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Molinie , M.D. - El Coraje de Tener Miedo

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Academic year: 2021

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EL CORAJE DE TENER MIEDO

Variaciones sobre espiritualidad

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TEMA. DEJAOS HACER

Es imposible que Dios no nos desconcierte cada vez más, hasta que lo veamos cara a cara. Los santos son gente que un buen día aceptaron estar siempre desconcertados: esto llegó a ser su pan de cada día. No os extra-ñéis de extrañaros: no estamos a la altura de la doctrina de la Iglesia, es inagotable. Así, pues, arrodillaos como niños. Decid: «Habla, Señor, que tu siervo escucha.»

No se trata de aparentar, sino de hacerlo verdaderamente. Para ello es necesario el silencio: no el silencio material (que también es necesario), sino el silencio de las ideas: no hay que aferrarse a las propias pequeñas ideas —sobre todo si son grandes ideas—, sino ser como niños que no saben lo que se les va a decir.

Hay que tomar este libro en serio. Quizá Dios quiere que os quedéis con una sola palabra de todas estas páginas: vuestro deber más estricto será entonces no preocuparos de las otras. Es preciso abrirse a la luz tomando las cosas en serio. Cuando se miran las cosas espirituales de una manera humana, quiere decir que no se las toma en serio…

Dios va a pasar en la medida en que tú, lector, creas en ello. Te lo anun-cio como Moisés a los hebreos, la víspera de la noche pascual. No hay que decir: «Ya hemos leído libros, sabemos lo que es eso.» Un paso de Dios no se sabe nunca lo que es… Tampoco se sabe qué es la vida cristiana. En la tierra se aprende lo que es: por eso esperamos siempre algo nuevo, por eso esperamos que se aclare de una manera cada vez más profunda. Los capítulos de este libro no obedecen a un plan lógico. Su unidad no es la de un plan, sino la de un tema con variaciones. El tema se expresa en dos palabras: Dejaos hacer. No es muy original, no es muy difícil de prac-ticar, pero es muy difícil de comprender (quiero decir comprenderlo de esa manera que hace que se practique).

A pesar de lo que se dice a menudo, en la vida cristiana lo difícil no es la práctica, sino el comprender. Si no practicáis lo que digo, es que no lo comprendéis (yo mismo tampoco lo comprendo, por eso no lo practico). El problema no consiste en ser fuerte, sino en acoger la luz, en no resistir contra ella o (lo que viene a ser lo mismo) esquivarla con ligereza.

Dejarse hacer por Dios no es algo banal. En efecto, a medida que su luz penetra en nosotros, descubrimos con espanto de qué tinieblas trata de liberarnos. Prácticamente todos somos herejes: el error es humano. No podemos evitar equivocarnos, continuamente nos salimos de los raíles. El problema no está en evitar descarrilar, sino en ser siempre lo suficiente-mente flexibles como para que Dios pueda ponernos de nuevo en los

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raí-les. Sólo los santos llegan a tal flexibilidad; sólo ellos expulsan perma-nentemente toda herejía de su corazón.

Nosotros no llegamos a guardar el equilibrio de la verdadera vida, como niños que aprenden a andar y se caen continuamente. Repito que esto no es grave, en tanto que nosotros aceptemos restablecernos; pero si nos obstinamos, es la muerte: el endurecimiento de corazón es diabólico… Releed la secuencia de la misa de Pentecostés: todos los males para los que pedimos la curación al Espíritu Santo, son herejías.

El camino estrecho que lleva a la vida no es tan difícil de subir, pero es difícil de encontrar; es tan pequeño, que sencillamente se corre el riesgo de no verlo: éste es el secreto del Reino de los Cielos. ¿Dónde está nues-tra culpabilidad? En no buscar suficientemente la luz que nos permitiría descubrirlo, en obstinarnos en las ideas oscuras, más o menos tenebrosas, cuyo abandono constituye para nosotros la más profunda, la más radical de las humillaciones.

NO CREÉIS, PORQUE ES DEMASIADO HERMOSO

La situación real en la que hemos caído no es una situación mediocre; es una situación magnífica, a condición de contemplarla a la luz de Dios. Para nosotros, es una situación lamentable y vergonzosa, pero para Jesús y su amor redentor es gloriosa. Basta con amar suficientemente a Jesús para alegrarnos de su gloria… y, por consiguiente, de nuestra miseria. Cuando cometemos una falta, lo más grave no es la falta, son las excusas que nos damos a nosotros mismos, las interpretaciones que hacemos para justificarla. Eso nos dispensa de comprender que rechazamos la luz: ahí está el verdadero mal.

No hay que tener miedo de las dificultades de la vida, ni siquiera de nues-tras faltas: no es eso lo que nos impedirá encontrar a Dios. Tengamos miedo de lo que no nos causa miedo pero nos impide verdaderamente encontrarlo: temamos rechazar la luz, de una manera más o menos sutil, discreta, cortés…

Dios tiene un programa: El ha previsto un remedio para todo. El puede dejar que pese durante mucho tiempo sobre nosotros el obstáculo aparen-te de nuestras miserias y de nuestras caídas cotidianas. Se sirve de él. El amor de Dios es más fino que nosotros y sabe utilizar nuestras debilida-des. Lo que nos impide aprovecharnos de ellas no es la abundancia de estas miserias, sino el no aceptar «dejarnos hacer» según la idea de Dios. No hay por qué tener otra preocupación más que ésta: «¿Voy a dejar hacer a Jesucristo?» Dejémonos cambiar, dejémonos convencer de que las cosas no son como nosotros nos las hemos imaginado, que son según un secreto. Dejemos penetrar en nosotros esta luz. Ella eliminará nuestras

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tinieblas. Eso forzosamente nos dolerá un poco: la Palabra de Dios es una espada que penetra hasta la división del alma. Es la sal, la sal que purga. No siempre es agradable, y por tanto provoca una revulsión; pero hay que aceptarla, pues luego nos irá mucho mejor, la liberación será aún mayor.

Pero nosotros rehusamos creer en esta liberación, y eso es rechazar la luz. En cuanto resulta demasiado hermoso, nos negamos a creer. Las cosas son mucho más fáciles de lo que creemos, pero se complican por-que, sin darnos cuenta, nos empeñamos en que sean difíciles. Preferimos las cosas difíciles, con tal que halaguen nuestro orgullo, a las cosas fáciles y humillantes (véase la historia de Naamán el Sirio en 2 Re 5,1-14). Pidamos a la santísima Virgen un poco de su ambiente; nosotros que no somos sencillos, refugiémonos a la sombra de su sencillez, sin herejía, puesto que lo hacemos sin ideas personales, y que no ponga ningún límite al poder y al amor misericordioso de Jesús. Ya que nosotros no sabemos ver las cosas tal y como son, es decir, magníficas y agradables, permanez-camos junto a ella, temiendo mucho lo que puede salir de nosotros, y pidámosle que nos enseñe a abrir los ojos.

No tengamos miedo de los demás, del mundo, de la vida. Tengamos mie-do de nosotros. No de lo que nos da miemie-do generalmente: nuestra debili-dad, nuestras faltas, nuestras caídas (eso no es temible, la naturaleza hu-mana es así); lo que hay que temer es lo que Jesús reprocha a los apósto-les después de la resurrección: «Tenéis el corazón duro.

– ¿Por qué?

– Porque no creéis que he resucitado. No lo creéis porque es demasiado hermoso: ahí está vuestra falta».

Pidamos no obstinarnos mucho tiempo…

PRIMERA VARIACION. EL SECRETO DEL EVANGELIO

Hay alguien que tiene mucho interés en que perseveremos en nuestros errores y nuestras tinieblas. Entonces él nos permite todo lo que quere-mos (incluso la virtud, en cierta medida) en vista de que «persevera-mos»…, es decir, endurecemos nuestro corazón, como se dice constan-temente en la Escritura. En este endurecimiento hay algo que no es nor-mal, que es un verdadero misterio y que, en consecuencia, debemos te-mer, pues no tenemos la talla suficiente para hacerle frente. Debería ser fácil convertirse, dejarse hacer e invadir por la luz del Espíritu Santo, pero… hay alguien que ronda en torno a nosotros, y especialmente en torno a nosotros los cristianos. Una cosa lo atrae hacia nosotros: Dios. Es un ser que tiene sed de Dios a su manera. El encuentro con Jesucristo lo

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provoca. Por eso ronda sobre todo en torno a los que no viven más que para este encuentro. Su único deseo es que rehusemos comprender y que nuestros ojos no se abran a la luz de la Salvación. Los que ya han vislum-brado y aceptado mucha luz no por eso están al abrigo de este peligro sino que corren el riesgo de olvidar que todo está por descubrir.

El demonio nos permitirá muchos éxitos en todos los órdenes, alentará incluso algunas de nuestras cualidades, con tal que nuestros ojos no se abran. Y es que, si los ojos se abren, todo nos será dado sin límite alguno. Así, pues, no creamos demasiado pronto que hemos comprendido. Eso sería probablemente el signo de que hemos sustituido el Evangelio por una religión propia. Presentémonos a la Palabra como niños que no sa-ben nada y que sienten que sus esfuerzos son impotentes para abrirles los ojos. Los esfuerzos humanos son necesarios (no hay que tentar a Dios), pero aún queda todo por hacer, y los esfuerzos humanos sólo son fructífe-ros si lo comprendemos y lo aceptamos.

Habría que leer el Evangelio de manera extraordinariamente sosegada, como se lee una novela: dejarse impresionar por esa luz como una placa sensible.

Hoy se habla mucho del «kerygma», palabra culta para designar una cosa, por otra parte esencial, pero también muy sencilla —y de la que Cristo cuidó bien de decir que es inaccesible a los sabios y a los inteligen-tes—, a saber, qué en el Evangelio se cierne un cierto secreto, algo que los hombres no conocen y que Cristo trata de hacer sospechar: las Biena-venturanzas, el Reino de los Cielos, la puerta estrecha…

Aquí es donde nosotros encontramos al demonio, pues este secreto le provoca, y él hace todo para que no lo comprendamos, aun cuando ha-blemos de él sabiamente. Y nosotros somos sus cómplices, porque nues-tras obras son malas: el que obra mal, no ama la luz.

El combate entre Cristo y los fariseos es grave, porque son dos religiones las que se enfrentan, y porque no hay perdón para el vencido. No hay perdón para Cristo: los fariseos reconocieron que era un gran hombre, quizá incluso un profeta, pero no pudieron aceptar su doctrina. Y el que condena el pensamiento de Dios, acaba por condenar a Dios mismo. Cuando el pensamiento de Dios se presenta demasiado claro, condenando nuestro pensamiento y nuestras propias obras, llegamos a encontrarnos entre la espada y la pared; el resultado es que condenamos a Dios para darnos razón a nosotros mismos. En esto consiste el pecado contra el Espíritu Santo.

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LA ARISTOCRACIA DE LOS PECADORES

¿Cuál es este secreto? ¿De qué se trata? De una aristocracia: «El que tenga oídos para oir, que oiga.» Aun entre los que aceptan la luz, hay una jerarquía. Pero hay que tener cuidado: no.es la jerarquía del mundo, no está ni a la derecha ni a la izquierda, es la aristocracia de la cruz. .

Primeramente están, en la última fila, aquellos a los que se debe llamar «justos»: éstos acogen la Palabra, pero no tienen raíces, porque no tienen la conciencia aguda de que necesitan una misericordia infinita. Y así, cuentan con la misericordia y con su propia justicia. A esos se les dará un transportín en el Reino de los Cielos.

Un grado más arriba encontramos a los pecadores. Su superioridad está justamente en que tienen conciencia de la necesidad de ser perdonados: dependen de la misericordia. Debido a esto, son mucho mejor recibidos. Ved a María Magdalena, al buen ladrón, al hijo pródigo…

Si pudiésemos leer estas escenas con un corazón y una inteligencia ente-ramente limpios, quedaríamos inmediatamente convertidos. El Evangelio está hecho para el pueblo y no para los intelectuales, y es haciéndonos un poco pueblo como nos dejamos mover por él (veis que la aristocracia de Dios no es la nuestra). Si alguien lee el Evangelio sin ser enteramente transformado, es que no lo ha comprendido. Ahora bien, es un hecho que el pueblo a quien se predica el Evangelio lo comprende mucho mejor que los especialistas de la religión. Con los santos ocurre más o menos lo mismo: ved cómo recibe el pueblo a Juana de Arco, y cómo la reciben los obispos…

Yo no puedo hacer nada para explicar el Evangelio, si uno no siente algo. En primer lugar hay que vibrar, simplemente vibrar, y para eso hace falta ser un poco niño.

Lo cual nos lleva a lo más alto de la aristocracia del cielo. Los pecadores tendrán una butaca, pero los niños estarán en el palco real: seguirán al Cordero por dondequiera que vaya, y cantarán un cántico que nadie pue-de cantar.

Los niños lo comprenden todo e inmediatamente. Es muy consolador, porque eso nos libera completamente de la jerarquía del mundo, donde la mínima conquista es áspera y difícil. Dios no pone la luz fuera de nuestro alcance. No hay que atravesar los mares ni elevarse sobre el firmamento para apoderarse de ella. Es mucho menos difícil que superar la velocidad del sonido. No es difícil ser un niño y ser pequeño. No es difícil, pero nosotros no lo somos, y ése es justamente él pecado, nuestro pecado. Ahora bien, en esto Dios no puede transigir. O somos o no somos. Si somos, lo tenemos todo; si no somos, no tenemos nada.

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A partir de ahí no tenemos más que un solo recurso, el de refugiarnos en la categoría de los pecadores que se convierten. Con Dios no se negocia, es necesario convertirse: «Si no os convertís y no os hacéis como ni-ños…» Entonces, no persigamos otro fin en la existencia. Si perseguimos otro fin, perseveramos en nuestra locura y somos fariseos. Dios lanzará sobre nosotros la misma mirada que sobre ellos.

En el día del Juicio, Dios apenas se fijará en todo lo que nos causa tristeza y nos inquieta en nuestra vida. Eso es miseria, y la miseria está hecha para la misericordia, como el trigo para el molino.

El secreto del Evangelio es, pues, la aristocracia de los pequeños y de los pecadores. Sor Genoveva de la Santa Faz (Celina, la hermana de Teresa) decía algún tiempo antes de morir: «Se habla siempre del camino de in-fancia a propósito de Teresa, y se insiste en el encanto de la inin-fancia, pero se podría también decir muy bien el camino del buen ladrón.» El secreto del Evangelio es sencillamente el misterio insondable de la misericordia. Por eso, más allá de los pecadores e incluso de los niños, hay todavía en el Evangelio algo más profundo… o más bien Alguien: hay un cierto Rostro.

Releed las escenas donde Cristo escogió a sus discípulos: si hay hoy toda-vía cristianos, es porque existe cierto número de hombres que, habiendo encontrado el rostro de otro hombre, no supieron nunca más prescindir de él… A veces ocurrió en un segundo, como en el caso de Mateo; fue en un momento preciso, ni antes, ni después. Antes incluso de que Cristo abriese la boca, estos hombres fueron seducidos, fascinados para siempre desde que su mirada se cruzó con la de Jesús: en un relámpago, ellos vis-lumbraron el Reino, presintieron el secreto, lo siguieron…

JESÚS ME HA MIRADO

El acto de fe del buen ladrón hace caer a san Agustín en la admiración y el estupor. Y le pregunta: «¿Cómo has hecho para reconocer la divinidad del Mesías en el momento en que los enemigos de Cristo triunfaban rui-dosamente, y los apóstoles mismos se habían vuelto incapaces de recono-cerlo a través de su rostro agonizante? Sin embargo, unos y otros habían estudiado la Escritura, pero no veían que la Escritura se estaba cum-pliendo… ¿Cómo has hecho tú para comprenderle? ¿Te habías dedicado, entre dos actos de bandidaje, a estudiar estos libros que los especialistas no habían sabido leer?» Y pone en boca del buen ladrón esta respuesta admirable: «No, yo no había escrutado las Escrituras, no había meditado las profecías. Pero Jesús me miró… y, en su mirada, lo comprendí todo.» A lo largo de la historia de la Iglesia, la mirada de los santos ha recibido el mismo poder que la de Cristo. La mirada del Cura de Ars, por ejemplo,

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que cruza la de un sabio incrédulo que había venido «para ver» por curio-sidad, en el momento en que el cura salía de la sacristía para celebrar la misa, bastó para fulminar a este sabio y convertirlo.

Asimismo, el padre Ratisbonne, judío libertino que detestaba el cristia-nismo, es transformado en un instante por una aparición de la santísima Virgen. También él repetía con lágrimas: «¡La he visto! ¡La he visto!, y en su mirada lo he comprendido todo…» Naturalmente, queda todo por aprender cuando no se tiene, como el buen ladrón, la suerte de llegar esa misma tarde al paraíso, y cuando, como los apóstoles, se tiene otra posibi-lidad, la de servir a Cristo durante varios años. Hay que aprender deta-lladamente, parte por parte —y de rodillas— lo que ya se ha comprendi-do en un instante de claridad. Es posible aprenderlo, precisamente por-que se ha comprendido. Los apóstoles fueron enseñados por Jesucristo, los santos y nosotros lo somos por la Iglesia, que es exactamente lo mis-mo.

Mirad todavía a Edith Stein, judía, filósofa (discípula de Husserl) y ag-nóstica. Una tarde comienza a leer la vida de Teresa de Avila, escrita por la misma santa. Ya no podrá separarse del libro. Lo cierra hacia las cua-tro de la madrugada, diciendo simplemente: «Esto es la verdad.» Después compró un libro de misa y un catecismo antes de hacerse bautizar. Edith se puso de rodillas, se puso a aprender, justamente porque ya lo sabía todo.

Entonces, si para nosotros todo depende de este rostro, tenemos absoluta necesidad de que éste se manifieste a los ojos de nuestro corazón. No debemos tener miedo de pedir esta gracia, puesto que nos es indispensa-ble: «Muéstranos tu Rostro y seremos salvados.» Esto no tiene lugar al final de un esfuerzo, sino así…, porque a Dios le agrada: «No se trata de querer o de correr, sino de que Dios tenga misericordia» (Rom 9,16). Hay que conseguir, pues, que Dios tenga misericordia. Solamente que, como nada puede obligarle a ello, lo único qué hay que hacer es decirle: «Reco-nozco que no me lo debes, que no me lo merezco, pero te lo pido por tu nombre… que es misericordia.»

Para que esta oración surja sinceramente del corazón de un hombre — aunque éste sea un religioso— se necesita a veces años, porque es una oración de niño. Cuando un niño pide algo a sus padres, éstos no ceden mientras él discuta (o al menos no deberían hacerlo): pero si el niño lo pide con dulzura, diciendo por favor, y no de palabra, sino de corazón, los padres no podrán resistir. Dios resiste porque nosotros discutimos. El día que no discutamos, lo obtendremos todo. El nos mostrará su rostro, y nosotros nos decidiremos a amar ese rostro.

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¿Qué quiere decir amar? Muchos desconfían del sentimiento; el amor efectivo, dicen, consiste en hacer la voluntad de Dios. Es, en efecto, el fruto más seguro del amor, el signo por el cual lo reconocemos, y que se ejerce en la caridad fraterna (es por este signo, etc.). Pero el signo del amor no es el amor mismo. Y si intentamos cumplir la voluntad de Dios y amar a nuestros hermanos por una tensión heroica de la voluntad, co-rremos el riesgo de querer arrancar de nuestro corazón los frutos del amor sin haber plantado en él el árbol del amor (que al comienzo es la más pequeña de todas las semillas).

Amar no es en primer lugar ser heroico en el desinterés: al contrario, esta perfección sólo llega al final. Amar es, en primer lugar, ser atraído, sedu-cido, cautivado. El primer acto libre y meritorio que se nos pide es el de ceder a esta seducción, a este atractivo de dejarse tomar, de dejarse «po-seer»…, de dejarse hacer. Es algo muy simple que se desencadena en nuestro corazón, no se sabe cómo ni por qué, y que hace fácil todo lo demás (mi yugo es suave y mi carga ligera).

Los duros esfuerzos que hacemos son a veces desesperados y desesperan-tes, ya que proceden muy poco del amor y mucho de la voluntad de con-vencerse de que se ama: lo que viene a ser un querer hacer las obras del amor sin amar. Intentamos imitar a los santos, nos forjamos un «ideal» (como la rana que quiere hacerse tan grande como el buey), y a eso se le llama perfección cristiana o evangélica. Pero la vida cristiana no es, en primer lugar, un ideal, es una realidad; el único ideal es que esta realidad llegue a su plenitud (quiero que tengáis la alegría completa).

Es muy peligroso hacer de ello, en primer lugar, un ideal, porque uno se hace su ideal. Perseguir un ideal es buscar a menudo imitar el amor con esfuerzos agotadores, que nos hacen la vida difícil y que no tienen gran mérito a los ojos de Dios, porque no responden a su deseo. No intente-mos hacer como si hubiéraintente-mos alcanzado un grado más alto que aquel en que estamos en realidad: es también un fruto del espíritu de infancia no tener un «ideal del yo».

LLEGAR A SER UN OBRERO DE LA ÚLTIMA HORA

Es preciso, pues, que ocurra algo en nuestro corazón, algo que es irreem-plazable. Seamos simplemente lo que somos. De la pequeña semilla del Reinó tenemos nuestra parte; si queremos que crezca, no la descuidemos, pero tampoco la torturemos «tirando de sus hojas» para que crezca más de prisa. No nos digamos: «¿Dónde me encuentro yo? ¿Llega? ¡No llega! Sí, llega…»

Lo más peligroso, después de todo, no es hacerse ilusiones, ni afligirse cuando éstas no se cumplen (porque en ese caso se clama a Dios); lo más

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peligroso es que después de haber sufrido durante años, uno se desanime de veras constatando que no ha avanzado, y que se diga: «Así es la vida… No hay que pedirle mucho… No soy un santo, ¡qué se le va a hacer!, to-dos no podemos ser iguales.» Esto es grave, porque es nuestra propia idea: no es en absoluto la de Dios.

Puede suceder muy bien, incluso en la vida religiosa, que hombres justos y rectos no reciban más que en el último instante la revelación del rostro de Cristo. Son obreros de la última hora, y si ellos lo aceptan, su recom-pensa será magnífica. Habrán sufrido toda su vida para llegar a ser obre-ros de la última hora, para poder decir como esta joven bautizada a los diecinueve años y muerta a los veinticuatro: «No he hecho nada huma-namente, no he hecho nada sobre- naturalmente: estoy preparada para la misericordia de Dios.»

Vale la pena vivir cien años para producir un acto de fe así, el único que cuenta y que Jesús espera. Sólo que, cuando se ha vivido muchos años, es quizá más difícil a causa de todo lo que hay que abandonar, sobre todo como pretensiones. Estamos sobrecargados de maletas (las espinas de la parábola, que hacen la vida difícil, y con las cuales no atravesaremos nun-ca la puerta estrecha). Dejad, pues, vuestras maletas en consigna, y to-mad el tren sin preocuparos de qué será de ellas.

¿Cuál es este amor que nos embarga, nos levanta y nos libera?

Contemplemos, en primer lugar, el movimiento del corazón del buen ladrón, de María Magdalena, y esa emoción que hizo llorar al padre Ra-tisbonne y puede hacernos llorar a nosotros un día u otro…

¿Qué es lo que ocurre? Ninguna psicología humana puede decirlo. Hay momentos en nuestra vida —los ha habido en nuestra vida— en que pre-sentimos el Reino de los Cielos. Imaginaos un hombre que ha vivido en un país maravilloso hasta los tres o cuatro años, no ha vuelto a verlo nunca más y, en el espacio de un segundo, respira un perfume que le re-cuerda este país. Algo muy fugaz, muy secreto, pero, a pesar de todo, muy fuerte… Es como cuando uno se aproxima al mar: el aire ya no es el mismo. Es el viento del Cielo, el soplo del Espíritu Santo.

Todos lo hemos sentido pasar un día; de hecho, es lo tánico que nos pue-de atraer hacia Dios. El no nos atrae a palos ni con razonamientos: no se hace uno cristiano porque esté convencido de que es más perfecto, sino porque no puede hacer otra cosa.

Esto viene, en última instancia, de la vida trinitaria escondida en nuestro corazón. A veces, una bocanada de esta vida llega hasta la conciencia y nos da el gusto, el atractivo, el amor por la misma. Para hablar de la vida cristiana, hay que hablar en primer lugar de la vida trinitaria.

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Se puede entonces comprender por qué el combate espiritual es a la vez tan sencillo y tan complicado. El secreto del Evangelio es algo extrema-damente sencillo, porque es la vida divina: no tenemos ni que fabricarla ni que correr tras ella, basta con dejarla crecer en nosotros, con dejarla hacer, con dejarse hacer por el poder formidable que la hace crecer. Es la más pequeña de todas las semillas. Pero si nosotros no le ponemos obstáculos, ella se encargará de invadirnos. No tendremos que trazar planos para obtener esta invasión, ella se impondrá a nosotros, no ten-dremos más que seguirla y esto será suficientemente sofocante, pues las exigencias internas de esta invasión irán infinitamente más lejos que todo lo que los hombres pueden pedirnos…, mucho más lejos incluso que nuestros sueños de perfección. Este germen se ahoga en nuestras tinie-blas y nos dice: «Dejadme respirar, no puedo continuar en un corazón de piedra, estoy a la puerta y llamo…», pero desde dentro, como un náufra-go que náufra-golpea el casco de los restos de un naufragio, donde está encerra-do. No es un ideal, es una realidad: es un hecho que la Palabra resuena en nuestro corazón para pedir «la salida», como un pollito pide salir del cascarón cuando su hora ha llegado.

Al mismo tiempo, la vida cristiana sobre la tierra es algo terriblemente complicado, precisamente a causa del vaso de tierra y del corazón de pie-dra en el que debe vivir la vida divina. Se puede decir que la vida cristiana consiste en las desventuras de la vida divina extraviada en el corazón del hombre.

El hombre es, en efecto, el ser más extraño de la creación, una máquina infinitamente delicada, más compleja que millones de ordenadores, y, para colmo de desdichas, la máquina está desarreglada… De ahí resulta un combate misterioso entre esta simplicidad de la vida y las complica-ciones de la muerte: «Siento dos hombres en mí.» Esto es cierto para todos nosotros, y no tenemos derecho a obrar como si no hubiese más que uno: «Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas.» Veremos sucesivamente:

 La vida divina en sí misma.

 La vida divina vivida por una criatura.

 La vida divina sometida a prueba. Ella debe ser vivida en la oscuridad de la fe antes de desembocar en la luz; por eso está sometida a un pe-ligro.

 La prueba resultó mal para nosotros, y desde entonces la vida divina choca aquí abajo con las profundidades del pecado, según la sabiduría de la cruz y de la redención.

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SEGUNDA VARIACION. LA LEY Y LA GRACIA

Todo comienza por una seducción: el rostro de Cristo. Nosotros podemos resistir a esta seducción o consentir a ella. Podemos incluso prepararnos a ella (purificando nuestro corazón según la predicación del Precursor): no podemos en absoluto provocarla ni reemplazarla. No podemos acer-carnos por nosotros mismos a Jesucristo: «Nadie viene a mí, si mi Padre no lo atrae.»

Es temible, pues no basta ni siquiera ser atraído humanamente, es preciso un atractivo invisible que viene del Padre. Cuando Jesucristo multiplicó los panes, el pueblo fue fascinado, todos querían hacerlo rey. Pero él les responde: «Vosotros me buscáis, no porque habéis visto los signos, sino porque os he dado de comer.» Ellos eran atraídos humanamente, pero no tenían hambre de Dios.

La reacción de Jesús nos parece severa; sin embargo, es normal. Todos deseamos ser amados por nosotros mismos, y no por el pan que aporta-mos. Pero esto es más exigente de lo que parece. Un día que celebré la misa en una prisión, una de las prisioneras me dice: «Aquí, nosotras no somos nada, nos tratan como números.» «¿Creéis que en el mundo se obra de otra forma? En un restaurante también sois un número de mesa: lo que les interesa es vuestro dinero, no vuestra persona.» Eso se extien-de a la vida común; apreciamos a los hermanos que tienen cualidaextien-des, porque nos aprovechamos de ellas. Amar a alguien por él mismo, es amarle por su miseria y no por sus cualidades.

Jesús no pide a la muchedumbre que le ame en su miseria (lo pedirá más tarde a los cristianos), sino que desee su secreto, que es divino: «No bus-quéis el alimento perecedero, sino el alimento eterno.» Resultado: cinco mil hombres a la salida, doce a la llegada. Y aún es justa la pregunta: «¿Queréis marcharos también vosotros?» «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna.»

Es penoso para un apóstol no atraer a los hombres, si el Padre mismo no los atrae. Es tentador atraerlos por toda clase de medios, recurrir a algo distinto de la vida trinitaria. Dios no nos impide emplear tales medios, puesto que el mismo Jesús lo ha hecho; pero, incluso para él, era peligro-so, queriendo los hombres quedarse siempre ahí. Un apóstol no tiene derecho a quedarse ahí. Es difícil; es difícil aceptar el no poder atraer a nadie de una manera durable por otro incentivo distinto al de la vida divina.

Para ser fiel a esta exigencia, nuestro primer deber es el de comprenderla bien, el no confundir lo natural y lo sobrenatural. En la carrera hacia el que seducirá mejor el corazón humano, lo sobrenatural parte con un

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hán-dicap terrible: no se ve, mientras que los valores naturales se ven, ellos se imponen a los sentidos y a la inteligencia. Pero san Pablo dice que noso-tros contemplamos lo que no se ve. Eso exige un coraje cotidiano: lo na-tural es la pendiente de nuestra vida y de toda vida social.

Digo especialmente de la vida social, porque los hombres ponen en co-mún más bien lo que ellos tienen de menos bueno, quedando oculto lo mejor de ellos mismos en el vaso de tierra. Nuestro comportamiento colectivo es inferior a nuestra vida profunda; el valor de un grupo es infe-rior al valor de cada una de las personas (digan lo que digan los grupos de «creatividad»). Eso debe incitarnos a tener mucha misericordia, pero también mucha prudencia: pues hay que defenderse diariamente de la sociedad, de la sociedad religiosa en que vivimos, para no convertirnos en gregarios.

Prácticamente, la mayor parte de los grupos aceptan sin resistencia las máximas del mundo al nivel de su vida social, aun cuando cada uno trata de resistir en el secreto de su corazón. Si se hubieran grabado las conver-saciones que yo mismo he tenido desde mi entrada en religión, uno que-daría horrorizado: apenas queda sitio para el Evangelio.

Cuántas veces aceptamos, más o menos tácitamente, tal o cual opinión que, si la llevásemos hasta el final, sería incompatible con la fe, especial-mente con la fe que mueve montañas y no vive más que de la gracia. A menudo, esto aparece trágicamente diez años más tarde en aquellos que, precisamente, van hasta el final… Un hermano me decía a menudo son-riendo: «¿Usted cree aún en la gracia?» Era una salida de tono, acaso un exorcismo frente a una tentación inconfesable, ese tipo de exorcismos que alivia al individuo, pero que carga sobre los otros el peso de su tentación. Resistir a todo eso sin ceder nunca exige, repito, mucho coraje diario, tanto coraje como las mortificaciones de los sentidos y de la voluntad (que no hay que descuidar, pero que justamente no pueden ser practica-das cristianamente si nuestra fe desfallece).

¿Cuántos hijos de Dios conocen su dignidad? Santo Tomás dice que la mayoría de los cristianos viven en una mentalidad del Antiguo Testa-mento. Hay que confesar que muchos sacerdotes y religiosos se dejan contaminar por tal mentalidad, o por una mentalidad revolucionaria, lo que viene a ser exactamente lo mismo.

¿Hemos comprendido el abismo que distingue lo natural de lo sobrenatu-ral? ¿Hemos percibido verdaderamente lo que Cristo ha querido aportar a la tierra, y que no estaba en la Antigua Alianza? Algunos responden: el amor. Otros: la misericordia. Otros aún: la paternidad de Dios. Todo esto es verdad, pero a condición de precisar qué ofrecen de nuevo este amor,

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esta misericordia, esta paternidad. Pues ya en la Antigua Alianza se habla de ellos.

Leed el Deuteronomio, Isaías, Oseas (sin hablar del Cantar de los Canta-res); encontraréis expresiones muy fuertes sobre el amor de Dios por su pueblo y el amor que El pide a su pueblo: «Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió no fue por ser vosotros más numerosos que los de-más —porque sois el pueblo de-más pequeño—, sino que por puro amor vuestro […]. Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable; no está en el cielo […] ni está más allá del mar […]. El mandamiento está a tu alcance: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo» (Dt 7,7-8; 30,11-14). «¿Puede una madre olvidarse de su cria-tura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré» (Is 49,15).

Todo el Antiguo Testamento, a fin de cuentas, es una interminable esce-na de amor entre Dios y su pueblo:

«Como a mujer abandonada y abatida te vuelve a llamar el Señor; como a esposa de juventud, repudiada —dice tu Dios—. Por un instante te aban-doné, pero con gran cariño te reuniré. En un arrebato de ira te escondí un instante mi rostro, pero con misericordia eterna te quiero —dice el Se-ñor, tu redentor—» (Is 54,6-8).

No se comprende nada, si ahí se busca otra cosa. Con todo el respeto debido, se podría traer aquí el diálogo de Carlota con su marido en el Don Juan de Moliere: «¡Me dices siempre lo mismo!» «Te digo siempre lo mismo, porque es siempre lo mismo…» La Biblia se repite incansa-blemente, porque el amor, la infidelidad, la cólera, el perdón se repiten incansablemente en la historia de Israel… y en la nuestra. Los estudios bíblicos pueden enseñarnos muchas cosas preciosas, pero para compren-der esto —que es lo esencial— es necesario y suficiente que Dios nos dé un corazón: pues «el Señor no os ha dado inteligencia para entender, ni ojos para ver, ni oídos para escuchar hasta hoy» (Dt 29,3).

LA LEY DEL ÉXTASIS

Entonces, ¿qué más hay en el Evangelio? Un abismo. ¿Por qué? Porque todo eso es la virtud de religión, es el amor, si se quiere, pero no es toda-vía el misterio de la caridad, al meaos claramente; es la ley de amor, no es la gracia.

La ley dada a los judíos era una ley de amor, Cristo nos lo recordó a ma-nido. En el Antiguo Testamento, la liturgia ritual tiene mucha importan-cia, y el corazón humano tiene inclinación a quedarse oí ella, a compla-cerse y ahogarse en día. Peto este culto exterior no tiene sentido sino por el culto interior, es decir, la adoración. Desde la llamada de Abraham,

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Dios ha buscado adoradores en espíritu y en verdad…, pero ha encontra-do corazones de piedra, y ése es el drama de Israel. A pesar de eso, a lo largo de esta historia, el Espíritu Santo ha suscitado verdaderos adorado-res en su pueblo.

Para que haya adoración es necesaria, en primer lugar, una luz profunda y penetrante sobre nuestra nada frente a Dios. Pero es necesario también, y sobre todo, que cantemos esta evidencia con alegría: para ello es nece-sario otra cosa distinta de la evidencia, es necenece-sario el amor.

Este amor nos parece tan extraordinario que, de buena gana, lo atribui-mos a la gracia, aun cuando sea un amor natural. Sólo que nosotros no comprendemos este amor, porque ya no somos inocentes: toda naturaleza inocente se siente llevada a alabar a Dios, a ofrecerse a Él y a perderse en El. Este movimiento de amor no está reservado a las criaturas inteligen-tes: el dinamismo «itero del universo es llevado por el amor de Dios. Nosotros no somos más que un poquito de la gloria de Dios… El hombre que no se vuelve hacía Dios hace sufrir a la naturaleza con una violencia insospechable: la impide cumplir su función profunda, que es la alabanza de Dios.

Más allá del instinto con sus límites y su «egoísmo», hay un éxtasis cie-go, una explosión oblativa. También los hombres son elevados por este éxtasis, sólo que ya no saben reconocerlo. Incluso en el infierno Satanás tiene sed de eso: está en su naturaleza.

Esta oblación ciega alimenta tanto el pecado como la virtud y la santidad. Pero en el pecado uno la resiste, se repliega sobre sí (es la naturaleza encorvada de la que habla san Bernardo, figurada por la mujer anciana del Evangelio), mientras que en el amor que responde al precepto de Dios, uno se deja llevar por esta oblación espontánea, y va hasta el fin de su invitación a la alegría.

Esta oblación es el alma de todo sacrificio. Hay otra cosa en el sacrificio, que es la respuesta de Dios, el fuego del cáelo que viene a consumir la víctima. La víctima debe en primer lugar ser ofrecida, y es el amor obla-tivo el que ofrece a Dios el corazón de los hombres. Pero ella no es ver-daderamente víctima antes de ser consumida por el fuego del cielo. El hombre tiene sed de sacrificio, y no solamente de oblación, pues ha sido creado por Dios en un estado en que no puede prescindir de El. Sí él re-siste por el pecado a la oblación total que le ofrece en verdadero sacrifi-cio, cae en abominaciones de las que la historia humana nos ofrece ejem-plos constantes y que se perpetúan en el siglo veinte bajo formas eviden-tes para los que tienen ojos para ver (literatura negra, películas de terror, perversiones sexuales, etc.).

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El psicoanálisis enseña que un hombre curado de sus complejos desem-boca en un estado que él también llama oblativo, un estado en el que el interesado se ofrece a la «realidad» sin interponer entre ésta y él el juego de sus pulsiones y de su imaginación. Sólo que, para el psicoanálisis, la realidad es la sociedad. Para nosotros es Dios y, para el amor de Dios, los otros: por consiguiente, la sociedad. Uno es ofrecido a lo real cuando es ofrecido a Dios; «se está reconciliado con lo real, cuando se está reconci-liado con Dios. Es el único equilibrio verdadero, el que nos da la dicha. Si se va hasta el final de esta oblación para amar a Dios por encima de todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, se cumple la ley. La ley no es esa cosa exterior que constituye el derecho positivo. La ley de un germen es crecer, la ley de cada naturaleza es desarrollarse libremente en todas sus posibilidades… La ley de la naturaleza humana es amar a Dios y al prójimo. Esta ley no está en el código civil, ni siquiera en el código sacerdotal, es la ley de la felicidad, fuera de la cual el hombre será fundamente desdichado. El Decálogo no es más que el recuerdo y la pro-mulgación positiva de esta ley natural: por tanto no está reservado al pueblo judío, es válido para todos los pueblos.

La luz de la Antigua Alianza es ya una luz de amor. Por eso Cristo dijo que él no vino a abolir la ley, sino a hacer que se cumpliera. Cuando san Pablo opone la ley y la gracia, no apunta al legalismo de los fariseos, que se condena él mismo en nombre del buen sentido (ver la réplica de Jesús sobre el asno caído en un pozo en día de sábado). La ley a que se refiere san Pablo es la ley de amor en el sentido más profundo de la palabra. Esta ley es buena, él lo proclama, pero es incapaz de salvarnos porque no basta para convertirnos; por el contrario, el conocimiento de la fe produ-ce en los pecadores que somos nosotros un recrudecimiento del pecado, un endurecimiento del corazón mucho más grave que el pecado cometido en la ignorancia. Eso que se llama hoy el Evangelio, la vida evangélica, es muy a menudo esta religión natural de la que Pablo nos declara incapaces porque estamos encerrados en la desobediencia. No saldremos cuando queramos de esta prisión: la puerta está cerrada a nuestros corazones porque éstos son duros, cobardes, rígidos, retorcidos.

Es ahí donde hay que saber calcular el gasto: reconocer que estamos en-fermos y que tenemos necesidad de un médico. La ley de amor deja en nuestro corazón una nostalgia que nos persigue, pero somos incapaces de hacer de ella una realidad. ¿La prueba? Consultad al juez interior que hay en vosotros. Nos damos perfecta cuenta de que no amamos a Dios y al prójimo: esta nostalgia está encerrada en nuestro corazón como en una prisión. Aceptemos reconocerlo y recibir la salvación que Dios nos ofrece, no la salvación ilusoria de una generosidad natural condenada de

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ante-mano a la desesperación, porque este camino nos está cerrado, como el mismo paraíso terrestre.

Los que quieren ser generosos sin conocer la humillación de ser mendi-gos de la gracia, serán condenados en nombre de esta generosidad mis-ma, porque no la practican. Creen practicarla, o gastan una energía loca para convencerse de que la practican… pero no es verdad: no pueden. Por eso, los que quieren ser «gente bien», sea en el antiguo estilo, sea en el moderno (eso no tiene ninguna importancia), conocen o conocerán ruinas brutales y desánimos temibles: no construyen sobre roca, sino sobre arena.

LA GRACIA ES MÁS QUE UN ÉXTASIS

Estos hombres no comprenden qué es la gracia. Quieren llevar una vida recta (o una vida «evangélica» con todas sus «locuras» más o menos re-volucionarias, pero repito que eso viene a ser exactamente lo mismo), dominada por el amor a Dios y al prójimo, y coronada por una especie de sombrero sobrenatural. Pero la gracia no es una cima, ni el bello lecho de un edificio construido con el sudor humano: es el suelo sobre el que de-bemos construir, el fundamento cuyo nombre es Jesucristo. La generosi-dad natural es de arena: todo lo que se construye encima es rápidamente resquebrajado y minado. Hay que jugar nuestra vida al número de la gracia, único número ganador. Hay que tomar el tren de la gracia… El tren de la naturaleza es bello, seductor, atrayente, parte en seguida como una flecha, antes que el otro, ¡pero no llega!

El tren de la gracia es pobre, miserable, da tumbos y avanza con dificul-tad; es pequeño como un grano de mostaza, arranca lentamente, difícil-mente…. pero llega, ¡es el único que llega! ¿Adonde? Al Reino de los Cielos.

No se trata de lanzar el anatema sobre los que no han comprendido toda-vía del todo. A los que tratan de practicar la ley Cristo no les dice que están perdidos. Les dice por el contrario:

— No estás lejos del Reino de los Cielos. — ¿Qué me falta aún?

— Sígueme.»

Esta respuesta es extraordinaria: no se trata de conseguir algo, de hacer esto o aquello, sino de seguir a alguien; eso invierte todas las perspecti-vas. Vosotros prevéis vuestra jornada (y vuestra vida) de acuerdo con un plan, un programa, un reglamento conforme a vuestros principios y a vuestras convicciones: eso es la ley. Y luego alguien hace irrupción y lo trastorna todo: en nombre de la autoridad o en nombre del amor (que es

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peor), os pide simplemente hacer otra cosa. No es penoso, es otra cosa: la ley Je la persona se sustituye por la ley del objeto. Una persona vive y es imprevisible: no podéis prever la víspera lo que os pedirá al día siguiente. Por eso no conviene apegarse demasiado ni siquiera a lo que Cristo nos pide, pues no se puede prever lo que nos pedirá mañana, que puede ser todo lo contrario de lo que nos pide hoy (pensad en el sacrificio de Abraham).

En el fondo, a través de todo eso que nos pide, Jesús nos pide únicamente la flexibilidad; que le sigamos a él. El es el mundo de la amistad. No ya solamente el amor, sino la amistad, es decir, la vida a dos: estamos ence-rrados en la desobediencia y no podemos salir de ella si no seguimos al Señor.

Uno se pregunta qué hacer ante el mundo moderno, uno se hace muchas preguntas. Me dan ganas de responder: no existe solución, existe el Sal-vador. No hay más que hacer que seguir al Salvador, hacer hoy lo que nos pide hoy, hacer mañana lo que nos pida mañana. Y yo os puedo decir en seguida lo que El hará en primer lugar: salvaros.

No es suficiente amar a Dios y a los hombres, porque es imposible. Cristo ha venido a hacer posible este amor en nosotros ofreciendo la gracia de su amistad: es el abismo al que él nos pide responder.

En tanto que los hombres no se vuelvan locamente hacia él, compren-diendo que tienen necesidad de ser salvados, nada serio se hará en el mundo: el que no sabe hasta qué punto necesita ser salvado, no puede- comprender hasta qué punto es salvado.

TERCERA VARIACION. LA VIDA TRINITARIA Y EL

ESPÍRITU DE INFANCIA

«Yo soy el camino, la verdad y la vida… Nadie viene al Padre sino por mí… Como mi Padre me amó, yo también os he amado: permaneced en mi amor… Este es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado… Que el amor con que Tú me has amado esté en ellos y yo en ellos.»

Sería grave olvidar estos textos, aunque sólo fuese una hora de nuestra vida. Eso que se desarrolla en nosotros es la vida trinitaria: no podemos comprender nada de nosotros mismos, si no vivimos del misterio de la Santísima Trinidad.

Se trata del amor con que el Padre ama al Hijo, y cuyo fruto es el Espíri-tu Santo. Este amor está en nosotros. Es mucho más grave que decir: tiene que estar en nosotros. Nuestra responsabilidad es mayor por saber que está en nosotros, y que debemos dejarle hacer. Eso es lo que se nos

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ofrece. Todo lo que se nos pide es no dejarlo pasar y no ahogar demasia-do este germen que desea desarrollarse.

(no se trata sólo de amar a Dios sobre todas las cosas y a los hombres como a hermano» nuestros, sino de entrar en el amor sobrenatural de Dios. No es la inmortalidad lo que nos espera, es la eternidad.

«La vida eterna es que ellos te conozcan…» Conocer al Padre es experi-mentar su paternidad: no es una paternidad vaga, sino una paternidad divina, una paternidad en sentido estricto. Todas las religiones tienen el presentimiento de la paternidad de Dios, pero este presentimiento no basta, es necesario mucho más.

Ser padre es comunicar la propia naturaleza a otro, es dar a un hijo lo que uno mismo es. Un artista es el padre de sus obras en la medida en que se expresa a través de ellas. El Verbo es la perfecta expresión del Padre (el esplendor de su gloria).

¿Es que el hombre expresa a Dios? En cierta medida, sí. Ha sido creado a su imagen y semejanza, porque su naturaleza es espiritual. Entre el mis-terio de Dios y el mismis-terio del espíritu hay algo en común.

Es esto lo que hace paradójica a la criatura espiritual. En la medida en que nuestra situación es la de una criatura, nosotros tenemos limitacio-nes, nuestra naturaleza tiene limitaciones. Pero, por nuestro espíritu, tenemos algo de infinito: un aspecto vacío en nosotros, un aspecto de tabla rasa, capaz de recibir cualquier cosa y de llegar a ser cualquier cosa. Nuestro espíritu puede recibir todo, incluso a Dios; puede verlo cara a cara, si eso le es dado. Es nuestra mayor nobleza.

La dimensión infinita del espíritu tiene consecuencias prácticas temibles. El misterio del pecado tiene su raíz en este doble teclado de la vida de todo espíritu: el teclado positivo (las teclas blancas) que echa raíces en la naturaleza con sus limitaciones, y el teclado negativo o «vacío» (las teclas negras), pero sin limitaciones: la capacidad de acoger a Dios. Dar la pre-ferencia a Dios en nuestra vida querrá decir dar la prepre-ferencia a esta pa-sividad.

Cierto número de palabras toman su sentido a partir de ahí: silencio, es-pera, paciencia, consentimiento, «dejarse hacer»; todo eso tiene un valor porque es solamente eso lo que nos permite recibir a Dios y reflejar el infinito.

Nuestra vida es la historia de la batalla entre nuestra actividad y el silen-cio.

Esta dimensión infinita hace que todo espíritu sea capaz de acoger a Dios. Él es creado a su imagen, lo que fundamenta una cierta semejanza entre Dios y la naturaleza humana. Se puede decir, pues, en sentido amplio,

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que, al crear a un hombre, Dios le comunica algo de su naturaleza: eso es suficiente para establecer una cierta paternidad, pero solamente en senti-do amplio, ya que hay un abismo entre el espíritu creasenti-do y la naturaleza divina.

Cuando se nos da el amor del Padre y del Hijo (el Espíritu Santo), es la misma naturaleza divina la que se nos da. Lo que separa la Antigua Alianza de la Nueva, es que la Antigua Alianza no conocía el don ile la gracia, aunque la gracia ya hubiera sido dada. A partir del don de la gra-cia, Dios comunica al hombre su naturaleza en todo rigor, tan rigurosa-mente como un padre comunica la naturaleza humana a su hijo.

Entre el artista y su obra hay un abismo; pero si el artista pudiese crear un hombre vivo que lo expresase todo entero, eso sería otra cosa. Eso es lo que Dios hace en la Trinidad a modo de generación y no como una obra de arte. Eso es lo que hace también en nosotros. Dios nos engendra por adopción tan estrictamente como engendra su ―Palabra por naturale-za: nosotros devenimos sus hijos en sentido estricto, y no meramente sus hijos, sino el Hijo de Dios; no hay más que uno. Cuando Dios pierde a uno de nosotros porque dejamos de amarle, pierde a su Hijo; hay un ros-tro de su Hijo que ha muerto en nosoros-tros.

Los santos lo comprenden. Por eso, cuando comienzan a decir «Padre nuestro…», se detienen, no pueden ir más lejos. Ellos comprenden ya lo que nosotros veremos en la eternidad…

Que este germen que hay en nosotros no duerma. El espíritu de infancia no es una actitud piadosa que tomamos para ser bien educados: es el alma del Verbo, es el Espíritu Santo. El primero que tiene el espíritu de infan-cia es el Verbo, y este camino de infaninfan-cia espiritual no es un camino a bajo precio, es el secreto de Cristo. Sólo el espíritu de infancia puede es-crutar las profundidades del Padre. Ahora bien, nosotros tenemos el de-ber de escrutarlas, no tenemos derecho a quedarnos en la paternidad en sentido amplio.

SER NIÑO ES PERDER PIE

Muchas inquietudes, muchas faltas de honradez para con Dios se evita-rían si se considerase a Dios como Padre. Cuando los cristianos discuten sobre lo que se debería hacer frente al mundo moderno, y se dejan turbar, es que no han comprendido, se han quedado en la paternidad en sentido amplio.

Una vez di una conferencia a unas institutrices sobre la literatura con-temporánea y la novela negra; ellas estaban un poco perplejas, dándose cuenta de que es el pan cotidiano de los jóvenes en el mundo actual… ¿Qué hacer? Ante su desconcierto, yo tenía la impresión de que su casa

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no estaba construida sobre roca. Se sentían perdidas al considerar que todo desaparece: el sentido de la familia, del honor; toda virtud natural es sistemáticamente pulverizada, aniquilada por esta literatura que se ali-menta de catástrofes y atiborra nuestra generación de tinieblas.

Es cierto que los valores naturales están a punto de naufragar: pero eso prueba, justamente, que no bastan. Hay períodos en que Dios permite que todo se venga abajo, para que se vea bien que por sí mismo nada se tiene en pie. Eso no debería desconcertarnos. Nietzsche proclamó que Dios había muerto, lo cual tiene al menos la ventaja de ser una afirmación radical. Frente a ello, no se puede hacer más que una cosa: ser cristiano. ¿Ha muerto Dios? En parte es verdad. El espíritu de esta anotación es profundamente diferente del de los teólogos de la muerte de Dios, como lo prueba lo siguiente. El que muere es el Dios «valor supremo» de los que no desean tener nada que ver con El y llegar a ser místicos, aquellos cuya práctica religiosa sin amor grita, mucho más eficazmente que la blasfemia torturada de Jacques Prévert: Padre nuestro que estás en los cielos, quédate allí… Hay un Dios que los cristianos dicen ser su Dios, que no es Padre más que en sentido amplio, y viene a coronar desde muy arriba (lo más lejos posible) una vida fundada sobre los valores humanos. Este Dios ha muerto, no el Viernes Santo, sino la tarde de la caída. Sólo el Dios Salvador no ha muerto, sólo el Padre en sentido estricto respon-de, y cuando no nos responde es porque no queremos dirigirnos a Él. No son los gobiernos, ni los genios, ni los hombres de acción los que sostienen la humanidad: son los adoradores. ¿Qué les pide Dios? Poca cosa: creer en El. Si ellos rehúsan un poco creer en El, de ahí se sigue todo lo demás: los gérmenes de los pecados ya no encuentran obstáculos y se desarrollan.

«El mundo entero —dice san Juan— está en manos del Maligno.» Es una fortaleza de hielo que no quiere amar, y Dios hace de ella su sede. Busca brechas: son los adoradores… Es preciso creer en ello. Eso es sal-varse «juntos»: Dios no necesita olvidarse de cada persona para ser uni-versal. «Conformarse a un ideal moral» sigue siendo un deber tan riguro-so como en otro tiempo, en interés incluriguro-so de los demás.

Frente a este mundo cuyos valores se vienen abajo, si buscáis con fiebre e inquietud lo que hay que hacer, no habéis comprendido que Dios quiere ser el único en salvarnos: va en ello su gloria. Cuando uno se apoya sobre la acción o sobre los valores naturales, ataca la gloria de Dios.

Dicho de otra manera, debemos aceptar ser místicos, en el sentido autén-tico de la palabra, es decir, seres que han penetrado en un secreto, el se-creto de nuestro amigo, de nuestro salvador. Este sese-creto es la vida

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trini-taria, y para entrar en él es necesario llevar una vida en la que no haga-mos pie… Esa es toda la sal de la vida mística.

Esta obligación (de no hacer pie) puede estar en el origen de un verdade-ro drama. Una historia verdadera os lo hará comprender. Una madre tenía dos hijos, uno de cuatro años y otro de siete. Ella jugaba a menudo a hacerles girar en torno a ella agarrándolos por las muñecas. Un día les dice: «Hace mucho tiempo que no jugamos a dar vueltas. ¿Vamos a ju-gar?» El más pequeño responde inmediatamente: «Oh, ¡sí, sí!…», pero el mayor: «De acuerdo, pero no irás más de prisa de lo que yo quiera.» El más pequeño era todavía un místico; el mayor había dejado de serlo. Ha-bía «rebasado» el espíritu de infancia, quería ser «mayor y responsable». Debemos aceptar ser arrastrados en un movimiento donde estamos segu-ros de ser desbordados, de no poder hacer pie. Ahora bien, quizá me equivoque, pero tengo la impresión de que las llamadas del Corazón de Jesús y las apariciones de la santísima Virgen manifiestan bien eso que, por mi parte, siento a veces: que los mismos cristianos se niegan dejarse llevar más allá de todo. Quieren correr, pero no quieren volar… Pues bien, hay que cerrar los ojos, volar, partir a la ventura, «perder la propia alma», abandonar todo para seguir a Jesucristo.

Sentimos que hay algo que no marcha. Decimos: «Ahora no…», como los invitados al banquete. El banquete no puede ser otra cosa que la vida eterna. Ahora bien, los servidores dicen que todo está preparado desde ahora, hay que venir desde ahora…. y nuestro juicio da vueltas en torno a ese asunto.

Si no queréis, no comulguéis. Todo es posible al amor de Dios, pero así no se le deja hacer. Si soy vehemente, es porque creo que Dios lo es toda-vía más que yo. Un papa decía que había una sola respuesta al desarraigo del mundo actual: la Eucaristía, es decir, el banquete del cielo en la tierra. No se ha comprendido a Dios, mientras se busque otra respuesta. Si los cristianos quisieran dejar «prender» la llama de la vida divina, sería lo bastante violenta como para arrebatarlo todo: «Yo he venido a traer fue-go sobre la tierra, y ¿qué voy a querer sino que arda?» Ese es el juicio que padeceremos, y que vale más padecerlo desde ahora. ¿Aceptáis que las cosas vayan hasta la prueba del fuego? Generalmente queremos amar a Dios, a condición de que la cosa no vaya demasiado de prisa, demasiado fuerte, que no sea excesivamente desconcertante…

LA CONVERSIÓN DEL JUICIO

Obrando así, resistimos al aguijón, y finalmente nos hacemos la vida más difícil y más áspera; hacemos proezas agotadoras para evitar el llegar a ser santos. Sería, sin embargo, más sencillo hacer lo que Dios nos pide.

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Desgraciadamente, nuestra resistencia es disimulada, se agazapa en el fondo de nuestro ser, evitando cuidadosamente aparecer a la luz del día: teme sobre todo la luz.

Por el contrario, hay que pedir incansablemente esta luz, para que ella nos muestre cómo habitual- mente nos negamos a dejarnos hacer. Imagi-naos lo que pudo significar para Alfonso Ratisbonne (hijo de un banquero judío, convertido por una aparición de la santísima Virgen, casi inmedia-tamente después de haber aceptado llevar la medalla milagrosa) ver, de la noche a la mañana, toda su filosofía barrida. En el fondo, nuestra vida es eso: ¿aceptamos que la idea que nos hemos forjado de la vida caiga por los suelos? Se trata de partir de cero, diciendo: No había comprendido nada (y una vez que gracias a eso se ha comprendido, se establece nue-vamente el propio tinglado y ya estamos, como siempre, para comenzar de nuevo).

Los mandamientos de Jesús no son exigencias de justicia, sino de amor: ellos traducen las leyes de la amistad. Son también leyes, pero no se pre-sentan con un carácter rudo y aterrador. Eso no significa que no sean temibles; al contrario, lo son más todavía que una ley de temor, pero de manera distinta. La sanción de un pecado contra el amor, es el hecho mismo de que hiere al ser amado… y por eso es peor que cualquier otra. Pero esto es extremadamente sutil. El amigo herido no dice nada, él no nos envía la policía, es fácil no darse ni cuenta de que se le ha herido. Solamente cuando se comienza a curar la herida se descubre el punto sensible, sólo entonces se revela su pena. Por lo demás, callará.

Si pedís con equidad ser iluminados, lo seréis, pero no reclaméis un pro-grama trazado a la medida de vuestras intenciones. Si pedís cuentas a Dios, si discutís por saber en qué habéis sido culpables, no saldréis nunca de ahí… Cuando se ha herido a un amigo, no hay que volver discutiendo. Hay que decir: «He debido hacer algo que no te agrada, no sé exactamen-te qué, pero exactamen-te pido perdón de anexactamen-temano y sin saber…» Es el mejor exa-men de conciencia. Si queremos saber en qué hemos desagradado a Dios, ante todo no hemos de justificarnos nunca: si no, somos unos fariseos. No somos tan culpables en los puntos en que creemos serlo cuanto en los que creemos que no lo somos.

El orden de la amistad es un orden especial: hay que precipitarse en él con los ojos cerrados. Dejémonos hacer, aceptemos las humillaciones más íntimas, no nos resistamos interiormente aterrándonos a un ideal propio nuestro, a una «imagen de marca». Cuando Juan escribía al ángel de la iglesia de Laodicea, es a nosotros a quien lo escribe: «Aunque no lo sepas, eres desventurado y miserable, pobre, ciego y desnudo, y no has querido presentarte así a mí, has querido hacer como si estuvieras vestido.» Pues

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bien, eso es una falta de delicadeza. No es más que eso, pero es terrible. Somos tan profundamente miserables, que es necesaria una intervención especial de Dios para mostrárnoslo. Si nosotros no queremos, Dios no puede nada: El es tímido…

Pensad, por ejemplo, en la santísima Virgen. ¿Cuál es su rasgo dominan-te? Que ella no se impone nunca: es discreta, no vendrá a vosotros si no le pedís que venga. «Al atardecer de esta vida, seremos examinados de amor.» Pero seremos examinados sobre la delicadeza del amor más que sobre su intensidad, pues la intensidad es asunto de Dios, la delicadeza es asunto nuestro: no hay más que poner en ello de la propia cosecha. Es difícil de querer, pero no es difícil de poder. Releed el capítulo XI de la Historia de un Alma (el mensaje de Teresa es el mensaje de la santísima Virgen al mundo moderno, confiado a una de sus hijas). Teresa canta allí sus deseos: ser doctor, sacerdote, renunciar por humildad a ser sacerdote, y por encima de todo el martirio, todos los martirios… Su hermana está asustada: «Tú estás poseída por el amor divino como se está poseído por el diablo, pero yo no puedo seguirte.» Teresa responde: «No has com-prendido nada: mis deseos son riquezas, es un don que Dios podría reti-rarme para darte diez veces más. No es eso lo que le agrada en mi alma; lo que le agrada es verme amar mi pequenez y mi nada. Todas las almas sin deseos ni virtudes son aptas para las transformaciones del amor.» Uno se encuentra ante el hecho terrible de que casi nadie acepta las re-glas del juego, porque eso exige una conversión del juicio. Nuestro pen-samiento choca con el penpen-samiento de Dios y no quiere ceder. Es necesa-rio convertirse, es decir, cambiar de critenecesa-rio. Somos como los nadadores que se hunden v que tratan desesperadamente de subir a la superficie. Es justamente lo que no hay que hacer: es preciso hundirse, es preciso dejar-se caer hasta el fondo, y solamente entonces dejar-se podrá remontar de pro-fundis. Nunca estamos suficientemente en el fondo. Una oración que vie-ne de profundis es siempre acogida inmediatamente porque surge de lo hondo de nuestra miseria y angustia. Por eso Dios nos pone en un aprie-to, porque desea acogernos. Todos tenemos nuestra herida interior, como Jacob: esta herida es el medio providencial de que Dios quiere servirse para acogernos…, pero nosotros no sabemos servirnos de él: «Si pedís en mi nombre, obtendréis todo lo que pidáis. Todavía no habéis pedido nada en mi nombre.»

CUARTA VARIACION. LUJO Y POBREZA

Decid a un filósofo que hay tres personas en Dios: aunque os crea, sin la gracia de Dios no podrá cantar gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu

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Santo… Para decirlo, hay que ser arrastrado por la corriente que circula entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

El secreto impenetrable de Dios está en nuestro interior como un río inmenso que arrastra un tapón de corcho, o si preferís, una pequeña bar-ca… El río tiene dos propiedades con relación a la barca: él la arrastra y la sobrepasa. En la medida en que él nos sobrepasa, nosotros adoramos. Es mucho mayor que nosotros, y, sin embargo, es nosotros.

¿Por qué los torrentes de amor de la Trinidad no se expanden más sobre la tierra? No deberíamos tener otro sufrimiento ni preocupación… ¿Cuál es esta vida, este juego entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? ¿Qué podemos decir de ella aquí abajo?

Lo sorprendente es hasta qué punto El esta cerca de nosotros. Todo se refiere en el fondo a la noción de fecundidad, tan accesible y tan humana. Dios es fecundo en el interior de sí mismo: misterio de sobreabundancia y, por consiguiente, de gratuidad. La procesión del Hijo y del Espíritu Santo es necesaria en Dios, pero nosotros no podemos comprender por qué, ya que el Padre no tiene «necesidad» del Hijo (en el sentido humano de la palabra): es una necesidad de esplendor, una superabundancia im-previsible de la perfección misma, un lujo eterno (lujo viene de lux, que quiere decir luz).

Reflexionando sobre la fecundidad, se descubre que no es en primer lugar una propiedad del cuerpo, sino del espíritu. El cuerpo es fecundo en la medida en que participa de la fecundidad fundamental de la vida espiri-tual.

La fecundidad espiritual es doble: fecundidad de la inteligencia y fecundi-dad del amor. San Agustín ha insistido mucho sobre la fecundifecundi-dad de la inteligencia, que consiste en expresar o manifestar. La inteligencia ve, pero al ver manifiesta (lo que no es exactamente lo mismo que ver, aun-que para nosotros sea inseparable).

Para nosotros, expresar lo que se ve ayuda a verlo todavía mejor. Por ejemplo, un artista tiene la intuición de su obra, pero es una intuición confusa, que se hace más clara en la medida en que la expresa. En la vida humana, se expresa todo para ver mejor, o para hacer ver a otros.

La visión divina es perfecta en sí misma, no tiene necesidad de expresarse para hacerse más luminosa: es una pura sobreabundancia que (me atreve-ría a decir) «empuja» al Padre a expresar su visión…, v esta expresión es el Verbo (1).

El Verbo no expresa solamente la visión del Padre, sino su ser ―mismo. Para comprenderlo, debemos abandonar la vida espiritual y contemplar la fecundidad carnal, pues en nosotros la sustancia es carnal. Las obras de

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nuestro espíritu nunca son personas, sólo el fruto de nuestras entrañas es un hijo, por tanto, una persona. Debemos contemplar el misterio de la carne para contemplar el misterio de Dios, purificándolo solamente de sus imperfecciones.

La gran imperfección de la generación humana es que no produce inme-diatamente un hombre acabado, es decir, adulto. Produce un niño que no llega a ser perfecto más que separándose del padre a medida que crece. Ya estamos acostumbrados a ello, pero es una gran limitación infligida por la carne al esplendor de la generación… y los hombres sufren mucho por esa limitación: para parecerse perfectamente a su padre, el hijo debe dejar a su padre y, en cierto sentido, dejar de ser hijo. Eso va completa mente contra el esplendor de la generación, que es un misterio de intimi-dad.

La generación perfecta sería la que produjese por si misma un hijo ya perfecto, es decir, igual al padre. Es precisamente el privilegio de la gene-ración divina, y por eso el Hijo puede proceder eternamente del Padre sin tener que separarse de él.

El misterio de la paternidad divina es quizá desconcertante para un filó-sofo, pero muy accesible para el corazón humano; los niños aprenden fácilmente el padrenuestro.

Vemos aquí por primera vez que la gracia no destruye la naturaleza: si la vida espiritual nos es difícil, no es porque es espiritual, sino porque es inocente. Ella se revela a los pequeños tan fácilmente como se oculta a los sabios e inteligentes.

A fuerza de estudios y de técnica, se puede llegar a ser un buen ingeniero o incluso un buen médico…, pero no un buen padre, justamente porque ser padre es demasiado sencillo, demasiado banal. No hay que fiarse de esta banalidad: precisamente ella nos impedirá en el noventa por ciento de los casos encontrar la puerta estrecha…

(1) Cuando una visión es perfecta, puede muy bien ocurrir que no se exprese, que sea «muda». Así sucederá con la visión beatífica. Nuestra inteligencia es dema-siado débil para manifestar a Dios: apenas puede verlo, ya queda completamente rebasada por lo que ve, está ahogada en un torrente de luz que no puede asimilar para repetirla en un concepto. Por eso Dios sigue siendo un misterio en la visión cara a cara: el misterio es una propiedad de la luz cuando ésta es excesiva, cuan-do rebasa la inteligencia que ella misma alimenta. Las verdades de la fe son oscuras y misteriosas, pero no es la oscuridad lo que las hace misteriosas: al con-trario, son aún más misteriosas cuando se las ve… y lo son plenamente cuando uno se aproxima a la visión (es una de las causas del sufrimiento de las purifica-ciones pasivas).

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MATERNIDAD DEL ESPÍRITU SANTO

El Espíritu Santo es la fecundidad del amor. Para el corazón humano es fácil de presentir, pues eso evoca el encuentro de dos personas, por tanto, una vez más, la experiencia más corriente que podemos hacer del amor humano.

Aprendamos, en primer lugar, a distinguir bien el amor y la amistad. La Antigua Alianza podía hacer sospechar que Dios es Amor, pero sólo Je-sucristo nos ha revelado que Dios es Amistad o Caridad (ágape), no sólo con relación a nosotros, sino en sí mismo. Cristo ha revelado, en primer lugar, al Padre y al Hijo; y los discípulos han comprendido progresiva-mente que el encuentro de estas dos Personas es fecundo a su vez, siendo el Espíritu Santo el fruto de este encuentro.

El Padre y el Hijo se aman en cuanto que se parecen y no son más que un solo Dios. Pero se aman también en cuanto que se distinguen, que es lo propio de la amistad y lo que hace a ésta desinteresada: amar al otro en cuanto otro. Ahora bien, el Padre y el Hijo se distinguen infinitamente, pues todo lo que hay en Dios es infinito, y la distinción de personas es infinita en Dios.

Como dije, la vida humana nos ofrece una analogía muy elocuente de este misterio. La paternidad es la obra de uno solo. Pero la maternidad es el fruto del amor de los esposos. De ahí viene quizá la unión, atestiguada por el Evangelio y profundamente escrutada por la Iglesia, entre la Vir-gen y el Espíritu Santo. Decir que María ha concebido del Espíritu Santo, es decir que el misterio de la Encarnación «procede» de la intimidad de amor entre Dios y la Virgen, a la manera como el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo (o del Padre por el Hijo, si se prefiere la terminolo-gía ortodoxa).

Cuando el Padre y el Hijo aman la naturaleza divina que les es común, sólo se da el amor de Dios por Dios, la seducción que Dios ejerce sobre Dios (el amor es siempre seducción). Hay dos Personas para amar el Bien divino y complacerse en él, en lugar de una sola. A este nivel, se puede hablar de la intimidad del Padre y del Hijo (ellos comulgan en la misma fuente): no se ha dicho todavía nada de su amistad.

La amistad es el amor del Padre por el Hijo en cuanto Hijo, es decir, infi-nitamente distinto del Padre; es el amor del Hijo por el Padre en cuanto Padre…, cada uno ofreciendo al otro un rostro original infinitamente distinto del otro.

Esta amistad entre el Padre y el Hijo es también una seducción infinita: es fecunda y tiene por fruto el Espíritu Santo.

Referencias

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