Appiah Kwame Anthony – Mi Cosmopolitismo

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Texto completo

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dixit

KWAME

ANTHONY

APPIAH

Mi cosmopolitismo

+ "L as culturas sólo

importan

si Ies importan a las personas"

(entrevista de Dai

*' tmper

Sachsej

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© Katz Editores Charlone 216

C1427BXF - Buenos Aires Fernán González, 59 Bajo A 2 8 009 Madrid

www.katzeditores.com

(¡3 Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona Montalegre, S

08001 Barcelona

www.cccb.org

© Kwarae Anthony Appiah, 2 0 0 8 © Traducción: Lilia Mosconi © Entrevista: Daniel Gamper Sachse

ISBN Argentina: 978-987-1283-79-8 ISBN España: 978-84-96859-37-1 Depósito legal: B-35.721-2008 Diseño de colección: tholon kunst

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índice

9 M i cosm opolitism o

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Mi cosmopolitismo*

M i madre nació en el oeste de Inglaterra, al pie de las colinas Costwold, en el seno de una fam i­ lia que podía trazar su árbol genealógico en un radio de ochenta kilóm etros remontándose hasta principios del período norm ando, casi un m ilenio atrás. M i padre nació en la capital de la región ashanti de Ghana, en una ciudad donde sus ancestros ya se habían establecido antes de los inicios del reino Asante, a principios del siglo x v in . De m odo que cuando estas dos personas nacidas en lugares tan distantes se casaron en la década de 1950, en Inglaterra, m uchas personas les advirtieron que un m atri­ m onio m ixto sería difícil de sobrellevar. Y mis

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padres pensaban lo mism o. La cuestión es que mi padre era metodista y m i m adre era anglica­ na. Y eso sí era un desafío. Después de todo, com o gustan de señalar los anglicanos, John W esley -e l padre fundador del m etodism o- hablaba de “ nuestro orgullo de no formar, ni ahora ni en el futuro, una secta aparte, sino por principio perm anecer lo que hemos sido siem ­ pre: auténticos m iem bros de la Iglesia de Inglaterra”. Wesley tam bién dijo, aun con m ayor deliberación: “ Si los metodistas abandonan la Iglesia de Inglaterra, me temo que Dios abando­ nará a los m etodistas”.

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a la Iglesia de Cristo y que el resto no era más que una sarta de detalles indiferentes. Por m u­ cho que se hablara del desafío que representaba un casamiento m ixto, las cosas parecían ser bastante distintas, al m enos en Ghana.

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Junto a su cabecera, además de la Biblia, estaban las obras de Cicerón y de M arco Aurelio, ambos seguidores del tipo de estoicismo que ocupaba un lugar central en la vida intelectual y m oral de la élite rom ana del siglo i, cuando el cristia­ nism o comenzaba a propagarse por el m undo helénico y el im perio de Oriente. En el testa­ mento espiritual que dejó a sus hijos, mi padre nos instó a recordar siem pre que éramos “ciuda­ danos del m undo” : utilizó exactamente estas palabras, que M arco Aurelio habría reconocido y con las cuales habría estado de acuerdo. Después de todo, M arco Aurelio escribió:

Qué cercano es el parentesco entre un hom bre y toda la raza hum ana, ya que no se trata de una com unidad determ inada por un poco de sangre o de simiente, sino por el espíritu.

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nuestro mundo. Por otra parte, su propio n om ­ bre llega a nosotros desde el Occidente clásico. En efecto, el origen etim ológico del término es griego, aunque el hom bre que lo acuñó p ro­ venía, al igual que tantas de las tradiciones occidentales, del Asia Menor. Si bien seguiré la huella de sus raíces occidentales, podemos estar seguros de que este ideal, o algo que se le asem eja mucho, se inventó de manera indepen­ diente en otros continentes y en otras épocas, punto al que me propongo retornar al final de esta exposición.

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gran barril de arcilla, y hacía lo que mi niñera inglesa habría llam ado “ sus necesidades” en público. También hacía en público lo que Hugh Hefner habría llam ado sus necesidades. En pocas palabras, era una especie de artista de performance del siglo iv a.C. Y es de presum ir

que lo llamaban “cínico” - kynicos es la form a adjetiva de “perro” en g rie go - porque vivía com o un perro: los cínicos no son sino los filósofos perrunos. ¡No es extraño, entonces, que a Diógenes lo echaran de Sínope sin ningún miram iento!

Para bien o para mal, no obstante, Diógenes también es la prim era persona de quien se sabe, com o ya he señalado, que dijo ser un “ciudada­ no del m undo”. Claro está que se trata de una metáfora, porque los ciudadanos form an parte de un Estado, y no había un Estado mundial -kosm opolis- al que Diógenes pudiera pertene­ cer. Así, al igual que quienquiera que adopte esta metáfora, Diógenes debió aclarar qué quería decir con ella.

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bregaba por un gobierno m undial ejercido por Alejandro de M acedonia. Cuenta la leyenda que Alejandro se encontró con Diógenes un día soleado. En esa ocasión, el filósofo no estaba en su barril de arcilla sino en un agujero del suelo. El m acedonio conquistador del m undo, quien por haber sido discípulo de Aristóteles había aprendido a respetar a los filósofos, le preguntó si había algo que pudiera hacer por él. “ Claro -respon dió D iógenes-, puedes apartarte del sol.” Es obvio que Diógenes no era adm irador de Alejandro, ni apoyaba -p o d em o s supon er- su proyecto de dom inar el m undo. (Esto debió m olestar a Alejandro, de quien se cree que dijo: “ Si no hubiera sido Alejandro, me habría gusta­ do ser Diógenes” )

Y he aquí la prim era noción que me propongo tom ar de Diógenes a la hora de interpretar la metáfora de la ciudadanía global: que no haya un gobierno m undial, ni siquiera ejercido por un discípulo de Aristóteles. Lo que Diógenes quería decir es que podem os considerarnos conciudadanos, incluso si no som os - y no querem os ser- m iem bros de una com unidad m undial única, sometidos a un gobierno único.

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con la ciudadanía global hace veinticuatro siglos: i) que no necesitam os un gobierno m un ­ dial único, pero 2) debem os preocuparnos por la suerte de todos los seres hum anos, tanto los de nuestra sociedad com o los de las otras, y 3) que tenemos m ucho que ganar de las conversa­ ciones que atraviesan las diferencias.

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del cristianism o... a pesar de que M arco Aurelio se abocó enérgicamente a ejecutar cristianos por considerarlos una amenaza para la repú­ blica romana.

Los ecos de esos estoicos resuenan en el len­ guaje del grecoparlante Saúl de Tarso (otra población del Asia Menor, situada en la actual Turquía m eridional). Saúl era un rom ano hele- n izado que pasó a la historia com o san Pablo, el primer gran arquitecto institucional de la Iglesia cristiana. En su carta a los gálatas escribió estas célebres palabras:

ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hom bre libre; varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús {El libro del pueblo de Dios, Carta a los Gálatas 3:28).

Pablo llevó a cabo gran parte de su labor evan- gelizadora en el Asia M enor, su lugar de naci­ miento. Y uno de los datos históricos que más me fascinan es el hecho de que Sínope, la ciudad natal de Diógenes, estuviera en Galacia.

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Cuando la idea del cosm opolitism o fue reto­ m ada por la Ilustración europea, su esencia era la m ism a: interés global por la hum anidad sin el deseo de que existiera un gobierno mundial. Entonces, el cosm opolitism o m oderno creció con el nacionalism o, no com o alternativa sino com o complemento.

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para todos los demás. Com o consecuencia, a diferencia de m uchos alemanes de su tiempo, creía en la autodeterm inación política de todos los pueblos eu rop eos... En realidad, de todos los pueblos del mundo. También encontramos el cosm opolitism o en el plan de Im m anuel Kant para lograr la paz perpetua, verdadero origen de la idea de la Liga de Naciones, precursora de las Naciones Unidas.

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m os convivir con los dem ás en respetuosa paz, necesitaremos entendernos mutuam ente, inclu­ so si no estamos de acuerdo.

La globalización ha dado a esta antigua idea una relevancia que en verdad estaba ausente en tiem pos de Diógenes o de M arco Aurelio. En efecto, hay dos condiciones obvias sin las cuales no puede concretarse la ciudadanía: el saber sobre la vida de los otros ciudadanos, por una parte, y el poder de influir en ellos, por otra. Y Diógenes no sabía nada de la m ayoría de la gente - n o sabía de los habitantes de China ni del Japón, de Am érica del Sur, del África ecuato­ rial; ni siquiera de Europa occidental y septen­ trio n al- y tam poco era probable que sus

acciones produjeran algún im pacto en la vida de esas personas (al menos hasta donde él sabía). La cuestión es que no resulta posible im buir de significado real la idea de que som os ciudadanos del m undo si no podem os influirnos m utua­ mente ni sabemos nada unos de otros.

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en el que cada uno de nosotros está en condicio­ nes de im aginar sensatamente la posibilidad de ponerse en contacto con cualquiera de los otros siete m il millones de seres hum anos y enviarle algo que valga la pena tener: una radio, un antibiótico, una buena idea. Desafortunadam ente, tam bién podem os enviar, tanto por negligencia com o por malicia, cosas que hacen daño: un virus, un contaminante ambiental, una mala idea. Y las posibilidades de beneficiar y de perjudicar se m ultiplican más allá de toda m edida cuando se trata de políticas que los gobiernos im plem entan en nuestro nombre. Juntos podem os arruinar a los agricul­ tores pobres si atiborram os sus mercados de nuestros granos subsidiados, paralizar indus­ trias mediante la im posición de tarifas leoninas y enviar armas que matarán a miles de millares. Juntos podemos elevar los niveles de vida m e­ diante la adopción de nuevas políticas com er­ ciales y asistenciales, prevenir o tratar

enfermedades con vacunas y medicamentos, tom ar medidas contra el cam bio climático global y alentar la resistencia a la tiranía y el interés por el valor de toda vida humana.

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teléfo-nos, internet- no sólo im plica la posibilidad de influir en la vida de los habitantes de todas partes, sino tam bién la de aprender sobre la vida que se desarrolla en cualquier lugar. Cada perso­ na de cuya existencia tenem os conocim iento y en cuya vida podem os influir es alguien con quien tenemos responsabilidades: hacer esta aserción no es sino ratificar la propia idea de m oralidad. El desafío, entonces, consiste en tom ar mentes y corazones que a lo largo de m ilenios se form aron insertos en com unidades locales y equiparlos con ideas e instituciones que nos perm itan vivir juntos com o la tribu global en que hemos devenido.

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* 1 1 1 <• <11 « i s i i K i p n l i t . i valora la diversidad cultural

l>ui lo 111n* t• si«i hace posible para la gente. En »'l K iia/on del cosm opolitism o m oderno está el respeto por la diversidad de la cultura, no p or­ que las culturas sean im portantes en sí mismas, sino porque las personas son importantes y la cultura les im porta.

Com o consecuencia, allí donde la cultura perjudique a las personas - a los hombres, a las mujeres y a los n iñ os-, el cosm opolita no tiene por qué tolerarla. No tenemos por qué tratar el genocidio o la violación de los derechos hum a­ nos como un aspecto más de la pintoresca diver­ sidad de la especie o com o una preferencia local que casualmente tienen algunos totalitarios.

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tam bién ayudar a otros a que vivan de acuerdo con ella?

Una de las razones para no proceder de esta m anera es que los cosm opolitas, por herencia de nuestros antepasados griegos, adm itim os la falibilidad del conocim iento hum ano. El cosm o­ politism o parte de la doctrina filosófica del falibilism o: el reconocim iento de que podemos equivocarnos, aun cuando hayam os considera­ do la prueba con el m ayor de los cuidados y hayam os aplicado nuestras m ás altas capacida­ des mentales. Un falibilista sabe que no está exento de cometer errores en su apreciación de las cosas. Se form a opiniones y las toma en serio, pero siempre tiene en cuenta la posibili­ dad de que a fin de cuentas no esté en lo cierto. Para decirlo con m ayor sencillez: si estoy equi­ vocado con respecto a algo, quizá pueda apren­ der de los demás, incluso si ellos se equivocan con respecto a otra cosa.

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seres hum anos vivan según norm as en las que creen, incluso si esas norm as son erróneas. Tal com o lo expresó John Stuart M ili en Sobre la libertad hace aproxim adam ente un siglo y medio:

Si una persona posee una cuota razonable de sentido com ún y de experiencia, la m ejor m anera de disponer de su existencia es la suya propia, no porque sea la m ejor en sí misma, sino porque es su propia m anera.1

0 sea que lo m ejor es que los individuos vivan según ideales en los que ellos m ism os creen. Si obligo a un hom bre a hacer algo que yo considero correcto y él no - o im pido que una m ujer haga lo que yo considero incorrecto y ella n o - no m ejoro su vida, incluso si lo que considero correcto o incorrecto es realmente cor­ recto o incorrecto. Huelga decir que si la acción incorrecta de alguien dañará a otras personas, quizá deba im pedir que su im pulsor la ponga en práctica de todos m odos, porque el interés universal que subyace al cosm opolitism o

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im plica que a mí me im porta el bienestar de toda vida hum ana. Pero si la persona en cues­ tión es sensata y la acción incorrecta que se propone llevar a cabo sólo afecta a su propio destino, el m odo correcto de expresar mi preocupación no consiste en im pedir su proce­ der, sino en tratar de convencerla de que está equivocada.

Aun así, puesto que el cosm opolitism o es falibilista, la conversación cosm opolita que atraviesa fronteras culturales, políticas, sociales, económ icas y religiosas no apunta a la conver­ sión absoluta: su propósito es aprender además de enseñar, y escuchar además de hablar. Incluso cuando intento persuadir a alguien de que lo que considera correcto es incorrecto, también escucho argum entos según los cuales lo que yo creo incorrecto es correcto.

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novelas, las películas y las noticias que aparecen en los diarios, la radio y la televisión. De hecho, mi prim era propuesta enteramente concreta y práctica -práctica, al menos, para quienes viven en una ciudad cosm opolita como B arcelona- es hacer lo que la gente de todo el m undo ya hace con el cine estadounidense: ver al m enos una película con subtítulos al mes.

Quizá todo esto parezca completamente exento de controversia, incluso banal, pero es induda­ ble que los enem igos del cosm opolitism o andan por todas partes. Dije ya que el cosm opo­ litismo es universalidad más diferencia, y ello significa que los cosm opolitas se enfrentan con dos clases de enemigos: los que niegan la legiti­ m idad de la universalidad y los que niegan la legitim idad de la diferencia. Los prim eros suelen rechazar la exigencia de universalidad en nom bre de la nación:

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escribió una vez un com entarista canadiense. “ La idea puede parecer em otiva, pero no es algo por lo que uno estaría dispuesto a declarar la guerra.” 2 Sin em bargo, esta posición da por sentado que el interés universal nos exige arries­ gar constantemente la vida por extraños de todo el mundo, de la mism a manera en que -supone el nacionalista- estamos dispuestos a arriesgar la vida por nuestros conciudadanos. Tal objeción malentiende el m ensaje del cosm opolitism o, pues los cosm opolitas reconocen que la nación propia im pone más exigencias que la com uni­ dad hum ana, de la m ism a m anera en que la fam ilia im pone más exigencias que la nación. Decir que todos los seres hum anos son im p or­ tantes no equivale a negar que algunas personas nos im porten más que otras. Algunos cristianos estadounidenses envían dinero a sus correligio­ narios que sufren en el sur de Sudán; a través de p e n Internacional, m uchos escritores hacen campañas por la libertad de otros escritores encarcelados en diversas partes del m undo; las mujeres suecas trabajan por los derechos hum a­ nos de las mujeres sudasiáticas; los indios del

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zas más serias para la convivencia cosm opolita del presente, pues -debem os aceptarlo- creen en la universalidad de su fe: nada los haría más felices que la conversión de toda la humanidad. Tal com o señala el académ ico francés Oliver R oy en su excelente análisis de este fenómeno, El islam mundializado:

Claro está que el Islam es universal por defini­ ción; sin embargo, una vez pasada la época del profeta y sus acom pañantes (los Salaf), ha estado siempre presente en determinadas culturas. Esas culturas parecen ahora un mero producto de la historia y el resultado de n u ­ merosas influencias e idiosincrasias. Para los fundam entalistas (y tam bién para algunos liberales), no hay nada de que enorgullecerse en esas culturas porque allí se ha alterado el mensaje prístino del islam. La globalización es una buena oportunidad para disociar el islam de cualquier cultura dada y proporcionar un m odelo que pueda funcionar más allá de cualquier cultura.3

3 Olivier Roy, Globalized Islam: The search fo r a N ew Ummah,

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Entonces, ¿cómo deberíam os, en principio, distinguir entre las form as benignas y las form as malignas del universalismo?

Podríam os utilizar la tolerancia como pará­ metro. Sin embargo, hay una gran cantidad de cosas que los héroes del islam radical están dispuestos a tolerar. No les im porta si com em os kebab o albóndigas o pollo kung pao, siempre y cuando la carne sea halal; el hijab puede ser de seda, de lino o de viscosa. Por otra parte, la tolerancia cosm opolita tiene sus límites. A veces querremos intervenir en otros lugares porque lo que ocurre allí viola rotundamente nuestros principios fundamentales. También podem os ver el error moral. Y cuando éste alcanza sufi­ ciente gravedad - e l genocidio es el caso más exento de controversia- no nos quedam os en la conversación, porque la tolerancia no im plica que nada sea ¿«tolerable.

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la verdad de que cada ser hum ano tiene obligaciones con respecto a todos los demás. Todos som os im portantes: ésa es la idea central que delimita con nitidez el alcance de nuestra tolerancia.

Para decir qué distingue en principio al cos­ m opolita del contra-cosm opolita, sin duda necesitamos trascender el discurso de la toleran­ cia y la verdad. Uno de los com prom isos más distintivos del cosm opolitism o es el que se adquiere con el pluralismo. Los cosmopolitas pensam os que existen m uchos valores según los cuales merece la pena vivir y que no es posible vivir de acuerdo con todos ellos. Com o conse­ cuencia, abrigam os la esperanza y la expectativa de que diversas personas y sociedades plasmen valores diferentes. (Con la condición de que se trate de valores dignos.) Y, claro está, nuestro falibilism o im plica que, a diferencia del funda-

mentalism o, aceptemos que nuestro saber es im perfecto y provisorio, y está sujeto a revisión a la luz de nueva evidencia.

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que hay una sola m anera correcta de vivir para todos los seres hum anos, y que toda diferencia debe reducirse a los detalles. Si nos preocupa la hom ogeneidad global, deberíamos temer esta utopía, y no al m undo que en la actualidad produce el capitalismo. Aun así, los universalis­ mos en nom bre de la religión distan de ser los únicos que invierten el credo cosmopolita. En nom bre de la hum anidad universal podem os ser el tipo de marxista que, al igual que Pol Pot, se propone erradicar toda religión, con la m ism a facilidad con que podem os ser el gran inquisidor que supervisa un auto de fe. Todos estos hombres quieren a la hum anidad entera de su lado para que ésta pueda com partir su visión. “ En verdad, soy un consejero fiable para ustedes”, dijo O sam a bin Laden en un “ mensaje al pueblo estadounidense” que emitió en 2002:

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Únanse a nosotros, dice el contra-cosm opolita, y todos seremos herm anas y hermanos. Pero todos los contra-cosm opolitas se proponen pisotear nuestras diferencias -pisotearnos hasta la muerte, si es necesario- si no nos unim os a ellos. Su lema bien podría ser aquel sardónico dicho alemán:

Und willst du nicht mein Bruder sein, So schlag’ ich D ir den Schádel ein.

Y si no quieres ser mi hermano, a golpes te parto el cráneo.

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otra manera. Los cosm opolitas creemos que podem os aprender algo incluso de aquellos con quienes no estamos de acuerdo. Creemos que todos tienen derecho a vivir su propia vida.

En algunos de los pronunciam ientos emitidos por los yihadíes radicales encontramos que es precisamente esa conversación entre diferencias lo que ha de evitarse. Un buen ejemplo es este mensaje del Dr. Zawahirí, socio de Osama bin Laden desde hace m ucho tiempo, que fue traducido de una grabación emitida el 11 de febrero de 2005 y difundido en internet por sus admiradores:

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cho a gobernar; esto es obvio y no presenta dudas [...].

Y así es, que si usted no es creyente, enton­ ces, lógicamente, es inútil debatir con usted los detalles de Sus leyes.

N o cabe duda de que, en este caso, el tem or a la conversación está im pulsado por la inquietud de que los intercambios con personas de ideas diferentes lleven a los creyentes por el mal cam ino. N o hay curiosidad respecto de quien “ no es creyente” : quienes no creemos en Alá no som os sino la encarnación del error.

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en diálogo con el m undo no m usulm án. El pensamiento de estos m usulm anes es absoluta­ mente diverso, pero todos ellos ponen

a prueba - y con un conocim iento m ucho m ayor del corpus m usulm án más antiguo que al-Zaw ahirí- las concepciones fundamentalistas de la sharia.4 Ahm ed al-Tayeb, presidente de Al-Azhar, la universidad m usulm ana m ás anti­ gua (en realidad, la universidad más antigua), invitó al arzobispo de Canterbury a hablar desde su púlpito. Y dijo:

Dios creó pueblos diversos. Si hubiera querido crear una sola um m a, lo habría hecho, pero eligió hacerlas diferentes hasta el día de la resurrección. Todo m usulm án debe com pren­ der a fondo este principio. Las relaciones basadas en el conflicto son infructuosas.5

4 Sobre Sayyid A hm ad Khan, véase el ensayo de Javed Majeed en Islam and modernity: M uslim intellectual respond,

Londres, I. B. Tauris, 2000; sobre Taha, véase el ensayo de M oham ed M ahm oud; hay referencias a M uham m ad ‘Abduh en todo el libro. Y véase Tariq R am adan, Western Muslims and thefuture o f Islam, Nueva York, Oxford University Press, 2003; Khaled A bou El Fadl, The place o f tolerance in Islam, Boston, Beacon Press, 2002.

5 Véase la entrevista realizada p o r Al Malky en Egypt Today,

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M ientras estos pensadores crean que hay cosas por debatir, el silogism o de al-Zaw ahirí decreta­ rá que “ no son creyentes”.

En m i opinión, no tiene sentido que quienes no som os m usulm anes determ inem os cuál es el islam de verdad y cuál es el falso; de la mism a m anera que no corresponde a al-Zawahirí juzgar si, por ejemplo, la contracepción o la pena capital son coherentes con el cristianis­ mo. Corresponde a quienes quieren navegar bajo las banderas del cristianism o o del islam determ inar (y explicar, si así lo desean) qué significan sus estandartes. Esa lucha es de ellos. Pero entre quienes se autodenom inan musul­ manes hay exponentes más tolerantes y ha habido tiempos de m ayor tolerancia. Podemos observar el hecho histórico de las sociedades que se autodenom inaban musulmanas y practi­ caban la tolerancia (incluida, en el período más temprano, la propia sociedad del Profeta). Así, resulta alentador, al m enos para un cosm opoli­ ta, oír tantas voces m usulm anas que defienden la tolerancia basándose en las tradiciones inter­ pretativas del islam.

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de estas tradiciones mundiales acarrea versiones extremadamente anticosm opolitas, del m ism o m odo en que ocurre con el m arxism o, la gran ideología secular m oderna. Pero todas ellas han existido en form as cosmopolitas: falibilistas, pluralistas, com prom etidas con la conversación que atraviesa las diferencias y con el reconoci­ m iento de la responsabilidad última que tienen los individuos con su propia vida.

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"Las culturas sólo importan

si les importan a las personas"

(entrevista de Daniel G am per Sachse)*

A pesar de que Kwame Anthony Appiah (1954) es un reconocido filósofo académico, y de que son num erosas sus obras en ese ámbito, también se ha preocupado por la divulgación de sus investigaciones. Este em peño divulgativo queda ejem plificado por Cosmopolitismo. La ética en un mundo de extraños (Katz, 2007), un libro en el que sin caer en la ortodoxia bienpensante de la socialdem ocracia el autor intenta dibujar los rasgos norm ativos del pensam iento cosm opolita a partir de una com prensión cabal de la diversi­ dad, el respeto m utuo y la libertad para todos. Con este libro, Appiah se aplica a sí m ism o lo que predica, a saber, que los intelectuales (ya sea en su sentido clásico y político com o intelectua­

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les com prom etidos, o en un sentido más difu- m inado que los ve com o académicos o como gente de letras con ciertas obligaciones sociales) son los que deben identificar qué políticas cos­ m opolitas pueden ser aplicadas por las institu­ ciones existentes, qué ideas concretas pueden ser desplegadas para favorecer la cosm opolitización de las costumbres. En obras más académicas com o La ética de la identidad (Katz, 2007), Appiah constata la irreductible com plejidad de la vida m oral para reflexionar sobre las posibili­ dades de acom odar la diversidad desde princi­ pios liberales. Para hacer frente a la diversidad social no sirven recetas prefijadas ni modelos fijos, sino atender a los casos concretos sin perder de vista la im portancia de la identidad para los individuos. Sólo un liberalism o con sensibilidad com unitarista y al m ism o tiempo alejado de esencialismos identitarios puede ofrecer propuestas de arreglos institucionales adecuados a la com pleja realidad del m undo globalizado. En esto consiste, a grandes rasgos, el proyecto filosófico de este filósofo nacido en Londres, educado a caballo entre África y Europa, y afincado en N ueva Jersey.

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Center for Human Valúes de Princeton University.

Daniel Gamper [DG]: Una de las ideas propias

del cosm opolitism o es que nuestras obligacio­ nes se extienden más allá de las personas que nos rodean. Com o usted m ism o escribe,1 en eso consiste la m oralidad m ism a. ¿Se halla esta idea en otras tradiciones, además de la cristiana u occidental?

Kwame Anthony Appiah [KA]: Pienso que

la conversación entre culturas diversas debería iniciarse con el m enor núm ero posible de pre­ supuestos. No creo que una precondición de la conversación cosm opolita sea que todos los que deseen participar tengan que aceptar algún postulado teórico sobre cualquier asunto. Sólo se les debe presuponer la disposición a participar en la conversación. Si m e pregunta si pienso que existen exigencias m orales

univer-i “Cada una de las personas que conocem os y en quuniver-ienes podem os influir es alguien ante quien tenem os

responsabilidades: decir esto n o es m ás que afirm ar la idea de m oralidad propiam ente dicha”, Kwame A nthony Appiah,

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de los juicios particulares vinculados con una configuración particular de actos, juicios que están cerca de ser universales. Es cierto que estos juicios se articulan m ediante vocabularios dife­ rentes, pero éstos pueden ajustarse mutuamente. Es cierto que no podem os esperar alcanzar un acuerdo sobre todas las cosas, pues ni siquiera lo conseguimos con nuestros compañeros de trabajo, por ejemplo, de m odo que tampoco debe sorprendernos que no podam os alcanzar un acuerdo entre los miles de millones de habi­ tantes de la Tierra. Sin embargo, si reunimos todos estos rasgos comunes, creo que tenemos buenas razones para esperar que lograremos alcanzar un acuerdo sobre muchas cosas. Cuando menos, el grado de acuerdo que nos perm ita seguir com partiendo el planeta y resol­ ver nuestros problemas.

DG: En el contexto global actual se suele

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existe, sino que añade que la diversidad es buena. Esto puede resultar problem ático. ¿Qué tiene de bueno la diversidad? ¿Acaso no es bue­ no que en ocasiones las com unidades se cierren para m antener cierta hom ogeneidad y fuerza interior?

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a la diversidad se oponen también a la libertad. Las presiones sobre la diversidad son signos de falta de libertad. Que en un determinado terri­ torio existan veinte o treinta lenguas no es ni bueno ni malo. Lo que debe preocuparnos es que una lengua desaparezca porque la gente que la habla está siendo maltratada. La gente debe tener derecho a seguir hablando o no una lengua. No se trata de que la gente mantenga el m undo diverso para que yo me complazca en observarlo. Tam poco creo en el principio de que cuantas más especies haya mejor, pero si veo que en un territorio las especies desparecen porque están siendo elim inadas, podría decir que me preocupa la biodiversidad, pero no porque valoro la diversidad de especies, sino porque se atenta contra el libre desarrollo de algunas especies.

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decide lo que merece respeto?, ¿cómo lo decide?, ¿cuáles son los límites de lo tolerable?

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sociopsicológico según el cual es más fácil com ­ partir espacio social con personas con las que se conversa aun cuando haya un desacuerdo con ellas. En parte, porque la conversación nos recordará que estamos de acuerdo sobre muchas cosas aunque no necesariamente sobre las más importantes, y en parte porque aunque no es verdad que com prenderlo todo es perdonarlo todo, es más fácil reaccionar ante una persona que hace cosas que uno considera que están mal si se entienden sus m otivos, si estos m otivos no resultan completamente ininteligibles. Y, en parte, también porque este tipo de conversación es en sí m ism a un reconocimiento de la hum a­ nidad de la otra persona. Recordando, eso sí, que en algunos casos habrá que evitar el contac­ to con las personas cuyas opiniones llevadas a la práctica resultan intolerables. Los amish, por ejemplo, suelen castigar dejando de hablar con la persona castigada, hasta que se reform a o hasta que la com unidad así lo decide.

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tir pacíficamente. Sostiene usted que en las conversaciones hay que evitar discutir sobre la base de nuestras creencias y hacerlo, en cambio, sobre las razones que tenem os para apoyar los principios de justicia según los cuales regulamos nuestra coexistencia. Sorprende que en este contexto no cite a Rorty.

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tienen una contrapartida práctica. Puede suce­ der que el cosm opolitism o parezca pragmático, porque defiendo una práctica que debe estar tan libre de presupuestos com o sea posible, pero eso no significa que no crea que valga la pena tener opiniones discrepantes que pueden enconar la discusión, sino que dada nuestra situación en térm inos de diálogo transcultural y a través de las identidades, no es productivo insistir en los fundam entos que cada uno aporta. Quiero distinguir m uy claramente entre m i “doctrina com prehensiva”, com o la llam a Rawls, y las aportaciones que hago en las conversaciones con otras personas, aportaciones que serán las que servirán de algo en la conversación. Esto suena a pragmático y en cierta m edida lo es en relación con el proyecto de la conversación, pero no requiere abstinencia metafísica de m i parte, com o lo dem uestra que tam bién haya trabajado, por ejem plo en mi segundo libro For truth in semantics,2 sobre estas cuestiones metafísicas. Pienso que la verdad es una noción im prescin­ dible para entender cóm o funciona el lenguaje. R orty creía que eso era un error. Sin embargo,

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me parece correcta su crítica al lenguaje como reflejo de la realidad en Philosophy and the mirror o f nature.3 Otro aspecto de su pensam ien­ to que considero discutible es su insistencia en seguir hablando de un “ nosotros” occidental. Creo que ese nosotros occidental no existe, que no es posible identificar un nosotros trans­ versal a todos los contextos de lo que llam am os Occidente y que, por tanto, no tiene sentido hablar de él. También creo que su equiparación entre filosofía y poesía tiene algo de arbitrario.

DG: Dice que considera im portante mantener

un concepto de realidad. ¿A qué atribuye el desprestigio del realism o metafísico?

KA: M uchos filósofos han deseado abandonar

el realismo metafísico. Creo que una de las razones por la que se socava el realismo meta- físico es porque creen que si se socava la con­ fianza de la gente en una realidad independiente en el ámbito de la ciencia, esto permite, por contraste, elevar el estatus y la realidad de lo

3 Richard Rorty, Philosophy and the mirror o f nature,

Princeton, Princeton University Press, 1979 [trad. esp.:

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supongo que habría dicho que no. Sin embargo, en su obra, o en la de H ilary Putnam , también opera esta motivación.

DG: Pero Putnam , con todo, mantiene un concepto fuerte de verdad.

K A : Cierto, pero tam bién sigue esta corriente de m ejorar el aspecto de la m oralidad en tanto que desmejora el de la ciencia vinculándola a con­ textos sociales. Creo que hay razones suficientes para mantener cierto realismo en nuestro dis­ curso norm ativo. N o es necesario reducir el realismo en otros ám bitos para alcanzar algo de realismo en las discusiones m orales. Ésta es una de las cuestiones filosóficas más importantes del m om ento y yo me encuentro en la parte más anticuada, la de los realistas, pues no creo que sea necesario abandonar la idea de una realidad independiente.

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K A : Es cierto. Si M ili hubiera sido consistente sería m ucho m enos interesante. Se intenta, una vez tras otra, hacer lecturas utilitaristas de Sobre la libertad, lo que me parece una de las mayores pérdidas de tiempo posibles. El genio del libro reside en que apela a ideas m orales que no son sistemáticas pero que sin em bargo son m uy poderosas y elegantes. Si hubiera sido dem asia­ do utilitarista no habría logrado un libro así, pues habría tenido que responder cuestiones propias del utilitarismo. Puede ser que gran parte de esto se deba a que lo escribiera con su amante, pero, en cualquier caso, el hecho de que no sea un libro utilitarista es lo que lo convierte en un gran libro.

DG: En el capítulo cuarto de su libro La ética de la identidad usted contrapone la diversidad y la autonom ía y concluye, en cierto m odo, que la autonom ía es el principio que nos puede indicar el límite de la diversidad perm isible. Esto es, son admisibles las sectas o las com unidades en las que los individuos disfrutan de un cierto m ar­ gen de autonomía. ¿Lo interpretaría así?

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Creo que la vida m oral es com pleja de m odo irreductible y, por tanto, no pienso que la única cosa que tenemos que considerar cuando pensa­ m os en qué form as de diversidad debemos tolerar o celebrar sea la autonom ía. Pero en la esfera política, en la del Estado, gran parte de las respuestas correctas provienen de m irar las cosas desde el punto de vista de la autono­ m ía. Cuanto más político sea el análisis, cuanto más concreto, más difícil es responder a las preguntas prácticas. Pongamos por caso que estamos en la posición del gobierno canadiense y que tenemos población inuit en el norte, en un territorio autónom o, y que en estas comunidades algunos m iem bros son tratados de m odos que no se hallan en consonancia con los derechos reconocidos en la Constitución canadiense. Es difícil saber cuáles deben ser las medidas correctas. En la práctica puedo apoyar políticas difíciles de describir en térm i­ nos filosóficos. Son cuestiones de la política real en las que tom ar decisiones es extrem ada­ mente complejo.

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africanas, de profesiones, de filósofos, novelistas, etc. Si se hace en térm inos de etiquetas es porque con m ucha frecuencia la discusión sobre la adscripción im plica que no hay ninguna res­ puesta independiente a la pregunta sobre si alguien es realmente un X. Es im posible tom ar partido en esta discusión desde el exterior, de m anera objetiva. Por ejem plo, ¿es Barack O bam a afroamericano? M uchos dicen que sí, y m uchos dicen que no. N o existe un hecho más allá que nos perm ita responder a la pregunta.

DG: También podríam os preguntarle a él, ¿no?

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entendiendo lo que sucede, pues la “judeidad” es una de las identidades más discutidas en la actualidad y los límites de lo que significa ser jud ío también. Sin duda, se puede adoptar una línea dura dentro del debate, pero com o obser­ vadores tenemos que lim itarnos a señalar los elementos del debate. Lo m ism o se puede decir de la orientación sexual. Por ejem plo, los acti­ vistas gay quieren que los hom osexuales se com porten de determinadas maneras, otros dicen que no son gay sino queer. De lo que se trata aquí es de las discusiones sociales a partir de las que se crean las identidades. Un realista diría que tiene que haber una respuesta directa y clara a esta cuestión, pero de esta m anera no capta el m odo en que operan las identidades.

DG: H ay cierto eclecticismo en su pensamiento,

si observam os que por una parte se inclina por el realismo y por otra parte, cuando se trata de la identidad, por el nom inalism o.

KA: Sí, esto es importante. El asunto en cuestión

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DG: En el debate entre liberales y comunitaris-

tas, ¿dónde se sitúa usted? ¿Son útiles aún estas etiquetas?

KA: Sí, son útiles, pero m i proyecto durante

los últimos quince años ha consistido en m antener el liberalism o acom odándolo a ideas comunitaristas. M e siento profundamente com prom etido con el individualism o moral, creo que a fin de cuentas lo que im porta es lo que le im porta a cada persona, pero las com uni­ dades en las que viven y las identidades que los constituyen son tan centrales para su bienestar que estamos obligados a preocuparnos por ellas para tom ar en consideración a los individuos. Si uno se rem onta a los debates pensando en estos térm inos, resulta difícil decidir en qué bando hay que colocar a algunos pensadores. ¿Dónde situar a Charles Taylor, por ejemplo? Se supone que es un com unitarista, pero no está claro.

DG: El caso de Kym licka tam bién es difícil. KA: Creo que los instintos teóricos de Kym licka

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a construir defensas liberales e individualistas de reivindicaciones com unitaristas. Me parece que lo que básicamente está haciendo, a una escala mayor, se parece a m i proyecto. A saber, m ostrar que la tradición liberal dispone de recursos m uy poderosos para tratar los pro­ blem as que los com unitaristas decían que no podían ser tratados por los liberales.

M e resulta indiferente cóm o llam am os al resul­ tado de todo esto, en este caso no me im portan las etiquetas. M ili es un autor tradicionalm ente liberal, pero pienso que a partir de su pensa­ m iento se pueden reconocer m uchos de los problem as señalados por los com unitaristas, de m odo que éstos pueden articularse dentro del m arco del liberalism o clásico. M i propia com prensión del asunto es que las form ulacio­ nes del liberalismo que son inconsistentes con cualquier exigencia com unitarista no cons­ tituyen la m ejor parte de la tradición liberal, que puede reconocer estas exigencias porque la identidad social y las culturas son im portan­ tes para las personas.

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y dice que el respeto igual no im plica necesaria­ mente respetar las creencias de todos, pero sí que habría que intentar evitar las ofensas por m otivos religiosos. ¿Cóm o es eso posible?, ¿no da esto una excusa a los religiosos para conside­ rarse ofendidos?, ¿quién debe acomodarse: las instituciones o los ciudadanos religiosos?, ¿hay que equilibrar la acomodación?

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perm iso de conducir. En el caso de que haya alguien que por m otivos religiosos se niegue a esta obligación, dem ostrarem os que lo estamos tratando con respeto si le decim os: “ entendemos que requerirle que se fotografíe sin el velo atenta contra algo en lo que usted cree, y entendemos que esto le im pone a usted una carga, e intenta­ rem os encontrar maneras para que la carga no sea tan pesada para usted”. Por ejemplo, si no son m uchos aquellos que se ven afectados por esta m edida, podem os tal vez concederles algu­ nas ventajas fiscales m ínim as.

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judicados, es más probable que acepten las decisiones institucionales. Hay un aspecto político-psicológico general, que, además, habla en favor de las prácticas dem ocráticas, y es que si las personas sienten que el proceso por el que se consigue un resultado es justo, lo aceptarán aunque vaya en contra de sus intereses. Si las personas sienten que han estado implicadas en el proceso de decisión, tienden a estar más inclinadas a aceptar los resultados.

DG: ¿En qué m edida es im portante para su m odo de pensam iento el acercamiento contex- tual a los problemas filosóficos?

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correcto pero el resultado práctico es que una pareja recién casada esté obligada a separarse, entonces está mal. Si lo que se desea, como es mi caso, es introducir a los no filósofos en la filosofía, el m odo en que la gente entiende estos asuntos es a través de los casos reales. Uno diría que así no se los introduce en los principios o en los valores, pero no es así, pues si de lo que se trata es de explicitar lo que requieren estos valores, entonces hay que presentarles casos concretos. En m i libro más reciente, Experiments in ethics,4 sostengo que la form a de filosofía m oral analítica que se ha desarrollado intentando generar princi­ pios generales a partir de casos particulares produce un tipo de m oralidad que no ayuda en m odo alguno a que la gente viva sus vidas. No se puede vivir la vida siguiendo los princi­ pios de Francés Kam m . Lo que escribe esta filósofa no tiene nada que ver con la vida m oral, pues ella no tiene ninguna intención de ayudar­ nos en nuestra vida concreta, sino que sólo pretende describir la realidad moral. Creo

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