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A. Caballos-J. M. Serrano - Sumer y Akkad

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HISTORIA

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HISTORIA

■^MVNDO

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ntïgvo

Esta historia, obra de un equipo de cuarenta profesores de va­ rias universidades españolas, pretende ofrecer el último estado de las investigaciones y, a la vez, ser accesible a lectores de di­ versos niveles culturales. Una cuidada selección de textos de au­ tores antiguos, mapas, ilustraciones, cuadros cronológicos y orientaciones bibliográficas hacen que cada libro se presente con un doble valor, de modo que puede funcionar como un capítulo del conjunto más amplio en el que está inserto o bien como una monografía. Cada texto ha sido redactado por el especialista del tema, lo que asegura la calidad científica del proyecto.

O R I E N T E

1. A. Caballos-J. M. Serrano,

Sumer y A kkad.

2. J. Urruela, Egipto: Epoca Ti-

nita e Im perio Antiguo.

3. C. G. Wagner, Babilonia. 4. J . Urruelaj Egipto durante el

Im perio Medio.

5. P. Sáez, Los hititas.

6. F. Presedo, Egipto durante el

Im perio Nuevo.

7. J. Alvar, Los Pueblos d el Mar

y otros movimientos de pueblos a fin es d el I I milenio.

8. C. G. Wagner, Asiría y su

imperio.

9. C. G. Wagner, Los fenicios. 10. J. M. Blázquez, Los hebreos. 11. F. Presedo, Egipto: Tercer Pe­

ríodo Interm edio y Epoca Sai-ta.

12. F. Presedo, J . M. Serrano, La

religión egipcia.

13. J. Alvar, Los persas. G R E C I A

14. J. C. Bermejo, El mundo del

Egeo en el I I milenio.

15. A. Lozano, L a E dad Oscura. 16. J . C. Bermejo, El mito griego

y sus interpretaciones.

17. A. Lozano, L a colonización

griega.

18. J. J . Sayas, Las ciudades de J o -

nia y el Peloponeso en el perío­ do arcaico.

19. R. López Melero, El estado es­

partano hasta la época clásica.

20. R. López Melero, L a fo rm a ­

ción de la dem ocracia atenien­ se , I. El estado aristocrático.

21. R. López Melero, L a fo rm a ­

ción de la democracia atenien­ se, II. D e Solón a Clístenes.

22. D. Plácido, Cultura y religión

en la Grecia arcaica.

23. M. Picazo, Griegos y persas en

el Egeo.

24. D. Plácido, L a Pente conte da.

25. J. Fernández Nieto, L a guerra

del Peloponeso.

26. J. Fernández Nieto, Grecia en

la prim era m itad del s. IV.

27. D. Plácido, L a civilización

griega en la época clásica.

28. J. Fernández Nieto, V. Alon­ so, Las condidones de las polis

en el s. IV y su reflejo en los pensadores griegos.

29. J . Fernández Nieto, El mun­

do griego y Filipo de Mace­ donia.

30. M. A. Rabanal, A lejandro

Magno y sus sucesores.

31. A. Lozano, Las monarquías

helenísticas. I : El Egipto de los Lágidas.

32. A. Lozano, Las monarquías

helenísticas. I I : Los Seleúcidas.

33. A. Lozano, Asia Menor h e­

lenística.

34. M. A. Rabanal, Las m onar­

quías helenísticas. I I I : Grecia y

Macedonia.

35. A. Piñero, L a civilizadón h e­

lenística. R O M A 36. J. Martínez-Pinna, El pueblo etrusco. 37. J. Martínez-Pinna, L a Roma primitiva. 38. S. Montero, J. Martínez-Pin­ na, E l dualismo patricio-ple­

beyo.

39. S. Montero, J . Martínez-Pin-na, L a conquista de Italia y la

igualdad de los órdenes.

40. G. Fatás, El período de las pri­

meras guerras púnicas.

41. F. Marco, L a expansión de

Rom a p or el Mediterráneo. De fines de la segunda guerra Pú­

nica a los Gracos.

42. J . F. Rodríguez Neila, Los

Gracos y el com ienzo de las guerras aviles.

43. M.a L. Sánchez León, Revuel­

tas de esclavos en la crisis de la República.

44. C. González Román, La R e­

pública Tardía: cesarianos y pompeyanos.

45. J. M. Roldán, Institudones p o ­

líticas de la República romana.

46. S. Montero, L a religión rom a­

na antigua.

47. J . Mangas, Augusto. 48. J . Mangas, F. J. Lomas, Los

Julio-C laudios y la crisis del 68.

49. F. J . Lomas, Los Flavios. 50. G. Chic, L a dinastía de los

Antoninos.

51. U. Espinosa, Los Severos. 52. J . Fernández Ubiña, El Im pe­

rio Rom ano bajo la anarquía militar.

53. J . Muñiz Coello, Las finanzas

públicas del estado romano du­ rante el Alto Imperio.

54. J . M. Blázquez, Agricultura y

m inería rom anas durante el Alto Imperio.

55. J . M. Blázquez, Artesanado y

comercio durante el Alto Im ­ perio.

56. J. Mangas-R. Cid, El paganis­

mo durante el Alto Im peño.

57. J. M. Santero, F. Gaseó, El

cristianismo primitivo.

58. G. Bravo, Diocleciano y las re­

form as administrativas del Im ­ perio.

59. F. Bajo, Constantino y sus su­

cesores. L a conversión d el Im ­ perio.

60. R . Sanz, El paganismo tardío

y Juliano el Apóstata.

61. R. Teja, L a época de los Va­

lentiniano s y de Teodosio.

62. D. Pérez Sánchez, Evoludón

del Im perio Rom ano de Orien­ te hasta Justiniano.

63. G. Bravo, El colonato bajoim -

perial.

64. G. Bravo, Revueltas internas y

penetraciones bárbaras en el Imperio.

65. A. Giménez de Garnica, L a

desintegración del Im perio Ro­ mano de O cddente.

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HISTORIA

l

MVNDO

ANT

i

GVO

(4)

Director de la obra: Julio Mangas Manjarrés

(Catedrático de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid)

Diseño y maqueta: Pedro Arjona

«No está permitida la

reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del Copyright.»

© E d ic io n e s A k a l, S . A ., 1 9 8 8 Los B e rro c a le s del Jaram a Apdo. 4 0 0 - T orrejón de Ardoz M adrid - España Tels.: 6 5 6 56 1 1 - 6 5 6 49 11 D e p ó sito legal: M. 3 7 .7 6 3 -1 9 8 8 ISBN: 8 4 -7 6 0 0 -2 7 4 -2 (O bra c o m p le ta ) ISBN: 8 4 -7 6 0 0 -3 3 7 -4 (Tom o I) Im preso en G REFO L, S. A. Pol. II - La F ue n sa n ta M ó s to le s (M adrid) P inted in Spain

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Sumer

y

Akkad

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Indice

Págs.

I. Los condicionantes geográficos (A. Caballos Rufino) ... 7

1. El P róxim o O r ie n te ... 7

2. M esopotam ia ... 7

3. O rígenes e interpretación del nom bre «M esopotam ia» ... 8

4. Los ríos Tigris y Eufrates ... 10

5. C aracterísticas clim áticas ... 11

6. Las grandes u n idades fisiográficas de la Baja M esopotam ia ... 12

6.1. El estuario ... 12

6.2. La zona de m arism as ... 14

6.3. El delta ... 14

6.4. La llan u ra fluvial ... 14

6.5. Las m esetas desérticas y las terrazas fluviales ... 14

7. Evolución del proceso de los a s e n ta m ie n to s ... 14

Π. La época predinástica (A. Caballos Rufino) ... 16

1. Los inicios de la civilización en el Próxim o O riente ... 16

2. La evolución histórica de la Baja M esopotam ia d u ra n te la época pred inástica ... 18

2.1. La cultura de El-O beid ... 19

2.2. La época de U ruk ... 22

2.3. La etapa de D je m d e t-N a s r... 23

3. La revolución u r b a n a ... 24

4. Las actividades de intercam bio y la difusión de la civilización sum eria .. 27

5. El origen de la e s c ritu r a ... 28

III. El protodinástico en Mesopotamia (A. Caballos R u fin o )... 31

1. In tro ducción ... 31

2. F uentes y periodificación ... 32

3. Los períodos P rotodinástico I y I I ... 32

(7)

IV. Akkad (2330-2150 a.C .) (J.M . Serrano Delgado) ... 39

1. S a r g ó n ... 39

2. La dinastía acadia ... 42

3. Valoración del Im perio de A k k a d ... 44

4. La organización del estado a c a d i o ... 46

5. La aportación cultural de A kkad ... 48

V. El período intermedio de los guti

y

la IIIa dinastía de U r (2100-2000 a.C.) (J.M . Serrano) ... 50

1. El período interm edio de los guti ... 50

2. La revitalización del sur m esopotam io: Lagash ... 50

3. La III.8 d in astía de U r (2100-2000 a.C. aproxim adam en te) ... 52

3.1. La expulsion de los guti ... 52

3.2. U r-N am m u: los orígenes de la III.8 dinastía de U r ... 53

3.3. La dinastía de U r III ... 55

3.4. La organización estatal de U r I I I ... 59

3.5. La vida económ ica en U r III ... 66

3.6. La cultura sum eria en la época de U r I I I ... 68

(8)

Sum er y Akkad

I. Los condicionantes geográficos

7

1. El Próximo Oriente

El desarrollo de las culturas sum eria y acadia y de todas las que se sucedie­ ron en M esopotam ia es inco m p ren si­ ble sin un p ro fundo conocim iento de los condicionantes del m edio físico en el que estos pueblos se asentaron.

R esulta ineludible, y en este caso m ás que en n ingún otro, p artir del análisis de la n aturaleza del terreno para conocer en qué m edida la p re­ sión del m edio intervino en la estruc­ tura, actividad, com posición y com ­ portam iento de los prim itivos asen ta­ m ientos h u m an o s y en su evolución hacia form as de organización consi­ deradas com o superiores.

El Próxim o O riente, com o u n id ad histórica, es el m arco donde surgie­ ron y se desarro llaro n las prim eras altas cultu ras de la h u m an id ad . Se halla lim itado p o r N ubia, A rabia y el G olfo Pérsico al sur, el M ar Negro y el C áucaso al norte, al este, la meseta irania y, por últim o, el M ar M edite­ rráneo y el desierto líbico, que for­ m an su frontera occidental. Sin em ­ bargo, estos am p lio s territo rio s no constituyen u na u n id ad geográfica e incluso se distribuyen en dos con ti­ nentes diferentes. Son cinco las regio­ nes que, a m odo de unid ad es am b ien ­ tales y con u n a fuerte personalidad, podem os diferenciar claram ente: Irán

al este, M esopotam ia al sureste, Siria y C a n a á n en las costas orientales del M editerráneo, Asia M en or al noroes­ te form ando la Península A natólica y, p or últim o, Egipto.

2. Mesopotamia

A pesar de su difícil in dividualiza­ ción geográfica, M esopotam ia es una de las regiones que m ás destaca de entre las citadas. T radicionalm ente se define con este nom bre a la región que com prende la m ayor parte de las cuencas fluviales de los ríos Tigris y Eufrates, y que constituye el núcleo central de la extensísim a zona que, por su form a, ha recibido el nom bre de «C reciente Fértil».

Si Egipto, citan d o com o ejem plo otra de las regiones próxim o-orienta- les m ás típicas, tiene un as fronteras naturales bien m arcadas, que lo defi­ nen geográficam ente y lo im pulsan a la unidad, M esopotam ia a este res­ pecto es n oto riam en te diferente. Se trata de u na región sin límites n atu ra­ les b ien definidos, ya que únicam ente el desierto arábigo al sur constituye u na frontera clara. Al este y norte se en cu en tran el Elam , los m ontes Z a­ gros y A rm enia, no tan hostiles e in ­ franqueables com o los desiertos que rodean Egipto; la frontera p o r el oeste la form a u n a región de estepas más

(9)

8

A ka i Historia d e l M undo A ntiguo

que de verdaderos desiertos, p o r d o n ­ de nunca se perdieron los contactos con Siria y, a través de ella, con Pales­ tina y la cuenca del M editerráneo.

La prim era resultante de estas fron­ teras tan poco definidas es la falta de inclinación a la unidad y la existen­ cia de aspectos regionales m uy acusa­ dos, presentando M esopotam ia una gran perm eabilidad y u na escasa re­ sistencia a la penetración de culturas alóctonas.

Frente a esta falta de hom ogenei­ dad geográfica, la historia, que h unde sus raíces en el glorioso pasado sum e­ rjo, es la que nos perm ite entender a M esopotamia como una unidad, defi­ nida a lo largo de los tiempos com o foco de irradiación cultural y polo de atracción de todo el Próxim o O riente asiático.

3. Orígenes e

interpretación del

nombre «Mesopotamia»

Aunque genéricamente se use el nom ­ bre M esopotamia, considerando su sentido etimológico, para definir el área, entre los ríos Tigris y Eufrates, y sea éste el sentido que, para evitar confusiones, aquí utilicemos, sin em ­ bargo resulta muy ilustrador hacer un análisis de la significación originaria y extensión del término.

La primera referencia conocida del nombre concreto de M esopotam ia se encuentra en la «Anábasis de A lejan­ dro» (VII, vii, 3) de Arriano, que vivió en el siglo II d.C., aunque este autor expresamente indica que se basó en obras muy anteriores, de la época del mismo Alejandro Magno. En el texto se dice que este nom bre geográfico fue dado por los propios habitantes para designar la parte de Siria situa­ da entre los ríos Tigris y Eufrates.

Esta interpretación del nombre, vi­ gente ya al menos desde la época he­ lenística no es, sin embargo, la origi­ naria. El profesor J.J. Finkelstein, de

• Kanesh c? Qr • Karatepe •T a rsu s Karkenísh U^arit Charran • Ebla MAR MEDITERRANEO Byblos · ? Ft· Eufrates DJEBEL BISHRI »Arward • Kadesh Qr • Megiddo Jericó ·

(10)

Sum er y Akkad Γ Lago Van • Tell Halaf /Λ? o *·· • Tepe Gawra • Tell-Brak ®Nín¡ve -p p m * Kalach ?eo ^ ° Tell Hassuna ÿ * J a rm o ^5· Asur © ç·' Ekallatum ®Nuzi

• Terqa SUBARU * GUTIUM

DJEBEL-HAMRIN <&■

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• Anat #S am arra

• Tell Asmar (ESHNUNNA)

T , . *T e ll Agrab • Tutul Φ Kafadji • Rapiqum LULUBI S ip p a r · ψ *A k s h a k Uqair / • Djemdet-Nasr >Dêr • Kish Babilonia * λ ^N Iddut ^5S * ls in 0 e Nlppur . . Susa i Adab S huruppak© *U m m a «Lagash «U ruk

Hajji Muhammas · eLarsa

El-Obeid · • Ur • Eridu AWAN MAR CASPIO ELAM R. U'a' GOLFO PERSICO

(11)

10 AkaI Historia d e l M undo Antiguo

la U niversidad de C alifornia en Ber­ keley, concluye que los nom bres para «M esopotam ia» en las lenguas an ti­ guas, tales com o el aram eo Nahara-

yim y sus variantes, y los más an ti­

guos Blrltim y sim ilares, se asocian con un río —el E ufrates— y no con los dos. Los nom bres antiguos consi­ derados equivalentes al de Mesopota­

m ia, en su sentido original y estricto,

se refieren precisam ente al territorio rodeado p o r tres lados p o r la gran curva del Eufrates al norte del p arale­ lo 35°, sin h acer m ención a ningún otro río. En los térm inos (mât) blrltim y blñt narim tenem os el equivalente acadio p ara «península», o m ás con­ cretam en te p a ra desig n ar u n a «pe­ nínsula ñuvial».

C om o prueba de lo an terio r las ciu­ dades de las que explícitam ente se decía que estaban incluidas en esta región eran las m ás occidentales, y sólo con el paso del tiem po el térm ino M esopotam ia se fue extendiendo p ro­ gresivam ente h acia el O riente, englo­ b an d o finalm ente el área del Tigris en la concepción popular, tal com o lo observam os en fuentes sirias. Así tam ­ bién fue usado p ara describir sola­ m ente la parte norte de las tierras b a­ jas entre los dos ríos, m ientras que la parte sur se llam ó Babilonia. Plinio fue el p rim er autor conocido que ex­ tendió sus lím ites hasta el G olfo Pér­ sico, haciéndolo el equivalente ap ro­ xim ado del actual Irak y, por tanto, confiriéndole el sentido al que se re­ fieren los m odernos historiadores.

La disp arid ad entre el norte y el sur del área que conocem os com o M eso­ potam ia, y que ha q uedado patente a través del análisis del nom bre, ya era claram ente sentida p o r sus antiguos habitantes, y se justificaba por las di­ ferentes características del m edio físi­ co, que co n d icio n ab an en estos m o­ m entos de u n a m an era determ inante las pautas de condu cta de sus h a b i­ tantes. Si hem os de establecer una frontera entre am bas regiones la de­ beríam os situar ap roxim adam ente en

u n a línea que iría de S am arra ju n to al Tigris a la localidad de Tutul en el Eúfrates, pues en esa zona concluye la lla n u ra fluvial. E sta lla n u ra de in u n d ació n que se extiende al sur es­ tá com puesta p o r u na com binación de z o n a s lla n a s y á reas rib e re ñ a s afectadas p or las inu n d acio n es p erió­ dicas, ju n to con los terraplenes n a tu ­ rales del río, m uy bien definidos. H a ­ cia el norte la m eseta caliza que co ns­ tituye el desierto de Al-Yazira («la isla», n atu ralm en te fluvial, com o vi­ mos m ás arrib a) separa las cuencas de am bos ríos. M ientras que en esa zona el Tigris, p o r sus m uchos afluen­ tes orientales, da lugar a u n a fértil lla­ n u ra elevada d en o m in ad a en época su m ero -aca d ia S ub aru, la po sterio r Asiría, el E ufrates se encallejona en un estrecho valle form and o el país de Amurru.

4

.

Los ríos Tigris

y Eufrates

La presencia de los dos ríos Tigris y Eufrates, que nacen en la meseta de A rm enia, realizan un recorrido p a ra ­ lelo en dirección N O -SE y desem bo­ can en el G olfo Pérsico, es un o de los pocos rasgos geográficos que caracte­ rizan a la to talid ad de M esopotam ia. El río Tigris, el m ás oriental, es el de m ayor caudal de los dos, situ án ­ d o s e en u n o s v a lo re s m e d io s de

1.240 m 3/Sg., com o resultado de p o ­ seer u n a extensísim a cuenca y de re­ cibir num erosos afluentes a lo largo de todo su recorrido. P or su parte el E úfrates tiene u n a cuenca fluvial más reducida, recibiendo sus aguas de las altiplanicies del Asia M enor. Su ca u ­ dal m edio es tam b ién m ucho m enor —unos 710 m 3/Sg.—, tanto p o r la ele­ vada evaporación, com o p o r la falta de afluentes en su curso m edio y bajo, no recibiendo m ás aportes a p artir de S iria q u e los p ro c e d e n te s d el río K habur.

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S um er y Akkad 11 un carácter irregular e im predecible,

inseguridad que tuvo que reflejarse sin lugar a dudas en los m odos de c o m p o rta m ien to de sus hab itan tes, co n trastan d o con los del país del N i­ lo, acostum brados al régim en inalte­ rable de su río. D u ran te los meses de M ayo y Junio coinciden la m áxim a pluviosidad prim averal de las tierras de A natolia con las aguas p roceden ­ tes de la fundición de las nieves de A rm enia, y es en esa época cuando pueden tener lugar im portantes in u n ­ daciones en el valle.

Este peligro se u ne a otro, m enos aparatoso pero no m enos grave, pues­ to que fue precisam ente el que llevó a la desertización de am plias zonas de M esopotam ia d an d o lugar al paisaje actual. N os estam os refiriendo a las sales del subsuelo y llevadas en sus­ pensión p or los ríos, que afloran y se depositan con la evaporación, tran s­ form ando los cam pos, otrora fértiles, en agrícolam ente im productivos.

U no de los m ayores problem as que plantea el análisis de la paleogeogra­ fía de M esopotam ia es el estudio de la desem bocadura de los dos ríos, T i­ gris y Eufrates.

Según los propios textos sum erios se consideraba a la ciudad de Eridú la más antigua del m undo, afirm á n ­ dose explícitam ente que se en c o n tra­ ba a la orilla del m ar; p o r otra parte, a Ur, ciudad situada m uy próxim a y al norte de la anterior, arrib ab an barcos dedicados al com ercio m arítim o. C o ­ m o am bas ciudades, bien identifica­ das, se en cu en tran a unos 150 Kms. de la línea de costa actual, la deduc­ ción lógica y generalm ente adm itida fue sup o n er que el estuario de los dos ríos se ad e n trab a m ucho más al inte­ rior del continente en época sum eria, estando u n a gran parte de la actual llan u ra aluvial bajo el m ar, y desa­ g uando los dos ríos p o r bocas dife­ rentes.

Sin em bargo, y en contra de este lu­ gar com ún, los geólogos Falcon y Lees d em o straro n in d u b ita b le m e n te que

la línea de costa en la época sum eria h abía sido aprox im ad am en te sim ilar a la actual. C o m p ro b aro n que el p ro ­ ceso de deposición aluvional en la costa era con trarrestad o p or u n a co­ rrespondiente y opuesta subsidencia continen tal de la corteza del área del estuario de los dos ríos, lo que ha m antenido una situación de práctico equilibrio.

Seton Lloyd aporta un dato que ob­ via la ap aren te co n trad icció n entre esta teoría y las afirm aciones de los textos antiguos: entre los restos de las ofrendas que se hicieron en la ciudad de Eridú al dios Enki se h an detecta­ do espinas de u n a especie de percas que sólo p u eden vivir en las aguas sa­ lobres de los estuarios m arinos. Se puede deducir de ello que en época sum eria E ridú h ab ía estado conecta­ da con el estuario a través de u na se­ rie de canales que u n irían el paisaje lacustre de las desem bocaduras flu­ viales y que, de la m ism a m an era tam bién la ciud ad de U r hab ría esta­ do en contacto con u n antiguo curso del m ism o Eufrates.

5. Características

climáticas

A ctualm ente la clim atología del área que an alizam o s se caracteriza p o r la existencia de dos estaciones bien m ar­ cadas, con breves etapas de tran si­ ción entre u na y otra: Por u n a parte el invierno, entre los meses de diciem ­ bre a m arzo, que se caracteriza tanto p o r ser relativam ente m uy frío si lo com param os con el caluroso verano, lo que es resultado del d esp lazam ien­ to hacia el sur del anticiclón conti­ nental siberiano, com o p or u n a m e­ dia de p lu v io sid a d en to rn o a los 120 1/m2, h u m ed ad que se observa so­ bre todo en las áreas del norte p o r la llegada de m asas de aire húm edo p ro ­ cedentes del M editerráneo. El verano dura de m ayo a octubre y se caracteri­ za p o r ser u n a estación seca y muy

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12 A ka l Historia del M undo Antiguo

calurosa, con periódicas oleadas de fortísim o ca lo r favorecidas p o r los vientos desecantes, que son resultado de la intensa insolación.

Tom ando en consideración todo el área del C reciente Fértil d u ra n te pe­ ríodos am plios de tiem po, y excep­ tuando las transform aciones resulta­ do de la acción antrópica, esta situa­ ción clim ática que hem os descrito se h ab ría m an ten id o a grandes rasgos prácticam ente casi invariable. Excep­ tu a n d o las n o rm ale s flu ctu acio n es entre unos años y otros, y teniendo en cuenta sólo la situación clim ática m e­ dia para m ayores períodos de tiem po, las tem peraturas h ab ría n sido sim ila­ res a las actuales al m enos desde hace unos 10.000 años, y la hum edad, salvo breves coyunturas, h ab ría sido desde hace unos quince o veinte m ilenios com o la del presente. Sólo algunas m odificacio nes, com o la dcsertiza- ción de la Baja M esopotam ia p ro d u c­ to de la s a lin iz a c ió n de los s u e ­ los, h an v aria d o p a rc ia lm e n te este panoram a.

La vegetación n atu ra l co rresp o n ­ diente a los factores bióticos, edafoló- gicos, clim áticos y geom orfológicos de este área pertenece a la biócora de pradera. Por su trascendencia p ara el desarrollo histórico nos interesa des­ tacar que las especies arbóreas endé­ micas serían los tam ariscos, álam os, adelfas y acacias, m ientras que hoy predom inan los palm erales. Faltarían los árboles m aderables, y esta ca ren ­ cia de materiales de construcción (por su estru c tu ra g eo m o rfo ló g ica ta m ­ bién escasea la piedra) sería u n o de los incentivos que obligaron a los h a ­ bitantes de la Baja M esopotam ia a organ izar expediciones com erciales, e incluso a in ten tar extender su d om i­ nio político al norte y noroeste, para controlar las áreas de producción de estas m aterias prim as. Las zonas in u n ­ dadas estacio n alm en te se secan en verano y en ellas se d esarrollan am ­ p lia m e n te los e stra to s h e rb á c e o y arbustivo. F inalm ente, en las m ese­

tas desérticas y en las terrazas flu­ viales sólo es posible, en estado n a tu ­ ral, u n a vegetación desértica o semi- desértica.

6. Las grandes unidades

físiográfícas de la

Baja Mesopotamia

Si bien las tierras de la Baja M esopo­ tam ia poseen una serie de caracterís­ ticas físicas uniform es que le confie­ ren u n a cierta u n id a d am b ien tal y u n a pecu liar id en tid ad entre las re­ giones que co m p o n en el C reciente Fértil, que la evolución histórica se encargó de afianzar, un estudio m ás detallad o nos perm ite distinguir una serie de unidades físiográfícas. El a n á ­ lisis de estas unidades nos h ará co n o ­ cer de u n a m an era más directa e in ­ m ediata las m otivaciones y las suce­ sivas etapas de p ob lam ien to del área y, consecuentem ente, com p ren d er el proceso que llevó al surgim iento de form as superiores de civilización, por la transfo rm ación y aprovecham iento de las condiciones del m edio.

B uringh, al que seguim os, analizó m a g is tra lm e n te el p ro b le m a , d iv i­ diendo el territorio de la Baja M eso­ p otam ia en cinco regiones:

6.1. El estuario

El perfil longitudinal de la cuenca en este sector es casi h orizontal, p or h a ­ ber llegado los ríos prácticam ente a su nivel de base. D ebido a ello las va­ riaciones de caudal p o r los aportes lluviales q ued an elim inados o al m e­ nos en m ascarad o s po r las m areas del G olfo Pérsico, que provocan u na su ­ b id a y b ajad a m áxim as de las aguas en torno al m etro y m edio u n p a r de veces diarias. La m orfología del área nos m uestra u n a alternan cia de zo­ nas ribereñas bajas, terraplenes flu­ viales y p e q u e ñ o s cauces irrigados p o r el ritm o diario de crecida de las aguas.

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S um er y Akkad 13 ' Samarra ft >· • V /s <5^ TERRAZAS R- Euf,r3tes FLUVIALES • Kafadji LLANURA FLUVIAL • Maris *■· Uqair DELTA MESETAS DESERTICAS * %*NiV>pur • Isin Tall al M a dam * • U r u k • Umm al-Aqarib • Lagash • Urukuga • N in a . ·* Al-Ubaid . • *JUr • Usaila • Eridu MARISMAS ESTUARIO GOLFO PERSICO Geomorfología y asentamientos

Moderna llanura de inundación de los ríos Tigris y Eufrates.

Terrazas fluviales, mesetas y montañas.

Principales áreas cultivadas con anterioridad al 3000 a.C.

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14 AkaI Historia del M undo Antiguo

6.2. La zona de marismas

El área d onde se apro x im an y conflu­ yen los ríos Tigris y Eufrates presenta un nivel de las aguas freáticas muy elevado y en ella p red o m in an los p a n ­ tanos. Ya hem os h a b lad o con anterio ­ ridad del doble proceso p o r el que la co ntinua colm atación de los p a n ta ­ nos se ve co n trarrestada p o r fenóm e­ nos opuestos de subsidencia.

6.3. El delta

N os referim os con este térm in o al am plio lecho de in u n d ació n que for­ m an los dos ríos ap roxim adam ente entre el paralelo de U q a ir y la ciudad de Ur, y cuya superficie se h alla reco­ rrida p or infin id ad de canales n a tu ra ­ les com unicados entre sí y cuyos cur­ sos no son fijos. Las riadas anuales, im predecibles en el tiem po y en el caudal, h ab ría n originado periódicas catástrofes, de no ser p or el hecho de que sus consecuencias se vieron dis­ m inuidas p o r la am p litu d de la cuen­ ca y el escaso desnivel de la superfi­ cie, que contribuyen a d ism in u ir la velocidad de las aguas.

6.4. La llanura fluvial

E n esta región las aguas aportadas p or el Eufrates, el Tigris y el Diyala, ju n to con un elevado gradiente del perfil co ntribu yen a fo rm a r riberas altas que, u n a vez desbordadas por las crecidas, d an lugar a in u n d a c io ­ nes catastróficas. F rente a esta situa­ ción invernal gran parte de los res­ tantes cursos fluviales son estaciona­ les, secándose en verano.

6.5. Las mesetas desérticas

y las terrazas fluviales

Estas áreas se caracterizan p o r la difi­ cultad del aprovecham iento del agua para el riego, p o r estar la superficie de los terrenos m uy elevada sobre el n i­ vel de la cuenca, así com o por discu­ rrir el nivel freático a relativa p ro ­ fundidad.

7. Evolución del proceso

de los asentamientos

B uringh cree que los asentam ientos se fueron d esarrollan do en la Baja M e­ sopotam ia, regiones de Sum er y A k­ kad, de sur a norte, com o co nsecuen ­ cia de las progresivam ente m ayores posibilidades de ad ap tació n y a p ro ­ vecham iento del m edio que sup onen los avances tecnológicos. A este p ro ­ ceso de traslado de la p ob lació n de sur a norte tam bién contribuyó una progresiva salinización de los suelos en época ya plenam ente histórica, que com enzó en las zonas de m ás tem ­ p ra n a irrigación y fue prog resan do hacia el norte.

Posiblemente los más antiguos asen­ tam ientos en la B aja M esopotam ia se establecieron en el área del estuario, ya que las condiciones naturales p er­ m itiría n allí u n relativ am ente fácil aprovecham iento agrícola a las u n i­ dades de prod ucción fam iliares. Esta teoría, no obstante, carece de la deb i­ da com probació n arqueológica p or la rápida sed im en tació n y los fenóm e­ nos de subsidencia, que perm iten su­ p oner que cu alq u ier hipotético resto se hallaría a gran profu nd idad . Estos fenóm enos se observan tam bién y en m ayor m edida en la zona de m aris­ mas, donde a la arqueología le resulta im p ra c tic a b le e sta b le c e r c u a lq u ie r h ip ó tesis en re la ció n a los a se n ta ­ m ientos.

En u n a segunda etapa se ocuparía el delta. A quí la existencia de p equ e­ ños e inn u m erab les cauces facilitó la irrig a c ió n de los cam po s. P ara su aprovecham iento agrícola debió h a ­ berse alca n zad o previam ente un n i­ vel suficiente de organización social, así com o conocim ientos técnicos su­ periores a los requeridos p ara la ex­ plotación del estuario. Se debía abrir b rechas en los terraplenes ribereños que se h a b ía n ido form ando n a tu ra l­ m ente p ara que, a través de ellas y con u n a m ínim a lab o r de ca n aliza­

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Sumer y Akkad 15

«Estandarte de Ur». La guerra y la paz

(hacia 2685 a.C.)

M useo U niversidad de Pennsylvania

ción, las aguas p u d ieran in u n d a r los cam pos. El asentam iento m ás an ti­ guo conocido, ya que h ab ría sido fun­ d ado con anterio rid ad al período de E l-O beid (c. 4300-3500 a.C.), es el de E ridú, que está situado precisam ente en el extrem o sur del delta, lo que p a­ rece confirm ar la teoría de que el p ro ­ ceso del p o b lam ien to se realizó de sur a norte. P or sus facilidades para el cultivo esta zona del delta fue el cen­ tro de la actividad agrícola, y p or ta n ­ to de la vida u rb an a, h asta el segundo m ilenio a.C.

La llan u ra fluvial perm ite el desa­ rrollo de am plios pastizales, pero las avenidas tum ultuosas e im previsibles exigen un m ayor esfuerzo y dom inio técnico p ara lograr u n pleno aprove­ cham iento agrícola. Por tanto este área

sólo pudo ser explotada y colonizada en u n a tercera etapa, cu an do hacia el 2600 a.C. las tribus sem íticas semise- dentarias de estirpe acadia se asenta­ ron aquí. Pero sólo se lograría su ple­ no rendim iento cu a n d o el grueso de la población se fue traslad an do p a u ­ latinam ente a esta zon a hacia el siglo XIX a.C.

La explotación de las m esetas de­ sérticas y de las terrazas fluviales exi­ ge el conocim iento de técnicas d epu ­ radas de elevación del agua, p ara sal­ var el escalón de casi diez m etros con respecto al nivel de los ríos. Esta tec­ nología no se logró h asta plena época asiría, y así la com pleta ocupación y ap rovecham iento del área de las te­ rrazas no tuvo lugar h asta aprox im a­ dam ente el 1100 a.C.

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II. La época predinástica

16 A ka l Historia del M undo Antiguo

1. Los inicios de la

civilización en el

Próximo Oriente

Dos grandes ideas extraerem os com o resum en del análisis de las condicio­ nes m edioam bientales de M esopota­ m ia que resultan m uy ilustradoras a la hora de entender el proceso del po- blam iento de este área. E n prim er lu ­ gar, el p an o ram a de B abilonia no era tan idílico com o trad icionalm ente se nos ha querido h acer ver, ya que las condiciones n aturales eran m uy d u ­ ras y, p ara su aprovecham iento, exi­ gieron u n gran esfuerzo de o rg a n iz a­ ción y adaptación. E n segundo lugar, y sin que ello suponga u na con trad ic­ ción con lo anterior, u n a vez lograda la ad ap tació n al m edio, y su transfor­ m ación por el trabajo y los avances técnicos, este territorio perm itía unos elevados rendim ientos y la constitu­ ción de excedentes, que están en la base del crecim iento p oblacional y de la constitución de civilizaciones so­ cialm ente diferenciadas y tecnológi­ c a m e n te d e s a rro lla d a s , d e f in itiv a ­ m ente superiores.

Las transform aciones que tuvieron lugar en M esopotam ia son de tal al­ cance, su p onen unos cam bios tan ra ­ dicales con respecto a la situación a n ­

terior y tuvieron un as consecuencias ta n trasc en d en tale s en la p o sterio r trayectoria histórica que seguiría la h u m a n id a d que, p a ra su descripción, ju s tific a n la ad o p c ió n del térm in o «revolución» u sad o p o r V. G o rd o n C hilde. Sin em bargo, y a pesar de teo­ rías excesivam ente sim plistas, esto no debe llevam os a suponer que los cam ­ bios fueron instantáneos; antes al con­ trario, fue necesario u n largo proceso evolutivo p ara que, pau latinam en te, surgieran esta serie de innovaciones y avances. A dem ás, este largo proceso no se p rodu jo de form a continua, ni afectó de igual m an era a todas las re­ giones próxim o-orientalcs.

P odem os retrotraer el inicio de es­ tos cam bios a fines del Paleolítico. La últim a glaciación cuatern aria co n clu ­ yó h a c ia el 8000 a.C. a p ro x im a d a ­ m ente; com o consecuencia de ello la fauna fría, base de la econom ía y la cultura m agdaleniense, se d esplaza­ ro n hacia el norte. A p artir de en to n ­ ces divergen de m an era clara las tra­ yectorias históricas de las diferentes regiones que constituyen E urasia, y que h asta entonces h ab ían sido p rá c­ ticam en te uniform es. E n E uropa el M esolítico su p o n e u n a civilización económ icam ente en regresión, lo que tiene su reflejo en u n a clara d ism in u ­ ción de la po blación y en un em

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po-Sum er y Akkad 17

brecim iento de la cultura m aterial. En el Próxim o O riente, p or el con­ trario, com ienza en u n as fechas en torno al 7000 a.C. ese largo y gradual proceso de sustitución de la econo­ m ía de recolección p or la econom ía productora, definido por G ordon Chil- de com o la «revolución neolítica». A partir de aho ra el hom bre no se verá totalm ente condicionado p or los ava- tares de la natu raleza y las p osibilida­ des de subsistencia del medio, sino que podrá influir de m anera más de­ cisiva en su propio destino. De reco­ lector y cazador, actividades que no se ab a n d o n aro n p o r com pleto en la nueva etapa, el hom bre se transform ó en agricultor y ganadero. Pero el p ro ­ ceso no concluyó ahí; el p au latin o afianzam iento de la econom ía de p ro­ ducción, frente a la de m ero consu­ mo, trajo com o consecuencia u n a se­ rie de nuevos av an ces y d e s c u b ri­ m ientos en cadena.

El proceso de neolitización no tuvo su origen, sin em bargo, en la Baja M eso p o tam ia, ya que este área no reunía unas condiciones naturales lo suficientem ente idóneas com o para perm itir u na agricultura rudim enta­ ria, propia de un neolítico incipiente. Los prim eros yacim ientos detectados de esta etapa se situán en las zonas de alturas m edias de las fronteras del Próxim o O riente, donde se localizan los yacim ientos de Jericó en Palesti­ na, Ugarit en la costa siria, C atal H ü- yiik y, p o ste rio rm e n te , H a c ila r en A n a to lia y Jarm o en el K urdistán. Las inn o v acio n es se fueron p ro p a ­ gando desde estas zonas, donde exis­ ten las condiciones más idóneas para el desarrollo n atu ral de los cereales, a las áreas bajas p o r donde discurren los ríos Tigris y Eufrates, y de allí al resto del m u ndo conocido. En el 6000 a.C. o poco después ya encontram os los prim eros asentam ientos neolíticos establecidos de m anera perm anente en el valle. H assuna, en Asiría, es el yacim iento prototípico m ás antiguo conocido en esta zona.

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AkaI Historia d e l M undo Antiguo

El «templo blanco» sobre un Zigurat

(Hacia 3500-3000 a.C.) U ruk

2. La evolución histórica

de la Baja Mesopotamia

durante la época

predinástica

U na realidad previa de la que debe­ mos partir, y que no debe apartarse de nuestra vista, consiste en el hecho de que en tre los m u ch o s in c o n v e ­ nientes con que debe enfrentarse el historiad or a la h o ra de in te n ta r re­ construir el pasad o m ás rem oto de la antigua M esopotam ia, el prim ero y básico de entre ellos se refiere a la p arq u ed ad de fuentes y a que éstas, p ara estos prim eros m om entos, son de carácter estrictam ente arqueológi­ co. Ello condicionará substancialm en­ te los resultados que p odríam os con­

seguir y ta m b ié n im p o sib ilita rá en gran m edida el h a lla r la respuesta a m uchas, tal vez las m ás significativas, de entre las cuestiones que se p la n ­ tean. Pese a ello estam os aho ra en condiciones de diseñar, au n q u e sólo sea a grandes rasgos, el proceso h istó ­ rico seguido por las poblaciones asen­ tad as en la Baja M esopotam ia.

Esta región fue p o b lad a en u n a eta­ p a relativam ente tard ía en relación con el resto del Creciente Fértil, no h a b ié n d o se d etectado n in g ú n yaci­ m iento paleolítico. El nivel freático p lan tea serios problem as a la investi­ gación arqueológica, siendo el asen ­ tam ien to m ás antigu o conocido en este área el del Tell de Abu Shah rein, donde se h an excavado templos y otros edificios públicos. Este sería el

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em-Sum er y Akkad 19 plazam ien to de la ciudad de Eridú,

que los sum erios m uy significativa­ m ente e stim a b a n com o la p rim e ra del m undo. Tras las ca m p añ as desa­ rrolladas p o r F. S afar y S. Lloyd se pud o ded ucir u n a d atación p a ra este y a c im ie n to q ue p u e d e re m o n ta rse hasta el sexto m ilenio, así com o su adscripción al círculo de Tell H alaf, cultura que alcan zaría su apogeo h a ­ cia el 4500 a.C.

D esde entonces y h asta la época protodinástica, en que las fuentes lite­ rarias nos perm iten salir del a n o n i­ m ato de la P rehistoria, conocer con m ay o r d e ta lle la ev o lu ció n de los acontecim ientos históricos, y con ello la sucesión de dinastías reales, se de­ sarrolla la d en o m in ad a época predi- nástica. Esta etapa concluiría hacia el 2900 a.C. y h a sido dividida p o r los arqueólogos en tres períodos, que re­ ciben su nom bre de los yacim ientos donde prim ero o de u na form a más nítida fueron individualizados:

— Período de El-O beid: 4400-3700 a.C.

— Período de Uruk: 3700-3000 a.C. — Período de D jem d etN a sr: 3100- 2900 a.C.

2.1. Cultura de El-Obeid

Esta etapa recibió el nom bre de un pequeño yacim iento situado a 7 kms. al occidente de la ciu d ad de Ur, exca­ vado p o r H.R. H all y luego p o r L. Woolley; pero se do cum enta cultu ral­ m ente tam bién en otros m uchos en ­ claves de la Baja M esopotam ia, ya que prácticam ente todas las grandes ciudades re m o n tan sus orígenes a es­ tos momentos. Cronológicamente abar­ caría ap ro x im ad am en te del 4400 al 3700 a.C., siendo u n a de sus caracte­ rísticas m ás llam ativas el que ahora, a diferencia de etapas anteriores, es el sur m esopotám ico el que tom a cu ltu­ ralm ente la iniciativa.

Esta p rim acía del sur se correspon­ de con un aum ento de la producción, debido a que ya se h a b ía n iniciado las labores de d renaje de los terrenos

Planta del «templo blanco» sobre su Zigurat

(Según H. F ra n kfo rt)

pantanosos, con lo que creció en o r­ m em ente la superficie de las áreas cultivables.

Las explotaciones agrícolas se b a ­ sab a n en el trabajo de núcleos fam i­ liares organizados en pequeños p o ­ blados autosuficientes, repartidos por el territorio y cuyas funciones y for­ m as de o rganización eran sim ilares en todos ellos. Los escasos excedentes de la produ cció n de estos pequeños núcleos fam iliares se in tercam biab an norm alm ente en el interior de los pro­ pios p o b la d o s , sin s o b re p a s a r sus límites.

A rqueológicam ente, com o la an te­ rior etapa de Eridú, se caracteriza es­ ta época p o r su cerám ica, ahora de color m arró n o m ás raram ente rojizo. Las decoraciones son fu n d am en tal­ m ente de carácter geom étrico, a u n ­ que tam b ién existen representaciones naturalistas, de form as m ás com ple­ jas que las de la anterio r fase de E ri­ dú. El escaso control técnico sobre los hornos cerám icos hace que los reci­ pientes se sobrecalienten, con lo que la arcilla llega al p u n to de vitrifica­ ción, ad q u irien d o u na to nalid ad

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ver-20 Aka! Historia d e l M undo Antiguo Fechas a.C. 9000 8000 7000 6000 5000 4000 3000

El Próximo Oriente desde el 10000 al 2000 a.C. (I)

Egipto Tasiense Badariense Hacia 4000-3500: Nagada I época amratiense Hacia 3500-3100: Nagada II época gerzeense Ka Den Narmer Hacia 3100: aparición de la escritura Hacia 3100-2700: Epoca Tinita 1.a Dinastía: Aha-Ménes Djer Hacia 3100-2900 El rey Serpiente (Uadji) Den Adjib Semerkhet Oa Mesopotamia Hacia 10000-9000: Paleolítico Hacia 8000: comienzo del Neolítico Hacia 6300: Jarmo Hacia 6000: adopción de la cerámica Hacia 5700-5400: Epoca de Hassuna en el Norte Hacia 5500-5000: Epoca de Samarra en el Sur Epoca de Tell Halaf Apogeo hacia 4500 Hacia 4400-3700: Epoca de El-Obeid Hacia 3700-3000: Epoca de Uruk civilización protourbana Hacia 3300: Uruk, nivel IV b aparición de la escritura Hacia 3100-2900: Epoca de Djemdet-Nasr civilización protourbana reciente Elam Yacimientos de Susiane (Djaffarabad...) Fin V milenio: fundación de Susa cerámica llamada de Susa I Susa, época protourbana 3100-2800: Susa época protoelamita Levante Natufiense Hacia 8500-7000: Mureybet Hacia 7500: Jericó (Neolítico A precerámíco) Hacia 7000: Jericó (Neolítico B precerámíco) Tahuniense Yarmukiense en Jericó Anatolia Catal Hüyük Hacilar

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Sum er y Akkad 21

El Próximo Oriente desde el 10000 al 2000 a.C. (II)

Fechas Egipto Mesopotamia Elam Levante Anatolia a.C. II Dinastía: Peribsen hacia 2900-2700 Khasekhemuy hacia 2700-2200: Antiguo Imperio

III Dinastía: Djeser 2700-2650 IV Dinastía: Epoca de las Dinastías Arcaicas I hacia 2900-2750 II hacia 2750-2600 III a hacia Byblos: presencia de egipcios templo de la «señora de Byblos» 2500 hacia 2620-2500: Snéfru Keops Didufri Kefrén Micerino V Dinastía: 2600-2500 Mesalim

III b hacia 2500-2330 Hacia 2400:

hacia 2500-2350: Epoca de las Dinastía d'Awan Reino de Ebla Userkaf tumbas reales de Ur en Siria del Norte Neferirkaré Lagash: (según G. Pettinato) Niuserre Ur-Nanshe Djedkaré-lsesi Eanatum Unas Entemena Urukagina Umma: Lugaslzagessi

VI Dinastía: Hacia 2330-2150: Hacia 2300: hacia 2350-2200: Epoca de Akkad destrucción de las

Pépi I Sargón ciudades de Troya II

Hacia 2200: Tumbas reales de Alaga Huyuk Pépi II Rimush Manishtusu Naram-Sin Sharkalisharri Hacia 2200: Puzur-in-Shushinak Palestina por amorritas

Primer período Invasión de intermedio hacia los guti: 2200-2060 Anarquía VII, VIII, IX, X, Hacia 2150-2000: comienzo XI Epoca neo-sumeria Dinastías: Khéti Lagash:

hacia 2100 Ur-Bau Gudea Ur: III Dinastía Ur-Nammu, fundador

Hacia 2060-1786: Shulgi Dominio de Ur Imperio Medio Amar-Sin

Fin XI D in a s tía : Shu-Sin Dinastías locales Hacia 2060-1991 Ibbi-Sin

Nebhépetré-Mentuhotep Invasiones amorritas

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22 A ka l Historia del M undo Antiguo

de oscura e incluso, p o r el excesivo calor, llegando a veces a deform arse el recipiente.

N o podem os p a sa r p o r alto entre las innovaciones técnicas el inicio de una incipiente m etalurgia, b asa d a en el trabajo del cobre con el cual se rea­ lizab an los m ás diversos objetos, de carácter fu n d a m e n talm e n te s u n tu a ­ rio, p o r el procedim iento del m arti­ llado.

La arqueología nos docum enta la existencia de creencias religiosas p ro ­ fundam ente arraigadas, tanto p o r la ab u n d a n cia de figurillas de terracota re p resen ta n d o a la «diosa m adre», com o p o r la existencia de tem plos, los edificios arquitectónicos m ás signifi­ cativos y m ejor diferenciados dentro de los poblados que, com o precurso­ res de los posteriores zigurats o tem ­ plos escalonados, se construyeron so­ bre u na terraza artificial. Si bien en un prin cip io eran m uy sencillos, for­ m ados p o r u n a h ab itac ió n no supe­ rior a los 3 m. de lado, la p la n ta se iría c o m p lic a n d o p a u la tin a m e n e y a u ­ m e n ta n d o el n ú m e ro de estancias. C om o m aterial constructivo se utilizó el ladrillo ya desde u n a etapa m uy tem prana.

2.2. La época de üruk

La siguiente fase en la evolución his­ tórica de la Baja M esopotam ia recibe el nom bre de la ciudad sum eria de Uruk, la m oderna W arka. Allí los ar­ queólogos alem an es N. N ôldcke, J. Jord an y, posteriorm ente, H.J. Leuzen identificaron dieciocho niveles arcai­ cos, h ab ien d o p ro p o rcio n ad o los cin­ co m ás antiguos (XV1IÏ al XIII) cerá­ m icas correspondientes a las culturas de E ridú y El-O beid.

Tras u n a etapa de transición, muy breve y co rrespond iendo a los niveles XIV al XII com ienza la que, desde el punto de vista cultural, se ha definido más específicam ente com o etapa de Uruk. A rqueológicam ente se la id en ­ tifica p o r la aparició n de u n a cerám i­ ca totalm ente diferente a la de etapas

La Lista Real Sumeria

«En-me-barage-si, el que trajo como botín las armas de la tierra de Elam, fue rey y rei­ nó 900 años; Aka, el hijo de En-me-bara- ge-si, reinó 625 años. 23 reyes reinaron sus 24.510 años, tres meses y tres días y medio. Kish fue herida por las armas; la realeza fue elevada a Eanna.

Mes-kiag-gasher, hijo de Utu, fue sumo sacerdote y rey, y reinó 324 años. Mes- kiag-gasher fue al mar, y salió (de él) hacia las montañas. En-mer-kar, el hijo de Mes- kiag-gasher, rey de Uruk, el que construyó Uruk, fue rey y reinó 420 años; el divino Lugal-banda, un pastor, reinó 1.200 años; el divino Dumuzi, un... — su ciudad (era) Ku’a(ra)— , reinó 100 años; el divino Gilga- mesh — su padre era un genio lillú— , un alto sacerdote de Kullab, reinó 126 años...»

(Col. II, 35 - III, 20)

anteriores. A h o ra los recipientes se elaboran con ayuda del torno rápido y n o rm alm en te carecen de d ec o ra­ ción, a u n q u e tam b ién se co n statan cerám icas p in tad as de color rojo, gris o negro co n la su perficie b ru ñ id a. O tro rasgo arqueológico típico es la d esaparición de las figurillas de terra­ cota y otros p eq u eñ o s objetos, tan a b u n d a n te s en épocas anteriores.

P odem os co nsiderar que en estos m om entos la cultura sum eria se halla plen am en te form ada y ha ad quirido sus rasgos definitivos, culm inando con dos innovaciones trascendentales en la historia de la hu m an id ad : el surgi­ m iento de la ciu d ad y la aparición de la escritura, tem as de gran im p o rtan ­ cia y a los que, de m anera p o rm en o ri­ zada, dedicarem os los próxim os ca­ pítulos.

T radicionalm ente se h ab ía supues­ to (K. W ittfogel) la existencia de unas relaciones causa-efecto en la necesi­ d ad de las canalizaciones y el surgi­ m iento de las ciudades. Sin em bargo hoy estam os en condiciones de afir­ m ar que estas labores de drenaje fue­ ron haciéndose m ás com plejas y ab ar­ can d o zonas m ás am plias, hasta co n ­ cluir con la construcción de grandes

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Sum er y Akkad 23 canales, a la p a r y no antes de que au ­

m entasen las dim ensiones de los p o ­ blados y cam biase su funcionalidad. E n cualquier caso, y au n q u e con un alcance todavía local, cobraron ahora un m ayor im pulso las labores de d re­ naje de las áreas pan tan o sas, con las consecuencias co n c aten ad a s que se venían observando ya en etapas an te­ riores: aum ento de la producción y del núm ero de habitantes, que se fue­ ron co n c en tran d o en los poblado s, c o n lo q u e ésto s a u m e n ta r o n de tam año.

Precisam ente la m ayor de estas con­ centraciones era la ciudad de Uruk, m uy superior en extensión a lo n o r­ m al en los antiguos poblados, ya que se h a calculado que ocuparía u na su­ perficie de unas 80 Ha., de las cuales un gran porcentaje, ap ro x im a d am en ­ te un tercio del total, estaría constitui­ da p o r edificios públicos, fu n d a m e n ­ talm ente tem plos. La m isión alem ana pudo identificar gran parte de estos edificios, entre los que d estacan el Tem plo Blanco, p o r estar sus m uros pintados externam ente de este color, el tem plo del E an n a y el zigurat de la diosa In a n n a, que la tradición atrib u ­ ye al héroe m ítico G ilgam esh.

El nivel V del gran tem plo del E an ­ na se h a co nsid erado com o la etapa en la que se inició la construcción de los prim eros grandes edificios p ú b li­ cos, así com o es precisam ente en el nivel IV, con una cronología de hacia el 3300 a.C., d onde se h a n encontrado los m ás antiguos testim onios escritos de la h u m an id ad .

2.3. La etapa de Djemdet-Nasr

Esta etapa es u na co n tin u ació n es­ tricta de los últim os m om entos de la cultura de U ruk, de la que puede con­ siderarse u n a fase m ás, co rresp o n ­ diente al nivel III del E a n n a de Uruk. Se la define tam bién com o etapa pro- toliteraria p o r corresponder a ella los prim eros estadios del sistem a de es­ critura sum erio, de carácter aún p ic­ tográfico.

Vaso esculpido de Uruk

(3500-3000 a.C.) M useo de Iraq, Bagdad

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24 A kal Historia del M undo A ntiguo

A esta m ism a fase de D jem det N asr o protoliteraria corresponden los se­ llos m ás antiguos encontrado s, p ri­ mero de form a p la n a y luego cilin d ri­ cos, que servían p ara que, im presos sobre los recipientes u na vez cerra­ dos, g aran tizasen la in altera b ilid ad de su contenido, siendo p o r tanto su finalidad la de facilitar el fu n cio n a­ m iento del sistem a productivo agili­ zando los intercam bios com erciales.

Cabeza fem enina de Uruk

(3500-3000 a.C.) M useo de Iraq, Bagdad

3. La revolución urbana

El térm ino acu ñ ad o p o r V. G ordo n C hilde para designar el segundo gran salto cualitativo en la historia cultu ­ ral del Próxim o O riente nos sirve p a ­ ra titular este parágrafo en el que tra ­ tarem os del surgim iento de las ciu d a­ des en la B aja M esopotam ia.

D urante las crecidas de los ríos las aguas se d esb o rd ab an y depositaban los sedim entos sobre am bas orillas, fo rm án d o se u n as elevaciones o d i­ ques paralelos al cauce con u na altu­ ra de uno a dos m etros sobre el nivel

de la llan u ra y con u na an c h u ra de u n o a dos Km. Los m ás an tig u o s asentam ientos h u m an o s se solían si­ tu a r precisam ente en estos diques n a­ turales form ados p or el proceso de se­ d im en tació n fluvial típico de estas zonas.

G racias a su situación, próxim a a los cursos de agua y protegida de las inundaciones, la m ayoría de los asen ­ tam ientos situados sobre los diques fu ero n a d q u irie n d o u n a progresiva m ayor im portancia, según un proceso p au latin o que enunciam os con an te­ rioridad, convirtiéndose en las locali­ dades p rin cip a le s de los diferentes asentam ientos que definíam os com o poblados.

Esta d u alid ad d entro de un m ism o territorio entre la ciud ad y los p o b la­ dos no se refiere solam ente a las dife­ rentes dim ensiones de estos núcleos, sino que supone tam bién u n a dife­ ren ciació n cualitativ a entre am bos, b asa d a en su respectiva fu ncionali­ dad y en u n a sub o rd in ació n de los poblados a las ciudades. E n esta d u a ­ lidad ciud ad-p ob lado se fundam enta la trascen d en tal revolución u rb an a, que supone en esencia y esquem áti­ ca m e n te las siguientes tra n s fo rm a ­ ciones:

— D iv ersific ació n y e sp e c ia liz a ­ ción de la p roducción, centrándose las actividades de transform ación en la ciudad, donde a la p ar aparecen nuevas técnicas, entre las que debe­ mos citar la de la m etalurgia, com o u n a de las de m ayores consecuencias para el futuro.

— C om o resultado de los avances tecnológicos au m en ta ro n los ren d i­ m ientos de los cultivos hasta consti­ tu ir excedentes.

— El superavit de productos agrí­ colas perm itió que existiesen perso­ nas liberadas de las labores agrícolas y dedicadas a las ya citadas activida­ des artesanales de transform ación, lo que supuso u n a p au latin a y progresi­ va división social del trabajo.

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Sum er y Akkad

Plano de

(1500

sector p rim ario vieron com o su acti­ vidad era valorada socio-económ ica­ m ente p or debajo de la de las perso­ nas ded icad as a las actividades de transform ación. Esta incipiente jerar- quización económica se agudizó cuan­ do, p o r el desarrollo de los asenta­ mientos, se fueron haciendo más com ­ plejas las actividades dirigidas a la organización y ad m in istració n de la colectividad. El personal dedicado a las actividades burocráticas («funcio­ narios»), de defensa (policías y m ili­ tares) y de control ideológico de la p o b lació n (sacerdotes) o cu p a rían a partir de entonces los escalones más elevados de la sociedad.

— El resultado fue la con figura­ ción de u na organización política bien

Nippur

a.C.)

definida de la com u nid ad, con una jerarq u izac ió n en el acceso al poder y

la tom a de decisiones.

— Este p o d er político, p o r supues­ to concentrado en las ciudades, rad i­ caba en el tem plo, cuya actividad no era ú nicam en te cultural, puesto que en ellos se ce n trab an tam bién el m a­ yor porcentaje de las actividades eco­ nóm icas de transform ación, alm ace­ nam iento y comercialización, así como la ad m in istració n de la com unidad, surgiendo de allí las decisiones que afectaban a la to talidad del cuerpo social.

— El proceso de co ncentración del p o d er político no concluyó en el seno de la m ism a ciudad, puesto que de­ sem bocó en la form ación de

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organi-26 AkaI Historia del M undo Antiguo

zaciones políticas superiores a la ciu­ dad, que llevarían a la constitución de las prim eras organizaciones de ti­ po estatal.

Este proceso, que de u n a m anera esquem ática hem os inten tad o descri­ bir, y que fue el resultado de u n a la r­ guísim a evolución, llevó ap a rejad a la asunción p o r parte de la ciudad de un núm ero cada vez m ás elevado y di­ versificado de funciones, que no se d e te n ía n en las m era m en te ec o n ó ­ micas.

En prim er lugar u n o de los elem en­ tos m ateriales que caracterizan a la ciu d ad es su c in tu ró n a m u ra lla d o , que en el caso de U ru k llegaba a los

9,5 Km. de longitud con más de 900 torres de defensa sem icirculares, que servían de refugio y protección a la com unidad. Las m u rallas aseguran la eternidad de la ciu dad a la p a r que sim bolizan la frontera entre el orden y la organización internos y el caos exterior. La ciudad es u n rem anso de paz y seguridad, d o nd e todo está o r­ ganizado, frente a los peligros de los territorios sin cultivar de las estepas y m o n tañ as, d o n d e reina la inseguri­ dad y de do nd e proceden las a m en a­ zas de destrucción.

La ciudad es u n do n divino y fue c o n sid erad a siem pre com o obra de los dioses, incluso au n q u e éstos in ter­

Tablilla de contabilidad de la época arcaica

(28)

Sum er y Akkad 27 viniesen p or interm edio de los reyes,

sus representantes en la tierra. Los sum erios asignab an a la divinidad un papel clave en las actividades p ro ­ ductivas, com o protectora de la co­ m u n id ad y la ú nica capaz de hacer fun cio n ar o rd en ad am en te a la colec­ tividad. La benevolencia de los dioses se considerab a estrictam ente necesa­ ria, de form a consciente o no, para que los cam pos fructificaran, con lo que era tan im portante para la p ro ­ ductividad de la tierra el realizar ple­ garias a la divinidad com o sem brar, el edificar un tem plo com o construir un canal de drenaje.

El tem plo es, p o r consiguiente, el segundo elem ento arquitectónico que sim boliza y caracteriza a la ciudad y, en m uchos casos, fue el núcleo agluti­ nante a p artir del cual éstas se fueron desarrollando. Es la residencia de la divinidad y a la p a r sede de la reale­ za. Ello resulta de la concepción por la cual las ciudades sum erias pertene­ cen a la vez al m u n d o de los dioses y al de los hum an os, sin que aparezca n in g u n a inco m p atib ilid ad o disconti­ n u id ad entre am bos planos, prueba, com o dice F. Brüschweiler, que para los sum erios prevalecía la im agen de un universo que englobaba todos los aspectos de lo perceptible en u na rea­ lidad única y sin ruptura.

Pero ju n to a la d iv in id ad se en ­ cuentra el rey, representante en la tie­ rra de la potestad divina y sin cuya existencia no tiene sentido la ciudad. Las m isiones del rey, com o rector y guía de la com u nid ad, son las de con­ trolar la producción y adm in istrar los recursos económ icos, encargánd ose para ello de las grandes obras p ú b li­ cas y de los intercam bios, edificar y eng ran d ecer los edificios religiosos, que, com o sedes de la divinidad, son el corazón de la ciudad y la razón de ser de su existencia, cu id ar de la ad m i­ nistración de la justicia y del m an te­ nim iento del orden establecido en el interior, así como de la seguridad fren­ te a las am enazas externas.

4. Las actividades de

intercambio y la difusión

de la civilización sumeria

A la p ar del surgim iento de las ciu d a­ des las actividades de intercam bio se vieron p ro fu n d am en te m odificadas, no solam ente en lo que se refiere al ti­ po y volum en de los productos, sino tam bién a la form a en que se estable­ cen estos intercam bios y a la exten­ sión de los circuitos com erciales. Tras la definitiva configuración de la civi­ lización sum eria com o una civiliza­ ción de base u rb a n a se estableció un prim er nivel de intercam bios que su­ ponía el com ercio de los productos agrícolas de los pob lad os y de las m a­ terias elaboradas o m anufacturas que la ciudad, único lugar que contaba con la tecnología y la capacidad de organización requeridas, producía.

U n segundo nivel supuso el esta­ blecim iento de u n com ercio de m ayor radio de acción en busca fu n d am en ­ talm ente de los m inerales y m ateria­ les de con stru cción y ornam entales de que Sum er carecía, lo que obliga­ ba a la organización de grandes ex­ pediciones.

La inclusión del sur m esopotám ico en u n a vasta red co m ercial ejerció u n a influencia decisiva sobre toda su econom ía, y que si bien supuso unos niveles de p rosperidad h asta en to n ­ ces no alcanzados, a la p ar introdujo un factor de in estabilid ad en el m o­ m ento en que ese intercam bio de m er­ cancías, base de la potencia de las ciudades sum erias, dejase de funcio­ n a r norm alm ente.

Este correcto funcionam iento se de­ bía b a sa r en gran m edida en el co n ­ trol sobre todas las regiones incluidas en los circuitos com erciales sum erios, para lo cual las ciudades no con tab an con recursos suficientes. P or ello el nivel de progreso y relativo bienestar alcan zad o p or la civilización sum eria se hizo vulnerable, no sólo a las crisis internas, sino tam bién a toda

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distor-28 A ka I Historia dei M undo Antiguo Lista de las principales ciudades de la Baja Mesopotamia

según las inscripciones y listas reales

Babilonia meridional Babilonia central Babilonia septentrional

Uruk Ur Lagash Umma Eridú Larsa Badtibira Surrupak Adab Nippur Larak Kish Akshak Sippar

sión en los centros de apro v isio n a­ m iento del extranjero, así com o en las ru tas com erciales. E sta s u b o rd in a ­ ción económ ica con respecto a los asuntos exteriores se hizo aún m ayor cuando las ciudades se engrandecie­ ron hasta tal p u n to que los recursos de las regiones vecinas no podían ase­ g u ra r su a p ro v isio n am ien to , y éste dependía entonces del establecim ien­ to de u n a inestable y extensísim a red com ercial sobre ám bitos no co n tro la­ dos políticam ente.

U n resultado secundario de estas actividades de intercam bio, que fue de trascendental im po rtan cia para la historia futura del P róxim o O riente, es la difusión, ya desde la época de U ruk, de la cultura sum eria p or todos los ám bitos vecinos a M esopotam ia, desde el in terior de A natolia y la cos­ ta sirio -p alestin a h asta el Irán , sin que ni siquiera Egipto escapase a este im pacto cultural. E ntre otros m uchos ejem plos que podríam os citar, la ciu ­ dad de Ebla, de tanta actualidad por sus sorprendentes archivos y su pecu­ liar cultura, es un o de los resultados m ás espléndidos de la fructificación de la civilización sum eria en ám bitos m uy alejados de los que le vio nacer.

5. El origen de la escritura

La lengua sum eria es una lengua aglu­ tinante que, al no ser flexional, se di­ ferencia de las lenguas de raíz in ­ doeuropea o sem ítica, y a la que no se le ha enco n trad o ningún parentesco

conocido, pro blem a que se com plica al existir varios dialectos no bien iden­ tificados. Siguiendo la descripción de Kram er, esta lengua consta de seis vo­ cales, tres abiertas (a, e, o) y las tres ce rra d as co rresp o n d ien tes (à, é, u), q ue se ib an m o d ifican d o según la norm a de la arm o n ía vocálica y que a m enu do p o d ían elidirse. Las conso­ nantes p o r su p arte eran quince (b, d, g, p, t, k, z, s, sh, ch, r, 1, m, n, ñ). La frase se com pone n o rm alm en te de las siguientes partes:

1. U na serie de sustantivos co m ­ plejos que p ued en estar form ados o bien sólo p or u n nom bre, o bien p or u n nom bre con todos sus m od ifican­ tes com o genitivos, adjetivos, cláu su ­ las de relativo y prono m bres posesi­ vos. Estos sustantivos pued en co nsti­ tuir, en relación con el predicado, un sujeto, objeto directo, objeto d im en ­ sional u objeto indirecto.

2. Las partículas gram aticales que expresan las relaciones entre su stan ­ tivo y predicado, colocadas siem pre al final y

3. El predicado que consiste en la ra íz verbal p re c e d id a de u n a p a r ­ tícula tem ática y u n a serie de infijos que in d ican las relaciones entre la raíz y los sustantivos.

F rente a la lengua, que acabam os de describir sum ariam ente, la escritu­ ra, inventada, desarrollada y genera­ lizada p o r los sum erios no es un he­ cho natural, sino la consecuencia de la ad quisición de un grado elevado de desarrollo cultural.

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Sumer y Akkad 29 El desarrollo de la escritura cunei­

form e sum eria, con su triple p eculia­ ridad de ser sem iideográfica, semifo- nética y polifónica, y su aceptación general com o m edio de co m u n ic a ­ ción p o r todos los pueblos civilizados del Creciente Fértil no fue debido úni­ cam ente a u n a intuición genial, sino a un proceso de gestación largo y com ­ plicado. C o m plicación que los súm e­ n o s sim bolizaron en la atribución de esta invención a los dioses.

En Sum er, en la segunda m itad del IV m ilenio, la adm inistración había llegado a un nivel de com plejidad tal que sobrepasaba las posibilidades de un control m em orístico. Los poderes del estado d eb ían con o cer en todo m om ento el registro de entradas y sa­

lidas de bienes, su descripción, desti­ no, y vías y form as de intercam bio. Para solucionar estas cuestiones sur­ gieron los precedentes de lo que po ­ dem os co nsid erar el p rim er sistema genuino de escritura. La escritura su­ meria com enzó siendo un sistema pic­ tográfico. Esta fue la p rim era ten tati­ va con la que, de u na m an era siste­ m ática, se in ten tó fijar el lenguaje. C ada signo o pictografía consistía en el dibujo de un objeto fácilmente iden- tificable, que representaba u n a p a la ­ bra cuyo significado era el del objeto d ib u ja d o o algo m uy d irectam en te relacionado con él. Este sistem a no resulta descifrable p ara nosotros en la totalidad de los casos, ya que los signos no poseen un significado

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mméim, Tablilla arcaica (3000-2800 a.C.)

Referencias

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