado para el arreglo de conflictos concretos, ya que su perpetuidad la convertiría en una herramienta políticamente ineficaz o contraproducente y nos llevaría a asumir que los pueblos que la practican han de pensar en la guerra como manifestación de un conflicto permanente, y por ende, irresoluble.

En el ya célebre estudio de Lawrence H. Keeley, War before Civilization, se hacía un repaso arqueológico y etnográfico sobre las víctimas mortales de los conflictos violentos en las sociedades sin Estado consideradas más belicosas (y que seguían existiendo en el siglo XX). La obra, subtitulada ‘El mito del salvaje pacífico’, era toda una ofensiva académica contra lo que el autor consideraba un sesgo por parte de los investigadores de las sociedades prehistóricas, de alguna manera interesados en “pacificar el pasado”.54 Entre las recopilaciones de datos etnográficos interculturales que Keeley presenta, nos es útil su aproximación a la mortalidad de la guerra en las sociedades primitivas y su comparación con las estatales.

Fig. 3. Porcentaje de muertes a causa de la guerra (sobre las muertes totales).55

54 KEELEY, L.H. op. cit., p. vii.

55 Elaboración propia a partir de KEELEY, L.H. op. cit., p. 196. Las sociedades con Estado se muestran en cursiva. Las categorías en blanco representan datos desconocidos por el autor original.

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Como puede observarse, la guerra en algunas de las sociedades sin Estado puede ser terriblemente encarnizada y con un enorme porcentaje de muertos a consecuencia de ella. Pero el número de bajas no es lo que convierte una guerra en endémica, sino la frecuencia del estado de guerra y, en consecuencia, la infrecuencia de un estado de paz; es decir, la ausencia o casi ausencia de conclusión del conflicto. Esta definición de guerra endémica tiene encaje en sociedades con Estado que busquen soliviantar mediante una violencia cíclica a las comunidades adyacentes a las que no puedan absorber (como la Guerra Florida que practicaban los aztecas precolombinos); pero cuando la endemicidad se da entre pueblos sin Estado, la función del conflicto cíclico podría tener relación con un esfuerzo de afirmación de la diferencia entre comunidades políticamente autónomas.56

Muchas propuestas para resolver el interrogante de esta guerra “irresoluble” han pasado asiduamente por apuntar a causas culturales sistémicas: sea la necesidad de sostener un conflicto violento para satisfacer o no enojar a las fuerzas sobrenaturales o mantener el orden cósmico (Guerra Florida), sea para adquirir substancias espirituales necesarias para la supervivencia individual o del grupo como tal (como las diversas formas de antropofagia ritual o las reducciones de cabezas de los jíbaros amazónicos), 57 sea por disputas por recursos económicos o humanos (como las frecuentísimas razias entre poblados de Dugum Dani o Yanomamo)…58

La guerra y la sedentarización: ¿un cambio cualitativo?

De la misma manera que hallamos disimilitudes entre las formas de guerra de los pueblos sin Estado tomando como criterio la normalización o la asiduidad de esta, ¿podríamos hacer lo mismo tomando como criterio el modo de subsistencia de estos pueblos, su relación con el medio y, sobre todo, su forma de asentamiento? En otras palabras, ¿hemos de categorizar por separado la guerra que practican los pueblos nómadas dedicados a la caza y recolección, la de los pastores (nómadas) o ganaderos (sedentarios) y la propia de agricultores?

Un criterio de diferenciación como el que presentamos es a la vez etnográfico (entre cazadores-recolectores, pastores y agricultores sedentarios) e histórico (entre el Paleolítico y el Neolítico). El criterio etnográfico, producto de la investigación de pueblos sin Estado actuales, se fundamenta en que la violencia colectiva en las comunidades de cazadores-recolectores sucede de manera más esporádica y tiene menor importancia social que la violencia en comunidades de pastores, ganaderos o agricultores. El criterio histórico a veces plantea si

56 Ver Cap. 3.3, II: Pierre Clastres (…)

57 DESCOLA, P. y IZARD, M. loc. cit.

58 KEELEY, L.H., op. cit., p. 32-36.

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podemos siquiera llamar ‘guerra’ a la violencia colectiva del Paleolítico, o si por el contrario esta violencia es una no-guerra, esto es, un fenómeno de naturaleza plenamente distinta a la guerra en el Neolítico, por su carácter a priori aislado y marginal.59

La menor incidencia de la guerra en la vida de los pueblos cazadores-recolectores respecto a ganaderos o agricultores (incluidos Estados primitivos) es tomada como evidente por la mayoría de los etnólogos y arqueólogos, algo que puede verse en la siguiente tabla confeccionada a partir del estudio de cincuenta sociedades diferentes:

Fig. 4. Frecuencia de la guerra según el tipo de economía.60

Los defensores de establecer una división clara entre la guerra tras la sedentarización y la violencia colectiva anterior a esta suelen esgrimir una serie de elementos diferenciadores, de los cuales tres consideramos de obligada mención. Primeramente, la sedentarización supuso una asunción por parte de la comunidad de un territorio limitado, del cual dependía para su producción económica; la territorialidad de los cazadores-recolectores del Paleolítico era mucho más laxa, ya que empleaban para la caza grandes territorios sobre los que apenas ejercían control real. Por esta gran transformación social neolítica se abrieron posibilidades de conflicto armado en torno a tierras ubérrimas, zonas de pesca idóneas, razias para robar las reservas alimenticias de los poblados… a la vez que se cerraban las posibilidades de evitar el choque violento marchándose a otro lugar menos frecuentado. En segundo lugar, el incremento de la densidad demográfica llevó a una potencial competición por la escasez de recursos, que en un contexto paleolítico no tendría a priori mucho fundamento, salvo en condiciones ecológicas o climáticas muy particulares. En tercer y último lugar, el aumento del tamaño de las comunidades, de las bandas cazadoras de unas decenas de miembros a los poblados neolíticos,

59 FERGUSON, R.B. “The Birth (…)”, p. 28-35.

60 Elaboración propia a partir de KEELEY, L.H. op. cit., p. 186. Las categorías que usa el autor han de interpretarse de la siguiente manera: “continuamente” hace referencia a una guerra al año como mínimo, “excepcionalmente” equivale a guerras dadas de manera muy anómala o a una ausencia total de guerra, y “frecuentemente” a una sucesión de guerra y paz de plazos mayores de un año. Ver KEELEY, L.H. op. cit., p. 32-33.

Referencias

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