CAPÍTULO I. PROMOCIÓN DE LA SALUD Y LA MUJER
III.2 El papel ornamental de la mujer en una sociedad patriarcal
III.2.3 Cirugías estéticas y subjetividad de la mujer
109
culpabilizando a las mujeres por las consecuencias que tuvieron a raíz de las cirugías estéticas con la idea falsa y despectiva “¡es que ellas se lo buscaron!”.
De esta manera, es evidente el tipo de violencia psicológica, la cual se define como:
“Cualquier acto u omisión que dañe la estabilidad psicológica, que puede consistir en negligencia, abandono, descuido reiterado, celotipia, insultos, humillaciones, devaluación, marginación, indiferencia, infidelidad, comparaciones destructivas, rechazo, restricción a la autodeterminación y amenazas, las cuales conllevan a la víctima a la depresión, el aislamiento, a la devaluación de su autoestima e incluso al suicidio” (Artículo 6 de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, citada en Lagarde, 2012: 210).
La violencia de género puede tomar diferentes formas afectando no sólo la salud física de las mujeres, sino también la psicológica.
En el capítulo I se mencionaron algunas Conferencias Internacionales de la Mujer enfocadas a eliminar formas de violencia de género y la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer, de 1979.
Éstas evidenciaron los problemas que enfrentan las mujeres a lo largo de su vida y en diferentes condiciones sociales. Asimismo, buscaron que se reconociera la violencia contra las mujeres como un problema que afecta los derechos humanos, la seguridad, la salud, la economía, el desarrollo y la vida de las mujeres. Estas conferencias son avances, pero todavía falta mucho por hacer en materia de violencia de género.
110
y se deshace; puede ser transitoria o permanecer con el paso del tiempo […]”.
Este término converge con el pasado, el presente y el futuro de las personas, de tal forma que se adquiere experiencia (Ídem). Respecto a los aspectos que definen a la subjetividad, está relacionada con vivencias personales, sentimientos, opiniones, pensamientos, recuerdos y expectativas, entre otros atributos de las personas. También la subjetividad: “[…] Involucra un conjunto de normas, valores, creencias, lenguajes y formas de aprehender el mundo, conscientes e inconscientes, cognitivas, emocionales, volitivas y eróticas, desde los cuales los sujetos elaboran su experiencia existencial y sus sentidos de vida” (Torres, 2000, citado en Ibíd.: 91).
La noción de subjetividad para Lagarde (1990: 42-43) consiste en:
“[…] la particular concepción del mundo y de la vida del sujeto.
Está constituida por el conjunto de normas, valores, creencias, lenguajes y formas de aprehender el mundo, conscientes e inconscientes, físicas, intelectuales, afectivas y eróticas. Se estructura a partir del lugar que ocupa el sujeto en la sociedad, y se organiza en torno a formas de percibir, de sentir, de racionalizar y de accionar del sujeto, en su existir. Se constituye en los procesos vitales del sujeto, en cumplimiento de su ser social, en el marco histórico de su cultura”.
Dicha subjetividad está implícita en la socialización de las mujeres como un
“ser-para-el-placer-de-otros” (el destinatario), ser que interiorizan y por ende orientan sus acciones de “ser mujer” a los demás. La subjetividad de las mujeres está atribuida socialmente a lo “femenino”, es decir, el cuerpo atribuido a lo sensual o erótico, a la debilidad; sentimientos de emotividad, de dulzura, entre otras características. Por lo anterior, de Beauvoir (2015: 87) menciona que: “[…] lo que nos hace mujeres63 es el género, o sea, el conjunto de procesos culturales y psicológicos que marcan con determinadas atribuciones y prescripciones a las personas con cuerpo de mujer o de hombre”.
Es necesario conocer cómo permean los estereotipos de género, cánones de belleza, violencia de género en la subjetividad de la mujer, y también el impacto
“positivo” o “negativo” que pueden tener en su salud. En relación con esto,
63 Cursivas en el original.
111
Bernard (2012: 8) menciona que: “En la actualidad, el aspecto físico se ha convertido en una meta impuesta por los nuevos modelos de vida en los que el aspecto exterior parece ser el único sinónimo válido de éxito, felicidad e, incluso, salud”. Cabe señalar que los estereotipos de género y de belleza no determinan por completo lo que es una mujer ni menos su subjetividad, pues, son ideas construidas, impuestas y por tanto falsas del “ser mujer”.
La expresión “ser mujer” se asigna al género “femenino”, al que se adscriben ciertos atributos subjetivos como: la ternura, el cuidado y la responsabilidad por el otro; ser “bella”; etc., opuestos a los atributos “masculinos”
de violencia, competitividad, intereses sociales, etc. (Tubert, 2015). Por su parte, de Beauvoir (2005: 26) indica: “No se nace mujer, se llega a serlo”. Al respecto, Hierro (2000: 157) agrega: “La femineidad y la masculinidad son estatus instituidos que se vuelven identidades psicológicas para cada persona”.
En tanto que Bleichmar (Ídem), considera el papel influyente de los cánones de belleza que determinan la valoración del cuerpo en la mujer desde la infancia, pues va descubriendo la admiración y los privilegios sociales y hasta familiares. El cuerpo de las mujeres, concebido como objeto erótico por el patriarcado, reproduce el mensaje “mujer-cuerpo-para-el-placer-de-otros”, en el que las mujeres no son dueñas de su cuerpo, son seres y cuerpos para otros, para entregarse al placer de los hombres. La percepción del cuerpo de la mujer como expropiación del cuerpo del erotismo para el placer de otros, influye en la subjetividad de la mujer al autocensurarse, descalificarse. Muchas de las concepciones que se tienen acerca de la mujer y su cuerpo están permeadas por los roles de género que se establecen culturalmente, porque además influyen en ideas sobre lo “masculino” y lo “femenino”, lo que es considerado para cada sexo y se espera de ellos. Infante (2004: 65) define el rol de género como el:
“[…] conjunto de expectativas acerca de los comportamientos sociales considerados apropiados para las personas que poseen un sexo determinado. Éste se forma con el conjunto de normas, prescripciones y representaciones culturales que dicta la sociedad sobre el comportamiento masculino y femenino. Aunque hay variaciones de acuerdo con la cultura, la clase social, el grupo étnico […] se hallan claramente diferenciadas las conductas y actitudes que se esperan de los varones y las cuales se esperan
112
de las mujeres, además de que se tienden a establecer estereotipos y pautas morales diferentes para cada uno de los géneros”.
Para Basaglia (citada en Lagarde, 1990: 184), el cuerpo de la mujer es considerado socio-culturalmente como un: “[…] cuerpo-para-otros, para entregarse al hombre o procrear, ha impedido a la mujer ser considerada como sujeto histórico-social, ya que su subjetividad ha sido reducida y aprisionada dentro de una sexualidad esencialmente para otros, con la función específica de la reproducción”. El cuerpo está atravesado por la valoración social de la norma genérica presente en su contexto, que sugiere el tipo de interacción con los demás. Por lo anterior, la corporalidad como constructo dinámico se va conformando por las representaciones y prácticas cotidianas (Muñiz, 2015).
En el imaginario social se impregnan ideas subjetivas de identidad genérica del “ser mujer”. En relación con esto, Tubert (1999: 69, 70) menciona que: “[…] se asigna a lo femenino el descontrol emocional, la hipersensibilidad, las demandas irracionales e ilógicas; se considera a la mujer subordinada a su fisiología […] Se suele considerar que las mujeres son más pasivas, dependientes, inseguras, abnegadas y sumisas que los hombres”. Analizando la condición de “ser mujer” en una sociedad impregnada por estereotipos de género y de belleza surge la siguiente pregunta: ¿tener senos grandes, ser delgada y “joven” da más valor social sobre otras mujeres? Desde la opinión de quien esto escribe, es importante señalar que “ser mujer” es tan diverso como se quiera ser, las mujeres no tenemos que ser pensadas ni utilizadas como “objetos efímeros y superficiales”, las mujeres somos seres humanas valiosas más allá de una apariencia física, somos autónomas que crean, aportan y cuestionan. Por lo anterior, la subjetividad permite la reflexión sobre lo impuesto; así pues, Boaventura de Sousa Santos (1994, citado en Torres, 2006: 91) define la subjetividad como: “espacio de las diferencias individuales, de la autonomía y la libertad que se levantan contra formas opresivas que van más allá de la producción y tocan lo personal, lo social y lo cultural”.
La subjetividad se trastoca de formas particulares cuando se decide recurrir a las cirugías estéticas. En este sentido, la discusión de feministas sobre las
113
cirugías estéticas consiste en que estas prácticas reafirman los estereotipos de género y de belleza porque se acepta “lo femenino” y se subordinan al patriarcado, también porque representan un peligro para la salud. Pero los motivos de las mujeres que acuden a estas prácticas pueden ser diversos y no meramente por
“vanidad”. Por lo anterior, Davis (2007: 98-99) opina que:
“[…] cuando una mujer pone su cuerpo en las manos de un cirujano está en juego mucho más que sólo su belleza. Para entender la razón por la cual una mujer se somete a una cirugía cosmética se necesita observar más de cerca la forma en que las mujeres le dan sentido a sus decisiones bajo la luz de las experiencias encarnadas antes y después de la cirugía”.
Al respecto de que las mujeres acuden a las cirugías cosméticas por distintas razones vinculadas a la apariencia física, la pareja, el trabajo, entre otros, es necesario reconocer que estas prácticas no sólo cambian la apariencia corporal de las mujeres, sino sus vidas y su estado emocional. Sobre esto, Guerrero (2009:
85) presenta tres testimonios de mujeres que se realizaron cirugías cosméticas y la opinión de un cirujano plástico sobre las aspiraciones:
“Me decidí operar el busto porque desde chica he sufrido de fibromas quísticos (…) y ya que me iban a abrir pues de una vez aprovecho (…) De cirugía en cirugía te cortan (…) Yo ya lo traía muy flácido se me caía (Celestina, 54 años)”.
“A veces no queda de otra que operarte para verte bien (…) parejas, amigos, tú misma (…) así es la cosa (…) no es fácil vivir en un mundo donde la apariencia cuenta y mucho (…) para tener dinero, mejor puesto, mejor pareja (…) mayor acceso a todo (…) la gente cree que es una mentira, pero piensa en lo que quieras y así funciona (Dulcinea, 42 años)” (Ibíd.: 128).
“Cada vez hay mayor tolerancia, hasta en los trabajos (…) pero sea como sea el ser guapa te abre las puertas, la desventaja es que te encasillen como bonita y tonta (…) a la mujer latinoamericana le hace falta valorarse como mujer. A la mujer mexicana le ha sido muy difícil ocupar puestos importantes. No es sencillo luchar contra la sociedad machista que tenemos (Ágata, 39 años)” (Ibíd.: 138).
“Porque siempre la mujer es la que procura más sentirse mejor físicamente con ella misma, la mayoría de las mujeres de acuerdo a las etapas de su vida pues tratan de mejorar su presencia física, ya sea por su trabajo, ya sea por su relación de pareja o por
114
sentirse bien con ellas mismas, o por el medio socioeconómico en el que se desarrollan (Salvador)” (Ibíd.: 93).
Al revisar explicaciones sobre la ética feminista y los aspectos históricos y conceptuales de las cirugías estéticas en el capítulo II, y después abordar en este capítulo la perspectiva de género, se da cuenta de que dichas prácticas no aparecieron permeadas por estereotipos de género y de belleza; por el contrario, es a través del tiempo que se tiñen con discursos culturales y se atribuyen a la belleza y subjetividad de las mujeres. Davis lo demuestra (Ibíd.: 20) cuando explica que la cirugía cosmética:
“[…] no fue intencionalmente pensada como una intervención a la feminidad. Sin embargo, en una sociedad sexista, racista o clasista, ciertos grupos (las mujeres, los grupos étnicamente marginados, las personas mayores, los homosexuales, los minusválidos o los gordos) son definidos como ‘feos, aterradores o repugnantes’ […]”.
En resumen, en este capítulo se analizaron las cirugías estéticas desde la visión de género, para lo cual, se exploró su relación con los estereotipos de género y de belleza; se revisaron ciertas posturas de feministas sobre las cirugías cosméticas; y se abordaron aspectos acerca de la subjetividad de las mujeres. Sin embargo, es importante conocer los testimonios de quienes han recurrido a estas prácticas para conocer la vinculación de la subjetividad con las cirugías estéticas en las mujeres, así como analizar su impacto sobre su salud física y psicológica.
115
CAPÍTULO IV. MÉTODO