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Derechos humanos y teoría crítica de la sociedad, o por qué deberíamos sentir vergüenza por la existencia de los derechos humanos

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Derechos humanos y teoría crítica de la sociedad, o por qué deberíamos sentir vergüenza por la existencia de los derechos humanos

“Sí alguien roba comida y después da la vida, ¿Qué hacer? ¿Hasta dónde debemos practicar las verdades?”.

Silvio Rodríguez

De los muchos presupuestos inválidos que rodean al concepto y a la teoría de los derechos humanos, uno de los más extendidos y significativos es la doble descripción según la cual se trata de elementos jurídico-políticos socialmente progresivos y moralmente positivos, pues cada uno de estos atributos repercute en la legitimación del otro y, de hecho, suelen implicarse de forma tácita y recíproca1 (Foucault, 1992). En este sentido, suele darse por sentado, erróneamente, que cualquier defensa de los derechos humanos determina unas prácticas sociales que mejoran las condiciones de vida de las poblaciones y las personas en las que estas prácticas se aplican.

La propia matriz histórica de los derechos humanos, que vienen a continuar y a profundizar los derechos civiles, políticos y procesales, defendidos y extendidos dentro y desde los estados burgueses a través de la modernidad, aparenta conllevar estos efectos beneficiosos de manera inherente, ya que aparecen en un momento en el cual la humanidad (específicamente la humanidad europea en la que aquellos derechos se habían desarrollado, esto es, en el contexto de las sociedades capitalistas), había alcanzado sus mayores cotas de autodestrucción aparente (Rabossi, 1997/98).

Digo aparente no porque no fuera real, sino porque, etnocentrismo mediante, no se consideró el constante proceso de destrucción de otras sociedades y culturas que se

1 Que algo que progresa es intrínsecamente bueno y que algo bueno necesariamente debe progresar

constituye la base ideológica de los circuitos ético-morales de la modernidad y el capitalismo, se aplica a todos los ámbitos de la vida que el poder social toma bajo su gestión.

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desarrolló durante siglos de expansión capitalista2. El ciclo de las guerras mundiales (con todos sus horrorosos aditamentos), al que se sumaron los problemas devenidos del proceso de descolonización, dejó tales heridas en la consciencia política de las sociedades más desarrolladas (en términos de productividad económica media) que la declaración universal de los derechos humanos (DUDH) intentó instituirse como un hito a partir del cual determinadas formas de violencia social quedarían excluidas de toda posibilidad de ser convalidadas políticamente. También la Organización de Naciones Unidas se presentó como un instrumento destinado a prevenir que los conflictos armados derivaran en un colapso civilizatorio, pues quiere, antes que ninguna otra cosa, “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles”3. Este contexto de mediados del siglo XX permite comprender muchas de las características de partida de los derechos humanos.

Por otra parte, la matriz ideológica de estos derechos proclamados “universales” (a pesar de que ni siquiera la noción mínima de “derecho” es universal) está signada por un fuerte positivismo social que preveía un aumento de la racionalidad tal que cualquier problema socio-político podría ser superado (Weber, 1992), ya fuera mediante una profundización de los valores de la modernidad –esto es, vinculados al capitalismo y sus relaciones de producción básicas como sistema económico predominante– o mediante su superación revolucionaria4. Así, esta matriz significante también impide, si no existe un pensamiento crítico que la analice, considerar la posibilidad de que los derechos humanos encierren algo más que una estrategia progresiva de positivación jurídica de valores “universales”, esto es, universalmente aceptable5

, que defendiera a individuos y

2 A todos los efectos prácticos, el socialismo de estado (el “segundo mundo”, después del capitalismo

desarrollado de los países centrales) resultó un apéndice más de la expansión hacia el “tercer mundo” de las sociedades basadas en la perpetuación de la extensión de la división del trabajo y el culto al aumento de la productividad.

3 Nunca destacaré bastante para mi gusto que esta idea de la relación entre la humanidad y la guerra

excluye prácticamente a la mayor parte de la humanidad: a buena parte de África, a la mayor parte de Asia, a Latinoamérica, es decir, que se preocupa de la humanidad comprendida en la mirada euro-centrista del capitalismo expansivo. En esa otra parte del mundo la “guerra mundial” continuó al menos hasta la década de 1980.

4 Las ciencias sociales, lógicamente, no escaparon, a partir de Saint Simón y Comte en adelante, de esta

tendencia ideológica general.

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Lo cual equivale prácticamente a decir que son auto-válidos y apodícticos, al igual que ocurre con un texto considerado sagrado (lo cual incluiría aquí a buena parte de las lecturas de Kant).

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colectivos de algo que no alcanza a definirse sino como sus propias tendencias agresivas, para utilizar la clásica imagen freudiana (Freud, 1966)6. En torno a la figura predominante del estado nacional, la ONU y la DUDH vendrían a establecer una última defensa, una línea Maginot de principios y garantías contra esas tendencias7.

No es mi intención aquí vaciar de contenido estas matrices, ni mostrar un panorama en el cual todas las presuntas condiciones progresivas de los derechos humanos y los instrumentos jurídico políticos que de ellos se nutren (y que en la práctica los sostienen) carezcan de significación y racionalidad, ni sean simplemente otra máscara del capitalismo. Es muy amplia y persistente la acción de organizaciones de todo tipo que mediante este instrumento han intentado, y en ocasiones logrado, el mejoramiento de las condiciones de vida de personas y poblaciones, a través de la acción directa o de la lucha por determinados cambios en las políticas públicas vinculadas con la realización de los derechos y sus contenidos materiales anexos. Sin embargo, una observación científica no debe detenerse en la inmediatez de determinados resultados y limitar a ellos la apreciación de un fenómeno de gran escala, ni mucho menos puede obviar u obliterar la observación de las prácticas que contradigan, siquiera potencialmente, las pretensiones de validez de un discurso político o jurídico cualquiera.

Porque la primera advertencia que debe hacerse en cuanto se considera a los derechos humanos es que se trata de “un” discurso de legitimación de valores y no de “él” discurso. En este sentido, la connotación del término discurso atenúa en gran medida el aspecto de verdad intrínseca que una mirada carente de crítica de los derechos humanos pueda sostener. Mucho se ha dicho ya acerca de los problemas que acarrea la aceptación de un discurso único y no se trata de una discusión que, a mi entender, merezca siquiera la pena, el discutir la existencia o no de una única verdad universal. A riesgo de ser excesivamente taxativo en el juicio de valor (lo cual es siempre deplorable en alguna medida), para la epistemología desarrollada en el campo científico durante los últimos

6 La imagen misma de la humanidad flagelada por la guerra, que aparece en el fragmento citado, hace

aparecer a la contienda bélica como una especie de fuerza natural o devenida de fuerzas inconscientes, y no como el resultado de las tensiones sociales de las sociedades humanas.

7 Aunque no es un hecho evidente, también la imposición del estado nacional y del sistema de derechos

para la defensa de los valores universales de la DUDH constituye un acto de imposición ideológica y política, que lastrará permanentemente a los derechos humanos, incluso cuando estos sean defendidos contra la acción estatal, porque su forma de acción sólo puede practicarse en referencia a las instituciones jurídicas y distributivo-represivas, de un estado nacional complejo.

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dos siglos no parece aceptable la noción de una única verdad (en este caso, la de los derechos humanos como herramienta de superación de los conflictos humanos a escala interpersonal y colectiva)8. Cierto es que desde un punto de vista político puede defenderse el discurso de los derechos humanos sosteniendo que nunca se ha profundizado suficientemente en su aplicación efectiva para que el mundo se beneficiara de su auténtica entrada en vigor o que, en última instancia, se trata de los mejores valores que tenemos a nuestra disposición para defender el bienestar, ni mucho menos la justicia, para sujetos y poblaciones concretas (aunque, aún así, ello no probaría que sean la mejor herramienta, ni que no oculten otras dimensiones). Sin embargo, que un proceso no se haya convertido en una constante universal o que no haya algo mejor para reemplazarlo en la práctica histórica no lo inhibe de ser objeto del pensamiento crítico y, de hecho, cuanto mayor sea su importancia relativa se hará más urgente su análisis crítico. Este es el elemento principal del presente artículo, pues consideraré aquí dos premisas: en primer lugar, que los derechos humanos constituyen un elemento relevante para el desarrollo de las sociedades contemporáneas y, en segundo lugar, que deben ser analizados utilizando las mejores herramientas teóricas y prácticas que la ciencia social pueda aportar, entre las cuales se habrá de contar a la denominada “teoría crítica” (Horkheimer, 2003).

Se trata simplemente de admitir, en primera instancia, la posibilidad de que existan dimensiones en el discurso y el decurso de los derechos humanos que no se adecuen a su objetivo general y declarado y que, incluso, lo contradigan. Por supuesto, esta admisión de partida conlleva una responsabilidad consecuente: poner a prueba esta conjetura (no hablemos todavía de hipótesis), lo cual obligará a construir los derechos humanos como objeto de estudio. Para ello existen muchas posibilidades, que darán lugar a diversas estrategias y, también, una pluralidad de definiciones del propio objeto. Una posibilidad es la de analizar los derechos humanos en el contexto social en el cual aparecen, se desarrollan, se articulan e imbrican con otros discursos y, finalmente, se

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Este campo comparte con los derechos humanos el contexto de desarrollo, lo cual sugiere que es todavía más importante atender a las similitudes y discrepancias que entre ambos puedan apreciarse, pues ambas serán significativas: “¿por qué el derecho actual no comparte las mismas reglas de validación que la ciencia actual?”, por ejemplo, es una pregunta interesante que la sociología dedicada al estudio de los campos ideológicos debe responder y para lo cual cuenta con herramientas importantes vinculadas al análisis del control social, el disciplinamiento, la ideología y el poder.

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aplican. En este aspecto serán las ciencias sociales las más indicadas para llevar adelante la crítica del discurso. Inmediatamente debo decir que entenderé aquí por “ciencias sociales” a aquellas prácticas de producción de conocimientos y discursos que en alguna medida utilicen las reglas de construcción de problemas y los métodos de investigación característicos de las ciencias positivas, pues de otra forma sería imposible distinguirlos de las diversas ramas de filosofía social, política o jurídica que tienen sus propias reglas internas de validación, en las cuales basan unas pretensiones de validez que por lo regular se distinguen claramente de los discursos científicos, ya que no suelen construir dentro de sus esquemas teóricos hipótesis que luego deban ponerse a prueba en términos empíricos (Habermas, 2000 y Popper, 1962)9.

En este sentido, un discurso elaborado sin sostenerse en una base que implique el contexto histórico efectivo, en unas vías de descripción empíricas y en una base teórica que oriente la construcción del problema, el objeto y los medios de la investigación, no debería ser considerado como este tipo particular de discursos que componen el universo de la ciencia social (Babbie, 2000).

Ahora bien, considerando la escala de observación temporal-espacial en la que se desenvuelven los derechos humanos, una parte considerable de los problemas sociales vinculados con ellos cabrá en el terreno del cual suele encargarse la teoría y la investigación sociológica, y ello supone la necesidad de considerar algunos elementos particulares.

Aunque todo esto parezca alejarnos de los problemas “reales” que acompañan por lo general a los defensores y activistas de los derechos humanos, me gustaría señalar que el papel práctico de la ciencia es, con toda probabilidad, la de contribuir a mejorar las prácticas humanas en general (como la química es útil para mejorar la farmacéutica o la física es útil para mejorar la producción de materiales, con independencia de la evaluación moral del resultado de estas mejoras), de tal manera que la reflexión sobre estos tópicos debería redundar en un mejoramiento último de las actividades de estos defensores de los derechos humanos, a menos que en sus prácticas predominen la hipocresía y el egoísmo de apariencia altruista, en cuyo caso nada de estas reflexiones

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teóricas sirve de utilidad10. Por mi parte al menos, situado en mi contexto y en mi espacio de formación ideológico-política, considero el ejercicio teórico e investigativo como una parte fundamental de la defensa de los intereses y el bienestar de la humanidad, y considero importante que para ello, y con estas herramientas, tengamos la voluntad y seamos capaces de poner a prueba a los propios derechos humanos, ya que de poco sirve seguir preocupándonos por los derechos si olvidamos a los humanos involucrados.

Para complicar aún más el panorama. Uno de los problemas que enfrenta cotidianamente la sociología es un aspecto de su práctica que es particularmente importante señalar en este caso. A diferencia de los objetos de otras ramas de la ciencia, toda persona involucrada en un proceso social debe poseer una determinada conciencia y una determinada forma de apreciar dicho proceso, pues de otra manera no será capaz de llevar adelante las relaciones y acciones sociales que reproduzcan el proceso y el aspecto parcial de la sociedad en él implicado11. Para simplificar esta cuestión podemos dar un ejemplo sencillo: toda persona puede vivir e interactuar socialmente, ser útil y eficiente en la reproducción social, sin ser consciente de la manera en que la bioquímica de su propio hígado funciona, ni siquiera es indispensable que sepa que su hígado existe. Sin embargo, para desarrollar su vida en sociedad hay muchos aspectos que debe conocer y con los que debe interactuar de manera consciente y, en alguna medida, racional, aun cuando el resultado de la acción colectiva no sea el esperado por cada actor participante12. De esta manera, toda interpretación sociológica, que mirará los procesos sociales desde otra perspectiva (o se engañará a sí misma al considerarse ciencia social), parecerá corregir o criticar las prácticas de los sujetos, al menos en la medida en que colisionará con esta auto-percepción de las prácticas sociales. Por esta razón la sociología, como decía Bourdieu, es siempre una ciencia que produce incomodidad, sea que el sociólogo de turno juzgue “buena” o “mala” las prácticas de los actores sociales, simplemente porque no dirá de ellas lo que los actores piensan de ellas,

10 He visto en la práctica suficiente de estas vanidades encubiertas como para saber que se trata de una

regularidad y no de casos aislados.

11 Este es, lógicamente, el espacio material y concreto, en el sentido de inmediato, de la alusión

ideológica, presente en todo acto significativo como son las series productivas de cualquier tipo y las acciones comunicativas.

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Lo cual constituye el centro del problema weberiano del carácter necesariamente racional de la acción social. V. Horkheimer, 1973.

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y a través de las cuales se representan a sí mismos. Por otra parte, esto no significa, de ninguna manera, que toda aproximación teoría o de investigación desde la sociología sea “crítica” de las prácticas sociales. Siempre será diferente, pero puede ser profundamente conservadora en su base ideológica.

La incomodidad que produce el discurso sociológico y su carácter crítico (o su carencia de él), en especial en el aspecto de la formación y aplicación del discurso teórico, son dos cuestiones articuladas pero diferenciadas. Es el peor de los mundos posibles para un discurso: será siempre incómodo y difícil de aceptar (en la medida en que encontrará resistencias en los actores involucrados o aludidos) y, al mismo tiempo, no siempre tendrá relación con una posible modificación, progresiva o no, de las prácticas sociales, de tal manera que siempre deberá legitimar el esfuerzo invertido en su producción y el contenido ideológico que de este esfuerzo resulta. Por ora parte, el pensamiento de sentido común, cargado generalmente de ideología conservadora, suele despreciar la reflexión sociológica como lo “evidente”, lo “ya sabido” e incluso algo “retorcido”, en el sentido de expresar de manera “difícil” lo que el propio sentido común parece decir en forma simple. Este es precisamente el tipo de resistencias que la ideología propone siempre a la ciencia social, incluso sin considerar que el propio científico social es siempre también un actor social y, por ello mismo, un actor ideológico.

De esta manera, es responsabilidad de los propios científicos sociales realizar una autocrítica previa a todo trabajo, relacionada precisamente con sus propios presupuestos y objetivaciones de lo social y de sus procesos. Es esta una segunda gran dificultad del pensamiento crítico en sociología, pues con frecuencia olvida, en su afán analítico, la necesaria vocación autocrítica que debe acompañar el planteamiento de sus problemas y la selección o construcción de sus objetos de estudio.

Sí hay algún aspecto de lo social en el cual este funcionamiento es especialmente importante será en aquél que más se aproxime a los valores básicos y universales contenidos en todo modo de comprender la vida social. Así, los derechos humanos constituyen para la ciencia social un problema principal y una oportunidad casi única para poner en práctica sus capacidades analíticas, pues los desafíos que enfrenta son siempre enormes: la resistencia externa, tanto de los actores criticados como la de los

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actores críticos y las propias condiciones ideológicas latentes en las teorías y discursos interpretativos de la realidad social.

Existe un elemento que facilita la cuestión, por otra parte. Este es que no resulta necesario mantener la pretensión de neutralidad valorativa: el rigor crítico y metodológico es el límite de “objetividad” que puede buscarse en este sentido, pues una crítica de los valores implica la admisión previa de la existencia de dichos valores. El diálogo de la ciencia social con los derechos humanos, si se realiza seriamente y no se dejan contenidos librados al sentido común, será siempre también el diálogo del científico social con sus propios valores.

En este contexto vendrá a jugar un papel principal una distinción desarrollada en la sociología hacia mediados del siglo XX (coincidiendo con la proclamación de la DUDH y la formación de la ONU). Esta es la separación conceptual entre la teoría tradicional y la teoría crítica de la sociedad (Horkheimer, 2003). Si bien se trata de una discusión filosófica y epistemológica de mayor calado y de fronteras más amplias de las que se delinean aquí, el punto que me interesa destacar ahora es precisamente el de la valoración previa que se hace del discurso teórico con el que se trabajarán los problemas sociológicos, ya que esta valoración dependerá de los resultados que se espera encontrar luego de la aplicación de una determinada teoría para la producción de conocimiento. No se trata de evaluar la separación entre teorías conservadoras o progresistas o entre pensamientos de derechas o de izquierdas políticas, sino de las expectativas contenidas en un determinado discurso de interpretación de la vida social. Tampoco se trata simplemente de la lógica interna del campo científico, en la cual una nueva teoría o un nuevo paradigma pujan por reemplazar a otros que presentan excesivos problemas o anomalías (ya que en las ciencias sociales la lógica es particular y los diversos paradigmas conviven habitualmente).

Se trata principalmente del resultado de la teoría aplicada a la interpretación de la vida social pero orientada a la configuración de la actividad sociopolítica, lo cual se verifica en las dos principales formas de comprender la articulación de las relaciones sociales: la organización y la estructura.

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Reinterpretando la reflexión de Horkheimer (2003) al respecto, la teoría social de carácter tradicional se ocupará de encontrar en la organización social aquellos elementos que atenten contra el funcionamiento de una sociedad considerado o supuesto normal, mientras que la teoría crítica atenderá más bien a las tensiones inherentes a su estructura, que habrán de determinar su mutación histórica. Soy (im)perfectamente consciente de que con esta aproximación me alejo de la propia descripción de la escuela de Frankfurt sobre esta cuestión. Pero para estudiar aquella la referencia bibliográfica es directa y clara, y no considero que su reproducción aquí (reinterpretada pobremente además) aporte nada útil, incluso sin considerar que ello demandaría una extensión excesiva para un artículo13.

Sí una regla debe seguir entonces un espacio discursivo con sentido crítico, esto es, una teoría crítica de la sociedad y del derecho, es la vocación por buscar aquellas tensiones y conflictos que derivarán en una mutación histórica de la sociedad. Esto será particularmente estimulante cuando se trate de valores universales, dado que la propia definición de universalidad atenta, al menos parcialmente, con el sentido histórico que necesariamente conlleva la perspectiva crítica. Porque la historicidad implica la tendencia a la obsolescencia, la caducidad, la versatilidad y la mutabilidad de las relaciones sociales y los vínculos humanos en general, así como de las construcciones ideológicas que pretendan gestionarlas, como es el caso de los derechos.

La teoría crítica, a diferencia de la tradicional, siempre encontrará en los derechos y en las prácticas jurídicas las grietas que le permitan reconocer las tendencias ideológicas conservadoras que encubren la conflictividad estructural de las relaciones sociales que intentan gestionar. En este sentido, irá más allá de una idea de regulación estática, más allá del mantenimiento de un orden, más allá de la admisión de una distinción entre prácticas normales o accidentales, legales o ilegales. El control social derivado de la aplicación del derecho, como así también de sus demás funciones clásicamente definidas tendrá para la teoría crítica una relación más amplia que la mera regulación de los conflictos ocasionales, porque deberá atender también a la perpetuación de los conflictos estructurales que persistan en la sociedad.

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Es esta una tradición analítica que, en mi opinión, debe conservarse, aunque indudablemente introduce un amplio margen de incertidumbre. En este sentido, mucho más cómoda es la teoría tradicional, que establece regularidades evidentes y permite hacer evidentes e inmediatas también las fronteras entre lo bueno y lo malo. El discurso habitual de los derechos humanos será siempre también más compatible con la teoría social tradicional, porque en el contexto de ésta su universalidad puede no ser puesta en duda, mientras que la teoría crítica siempre debería preguntarse hasta que punto o en que sentido esta pretensión de validez universal se imbrica con discursos socialmente conservadores y defensores de un estado de diferencias sociales que, por una parte, pueden ser moralmente debatibles y, por otra parte, no son indefinidamente sustentables.

Incluso para la teoría crítica que (como es la que utilizo en mi caso) contemple elementos en los derechos humanos que trascienden las limitaciones del derecho convencional, hay mucho de aquellos para mantener en la mira de la crítica. Como ocurre con la idea y la práctica predominante en la vida jurídica, la teoría tradicional puede permitirse trabajar en un determinado orden social, perfectible pero estable. Será un discurso incómodo, pero tolerable. Por el contrario, la teoría crítica conlleva la necesidad de enfrentar a los actores con la incomodidad, pero también con la caducidad de sus prácticas.

La teoría crítica orientada a los derechos humanos debe plantearse, junto con el bien que pueden hacer, el mal que contribuyen a sostener, indicando, además, que no existe ningún discurso mejor en este sentido.

¿Por qué ocurre esto? La explicación que puedo dar aquí es sociológica y estructural y, dado el espacio disponible, tampoco se describirá como algo más que una conjetura. El mantenimiento de los sistemas jurídico-políticos representa para cualquier sociedad compleja un gasto considerable de trabajo humano y energía suplementaria. Sí se verifica que una sociedad mantiene un extenso sistema jurídico ello implica que el gasto en él es necesario, por lo cual se deduce la existencia de una amplia gama de conflictos estructurales más o menos intensos. De esta manera, por muy perfecto que sea el sistema legal, su mera existencia indica la presencia de una alta conflictividad, pues de otro modo su creación y desarrollo no hubiera sido necesario. En este sentido, en vez de

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estar orgullosos por la existencia de los derechos humanos, la mera conciencia de su necesidad debería hacernos sentir vergüenza por la situación de la conciencia colectiva de la humanidad que estos derechos deberían encarnar.

Bibliografía

Babbie, Earl, Fundamentos de la investigación social, Thomson, México, 2000. Trad. J. F. Dávila Martínez

Foucault, Michel, Genealogía del Racismo, La Piqueta, Madrid, 1992. Freud, Sigmund, El Malestar de la Cultura, Aguado, Madrid, 1966.

Habermas, Jürgen, Facticidad y validez. Ed. Trotta. Valladolid. 2000. Trad. M. Jiménez Redondo.

Held, David, Introduction to critical theory. Horkheimer to Habermas, Polity press, Oxford, 1990.

Horkheimer, Max, Crítica de la razón instrumental, Sur, Bs. As. 1973. Trad. H. A. Murena y V. J. Vogelmann

Horkheimer, Max, Teoría crítica (ensayos), Amorrurtu eds., Bs. As. –Madrid. Reimp. 2003. Trad. E. Albizu y C. Luis.

Jay, Martín, La imaginación dialéctica. Una historia de la escuela de Frankfurt, Taurus, Madrid, 1974. Tr. J. C. Curutchet.

Popper, Karl R., La lógica de la investigación científica, Tecnos, Col. Estructura y función, Nº8, Madrid, 1962. Trad. V. Sánchez De Zavala.

Rabossi, Eduardo, Las generaciones de derechos humanos: la teoría y el cliché. Dossier: protección internacional de los derechos humanos. En rev. Lecciones y Ensayos. Nº 69– 71 (1997 / 98).

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