De Bambalinas a Proscenio [173]
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descubrimos de nuevo, y a la vez, la belleza de la angustia y lo fugaz de la ternura, la fragilidad de los días.
Una serie de simetrías sencillas entreteje las fuerzas en tensión que estructuran la obra.
Algunas a través del legado de la madre de la goleadora, que aparece como voz rememorada: las
“Canciones de cuna para bebés del Club Atlético Once Unidos” (162), que la madre le cantaba para dormir y que ahora ella le canta al mudo antes de dejarlo; el relato anticipatorio que cuenta que, cuando la madre estaba embarazada, “cada que vez que el Once llegaba a posición de gol yo le pateaba la panza. ¿Antes de nacer yo ya sabía definir, má?” (162); el juego de pelota en el mar, en el que la que perdía tenía que tragar un poco de agua: “Si perdés nena vas a tragar tanta agua que te vas a quedar muda. Muchas horas adentro del mar en Miramar en invierno te pueden hacer perder la voz” (162).
Otras simetrías giran en torno al mudo. En su soledad de mudo abandonado, él sueña con hijos, premonitorios “esquimales bonsái” (189) que forjan una escena familiar que lo impulsa a pedalear hasta ella; un hincha de Témperley se tatúa el rostro de la goleadora gritando un gol: “Me hizo acordar a vos intentando gritar el gol: los tatuajes tampoco tienen sonido” (190) piensa ella, que ya en los primeros versos, sin que sepamos aún de qué va la obra, aguanta la pelota de espaldas, atrinchera los pies al pasto, sube los codos y pone el culo “para cuidar el fútbol como si fuera tu [su]
cría” (159).
Mínima y extraordinaria, simétrica y clásica, Los días de la fragilidad sostiene su potencia dramática en la lengua que la constituye. La voz genuina y singular de Andrés Gallina trabaja con precisión quirúrgica, sustrae todo lo que sobra y elabora un extracto lírico de altísima concentración:
el teatro como acto poético. Los temas y motivos más obvios y fecundos que produjo la poesía vuelven a escena, redescubiertos ahora por una voz nueva. El amor y la soledad, sí, pero también tópicos como el mar o la luna. El mar en el que Odiseo se desploma ruidosamente junto a sus largos maderos para convertirse en el primer surfista de la literatura, el infinito mar de Whitman y el que Alfonsina miró de frente mucho antes de la escena que relata su muerte, el que Rafael Alberti miró con nostalgia desde tierra firme:
Callate y vamos vamos al mar dale
al mar ahora a no hacer pie al mar ahora
a barrenar olas de pecho a reconciliarnos con todos los que están adentro en Miramar en invierno sin trajes de neoprene como los viejos surfistas que se la rebancaban
hasta que se quedaban sin huesos (183).
O la sangrienta luna que Quevedo definió como epitafio, la del sentimental lunario de Lugones, la recurrente luna de Bequer y de Lorca, la que Fellini encerró en un galpón hacia el final de su obra:
Soy El Mudo del Once soy lo que necesitás eso es pisar la luna
aunque en este estadio no importe si existe o no la luna
o qué carajo es la luna lo difícil es explicar cosas como que
quiero cantarte canciones de amor
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quiero jugar en tu equipo con vos y quizás esto vaya a morirse
vos la luna Once Unidos mis canciones yo como el gol enfermo que acabás de hacer pero igual acá estás vos y está tu gol nuestro fútbol está pasando ahora hasta que te vas a bañar
y salís del vestuario
y los hinchas de Amigo Unido te escupen y vos te limpias la saliva y sonreís y te hacen una nota en la radio y te subís al bondi
y movés la mano atrás de una ventanilla que refleja esa cosa que es la luna (165-166).
Insertos en el paisaje diario, el mar y la luna operan como pasajes en los que lo sublime se toca con lo cotidiano, puntos en los que lo mínimo refulge a la luz de lo extraordinario. Puede entonces narrarse otra historia de amor de pueblo, sin que el pánico a los lugares comunes devore la vitalidad de un asunto canónico. Puede entonces haber épica en un rincón perdido de un mapa de provincia, incluso hoy, cuando la épica le ha cedido lugar a la utopía tecnológica y, acaso, a la elegía.
La educación sentimental
En otro movimiento, Los días de la fragilidad propone veladamente su serie intertextual, su tradición ecléctica; miniaturas que activan, con agudeza, una serie de relaciones imprevistas entre coordenadas distantes del mapa cultural del autor.
En el nivel de la estructura, la obra está dividida en cinco partes, o actos: “Precalentamiento”,
“Charla técnica”, “Primer tiempo”, “Segundo tiempo” y “Muerte súbita”. En cada caso, durante las funciones, un narrador lee un acápite que antecede a la acción, van dos ejemplos característicos:
De las pesadillas del Mudo, el miedo de la Goleadora, el partido que juegan, la transpiración, la sangre, los besos, la guerra, la poesía, el llanto, el fantasma de Temperley, el pozo en la arena y muchas otras cosas dignas de ser contadas (169).
De la despedida del Mudo y la Goleadora, de cómo cantan canciones de cuna, de cómo duermen en la arena envueltos en una toalla, y de lo triste que puede ser todo (180).
Reminiscencias en las que asoma la voz de Leonaro Favio, quien nos reenvía a ese otro romance, también chiquito y de pueblo (pero cinematográfico), que es el del Aniceto y la Francisca, acaso reverso perfecto de Los días de la fragilidad.
Dentro de ese marco, el mismo movimiento atraviesa el texto. Trastocada, la fuga del tiempo comparece ante los personajes y un retazo del siglo de oro explica lo que siente el mudo enamorado, acá, a cincuenta kilómetros, cuando ella también está por volverse fugitiva a la velocidad del tiempo;
es Góngora en la orilla, hablando de amor y muerte, de fútbol y arena:
mucho más allá del sueño mucho más acá de la pesadilla está Temperley
está su fútbol en el exterior estamos ella y yo
convertidos en playa en humo en polvo en fútbol en nada (185).
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La sucesión de sueños y pesadillas nos orienta luego hacia el Borges antólogo y refutador del tiempo, en una nueva versión del “Sueño de la mariposa”, de Chuang Tzu, pero atravesada por la connotación futbolera que le dio Marcelo Díaz en su poemario dedicado al Pelado Laspada. Ya no se trata de Chuang Tzu y la mariposa, ni del Pelado Laspada y Maradona; ahora la goleadora sueña que es Messi. Pero como la fábula es oriental, está antecedida por un breve poema de nuestro sinólogo autodidacta Alberto Laiseca y por esa otra imagen que también instauró la televisión de los noventa, la del animé Dragon Ball, y sus variaciones, inspirado en un antiguo libro chino, Viaje al oeste, en el que también el mito interrumpe la historia y le da un nuevo sentido. La goleadora sueña antes del mano a mano en la playa:
Messi es un animé Son Goku
el hijo de Son Goku y yo soñé que era Messi y cuando desperté no supe si era yo soñando ser Messi o si era Messi
el que flasheaba ser yo (172-173).
Diseminadas y atomizadas, otras voces se filtran en el cuerpo de la obra. Un repertorio de citas y alusiones que articula fragmentos de una experiencia generacional metabolizada por la voz particular del autor. Fabián Casas, Francisco Bochatón y Gastón Franchini prodigan versos y títulos para que el mudo y la goleadora queden inmortalizados y efímeros en el “simulacro de la pantalla y la luz” (184) de una selfie; para que el mudo se dedique a “tallar una placa de nieve” (190) con el nombre de ella;
para que el insomnio y la pesadilla provean “la calma para la paliza” (172); o para que la lluvia rebote
“sobre un cartel de Pepsi al que le falta la primera P en un restaurante comido por el salitre del mar hace millones de años” (178).
Se trata de una enciclopedia personal, heteróclita y situada, sobre la que se va forjando una voz autoral que comenzó a gestarse en esta misma ciudad, a principios del 2000, en un breve poemario titulado Adela (2004). Entre los hilos que se tensan para unir aquellos poemas sobre “una vieja en un geriátrico” y Los días de la fragilidad, el fútbol reaparece como un gran relato cultural que es puente y salvoconducto, bajo la forma del primer mundial que recordamos los hijos de la democracia, los que, como Andrés Gallina, nacimos a comienzos de los ochenta:
Los negros de Camerún son mutantes, perdimos el primer partido.
Adela parece preocupada piensa en Bilardo cómo estará el narigón se pregunta,
qué hará esta noche.
Por el momento:
enciende un cigarrillo y tararea estrategias piensa
-quizá-
en negarle la capitanía al Diego,
el próximo partido (2004: 8).
La residencia del sol es un estadio italiano (14).
Ahora, la memoria mítica de la goleadora ensucia de épica el instante del desenlace:
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una patada me deja el tobillo frágil como un globo de cumpleaños.
No puedo caminar:
Soy Diego Armando Maradona en el Mundial 90 (Gallina 2017: 195).
Y el mudo canta una que sabíamos todos:
Forse non sará una canzone A cambiare le regole del gioco Ma voglio viverla cosi quest’ aventura Senza frontiere e con il cuore in gola E il mondo in una giostra di colori E il vento acarezza le bandiere Arriva un brivido e ti trascina vía E sciglie in un abbraccio la foglía (195).
Pero entre la pícara y anciana Adela y nuestra goleadora, median Messi, los centennials y el fútbol post-globalizado. Y mientras nosotros asistimos a lo que Andrés Calamaro llamó la decadencia de una generación, que es la suya propia y la de Maradona; mientras los que quedamos a caballo entre la arcaica literatura en papel y la revolución digital nos deconstruimos y sopesamos a nuestros héroes en los fulgores del presente, el mudo se desespera en una Miramar aquietada en el tiempo y pedalea para que la serial killer del gol, que viajó a Temperley para exportar su fútbol como si hubiera viajado a Buenos Aires a trabajar de artista, le “inyecte”:
una dosis de fútbol serio
no como esos superhéroes en HD estetas garcas de la elite europea
que transpiran gotas de plástico simétricas y corren calculando serios
el movimiento del peinado (194).
Es el pulso del presente, el modo espectacular de la mitificación contemporánea, la distancia crítica entre el pueblito de provincia y el centro cultural de las pantallas del mundo. Así transcurren Los días de la fragilidad, mínimos y extraordinarios, clásicos y simétricos, atravesados por voces múltiples entre las que vamos eligiendo los fragmentos que nos conmueven y nos ayudan a forjar nuestra propia voz.
Cabe agregar que la puesta hace honor a la delicadeza del texto. Un rectángulo de césped sintético, un marco rectangular de caño con alambre tejido, una tarimita con forma de rampa, cuatro o cinco pelotas, una bici vieja, un par de canciones en vivo, Iván Moschner y Manuela Méndez transfigurados en mudo y goleadora, un narrador, dos filas de sillas escalonadas emulando tribunas, luz natural a través de ventanales y la magia del teatro para que todo eso se incruste en nuestro sistema nervioso sensible. Para terminar, podría enumerar los premios (Argentores; Trinidad Guevara;
“Teatro del mundo”), pero sabemos que dicen menos de las obras que de sí mismos.[2] Las funciones son los domingos al mediodía, en un lugar que no es exactamente un teatro, en Chacarita.
Referencias bibliográficas
Casas, Fabián (2010). Horla City y otros. Toda la poesía (1990-2010). Buenos Aires: Emecé.
Díaz, Marcelo (2004). Laspada. Bahía Blanca: El Calamar.
Franchini, Gastón (2000). Bonus track. Mar del Plata: SEMIpiso.
Gallina, Andrés (2004). Adela. Mar del Plata: Dársena 3.
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Gallina, Andrés (2017). “Los días de la fragilidad”. En Teatro/18. Concurso Nacional de Obras de Teatro. Buenos Aires: Inteatro. 158-197.
Gallina, Andrés / Moscardi, Matías (2016). Diccionario de separación. De amor a Zombie. Buenos Aires: Eterna Cadencia.
Notas
[1] Otros escritos recientes del autor son el monólogo teatral La bestia rubia (2014), acerca de Carlos Mugica, y Diccionario de separación (2016), en coautoría con Matías Moscardi.
[2] Premio Argentores al mejor texto de obra estrenada en 2018; Premio Trinidad Guevara, como mejor actor protagónico, a Iván Moschner, y nominación como revelación femenina a la actriz, Manuela Méndez; trabajo destacado en música y diseño de sonido Premios “Teatro del mundo”, a Patricia Casares.
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