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Psicología. Rubinstein

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J. L. RUBINSTEIN

Principios de

PSICOLOGÍA

GENERAL

Versión española de SAROLTA TROWSKY

Revisada por

JOSÉ TORO Doctor en Psicología

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CAPITULO PRIMERO

OBJETO DE LA PSICOLOGÍA

NATURALEZADELOPSÍQUICO. Características de los fenómenos psíquicos.

ELGRUPODEFENÓMENOSESPECÍFICOS que son investigados por la psicología puede distinguirse clara y exactamente de otros fenómenos: son nuestras percepciones, pensamientos, sentimientos, nuestras aspiraciones, intenciones, deseos, etc, es decir, tocio lo que forma el contenido interno de nuestra vida y lo que, poco más o menos, nos es dado como experiencia. En efecto la vinculación a un individuo, sea a un sujeto que experimenta estos fenómenos, es la primera

peculiaridad característica de todo lo psíquico. Por ello los fenómenos psíquicos aparecen como procesos y como

propiedades de individuos concretos; por regla general, llevan el signo de su extraordinaria proximidad al sujeto, que éste experimenta en sí mismo.

No cabe ninguna duda de que nada de lo que nos es dado en nuestra experiencia directa puede sernos dado de otra forma. Por ninguna descripción, por muy viva que ésta fuese, un ciego podría percibir la policromía del mundo, ni un sordo reconocer el carácter musical de sus tonos, a no ser por medio de la percepción directa. Ninguna disertación psicológica puede sustituir, en el ser humano, lo que éste siente, si él mismo no ha experimentado el amor, el ánimo combativo o el afán de crear. Mis propias sensaciones o emociones me son proporcionadas de otra forma, desde otra perspectiva, por decirlo así, que a los otros.

Las emociones, pensamientos y sentimientos del sujeto son sus pensamientos, sus sentimientos. Son sus emociones, un trozo de su propia vida, de su propia carne y sangre.

Si esta vinculación al individuo, al sujeto, es la primera y esencial característica de lo psíquico, entonces su relación con

el objeto, que es independiente de lo /psíquico y del conocimiento o entendimiento, es su segunda y no menos esencial es la característica o rasgo. Toda manifestación psíquica difiere de todas las demás y como tal se determina por ser una

experiencia de algo; su naturaleza interna se manifiesta por su relación hacia el mundo exterior./Lo psíquico, la conciencia, refleja la realidad objetiva que existe fuera e independientemente de él; la conciencia es el ser consciente de sí.

Mas, sería insensato hablar de reflejos si lo que existe para reflejar la realidad no existiese en la misma realidad. Todo factor psíquico es un trozo de auténtica realidad y un reflejo de la realidad, no lo uno ni lo otro por separado, sino las dos cosas a la vez. Precisamente en ello consiste la peculiaridad de lo psíquico, donde simultáneamente aparece como el lado real del ser y como su reflejo, es decir, como- la unidad de lo real y de lo ideal.

Guarda relación con esta doble referencia de lo psíquico, que pertenece al individuo y que refleja el objeto, el hecho de que esta complicada y en si contradictoria estructura bilateral del acontecimiento psíquico muestre dos aspectos: cada emoción psíquica es, por una parte, el producto y la componente que depende de la vida orgánica individual, y, por otra, el reflejo del mundo exterior que rodea al individuo. Estos dos aspectos, que en forma muy determinada ya existen en las emociones psíquicas más elementales, se diferencian todavía más en los grados superiores del desarrollo. En el ser humano adquieren formas muy específicas a medida que éste, con el desarrollo de la práctica social, se convierte en sujeto —propiamente dicho—, que difiere, conscientemente, de todo lo que le rodea y se halla en relación con él. Estos dos aspectos, que existen en la conciencia humana a través de su unidad y de su mutua compenetración, aparecen como emoción y como saber. Mediante „ el saber, en la conciencia se acentúa especialmente la relación con el mundo exterior, que se refleja en la psique. La emoción es algo muy primitivo; es, en primer lugar, un factor psíquico, es decir, un trozo de la propia emoción de un individuo de sangre y carne, como una exteriorización específica de su vida individual. Se convierte en emoción, en el sentido más estricto y acusado de la palabra, a medida que el individuo consigue personalidad y dicha emoción adquiere carácter personal.

La emoción es algo psíquico, ya que viene determinada por la contextura de la vida individual. En la conciencia del individuo sensorial esta contextura aparece como la relación entre objetivos y motivos. Estos determinan el sentido de lo experimentado, como algo que se ha producido en mí. En lo que se experimenta no pasa a primer término el contenido objetivo o concreto que se refleja y reconoce en ello, sino el significado conseguido en el curso de mi vida, o sea el hecho de que lo sé, de que he comprendido que con ello se resuelven problemas que se me han presentado y que he vencido dificultades con las que he topado. Así como la experiencia o la emoción viene determinada por la contextura personal, el saber viene determinado por la contextura objetiva; dicho más exactamente, se produce una emoción o experiencia siempre y cuando el fenómeno viene determinado por lo personal, y un conocimiento cuando viene determinado por la contextura objetiva. Para el ser humano se produce una emoción o experiencia cuando el fenómeno se muestra como personalmente importante o significativo para él.

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A ello se debe que, por regla general, se dé un contenido positivo al concepto "emoción o experiencia" cuando decimos que un ser humano ha experimentado o vivido algo, que este o aquel acontecimiento se convirtió en experiencia para él. Cuando decimos que cualquier fenómeno psíquico sé ha convertido en experiencia o emoción para un ser humano, significamos que este fenómeno entró en la historia individual de la respectiva personalidad como momento determinante, precisamente por su peculiar e irreproducible individualidad, desempeñando en ella un determinado papel. Por tanto, la emoción o experiencia no es algo puramente subjetivo, pues, por un lado, es la experiencia de algo, y, por otro, su aspecto específicamente personal no significa que se salga del campo objetivo, sino que más bien se incluye en este campo que está tan íntimamente ligado a la personalidad como un sujeto real.

Dos fenómenos psíquicos pueden ser el reflejo de un mismo fenómeno o hecho externo. Como tales, son equivalentes e iguales. Son el conocimiento de un estado de cosas dado o su devenir consciente. Mas uno de ellos, por ejemplo, la forma como un estado de cosas dado puede llegar a la conciencia con todo su significado, puede jugar un papel determinado en la vida individual de la persona por una u otra causa. El lugar especial que ocupa en la historia el desarrollo de esta personalidad lo destaca, le proporciona irreproductibilidad, y hace que sea emoción o experiencia en el sentido específico de la palabra. Si designamos como acontecimiento a aquel fenómeno que ocupa un lugar determinado en la ordenación histórica y, por consiguiente, merece cierta especifidad, es decir, irreproductibilidad y trascendencia, se puede designar como emoción o experiencia, en el sentido específico de la palabra, a todo fenómeno psíquico que se convierte en emoción o experiencia de la vida interna de la personalidad.

Descartes recordó hasta el fin de sus días la peculiar sensación que le invadió aquella mañana en que, estrado aún en cama, se imaginó por primera vez los elementos en que había de basarse la teoría que posteriormente desarrolló. Aquella de una emoción significativa en su vida. Todo individuo que viva en cierto modo consciente de sí y haga un examen de conciencia de su vida recordará siempre aquellos momentos llenos de tensión de su intimidad que en su irrepetible caso único influyeron decisivamente en su vida. Los artistas que reproducen o representan la vida espiritual de sus héroes tienden, no sin motivos, a realzar especialmente ' sus emociones, es decir, los momentos significativos de su vida íntima o interna, los cuales caracterizan, por decirlo así, el momento crítico del camino individual de su desarrollo. Las emociones o experiencias del ser humano son el lado subjetivo de su vida real, el aspecto subjetivo del cambio de la vida de la personalidad.

Así, el concepto de emoción o experiencia expresa un aspecto específico de la conciencia. Esta puede ser más o menos acusada, pero existe en todo fenómeno psíquico real y concreto. Siempre está implícita en la relación mutua y en la unidad con el otro factor, el saber, que es especialmente importante para la conciencia.

Con ello caracterizamos la emoción o experiencia como una configuración específica. Pero también en este último caso la experiencia o emoción es la experiencia de algo, es decir, también el saber de algo. Aparece como emoción no por-que le falte totalmente el segundo aspecto, por-que es el saber, sino porpor-que predomina en él el aspecto vital o personal. Así, toda emoción o experiencia encierra o incluye la faceta del saber como algo que le es subordinado. A pesar de ello, el saber, incluso el más abstracto, puede convertirse en la más profunda emoción p experiencia personal.

El saber está contenido, en su forma elemental y germinativa, en todo fenómeno psíquico, porque todo proceso psíquico refleja la realidad objetiva. Pero el saber, en el auténtico y específico sentido de la palabra, es decir, A conocimiento, o sea la penetración cognoscitiva, cada vez más profunda y activa, de la realidad, sólo se produce en el ser humano a medida que éste empieza a cambiar la realidad con sus prácticas sociales y, al cambiarla, la conoce cada vez con mayor profundidad. El saber es una propiedad muy importante de la conciencia.

No en vano el concepto del saber está contenido en varios idiomas como componente principal del concepto de conciencia (con-science). Pero conciencia y saber no solamente forman una unidad, sino que también se diferencian entre sí.

Esta diferencia puede expresarse en dos formas: 1) En la conciencia de todo ser viviente individual existe, corrientemente, el saber bajo una limitación específica para cada individuo. 2) En la conciencia del individuo, el saber está asociado a una serie de componentes de motivación, los cuales, por regla general, deben abstraerse de este saber cuando se representa mediante el sistema de la ciencia.

En la conciencia del individuo, el saber de la realidad objetiva aparece a menudo en forma específicamente limitada, más o menos subjetiva, porque se mantiene dentro del margen de la limitación individual, que no sólo está condicionada por su dependencia del objeto, sino también del sujeto cognoscente. El saber que se forma en la conciencia del individuo es la unidad de lo objetivo y lo subjetiva.

El individuo sólo alcanza los grados superiores de la objetividad —en los cuales el saber se convierte en conocimiento científico— como conocimiento social, como sistema de conocimientos científicos, que se van formando a través de las prácticas sociales. Este desarrollo de los conocimientos científicos es el producto del desarrollo histórico social. Sólo en la medida en que el individuo sea portador de este desarrollo histórico-social de los conocimientos científicos puede — partiendo de éstos— elevar a una escala superior la verdad científica, mediante su propia actividad en el terreno de dichos conocimientos científicos. De esta manera, el conocimiento individual se consuma, tal y como se produce en la conciencia de cada uno, mediante un movimiento que parte del desarrollo social del saber y que vuelve a él. Surge del conocimiento social y vuelve a desembocar en él.

Mas el desarrollo del conocimiento individual del mundo, que se produce dentro del desarrollo social del conocimiento, difiere de aquél: los pensamientos a los que llega el individuo, los cuales posiblemente elevan incluso el conocimiento

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social a una escala superior y penetran en el sistema o incluso en la historia de la ciencia, pueden, a menudo, estar incluidos en el conocimiento individual y en el sistema de los conocimientos científicos, en diferente contextura y tener, por tanto, parcialmente, un contenido distinto.

Las ideas del investigador, del filósofo y del escritor o literato tienen, por una parte, un determinado significado objetivo, en el sentido en que reflejan más o menos adecuada y completamente la realidad objetiva. Por otra parte, tienen para su autor un determinado significado psicológico, según sean las condiciones bajo, las cuales se formen en su proceso individual de desarrollo. En algunos casos, el horizonte de la conciencia personal del autor —debido a su génesis o evolución individual y a las circunstancias históricas bajo las cuales se desarrolló— está limitado de tal modo que la plétora del contenido objetivo que ha expuesto en sus libros, obras y trabajos se manifiesta sólo durante el desarrollo histórico posterior de los conocimientos científicos. Por ello, otros, a menudo, pueden entender mejor a un autor determinado que él mismo. Para aquellos que han estudiado las ideas de un autor en relación con la situación social bajo la cual se formaron, y con la historia de los conocimientos científicos, en la que ocuparon un lugar, también se descubre en estas nuevas relaciones un nuevo contenido. En el sistema del saber o de la ciencia, en la contextura histórica del conocimiento social se manifiesta su importancia para el conocimiento de la realidad, para el contenido objetivo. En la conciencia individual, que depende del desarrollo concreto del individuo en cuestión, de sus adaptaciones, planes e intenciones especiales, las ideas adquieren otro contenido concreto y reciben así otro significado concreto: las mismas frases y fórmulas tienen en uno y otro caso un significado o importancia igual y

desigual. Al conservar el mismo significado o importancia objetiva, alcanzan en los distintos sujetos otro sentido, según

sean sus motivos y finalidades.

La conciencia del individuo concreto es la unidad de lo experimentado y lo sabido.

En la conciencia del individuo, el saber generalmente no está dado en una forma "pura", es decir, abstracta, sino sólo como un momento, como uno de los plurifacéticos, activos y motivados momentos personales, que queda reflejado en la emoción, en la experiencia.

La conciencia de la personalidad viva, concreta —conciencia en el sentido psicológico, pero no en el ideológico de la palabra—, está inmersa siempre, por decirlo así, en una vivencia dinámica no siempre completamente consciente, que forma un aspecto más o menos claramente iluminado, variante, pero no bien determinado en sus contornos, del cual sobresale la conciencia, pero del que jamás se puede desprender del todo. Todo acto de conciencia viene acompañado de una resonancia más o menos sorda, provocada en las emociones más o menos conscientes, al igual que a menudo encuentra resonancia en la conciencia el confuso pero muy intenso juego de las emociones que no siempre son completamente conscientes.

Toda emoción o experiencia difiere de otra y se puede determinar precisamente como una emoción o experiencia determinada, gracias a la circunstancia de que es una emoción o experiencia de algo. Su naturaleza íntima se manifiesta en su relación con el mundo exterior. El devenir consciente de la vivencia es siempre un poner en claro sus relaciones objetivas con las causas que la producen, es decir, con los objetos hacia los cuales se dirige, hacia las obras o actos mediante los que puede realizarse. El devenir consciente de la vivencia no es, por ello, siempre y necesaria-mente su confinamiento al mundo íntimo o interno, sino su puesta-en-relación con el mundo exterior, objetivo.

Para darme cuenta de mis inclinaciones debo darme cuenta del objeto hacia el cual se dirigen. El ser humano puede percibir el indefinido sentimiento de una torturante intranquilidad, cuya verdadera naturaleza no llega a conocer. Está nervioso, o presta a su trabajo menos atención que habitualmente. De vez en cuando mira al reloj, como si esperase algo particular. Luego termina su trabajo. Le llaman para la comida: se sienta a la mesa, y come con una prisa desacostumbrada en él. El sentimiento indefinido, cuyo significado difícilmente se podía decir en principio, se define ahora, desde esta contextura objetiva, como un sentimiento de hambre. La afirmación de que siento hambre o sed es la expresión de mi vivencia. Ninguna descripción o caracterización indirecta de la vivencia puede equipararse a ella. Mas la definición de esta vivencia como vivencia de hambre y sed encierra en sí la expresión del estado de mi organismo y de aquellos actos por medio de los cuales este estado queda eliminado. Al margen de la relación con estos hechos, que se hallan fuera de la esfera íntima de la conciencia, la vivencia _no puede definirse; al margen de la relación con estos hechos es imposible definir lo que nos acontece en realidad. La comprobación de los "datos inmediatos" de mi conciencia presupone pormenores que son comprobados por las ciencias del mundo exterior objetivo y transmitidos por ellas. La propia vivencia sólo es reconocida por el ser humano con auxilio de su relación con el mundo exterior, es decir, con el objeto, y llevada así a su conciencia. La conciencia del sujeto no puede reducirse a una pura subjetividad, que exteriormente se opone a todo lo objetivo. Es más bien la unidad o el conjunto de lo subjetivo y lo objetivo. Es la auténtica relación mutua entre conciencia e inconsciencia, que resuelve la paradoja de la "psique inconsciente".

Totalmente al margen de la conciencia, es difícil que exista en el ser humano un fenómeno psíquico. Pero es posible una vivencia que no ha llegado a ser consciente, o sea una vivencia "inconsciente". Naturalmente, no se trata de una vivencia que no experimentamos o de la que no sepamos que la experimentamos. Es una vivencia en la cual no nos damos cuenta del objeto que la produce. La vivencia misma no es inconsciente, sino su relación con aquello a lo que se refiere, o más exactamente, la vivencia es inconsciente mientras no se dé cuenta de aquello a lo que se refiere. Porque no nos damos cuenta de lo que es, de aquello a lo que se refiere nuestra vivencia, no sabemos qué es lo que experimentamos. Pero el sujeto mismo sólo puede darse cuenta de un fenómeno psíquico por medio de lo que se siente en dicho fenómeno.

A menudo, especialmente en el ser humano juvenil e inexperto, el sentimiento "joven" que se está desarrollando o formando es inconsciente. La inconsciencia del sentimiento queda explicada por el hecho de que el devenir consciente del propio sentimiento no significa simplemente que ha sido experimentado como una sensación o emoción, sino que

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también está unido al objeto o a la persona que lo ha producido o al que se dirige. El sentimiento se basa en las relaciones del ser humano con el mundo, de las cuales puede darse cuenta más o menos completa y adecuadamente. Por esta razón puede sentirse muy vivamente un sentimiento, sin que por ello se tenga conciencia de él. Existen, pues, sentimientos inconscientes, ó mejor dicho sentimientos que no sé han convertido en conscientes. Un sentimiento inconsciente ó que no se ha convertido en consciente naturalmente no es un sentimiento que no hemos experimentado o sentido (16 que seria una contradicción en sí y por lo tanto ilógico), sino qué es un sentimiento en el cual la vivencia no se halla en ninguna relación o cuando menos en ninguna relación adecuada con la realidad objetiva. Análogamente, a menudo se forma un sentimiento fuera del control de la conciencia, es decir, inconscientemente. Pero ello no quiere decir, naturalmente, que el ser humano no se dé cuenta de la disposición de ánimo en la cual se encuentra, ni qué esta disposición de ánimo del ser humano no dependa del qué y cómo se da cuenta de algo. Solamente significa que, con frecuencia, el ser humano no se da cuenta dé esta dependencia. La inconsciencia de su vivencia consiste precisamente en que no penetra en su campo consciente. Cuando se dice que obra o se comporta inconscientemente, ello significa asimismo que el ser humano se da cuenta de sus actos, pero no de las con-secuencias que llevan inherentes, o, más exactamente, no se da cuenta de sus actos si no se da cuenta de las consecuencias que pueden surgir dé ellos. No se da cuenta dé lo que ha hecho mientras no se dé cuenta de lo que su acto significa en las circunstancias reales en las que lo lleva a cabo. Así, también aquí él "mecanismo" o proceso de tener conciencia de una cosa es, en principio, el mismo en todos estos casos. La vivencia de la acción que él sujeto lleva a cabo se hace consciente, porque ésta vivencia se remite a las relaciones objetivas por las cuales viene determinada. Sin embargo, es bien manifiesto que el número de estas relaciones es, en principio, infinito. Por ello, tampoco existe un consciente ilimitado, que todo lo abarque. Ninguna vivencia particular se halla desligada de toda relación; ninguna vivencia se hace consciente definitivamente en todas sus relaciones objetivas, en su relación con too*os los aspectos de la existencia, con los cuales está objetivamente unida. Por ello, la conciencia, la conciencia real del individuo concreto, no es jamás consciente "puro", es decir; consciente abstracto. Es siempre la unidad de lo que deviene consciente y dé lo que resta inconsciente, el conjunto de lo consciente y de lo inconsciente, de las transiciones mutuas entrelazadas y muchas veces unidas. Pero como sea que el ser .humano, como ser inteligente, hace resaltar las relaciones principales, su consciente es el rector de este conjunto. La medida de este consciente suele ser variable, por regla general. Sin embargo, lo consciente y lo inconsciente no se distinguen por el hecho de "que el uno se halle totalmente dentro de la "esfera" de la conciencia y. el otro completamente fuera de ella, ni tampoco por el volumen cuantitativo de la intensidad o claridad del devenir consciente. El carácter consciente o inconsciente dé un acto viene determinado principalmente por lo que en el mismo es consciente. De ésta manera, no podemos ser conscientes por completo de nuestro proceder automático, mediante el que ejecutamos una determinada obra o acto y, por consiguiente, tampoco del proceso de su realización. A pesar de ello, nadie designa tal acto como inconsciente si su finalidad nos es consciente. Pero sí, en cambio, sé designa inconciente un acto cuya esencial consecuencia o resultado, que legalmente resulta o se prevé del mismo, no nos sea consciente. Si exigimos una apropiación consciente de los conocimientos, presuponemos que los conocimientos, aunque sean apropiados inconcientemente, no se encuentran fuera de la conciencia del individuo, es decir, qué ésta se los ha apropiado de una forma determinada.

El sentido que atribuimos aquí al concepto “cociente” es otro: una frase determinada ha sido apropiada conscientemente cuando uno se ha dado cuenta de ella dentro del sistema de aquellas relaciones que la motivan. Los conocimientos apropiados inconsciente y mecánicamente son, en cambio, aquellos que en la conciencia se han fijado fuera de esas relaciones. De por sí no es inconsciente la frase que sabemos, sino las relaciones que la motivaron. Más exactamente, esto quiere decir: que no nos hemos dado cuenta o no nos hemos apropiado conscientemente un estado de cosas o unas circunstancias, sino nos hemos dado cuenta de las relaciones objetivas que lo o las motivaron. Su devenir consciente se lleva a cabo por el devenir consciente de su contextura objetiva.

Para darse cuenta de una frase o apropiársela conscientemente, debemos darnos cuenta de las relaciones que la motivare Este es el primer factor. El segundo factor es el siguiente: si hablamos de una apropiación consciente de conocimientos, nos referimos a aquel proceso en el cual precisamente el resultado de esta apropiación representa para el individuo una finalidad o un objeto consciente, o, consabido. Entre éstas distinguimos aquellos casos en los que la apropiación de conocimientos es el resultado de una actividad que se basa en motivos secundarios, por ejemplo, en que se aspira a una compensación o a un premio, de manera que la apropiación de conocimientos, que es el resultado de la actividad del individuo, no se considera cómo su objetivo. Mientras la esfera de lo personal-motivador de cada caso no roce directamente el contenido sensorial-objetivo de los conocimientos, se podría decir, tal vez, que aquí es decisiva la manera como nos hemos dado cuenta de algo, aunque en el caso correspondiente se trate, al fin y al cabo, de que, en efecto, nos hemos percatado O hecho conscientes de algo.

No sin motivo o razón llamamos consciente al ser humano, en el sentido específico de la palabra, que sea capaz de percatarse de la importancia objetiva y social de sus fines y motivos y se deje conducir también realmente por ellos. Con lo dicho hemos esbozado el "mecanismo" del devenir consciente. Una inclinación inconsciente pasa a ser consciente cuando se tiene conciencia del objeto al cual se dirige. Una inclinación pasa a ser consciente por el hecho de establecer una relación con el objeto motivo de la inclinación. Darse cuenta de un sentimiento tampoco significa simplemente experimentar el arrebato o la sensación que lleva inherente, aunque se desconozca el motivo que lo produce y lo que contiene. Significa más bien relacionar de forma adecuada el sentimiento con el objeto o la persona hacia los cuales se dirige. De esta manera reconocemos nuestras propias emociones y las relacionamos conscientemente con el objeto. (Con ello queda explicado también él hecho de que las respectivas "interocepciones" — véase más adelante— se mantengan generalmente en el "subconsciente".) Mas la conciencia de un contenido y la inconsciencia de otro tiene, en general, por causa determinados motivos y no se puede explicar por medio de la inexperiencia, desconocimiento y otras razones.

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El no percatarse (o el no percatarse adecuadamente) de una inclinación realmente existente, de un sentimiento o de un acto o hecho, está motivado, las más de las veces, por el hecho de que a su aprehensión se oponen fuerzas y tendencias dinámicas. Estas ponen de manifiesto lo que es importante para el individuo, incluidas las normas de la ideología y de los valores sociales por los cuales se deja regir aquél. Las tendencias contenidas en la vivencia, que dependen de lo que es significativo para la personalidad, controlan así más o menos el proceso seleccionador de su de-venir consciente.

Psique y conciencia.

Lo psíquico existe en forma doble. La primera forma objetiva de su existencia se manifiesta en la vida y en la actividad; ésta es la forma primitiva y primaria de su existencia. La segunda forma, subjetiva, es la reflexión, la introspección, la conciencia de sí mismo, el reflejo de lo psíquico por sí mismo; ésta es la forma posterior, secundaría y genética que aparece en el ser humano. Los defensores de la psicología introspectiva que designaban lo psíquico como un fenómeno de la conciencia, y suponían que lo psíquico se agotaba en el hecho de darse a la conciencia o representarse en ella, consideraron erróneamente esta forma secundaria dé la existencia o exteriorización de lo psíquico como la forma primaría o, mejor dicho, como la forma única de su existencia. La conciencia fue reducida por ellos a la autoconciencia o derivada de ésta.

Sin embargo, las sensaciones, las percepciones y las imaginaciones, que forman, por decirlo así, la consistencia de lo psíquico y los correspondientes procesos psíquicos, no son lo que se aprehende primariamente, sino que son lo que, con su ayuda, nos hace percatar de un objeto. La conciencia no es primariamente un mirar hacia dentro, hacia las sensaciones, percepciones, etc., sino un mirar a través de ellas o con su ayuda al mundo, a su existencia objetiva, que provoca estas sensaciones y percepciones. Para la conciencia como tal, a diferencia de lo psíquico en su conjunto, resulta específico el significado objetivo, el contenido semántico, sensato, cuyos portadores son las formas o figuras psíquicas. Precisamente el contenido semántico de la conciencia se formó en el ser humano mediante el proceso del desarrollo histórico-social. £1 contenido semántico de la conciencia es una forma o imagen social. De esta manera se desarrolla la conciencia del individuo no sólo en relación con el mundo objetivo, sino al mismo tiempo también en relación con la conciencia social. La relación de la conciencia con el mundo objetivo se establece por su contenido semántico y viene condicionada por el carácter social de la conciencia. ~

Como sea que lo psíquico, el alma, viene determinado por su relación con el mundo exterior, no es, como generalmente se supone, nada inmediato "puro", es decir, abstracto, sino el conjunto de lo inmediato y lo mediato. La psicología idealista e introspectiva de la conciencia, en cambio, considera todo proceso psíquico tal y como se presenta de inmediato a la conciencia del sujeto que lo experimenta. Según esta teoría, lo psíquico viene determinado exclusivamente por el hecho de darse directamente a la conciencia, pasando, por ello, a ser una posesión completamente personal: a todo sujeto le son dados sólo los fenómenos de su conciencia y éstos sólo son dados a él. A un observador ajeno le son, por principio, inasequibles. Quedan encerrados en el mundo interno o anímico, que es sólo asequible a la auto observación o a la introspección. Por ello, la psicología sólo debería estudiar los fenómenos psíquicos en el marco de aquella conciencia individual, a la que son dados directamente. Esencia y fenómeno coinciden, al parecer, en psicología; esto quiere decir, al fin y al cabo, que en ella se reduce la esencia, por decirlo así, directamente al fenómeno. Todo lo psíquico no es más que algo fenomenología), no es más que un fenómeno de conciencia. Pero, en realidad, lo psíquico no se limita, ni mucho menos, a ser dado al sujeto que reflexiona sobre sus sensaciones o emociones. Los hechos psíquicos son, ante todo, las propiedades o cualidades reales del individuo y los procesos reales que aparecen en su actividad. El sentido biológico real de la formación y del desarrollo de lo psíquico en el proceso de la evolución consiste precisamente en que el desarrollo psíquico de los animales, debido al cambio de sus relaciones mutuas con su medio ambiente, condujo a un cambio de estas relaciones y del comportamiento o conducta de los animales. El desarrollo de la conciencia humana en el proceso del desarrollo de sus actividades laborales fue tanto consecuencia como presupuesto/para el desarrollo de las formas de actividades superiores específicamente humanas. Lo psíquico no es ningún fenómeno ineficaz, secundario a los procesos reales; es un pro-ducto real de la evolución. Su desarrollo produce cambios reales y cada importantes en la conducta "-1

Si se analiza esta tradicional concepción psicológica veremos que, como tesis determinante, se basa en el principio del ser-dado inmediato de lo psíquico. Esta es una tesis radicalmente idealista: todo lo material, físico, externo, es proporcionado por lo psíquico. La vivencia psíquica del sujeto es lo único dado primaria y directamente. Lo psíquico como fenómeno de la conciencia se limita al mundo interno, se determina exclusivamente por su relación consigo mismo, independientemente de cualquier relación mediadora hacia algo externo.

Partiendo de esta premisa, los representantes extremistas y, en el fondo, los únicos consecuentes, de la psicología introspectiva sostienen que las manifestaciones de la conciencia dadas en la introspección son absolutamente fieles. Esto significaría que no existe ninguna instancia que las pudiese rebatir y que, por tanto, esta frase es tan exacta como la afirmación contraria de que entonces no habría instancia que las pudiese demostrar, por no estar relacionada con ningún objeto externo. Si lo psíquico fuese una pura espontaneidad, la cual, en su contenido propiamente dicho, no viene determinada por condiciones objetivas, no existiría ninguna instancia objetiva que pudiese controlar las manifestaciones de la conciencia.

En este caso, quedaría suprimida en psicología la posibilidad de la comprobación, la cual distingue el saber del creer. Ella es tan imposible al sujeto mismo como al observador. Con esto, la psicología, como ciencia objetiva, sería imposible. Sin embargo, esta concepción, la cual por su naturaleza excluye toda posibilidad de un conocimiento

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psicológico objetivo, ha determinado todos los sistemas psicológicos, incluso aquellos que rotundamente rechazan la psicología introspectiva. En su lucha contra la conciencia, los representantes de la psicología de la conducta —tanto americana como rusa— partieron siempre del concepto de conciencia desarrollado por los defensores de la psicología de la introspección. En lugar de superar esta concepción de la conciencia y con ella el subjetivismo en psicología, la psicología de la conducta eliminó la conciencia, porque consideró la concepción de la conciencia, que halló ¿n forma acabada en sus antagonistas, concebida como un todo encerrado en sí, como algo que se podía aceptar o rebatir, pero nunca variar.

La tradicional concepción idealista que durante siglos ha regido en psicología puede ser caracterizada por medio de unas pocas tesis principales:

1. Lo psíquico viene determinado exclusivamente por su vinculación al sujeto. El cartesiano cogito ergo sum ("pienso, luego existo") significa que el pensar sólo se relaciona con el sujeto pensante, pero no con el objeto que se conoce por medio del pensamiento. Esta tesis vale invariablemente para toda la psicología tradicional. Lo psíquico es para ella ante todo una manifestación del sujeto. Esta primera tesis va indivisiblemente ligada a una segunda tesis.

2. Todo el mundo material y objetivo, a través de lo psíquico, es dado en los fenómenos de la conciencia. Mas lo psíquico es, sin embargo, algo dado directamente, que se agota precisamente por ser dado a la conciencia. La experiencia directa representa el objeto de la psicología y ello tanto para Descartes como para Locke, a pesar de todas sus demás opiniones dispares, para Wundt y también para los psicólogos de las estructuras (Gestalt) contemporáneas. 3. Con ello se transforma la conciencia en un mundo de vivencia interna más o menos aislado, o bien de experiencia interna, la cual se descubre solamente en la autobservación o en la introspección.

Confrontemos ahora estas tesis de la concepción tradicional e idealista de la conciencia con las que basan nuestra concepción:

1. La conciencia es la forma específica del reflejo de la realidad objetiva, la cual existe fuera e independientemente de la conciencia. Por ello, un fenómeno psíquico no viene determinado unilateralmente sólo por su relación con el sujeto que lo experimenta. Presupone su relación con el objeto que se refleja en él. Gomo expresión del sujeto y como reflejo del objeto, la conciencia es la unidad de vivencia y saber.

2. La vivencia psíquica es algo dado directamente, pero se conoce y aprecia por su relación con el objeto. El fenómeno psíquico es la unidad de lo inmediato y lo mediato.

3. Lo psíquico no puede reducirse a un "fenómeno de conciencia", a su reflejo en sí misma. La conciencia del hombre no es un mundo interno aislado en sí. En su contenido interno propiamente dicho, viene determinada por su relación con el mundo objetivo. La conciencia del sujeto no es reducible a una pura, es decir abstracta, subjetividad, la cual se enfrenta externamente a todo lo objetivo. La conciencia (Bewutz-tsein) es ser devenido consciente (bewutzt gewordenes

Sein), la unidad de lo subjetivo y de lo objetivo.

En radical contraste con toda la psicología idealista que parte de Descartes, la cual considera a los fenómenos de la conciencia como algo dado directamente, debe considerarse como central en psicología la tesis de que lo psíquico está incluido en conexiones, las cuales rebasan los límites del mundo interno de la conciencia. Se produce por la relación con el mundo objetivo externo y sólo puede ser determinada a base de estas relaciones. La conciencia es siempre ser devenido consciente/La conciencia de un objeto viene determinada por su relación con el objeto de la conciencia. Se forma en el proceso de la práctica social. La modificación de la conciencia por el objeto: tal es la dialéctica real de la evolución histórica del hombre. En los productos de la actividad humana, por su naturaleza social, no solamente se manifiesta la conciencia, sino que se desarrolla también.

La relación de la conciencia y de lo psíquico con el ser no puede ser reducida jamás a una relación teórica del sujeto con el objeto. Es siempre, también, una relación práctica. La conciencia no es sólo saber y reflejo, es decir, reflexión del ser, sino también relación práctica del sujeto con él.

Una conciencia puramente teórica es una abstracción. Solamente recibe su fundamento real en las escalas superiores de la evolución, cuando, al separar la actividad teórica de la práctica, la conciencia teórica se desprende por primera vez como configuración derivada, relativamente independiente, para la cual es característica la postura específica del sujeto respecto al conocimiento. La relación teórica es una relación derivada; la relación práctica es, por regla general, primaria y determinante, la cual, al fin y al cabo, abarca y penetra la actividad teórica de la conciencia. Esto vale para toda la estructura de la conciencia. La conciencia, por su naturaleza más originaria, no solamente es percepción, reflejo y reflexión, sino también relación y valoración, reconocimiento y repulsión, afirmación y negación, aspiración y rechazo, etc. La conciencia del hombre es la prueba y la componente derivada de su vida real.

El contenido y el sentido de la conciencia como auténtica configuración psíquica vienen determinados por la contextura de la vida, por las relaciones reales de la vida en las que vive el hombre, por sus actos y sus hechos.

La conciencia pone de manifiesto el ser del individuo. Todo individuo, también el hombre, está ligado y depende de su medio ambiente. Esta unión, real, material y práctica del hombre y de todo ser viviente con el mundo se pone de manifiesto en un multiforme sistema de fuerzas y de tendencias dinámicas. Estas se forman debido a que, para el individuo, son significativas muy determinadas cosas del mundo. Lo que para el hombre* para la personalidad como ser social, es importante o significativo, no puede reducirse sólo a lo personal, es decir, a lo especialmente personal, sino que abarca también a lo socialmente significativo o importante, a lo común a todos; lo que es significativo para la personalidad y que en este sentido cobra importancia personal no deja por ello de ser también socialmente importante o significativo.

La conciencia práctica del hombre como ser social es, en su máxima manifestación, conciencia moral. Lo socialmente significativo o importante, que trasciende a lo personalmente importante para el ser humano, despierta en él tendencias

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dinámicas del deber, de la conciencia del deber, las cuales rebasan en mucho los límites de las tendencias dinámicas de inclinaciones puramente personales. La unidad de las dos tendencias contrapuestas determina la motivación de la conducta humana.

Psique y actividad.

Todo proceder humano parte de determinados motivos y va encaminado a un fin determinado, resuelve un determinado

problema y expresa una determinada relación del hombre con respecto a su medio ambiente. Reúne en sí todo el

trabajo de la conciencia y la plenitud de la vivencia directa. Incluso la más sencilla obra humana, el proceder psíquico real del hombre, es, necesariamente* a la vez un acto psíquico, más o menos saturado de vivencia, y expresa la relación del actor con otros seres humanos y el ambiente. Bastaría tratar de aislar la vivencia del obrar y de todo lo que constituye su contenido interno, de los motivos y fines por las cuales el hombre obra, de las misiones que determinan su obrar o proceder, de la relación del ser humano con las circunstancias de las cuales surgen sus obras: indiscutiblemente desaparecería por completo la vivencia. Una vida de auténticas y grandes experiencias sólo la vive aquel que no se ocupa directamente de sus experiencias, sino de los hechos reales significativos para la vida, lo mismo que, al revés, los hechos auténticos y en ciertos modos significativos para la vida del hombre surgen de la experiencia. Si se busca exclusivamente la experiencia, se encontrará un vacío. Mas tan pronto el hombre se entregue a las obras, a un auténtico obrar lleno de vida, afluirán también las experiencias. La vivencia surge de hechos, en los cuales se ligan y desligan las relaciones entre los hombres, al igual que los hechos mismos, especialmente los que alcanzan esencial importancia en la vida humana, surgen de la experiencia. La experiencia es tanto resultado, como premisa del proceder, lo mismo interno que externo. En tanto el uno compenetra y completa al otro, forman una auténtica unidad, dos aspectos alternativos que se trascienden mutuamente en un todo uniforme, en la vida y en la actividad humana.

Al desarrollarse en la actividad, la psique, la conciencia, también se manifiesta en la actividad y en la conducta. Actividad y conciencia no son dos aspectos dirigidos hacia diferentes lados. Ambos forman un todo orgánico, no son idénticos, sino que constituyen una unidad. El hombre que es movido por un impulso cualquiera obrará de manera distinta cuando tiene conciencia del impulso, es decir, cuando se fija un objeto hacia el cual se dirige, que cuando no la tiene. El hecho de tener conciencia de su actividad hace cambiar las condiciones del curso de la misma y con ello también el desarrollo y el carácter de la misma. Esta actividad deja de ser un simple complejo de reacciones de respuesta a los estímulos externos del ambiente; se regula de otra manera. Las leyes a las cuales está sometida rebasan las de la pura fisiología. Su explicación requiere el descubrimiento y la consideración de leyes psicológicas. Por otro lado, el análisis de la actividad humana demuestra que el tener o no conciencia de una determinada obra o acción

depende de las relaciones que se van formando durante el curso de la actividad. La acción u obra que en el curso de la

actividad pasa a formar parte suya se manifiesta cuando el resultado parcial, que se alcanza por medio de ella, se convierte en fin directo del sujeto, y deja de manifestarse cuando el fin o la meta se aleja más y la acción precedente se convierte sólo en un método para la ejecución de otra acción u obra que va encaminada o dirigida hacia un fin más generalizado. En la medida en que pequeñas tareas parciales alcanzan una relativa independencia, se adquiere conciencia de las acciones encaminadas a ellas; a medida que las acciones se remiten a tareas más amplias y generales, se van desplazando de la conciencia, pasando al subconsciente. De esta manera se incluye o desplaza la

conciencia según las relaciones (entre tareas y métodos de su ejecución) que se van formando en el proceso de la actividad misma. La conciencia no es ninguna fuerza externa que desde fuera guíe la actividad del hombre. La

conciencia es una premisa de la actividad y con ello, a la vez, también su resultado. La conciencia y la actividad del ser humano forman una auténtica unidad.

La acción consciente no es ninguna acción que viene acompañada de conciencia y que, además de su manifestación objetiva, tiene también una exteriorización subjetiva. La obra consciente se distingue de la inconsciente por su manifestación objetiva. Posee otra estructura y también otra relación con respecto a la situación en la cual se produce; se desarrolla de otra forma. La actividad del hombre no se puede determinar al margen de su conciencia, como tampoco su conciencia puede ser determinada separada de aquellas relaciones reales que resultan de su actividad. Al igual que la conciencia no puede ser determinada unilateralmente al margen de su relación con el objeto, tampoco un acto de la conducta puede ser determinado fuera de su relación con la conciencia. Un mismo movimiento puede

significar diferentes hechos, y diferentes movimientos un mismo hecho.

El aspecto externo de la conducta no lo determina ésta unívocamente, porque el acto de la actividad misma constituye una unidad de lo externo y de lo interno, y no solamente un hecho externo, el cual externamente está ligado a la conciencia. Un acto de la actividad humana es una complicada configuración, la cual no solamente representa un proceso psíquico, sino que traspasando los límites de la psicología entra en el dominio de la fisiología, de la sociología, etc., si bien continúa conteniendo componentes psíquicos. La consideración de estos componentes psíquicos es condición indispensable para el descubrimiento del curso normal de la conducta. La concepción behaviorista de la conducta debe ser superada tan radicalmente como la concepción introspectiva de la conciencia.

La conducta del ser humano no puede reducirse a un simple complejo de reacciones. Encierra en-sí un sistema de

obras o hechos más o menos conscientes. Una acción consciente se distingue de una reacción por medio de otra

relación con el objeto. Para la reacción, el objeto sólo es estímulo, es decir, la causa externa o la situación que la produce. El obrar es un acto consciente de la actividad, el cual va dirigido hacia un objeto. La reacción deviene acto consciente a medida que se forma la conciencia objetiva. El obrar se convierte además en hecho a medida que la relación del obrar va alcanzando en el sujeto operante, en sí mismo y en otros seres humanos como sujetos, el plano de la conciencia, es decir, a medida que se vuelve relación consciente y empieza a regular así el proceder. El hecho se

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distingue del obrar por una relación distinta con el sujeto. El obrar se convierte en hecho a medida que se va formando el autoconocimiento. La génesis del hecho y del autoconocimiento es un proceso muy complicado, a menudo lleno de contradicciones internas, pero uniforme, lo mismo que la génesis del obrar es una operación consciente y la génesis de la conciencia objetiva un proceso unitario. Los diferentes planos y tipos de conciencia designan simultáneamente también diferentes planos y tipos de conducta (reacción, obrar consciente, hechos). I/w grados de desarrollo de la conciencia designan los cambios de la naturaleza interna del proceder o de los actos de conducta; mas el cambio de su naturaleza interna significa un cambio de las leyes psicológicas de su desarrollo externo, objetivo. Por ello, la estructura de la conciencia puede ser determinada principalmente por el desarrollo objetivo, externo, del proceder. Al superar las concepciones behavioristas de la conducta se supera simultáneamente la concepción introspectiva de la conciencia. Por tanto, nuestra psicología incluye también en su investigación un aspecto psicológico determinado y especial, o sea el lado psicológico de la conducta. La misión de nuestra psicología no puede consistir en investigar lo psíquico al margen de la actividad y solamente existente en un mundo interno concluso. El error de la psicología de la conducta no consistió en que también quiso estudiar dentro de la psicología al hombre inmerso en sus actividades, sino más bien en cómo concibió esta actividad, y en el hecho de que quería someter la actividad del hombre en conjunto a las leyes de una psicología biologizada. La psicología no estudia la conducta en conjunto, sino que estudia las peculiaridades

psíquicas de la actividad. Nuestro concepto de la actividad, cuyas peculiaridades psíquicas estudia la psicología, difiere

tan radicalmente del concepto mecanicista de la conducta como nuestro concepto de lo psíquico difiere del concepto subjetivo-idealista.

Esta cuestión no se puede solucionar al unificar ambas concepciones en una "síntesis". Tal síntesis, la cual afirmase que debiera estudiarse tanto la actividad como también la conciencia, la manifestación objetiva de la conducta y además su expresión subjetiva, nos llevaría de facto a una reunión del concepto mecanicista de actividad y el concepto idealista de conciencia. No se puede conseguir una auténtica unidad de la conciencia y de la conducta, de la forma de manifestación interna y externa, por medio de la unión externa mecanicista de la teoría introspectivo-idealista de la conciencia y de la teoría mecanicismo-behaviorista de la conducta, sino tan sólo superando radicalmente una y otra. La unidad de conducta y conciencia, del ser interno y externo del hombre, se nos manifiesta por sí misma en su contenido.

Toda vivencia de un sujeto es, como vemos, siempre y necesariamente vivencia de algo y saber de algo. Su naturaleza interna propiamente dicha viene determinada por su relación con el mundo objetivo externo. Yo no puedo decir que experimento algo si no puedo relacionar mi experiencia con el objeto al cual va dirigida. Lo interno, lo psíquico, no puede determinarse fuera de la relación con lo exterior, lo objetivo. Por otra parte, el análisis de la conducta nos muestra que el aspecto externo de un acto no la determina unívocamente. Una obra humana viene determinada por su relación de hombre a hombre y con su medio ambiente, el cual constituye su contenido interno que se manifiesta en sus motivos y fines. Por ello, la conducta no debe relacionarse, como algo sólo externo, con la conciencia considerada como algo sólo interno. La conducta misma ya representa una unidad de lo externo y lo interno, al igual que, por otra parte, todo proceso interno representa, por su contenido objetivo-intuitivo, una unidad de lo interno y de lo externo, de lo subjetivo y de lo objetivo.

Así, la unidad de la conciencia y de la actividad —o de la conducta— se basa en la unidad de la conciencia y de la realidad, y con ello, en la unidad del sujeto y del objeto. Una misma relación con respecto al objeto nos proporciona tanto la conciencia como la conducta, lo uno sobre un plano ideal, lo otro sobre un plano material. Con ello se supera el dualismo cartesiano en su propia esencia.

El problema psicofísico.

La vinculación de todo proceso psíquico a un individuo concreto, en cuya vida queda incluido como una experiencia, y su relación hacia el mundo exterior, objetivo, que refleja, demuestran la relación existente entre lo psíquico y lo físico y forman el llamado problema psicofísico, es decir, la cuestión de la relación recíproca entre lo psíquico y lo físico.

Las diferentes soluciones dadas a esta cuestión demuestran la diferencia funda-mental que existe entre el materialismo y el idealismo. El materialismo sostiene la primacía de la materia, considerando lo psíquico, la conciencia, el intelecto, la idea, como algo derivado. El idealismo, en cambio, defiende en sus formas y orientaciones más diversas la primacía y la independencia de las ideas, del intelecto, de la** conciencia y de lo psíquico.

Desde que Descartes confrontó materia e intelecto como dos substancias distintas cobró especial actualidad el problema psicofísico. En el ámbito filosófico se separaron principalmente alma y cuerpo, psique y organismo. Sin embargo, muy pronto los hechos de la vida cotidiana y luego también los datos obtenidos a base de una más profunda investigación científica demostraron que entre ambos existía una correlación determinada. Las pruebas más contundentes de esta relación interna entre psique y organismo fueron, sin embargo, aportadas por el estudio de la evolución y por la patología. El estudio de la evolución del sistema nervioso dentro de la filigénesis demostró claramente que el nivel del desarrollo del sistema nervioso central se correspondía con el de la psique. El estudio de los casos patológicos, en especial el de la perturbación de la actividad de varias partes de la corteza cerebral, la cual lleva inherente la suspensión o perturbación de las funciones psíquicas, demostró la dependencia que existe entre lo psíquico y la actividad de la corteza cerebral. Finalmente estas mutuas correlaciones de las alteraciones de las funciones fisiológicas y psíquicas pueden observarse también a menudo en el ámbito normal de las funciones del organismo. Estos hechos hubieron de interpretarse teóricamente, a fin de poderlos concordar con las hipótesis filosóficas. A tal efecto, y basadas en las hipótesis dualistas elaboradas por Descartes, pasaron a primer plano dos teorías principales: la teoría del paralelismo psicofísico y la teoría de la correlación.

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Estas dos teorías parten de la contraposición externa de los procesos psíquico y físico, y en esta contraposición se basa precisamente también el error fundamental

Según la teoría del paralelismo psicofísico, lo psíquico y lo físico representan dos series de fenómenos, los cuales, por una parte, se corresponden grado por grado, no cortándose jamás al modo de líneas paralelas, o sea que no se entrelazan entre sí y tampoco se influyen de una manera real o efectiva.

La teoría del paralelismo psicofísico fue elaborada en diversas concepciones filosóficas, empezando por el idealismo metafísico (panpsiquismo, Como teoría de la total vivificación) y terminando por el materialismo mecanicista (epifenomenalismo), el cual considera la conciencia como un fenómeno concomitante irreal. Por consiguiente, varió la interpretación filosófica de esta teoría.

Pero se mantuvo la idea fundamental de que los fenómenos psíquicos y físicos forman dos series distintas de fenómenos, las cuales se corresponden sin influirse mutuamente, lo que fue determinante para el concepto de la mutua relación entre lo psíquico y lo físico, el cual predomina entre la mayoría de los psicólogos de los últimos tiempos. Algunos psicólogos admiten una ciará analogía entre lo psíquico y lo físico, es decir presuponen que, al igual que todo fenómeno psíquico responde a uno físico, también todo fenómeno físico responde a otro psíquico. Esta teoría de un paralelismo psicofísico universal nos lleva al panpsiquismo (Fechner, Paulsen; en Rusia, Béjterev).

Mas la mayoría de los psicólogos que se mantuvieron dentro del ámbito de la ciencia y no de la metafísica hablan de una correlación entre los fenómenos psíquicos y físicos, y afirman tan sólo que todo fenómeno psíquico responde a otro físico, sin que por dio defiendan de forma universal la tesis inversa. La teoría del paralelismo psicofísico a base del materialismo mecanicista convirtió lo psíquico, la conciencia, en un epifenómeno, es decir, en una concomitancia inactiva de los procesos físicos reales, expoliándole así de toda actividad y realidad.

James designó esta variante del paralelismo psicofísico como teoría del automatismo. Con esa gráfica agudeza que le era propia, la caracterizó dé ¡a siguiente manera: "Según la teoría del automatismo, podríamos demostrar, si conociésemos a la perfección el sistema nervioso de Shakespeare y también las condiciones del medio ambiente de que estaba rodeado, por qué en un determinado período de su vida su mano trazó o llenó con pequeños y hasta cierto punto ilegibles signos negros una determinada cantidad de hojas, a los cuales abreviadamente designamos como escritura del Hamlet. Podríamos explicar los motivos de cada corrección y refundición. En este caso lo llegaríamos a comprender completamente y no tendríamos que admitir que en la cabeza de Shakespeare hubiese conciencia alguna. Para ello, no consideraríamos las palabras ni las frases como símbolo de determinadas ideas, sino puramente como hechos externos. De forma parecida, la teoría del automatismo afirma que podríamos escribir una detallada biografía de esa masa templada de materia organizada que pesa unas 200 libras, y que se llamó Martín Lutero, sin admitir que en cualquier momento hubiese sentido cualquier cosa. Mas, por otra parte, nada nos impediría dar una cuenta tan exacta sobre la vida espiritual de Lutero o de Shakespeare, y ello en una forma que cada destello de sus pensamientos o de sus sentimientos quedase retenido en el informe. Entonces la vida espiritual de todo ser humano o individuo se nos representaría como si se desarrollase junto a la vida corporal. En este caso, todo momento de la una correspondería a un momento determinado de la otra, pero entre la una y la otra no existiría ninguna acción o efecto recíproco. De igual forma, tampoco una melodía que surgiese de las cuerdas de un arpa retardaría o apresuraría sus vibraciones. De igual forma, la sombra acompaña al peatón, sin ejercer ninguna influencia sobre la rapidez de sus pasos."

La vida del ser humano se descompone así en dos componentes distintos. Todo ser humano vive en dos ámbitos diferentes; vive dos vidas que discurren paralelamente: una de ellas es la vida real de sus obras o actos, la cual transcurre en él como en un autómata, es decir, completamente independiente de que posea conciencia; la otra es la vida de sus emociones o experiencias, que carecen de toda importancia activa. La conciencia se muestra como simple epifenómeno, como una concomitancia de los procesos físicos reales sin ningún significado activo. En tanto sólo lo activo merezca la designación de realidad, lo psíquico inactivo apenas podría ser reconocido como real.

La teoría del paralelismo psicofísico comete un doble error. En primer lugar, es erróneo enfrentar de una forma dualista los fenómenos psíquicos y físicos como dos series ajenas de fenómenos. Asimismo es erróneo suponer, en el sentido de la antigua teoría de la localización, que entre ellos existe una clara correspondencia, según la cual los procesos psíquicos, incluso los más complicados, y los procesos fisiológicos que se producen en una determinada célula nerviosa se correspondan exactamente. La inconsistencia de esta teoría de la localización, la cual representa la concreta realización del paralelismo psicofísico, queda demostrada por los más recientes datos de la investigación experimental y clínica.

En el fondo es tan poco satisfactoria como la teoría de la acción recíproca. Numerosos hechos —los cuales, por una parte, demuestran que con los cambios o alteraciones fisiológicas del. organismo se producen a menudo cambios en lo psíquico, y por otra parte, que en los procesos psíquicos, por ejemplo, las emociones muy fuertes, se producen asimismo una serie de cambios fisiológicos dentro del organismo— fueron incluidos espontáneamente en el esquema de la acción o del efecto recíproco. Corrientemente, la correlación entre lo psíquico y lo físico se considera casi siempre como un ingenuo efecto recíproco. Si bien un gran número de psicólogos sintieron lo poco satisfactorio de la teoría del paralelismo, no fueron capaces, sin embargo, de superar esa hipótesis dualista en la cual se apoya. Sólo intentaron hacer derivar de la vulgar concepción del efecto recíproco psicofísico una solución, principalmente teórica, de la cuestión según la relación de los procesos psíquicos y físicos, mas esta concepción, evidentemente, no es concluyente. Su error principal, que tiene en común con la teoría del paralelismo psicofísico, consiste en que persiste en las posiciones dualistas y considera lo psíquico y lo físico (especialmente lo fisiológico) como dos materias o fenómenos externos, diferentes entre sí. Al igual que en la teoría del paralelismo psicofísico, el ser humano y todo organismo provisto de fuerzas psíquicas es dividido en dos componentes distintos, aunque se reconoce que estos componentes

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actúan exteriormente a la recíproca o alternadamente. Nos imaginamos la relación de lo psíquico con lo físico según el esquema de una reciprocidad puramente externa y mecanicista. Los seguidores de la teoría del efecto recíproco o reciprocidad se opusieron, muy justificadamente, a la transformación de la conciencia humana en un simple “epifenómenos carente de importancia”, al cual nos lleva el paralelismo psicofísico.

El materialismo vulgar trató de reducir la solución del problema psicofísico a aquella primera relación, es decir, a la relación entre cerebro y psiqué. Con ello llegó a la suposición de una determinación unívoca de la conciencia desde dentro, sólo por condiciones interorgánicas. Sea cual fuere la indumentaria moderna con la cual se cubre este tratamiento del problema psicofísico, en lo principal no rebasa los límites de la vieja ciencia de Büchner y Moleschott. Lo mismo que Písarev y sus correligionarios de la Europa occidental identificaban el pensar o razonar con la secreción de la hiél y la orina, los materialistas vulgares desatendían lo específico de lo psíquico.

Como sea que lo psíquico es un reflejo del mundo, rebasa principalmente los límites de las relaciones puramente interorgánicas.1 Como sea que lo psíquico es un reflejo de la realidad y la conciencia es ser consciente, deben ser

determinados absolutamente también por su objeto, por el contenido objetivo del pensar, por el ser consciente y por el mundo externo, con el cual el hombre entra en contacto activo y perceptivo, y no solamente por las funciones de su organismo.

En algunos, especialmente en Spinoza, este segundo aspecto gnoseológico del problema psicofisico, que consiste en la dependencia de la conciencia del objeto, fue desplazado o sustituido por la relación primaria funcional-orgánica de lo psíquico con su "substrato".

La unidad entre alma y cuerpo se basa, según Spinoza, en que el cuerpo del individuo es el objeto de su alma. "Que el alma está unida al cuerpo, lo hemos demostrado a base de que el cuerpo es el objeto del alma" (teorema 21).2 Con este

intento de restablecer la unidad psicofísica, la unión real de estructura y de función queda sustituida por una relación gnoseológica ideal entre idea y objeto de la idea.

A diferencia de estos dos intentos de resolver el problema psicofisico en el plano de sólo una de estas dos dependencias, la solución real requiere que se tengan en cuenta ambas relaciones.

La primera vinculación de lo psíquico con su substrato es la relación entre estructura y función. Como veremos más adelante, ésta viene determinada por el principio de la unidad y de la relación recíproca entre estructura y función. La segunda vinculación es la de la conciencia como reflejo, como saber, con el objeto que viene reflejado por la conciencia. Esta vinculación viene caracterizada por el principio de la unidad de lo subjetivo y de lo objetivo. Aquí facilita y determina lo exterior, lo objetivo y lo interior, lo subjetivo. No obstante, evidentemente, no puede tratarse aquí de una coordinación de dos determinaciones distintas y no relacionadas entre sí. El papel preponderante le corresponde aquí a la/ vinculación del individuo al mundo, con el cual se halla en contacto activo y perceptivo.

Ambas correlaciones, que determinan lo psíquico y que se distinguen en el análisis, forman un contexto unitario, por medio del cual vienen determinadas en conjunto. Para resolver el problema psicofisico, es de capital importancia verlo en su conjunto real.

El proceso psíquico, el cual en principio no se deja reducir al mero proceso neuro-fisiológico, se presenta en su mayor parte como el obrar encaminado a la solución de tareas cuyo objeto y condiciones vienen dadas directa o indirectamente, inmediata o mediatamente por el mundo objetivo. De la clase de estas tareas depende el mecanismo neurológico qué interviene en el proceso de su solución.

Este estado de cosas se ve claramente, por ejemplo, en una correcta investigación psicológico-fisiológica del movimiento, en el que con el cambio de la tarea que fue resuelta por el movimiento, con el cambio de la adaptación del sujeto con respecto a ella, de sus motivos que forman el contenido psíquico interno de su conducta, cambia también el ámbito neurológico y los mecanismos que ejecutan el movimiento (véase el apartado sobre el movimiento, cap. XV). El acto del ser humano es una auténtica unidad psico-física. Así se superan, por medio de investigaciones concretas, las ideas vulgares penetradas del tradicional dualismo. Según ellas, los momentos psíquicos de la actividad humana son los que guían desde fuera los movimientos considerados como fuerzas externas, mientras que el movimiento mismo representa, supuestamente, una configuración puramente corporal para la cual el contexto psicofísico, en el cual se encuentra, es indiferente.

Sólo en una tal unidad de las dos correlaciones, en la cual queda incluido lo psíquico, se comprenderá perfectamente cada una de ellas y se superará finalmente el dualismo psicofísico. Este no puede ser superado, mientras cada una de dichas correlaciones sea considerada separadamente y mientras que a lo psíquico, en su relación con lo físico, se le oponga al cerebro como substrato u objeto. En realidad, al fin y al cabo, no se trata de dos correlaciones equivalentes y separadas entre sí. En verdad, una está contenida en la otra y determina a ésta.

1Marx lo expresó muy acertadamente así al decir que los ojos y las orejas son "órganos que arrancan al hombre de su individualismo,

convirtiéndole en espejo y en eco del universo". Marx-Engels, Obras, vol. I, Dietz Verlag, Berlín, 1956, pág. 69.

2 Véase Ethik, 2* parte, teorema 21 (véanse igualmente los teoremas 12 y 13). "Esta idea del alma está unida con el alma de la misma

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En el curso del desarrollo, la estructura cerebral determina la clase de conducta, de las formas de vida que son posibles a cada individuo. Por otra pane, la forma de vida condiciona la estructura del cerebro y sus funciones. Importante y determinante es aquí la evolución de la forma de vida, bajo cuyo cambio y transformación se desarrollan los organismos y los órganos, entre éstos también el cerebro, simultáneamente con sus funciones psicofísicas.

Con el cambio de las formas de existencia —especialmente en la transición de las formas de existencia biológicas y la actividad vital de los animales a las formas históricas de la actividad histérico-social del hombre— varían las bases materiales que determinan lo psíquico y lo físico mismo. En el paso del desarrollo biológico al desarrollo histórico empieza con la psique del hombre un nuevo nivel superior. Este nivel superior, específico-cualitativo del desarrollo de lo psíquico, es la conciencia del hombre.

Con el desarrollo de la actividad laboral del hombre, la cual halla su expresión material en determinados productos, la conciencia del hombre, la cual va formándose y desarrollándose en el proceso de esta actividad, viene determinada por el ser objetivo de la cultura material y espiritual surgida históricamente. El "producto del cerebro", la conciencia, se convierte en un producto histórico. La génesis de la conciencia está indisolublemente unida a la formación de la personalidad humana, con su separación del medio ambiente, con su confrontación con el mismo como mundo objetivo, el cual es el objeto de su actividad. La formación de la conciencia objetiva, en la cual el sujeto se enfrenta con el objeto, en lo esencial no es otra cosa que el aspecto ideal de la formación de la personalidad como un sujeto real de la práctica social. La conciencia sólo es posible bajo la premisa de que el individuo se separe de la naturaleza y adquiera conciencia de su relación con ella, con los demás hombres y consigo mismo. La conciencia se desarrolla en el proceso de la actividad material, la cual hace cambiar a la naturaleza, y en el proceso del trato material entre los hombres. La conciencia del hombre, la cual recibe con el habla, en el lenguaje, la forma de una existencia real y práctica, se desarrolla como producto de la vida social del individuo.

La formación de la psique y el desarrollo de sus nuevas formas presuponen siempre la formación y el desarrollo de nuevas formas de vida y de existencia. Así, la formación y el desarrollo especialmente de la conciencia, esta máxima y específicamente humana forma de lo psíquico, viene determinada por el desarrollo de la vida social.

OBJETOYFUNCIÓNDELAPSICOLOGÍACOMOCIENCIA

.

Con la exposición de la naturaleza de lo psíquico quedan aclaradas simultáneamente las tareas teóricas de la psicología, las tareas específicas de la percepción psicológica. El análisis de cualquier fenómeno psíquico demuestra que el devenir consciente —es decir, todo conocer, incluso el más ingenuo— de los fenómenos psíquicos presupone siempre el descubrimiento de aquellas relaciones objetivas por medio de las cuales las experiencias psíquicas surgen primeramente de la bruma de la pura espontaneidad o naturalidad, carente de toda firmeza y precisión, y se determinan como hechos objetivos psíquicos. Si estas relaciones objetivas son reproducidas de forma inexacta, incompleta o inadecuada en los inmediatos datos de la conciencia, pueden llevar a una inadecuada percepción de los fenómenos psíquicos. El hombre no percibe todo lo que experimenta de una forma adecuada, porque no todas las relaciones que se manifiestan en la experiencia y la determinan vienen dadas adecuadamente en la conciencia como relación. De ello resulta la tarea (que difiere de la simple experiencia) de percibir o reconocer lo psíquico por el descubrimiento de

aquellas relaciones objetivas por medio de las cuales viene determinado objetivamente. Esta es también la tarea de la psicología. La percepción psicológica es la percepción de lo psíquico por el descubrimiento de sus relaciones e intervenciones esenciales y objetivas.

En contra de las tendencias fundamentales de la psicología tradicional, la cual examina las funciones y la estructura de la conciencia sólo de forma inmanente en un mundo interno aislado, la psicología debe partir en el estudio de la conciencia humana de su relación con respecto al mundo objetivo y a la realidad objetiva.

Al superar la confrontación dualista de lo psíquico (como de un mundo interno aislado en sí mismo) y del mundo externo, la tradicional confrontación dualista de la autobservación, de la introspección, por una parte, y de la observación desde fuera por la otra, queda eliminada. Con ello pierde su validez el concepto de autobservación en su concepción tradicional, según la cual la autobservación queda relegada a un mundo interno aislado en sí y enfrentada mecanicistamente a la observación objetiva externa.

Como sea que, por una parte, un acto o un hecho no puede ser determinado fuera de su relación con el contenido interno de la conciencia, la observación psicológica objetiva, que parte del aspecto externo de la conducta, no puede concebirlo separado de su aspecto interno. Por otra parte, la conciencia de mí mismo o de mis propias experiencias no se produce por el descubrimiento de sus relaciones con respecto al mundo exterior, o lo que se experimenta en ellas. Por esta razón, la percepción de los factores psíquicos, la cual parte del aspecto interno, de la autobservación, no puede expresar más que la relación de lo psíquico, de lo interno, con lo externo.

Aunque partamos de la autobservación: mis experiencias me son dadas en una forma como no pueden ser dadas a ningún otro ser. Mucho de lo que un observador extraño comprueba por vía indirecta y tras una laboriosa investigación lo tengo claramente ante mí. Mas ¿qué es lo que representa propiamente mi experiencia, de qué clase es el contenido psíquico objetivo del proceso, cuyo indicador subjetivo es precisamente la experiencia? Para averiguar esto y comprobar las expresiones de mi conciencia, me veo precisado —y con ello me convierto en investigador de mi propia psique— a recurrir principalmente a medios que se emplean en la investigación psicológica objetiva de los observadores ajenos a mí. Estos, no obstante, deben recurrir a la percepción transmitida de mi psique y estudiar mi actividad, no

Referencias

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