PRINCIPIO Y FUNDAMENTO PRIMERA PARTE: FIN DEL HOMBRE [23] En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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P. Gustavo Lombardo PRINCIPIO Y FUNDAMENTO

PRIMERA PARTE: FIN DEL HOMBRE [23]

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu Amor. Envía Señor tu Espíritu y serán creadas las cosas y renovarás la Faz de la tierra.

Oh Dios que habéis adoctrinado los corazones de tus fieles con las luces de tu Espíritu Santo, danosa gustar todo lo recto y bueno según ese mismo Espíritu y gozar para siempre de tus celestiales consuelos. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Ave María.

San Ignacio de Loyola, ruega por nosotros.

El Principio y Fundamento, según el P. Casanovas1 y en total fidelidad a San Ignacio, está puesto por el Santo de Loyola a fin de poder alcanzar las disposiciones necesarias para hacer los Ejercicios Espirituales.

San Ignacio, hablando de aquellas cosas que al ejercitante le impiden comenzar con generosidad a buscar la voluntad de Dios, dice:

“Conviene probar de ayudarlo, y para este fin sirve mucho tenerlo otros tres o cuatro días entretenido en la consideración del fundamento, y en el examen particular y general, y en conocimiento de cómo se peca de pensamiento, obra y palabra, para que así

vaya madurando”2.

Aquí trataremos sólo lo referente al Principio y Fundamento.

Digamos qué significa principio y qué fundamento. ¿Por qué estás palabras usadas para esto? Porque nos van a ayudar a entender mejor lo que quiere que alcancemos San Ignacio.

Principio: El término “principio” tiene tres sentidos:

a) Principio como inicio (punto de partida): es aquello con lo que empieza algo, como el principio de una carrera, el principio de un camino, el principio de un libro, etc.

Las cosas son diversas entre sí porque tienen principios diversos y, es importante notar que, un error en el principio de algo, por pequeño que sea, ocasiona grandes y

1 P. Ignacio Casanovas, S.I., Comentario y explanación de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. 2 Monumento Ignatiana, Ser. 2ª, pág. 791. Citado por CASANOVAS, op cit. t. I, cap. II.

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P. Gustavo Lombardo graves consecuencias en el fin (un cohete milimétricamente mal apuntado, falla en el blanco por miles de kilómetros).

Aplicando el ejemplo a los Ejercicios Espirituales, diremos que esta verdad es el punto de partida correcto para toda la vida espiritual.

b) Principio como constitutivo. Se llama principio a cada uno de los elementos que componen algo: como el hidrógeno y el oxigeno son principios constitutivos del agua; como el alma y el cuerpo son principios constitutivos de nuestro ser. En este sentido quiere decir que esta verdad −que vamos a meditar ahora− es el constitutivo esencial de una auténtica vida cristiana. Si lo tenemos presente, nuestra existencia es vida verdadera y, por añadidura, cristiana; si no lo tenemos presente, no es vida: le falta el alma.

c) Principio es una norma, una regla (fulano de tal es un hombre de principios, tiene una regla de vida).

Nos dice el título del libro que los Ejercicios son para ordenar la vida y, a renglón seguido, para que nos sirva de norma segura con que distinguir lo ordenado de lo

desordenado, con lo cual san Ignacio nos proporciona el principio fundamental, universal

y eterno del orden puesto por Dios en el universo. Todo lo que caiga dentro de este principio va a ser ordenado, y todo lo que quede fuera de él será desordenado.

Lo que se intenta hacer en los Ejercicios Espirituales es una reforma de vida, y para ello es necesario tener una regla, una medida o patrón. Esto es el principio y fundamento para el ejercitante.

Fundamento: El término Fundamento es tomado como base o cimiento. Recordemos la Parábola de la casa edificada sobre arena y la casa edificada sobre piedra3: según sea el fundamento, tal será la solidez del edificio.

Esto nos da la idea de que si no llegamos a comprender claramente cuál es la base sólida, el cimiento, el fundamento de una vida espiritual no vamos a poder seguir construyendo el edificio espiritual de nuestra santificación, o sea de la ordenación de nuestra vida según la voluntad de Dios. Cuando se construye sobre otra base que no sea esta verdad todo lo que se hace se desploma necesariamente.

El P. Hurtado hablando del Principio y fundamento, decía: “Las palabras Principio

y Fundamento, al sólo leerlas, dejan en el alma la impresión de una cosa seria y trascendental: en verdad es así, porque en ellas encontramos el principio de todas las verdades que han de iluminar nuestra inteligencia y el fundamento de todas las leyes morales de nuestra vida. Pondré ahora la piedra fundamental de los Ejercicios y la piedra fundamental de toda mi vida. Esta meditación me pondrá frente a frente con Dios. Oiré

sus primeras palabras; tocaré su obra; entraré en los ideales divinos”4.

3 Mt 7, 21-27

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P. Gustavo Lombardo El texto de Principio y fundamento lo podemos encontrar en el número [23] de los ejercicios. Nosotros vamos a dividirlo y meditarlo en tres partes distintas.

En esta primera parte vamos a meditar acerca del Fin del hombre:

[23] “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima”.

El Papá León XIII, alabando esta doctrina ignaciana, y a hablaba de esta meditación: “por sí misma, la famosa meditación de la finalidad del hombre basta para

enderezar por completo la sociedad”.

Con estos breves renglones que vamos a meditar, san Ignacio responde,

partiendo de la verdad revelada, a dos preguntas que de alguna manera han estado presentes en cada ser humano que ha pisado esta tierra: “de dónde venimos” y “a dónde vamos”. Son interrogaciones que no podemos darnos el lujo de no saber contestar y no solamente como teoría, sino que, una vez conocidas las respuestas, debemos vivir de acuerdo a ellas.

Si encontramos algo nuevo en nuestra casa, colegio o trabajo, lo primero que nos cuestionamos es “qué es”, luego “quién lo trajo” (para saber qué intenciones puede haber tenido) y por último “para qué sirve”. Con estas tres preguntas ya vamos a saber todo lo necesario para utilizar correctamente aquello.

Así también, nosotros sabemos que somos seres humanos y tenemos que conocer, con la misma perfección, que venimos de Dios y a Él tendemos.

El 1° preámbulo: 1º Ponerse en la presencia de Dios, estemos donde estemos, Dios está en todas partes. Quizá no tengamos tiempo para ir a nuestra habitación o a algún lugar tranquilo con "Dios que ve lo oculto"5. Pero en cualquier lado Dios está, en el silencio de nuestro interior, en el alma podemos hablar con Él. Ponerse en presencia de Dios, de ese Dios que me ama, ese Dios que quiere comunicarse conmigo. La meditación no es otra cosa que buscar el modo por el cual me tengo que conectar con Dios, hablar con él, como un amigo habla con otro.

El 2º: Oración preparatoria: [46] “pedir gracia a Dios nuestro Señor, para que

todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad”. Rectificar la intención, voy a rezar para buscar a Dios. La

oración no es algo que sea para buscarse a sí mismo, nosotros oramos para encontrar a Dios. Y eso, sin duda, nos consuela, como decía Santa Teresa: “no buscamos los consuelos

de Dios, sino al Dios de los consuelos”.

El 3º: Composición de lugar: Se trata de darle a nuestra imaginación alguna cosa que ayude a que no éste tan distraída “la loca de la casa”, como la llamaba Santa Teresa. Podemos leer con fruto, quizá el capítulo 1 del Génesis que relata la creación, podemos ir

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P. Gustavo Lombardo leyendo el principio, la creación de la tierra, la creación del hombre, etc, para lograr introducirse en la escena.

Ya pasando al texto, dice el santo:

“El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima […]”.

Pocas palabras pero profundísimas. ¿Para qué ha sido creado el hombre? Pero antes de religarse, de unirse con Dios, la persona, tiene que saber que Dios la creó. Ese Dios, que lamentablemente hoy en día es tan dejado de lado. Se habla tanto de los derechos humanos, ¿y los derechos de Dios? ¿Quién es más olvidado que Dios hoy en día?, y Él es el que mantiene todo ésto, no solamente lo creó, sino que lo mantiene en su ser, “en Él vivimos, nos movemos y existimos” dice San Pablo.

Y San Ignacio dice: “Es creado”, porque el hombre está continuamente siendo creado, porque está Dios manteniendo su ser.

Y podemos preguntarnos: ¿Por qué Dios me creo a mí? ¿Qué hice yo para ser creado? Nada, pura bondad de Dios. Agradecerle el estar acá, de que nos dio el ser, de que nos mantiene en el ser.

El hecho de que el hombre es Creado y que Dios lo mantiene en el ser, se sigue una verdad que Dios es su Señor, su dueño. Y esto puede sonar a la mente moderna, como algo pasado de moda, como algo antiguo. Pero que los tiempos hayan cambiado no significa que la verdad haya cambiado. La verdad es la verdad, y muchas veces hay que ir en contra del tiempo, del mundo, para aceptar la verdad tal cual es.

Predicaba el P. Hurtado hablando de que Dios es Señor:

“Dios es mi Señor porque este campo que soy yo, Él lo posee, fondo y superficie; más aún, Él lo ha hecho. Sin Él no existiría: todo viene de Él. «Yo soy el Señor». Este

derecho esencial6 de Dios está escrito en la contextura de mi ser [...] es incomunicable, y

cualquier derecho que alguien pretenda ejercer sobre mí, es apenas una delegación de su derecho. Toda sumisión justa se refiere a su soberanía; y todo señorío no es más que un intermediario entre Dios y yo. «Yo soy el Señor».

Este derecho de Dios es total. Sustraerle una fibra de mi corazón, un pensamiento de mi espíritu, un relámpago de mi inteligencia, un paso de mi cuerpo; sustraerle con conciencia la menor de mis acciones es un robo, una injusticia. Es además una gran

tontería: «Perecerán los que se alejan de ti»7. Es un error; es un ensayo furioso

condenado al fracaso. El que escapa a la Providencia de gracia y de predilección caerá en la providencia de justicia y castigo.

Eterno es este derecho de Dios... Los cielos y la tierra pasarán. El placer y la pena

humana pasarán. Las risas y las lágrimas pasarán. Las artes y los libros y los museos

6 Los resaltados de algunos términos son nuestros. 7 Ps 72,27

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pasarán (como se les ve pasar...). La fe y la esperanza pasarán, pero el dominio de Dios y sus consecuencias sobre mí, felices o desgraciadas, no pasarán. El amor eterno que es la razón de ser del mundo y de los mundos; este amor eterno no será frustrado.

El primero de los derechos, es el derecho de Dios sobre mí. El derecho de mis padres, mis bienhechores, mi país, mis amigos, todos aquellos a quienes mi amor de naturaleza o de elección, carnal o espiritual reconoce con razón o sin ella un cierto derecho sobre mi actividad, mi afecto, mi abnegación, mi servicio; todos esos derechos son precarios condicionados, medidos, limitados, segundos. Yo les debo un poco, o mucho pero yo no me debo sino a Dios. Su derecho es el único incondicional. Él, antes que nadie, debe ser servido, ya que los dones de los demás para conmigo, son los dones que me hacen de los que Dios me da por ellos, de los que Dios les da para mí. Dios antes que nada ni nadie. «Yo soy el Señor».

Padre, además de Señor. Padre es quien por amor comunica su naturaleza a un

nuevo ser, que es su hijo. Dios me ha hecho participante de su naturaleza, y esto por un amor de predilección entre las infinitas creaturas posibles, por un amor eterno que no ha comenzado al darme la vida, sino que existía desde que Dios es Dios. Los padres del mundo son muy poca cosa en comparación de la paternidad divina: prestan un pequeño concurso material, no crean a sus hijos, los reciben, el amor no se avanza al hijo, no nace antes de tenerlo, no es causa de sus perfecciones, sino que sigue a las cualidades de su hijo. El Padre celestial en cambio nos conoce antes de crearnos, nos estima desde toda la eternidad; y porque nos conoce y nos ama desde antes de que nosotros seamos, por eso nos crea; con toda verdad podemos decir que nos crea por amor. La palabra Padre, respecto de Dios no es alegoría, es una realidad muy superior a la paternidad humana. ¿Lo hemos pensado? ¿Agotamos esta idea? ¿Descansamos en el pecho de nuestro Padre, como un hijo a quien su padre consuela, apoya, ayuda, ama?

Bien, mi Bien, ese es Dios; y no sólo eso, sino que el único Bien: «Nadie es bueno,

sino sólo Dios», como dijo Jesús al joven del Evangelio8. Fuente de todo bien es Dios,

Bondad fontal. Todo lo que en la tierra nos parece agradable, deleitable... es algo que fluye, no tiene en sí mismo su origen, supone una fuente de la cual depende totalmente, y a la cual nos orienta: Dios. Dios solo es bueno.

Término, fin de todo bien, Dios. Bondad final. Toda actividad, todo deseo, toda

esperanza que nos atrae nos envía, nos remite a un bien ulterior no poseído, real (ya que real es nuestro movimiento, y una causa irreal no puede explicar un movimiento real; un sol imaginario no explica una marea real) que nos atrae, nos mueve. Este bien último, supremo hacia el cual tienden todas nuestras aspiraciones es Dios, bondad final. «Nos

creaste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti»9.

Dios ha sido la primera palabra, y será la última. A quien pierde todo lo humano, Dios le queda todavía, pero ¿qué puede quedarle a quien pierde a Dios? «Perderlo es perecer... ¿Qué te puede satisfacer si no te satisface Dios». «Tarde te amé, hermosura

8Mc 10, 18; cf. Lc 18, 19) 9 San Agustín

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siempre antigua y siempre nueva», decía con nostalgia San Agustín. Y San Bruno, y detrás de él los Cartujos, se fueron a los montes impenetrables clamando sin cesar «Oh Bondad, oh Bondad, oh Bondad…», y esta contemplación tan simple llenaba sus almas de inmensa paz, serenidad, amor”10.

El hombre es creado a imagen y semejanza de Dios, dice el Génesis:

“Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra». Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó”11.

En esto se encuentra la dignidad del hombre. Dios ha sido sacado de la humanidad, entonces, si Dios no existe es imposible que yo le encuentre dignidad al ser humano, porque la dignidad propiamente del hombre viene de que es imagen y semejanza de Dios.

Dice el Concilio: "Muchas son las opiniones que el hombre ha dado y da sobre sí

mismo. Diversas e incluso contrarias. Exaltándose a sí mismo como regla absoluta o

hundiéndose hasta la desesperación, de donde se sigue la duda y la ansiedad"12.

La dignidad del ser humano radicará en aquello que se piense del hombre: de las cumbres al abismo. Así, por ejemplo, si nos fijamos qué han dicho del hombre aquellos que consideramos los grandes pensadores, veremos que:

-Para Schopenhauer, el ser humano es el animal capaz de prometer y engañar. -Para Hobbes es el lobo del hombre.

-Para Leibniz, un pequeño Dios. -Para Pascal es una caña pensante.

-Para Rousseau el ser humano es un animal corrompido. -Para Sartre, una pasión inútil.

-Para Heidegger es un ser para la muerte. -Para Freud es un perverso polimorfo. -Para Demócrito es un microcosmos.

-Para Protágoras, la medida de todas las cosas. -Para Epícteto el hombre es una porción de Dios.

-Para Marx es un engranaje de la maquinaria del mundo. -Para Klages, el animal que dibuja y pinta.

-Para Caba es el único ser que usa lentes.

-Para Marco Aurelio el hombre es un alma que arrastra consigo un cadáver. -Para Desmond Morris es un mono vestido.

-Para Séneca, animal limpio y elegante.

-Para Spengler es un animal de rapiña inventivo.

10 SAN ALBERTO HURTADO, Ejercicio para una comunidad Jesuita, febrero de 1944; Un disparo a la eternidad, p. 163 y ss. 11 Gn 1, 26-27

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P. Gustavo Lombardo Sin embargo, nada de esto es el hombre. El ser humano es, en definitiva, como dijo san Agustín, "un gran misterio", pero un misterio que se esclarece a la luz de Dios como el capullo de la flor cerrado durante la noche, se abre al sentir sobre sus pétalos el calor y la luz del sol. Por eso, porque se dilucida a la luz de Dios, es tan grande esta verdad.

Decía el P. Spic: “Hay más verdades sobre el hombre en 20 líneas del génesis que

en miles de libros de antropología”13.

Todo hombre es "persona", es decir, una sustancia particular, puesta, por su misma esencia, en la cumbre de la creación. Es la única entidad creada de naturaleza racional, capaz, por tanto, de conocer y amar: conocer la verdad y amar el bien; todo el Bien y toda la Verdad.

Esta es la huella que Dios ha dejado en el hombre al crearlo. Decir huella es quedarse corto: el hombre es con toda propiedad "imagen" de Dios: "Hagamos al

hombre a nuestra imagen y semejanza", dijo Dios14.

"La Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado «a imagen de Dios», con capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a Dios.

¿Qué es el hombre para que tú te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre para que te cuides de él? Apenas lo has hecho inferior a los ángeles al coronarlo de gloria y esplendor. Tú lo pusiste sobre la obra de tus manos. Todo fue puesto por Ti debajo de sus pies (Ps 8, 5-7)"15

La grandeza del hombre consiste, precisamente, en ser imagen de Dios. Y por ser esa grandeza tal, la fe se ocupa de él. Juan Pablo II dice:

“Nuestra fe es profundamente antropológica”16; y también: “El Concilio Vaticano

II sigue siendo un testimonio privilegiado de esta actitud de la Iglesia que, experta en

humanidad, se pone al servicio de cada hombre y de todo el mundo”17.

El hombre es creado para Dios:

Quién no se hizo alguna vez esta pregunta: ¿para qué estoy aquí? San Ignacio contesta: “para alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor”.

Uno podría pensar que Dios es un poco egoísta, ya que Dios nos crea para Él, como un movimiento de amor propio, quiere que lo busquemos a Él, quiere que vivamos para Él, lo alabemos, le demos reverencia.

Pero no hay nada más errado que pensar que Dios es egoísta. En primer lugar hay que tener bien presente que Dios no crea por necesidad, nosotros no le agregamos

13 P. Spic, uno de los más grandes exegetas de la época de los 90 (citado por p. Ezcurra) 14 Gn 1,26

15 GAUDIUM ET SPES, 12.

16 JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la Esperanza, PLAZA & JANES, Chile, 1942, p. 56. 17 JUAN PABLO II, Veritatis Splendor, n° 3

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P. Gustavo Lombardo absolutamente nada a Dios por existir. Si nosotros pensamos que nosotros le agregamos algo a Dios, entonces, ese Dios ya no es Dios. Hegel lo dice así, con palabras muy difíciles de entender, pero en el fondo dice que Dios con la creación del hombre se plenifica. Dios no se plenifica nada con la creación, porque si Dios se plenificara con la creación es un Dios necesitado, y un Dios necesitado no es Dios, es una creatura más, será más perfecta que las demás, pero es una creatura más.

Dios vive en su infinita felicidad inmensamente inabarcable y no necesita, ni necesitó, ni necesitará, de lo que somos y de lo que tenemos, porque Él solamente es perfecto, perfectísimo. Tan perfecto es que no nos va a alcanzar toda la eternidad para poder contemplarlo en el cielo y conocer sus perfecciones.

Por eso es, filosóficamente y teológicamente, imposible que Dios haya creado las cosas, sobre todo las cosas racionales, con otro fin que no sea Él mismo. ¿Por qué? Porque antes que Él, nada existía fuera de Él. ¿Cómo va a ponernos otro fin si nada había que existiese si no era Él mismo? Si hubiera otra cosa a la que Él pusiera como fin, estaría necesitando algo, como nosotros que buscamos algo para alcanzar un fin, que es distinto a nosotros mismos porque necesitamos de las cosas.

Dios, en el acto de crear, no tuvo ningún otro motivo que su infinita bondad, la cual quería comunicar a la creatura. Nosotros no agregamos nada a Dios. Pero dado que libremente se determinaba a crear, forzosamente tenía que señalar un destino a las criaturas; y considerando quién es Dios y lo que son las cosas creadas, éste destino no podía ser otro que la glorificación de la divinidad.

Además gracias que nos puso un fin tan alto y tan perfecto. Qué cosa más triste sería para nosotros enterarnos hipotéticamente de que nuestro fin no es Dios, si no una creatura, un ser pequeño, limitado, en comparación con Dios es nada.

Decía la Gaudium et Spes: “Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve,

responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia

plenamente con solos los elementos terrenos”18.

Podemos estar toda la vida llenándonos de cosas, de personas, de amor, de bienes, de victorias y nunca vamos a estar satisfechos.

Marcelo Morsella, uno de los primeros seminaristas del Instituto del Verbo Encarnado, fallecido en olor de santidad, tenía bien claro esto:

“La gente tiene sed de Dios y eso nunca dejará de ser así, porque así lo dispuso

Dios, Él se ríe de los que pretenden hacerlo desaparecer”19.

“El corazón del hombre está hecho para Dios. Si las cosas las orientamos a Dios, entonces sí nos darán verdadera satisfacción y alegría acá, porque nos acercan a Dios

18 GAUDIUM ET SPES, 41

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P. Gustavo Lombardo

cada vez más. El cielo y el infierno empiezan en la Tierra, en el interior del hombre: o tiene a Dios dentro o no lo tiene”20.

“Siento la necesidad de escribir y de así desahogar esa sed de lo eterno”21.

Por eso hay que unir a todo esto (es creado para alabar, hacer reverencia y servir a dios Nuestro Señor, y de ese modo salvar su alma), que todo esto, se identifica con nuestra felicidad, hacer lo que Dios quiere en este mundo y sobre todo salvar el alma, lo más importante: “de que le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma”.

Decía don Bosco: “Tengo una alma sola: si la pierdo, ¿de qué me servirá haber

vivido?”.

El P. Hurtado escribía: “¿Y yo? Ante mí la eternidad. Yo, un disparo en la

eternidad. Después de mí, la eternidad. Mi existir un suspiro entre dos eternidades”22.

Esa eternidad que nos espera por medio de una vida, según la voluntad de Dios, es nuestra felicidad. Por eso, cuando decimos que hay que ser bueno, que tenemos que buscar a Dios, que tenemos que hacer su voluntad, que tenemos que cumplir los mandamientos, no estamos diciendo otra cosa que tenemos que ser felices.

San Ireneo lo dice hermosísimamente: “La gloria de Dios es que el hombre viva”. Dice el Concilio Vaticano I: “Dios creó el mundo para manifestar su perfección por

los bienes que distribuye entre las criaturas”.

Él nos da sus bienes, se alegra de darnos sus bienes, porque no es indiferente para Dios si nos salvamos o no nos salvamos, si somos felices o no. Dios nos ama. Es cierto, que en su perfección nosotros no podemos quitarle esa gloria intrínseca que tiene, pero hay una gloria extrínseca que es realísima y que tenemos que darle a Dios, y Dios se la merece. Y como dice la escritura, esa gloria Él no se la da a nadie. Y dándole esa gloria seremos felices, y Él se alegrará con nosotros, porque Dios está pendiente de nosotros.

Si esto podría estar en duda antes de la encarnación, ahora no puede estarlo. Jesucristo, Dios hecho hombre muere en la cruz por nosotros. Hasta ese punto Dios está pendiente de nuestro bien, de nuestra salvación. Dios quiso tener un corazón humano para alegrarse y sobre todo para sufrir por nosotros.

Cristo tiene que estar de entrada en los ejercicios, por eso San Ignacio nos pone “IHS”, “Jesucristo salvador de los hombres”, y pone la oración del Ánima Christi.

20 MARCELO MORSELLA, carta a un amigo, San Rafael, 30 de noviembre del 84; Soy capitán triunfante de mis estrella p.76. 21 MARCELO MORSELLA, cuaderno de anotaciones, 6 de agosto del 83; Soy capitán triunfante de mi estrella p.31. 22 SAN ALBERTO HURTADO, Un disparo a la eternidad.

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P. Gustavo Lombardo Jesucristo presente desde el comienzo de los ejercicios, porque es Él el que nos muestra el fin de nuestra vida, es el único que ha visto al Padre, y como decía la Gaudium et Spes:

“Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la

grandeza de su vocación”23.

Por eso, meditemos estas verdades, comprendamos que estamos en este mundo para buscar a Dios y que esa es nuestra felicitad, que esa es la gloria que Él quiere para Él mismo y que coincide con nuestro bien, y de esa manera viviremos bien y salvaremos nuestra alma.

Hay un dicho que dice: “Más vale pobre y sano, que rico y enfermo”. Y uno podría, con esto que estamos meditando decir: “Más vale rico y sano, que pobre y enfermo”, ¿Por qué? Porque si uno busca a Dios en la vida y con algún sacrificio que hay que hacer para cumplir los mandamientos y demás, va a ser feliz en esta vida y después para siempre en la eternidad. Pero si uno no busca a Dios en la vida y se pierde esas migajas de bien, de amistad y de hermosura, que son las creaturas, no solamente no es feliz en esta vida, sino que se condena eternamente.

Nos conceda Nuestra Madre Santísima la gracia de empezar este ejercicio ya poniendo las bases firmes, las verdades bien ancladas: de dónde venimos, a dónde vamos, cómo ser verdaderamente felices, cómo dar verdaderamente gloria a Dios nuestro Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.

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