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BARINAS SEÑORIAL

In document Boletin Centro de historia 1950 N° 1 (página 33-38)

Luis Andrés Rugeles __________

Enclavada sobre la gran alfombra de los pastizales llaneros, Barinas sigue esperando en su futuro, ya que, del ayer, cuando ocupaba el segundo puesto entre las ciudades venezolanas, pocas cosas le quedan, aparte del valioso acerbo histórico que también ha sufrido las contingencias del tiempo, con la despreocupación de sus hijos, traducida en detrimento de ese legado precioso que para ellos acumuló la ingénita bondad de sus abuelos.

De ese pasado opulento y señorial le quedan todavía la vieja iglesia de Nuestra Señora del Pilar, el malogrado Palacio del Marqués, la casa de los Pulidos y la cárcel aquella, donde la curiosidad del transeúnte se detiene para mirar las huellas de lanza en su portón, y el destartalado y húmedo “calabozo de las ánimas”

que en la ingratitud de su hospedaje tiene el recuerdo grato de haber aposentado en su seno al invicto vencedor de Las Queseras.

En breve visita que ha pocos días hiciéramos a la ciudad de Barinas, nos cupo la suerte de conocer el templo ese que la piedad de muchos supo consagrar a la gloria de la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar. Allá, en la altura de su camarín, pudimos apreciar la bella reina con su corona de plata sobre el diminuto pilar que le da su nombre.

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Las viejas baldosas de greda sobre las cuales pasaron los Milanés y los Pumar, los encomenderos del Rey y los llaneros de Páez sustituidas fueron por el débil baldosín de colores; y fue entonces cuando tuvieron que ceder su puesto valiosas reliquias de esos tiempos. Por eso, no encontramos los reclinatorios de don José Ignacio y doña Micaela, los Marqueses de la Barinas señorial.

Adentro, en un rincón de la sacristía, se nos mostraron sus viejos restos, unas varillas de madera casi destruidas por el tiempo, de entre las cuales distinguimos dos con sendos letreros bajorrelieve, que dicen: “MARQUÉS DE BOCONÓ” y “MICAELA DEL CALLEJO”.

Igualmente pudimos observar allí, mostrados por el padre Parra, el Santo Sepulcro de lata moldurada que da la impresión de maderas hábilmente elaboradas, y también el Cristo desenclavado y las imágenes de Semana santa, que allí mismo en Barinas construyeron por el año de 1849 artífices expertos.

También el frontis de la iglesia de Nuestra Señora del Pilar ha sido modificado. A su costado derecho se abrió honda brecha para colocarle moderna torre, que siempre estará mostrando a todos la disímil conjunción de dos épocas que se excluyen entre sí por numerosas razones, y en especial por sus costumbres y por su espíritu piadoso, tan cambiados hoy día.

Del Palacio del Marqués, muchas quejas tienen que formular la investigación histórica. Abandonado por tiempo inmemorial, parecía ya que sus ruinas estaban condenadas a pregonar ante propios y extraños la indiferencia de un pueblo digno de grandes obras. Rota esta barrera de inercia que la mano oficial había colocado entre la reliquia histórica y el programa de sus realizaciones, el Palacio empezó a recobrar nuevas formas, llenando el espacio de sus amplias habitaciones con el calor y la vida que hacía tanto tiempo habían sido sustituidos allí por el silencio y la desolación. El edificio se concluyó un día, y en lugar del jefe del servicio, los dos mayordomos y los 40 esclavos que allí trabajaban para sus señores, los marqueses, vino numeroso tren de empleados para hacer de

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aquella mansión el Palacio de Gobierno de la Barinas de ahora. Pero es aquí donde la observación no puede callarse, frente a la contradicción de quien ordenara la reconstrucción del palacio, al manifestar su deseo de conservar la arquitectura general del edificio, permitiendo a la vez la sustitución total de ese conjunto de detalles, que no podían desaparecer sin borrar de una vez por todas las huellas de la Colonia y la Primera República que para Barinas y Venezuela toda constituyen la piedra fundamental de lo que hoy son.

Por eso vimos sorprendidos y con la nostalgia infinita de lo que no pudimos conocer, esa casa señorial, contrastando en dimensiones a la antigua, con el herraje de sus ventanales disonantes y modernos.

Al mencionar aquí el Palacio de Barinas no podemos evitar la satisfacción de hacer referencia de don José Ignacio del Pumar, su primer dueño y morador.

Este insigne barinés que llevaba sangre de nobles castellanos fue conocido primero con el título de Vizconde del Pumar y luego con el de Marqués de las Riberas de Boconó y Masparro, que le fuera concedido por Real Cédula de 17 de diciembre de 1787. Y da gusto leer los méritos que distinguían a este varón ilustre, en quien la Corona de España para designarlo marqués tuvo en cuenta sus importantes servicios de Regidor Alférez Real de Barinas, alcalde ordinario, teniente de Gobernador y Justicia Mayor, cabo a Guerra principal, juez de comisos, administrador de Real Hacienda, jefe militar en la época de Miranda, y jefe del Estanco de Tabaco.

Asimismo, se destaca la obra del Marqués en honor del rey y en beneficio de los indígenas, poniendo al servicio de estos su propia fortuna hasta fundar las vice-parroquias de San Jacinto de la Horqueta de Apure y la de Guasdualito.

La parroquia de Barinas le debió también valiosos donativos en dinero y útiles del culto, así como préstamos que nunca le fueron pagados.

El nombre de ese barinés ejemplar no solo fue patrimonio de su patria abuela, sino también orgullo de la causa emancipadora, a la cual dio sus hijos, Ignacio María y Miguel María Pumar y Callejo,

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con quienes sacrificó a la vez su inmensa fortuna, de cuyo testamento se resume:

“58 leguas de tierra en hatos 1 hacienda de cacao

3 haciendas de caña 2 haciendas de añil 5 hatos de ganado 400 esclavos

4.000 novillos de cosecha anual 2 palacios

2 casas en Barinas

$ 65.500 en efectivo

“ 17.000 en prendas

“ 11.750 en deudas 500 mulas de arrias.

Etc. Etc.”

Don José Ignacio del Pumar había nacido en 1738 en la ciudad de Barinas, del matrimonio de don Plácido del Pumar y Fernández de la Riva con doña María de la Ascensión Traspuesto y Bragado, y a su vez se había casado con doña Micaela del Callejo y Pumar, de cuya unión nacieron don Miguel María (Alcalde Ordinario de primer voto en Barinas), don Manuel María, don Ignacio María (edecán del Libertador), doña María Ignacia y doña Josefina Lucía Pumar y Callejo. A sus títulos nobiliarios unía el honor de ser Caballero de la Real y Distinguida Orden de Carlos III.

Murió el celebrado marqués después de una vida meritísima prolongada en años y en obras que aún perduran y se empinan hacia el futuro en la multiplicidad de su descendencia. La cárcel de Guanare le sirvió de albergue en 1814 a quien como el Marqués de Boconó y Masparro había tenido riquezas y honores unidos a su nombre de gran español y mejor republicano.

San Cristóbal, 18 de junio de 1950.

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Obras consultadas:

1.- “Familias Coloniales de Venezuela”. José Antonio Sangroniz y Castro. Tomo I, pág. 338-42. Editorial Bolívar. Caracas.

MCMXLIII

2.- “Palacio de Gobierno de Barinas” (Folleto publicado con motivo de la inauguración de la reconstrucción del edificio). Coop.

de Artes Gráficas Caracas. MCMXL.

Marqués de las Riberas del Bocono y Masparro.

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BOLÍVAR, MARISCAL

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